Neocristianismo
No voy a hablar de familias que viven alquilando una pieza de hotel, sino específicamente de familias que viven en una pieza de hotel que les alquila el gobierno porteño. Que les alquila hasta hoy, hasta mañana. Hasta dentro de pocos días. Y se trata de un conjunto de familias que deberíamos hacer el esfuerzo de imaginar con todos los golpes bajos y con toda la conmiseración con la que es posible pensar si uno fuese católico, porque, ¿cuál es la cualidad de un católico además de ofrecer la abstinencia sexual como método preventivo de contagio del SIDA y el lobby por el aumento de partidas a la educación privada? ¿Dónde, en qué políticas públicas concretas es capaz de distinguirse la influencia clerical de esa sensibilidad? Familias pobres como pesebres de arcilla integran la lista de un programa y esperan una solución definitiva a un derecho que tiene rango constitucional: el derecho a la vivienda digna. Son casi 300 familias, arzobispo!
Voy a hablar del fin de los hotelados en la ciudad de Buenos Aires, del posible fin sin pena ni gloria de esas “visitas ilustres” en hoteles que rodean la estación Constitución, o el barrio de Monserrat y San Cristóbal. Parece que ese largo camino tiene precio: 30 mil pesos argentinos, algunas familias hasta 35 mil, depende, y las que tienen mas de 5 integrantes recibirán mil mas por cada integrante. Ese es el precio para que abandonen la ciudad. El Programa de Apoyo Habitacional–Modalidad de Alojamiento Transitorio en Hoteles, creado durante la gestión de De la Rúa y fortalecido posteriormente a través de algunos decretos termina. Es el fin de un ciclo, de un gran ciclo de fracasos. Dos Estados estallan en la cara de esas familias frente a las que esperamos la conmiseración oficial. La piedad de los que hablan con Bergoglio, de los que conocen el pensamiento íntimo del jesuita mas importante que no fue papa por un pelito.
Imaginemos el Hotel Salcedo, padre, previsiblemente sobre la calle Salcedo, y una familia, con dos hijos que desde hace años ocupan una pequeña habitación al fondo de ese hotel, en Parque Patricios. El gobierno durante años les rotuló la palabra hotelados para que vivan ahí, y ellos no sólo viven ahí… comen ahí, se visten ahí, van a la ex Casa Cuna a atenderse los chicos, y hasta quizás lograron una vacante en el Bernasconi donde hasta 4º grado pueden usar la pileta. Aguas del Estado para que los hijos naden, padre, jueguen en esa reserva arqueológica de la oligarquía, con piletas romanas, de cuando el Estado dibujó en ese barrio su “barrio obrero modelo” contra el resultado de intemperie de Barracas y La Boca. Bueno, esta familia, cardenal, con 30 mil pesos en sus bolsillos, es eyectada a vivir afuera, a retomar lazos familiares en algún municipio o pueblo y a empezar de nuevo luego de algunos años de caminar por ese tablón flojo.
El criterio “normalizador” hace pie en el fracaso de las gestiones progresistas que tornaron esa situación en permanente. Aquí aparece uno de los perfiles macristas mas claros: mostrar la ineficacia administrativa del pasado progresista, y oponerle a eso el peso de su nueva ley. Es el Estado recuperando al Estado. Cuando Macri decía: vamos a recuperar el Estado hablaba de esto. De esta fuerza. Porque Macri es el fin del Estado débil construido para los débiles, Macri es el fin de la vida de esas trabajadoras sociales en pequeñas oficinas hacinadas gritando “quién sigue”… y una trama de organizaciones sociales (el MOI, la asamblea X, etc.) cada vez mas partidas, con algún compañero en algún área, ligando la caja de juguetes el día del niño… Todo el esfuerzo y toda la dedicación que se necesita para volver de ahí: para hacer retroceder al Estado de esa pequeña sala de espera de pobres donde eran atendidos los reclamos.
¿Qué son los hotelados? Beneficiarios del gobierno que perciben el alquiler de sus piezas de hotel (familiar) dentro de la ciudad. Cuando escribo hotelados, el autocorrector subraya: hay que agregar al diccionario la palabra. El gobierno de la ciudad de Buenos Aires en un ciclo que Ibarra cristaliza era la marca de un estilo audiovisual de vanguardia: el Estado, el viejo Estado Vizcacha, imposible de reconstruir, tenía una versión de “Estado Inteligente” capaz de articular soluciones provisorias que, lentamente, se tornaban definitivas.
Los hotelados, en su mayoría, no son huéspedes o beneficiarios a su voluntad: son familias que desde hace muchos años tienen expedientes abiertos en el IVC para obtener una vivienda definitiva. Macri asocia la reconstrucción del Estado con el fin de un “estado de emergencia”, la reconstrucción del Estado como el fin de formas mas o menos provisorias que suspendían y construían pequeños márgenes de garantías. Su “ajuste” es un repliegue hacia las herramientas duras: una gestión que sólo pretende sujetar la bandera de sus “obras”. ¿Qué hizo la gestión Macri con el IVC? Vaciarlo. Reducir su presupuesto y su capacidad. Hacer trizas cualquier expectativa cierta de construcción de vivienda social.
La recuperación del Estado que encabeza Macri está asociada a la capacidad de reconstruir una autoridad pública sobre los mas débiles: ese es el resultado de estos años. La enérgica demostración de esa vuelta se mide en acciones silenciosas, exitosas, casi invisibles, producidas en este tiempo de negociación en el que Macri se ha asegurado la nueva policía. No hubo “gestión” durante el ciclo progresista porque hubo acciones débiles con los mas débiles: un Estado entramado por frágiles eslabones de favores, de contratos, de “programas”, de “capacitaciones”. Alianzas territoriales que sólo aseguraban “mojar la pólvora”. Ese es el síntoma del progresismo: su no apropiación de los desposeídos.
El macrismo avanzó sobre una cosecha de desencanto alrededor de lo que fueron las experiencias de gestión progresistas. ¿Tan malas fueron? ¿Tan malas para quiénes? Tan malas fueron, tan malas para quienes mas las necesitaban. Macri llega al poder con el consenso acerca de la ausencia del Estado. El consenso acerca de que se haga presente una fuerza de “arriba hacia abajo”. Porque el progresismo no reconstruyó un Estado benefactor, apenas amplió los márgenes para convivir entre los restos de ese viejo imperio y una energía cortoplacista de pequeños programas y direcciones construidas a la velocidad de la luz frente a las “nuevas realidades”. Surgía por ejemplo un programa para elaborar políticas alrededor de los cartoneros (al amparo de una nueva ley) y que reaccionaba frente a ellos con la misma sensibilidad de una ONG. Y con el mismo alcance.
Macri entra pisando fuerte. Macri es mas Estado que Ibarra. Su jefe de gabinete se adjudica un record de desalojos silenciosos, de pequeños operativos exitosos, de extorsiones “legales” sobre familias abandonadas, y para ello emplazan su horizonte sobre banderas “neutras”: la recuperación del espacio público, la instalación y el respeto de la ley, el recobro de la capacidad de gestión. Si vuelve el Estado vuelve el Estado de los mas fuertes. Arrancar el espacio público del “no público”, encarecer el metro cuadrado, tener policía propia, cambiar el sentido del tránsito, aumentar impuestos, y echar de la ciudad a los pobres sin raíz… El modelo de Estado débil y flexible permeable de Ibarra ahora es derribado por un modelo clásico y moderno: una ciudad que recupera la autoridad de los vencedores. No hay Pino que frene esta energía que nace del interior: la ciudad de los hijos de la soja, del boom de la construcción y de la seguridad. Este es el imaginario de “aire y luz”: lo público soplará sobre paisajes liberados de toda penumbra social.
Por supuesto que toda realidad se escapa entre los dedos. Por supuesto que el macrismo es mucho mas confuso y contradictorio que estas líneas. Pero una cantidad de decisiones mas o menos “silenciosas” lo acercan cada vez mas a su caricatura.
Apuntes melancólicos de campaña…
¿Qué está en juego en estas elecciones? Pregunta marmota si las hay. El gobierno, no solo en las elecciones, sí en el día a día, pone en juego su “modelo” frente a los efectos de la crisis mundial. Y para ello, mas que llamar a la unidad nacional frente al mundo, apela a resistir la crisis mundial con la fórmula de su equilibrio de tensiones internas. Producción e inclusión, tan contradictorias en tiempos de crisis, se tradujo siempre en rentabilidad y paritarias. Derrame moviendo la copa.
Esta es La Elección porque permite cristalizar los desplazamientos posteriores a la crisis con el campo, hecho que suma vértigo no a la gobernabilidad entera, sí al tipo de gobernabilidad (negociación) con la que el gobierno enfrentará los próximos y difíciles años. Basta de Consejo del Salario, que se venga el Consejo de las Retenciones, cuyo único consejo a los oídos oficiales será: bajalas.
La oposición hace lo que tiene que hacer: unirse. Y es un camino lento, en el que también están en juego las identidades políticas. El viento sojero que ayudó a los éxitos del gobierno, desde el 2003, también en su “resistencia sojera” a las retenciones, trajo viento de cola al campo opositor. Y la oposición recién a seis años de un gobierno, madura sobre lo único que le queda: defender a los ganadores. En esa clave es que el kirchnerismo produjo su corte: no se vinculó con el sujeto agrario, con su producto histórico. El kirchnerismo como pura misión estatal de reconstrucción, se afilió a un afán industrialista. Puro municipio. De allí lo mejor: sus nervios distributivos. De allí lo peor: su fiaca universalista para el reparto.
El gobierno apeló a su verdad construida: en la bonanza gana el que gobierna. Bien. Que vayan a elecciones los que gobiernan. Es la inversión de la lógica delarruista para rajar de los resultados de octubre de 2001: “yo no perdí porque yo no me postulé”.
Doy mi opinión.
No me gustan las cosas que hay que explicar demasiado. Y a las candidaturas testimoniales hay que explicarlas demasiado. No me parecen tan gratuitas las distorsiones formales. La pérdida del cuidado de “las apariencias” ayuda a alimentar la lengua de payadores. De eso en los años 90 se hizo el picnic del Frepaso.
Que el mejor post a favor de las testimoniales se escriba en lenguaje jurídico habla mal de la decisión política. Porque que una decisión tenga que confirmar que no está fuera de la ley es algo mas que un detalle sobre el conocimiento constitucional de la gente, que siempre es bajo.
La “obra de gobierno” kirchnerista está por encima de su táctica electoral. Es una obra, a los ojos de muchos, “sin autor”. Hay algo del discurso mediático / opositor que se instaló en la locución porteña: la buena economía, el crecimiento y las mejoras sociales parecen la obra de un viento de cola, de una mano invisible, del mundo, de fuerzas externas a pesar del gobierno. Claro que el mundo es mejor para nosotros desde hace años. Claro que el gobierno algo habrá hecho.
La elección del método testimonial no puede inspirar teorías de vanguardia, no es el fruto de una vocación innovadora, ni estira los límites de lo posible. Es política en carne viva. Es política sin formas.
Las candidaturas testimoniales son la salida hacia arriba con la que busca el kirchnerismo superar el laberinto en el que se metió tras la 125. Es una jugada conservacionista que reingresa la “vieja fórmula” Kirchner – Scioli al territorio político que lo obsesiona: el bonaerense. El kirchnerismo negocia todos los territorios menos uno. Menos el peor. Es un descenso al terreno realista no sólo de lo que está en juego, sino el reconocimiento estructural de dónde está lo que está en juego. Las candidaturas testimoniales ofrecen las costuras del juego político: conurbano y gremios.
“Hacia adentro” la maniobra desnuda que no se dotó de poder a mucha gente. ¿Qué es esto? Que no hay tantos kirchneristas exitosos capaces de ir al rodeo. Poder es dar poder. Menem previó la decadencia corporativa de la política (a la que estimuló) y granjeó nombres para su proyecto, como el de Reutemann y Scioli, que tienen hoy la altura de verdaderos hombres de estado. (¡Menem era un dotado!) En el kirchnerismo fue: primero la Dama 05, después la Dama 07, hoy el Rey 09, después el Rey 11. ¿Está bien? ¿Podría haber sido distinto? ¿Quiénes tenían la fascinación y la fuerza energúmena para llevar adelante ciertas ideas? Probablemente nadie y, ergo, en absolutamente nadie confiaron.
¿Sobre qué correlación de fuerzas el kirchnerismo escribió su hoja de ruta? ¡Kirchnerismo a río revuelto! Su versión en cómic podría narrar el asalto al poder de una Civilización del Frío que había preservado en el freezer ciertos símbolos de la Nación, del peronismo y de la gente.
La sociedad en ebullición después del 2001 se contenía mejor en la fórmula duhaldista para definir Crisis: un momento en que todos tienen razón. El kirchnerismo tomó por las astas esa sociedad visceral, y le dio la razón… hasta que no a todos. No todos tienen razón, dijo. No todos son humildes compinches de la recuperación nacional. Y ahí perdió su relato de unidad nacional, su lengua global. Pasó de ser “duhaldismo portador sano”, de malos modales con los de ajuera, a una criatura con cuitas mas viejas que las del 2001, con los de adentro. Su obsesión por los Derechos Humanos también podía traer un mensaje cifrado: “venimos de lejos”.
El sojuzgamiento ideológico del gobierno es elemental: está acusado de tener una. ¿Es verdad la ausencia de los partidos políticos? La ausencia de la idea de partidos que en los años 80 se patentó, y que en los años 90 se sostuvo, podría ser factible. Pero hoy, este clima parroquial, radicheta, encuentra a todos repitiendo lo mismo: hay que volver a los partidos. Un partido, para mí, es una hipótesis de conflicto. El entierro de Alfonsín, en sus cientos de lecturas posibles, acaso incluye la lectura de que se llevó a cabo en él un entierro tardío: el de los partidos políticos, tan pesados como una empresa estatal. Fueron ahí todos a llevar sus flores.
El finado caudillo legó una versión del diálogo y el consenso: un diálogo sin fin, sin plazos, sin mediaciones, sin ideología. Un diálogo gagá a la espera de que el huevo del “bien común” se empolle espontáneamente. Un diálogo que convierte a todos “en partes iguales”. Un diálogo que balcaniza la política (“nadie está a la altura del Estado, el gobierno no gobierna el bien común, etc.”). Una ceremonia de fe laica, danza de una fuerza sobrenatural llamada diálogo capaz de segar la cosecha política: el medio justifica olvidar los fines.
Y ante ese ritual de las formas el gobierno ofrece dientes (¡las testimoniales!). Ofrece su tribalismo peronista. A la exageración formal… una exageración clasista. A la demanda de las formas, el fin de las formas. A las formas… el contenido.
En este tren, la oposición tiene dos versiones también: una formal y una real. La formal, la cívica y radical, tiene una dicción de lo institucional para menores de 13 años: las instituciones son eso que pensaron nuestros “próceres” y que en su inercia nos lleva al paraíso. La versión real, la del peronismo disidente y pre-kirchnerista, se potencia en acumular un peronismo díscolo devenido en un evangélico coro de voces que parecen traernos las “buenas nuevas” de sus años en el desierto, detrás de Macri y De Narváez.
Pero es así la política tras el conflicto agrario. Este es el resultado, esta es la política que dejó: una política de mejor representación. Juego limpio: cada chancho a su teta. Un devenir corporativista. Carrió vuelve a los brazos del partido que sigue tallando Nosiglia. Uno podría decir: ¿para qué se fue? Todo es territorio. Se acabaron las caretas decembristas. Las “nuevas políticas”.
Y en un punto medio, otro hecho burgués del país maldito: De Narváez, el hombre del momento. De Narváez “acusado de rico”. Un empresario de medios da: político en potencia. Ya conoce los medios, ahora va por los fines. De Narváez consuma el espectáculo político de su acumulación originaria: hice dinero para estar acá. Invierte los modos: no necesita la política para hacer dinero. Vengo con todo mi dinero para la política, dice. Una extraña teoría del derrame hacia la política: hice dinero para gastarlo acá. Un empresario testimonial. Eso: un empresario testimonial. Amasa la fortuna para brindarse a lo público. Enfrenta de cara el tabú progresista: ¿un empresario en la política? ¿No es como la explicitación de los compromisos? No, De Narváez es el mejor representante de un ciclo, supera en eso a Macri. (Macri arrastra un lejano eco siciliano de hijo natural de la política, padre pobre: hijo recontra cheto.) De Narváez es un político de la reducción normal de los significantes que cabían en “Un país en serio”. Hay que acostumbrarse a la nueva lengua: lo que es insulto “en kirchnerista”, socialmente no lo es. De Narváez para poner en orden la representación política de la economía kirchnerista, del producto bruto kirchnerista, del fin de la negación cultural de los años 90. Un vindicador en esta década de consumo popular. Una década abierta de ampliación de las pautas culturales de consumo. El país con mas celulares. De Narváez como representación de los ganadores. De Narváez como equilibrio inevitable de esta década que ya hizo ganar mucho a muchos mas. De Narváez, el inevitable, el que llega a decir que hay que seguir ganando, pero que además, moralmente, está bien ganar. La casa está en orden. El país… perfectamente representado. A votar.
La noche de los museos: el museo de los 25
Yo tengo guardada de Bergman esta imagen: termina de saberse que el Pro pone a su líder carismático en la ciudad autónoma y raja del bunker de la Coalición al bunker del Pro a festejar. Y esta anterior: le cambia la letra al himno. ¿Se acuerdan? Canta y cambia “seguridad” por “libertad” en la primera estrofa. Es un excéntrico excitado…
Pero igual hay algo ahora de lo que habría que hacerse cargo, que gira en torno de: ¿cómo construir un político a la altura del gusto de la gente que no ama la política? De los indiferentes. Por eso, en este contexto donde brilló el descremado Cobos, el recuerdo de Alfonsín se vuelve tan intenso. ¿Pero viste la euforia de esos chicos de la Franja gritando “Alfonsín/ Alfonsín!”, como llenos de odio? ¿No es como una contracara cerril de eso que se vende cuando se dice Alfonsín? ¿Ser fanático de un demócrata no es un oxímoron? Si la democracia es gris, es decir, si la democracia sólo es capaz de generar entusiasmo y épica en el momento de su recuperación, como lo dijo Sarlo, quien expresamente simpatiza con la Coalición, entonces, frente a este clima restaurador alrededor del 83 (año con el que dijimos que el gobierno de Cristina iba a jugar en espejo) deberían notarse dos cosas: la democracia no fue gris en la Argentina, por el contrario, hubo enormes muestras de entusiasmos, y nacieron ciclos de ilusión a los que adscribió –incluso- Sarlo; y, segundo, no se entiende, al menos la metáfora no lo admite, cuál es el lugar de la política por afuera de las obligaciones burocráticas y corporativas.
Con un largo proceso de negociación y de administración –dicen- debe emparentarse la democracia. Pero quienes se entusiasman hablando de “la banda de ladrones” que gobiernan, y elevan la fuente bendita de Alfonsín, rememorando las viejas promesas curativas, alimenticias y educativas con que cargó excesivamente a la democracia, hacen un exhorto coloso para algo, una reconquista republicana, que no necesitará de temperamentos grises, sino de una excitación social de envergadura, como la de un Bergman saltando de bunker a bunker, de trinchera a trinchera. Mirado en perspectiva, los que aman a Alfonsín ahora y prenden velas por la república, tenían en el 83 su candidato: Lúder, un De la Rúa peronista, mas afecto a la continuidad jurídica, que se mantenía a tono con la esencia del orden democrático. (Herminio ya era negro carbón.) O sea: la euforia alfonsinista, la nostalgia de la edad dorada de la Franja (de la que viajaba a Nicaragua), no es el espíritu que apuntala una grisura de las cosas. Me tiene podrido el alfonsinismo en el aire por ese motivo contradictorio. Además, habría que ver cuántos estaban tan agradecidos con el *padre de la democracia* un año después que dejó el sillón. Pero este clima en el que todos se sacan el sombrero, se les llenan los ojos de lágrimas, no sé, falta que Aldo Rico lo visite. Claro, insisto, la teoría de la democracia gris, dice que sólo en su recuperación se admiten grandes entusiasmos. (Eso no nos redime de un pecado peor: hablar en el presente con la lengua de la guerra de ayer. Pero eso ya es harina de otro costal.)
Sin embargo, lo quiero a Alfonsín. Y creo que es justicia elevarlo a mito.
Pero atento a eso apuesto a que fue Menem y su simbiosis con el “poder real” lo que solidificó el poder de la democracia. Digamos: tenía que venir un tipo votado por el pueblo y-que-tenga-todo-el-poder. A la democracia le faltaba un tipo capaz de hacer lo que quiera, que, en este país, es el símbolo del poder. Quiero decir: las instituciones y la ley, la sangre prometida de las clases dominantes, como decía Fucó, ¿no?, debían hacerse fuertes respondiendo a “sus naturalezas”, la grisura admisible es lo irreversible, la inercia de las instituciones, lo que no vuelve para atrás, un país como el nuestro, con la delicadeza institucional que tuvo los finales del 2001, ahí fuimos grises, ¿se entiende? El armisticio fue el menemismo. Lo que pasa es que Alfonsín arma la escena del juicio. Cuyas mejores consecuencias todo el mundo dice y sabe que trascienden los efectos jurídicos concretos (la intrascendencia histórica que tendrán la ley de obediencia debida y de punto final confirmarán ideas parecidas). La democracia nace con el juicio final. Y sí: la vida es una lenta degradación. La democracia nace con un juicio: lo peor nos pasó antes, mamá.
(Nadie duda de que el gobierno de Néstor Kirchner fue el mejor gobierno de la democracia. ¿Nadie duda de que el gobierno de Néstor Kirchner fue el mejor gobierno de la democracia? Yo no dudo de que el gobierno de Néstor Kirchner fue el mejor gobierno de la democracia. Con un solo defecto: puede envejecer mal. El otro día Rico afirmó que el de Néstor y Cristina era el mejor gobierno de los 25 años. Mas allá de Kunkel, bla, bla, bla, ¿por qué pudo haber dicho una cosa así? El hombre del millón que le da la reelección a Duhalde, ¿no? La democracia vence al tiempo. No me da ninguna gracia la figura de Rico, pero es un éxito que piense dentro de una terna y elija a quien no hizo de los DDHH materia de retórica republicana, ¿no? Que elija al *vengador anónimo* como es Kirchner para el pensamiento de los militares implicados en violaciones a los DDHH, y los asesinos de Julio López.)
Pasemos a Menem. Yo voto porque tenga su busto en la casa rosada. Esa es mi propuesta. Menem merece un busto si decimos que Alfonsín fue el padre de la democracia. Hay que pasar al busto de Menem. Si Alfonsín fue el padre de algo que celebramos, de estos 25 años que celebramos, 10 de esos años se los debemos a alguien, ¿no? Hay que pensar a Menem. Argentina, el país de los significantes familiares, tiene que darle un lugar en la parentela a Menem. Hay que resistir, tragar saliva, y poner el busto de Menem. La Coalición Cívica debería pedirlo. Bergman debería ser un fanático de ese clamor. Y si lo fueran, tendrían mis primeras simpatías. Los radicales deberían pedirlo. Los que decoran plazas. Todos deberían pedir en nombre de la democracia que Menem tenga su busto. La democracia es el relato que no cesa. Bah, digo, se trata de alguien que fue votado dos veces para presidente, en elecciones limpias, que terminó en paz social sus mandatos, y en el 2003, después de que pasó el temblor (y el temblor fue una bomba que, sabiamente, dejó en las manos amistosas y enemigas de un radical), fue el candidato peronista que mas votos cosechó. Que lo odiamos ya lo dijimos en la prehistoria, o sea, cuando teníamos una vida sin blogs.
Es hora de saber, Menem, padre de qué cosa puede ser. Y así seguir lentamente. No podemos elegir cuándo tuvimos esperanzas buenas y cuándo no, cuándo las mayorías fueron nobles y cuándo no. Menem dejó en la superficie algo de lo que no nos vamos a desprender, y que siempre estuvo en los genes del peronismo: la esperanza de movilidad individual ascendente.
Se me viene un recuerdo: frío abril del 2003, en el frío departamentito de la calle Rondeau, en mi viejo televisor color para ver el mundial 90, un acto de campaña en Florencio Varela, Menem habla a los gritos, predica la creación de carpas que alimenten a los hambrientos, en cocinas de campañas, y diciendo que va a defender con la policía la vida de todos los argentinos… Aullidos, gritos, ruge la leonera. Si le bajás el volumen y te pasan otra cinta, Gonzalito, una en la que se promete salariazo, la imagen la resiste… Menem convoca, Menem tiene inclusión porque convoca: cierra el círculo porque incita y excita como excluidor al excluido a que siga la pelea de su exclusión, de su vida y de su muerte. Link: febrero de 2007, un día de repentino frío, una larga cola de vecinos cagados de hambre esperan alrededor de la cocina industrial del ejército donde hacen guiso para todos. Están frente a la autopsita 7. Debajo de ella, el barrio donde vivían se les acaba de quemar, y quedan cenizas. Yo tenía una remera mogólica de medio ambiente del gobierno de la ciudad, y pululaba por ahí entre colchones y carpas.
Quiero decir: si Menem tiene busto, me aseguro que Kirchner lo tendrá… Yo quiero eso. Quiero mi derecho a ser futura minoría, un *ex combatiente* de esta mayoría de hoy que repara parte de lo que Menem dejó.
Bajo Bandera
El conflicto es como una inundación: cuando termine, cuando el agua baje y se retire, se van a ver los muertos.
Esos muertos serán los costos políticos de este conflicto.
Entonces, de ser así, uno podría desear que el gobierno fugue hacia adelante, que de acá, de esta situación, salte a otra de igual densidad conflictiva (ley de radiodifusión, cae de maduro, ya está instalada), y así, de un modo cuya materialidad principal sea la “velocidad” de acción, una forma en la que el conflicto, no importa cuál, cómo, para qué… Ya que de “forma” se trata.
Lo cual hace pensar que la lucha de clases, o la puja distributiva, o los partos republicanos, infieren una temporalidad relativa, discontinua. La política, sus tiempos, dependen del Estado. Ésta es, quizás, la marca kirchnerista: una superestructura que corre por izquierda a la estructura.
Ahora bien, ¿tan dramáticos son estos costos si el agua se retira? Yo creo que no. La resolución parlamentaria ofreció una de las mejores imágenes de la democracia. Claro, el conflicto con el campo pareció oponer al gobierno a una medusa. Lo agarrás del cuello y te ataca por la espalda, te das vuelta y te soplan la nuca. Duhalde, cuando te le vas encima, Cobos se pone el traje, te cortan las rutas y se movilizan acá los chinos, etc. Todo parece estar atado. Pero es un caos. El caos original del que nacerá, del que intenta nacer, la posteridad kirchnerista.
Tengo por la “epifanía democrática” una predisposición sensible, enorme. Veamos.
La discografía de Charly García puede ser una manera de comprender la distorsión o evolución del proyecto democrático. De Clix Modernos a La hija de la lágrima, así, y las vueltas mercantiles, emotivas, de Serú Girán, cuyo revisionismo lo llevó a hacer volver a la escolástica Sui, completan el karma de vivir al sur: su primera persona del singular estaba entrelazada a una del plural medio, blanco, atravesado por las pesadillas de las dos guerras, la civil y la de Malvinas. Pero especialmente en Transas, para mi la mejor canción, lejos, sobre la reflexión cultural de la vuelta democrática, queda expuesto el fin de la “temática”, y bastante anticipada, digamos, de una discografía cuya poética, en esos términos, se perdía para siempre. Cuando era pibe me metieron a fuerza de canción la idea de que Charly García tocaba el inconciente colectivo. Bueno, ahí está su zambita, titulada así, que no deja lugar a dudas. Y ahí está, en Youtube, una serie de videos de García en el programa de Badía para testimoniar el espíritu de la época.
Pero la nostalgia infantil por los valores o sueños, las expectativas reparadoras de la democracia, siempre tuvieron un piso de intensidad mínima, automática, aunque sea, sobre el que la democracia se desarrolló. Los autores culturales, los creativos de esa intensidad, son los radicales. Papelitos blancos, oración laica, la constitución y el CBC. Ese nudo gordiano que llamamos “clase media” tiene un imaginario así, aunque no acusaría su factura radical demasiado. La democracia como un proyecto de variadas restauraciones democráticas frente a excesos siempre hechos bajo el signo peronista, en cualquiera de sus versiones coyunturales.
Esta Argentina desregulada, esta Argentina sin fábrica, patio de escuela o de cuartel, que ponga bajo bandera a nuestra gente, esta democracia cuya “desregulación social” con soporte mediático acompañó a una desregulación económica, precisa de algo dentro del pensamiento político, de manera urgente: una mentalidad militar, desarrollista, no monástica, pero sí con atisbos de una reflexión, digamos, geopolítica.
Mi tesis: lo mejor de Perón, de su pensamiento, tenía raíz militar. Un país subdesarrollado, cuya “siesta histórica” la duerme sobre un subsuelo de recursos naturales fundamentales, y no por paranoia a lo Lilita (“vienen por…”), requiere cubrir la ausencia de un pensamiento de tipo militar después de 25 años.
Los que bregan por la mano dura, son la vaga base intelectual que sólo expresa la protección de la propiedad privada bajo el manto de un razonamiento minimalista, que contiene y deja entrever por momentos, al huevo de la serpiente. Pero eso tiene corto aliento. Es también un síntoma “razonable” de nuestro subdesarrollo. Lo que falta en la Argentina es un pensamiento de integración social, coercitiva, que piense la experiencia subjetiva del sujeto del mañana: el hijo del ex combatiente de la clase obrera, hoy reincorporado a “cualquier trabajo”, cuya idea del tiempo, del espacio, de la patria, está destruida. Que vuelva el servicio militar obligatorio.
Que el hijo de un Alsogaray, y un reverendo Espósito, hijo de nadie, hijo del Pueblo, convivan en un campamento en la cordillera un año, compartan el frío, bajo bandera. A ver si se dejan de romper las pelotas con los mensajitos de texto, los mails, los viernes a la noche, etc., por un rato. Le tienen un poco de miedo al mismo monstruo y aprenden un oficio. El fin de la colimba es el fin de muchas cosas que la muerte de Carrasco condensa. Es el último fin de un modelo de nación. Puede ser. También, con menos fanatismo y un poco de estupidez, podría decirse que estadísticamente la muerte de conscriptos es mas bien excepcional, y que su fin pareciera ser el corolario de una percepción tenebrosa: todo lo militar es “exceso”, entonces, mas vale prohibir y dejar correr en paralelo (por la colectora desértica del profesionalismo), y nunca cruzar, la vida civil de la militar. Estas terminales de igualación social, como la colimba, controladas por autoridades civiles que mutilen el baile y sadismo de los oficiales resentidos, restablecidas, son semillas transgénicas sobre una tierra que podíamos creer arrasada.
Me paso los días viendo racimos de jóvenes en micros naranjas marchar, darle al bombo, mensajearse con la novia, la gorrita. Los veo y lloro. Son nobles, tienen coraje, son las esquirlas intensas del viejo peronismo, le ponen el pecho a las balas. Vienen tanto “por el plan”, por su plan, como un Miguens, la diferencia es de cantidad, ¿se entiende?
Los sueño bajo bandera.
Eso.
Preguntas
En la alborada del kirchnerismo, recuerdo a muchos, a un Sidicaro quizás, que se preguntaba cuál sería el sector (o clase) del kirchnerismo, el que marcaría el soporte estructural por el cual tomaría forma. Su sentido histórico. Y las respuestas (si hubo) eran vagas hipótesis que hacían pie en su fe neo-keynesiana… En fin. Pero ahora que el conflicto del campo madura, se solidifica, y que no parece aún encontrar su viabilidad política, se me ocurren algunas preguntas. De ignorante nomás. ¿No habrá llegado la hora de ver a ese “nuevo sujeto”? ¿No estamos ahora frente a una nueva clase, y a la expresión descarnada de sus intereses (una especie de subclase cobijada en el ala tradicional de las Sociedades Rurales y demás representaciones), que -sobre todo- con el cierto brío nac & pop de la Federación Agraria es capaz de articular el tejido agroindustrial (y la maestra, el remisero, el curita, etc.)? ¿Una nueva burguesía agraria, coágulo junto a pooles y grandes, pero que en la figura de pequeños y medianos se encarna? Su hilo histórico reconoce a un viejo peón, un tumulto que a veces pegó sus gritos de Alcorta, pero que, ahora, con la capacidad instalada de una revolución tecnológica permanente, mira sus (¿muchas?, ¿pocas?) hectáreas. La mirada histórica de un Miguens, para el caso (un hombre que se le nota a la legua querer sentarse ya a firmar un acuerdo, el que sea) parece tener una sabiduría, una sapiencia de hombre que en sus ojos vio subir, alzarse y caer tantos mitos nacionales, y que sabe que un Martínez de Hoz no se repite… Pero De Ángelis, Buzzi, en sus distancias mutuas, ¿no abarcan demasiado y bien algo que late por abajo? Quiero decir: el kirchnerismo corona en su madurez a una clase social “involuntaria”, nacida al calor de la globalización, del estómago del mundo, del precio de la soja, etc., etc. El radicalismo, el peronismo, fueron expresiones nítidas en su momento originario para la consolidación política de una nueva clase. De ser así, ¿quién le pone el cascabel? Las mayorías silenciosas, eternas aliadas de las derechas, hoy no “hacen veranos”. Acá hay un vigor participativo, un salto, que, aunque resulte finalmente un globo tipo Blumberg (lo que hace a este post un montón de nada), deja que pensar acerca del futuro político. Acá no hay una demanda (seguridad), acá hay un balbuceo extravagante a veces, pero vital… ¿Se vendrá el partido del campo? La oposición política, a toda, este conflicto le queda grande. En la prudencia de algunos macristas, leo una lectura fina del momento. Esta crisis, de serlo con todas las letras, no tiene salida política. El kirchnerismo no está muerto. Sólo ha enfrentado a algo más real, mas vivo, que está adentro de la sociedad, no afuera como el FMI, los militares genocidas, o curas adictos a las parábolas oscuras. El peso del kirchnerismo (con todas sus mañas y emociones) tuvo su contrapeso real. Y saltó un poco por el aire. Hay que volver a pisar la tierra.
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Martín Rodríguez