El puzzle de la segunda vuelta

Por Marcelo Mella Polanco *
Después de conocidos los resultados de las elecciones presidenciales y parlamentarias del pasado domingo, alguien me preguntó con total honestidad: «bueno y entonces ¿quién ganó?». Mientras argumentaba una respuesta, acercándome a un rotundo «depende», pensé que con seguridad esta es la elección que ofrece más desafíos interpretativos desde 1990. A pesar de ello, me pareció que el puzzle será mucho más complejo en el caso de quienes definirán las líneas estratégicas de Sebastián Piñera y Alejandro Guillier, los dos candidatos que pasaron a la segunda ronda electoral.
Los resultados de la elección a nivel presidencial para las cuatro primeras mayorías fueron en orden descendente. En primer lugar, Piñera (Chile Vamos) con 36,6% de las preferencias y 2.416.054 votos, aproximadamente 500.000 votos menos que la primera vuelta de 2009 y más de 1.000.000 de votos menos que en la segunda vuelta de enero de 2010.
¿Cómo explicar entonces que en un escenario de alta división de la izquierda, Piñera disminuya su capacidad de movilización electoral? ¿Exceso de confianza frente al desempeño electoral del candidato de la derecha con encuestas que sobreestimaron su respaldo o exceso de desconfianza por lo que representa su liderazgo en un país con un sentido común marcado por la sospecha?
La segunda posición la ocupó Guillier (Nueva Mayoría) con un 22,7% y un equivalente a 1.496.560 votos, votación inferior a la obtenida por Eduardo Frei en la primera vuelta de diciembre de 2009 y muy cercana a la obtenida por Marco Enriquez-Ominami en esa misma oportunidad.
Una explicación posible de esta baja puede ser la pérdida de votación demócrata cristiana que apoyó en esta primera vuelta a Carolina Goic como alternativa propia del PDC, quien obtuvo solo un 5,88% de los votos, en una decisión que generará efectos aún incalculables para el partido de la falange por la pérdida de presencia parlamentaria al presentar sus candidatos en un subpacto distinto a la Nueva Mayoría.
Otra explicación podría consistir en que el liderazgo de Guillier, alejado de los partidos pero sin el carisma de Bachelet, no haya logrado generar la épica necesaria para movilizar el contingente electoral de otros candidatos de centro izquierda y al mismo tiempo, revertir las tendencias centrifugas de la Nueva Mayoria.
En tercer lugar, Beatriz Sánchez (Frente Amplio) obtuvo un 20,27%, correspondiente a 1.336.622 votos, considerablemente por sobre lo que pronosticaron las principales encuestadoras chilenas (Encuesta CEP 8,5% y encuesta ADIMARK 11%).
Este resultado, complementado con el porcentaje de escaños obtenidos por el Frente Amplio (20 diputados sobre un total de 155 y 1 senador sobre 43 miembros) convierte a esta coalición en la tercera fuerza política chilena, dotada de gran capacidad de presión sobre la Nueva Mayoría de cara al balotage.
Complementariamente, se puede conjeturar que una parte de los ciudadanos que se activaron políticamente con motivo de las movilizaciones chilenas desde 2010 en adelante, caracterizados por su resistencia a participar en el proceso electoral, hoy tienen una alternativa de representación en la política institucional.
Sin embargo, aunque con este balotage buena parte de la chance de Guillier está determinada por la posibilidad de que el electorado frenteamplista cruce el rubicón y vote por el candidato de la Nueva Mayoría, no es menos cierto que aún en el caso que toda esa votación se desplace estratégicamente, ese hecho no garantizaría por si solo el triunfo de la centroizquierda.
En este escenario, Guillier podría obtener alrededor de 2.800.000 votos, contra aproximadamente 2.900.000 votos de Piñera, incluyendo la transferencia estratégica de la votación de J.A. Kast. Para ganar en diciembre, Guillier debiera sumar además de su votación, todos los votos de Sánchez y toda la votación de Goic o Marco Enríquez Ominami alternativamente. Lo anterior, por cierto, bajo el supuesto de que Piñera no recupere un porcentaje del millón de votos que perdió en esta elección respecto del 2009-2010.
SIN CENTRO
Otro fenómeno relevante de cara a la segunda vuelta es el vaciamiento del centro político, en particular, la pérdida significativa de poder de la Democracia Cristiana que bajó de 22 a 13 diputados, muy lejos de los 38 representantes en la Cámara baja obtenidos en las elecciones de 1989 y 1997. El ajuste de cuentas interno por la decisión de llevar candidato propio al margen de la Nueva Mayoria y los efectos jibarizantes de esa decisión para el partido a nivel parlamentario, permite suponer que existirá cierta indisciplina en el electorado DC frente al ballotage. Esto al margen de los anuncios de la directiva de imponer sanciones para aquellos militantes que declaren públicamente votar por Piñera.
Respecto de los dos jugadores de la segunda vuelta, la decisión de hacia dónde girar se transforma entonces en un asunto crucial. Sebastián Piñera, con una posibilidad de reclutar de manera más expedita la votación de Kast, debiera concentrarse en la búsqueda del voto de centro donde se ubica el electorado DC y una parte del electorado liberal de Marco Enriquez-Ominami. Asimismo, resulta relevante resolver el affair de la comuna de Puente Alto, una de las más populosas del país, con un electorado que ha votado en los últimos años por alcaldes de derecha, pero que no votó en su mayoría por Piñera, presumiblemente, como resultado de una primaria «antropofágica» con el Senador y ex alcalde de esa comuna Manuel José Ossandón.
En el caso de Guillier el dilema no es sencillo, debe buscar bajar los costos para el electorado del Frente Amplio, que por cálculo estratégico o sentido común, podrían inclinarse a votar por la Nueva Mayoría, como forma de evitar un posible gobierno de la derecha. Sin embargo, en la medida que se incluya más temas del programa del Frente Amplio, la incomodidad del electorado DC será mayor, poniendo en riesgo su opción electoral para el 17 de diciembre.
Finalmente, y aunque buena parte del resultado de la segunda vuelta se podría definir por el electorado del Frente Amplio, la decisión política que anunciará esta multipartidaria el 29 de noviembre aparece tensionada por el conflicto entre «las buenas razones» y «los intereses». En este sentido, ¿cual es el mejor juego en términos de intereses y estrategia? ¿Apoyar públicamente a la Nueva Mayoría con el riesgo de destruir la frágil confianza de un electorado que se caracteriza por la desconfianza frente a la «política tradicional»? o, por el contrario, ¿no hacer gestos públicos de apoyo a Guillier, apostando a crecer como alianza de oposición frente a un eventual gobierno de Piñera?
Posiblemente las respuestas a estas preguntas serán distintas en Revolución Democrática y el resto de las organizaciones del Frente Amplio. Como se trata de una alianza cuyos liderazgos más reconocibles son jóvenes, que en algunos casos incluso no llegan a la edad requerida para ser presidente, es posible que entre éstos tenga gran fuerza una estrategia de posicionamiento de mediano o largo plazo. Independiente que alrededor de dos tercios de los electores del Frente Amplio puedan votar por Guillier como actitud defensiva frente a Piñera, para los dirigentes de esta coalición no cruzar el rubicón podría ser el mejor juego posible para organizaciones que tienen una alternativa de crecimiento en base al buen nombre.
* Cientista político de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago de Chile.

Acerca de Nicolás Tereschuk (Escriba)

"Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).

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