El mango de la sartén

Desde que el Banco Central eliminó toda restricción para la compra de dólares, en agosto de 2016, los sectores más pudientes del país se anticiparon a cada devaluación con la adquisición de divisas por volúmenes millonarios. Los saltos en la cotización implicaron para ellos una fuente de ganancias extraordinaria. La angustia que supone para las mayorías populares cada disparada del billete verde por su impacto en la inflación y el deterioro del salario, significó, en cambio, una bendición para aquellos con capacidad de compra de más de 5 millones de dólares al mes. En diciembre pasado, por ejemplo, ese segmento de la población atesoró nada menos que 546 millones de dólares. Es un grupo que no supera las 100 personas. A principios de ese mes la divisa costaba 17,60 pesos y cuando terminó había escalado a 18,95. Fueron unos 700 millones de pesos que embolsaron por la diferencia cambiaria en tan solo un mes. El volumen de compra de moneda extranjera de los más ricos había sido de 272 millones de dólares en noviembre, 155 millones en octubre y 223 millones en septiembre solo en billetes, de acuerdo a la discriminación que realiza el Banco Central en su balance cambiario. Es decir que cuando la cotización empezó a trepar, más que duplicaron sus inversiones en divisas, sacando una tajada fabulosa. Como se indicó en estas páginas a comienzos del año pasado, la acumulación de tensiones que genera el desborde del déficit externo, junto con la política de desregulación cambiaria y la liberalización absoluta para la entrada y salida de capitales provoca situaciones de inestabilidad que solo favorecen a los sectores concentrados de la economía, que son quienes más aprovechan esas libertades para dolarizar carteras y fugar divisas en momentos de relativa calma y realizar ganancias siderales cuando se producen los estallidos. “La historia económica reciente enseña que cuando el modelo finalmente explota, quienes salen ganando son los que más acumularon en el proceso anterior. En el plan crisis, los que ganan, ganan dos veces”, se escribió aquí en enero de 2017. Los sucesos de esta semana vuelven a confirmarlo.
“Si se impone un impuesto a la renta financiera, el manual dice que la tasa tiene que subir para compensarlo. Eso no te da 300 puntos básicos pero me parece parte de la historia”, escribió ayer en Twitter el profesor del MIT Iván Werning, elegido por los representantes del establishment financiero internacional como el economista joven del año en 2009. Su hermano es Vladimir Werning, gurú de la Jefatura de Gabinete, con una influencia creciente en la Casa Rosada. La interpretación de que la corrida cambiaria de esta semana fue consecuencia de la creación de un impuesto a las Lebac sobre inversores extranjeros es funcional al reclamo de esos sectores para eliminar el tributo. Pero además deja de lado la cuestión de fondo: la generación de condiciones de dependencia creciente de la economía nacional de los capitales que aportan los especuladores globales. Ello deriva del desequilibrio en divisas que ocasionan la avalancha de importaciones, la desregulación cambiaria y la apertura de la cuenta capital que facilitan la fuga de divisas, el pago en ascenso de intereses de la deuda externa y el saldo negativo de la balanza en turismo, factores que instauraron una lógica perversa de acumulación de un déficit externo cada vez mayor que obliga a tomar cada vez más deuda y ofrecer cada vez más tasa para tapar el agujero. Es lo mismo que darle a los financistas el mango de la sartén para imponer condiciones. Lo que lograron esta vez fue de entrada una suba de la tasa de interés de 27,25 a 30,25 por ciento por parte del Banco Central para volver a tentarlos con la bicicleta financiera, el famoso carry trade en la jerga autocomplaciente de los ganadores del modelo.
Federico Sturzenegger, presidente del BCRA, quedó en off side una vez más al verse forzado a tomar esa decisión. En rigor, no solo él, sino todo el Gobierno, que va como bola sin manija subiendo y bajando la tasa de interés al ritmo que le impone el mercado. El 28 de diciembre el equipo económico completo, incluido Sturzenegger, anunció el inicio de una etapa de reducción de las tasas para fomentar el crecimiento económico. El impulso encontró un límite muy rápido por la aceleración inflacionaria del verano y ahora por los aprietes de los financistas. El Central no los tenía en el radar, a juzgar por sus últimos comunicados de política cambiaria. Allí sentenció que “el nivel relativamente elevado del tipo de cambio real y la propia acción del BCRA llevan a no prever, en los próximos meses, depreciaciones significativas del peso”. El barco navegaba en un mar calmo, según esa descripción, y así seguiría los meses siguientes mientras se iba produciendo la anhelada “desinflación”. El sacrificio record de 4300 millones de dólares de las reservas en tan solo una semana y el salto desesperado de la tasa de referencia que dispuso ayer el Central parecieron más bien maniobras del capital del Titanic al toparse con el iceberg. A esta altura, sería imprescindible una nueva conferencia de prensa del equipo económico en conjunto para explicar cómo siguen las cosas, ahora que del plan anterior no quedó ni el recuerdo.
Los tomadores de créditos UVA que ajustan por inflación son los Leonardo DiCaprio del Titanic. Hoy hace exactamente cuatro meses les estaban diciendo que las tasas de interés iban a bajar y que la inflación no sería un problema. En primera clase, los exportadores del sector rural están subidos desde entonces a los botes que los dejan a salvo de cualquier naufragio, lo que se aprecia en la retención de la cosecha a la espera de la devaluación. ¿Alguien supone que esos otros dueños del mango de la sartén saldrán desde el miércoles a apurar la liquidación de divisas? O más bien reforzarán la estrategia especulativa para aumentar las ganancias cuando el dólar termine de acomodarse más arriba. Desde la racionalidad de su bolsillo, es a lo que los invita la política económica, que les deja el negocio servido en bandeja.
La corrida cambiaria de esta semana también dejará un mar de dudas en los inversores del sector productivo. ¿Es momento de arriesgar capital o mejor refugiarse en moneda dura o especular con la tasa de interés? El modelo de la valorización financiera se impone más que nunca ante situaciones de inestabilidad del tipo de cambio como las que se atraviesan por estas horas. En junio, la agencia calificadora internacional MSCI deberá determinar si la Argentina pasa de categoría, al rango de mercado emergente, o permanece como país de frontera. ¿Los sacudones violentos de estos días la llevarán a postergar otra vez el ascenso como hizo el año pasado o serán la excusa perfecta para presionar por nuevas reformas estructurales que piden los financistas, como la nueva ley de mercado de capitales? Su decisión será otro elemento clave para el devenir financiero y cambiario de la Argentina, que excede la autonomía del gobierno nacional para definir una política autónoma. Como se ve, haber entregado el mango de la sartén a diferentes actores del capital financiero y de los sectores concentrados no trajo la bonanza prometida, trajo dependencia, inestabilidad y pérdida de soberanía, mientras los que están adentro no paran de saltar.