Mariano

Las naftas

Carlos Zaffore es presidente y locador oficial del sello MID. Como correligionario de Frondizi, escribe autorizadamente sobre la crisis de los combustibles. Lo publica el diario Clarín.

La verdad es que me siento particularmente sorprendido por lo que considero una rareza. A diferencia de lobbystas como Montamat, Zaffore no oculta su lugar en la lucha de clases del lado del capital concentrado, en este caso en las empresas del ramo. Es un primer punto de sinceridad, siempre bien valorada.

La primera aclaración que hay que hacer parte de estas líneas: “YPF acusó a sus competidores de disminuir la producción y abastecimiento. La acusación, curiosa porque en la economía capitalista se festeja cuando los competidores resignan mercado…”.
Digamos que la acusación de YPF no afecta a la actividad de las empresas en tanto competidoras de YPF, sino como proveedoras. YPF vende al público el 60 y pico por ciento del combustible que se consume en el país, pero refina un 45 por ciento. La diferencia se la compra a otras refinadoras o la importa. Esas refinadoras están produciendo menos (trabajan al 70% de la capacidad instalada, digamos), dejaron de proveer a YPF, pero no de vender al público a través de sus bocas de expendio. No resignan mercado, sino que se cartelizaron para obligar a YPF a convalidar precios de combustibles más altos (primero a sus proveedores, después al público).

Sigue:  “El problema en las refinerías es la caída de la rentabilidad por congelamiento de hecho de sus precios y por impacto de la devaluación del 11% en el 2009 que, módica respecto de la inflación, encarece el principal insumo, el petróleo, que deben pagar en pesos”.
Este párrafo me dejó pensando. El esquema se simplifica así: las refinerías venden combustibles a los distribuidores a precios congelados (o casi). El barril de petroleo en boca de pozo tiene precio fijo (por efecto de retenciones móviles) de 47 dólares el barril. Si el precio de venta está congelado, y el insumo principal, que es el petroleo, se paga en dólares, y tenés una devaluación anual del 11%, el margen se redujo.
Entonces, si la cuestión estaba bien así expuesta: ¿qué corno tiene que ver que la devaluación fue módica respecto de la inflación? ¿Nombrar a la inflación es la moda? O por ahí, los editores de Clarín no te aprueban las notas si no mencionan alguna que otra palabrita clave. No sé.
La inflación podrá incidir sobre otros insumos, puede ser. Pero hay que aclararlo, si no… Porque encima Zaffore hace especial hincapié en que el petroleo es el principal insumo.
Otro dato que habría que observar para ver hasta qué punto esto incide tan fuertemente: las compras intra-empresa. El que saca petroleo del pozo lo lleva a su propia refinería y lo convierte en combustible que después expende a través de sus propios surtidores.  En esta situación el efecto achatamiento de márgenes, por aumento de insumos y precios de venta congelados, desaparece (sólo en parte, porque creo que no hay ninguna refinería que no tenga que comprar petroleo ajeno).
Y lo que queda es: presión para recibir precio lleno de exportación.

A pesar de que, como dijimos, Zaffore hace un esfuerzo de sinceridad, sigue insistiendo con la cuestión del precio sin regular como incentivo a la producción.
Como ya sostuvimos en otras oportunidades, el esquema de subsidios obliga a las empresas a producir por encima de lo que sugeriría el precio de equilibrio. Por lo cual no maximizan beneficios. Eso es lo que hace que algunas refinerías prefieran mantener capacidad instalada ociosa.
Es por eso, por otra parte, que las reservas de petroleo disminuyen a buen ritmo. Por la sobre exigencia que sobre el sector oferente genera una demanda expandida por encima de los precios de equilibrio. Desde el 2002 al 2008, según datos oficiales, las reservas de petróleo han disminuido un 8,2% y en la producción entre el 2002 y el 2009 la caída fue del 10,6%.

La solución no pasa por controles inconducentes, dice Zaffore. Y es verdad. Las soluciones (para las empresas) pasan por aumentar los precios, de modo tal que la demanda interna caiga. Y una vez equilibrados sus precios, costos promedio y costos marginales, y convergidas sus curvas en precios de equilibrio, tal vez su producción pueda crecer algún margen gracias al comercio internacional.
El tema es que los intereses de las empresas y de los consumidores se contraponen en este punto. El excedente que no usufructúa uno, se lo queda el otro.
Sin embargo, Zaffore tiene una solución:

Y una política que aliente la producción y, al hacer crecer la economía, aumente el poder adquisitivo de la población para que pueda pagar los combustibles sin distorsiones.

Le faltó agregar: si Dios quiere que se produzca tal milagro.
Y encima se enojan si alguien les dice que quieren volver a los 90.

Ajuste (de tarifas solamente)

De las discusiones en que nos metimos sobre inflación, salen algunas cosas que ponemos a consideración de varias personas para ver si se generan discusiones.

De un intercambio con elgrancayman surgen algunas de estas reflexiones.

 Una medida para atender el recorte de cierto gasto público superfluo (un ajustecito, focalizado), o al menos para que el mismo crezca menos, sería la actualización de los cuadros tarifarios de los servicios públicos. Acotaríamos, en un principio, a los casos de luz y gas.

Digamos que del alto monto dedicado a los “subsidios cruzados” que habitualmente se mencionan, los que se relacionan con estos servicios son una parte pero no la totalidad de los mismos. Estos subsidios inciden primordial aunque no exclusivamente, en las cuentas que pagan de luz y gas los vecinos de la ciudad de Buenos Aires y el GBA. Primero una aclaración en este punto: no es, como se cree habitualmente que sólo estos vecinos se benefician de los subsidios que mantienen pisadas las tarifas. De hecho, los que se dirigen al mercado mayorista, por ejemplo, tienen incidencia en el precio de la energía (luz, gas) que se consume en todos los distritos del país. El tema es que, por características de la organización de la producción, del transporte y la distribución, y en algunos casos por los impuestos indirectos provinciales que pesan sobre las tarifas, el esquema de subsidios cruzados favorece más a los vecinos de AMBA que a los del resto del país (entre los cuales también hay distintos matices).

 La cuestión sería: actualizar los cuadros tarifarios para reducir subsidios. La forma que más me gusta, particularmente, es con una tarifa base subsidiada y, a partir de determinado nivel de consumo, que el valor de la unidad marginal vaya subiendo progresivamente.
Pongámosle en el caso de la luz: hasta 200 KW, el mismo valor por KW actual. Los 100 que van del 200 al 300 un 35% más caros. Los que van del 300 al 400 un 45% más caros. Y así (los valores y las alícuotas son tema de estudio técnico, puse cualquier cosa con el solo fin de ilustrar la idea).

 El problema en la implementación de estas decisiones, es de carácter político. Al Gobierno no le gusta demasiado (a ninguno le gustaría) tomar medidas “antipáticas”. Por su parte la oposición ya demostró que está dispuesta a sacarle el máximo jugo a una situación de estas. Cuando se habló de reducir subsidios y aumentar tarifas se denunció “tarifazo” y las iniciativas (deficientes o no) fueron trabadas por simple oportunismo.

 El tema es que hay una ventana para arreglarlo políticamente. Se están presentando proyectos en el congreso para armar bicamerales para investigar cualquier cosa (ejem, eso implica muchos contratos de asesores, cosa que no importa tanto como “la saludable idea de que el poder legislativo adquiera protagonismo” –risas-). Deuda externa, deuda pública, INDEC, Fútbol para Todos, alcance legislativo del PEN, etc. Fracasado el “argentinazo”, se viene el bicameralazo.

Bueno, podría armarse una bicameral para abordar el tema de los cuadros tarifarios.  Entiendo que la oposición preferiría que el costo lo pagara el PEN solo, pero como viene la mano, es posible que todo el costo termine recayendo en quien gobierne en 2011.

Consejo, entonces: medir costo de oportunidad de hacerlo ahora o de dejarlo para más adelante.

Matar al enfremo para que la enfermedad no avance.

Continuamente escucho, leo y participo de discusiones que remiten a un mismo tema: la inflación, qué hacer con ella, el ajuste y los pobres.

Hay quienes dicen (simultáneamente):

- que la inflación perjudica principalmente a los más pobres. Es muy cierto. Tan cierto que hasta podría decirse que es irrelevante por lo obvio. Del mismo modo, podríamos ampliar para atacar de una vez por todas el meollo del asunto: el modo de producción capitalista perjudica, principal y casi exclusivamente, a los más pobres. De hecho, la pobreza, tal como la conocemos, es una consecuencia de este modo de organización social de la producción.

- que el ajuste es inevitable, que si no se hace ahora habrá que hacerlo en algún momento (tal vez el del próximo gobierno). Leí la metáfora, en líneas del comentarista de AP Walter, en la que equipara a los que desprecian el “ajuste” con un afectado de gangrena que le pide al médico que no utilice los métodos ortodoxos de amputar el miembro. Y que la muerte por septicemia solo se evita amputando, de modo que los médicos no deberían tomar otra decisión que no fuera amputar.

Suponiendo que la inflación acelerada fuera comparable con la terminal de una gangrena en avance, quedaría por ver en qué consiste eso que comparamos con la amputación. Es decir, el ajuste.

Ya lo dijimos varias veces. Ajustar implica necesariamente que los pobres, los tan mencionados pobres, vean limitada la posibilidad de expandir su consumo. Que renuncien al derecho de que se mejoren las transferencias del Estado (servicios de salud o educación, o prestaciones como asignaciones, etc., o construcción de viviendas a través de cooperativas) que reciben, ya insuficientes sin ajuste. Que paguen mayores tarifas (los subsidios no son sólo para las clases medias, los pobres viajan en colectivo también). La “solución” de ese ajuste, desde el punto de vista de los pobres, no es equivalente a la amputación, sino a la muerte. Matemos al gangrenado, antes de que muera por septicemia.

Valdría la pena hacer un esfuerzo intelectual y dejar de lado la mención a los pobres, sobre todo cuando se hace con hipocresía (como cuando Cavallo habla del impuesto inflacionario, por ejemplo). ¿De qué trata la cuestión de enfrentar un mal que aqueja a los pobres, desplegando estrategias que afectan a los pobres al menos en igual proporción?

Vencer la inflación ajustando de esa forma tradicional, no es para evitar el efecto que la inflación causa en los bolsillos de los pobres, sino en los de los ricos. Esa es la función del ajuste tradicional: que el capitalismo haga su trabajo, sin interferencias incómodas, a las que también suele llamárseles “distorsiones” en la jerga.

El detalle

La Presidenta dijo el otro día (en medio de su desafortunada y contraproducente cadena nacional) que no iba “a permitir que un Juez defaulteara la deuda”.

La sentencia fue interpretada, de manera plausible a mi entender, como una declaración de compromiso máximo con el cumplimiento de las obligaciones que el país tiene con sus acreedores externos. De manera burlona, aunque no falsa, alguien dijo: “una presidenta dispuesta a violar la ley con tal de pagar la deuda es el paraíso de los financistas”.

¿Por qué será, sin embargo, que el compromiso de los “financistas” no termina de consolidarse? Digamos, no bombardean a Cristina con toda su artillería, pero tampoco “dan la vida” por defender “su paraíso” (la defensa del paraíso bien vale arriesgar la vida, no?) 

La forma elegida para garantizar el pago de los vencimientos de la deuda nominada en dólares para 2010 (sea FoBic, Fondo del Desendeudamiento, o como se lo llame) es un tanto heterodoxa. Lo más usual hubiese sido que el Gobierno, que recauda pesos, utilizara una parte para comprar dólares en la plaza, y con ello cancelara los vencimientos. La diferencia (si los pesos no alcanzaran) se podría cubrir con nuevo endeudamiento, en pesos, o directamente en dólares.

Como sabemos la situación del Tesoro Nacional, por distintos motivos, no es ideal para tomar deuda en los mercados voluntarios. Su reputación se traduce en altas tasas. Entonces, la solución ideada fue blanquear un proceso que se da siempre, aunque no de forma tan explícita, cuando se cancela deuda externa sin contraer nuevo endeudamiento externo: pagar con reservas del Banco Central. Cancelar deuda externa es siempre derivar divisas (dólares, generalmente) que ingresan al país por distintas vías, a acreedores externos. O sea, son a la larga o a la corta, reservas potenciales que se van.

Así, se pensó en explicitar esta situación con el agregado de que se transferiría el costo financiero, del Tesoro al BCRA. El Tesoro emite una Letra y la coloca en el BCRA. Tasa de interés bajísima, y con un repago muy remoto, y que el BCRA se arregle para comprar los dólares que van a entrar durante el año (aumentar sus reservas), y esterilizar los excedentes de liquidez (con deuda). De esta forma, el BCRA se pone como mediador entre el Tesoro y el mercado voluntario local de deuda. Pone sus dólares y le dice al Tesoro: dejá que yo me arreglo, que a mí me creen y tengo espalda.

Bueno, pero ¿qué hubiera pasado si el Tesoro no hubiera contado con el “escudo” del BCRA y hubiera salido solito al mercado? Tal vez hubiera tenido que pedir a algún banco que en su representación estructurara una Letra y saliera a convencer a otros bancos, para que éstos a su vez convencieran a sus clientes más acaudalados, de la necesidad o de la conveniencia de comprar esa Letra y mantenerla en cartera. Una gestión difícil que, en comisiones, significa algunos millones de dólares.

Un detallecito, que obliga a toda persona de bien a mostrar la mayor firmeza a la hora de exigirle a la Señora Presidenta que cumpla con las disposiciones judiciales vigentes.

No voy a hacerme cargo de las acusaciones que se deriven de ésto sobre mi defensa cerrada a los K. El pago de deuda en las condiciones descriptas, me parece una buena idea, aún conveniente para aquellos que piensen en gobernar el país en 2011. Más todavía si se pudiera consumar el canje con los holdouts ahora (con el Fondo con reservas ya se habría finiquitado la operación), con quita del 65%. Cuánto más se dilate la operación, más difícil será la negociación para quien represente los intereses argentinos, y mayor la presión que los tenedores de bonos defolteados puedan ejercer. Pero (y tal vez por todo esto) soy muy crítico de la actitud del Gobierno de no buscar una salida negociada a un conflicto que no da el piné para que se lo transforme en algo de vida o muerte. Ahora, una cosa no quita la otra, no?

Lo que hacen con nuestra plata

Tenemos el caso de una empresa multinacional. Que a sus empleados de cierto rango (queda afuera la fábrica) les paga un bonus anual (un “premio”).

En todos los países en los que opera (unos 20), repite el mismo accionar.

 Sería algo así como hacer participar de las ganancias a sus empleados, reapartiendo una parte de las utilidades obtenidas el año anterior, en relación al desempeño que hayan tenido.

Para calcular el bonus se utiliza un coeficiente, cuyo componente principal es el EBITDA (digamos, las ganancias netas de la empresa, descontados los intereses, impuestos, amortizaciones y depreciación). En todos los países se usa una misma fórmula. Esto no hace que todos los empleados reciban lo mismo. En el coeficiente participan también el cumplimiento de objetivos, del sector e individuales.

Pero, me quiero detener en el famoso EBITDA. Mejor dicho en los EBITDA. Por qué? Bueno, la compañía decide que, como una especie de coeficiente de estabilización se utilice en la fórmula no sólo el EBITDA del país de la sucursal, es decir no sólo las ganancias hechas por la empresa en la sucursal, sino un EBITDA que promedia los rendimientos mundiales.

En estos años de crisis, algunos países del Tercer Mundo tuvieron EBITDA por encima del promedio mundial. Argentina, uno de ellos. Mucho mejor el resultado que en países como Francia, España o EEUU.

Conclusión, entonces: la estabilización que el EBITDA mundial realiza sobre el reparto de ganancias de la compañía actúa reduciendo el caudal de guita disponible para bonus de empleados argentinos, e inflando el disponible para empleados de países como EEUU, España y Francia.

¿Sería alguien tan amable de avisarles a esas personas que “con su plata” no solamente se está pagando el “fútbol para todos”, o los 180 pesos de los “tipos que prefieren tener hijos en lugar de trabajar”? ¿Que también le están pagando el bonus a los empleados (a los eficientes solamente, ojo) franceses o españoles, pobres, que no están pasando un buen momento?

Algunas mentalidades coloniales, aún si supieran darse cuenta de esto, entregarían la plata sin chistar, estimo.

Nuevos apuntes sobre inflación

De tanto ponernos en analistas del fenómeno inflacionario (aunque sin muchas herramientas científicas a disposición, vale aclarar), empezamos ahora a mirar algunas herramientas posibles de acción.

Para no hacer demasiado larga la cosa, vamos a apuntar ahora a dos herramientas de política fiscal que podrían tener efectos pro y anti inflacionarios. La idea es desmenuzar los posibles efectos que podrían generar o hubieren generado estas medidas.

La primera tiene que ver con la reducción del IVA para productos de la canasta básica.
En algún momento hemos tomado partido por la idea de que en un contexto con presiones inflacionarias, reducir IVA sin poder implementar efectivos controles de precio a lo largo de toda la cadena de producción y comercialización de los productos, alentaría, más que a una reducción de los precios al consumidor, a la recomposición de márgenes en uno o más eslabones de la cadena. Digamos, alguno se quedaría con la diferencia entre el precio anterior (con IVA) y el supuesto precio de equilibrio sin IVA (o con menos IVA). En la góndola el precio no baja, y el estado deja de recaudar. Resultado: transferencia de recursos íntegra desde el Estado a los eslabones de la cadena de producción y comercialización.

Podría haber, sin embargo, algunas ideas de ingeniería impositiva que permitieran, a lo mejor, tener una eficiencia mayor en la consecución del objetivo de bajar precios al consumidor.  Pero, de hecho, la medida, aunque no consiguiera una baja de precios inmediata en la góndola, pero permitiendo de algún modo una recomposición de márgenes para la producción y la comercialización, al menos terminaría cumpliendo el objetivo de contener las presiones inflacionarias.

Llegamos a esta conclusión, por supuesto, si aceptamos la influencia de la puja distributiva en el proceso de alza de precios. El productor, el comerciante, recompone márgenes a costa de recaudación fiscal(con efecto no muy relevante, aunque requeriría un ajuste presupuestario), por lo cual por un tiempo dejaría de pensar en la variable del aumento de precios a tales fines. El problema es que la influencia de este fenómeno tendría un alcance corto. No hago juicios sobre la justicia del asunto, intento describir lo que creo que pasaría.

Ahora, no podemos obviar que el IVA cumple una “función social” bastante distinta del motivo por el que fue implementado. Hay que decirlo sin miedo: es un factor fundamental para equilibrar precios entre comercios chicos y supermercados. El supermercado (Coto, etc.) no vende en negro nunca. El comercio chico, con las ventas en negro por las que no paga IVA, equilibra la diferencia de costos que tiene el super (que compra más barato al mayorista o incluso abarca la cadena verticalmente, obtiene financiamiento barato, los costos fijos, por escala, le influyen mucho menos en el precio de lo que vende, etc.).

Por eso, no se puede bajar el IVA sin ser consciente del problema que se compra por ese lado.

El otro tema es el del Impuesto a las Ganancias. Específicamente, lo que se conocía como “tablita de Machinea”. No sé si alguien se preocupó por el tema, y no sé si vale la pena hacerlo, pero capaz que algún económetra tiene ganas de buscar correlaciones entre la eliminación de la tablita y el comportamiento de los precios.

Yendo a un análisis más fino (pero de sentido común apenas), podemos decir que se puede atender a distintas hipótesis respecto de la influencia de la eliminación de la tablita en las presiones inflacionarias. Por un lado, el Estado resigna recursos de recaudación, y se pone esa plata en el bolsillo de potenciales consumidores: macroeconóicamente, expansivo, y sumado a otros factores, inflacionario. Ahora, cuánta de esa plata va a consumo efectivamente? Es muy difícil de determinar. Uno puede imaginar, por ejemplo, que varios de los pesos que no se pagaron al fisco terminaron en Punta del Este, o en dólares “fugados” a Uruguay o al colchón. Y, como todos sabemos, la “fuga de capitales” es una política anti-inflacionaria.

Más allá de eso, aunque sus efectos anti-inflacionarios no fueran demasiado importantes, la progresividad de la alícuota de ganancias debería ser reestablecida, por una cuestión de justicia. No sé si la misma tablita, a lo mejor se le podrían corregir algunas distorsiones que generaba. No sé, que se arreglen los técnicos. El problema sería la base de consenso político para llevar a cabo la medida: uno de los que más se opone es la CGT.

El libro de Tenembaum

Ernesto Tenembaum hace la presentación formal de su libro sobre el kirchnerismo. En el primer capítulo, parece abonar la tesis de que el kirchnerismo empezó a extraviar su rumbo después del 2005, cuando en lugar de continuar enfrentando a las estructuras del PJ bonaerense, decidió abrirle las puertas a Mussi, Curto, Cacho Álvarez, y otros “mafiosos”.
Son opiniones.
Tenembaum, como buen progresista transversal confeso, le da una valoración fuerte al enfrentamiento que Kirchner propició, más discursiva que efectivamente, con las estructuras de los partidos políticos tradicionales. Sugiere que ese fue el motivo del enamoramiento de la “sociedad” con Kirchner, y le asigna a ese enfrentamiento la épica de “la lucha contra el poder”. (Digamos por otra parte que Kirchner no decidió nada, se subió a la ola de opinión reinante post-2001, pero ese es otro tema).

A mí me da un poco de escalofrío que el tipo diga eso desde las páginas del diario La Nación, uno de los centros donde, a mi humilde juicio, se asienta uno de los pilares de las estructuras de poder más firmes, más peligrosas, y contra las cuales sería más épico luchar (y de hecho es más difícil, y más dificultosamente “glorioso”).
Qué le pasó a aquel periodista contestatario al que “la sociedad le creía”? Cuando fue que decidió extraviar el rumbo para convertirse en pluma del diario ultra-conservador La Nación?, pienso y replico sus pensamientos, pero cambiando el sujeto y los circunstanciales.
Un diario que desde hace 150 años viene representando con la fidelidad que nadie alcanzó los intereses de los sectores económicamente más concentrados, más tradicionales. No es el mejor lugar, presumo, desde dónde pontificar con la “lucha contra el poder” y esas tonterías.

Pacto

No quiere la presidencia de ninguna comisión. Sabe que ese precio está “fuera” de mercado.

Es una ingenuidad muy grande creer que pide plata. Es antikirchnerista por convicción, y no le hace falta la guita.

Está en el Senado por los fueros, y porque no puede dejar en banda a gente que le fue leal siempre.

Lo único que quiere Menem para darles el fundamental voto 37, que alimentaría en más de uno sus ambiciones presidenciales en 2011. es una foto.

Invítenlo a un asado. Solamente eso. Un asado y una foto.

Y aprendan: no se puede pactar con el diablo sin que el diablo se entere.

La inflación y las expectativas

Ya hablamos y discutimos bastante sobre inflación. En varios casos recibí reclamos por creer que la opción es entre una inflación de dos dígitos, o un ajuste para bajarla (cosa que a mí modo ver, y de acuerdo a las prioridades que identifico, me parecería peor). Los reclamos, por supuesto, apuntaban a que no deberíamos resignarnos a tener que elegir entre dos variantes (más o menos crueles) de una misma injusticia.

 Hay un factor que actúa como propagador de inflación y que tiene que ver muy directamente con lo que hoy está al uso llamar inflación inercial: las expectativas.

Todos los analistas, economistas más cercanos y más lejanos al gobierno, periodistas, políticos incluso, cuando hablan de inflación le atribuyen a las expectativas un rol muy importante.

Aquel que alcanzase a tener un dominio más o menos aceitado sobre todos los canales a través de los cuales se establece la generación y transmisión de expectativas, puede propiciar políticas expansivas, con la certidumbre de que cuenta con una herramienta muy eficaz para evitar desbordes inflacionarios.

Una barrera de contención en un ámbito de propagación del fenómeno  (aunque no sea su causa fundamental).

 Tal vez, en la Argentina actual dominar las expectativas podría brindar la posibilidad de aspirar a mantener una economía “calentita”, con una inflación notablemente menor a la actual.

 Ahora bien, ¿cuál es la situación? El Gobierno no está en la mejor posición como para encarar el desafío.

Actualmente (atención a la transitoriedad de estos fenómenos), la realidad indica que el Ministro de economía da un discurso diciendo que el Gobierno se compromete a enfrentar el problema de la inflación, y el que tiene unos mangos sale corriendo a comprar dólares. Esa es la situación actual, mal que pese.

En algunos casos, ya entramos en la lógica del aumento preventivo. Por eso (entre otras cosas)  desconfío de las explicaciones que hablan del “poder de los oligopolios”. Por supuesto que los oligopolios están en condiciones de salir ganando en cualquier puja distributiva que se establezca, pero la verdad es que, una vez desatada la carrera, el almacenero de Villa Luzuriaga enseguida piensa en el aumento de precios como forma de mantener su capital de trabajo ante la posibilidad de que sus proveedores le trasladen aumentos cuando tenga que reponer mercadería. Y no es que el tipo (estos miles de tipos) complote junto al capital concentrado. Actúa de manera previsible de acuerdo al diferencial de información con el que cuenta. Y hasta se perjudica a sí mismo, sin saberlo, entrando en la carrera de lleno. Porque lo que sí es cierto es que los capitales concentrados tienen la forma de imponer sus condiciones en el contexto que fuera (inflacionario o no). Pero ese es otro tema. La realidad es que llegados a determinado punto, el tipo actúa previsiblemente así.

(Aparte pagan costo financiero altísimo si necesitan adquirir capital de trabajo en el mercado financiero “paralelo”, pero es es otro asunto).

Otra cuestión es que tampoco existen puentes firmes que sirvan para establecer los vínculos necesarios con gente de la que necesariamente se requiere colaboración.

Un ejemplo claro es la operación llevada a cabo por Clarín y La Nación sobre el aumento de la canasta escolar. Pensemos un poco. Si Clarín dice que dos gomas de borrar valen $5,90, mientras que se las consigue en las librerías entre $1,40 y $2,60 según las marcas, ¿a qué está apuntando? No lo veamos desde la visión del consumidor solamente. Pensemos en el librero que ve en el diario que otras librerías están vendiendo dos gomas a $5,90. Automáticamente piensa: “yo soy un pelotudo, que vendo a $1,60. Cuando tenga que reponer mercadería, cómo hago?”. Fijémosnos que la operación se hizo una semanita antes de que la compra de inicio de clases llegara a su punto cúlmine.

Entonces, hay actores con condiciones informativas privilegiadas (en el sentido de que tienen llegada, y se les cree) que pueden operar negativamente sobre las expectativas, y que tienen pocos incentivos para no hacerlo. Su poder de fuego, sin embargo, es bastante limitado. Vale la aclaración, porque tiende a sobrevalorarse lo que estos actores pueden generar. Pero, sin ser invencibles, un poco influyen.

 Ese es el contexto, el cuadro de situación. No es inmodificable, pero hoy por hoy es complejo. Hay que reconocerlo y tratar de analizarlo al máximo para saber en qué condiciones se opera.

Tal vez, en este momento sea preferible plantearse objetivos mínimos, de menor alcance, y adoptar una postura de “resistencia” ante las propuestas de ajuste anti-inflacionario más salvajes (que generen “shocks”, que es lo que hay que evitar invariablemente). Y ceder algún puntito frente a otras demandas. Más adelante trataremos de profundizar un poco en algunas ideas sobre lo que, a mi modo de ver, se podría hacer.

Defensa neoliberal

Mariano T. comentó, respecto de la nota de Sandra Russo “Neo-neoliberalismo”.

“Bastante idiota la nota de Russo. Suma todo lo que no le gusta y lo llama “neoliberalismo”. Menos mal que no habla de futbol para ahorrarnos de calificar el mediocampo de la selección como neoliberal.”

No, Mariano T. El mediocampo de la selección no es neoliberal.

Hagamos un repaso. Hasta fines de la década del 80, principios de la del 90, la Argentina se destacaba por tener extraordinarios marcadores de punta. No tan buenos como los brasileros a la hora de manejar la pelota y pasar al ataque, pero, sin ser negados en el sentido anterior, eran aparte aguerridos para la marca. “Perros de presa”, como decían de Natalio Pescia o el “cholo” Simeone (el viejo, Carmelo, no el esposo de la señora que baila con Tinelli).
Estos marcadores de punta (Bujedo, Carrascosa, Clausen, Saporitti) herederos de los viejos “jas derecho” y “jas izquierdo” conjugaban muy bien la capacidad técnica para manejar la pelota con ductilidad, y la fortaleza y orden defensivo.
Sin embargo, para esa época, el fútbol europeo adquirió un esquema defensivo que eliminaba a los marcadores de punta. Defensas de 3 (o también de 4 jugadores) conformadas íntegramente por marcadores centrales, altos, fuertes, con buen juego aéreo, pero nulos para pasar al ataque o incluso salir jugando. Las defensas con un líbero y dos o tres (menos común) stoppers.
(Bilardo siempre pidió que se le reconociera propiedad intelectual sobre el “invento”; es tema de discusión).


Esa “filosofía” fue adoptada en Argentina, no sólo para la selección sino para los clubes locales, e incluso las divisiones inferiores. El resultado es que, hoy por hoy, el futbol argentino carece de lo que eran algunos de sus más codiciados elementos: los marcadores de punta. Por eso en nuestra selección todavía no tenemos definido quiénes ocuparán esos puestos. Ninguno de los aspirantes convence demasiado. Y en el fútbol local, la verdad es que no sólo no abundan, sino que faltan.

Podemos atribuir este caso, a la decisión de adquirir hace tiempo un sistema que no se ajustaba demasiado a bien a resaltar las virtudes de nuestros marcadores laterales, al punto que los chicos desisten de especializarse en estos puestos, ante la falta de referentes en los mismos. Los últimos grnades jugadores que se vieron, a mí entender, son el Loco Enrique y Fabián Basualdo.

Así que, a falta de mediocampo neoliberal, lo que tenemos es una defensa neoliberal.

Debatiendo contra Fernando Iglesias

El respetado lector Pepe opina, respecto de esta nota de Fernando Iglesias en La Nación, que sería interesante que los kirchneristas lo intentaran refutar. Y arriesga un resultado: les resultará difícil.
Y es cierto. Por eso, más que una refutación, lo único que pretendo es señalar algunas cosas de la nota que son, como casi todo en el discurso de Fernando Iglesias, injustificadamente exageradas y destructivas.

La nota empieza con este recorrido amarillista:

“Desbocado gasto público, creciente déficit fiscal, provincias en rojo, paralización de las inversiones productivas, dolarización de portafolios, fuga de capitales, inflación alta y en aumento, imposibilidad de afrontar la deuda pública según el esquema delineado hace pocos meses, agotamiento de las cajas estatales capaces de prolongar artificialmente la fiesta.”

Empieza entonces con lo que es una definición política: “desbocado gasto público”. Reconocer que se gasta mucho es lo mismo que decir que debería gastarse menos, hacer recortes, además por supuesto de abstenerse de incrementar otros gastos. Cualquier sector de dónde el Estado retire recursos, implicaría automáticamente asumir un costo para alguien.  Pero, independientemente de esto, el gasto está “desbocado” respecto de qué? En relación a los ingresos? En relación a las necesidades que habría que dejar de atender?

“Creciente déficit fiscal” : Las cuentas fiscales del sector público nacional no financiero estuvieron casi en equilibrio durante el año recesivo 2009, en el que los países que conjugan “desarrollo con justicia social” (según FI señala más adelante) tuvieron déficits fiscales de 5 o 6 puntos del PBI. Tengo que deducir, entonces, si sigo el razonamiento que FI despliega después, que si los países que deberíamos imitar tienen déficits fiscales tanto más grandes que los nuestros (que tuvimos superávit financiero todos los años desde 2006, salvo 2009), que el déficit fiscal sea creciente indicaría una buena noticia, o no? Lamento decirle a FI, entonces, que en el 2010, el déficit fiscal no será tan creciente.

“Provincias en rojo”: correcto. Pero algunas, otras no. Cabría preguntarse por qué hay unas 10 provincias que tienen más o menos equilibrados sus presupuestos. Y encima, seguimos sin saber si es bueno o malo tener al sector público en rojo.

“Paralización de las inversiones productivas, dolarización de portafolios, fuga de capitales”: esto es bastante aleatorio. Por ejemplo, antes del sainete del Fondo del Bicentenario, las perspectivas indicaban que iban a sobrarnos dólares. Entramos en baches, es cierto. Seguramente superado el episodio la situación se normalizará. Pero hay que decir que, en todo caso, la colaboración que la oposición brinda para que estos problemas aparezcan es indispensable. Con el FdB ya constituido se hubiese realizado el canje de deuda, y lejos de que se hablara de dolarización de portafolios y fuga de capitales, el BCRA tendría que comprar diariamente o apreciar el peso. Disyuntiva en la que se encontrará durante el año 2010 seguramente. Eso no se llama “fuga de capitales”, sino ingreso de capitales.

“Inflación alta y en aumento”: en esto tiene razón.

“Imposibilidad de afrontar la deuda pública según el esquema delineado hace pocos meses” :  solamente FI sostiene esto. Debería alinearlo con el discurso que justificó oponerse a la constitución del Fondo del Bicentenario, ya que se dijo en su momento que no había necesidad de conformar el fondo porque la deuda podía pagarse con otros recursos. O sea, o nos sobran recursos, o nos faltan. Por coherencia, digo. Pareciera ser que sobran, y que habría que definir con qué pagar.

“Agotamiento de las cajas estatales capaces de prolongar artificialmente la fiesta”: qué fiesta? Hay una fiesta? Otra vez, o estamos hasta las manos o estamos de fiesta. Pero bueno, si con esto alude por ejemplo al Fondo de garantía de la ANSeS, hay que decirle que hoy por hoy, los recursos de ese fondo son un 20% mayores a cuando se hizo el traspaso. El error habitualmente pasa por creer que esos fondos se usan para cubrir gastos corrientes, cuando en realidad son una fuente de apalancamiento financiero. Pami y Lotería siguen siendo superavitarios, y el tesoro sigue teniendo sus cuentas en el Nación.

Más allá de estas cuestiones, la idea general del artículo creo que se resume cuando FI dice directamente que la situación actual difiere del 89 y del 2001 solamente porque ahora no nos faltan dólares, cosa que se relaciona con la mejora de los términos de intercambio.

Le pregunto a FI: si durante el Gobierno de Alfonsín no se hubiese desatado la hiperinflación, ¿no seguiría él siendo alfonsinista? Se gobierna con las condiciones que se tiene.

Las facturas que pasa respecto del manejo de la deuda son increíbles. Hablar de “pagadios” en referencia al canje de 2005 es patético. Qué pretendía que se hiciera? Que se reconociera la totalidad de la deuda? Qué nivel de quita era tolerable? Lo que había que tratar de hacer era no entrar en default, pero una vez que los arquitectos de la convertibilidad, y sus postreros sostenedores, nos llevaron a eso, había que resolver el entuerto como se pudiera. Estos tipos prenden el fuego, y cuando tirás un baldazo para apagarlo, se paran con gesto cuircunspecto y te dicen: “pero mirá cómo mojaste todo”.

Decir que la deuda que se tenía con el FMI devengaba 5% es parcial, porque si no se la cancelaba había que refinanciarla, en un momento en que Argentina no tenía el investment grade de cuando la había contraido (tiempos felices aquellos) sino que venía de un default, y que en el mundo se manejaba tasas más altas, o sea te iban a refinanciar, por lo menos al 8 o 9%. Cambiar entonces 10.000 millones de dólares al 9%, por 2.000 millones al 15% (que en realidad, la del 15% fue una emisión muy posterior), habiendo ganado soberanía en materia económica, no sé si está tan mal.

El título (Debatiendo contra Fernando Iglesias) alude a que esa es la forma en que FI se planta frente a los debates de toda índole. Cuando se quiere solucionar uno de los problemas que FI tangencialmente señala, como puede ser el tema tarifas, FI golpea, recurre a términos como “tarifazo” o “escándalo”, dice cosas tales como “por qué no se hizo antes”. Es su forma de plantarse. No se debate “con”, se debate “contra” Fernando Iglesias.

Digo esto con la sola intención de resaltar que coincido con FI en que el kirchnerismo debería autocriticar por qué a veces estamos tan lejos de los “ideales” que FI describe. Pero no es la única fuerza que debería autociticarse. Las responsabilidades son, como siempre, compartidas.

Inflación II

En el post anterior sobre el tema, Angel nos dejó un comentario en el que más o menos decía (intento reproducir el espíritu, no cito): si la inflación es regresiva, y las políticas anti-inflacionarias son más regresivas todavía, la decisión más razonable sería la de evitar que el proceso inflacionario se iniciara.

En este post, y en este, Rollo Tomasi y Olivera llegan a la conclusión de que la inflación en la Argentina actual (2003-2010) es una consecuencia lógica de haber mantenido alto el tipo de cambio (en más de tres pesos, subiendo lenta pero persistentemente), en base a emisión.
Sin embargo, el asunto no puede cerrarse ahí mismo.
El tipo de cambio alto no es el capricho de un loco, a partir de lo cual puede decirse que se cambia el enfoque, se deja apreciar el peso y listo.
La política de flotación administrada tendiente a ajustar el tipo de cambio nominal al alza para corregir las apreciaciones reales, de modo tal de mantener niveles de competitividad productiva, y desalentando la inversión financiera, es simplemente una herramienta utilizada para la consecución de otros objetivos.
Objetivos que se relacionan directamente con algunos de los logros del gobierno más importantes e innegables: sustitución (leve) de importaciones, aumento de exportaciones no tradicionales (ensanchamiento de la base productiva), y muy ligado a esto, por supuesto, baja en la desocupación de 27% a 8% e incremento del consumo interno.
Es decir, la política de tipo de cambio alto estuvo ligada directamente a la decisión de incluir a varios millones de argentinos en el mercado laboral y, consecuentemente, en el consumo. Aunque, es cierto, esto significó que para algunos sectores de las clases medias resultaran un poco menos accesibles los bienes importados, o incluso algunos bienes durables nacionales, como los automóviles (en relación a sus ingresos).

Por eso, la respuesta que Angel nos daba en el comentario citado, no anula los interrogantes, sino que solamente los desplaza.
El punto sería, entonces, ¿cómo se incluye en el mercado laboral y en el mercado de consumo a millones de personas, en un plazo relativamente corto (aunque no tanto como la urgencia requeriría), sin generar condiciones para que se desarrolle un porceso inflacionario?

Sí, sí, ya sé. Con inversión, con aliento al desarrollo de más productividad. Fenómeno con todas esas ideas platónicas. Pero preferiría cosas un poco más concretas.

Inflación

Muchas vueltas se da sobre el tema.
Por lo pronto, yo llegué a una conclusión de la cual va a ser difícil que me mueva.
Para que haya inflación es condición necesaria (no suficiente) que exista un excedente monetario traducible en demanda de bienes.
Dicho sin pompa: plata en el bolsillo de potenciales compradores.
La fijación de un nivel de precios sería, atento a esta descripción, el resultado (dinámico) de una puja entre los distintos agentes (los que producen, los que comercializan, los que financian, los que compran).
El proceso inflacionario, sobre esta base, sería un aumento continuo y generalizado en el nivel de precios de bienes y servicios, como resultante de la puja por el acondicionamiento de márgenes que les permitan a los distintos actores apropiarse de una mayor cantidad de excedente monetario. Con el resultante, por supuesto, de que algunos ganen y otros pierdan.

La explicación sobre el accionar de grupos económicos formadores de precios, que se aprovechan de mercados de estructura oligopólica no me parece plausible.
No porque estos grupos no puedan ejercer alguna influencia. Incluso ser ejes centrales del proceso, cuando existen. Sino porque su existencia e influencia son teóricamente irrelevantes. Con estructuras oligopólicas o sin ellas, el resultado complejo del funcionamiento del esquema sería más o menos el mismo. Por supuesto, un agente en situación de ejercicio oligopólico tiene una mejor condición para la aporpiación de excedentes. Pero esta sería una forma derivada de un proceso que, tal vez con otras características, existiría igual.

Atento a esta interpretación, queda por concluir fatalmente, que todo intento de estabilización de precios de bienes y servicios, propenderá a la absorción de dichos excedentes monetarios. Asumir esta situación es equivalente a definir la elección de coyunturales ganadores.
La estabilización de precios como freno de un proceso inflacionario acelerado, sin plantearse influir sobre los patrones de acumulación en los que se basa el mismo sistema capitalista, oibliga a asumir que los precios de bienes y servicios se estabilizarán a un nivel más alto en relación al nivel salarial promedio. Porque no hay forma de absorber el excedente monetario traducible en demanda, que se señaló anteriormente, sin ajustar sobre la demanda potencial, o sea sobre los ingresos de los demandantes.

Estoy, como podrá notarse, transitando el terreno de la ortodoxia. Y por tanto desafío a aquellos economistas de esta escuela que se la pasan diciendo que el “impuesto inflacionario” es el más regresivo, y que un contexto con inflación perjudica a las capas sociales más bajas, a que me digan cómo harían para que un proceso de estabilización de precios tradicional no sea más regresivo todavía en cuanto a distribución de ingresos.

Carne y energía: el problema es la demanda

La disparada de los precios de la carne en este principio de año volvió a propiciar el debate sobre la regulación de los mercados por parte del Estado y la sustentabilidad de modelos ideados con base en esa premisa.

Es muy difícil condensar en un mismo texto ideas que atañen a mercados disímiles, con características propias, sin caer en el riesgo de la simplificación, y tal vez la falacia. Sin embargo, el intento se relaciona con la necesidad de enmarcar la discusión en el modo en que funcionan los mercados, al menos en sus leyes generales, y la capacidad operativa que las instituciones estatales tienen para intervenirlos.

Ocurre que en los mercados señalados se da una situación más o menos aproximada: los productos (descontados impuestos internos) tienen precio de mercado interno inferior al internacional. Esto significa que los agentes dedicados a la producción reciben precio neto de cargas impositivas menor al que recibirían con una simple desregulación del comercio exterior (sin retenciones, sin permisos de exportación). Esta situación es reconocida generalmente, independientemente de lo que el consumidor pague (en el precio que paga el consumidor intervienen otros factores: en la carne, por ejemplo, el accionar de las cadenas de distribución y comercialización y sus márgenes; en los combustibles los impuestos específicos; en todos los casos, los impuestos indirectos).

En el caso de la carne se da una situación desde hace unos años que se puede esquematizar así: demanda externa fuerte, con buenos precios; demanda interna más fuerte todavía, pero con precios menores (lo cual hace que la demanda tienda a crecer más); intervención estatal para corregir el incentivo a la exportación que genera esta situación (intervención sobre los precios netos cobrados, más restricción de las exportaciones a través del otorgamiento de permisos y obligatoriedad de encajes para los frigoríficos). Es decir, prácticamente se obliga a la cadena de producción a atender priomordialmente el mercado interno.

Ante la demanda que crece, incentivada por los bajos precios relativos, del lado de la oferta se presenta un problema. Reinvertir las utilidades necesarias para hacer crecer la oferta a tono con el aumento de la demanda, implica utilizar por debajo del óptimo los recursos productivos. El costo de oportunidad es alto. 

Con la energía la situación es más evidente. Las empresas del sector (o de los varios sectores comprendidos), de capitales internacionales, tienen en general tomada la decisión de cuál será su centro de ganancias. Es decir, aquel lugar del mundo donde, previo ajuste de su contabilidad, las ganancias deberán derivarse, con el fin de maximizarlas. Es, por supuesto, un lugar donde los impuestos sobre las mismas sean menores, las tasas de interés más atractivas, la moneda convertible, el mercado de capitales más atractivo, etc.

Operar, entonces, en un mercado que obliga a la maximización de la reinversión de utilidades para atender una demanda firme, con precios que están por debajo del umbral de restricción del consumo, obliga a las empresas a sustraer recursos que, mediante transferencias, compras intra-empresa, y otros conceptos podrían ser derivados a su centro de ganancias. Trabajan por debajo del óptimo. Alto costo de oportunidad.

Pagar millones en subsidios no corrige definitivamente la situación. El “problema” se genera, no porque los ingresos de las empresas sean inferiores a sus costos (efectuado el pago de subsidios no lo son), sino porque la situación las obliga a reinvertir utilidades, a no poder maximizar ganancias de acuerdo a su política global.

Hecho el diagnóstico sobre el cual podríamos llegar a un acuerdo más o menos general, queda evaluar alternativas para la “solución” de estos problemas. ¿Y cuál es la alternativa más “racional”? Precios al consumidor que restrinjan el consumo. Ajuste sobre la demanda.

Cualquier enfoque que se haga de estos problemas terminan por conducir a una misma conclusión: los argentinos consumimos cantidades que están por encima de la capacidad de optimización de recursos de la cadena de producción. Es decir, el nivel de consumo en el mercado interno no les permite a las empresas del ramo maximizar ganancias.

¿Alguien puede, después de arribar a esta conclusión, sostener que las supuestas soluciones serán beneficiosas para los consumidores (sobre todo los más pobres)?

Aún cuando el esquema actual se vuelva insustentable, la alternativa con la cual compararlo es la de haber hecho esto que aparentemente está ocurriendo ahora, hace 6 años. ¿Con qué beneficio? ¿Que no falte carne, o electricidad? Restringir el consumo es convalidar la escasez, hacer que falte.

O sea, la opción era: ser populista o ser “racional”. Como siempre, la decisión es ideológica.

Kirchner está loco

El tema a tratar es levemente viejo, si tenemos en cuenta la velocidad con que se desarrolla el proceso de denuncia serial que vienen llevando a cabo algunos medios de comunicación.

A decir verdad, me parece justificado que se cuestione la compra de dos millones de dólares por parte de Kirchner. De hecho, leí y escuché críticas a esa situación por parte de personas insospechables de opositores.

Primero, por la cantidad de guita, que ya es un tema. Segundo por lo inconveniente, siendo que una actitud de esas características pone en aprietos a todos los que de manera bien intencionada defienden al oficialismo y son blanco de la chicana fácil sin recibir a cambio ni medio beneficio, ni un cuarto de ayuda.

Negocios legales, lícitos, pero negocios al fin, que no son lo que más de uno pretenderíamos de aquel que lidera un proyecto del que nos gusta (o gustaría) sentirnos parte.

Ahora, si bien todo esto es cierto, también me parece injustificada la actitud de los medios primero (Perfil, Clarín) y la Coalición Cívica (el resto calladitos porque no les conviene levantar la perdiz, viste cómo son estas cosas), de andar tratando de ver en la operación un accionar especulativo, con el fin de sacar ventaja de la información privilegiada que Kirchner, en calidad de esposo de la Presidenta, tiene.

Porque la verdad es que si Kirchner, a fines de 2008, hubiese tenido intenciones de especular con el tipo de cambio, la tenía muy fácil para hacer ganancias exorbitantes.

Repasemos: Crisis financiera internacional. Reacción de los agentes conocida como “flight to quality” que consiste en colocar sus inversiones en las alternativas más seguras (para los “mercados” el dólar es una inversión segura). Argentina no es la excepción; aumenta la demanda de dólares. La UIA pide que se devalúe el peso a 4,20 más o menos. En Brasil, el banco central se queda piola y convalida una devaluación del Real del 30%. El peso entonces se aprecia contra el Real. Un motivo más para justificar el pedido de devaluación. “Nos van a invadir los productos chinos y brasileros, no vamos a poder vender nada”. “Somos caros en dólares”, eran frases muy corrientes al uso.

“A contramano del mundo”, decía Clarín, el BCRA vendía dólares “baratos” para satisfacer la demanda. Continuaba el proceso de “fuga de capitales”, y el BCRA se desprendía de reservas con el fin de no convalidar una devaluación brusca, que era lo que pedía la oposición (en línea con la UIA).

Si bien unos meses antes pedían que se revaluara el peso (y que el BCRA dejara de comprar dólares para mantenerlo a 3 y pico), este cambio de postura mantenía una coherencia: había que imitar a Brasil. Si Brasil revalúa, hay que revaluar. Si Brasil devalúa, hay que devaluar.

La cuestión es que el BCRA (de Redrado) firmaba swaps con el banco central chino, y con el brasilero, además de los pasivos contraidos con el BIS (que son todavía de unos 3.000 millones de dólares), entre otras medidas heterodoxas para mantener “poder de fuego”, a pesar de la disminución de reservas.

A tal punto, que Cachanovsky, desde las páginas de La Nación polemizaba con parte del directorio del Central sobre el verdadero nivel de lo que llamaba “reservas netas” del Central (en línea con lo que hace poco planteó Ismael Bermúdez en I-Eco).

Carrió, ante este panorama, recorría canales de televisión diciendo que le habían dicho que Redrado decía que Kirchner estaba loco porque lo obligaba a hacer todas esas cosas.

Así que, de creerle a lo que se decía en aquel momento (en el que Moyano, que parece que todavía no era “ultra K”, hacía declaraciones en las que liquidaba a los que pedían devaluación brusca), tendríamos que pensar que Kirchner, si realmente había comprado dólares para especular con una suba, terminó actuando en contra de sus propios intereses, sugiriendo operaciones con poca prensa para evitar una devaluación brusca.

De más está decir, en aquel momento devaluar era lo que se ajustaba mejor a la “racionalidad” (pero, como todos saben, Kirchner está loco).

En definitiva, Kirchner fue blanco de críticas en aquel momento por no permitir que el peso se devaluara lo suficiente. No es justo que un año y pico más tarde nos hagamos los distraídos con lo que decíamos entonces, y aprovechando la frágil memoria colectiva lo culpemos de haber propiciado una devaluación que, por otra parte, fue limitadísima en comparación a la convalidada en los países que “deberían ser nuestros ejemplos”, y más aún en relación a las “expectativas de mercado”. Sugiero buscar lo que publicaba por ejemplo Maximiliano Montenegro en Crítica.

Así que una cosa es cuestionar la operación por lo que tiene que ver con la desprolijidad y con la incorrección ética y política, pero una muy distinta es inventar un plan de compra, especulación y devaluación, que pareciera no haber existido. El único motivo para darle crédito a esta interpretación de la denuncia es que esta haya sido motorizada por medios como Perfil y Clarín, cuyos dueños son verdaderos expertos en operaciones de especulación con tipo de cambio y fuga elusiva de capitales. Todo lo demás, patea en contra.

Reservas excedentes y política económica

Esta es la nota publicada en I-Eco por Ismael Bermúdez. El fin de la misma es discutir lo que ya había sido discutido por Cachanovsky el año pasado acerca de la relación entre los activos y los pasivos no monetarios del BCRA.
Sin embargo, lateralmente se alude a un argumento bastante repetido en distintos ámbitos, al calor de las discusiones sobre el Fondo del Bicentenario. El argumento indica que con el criterio de “reservas de libre disponibilidad” al gobierno le alcanza con tomar la decisión de devaluar para aumentar las reservas en dicho concepto.

Me parece que la sentencia es falsa, o al menos, simplifica demasiado. Si no me falla la intuición, la devaluación implicaría en el corto plazo una tendencia a la generación de pasivos monetarios para el banco central. Se aceleran los precios al tiempo que se genera una tendencia expansiva de la base monetaria, que sólo se puede revertir con un ajuste monetario fenomenal que podría traer como consecuencia una absorción de liquidez altamente recesiva.
Este esquema, que complementaría la decisión cambiaria de devaluar con la decisión monetaria de restringir la emisión de pasivos monetarios del banco central, es bastante parecido a lo que proponía la UIA a principios de 2009, con objetivos bastante distintos a la “obtención” de mayor cantidad de reservas de libre disponibilidad.
La relación entre los pasivos monetarios del banco central y sus activos no se modifica con tanta facilidad, al menos si no hay una decisión de política monetaria que complemente la decisión cambiaria.
Y esto conlleva que un proceso como el descripto, puede desarrollarse independientemente de la utilización o no del concepto “reservas de libre disponibilidad”.

De alguna manera, es imposible sostener que el fuerte crecimiento de las reservas del BCRA en estos años no estuviera directamente relacionado con la decisión cambiaria de mantener un tipo de cambio elevado, que complementada con decisiones de política comercial definieron el objetivo de mantener un amplio superávit de cuenta corriente. Modificar este proceso, dándole un sesgo inverso o corrigiendo los objetivos, es de alguna forma disponer de las reservas del banco central, ya sea para atender la demanda de un público incentivado a la compra de divisas baratas o bienes importados baratos (que se compran con divisas), o cerrando el margen para la compra de reservas en el futuro próximo.

Las “reservas de libre disponibilidad”, y la “codicia” del Gobierno (éste u otros) por hacerse de ellas, no tienen la influencia que se sugiere al enunciar el argumento.
El concepto “reservas de libre disponibilidad” es una herencia del esquema de tipo de cambio fijo de la convertibilidad, pero la influencia que tiene en el esquema actual es limitadísima, casi nula, al punto que corregirlo o erradicarlo es prácticamente irrelevante.
Porque, en definitiva, cuando se define los lineamientos de un esquema económico integral, siempre se toma la decisión, explícita o implícita, de definir un nivel óptimo de reservas. Y por acción u omisión, siempre las decisiones que se toman, influyen en que se disponga de las reservas excedentes, sea cual fuere la definición de las mismas. En torno a esa definición se discute en la nota de Ismael Bermúdez, entre posiciones más laxas (entre las que se cuenta la política monetaria del actual gobierno) y posiciones más conservadoras, como las que levanta la nota de Castillo Carrillo o Raúl Cuello (que son inseparables de la decisión de mantener a raya la expansión de la demanda agregada).

El plan Brodersohn-Baglini

El tema fue discutido en Finanzas Públicas. Este artículo de Miguel Olivera en Crítica también lo aborda.

La cuestión es esta: los radicales Mario Brodersohn y Raúl Baglini presentaron una alternativa al programa financiero oficial  (el que incluye al Fondo del Bicentenario).

 En resumen, el Fondo del Bicentenario funcionaría así: el BCRA deposita a cuenta del Tesoro dólares de sus reservas, y el Tesoro le da una letra con interés Libor –1. Es decir, el Tesoro se endeuda con el Central, y paga sus deudas a los acreedores externos.

La iniciativa radical, en cambio, pide que el Tesoro licite una letra en el mercado local, en pesos (o sea que absorba pesos de los que tienen los bancos), y que con esos pesos le compre al Central las reservas necesarias para pagar deuda. Es decir, que en lugar de endeudarse con el Central, se endeude con el público.

Estoy de acuerdo (después de haber presenciado y participado de largas discusiones) en que ambos programas serían patrimonialmente equivalentes. La única duda que me quedaba era la del diferencial de tasa entre la que el BCRA tomaba las letras del Tesoro, y la que le pediría el mercado, pero como señala Olivera, ese diferencial quedaría saldado cuando al final del ejercicio esa plata volviera al Tesoro bajo la forma de ganancias distribuidas del BCRA. La equivalencia patrimonial estaría garantizada además por la perspectiva de fuerte ingreso de dólares al mercado por vía comercial, situación que el BCRA atendería comprando dólares, y recomponiendo sus reservas, a cambio de endeudamiento en pesos (Lebacs y Nobacs).

 El único problema pendiente con el plan Brodersohn-Baglini sería, entonces, el de la incertidumbre. Qué garantías hay de que las letras que el Tesoro licita en el mercado tengan aceptación?

Con el Fondo del Bicentenario la dificultad fundamental, que es la que tiene el Tesoro para tomar deuda, quedaría rápidamente saldada. Los dólares los pone el BCRA. Después, los costos del endeudamiento corren por cuenta de éste. Emitir pesos para comprar dólares y mantener el tipo de cambio, colocar Lebacs y Nobacs para absorber esos pesos e intentar que no se acelere la inflación. Es decir, el BCRA actuaría como entidad solvente que media entre el mercado y el Tesoro, para amortiguar los costos financieros de la desconfianza del primero con el segundo.

En el plan radical, es más, la actuación del Central sería irrelevante. Con los pesos capturados por la emisión de Letras, el tesoro directamente podría salir a comprar dólares al mercado, liberando al Central de la tarea de tener que hacerlo para mantener el tipo de cambio. En lugar de pagar deuda con las reservas actuales del BCRA, pagar deuda con las reservas potenciales del BCRA. Si en definitiva cambiar deuda externa por interna, siempre requiere la afectación de reservas.

 Ahora bien, una vez aceptado que ambos programas son patrimonialmente equivalentes, y una vez conjurado el peligro de embargo sobre cuentas del BCRA, tendría sentido cambiar el programa sobre la marcha?

Los costos del Fondo del Bicentenario ya se pagaron. No te van a devolver ese capital. Salir a explicar un nuevo programa, convencer a los bancos nacionales de que les conviene adquirir Letes, tranquilizar a los clientes de esos bancos de que la medida no los va a afectar patrimonialmente y que no se viene un nuevo corralito, persuadir a los acreedores externos diciendo que el Tesoro no va a tener problemas en conseguir dólares, volver a recomponer certidumbre desbaratada, requerirá que se afronten nuevos costos políticos y económicos, adicionales a los ya enfrentados.

Con qué objetivo? El de no torcer el brazo y darle, finalmente, la razón al Gobierno?

 

Un post-data: vi la discusión generada sobre las declaraciones de la presidenta acerca de la legitimidad de la deuda. Es imposible en la práctica que una presidenta cuyo ministro de economía prepara un canje de deuda, de cuya aceptación depende en buena parte el futuro de ambos, declare a la deuda ilegítima. La decisión de suicidarse es una decisión personal. No les podemos pedir a los demás que lo hagan a nombre nuestro.

Viveza criolla

A través de Artemio y sin dioses, de Catanpeist, supimos que Lozano repitió en A dos voces (TN), lo que viene diciendo desde hace unos días, cada vez que frente a él se prende una luz.

Que si el Estado quería ahorrar en el pago de deuda debía haber recomprado los bonos cuando estos habían bajado su cotización.

Como bien señalara sin dioses, el planteo es un poco ridículo. Justamente, la baja cotización de los bonos se debe a que la posición vendedora supera ampliamente a la posición compradora. O sea, muchos de los dueños de los papeles quieren sacárselos de encima y no encuentran quién se los compre. Desde el momento, entonces, que el estado decidiera hacer una oferta pública para recomprar esos bonos en grandes cantidades, la cotización subiría automáticamente.

Igualmente, por supuesto, con la compra anticipada de un bono, algo te ahorrás, pero lo lógico, si tenés esa intención, es que agarres al acreedor, calculadora en mano, y te pongas a hacer números para que la operación sea satisfactoria para los dos. Por qué?

Supongamos que, como parece sostener Lozano, la oferta pública de recompra de bonos no hiciera aumentar la cotización de los mismos. Que se actuara de manera sorpresiva, sin que nadie se avivase, y el ahorro fuera realmente sustancioso. A quién le vas a poder pedir plata después cuando necesites?

Con el criterio de Lozano, se podría recomendar a algún país que no esté “quemado” en los mercados financieros (o sea, Argentina, no), que, aprovechando la gran liquidez que hay hoy en el mundo, salga a emitir títulos de deuda. Una vez que se hiciera con los fondos, podría tomar un par de decisiones anti-mercado: truchar los índices del instituto de estadísticas, intervenir en el banco central, aumentar el gasto público, declarar que no va a poder afrontar los vencimientos de deuda. Y una vez que los títulos están bien baratitos, los compra con el 25% de lo recibido con la emisión. Un “pagadios” maravilloso. Cómo a nadie (salvo a Lozano, obviamente) se le ocurrió semejante estafa?

Después cuando necesite plata, por supuesto, nadie le va a prestar, pero a mí qué me importa, si la deuda es ilegítima, no hay que pagarla, y somos de izquierda (izquierda en serio de la que pinta paredes diciendo “no al pago de la deuda”), así que no necesitamos del capital financiero mundial.

Más inquietudes sobre el Fondo del Bicentenario

En Crítica de ayer, Montenegro publica esta nota. Allí ata argumentalmente la conformación del Fondo del Bicentenario con la salida de Argentina a la búsqueda de fondos en los mercados internacionales de crédito. Y se vale para ello de un hecho, que no es tal.

Montenegro nos dice que en la ley de presupuesto 2010, el Gobierno recibió autorización para emitir bonos por hasta 15.000 millones de dólares. Montenegro usa este hecho como confirmación de que Argentina sale a endeudarse.

Que la ley de presupuesto autorice el endeudamiento no implica necesariamente que el endeudamiento se produzca. Lo que tiene garantizado el Ejecutivo con este hecho es que, en caso de necesitarlo, podrá tomar deuda hasta 15.000 millones de dólares sin tener que pasar por el Congreso (porque el Congreso ya autorizó hasta ese monto de endeudamiento por ley).

Pero vuelvo a decir, esta previsión incorporada en el Presupuesto no significa que la deuda vaya a ser tomada efectivamente.

Por otra parte, también hay que despejar una idea de sentido común que se instala a partir de datos como estos.

Aún si el Gobierno decidiera la emisión de bonos por esa cantidad tope, esto no implicaría de ninguna manera un aumento del stock de deuda por ese valor. Justamente, el Tesoro atiende importantes obligaciones que son vencimiento de deuda, y la toma de nueva deuda es, mientras exista superávit primario, para cancelar esos vencimientos. O sea, se cambia una deuda por otra. (Para evaluar los efectos sobre el nivel de endeudamiento habría que contabilizar intereses de la deuda cancelada, en relación con los de la deuda nueva, etc.).

 En un comentario al post de Rob Rufino, Charendon consultaba por el hecho de que el Fondo del Bicentenario fue presentado como una garantía para el pago de la deuda y que finalmente se decidió que esos fondos fueran utilizados íntegramente para el pago de deuda, con lo cual quedarían liberados recursos de la recaudación para otros fines.

Esta interpretación va en línea con lo que vinimos diciendo.

La operatoria es más o menos así:

El Tesoro le da al BCRA una Letra a cambio de las reservas, ni bien se abre la cuenta y se transfieren los fondos. Esa letra puede ser recomprada por el Tesoro, con parte de la recaudación, o puede seguir ahí hasta que venza y el Tesoro la tenga que cancelar.
Mientras tanto el BCRA este año va a comprar reservas a lo loco para mantener el tipo de cambio en la banda que tiene estipulada. Si el Tesoro recompra letras, no necesitará emitir tanto, porque los pesos que le de el Tesoro los podrá usar a esos fines. Si no, comprará dólares con emisión. Ahí está el punto.
Todo sigue dependiendo de cuánto crezca la recaudación, y cuánto aumente el gasto.

 Conectando con lo anterior, podríamos pensar que los 6.500 millones del Fondo del Bicentenario deberían sustraerse a los 15.000 millones de endeudamiento presupuestados.

 En cuanto a la duda que manifiesta Mariano T., me parece que es bastante difícil poder estimar el impacto de estos movimientos en el gasto público. Sí podemos decir que años anteriores las metas de superávit primario (de 3 o 4 puntos del producto) eran explicitadas con mucho énfasis por referentes del Gobierno. Este año, más allá de lo presupuestado (que insisto es solamente una previsión) no hay muchas menciones enfáticas sobre el tema. Y sostengo que la desconfianza sobre este punto pudo haber influido en la rebeldía de Redrado (que, igualmente, a esta altura, es casi innegable que tenía motivaciones políticas).

Lo que se dice y lo que no

sombrillas

Defender las posiciones del Gobierno, me parece hoy, es más difícil de lo que creía.

Porque hay, entre detractores y defensores, una diferencia de enfoque fundamental. Los detractores, entre quienes se cuentan las amplísimas mayorías de las clases medias (intuyo, al menos a partir de mi experiencia personal), voluntariamente, o sin darse cuenta, se subieron a un discurso que navega sobre una base que cada vez se explicita más.

Sus dirigentes (Cobos, Solanas, etc.) necesitan que de una vez por todas sus vaticinios se confirmen en la realidad. Necesitan que el Gobierno, para pagar deuda, tenga que salir a endeudarse fuertemente en el exterior con tasas elevadísimas. Incluso, les parecería interesante poder seguir agitando el fantasma del default. Y por eso les molestan estos “manotazos”, como el de las AFJP, o las reservas. Porque son herramientas eficientes para que los argentinos sigamos financiando nuestro crecimiento con recursos argentinos, sin cumplir condicionamientos.

Por eso, es muy difícil conciliar posturas: porque uno defiende las medidas tomadas queriendo resaltar su eficiencia, y el otro las rechaza, justamente por eso, por ser eficientes.

No hay nada que hacer ante gente que pide a los gritos que quiere pagar más caros la luz, el gas, el agua, el teléfono, el celular, la leche, el pan, la carne, la nafta, el gasoil, el colectivo. Todas esas cosas, parece increíble tener que decirlo, son baratas en Argentina, gracias al “populismo expansionista del gasto público” (en Buenos Aires, sobre todo, pero en el interior también). Y se confirma visitando Mendoza, o Entre Ríos, y viendo cómo chilenos y uruguayos se cruzan la frontera para comprar acá.

Y nosotros, desde acá, pedimos que aumenten, seguramente porque en el fondo lo que queremos es, cuando llegue ese momento, poder decir: “qué hijos de puta, cómo aumentaron todo”.

Por ejemplo, Pino Solanas, en un número de mayo de la Revista Debate, decía: “En el segundo semestre, se viene un ajuste fenomenal”. No sólo no vino el ajuste, sino que vino una expansión del gasto de proporciones, con la puesta en práctica del ambicioso y exitoso plan de asignación por hijo, extendido a hijos de desocupados y trabajadores en negro (sí, exitoso, lo discuto con quien quiera).

Y cómo se plantan frente a eso (aparte de esconder la cabeza y no mencionar nunca los vaticinios fallidos). Necesitan que el ajuste llegue. Para poder decir, viste? Te dije que iban a ajustar. Y hoy, para que el ajuste venga, hay que defender las reservas del Banco central (y la “carta”, jaja).

No quiero meter a Solanas en esto (después de todo, él se mete solo), pero en el caso de Cobos, De Narváez o Morales, es muy clarito cuál es el destino que tiene su defensa de las reservas. Quieren reservas en el BCRA para, siendo gobierno, propiciar un tipo de cambio bajito, y que el Central vuelva a venderle reservas baratitas a los veraneantes que quieran ir a Cancún, que tiene unas playas espectaculares, no como la mierda de Mar del Plata. O poner esas reservas como garantía de que las grandes empresas se puedan financiar internacionalmente mientras abren una cuentita en Suiza, o en Bermudas, total después, si algo “falla” (en este país de mierda todo puede fallar, viste?) se lo pagamos entre todos. Lo que no se puede hacer acá, hay que traerlo de afuera. Para eso también nos pueden servir las reservas del BCRA.

Todo esto vendido como una forma de vencer el flagelo de la inflación, sin explicitar por supuesto, cuáles serían los efectos sobre el empleo. Sin decir, porque no se puede decir eso, que el problema de la inflación es que los argentinos consumimos mucho. Sobre todo los negritos, los que trabajan en actividades informales, o son empleados de empresas ineficientes que sobreviven solamente gracias a la “mansa vaca lechera” que un día no va a  seguir dejándose ordeñar para pagar la ineficiencia, los que cobran planes, los jubilados, los empleados públicos, que con sus aumentos expanden el gasto público.

Uno se esfuerza por volverse moderado, pero en el fragor de la lucha se hace difícil.

Autor de la foto.