The Economist: La batalla por liderar el triángulo de litio
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El salar de Olaroz se encuentra a casi 4.000 metros sobre el nivel del mar al final de una carretera que serpentea por la Cordillera de los Andes. La amplitud del paisaje es sólo interrumpido por el sonido mecánico de bombas que operan constantemente. Éstas son las que extraen la salmuera, agua con alta concentración de litio y otros minerales, desde pozos hundidos profundamente bajo la corteza de sal y la depositan en piscinas de evaporación. El concentrado se lleva a una planta cercana para su transformación en carbonato de litio. La operación en el estado argentino de Jujuy, una empresa conjunta argentino-australiano-japonesa, es una de las dos minas de litio del país. El año pasado produjo 11.845 toneladas de carbonato de litio, alrededor del 6% de la producción mundial. Este año, Jujuy planea fabricar 17.500 toneladas.

El litio es un commodity codiciado. Las baterías de iones de litio almacenan energía que alimenta los teléfonos móviles, los coches eléctricos y las redes eléctricas (cuando son alimentadas por turbinas eólicas y células fotovoltaicas). Joe Lowry, un experto en el más liviano de los metales, espera que la demanda casi se triplique para 2025. La oferta está rezagada, lo que ha elevado el precio. Los precios de los contratos anuales para el carbonato de litio y el hidróxido de litio se duplicaron en 2017, según la revista Industrial Minerals. Eso atrae a los inversionistas al “triángulo de litio” que cubre Argentina, Bolivia y Chile. La región posee el 54% de los “recursos de litio” del mundo, una indicación inicial de la oferta potencial antes de evaluar las reservas probadas.

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