Aquà escribo sobre cosas que les pasan a otros. Pero esta vez quiero hablar de mÃ. El sábado a la madrugada me asaltaron. Y quizás de la peor forma: en casa y mientras dormÃa.
Vivo en Villa Pueyrredón, uno de esos barrios que después del nombre tenés que aclarar: está en la Capital, no en el Gran Buenos Aires. De los monoblocks que dan a la General Paz y Constituyentes nos mudamos a un PH. Y de allÃ, hace ya 24 años, a una casa tipo chorizo, tÃpica de los constructores italianos de comienzos del siglo pasado. Las bautizaron asà por sus habitaciones iguales, pegada una a la otra, con techos de chapa bien altos y todas con salida a la galerÃa y al patio. La mÃa está en un lote largo, de mitad de cuadra, con pequeño jardÃn adelante y un buen fondo.
Hoy vivo solo y duermo en la pieza que da a la calle.
Lo peor suele llegar sin avisar. Pero tenÃa la fantasÃa de que un dÃa podÃan despertarme con una pistola en la cabeza, como les pasó a algunos vecinos. Por eso me encerraba antes de acostarme: trababa la celosÃa de madera hacia el patio y le metÃa llave a la puerta que comunica con un pasillo interior. Igual, todo me sorprendió como si no lo hubiese estado esperando.
El viernes habÃamos terminado tarde en el diario. Volvà a casa cerca de la medianoche, cené y jugué con un amigo al ajedrez hasta las dos. Me acosté y al rato me despertaron ruidos. En lugar de quedarme en el cuarto, abrà la puerta y encima grité ¿quién anda ahÃ? Me contestó uno de los dos chorros que habÃa en casa: de una patada sacó de cuadro la puerta y entró como una tromba y se me vino encima, de negro como un fordward de los All Blacks.
Medio dormido, me defendà agarrándolo del cuello: otra locura que sabÃa no tenÃa que hacer y que la policÃa después interpreta como que la vÃctima se resistió . Lo que hay es otra cosa: instinto, miedo, no saber cómo reaccionar. Me pegó primero un culatazo y luego, a las trompadas, me tiró a la cama.
Un poco más alto que yo, metro ochenta, morrudo y con pasamontañas.
Si no era o habÃa sido de una fuerza de seguridad se parecÃa demasiado.
Ahà nomás apareció el ayudante: más alto, más fofo y más torpe. El que me habÃa reducido le ordenó que se tapara la cara mientras me preguntaba lo que preguntan siempre: dónde tenés la guita.
Te doy lo que tengo, le dije. Y no tenÃa ninguna intención de engañarlo. Pero el problema con los chorros es que siempre creen que los estás engañando. Lo se por experiencia propia. Le di lo que tenÃa, me puteé a mi mismo por no tener más y les ofrecÃ, sin éxito, ir con ellos a un cajero para buscar más plata. Paradoja de estos años: es mejor tener guita en casa sólo para que te la roben.
Me llevaron a otra pieza, que tiene un entrepiso. Le sacaron el cable a una aspiradora y me ataron como los milicos a los prisioneros: brazos estirados hacia atrás y las dos muñecas y los tobillos apretados con un mismo cable. Me taparon la boca con un trapo y quedé boca abajo, como estaqueado.
Esperaba lo peor: que por el escaso dinero me pegasen o incluso me matasen.
Me pasaron mil cosas por la cabeza.
SentÃa el miedo en todo el cuerpo pero sobre todo en el corazón, que se me escapaba por la boca. Pero me di cuenta que si algo no debÃa hacer era entrar en pánico.
No hubo otros golpes ni violencia sádica.
No se cómo entraron, tampoco cuándo se fueron.
No oà más ruidos y me solté de a poco. A las 4.10 llamé al 911. No me robaron mucho pero perdà un bien en el que no habÃa pensado: la casa como refugio.
Vivo en Villa Pueyrredón, uno de esos barrios que después del nombre tenés que aclarar: está en la Capital, no en el Gran Buenos Aires. De los monoblocks que dan a la General Paz y Constituyentes nos mudamos a un PH. Y de allÃ, hace ya 24 años, a una casa tipo chorizo, tÃpica de los constructores italianos de comienzos del siglo pasado. Las bautizaron asà por sus habitaciones iguales, pegada una a la otra, con techos de chapa bien altos y todas con salida a la galerÃa y al patio. La mÃa está en un lote largo, de mitad de cuadra, con pequeño jardÃn adelante y un buen fondo.
Hoy vivo solo y duermo en la pieza que da a la calle.
Lo peor suele llegar sin avisar. Pero tenÃa la fantasÃa de que un dÃa podÃan despertarme con una pistola en la cabeza, como les pasó a algunos vecinos. Por eso me encerraba antes de acostarme: trababa la celosÃa de madera hacia el patio y le metÃa llave a la puerta que comunica con un pasillo interior. Igual, todo me sorprendió como si no lo hubiese estado esperando.
El viernes habÃamos terminado tarde en el diario. Volvà a casa cerca de la medianoche, cené y jugué con un amigo al ajedrez hasta las dos. Me acosté y al rato me despertaron ruidos. En lugar de quedarme en el cuarto, abrà la puerta y encima grité ¿quién anda ahÃ? Me contestó uno de los dos chorros que habÃa en casa: de una patada sacó de cuadro la puerta y entró como una tromba y se me vino encima, de negro como un fordward de los All Blacks.
Medio dormido, me defendà agarrándolo del cuello: otra locura que sabÃa no tenÃa que hacer y que la policÃa después interpreta como que la vÃctima se resistió . Lo que hay es otra cosa: instinto, miedo, no saber cómo reaccionar. Me pegó primero un culatazo y luego, a las trompadas, me tiró a la cama.
Un poco más alto que yo, metro ochenta, morrudo y con pasamontañas.
Si no era o habÃa sido de una fuerza de seguridad se parecÃa demasiado.
Ahà nomás apareció el ayudante: más alto, más fofo y más torpe. El que me habÃa reducido le ordenó que se tapara la cara mientras me preguntaba lo que preguntan siempre: dónde tenés la guita.
Te doy lo que tengo, le dije. Y no tenÃa ninguna intención de engañarlo. Pero el problema con los chorros es que siempre creen que los estás engañando. Lo se por experiencia propia. Le di lo que tenÃa, me puteé a mi mismo por no tener más y les ofrecÃ, sin éxito, ir con ellos a un cajero para buscar más plata. Paradoja de estos años: es mejor tener guita en casa sólo para que te la roben.
Me llevaron a otra pieza, que tiene un entrepiso. Le sacaron el cable a una aspiradora y me ataron como los milicos a los prisioneros: brazos estirados hacia atrás y las dos muñecas y los tobillos apretados con un mismo cable. Me taparon la boca con un trapo y quedé boca abajo, como estaqueado.
Esperaba lo peor: que por el escaso dinero me pegasen o incluso me matasen.
Me pasaron mil cosas por la cabeza.
SentÃa el miedo en todo el cuerpo pero sobre todo en el corazón, que se me escapaba por la boca. Pero me di cuenta que si algo no debÃa hacer era entrar en pánico.
No hubo otros golpes ni violencia sádica.
No se cómo entraron, tampoco cuándo se fueron.
No oà más ruidos y me solté de a poco. A las 4.10 llamé al 911. No me robaron mucho pero perdà un bien en el que no habÃa pensado: la casa como refugio.
Que relato escalofriante, para vos Raymond Chandler
No hay dudas de que aprovechó bien los talleres literarios.