No son de bytes. Son de papel y tinta. No andan por Internet, están pegados en las paredes. Son otros Twitters, que se llaman tuiter o tuitcallejeros.
Furtivos y audaces, por ahora viven y crecen en México. Guardan las reglas del Twitter virtual: ciento cuarenta caracteres para decir algo importante. Pero de virtual, no tienen nada. Amanecen escritos en papel y pegados en las paredes de la Colonia Roma, casi en el centro del DF. Debo a una amiga entrañable el dato y los tuitcallejeros que siguen: “Aquà nomás coqueteando con la vida, ¿y usted?â€. Otro: “Un tuitcallejero es una sopa de letras que salió de paseoâ€. Otro que se las trae: “Nosotros escribimos en papel revoluciónâ€. Otro que avisa: “Somos islas tendiendo puentesâ€. Mi amiga tropezó con uno que la conmovió, casi frente a la puerta de su casa: “No deberÃa ser sospechoso que una mujer caminara sola de madrugada por esta calle, por eso le escriboâ€.
No adhiero a Twitter. Pero creà en el fenómeno. Hasta que me avisaron que hay twitteros pagos . Gente que cobra por inundar la red con opiniones, juicios, pensamientos, reflexiones. Asà no vale. No dudo de la utilidad, tal vez retórica, de las redes sociales. Pero el otro dÃa leà un Twitter de ojito: “Por fin aprendà a hacer huevos fritos. Y me salieron riquÃsimosâ€.
El tuitcallejero mexicano parece salir a rescatar la esperanza . A gritar que sirve de nada twittear todo el dÃa y no mirar el mar . Va hacia ellos mi tÃmida adhesión y el recuerdo de grandes tuiteros que existieron antes que Twitter .
Borges era uno de ellos : “Siempre el coraje es mejor. La esperanza nunca es vanaâ€. Cincuenta y cuatro caracteres para una filosofÃa de vida.
Perón era otro buen tuitero : “La fuerza es el derecho de las bestiasâ€: treinta y ocho caracteres.
Discépolo era otro : “Si yo pudiera como ayer querer sin presentirâ€, treinta y siete caracteres.
Yupanqui tenÃa lo suyo : “Yo tengo tantos hermanos que no los puedo contar, y una hermana muy hermosa que se llama Libertadâ€, noventa y siete caracteres. Todos sin abreviaturas, sin jeroglÃficos, sin tonterÃas al plato.
Y después está la copla española que cantaba su pena, penita: “Me duelen los ojos de mirar sin verteâ€: treinta y siete caracteres.
Esos son tuiters. El resto, yuyos.
Furtivos y audaces, por ahora viven y crecen en México. Guardan las reglas del Twitter virtual: ciento cuarenta caracteres para decir algo importante. Pero de virtual, no tienen nada. Amanecen escritos en papel y pegados en las paredes de la Colonia Roma, casi en el centro del DF. Debo a una amiga entrañable el dato y los tuitcallejeros que siguen: “Aquà nomás coqueteando con la vida, ¿y usted?â€. Otro: “Un tuitcallejero es una sopa de letras que salió de paseoâ€. Otro que se las trae: “Nosotros escribimos en papel revoluciónâ€. Otro que avisa: “Somos islas tendiendo puentesâ€. Mi amiga tropezó con uno que la conmovió, casi frente a la puerta de su casa: “No deberÃa ser sospechoso que una mujer caminara sola de madrugada por esta calle, por eso le escriboâ€.
No adhiero a Twitter. Pero creà en el fenómeno. Hasta que me avisaron que hay twitteros pagos . Gente que cobra por inundar la red con opiniones, juicios, pensamientos, reflexiones. Asà no vale. No dudo de la utilidad, tal vez retórica, de las redes sociales. Pero el otro dÃa leà un Twitter de ojito: “Por fin aprendà a hacer huevos fritos. Y me salieron riquÃsimosâ€.
El tuitcallejero mexicano parece salir a rescatar la esperanza . A gritar que sirve de nada twittear todo el dÃa y no mirar el mar . Va hacia ellos mi tÃmida adhesión y el recuerdo de grandes tuiteros que existieron antes que Twitter .
Borges era uno de ellos : “Siempre el coraje es mejor. La esperanza nunca es vanaâ€. Cincuenta y cuatro caracteres para una filosofÃa de vida.
Perón era otro buen tuitero : “La fuerza es el derecho de las bestiasâ€: treinta y ocho caracteres.
Discépolo era otro : “Si yo pudiera como ayer querer sin presentirâ€, treinta y siete caracteres.
Yupanqui tenÃa lo suyo : “Yo tengo tantos hermanos que no los puedo contar, y una hermana muy hermosa que se llama Libertadâ€, noventa y siete caracteres. Todos sin abreviaturas, sin jeroglÃficos, sin tonterÃas al plato.
Y después está la copla española que cantaba su pena, penita: “Me duelen los ojos de mirar sin verteâ€: treinta y siete caracteres.
Esos son tuiters. El resto, yuyos.