El mango de la sartén
David Cufré,pagina12.com.ar

Desde que el Banco Central eliminó toda restricción para la compra de dólares, en agosto de 2016, los sectores más pudientes del país se anticiparon a cada devaluación con la adquisición de divisas por volúmenes millonarios. Los saltos en la cotización implicaron para ellos una fuente de ganancias extraordinaria. La angustia que supone para las mayorías populares cada disparada del billete verde por su impacto en la inflación y el deterioro del salario, significó, en cambio, una bendición para aquellos con capacidad de compra de más de 5 millones de dólares al mes. En diciembre pasado, por ejemplo, ese segmento de la población atesoró nada menos que 546 millones de dólares. Es un grupo que no supera las 100 personas. A principios de ese mes la divisa costaba 17,60 pesos y cuando terminó había escalado a 18,95. Fueron unos 700 millones de pesos que embolsaron por la diferencia cambiaria en tan solo un mes. El volumen de compra de moneda extranjera de los más ricos había sido de 272 millones de dólares en noviembre, 155 millones en octubre y 223 millones en septiembre solo en billetes, de acuerdo a la discriminación que realiza el Banco Central en su balance cambiario. Es decir que cuando la cotización empezó a trepar, más que duplicaron sus inversiones en divisas, sacando una tajada fabulosa. Como se indicó en estas páginas a comienzos del año pasado, la acumulación de tensiones que genera el desborde del déficit externo, junto con la política de desregulación cambiaria y la liberalización absoluta para la entrada y salida de capitales provoca situaciones de inestabilidad que solo favorecen a los sectores concentrados de la economía, que son quienes más aprovechan esas libertades para dolarizar carteras y fugar divisas en momentos de relativa calma y realizar ganancias siderales cuando se producen los estallidos. “La historia económica reciente enseña que cuando el modelo finalmente explota, quienes salen ganando son los que más acumularon en el proceso anterior. En el plan crisis, los que ganan, ganan dos veces”, se escribió aquí en enero de 2017. Los sucesos de esta semana vuelven a confirmarlo.

“Si se impone un impuesto a la renta financiera, el manual dice que la tasa tiene que subir para compensarlo. Eso no te da 300 puntos básicos pero me parece parte de la historia”, escribió ayer en Twitter el profesor del MIT Iván Werning, elegido por los representantes del establishment financiero internacional como el economista joven del año en 2009. Su hermano es Vladimir Werning, gurú de la Jefatura de Gabinete, con una influencia creciente en la Casa Rosada. La interpretación de que la corrida cambiaria de esta semana fue consecuencia de la creación de un impuesto a las Lebac sobre inversores extranjeros es funcional al reclamo de esos sectores para eliminar el tributo. Pero además deja de lado la cuestión de fondo: la generación de condiciones de dependencia creciente de la economía nacional de los capitales que aportan los especuladores globales. Ello deriva del desequilibrio en divisas que ocasionan la avalancha de importaciones, la desregulación cambiaria y la apertura de la cuenta capital que facilitan la fuga de divisas, el pago en ascenso de intereses de la deuda externa y el saldo negativo de la balanza en turismo, factores que instauraron una lógica perversa de acumulación de un déficit externo cada vez mayor que obliga a tomar cada vez más deuda y ofrecer cada vez más tasa para tapar el agujero. Es lo mismo que darle a los financistas el mango de la sartén para imponer condiciones. Lo que lograron esta vez fue de entrada una suba de la tasa de interés de 27,25 a 30,25 por ciento por parte del Banco Central para volver a tentarlos con la bicicleta financiera, el famoso carry trade en la jerga autocomplaciente de los ganadores del modelo.

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