Rencor político en vísperas electorales
Joaquín Morales Solá,lanacion.com.ar

Hubo un momento, durante gran parte de 2016, en el que pareció que el gobierno de Macri y el peronismo habían encontrado una fórmula para pacificar el país. Varios acuerdos importantes se suscribieron en el Congreso, y fueron aprobadas leyes decisivas para la nueva administración. Gobernadores, senadores y diputados peronistas permitieron mediante la negociación y el pacto la gobernabilidad de Macri. Luego, el peronismo moderado dejó que la impronta confrontativa del kirchnerismo le ganara a su imagen acuerdista. El Gobierno, a su vez, no hizo nada para moderar el impulso beligerante de muchos militantes propios, convertidos ya al antiperonismo. Las heridas se reabrieron y una división profunda volvió a separar en dos bandos a gran parte de la sociedad. “La vieja grieta es ya un abismo”, concluye un agudo observador. Así se llegó a estos días, cuando falta una semana para las primeras elecciones legislativas de la era Macri. Existe la certeza de que ningún gobierno puede administrar el país en medio de semejante dicotomía social, aunque nadie reconoce su existencia.

Uno de los elementos que influyeron en la preservación de la grieta es la permanencia de Cristina Kirchner, que fue quien la inauguró de manera brutal en su segundo mandato. No sólo provocó el fanatismo de los suyos, sino también el fanatismo de sus opositores. Cristina Kirchner es también una construcción política del antikirchnerismo, que nunca la olvidó. No hay peor enemigo para un político que el olvido, pero sus detractores no dejaron nunca de hablar de ella. Hablan mal, pero hablan sin parar de ella. Es precisamente lo que necesita cualquier político. Otro factor decisivo para conservar el furor antikirchnerista fue la insoportable lentitud de la Justicia. Revelaciones de una magnitud nunca vista sobre la corrupción en el Estado no terminaron hasta ahora en ninguna decisión ejemplar que incluyera a los principales protagonistas de la década pasada. Para peor, la ex presidenta ni siquiera desautorizó a sus seguidores que proclamaban, con palabras y con símbolos, la rápida caída de un presidente constitucional. La figura del helicóptero se convirtió en un obsceno cotillón del kirchnerismo.

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