En el mapa de la localidad de Longchamps, las veinte cuadras de la calle BerlÃn figuran asfaltadas. Sin embargo, cuando Judith sale de su casa con MartÃn, el más chico de sus dos hermanos, para llevarlo a su primer dÃa de clases del año, un Peugueot 504 rojo avanza a toda velocidad por BerlÃn removiendo la tierra seca castigada por el sol de marzo. Tras su paso, el auto deja una estela de polvo que se expande hacia ambas veredas. MartÃn tose. Fuerte. Cuando se detiene, Judith le sacude la espalda para limpiarle la tierra impregnada en el guardapolvo. Luego agarra la mano de su hermano. Y caminan juntos la primera de las veintitrés cuadras que separan su casa de la Escuela Nº 13 del Parque Industrial.
La mancha de tierra no es la única que tiene el guardapolvo de MartÃn. En la manga del brazo izquierdo, unos centÃmetros arriba del codo, un cÃrculo negro más grande que un anillo pero más chico que la tapa de un frasco de mermelada resalta en la tela blanca.
-Es tempera -le dijo Diego, el hermano mayor de MartÃn, a su mamá, cuando Inés descubrió la mancha. En ese entonces Diego tenÃa 14 años y cursaba sexto grado. Usaba el pelo corto y se teñÃa un mechón rubio en la frente como lo usaba Maradona. Al poco tiempo dejó la escuela. El cáncer habÃa acabado con su papá y salió a trabajar, sin que Inés se lo pidiera. Primero como peón de albañil con un vecino. Más tarde robando celulares en Constitución. Sin embargo, todas las mañanas se ponÃa el guardapolvo y acompañaba a su mamá a la parada del colectivo que la dejaba en el hospital Lucio Menéndez, donde trabaja en el servicio de limpieza.
Esa noche Inés fregó con jabón blanco el guardapolvo sobre la tabla de madera. Estaba preocupada porque era tarde y no se iba a secar para el dÃa siguiente.
-Esto no es tempera -le dijo a Judith, que la ayudaba a colgar la ropa en un alambre verde que cruzaba el patio. Judith no abrió la boca. A la tarde su hermano mayor le habÃa enseñado el tatuaje nuevo que tenÃa en el ante brazo izquierdo.
-Son los cinco puntos -le dijo -¿sabes lo que significan?
Judith sabÃa. Por eso no abrió la boca cuando escuchó a su mamá quejarse en la pileta del patio. El mismo tatuaje con tinta china, se lo habÃa visto a varios de los amigos de Diego que paran en el paso nivel del tren.
-Si MartÃn, el dÃa de mañana, viene con un tatuaje de esos, lo primero que hago es contárselo a mi vieja -dice Judith, en un interludio, mientras me cuenta a regañadientes la historia de su hermano.
Judith tiene el pelo negro azabache. Lo usa atado como si fuese una cola de caballo. Cuando habla de sus hermanos, en especial del mayor, pestañea como si estuviese impidiendo que se le caiga una lagrima. Judith es una chica fuerte. Por nada del mundo se permitirÃa llorar delante de un desconocido. Por eso, cuando quiero saber más sobre Diego ella me cambia de tema; vuelve a MartÃn, como si llegara a la orilla luego de naufragar.
-Yo quiero que estudie -dice Judith. -Lo llevamos a la Nº 13 porque es la única de la zona que tiene doble turno. Queda lejos, pero es la mejor. Mi mamá no quiere cambiarlo. Tiene miedo de que ande en la calle cuando ella esta en el hospital.
La calle, en el conurbano, es el gran problema. El gualicho que cambia a los pibes buenos en «pibes sacados». Ese es el mito. Lo que todos dicen. La calle, las malas juntas, el otro, son los culpables.
-Diego era un pibe bueno, normal, hasta que le gustó la calle –dice Judith con un tono sereno y pausado como si tuviese doscientos años. Ella sólo tiene dieciséis. Me hace acordar a las personas que no le tienen miedo a la muerte. Dicen que ese estado de armonÃa se logra cuando uno conoce a más gente muerta que viva. Judith cuenta entre sus muertos a su papá y a su hermano Diego; a manos de un almacenero que para protegerse de un robo usó el revolver calibre 22 que guardaba debajo del mostrador «por las dudas».
Diego tenÃa el mismo cuerpo que MartÃn, según veo en las fotos que hay en el comedor de la casa. TenÃa el torso menudo y los brazos cortos. Igual Inés trabajó toda una tarde para adaptar el guardapolvo de Diego al cuerpo de MartÃn. Le hizo el dobladillo en las mangas y le cortó un poco el largo que le llegaba hasta los tobillos. Diego lo usó por última vez cuando tenÃa catorce años. MartÃn cumple diez en un mes. Salvo por la mancha en el antebrazo izquierdo, el guardapolvo esta como nuevo.
Judith le agarra la mano a MartÃn para caminar las últimas cuatro cuadras hasta la escuela. Por la calle Ramayo hay un continuo transito de autos y camiones. Del lado izquierdo esta el Parque Automotriz de la Ford y la fabrica de autopartes Guidi. Del otro lado hay dos hoteles alojamientos. En la esquina donde doblan para ir a la escuela hay una parrilla al paso. No son las ocho de la mañana y el parrillero ya esta prendiendo el fuego. El olor del carbón es intenso. Judith acelera el paso porque no quiere que su hermano llegue a su primer dÃa de clases con olor a humo. En la puerta de la escuela le suelta la mano. Judith se va a quedar al acto de inauguración del ciclo lectivo 2009. Arregló con Andrea, la señora a la que le cuida los nenes, que iba a llegar más tarde. MartÃn se junta con dos amiguitos que están en la puerta. Forman un semi cÃrculo. Judith los mira desde el cordón. Luego suena el timbre para que los chicos empiecen a formar filas en el patio. MartÃn saluda a su hermana con la mano. Y entra a la escuela, apurado, como buscando una salida.
Bien ahÃ. Muy buen escrito.
Gracias Mendieta, hace banda que los leo, y nunca me animaba a participar. Salutes.
¡Qué bien escrito! Coincido. Walsh era argentino, y su prosa no ha muerto, vive en las voces de aquellos que dan testimonios como éste.
Felicitaciones!