Tomás

La vía islandesa

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El tema lo propuso el bloque del Gen, los diputados Margarita Stolbizer y Gerardo Milman. Si me preguntan, gente con la que el oficialismo debería sentarse a charlar, y acá habría un buen primer punto para pensar (digo, si es difícil pensar en la formación, por ejemplo, de un gabinete que incorpore cuadros de la oposición que ganó en junio de 2009, por ahí el reparto de incentivos puede hacerse en éstos términos). El proyecto implica convocar a un plebiscito vinculante para responder sobre tres temas: el uso de reservas para pagar deuda, la universalización de los planes sociales y la última el cese de la intervención del Indec y que el Congreso sancione su normalización.

Vamos a enfocarnos en la primera. En especial, porque me parece la más refrendable en el sentido de que se trata de una propuesta concreta por sí o por no. Claro que cualquiera votaría por normalizar el Indec, pero temo que “normalizar” exige otro tipo de debate, quizás parlamentario, que no se resuelve diciendo que sí o que no. E implica procesos de aplicación de esa normalización que tal vez no cumplan las expectativas del votante que exige sólo “normalicen”.

Algunos bloggeros ya trataron esta propuesta: acá, Contradicto de San Telmo, y acá Federico Vázquez.

En términos operativos, hay que tener en cuenta lo siguiente. Introducido por la reforma de 1994, el art. 40 de la Constitución establece que, a iniciativa de la Cámara de Diputados, se podrá someter a consulta popular una ley. La convocatoria a votar no puede ser vetada por el Ejecutivo, y el voto afirmativo en esa convocatoria vuelve automáticamente ley aquello que se vote. En ese caso, el Poder Ejecutivo podría enviar un proyecto de ley para el pago de deuda con reservas del BCRA y la consulta tendría carácter de vinculante. De otra manera, el art. 40 también establece que tanto el Congreso como el Presidente puede llamar una consulta popular no vinculante, con voto no obligatorio, dentro de sus respectivas competencias (y acá, digamos, se abriría el debate otro mes más a ver de quién es competencia). De todas maneras, hay gente que podría decir cosas más interesantes que yo sobre el aspecto jurídico. La cuestión, de todas formas, pasa por otro lado. Con la consulta ocurre lo mismo que con los vetos y los DNU´s: se trata de buscar un equilibrio entre facultades del Ejecutivo y relación de fuerzas reales. Si bien el poder constitucional de hacer una consulta no vinculante existe, convocar hoy un plebiscito obliga políticamente a aceptar el resultado sea cual sea. Seguir adelante con el pago, después de una consulta que resulte negativa, es firmar el acta de defunción del kirchnerismo.

Es muy difícil lograr que el debate no se convierta en un plebiscito sobre el Gobierno. En ese sentido, la propuesta de Contradicto sería la más favorable para el Gobierno: un proyecto oficial de pago contra un proyecto que la oposición logre acordar, implicaría que votar contra algo tenga el costo político de votar a favor de otra cosa. De otra manera, la cuestión es más complicada. Sería difícil movilizar una masa crítica en favor de la utilización de reservas para el pago de la deuda. El plebiscito no deja demasiado libre a los matices, y si hay algo que este debate requiere son, justamente, grises. El no al pago, me parece, aglutinaría un espectro ideológico diverso y muy amplio: desde quienes se oponen al pago en sí, pasando por quienes destinarían esos fondos a otra cosa, hasta quienes sostienen la necesidad de tener un colchón amplio de reservas. Sin importar motivaciones políticas coyunturales, las cuales también quedarían en ese universo de votantes. Quizás el caso islandés grafique mejor lo que quiero decir.

Uno de los países más afectados por la última crisis financiera internacional, Islandia, realizó estos últimos días un referendo por un tema, a grandes rasgos, similar. El 90% de los electores decidió rechazar una ley que devolvía al Reino Unido y Holanda una millonaria deuda derivada de la quiebra del Banco Icesave, que afectó a 300.000 ahorristas de esos países.

El Gobierno socialdemócrata mandó un proyecto de ley impulsando el pago de la deuda. La ley no fue firmada por el Presidente (je, el parlamentarismo), con lo cual pasa automáticamente a referéndum. La votación se realizó después de una crisis que dejó como saldo una deuda de 3.900 millones de euros, el 50% del PBI del país, y un regreso, como dijo su ministro de Finanzas, “a los niveles del 2001″. En el medio, durante el 2009 el PBI cayó 7,5% y el desempleo se estabilizó en 8% (por cierto, después de una crisis tener 8% de empleo, parece que nos estuvieran canchereando, montonera Bjork re-nun-cie).

En ese sentido, el Gobierno sostiene que la ayuda del FMI se vuelve un factor clave para la reconstrucción de una burbuja que se pinchó, y aseguran que el retraso de esa ayuda se debe a la presión de Holanda y el Reino Unido para que Islandia se defina a favor del pago. Los argumentos claves por los cuales la Primer Ministro se opuso al referéndum fueron la necesidad de la ayuda del Fondo, el deseo entrar en la UE y la renegociación del pago que se lleva adelante con Holanda y Reino Unido (que, de acuerdo al proyecto de ley, era en principio a una tasa de 5,5% a 15 años, y que ahora ha sido mejorada a un interés fijo con un tipo variable hacia el final). El Presidente, vivo, dijo que gracias al referéndum se habían conseguido mejores condiciones de negociación, mientras que la Primer Ministro sostuvo que era inútil debatir un proyecto que ya había sido superado por el nuevo acuerdo.

La victoria del Presidente se traduce en haber logrado poner por encima de la discusión fiscal, el rencor de los islandeses por el abuso que Holanda y el Reino Unido habrían cometido contra los islandeses en la negociación. La implacable suma de 12.000 euros per cápita por contribuyente a quince años, y el 2/3 del presupuesto anual, pareció ser el argumento ganador para el voto bronca contra los bancos, la dirigencia política y los acreedores extranjeros.

Visto este ejemplo, con los matices propios de un país nórdico, queda entonces para discutir si es posible convencer, dentro de la estructura de una consulta popular que no va más allá del sí o el no a un proyecto de ley determinado, a la mayoría de la población de la necesidad de utilizar las reservas del Banco Central para afrontar el pago de la deuda. El peligro no parece tanto la imposibilidad de darle a eso un contenido épico -el cual no tiene por qué tenerlo necesariamente- como la posibilidad de diluir una cuestión muy relevante en términos económicos y fiscales, en el debate más amplio sobre la gestión de este Gobierno. Me refiero a que, si bien no es una ley empíricamente comprobable, el caso islandés demuestra que es más fácil aglutinar el voto contra un enemigo en general, contra una forma y contra un abuso, aún dejando de lado la cuestión central que se debate.

Y yo, sinceramente, tendría cuidado con eso. No sé si el rumbo económico de un país puede discutirse en esos términos.

Vamos aclarando el panorama…

…que hay pinguinos en la cama, sigue esa canción, ¿no?

En este post, algunos compañeros tenían dudas de si Carlos Menem había arreglado con el kirchnerismo para no ir a la sesión del miércoles pasado.

Como este blog también brinda un servicio, despejamos las dudas:

El Senado inició la sesión a las 14.15 con la presencia de 37 senadores de la oposición, incluido el riojano Carlos Menem, que se lo vio muy sonriente.

Bienvenidos al barro, amigos republicanos.

La sesión de ayer

Acerca de la sesión de ayer.

1. Hay que normalizar la discusión política, en especial la parlamentaria. “En los países serios” lo que algunos denominan escribanía se llama disciplina partidaria: hay disciplina en el kirchnerismo y hay disciplina en la Coalición Cívica. Y es una virtud del sistema político, en momentos de tanta personalización política en el mundo, que los legisladores respondan a los partidos por los que fueron elegidos. Uno puede preocuparse por la pobre autonomía del legislador, y formar un kiosco legislativo que se llame, no sé, Autodeterminación y Libertad, y ahí el buen congresal es un sujeto libre de toda atadura e incapaz de mover la aguja parlamentaria un centímetro; o preocuparse por la gobernabilidad y entender que un sistema presidencialista con disciplina partidaria es muchísimo más saludable, evitando la compra sistemática de legisladores en tanto que individuos (pongan corrupción en el Senado de Brasil en google y me cuentan). La disciplina partidaria se logra repartiendo incentivos ideológicos y materiales -regla uno del análisis institucionalista-: esto es, hay que ne-go-ciar. Y la negociación política es el acto democrático por excelencia.

2. Está bien tratar de ser original en el análisis político, pero no vale hacer analogías de todo con todo (¡colegio de politólogos Escriba!, ja). Decir que lo que hizo Pichetto ayer fue “llevarse la pelota cuando iba ganando”, es una explicación pavota. Pichetto negoció contra la presunción de 37 diputados y resulta que había 36. Si negocio porque voy perdiendo y resulta que no me podés ganar, es normal que los términos de esa negociación se quiebren.

3. Nota de color I. El compañero Julio César Cobos levantó la sesión cuando se retiró el Frente para la Victoria. Hay que volver a leer el reglamento: se puede sesionar sin quórum, amigazo.

4. Anoche ganaron dos tipos: Pichetto y Menem. Descartada una negociación del kirchnerismo con Menem, la explicación es simple: al tipo lo ningunearon desde el Peronismo Federal-porque es difícil mostrarse con Carlos hoy- y se las cobró. Esto deja un antecedente bastante malo: todo legislador de la oposición es, hoy, un veto player; o sea, cada uno de los 37 legisladores que dicen tener puede, eventualmente, parar la pelota para volver a negociar. Pichetto iba a perder ayer, y perderá el miércoles próximo cuando Carlos Menem se sume finalmente al bloque republicano. Está perfecto, todos los votos valen uno, y espero que en términos de análisis institucional eso se entienda para todas las votaciones en el Congreso. Para todas. Lo que logró conseguir Pichetto no fue tiempo, sino evidenciar la fragilidad de ese bloque. Y, aún más, una breve victoria ideológica: yo quiero ver ahora a la Coalición Cívica o a Luis Juez festejar una victoria sobre el Gobierno con el quórum de Carlos Menem. ¿Cómo era lo del menemismo con Derechos Humanos? Lo que ganó Pichetto fue que ese bloque pague los costos de tener hacia adentro tipos mal vistos por la opinión pública. Les complicó el relato: hay que hablar de republicanismos y escribanías con Menem adentro, eh.

5. Es tan válido institucional y políticamente, que ayer se haya retirado el Frente Para la Victoria, como que la oposición se haya levantado durante la discusión por la ley de medios. Normalizar el debate implica no festejar lo de ayer como un golazo, ni llorisquear porque la oposición use una herramienta igualmente válida. Es parte de una negociación política racional, o como dijo Miguel Ángel Pichetto ayer, “una cuestión matemática”.

6. Nota de color II: si yo fuera Sanz o Morales, le pediría amablemente a Luis Juez que deje el disfraz de payaso, con onda, en la puerta del Senado. Sin entrar en juicios sobre Carlos Menem, ayer Luis Juez dijo que “no llegó porque no le arrancó la Ferrari”. Ver el punto 4: el bloque opositor es más endeble, y cualquier rispidez lo rompe. Lejos de mí está volcar más leños hacia el fuego, pero atención: romper una mayoría legislativa por un jetón que cuenta chistes, y no se banca su propia alianza política, es una estupidez enorme.

7. Posiblemente el miércoles que viene la oposición ya tenga el quórum propio y los votos. No será la primera vez en la historia del país que exista un gobierno dividido, es decir, un Ejecutivo que no controle mayoría en ámbas cámaras. Un gobierno dividido es un gobierno efectivamente más débil y es un problema básico del sistema presidencialista: el bloqueo de las leyes y las herramientas del Ejecutivo para gobernar sin él. En términos constitucionales, el presidencialismo argentino es fuerte -respecto de otros países latinoamericanos- por disponer de la capacidad de dictar decretos de necesidad y urgencia, por requerir una amplia mayoría para bajarlos en el Congreso, y por el poder de veto y la capacidad de promulgar parcialmente una ley del Congreso. Sin embargo, la fortaleza de un gobierno no se puede medir solamente en sus facultades constitucionales, y ahí entra en juego la relación de fuerzas y el escenario político. Se podrían decir muchas cosas acá, pero lo cierto es que dependerá de la capacidad de unos y otros para conseguir mayorías legislativas, y mientras eso no suceda habrá un Congreso paralizado (porque existe la posibilidad de requerirle mayoría especial, desde el Ejecutivo, para insistir sobre un proyecto de ley). Hay que tener mucha cintura para hacer política sin el Congreso.

8. Existe una seria posibilidad de que lo que pasó ayer en el Congreso no le mueva un pelo al 90% de la población.

La Barcelona es un embole

Avatar. No sólo una película de taquilla

“Son las dos de la mañana. Llego a mi casa tras tres horas de disfrutar de Avatar en tridimensional.

Hermoso ejemplo de lo que se puede hacer con el avance tecnológico y su aplicación en el arte.

Lo primero que hago es leer la “crítica” de Judas publicada en PO.

Esa lectura me hace pensar que a Judas le gustó muchísimo, pero como no hay que olvidar que las ganancias terminan en los capitalistas, hay que desmerecerla para concluir que su guión es similar a “Pocahontas” o “Danza con Lobos”.

Esta producción cinematográfica ha generado reacciones en todo el mundo.

Los norteamericanos se sonríen, porque a pesar de las palizas de Vietnam y Afganistán, no han abandonado su imaginario de indestructibles, pagados de su desarrollo militar, aún se mantienen en la creencia que los pueblos no pueden ganarles con flechas. Pragmáticos, siguen contando los dólares de la recaudación y posiblemente les darán el Oscar.

Los chinos que saben tanto de revoluciones como contrarrevoluciones, la tienen clara y prohibieron la emisión de Avatar. Ellos saben del poder de miles de personas organizadas bajo la determinación de enterrar un régimen de explotación. Aterrados que la gran masa hambreada descubra Avatar y sin anestesia ni riesgos, “la desaparecieron”.

El editorialista de Clarín, que vivió el Argentinazo, alerta sobre el mensaje “violento de Avatar” y aunque no llega a revindicar a los chinos, porque, claro, está lo de la libre expresión, se le enota que ganas no le faltan.

En Avatar, no sólo se plantea la lucha de los pueblos unidos contra el imperialismo, sino también plantea la legitimidad de usar la violencia revolucionaria contra la violencia capitalista.

También plantea la inviabilidad de la neutralidad ante la lucha contra el imperialismo (lección para algunos científicos, intelectuales, pacifistas e incluso humanistas), en Avatar hasta la naturaleza y las fuerzas divinas abandonan la neutralidad y acompañan la rebelión de los pobladores.

Esta bien, concedamos que no explica con profundidad grandes cosas, pero qué bien se siente, aunque sea en una ficción, que los verdaderos buenos sean los que ganen.”

Claudia. Partido Obrero.

10 tesis sobre el macrismo

I- El macrismo es capaz de articular cualquier clase de demanda a su interior. Cualquiera. ¿Qué sector quedaría afuera de una alianza con el macrismo? El kirchnerismo, la izquierda y la centro-izquierda, opositores al macrismo desde antes de comenzar la gestión. Es una virtud política gestionar sin limitarse políticamente.

II- La encrucijada personal de Mauricio Macri es la siguiente. La épica de Alfonsín fue la democracia, la de Menem el consumo, la de De la Rúa la honestidad y la de Kirchner los derechos humanos. La de Macri es “la gestión apolítica”. Un gobierno local más de Macri -o de cualquiera de sus delfines- agota esa épica; para un gobierno nacional no alcanza, porque inevitablemente exige la alianza con otros sectores (el peronismo disidente o eventualmente el radicalismo) que le comen la base de la “apoliticidad”.

III- Ni Gabriela Michetti, ni Alejandro Rozitchner son representativos de nada del macrismo. Vaticino el pase a la Coalición Cívica de la primera antes de terminar su mandato, y la caída en desgracia del segundo, excepto para aquellos que usen twitter.

IV- La avanzada contra Macri de los sectores opositores queda trunca por un factor previo a “la unidad de la oposición”: no hay diagnóstico del macrismo (aunque tal vez una explique a la otra, o ambas se expliquen mutuamente). Hasta ahora, los opositores no han hecho más que bardear las acciones del macrismo, pero de lo que se trata es de interpretarlo. No hay un discurso unificado respecto de si el flanco a atacar es la ineficacia de la gestión o si es la idea de la gestión pura como negación de lo político. Ambas tienen buenos argumentos, o tal vez son dos tácticas diferentes de una misma estrategia: en definitiva, tal vez de lo que se trate es de ordenarlas.

V- Una ventaja y una desventaja de gobernar la ciudad es que las noticias locales son nacionales. No hay sección “Capital Federal” en los grandes diarios, porque las noticias locales son inmediatamente nacionales. El problema comunicacional, el hecho de que al macrismo parezca “no entrarle una bala”, reside en que la política nacional sucede encima de la política local, la atosiga y la esconde. Los carteles contra la Ucep de Macri quedan sepultados bajo consignas nacionales.

VI- El macrismo no pide antecedentes para entrar. El macrismo no googlea. Y los retrocesos en las designaciones y políticas públicas son, antes que una virtud de consenso, un síntoma de un problema más grave.

VII- Uno de los problemas que más expone mediáticamente al macrismo, derivado de la tesis VI, es que resulta más fácil venderle un paquete al macrismo que a un padre divorciado el día del cumpleaños del pibe.

VIII- La primera regla del macrismo es que el macrismo no existe. La segunda regla del macrismo es que no debes hablar del macrismo. En tanto que no existe, el macrismo no paga costos como grupo, sino como individuos. Los costos de las políticas públicas las pagan políticos públicos con su cabeza.

IX- En la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires hay una comisión cada 2,62 legisladores. En términos politológicos: muchos incentivos para cooperar. La debilidad de Macri no está ni cerca de la puerta de su Poder Legislativo.

X- Si el kirchnerismo tiene intenciones de recuperar a la clase media, el referente “kirchnerista” de la oposición a Macri en Capital debe ser un tipo: a) que no haya sido funcionario del kirchnerismo; b) que no sea del riñón del kirchnerismo; c) que le den un cheque en blanco desde el kirchnerismo para poder “criticar lo malo y acompañar lo bueno” a nivel nacional.

No vale todo, Rozitchner basura

No me gusta esto que voy a escribir. Y perdón a Lucas, porque te afano un post.

Alejandro Rozitchner, sos una basura de tipo, una mala persona. Yo no quiero que Posse sea ministro de Educación. Nada más, hijo de mil putas, nada más que eso. No quiero que se suicide un hijo. Tampoco lo festejo, ni lo pongo, mucho menos, como excusa política:

2. Se le suicidó un hijo. No podés ser Ministro de Educación, es decir, ocuparte de los chicos, de los nuevos de la sociedad, si no lograste siquiera hacerle un lugar en el mundo a tu hijo.

3. Escribió un libro sobre el suicidio de su hijo. Además de que se te suicidó un hijo, en vez de hacerte cargo de tu gran fracaso escribís un libro escabroso y distante: lo volvés a matar. Transformás una catástrofe personal en un hecho literario desamoradamente: horror.

No vale todo en política, Rozitchner, deberías renunciar vos por la clase de tipo que sos y por lo que acabás de escribir. Debería cagarte a trompadas Posse, y sería un acto de gran, enorme, grandísima justicia.

Y si usamos esto como chicana política, somos la misma basura que Rozitchner. Pongamos el freno acá.

Basura.

20/12/2001: sino por medio de sus representantes

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No comparto ninguna de las visiones que supusieron una reivindicación de la política aquél 20 de diciembre de 2001. No me gusta, tampoco, empuñar el termómetro de la política/la antipolítica: no ganó ni una, ni otra, porque no sé cuál es cuál, ni podría decirlo. Sé, apenas, cuál es el escenario para la política que más o menos me gusta a mí: una clase política profesional, unos mecanismos institucionales más o menos burocratizados, algunos ciertos partidos que canalicen las reivindicaciones sociales, unos factores de poder tratando de incidir, con el contrapeso de la política tratando de contener esos poderes, y con la participación popular en la calle, claro, en determinados momentos y lugares. Muy conservador, muy burgués todo. Es lo más democrático que conozco, y es lo más alejado a diciembre de 2001 que puedo pensar. Y donde me siento cómodo: en, digamos, un orden democrático estable y canalizado a través de instituciones.

Salvo los chinos (del PCR, digo: los verdaderos chinos, en realidad, lloraban) o los troscos, no sé quién más entendió aquello como un estallido de politicidad, allí donde el grito de guerra era que la política, en definitiva, se vaya. Alguno dirá, por supuesto, que en realidad quienes debían irse eran los políticos, antes que la política. Y yo les diría que la experiencia de la política sin políticos se llamó asambleas barriales, y que más allá de mi opinión particular sobre el tema, lo que diría es que una asamblea barrial no alcanza, ni cerca, para garantizar el orden de un país. Que una asamblea barrial, o es complementaria de un sistema político ordenado, con partidos y clase política, o no termina siendo nada: como terminó esa experiencia aquí. Aparateada por el Partido Obrero. Creo, también, que por detrás de la idea del que se vayan todos, continuaba un error de diagnóstico gravísimo: la suposición de que la fuente de todos los males era la corrupción de la clase política. Ese error -esa falacia que explicaba unicausalmente un fenómeno que exigía diversidad de respuestas- había legitimado electoralmente a la Alianza y la había sostenido en el gobierno: quienes exigían su renuncia, “Los Que Se Vayan Todos”, replicaban el mismo error. El problema era la corrupción y no el modelo.Y acá viene un párrafo incendiario y tira piedras (aunque no tantas como las que espero recibir).Fue, por suerte, la clase política, deslegitimada, cuestionada y vilipendiada por la sociedad civil, la que pegó el volantazo, la que sacó al país fuera de ese error de seguir cuestionando las formas cuando, en realidad, el problema era todo el fondo. Si la respuesta de la Sociedad Civil al 2001 fueron las asambleas barriales, los cacerolazos y el “que se vayan todos”, la respuesta de la Clase Política fue la transición de De la Rúa a Duhalde, con todos los problemas “de forma” en el medio (los 5 presidentes en una semana, Chapadmalal, etc.), pero con el diagnóstico claro “de fondo”: había que recuperar la política y los políticos porque había, en definitiva, que cambiar el rumbo de un modelo agotado. Y esa tarea no la llevarían a cabo ni los piquetes ni las cacerolas. Ni aunque su lucha fuera, ja, por supuesto, una sola.

El que acá quiera ver una reivindicación del duhaldismo, que la vea. Sin embargo hay, aquí, una reivindicación de algo mucho más “espantoso” que del duhaldismo: hay una reivindicación, en un momento de la Historia, de la clase política por sobre la sociedad civil. Hay un elogio de la transición institucional. Sí, nadie es boludo acá, nadie dice que el peronismo por aquella época haya sido, solamente, un garante de la institucionalidad. Claro que no. Pero enero de 2002 era una cosa y mayo del 2003 otra. Y eso no lo construyó la Sociedad Civil. Lo construyó la Clase Política, y las redes sociales de la política. Vaya también el elogio para ellos, los punteros caídos en desgracia. Y si no hubiese existido la representación, si la representación hubiese sido solamente la transmisión de una voluntad de abajo hacia arriba, si la representación no le agregase identidad al representado, entonces la salida al 2001 hubiera sido otro 2001: un pronto llamado a elecciones, un nuevo voto bronca, otra deslegitimación de la Clase Política por la Sociedad Civil.

En el 2001 hubo política. Creo que hay que dejar de tirarse con el politicómetro: en todo caso, hubo política de la que a mí, particularmente, no me gusta. Política sin gobernabilidad. Micro-política vecinal. El 20 de diciembre significa una tragedia fundacional en términos generacionales: es nuestro marzo del ´76, para los que no vivimos ni un día de dictadura. La comparación es odiosa y exagerada si se la toma literal: no intento, bajo ningún punto de vista, afirmar que marzo del ´76 y diciembre del 2001 fueron lo mismo. Quiero decir que, así como aquella fecha marcó una generación en lo referido a crímenes de lesa humanidad, persecuciones, violaciones a los derechos humanos, diciembre de 2001 marcó a la nuestra con el recuerdo de la incertidumbre. Nuestro Nunca Más, será un nunca más a la ingobernabilidad: aunque la historia suene menos épica, ese es nuestro horizonte.

El realismo de Obama

Yo banco la sinceridad del realismo de Obama y el legítimo intento de la potencia por regular esa anarquía. El que esperaba otra cosa del Presidente de los Estados Unidos, nunca abrió un manual de relaciones internacionales.

Entonces, parte de nuestro desafío es reconciliar estos dos hechos aparentemente irreconciliables: que la guerra a veces es necesaria y que la guerra es, de cierta manera, una expresión de desatino humano. Concretamente, debemos dirigir nuestros esfuerzos a la tarea que el Presidente Kennedy propuso hace tiempo. “Concentrémonos”, dijo, “en una paz más práctica, más alcanzable, basada no en una revolución repentina de la naturaleza humana, sino una evolución gradual de las instituciones humanas”. Una evolución gradual de las instituciones humanas.

Enmarcar el conflicto inevitable en instituciones es el progresismo mundial realmente inexistente.

No pelearás dos veces la misma batalla

barcelona

Ya está. No solo que ya está, sino que ya ganamos. ¿Cuántas veces se puede ganar la misma batalla? La batalla por la ley de medios la ganó el kirchnerismo. La ganó porque ganó todo lo que había para ganar: una ley -la institucionalización máxima de una política pública-, un marco regulatorio para la actividad de los medios privados y estatales. Más es vicio. De los contenidos, ni una palabra. Estarán los canales de un lado y del otro: hasta ahí llegamos. Es lo máximo que se pudo conseguir, y es un montón: porque se negoció lo negociable y se sostuvo el núcleo duro de la Ley (el famoso 50% que hay que conservar, del que hablaba un Viejo general argentino). Yo me alegraría por eso.

No sólo eso ganamos. No sólo institucionalidad. La gran victoria de Néstor Kirchner sobre el Grupo Clarín fue haber puesto en evidencia a un factor de poder, nombrarlos: “¿Qué te pasa, Clarín?”, dijo, y el velo se descorrió. Y se quebró la pureza de la neutralidad que, como la virgnidad, se pierde una sola vez. Y para siempre: la metáfora de los medios como el agua que nos acompaña cotidianamente, dejó de existir. Porque nadie levanta una sospecha sobre el agua como, ahora, se levanta sobre Clarín. Una sospecha que no es más que entenderlo como un actor que está en una disputa política. Yo no veo nada de malo con eso, todo lo contrario: sin embargo su capital simbólico estaba construido, justamente, en no aparentarlo.

Y no se trata de parar la mano con los medios por una cuestión de buen ganador. Se trata de pensar qué suma a lo que se viene seguir dando una batalla que ya pasó, y que se ganó. Si Maquiavelo reescribiera, diría: “De por qué no hay que dar dos veces la misma batalla, ni siquiera las que se pierden”. Mucho menos si fue una batalla que se ganó: volver a darla es jugar todo a pérdida, apostar el poco capital político que va quedando, y correr el riesgo de resucitar un muerto que, más o menos, tiene fecha de resucite para 2011. Que Clarín apele a la SIP debería ser, para nosotros, una noticia que nos levanta el ánimo. La SIP le importa al 0,8% de la población, con un margen de error en la medición del 0,7. Nos importa a nosotros, los enfermos con nueve pestañas abiertas y el F5 en los portales de noticias. A nadie más: la SIP no es un manotazo de ahogado, es un rasguño en el ataúd de un catatónico que enterraron vivo.

Si volvemos a pegarles patadas a los heridos, es posible que alguno se levante. Basta de regalar argumentos: que te puteen por clientelista, por poco republicano, por cooptar voluntades, por no armar las tres-cuatro-políticas-de-Estado-a-largo-plazo, por crispador. Que te entren todas esas balas, porque pasó un tiempo considerable y varios traspiés como para que te entren. Pero no nos tiremos tiros nosotros.

Pensar las Fuerzas Armadas

En esta sí, eh, en esta sí que hay consenso, por derecha y por izquierda. Como dice mi amigo Mariano Rodríguez: “están todos de acuerdo en no tener Fuerzas Armadas: por derecha, por el ahorro presupuestario; por izquierda, por los fantasmas setentistas”.

Nos toca como generación, je, matar al padre. Algunos se preguntaron qué quería decir matar al padre: ¿renegar de las luchas de los `70, denunciarlas, pasar soberbiamente por encima de ellas, negarlas? Tal vez pueda significar otras cosas. Quizás se trate, simplemente, de poder pensar en los temas en los que ellos no pueden, directamente, pensar. Porque lo primero que se les ocurre es abolir las Fuerzas Armadas. Es todo lo que tienen para decir. Cuanto menos, la solución parece simplista. No somos Puerto Rico, mal que nos pese (?).

Lo interesante de la cuestión de las Fuerzas Armadas es que el debate clave es lo generacional. En todos los sentidos: en nosotros para poder discutir estos temas sin la mochila del pasado (o con ella, digo, pero resignificándola con la nuestra). Y al interior de las propias Fuerzas Armadas. Tiene que haber, por mero razonamiento matemático, una incipiente nueva oficialidad que no estuvo en aquella y que no la comparte, un grupo de oficiales jóvenes que no tiene por qué recibir los cachetazos de una momento histórico que no vivió. Hay que laburar con esos, sin descuidar la cuestión de los Derechos Humanos, dando cuenta de que se trata de un poder del Estado democrático, con una cabeza civil. Porque la otra pata que exige este laburo, es no problematizarlo al mismo tiempo –o, al menos, como temas ligados –con el debate por la seguridad interior.

Esta última encuesta muestra que Argentina es el país de la región que tiene menos confianza en sus Fuerzas Armadas. Digo, no hay que buscarle muchas vueltas a las causas. El problema es si la solución es la disolución de las Fuerzas Armadas, si el hecho de que no haya hipótesis de conflicto en el corto plazo habilita a pensar que las FFAA son, de aquí a la eternidad, innecesarias (porque, se me ocurre, ¿será sencillo, luego de disolverlas, volver a recrearlas desde cero ante cualquier situación en las que vuelvan a ser necesarias? Acá hay, también, un debate verdadero sobre las veneradas “políticas-de-Estado-y-no-de-un-gobierno”).

Yo no sé si el argumento para volver a pensar en las FFAA sea que los demás países de la región se estén armando. Lo que sí exige un cierto grado de previsión al respecto es, justamente, la imprevisibilidad de un mundo que carece de centro, un estado de relación de fuerzas multipolar, con potencias que ya lo son, algunas que dejarán de serlo y otras que tratan de. Ante un escenario tan contingente, sentarse a discutir en esa mesa -¿se puede, por ejemplo, pensar en una sillita en el Consejo de Seguridad de la ONU sin Fuerzas Armadas? –implica replantearse la cuestión del rol de las FFAA. La cooperación con la región en términos militares, el intercambio de know how y la aplicación de nuevas tecnologías para fines civiles Con los límites del caso, sin caer en la absolutización del paradigma realista –la teoría que supone que, en definitiva, las relaciones internacionales se resuelven por cantidad de fierros per cápita–, tal vez haya llegado el momento de poner en agenda una cuestión reticente a ser pensada con las fórmulas mágicas heredadas.

Vuelve Noticias del Sur

Se dice. Y mucho es cierto. Lo que se dice menos o se oculta, es la vitalidad de un proceso político y social inédito que, en parte, explica el resto de los fenómenos que se llevan los carteles de neón en los grandes medios. Y es que Brasil no vive una casual sumatoria de eventos favorables. Tampoco, como muchos periodistas sostienen, se ha vuelto un ejemplo de república deliberativa dónde ordenadamente, el gobierno, la oposición y los distintos sectores sociales se dieron cuenta que la mejor forma de avanzar era con “políticas de estado”.

 

Volvimos. Y están todos invitados.

Commenting Pichetto

“Señor presidente: voy a tratar de hacer una síntesis de algunas formulaciones que han hecho los senadores a lo largo de todo el día. Y, en primer término, quiero hacer alguna reflexión, fundamentalmente, sobre las palabras que acaba de expresar el presidente del bloque de la Unión Cívica Radical, de esta visión de una democracia consensual que la verdad es que no existe en el mundo. Creer que las sociedades carecen de la existencia del conflicto, de la disputa de intereses, creer que hay espacios únicamente para el consenso constituye indudablemente una mirada muy extraña sobre la vida cívica del país y sobre el funcionamiento parlamentario que, quiero decirlo, no comparto para nada. Sin duda, gobernar significa afrontar dificultades, dirimir conflictos en el marco de la sociedad, y los parlamentos resuelven los temas mediante el mecanismo de mayorías y minorías, a través del voto de sus representantes.

(Pichetto lee a Chantal Mouffe, sépanlo todos).

Hace muy poco tiempo, hubo un debate impresionante en Francia, donde se discutía la reforma de la Constitución, y se dirimió por un voto. Y no ocurrió nada dramático. Se definió por un voto. Acá vivimos, también, una noche trascendente, presidente, donde su voto desempató. Así que la verdad es que no creo en ese mundo feliz del consenso, en esa visión onírica de la democracia del rabino Bergman, quien el otro día, vino con toda esa visión fundamentalista de rabinos y curas, que tienen siempre buenas intenciones y nos vienen a dar clases de democracia acá, al Congreso. El otro día hicieron un acto patético en las puertas de este Congreso, donde se juntaron la Biblia y el calefón.

(Uuuuuuuuuuh, una noche trascendente, ¿se acuerda presidente?)

Ese cortador de rutas profesional, que es el señor De Angelis, este rabino fundamentalista y, seguramente, creo que andaba por ahí Castells. También quiero hacer una reflexión, señor presidente, sobre el doble estándar que se construye, muchas veces, desde los medios de comunicación y que algunos representantes de las cámaras expresan. Me refiero al doble estándar de los legisladores que se van de nuestro bloque y votan en contra del gobierno; son ídolos populares, pasan a tener la estima de la sociedad y son reporteados por todos los medios, mientras que aquellos senadores que deciden apoyar una propuesta del gobierno son tránsfugas, delincuentes, son Borocotó. Es interesante este doble estándar. La forma en que funciona la sociedad argentina y cómo seconstruye la comunicación está en el corazón de este debate.

(Insisto: el problema con Borocotó fueron las formas. Si le dabas dos dos meses para que se pase de bloque, o que arme su propio bloque y te vote todo, hoy era un diputado intrascendente. Ahora, es muy loco que hasta los propios tipos que te hicieron pasar te traten de panqueque).


Acá no estamos discutiendo proyectos. A lo largo de este debate que hicimos, en muchas oportunidades, he escuchado que la descalificación es hacia el gobierno y no hacia el contenido de la norma, porque es el gobierno el que lo ha hecho y, entonces, está mal y éste es un gobierno autoritario. Recién reflexionaba con mis compañeros de banca sobre los multimedios que maneja el gobierno, una radio municipal de la Universidad de Lomas de Zamora. El “holding K”

maneja también Radio del Plata, dicen, a través de una empresa afín con el gobierno. Estos son todos nuestros multimedios. Y cuando uno analiza el flujo de la información en la Argentina, se da cuenta de que el 98 por ciento de la información política es realmente contraria al gobierno, negativa al gobierno. Incluso —les digo más—, a veces, hasta tengo una visión de los medios públicos en el sentido de que son tan plurales, tan democráticos que hablan mal del gobierno. Es extraordinario. La verdad, es para reírse, realmente. Yo escuché a una senadora hablando de Radio del Plata y de otros medios. Que me diga cuáles son los otros medios, porque en el espectro de la radio y de la televisión argentina, nadie habla bien del gobierno. Uno, cuando corre la perilla, es una cosa atroz, especialmente en los últimos tres o cuatro meses, en que esto se ha profundizado de una manera notoria. Ni hablar cuando uno lee los diarios a la mañana. Sería interesante descubrirlo porque, a lo mejor, nos estamos manejando muy mal.

(Che, no da hacernos los tecnológicos, normajaponesa, wifi universal, y después decir que “movemos la perilla de la radio”. Hace años que no veo una perilla de radio).

La señora senadora Estenssoro —le pido disculpas por nombrarla, pero no es para descalificarla— trabajaba en su tarea de periodista en el Canal de la Mujer y también había un canal infantil que se llamaba Cablín. A su vez, había un canal que se llamaba P&E, que era de noticias económicas y políticas. Pues bien, todos esos canales desaparecieron en función de la fusión y del inicio, a partir de 2003, de la concentración entre CableVisión y Multicanal. ¿Por qué? Porque, a lo mejor, no tenían procesos de rentabilidad. Eran espacios muy interesantes, especialmente el infantil, el económico y el Canal de la Mujer, que tenía un matiz determinado por cuanto estaba dirigido al público femenino. Sin embargo, en función del esquema de rentabilidad, esos canales desaparecieron. La concentración provocó la desaparición de esos canales y de fuentes de trabajo, de espacios laborales. Precisamente, lo que plantea la ley es la apertura de nuevos espacios, de nuevos lugares de trabajo, fundamentalmente para el periodista, que es el destinatario de esto.

(Siempre reivindiqué el derecho a la soberbia. Siempre banqué a los tipos que tiran un caño adentro del área chica, aún más, a los que pasan a un defensor y lo esperan para pasarlo de vuelta. Solamente un tipo que sabe que tiene 44 votos puede darse el lujo de escuchar veinte horas de debate, sentarse como presidente de bloque…¡y rememorar a Cablín!, ¡barrilete legislativo!, ¿de qué planeta viniste?)

A continuación, voy a contestar algunas cosas que tienen que ver con el pasado y, además, con experiencias personales que me tocaron vivir como senador. Tengo una mirada sobre el pasado mucho más benevolente que algunos de los senadores que han hablado, porque creo que las cosas hay que ponerlas en el contexto histórico; o sea, en el momento en que ocurrían esas cosas.

(Acá, vayan a la versión taquigráfica y lean el desarrollo de este punto. Es la historia del Estado: es una teleología hegeliana estatal encarnada en Miguel Ángel Pichetto: hice esto con el Dr. Duhalde, después tuvimos que hacer esto otro. Es fan-tás-ti-co, yo ya lo imprimí y lo tengo en la mochila. Haganlón).

La otra cuestión tiene que ver con la publicidad oficial. ¡Fíjense qué interesantes son las pautas de la publicidad oficial que plantea el dictamen de la Unión Cívica Radical! Establece, primero, un sistema de instalación del medio en función de su desarrollo. Establece, además, un sistema de concurso donde el que gana se lleva el 50 por ciento; el segundo se lleva el 30; el tercero, el 20; y los demás, los chiquitos —los locales— se quedan mirando cómo se distribuye la mecánica de la publicidad oficial. Imaginemos una campaña del dengue o de la gripe A. ¡A los argentinos les gusta dramatizar estos temas! Nos inundamos con el dengue, con la gripe A; fundimos ciudades turísticas. Repetimos las cosas y, además, todos salen a hablar tonterías. Sería una campaña nacional donde se difunde el consumo de determinado medicamento. Lógicamente, esto se va a concentrar en una gran empresa: en la gran empresa que concentra indudablemente el mayor desarrollo desde el punto de vista de la comunicación; la segunda empresa multimedia y, por último, la tercera empresa en esa escala. Las pequeñas empresas, los medios locales de difusión en las provincias, no van a agarrar un céntimo de esta pauta de distribución de la publicidad oficial que plantea el dictamen de la Unión Cívica Radical. En su discurso, el senador Petcoff Naidenoff ha planteado el tema del Estatuto del Periodista como si éste no existiera. Está vigente. Es la Ley 12908, que está plenamente vigente. También escuché a la senadora Estenssoro hablar de este tema.
Por primera vez podemos discutir de proyecto a proyecto. Por primera vez, en lugar de descalificar al gobierno —más allá de que pueda haber errores o cosas que no compartimos— estamos discutiendo sobre la base de un proyecto alternativo. ¡Esta es la verdadera discusión democrática! Caso contrario, simplemente se trata de la descalificación en el sentido de que porque lo hace el gobierno está mal, porque este gobierno es autoritario y demás. Esas suelen ser las cosas que se dicen con una ligereza extraordinaria en la Argentina. Es más, un diputado habló de sangre; se dice cualquier cosa y con total impunidad en nuestro país.

(La historia del radicalismo: donde rascás un poquito se cae toda la mampostería).

Estamos dando un primer paso. Ninguna norma es perfecta, a perpetuidad, ni se escribe en la piedra, como le dije hoy a un periodista. Seguramente, en el futuro esta ley pueda ser corregida y, a lo mejor, en poco tiempo —en uno o dos años— habrá que afrontar el debate relacionado con las telefónicas. Sin embargo, la que estamos considerando es una norma superior a la vigente; es un avance; es un paso gigantesco en esta discusión realmente importante que hace a la consolidación de la democracia en la Argentina.

Muchas gracias, presidente.

Sr. Presidente. — Pasamos a votar los pedidos de inserción.
— Se practica la votación.
Sr. Presidente. — Quedan aprobadas las inserciones.3
Se va a votar el proyecto de ley en general.
— Se practica la votación por medios electrónicos.
Sr. Secretario (Estrada). — Se registran 44 votos por la afirmativa, y 24 por la negativa.

(Ayer fue un gran, gran día).

El triple salto: de Schmitt a Néstor Kirchner

(Se viene dando un debate sobre Schmitt, primero en Crítica de la Argentina, aquí, aquí y hoy aquí. También en FP se publicó este post, con muy buenos comentarios. Ahora voy yo).

Con excepción del título, la nota de Diego Genoud “El pensador nazi que inspira a Néstor”, no vincula el marco teórico del nazismo con el proceso político que tiene lugar en la Argentina desde el 2003. Debe decirse, también, que no son siempre los periodistas quienes titulan las notas en los diarios: un trabajo de lectura entre líneas del título y la bajada muchas veces da cuenta de la línea editorial de un periódico de manera más efectiva que sus contenidos.

Lo cierto es que el título de la nota realiza un triple salto: si Schmitt es el pensador del nazismo, y Néstor Kirchner es definido como un schmitteano en su concepción de la política, queda en manos del lector realizar el proceso lógico de transitividad: el kirchnerismo concibe la política a la manera del nazismo. Resulta problemática esta idea por varias razones. En primer lugar, la discusión sobre la adscripción de Schmitt al régimen nazi. No puede negarse la complicidad del autor con el régimen y, aún más, no tiene por qué ocultarse: Ahora bien, la pregunta es cómo juega ese factor biográfico en la concepción schmitteana de la política. Una aproximación simplista eludiría la cuestión por razones espacio-temporales: mencionando el año de publicación del texto que se discute en la nota, “El concepto de lo político, 1932”, la discusión parecería quedar zanjada. Quizás un desafío mayor constituya cuánto de ese esquema schmitteano contribuyó finalmente a la concepción biologicista del racismo nazi. Y la respuesta, ahora sí, parece ser más sencilla: en nada. Al menos, no sin distorsionarlo.

En segundo lugar, debe mencionarse la peligrosidad de ese salto teórico que se pretende: la distinción amigo-enemigo como específica distinción de lo político, independiente y autónoma de la distinción estética, económica y/o moral, no es, bajo ningún aspecto, la distinción nazi entre la raza superior frente a la inferior. Esa distinción, principalmente, no habla de ningún contenido específico, sino de una intensidad: no hay política, en Schmitt, si no hay un antagonismo lo suficientemente intenso como para constituir “un agrupamiento en base a los conceptos de amigo-enemigo”. Cualquier derivación de esa idea en la lógica racista nazi es, cuanto menos, una interpretación que niega la idea misma de la política en sentido schmitteano: un enemigo racial es un enemigo absoluto, un Otro con el que resulta imposible cualquier idea de confrontación política, sino a través del exterminio. El propio Carl Schmitt, en una nota al pie de su obra “El concepto de lo político”, sostiene: “Quien se encuentra en lucha con un enemigo absoluto –trátese de un enemigo de clase o de raza o de un enemigo eterno sin límites –no está interesado en nuestras preocupaciones relativas al criterio de lo político; por el contrario, ve en ello un debilitamiento suyo a través de la reflexión”. El enemigo racial, el judío como expresión del Otro inferior biológicamente, es absoluto: el nazismo es una negación de la política, como mínimo, en términos schmitteanos.

Mouffe rescata a Schmitt para sostener la idea de que la política en términos adversariales no ha desaparecido: la lógica amigo-enemigo persiste. La peligrosidad que advierte, en todo caso, es que esa lógica se establece en términos morales: “en lugar de una lucha entre izquierda y derecha, nos enfrentamos a una lucha entre bien y mal”. Las posturas de cierto espacio opositor al Gobierno parecen confirmar el temor: se advierte la idea de que negociar con este Gobierno es negociar con el Mal, independientemente de si una ley es políticamente necesaria o no.

Muchas veces, se critica del kirchnerismo que enfrenta a sectores a los que anteriormente ha hecho concesiones, como una incoherencia, acaso como una inmoralidad. En ese sentido, existe una concepción schmitteana: los enemigos políticos no son absolutos. El peligro lo constituye el hecho de que los enemigos sean morales: la moralización de la esfera política es una forma de la pospolítica. Cae bajo esa égida la idea del consenso absoluto como el Bien, enfrentado al Mal entendido en términos de conflictividad. La crítica de Mouffe al liberalismo, vía Schmitt, es la crítica a la anti política como consenso universal que niega los conflictos inherentes de la democracia y sus actores sociales, una crítica destinada a la idea de que los conflictos sociales son, en verdad, una anomalía que debe superarse

Ni Schmitt ni Mouffe establecen una teoría normativa, acerca de cómo las cosas deberían ser: expresan, en todo caso, una concepción de la democracia como conflicto latente. Debatible o no, a partir de ese diagnóstico surge la necesidad de establecer el marco institucional para encuadrar el conflicto dentro de las reglas de juego de la democracia. Aquellas que permiten, en todo caso, procesar los conflictos esenciales en el marco de un debate donde, por lo menos, los actores puedan reconocerse como iguales. Si el kirchnerismo verdaderamente ha reivindicado a Schmitt, la lección que debe dejarnos de ese autor, es la necesidad de hacer política, con políticos y en términos políticos.

Por último, la idea de que la relación aliado-adversario es una dimensión constituyente de la política, no es, además, una propiedad exclusiva de Schmitt. Es un tema presente en el pensamiento platónico, en Maquiavelo, en Hobbes, y en Nietszche–por no mencionar a Hegel, para quien el conflicto de las conciencias es una invariable ontológica, ni a Marx, quien ve en el conflicto entre el “nosotros” proletario y el “ellos” propietario el motor de la historia. Solo unos pocos imaginan una política en donde se ha borrado el conflicto, y no suelen ser, reconozcámoslo, aquellos mas interesantes para comprender que es la política. A no ser que pertenezcan a esos grupos que gustan de decir “hay que consensuar, la política es consenso” mientras muestran, silenciosamente, el palo que llevan en la mano.

El amigo del referí

Me vengo preguntando, seguido, si no será que las formas importan muchísimo. Si no son, en política, casi todo: que es cierto, digo, que te corren por las formas cuando lo que verdaderamente molesta es el fondo. Pero si no habrá parte del arco político no kirchnerista que tiene un interés real en las formas (déjenme quitar, por un momento, la variable política “ego”, el monotributismo militante de algunos muchachos, ay Miguel). Creo que este Gobierno hizo mucho, y en el balance no me dan los números: yo no regalaría ningún avance material por mantener una simple forma. Me da la sensación de que las formas se pueden negociar. Y que hay que negociarlas.

Alguna vez pensé que era una limitación propia: que necesitábamos apoyarnos en algunas corporaciones para constreñir el accionar de otras, y que la lógica política, dado el tablero actual, indicaba eso. La caída de las telefónicas del proyecto demostró lo contrario: se puede hacer política con políticos. Con el diario del lunes, también habrá que preguntarse cuántos tiros se podrían evitar, y cuántos nos entrarán, si agarramos ese camino, el de negociar leyes con la corporación “clase política” cuando el fin último sea regular el accionar de una corporación. Tácticamente, incluso, eso deja el rédito político del desenmascaramiento: quién bardeaba por las formas, y a quién, en realidad, le molestaba el fondo. Cumplidas las buenas formas, hechas las concesiones del caso, todo lo que queda es gente en orsai. Ahí sí, vamos a ver, quién era el amigo del referí.

En esta, banco a Luis Inácio Lula Da Silva

Sencillo: Lula se calentó por la televización de la cumbre del Unasur, ayer, en Bariloche (una buena crónica, aunque demasiado optimista, acá). Aquí está el video, pero la parte que me interesa es esta:

Yo no creo en una reunión con la televisión transmitiendo en directo, porque nosotros vinimos para una reunión como jefes de Estado y cada uno hablando a su público, no tiene buen resultado. Lo que le interesa al público es el resultado de una reunión, no una retórica, que cada uno de nosotros quiere hablar, para justificar nuestras posiciones.

Es absolutamente razonable la calentura de Lula. La televización fue la base -je- del triunfo colosal de Uribe en Bariloche.

Hay que diferenciar entre dos clases de cumbres: las que están previamente establecidas, donde se discuten temas de agenda, se firman cosas, etcétera, y las que, como Bariloche, se convocan por una situación determinada. Este último tipo de cumbres, las extraordinarias, deben ser televizadas cuando se ha llegado a un acuerdo previo, o no, cuando se pudrió todo, pero al menos con una negociación para evitar las rupturas. No se puede rosquear en vivo y en directo. Ayer ganó claramente Uribe, no solo porque -nobleza obliga- es un cuadrazo, sino por todas las cosas que no se le pudieron decir. El powerpoint de Correa era un powerpoint hecho para la televisión, una forma de sacar rédito a una reunión que, con las cámaras ahí, ya no tenía sentido, ya se había roto cualquier posibilidad de negociación: lo mismo el discurso de Evo. Lula lo dice clarito: “nosotros teníamos que discutir que, con las bases ya en Colombia, al menos se sigan las garantías del derecho internacional y sean sólo para efectos de Colombia” (por cierto, la traducción es muy mala). Evidentemente, cualquiera que, como Lula, se sentase a negociar públicamente con esa concesión -fruto de una lectura que entiende que, en relaciones internacionales, el tema tabú es la soberanía de cada país, que actúa como comodín para romper cualquier unión- era un traidor a la Patria Grande, y acaso también un pragmático. Cosas que políticamente a nivel internacional rinden mucho, sólo cuando no se notan. Ayer el pragmatismo lo puso Lula, y lo derrotó el idealismo de condenar la intervención norteamericana. Bárbaro. ¿Resultado? Las bases están ahí y no se la arrancó a Uribe ni el DNI de los marines.

Por eso Uribe es políticamente brillante, cuando al arrancar la reunión amaga con ir a denunciar censura si no transmiten el proceso de negociación. Y está perfecto, digo, es legítimo presionar con esas cosas. En todo caso, de este lado hay que ser más inteligente, esta cumbre no era para dar discursos encendidos, ni para chapear anti-imperialismo: era para tratar de frenar una situación que estaba casi consumada. Esperar a Uribe con un apunte común entre todos los presidentes: un sistema de preferencias. Bueno, objetivo A: que las bases no estén. Negociar eso a morir. Primer cuello de botella, obejtivo B: formar Consejo de Defensa y que UNASUR controle las bases. Y así, sucesivamente.

Muy lindo todo, sí. Pero perdimos. Y perdimos porque, salvo Lula, todavía nadie se dio cuenta que en las relaciones internacionales, lo único que cuenta es el realismo.

Días de leongiequismo político

A diferencia de lo que dijo Cristina Kirchner en la firma del contrato con la AFA, yo creo que el kirchnerismo es un aprovechamiento de las oportunidades, y que eso fue lo mejor que tuvo: Kirchner fue un oportunista, un legítimo oportunista, cuando se calzó la banda y gestionó aprovechando oportunidades. Hay algo de pacatería política en no hacerse cargo de esa idea, como si alguien le estuviera solicitando épica a cada firma ministerial.

Practicó el kirchnerismo, y practicará estos dos años, el leongiequismo político: así como León Gieco compone canciones leyendo el diario, la doctrina del leongiequismo político se sostiene en la construcción de un relato a partir de las posibilidades que la coyuntura ofrezca. Hoy es el fútbol por un conflicto que estalla, una demanda desarticulada en la dispersión de lo social, que el Estado reivindica como general (”Fútbol para todos”): se sienta a la mesa, divide entre actores buenos y malos, y elige a alguno para asociarse y dar una respuesta. Hoy es el tema del fútbol, como ayer la mesa de diálogo político, y como tal vez mañana sea la despenalización o la propia Ley de medios: aflorarán las contradicciones en cada uno de los casos, y habrá alegrías y puteadas, lamentos por lo chico de la mesa, algunos regresos y tal vez otros desbandes.

El leongiequismo político tiene sus méritos: primero, hace política real, con y contra los factores de poder real. Da las discusiones sobre los temas de coyuntura: con todos los defectos y las contradicciones, con algunos marcos ideológicos que nos gustan más o menos, pero los da. Es el Estado, y como tal, carece del superpoder de Felipe Solá de “hacerse el boludo”. En ese sentido, podría decirse que los da porque los tiene que dar, porque es el Estado, pero también el Estado actúa y toma posturas por omisión.

En segundo lugar, el leongiequismo desarticula cualquier posible unidad de la oposición, le da, Asís dixit, caramelos de madera todo el tiempo, pero no sólo para que se entretengan, sino también para romperles los dientes, a veces. El coyunturalismo político obliga a definirse constantemente, con todos los riesgos de quedar en orsai, ser demasiado oficialista, opositor, clarinista, consensual, rupturista.

También el leongiequismo político tiene sus límites. El puro coyunturalismo, la composición de un relato que problematice sólo los temas de agenda, es agotador, y elimina cualquier posibilidad de plantear debates sin acceso al gran escenario. La política es, o debiera ser, también novedad. Ahora bien, en este sentido el kirchnerismo es algo más que un mero posibilismo conservador, toda vez que estiró los límites de lo políticamente posible (la ruptura del contrato con Tyc dos meses después del 28-J y el posible envío del proyecto de Ley de medios este próximo jueves así lo evidencian). La imprevisibilidad fue una característica del kirchnerismo que dio buenos y malos resultados según la ocasión; pero al mismo tiempo, fue la característica que le permitió a) junto a otras circunstancias, reconstruir la autoridad presidencial (EL logro del continum duhaldismo-kirchnerismo) y b) sentarse de igual a igual e incluso por encima con algunos sectores de poder.

Creo que el problema del leongiequismo político, del coyunturalismo de gestión, que hay que pensar, va por otro lado. Viene por el lado de intentar hacer una canción demasiado poética con el diario Crónica en la mano. La tentación existe: la comparación de los goles secuestrados con los desaparecidos, esa necesidad de épica, de llevar a la realidad a hacerle decir cosas que no está diciendo, es un problema de esta suerte de realismo de coyuntura. Se eligió un camino, quizás llevado por las circunstancias, quizás porque no queda otra, quizás porque nadie tiene un camino alternativo verdaderamente potable. Pero se eligió: se eligió transitar a golpes de realidad lo que resta del mandato, y me parece una apuesta legítima.

Haber elegido implica aceptar las consecuencias: no se vienen días de kirchnerismo spinetteano. Tal vez, y sólo tal vez, el gran problema de los últimos tiempos no fue la falta de canales de comunicación, sino la falta de adaptación del discurso a los objetivos a lograr. Seis años de kirchnerismo nos dieron la gimnasia suficiente para entender que conseguir algunas cosas implica sentarse con los feos, los sucios y los malos. Tampoco tiren de esa cuerda, y pidan que, además, hagamos de eso una épica.

(Todo bien, en política, con el leongiequismo. Pero, en música, somos troscos del Flaco).

Enemigos

Dice el compañero Franklin Roosevelt: pido que me juzguen por los enemigos que he hecho.

Yo no. Yo digo que si lo único que tenés para decir es que los otros de verdad son muy malos, lo que vos estás afirmando es, mal y pronto, que vos tampoco sos una cosa muy interesante.

La salida más elegante para definirse como kirchnerista es nombrar a los enemigos. Martín cuenta acá que Rivas le contestó eso a Tenenmbaum: “soy kirchnerista por sus enemigos”. Es, también, la definición de Carta Abierta: bancamos esto porque del otro lado está la restauración conservadora. A mí no me importa por qué alguien se suma: me importa que se sumen. Y tampoco estoy diciendo que no sea verdad. Al contrario, creo que la gran ventaja del kirchnerismo son sus enemigos: los espantosos errores cometidos y la incapacidad de capitalizar cada traspié kirchnerista. Esa oposición, por lo que es y por lo que no puede ser, suma gente al kirchnerismo.

Sin embargo, deseo fervientemente que el kirchnerismo no sea, solamente, recordado por sus enemigos. Ojalá no tengamos que definirlo por los que estuvieron enfrente. Aunque es tentador, y es un “relato” que paga progresista: “tuvimos enfrente a la Sociedad Rural, la Iglesia, los monopolios mediáticos, etc.”. ¿Miento? No, es una realidad: esa es una gran parte de la oposición. Pero si el kirchnerismo va a ser recordado por la oposición que generó, entonces fue muy poco. Generó un debate muy escaso, o provocó poquito, o no molestó tanto como nos parece. Peor: si con toda esa torpeza se logra derrotar un Gobierno, entonces el kirchnerismo fue una ingenuidad.

Cuando nos convertimos en detractores de Rozitchner estamos escupiendo para arriba; todos los días que puteamos a Tinelli, nos caemos un escalón; el llanto resentido de ex contra Clarín, sin una buena estrategia para negociar una ley con la clase política que obligue al Grupo a ceder, es la denigración de un proceso que tuvo que haber sido más que eso. No me gustaría que una experiencia que hizo grandes avances en un sentido que muchos compartimos termine por ser recordada por el germen que creó. El enemigo principal es la derecha, y lo digo sin ánimos de definir al kirchnerismo como el bolchevismo revolucionario argentino: digo que las expresiones, hoy, con posibilidad de suceder al kirchnerismo en el Gobierno, son expresiones políticas más cercanas a planteos de corte conservador. Ese relato, insisto, pagaría muy bien a la larga: el kirchnerismo cantará mejor mientras más pase el tiempo, y esa generación de enemigos posiblemente ayude a afinar esa melodía.

El temor, en definitiva, es que la mayor parte de esa derecha no viene a plantear una discusión en términos conceptuales sobre casi nada. Y ni siquiera es una crítica: no las viene a plantear porque no les hace falta. Ya ni siquiera hablo de las famosas “propuestas concretas”: eso se soluciona, el 2011 va a ser financieramente un gran año para los célebres equipos técnicos. Lo que creo es que tanto el cobismo como Unión-Pro, Reutemann y alguno más que pueda jugar en las presidenciales, no vienen a cuestionar los paradigmas
del kirchnerismo en tanto conjunto de ideas (que pudo haberse formado, es cierto, improvisadamente, pero que se formó al fin).

Toda esta introducción, en realidad, viene a cuento de un compañero que hace unos días me hizo recordar el
discurso del 1 de mayo de 2007 de Sarkozy, un discurso que no hay que bajarlo a la Pc, hay que imprimirlo y llevarlo en la mochila, y releerlo. Un discurso que dice cosas como estas (recomiendo leerlo entero acá):

- “(…) la política retorna. Retorna por todas partes en el mundo. La caída del Muro de Berlín pareció anunciar el fin de la Historia y la disolución de la política en el mercado. Dieciocho años después, todo el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que siempre es trágica y que la política no puede desaparecer porque los hombres de hoy sienten una necesidad de política, un deseo de política como rara vez se había visto desde el fin de la segunda guerra mundial;


- Recordad el eslogan de Mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: “Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas”. Así la herencia de Mayo del 68 ha liquidado a la escuela de Jules Ferry en la izquierda francesa, que era una escuela de la excelencia, del mérito, del respeto, del civismo; una escuela que quería ayudar a los niños a convertirse en adultos y no a seguir siendo niños grandes, una escuela que quería instruir y no infantilizar, porque había sido construida por grandes republicanos que tenían la convicción de que el ignorante no es libre. Pero la herencia de Mayo del 68 ha liquidado esa escuela que transmitía una cultura común y una moral compartida, cultura y moral gracias a las que todos los franceses podían hablarse,
comprenderse, vivir juntos. La herencia de Mayo del 68 ha introducido el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido precisamente los valores de Mayo del 68 los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero-rey, del beneficio a corto plazo, de la especulación.


- No se puede decir que uno apuesta por el valor del trabajo y, al mismo tiempo, generalizar las 35 horas, seguir cargándolo con impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del que cobra del Estado para no trabajar. No se puede decir que se desea obstaculizar las deslocalizaciones y al mismo tiempo rechazar cualquier experimentación del IVA social, que permite financiar la protección social con las importaciones. No es posible proclamar grandes principios y negarse a inscribirlos en la realidad.

El discurso de Sarkozy es absolutamente cuestionable. La idea de “moralización del capitalismo”, por decir una, me da escalofríos. Pero no voy a eso. Voy a lo que viene a plantear. A un tipo que le tira a la izquierda con Jaures, que cuestiona el mayo francés y lo hace responsable de la crisis del capitalismo financiero. Es obvio que no seríamos sarkozystas si estuviéramos en Francia. Pero si tenemos que perder con la derecha, prefiero perder en esos términos, discutiendo esas cosas y a esos niveles. Quiero perder contra ese discurso, porque es un discurso que ante todo reivindica la política.

Y no se trata de perder contra uno bueno para quedar más lindo en la foto del libro de Historia: la falta de enemigos políticos que den un debate conceptual más eficaz y certero es, antes que nada, un síntoma del propio kirchnerismo, una responsabilidad propia antes que una falla ajena. Ojalá esto no sirva para decir “eh, qué oposición berreta”, sino para entender que tenemos los enemigos (políticos) que el propio proceso creó. Ojalá no nos juzguen por los enemigos que hemos hecho. Si los enemigos son un reflejo de lo que, en realidad, hicimos, entonces desviemos la vista de ese reflejo, y vayamos directamente a lo que haya que hacer.

¿Y si De Narváez es populista?

Hay un problema con eso de “asumir la distorsión y volverla multiplicada”. Estará bien en algunos contextos: asumir lo negativo y llevarlo hasta el absurdo es una estrategia interesante y, en el camino, divertida. Pero también conservadora: el eterno problema de lo que Alejandro denomina el goriperonismo, “la imagen del peronismo que proyecta La Nación”, endiosar la idea que nos proyectan acerca de que somos todo lo malo, hasta el punto de asumirla de manera tan perfecta que nos olvidamos el momento clave de la ironía, el guiño de ojo en el que cortamos con el chiste y decimos que somos algo más que eso.

Con la idea del populismo pasa algo similar, basta ver la estructura del libro “La razón populista” de Laclau (listo, ya dije Laclau, ya pueden decir que nos quedamos en el cartaabiertismo, que somos ¡oh! de clase media y peronistas, y a continuación discutamos el domicilio de Laclau. Hagamos un pacto: esa sarasa me la mandan a mi mail y le ahorramos ancho de banda a Artepolitica). Decía: La razón populista arranca con un capítulo dedicado a los usos peyorativos y deformativos del concepto populismo, desde el primer psicoanálisis de masas hasta más o menos la actualidad. El problema, con el peronismo y con el populismo, es si nos quedamos con el primer capítulo, con la visión de los otros y nada más: el peronismo es más que los choripanes y la fiesta -aunque lo sea también, por qué no-, como el populismo es más todo lo que se dice en los ocho capítulos subsiguientes que aquél uso peyorativo.

Quiero, ya con los resultados, entender el voto que no entendíamos antes (me sumo a MEC), porque ahora pasó de ser pura curiosidad a un diagnóstico militante: hay que saber por qué para poder seguir, o cambiar, o cambiar y seguir. ¿Puede De Narváez ser populista? Claro que puede. Claro que existe el populismo de derecha, de izquierda, nacional y popular, fascista: cualquier ideología puede expresarse en una construcción política populista. Porque el populismo es, antes que nada, una forma de construcción política. Y qué convirtió a la construcción del Pro en una práctica (semi?) populista: su capacidad de aglutinar, de crear un nosotros. ¿Hay un sujeto denarvaísta? Creo que no. Pero sí existió la construcción de un otro, y eso es, al menos, el primer paso para armar un nosotros. Alguno podrá decir, con razón, que si no hay un nosotros claramente definido -porque estamos hablando pura y exclusivamente de PBA, de una elección en la que nadie superó el 35%, sin un campo ciertamente quebrado en dos partes -no puede haber populismo. Y es probable que esté en lo cierto (de ahí, semipopulismo, concepto inventado por mí). Quizás la hipótesis deba ser esta: De Narváez supo privilegiar levemente lo que en el populismo se denominaría el momento equivalencial en la construcción política. Es decir, De Narváez logró juntar los suficientes sectores como para, al menos, ganar una elección. No plantearía que se viene el denarvaísmo, un sujeto monolítico agrupado tras un significante dispuesto a barrer con todo. Lo que digo, sí, es que se logró una amalgama suficiente como para ganar una elección. Y eso ya es bastante. Más que nosotros, incluso.

Me pregunto qué junto De Narváez. Creo es que es una forma de saber qué vota el elector de De Narváez y, luego, qué no nos vota.

- El piso del voto a De Narváez está en la enfermería del kirchnerismo. Por un lado, el PJ que quedó fuera del kirchnerismo. Esto deberían decirlo mejor quienes más conocen el PJ (el geólogo del peronismo, Manolo, y su joven guardia, Ezequiel, el Conu y Luciano: con esto no digo que haya intendentes que jugaron a dos puntas, hablo de los votos de Solá, de los votos que se fueron “por izquierda” y que no votaron al Colo pero
restaron,etc.). En este mismo lugar hay que buscar los votos del campo, el herido por excelencia. Esto no es tajante: hay votos que, por derecha o por izquierda, “necesariamente” se tenían que ir: nadie puede pretender, seis años de gobierno mediante, capturar los mismos votos. Habrá que pensar cuántos podrían haberse evitado y cuántos no.

- El voto anti-conflicto. El énfasis en la gestión de la…mano de Scioli no alcanzó. Del otro lado la apuesta era 80% a la idea de consensos, diálogo y nada de conflicto. ¿Hubiera logrado el kirchnerismo el 3% de las cosas que logró sin conflicto? No. El conflicto es constitutivo de lo político. No sé si se podrá, pero en todo caso lo único que queda es intentarlo: debe existir una manera de sostener el conflicto acomodando las formas. Y acá me va a saltar alguno que “las formas” es una doñaroseada: Doña Rosa vota. Doña Rosa es tan nacanpop como vos y yo, Doña Rosa no es la oligarquía macho, un movimiento nacional y popular la incluye, discúlpenme, a Doña Rosa. Si la inseguridad es una sensación, hay que laburar sobre esa sensación, y si Showmatch crea opinión hay que operar en Showmatch, y si les molesta la boludez de la soberbia hablemos más bajito y, si hace falta, finjamos toda la humildad que sea necesaria. Saquemos la balanza: a mi también me gusta el jetoneo, pero te lo cambio por un 10% en PBA. Si te putean por las formas, lo que les molesta es el fondo: de acuerdo, entonces cambiemos un poco las formas y empecemos a putearnos por el fondo que, en esa, tal vez salgamos ganando.

- El voto polarizado. Poliarquía no ganó porque acertó. Ganó porque logró instalar una idea (falsa, verdadera, imposible de saber y tal vez sin importancia). No se si fue una profecía de auto-cumplimiento, pero sí ayudó mucho. No hay que llorar por eso, porque nuestra estrategia también fue la polarización. Ahí regalamos la cancha. Todo lo que podíamos endilgarle a De Narváez y a Macri, volvía multiplicado: el Pro no apostaba su
gestión, nosotros sí. ¿Los medios?, sí, los medios influencian, pero si eso lo aprendimos ahora estamos liquidados. O tratás de cambiar al referí antes del partido o te lo bancás los noventa y lo putearás en el vestuario. Pero putearlo adentro de la cancha es contraproducente. Por otra parte, creo que la polarización fue, también, una consecuencia inevitable de las testimoniales, y sostengo que sin las testimoniales el desastre hubiese sido peor. Si, por un lado, las legislativas nos permitían dispersar, por el otro la candidatura de Kirchner y Scioli no permitieron palanquear a Sabatella o acordar tácitamente un alto al fuego con la ACyS. Con esos dos nombres ahí todo lo que no se ganaba resultó siendo pérdida. Una vez polarizada la elección, el voto indeciso se volcó a la utilidad, e instalado De Narváez como el único capaz de hacer fuerza, la ecuación se resuelve por sí sola. ¿Por dónde se cortaba este hilo? Cuesta decirlo, y sobre todo es muy fácil ahora. Tal vez hacer un poco más de hincapié en que se votaban legisladores, que con un
piso de votos entran varios, que esa idea tan presente de repartir poder también era posible votando a otro.

Habrá muchos más motivos. Estoy, solamente, tratando de pensar qué votos están del otro lado, porque esos votos también hay que disputarlos. No para desmarcarme, no, ni cerca, todo lo contrario: para ver cómo seguir. Para volver a pensar en la idea más básica de juntar: porque me gusta el folclore de nuestro populismo. Pero mucho más me gusta el que construye, junta votos y, así, transforma la realidad.

Olavarría: el barro

Perdimos.

No tengo ganas de escribir, de decir quién ganó y quién perdió. Todos lo sabemos, y el Tiempo, también, dirá sus cosas. Hoy quiero leer y escucharlos a todos. Y ver.

Simplemente, una anécdota. Que, por ahí, dice algo.

El jueves pasado, el Intendente de Olavarría, candidato a senador provincial y concejal, empezó la obra de cloacas en un barrio de clase media, apuntando al electorado que nunca lo tragó, que lo votó pensando que continuaría la obra de su padre, lejos de Kirchner.

La obra fue bien recibida. Nunca, sin embargo, se la anunció en un acto. Por “izquierda” se decía, tal vez con razón, que era un barrio al que podía cobrársele las cloacas y con esa guita financiar cloacas en barrios que todavía no las tienen.

Y el domingo a la mañana, antes que abran las mesas, se largó a llover. Las veredas todavía estaban abiertas. Las calles se llenaron de tierra y agua. O barro, que le dicen. Muchos vecinos putearon a las obras.

Y después fueron a votar.

(Para el que quería resultados, vaya acá:

http://www.elpopular.com.ar/hoy/index.html

http://infoeme.com.ar/

http://www.elecciones2009.gba.gov.ar/paginas/dat02/DCO02084.htm).

César es también dueño de la gramática

Yo no tengo problemas con el consenso. Hasta, mire, creo en una especie de consenso: algo así como un par de reglas básicas para jugar, para no llevarte la pelota si vas perdiendo. Pero ése es UN consenso, el básico, no todos: ese es el consenso de lo político (como dimensión, ¡fua!, ontológica, como instancia instituyente de lo social). Yo no tendría problemas, tampoco, con el consenso del Acuerdo Cívico y Social, el del ricarditoalfonsinismo, el del cobismo, el del PRO y el de todos los abanderados del diálogo, si entendiéramos -y, por otro lado, se hicieran cargo -que ese es otro tipo de consenso: el consenso en instancias de la política (como el conjunto de prácticas por las cuales se crea y sostiene un determinado orden). Me banco este segundo consenso, en tanto estrategia política.

Me preocupa si están afirmando el consenso en el primer nivel, en la instancia de lo político. Porque en la instancia de la política, entiendo la estrategia, y la considero legítima: es, nada más ni nada menos, que el acto político por excelencia, la demarcación de un otro. Resulta paradójico, pero acaso aquellos que más reniegan contra la idea de los adversarios en política, son al mismo tiempo los que producen esta división amigo/enemigo de la manera más peligrosa, en el ámbito de la moralidad y no de la política. Hay algo así como una comunidad dispuesta al consenso, y un otro algo así como irritable, enojado, crispado y nervioso, incapaz de abandonar las viejas ideas de izquierda y derecha. Michetti repitiendo incansable su cansancio, y por ende el tuyo, con quienes confrontan y confrontan, es la continuidad berreta del habermasianismo por otros medios, la modernidad reflexiva, la acción comunicativa, el paraíso global del charlemos todos juntos hecho slogan de campaña.

Entonces, decía: el consenso en tanto que estrategia de la política es una cosa. Se puede compartir o no, pero es legítima. Apela al principio cero de la política: hay un otro, un adversario al que quiero derrotar. Ahí el consenso es un concepto más del terreno de la política, como poder, como gobernabilidad, como razón, como justicia, y en todo caso depende, como dirá Schmitt, de quién detente el poder real para determinar el contenido de los conceptos y las palabras. Porque si “César es también señor de la gramática” (Schmitt, en “El concepto de lo político”), entonces consenso en el ámbito de la política significará una cosa u otra dependiendo del estado de relación de fuerzas, de quién lo empuñe, de para qué. Con eso no hay problema, y yo no estoy tan de acuerdo con Schmitt en la idea de que el César -el poder real -determine definitivamente el contenido de un concepto. O, acaso, de lo que no estoy seguro es de qué hablamos, hoy, cuando hablamos de César. Pero esa es otra historia. A lo que voy es a que me parece válida y justa, en tanto que estrategia de la arena de la política, la apelación de la oposición a la idea de consenso para generar un nosotros. No hay manera más efectiva que aglutinar un nosotros que aquella que construye un otro al que oponerse: hoy el otro es la crispación del Gobierno, su negativa a hablar con quienes se supone que debería, su incapacidad de escuchar a quienes, se asegura, debería escuchar. No importa si esto es cierto -¿acaso existe algo así como “lo cierto”?, ¡epa!- es una estrategia, igual que la del Gobierno, de decir Nosotros Hacemos, construyendo un otro que no hace, que critíca. Es igual, en tanto que es legítima. Ellos dicen consenso, el kirchnerismo no lo es, ahí hay un nosotros y un ellos, y eso no sólo es legítimo sino que es sano: se construye haciendo política. Desde el kirchnerismo, entonces, se asumirá su carácter no-consensual, o se dirá que sí, que de otra manera pero se consensúa, se responderá políticamente.

Pero, ¿qué pasa si se instala la idea de que el consenso está a la base de lo político? Entonces la división izquierdas y derechas, como afirma Carrió, no corre más. Entonces a la base de lo político como instituyente de la sociedad no hay confrontación sino un acuerdo universal de que las cosas son de una manera, y que todo lo que no es de esa manera -consensual, racional, amigable, por ejemplo- no es y, sobre todo, no debería ser. Ahí hay un límite de lo moral, un límite peligroso y autoritario: la erradicación del conflicto. Por eso me gusta este spot: la idea de que en democracia hay que enojarse, es también la idea de que la esencia de lo político es la confrontación, y de que esa confrontación genera pasiones, genera identidades capaces de movilizar políticamente. Si, en cambio, lo único que hay en la esencia democrática es consenso, entonces la cancha viene marcada antes de empezar a jugar, el partido está jugado y el resultado previamente puesto. Detrás de que lo político es sólo consenso, subsiste la negación del carácter contingente de las instancias de la política. Contra eso, sí, hay que enojarse de verdad.