Educando a Eduardo
Hace ya un par de días me crucé en varios lugares de la blogosfera vernácula con una frase atribuida a Eduardo Duhalde. Esta frase decía algo así como que en el 2011 hay que parir un gobierno” para “el que quiere a Videla y el que no lo quiere”.
Debo confesar que, por muchas horas, estaba convencida de que la frase era una invención de algún bloggero malvado con talento para la sátira y mucho encono contra el ex-gobernador, ex-senador, ex-vicepresidente y ex-presidente. Que la frase era una reductio ad absurdum humorística y afilada de las famosas tesis duhaldo-terragnistas sobre los pactos de gobernabilidad, los gobiernos de unidad patriótica, o las “tres o cuatro cosas que hace falta que nos pongamos de acuerdo.”
Pero no. Hoy me entero de que esa frase, la dijo nomás el (ex) estadista lomense.
Lo cual me lleva a un intento, si se quiere didáctico, de educar a Eduardo, si tal cosa es, a esta altura, posible.
Eduardo: Jorge Rafael Videla, y gran parte de los que con él participaron en el régimen que encabezó, son criminales juzgados, encontrados culpables y sentenciados por las instituciones judiciales de la República, en una serie de procesos cuya transparencia y objetividad son aún hoy inapelables. Criminales juzgados y convictos, no una sino ya varias veces, por crímenes aberrantes como diseñar e implementar un plan criminal para el terrorismo de estado, secuestrar, torturar y asesinar miles de personas, robar bebés recién nacidos y negarles su identidad. Entre otras cosas.
El problema, Eduardo, no es que haya gente que “gusta” de Videla y otra gente que “no gusta” del mismo, así como hay gente que gusta de Joaquín Sabina mientras yo lo aborrezco. Jorge Rafael Videla, y el régimen que encabezó, no son una cuestión que sea dada de juzgar estéticamente, como se juzga un plato de cuisine o la última novela. Acá no hay “dos campanas” que tengan igual validez o peso.
No lo digo yo: lo dice la justicia argentina, que juzgó a Videla en un juicio que hizo historia y que lleva adelante ahora mismo decenas de juicios contra ex-represores.
Parece increíble tener que aclarar estas cosas a alguien que ocupó los más altos cargos de la Nación, y que, teóricamente, debería comprender el significado de la expresión “cosa juzgada.”
Pero tengo una idea, Eduardo: qué tal si en esas “tres o cuatro cosas” en las cuáles todos podemos estar de acuerdo, incluimos la revolucionaria idea de que la justicia (institución fundamental de esa República que tanto te preocupa, por otra parte) ya se expidió con claridad pristina sobre Videla y companía, que estos tipos son criminales juzgados y convictos, y que no hay mucho más para decir del tema. ¿Dale, Eduardo? Por la unidad patriótica, te lo pido.
La disyuntiva Obama
Más que interesante está el momento político en EEUU actualmente, y el mismo ofrece interesantes puntas para reflexionar sobre las encrucijadas, las agendas y los límites de la izquierda democrática global. (Si, hay aquí una petición de principio: suponer que Obama, y el Partido Demócrata, son la expresión de la izquierda democrática en EEUU o, al menos, la centroizquierda realmente existente.)
Como es sabido, en 2008 no sólo ganó Obama con una muy importante ventaja electoral (al menos para los estándares norteamericanos), sino que los demócratas volvieron a tener luego de varios años mayoría en la Cámara de Representantes (diputados) y en el Senado. Además, la elección de Obama fue excepcional por la amplia movilización que hizo posible su victoria, incluyendo una gran cantidad de jóvenes que votaban por primera vez, la amplia preferencia de las minorías étnicas, y un uso muy bueno de las tecnologías de Internet.
Esta abundancia capital político (dominio de ambas cámaras, excelentes números de imagen positiva, apoyo de jóvenes, minorías y amplios sectores de la población, buena voluntad o al menos no rechazo de las elites y la opinión pública de otros países), sumada a la existencia de una crisis económica que sacudió las que hasta entonces indudables verdades de la ideología neoliberal-conservadora (si tal oximoron existe), hacía suponer que la presidencia de Obama sería una presidencia transformadora. Sus seguidos soñaban con un nuevo FDR, o, al menos, un nuevo JFK.
Y sin embargo … algo gracioso sucedió en el camino hacia el bronce de la historia. Hasta ahora bien poco ha podido transformar Obama.
El mayor quiebre se dio en Irak, en donde Obama decidió comenzar a retirar a las fuerzas terrestres. Sin embargo, en Afganistán el nuevo gobierno decidió continuar con la guerra e inclusive aumentar los efectivos comprometidos.
En el tema de derechos humanos, el nuevo gobierno, si bien repudió los aspectos más salientes de la doctrina Bush, decidió no llevar adelante investigaciones sobre violaciones a los derechos humanos en el gobierno anterior, y no cerró Guantánamo.
En la política económica, varios economistas, entre ellos Paul Krugman, le achacan haber sido demasiado perdonavidas para con los bancos que causaron la crisis financiera, y relativamente poco ambicioso en las políticas de rescate.
La principal iniciativa legislativa del nuevo gobierno, una ley de reforma del sistema de salud (EEUU no tiene salud pública salvo una especie de PAMI para los mayores de 65, el país gasta más en salud como porcentaje del PBI que cualquier otro país industrializado y tiene peores indicadores básicos, existen 47 millones de personas sin ninguna cobertura y una de las principales causas de bancarrota económica de las familias son los costos exorbitantes de cualquier enfermedad, por dar algunos datos) se dilató en el Congreso luego de casi un año de discusión (fue aprobada en diputados y senadores, pero no el mismo proyecto, así que ahora debería volver a ser ratificada.)
En el camino, los senadores removieron la cláusula que creaba un sistema público de salud, diluyeron varios de los elementos más progresivos del proyecto, y agregaron una enmienda que restringe severamente el acceso al aborto legal para las mujeres.
Esta, y otras cuestiones, vienen causando una erosión en las encuestas de imagen del nuevo presidente. Los principales diarios pasaron de una casi adoración a hacer notas como ésta, en donde el Washington Post dice que Obama es visto como “fuera de contacto” con “la gente real” y “elitista.” Y, por si esto fuera poco, en una elección especial que se realizó en Massachussetts, el partido republicano ganó a los demócratas la banca que había sido de Ted Kennedy por 40 años, un resultado considerado imposible apenas hace unos meses. Con la pérdida de la banca, los demócratas pierden la posibilidad de “romper el filibuster” (una táctica dilatoria con la cual los republicanos se aseguran que, de hecho, cualquier ley deba salir con mayoría especial de 60 votos sobre 100, no 51), quedando entonces con un bloqueo severo de sus posibilidades legislativas.
El blog Dailykos, uno de los que primero militó por una victoria de Obama, sacó hace poco este post en donde decía que Obama podía ser el nuevo Jimmy Carter: es decir, un presidente demócrata que, ganando por amplias mayorías, es visto como un fracaso y termina abriendo la puerta para una nueva levantada de la derecha. Algo similar viene diciendo Krugman.
Lo que me interesa destacar es que en todo momento Obama ha optado por una estrategia consensualista. Una y otra vez, su base (o sea, el ala más progresista y liberal del partido demócrata, más organizaciones como los sindicatos) ha insistido en llevar adelante una estrategia más confrontativa en la opinión pública y el Congreso, pero Obama, hasta ahora, se ha rehusado. Para dar un ejemplo, en vista de la casi total debacle de su principal proyecto legislativo, la reforma del sistema de salud, la respuesta de Obama ha sido llamar a una conferencia pública bipartidaria en donde invitó a los legisladores demócratas y republicanos a discutir los planes de reforma y llegar a una solución compartida. (Tan habermasiana la idea que da un poco de calambre.)
Por supuesto, existen buenos argumentos en contra de una estrategia más confrontativa. Entre otros, que una política consensuada gana más legitimidad, que la confrontación agrega dosis de imprevisibilidad a la dinámica política, y que las sociedades de hoy carecen de movimientos sociales organizados a los cuales recurrir como base de apoyo.
Sin embargo, una estrategia consensualista también tiene sus riesgos: sobre todo, este: si el adversario no está dispuesto a consensuar, lo único que tiene que hacer para ganar es retacear el consenso. (Hegel puro, como siempre.)
El proyecto de reforma de salud fue aprobado en diputados y senadores con votos demócratas, sin un solo voto republicano. No sólo eso, sino que los republicanos han hecho de la oposición a esta ley su principal agenda de campaña. De hecho, el bloque republicano ya avisó que la única manera de que ellos cooperen en este foro sería que los demócratas retiraran los proyectos ya aprobados, empezaran de cero y, en breve síntesis, mataran la idea de la reforma. Así, toda la iniciativa y la capacidad de “tener la última palabra” es, en realidad, de los republicanos.
La pregunta más general sería entonces: rechazada la estrategia confrontativa, ¿bajo qué condiciones y en qué circunstancias es una estrategia consensualista efectiva para cambiar las relaciones de fuerza asimétricas existentes en una comunidad política dada? Que es, supongo yo, lo que una izquierda democrática intenta hacer en todo momento.
La CTA y los senderos que se bifurcan
Estos días se han publicado varias notas interesantes sobre el último congreso de la Constituyente Social de la CTA en la ciudad de Neuquén. Además, acá organizan una charla interesante sobre el tema, donde hablan amigos de este blog.
Vengo dando vueltas un par de ideas sobre el tema, y voy a tratar de dejarlas por sentado.
Me interesa hacer un abordaje analítico acerca de las estrategias políticas posibles en el mediano plazo para la “nueva centroizquierda”, o más específicamente, para la CTA.
Comienzo con algunos supuestos. Los saco de mi lectura de declaraciones de líderes de la CTA a varios medios.
El primer supuesto es que el objetivo último de la CTA, es en este momento, una Constituyente Social. No pude encontrar una definición taxativa de qué es una Constituyente Social (si alguien la tiene, se agradece), pero deduzco (segundo supuesto) que se trataría de un proceso de reforma constitucional refundacional en el cual los congresales no serían electos según la pertenencia a partidos políticos sino que provendrían de organizaciones cercanas a los nuevos movimientos sociales, tales y como estos han estado representados en la asamblea de la CTA: sindicatos, iglesias, organizaciones de mujeres, movimientos indígenas, y más. O sea, por lo que entiendo, el objetivo sería una nueva constitución, que avance hacia mecanismos de democracia directa. (Como dijo De Gennaro en Neuquén: “basta de pensar en que el pueblo sólo gobierna y delibera a través de sus representantes, ya estamos maduros para deliberar y gobernarnos nosotros mismos.”)
Supongamos que uno está de acuerdo con el diagnóstico de que es necesario que la República Argentina se dé una nueva constitución. Me interesa discutir las estrategias políticas posibles para lograr el resultado deseado. A mi modo de ver, una vez que uno ha descartado la vía incremental o reformista (la elegida por Lula y el PT en Brasil, por caso) en términos puramente analíticos los medios disponibles para llegar a una asamblea constituyente funcional son cuatro:
1. La vía electoral. En esta vía, se busca ganar las elecciones presidenciales y obtener electoralmente mayorías en el congreso, para así enviar un proyecto de reforma constitucional que esté apalancado en el poder institucional y simbólico que da tener la presidencia de la nación. Esta es es la vía que utilizaron Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa (también, en otro sentido ideológico, Carlos Menem.) Elegir esta estrategia significaría para la CTA concentrarse en construir una alternativa electoral viable bajo las reglas de juego actuales para el 2011 y 2015, incluyendo el llamado a una constituyente en la plataforma electoral de esa opción.
2. La vía insurreccional. O sea, una insurrección revolucionaria popular que derrumbe de un plumazo las estructuras políticas existentes, por vía pacífica y sin el concurso de violencia política (o sea, sin organizaciones armadas). No abundan en América Latina ejemplos de proceso re-fundacionales insurreccionarios, salvo claro Cuba en 1959 y la Revolución Mexicana. Las insurrecciones exitosas, sin embargo, sólo suelen ocurrir cuando existe a) una organización preparada y b) una situación de crisis social, económica y política que hace coincidir la voluntad de la organización con la de las mayorías.
Agrego las opciones analíticas 3 o 4 aunque obviamente no se aplican al caso en cuestión.
3. La vía revolucionaria armada. Es decir, un proceso en el cual una vanguardia armada toma el poder, sin que haya existido necesariamente una insurrección popular prolongada. Estos procesos sólo suelen darse una vez que existe una crisis catastrófica que incluye el derrumbe del régimen anterior por su propio peso. Incluiría aquí la Revolución Sandinista.
4. Un golpe de estado con apoyo militar. A fines sólo analíticos hay que incluir aquí la vía del golpe de estado como mecanismo potencialmente eficaz de refundar constitucionalmente una nación. En América Latina los golpes de estado con apoyo de las fuerzas armadas han sido históricamente empleados por fuerzas de derecha, pero, sin embargo, podría incluirse en esta categoría al golpe de Velasco Alvarado en Perú a fines de los sesenta y el (abortado) golpe de estado de Hugo Chávez.
Aquí aparecen dos preguntas: cuál estrategia debería utilizar la CTA, y cuál es la que efectivamente privilegia.
Ambas estrategias tienen puntos fuertes y puntos débiles. Y existe una dificultad analítica: las estrategias 1 y 2 son hasta cierto punto incompatibles, y se erosionan entre sí.
Es decir, movilizar a una organización compleja en una dirección u otra supone tareas disímiles. En un caso, habrá que crear liderazgos claros, negociar candidaturas y apostar a la organización con fines electorales; mientras que la otra supone trabajar en direcciones radicalmente opuestas. Es difícil persuadir a los votantes de movilizarse electoralmente si al mismo tiempo el discurso apunta a deslegitimar el sistema electoral vigente. De hecho, por ejemplo, el discurso de Evo Morales a lo largo de su ascenso electoral se mostró cuidadoso de no atacar la institución electoral per se, ya que de ésta provendría su propa legitimidad electoral.
A priori, la vía electoral ha resultado a los presidentes de Bolivia, Ecuador y Venezuela adecuada para imponer nuevas constituciones, (inclusive, en Brasil y aún en Chile partidos de centroizquierda han logrado cambios importantes en la institucionalidad vigente sin una reforma constitucional refundacional.) De hecho, más bien resulta llamativa la ausencia de experiencias exitosas de refundación constitucional por vía insurreccional en América Latina de 1983 a esta parte. (O sea: no puede afirmarse que la dicotomía sea insurrección vs. completo continuismo hoy en Latinoamérica.)
No queda claro, creo, si la CTA privilegia una o la otra. La CTA a veces parece estar apostando a ambas estrategias al mismo tiempo. (Esto se ve en la misma nota de Página12, en donde al mismo tiempo se plantea una estrategia electoral para el 2011 y una crítica a la democracia electoral que haría posible esta victoria.)
Es claro que un grado de ambigüedad sobre estas elecciones estratégicas es comprensible y hasta esperable: una organización política no puede atarse a priori a sólo una estrategia.
Sin embargo, hay un dato estructural que diferencia a la CTA del PT brasilero, el bolivarianismo el MAS venezolano o el MAS boliviano, y es la ausencia de un liderazgo personal unívoco. En la CTA el liderazgo tiene dos características particulares: es múltiple y, hasta cierto punto, reticente. Mientras que en Bolivia, Venezuela o inclusive Brasil existía sólo una figura carismática, en la CTA conviven varias: De Gennaro, Claudio Lozano, Pino Solanas y Hugo Yasky (uno podría inclusive contar a Martín Sabbatella., que no está afiliado.) Y mientras que Lula o Evo se presentaron a varias elecciones presidenciales antes de ganar, el fundador de la CTA Víctor De Gennaro ha sido especialmente reacio a ocupar un lugar de tal centralidad.
De optar por la vía electoral, la CTA deberá desplegar mecanismos claros de resolución de las jerarquías electorales internas, sobre todo, alrededor de la figura del próximo candidato presidencial. Es probable que la ambigüedad discursiva sobre la alternativa insurrección vs. elección sea también una manera de posponer esta instancia.
Pajarito
Hoy escribo algo que pensé que nunca iba a escribir.
Hoy salgo a bancar a Alejandro Rozitchner.
Leí hoy leí esto, su post defendiendo a la administración Macri de los cargos de, o bien estar montando una policía secreta en la cual sujetos de innoble prontuario espiaban a gremios, funcionarios, rivales, dirigentes de la comunidad judía, empresariales del grupo SOCMA y cuñados indeseables de Mauricio, todos por igual, o bien ser un grupo de incapaces que no sabían lo que sus propios empleados hacían.
O sea, el macrismo me sigue sin caer bien. Sigo considerando que el proyecto político en que Rozitchner participa es una de las cosas más peligrosas que pueden suceder si llegan al poder en la Argentina. Los considero mis adversarios y voy a hacer todo lo que pueda (que tampoco es mucho) para que no lleguen al poder.
Y este post me parece intelectualmente preocupante, ya que incluye frases como éstas:
“No nos peleemos entre nosotros. Nadie es perfecto y pueden haberse cometido errores. No importa.”
(No, pará, sí importa macho. Claro que importa, ta bien, por ahí no lo podés decir en un blog, qué se yo.)
No nos olvidemos: son delincuentes. Los delincuentes no son racionales, hay que derrotarlos con astucia y ganas.
(Son delincuentes…¿entonces listo?, ¿valen todas? “Ellos van a hacer trampa”, dice Rozitchner, “pero nosotros tenemos razón. Y como tenemos razón, hagamos trampa también.” Con esta lógica todo vale en la política, y lo que está pidiendo Alejandro en su post es un cheque en blanco para armar una Stasi propia o lo que dé.)
Y sin embargo, yo hoy banco a Alejandro.
Yo banco ese segundo, ese momento exacto en que Alejandro se dio cuenta de que era oficialista, y que debía (quería) salir a bancar los trapos de su proyecto político.
En ese segundo se fue su discurso antipolítico, tan seudoposmo y coquetón, a la mierda. Se fue a la mierda también esa ideita de que ya no hay izquierda ni derecha, unos ni otros. Aunque él los siga repitiendo, para afuera. Pero él ya no lo siente, ahora es un militante. Un militante más, es Rozitchner.
O sea: sí, Ale, la política es así. Te comprometés en un proyecto, te ilusionás, ganás, perdés, intentás que no te acuesten, te acuesten (muchas veces tus líderes, como le pasó a él), debés hacerte cargo de los errores de tu proyecto aunque no los hayas causado vos.
De repente, ya no sos una señora gorda, o un intelectual encerrado en una islita minúscula y confortable, sino un tipo que hace política.
Lo único que puedo decirle a Rozitchner es bienvenido.
Bienvenido, Rozitchner, a la política, al único juego que se juega en infinitos rounds y sin descansos intermedios.
Y ahora sí, Alejandro, ¿cómo era eso de que el PRO escucha a la gente, eh?
Yo burocratizo, tu burocratizas, nosotros burocratizamos
Cuando uno es joven, lee Marx. Cuando uno es adulto, lee a Weber. Y si uno no crece nunca, lee a Holloway o Negri.
O tal vez yo nací pesimista, teóricamente hablando. Porque cada vez más me parece que en Weber hay claves mucho más claras para orientar una praxis política que en Marx, (aunque aun me emocione leyendo las cartas sobre la India.)
Si yo tuviera que resumir Weber en una frase, pondría “todo lo que existe se burocratiza y se racionaliza, tarde o temprano.”
Diría: “la primera preferencia de una organización es siempre su propia reproducción.”
Diría: “la única potencia que puede romper la fuerza centrífuga de la racionalización es el carisma, pero luego, el carisma también se burocratiza, o desaparece.”
Diría, “es la organización, estúpido.”
Todas estas frases me están dando vueltas en la cabeza en estos días en que las organizaciones piqueteras se han revelado como el sujeto weberiano perfecto.
Luego de la crisis del 2001, una cantidad muy importante de sociólogos y politólogos de cuyo nombre no voy a acordarme se dedicaron a escribir una cantidad de ensayos y libros en donde aseveraban, jubilosos, que en las organizaciones piqueteras había nacido de una vez un nuevo sujeto que podría de una buena vez cambiar para siempre las condiciones en que se hace política en este país. Escuché a una socióloga decir que las organizaciones piqueteras habían horizontalizado las relaciones de genéro definitivamente en sus barrois. Escuché una vez a otra decir que las asambleas barriales habían cambiado la matriz de subjetivación subconsciente de las personas. Escuché a otro decir que las organizaciones piqueteras eran la fuente de una nueva ciudadanía horizontal y democrática.
Muchos de esos mismos intelectuales hoy escriben furibundos escritos denunciando la clientelización y la “cooptación” de las organizaciones piqueteras, y se han movido, cual pájaros migrantes, a buscar el próximo fenómeno organizativo que permanecerá, ahora sí incontaminado. (Tal vez serán los piquetes ambientalistas, o inclusive, por qué no, las “luchas del campo”.)
Hoy queda claro, creo, que esas organizaciones no fueron y no son una fuente de nueva subjetivación política horizontal y revolucionaria, sino organizaciones burocratizadas que, antes que nada, pelean por su propia supervivencia y por la maximización de los recursos a su disposición.
Me comienzo a atajar: las organizaciones piqueteras y territoriales fueron de inmensa importancia en el manejo social de la crisis. Fueron también una de las causas de que este país no girara horrendamente a la derecha. Crearon algunos líderes políticos de peso. Organizaron políticamente a los desocupados en un momento en que nadie daba dos pesos por ellos (mucho menos que nadie los gremios de la CGT.)
Me sigo atajando: los gremios tradicionales son mucho más burocratizados, eso es obvio. (No olvidemos, sin embargo, que hace ochenta años eran ellos, también, los que suponían que habrían de llevar al mundo a una nueva y gloriosa subjetivación política a nivel global. Claro que, al final, no lo hicieron, y se convirtieron en organizaciones burocráticas que pelean por la maximización de sus recursos.)
No quiero decir con esto que no sean posibles cambios políticos radicales o drásticos; pero sí que, si sucedieran, si viniera la bendita revolución, al día siguiente, en el mismo 18 de octubre, esa revolución comenzaría a burocratizarse y racionalizarse.
Un líder político prudente no debería planificar sólo la revolución, sino, antes que eso todavía, cómo la revolución será burocratizada.
Un día verdaderamente peronista
Hoy es un día histórico. Un día que, sí, es cierto, debería haberse producido hace tiempo. Pero bueno, vino hoy, y bienvenido sea.
Universalización de las asignaciones familiares para todos los hijos menores de 18 años, pagada y fiscalizada por la ANSES. Si un padre cobra asignaciones familiares, sigue cobrando. Si no, automáticamente califica para cobrar por el nuevo sistema, mediante tarjeta del Banco Nacion. Si luego consigue trabajo, pasa al sistema de asignaciones familiares.
Creo, sospecho, que muy poca gente tiene verdadera percepción de lo importante que va a ser el impacto de esta medida. Del cambio que va a ser para muchas familias. De la inyección de plata que va a ponerse en la calle. De que se crea un nuevo derecho que no va a poder ser eliminado.
Así como no sé si queda claro que es la segunda medida en décadas que desgaja asistencia social de empleo (el paradigma corporativo de las asignaciones familiares) o de demostración de pobreza (el paradigma focalizador.)
La primera fue la universalización de la jubilación sin aportes; con esto cubrimos (mínimamente) infancia y vejez. Falta todavía, pero son dos pasos enormes.
No he leído el decreto (y me parece bien que sea por decreto, total, estaba todos el arco político de acuerdo en la medida, hasta Bergoglio) así que no voy a opinar en este momento de las consideraciones técnicas (me gustaría saber cómo va a hacer la persona para acceder al beneficio, mediante qué repartición, y con qué plazos.) Todo eso quedará para después.
Ahora, sólo me congratulo.
Y digo: Cristina, vamos adelante con pedir certificado de vacunación y escolaridad. Ahora, largame un plan para hacer 200 escuelas y por lo menos 72 hospitales más en dos años, ¿dale?
La prioridad deben ser los chicos
En este blog hace mucho, pero mucho que venimos pidiendo políticas sociales más expansivas, sobre todo aquellas que avancen hacia la creación de derechos. Es decir, avanzar hacia políticas que trasciendan la política de la piedad para avanzar hacia la política de la ley (no lo digo yo, lo dijo Hegel.)
Acá, se sabe, favorecemos las políticas universales. Sin embargo, el debate focalizado-universal no debe oscurecer una evidencia más urgente: aún si se acepta la lógica de la focalización, esta no está completa en Argentina.
Es decir, suponiendo que las transferencias del Estado se focalizaran en cubrir la población que está por debajo de una línea de pobreza determinada, esta focalización no se cumple. Acá no sólo hay focalización, hay focalización incompleta. Es decir, nadie en su sano juicio puede argumentar que todas las familias pobres de este país reciben un subsidio del estado. (Estuve buscando información estadística sobre este tema, pero no sólo no hay información confiable en el INDEC, sino que según parece el SIEMPRO tampoco la produce, o, si la produce, ya no la pone a disposición en su sitio web. Muchachos, si alguien sabe cómo se puede gestionar un país sin información estadística veraz y actualizada, me avisa, porque va en contra de todas y cada una de las cosas que aprendí en mi carrera.)
Es decir: ni siquiera la focalización se cumple.
No he leído en profundidad el proyecto del gobierno, que, según entiendo, es bastante complejo en sus entramados y cruces con los sistemas de protección ya existentes (planes, salarios familiares, etc.)
Ahora bien: 180 pesos por niño es bastante, es una cifra que soluciona muchos problemas. Es algo que le cambia la vida a un montón de gente.
Ya lo dice Artemio López: si se pusiera el plan en marcha ya, reduciría la indigencia a (punto más, punto menos) el 3%. O sea, este plan casi eliminaría la indigencia de plano. Serían miles y miles de chicos que pasarían de no comer todos los días a estar seguros de poder hacerlo.
Esta tiene que ser la prioridad. Me niego a dedicar dos minutos a pensar una reforma política mientras esto no salga. Me niego a estudiar sobre la reforma financiera, salvo que sea para conseguir recursos para los subsidios.
Si no, va a tener razón este señor de Clarín, quien titula: “Los planes sociales siempre quedan haciendo banco en el Congreso.”
No puede ser que otra vez los chicos queden de garpe, cuando se está pensando que el año de viene vuelve el crecimiento económico a más del 2%.
Saquemos a los planes sociales del banco y mandémoslos a la cancha de una buena vez.
¿Y tus cuentos, donde están?
Estoy leyendo “Un grito de corazón…”, antología de cuentos jóvenes (?) narradores (??) argentinos sobre el peronismo.
Debo confesar dos cosas: no sólo no escribo ficción (no porque no haya tratado sino porque, cuando lo hice, no me salió; como dice inolvidablemente el personaje de David Thewliss en una película de Bertolucci “I wasn’t good enough”), sino que en estos días prácticamente no la leo. Una tesis en su recta final de culminación, un niño de dos años, dos blogs, un marido, something’s gotta give. Y lamentablemente ha sido la lectura por placer. ¡Oh, esos días de estío en donde leía un libro por día! Creo que nunca volverán.
La segunda, que cuando recibí el libro, que me envío la editorial de onda (y ojo que esto se puede hacer vicio: mándenme más, muchos más), me dije a mí misma “esto no me va a gustar”.
Porque creo que no hay género más difícil que la literatura política. Al mismo tiempo, no hay género más atrapante, o necesario, que la literatura política. Pero también es un género que puede degenerar muy rápidamente en lo declamativo. En lo plomo. En lo obvio. Por cada gema del género, por un Ragtime o un Book of Daniel, un Esa mujer, existen no uno sino varios mamotretos estilo teatro de Sartre, estilo el peor Galeano, estilo todo lo de Vargas Llosa después de Pantaleón y las Visitadoras. O sea, esos libros que tienen un Mensaje, que son o quieren ser una “lección” o “despertar conciencias.” A esos libros hay que dejarlos arriba del mostrador lentamente y caminar, despacito, hacia la puerta.
Hay grandes libros políticos que no hablan de política directamente. En Ragtime prácticamente ningún personaje participa en política, y quien lo hace no es el héroe de la historia. Pnin, esa pequeña maravilla de Nabokov, describe mejor el ambiente cultural de la Norteamérica mediopelo de posguerra que el insufrible ¿Quién le teme a Virginia Wolf? o algún otro ladrillo por el estilo. Se puede hablar de política sin hablar de política, y a la vez no hablar de política, haciéndolo.
Con esas precauciones me acerqué a este libro, y debo decir que me sorprendió agradablemente.
Los cuentos son honestos, son creativos, son desprejuiciados, y muchos de ellos son muy buenos.
Se nota, además, que la “consigna”, por así decirlo, obligó a los autores a reflexionar. ¿Cuál es la mejor estrategia para hablar de algo tan vivo como el peronismo? ¿Ficcionalizar? ¿Ser naturalistas? ¿Acercarse al ensayismo? ¿Qué es el peronismo? ¿Es Perón? ¿Son las organizaciones armadas? ¿Es Menem? ¿Es Duhalde? ¿Es todo esto, o nada? Estas preguntas, y las diversas respuestas, son valiosas.
En esta dirección, me gustaron más los textos (no todas son cuentos en el sentido clásico de la palabra) que menos entendí. Juan Terranova eligió una estrategia inteligente, es decir, no hacer ficción. Me gustó también un cuento de Alejandro Caravario en donde un Magnetus sacado sucumbe, él también, a la leyenda de Juan Perón. Y uno de Carlos Godoy que es, a primera vista, poco más que la descripción de una jornada de trabajo y que, sin embargo, me impulsó a releerlo apenas llegué al final. El de Martín Rodríguez, sobre un Monzón de universo paralelo, también. El de Diego Incardona trata de la religiosidad popular y lo hace dejando un algunas cosas sin decir. A veces, la ambigüedad y el misterio son una mejor respuesta que las certezas.
Los cuentos que me dejaron una impresión más desfavorable fueron los que trataban de los setenta. Creo que, en un punto, el tema es que es imposible escribir sobre ellos. Creo que este período es in-literalizable, todavía, para las generaciones que no lo vivieron. Ellas (nosotros) parecen presas de un dilema entre una adoración acrítica del heroísmo de la generación de sus padres, y una ironía facilonga.
Ahora bien, un punto final. ¿Por qué es todavía interesante el peronismo? ¿Por qué su atractivo? ¿Por qué un muchacho canchero de Palermo siente la misma mezcla de repugnancia y fascinación que el joven Cortázar sentía al mirar a los peronistas, pero sesenta años después? ¿Por qué a ese joven de letras palermitano no se le ocurrirría jamás en la vida escribir una novela sobre la identidad radical, o ficcionalizar las vicisitudes de la vida de un militante socialista? ¿Dónde está la narrativa de y sobre la Franja Morada, o la juventud del ARI?
Digo, ya llevamos más de sesenta años de peronismo. No sólo se murió Eva: se murió Perón, se murió Lorenzo Miguel, se murió Ubaldini, y Menem está, reconozcámoslo, gagá. De los casi treinta de democracia, el peronismo ha gobernado dieciseis. El peronismo ya no es la arrolladora corriente, siempre victoriosa, que supo ser. Hoy, el peronismo gana y pierde. Es un partido orgánico, con líneas internas, con concejales, con juicios políticos, con nombres distintos que se suceden en el poder. No hay un Perón, no hay una Eva, y no hay un descamisado heroico. ¿No sería tiempo ya de que perdiese su aura de peligro, misterio y herejía?
Eso, convencer a muchachos de Palermo de que hay algo hereje, o malvado, o sagrado, en el una identidad política entre oras; de que hay un misterio peronista, es un éxito. Esa fascinación–que está más presente en aquellos que más detestan al peronismo, porque ese desagrado in toto es la más alta forma de reverencia–es un éxito peronista cuya raíz no alcanzo a comprender.
No termino de entenderlo. Pero, que se yo, supongo que eso justamente es lo que tiene el peronismo.
Una ley antigua
1980: Videla firma este decreto ley.
Década del ochenta: un grupo de intelectuales alfonsinistas, cercanos al portantierismo, (entre ellos Margarita Graziano, radical hasta el tuétano y pionera en el campo de los estudios de la economía política de la comunicación) preparan un proyecto de ley de medios de comunicación. Este fracasa sin ser tratado en ninguno de los dos recintos.
Principios de los noventa: Menem cambia un solo artículo de la ley 22.285. Uno solo: el que prohibía la formación de multimedios.
De los noventa hasta los 2000: Las cátedras de Políticas y Planificación de Medios de la Comunicación y Derecho a la Información de la carrera de Comunicación de la UBA, con su nueva camada de académicos como Guillermo Mastrini y Damián Loretti, las otras carreras de comunicación, como la de Matanza, de donde viene Mariotto, la Federación de Radios Comunitarias, la CTA, la Felafacs (Federación Latinoamericana de Carreras de Comunicación), gente de la Unesco y un montón de ONGs siguen activando para que no muera la llama de la reforma de la ley 22.285. En el 2001, bajo la Alianza, Gustavo López impulsa un proyecto que muere en la comisión de comunicaciones; por esto renuncia a esta comisión Luis Brandoni, radical. (Gracias al comentarista G-Fer por esta información, que agrego.)
2007 y 2008: Retoma esta idea el gobierno de Cristina Fernández. El titular del COMFER escribe un proyecto basado en el de Farco, que se basa en aquelos papelotes alfonsinistas. Se presenta un proyecto de ley que recoge las experiencias anteriores, anotado y explicado artículo por artículo. Se hace un foro de reuniones de discusión sobre el proyecto de ley en todas las provincias. En algunos casos participan más de 500 personas por foro.
2009: Se manda el proyecto a Diputados. Se hacen reuniones con aliados, se anotan objeciones y se realizan cambios. Se vota en comisión, se aprueba el proyecto con voto de todos los diputados del FPV más aliados.
17 de septiembre de 2009: se votará en Diputados. Anunciaron su apoyo el SI, el Proyecto Sur, y el Partido Socialista. No así Miguel Bonasso. ni Pino Solanas La UCR, como es su costumbre en este último tiempo, decide romper con su historia en este tema y jugarse por las corporaciones que luego, si fuera el caso de ser gobierno, seguramente la rajarán antes de la mitad de su mandato. Margarita Graziano, si los viese, los cagaría a puteadas.
Moraleja: esta no es la ley del kirchnerismo, sino una ley que viene cocinándose desde hace 30 años. Y si no pasa ahora, no pasa más.
Con la televisión digital brasilera: tudo bom, tudo legal
La noticia más importante del día de ayer es una de la que nadie habla.
Argentina usará para TV digital la norma japonesa que ya eligió Brasil. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su par brasileño Lula da Silva encabezaron en Bariloche un acto en el cual el gobierno anunció la adopción de la digitalización de la televisión abierta gratuita, en el marco de la UNASUR. Argentina basará este cambio tecnológico en el modelo adoptado por la República Federativa de Brasil, lo que reafirma la intención de ambos países de trabajar juntos para que la región siga creciendo económica y socialmente.
La norma brasileña que Argentina implementará se denomina SBTVD (Sistema Brasileiro de Televisao Digital) o también ISDB-Tb (ISDB-T japonés estándar, versión brasileña). Es una técnica estándar para la televisión digital de difusión utilizado en Brasil y Perú, sobre la base del sistema japonés ISDB-T y su principal característica que lo destaca sobre los otros estándares es que es flexible y abierto.
La inversión pública y privada para que todo el país acceda a la televisión digital terrestre abierta está estimada en 3.500.000.000 pesos.
Por su parte, el Gobierno de Japón ha donado equipos para iniciar la transformación de los equipos actuales de transmisión a la TV digital.
En el marco de la cumbre del UNASUR, se suscribió el Acuerdo Complementario entre el Ministerio de Comunicaciones de la República Federativa del Brasil y el Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios de la Nación sobre cooperación en el área de Televisión Digital.
Un poco de historia. En el mundo hay tres normas en disputa para hacer el cambio de la TV analógica a la digital: la norteamericana, la europea y la japonesa. Cuando decimos disputa, decimos disputa por ganar mercados, ya que que un país adopte una norma u otra implica decisiones de inversión enorme en equipos y tecnología.
Brasil está metido en una lucha épica para hacer avanzar el software libre y para romper con la brecha de tecnologías entre países periféricos y centrales. De hecho, esta es una cruzada personal de Lula, quien por si necesitáramos otra razón para quererlo hizo este encendido discurso en defensa del software de código abierto (Linux, Wordpress, esas cosas) y en contra del demonio mismo, digo, de Microsoft.
La decisión de Argentina de ayer es, simplemente, la mejor decisión tanto técnica como políticamente. Técnicamente, porque esta norma tiene la ventaja de de ser la única que está desarrollada para permitir la captación y transmisión de imágenes en equipos móviles, como por ejemplo celulares, de manera gratuita. Políticamente, porque adopta la misma norma que estarán utilizando Brasil, Perú y seguramente otros países latinoamericanos. (Están avanzadas las negociaciones con Venezuela y Ecuador, y según se rumorea, también Chile.) Esto permitirá general mercados con mayor escala, lo que hará más atractiva la producción y comercialización de equipos y tecnología en la región.
Pero hay otra parte de la historia. El principal lobbista de la norma norteamericana en el país es el grupo Clarín, en completa coordinación, eso sí, con la embajada norteamericana. Hace ya varios años, y convencido de su poder de lobby, Clarín realizó una importante compra de equipos de TV digital estadounidense (su versión) o, lo que es más probable y se rumorea en los ambientes de la actividad, consiguió un regalo de esos equipos a cambio de garantizar que Argentina adoptara la norma estadounidense. El argumento del gasto ya realizado era la principal carta de presión del grupo por este tema. (Acá publiqué sobre ese tema hace un año.) (Obviamente, ningún otro jugador del sector tenía la banca o la guita suficiente para hacer esa inversión por adelantado y antes de tener completa seguridad de que norma se adoptaría. Posición dominante en el mercado, que se dice.)
En suma, entonces: integración regional, independencia tecnológica, menos tecnología norteamericana, y Clarín con cien palitos menos. Tudo bom, tudo legal, ¿no?
Intimidación de Clarín
Una nueva instancia de intimidación del grupo Clarín contra blogs.
La libertad de prensa no es para cualquiera, ¿entienden, giles?
De qué hablamos cuando hablamos de políticas sociales universales
No puede sino celebrarse que la discusión focalización vs. universalidad esté en el candelero, luego de varios años de estar ausente de la agenda pública. Pueden leerse posts valiosos sobre este tema acá y acá.
Varios de los que hacemos AP hemos sido bastante pioneros en defender la lógica universal en las políticas sociales. En La Barbarie publicamos posts sobre este tema hace por lo menos tres años años, y también ha fatigado largamente estos argumentos el amigo Escriba.
Repasemos, primero, que significa universalidad y qué significa focalización. Y qué significa política social.
Se dice política social a todas las acciones del estado que tienen por objetivo realizar una acción de entrega de bienes (materiales y también simbólicos) directa para todos los individuos que, por alguna característica económica, física, social o de otro tipo, se encuentran en marcada desventaja para acceder a los bienes necesarios para una vida digna a través del mercado. La pobreza es la principal condición que dificulta una igualdad de oportunidades y resultados, por lo tanto, la mayoría de las políticas sociales se dirigen a paliar situaciones de pobreza; sin embargo, también se consideran políticas sociales aquellas dirigidas a la población con discapacidades, a la infancia, a la tercera edad, a la juventud. Digo “asistencia directa” porque todas las políticas del estado tienen un costado “social”: la intervención en el mercado de trabajo, la obra pública, la política fiscal, la monetaria, las de salud y educación tienen todas impacto social, pero este impacto es más indirecto o a largo plazo. La política social intenta resolver una situación de vulnerabilidad y desventaja aquí y ahora.
Se dice que una política es universal cuando todos los ciudadanos de una comunidad pueden acceder a ella, sin otro requisito que la ciudadanía (y a veces, ni siquiera ese.)
Se dice que una política es focalizada cuando está dirigida a un grupo específico que es portador de alguna característica determinada. El gasto público se direcciona hacia un subgrupo particular de los ciudadanos de la comunidad; más específicamente, se intenta llegar con el gasto público sólo a una población caracterizada por una situación muy particular.
Doy un ejemplo que me parece útil para entender la diferencia: por décadas, en mi provincia de origen a cada menor de seis años que concurriera al control pediátrico mensual en un centro de salud se le daban un bono para retirar dos kilos de leche en polvo. No importaba si la familia era pobre o rica, si el chico era sano o enfermo con sólo ir al control, automáticamente la mamá o el papá tenían derecho a retirar dos kilos de leche en polvo. Esto es una política social universal. En la década del ochenta se cambió el criterio: se decidió que sólo los chicos con bajo peso podían retirar la leche. Se pasó de una asistencia universal a una focalizada.
En nuestro país, la salud y la educación públicas son de políticas universales: cualquier ciudadano puede ir a una escuela y un hospital público, y el estado no puede decirles que no. Existen otras políticas universales o cuasi-universales. Como dije, la salud y la educación pública son tan universales que ya nadie recuerda que son universales. En los últimos años, la jubilación ha pasado a ser casi un derecho universal, ya que se han empadronado dos millones de personas sin aportes; prácticamente hoy jubilarse es un derecho universal en la Argentina.
Sin embargo, hay una frontera que está, parece, tallada en piedra: en Argentina las políticas sociales destinadas específicamente a resolver la pobreza son todas focalizadas.
Para acceder a un subsidio por desempleo, una ayuda por madre jefa de hogar, o cualquier otra cosa, hay que probar que uno es pobre: pasar una entrevista con trabajadoras sociales, completar cuestionarios, etc. Pero además, la política social no solo focaliza, sino que es indirecta. La ayuda del estado se vehiculiza a través de fondos para la creación de cooperativas y otras miniempresas, no va directamente al bolsillo de la persona pobre.
Tanto el gobierno de Cristina Kirchner como el anterior de Néstor Kirchner han tenido una especie de política de doble vía: avanzar en la universalidad en las políticas de salud, educación, jubilatoria y de protección del empleo, y sostener la focalización en política social. Así se llegó a esta situación sorprendente, en la que el tema de las políticas universales de lucha contra la pobreza se ha convertido en un estandarte de la oposición neo-neoliberal (por así decirles a Macri y De Narvávez) y que un gobierno que hizo de la universalidad bandera en otras áreas como salud y educación se ha visto llevado a defender la focalización.
El gobierno tiene cuatro argumentos para sostener la focalización de las políticas sociales: que la mejor política social es el empleo, y que por lo tanto hay que incentivar el empleo, que la política universal es injusta porque termina direccionando recursos estatales escasos hacia poblaciones que no los necesitan, que no hay recursos en el estado para universalizar, ya que la política universal es más cara, y que las políticas universales disminuyen el poder y la capacidad de presión de los gremios.
Considero que estos argumentos están equivocados, y que el gobierno se equivoca tremendamente en cederle esta bandera a la oposición. En estos términos, la discusión no se puede ganar, y es casi inmoral de plantear. Para decirlo crudamente, el día en que un gobierno que solía decir “a la izquierda de mí, la pared” sale a decir públicamente “lo que pasa es que no hay plata para dar subsidio a cada niño pobre” es el día en que le entrega esa izquierda a otro. Es el día en donde le permitís a De Nárvaez correrte por izquierda: con eso debería quedar todo dicho.
Por un lado, las políticas sociales focalizadas son inmorales, ineficaces, clientelares y etnocéntricas.
Por el otro, apostar al empleo como solucionador de la pobreza y aumento del desempleo es un año caracterizado por la caída de la actividad económica es suicida. Sin mencionar que, además, aún en los años de mayor crecimiento económico el crecimiento del empleo se dió en gran medida en base al aumento del trabajo en negro. El empleo no puede ser la única estrategia antipobreza porque es posible, ya lo sabemos gracias a Robert Castel, tener pleno empleo y pobreza al mismo tiempo; eso se llama “working poor” y es lo que sucede en EEUU. (Esto lo sabía el primer peronismo, que incentivó el empleo y al mismo tiempo universalizó la salud, la educación, el acceso a los servicios públicos. Suponer que el peronismo no tenía política social y apostaba sólo al empleo es insultar a un Ramón Carrillo y a toda la Fundación Eva Perón.)
Segundo: el argumento de que las políticas universales disminuyen el poder gremial es una innovación teórica y una falsedad empírica. Los países con mayor universalidad de las políticas sociales son los países con los sindicatos más fuertes: Suecia, Noruega, Dinamarca, Gran Bretaña, Francia y Alemania tienen sindicatos mucho más fuertes que Estados Unidos o Europa del este. Todo lo que disminuya la pobreza y desmercantilice el trabajo apuntala el precio, y la capacidad de presión, del factor trabajo. Entre otras cosas, un subsidio universal al desempleo actúa (como dice Esping-Andersen, sueco y pro-sindicatos) como un salario mínimo de facto, y es más fácil de imponer. Ningún empleador puede pagar menos de eso, porque si no nadie trabajaría. (He escuchado a un montón de chacareros quejarse de que, en zonas rurales, ahora los peones se niegan a trabajar “por menos de un plan trabajar.”)
Tercero: no he sacado las cuentas, pero dudo mucho que la política universal sea mucho más cara que lo ahora existe. La maraña de consultores, trabajadores sociales, evaluadores, auditores y oficinistas que hoy deciden quien es pobre y quien no no es para nada barata; cuando yo saqué la cuenta, de cada peso que se gastaba en un programa social para el que yo trabajaba al pobre llegaban 25 centavos; el resto se gastaba en la propia burocracia, pagando jugosos contratos a los consultores que iban a controlar que no se diera un plato de polenta de más en un comedor comunitario.
Y acerca del temor de direccionar recursos a los sectores medios: este temor es abstracto hoy, porque la focalización que tenemos ni siquiera cubre a todos los sectores pobres. La focalización funciona bien cuando hay un problema que es, justamente, focalizado, es decir, afecta a un pequeño porcentaje de la población. Pero la pobreza en nuestro país no es focal, sino extendida: si el 30% de la población es pobre, entonces la escala del problema es tal que ya no puede focalizarse.
Hoy por hoy, las políticas sociales focalizadas no cubren ni siquiera al 100% de la población pobre: creo que quedan algo así como 200.000 planes activos, y no hay posibilidad de nuevas altas. Está fallando inclusive la focalización. Cuando lleguemos a cubrir al 100% de los pobres, ahí deberíamos comenzar a preocuparnos por el despilfarro de recursos, no antes.
Por último: hay una contradicción insostenible entre defender la universalidad, aún si sólo discursivamente, en política de salud, de educación, de obra pública, y de jubilación, y salir con los tapones de punta contra la universalidad en la lucha contra la pobreza. Y hay una contradicción insostenible entre defender la capacidad recaudatoria del estado, vía estatización de la ANSES y retenciones a las exportaciones agrícolas, y decir que no tenés un peso más para los niños pobres. Hay una contradicción que los De Narváez, los Macri, y los Lozano del mundo se van a cansar de señalar.
Esta es una batalla que, así planteada, no se puede ganar. No se puede ganar y, por lo tanto, se va a perder.
(Update: me doy cuenta de que no dije nada sobre cómo podría avanzarse hacia políticas más universales, tremendo vicio progrefacilonguista, diría Sirinivasa. Prometo en próxima entrega.)
El futuro del kirchnerismo: ni afuera ni solos
(Esta nota fue publicada hoy en Página 12. Los autores somos María Esperanza Casullo y Abelardo Vitale, o MEC y Mendieta, según el uso de la casa. Agradecemos a Mario Wainfeld su insistencia. No cabe duda que somos hijos del rigor. Hijos del rigor y hermanos de cierta vagancia.)
Para comprender las raíces de la derrota sufrida por el kirchnerismo, tal vez sea un buen punto de partida revisar la fórmula que supo darle buenos resultados en sus días de auge, entre 2003 y 2005, así como su subsiguiente erosión. De este ejercicio, creemos, pueden desprenderse lecciones válidas tanto para el actual Gobierno como para partes importantes de la oposición.
Partes de la historia ya han sido revisitadas hasta el hartazgo: el ascenso inesperado de Néstor Kirchner a la presidencia en 2003, luego de que Carlos Menem rehusara a presentarse en el ballottage, la precaria legitimidad de origen de un presidente que asumió en el contexto de lo que aún era una fortísima crisis social y económica con el 22 por ciento de los votos, la apuesta explícita de los grupos de poder a que el nuevo gobierno no pudiera levantar vuelo (expresado en el ya famoso “La Argentina eligió darse gobierno por un año”, de José Claudio Escribano), la para muchos sorprendente consolidación del nuevo gobierno y la subsiguiente reconstrucción de la autoridad presidencial, principal éxito de ese período.
Durante un lapso, la nueva administración enhebró una seguidilla de medidas exitosas: la renegociación de la deuda, la renovación de la Corte Suprema, el repago al FMI, el manejo exitoso del tipo de cambio, el fortalecimiento del superávit fiscal y el sostenimiento de la moneda. En el plano político, la decisión de romper públicamente con Eduardo Duhalde pareció ser premiada en 2005, cuando el nuevo Gobierno pudo ganar una mayoría de bancas en el Congreso. Por un breve momento, parecía que la capacidad del entonces presidente, Néstor Kirchner, de llevar adelante sus iniciativas parecía casi ilimitada, lo que rápidamente llevó a varios a sostener que Argentina se constituiría en un país con un régimen unipartidario.
Una de las razones de este importante éxito (¿más fugaz de lo pensado?) residió en la capacidad del nuevo Gobierno de alinear, cual círculos concéntricos, a tres grupos del arco político: el peronismo más tradicional y orgánico –o lo que luego varios llamaron peyorativamente “pejotismo”–, el progresismo no peronista y el kirchnerismo no peronista ni progresista. (Este último círculo era el más pequeño de los tres, pero la pertenencia de varias de las principales figuras del Gobierno hace que, en gran medida, fuera quien traccionaba a los otros dos).
Y ésta fue la principal novedad del kirchnerismo: su capacidad para, al menos por un momento, lograr solapar por primera vez desde 1983 partes importantes de los círculos peronistas y progresistas detrás de una agenda de políticas comunes. Orientando al peronismo hacia políticas progresistas por vez primera en décadas y orientando al progresismo hacia la gestión concreta también en décadas.
Este es un punto que no suele encontrarse en los análisis del kirchnerismo: lo novedoso que este solapamiento de los círculos peronistas y progresistas resultó en términos históricos y cuan productivo resultó este alineamiento.
Los círculos peronistas y progresistas fueron, desde 1983 hasta 2003, circunferencias absolutamente tangentes. El liderazgo alfonsinista atrajo casi unánimemente al progresismo durante su gobierno, pero enfrentó la resistencia activa del peronismo. Durante el menemismo, todo el arco progresista fraguó en su oposición absoluta al gobierno peronista. Y, a pesar de las raíces peronistas de la mayoría de los líderes del Frepaso, la capacidad de atraer votos peronistas al frustrado gobierno de la Alianza resultó cuasi nula.
El gobierno de Néstor Kirchner, que llegó al poder como un producto casi exclusivamente peronista, de la mano de Eduardo Duhalde y con un primer gabinete con una fuerte presencia de peronistas bonaerenses, tomó luego una serie de iniciativas, de discursos y hasta de elecciones estéticas que no pertenecían al peronismo en sus versiones menemistas o duhaldistas sino que eran claramente progresistas. El caso más claro es el de la política de derechos humanos, que resultó ser una repudiación total de la llevada adelante por Carlos Menem, y también por Eduardo Duhalde. Pero también la renovación de la Corte Suprema, las posiciones tomadas en política exterior, la negativa a reprimir la protesta social, la inclusión de movimientos sociales en el Gobierno, las políticas educativas y de salud fueron páginas sacadas del manual progresista, y muchas veces implementadas por esos cuadros técnicos.
A partir de ese momento, y por razones que exceden estas líneas, los tres círculos que se habían, si no alineado completamente, sí solapado, comenzaron a derivar en direcciones opuestas. Y esta deriva resultó en una pérdida de iniciativa política, de bases de sustentación, y finalmente de legitimidad social.
Creemos que hay aquí algunas lecciones preliminares. Por un lado, para el Gobierno: cualquier política que conduzca a un cada vez más progresivo encierro en un solo círculo, el de los kirchneristas puros, terminará muy probablemente en grados menores de autonomía y legitimidad. La ampliación del abanico de políticas públicas hacia agendas progresistas (sean éstas el ingreso universal, el avance en la institucionalización de mecanismos de control político, la refundación del sistema de estadísticas públicas, y otros), lejos de constituir una pérdida de control, constituyó la clave del momento de mayor autonomía relativa. Sin mencionar que, además, una discusión pública centrada en políticas y no en tales o cuales elementos psicológicos de la presidenta o del ahora diputado electo es justamente lo que el Gobierno debería tratar de lograr.
Por el otro lado, hay una enseñanza a los sectores progresistas no peronistas, que ahora se interrogan si deben “dar la pelea” dentro del peronismo o en construir una alternativa por afuera, que supere, aunque no repita, la experiencia de la Alianza. Cuando, por convencimiento o por conveniencia, con mucha o poca convicción, sectores del peronismo apoyaron políticas de corte progresista, se pudieron hacer avanzar iniciativas que pocos años antes parecían imposibles. Las voces que ahora dicen que “todo lo que toca el peronismo lo contamina” y que, por lo tanto, cualquier coalición debería ser enteramente no peronista están ignorando que, por un lado, en su momento y aún también ahora, hay sectores importantes dentro del peronismo que sienten que una agenda progresista es su propia agenda, que se han jugado por un proyecto político que sentían suyo y que siguen estando disponibles para una coalición orientada por políticas y no por liderazgos personales. Al mismo tiempo, la renuncia voluntaria a dar una disputa en estos términos terminaría entregando al peronismo institucional a un proyecto liderado por los sectores más identificados con un renovado liderazgo empresario y antipopular. Esto es justamente lo que ellos quieren, ya que esta es la fórmula que tan bien funcionó durante los años noventa.
Trazar la línea en la arena de esta forma ofrecerá seguramente una agradable sensación de paz moral, pero sería condenar a un proyecto progresista y popular a una casi segura minoría en el mediano plazo.
Y si algo debemos aprender, de todos estos años de avances y retrocesos, es que el anhelo de justicia social no debiera quedar limitado a un hipotético y épico futuro venturoso.
* María Esperanza Casullo es politóloga. Abelardo Vitale es licenciado en Ciencias de la Comunicación.
La que se viene
Perder apesta. Esa es la primera impresión.
La victoria opositora fue legítima e inapelable. Sólo corresponde felicitar a los ganadores, y desearles que hagan las cosas bien, ya que en este país vivimos todos.
La segunda impresión es: no es una nueva sensación. De hecho, desde mi primera votación, en 1991, hasta 2003, nunca voté a ganador. Bah, creo que sí voté a ganador en 1997, en la legislativa. Pero fue la única vez, ya que voté en blanco en 1999. El lapso desde 2003 a 2009 fue, en ese sentido, una excepción. Apoyar a un oficialismo, y que éste ganara elecciones, fue una excepción personal y, tal vez, también social.
Por lo que se ve hasta ahora, y con la salvedad de que en Argentina dos años son tres eras geológicas seguidas, volveré casi con seguridad a votar en minoría en 2011. Si nuestro futuro presidente deberá salir de la compulsa entre Macri, Reutemann y Cobos, ninguno contará con mi voto.
Algunas otras ideas, sueltas. Primero, creo que, como dice Martín: el kirchnerismo no comprendió la década del 90. O, mejor dicho, comprendió su crisis, más no su momento de éxito. No comprendió por qué Menem fue reelecto, ni comprendió qué razones tenía la Alianza para no sacar los pies del plato de la convertibilidad en 1999. No comprendió la saudade que había y hay en grandes sectores sociales por un estilo de vida pautado por las jerarquías sociales, el consumo individual, y una idea de progreso asociada con la eficacia empresaria. Y que esta aspiración es compartida, es deseada y, por lo tanto, legítima. En política, lo que existe, será representado, más pronto que tarde.
Este gobierno quiso defender una idea de la política entendida como conflicto, como épica, como movilización, como opciones dicotómicas entre un ellos y un nosotros. Y la sociedad no quiso esto. El kirchnerismo decía “pueblo” y el pueblo, o una parte importante de él, contestó: no somos pueblo, somos la gente. No se comprendió que, si había hambre de pueblo en 2001, no lo había ya hoy. Nadie, salvo tal vez un par de teóricos políticos, tiene hambre de pueblo. No comprender este tipo de cosas no tiene perdón, en política.
Pero, agregaría yo, finalmente el kirchnerismo no comprendió esto porque el kirchenerismo no pudo, o no quiso, comprender a sus propios hijos. Y fueron los hijos del propio orden kirchnerista quienes lo derrotaron en estas elecciones.
Porque el secreto nunca dicho es que los sectores relacionados con las actividades agropecuarias son hijos, en gran medida, de la devaluación del 2002 y de la administración macroeconómica que la pax kirchnerista realizó. Es decir, que sin kirchnerismo no hubiera habido campo. Así como los sectores medios y medio bajos que votaron a De Narváez también son hijos de las políticas expansivas, mercadointernistas, subsidiadoras del consumo interno del kirchnerismo. Los profesores, jubilados, empleados, laburantes que vieron sus ingresos y sus posibilidades de consumo recuperarse luego del 2003 y que hoy sienten que, vueltos al lugar social y económico que consideran natural para sí mismos, quisieron, y pudieron, diferenciarse electoralmente. Más aún porque están convencidos de que este gobierno no hizo nada por su bienestar económico reencontrado (¿recuerdan el viento de cola?) o que, incluso, lo amenaza. Estos hijos dijeron, gracias por los servicios prestados, no te debemos nada, te votamos en 2005 y te votamos en 2007 pero ahora queremos otra cosa. Y es así, nadie debe nada a nadie, nunca, en política.
Evidentemente, el gobierno cometió graves errores, y así se comió la piña que se estaba rifando.
Creo, sin embargo, que en muchos sectores que votaron en contra de este gobierno hay una subestimación del impacto de ese voto. Una señora jubilada, pensionada que sacó además su jubilación de ama de casa y que votó a Carrió “para que haga lío en el Congreso”, cuando yo le decía “cuando Macri presidente te recorte la jubilación un 13%, no te quejes”, me respondió “No va a pasar nada. ¿Cómo que va a ser presidente Macri? A Macri no lo va a votar nadie, y Reutemann no va a querer ser presidente, porque ya no quiso en el 2001. Y a Cobos no le da. y Carrió está loca. Este gobierno va a seguir igual.”
Para decirlo suavemente, no creo que sean tan fácil. El principal peligro de la hora se expresa en el titular que ví hace dos o tres días en TN: “La UIA prepara pliego de medidas para llevarle a la presidenta”. Los sectores concentrados del capital van a intentar forzar a este gobierno a realizar un ajuste brutal que les permita recomponer la rentabilidad extraordinaria a costa de los sectores asalariados, sea mediante ajuste fiscal y reducción de los gastos del estado, sea mediante devaluación, sea mediante inflación descontrolada.
Ya antes de esta derrota, el gobierno necesitaba cada milímetro de poder político posible para intentar que el peso de la crisis y del ajuste no recayera sobre los hombros de los asalariados. Ese poder político hoy se ha ido en gran medida. Y hay que tener claro que éste no se ha trasvasado hacia los hombros socialdemócratas de Binner o Stolbizer, ni siquiera a los de Solanas y Sabattella, qué aún están lejos de ser una opción de poder inmediato. Este poder se ha traspasado hacia Macri, De Narváez, Reutemann, la mesa de enlace agrícola, la UIA, la AEA, Barrionuevo, y Duhalde (quien, según leí, volvió ayer de Europa.)
Esta es la batalla que se viene en lo inmediato, y en ella hay que pensar antes de ponerse a hacer escenarios para el 2011. ¿Cón qué recursos contamos ahora para darla? ¿Qué bloque podrá resistir al llamado empresario a otro ajuste caótico? ¿Qué alianzas pueden seguir en pie? ¿Cómo quedamos los asalariados frente a esta embestida? ¿Y los pobres? ¿Cómo se defenderá lo irrisoriamente poco ganado en estos años? (Ojo, cuando digo “nosotros” no me refiero al kirchnerismo, sino a aquellos que queremos, ante todo defender la acción política como manera de lograr una mayor equidad social y económica.)
En fin. Así como ya hemos perdido antes, ya sabemos que al fin y al cabo también se puede resistir. Pero van a hacer falta todos y cada uno de los que quieran hacer el aguante, así que no es, ahora, hora de aflojarle.
¿Qué piensa el votante de De Narváez?
Se supone que una, después de varios años cuasi-encerrada en las aulas de augustas instituciones educativas, estudiando las elevadas artes de la ciencia política, no debería pasarle esto. Se supone que una debería, no compartir, pero sí por lo menos comprender (Verstehen, diría Husserl) los hechos políticos, según estos suceden.
Pero no. Yo puedo decir que, en este momento, llegué a los límites de mi capacidad de comprensión. Me siento frustrada por mi incapacidad de comprender.
Yo no comprendo que alguien que no esté clinicamente insano y bajo la influencia de drogas psicotrópicas pueda votar a De Narváez.
Dejemos de lado el voto kirchnerista.
Más aún, digamos esto: comprendo las razones de alguien que desea, a priori, votar en contra del gobierno. Comprendo que seis años de gobierno causan desgaste, que mucha gente no comparte ciertas políticas públicas de este gobierno porque imagina que le gustaría vivir en otro modelo de país (o en otro país, directamente), que hubo y hay errores no forzados en la gestión, y que existe además pluralidad ideológica. Comprendo que, además, esta es una elección legislativa e históricamente en ellas “la gente” se da más permiso para explorar opciones electorales por las cuáles no necesariamente optaría en una elección ejecutiva. Comprendo que, en nuestro país, con estructuras partidarias implotadas, los medios de comunicación masiva tienen una gran capacidad de instalar agenda y crear marcos instantáneos de referencia.
Comprendo todo eso.
Pero aún así, no comprendo que alguien vote a De Narváez.
Supongamos que un votante racional desea no votar al gobierno. Supongamos que, es más, desee votar en contra del gobierno para restarle legitimidad e iniciativa. Todo bien.
En ese caso, comprendo las razones de quien decide, por ejemplo, a Sabattella. Es joven, hizo buena gestión en Morón, no pertenece a ninguno de los dos partidos mayoritarios. El corrimiento a la derecha del ARI y la licuación del SI dejó vacante, además, un espacio progresista no peronista y radical, y ese espacio busca a tener su representación.
Comprendo al votante de Pino, comprendo qué le da Pino a su votante.
Comprendo tambíen al votante a la ACYS. Las identidades políticas son duras de matar, y hay un montón de gente que la única boleta que ha metido en su vida es la de la UCR. Hay pueblos en donde las únicas instituciones son la escuela, la comisaría, la estafeta postal, el bar, la posta de salud y el comité. (Y la básica, claro.) Hay gente que valora el discurso republicano, pedagógico, reformista y socialdemócrata; de la UCR y y la CC; y que lo valora mucho más cuando se vota para ocupar una banca y no para gobernar. Y comprendo que mucha de esa gente está además unida entre sí por un profundo, inamovible, identitario antiperonismo.
Ni hablar que comprendo las razones de quien vota a Binner, aunque yo votaría, si fuera santafesina, a Rossi. Sé que muchos rosarinos no socialistas lo votaron para gobernador luego de la buena gestión socialista en Rosario. Que muchos progresistas se ilusionan con el primer socialista con experiencia de gestión en una provincia grande.
Digo más: comprendo al votante de Pitrola o Altamira. Dios sabe que no comparto sus razones, pero lo comprendo: once años en Sociales de la UBA fueron una inmersión brutal en la forma de pensar (o no pensar) del trosquismo vernáculo.
Inclusive, comprendí las razones detrás del voto a Macri. El cansancio con casi una década de desgobierno ladriprogresista. El atractivo que tienen para mucha gente los winners. El agradecimiento del hincha de Boca. No me gustó que ganara, pero lo comprendí.
Pero acá llegué a mi límite, no se me ocurre ni una razón válida para votar a De Narváez.
Un tipo que no ha gestionado ni una cooperadora escolar, que luego de financiar la campaña de Menem en el 2003 se ha aliado lo peor de la derecha peronista y no peronista (incluyendo a Patti), que tiene un patrimonio desmesurado, inexplicable y depositado a nombre de testaferros en la isla Caimán, con por lo menos algún contacto con personas dedicadas al tráfico de drogas, que en sus años de diputado no presentó un sólo proyecto, que cagó mal a sus propios aliados mandando a decir a su apoderado que las listas que negociaron se perdieron en el camino al Juzgado, ¿por qué alguien lo votaría?
Alguien que no tiene, que yo sepa, ninguna posición tomada sobre ningún tema; que no tiene plan económico, ni se sabe cuáles son sus economistas de confianza, que no construyó discurso salvo decir “hagamos algo” y “tengo un plan”, que, además, ni siquiera tiene grandes dosis de carisma personal, ¿por qué votarlo?
¿Para hacerle daño a este gobierno? ¿No hay para el mismo fin otras maneras, otros partidos, otros dirigentes? ¿Es esta efectivamente la opción que, a futuro, desean fortalecer?
¿Quieren quienes lo votan ser gobernados por De Narváez? ¿Lo aprecian? ¿Lo admiran? ¿Se tomarían una cerveza con él, como dicen los norteamericanos? ¿Representa lo que ellos quieren?
Juro que no tengo ni idea.
Hoy es bueno ser latinoamericano
Que buen momento, amigos y amigas, que buen momento en Latinoamérica.
Nunca mejor momento para repetir lo que dijimos aquí hace un tiempo:
Pero no sólo eso: los gobiernos de estos países no sólo intentan encabezar procesos de distribución del ingreso y crecimiento con equidad en sus países, sino que la región, antes desgarrada por operaciones político-militares y por conflictos varios, ha demostrado que puede actuar de manera coordinada en ocasión de conflictos entre los países y en diversos foros internacionales.
Ya lo dije aquí, pero lo repito: la vanguardia de la experimentación y vitalidad democrática mundial está hoy en Latinoamérica; en este momento, deberían venir acá misiones de consultores del Banco Mundial a aprender cómo se construye democracia, aquí, y no al revés. En este sentido, me considero privilegiada de vivir aquí, en este momento y en este lugar, y considero que nos hacemos un flaco favor, como región y como país, al continuar anclados en nuestras narrativas decadentisas (Halperín Donghi dixit) que siguen machando con el “eterno fracaso latinoamericano” sin ver que es éste, al menos, un momento de éxito.
Un momento de éxito, verdaderamente. La reciente decisión de la OEA de volver a aceptar a Cuba así lo demuestra.
La OEA, que durante un siglo fue un teatro en donde los presidentes latinoamericanos levantaban la mano para refrendar cualquier cosa que viniera de la Casa Blanca (que está ahí, apenitas a cruzando un par de calles desde la OEA, como mostrando quién es el que manda), se ha transformado ahora en un verdadero foro continental en donde EEUU ya no tiene la sartén por el mango. Más bien, es un espacio en donde el bloque latinoamericano está demostrando hasta donde ha cambiado la correlación de fuerzas en la región.
Aquellos que apostaban a la vía política y democrática como manera de acumular poder en la región pueden estar satisfechos porque la historia les da la razón: ante un bloque latinoamericano conformados por gobiernos fuertes, democráticos y solidarios entre sí, la impotencia norteamericana en la OEA es casi total. Esto demuestra lo que muchos sospechábamos: la hegemonía externa en la región sólo es posible si es existen por divisiones y rencillas al interior del continente, y por una clase dominante activa y voluntariamente comprometida con el mantenimiento de la dominación exterior indirecta. Si no están estos dos factores, es un escenario totalmente distinto.
Lean si no esta nota del Washington Post, en donde la periodista debe hacer unos tremendos malabares retóricos para presentar una derrota como una victoria.
Vamos a ver qué dice Washington Post, y que es lo que está diciendo realmente:
Nicaragua y Venezuela amenazaron con irse, y los demás estados pidieron una votación, que EEUU iba a perder seguro. Obama no podía permitir quedar derrotado porque esto causaría una reacción adversa del Congreso norteamericano.
Traducción: a partir de este momento, las decisiones en la OEA se toman por la regla del mayor número, y EEUU no puede hacer absolutamente nada para impedirlo.
La decisión de Obama de lograr una nueva relación con el continente está siendo desafiada por líderes cada vez más independientes.
Traducción: Obama podrá querer una “nueva relación” pero nadie le da pelota.
EEUU concedió más que nunca antes en su historia en esta discusión sobre Cuba, y aún así fue necesaria la presencia de los más altos diplomáticos, incluyendo a la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, y una llamada telefónica de Obama, para llegar a un compromiso.
Traducción: A pesar de la presencia de Clinton y Obama mismo, EEUU fue forzado a dejar hasta la camisa.
Obama llamó personalmente a Lula Da Silva.
Traducción: Brasil, no EEUU, es el verdadero líder de la región. Y Lula es el primus inter pares.
El gobierno cubano se refirió al acuerdo como “una gran victoria”.
Traducción: es una gran victoria. Para Latinoamérica, y una derrota para los EEUU.
Los signos están claros para cualquiera que quiera leerlos. Una contexto favorable, con EEUU volcado al resto del mundo, más la presencia de gobiernos solidarios, democráticos y populares en el subcontinente han creado una oportunidad histórica para desarrollar una estrategia autónoma de desarrollo.
Y lo mejor de todo es que ha sido por la vía democrática, utilizando el voto y la organización política; la acumulación de poder y la negociación.
Disfrutemos el momento, porque como nunca antes hoy es bueno es latinoamericano.
Dando consejos sin que los pidan: FPV Capital
(Seguimos la serie que habíamos comenzado acá y acá.)
El jueves ví por la televisión a Julio Aurelio en el canal 26 y a una gerente muy elegante de Management and Fit tirar números de Provincia y Capital.
En el caso de la CABA los dos, si bien no coincidían en los números, coincidían en el orden de los candidatos y ambos definián unas bandas de intención de voto bastante concordantes: Michetti está en una banda de entre 32 y 35%, Prat Gay entre el 20 y 25%, Pino Solanas parece estar alrededor del 15%, Heller fluctúan entre el 8 y 14% e Ibarra un poco atrás, pero hundiéndose como zeppelin de plomo.
Todo bien, en principio: más o menos un 60% para el PRO y la CC-UCR que replican el 60% que sacó Macri en 2007, y un 40% para repartir entre el resto. Solanas bien instalado como la opción del “voto útil de izquierda” que tanto gusta en Capital, y fagocitándose los votos que viene perdiendo Ibarra.
Pero lo que más me llamó la atención son los bajos números del FPV y su candidato Heller.
Sí, no estoy demente. Ya sé que en Buenos Aires no hay un exceso de amor hacia la experiencia kirchnerista, que este electorado es infinitamente antidictatorial, sofisticado y antioficialista, y que acá se prepara una paliza sobredeterminada por errores del armado político kirchnerista, el humor social y la acción de los medios masivos de comunicación, pero aún así, hay dos interrogantes que rondan la cabeza.
Hoy parece increíble, pero no hace mucho, el kirchnerismo tenía buena imagen y votos en la ciudad. ¿Recuerdan ustedes cuando nos explicaban en el 2003 y 2004 que Macri no podía ganar nunca en esta ciudad porque acá el electorado era fuertemente de centro-izquierda? ¿Recuerdan que en 2003 el apoyo de Kirchner fue definitorio para la victoria de Ibarra?
Sin ir más lejos, en el 2005 el FPV sacó el 20% y en 2007, sacó 23% para jefe de gobierno (luego juntó el 40% de los votos en el ballotage) y 23% en la elección presidencial. en O sea, desde el 2005 hasta acá estamos hablando de nicho de alrededor del 20% de voto kirchnerista en la ciudad. Voto que, supongo, es bastante puro y duro, ya que se mantuvo invariable en una elección en la cual competía con otra oferta bastante similar (Telerman) y más tarde en una elección presidencial en el que ya se había producido un desencanto importante con la gestión nacional.
Esto es compatible con un dato que escuché por ahí: la pregunta genérica “¿apoya usted al gobierno nacional?” tiene una respuesta afirmativa del 20% en la ciudad. ¿Cómo puede ser entonces que Heller tenga menos de la mitad de intención de voto que esta cifra? Supongamos que un 25% de los que votaron al FPV en octubre de 2007 se pasen a Solanas, esto debería dejar al FPV más cerca del 18% que del 8%.
Respuesta: porque Carlos Heller no está haciendo campaña como el candidato kirchnerista sino como Carlos Heller.
Mi opinión (dada por lo que vale) es que la campaña del FPV no está siendo suficientemente clara en el posicionamiento kirchnerista/peronista del candidato. Los afiches, spots y publicidades en la web que he visto hasta ahora hacen énfasis absoluto en la figura solitaria de Heller y de su “partido”, el Pasol, con una retórica muy clásicamente “progreporteña”. No he visto ningún afiche con Néstor Kirchner, o Cristina Fernández, o Hugo Moyano, con Piumato y Rial, e inclusive Daniel Filmus. (Algo que me sorprende, considerando que el dato positivo aparente del cierre de listas fue la unidad política del sector detrás de esta candidatura, y la aparición de un liderazgo claro en la figura de Daniel Filmus.)
Considero que esta inorganicidad de la comunicación política del FPV en Capital es un error, por partida doble.
Primero porque, Heller tiene un grado de conocimiento personal demasiado bajo para plantear una estrategia que traccione votos del candidato al partido. No es Solanas, ni tampoco es Ibarra, quien en su momento de auge y en menor medida aún hoy tiene un caudal de votos atado a su figura, más allá del sello partidiario que los cobije. Sean cuáles sean sus méritos (no es esto un juicio sobre el candidato) Heller no es suficientemente conocido entre el común de la gente, y ya no hay tiempo para instalarlo.
Pero, además, y de manera más profunda, porque si la esperanza es poder ocupar una posición más ambigua, del tipo progresista no kirchnerista, “sí pero no” o “apoyo crítico,” como la que está intentando llevar adelante Sabattella en la PBA (que fue también la estrategia del Ibarra exitoso del pasado, sin ir más lejos), esto tampoco será posible dada la sobreoferta de este perfil existente en la ciudad. El votante porteño puede optar no por uno sino por cuatro candidatos progresistas no peronistas: Solanas, Ibarra, el socialismo, y Heller mismo (en un apuro, algún despistado puede inclusive confundir a Prat Gay con un independiente “sí pero no”.) Otra vez, aquellos más instalados y conocidos se van a comer al resto. Además, Heller es de última el candidato kirchnerista, por lo cual intentar un posicionamiento independiente es por demás difícil.
Es síntesis, hay en la CABA hoy una verdadera sobreoferta opositora y/o independiente del gobierno nacional, mientras que el espacio de apoyo claro al gobierno, pequeño tal vez pero no despreciable, no está ocupado con claridad por nadie. Debería facilitarse la identificación rápida y clara del candidato para que el votante que quiera dar un voto claro de apoyo al gobierno kirchnerista sepa a quien votar. Para esto es necesario enfatizar comunicacionalmente la pertenencia de Heller al FPV, con Néstor Kirchner, con Cristina Fernández, con miembros del gabinete, con la CGT, y otros actores en esa línea.
Hijos del FREPASO
Hace algunos días que me encuentro a mí misma pensando en Macri y De Narváez. Y en el FREPASO.
Por qué, podrá preguntarse el lector, si a priori no hay muchas coincidencias entre la fuerza que quizo ser de centroizquierda y nuestros nuevos galanes de la derecha democrática vernácula.
Tampoco parecieran existir paralelismos entre el fundador y timonel máximo del Frepaso, y Macri y De Narváez. Chacho Alvarez pareció siempre haber sido diseñado para cumplir los estándares estéticos del porteño de clase media progresista: palermitano, educado en la UBA, graduado de una carrera humanística, completamente alejado del mundo de los negocios, peronista intelectual y no visceral. Nada que ver con Macri y De Narváez, que parecen gemelos (esta imagen me obsesiona: son tan parecidos que deben, creo, entenderse sin hablar; Felipe no comprendió que estaba en inferioridad de condiciones): hijos de padres inmensamente ricos pero con un tufillo a parvenue, egresados del Cardenal Newman, acostumbrados a salir en las tapas de las revistas con la esposa modelo sub-40 del momento, ideologistas que se precian de no tener ideología. Un hijo de la última ola del país peronista con los hijos dilectos de la argentina creada por las transformaciones del proceso.
Sin embargo, esta idea me ronda: Macri y De Narváez son, a su manera, hijos del FREPASO. Lo son en su modo de construcción política.
Macri y De Narváez desconfían, como Chacho, de las estructuras políticas organizadas y prefieren, con mucho, dirigirse directamente a “la gente” mediante los medios masivos y astutas campañas de formación de imagen. Son desentendidos de la política pública, pero nadie puede negarles que saben comprender, y destilar, los humores sociales de su momento. Todos ellos manejan sus armados con puño de hierro: las listas las definen ellos, con poco imput territorial.
A mi me intriga, por ejemplo, las razones de la purga que Macri y De Narváez hicieron de los dirigentes duhaldistas que iban a integrar sus listas. Claro está, no confiaban en ellos y con buenas razones, pero por otro lado una tendería a pensar que los necesitaban: necesitaban sus contactos con los intendentes, necesitaban sus fiscales, necesitaban inclusive su connoación, aún débil, de garantes de la gobernabilidad para poder pasar por peronismo PRO y no ser una etiqueta vacía. Pero prefirieron, creo, mantener el control del armado y, sobre todo, no tener que negociar, que ampliar su base de sustentación.
Lo cual me lleva, en este post que va siendo una deriva no demasiado sistemática, al otro hijo, dilecto en este caso, del FREPASO: Aníbal Ibarra.
El muchacho alto, pintón, buen orador y ex fiscal que parecia que iba a comerse al mundo y que hoy apabulla por el vacío estridente de su proyecto político. La lista del Ibarrismo en Capital es algo tan lastimoso que dan ganas de llorar. Está Ibarra y no hay un nombre relevante más. Hay algunos amigos y cuñados, y algunas gentes a las cuáles se les ha comprado el puñadito de votos que garantiza su pyme política, por caso ese verdadero kioskero electoral que es Jorge Mercado. (Mercado, que como dijo Alejandro pasó del protomacrismo al ibarrismo, sin paradas intermedias. Comprarle los votitos a éste, que indignidad.)
Y ojo: la única diferencia entre la caminata de Ibarra con Malnatti y la photo op de Macri y De Narváez comiendo tortilla en San Telmo es que estos últimos tienen mucha plata y pueden pagar buenos asesores de imagen, mientras que Ibarra se vé reducido a hacer las cosas a pulso con las hilachas de su militancia, y le salen como el culo. Nada más. La idea de construcción política subyacente es la misma.
Y acá esta la cuestión: si algo aprendimos de la experiencia frepasista es que este modelo de construcción es muy endeble. Puede ser bueno para ganar elecciones, si hay un candidato fotogénico, los medios se enganchan, y se pega una circunstancia afortunada, pero se disuelve en el aire antes de que uno pueda decir “coimas en el senado” o “Cromagnón”.
(Mientras que la UCR, con su comité en cada pueblo y sus fiscales ya octogenarios, ha sobrevivido a cada una de sus autoprovocadas catástrofes, y ahí sigue, con sus Lilitas, sus Cletos y con el hijo de Alfonsín, que tiene una foto de su papá en 1984 pegada al lado del espejo del baño para recortarse el bigote lo más parecido posible.)
Claro está, la culpa no fue del Chacho, quien parece ser (a diferencia de los dos Chance Gardiner de la derecha actual), un buen tipo. El no creó esto, a lo sumo fue el primero en darse cuenta de dónde venía la mano en una década en la cual la disolución de los partidos era una consigna mundial.
Pero yo, al menos, si me vienen a pedir el voto primero pregunto, “mostrame tu partido”. Porque, como dijo alguien, al fin y al cabo sólo la organización vence al tiempo.
Me encanta el olor a cierre de listas en la mañana …
Porque es el olor de la victoria.
O de la derrota, también puede ser.
Ahí vamos.
Ganadores:
1. El Movimiento Obrero Organizado. Luego de la movilización del 1 de mayo (o 30 de abril, casi lo mismo), la CGT obtuvo el cuarto lugar para Héctor Recalde, abogado laboralista, campeón que reventó a la industria de los tickets canasta, y principal usina intelectual del sindicalismo peronista. Además, la presencia de Julio Piumato, Tito Menna, Noemí Rial (viceministra del mejor ministro del gabinete) en las listas de Capital Federal augura una representación sindical como hacía tiempo que no se veía.
2. Nacha Guevara. Qué pena que Leonardo Favio no es mujer, porque ese sí valía la pena.
3. Los Golden Boys del kirchnerismo, Massa y Scioli. Pero a pesar de su perfil light, hay que reconocer que demuestran lealtad en un momento en que muchos optaron por la opción, aparentemente más racional, de despegarse.
(Update: agrego otros ganadores, los Dark Boys del kirchnerismo. Los intendentes, bah. Si ahora no consiguen unos puntos más de coparticipación y un redistricting más acorde a la cantidad de población, no lo consiguen más.)
4. De Narvaez. Ahora bendecido como “El hombre que puede frenar a Kirchner” o algo así. Su atractivo es un misterio para esta blogger. En comparación con De Narvaéz, la preparación política de Macri, que se tomó el trabajo de ganar la presidencia de Boca, denota una planificación estratégica maquiavélica. Pero la política es así, y ganar es su propio mérito.
5. Carlos Heller. Bien o mal, encolumnó detrás suyo al PJ Capital y a 15 fuerzas más. El equivalente a arrear gatos, pero ahí va. (Otro update: acá habría que agregar a Daniel Filmus, que fue quien, verdaderamente, arreó a los gatos. Si Filmus consigue revalidar su liderazgo con un resultado no catastrófico y no le teme a hacerse cargo del liderazgo territorial, tal vez pueda, a futuro, armar algo más serio en un distrito caótico.)
6. Carlos Reutemann: diría más, pero me aburre.
7. El campo. El vandorismo agrario (copyright Ingeniero Manolo) metió gente por todos lados. Se viene el interbloque campirano.
8. El partido de Vicente López, que tiene un candidato a primer concejal de lujo por el EDE (sabattellismo). Es Nicolás Tereschuk, más conocido como Escriba, miembro fundador de AP, blogger de filosísima pluma y aún más afilada conciencia política. El Escriba, como todo el mundo sabe, es prepolíticamente honesto, ideológicamente intachable, populistamente movilizador, y ama además a los perrol, los niños y los ositos panda. Vecino, vecina vicentelopense, la consigna es simple: vote lo que vote a diputados y senadores provinciales, corte boleta porque esta oferta no se la puede perder.
Perdedores:
1. Aníbal Ibarra. Nadie niega que tiene su pisito de votos asegurado, y es probable que él entre, pero abandonado por el Albertismo (Fernandismo) quedó reducido a armar una lista que se compone de él y varios insignes desconocidos. La personalización de la politica, personalizada. Seguramente entre a la Cámara, pero no será, a futuro, más que un vanity project.
2. Felipe Solá. El día siguiente al su voto negativo en la 125 y al cletazo, parecía que se comía los chicos crudos. Un año después, billetera mató galán.
3. La alianza CC-UCR-Cobos: porque si no salen a diferenciarse se los come el voto útil volcado a De Narváez. Cuanto más le peque al gobierno la CC, más instaura la necesidad de votar a quien más le haga daño. Y además, Clarín, Noticias y demás ya eligieron a su candidato, y no es Margarita Stolbizer precisamente.
4. Jorge Telerman: Si no entraste en ninguna lista porque te abandonaron tus aliados 48 horas antes del cierre no se lo cuentes al mundo entero, papá.
5. Los movimientos sociales. Con la posible excepción del Evita en las listas de provincia de Buenos Aires, los movimientos sociales vieron menguada su relevancia y su presencia. Libres del Sur está en la lista de Sabattella, es cierto, pero las chances de ese espacio de meter más de un diputado son hasta ahora acotadas.
6. Alberto Fernández. Pasó de manejar su distrito a ser públicamente dejado de lado por el PJ capital. No se fue con el ibarrismo ni tiene ninguna posición de relevancia en el nuevo armado kirchnerista en capital. Dice cosas como “mi intención era unificar a las fuerzas progresistas en la ciudad como en el 2007, pero no se pudo”; se sostiene kircherista, pero le da con un caño al gobierno en cuanto programa de cable le dan un asiento. Ni afuera ni adentro: la peor posición según el sabio florentino.
Falta jugar desempate:
1. Martín Sabatella: en las encuestas aparece orillando el porcentaje de votos necesario para entrar al Congreso. Sus alianzas con la CTA y Libres del Sur pueden pagar bien, o no. O de aquí en adelante crece mucho, tracciona votos de, ejem, Vicente López y zona Norte, o se lo come (otro más) la polarización y el voto útil de signo derechista. To be determined.
2. Agustín Rossi. El presidente de la Cámara de Diputados y una de las principales espadas del kirchnerismo se juega una parada brava. Según algunos bloggers santafesinos va a sacar buenos votos (inclusive algunos auguran que dejaría tercero al socialismo); otros mantienen que ni siquiera entraría él. Stay tuned.
3. Hermes Binner y el socialismo santafesino: ver punto 2.
4. Cleto Cobos. Si bien habría que computarle a favor que Mariano Grondona y Luciano Miguens Biolcatti lo refrendaran públicamente y con mirada soñadora como la ficha preparada para cuando, ahora sí, tuviera que renunciar Cristina Kirchner, el cobismo está teniendo serias dificultades para que no se lo morfen crudo la CC y los vástagos de Alfonsín. Se dirige a una victoria rotunda en Mendoza, pero esto, a nivel nacional, parece poco.
5. Mauricio Macri. Mauricio jugó la dama y luego, como siempre, se mantuvo en silencio. (¿Elección, o determinación biológica? ¿No habla porque no quiere, o porque no puede?) Supongo que supone que De Narváez no llega en 2011, por alguna razón de pensamiento mágico, pero algo me dice que el colorado va a dar pelea.
6. Néstor Kirchner. Se mandó a fondo, a matar o morir. Nadie puede negar que nos garantizó que los 50 días que faltan sean más que divertidos.
Esta lista fue escrita a las doce de la noche, una vez que se durmió mi nene, y no pretende ser exhaustiva. ¿Que me olvidé?
(Y por favor, manden data de Córdoba, Santa Fé y otras provincias, si las tienen.)
Los senderos de la izquierda latinoamericana
Estos días nos han traído la buena nueva de otra victoria de un partido de izquierda en Latinoamérica: el presidente de Ecuador, Rafael Correa, ha sido reelecto con el 55% de los votos, y sacándole más de 20 puntos al segundo. Esto vino luego de la victoria de un partido de izquierda, basado en la ex-guerrilla del FNLFM, en El Salvador. (Pequeño país que fue desvastado por una guerra civil, por una violenta represión, que está entre los más pobres del continente, y cuya principal fuente de ingresos son las remesas de sus inmigrantes. El Salvador estuvo gobernado en los últimos años por un gobierno de ultraderecha, que firmó un TLC con EEUU y que, entre otras cosas, implementó la normativa más restrictiva del continente sobre la prohibición del aborto.)
O sea, contemos:
Venezuela, Chile, Brasil, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Perú, Paraguay, Nicaragua, El Salvador, Argentina, Panamá. Salvo Colombia y México, y tal vez un puñado de países centroamericanos sobre los que poco se sabe (Honduras, Guatemala), todo el contienente está gobernado por fuerzas de izquierda o centroizquierda. Todas ellas elegidas e incluso refrendadas democráticamente, en elecciones limpias y abiertas.
Pero no sólo eso: los gobiernos de estos países no sólo intentan encabezar procesos de distribución del ingreso y crecimiento con equidad en sus países, sino que la región, antes desgarrada por operaciones político-militares y por conflictos varios, ha demostrado que puede actuar de manera coordinada en ocasión de conflictos entre los países y en diversos foros internacionales.
Ya lo dije aquí, pero lo repito: la vanguardia de la experimentación y vitalidad democrática mundial está hoy en Latinoamérica; en este momento, deberían venir acá misiones de consultores del Banco Mundial a aprender cómo se construye democracia, aquí, y no al revés. En este sentido, me considero privilegiada de vivir aquí, en este momento y en este lugar, y considero que nos hacemos un flaco favor, como región y como país, al continuar anclados en nuestras narrativas decadentisas (Halperín Donghi dixit) que siguen machando con el “eterno fracaso latinoamericano” sin ver que es éste, al menos, un momento de éxito.
Mucho se ha hablado de la victoria del primer candidato negro en Estados Unidos, pero ¿en qué otra región del mundo pueden encontrarse gobernando un obrero industrial sin título universitario, un indígena que apenas terminó la primaria y una mujer médica ex prisionera política que ha sido torturada, simultáneamente? ¿En qué otra región existe hoy un antecedente de una resolución de un conflicto como el que enfrentó a Venezuela y Colombia tan rápida, tan abierta, y tan por fuera de la injerencia de otras potencisa centrales? ¿En qué otro continente existen hoy tan pocas hipótesis de conflicto étnicas, religiosas, y geopolíticas? ¿Qué otro país del mundo está llevando adelante una lucha contra la pobreza y la desigualdad del orden que está haciendo Brasil?
Pero no. La desperanza, la sensación de que acá estamos condenados al fracaso, de que todo lo que se hizo y se hace es malo, es la piedra de toque de una cosmovisión que justifica y sostiene una posición subalterna de Latinoamérica en el sistema-mundo.
Esto es falso. Evidentemente quedan muchos problemas en la región, sobre todo la inequidad y la pobreza. El impacto de la crisis internacional, aún cuando sea menor aquí que en otros lares, será imputado en la cueenta de estos gobiernos, que tendrán que responder. Además, las derechas han demostrado que tienen la vocación y los medios de llevar adelante acciones destituyentes sangrientas, si no eficacez, como la que se vio en Bolivia.
Pero aquí, en nuestra región, hemos aprendido cosas. El aprendizaje ha sido duro y costoso, seguro, pero tenemos algunas cosas para compartir.
Por ejemplo, en este mismo momento en que en los Estados Unidos el gobierno del presidente Obama se resiste a llevar a los culpables de institucionalizar la tortura con el argumento de que hay que “mirar para adelante”. Los ciudadanos de Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, podemos decirle que esta vía no lleva a ningún lado y que si las instituciones son fuertes se puede enjuiciar y encarcelar hasta a sus ex-presidentes y que eso fortalece la democracia.
Otro ejemplo, varios países de Europa del Este han tenido levantamientos populares para protestar contra los efectos de la crisis. Sus gobiernos han firmado programas con el FMI en donde se comprometen a fuertes ajustes y recortes de gastos del estado. Desde aquí podemos decirles que la solución ortodoxa a las crisis no sirve.
Y, finalmente, la lección más importante que podemos compartir: que a pesar de llevar ya treinta años escuchando que la izquierda es imposible y que no hay alternativa al capitalismo desregulado, sabemos hoy si un gobierno distribuye el ingreso, mejora la condición de vida de una mayoría de sus ciudadanos, y democratiza las instituciones, lo más probable es que ese gobierno gane en las próximas elecciones. Y que son mejores los gobiernos de un indígena, de un dirigente obrero o de un dirigente de un movimiento popular, que de los tecnócratas de elite que desprecian la política.
Este es el gran secreto que, desde hace 200 años, nos habíamos ocultado a nosotros mismos: hoy sabemos que la democracia puede funcionar, si se la deja. Y esta es la gran lección que Latinoamérica puede ofrecer al mundo. Pero claro, esta no puede ser enseñada, debe ser autoaprendida.
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