La economía, una cabalgata en el desierto
Carlos Melconian, lanacion.com.ar

Mucho antes de la tensión política que se vivió durante 2012 y que desembocó en el 13-S, el 8-N, el 20-N, el 7-D, el 20-D y, más recientemente en el asalto a comercios, la actividad económica en la Argentina dejó de crecer. Hace un año y medio que está en el mismo lugar, estancada, en forma bastante heterogénea, pero chata al fin. Al principio esa chatura pasaba inadvertida porque se venía dulce del muy buen 2010 y la entrada de 2011. Pero con el tiempo se fue sintiendo y estamos en un fin de año con sabor a poco. Esto es independiente de cualquier evento internacional, que justamente es el pretexto oficial para explicar el actual estancamiento. Pesó algo el ajuste de Dilma Rousseff en Brasil para equilibrar los desvíos de la economía casi “hirviendo” que le dejó Lula. Pero no más que eso.

Probablemente estemos en una larga “cabalgata en el desierto”. Este estancamiento ha sido menos profundo que la contracción de 2009, pero se lo percibe más persistente. El consumo va zafando porque hay una política monetaria que, con una emisión de pesos al 40% anual, lo “aguanta”. Eso a costa de que los precios sigan subiendo en torno al 25% anual, aun sin que la economía crezca. Eso sí: se derrumba la inversión. Es la antítesis de lo que pregona el modelo oficial respecto a que “si hay buen consumo, ineludiblemente habrá inversión”. Eso no está pasando.

Y aunque parece que diera pelea, el Gobierno “se viene tragando el sapo” del estancamiento de la economía casi sin pelearla. No implementó ninguna política contracíclica en serio. Lanzó algunos “shows” de activismo que pasaron sin pena ni gloria. Se atrincheró detrás del triunfo electoral de octubre y se escudó en la crisis internacional ficticiamente (porque salvo la Argentina y Brasil el resto de los emergentes mantuvo el crecimiento económico). Se atrincheró es una manera de decir. Como veremos en esta nota, ensayó un conjunto de respuestas inadecuadas, que le impuso la realidad, respecto a algunos desvíos del “modelo”.

Así, la política económica siguió por inercia o nuevos malos remedios engrosando los desbalances fiscales, monetarios y cambiarios que vienen de años previos. Esto agravó los desbalances sin moderar la chatura de la actividad. O sea, estamos frente a una política macro “ni chicha ni limonada”. Estamos frente a un híbrido que va al garete entre cebar la bomba y ajustar, y rezarle a la cosecha y a Brasil.

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