Una comedia en dos actos

Veníamos de escuchar una ponencia magistral de Santiago Kovadloff, escritor, filósofo, sobre la vejez. Sabíamos que el orador entraría fatalmente en zona de riesgos. Hablar de la vejez en un ámbito académico, entre hombres que atraviesan los altos años de la vida, es transitar por camino minado. Aquí, la probabilidad de remover el terreno de la declinación física; avanzar, por allí, con peligro de agitar dolores por mermas en la capacidad volitiva; más allá, el albur que acecha de convocar desánimos que han cundido ante las primeras bajas, y crecido hasta el desconsuelo, cuando la ilusión de compartir la memoria se estrella en la tarea vana de hablar una lengua que ya nadie habla ni entiende.
Demasiado orador para caer en una de esas trampas. En el límite en que lindan la vida y la muerte, el maestro había hecho triunfar la palabra en el testimonio de la posibilidad de la vejez como plenitud de la existencia. Había activado ideas en lo más profundo de los contertulios, pero con un logro final aún mayor: había penetrado en el corazón de la audiencia.
Alguien se atrevió a decir, alrededor de la mesa común, que Kovadloff había conseguido recordarnos, en plena campaña electoral por la conquista del poder para los próximos cuatro años, la mutilación atroz que implica una política desentendida del hábito de la elocuencia emotiva. ¿Quién de los principales contendientes la ha ejercido? ¿Scioli, acaso? ¿Macri? Se puede hablar, como se sabe, hasta del sexo de los ángeles; lo que no se puede, en principio, es captar atención y voluntades sin movilizar sentimientos. Hay otros recursos, desde luego, pero no son los que estaban ayer en el guión de la comedia en desarrollo.
El último acto llegó con la comida de Consenso Republicano, constituido en 2009 por Guillermo Alchouron, ex presidente de la Sociedad Rural Argentina, en defensa de lo acordado en el primer artículo de la Constitución. Es el que dice que la Nación argentina adopta para su gobierno la forma representativa, republicana y federal.
Volví a encontrarme, como en el primer acto, con Horacio Sanguinetti, el ex rector del Colegio Nacional de Buenos Aires y del Teatro Colón. Tenía así alguien al lado para compartir la cohesión de dos reuniones, tan ajena, en muchos otros sentidos, una de la otra. Quien hablaba esta vez era el senador radical Ernesto Sanz, uno de los líderes de Cambiemos.
Valores
Sanz estuvo entonado, pronunció un discurso a tal punto sólido en categoría retórica, que dejó inconmovible como nunca la perplejidad de por qué valores personales raros de encontrar en la política argentina, no encuentran conformidad con los logros de aquél en el concierto electoral fuera de Mendoza, su provincia. Sanz habló, además, con franqueza inusual.
Juzgó que las candidaturas de Scioli, de Macri y de Massa están prácticamente cristalizadas en lo que fueron en la madrugada siguiente a las PASO: 40, 30 y 20 puntos, en números redondos. Dijo que no alcanzaba a percibir en modo alguno que el candidato del oficialismo pueda el 25 de octubre superar el techo de los 45 puntos que lo consagrarían ahí mismo presidente. Otro asunto, dijo en el momento más dramático de la exposición, es saber si habrá una diferencia de diez puntos, o no, entre el primero y el segundo.
Se percibió en Sanz a un orador más enfervorizado, respecto de las chances que aún quedan para una verdadera alternancia en el poder, que las más de cien personas que lo escuchaban. Se puede ganar, dijo, pero no sólo con «el voto útil», sino con más contenido en los discursos, y con ideas impregnadas con más emoción.
Todos sabían perfectamente de qué hablaba y más lo supieron cuando dijo haberse ilusionado por la forma en que el candidato de Cambiemos había comenzado a sentir y transmitir el calor inequívoco de una campaña a partir de la gira por Jujuy, de días atrás. Lo otro había quedado en penumbras acentuadas de lo implícito: desde las PASO, Massa ha sido el candidato de las propuestas rotundas.
«Zamarréelo todos los días a Mauricio -reconvino uno de los comensales a Sanz-. Pero por las dudas, no lo suelte.»

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