Manuel Mora y Araujo traza en La Argentina bipolar un diagnóstico sobre lo que considera los vaivenes de nuestro paÃs y sobre el comportamiento pendular de la opinión pública desde el regreso de la democracia hasta la actualidad. Constata que la sociedad argentina ha apoyado con entusiasmo a gobiernos que poco después ha odiado. Con esta perspectiva, analiza al kirchnerismo y la relación, también bipolar, que tiene con el peronismo.
Por Manuel Mora Y Araujo
04/06/11 – 11:52
Una condición para el éxito polÃtico del proyecto kirchnerista es que la economÃa continúe con buen desempeño. Eso depende, a su vez, de tres factores: las condiciones externas, las condiciones internas y la polÃtica económica. Tanto el peso relativo de cada uno de esos factores como el juicio que ellos merecen a distintos observadores son asuntos controvertibles. Mi punto de vista implica que las condiciones externas (precios internacionales, dirección del ciclo económico mundial) son decisivas y nadie en la Argentina puede influir al respecto. Las condiciones internas se discuten continuamente; en la perspectiva del análisis polÃtico, lo relevante no es lo que cada experto piensa, sino lo que el público opina. En ese aspecto, Cristina Fernández cuenta a su favor con el nivel de actividad de la economÃa y en su contra con la inflación. La polÃtica económica puede influir en esas condiciones; también puede ayudar a absorber los shocks externos negativos y a aprovechar los positivos.
En el escenario 2011 que parece más probable en el momento de escribirse estas lÃneas, las cosas se presentan favorables a Cristina en todo menos en un aspecto: la inflación. Si el Gobierno actúa racionalmente deberá –tarde o temprano– aplicar una polÃtica antiinflacionaria más efectiva; seguramente lo hará lo más tarde posible, buscando evitar las eventuales consecuencias polÃticas negativas de una polÃtica antiinflacionaria. En cuanto a la discusión del peso relativo de cada factor, es algo bizantina; lo cierto es que el Gobierno no conseguirá buenos resultados polÃticos si la economÃa no crece, y poco importa si la causa son sus polÃticas o los vientos que soplan. Si la economÃa no crece, por lo que sea, el kirchnerismo no seduce ni dispone de suficientes recursos para atraer votos. (…)
La naturaleza polÃtica del kirchnerismo. El kirchnerismo fue construyéndose a sà mismo como un proyecto polÃtico una vez que alcanzó el poder, en 2003, y desde el poder. A esa construcción convergieron tres vectores que una radiografÃa polÃtica permite identificar: el kirchnerismo progresista, programático; el kirchnerismo esencialmente peronista; y el kirchnerismo práctico, ávido consumidor de los recursos que genera el poder. Sólo disponiendo de poder polÃtico y recursos económicos –en su caso, los que le provee el Estado– esos tres vectores pueden converger y resolverse en un proyecto con identidad; fuera del poder, tienen poco y nada en común. El kirchnerismo progresista tiene como origen un discurso polÃtico con pretensiones ideológicas, que abreva más en la tradición del pensamiento nacionalista de izquierda que en la del pensamiento democrático. Esa vertiente encuentra un denominador común con otras de izquierda en el valor de los derechos humanos y en la retórica distribucionista; medidas como la Asignación Universal por Hijo van en esa dirección. Esta corriente se identifica con las decisiones del Gobierno que desafÃan a sectores de la sociedad que disponen de recursos de poder económico o comunicacional, al margen de las instituciones del Estado –grandes empresas, medios de prensa, imaginarios como “el poder económico concentradoâ€, la “oligarquÃa agropecuariaâ€â€“, o que desafÃan a centros vitales de los valores conservadores tradicionales, como el matrimonio homosexual, el aborto o la despenalización de la droga. Como en toda corriente de ideas, hay heterogeneidad y coexisten un núcleo duro, productor de sÃmbolos y contenidos y una periferia más volátil, consumidora de esos sÃmbolos. Lo cierto es que para la identidad del kirchnerismo como fenómeno polÃtico, el componente progresista resulta esencial, aun cuando no le aporta mayormente ni votos, ni estructura organizativa. Eso llevó a los Kirchner a considerar imprescindible conceder, periódicamente, gestos y decisiones a esa corriente, principalmente para mitigar o contrabalancear otros gestos y otras decisiones que no son consistentes ni compatibles con las expectativas del progresismo. La esencia peronista del kirchnerismo estaba, ciertamente, en su origen, pero no necesariamente en la identidad primigenia de su proyecto. A Néstor Kirchner no le atraÃa la idea de competir con otros dirigentes peronistas por el liderazgo de su partido. Por el contrario, intentó “desperonizar†su proyecto polÃtico tan pronto se sintió fuerte en el gobierno; y tuvo que volver a las fuentes cuando la viabilidad de su construcción transversal –que diluÃa los ingredientes peronistas originales– se reveló precaria e insuficiente. La precariedad fue, ante todo, electoral, es decir, cuantitativa.
Pero también fue polÃtica, porque la transversalidad exigÃa actuar bajo los criterios de la lógica de las coaliciones y, en consecuencia, llevaba a una necesidad de compartir decisiones; en definitiva, compartir el poder.
El kirchnerismo peronizado recuperó y consolidó votos de las clases bajas, integró a los cuadros directivos locales del peronismo y a los factores de poder propios de su historia, como el sindicalismo concentrado, y no pagó, a cambio, ningún precio relevante. Ni los progresistas –a quienes los votos de la pobreza los embriagan porque nunca han sido capaces de obtenerlos por sà mismos desde alguna oferta polÃtica sustentada exclusivamente en sus militantes– ni otros sectores aliados que reciben con beneplácito algunas decisiones del Gobierno, pero no otras, han pasado facturas cuantiosas. Desde luego, algunas personas –individualmente– dejaron el proyecto disgustadas con la peronización o con algunas de sus consecuencias, pero no en una medida significativa. El ingrediente peronista, por otra parte, le permite al kirchnerismo un pragmatismo en la toma de decisiones que el ingrediente progresista muchas veces dificulta, por su exigencia de mayor coherencia programática. AsÃ, el gobierno de Kirchner pudo enfrentar, sin mayores resistencias, el pago de la deuda externa, el mantenimiento de un tipo de cambio apreciado, las idas y vueltas con el FMI, pero sin llegar a romper con él, una polÃtica exterior ambigua, pero, en última instancia, centrada en las buenas relaciones con Washington, y tantas otras decisiones. El kirchnerismo práctico no es un proyecto, es una praxis. Está en las antÃpodas de cualquier ideal o proyecto colectivo; en todo caso, es cÃnico y pragmático en extremo. Todo proyecto polÃtico contiene ese ingrediente; en el caso del kirchnerismo, es fuerte y a veces parece dominante. Se exhibe exuberantemente a través de manifestaciones como la corrupción, la discrecionalidad de muchas decisiones, la persistencia en polÃticas públicas justificadas, vaga y superficialmente, en algunos principios ideológicos, pero que, en definitiva, sólo pueden entenderse desde la racionalidad de las conveniencias privadas. A veces, hasta resulta llamativo que desde el espacio de los ideales y las convicciones programáticas del progresismo se pueda justificar lo injustificable con el argumento de que, en el balance, los logros –y por tanto, las virtudes– importan más que los defectos o los vicios; en verdad, no debe sorprender, porque asà se ha escrito la historia de la humanidad; pero se trata de una disonancia que llama la atención.
El kirchnerismo práctico es una máquina de hacer. Ninguna consideración ética perturba a esa máquina; esas consideraciones quedan reservadas al espacio Ãntimo de cada persona; por lo demás, si alguien es vÃctima de sus desprolijidades o sus excesos, normalmente se lo deja caer y todo sigue como si nada sucediese. Entre tanto, la máquina de hacer, efectivamente hace, toma decisiones, genera hechos, produce mensajes, comunica, y en el conjunto de todo eso ofrece a la sociedad gobierno efectivo –no tan sólo nominal–, respuestas a muchos de los problemas de distintos sectores, surcos que se abren a los que es posible volcar expectativas que las corrientes de los hechos que circulan por esos surcos alimentan y mantienen a lo largo del tiempo. Casi nadie, en la Argentina de hoy, adhiere a esos tres vectores simultáneamente; pocos son a la vez progresistas, peronistas y pragmáticos kirchneristas. La habilidad polÃtica de Néstor y Cristina Kirchner ha sido, y sigue siendo, sumar a unos y otros en un mismo proyecto, y mantenerlo tan articulado como es posible en cada momento, evitando que se desarme. Los ha beneficiado enormemente que ninguna oferta polÃtica alternativa puede superar esa combinación.
Con esos ingredientes y su manera de mantenerlos articulados, los Kirchner sostienen, desde 2005 hasta ahora, una masa de votos que flota entre el 35 y el 45 por ciento. ¿Es mucho? ¿Es poco? Después de ocho años en el gobierno, no parece nada mal, sobre todo si se observa que ese caudal retoma una tendencia ascendente a partir de la muerte del jefe. En todo caso, no existe un proyecto competitivo que pueda aspirar hoy a un caudal semejante. Sólo la regla electoral del ballottage podrÃa hacer posible un caudal electoral mayor en una segunda vuelta. Hoy, eso parece improbable. El resto depende de los volátiles humores del público, sobre lo cual no hay nada escrito.
*Sociólogo.
Por Manuel Mora Y Araujo
04/06/11 – 11:52
Una condición para el éxito polÃtico del proyecto kirchnerista es que la economÃa continúe con buen desempeño. Eso depende, a su vez, de tres factores: las condiciones externas, las condiciones internas y la polÃtica económica. Tanto el peso relativo de cada uno de esos factores como el juicio que ellos merecen a distintos observadores son asuntos controvertibles. Mi punto de vista implica que las condiciones externas (precios internacionales, dirección del ciclo económico mundial) son decisivas y nadie en la Argentina puede influir al respecto. Las condiciones internas se discuten continuamente; en la perspectiva del análisis polÃtico, lo relevante no es lo que cada experto piensa, sino lo que el público opina. En ese aspecto, Cristina Fernández cuenta a su favor con el nivel de actividad de la economÃa y en su contra con la inflación. La polÃtica económica puede influir en esas condiciones; también puede ayudar a absorber los shocks externos negativos y a aprovechar los positivos.
En el escenario 2011 que parece más probable en el momento de escribirse estas lÃneas, las cosas se presentan favorables a Cristina en todo menos en un aspecto: la inflación. Si el Gobierno actúa racionalmente deberá –tarde o temprano– aplicar una polÃtica antiinflacionaria más efectiva; seguramente lo hará lo más tarde posible, buscando evitar las eventuales consecuencias polÃticas negativas de una polÃtica antiinflacionaria. En cuanto a la discusión del peso relativo de cada factor, es algo bizantina; lo cierto es que el Gobierno no conseguirá buenos resultados polÃticos si la economÃa no crece, y poco importa si la causa son sus polÃticas o los vientos que soplan. Si la economÃa no crece, por lo que sea, el kirchnerismo no seduce ni dispone de suficientes recursos para atraer votos. (…)
La naturaleza polÃtica del kirchnerismo. El kirchnerismo fue construyéndose a sà mismo como un proyecto polÃtico una vez que alcanzó el poder, en 2003, y desde el poder. A esa construcción convergieron tres vectores que una radiografÃa polÃtica permite identificar: el kirchnerismo progresista, programático; el kirchnerismo esencialmente peronista; y el kirchnerismo práctico, ávido consumidor de los recursos que genera el poder. Sólo disponiendo de poder polÃtico y recursos económicos –en su caso, los que le provee el Estado– esos tres vectores pueden converger y resolverse en un proyecto con identidad; fuera del poder, tienen poco y nada en común. El kirchnerismo progresista tiene como origen un discurso polÃtico con pretensiones ideológicas, que abreva más en la tradición del pensamiento nacionalista de izquierda que en la del pensamiento democrático. Esa vertiente encuentra un denominador común con otras de izquierda en el valor de los derechos humanos y en la retórica distribucionista; medidas como la Asignación Universal por Hijo van en esa dirección. Esta corriente se identifica con las decisiones del Gobierno que desafÃan a sectores de la sociedad que disponen de recursos de poder económico o comunicacional, al margen de las instituciones del Estado –grandes empresas, medios de prensa, imaginarios como “el poder económico concentradoâ€, la “oligarquÃa agropecuariaâ€â€“, o que desafÃan a centros vitales de los valores conservadores tradicionales, como el matrimonio homosexual, el aborto o la despenalización de la droga. Como en toda corriente de ideas, hay heterogeneidad y coexisten un núcleo duro, productor de sÃmbolos y contenidos y una periferia más volátil, consumidora de esos sÃmbolos. Lo cierto es que para la identidad del kirchnerismo como fenómeno polÃtico, el componente progresista resulta esencial, aun cuando no le aporta mayormente ni votos, ni estructura organizativa. Eso llevó a los Kirchner a considerar imprescindible conceder, periódicamente, gestos y decisiones a esa corriente, principalmente para mitigar o contrabalancear otros gestos y otras decisiones que no son consistentes ni compatibles con las expectativas del progresismo. La esencia peronista del kirchnerismo estaba, ciertamente, en su origen, pero no necesariamente en la identidad primigenia de su proyecto. A Néstor Kirchner no le atraÃa la idea de competir con otros dirigentes peronistas por el liderazgo de su partido. Por el contrario, intentó “desperonizar†su proyecto polÃtico tan pronto se sintió fuerte en el gobierno; y tuvo que volver a las fuentes cuando la viabilidad de su construcción transversal –que diluÃa los ingredientes peronistas originales– se reveló precaria e insuficiente. La precariedad fue, ante todo, electoral, es decir, cuantitativa.
Pero también fue polÃtica, porque la transversalidad exigÃa actuar bajo los criterios de la lógica de las coaliciones y, en consecuencia, llevaba a una necesidad de compartir decisiones; en definitiva, compartir el poder.
El kirchnerismo peronizado recuperó y consolidó votos de las clases bajas, integró a los cuadros directivos locales del peronismo y a los factores de poder propios de su historia, como el sindicalismo concentrado, y no pagó, a cambio, ningún precio relevante. Ni los progresistas –a quienes los votos de la pobreza los embriagan porque nunca han sido capaces de obtenerlos por sà mismos desde alguna oferta polÃtica sustentada exclusivamente en sus militantes– ni otros sectores aliados que reciben con beneplácito algunas decisiones del Gobierno, pero no otras, han pasado facturas cuantiosas. Desde luego, algunas personas –individualmente– dejaron el proyecto disgustadas con la peronización o con algunas de sus consecuencias, pero no en una medida significativa. El ingrediente peronista, por otra parte, le permite al kirchnerismo un pragmatismo en la toma de decisiones que el ingrediente progresista muchas veces dificulta, por su exigencia de mayor coherencia programática. AsÃ, el gobierno de Kirchner pudo enfrentar, sin mayores resistencias, el pago de la deuda externa, el mantenimiento de un tipo de cambio apreciado, las idas y vueltas con el FMI, pero sin llegar a romper con él, una polÃtica exterior ambigua, pero, en última instancia, centrada en las buenas relaciones con Washington, y tantas otras decisiones. El kirchnerismo práctico no es un proyecto, es una praxis. Está en las antÃpodas de cualquier ideal o proyecto colectivo; en todo caso, es cÃnico y pragmático en extremo. Todo proyecto polÃtico contiene ese ingrediente; en el caso del kirchnerismo, es fuerte y a veces parece dominante. Se exhibe exuberantemente a través de manifestaciones como la corrupción, la discrecionalidad de muchas decisiones, la persistencia en polÃticas públicas justificadas, vaga y superficialmente, en algunos principios ideológicos, pero que, en definitiva, sólo pueden entenderse desde la racionalidad de las conveniencias privadas. A veces, hasta resulta llamativo que desde el espacio de los ideales y las convicciones programáticas del progresismo se pueda justificar lo injustificable con el argumento de que, en el balance, los logros –y por tanto, las virtudes– importan más que los defectos o los vicios; en verdad, no debe sorprender, porque asà se ha escrito la historia de la humanidad; pero se trata de una disonancia que llama la atención.
El kirchnerismo práctico es una máquina de hacer. Ninguna consideración ética perturba a esa máquina; esas consideraciones quedan reservadas al espacio Ãntimo de cada persona; por lo demás, si alguien es vÃctima de sus desprolijidades o sus excesos, normalmente se lo deja caer y todo sigue como si nada sucediese. Entre tanto, la máquina de hacer, efectivamente hace, toma decisiones, genera hechos, produce mensajes, comunica, y en el conjunto de todo eso ofrece a la sociedad gobierno efectivo –no tan sólo nominal–, respuestas a muchos de los problemas de distintos sectores, surcos que se abren a los que es posible volcar expectativas que las corrientes de los hechos que circulan por esos surcos alimentan y mantienen a lo largo del tiempo. Casi nadie, en la Argentina de hoy, adhiere a esos tres vectores simultáneamente; pocos son a la vez progresistas, peronistas y pragmáticos kirchneristas. La habilidad polÃtica de Néstor y Cristina Kirchner ha sido, y sigue siendo, sumar a unos y otros en un mismo proyecto, y mantenerlo tan articulado como es posible en cada momento, evitando que se desarme. Los ha beneficiado enormemente que ninguna oferta polÃtica alternativa puede superar esa combinación.
Con esos ingredientes y su manera de mantenerlos articulados, los Kirchner sostienen, desde 2005 hasta ahora, una masa de votos que flota entre el 35 y el 45 por ciento. ¿Es mucho? ¿Es poco? Después de ocho años en el gobierno, no parece nada mal, sobre todo si se observa que ese caudal retoma una tendencia ascendente a partir de la muerte del jefe. En todo caso, no existe un proyecto competitivo que pueda aspirar hoy a un caudal semejante. Sólo la regla electoral del ballottage podrÃa hacer posible un caudal electoral mayor en una segunda vuelta. Hoy, eso parece improbable. El resto depende de los volátiles humores del público, sobre lo cual no hay nada escrito.
*Sociólogo.