La estrategia simbólica para la reelección frente a una oposición dispersa
Jueves 02 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa
El asunto acerca de la pulverización de nuestro sistema de partidos se ha convertido en un lugar común. Hay una parte de verdad en esa sentencia si miramos las cosas desde el ángulo de la oposición. En ese territorio prolifera un faccionalismo que, por ahora, impide sellar acuerdos de gobernabilidad y proyectar coaliciones de gobierno aptas para despertar la confianza del electorado. Esa conjunción de carencias corre el riesgo de oxidar el resorte de la alternancia sin el cual la democracia republicana vegeta prisionera de esquemas hegemónicos.
Los comentarios periodÃsticos que, dÃa tras dÃa, ilustran las idas y venidas de las oposiciones señalan la incapacidad de los dirigentes para salir de ese encierro incomprensible para algunos segmentos de la ciudadanÃa.
No se subraya con el mismo énfasis el hecho de que las oposiciones deben remar contra unas instituciones cuyo diseño conspira contra la posibilidad de anudar acuerdos y coaliciones. Según la ley vigente de elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO), la competencia entre candidatos de un mismo espacio deberá llevarse a cabo mediante fórmulas de presidente y vicepresidente cerradas con anterioridad y no, exclusivamente, entre candidatos a presidente.
Esto, que a simple vista evoca un galimatÃas ininteligible, se ubica en las antÃpodas de las prácticas de comicios primarios observables en los Estados Unidos y Uruguay. En estos dos paÃses compiten tan sólo candidatos a presidente cuyo respectivo apoyo electoral se traduce en un número de miembros integrantes de la convención del partido. Al cabo de la primaria, los convencionales consagran al candidato, dejándole al mismo tiempo el margen necesario para que él proponga a la convención el candidato a vicepresidente que habrá de acompañarlo.
Este mecanismo está pensado para aceitar otros resortes de la democracia: la competencia, los partidos a través de sus órganos máximos, el espÃritu de unidad que, al cabo, debe predominar dentro de cada una de las fronteras partidarias.
En Uruguay, por ejemplo, la victoria en las elecciones internas recayó en José Mujica, por la coalición del Frente Amplio, y en Luis Alberto Lacalle por el Partido Nacional. Convocadas las convenciones respectivas, ambos lÃderes propusieron para secundarlos como vicepresidentes a los derrotados de la vÃspera, es decir, a Danilo Astori por el Frente Amplio y a Jorge Larrañaga por el Partido Nacional.
Dos movimientos, pues, que culminan en un punto convergente: primero, la competencia; después, la reunión. Todo para afrontar luego la prueba decisiva de la elección general entre partidos y no dentro de los partidos.
Consideraciones análogas podrÃamos hacer con respecto a los Estados Unidos, donde siempre el candidato ganador en las primarias propone a la convención del partido el candidato a vicepresidente.
Entre nosotros, en cambio, ocurre exactamente lo contrario. Se debilitan los partidos pues en las PASO no se eligen convencionales y tampoco es posible combinar en una misma fórmula a los candidatos en disputa. Desde el vamos, en efecto, la competencia intrapartidaria se realiza entre fórmulas que se excluyen. Imaginemos, por ejemplo, que en agosto compiten en el espacio que se armó en 2009 Ricardo AlfonsÃn, Elisa Carrió y Hermes Binner (dejo de lado que hoy sea ésta una hipótesis imposible). Ninguno de estos precandidatos podrÃa luego converger en una fórmula común que retuviese el cargo de presidente para el primero y el de vice para el segundo. No es, en rigor, factible porque la ley no lo permite.
Esta es la puesta en escena que resulta de la combinación de costumbres faccionalistas y de unas leyes deficientes que, lejos de canalizar hacia consensos constructivos esas tendencias, refuerzan al contrario su perfil discrepante.
Nada de esto parece perturbar la estrategia que se ha montado en el oficialismo. Visto desde este ángulo, el sistema de partidos está estructurado a partir de un eje dominante en franco contraste con las oposiciones: mientras en éstas sigue prevaleciendo la dispersión, sólo amortiguada por la emergencia en las encuestas de liderazgos que sobresalen del montón, el oficialismo arremete con el montaje de un partido gubernamental o presidencialista organizado en torno a las posiciones de poder adquiridas en provincias, municipios y, desde luego, en el vértice del Poder Ejecutivo Nacional.
De acuerdo con esta perspectiva, el sistema de partidos se inclina hoy hacia ese conglomerado que, más allá de las tensiones entre diferentes corrientes (la polÃtica, la sindical, la setentista y la de los movimientos sociales), fusiona el Estado con el Gobierno y el partido. Hay tradiciones en el paÃs que dan sustento a esta amalgama, hoy discernibles en provincias pequeñas y sobrerrepresentadas en el Congreso, carentes en todo caso de sociedad civil porque la parte del león del empleo se radica en el Estado provincial y en los municipios (como muestra vale el triunfo contundente del oficialismo el domingo pasado en La Rioja).
Obviamente, esta porción insignificante del electorado no pinta por entero este cuadro. HabrÃa que añadir tres condimentos: la hegemonÃa del justicialismo en la provincia de Buenos Aires, con relación a los cargos ejecutivos de gobernador e intendentes del conurbano; la construcción del carisma presidencial a que están consagrados el discurso y la propaganda oficialista; los efectos a corto plazo de la polÃtica económica, altamente positivos para el consumo. El carisma es, en este sentido, un componente estratégico indispensable porque ese atributo extraordinario, capaz de arrancar los comportamientos de las rutinas establecidas, también abreva en tradiciones persistentes.
A poco que se revise el pasado del peronismo, hay un aspecto en esta historia multifacética vinculado con la muerte de los lÃderes en pleno ejercicio del poder, y con los sÃmbolos que, en clave de religión secular, reavivan creencias populares. Los libros recientes de Loris Zanatta ilustran este trance en el caso de Eva Perón, al que podrÃamos añadir, prolongando una secuencia despojada de los impulsos totalitarios de antaño, el episodio del fallecimiento de Néstor Kirchner y la invocación doliente que, en cada rincón del discurso, brota de los dichos de la Presidenta.
El espectáculo tiene un componente agonal por el modo en que esta palabra arraiga en una visión agónica de la vida: una lucha con los contrarios, envuelta en un toque de campanas por quien ha muerto y ha dejado como legado consumar una misión. Néstor Kirchner está por consiguiente en constante presencia en mensajes, auditorios, emblemas, rutas, torneos deportivos o expresiones cinematográficas. No es sólo producto espontáneo de una congoja digna y respetable; es, asimismo, consecuencia de una construcción deliberada que, sin embargo, soporta la carga de los atributos más complicados del carisma: el duro trajÃn decisorio de quien lo encarna, bajo el cual diversos séquitos buscan protección, y la inestabilidad intrÃnseca derivada del hecho de que el carisma está obligado a reproducir su sobresaliente liderazgo mediante el reeleccionismo.
Por eso, la reelección es el norte de las pasiones, los intereses y las corrupciones de toda Ãndole que agitan al oficialismo. No es entonces aconsejable la demora porque, precisamente, el tiempo es la variable que hoy juega a favor del carisma y en contra de las oposiciones. ¿Quién, cómo, con qué combinación de razón y audacia podrá vencer estos obstáculos? Son las respuestas que tendrán que fraguar las oposiciones en estos dÃas cruciales de junio.
© La Nacion
Jueves 02 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa
El asunto acerca de la pulverización de nuestro sistema de partidos se ha convertido en un lugar común. Hay una parte de verdad en esa sentencia si miramos las cosas desde el ángulo de la oposición. En ese territorio prolifera un faccionalismo que, por ahora, impide sellar acuerdos de gobernabilidad y proyectar coaliciones de gobierno aptas para despertar la confianza del electorado. Esa conjunción de carencias corre el riesgo de oxidar el resorte de la alternancia sin el cual la democracia republicana vegeta prisionera de esquemas hegemónicos.
Los comentarios periodÃsticos que, dÃa tras dÃa, ilustran las idas y venidas de las oposiciones señalan la incapacidad de los dirigentes para salir de ese encierro incomprensible para algunos segmentos de la ciudadanÃa.
No se subraya con el mismo énfasis el hecho de que las oposiciones deben remar contra unas instituciones cuyo diseño conspira contra la posibilidad de anudar acuerdos y coaliciones. Según la ley vigente de elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO), la competencia entre candidatos de un mismo espacio deberá llevarse a cabo mediante fórmulas de presidente y vicepresidente cerradas con anterioridad y no, exclusivamente, entre candidatos a presidente.
Esto, que a simple vista evoca un galimatÃas ininteligible, se ubica en las antÃpodas de las prácticas de comicios primarios observables en los Estados Unidos y Uruguay. En estos dos paÃses compiten tan sólo candidatos a presidente cuyo respectivo apoyo electoral se traduce en un número de miembros integrantes de la convención del partido. Al cabo de la primaria, los convencionales consagran al candidato, dejándole al mismo tiempo el margen necesario para que él proponga a la convención el candidato a vicepresidente que habrá de acompañarlo.
Este mecanismo está pensado para aceitar otros resortes de la democracia: la competencia, los partidos a través de sus órganos máximos, el espÃritu de unidad que, al cabo, debe predominar dentro de cada una de las fronteras partidarias.
En Uruguay, por ejemplo, la victoria en las elecciones internas recayó en José Mujica, por la coalición del Frente Amplio, y en Luis Alberto Lacalle por el Partido Nacional. Convocadas las convenciones respectivas, ambos lÃderes propusieron para secundarlos como vicepresidentes a los derrotados de la vÃspera, es decir, a Danilo Astori por el Frente Amplio y a Jorge Larrañaga por el Partido Nacional.
Dos movimientos, pues, que culminan en un punto convergente: primero, la competencia; después, la reunión. Todo para afrontar luego la prueba decisiva de la elección general entre partidos y no dentro de los partidos.
Consideraciones análogas podrÃamos hacer con respecto a los Estados Unidos, donde siempre el candidato ganador en las primarias propone a la convención del partido el candidato a vicepresidente.
Entre nosotros, en cambio, ocurre exactamente lo contrario. Se debilitan los partidos pues en las PASO no se eligen convencionales y tampoco es posible combinar en una misma fórmula a los candidatos en disputa. Desde el vamos, en efecto, la competencia intrapartidaria se realiza entre fórmulas que se excluyen. Imaginemos, por ejemplo, que en agosto compiten en el espacio que se armó en 2009 Ricardo AlfonsÃn, Elisa Carrió y Hermes Binner (dejo de lado que hoy sea ésta una hipótesis imposible). Ninguno de estos precandidatos podrÃa luego converger en una fórmula común que retuviese el cargo de presidente para el primero y el de vice para el segundo. No es, en rigor, factible porque la ley no lo permite.
Esta es la puesta en escena que resulta de la combinación de costumbres faccionalistas y de unas leyes deficientes que, lejos de canalizar hacia consensos constructivos esas tendencias, refuerzan al contrario su perfil discrepante.
Nada de esto parece perturbar la estrategia que se ha montado en el oficialismo. Visto desde este ángulo, el sistema de partidos está estructurado a partir de un eje dominante en franco contraste con las oposiciones: mientras en éstas sigue prevaleciendo la dispersión, sólo amortiguada por la emergencia en las encuestas de liderazgos que sobresalen del montón, el oficialismo arremete con el montaje de un partido gubernamental o presidencialista organizado en torno a las posiciones de poder adquiridas en provincias, municipios y, desde luego, en el vértice del Poder Ejecutivo Nacional.
De acuerdo con esta perspectiva, el sistema de partidos se inclina hoy hacia ese conglomerado que, más allá de las tensiones entre diferentes corrientes (la polÃtica, la sindical, la setentista y la de los movimientos sociales), fusiona el Estado con el Gobierno y el partido. Hay tradiciones en el paÃs que dan sustento a esta amalgama, hoy discernibles en provincias pequeñas y sobrerrepresentadas en el Congreso, carentes en todo caso de sociedad civil porque la parte del león del empleo se radica en el Estado provincial y en los municipios (como muestra vale el triunfo contundente del oficialismo el domingo pasado en La Rioja).
Obviamente, esta porción insignificante del electorado no pinta por entero este cuadro. HabrÃa que añadir tres condimentos: la hegemonÃa del justicialismo en la provincia de Buenos Aires, con relación a los cargos ejecutivos de gobernador e intendentes del conurbano; la construcción del carisma presidencial a que están consagrados el discurso y la propaganda oficialista; los efectos a corto plazo de la polÃtica económica, altamente positivos para el consumo. El carisma es, en este sentido, un componente estratégico indispensable porque ese atributo extraordinario, capaz de arrancar los comportamientos de las rutinas establecidas, también abreva en tradiciones persistentes.
A poco que se revise el pasado del peronismo, hay un aspecto en esta historia multifacética vinculado con la muerte de los lÃderes en pleno ejercicio del poder, y con los sÃmbolos que, en clave de religión secular, reavivan creencias populares. Los libros recientes de Loris Zanatta ilustran este trance en el caso de Eva Perón, al que podrÃamos añadir, prolongando una secuencia despojada de los impulsos totalitarios de antaño, el episodio del fallecimiento de Néstor Kirchner y la invocación doliente que, en cada rincón del discurso, brota de los dichos de la Presidenta.
El espectáculo tiene un componente agonal por el modo en que esta palabra arraiga en una visión agónica de la vida: una lucha con los contrarios, envuelta en un toque de campanas por quien ha muerto y ha dejado como legado consumar una misión. Néstor Kirchner está por consiguiente en constante presencia en mensajes, auditorios, emblemas, rutas, torneos deportivos o expresiones cinematográficas. No es sólo producto espontáneo de una congoja digna y respetable; es, asimismo, consecuencia de una construcción deliberada que, sin embargo, soporta la carga de los atributos más complicados del carisma: el duro trajÃn decisorio de quien lo encarna, bajo el cual diversos séquitos buscan protección, y la inestabilidad intrÃnseca derivada del hecho de que el carisma está obligado a reproducir su sobresaliente liderazgo mediante el reeleccionismo.
Por eso, la reelección es el norte de las pasiones, los intereses y las corrupciones de toda Ãndole que agitan al oficialismo. No es entonces aconsejable la demora porque, precisamente, el tiempo es la variable que hoy juega a favor del carisma y en contra de las oposiciones. ¿Quién, cómo, con qué combinación de razón y audacia podrá vencer estos obstáculos? Son las respuestas que tendrán que fraguar las oposiciones en estos dÃas cruciales de junio.
© La Nacion
Juan, te escuchamos
Gracias Pepe. Pregunta de hombre de pueblo:el impecable mecanismo democrático que funciona en Eua ha traÃdo como consecuencia poresidentes como Nixon, Geral Ford, Reagan Busch, padre e hijo. El impecable funcionamiento de las instituciones republicanas en EUA ha permitido que ese paÃs desate guerras en casi todo el orbe y en Uruguay que el paÃs siga siendo un paraÃso fiscal. ¿De que nos quiere convencer el Abate de la democracia?