Cristina de Kirchner
El atardecer del lunes, Cristina de Kirchner abrió la quinta de Olivos a dos huéspedes inesperados: los militantes de la JP bonaerense que, un rato antes, en la jura de Daniel Scioli y Gabriel Mariotto, resultaron heridos durante un entrevero con la PolicÃa.
La Presidente recogió, esa tarde, datos e impresiones sobre el incidente, notificó de su malestar al gobernador y pidió ver a los contusos que viajaron, de inmediato, desde el hospital San MartÃn hasta Olivos acompañados por su jefe polÃtico, José Ottavis. Para entonces, Scioli habÃa ordenado al ministro de Seguridad Ricardo Casal cesantear a los efectivos involucrados. Más temprano, en el despacho del presidente de la Cámara de Diputados bonaerense, Horacio González, se registró entre el gobernador y su vice un entredicho.
Mariotto clausuró la charla con un portazo y se retiró, solo, a ver a los misteriosos militantas cuya identidad, como los múltiples nombres de Dios, se conoce pero no puede pronunciarse.
Scioli agotó las horas siguientes en ejecutar una coreografÃa maltrecha: derramó sobre un malón de InfanterÃa la categórica culpa del episodio. Exculpó a los militantes de la JP y despegó, en una amnistÃa automática, a Hugo Matzkin, jefe de la Bonaerense, presente en el lugar.
Al rato de asumir su segundo mandato, el gobernador se topó con una muestra -una dosis pequeña, de prueba- de lo que planea el kirchnerismo ortodoxo: forzarlo a definiciones que, de otro modo, difÃcilmente tomarÃa.
En criollo: tres garrotazos empujaron a Scioli a «romper» su idilio con la PolicÃa, pretensión que el Gobierno exterioriza hace tiempo y que Nilda Garré manifestó, sin eufemismos, dÃas atrás. Carlos Ruckauf, apenas juró como gobernador, confesó en una velada nocturna en la playa que consideraba imposible resolver la inseguridad. Scioli cree que no es posible lograrlo sin el aporte de la PolicÃa.
En el Gobierno K reina otro precepto: la Bonaerense es parte de la inseguridad; parte del problema.
De las visibles, ésa es la incompatibilidad suprema entre La Plata y Olivos. Inédito en décadas, el acuartelamiento policial de ayer (ver pág. 22) fue computado por el kirchnerismo extremo como una doble victoria: doblega al gobernador y fractura la sociedad que, presume, existe entre él y la PolicÃa.
BÃblico en aquello de ofrecer la otra mejilla, Scioli desmalezó su gabinete de caciques y concentró el relato polÃtico en Alberto Pérez, fervoroso promotor del alineamiento con la Casa Rosada. En estas horas, Pérez fue un explÃcito censor de la intervención policial.
Mientras en La Plata Scioli lidiaba con el acuartelamiento, en el Congreso se producÃa otra minirrebelión: los diputados sindicales se negaron a respaldar un proyecto repudiado por UATRE, el gremio de los peones de campo que capitanea Gerónimo Venegas. El faltazo no alteró la numerologÃa legislativa, pero exteriorizó el malestar gremial.
En agosto de 2010, el bloque opositor juntó las manos para aprobar el 82% en Diputados. La votación estaba cantada -fue 136 a 89-, por lo que Hugo Moyano sondeó a Néstor Kirchner para que exima a los legisladores gremiales de votar contra el proyecto que fue, durante años, un pedido cegetista.
Tras una negociación sigilosa, el camionero pidió a los diputados del sindicalismo que bajen al recinto y voten con el bloque del FpV. Ayer no ocurrió nada de eso: no hubo enlaces, ni posible acuerdo para anudar el respaldo de los legisladores gremiales. Moyano y Scioli son trofeos que Cristina quiere en su pared. Aplica, frente a ambos, la misma táctica pero el jefe de la CGT y el gobernador reaccionan de modos antagónicos: Moyano choca y desafÃa; Scioli concede y confÃa en que su obediencia tendrá, a largo plazo, su premio.
El sábado, la Presidente juró otra vez: arrancó su segundo Gobierno, el tercero de la era K, con 69 puntos de imagen positiva -14 de negativa-, 15 más que el 54% con que empezó su anterior gestión. Recuperó 49 puntos sobre julio de 2008, cuando tocó su piso: habÃa caÃdo al 20% de apoyo.
Esa Cristina con poder hiperconcentrado imagina respecto de Moyano -con quien ordenó desactivar todas las terminales- un solo desenlace: quebrar el frente sindical, aislar al camionero y diezmar un bloque -la «corporación sindical», según el relato K- con el que su marido eligió negociar antes que guerrear.
Juntos bajo la perdigonada K, Moyano y Scioli podrÃan sellar un acuerdo de reciprocidad. Es un deseo, silvestre, que se invoca en cÃrculos del peronismo.
Pero el azar interviene de maneras milagrosas: ayer el gobernador devaluó de «casi» ministerio a simple subsecretarÃa la Agencia de Transporte y LogÃstica que diseñó para contentar la voracidad de cargos del camionero.
Uno más uno…
El atardecer del lunes, Cristina de Kirchner abrió la quinta de Olivos a dos huéspedes inesperados: los militantes de la JP bonaerense que, un rato antes, en la jura de Daniel Scioli y Gabriel Mariotto, resultaron heridos durante un entrevero con la PolicÃa.
La Presidente recogió, esa tarde, datos e impresiones sobre el incidente, notificó de su malestar al gobernador y pidió ver a los contusos que viajaron, de inmediato, desde el hospital San MartÃn hasta Olivos acompañados por su jefe polÃtico, José Ottavis. Para entonces, Scioli habÃa ordenado al ministro de Seguridad Ricardo Casal cesantear a los efectivos involucrados. Más temprano, en el despacho del presidente de la Cámara de Diputados bonaerense, Horacio González, se registró entre el gobernador y su vice un entredicho.
Mariotto clausuró la charla con un portazo y se retiró, solo, a ver a los misteriosos militantas cuya identidad, como los múltiples nombres de Dios, se conoce pero no puede pronunciarse.
Scioli agotó las horas siguientes en ejecutar una coreografÃa maltrecha: derramó sobre un malón de InfanterÃa la categórica culpa del episodio. Exculpó a los militantes de la JP y despegó, en una amnistÃa automática, a Hugo Matzkin, jefe de la Bonaerense, presente en el lugar.
Al rato de asumir su segundo mandato, el gobernador se topó con una muestra -una dosis pequeña, de prueba- de lo que planea el kirchnerismo ortodoxo: forzarlo a definiciones que, de otro modo, difÃcilmente tomarÃa.
En criollo: tres garrotazos empujaron a Scioli a «romper» su idilio con la PolicÃa, pretensión que el Gobierno exterioriza hace tiempo y que Nilda Garré manifestó, sin eufemismos, dÃas atrás. Carlos Ruckauf, apenas juró como gobernador, confesó en una velada nocturna en la playa que consideraba imposible resolver la inseguridad. Scioli cree que no es posible lograrlo sin el aporte de la PolicÃa.
En el Gobierno K reina otro precepto: la Bonaerense es parte de la inseguridad; parte del problema.
De las visibles, ésa es la incompatibilidad suprema entre La Plata y Olivos. Inédito en décadas, el acuartelamiento policial de ayer (ver pág. 22) fue computado por el kirchnerismo extremo como una doble victoria: doblega al gobernador y fractura la sociedad que, presume, existe entre él y la PolicÃa.
BÃblico en aquello de ofrecer la otra mejilla, Scioli desmalezó su gabinete de caciques y concentró el relato polÃtico en Alberto Pérez, fervoroso promotor del alineamiento con la Casa Rosada. En estas horas, Pérez fue un explÃcito censor de la intervención policial.
Mientras en La Plata Scioli lidiaba con el acuartelamiento, en el Congreso se producÃa otra minirrebelión: los diputados sindicales se negaron a respaldar un proyecto repudiado por UATRE, el gremio de los peones de campo que capitanea Gerónimo Venegas. El faltazo no alteró la numerologÃa legislativa, pero exteriorizó el malestar gremial.
En agosto de 2010, el bloque opositor juntó las manos para aprobar el 82% en Diputados. La votación estaba cantada -fue 136 a 89-, por lo que Hugo Moyano sondeó a Néstor Kirchner para que exima a los legisladores gremiales de votar contra el proyecto que fue, durante años, un pedido cegetista.
Tras una negociación sigilosa, el camionero pidió a los diputados del sindicalismo que bajen al recinto y voten con el bloque del FpV. Ayer no ocurrió nada de eso: no hubo enlaces, ni posible acuerdo para anudar el respaldo de los legisladores gremiales. Moyano y Scioli son trofeos que Cristina quiere en su pared. Aplica, frente a ambos, la misma táctica pero el jefe de la CGT y el gobernador reaccionan de modos antagónicos: Moyano choca y desafÃa; Scioli concede y confÃa en que su obediencia tendrá, a largo plazo, su premio.
El sábado, la Presidente juró otra vez: arrancó su segundo Gobierno, el tercero de la era K, con 69 puntos de imagen positiva -14 de negativa-, 15 más que el 54% con que empezó su anterior gestión. Recuperó 49 puntos sobre julio de 2008, cuando tocó su piso: habÃa caÃdo al 20% de apoyo.
Esa Cristina con poder hiperconcentrado imagina respecto de Moyano -con quien ordenó desactivar todas las terminales- un solo desenlace: quebrar el frente sindical, aislar al camionero y diezmar un bloque -la «corporación sindical», según el relato K- con el que su marido eligió negociar antes que guerrear.
Juntos bajo la perdigonada K, Moyano y Scioli podrÃan sellar un acuerdo de reciprocidad. Es un deseo, silvestre, que se invoca en cÃrculos del peronismo.
Pero el azar interviene de maneras milagrosas: ayer el gobernador devaluó de «casi» ministerio a simple subsecretarÃa la Agencia de Transporte y LogÃstica que diseñó para contentar la voracidad de cargos del camionero.
Uno más uno…