Entre el velorio y la fiesta
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El gobierno de Mauricio Macri no naufraga pese a este largo tiempo de tormentas. Al contrario, entre infinidad de desafíos que debe afrontar, ha conseguido darle estabilidad a la embarcación de su poder. Veamos dos casos, entre varios: durante el día de huelga nacional liderada por la CGT –usufructuada también por la CTA y la izquierda—pareció moverse en la escena pública con mayor comodidad que los propios dirigentes sindicales. El futuro (octubre) dirá la proporción de costos que habrá pagado cada bando. Con una mirada idéntica podría calibrarse la pulseada de María Eugenia Vidal en Buenos Aires con los docentes. Después de un mes de pleito el frente gremial exhibe rajaduras.

El macrismo cuenta para encarar este trance bravo con una virtud propia y dos estimulantes externos y circunstanciales. Opera con homogeneidad y cierta convicción sin cerrar nunca las puertas del diálogo. La masiva movilización social del primer sábado de abril ayudó a consolidar un espíritu político que venía flaqueando luego de la avalancha de marchas callejeras en su contra. Tanto, que la idea de aquella movilización había provocado diferencias en Cambiemos, la alianza oficialista. Otra brisa fresca colabora: según dos encuestas (Aresco y Jaime Durán Barba) la caída de imagen del Presidente en Buenos Aires se habría detenido. Incluso podría detectarse una recuperación de entre 3 y 4 puntos.

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