Desde distintos sectores se viene anunciando que si el oficialismo venciera en las próximas elecciones, su próximo objetivo serÃa proponer una reforma constitucional con el fin de adoptar un sistema parlamentario como forma de gobierno . El parlamentarismo, en la totalidad de sus variables, está basado en un sistema de partidos polÃticos (con tendencia al bipartidismo) culturalmente adaptados para ser organismos cohesivos y/o disciplinados en donde el transfuguismo polÃtico sea una rara excepción .
En la actualidad europea (especialmente en España), tanto por izquierda como por derecha, existe una constante crÃtica de la democracia parlamentaria, por cuanto los partidos polÃticos se han transformado en órganos burocráticos donde las cúpulas deciden todos los temas (desde las candidaturas hasta las plataformas) encerrados en sus oficinas sin consultar con nadie (ni siquiera con sus adherentes). Esto ha producido un fuerte desencuentro entre los intereses y problemas que expresa la sociedad y los intereses que representan los partidos polÃticos. Paradojalmente, la alternativa superadora que postulan es abandonar el parlamentarismo para adoptar formas de gobierno presidencialistas o semipresidencialistas.
Esta clase de mecanismos posibilita el ejercicio del cargo ejecutivo sin lÃmites temporales en la medida en que se reúnan las mayorÃas necesarias a efectos de formar gobierno. Presenta como caracterÃstica estructural sistemas electorales no proporcionales donde el partido que gana una elección, aunque sea por la mÃnima diferencia, obtiene el mayor número de las bancas en juego . También lleva Ãnsito el control de constitucionalidad concentrado en cabeza de un Tribunal Constitucional conformado como un órgano polÃtico ajeno a la estructura judicial Uno de los principales argumentos que se esbozan es que mediante el parlamentarismo se superarÃa la figura de un presidente débil, que para gobernar ante un Congreso sin mayorÃa propia tiene que recurrir usualmente a los decretos de necesidad de urgencia. Algo similar se postuló como elemento seductor para la celebración del Pacto de Olivos (cuando se sostuvo que la reforma constitucional tenÃa como objeto atenuar el presidencialismo) , pero el resultado fue una figura presidencial que roza la monarquÃa y lejos está de configurar una institución débil. En el actual contexto social y polÃtico, un viraje hacÃa el parlamentarismo profundizarÃa los desaciertos institucionales de la reforma constitucional de 1994 y pondrÃa en serio riesgo la existencia de la república.
A pesar de sus defectos, el presidencialismo tiene como objeto esencial limitar la estancia temporal de quien ejerce el Ejecutivo, para disipar cualquier intento de eternización en el poder (representando como un mal endémico de la democracia). En nuestro paÃs, un sistema parlamentario posibilitarÃa aquello que tanto se temió y que algunos sueñan a diario: la eternización en el Poder con bases legales que lo justifiquen. Mucho más aún en la realidad argentina donde el transfuguismo polÃtico no es una excepción deshonrosa sino una regla revistada de total impunidad. Un Ejecutivo que sólo dependiese de la voluntad de los legisladores para permanecer en el cargo ahondarÃa las peores prácticas de prebendas y subsidios , convirtiendo al “dueño de la caja†en un aspirante con posibilidades ciertas de ser eterno o por lo menos muy longevo en el ejercicio del poder.
Otros interrogantes de fuerte resonancia emergen frente a la postulación del parlamentarismo: ¿dónde quedarÃa situada la histórica autonomÃa provincial si se estableciera como pauta obligatoria la adopción del sistema parlamentario como régimen local?; ¿qué sucederÃa con el Senado como representante de los intereses provinciales? En la actualidad polÃtica argentina y con la historia mirando atentamente, la supuesta postulación doctrinaria de un cambio hacÃa el parlamentarismo no puede pecar de ingenua respecto de la construcción de sentidos que propicia.
Los incumplimientos de los lÃmites impuestos por una Constitución presidencialista son graves en términos de calidad democrática, deliberación polÃtica y vigencia republicana.
Idénticas violaciones en torno a un sistema parlamentarista consolidarÃan deseos de hegemonÃas autoritarias escondidas en perfectos ropajes teóricos o seudo revolucionarios.
En la actualidad europea (especialmente en España), tanto por izquierda como por derecha, existe una constante crÃtica de la democracia parlamentaria, por cuanto los partidos polÃticos se han transformado en órganos burocráticos donde las cúpulas deciden todos los temas (desde las candidaturas hasta las plataformas) encerrados en sus oficinas sin consultar con nadie (ni siquiera con sus adherentes). Esto ha producido un fuerte desencuentro entre los intereses y problemas que expresa la sociedad y los intereses que representan los partidos polÃticos. Paradojalmente, la alternativa superadora que postulan es abandonar el parlamentarismo para adoptar formas de gobierno presidencialistas o semipresidencialistas.
Esta clase de mecanismos posibilita el ejercicio del cargo ejecutivo sin lÃmites temporales en la medida en que se reúnan las mayorÃas necesarias a efectos de formar gobierno. Presenta como caracterÃstica estructural sistemas electorales no proporcionales donde el partido que gana una elección, aunque sea por la mÃnima diferencia, obtiene el mayor número de las bancas en juego . También lleva Ãnsito el control de constitucionalidad concentrado en cabeza de un Tribunal Constitucional conformado como un órgano polÃtico ajeno a la estructura judicial Uno de los principales argumentos que se esbozan es que mediante el parlamentarismo se superarÃa la figura de un presidente débil, que para gobernar ante un Congreso sin mayorÃa propia tiene que recurrir usualmente a los decretos de necesidad de urgencia. Algo similar se postuló como elemento seductor para la celebración del Pacto de Olivos (cuando se sostuvo que la reforma constitucional tenÃa como objeto atenuar el presidencialismo) , pero el resultado fue una figura presidencial que roza la monarquÃa y lejos está de configurar una institución débil. En el actual contexto social y polÃtico, un viraje hacÃa el parlamentarismo profundizarÃa los desaciertos institucionales de la reforma constitucional de 1994 y pondrÃa en serio riesgo la existencia de la república.
A pesar de sus defectos, el presidencialismo tiene como objeto esencial limitar la estancia temporal de quien ejerce el Ejecutivo, para disipar cualquier intento de eternización en el poder (representando como un mal endémico de la democracia). En nuestro paÃs, un sistema parlamentario posibilitarÃa aquello que tanto se temió y que algunos sueñan a diario: la eternización en el Poder con bases legales que lo justifiquen. Mucho más aún en la realidad argentina donde el transfuguismo polÃtico no es una excepción deshonrosa sino una regla revistada de total impunidad. Un Ejecutivo que sólo dependiese de la voluntad de los legisladores para permanecer en el cargo ahondarÃa las peores prácticas de prebendas y subsidios , convirtiendo al “dueño de la caja†en un aspirante con posibilidades ciertas de ser eterno o por lo menos muy longevo en el ejercicio del poder.
Otros interrogantes de fuerte resonancia emergen frente a la postulación del parlamentarismo: ¿dónde quedarÃa situada la histórica autonomÃa provincial si se estableciera como pauta obligatoria la adopción del sistema parlamentario como régimen local?; ¿qué sucederÃa con el Senado como representante de los intereses provinciales? En la actualidad polÃtica argentina y con la historia mirando atentamente, la supuesta postulación doctrinaria de un cambio hacÃa el parlamentarismo no puede pecar de ingenua respecto de la construcción de sentidos que propicia.
Los incumplimientos de los lÃmites impuestos por una Constitución presidencialista son graves en términos de calidad democrática, deliberación polÃtica y vigencia republicana.
Idénticas violaciones en torno a un sistema parlamentarista consolidarÃan deseos de hegemonÃas autoritarias escondidas en perfectos ropajes teóricos o seudo revolucionarios.