Esto es, sin duda, un despropósito. Es probable que no haya habido, en este sistema bloguero, muchas entradas/posts de este tamaño. Pero su largo –unas 25 carillas– es una de las razones por las cuales decidà publicar esta entrevista en este lugar. Solemos creer que internet exige textos cortos; no nos paramos a pensar que internet permite, entre tantas otras cosas, textos del tamaño que cada cual decida. Quizás éste sea un exceso, o quizás haya lectores todavÃa, gente a la que no le asusten unas cuantas páginas si les cuentan algo que les interese.
Por otro lado, no querÃa publicar este relato de una larga tarde con quien es, para muchos argentinos, la encarnación del Mal, en un medio argentino: su sentido habrÃa cambiado mucho. Virtuales, extraterritoriales, estas lÃneas son un intento de presentar a uno de los personajes más y menos conocidos de mi paÃs: Sergio Schoklender, el parricida, el preso, el extremista, ahora el estafador. Para los argentinos es un modo de profundizar en una historia muy cercana; para españoles y otros latinoamericanos, una buena aproximación al paisaje de la Argentina actual.
A lo largo de esa tarde Schoklender me dijo muchas cosas que me sorprendieron. Aquà están sus relatos de cómo roba el Estado argentino, de cómo las Madres de Plaza de Mayo se financiaron con asaltos, de cómo los medios se venden a los polÃticos, de cómo Cristina Fernández abandonó el proyecto Sueños Compartidos, entre otros. Si alguien –algún medio o persona– quiere reproducirlos es libre de hacerlo; solo le pido que cite la fuente, o sea: que diga de dónde los sacó.
Para quienes prefieran bajarlo y leerlo off-line o imprimirlo –que de todo hay en la viña del señor–, hay una versión en pdf aquà mismo.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Entonces él dijo que quizá no tendrÃa que haber dicho eso, y parecÃa que estaba diciendo la verdad. Yo lo creÃa; me sorprendió que él también creyera que no tendrÃa que haber dicho eso. Fue un momento fuerte: como de quien, hablando, entiende algo. No es lo que suele pasar en una entrevista pero, para entonces, ya llevábamos más de dos horas de palabras, de miradas cruzadas, de cafés.
–No te preocupes. Yo sé que uno no siempre llega cuando quiere.
Me habÃa dicho Sergio Schoklender cuando aceptó, en la puerta de su casa, mis disculpas por la demora. Yo me habÃa perdido: su casa –o su es casa– está detrás del cementerio, en una calle que no conocÃa. A él tampoco, pero fuimos amables: nos dimos la mano y me invitó a pasar:
–Bienvenido a la casa de mi ex mujer.
La casa de su ex mujer, que construyeron juntos hace unos años, es, para empezar, un paredón sin historia en una calle legañosa de Chacarita y, detrás, tres pisos de un arquitectura moderna, a la moda, con ese aire brishoso, inquieto de tan quieto, que tienen los lugares más decorados que vividos.
–Ahora gracias al juez Oyarbide estoy viviendo otra vez con ella.
Dice Schoklender. El juez Oyarbide, el que atiende su causa, es una de sus bestias negras: ya tendrá tiempo de hablar, largamente, de él, de sus excesos, de los videos con que lo chantajean. Mientras tanto me explica que, como tiene todos sus bienes embargados, su ex mujer lo acogió por un tiempo en la casa, y que siempre tuvieron una buena relación y a veces se iban de vacaciones juntos y que tienen a Alejandro, su hijo de 12, que los une y que estaban distanciados porque él viajaba mucho y por esas cosas de la vida pero que ahora esas mismas cosas los reunieron y que por culpa de ese juez no tiene un centavo y corre la coneja y tuvo que vender, en estos dÃas, su saxo y su moto.
–Moto y saxo tenor: la juventud, de algún modo.
Le digo y él me dice sÃ, la juventud, sonrÃe. Sergio Schoklender ya tiene 53 años, y ahora estamos en el tercer piso de la casa, el play room, a punto de sentarnos: las sillas son unos bancos como de bar muy altos; hay que sentarse encima y accionar una palanca para que los bancos bajen a la altura de sillas y nos permitan sentarnos junto a una mesa enorme, muy pulida. Sobre la mesa, solo su laptop y el brillo de una madera poco usada. Schoklender me pregunta si no quiero un café. Yo quiero y le pregunto cómo definirÃa su situación actual y me dice, con un tono muy suave, muerto en vida.
–¿Cómo?
–Muerto en vida.
Repite, e intenta una risita pero tose.
–Que ahora soy un muerto en vida. Digo, en este momento llevo ya seis meses imputado, inhibido, sin poder trabajar, con todos los bienes congelados, las empresas trabadas, las cuentas bancarias bloqueadas en una causa que ya es un disparate interminable que nadie lo puede desarmar. Armaron una hipermegacausa de 120 cuerpos, más 37 equipos informáticos que hay que bajar, 96 imputados, 140 empresas investigadas. Es una cosa que nadie puede sostener. Asà que me vine a vivir con mi ex esposa, porque estoy en la calle. Ahora soy, cómo decirlo, un mantenido.
Su ex esposa, Viviana Sala es médica psiquiatra y Schoklender la conoció en la cárcel, cuando ella fue a hacerle unas pericias. Después se casaron, tuvieron un hijo, se divorciaron y conviven y él insiste en que ella es muy buena, rebosante de tÃtulos, repleta de pacientes, “especialista en psicooncologÃa, psicofarmacologÃa, con maestrÃas que no se pueden ni nombrarâ€, y que ahora viven de lo que ella gana y que ella también está incluida en la causa de Oyarbide y que a ella también la amenazaban.
–Cuando empezó toda esta historia me volvieron loco. Era cosa de llamados telefónicos, coches parados en la puerta, en la esquina. De llamarme y decirme sabemos dónde estás, sabemos qué estás haciendo, tu hijo sale a tal hora del colegio y va a tal y tal lugar. Asà todo el dÃa.
–¿Y quién era?
–Gente de la SIDE, de los servicios de inteligencia y todo ese enredo que estaba alrededor de AnÃbal Fernández.
Dice, y que desde que Fernández, el penúltimo jefe de gabinete, ahora en desgracia, empezó su caÃda, las amenazas se volvieron más raras: ahora se paró el tema, dice, pero nos hiceron la vida imposible durante un tiempo largo.
–¿Y cómo te afectan las amenazas?
–Bueno, te podés imaginar que estando con Hebe las amenazas eran lo habitual. Nunca les dimos mucha importancia. Después el hecho de exponerte en primera plana de todos los medios como el tipo que estafó a las Madres… no podÃa sonarme la nariz que el tipo que pasaba por la vereda me puteaba.
–¿Y tomaste alguna medida?
–Somos un poco más… mi hijo no va ni viene solo del colegio, estamos atentos ante cualquier cosa rara, pero tampoco nos enloquecemos. No podés vivir sino. Ni tengo plata para poner custodios ni los pondrÃa. Ya de chico me tocó vivir eso, ahora no lo harÃa.
Schoklender habla seguro, como quien sabe qué decir: habla seguro pero fuma. Fuma sin parar, un negro tras otro, y las manos, por momentos, le tiemblan en el encendedor, el cigarrillo, y dice que en las últimas semanas incluso lo borraron de los medios, que durante un tiempo lo tenÃan todos los dÃas en la tapa, que ni que fuera la guerra de las Malvinas, dice, y de pronto más nada:
–¿Y vos dónde pensás que vas a publicar esta entrevista? No va a ser tan fácil…
Schoklender trabaja mucho con la prensa. Cuando estalló su conflicto con las Madres eligió los medios con los que habló –empezó por ClarÃn, gran enemigo del gobierno– y lo que iba diciendo: regulando el tono del enfrentamiento. Y la sigue usando: hace unos dÃas estuvo en un programa de televisión contando viejas historias de su juez, Norberto Oyarbide, con taxi boys, prostÃbulos, sobornos: apretándolo, para decirlo amablemente.
–La realidad es que Oyarbide es la antÃtesis de lo que deberÃa ser un juez en una república: un lacayo al servicio del Poder Ejecutivo, que le manda todas las causas que a le interesan.
Schoklender trabaja mucho con la prensa: después, durante las horas que dure esta entrevista, más de una vez me voy a preguntar por qué me habla: qué dice, a quién lo dice, por qué yo.
Sergio Schoklender no es muy alto ni muy gordo ni muy flaco, ojos chiquitos entornados, labios finos, una de esas barbas de cinco dÃas que ya no son un azar del momento sino una forma laboriosa de detener el tiempo. Sergio Schoklender tiene una remera –de esas que mi tÃa Pechuche habrÃa llamado chomba– azul con rayitas blancas y amarillas, un bluyÃn, anteojos de marco negro angosto y un reloj cuadrado, grande, que le ocupa demasiado de muñeca; las uñas, en cambio, están muy bien cuidadas, dedos cortos.
–¿Y cómo fue que decidiste escribir este libro?
Porque la excusa de todo esto es ésa: un libro. Está por salir un libro suyo, Sueños postergados, que deberÃa contar la otra versión de los escándalos del invierno pasado. Por ese libro, supongo, Schoklender me recibe esta tarde; por ese libro diarios y revistas van a volver a ponerlo en sus portadas.
–¿La verdad? ¿La verdad absoluta?
–Si se puede elegir…
–La verdad es que me pagaban un anticipo que nos venÃa muy bien porque estábamos sin un peso. Esa es la pura verdad. Una cuestión puramente económica. No es el libro que hubiese querido. A ver, es un libro que responde a una coyuntura polÃtica muy particular, a un requerimiento de la editorial. El libro que yo hubiese querido es un libro de más anécdotas, más rico en análisis polÃtico, el momento que se está viviendo en el mundo. Pero este fue el libro que me permitieron escribir en muy poquito tiempo y que me permitió decir algunas cosas que creo que habÃa que decirlas. Pero el motivo principal fue la plata.
Supongo que es su estilo: el que lo hace particular, interesante. Muy poca gente dirÃa que escribe un libro –donde cuenta cuestiones más que delicadas– por la plata. Aunque muchos lo hacen, aunque muchos pudieran sospecharlo; se supone que nadie dice nada que lo desprestigie mientras pueda evitarlo. Asà que dirÃan que necesitaban sacárselo de adentro, que el pueblo tenÃa que saberlo, que se lo debÃan a la memoria de los dinosaurios; no que lo hacen por la plata. Es un estilo: honestidad brutal, digamos. Pero, de algún modo, Sergio Schoklender lleva muchos años dando la impresión de que ya no tiene nada que perder.
El 31 de mayo de 1981, mañana destemplada, el portero de una casa del barrio Norte de Buenos Aires vio que del baúl de un coche grande, nuevo, estacionado, caÃa sangre. En esos dÃas toda la Argentina chorreaba sangre –pero se mataba por ignorarlo. Ese chorro, en cambio, se convirtió en la noticia del año cuando la policÃa informó –en esos tiempos, la policÃa informaba– que los muertos eran Cristina Silva y Mauricio Schoklender, un matrimonio que vivÃa con lujos y custodios porque él, ingeniero, dirigÃa una de las empresas más prósperas de aquel paÃs: Pittsburgh & Cardiff, dedicada, entre muchas otras cosas, a la importación y construcción de submarinos, fragatas, tanques y otras armas de guerra. La noticia era cruda; lo fue mucho más al dÃa siguiente, cuando se empezó a oÃr que sus hijos eran los asesinos.
Años después, cuando la justicia se pronunció sobre el asunto, creyó saber que, aquella noche, todo empezó cuando los Schoklender llevaron a sus tres hijos –Sergio, Pablo, Valeria– a comer a un restorán nuevo de la costanera para festejar el cumpleaños 23 de Sergio. Y que comieron y bebieron y, de vuelta en su departamente de Belgrano, la señora Cristina quiso tener –otra vez– algún modo de sexo con su hijo menor y que los dos hermanos le partieron la cabeza con un palo y la estrangularon con una cuerda. Y que después se pasaron un par de horas discutiendo qué harÃan con el padre –que seguÃa durmiendo– y que por fin decidieron matarlo también y que le rompieron el cráneo a palazos y que llevaron los dos cuerpos al baúl del coche, salieron, dejaron el coche por ahÃ, huyeron cada cual por su lado. Y que Sergio Schoklender se fue a Mar del Plata, se registró con nombre falso en un hotel, se contrató una puta y al dÃa siguiente o al otro, cuando sintió que el cerco se cerraba, se compró un caballo e intentó la penúltima fuga. Su cabalgata no llegó muy lejos. Cuatro años después lo condenaron a 21 años de cárcel; en su declaración se hizo cargo de todo y exculpó a su hermano. Los jueces al principio le creyeron; después, un tribunal de apelación condenó también a Pablo –que, para entonces, ya habÃa huÃdo a Bolivia. Sergio Schoklender es, en la Argentina, un personaje con una historia demasiado clara, alguien que, durante tantos años, pareció que no tenÃa nada que perder. Su historia me interesa, me llena de dudas, pero por ahora no le pregunto sobre eso. No sé cómo hacer para preguntarle sobre eso: uno no llega a una casa y le dice a un señor muy amable que te ofrece un café, que te prepara un café en una máquina muy cara, que te pregunta si querés azúcar o sacarina o leche o crema, cómo fue que se le ocurrió matar a su mamá. Asà que, por ahora, trato de hablarle de otras cosas.
–¿Y cuáles eran esas cosas que te parecÃa que habÃa que decir? ¿Qué es lo que te importaba decir en este libro?
–Básicamente que hay dos realidades totalmente distintas en cuanto al manejo del estado y la polÃtica. Por un lado, lo que te cuentan, lo que suponés que pasa y, por el otro, lo que realmente sucede. Y también querÃa contar qué era el programa Sueños Compartidos, que para mà es el programa más hermoso que pudo haber creado alguna vez este paÃs. Y querÃa contar también, en medio de este dolor, lo que eran las Madres, lo bueno y lo malo, lo valioso de esa lucha y los errores cometidos. Eso querÃa, más o menos.
Yo le digo que bueno, que me cuente.
Aunque sigo pensando en su libro escrito por la plata: cuando alguien dice algo tan aparentemente franco, los demás tendemos a creer que el resto de lo que diga también será verdad. Y a veces lo es, pero no tiene por qué serlo.
–SÃ, habÃa un par de cosas que yo querÃa contar. Para empezar, cómo funciona el tema de las obras públicas. Es todo una ficción, puro relato.
Sergio Schoklender debe saberlo: durante varios años dirigió el programa Sueños Compartidos, a través del cual la Fundación Madres de Plaza de Mayo recibió mucho dinero del Estado para construir viviendas populares: entre 740 y 1200 millones, según quién te lo cuente. De ese programa, en última instancia, vino todo el conflicto.
–Primero, es una mentira que el Estado haga licitaciones. Toda esta cuestión de las licitaciones, concursos de precios, de calidad y de tiempo es una enorme mentira. Los contratos están asignados antes de que salga el pliego, y el pliego se arma de acuerdo al convenio que se haga con alguna empresa o pool de empresas constructoras amigas, donde entre el 15 y el 25 % de ese valor automáticamente tiene que ir como retorno para financiar la polÃtica. Porque la gran ficción es cómo se financia el Estado. Esto no es privativo en la Argentina, esto sucede en el mundo; tal vez acá se puso más en evidencia. A ver: acá antes la polÃtica se financiaba básicamente con los fondos reservados de la SIDE que eran incalculables –por eso eran reservados–, porque lo que no se blanquea nunca es que los funcionarios no viven del sueldo que figura en los papeles. No podrÃan hacerlo. Vos no podrÃas mantener una planta de profesionales de cierto nivel con el sueldo nominal del Estado. Entonces necesitás financiar ese sobresueldo que necesitás para mantener una planta estable en los ministerios.
–¿Y cómo se entregan esos sobresueldos?
–En efectivo, en mano a cada funcionario polÃtico a fin de mes.
–¿Y qué orden de dinero serÃa?
–Hoy ningún funcionario de primer nivel vive con menos de 20 mil dólares mensuales. Y sus sueldos nominales son de 20 mil pesos. Vos no tenés un ingeniero de primera lÃnea para la subsecretarÃa de Obras Públicas de la Nación con un sueldo de 20 mil pesos. Por más que le pongas coche, chofer, teléfono celular y demás, digamos, ¿cómo los retenés? Si la actividad privada les generarÃa muchÃsimo más… El otro tema es que se necesita dinero para financiar actos, campañas polÃticas. Lo cual es entendible, si no los únicos que podrÃan hacer polÃtica serÃan los que tienen plata.
–Si la polÃtica se hace con plata, sÃ. Pero se podrÃa hacer de maneras donde la plata no importe tanto. Siempre se pudo…
–Se necesita plata para hacer un escenario, para llenar la plaza, para cartelerÃa, afiches, micros, gente. Eso se hace con plata.
–Hay situaciones en que las plazas se llenan sin micros ni sanguchitos…
–SÃ, pero en general son situaciones de protesta o de reclamo. Para que te vayan a aplaudir y agiten tu banderita, en general necesitás poner unos mangos. Entonces ya tenés dos cuestiones: la plata para mantener una planta permanente y la necesidad de financiar esta forma de hacer polÃtica. Y después tenés las ambiciones personales de un sinnúmero de funcionarios o de gente que cree que además de ganar bien, su paso por el gobierno tiene que salvar a varias generaciones de sus descendientes. Entonces, ¿cuál era la gran discusión que yo tenÃa con el gobierno? Si vos tenés partidas de megaobra pública –los túneles, las represas, las hidrovÃas, todas esas obras gigantescas– no te metas con la leche del comedor para los chicos, no me chorees del presupuesto para villas y asentamientos. No la saqués del último escalón, sacala de donde sobra. Porque claro, la Argentina se sigue manejando a través de la Jefatura de Gabinete que te reasigna el presupuesto como quiere. Entonces de la noche a la mañana las partidas que se asignaron para educación o para vivienda o para salud van a parar a otro lado. Pero a su vez en cada ministerio tiene esa misma facultad interna, entonces ellos pueden mover esas partidas libremente. Yo de pronto me encontraba con que una partida que nosotros necesitábamos para seguir construyendo en alguno de los barrios, desaparecÃa. ¿Cómo que desapareció? SÃ, porque Cristina resolvió lanzar el plan netbook. Pero negro, sacá la plata de de otro lado… Hay cosas que me parecen muy bien, y el Estado tiene que hacerlas y hay plata para hacerlas, o por lo menos hubo, en estos años de bonanza ilimitada. Pero no me chorees del último escalón.
–¿Lo que vos decÃs, entonces, es roben pero razonablemente? O sea, saquen de los lugares donde más sobra y no donde más hace falta
–Suponer que esto se va a terminar simplemente porque no es ético es…
Dice Schoklender y, en medio de la catarata, para a pensar una palabra: me parece que quiere ser amable, pese a todo.
–¿Es qué, cuál es el adjetivo?
–Una pelotudez o una ingenuidad. Yo no soy ingenuo; ésa era la realidad con la que tenÃa que convivir. Yo les acepto que paguen una planta permanente con sobresueldo que no figura en ningún lado, les acepto que necesiten plata para hacer polÃtica de esta manera, les acepto que haya funcionarios o un entorno que tenga que enriquecerse y garantizarle el bienestar a varias generaciones. Bárbaro. Pero muchachos, hay plata que no se puede tocar, donde la inmoralidad ya es superlativa. Ahà lo que me encontré es que no hay ningún lÃmite. Te doy un ejemplo: nosotros construÃamos hospitales en 90 dÃas, en el Chaco, en el Impenetrable, en Santiago. Hospitales de primera lÃnea, totalmente equipados; hospitales de 1800 metros, grandes, hechos con la gente del pueblo, sumándolos al proyecto, capacitándolos, por un tercio de lo que el Estado licitaba los hospitales pelados, sin equipamiento, en cualquier parte del paÃs.
Schoklender estuvo ahÃ: debe saber.
Porque en algún momento, a principios de los años noventas, la vida de Sergio Schoklender tuvo otro vuelco bruto. HabÃa entrado en la cárcel en 1981: tiempos muy duros pero, dice, tan formativos. Más tarde, cuando le pregunte quién era él antes de la cárcel, me contará que un chico rico de Belgrano que leÃa poemas y balances, que un pichón de gerente, que un rebelde, que un insatisfecho, pero que nada de eso importa demasiado: que él empezó a ser alguien en la cárcel.
–Yo empecé a ser alguien en la cárcel.
Repetirá, la voz suave, educada, pero las manos con temblor y el soplo de tabaco. Entonces le preguntaré cómo fue la llegada de un chico rico de Belgrano a la cárcel más bruta de un paÃs muy bruto; le preguntaré, en realidad, si su miedo principal no era cómo hacer para que no se lo cogieran, y él me dirá que no: que cuando entró lo encerraron en una celda de aislamiento y lo dejaron meses a disposición de unos señores de inteligencia del Ejército que lo interrogaban –que lo mataban a golpes– para que les contara qué negocios tenÃa la empresa de su padre con la Marina y su Ãnclito jefe, el almirante Eduardo Emilio Massera. Y que en esos dÃas le pegaron tanto, lo maltrataban tanto, y que él de puro animal se resistÃa:
–Lo más trágico es que me interrogaban por cosas que no tenÃa ni idea, era la pura desesperación del Ejército por saber los negocios que habÃa hecho la gente de la Armada con mi familia. Los primeros dÃas me venÃan a buscar y yo lloraba, gritaba, me escondÃa en un rincón; los tipos me agarraban, me llevaban, y cuando me devolvÃan me tiraban a la celda de castigo estaba reventado, me despertaba horas después. Pero a los 15 o 10 dÃas ya venÃan y me peleaba contra los guardias. Alguna mano ponÃa, porque sabÃa que me iban a poner. Y para sacarme de la celda tenÃan que venir en serio, eh… Me acuerdo que lo más doloroso, lo más duro era la espera, cuando pensás cuándo te van a venir a buscar: ésa es aterradora.
Pero ahora sabe, dirá, que esas torturas lo salvaron: cuando lo bajaron al pabellón general ya se habÃa ganado una fama de ser un tipo duro.
–Con todas esas palizas, a los tres meses yo ya era un perro de pelea. Y cuando me bajan al pabellón me tiran en el peor, pensando que yo tenÃa que jugar el papel de vÃctima, lo lógico para uno que venÃa de ser acusado de parricidio, encima a esa edad y sin experiencia. Y al dÃa siguiente, cuando se abren las rejas y yo pienso acá a pelear, pasa uno y me deja un pulóver, pasa otro y me deja un jabón, me habÃa hecho un nombre. Y fue asÃ. En los años que estuve, nunca puse las manos atrás, ni la cabeza gacha: ni por puta se me hubiese ocurrido. A la mañana sonaba el silbato en el pabellón y tenÃas que levantarte, armar la cama, ordenar todo y poner la mano afuera de la reja para el recuento. Yo estaba acostado. ¿Qué hace ahÃ? ¡Andá a la concha de tu madre, estoy durmiendo!, le decÃa. Entraba la requisa, quilombo, palo, quejas, expedientes. Yo batà el record de dÃas castigado. Hasta que llegó un momento en que uno decÃa che, Schoklender no se quiere levantar. Y bué, déjalo, le decÃan. Llegó un momento en que era inmanejable. Y llegué a manejar media cárcel de Caseros y media cárcel de Devoto. Hasta los guardias laburaban para mÃ. Monté una imprenta enorme en la cárcel, donde hacÃamos apuntes para la universidad y los guardias traÃan los carros llenos de papel, laburaban los presos comunes, los policÃas, los menores. Y armamos un centro de investigación informática. Y desesamblé el formateo de disquete de Microsoft, el lenguaje binario y lo transformé en lenguaje de computación y publiqué todo el programa, fui uno de los primeros hackers, la Asociación de Programadores Libres.
En la cárcel, también, Schoklender se recibió de abogado y de psicólogo, dejó sociologÃa a falta de dos o tres materias, terminó un diploma en teologÃa, y conoció a unos presos chilenos, militantes del Frente Patriótico Manuel RodrÃguez, que le hicieron entender algo de lo que le pasaba:
–Ahà es donde empiezo hacer un click, en medio de toda esta locura que estaba viviendo, en medio de esa represión. Ahà empecé a entender que todo eso no tenÃa que ver que el guardia fuera malo sino con un sistema que reproduce este tipo de consecuencia. Que el hecho de que la inmensa mayorÃa de los que estaban en la cárcel fueran pobres y analfabetos no era porque los pobres y analfabetos fueran malos. Yo siempre leà muchÃsimo de chico, me apasionaba la lectura; ahà empecé con la lectura polÃtica.
–¿Qué leÃas?
–Por supuesto todo Marx y Engels, todo Mao, el libro verde de Kadafi, todo material polÃtico. Ya era la democracia entre comillas y circulaba todo. Antes, me acuerdo, en el pabellón, si querÃamos escribir algo, lo escribÃamos en formato de poesÃa. Si te los guardias te lo veÃan decÃas esto es poesÃa, y ellos ah, poesÃa, no pasa nada.
Dice, y habla de GarcÃa Lorca, de cómo lo leyó y releyó y sigue releyendo. Y le pregunto qué era lo que más extrañaba cuando estaba en la cárcel y él dice que la soledad: baja la voz, baja los ojos y dice que lo que más extrañaba era la soledad y yo le digo que claro, que debe ser dura la soledad, tanto tiempo en la cárcel y él que no, que la soledad era lo que extrañaba, lo que le faltaba, decidir estar solo y poder estar solo, dice, y yo que pongo cara de que entiendo y le digo que entiendo, sÃ, claro, te entiendo, pero entiendo sobre todo que hay cosas que uno no entiende si no te las dice alguien que las ha visto desde el otro lado. Y que muy de vez en cuando uno se topa con alguien que ha estado tan del otro lado como él.
–La cárcel no es el encierro. La cárcel es la convivencia forzada con gente que vos no elegÃs. Ése es el verdadero encierro, la verdadera pérdida de la libertad. La pérdida de libertad fÃsica, ambulatoria, pesa, duele, pero lo peor es no poder sentarte a escribir o leer tranquilo, pensar, hacer música, tener tu espacio de intimidad, de reflexión. Eso es lo que te parte: no poder estar solo. Y tener que vivir alerta porque siempre hay otros, un entorno muy agresivo, aunque yo ya no necesitaba pelear porque ya los paraba con la mirada. Ésa era la verdadera cárcel.
Sergio Schoklender se habÃa acostumbrado a la prisión: era su vida. Le quedaban unos diez años de condena y no pensaba hacer nada para acortarlos: “la posibilidad de la libertad era algo que habÃa guardado en un cajón y cerrado con llaveâ€, dice en su libro, y me dice que lo dice porque no querÃa cumplir con ninguna de las condiciones que el servicio penitenciario trataba de imponerle para rebajarle la pena: que no querÃa someterse, y si el precio eran años de cárcel, estaba dispuesto a pagarlo.
–La idea era hacerme bajar la cabeza, y yo no querÃa bajar la cabeza; entonces no te vas a poder ir más, me decÃan. Bueno, entonces no me voy más. Para mà la pelea era pelear donde estaba.
Hasta que, un dÃa, llegó a visitarlo una señora.
–Alguna vez dijiste que cuando conociste a Hebe de Bonafini fue una fascinación inmediata…
Es difÃcil exagerar la importancia de las Madres de Plaza de Mayo en el imaginario argentino. Durante muchos años fueron las heroÃnas intachables, las mujeres perfectas, el sÃmbolo de todo lo que los demás tendrÃamos que haber hecho pero no, lo que tendrÃamos que haber sido y nunca fuimos. Eso, las Madres, y Hebe Pastor de Bonafini es la Madre por antonomasia.
–Imaginate lo que fue tenerla ahÃ, que ella me quisiera conocer, me diera bola.
Me dice ahora Schoklender, fuma y fuma, y me ofrece otro café. El play room es luminoso, grande, bien dotado: un flipper de verdad, una rockola, el futbolÃn, los cuadros pop en las paredes. Debe ser para el hijo, pero las máquinas de diversión son fantasmas del padre, de un señor que nació en los cincuentas –y no de un chico del 2000.
–¿Y qué le habrá atraÃdo a ella de vos?
–Creo que la rebeldÃa. Encontrarse con un tipo que no se doblegaba ante nada. Todo el tiempo puteando, peleando todo el tiempo. Y en esa época polÃticamente yo era un cuadro polÃtico revolucionario formado, faltaba el fusil y estaba todo.
Bonafini lo visitaba dos veces por semana, le llevaba sus platos a la cárcel; hacia 1993 lo convenció de que podÃa tener una vida afuera –y Sergio Schoklender pidió los beneficios que le correspondÃan: primero empezó a salir durante el dÃa y por fin, en 1995, tras más de 14 años de cárcel, con dos tercios cumplidos, volvió a la libertad. Entre los informes que lo ayudaron a salir estaba el de la doctora Viviana Sala; tiempo después se casarÃan.
–¿Y en esos primeros encuentros con Hebe alguna vez hablaron del parricidio?
Le pregunto, ahora, tono grave: si él, preso por matar a sus padres, habló de su delito con esa mujer que el mundo conoce por su búsqueda de los asesinos de sus hijos. Schoklender baja la voz, baja la cabeza: estoy pasándome algún lÃmite.
–No.
Dice, y no dice nada más. Hay un silencio. Yo le digo que él sabrá mejor que nadie que resultaba muy extraño ese encuentro entre alguien que peleó por sus hijos con alguien que mató a los padres, y él repite como si no me hubiera oÃdo:
–No, nunca. Nunca fue un tema que habláramos. Jamás me lo preguntó.
–¿Y vos qué pensás?
–Nada, no tenÃa que ver con eso. TenÃa que ver con que se encontraba con alguien en quien podÃa confiar. Que ponÃa todo lo que tenÃa al servicio de ella, que le explicaba las cosas, que trataba de darle coherencia a un discurso muy lleno de baches. Y asà ayudé a construir un mito, a sostener un mito. Y bueno, después los mitos se te caen encima. Los Ãdolos tienen pies de barro y siempre se caen; el problema es cuando se te caen encima.
Dice, amargo. Pero, para eso, entonces, todavÃa le faltaban quince años.
Cuando salió de la cárcel, Sergio Schoklender se transformó en el ladero más persistente, más inesperado, más criticado, más fiel de Hebe Pastor de Bonafini. Su actuación con las Madres de Plaza de Mayo produjo ciertos conflictos –discusiones, gente que se fue– pero también, dice, muchos beneficios.
–En el libro escribÃs que el proyecto que llevaban adelante con las Madres “era revolucionario. Nuestro objetivo era la revolución, la única salida lógica era la lucha armadaâ€, decÃs. “En la universidad guardábamos de todoâ€.
–Ah, de todo. SÃ, era impresionante. TenÃamos de todo.
–¿Qué es de todo?
–Armas de todo tipo, pistolas, ametralladoras, granadas, plástico, lo que pidas. Visto ahora es un delirio; visto en plena época del menemismo era la única salida lógica: habÃa que generar una resistencia. Ubicate en pleno menemismo, con toda la impunidad que tenÃan. Me acuerdo del lugar donde tenÃamos guardadas las cosas, que era un pozo en el sótano de la universidad: la ubicación precisa la conocÃamos dos o tres compañeros y Hebe, y nadie más.
–¿Y si alguien le preguntara a Hebe si eso es cierto, ella dirÃa que sà o que no?
–Nooo. Ella de eso no se va a hacer cargo ni abajo del agua… Y fue un problema enorme que, cuando se arma esta alianza con el kirchnerismo, hubo que sacar todo.
Dice, y recuerda el momento en que Hugo Chávez fue a ver a Bonafini a la sede de las Madres y le dijo que el comandante Fidel le pedÃa que apoyara a este presidente nuevo, casi desconocido, de quien ella habÃa dicho, poco antes, que era “la misma mierda que todos los demásâ€. Y cómo ella lo escuchó y le ordenó que pidiera una audiencia en la Rosada y cómo quedó prendada por la acogida de Néstor y Cristina, y cómo todo cambió tanto desde entonces. Todo, tanto.
–Y sÃ, hubo que desarmar una estructura en la que habÃamos estado trabajando, en la que muchos compañeros habÃan puesto muchas expectativas.
A partir de ese momento, las Madres de Plaza de Mayo –y, sobre todo, Hebe de Bonafini– empezaron a tener un lugar destacado en la liturgia oficial: no habÃa acto o acontecimiento importante que no la tuviera como invitada de honor. Las Madres fueron una instancia de legitimación que el gobierno nunca desdeñaba.
–¿Pero habÃa un plan militar? ¿Cuál era?
–La idea era mandar compañeros a formarse con las Farc en Colombia, con los zapatistas en Chiapas, y que después esos compañeros pudieran venir con alguna formación y comenzar un trabajo, digamos, foquista en algún lugar. Ese era el único modelo posible, no veÃamos otra salida. Era impensable que el paÃs se iba a recuperar en ocho años, quién se podÃa imaginar eso.
Yo le digo que no lo sabÃa, que nunca lo habrÃa imaginado. Y que siempre me intrigó –y lo he escrito varias veces– que ningún deudo de las vÃctimas de la dictadura haya intentado la venganza: que la Argentina estaba llena de asesinos sueltos y que finalmente no habrÃa sido tan difÃcil atacar a alguno, y que por eso me habÃa sorprendido menos cuando leà que él, Sergio Schoklender, habÃa planeado el secuestro de Massera.
–En 1999, 2000, tenÃamos todo preparado para ir a secuestrarlo: le habÃamos hecho inteligencia, sabÃamos cómo se movÃa, por dónde, tenÃamos todo preparado. Mi fantasÃa era hacer algo muy parecido a lo que después fue esa pelÃcula, El secreto de sus ojos, ¿no? Lo agarrábamos y se perdÃa, nunca más. Yo querÃa que el enemigo recibiera el mensaje de lo que significaba la desaparición, que supiera cuál era la sensación de estar desaparecido, que nadie sepa si alguien está o no está, si vive, si está muerto. Decirles esto es lo que hicieron. Y encima a Massera, que era tan emblemático. Pero ahà Hebe se opuso, y al final se demostró que tenÃa razón, la historia le dio la razón. Después las leyes de impunidad se derogaron, un montón de milicos están presos y procesados. Pero en esos años era impensable que eso sucediera en la Argentina. Y ese viraje fue gracias a Néstor. Visto desde ahora me pregunto si, en el caso de que algunos de estos grupos delirantes, incluso el nuestro, que no pasó de ser un embrión, hubieran llegado a hacer algo, si eso no habrÃa debilitado la posibilidad de un cambio institucional tan profundo como el que hubo.
Dice, reflexivo, y le digo que más me sorprendió que, en su libro, cuente cómo, en los años noventas, cuando se quedaban sin plata para pagar el funcionamiento de las Madres, “salÃan a recaudarâ€:
–SÃ, cuando tenÃamos que salir a recaudar, salÃamos a recaudar como en los viejos tiempos.
Dice, marcando las palabras, con un amago de sonrisa.
–¿Qué querés decir? ¿Cómo eran los viejos tiempos?
–Y, choreo. En negocios, en supermercados más bien. Tratábamos de que fuesen lugares que representaran más la concentración oligárquica, no la farmacia de la esquina.
–Pero nunca firmaron sus acciones.
–No, no. No, porque era temprano.
–¿Temprano?
–SÃ, era temprano para que saliera a la luz una organización que no tenÃa un referente polÃtico todavÃa.
–A mà me impresionó leer que habÃas escrito eso. ¿Te imaginás los tÃtulos de mañana o pasado: “Las Madres de Plaza de Mayo se financiaban con plata de asaltos a mano armadaâ€?
–Pero es verdad.
Dice Sergio Schoklender, como si eso fuera todo y, por un momento, tiene una rara candidez en la mirada.
–Es verdad. Hebe lo dijo una vez en la Plaza, hace unos meses, cuando estaban los trabajadores que le reclamaban los sueldos les dijo vayan a reclamarle a Shocklender que se robó todo. Después a la semana siguiente, cuando volvieron a reclamar, les dijo yo no voy a salir a robar como Shocklender para pagarles el sueldo.
–Pero todos entendimos que lo que estaba diciendo era que le habÃas robado a ella, no que habÃas robado para ella…
–No, no, dijo yo no voy a salir a robar como Schoklender para pagarles el sueldo. Está bastante claro.
–¿Vos decÃs que estaba hablando de esas acciones?
–A ver… Con ella era: Hebe conseguimos la plata; bueno, yo no pregunto, no me digas nada. Pero habÃamos hablado y acordado explÃcitamente que si algún dÃa me pasaba algo, ella no tenÃa que saber nada y se tenÃa que despegar.
–¿Y por qué salÃs a decirlo ahora?
–Porque creo que es justo. Primero porque estoy pagando el haber sostenido un mito y estoy tratando de reparar algunas cosas. Porque creo que hubo muchos compañeros que se jugaron durante años para sostener esta estructura que ahora la hizo mierda, la destruyó, no quedó nada. Nos jugamos muchos por las Madres y por Hebe, pusimos el pecho en serio, no a medias.
Sergio Schoklender piensa, busca las razones –que deberÃa haber definido de antemano. Yo le pregunto si, al decir esto, no se está autoinculpando: si no puede aparecer un juez que diga bueno, este señor dice que salió a robar, voy a investigarlo. Él me mira como si no lo hubiera imaginado y me dice que no, apenas displicente, casi cool:
–Naaa. Primero tendrÃa que encontrar un hecho concreto… y además ya está prescripto.
–Quizá. A mà me pareció raro, como que te ponÃas en un lugar de mucha exposición, de cierta fragilidad al decir eso.
Entonces me mira con curiosidad, como quien ve de pronto algo, arquea las cejas, pita, sopla:
–Bueno, hay un montón de cosas que puse en el libro y después a la noche pensando me decÃa uy, esto mejor no lo hubiese dicho… Pero ya está, está ahÃ, y forma parte de la verdad y forma parte de mi vida, casi 16 años entregados ahÃ.
Y es entonces cuando me dice que sÃ, que quizá no tendrÃa que haber dicho eso y se queda pensando y parece que está diciendo la verdad. Todo es posible.
Hace dos años, Miguel Russo le preguntó a Hebe Pastor de Bonafini “cuál era la persona más maravillosa que habÃa conocido representando a las Madres por el mundoâ€. Y ella le contestó que “Evo Morales, impresionante, nadie sabe lo que es capaz de hacer. Y después, al lado de nosotros, Sergio Schoklender, un tipo entregado cien por cien a la tarea. El dÃa, para él, tiene 30 horas, y todas laborables. Alguien que nunca quiere nada para él.†Alguien que nunca quiere nada para él, decÃa, subrayaba. Y contaba que, después de conocerlo en la cárcel “empecé a quererlo como un hijo, lo traje a vivir acá, a mi casa. Y es una máquina de trabajar, a la que se suma una inteligencia sin igual. Él hizo el proyecto Sueños compartidos que el gobierno tomó como propio. Estamos a punto de firmar el convenio con todas las provincias, porque nosotros no tenemos plata, entonces el gobierno tomó el proyecto pero nosotros lo que le pedimos es que sea como queremos nosotros, con escuelas, con comedores, con jardines maternales pero con gas, luz, agua y cloacas, porque no se puede construir un barrio para que esté como antes. Ya lo estamos haciendo en Tartagal. Y eso es toda una idea de Sergioâ€, decÃa, en marzo de 2009, Hebe de Bonafini.
Y, en esos dÃas, Jorge Fontevecchia le preguntaba a Schoklender cómo definirÃa su relación con ella: “Es como una madre para mÃ: me cocina, me reta si no como, si le desordeno, si no me cuidoâ€, dijo él. “Y además es una relación muy particular porque, junto con todo el afecto, te baja lÃnea polÃtica desde que te despertás hasta que te acostásâ€.
Pero en mayo de 2011 la relación se rompió –con el ruido apropiado. Al principio, las dos partes trataron de presentarlo como una separación amistosa, de mutuo acuerdo: Schoklender decÃa que “renunciaba para tener más tiempo para sus proyectos personales†y Bonafini que él “estaba de viajeâ€. En pocos dÃas, las acusaciones mutuas fueron escalando, y las denuncias de periodistas y diputados sobre desvÃos y corrupciones y lavado de dinero; eran, además, tiempos electorales, y el gobierno empezó a preocuparse. Cierta prensa decÃa que el programa Sueños Compartidos habÃa sido una estafa, una forma de desviar dineros públicos, y apuntaba a Schoklender pero también a Hebe de Bonafini. Entonces Bonafini dijo que eso era cosa de Meldorek, una empresa que ella no conocÃa –dijo, hasta que aparecieron fotos y videos de ella inaugurando cosas con carteles que decÃan Meldorek. Meldorek era, en efecto, la empresa que construÃa las casas para la Fundación Madres de Plaza de Mayo, y Schoklender era o es uno de sus dueños. Su capital pasó, en 2006, de 12.000 pesos a dos millones. Al principio, Schoklender dijo que la empresa no era suya; después aceptó que era uno de sus dueños.
Todo se emporcaba, y se cruzaron acusaciones de dineros sucios: que Schoklender robaba, que las Madres tenÃan cuentas sin declarar afuera. Ella dijo que “Sergio Schoklender es un traidor y un ladrón y un pobre tipo†y, cuando un periodista le preguntó si se iban a defender en la justicia, lo miró cual busto enfurecido y le dijo que no tenÃan nada de qué defenderse: “¿De qué nos van a acusar? ¿De haber dado la sangre de nuestros hijos para hacer esta patria maravillosa que tenemos?â€, dijo, usando una vez más la historia y la sangre para desviar las discusiones del presente.
Él, mientras tanto, dijo que “Hebe dejó de defender principios para pasar a defender a un partido†y rechazó las acusaciones de enriquecimiento y dijo que nunca se llevó ni un peso. Y lo repite ahora:
–Yo no me llevé ni un peso. Pero sà hubo plata que se usó para gastos de la Fundación, ordenados por las Madres. Es el sistema que te decÃa, de cómo funciona la polÃtica. Yo, aparte de construir, con esa plata tenÃa que mantener a las Madres, los actos partidarios, los afiches, los caprichos de Hebe, los caprichos de su hija, las casa de su hija, los centros culturales, la radio, la universidad de las Madres, los viajes, los choferes, la camioneta… TenÃa que hacer milagros.
Tiempo después, ahora, Schoklender dirá que la pelea vino porque estaban dejando de renovar los contratos y habÃa 6500 familias que se iban quedando sin trabajo.
–Y yo lo planteo, insisto, pero veo que no pasa nada, todo se demora. Entonces Hebe me dice que si no se renovaban los contratos era porque Cristina no querÃa.
Dice, entorna los ojitos. Schoklender tiene los ojos achinados, los entorna como si ver fuera un trabajo duro. Y dice que “todo empezó a arruinarse con la muerte de Néstorâ€.
–Acá hubo un antes y un después con Néstor. Néstor era el tipo que siempre tenÃa una puerta de atrás por dónde entrar en cada ministerio. Es decir, de pronto estaba el ministro, pero él designaba un subsecretario para tal área que le respondÃa totalmente, que le servÃa para controlar el asunto. Entonces nosotros le mandábamos a decir mirá, nos están cagando, no nos firman, no nos redeterminan los precios, tenemos que echar gente, y él levantaba un teléfono y al dÃa siguiente aparecÃan los nuevos contratos firmados. Mi relación no era directamente con él, mi relación era a través de Zanini. Pero cualquier cosa que yo le hacÃa llegar, él automáticamente la recibÃa y lo resolvÃa. No porque me quisiera, sino porque realmente creÃa en el proyecto. Por eso cuando Cristina comienza a gobernar, se nos corta un interlocutor. Y cuando Néstor muere, Cristina pasó tres meses sin saber dónde mierda estaba parada. Lo único que tenÃa eran unas breves apariciones públicas para ver cómo le recortaban el paso a AnÃbal y a Alicia, que habÃan hecho una alianza muy fuerte. Y con unas depresiones muy grandes, que no sabÃan cómo levantarla, dÃas enteros llorando. Curiosamente reaccionaba más por la bronca, cuando le decÃan mirá que fulano está haciendo tal cosa, ahà juntaba fuerzas y salÃa adelante. Su pequeño entorno de interlocutores eran Zanini, Parrili, de Vido, Nilda Garré, pero en todos los ministerios las segundas lÃneas de Néstor no le respondÃan ni al ministro ni a ella. Y en esa situación se producen los mayores descalabros. No nos pagaban, nos encontramos con todo tipo de obstáculos. Envidias, peleas de poder, gente que sentÃa que nuestra forma de trabajar los dejaba en descubierto…
Dice Schoklender, y que por eso decidieron cargárselo: porque con su trabajo dejaba en evidencia los márgenes enormes que muchos sacan, y la mala calidad de las rutas o las escuelas o las casas que construyen, y que por eso y porque no pagaba los retornos acostumbrados se empezó a poner en contra a mucha gente.
–Es que nuestras obras eran de primera calidad y costaban la mitad; con eso les estaba tocando el culo a muchos. Y no pagaba sobreprecios, no pagaba coimas. Ahora me dicen que yo tendrÃa que ser más realista y algo tendrÃa que haber repartido. ¡Pero qué iba a repartir si todo lo que sobraba tenÃa que sostener todo el resto!
Y que, para colmo, dice, organizaban pobres, dice:
–Cuando nosotros trabajábamos en los barrios más marginales, veÃas esa transformación del hombre y esa mujer que venÃa del sometimiento, de la prostitución, del analfabetismo, de la explotación y el abandono y vos no los extraditabas detrás del paisaje, sino que los ayudabas a seguir creciendo, y transformabas su realidad cotidiana. Y, después hacerlos volver para atrás es muy difÃcil. Yo no apostaba a esos trabajadores, yo apostaba a los hijos de estos trabajadores que habÃan podido ver a sus padres con otra realidad y que iban a ser capaces de pensar qué modelo de transformación era necesario para que esto continuara. Y Néstor valoró este proyecto, lo reconoció, entendÃa el impacto que iba a tener. A Néstor no lo asustaba que fuesen 10 mil, 20 mil trabajadores organizados. A Cristina sÃ, y ni hablar al entorno de la dirigencia kirchnerista. Y ese crecimiento polÃtico y ese nivel de organización asustó a muchos, y yo no tenÃa miedo de decirle a nadie lo que hubiera que decirle y de pelear por el proyecto con quien fuera. Asà que alguna gente se dejó convencer de que sin mà todo iba ser igual pero mejor, y se vino la noche.
–¿Y por qué decÃs que a Cristina la asustaron esos trabajadores organizados?
–Porque Cristina se maneja con otros parámetros. Yo creo que la primera vez que Cristina vio un pobre fue con las obras de la Fundación. La primera vez que la abrazaron los trabajadores fue cuando fue a las villas con Hebe a inaugurar una obra. Me acuerdo que el entorno, la seguridad, los secretarios estaban aterrados, y ella se animó, asÃ, tÃmidamente, y vos la veÃas que era la primera vez que estaba rodeada de esa intimidad de gente transpirada, con cascos, ropa de trabajo, hombres y mujeres que la abrazaban y le traÃan un regalito, y vos la veÃas que no era lo suyo.
Y que por todo eso, dice, y las peleas y las envidias y las apetencias de poder, terminaron por cargárselo. Es una historia. Hay otras: cada cual cuenta una.
Asà que en pocos dÃas Sergio Schoklender se peleó con su madre adoptiva y con su hermano de sangre, Pablo –que colaboraba con él en la Fundación–, y quedó en el centro de un proceso judicial. Y quedó, sobre todo, un poco solo.
-De alguna manera me lo tengo merecido, siento, ¿no?
–¿Qué?
–Este cachetazo que ella me da. Mi esposa, mi ex esposa, siempre me decÃa Sergio, Hebe se lo hace a todos, algún dÃa te lo va a hacer a vos. Ella peleaba mucho para que nuestro hijo, Alejandro, no se acercara tanto a ella, porque algún dÃa lo iba a repudiar, me decÃa, iba a ser muy doloroso para él. Y yo le decÃa es imposible, es su nieto, lo adora, la abuela soñada de cualquier nieto. Y era abue y se llamaban, hablaban, por lo menos una vez por mes él se quedaba en la casa de ella. Y de la noche a la mañana fue el repudio más absoluto, el desconocimiento, un momento tan doloroso: quince años de mi vida puestos ahà a pleno. Fueron quince años de mi vida que si hacÃa falta pagar la luz salÃamos con un fierro en la cintura a buscar plata para sostener lo que las Madres necesitaban. Y de la noche a la mañana, un cachetazo en la cara, diciéndome…
Dice, y se calla. Dice diciéndome y no quiere decir traidor, ladrón, pobre tipo. Dice diciéndome y se calla.
–Pero esta misma situación yo antes la vivà y se la toleré y me callé frente a infinidad de compañeros que pasaron por la vida de Hebe y que después por algún problema de protagonismo o de cartel o de capricho o de que en una marcha le habÃan hecho una nota a él y no a ella terminaron radiados y repudiados, después de dejar años de su vida ahÃ. Y frente a muchas de estas situaciones, yo tampoco fui capaz de levantar la voz y poner un lÃmite firme. Y hoy me pasa lo que les pasó a tantos.
Schoklender mira el cigarrillo, la mano que le tiembla, y dice que de la noche a la mañana recibió ese cachetazo que le hizo entender que él no era, como creÃa, distinto: cualquier psicólogo hablarÃa de la herida narcisÃstica y de ciertos mecanismos de defensa. Yo no, pero sà de que es duro cuando te pasan esas cosas que uno cree que sólo les pasan a los otros –morirse, por ejemplo.
–SÃ, uno siempre piensa que es distinto y, de pronto, te ves en ese lugar donde habÃas visto pasar a tantos en la vida de Hebe, y ves que sos uno más de todos esos…
Dice, melancólico. Siempre es duro ser uno más.
De todos esos.
Le ofrezco un puro: me traje un par de puros, pensando que si la charla se hacÃa larga le iba a ofrecer uno: siempre es bueno compartir algún humo. Schoklender lo mira con interés, como pensando en algo que quizá no me cuente. En el piso de abajo su hijo juega a la play; Schoklender está preocupado porque tendrÃa que ocuparse de que estudiara matemáticas –y su mujer ex mujer le puede reprochar que no lo haga. Suena el teléfono, habla con alguien que le pide algo, le dice que sà pero no todavÃa; cuando cuelga le pregunto por qué cree que ella –con decir ella alcanza– hace las cosas que él dice que hace.
–Ella logró llegar a un lugar de reconocimiento de la dirigencia polÃtica, y a caminar por lugares por donde jamás se hubiese imaginado. Que entre a la Casa de Gobierno y que Néstor, Cristina, los ministros la inviten personalmente a todos los actos públicos… Me acuerdo cuando vino el de los Emiratos Ãrabes yo le decÃa Hebe, mirá que éste es un esclavista, es un hijo de puta. No, no, Cristina me invitó, yo tengo que ir, decÃa. Ella siempre fue muy susceptible a la adulación. Asà fue como se rodeó de toda una banda de parásitos aduladores, asà fue expulsando a todas las Madres capaces de cuestionarle algo y terminó monopolizando la imagen de la Madres de Plaza de Mayo, asà fue incapaz de sostener a HIJOS dentro de Madres, a ex Detenidos, a Familiares, o a Abuelas, o de valorar otras formas de lucha. Terminó rodeada de obsecuentes, y pasó de ser la mujer que viajaba todos los dÃas en colectivo hasta la Plata a ser la mujer que si no viaja en primera, no te viaja. Hebe terminó tercer grado nada más, y pasó a ser una mujer que leÃa tres libros por dÃa, se nutrÃa. En una formación donde yo colaboré un poco, pero una formación muy despareja, donde te decÃa estos negros de mierda que se vayan a mendigar a otra parte; uy, que no te escuchen. O armarse una ensalada entre lo que era la defensa del pueblo palestino y la defensa de Hezbollah o Al Qaeda o el antisemitismo y, entonces terminaba hablando del judÃo de mierda.
–“Hebe era una mujer muy primitiva, de muy poca educación. TenÃa muchas flaquezas humanas y yo era una máquina de tapar sus baches: habÃa decidido sostener esa imagen falsaâ€, decÃs en el libro.
–Cuando me voy encontrando con esta realidad de ella, ya era mucho lo que habÃa hecho. HabÃamos organizado una biblioteca, la universidad, el centro cultural, la radio, un montón de cosas que me parecÃan valiosas. Me acuerdo que con Viviana vivÃamos en un departamento atrás de esta casa, y lo hipotecamos para poder pagarles los viajes a declarar en la Audiencia Nacional con Garzón. Porque Hebe a eso no le daba bola a eso, porque no lo entendÃa, no lo sabÃa. Pero vos fÃjate que de ahà salieron cosas como la detención de Pinochet. Y después lanzamos el proyecto de la construcción…
Sueños Compartidos empezó en 2006: un programa de construcción de viviendas populares con un par de caracterÃsticas distintivas. Por un lado, la decisión de contratar a pobladores pobres de las zonas donde trabajaban:
–No sabés lo que fue para mà la satisfacción de ver a esas 6.500 familias rescatadas de la marginalidad más absoluta. Vos pensá que para el 90% de esos trabajadores era el primer trabajo formal que habÃan tenido en su vida, gente totalmente indocumentada, que por primera vez pasó a ser ciudadana cuando le tramitamos su DNI, después el cuit, después un recibo de sueldo, que los sacamos de la calle, de cartonear o de andar juntando basura o de andar vendiendo droga o estar en la prostitución o de ser carne de estas organizaciones sociales entre comillas, de vivir del plancito, en los micros para los actos, como único trabajo. Que les dimos dignidad, les dimos alfabetización, un oficio… Y de la noche a la mañana, ¡pum!, toda esa gente que trabajaba con nosotros se quedó colgada de la brocha, pataleando en el aire. Esa gente no tiene red. Nosotros sÃ, nosotros vamos a sobrevivir, de alguna manera vamos a seguir. Pero ellos …
Por otro lado, dice después, está el sistema de construcción, su gran orgullo, que les permite trabajar rápido y bien, construir casas mejores y mucho más baratas.
–Y bueno, el precio para seguir adelante era sostener ese mito. Si vos querés, era tratar de darle un sentido más actual y más coherente a la lucha por los derechos humanos. Tratar de utilizar la potencia que tenÃa el sÃmbolo para construir algo, no para destruir todo el tiempo. Y el precio era sostenerla a Hebe. Y qué sé yo, hicimos mucho. ¿Está bien, está mal? No sé. Hemos hecho cosas increÃbles, he compartido con ella vivencias increÃbles. Pero por otro lado, ¿cuánto de eso era verdad? No sé. Ahora no lo sé.
Cuando estalló el escándalo la estrategia del gobierno fue la más simple: correrse de un escenario incómodo y presentar todo el asunto como la lógica traición del parricida. Para eso tenÃan que olvidarse de que el parricida habÃa sido, durante años, un invitado permanente. Y el parricida puteaba pero, en esa discusión, ¿a quién le creerÃan más personas, a la Gran Madre o al Asesino de la Suya?
–Es muy menor, pero me llamó la atención que en tu libro dijeras que los 30.000 desaparecidos en realidad fueron 15.000, porque…
Le digo, y me interrumpe, atropellado:
–Eso es lo que me contaba ella, no lo dije yo. Ella me lo contaba como secreto, no sé, estábamos reunidas con otras madres y entonces como la Conadep dijo 15.000 yo salà a decir que eran 30.000, dijo, y 30.000, y 30.000, y quedó 30.000. Da lo mismo que sean 30.000 o uno, es obvio que uno solo es demasiado. Pero ella terminaba siendo la primera que habÃa ido a la plaza, la que sabÃa esto y lo otro, la que te marcaba las fechas, la cantidad de los desaparecidos, quiénes eran buenos y quiénes eran malos, quiénes eran traidores y quiénes no… Siempre primereando, se enfermaba si veÃa que le ocupaban el escenario. La postulación de Estela de Carlotto para premio Nobel la puso verde, no sabés cómo estaba…
Sergio Schoklender sabe que no le resulta fácil que le crean. O, mejor dicho: fácil que no le crean. No se engaña: sabe quién es –para millones de argentinos. Es rara esa combinación de hombre duro, pesado, que puede jactarse de sus peleas en la cárcel o un asalto pero que sabe, al mismo tiempo, que tiene lÃmites fuertes, una debilidad muy clara. Aún en sus mejores momentos, cuando Hebe de Bonafini lo impulsaba a tener más protagonismo en los actos de las Madres, él se negaba:
–Yo siempre jugué de monje negro, porque entendÃa que no sumaba, que ella sola ya se ocupaba de hacer vulnerables a las Madres. Hebe podrÃa haber sido prenda de unión de la dirigencia polÃtica argentina en determinado momento, o por lo menos de todos los sectores progresistas. Bajo el pañuelo de las Madres, ella podrÃa haber hecho la gran convocatoria. Y en cambio fue la gran convocatoria de sà misma.
TenÃa razón: su mujer ex mujer sube a preguntarle por qué no se ocupó de que su hijo estudiara matemáticas en lugar de jugar con la play; Schoklender le contesta tÃmido, le pide disculpas. Después prepara más café, seguimos, en el humo de los puros:
–A mà ya de por sà me pegaban por el tema de parricida, de asesino. Si encima yo aparecÃa como la voz de las Madres, les iban a pegar más. De hecho hubo madres que se fueron porque estaba yo, es una realidad. Si ya con los exabruptos de Hebe alcanzaba para que le pegaran a las Madres. ¿Cuántas veces las Madres se han comido crÃticas por eso? Si encima la cara visible era Sergio Shocklender… bueno, era pesado. Tampoco era un lugar que me gustara. Jamás tuve esas aspiraciones. A mi dejame con las experimentaciones, laburo con los barrios, las villas, organizar. Yo creo que puedo generar las condiciones para que otros sean los protagonistas a futuro. Soy un idealista en ese sentido, creo que podemos construir un mundo distinto para dejarle a mi hijo, una herencia, un proyecto. Pero con lo otro no me siento cómodo.
Yo tampoco: le tengo que preguntar, de algún modo, por el asesinato de sus padres. Ya es hora. Pero no sé cómo: me da pudor, no veo por qué tendrÃa derecho –yo, cualquiera– a preguntar cosas como ésa. Y sin embargo no puedo no hacerlo. Intento, por el momento, formas muy laterales:
–¿Y cómo es cargar con esa historia? La sensación de que todos tus compatriotas te piensan primero como un tipo que mató a los padres, digo, más allá de que lo que haya pasado…
–Pesado, muy pesado. En alguna época yo vivÃa tratando de convencer a todo el mundo de que era bueno. Hasta que dije bué, más vale hago lo que se me ocurre, y a otra cosa. Pero es pesado, en cualquier momento te podÃas encontrar con alguien que te podÃa rajar una puteada…
–Pero, digo, más allá de la cuestión pública, de estar delante de gente que te puede decir esto o lo otro, ¿para vos, frente a vos mismo, cómo es cargar con todo eso?
Su voz se va haciendo cada vez más oscura, grave, baja. Una mano en la frente, la otra en el cigarro, y dice que es pesado, pesado, y va a seguir siendo pesado hasta el último dÃa de su vida –y creo que lo dice en serio. Que habla en serio.
–Muy duro. No desaparece, ni va a desaparecer nunca. Siempre hay una cosa reparadora en uno, de querer dejar algo mejor para el futuro, ayudar, hacer el bien, sentir que tenés una deuda con la humanidad, con la vida, que no se va a ir nunca. Pero bueno, qué sé yo…
Dice, y espanta con la mano. Debe ser espantoso tener que volver –no tener más remedio que volver– una y otra vez a esas mismas dos horas, a un momento que, desde hace 30 años, te marca la vida: que, por más que hagas, sigue siendo lo que te define. Yo sigo dando vueltas:
–Estuve leyendo sobre la muerte de tu padres. Hay cosas muy raras. ¿Es verdad que quisiste huir a caballo?
Schoklender me mira seco, para dejar las cosas claras. Me pregunto si asà miraba en Devoto, en Caseros:
–De toda esa historia, toda esa parte, yo no hablo
Y después, para suavizar el corte brusco: que no habla porque es muy doloroso. Se oye, al fondo, el ruido de unos pasos subiendo la escalera.
Su mujer ex mujer llega entre dos pacientes, hablamos de pavadas. Sergio Schoklender disfruta el puro, lo chupetea, lo mira; después ella se va. En su libro, él dice que “todo entrevistador tiene su precioâ€; yo le pregunto cuándo me va a pagar el mÃo. Se rÃe: reÃrse suele ser una salida. Pero Schoklender cree saber que los medios argentinos “viven de la extorsión y de la compra de los espacios por parte de la dirigencia polÃticaâ€.
–Todos tienen que aportar para que no hablen mal de ellos. Si vos sos gobernador o intendente de una ciudad grande y no aportaste tu cuota mensual, mañana salen artÃculos pegándote o, mejor dicho: mostrando la realidad de tu provincia, escrachándote a los cuatro vientos. Solo para que no te mencionen, tenés que pagar. Y eso lo aprendà tarde, eh. Yo cuando empecé en esto era el tipo más ingenuo del planeta, no conocÃa nada. Yo me acuerdo de estar con alguna consultora, por ahà Doris Capurro, que está como una gran asesora de Cristina, y escuchar que la llaman por teléfono y cómo, ¿todavÃa no te llegó lo de este mes? Ah, esperá que ya lo llamo, y llamar al gobernador tal para decirle que no habÃa mandado la cuota para el medio tal del aporte mensual de publicidad oficial… Eso es para que no hablen mal. Si vos además querés que hablen bien, y empezar a existir en el imaginario popular, ya es otro precio distinto. Dos lÃneas en un diario, donde se mezcla la necesidad de este modo de hacer polÃtica con el narcisismo que todos tienen, son precios altos. Esas dos lÃneas son carÃsimas. Y asà es, en general, el tipo de periodistas y de prensa que tenemos.
–Sin embargo, cuando las Madres hicieron aquel “juicio ético a los periodistas†dijiste que no estabas muy de acuerdo.
–Yo no estaba de acuerdo en esas movidas de Hebe. Eran medidas consensuadas con Mariotto para pegarle a tal grupo, al grupo ClarÃn, a fulano o mengano, y aprovecharlo como una tribuna para salir en defensa de la ley de Medios y en contra de fulano de tal, y no una reivindicación de otro modo de hacer periodismo y de hacer justicia. Y esta cosa indiscriminada de Hebe de son todos una mierda, no sumaba nada. Pero era su manera, ella siempre redoblaba la apuesta. Por supuesto desde el gobierno la alentaban, le daban manija. Cuando la llamaban y le decÃan Néstor y Cristina te vieron, se emocionaron, se les caÃan las lágrimas con lo que decÃas, te podés imaginar que ella se hinchaba como un pato. Y al dÃa siguiente, quién carajo le pone el bozal…. SeguÃa diciendo boludeces.
–DecÃas que Néstor era el que alineaba los medios.
–Néstor era el que los llamaba y les decÃa déjate de joder con este tema porque te corto las patas, te saco la pauta oficial y además te volteo tres empresas.
–¿A ClarÃn?
–A ClarÃn, a La Nación, a Haddad, todos los medios. En el caso de Cristina es distinto. Porque Néstor te utilizaba la caja más el poder polÃtico. Cristina delegó todo eso en Abal Medina, y él maneja con pauta: te retraso los pagos, te libero los pagos. Pero no es lo mismo Abal Medina que Néstor, claro. Hoy verlo como jefe de gabinete es un escenario trágico, al 2015, porque no veo recambio. Te pueden construir un candidato mediáticamente todavÃa, pero no hay una generación polÃtica y una organización. No hay debate de ideas. No hay un proyecto de paÃs.
–Bueno, hay una generación que se plantea como el recambio para 2015. Los muchachos de la Cámpora…
Le digo, porque en su libro dice que son “montón de yuppies que quieren tener su oficina, una secretaria con minifalda, auto con chofer y sueldos disparatadosâ€. Schoklender se exalta y dice que son pendejos que no tienen la más puta idea de nada. Violeta, la perra, quiere que le tiren la pelota, ladra, salta.
–Son pendejos que no tienen la más puta idea de nada, que no tienen historia de militancia. Son pendejos que lo único que les interesa es garantizarse un sueldo, tener un pequeño séquito y se matan por tener más puestos para repartir y tener gente a su cargo. Esa es la polÃtica que nos están dejando para el 2015. El problema no es el hoy, el problema es que no hay una construcción polÃtica y una apuesta a largo plazo en este paÃs. Son tantas las miserias que no hay polÃticas a largo plazo. No hay un plan estratégico, no hay un plan quinquenal; te la dibujan, pero la realidad es que sobrevivimos porque somos un paÃs increÃblemente rico, 40 millones de gatos locos y porque venÃamos de una devaluación salvaje. Pero no hay un proyecto de paÃs que nos convoque y que nos una a todos, no hay una propuesta. Nunca Cristina –ni Néstor– se levantaron a decir esto es lo que queremos en educación, en salud, en vivienda, esta es la propuesta, tenemos que generar un consenso en esta dirección.
Pero Néstor, dice, fue un tipo con unos huevos como ninguno, capaz de enfrentarse a los grandes grupos, el tipo al que le debemos no estar en el ALCA, el que le dio impulso a la alianza con Brasil, que le dio dignidad a la polÃtica internacional argentina, que le hizo frente al Fondo Monetario Internacional.
–No, los méritos de Néstor son incontables, con todos sus defectos como ser humano y de su modo de hacer polÃtica.
Y que Néstor, otra vez, tenÃa unos huevos asà de grandes y pudo hacer tanto aunque, por supuesto, insiste, él también estaba metido en todo este kilombo.
–¿Qué querés decir, metido en todo este kilombo?
–A Néstor no se le escapaba nada. Néstor estaba al tanto de todo. Él arranca de menos diez, sin un caudal polÃtico propio, sin recursos, sin estructura. Vos en cada lugar donde ibas te encontrabas con funcionarios que habÃan estado con Menem, o Duhalde y ahora son kirchneristas. Es el caso como el Vasco, el intendente de Exaltación de la Cruz. Yo le pregunté un dÃa pero vos Vasco al final con quién estas. Y el tipo decÃa yo soy peronista, yo estuve con Menem, con Duhalde y con Néstor; yo soy peronista, decÃa.
–¿Vos decÃs que el sistema de corrupción estaba manejado por Kirchner también?
–Néstor les requerÃa a todos ellos caja, no para el lucro personal sino para el mantenimiento de toda esta estructura y de las organizaciones sociales. Estas organizaciones que fueron punta de lanza, los de D’Elia, los Pérsico, hasta Castells. Todos recibÃan, todos pasan por caja. No digo que se hayan enriquecido a modo personal, pero toda esta estructura clientelar que arman necesitaban financiarla. Y para eso Néstor les pedÃa a todos, por supuesto, y si yo te pido a vos que separés tanta guita, después no te puedo tocar el culo porque también separaste para vos. Y por supuesto, yo como Presidente de la Nación puedo mostrar públicamente que estoy repeleado con los grupos económicos, pero los grupos económicos son parte de la vida cotidiana del paÃs, entonces no me puedo pelear tanto. Me acuerdo que cuando recién asume Macri en Buenos Aires cancela todos los pagos a la Fundación y nosotros tenÃamos el 90 por ciento de las obras acá en la ciudad. Entonces le hacemos un escrache en la casa del Presidente del Instituto de la Vivienda de la Ciudad de Buenos Aires. Después de ahà vamos a escrachar a Petrini, un vendedor de jugadores de Boca que Macri lo habÃa puesto de Director del Instituto de la Vivienda. Ãbamos custodiados con policÃas en moto, con micros que nos habÃan puesto ellos.
–¿Ellos quiénes?
–El Gobierno Nacional. Y de ahà Ãbamos a hacerle un tercer escrache a la puerta del country donde vive Nicolás Caputo, dueño de la empresa constructora más grande del paÃs. Y entonces se ve que el comisario a cargo del operativo avisó, porque me llama López, José, el secretario de Obras Públicas, y me dice Sergio, no, con Nicky no, por favor, ¿cómo van a ir a lo de Nicky? Con Nicky somos amigos, estamos haciendo algunas cosas juntos. Claro, con Caputo tenÃan sus negocios. Arriba, digamos, son todos socios. Néstor podÃa pelearse, pero no podÃa pelearse tanto con algunos sectores.
Para pelearse siempre tuvo, sabemos, a Guillermo Moreno. El secretario de Comercio cumple una función que existe en todas las estructuras: ser el malo que concentra los odios –para que los demás circulen más livianos. En medio de tanto denuesto contra el secretario, me habÃa sorprendido ver, en el libro de Schoklender, su defensa.
–DecÃs que “Moreno es el único incorruptible, intachable, duro y loco como una cabra pero incorruptibleâ€.
–Yo me sorprendà con eso. Moreno es un bicho raro. Es un cuadro peronista, un viejo cuadro peronista de derecha. A Hebe siempre la miraba frunciendo la nariz. Y es el tipo que sigue viviendo en el departamento que compró a través del Instituto de Vivienda de la Ciudad hace no sé cuántos años. Es el tipo que el dÃa que se vota la 125 estaba furioso y se para arriba del escritorio diciendo acá hay que salir a cagarlos a tiros. Si vos no tuvieras un tipo como él, ¿cómo hacés para enfrentar a los grandes grupos económicos? ¿O vos te creés que hay que ir por las buenas, negociando, amable? Es el tipo que no lo he visto –y he estado muy adentro– recibir ni una sola coima, jamás lo he visto liberar un pedido de aduana porque habÃa guita. Lamentablemente lo he visto liberar pedidos de aduana o tomar resoluciones porque Néstor le decÃa que lo hiciera. Realmente era el cuadro, consciente de la verticalidad del movimiento, subordinado totamente a las órdenes primero de Néstor y después de Cristina, pero leal y duro como una piedra. Y de los tipos más interesantes para escucharlos hablar.
–¿Por qué?
–Es un tipo de una formación increÃble, te da un gran panorama del movimiento económico y social, pero lo que pasa es que tiene prohibido hablar.
–¿Y por qué tiene prohibido hablar?
–Porque en algún punto todos son amigos.
–¿Todos quiénes?
–La dirigencia polÃtica y los grandes grupos económicos son la misma ensalada, no es que estén en dos puntas opuestas. Yo siempre recuerdo esa anécdota, que me contaron los tipos que estaban ahÃ, en una reunión con todos los ministros y subsecretarios, y entonces Moreno se para y dice: Muchachos, para estar en el gobierno hay que ser un corrupto hijo de puta o hay que ser un militante o hay que ser un inútil que no consigue otro trabajo. Yo soy un militante, dice, y mira a todo el resto y nadie abre la boca. Un tipo con la autoridad moral para decirle a sus pares yo no choreo, ni para la corona; acato órdenes, de última, en determinados momentos.
Se ve que, de algún modo raro –o no tan raro– lo admira. O, incluso, lo envidia: es alguien que ha encontrado su lugar, su diferencia.
Llevamos horas. Es el cuarto café, afuera empieza a oscurecer, la perra llora y Schoklender le grita, su voz una violencia inesperada. Le pregunto si todavÃa cree que el ataque a las Torres Gemelas no era un acto de terrorismo y me dice que sÃ, que sigue creyendo que fue un acto de guerra que se guÃa por la misma lógica de escalada armada que los americanos llevaron a sus paÃses, pero que nada está más alejado de sus propias ideas que los grupos de fanáticos religiosos de cualquier religión, y yo le digo que es curioso que su imagen pública está muy identificada con lo judÃo y que él en cambio se siente mucho más católico y estudió teologÃa y tiene parientes curas y monjas y me dice que sÃ, pero que esa imagen judÃa, en esta sociedad bastante antisemita, ayuda a su condena.
–Absolutamente. Me pegan por ser judÃo, me pegan por estar con las Madres, me pegan por ser de izquierda, me pegan por ser parricida. Es pesado.
Dice que es pesado: otra vez la voz baja, la cara resignada. Otra vez, el karma de cargar con la fama –o, dicho de otro modo, con la historia. Yo le pregunto cómo querrÃa, entonces, definirse.
–Como un rebelde librepensador.
Dice, casi solemne: como un rebelde librepensador, repite, pero el efecto se pierde un poco porque aparece su mujer ex mujer, que acaba de confiscar la play station y se queja y se rÃe de tener un mantenido charloteando en el play room. Schoklender también se habÃa definido asÃ: parece que en eso están de acuerdo.
–Qué se yo. Yo dirÃa que soy un tipo que tiene principios y los defiende, que trato de ser honesto conmigo mismo todo el tiempo. Que dejé de aparentar, o de querer aparentar. Es decir, me di cuenta de que era imposible: que por más que lo intentara iba a seguir siendo malo, judÃo, judÃo, terrorista, zurdo…
–¿Parricida?
–Parricida, y ahora ladrón, estafador y qué sé yo. Pero la vida es tan larga, da tantas vueltas.
Dice, como quien acaba de descubrir algo. Yo me dejo tentar: he dicho en tantas clases que la entrevista es ese género inverosÃmil en el que uno se siente con el derecho de preguntar a un desconocido lo que no le preguntarÃa a su mejor amigo, y siempre puse el mismo ejemplo: que uno pueda preguntarle a ese desconocido, por ejemplo, si le teme a la muerte. Soy débil, tan firmemente vacilante:
–¿Te da miedo la muerte?
Schoklender me mira con un atisbo de sorpresa, se rehace: sÃ, claro, dice, se limpia los anteojos, suspiro lleno de humo.
–SÃ, claro, cómo no me va a dar. No por un castigo del más allá, ¿no? Por el tiempo. Siempre vivà la vida como que no me alcanza el tiempo para todo lo que quiero hacer. Y me asusta no poder concretar algunas cosas que tengo como sueños. Lo más pesado desde que empezó el kilombo, todos estos años…
Estos años son meses, seis o siete; se lo digo y se rÃe pero amargo.
–SÃ, lo más pesado estos meses es tener que estar sin construir, sin hacer. Estar caminando en Tribunales, boludeando, jugando el simulacro de proceso judicial disparatado. Eso me agota.
Ya vamos terminando, pero se me ocurre decirle que, ahora, a esa lista de sus reputaciones se agregó la de bonvivant, el tipo que vive como un duque con la plata afanada al Estado. Era un comentario; fue el gatillo de media hora de explicaciones detalladas: que su empresa, Meldorek, tenÃa dos aviones para recorrer las 42 obras que mantenÃan en todo el paÃs porque los transportes entre las distintas provincias son muy difÃciles, que él sólo lo usó dos veces para vuelos personales, una vez a Ushuaia y otra a Bariloche con su familia y que igual fue cargado de material para una obra, que nunca fue a Punta del Este, que el avión a veces se alquilaba para ayudar a pagarlo, que nunca nunca nunca tuvo un Porsche o una Ferrari, que nunca nunca nunca se subió siquiera a un Porsche o a una Ferrari, que la casa donde estamos fue hipotecada para pagar viajes de las Madres, que sà compraron unos lotes en un country para dárselos como compensación a los ingenieros y arquitectos que trabajaban para Meldorek por mucho menos que lo que suele cobrarase en esos casos, que él mismo podrÃa haber cobrado muy legÃtimamente un 5 o 6 % de los 1.200 millones que el Estado les dio para sus construcciones por dirección general del proyecto y que no tiene un mango, que la casa de 19 cuartos en José C. Paz. La casa de 19 cuartos en José C. Paz es una historia larga y me la cuenta con detalle: que estaba arruinadÃsma y que que nunca la usaron sino que la compraron para algo que no hicieron y que después firmaron un acuerdo con la provincia de Buenos Aires por un centro de rehabilitación de adictos que tampoco hicieron y asà de seguido. Yo entiendo que esto debe ser muy importante pero no consigo que me interese tanto. Sà me interesa, y se lo digo, que por más que diga lo que diga hay millones y millones de argentinos que lo tienen por culpable. Que no sé si lo es o no lo es, pero que qué se hace frente a eso: un juicio módicamente inapelable.
–No sé, no hay forma. Hay momentos en que parece imposible. Podés ir, contar, mostrar, y no hay manera. Cuando algo se instala no lo levantás más.
Me digo que no me tendrÃa que dar pena. Que él odiarÃa, supongo, dar ninguna pena, y que probablemente tampoco la merezca. Pero me lo repito.
–¿Y entonces, cómo te ves dentro de cinco, diez años?
–Desarrollando tecnologÃa, montando fábricas, produciendo casas, convocando trabajadores y demostrando que las cosas se pueden hacer de otra manera.
Lo dice como si lo creyera, de corrido, enfático.
–¿Y te parece que tenés resto como para reconstruir eso?
–Mil veces. Lo que tengo es el apoyo de la gente. No el apoyo de la sociedad, ni de los medios, ni de la clase polÃtica. Pero sà tengo el apoyo de la gente en los barrios. La gente ha querido hacer movilizaciones para apoyarme, pero yo las he prohibido porque no quiero joderles las pocas posibilidades de trabajo que les puedan quedar. Pero yo vuelvo a los barrios y empiezo a generar trabajo, y las tecnologÃas y las patentes son mÃas y están a disposición de todos. Me veo como que esto va a durar un tiempo, que me va a servir a mà para reflexionar y mejorar la tecnologÃa y desarrollar nuevas cosas, y después me pondré a trabajar y a seguir construyendo. Lo que no saben, es que igual lo voy a hacer. Tardará seis meses, un año. Yo soy un apasionado de la tecnologÃa, de la investigación de nuevas tecnologÃas, y la empresa que armé es una empresa de nuevos sistemas de construcciones de varias ramas. Y todo esto es una etapa más, qué se yo, yo he pasado tantas etapas locas en mi vida.
Hace un par de horas me dijo que era un muerto en vida; ahora desborda de futuros. Estoy por decÃrselo, pero pienso que no vale la pena. Ahà debe haber un formato, un patrón.
–¿A veces pensás que rara es mi vida?
–Bueno, ahora, cuando me hacés recorrerla. Entonces sà me pongo a pensar y me digo qué cosa loca, qué contrastes. La cantidad de cosas que he vivido: de estar en la cárcel a la selva de Chiapas con Marcos a los campamentos del Movimiento sin Tierra a las marchas sobre Brasilia a Belgrado cuando caÃan las bombas o un ministerio o la Casa de Gobierno en un acto público o en el Impenetrable trabajando con la gente, y de pronto ser execrado y maldecido en todos los medios y de pronto trabajar como abogado una época y ahora tener que volver a agarrar los libros a ver cómo era esto… Cuántas cosas, ¿no? Todo es por algo. Todo te enseña algo. La historia se cuenta al final. A veces en el momento uno no le encuentra lógica, pero cuando pasa el tiempo uno se dice esa experiencia me sirvió. No todo suma, hay cosas que restan, que restaron, te podés imaginar que vivimos dÃas de mucha angustia, de mucho dolor, de muchas decepciones. Pero tratamos con Viviana de siempre manejarlo con un poco de ironÃa, de alegrÃa. La gente cree que el tiempo es una cosa lineal y que pasó… Pero el espacio y el tiempo son otra cosa. Yo sigo pensando qué voy a hacer cuando sea grande.
Dice, y se rÃe: yo sigo pensando qué voy a hacer cuando sea grande. Tiene la risa chiquita, como contenida, y lo repite: qué voy a hacer cuando sea grande. Yo pienso en decirle que lo raro es que lo que iba a hacer cuando fuera grande lo hizo siendo muy chiquito, pero me parece que no debo. Me negocio:
–¿Y a veces pensás pucha, la verdad que para ser un tipo inteligente he hecho muchas cagadas?
Sergio Schoklender respira hondo, pita. Me mira como quien busca, pita de nuevo, me dice, tono confesional, que no.
–¿Vos sabés que no me siento que haya hecho muchas cagadas? En general estoy bastante orgulloso de todo lo que hice.
Dice, subraya el bastante, y me dice que nos levantemos. Al lado del play room está su estudio: escritorio de vidrio, silla de cuero negro, unos estantes, computadora, fotos en las paredes. Me las muestra: son sus logros.
–Esto lo hice yo, esto lo construà yo con tres locos amigos…
Dice, y me muestra un monumento a los desaparecidos y me muestra unas fotos en sus construcciones y una foto con el saxo y una foto con su mujer ex mujer y su hijo y los diplomas universitarios enmarcados y otras fotos y repite que no, que él está bastante orgulloso de todo lo que hizo. Y que ahora lo putearán cuando salga el libro y le tirarán con algún otro escándalo pero que, al final, todo pasa.
–De últimas, al final, todo pasa, sabés. Todo pasa.
Dice, y no le creo.
Por otro lado, no querÃa publicar este relato de una larga tarde con quien es, para muchos argentinos, la encarnación del Mal, en un medio argentino: su sentido habrÃa cambiado mucho. Virtuales, extraterritoriales, estas lÃneas son un intento de presentar a uno de los personajes más y menos conocidos de mi paÃs: Sergio Schoklender, el parricida, el preso, el extremista, ahora el estafador. Para los argentinos es un modo de profundizar en una historia muy cercana; para españoles y otros latinoamericanos, una buena aproximación al paisaje de la Argentina actual.
A lo largo de esa tarde Schoklender me dijo muchas cosas que me sorprendieron. Aquà están sus relatos de cómo roba el Estado argentino, de cómo las Madres de Plaza de Mayo se financiaron con asaltos, de cómo los medios se venden a los polÃticos, de cómo Cristina Fernández abandonó el proyecto Sueños Compartidos, entre otros. Si alguien –algún medio o persona– quiere reproducirlos es libre de hacerlo; solo le pido que cite la fuente, o sea: que diga de dónde los sacó.
Para quienes prefieran bajarlo y leerlo off-line o imprimirlo –que de todo hay en la viña del señor–, hay una versión en pdf aquà mismo.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Entonces él dijo que quizá no tendrÃa que haber dicho eso, y parecÃa que estaba diciendo la verdad. Yo lo creÃa; me sorprendió que él también creyera que no tendrÃa que haber dicho eso. Fue un momento fuerte: como de quien, hablando, entiende algo. No es lo que suele pasar en una entrevista pero, para entonces, ya llevábamos más de dos horas de palabras, de miradas cruzadas, de cafés.
–No te preocupes. Yo sé que uno no siempre llega cuando quiere.
Me habÃa dicho Sergio Schoklender cuando aceptó, en la puerta de su casa, mis disculpas por la demora. Yo me habÃa perdido: su casa –o su es casa– está detrás del cementerio, en una calle que no conocÃa. A él tampoco, pero fuimos amables: nos dimos la mano y me invitó a pasar:
–Bienvenido a la casa de mi ex mujer.
La casa de su ex mujer, que construyeron juntos hace unos años, es, para empezar, un paredón sin historia en una calle legañosa de Chacarita y, detrás, tres pisos de un arquitectura moderna, a la moda, con ese aire brishoso, inquieto de tan quieto, que tienen los lugares más decorados que vividos.
–Ahora gracias al juez Oyarbide estoy viviendo otra vez con ella.
Dice Schoklender. El juez Oyarbide, el que atiende su causa, es una de sus bestias negras: ya tendrá tiempo de hablar, largamente, de él, de sus excesos, de los videos con que lo chantajean. Mientras tanto me explica que, como tiene todos sus bienes embargados, su ex mujer lo acogió por un tiempo en la casa, y que siempre tuvieron una buena relación y a veces se iban de vacaciones juntos y que tienen a Alejandro, su hijo de 12, que los une y que estaban distanciados porque él viajaba mucho y por esas cosas de la vida pero que ahora esas mismas cosas los reunieron y que por culpa de ese juez no tiene un centavo y corre la coneja y tuvo que vender, en estos dÃas, su saxo y su moto.
–Moto y saxo tenor: la juventud, de algún modo.
Le digo y él me dice sÃ, la juventud, sonrÃe. Sergio Schoklender ya tiene 53 años, y ahora estamos en el tercer piso de la casa, el play room, a punto de sentarnos: las sillas son unos bancos como de bar muy altos; hay que sentarse encima y accionar una palanca para que los bancos bajen a la altura de sillas y nos permitan sentarnos junto a una mesa enorme, muy pulida. Sobre la mesa, solo su laptop y el brillo de una madera poco usada. Schoklender me pregunta si no quiero un café. Yo quiero y le pregunto cómo definirÃa su situación actual y me dice, con un tono muy suave, muerto en vida.
–¿Cómo?
–Muerto en vida.
Repite, e intenta una risita pero tose.
–Que ahora soy un muerto en vida. Digo, en este momento llevo ya seis meses imputado, inhibido, sin poder trabajar, con todos los bienes congelados, las empresas trabadas, las cuentas bancarias bloqueadas en una causa que ya es un disparate interminable que nadie lo puede desarmar. Armaron una hipermegacausa de 120 cuerpos, más 37 equipos informáticos que hay que bajar, 96 imputados, 140 empresas investigadas. Es una cosa que nadie puede sostener. Asà que me vine a vivir con mi ex esposa, porque estoy en la calle. Ahora soy, cómo decirlo, un mantenido.
Su ex esposa, Viviana Sala es médica psiquiatra y Schoklender la conoció en la cárcel, cuando ella fue a hacerle unas pericias. Después se casaron, tuvieron un hijo, se divorciaron y conviven y él insiste en que ella es muy buena, rebosante de tÃtulos, repleta de pacientes, “especialista en psicooncologÃa, psicofarmacologÃa, con maestrÃas que no se pueden ni nombrarâ€, y que ahora viven de lo que ella gana y que ella también está incluida en la causa de Oyarbide y que a ella también la amenazaban.
–Cuando empezó toda esta historia me volvieron loco. Era cosa de llamados telefónicos, coches parados en la puerta, en la esquina. De llamarme y decirme sabemos dónde estás, sabemos qué estás haciendo, tu hijo sale a tal hora del colegio y va a tal y tal lugar. Asà todo el dÃa.
–¿Y quién era?
–Gente de la SIDE, de los servicios de inteligencia y todo ese enredo que estaba alrededor de AnÃbal Fernández.
Dice, y que desde que Fernández, el penúltimo jefe de gabinete, ahora en desgracia, empezó su caÃda, las amenazas se volvieron más raras: ahora se paró el tema, dice, pero nos hiceron la vida imposible durante un tiempo largo.
–¿Y cómo te afectan las amenazas?
–Bueno, te podés imaginar que estando con Hebe las amenazas eran lo habitual. Nunca les dimos mucha importancia. Después el hecho de exponerte en primera plana de todos los medios como el tipo que estafó a las Madres… no podÃa sonarme la nariz que el tipo que pasaba por la vereda me puteaba.
–¿Y tomaste alguna medida?
–Somos un poco más… mi hijo no va ni viene solo del colegio, estamos atentos ante cualquier cosa rara, pero tampoco nos enloquecemos. No podés vivir sino. Ni tengo plata para poner custodios ni los pondrÃa. Ya de chico me tocó vivir eso, ahora no lo harÃa.
Schoklender habla seguro, como quien sabe qué decir: habla seguro pero fuma. Fuma sin parar, un negro tras otro, y las manos, por momentos, le tiemblan en el encendedor, el cigarrillo, y dice que en las últimas semanas incluso lo borraron de los medios, que durante un tiempo lo tenÃan todos los dÃas en la tapa, que ni que fuera la guerra de las Malvinas, dice, y de pronto más nada:
–¿Y vos dónde pensás que vas a publicar esta entrevista? No va a ser tan fácil…
Schoklender trabaja mucho con la prensa. Cuando estalló su conflicto con las Madres eligió los medios con los que habló –empezó por ClarÃn, gran enemigo del gobierno– y lo que iba diciendo: regulando el tono del enfrentamiento. Y la sigue usando: hace unos dÃas estuvo en un programa de televisión contando viejas historias de su juez, Norberto Oyarbide, con taxi boys, prostÃbulos, sobornos: apretándolo, para decirlo amablemente.
–La realidad es que Oyarbide es la antÃtesis de lo que deberÃa ser un juez en una república: un lacayo al servicio del Poder Ejecutivo, que le manda todas las causas que a le interesan.
Schoklender trabaja mucho con la prensa: después, durante las horas que dure esta entrevista, más de una vez me voy a preguntar por qué me habla: qué dice, a quién lo dice, por qué yo.
Sergio Schoklender no es muy alto ni muy gordo ni muy flaco, ojos chiquitos entornados, labios finos, una de esas barbas de cinco dÃas que ya no son un azar del momento sino una forma laboriosa de detener el tiempo. Sergio Schoklender tiene una remera –de esas que mi tÃa Pechuche habrÃa llamado chomba– azul con rayitas blancas y amarillas, un bluyÃn, anteojos de marco negro angosto y un reloj cuadrado, grande, que le ocupa demasiado de muñeca; las uñas, en cambio, están muy bien cuidadas, dedos cortos.
–¿Y cómo fue que decidiste escribir este libro?
Porque la excusa de todo esto es ésa: un libro. Está por salir un libro suyo, Sueños postergados, que deberÃa contar la otra versión de los escándalos del invierno pasado. Por ese libro, supongo, Schoklender me recibe esta tarde; por ese libro diarios y revistas van a volver a ponerlo en sus portadas.
–¿La verdad? ¿La verdad absoluta?
–Si se puede elegir…
–La verdad es que me pagaban un anticipo que nos venÃa muy bien porque estábamos sin un peso. Esa es la pura verdad. Una cuestión puramente económica. No es el libro que hubiese querido. A ver, es un libro que responde a una coyuntura polÃtica muy particular, a un requerimiento de la editorial. El libro que yo hubiese querido es un libro de más anécdotas, más rico en análisis polÃtico, el momento que se está viviendo en el mundo. Pero este fue el libro que me permitieron escribir en muy poquito tiempo y que me permitió decir algunas cosas que creo que habÃa que decirlas. Pero el motivo principal fue la plata.
Supongo que es su estilo: el que lo hace particular, interesante. Muy poca gente dirÃa que escribe un libro –donde cuenta cuestiones más que delicadas– por la plata. Aunque muchos lo hacen, aunque muchos pudieran sospecharlo; se supone que nadie dice nada que lo desprestigie mientras pueda evitarlo. Asà que dirÃan que necesitaban sacárselo de adentro, que el pueblo tenÃa que saberlo, que se lo debÃan a la memoria de los dinosaurios; no que lo hacen por la plata. Es un estilo: honestidad brutal, digamos. Pero, de algún modo, Sergio Schoklender lleva muchos años dando la impresión de que ya no tiene nada que perder.
El 31 de mayo de 1981, mañana destemplada, el portero de una casa del barrio Norte de Buenos Aires vio que del baúl de un coche grande, nuevo, estacionado, caÃa sangre. En esos dÃas toda la Argentina chorreaba sangre –pero se mataba por ignorarlo. Ese chorro, en cambio, se convirtió en la noticia del año cuando la policÃa informó –en esos tiempos, la policÃa informaba– que los muertos eran Cristina Silva y Mauricio Schoklender, un matrimonio que vivÃa con lujos y custodios porque él, ingeniero, dirigÃa una de las empresas más prósperas de aquel paÃs: Pittsburgh & Cardiff, dedicada, entre muchas otras cosas, a la importación y construcción de submarinos, fragatas, tanques y otras armas de guerra. La noticia era cruda; lo fue mucho más al dÃa siguiente, cuando se empezó a oÃr que sus hijos eran los asesinos.
Años después, cuando la justicia se pronunció sobre el asunto, creyó saber que, aquella noche, todo empezó cuando los Schoklender llevaron a sus tres hijos –Sergio, Pablo, Valeria– a comer a un restorán nuevo de la costanera para festejar el cumpleaños 23 de Sergio. Y que comieron y bebieron y, de vuelta en su departamente de Belgrano, la señora Cristina quiso tener –otra vez– algún modo de sexo con su hijo menor y que los dos hermanos le partieron la cabeza con un palo y la estrangularon con una cuerda. Y que después se pasaron un par de horas discutiendo qué harÃan con el padre –que seguÃa durmiendo– y que por fin decidieron matarlo también y que le rompieron el cráneo a palazos y que llevaron los dos cuerpos al baúl del coche, salieron, dejaron el coche por ahÃ, huyeron cada cual por su lado. Y que Sergio Schoklender se fue a Mar del Plata, se registró con nombre falso en un hotel, se contrató una puta y al dÃa siguiente o al otro, cuando sintió que el cerco se cerraba, se compró un caballo e intentó la penúltima fuga. Su cabalgata no llegó muy lejos. Cuatro años después lo condenaron a 21 años de cárcel; en su declaración se hizo cargo de todo y exculpó a su hermano. Los jueces al principio le creyeron; después, un tribunal de apelación condenó también a Pablo –que, para entonces, ya habÃa huÃdo a Bolivia. Sergio Schoklender es, en la Argentina, un personaje con una historia demasiado clara, alguien que, durante tantos años, pareció que no tenÃa nada que perder. Su historia me interesa, me llena de dudas, pero por ahora no le pregunto sobre eso. No sé cómo hacer para preguntarle sobre eso: uno no llega a una casa y le dice a un señor muy amable que te ofrece un café, que te prepara un café en una máquina muy cara, que te pregunta si querés azúcar o sacarina o leche o crema, cómo fue que se le ocurrió matar a su mamá. Asà que, por ahora, trato de hablarle de otras cosas.
–¿Y cuáles eran esas cosas que te parecÃa que habÃa que decir? ¿Qué es lo que te importaba decir en este libro?
–Básicamente que hay dos realidades totalmente distintas en cuanto al manejo del estado y la polÃtica. Por un lado, lo que te cuentan, lo que suponés que pasa y, por el otro, lo que realmente sucede. Y también querÃa contar qué era el programa Sueños Compartidos, que para mà es el programa más hermoso que pudo haber creado alguna vez este paÃs. Y querÃa contar también, en medio de este dolor, lo que eran las Madres, lo bueno y lo malo, lo valioso de esa lucha y los errores cometidos. Eso querÃa, más o menos.
Yo le digo que bueno, que me cuente.
Aunque sigo pensando en su libro escrito por la plata: cuando alguien dice algo tan aparentemente franco, los demás tendemos a creer que el resto de lo que diga también será verdad. Y a veces lo es, pero no tiene por qué serlo.
–SÃ, habÃa un par de cosas que yo querÃa contar. Para empezar, cómo funciona el tema de las obras públicas. Es todo una ficción, puro relato.
Sergio Schoklender debe saberlo: durante varios años dirigió el programa Sueños Compartidos, a través del cual la Fundación Madres de Plaza de Mayo recibió mucho dinero del Estado para construir viviendas populares: entre 740 y 1200 millones, según quién te lo cuente. De ese programa, en última instancia, vino todo el conflicto.
–Primero, es una mentira que el Estado haga licitaciones. Toda esta cuestión de las licitaciones, concursos de precios, de calidad y de tiempo es una enorme mentira. Los contratos están asignados antes de que salga el pliego, y el pliego se arma de acuerdo al convenio que se haga con alguna empresa o pool de empresas constructoras amigas, donde entre el 15 y el 25 % de ese valor automáticamente tiene que ir como retorno para financiar la polÃtica. Porque la gran ficción es cómo se financia el Estado. Esto no es privativo en la Argentina, esto sucede en el mundo; tal vez acá se puso más en evidencia. A ver: acá antes la polÃtica se financiaba básicamente con los fondos reservados de la SIDE que eran incalculables –por eso eran reservados–, porque lo que no se blanquea nunca es que los funcionarios no viven del sueldo que figura en los papeles. No podrÃan hacerlo. Vos no podrÃas mantener una planta de profesionales de cierto nivel con el sueldo nominal del Estado. Entonces necesitás financiar ese sobresueldo que necesitás para mantener una planta estable en los ministerios.
–¿Y cómo se entregan esos sobresueldos?
–En efectivo, en mano a cada funcionario polÃtico a fin de mes.
–¿Y qué orden de dinero serÃa?
–Hoy ningún funcionario de primer nivel vive con menos de 20 mil dólares mensuales. Y sus sueldos nominales son de 20 mil pesos. Vos no tenés un ingeniero de primera lÃnea para la subsecretarÃa de Obras Públicas de la Nación con un sueldo de 20 mil pesos. Por más que le pongas coche, chofer, teléfono celular y demás, digamos, ¿cómo los retenés? Si la actividad privada les generarÃa muchÃsimo más… El otro tema es que se necesita dinero para financiar actos, campañas polÃticas. Lo cual es entendible, si no los únicos que podrÃan hacer polÃtica serÃan los que tienen plata.
–Si la polÃtica se hace con plata, sÃ. Pero se podrÃa hacer de maneras donde la plata no importe tanto. Siempre se pudo…
–Se necesita plata para hacer un escenario, para llenar la plaza, para cartelerÃa, afiches, micros, gente. Eso se hace con plata.
–Hay situaciones en que las plazas se llenan sin micros ni sanguchitos…
–SÃ, pero en general son situaciones de protesta o de reclamo. Para que te vayan a aplaudir y agiten tu banderita, en general necesitás poner unos mangos. Entonces ya tenés dos cuestiones: la plata para mantener una planta permanente y la necesidad de financiar esta forma de hacer polÃtica. Y después tenés las ambiciones personales de un sinnúmero de funcionarios o de gente que cree que además de ganar bien, su paso por el gobierno tiene que salvar a varias generaciones de sus descendientes. Entonces, ¿cuál era la gran discusión que yo tenÃa con el gobierno? Si vos tenés partidas de megaobra pública –los túneles, las represas, las hidrovÃas, todas esas obras gigantescas– no te metas con la leche del comedor para los chicos, no me chorees del presupuesto para villas y asentamientos. No la saqués del último escalón, sacala de donde sobra. Porque claro, la Argentina se sigue manejando a través de la Jefatura de Gabinete que te reasigna el presupuesto como quiere. Entonces de la noche a la mañana las partidas que se asignaron para educación o para vivienda o para salud van a parar a otro lado. Pero a su vez en cada ministerio tiene esa misma facultad interna, entonces ellos pueden mover esas partidas libremente. Yo de pronto me encontraba con que una partida que nosotros necesitábamos para seguir construyendo en alguno de los barrios, desaparecÃa. ¿Cómo que desapareció? SÃ, porque Cristina resolvió lanzar el plan netbook. Pero negro, sacá la plata de de otro lado… Hay cosas que me parecen muy bien, y el Estado tiene que hacerlas y hay plata para hacerlas, o por lo menos hubo, en estos años de bonanza ilimitada. Pero no me chorees del último escalón.
–¿Lo que vos decÃs, entonces, es roben pero razonablemente? O sea, saquen de los lugares donde más sobra y no donde más hace falta
–Suponer que esto se va a terminar simplemente porque no es ético es…
Dice Schoklender y, en medio de la catarata, para a pensar una palabra: me parece que quiere ser amable, pese a todo.
–¿Es qué, cuál es el adjetivo?
–Una pelotudez o una ingenuidad. Yo no soy ingenuo; ésa era la realidad con la que tenÃa que convivir. Yo les acepto que paguen una planta permanente con sobresueldo que no figura en ningún lado, les acepto que necesiten plata para hacer polÃtica de esta manera, les acepto que haya funcionarios o un entorno que tenga que enriquecerse y garantizarle el bienestar a varias generaciones. Bárbaro. Pero muchachos, hay plata que no se puede tocar, donde la inmoralidad ya es superlativa. Ahà lo que me encontré es que no hay ningún lÃmite. Te doy un ejemplo: nosotros construÃamos hospitales en 90 dÃas, en el Chaco, en el Impenetrable, en Santiago. Hospitales de primera lÃnea, totalmente equipados; hospitales de 1800 metros, grandes, hechos con la gente del pueblo, sumándolos al proyecto, capacitándolos, por un tercio de lo que el Estado licitaba los hospitales pelados, sin equipamiento, en cualquier parte del paÃs.
Schoklender estuvo ahÃ: debe saber.
Porque en algún momento, a principios de los años noventas, la vida de Sergio Schoklender tuvo otro vuelco bruto. HabÃa entrado en la cárcel en 1981: tiempos muy duros pero, dice, tan formativos. Más tarde, cuando le pregunte quién era él antes de la cárcel, me contará que un chico rico de Belgrano que leÃa poemas y balances, que un pichón de gerente, que un rebelde, que un insatisfecho, pero que nada de eso importa demasiado: que él empezó a ser alguien en la cárcel.
–Yo empecé a ser alguien en la cárcel.
Repetirá, la voz suave, educada, pero las manos con temblor y el soplo de tabaco. Entonces le preguntaré cómo fue la llegada de un chico rico de Belgrano a la cárcel más bruta de un paÃs muy bruto; le preguntaré, en realidad, si su miedo principal no era cómo hacer para que no se lo cogieran, y él me dirá que no: que cuando entró lo encerraron en una celda de aislamiento y lo dejaron meses a disposición de unos señores de inteligencia del Ejército que lo interrogaban –que lo mataban a golpes– para que les contara qué negocios tenÃa la empresa de su padre con la Marina y su Ãnclito jefe, el almirante Eduardo Emilio Massera. Y que en esos dÃas le pegaron tanto, lo maltrataban tanto, y que él de puro animal se resistÃa:
–Lo más trágico es que me interrogaban por cosas que no tenÃa ni idea, era la pura desesperación del Ejército por saber los negocios que habÃa hecho la gente de la Armada con mi familia. Los primeros dÃas me venÃan a buscar y yo lloraba, gritaba, me escondÃa en un rincón; los tipos me agarraban, me llevaban, y cuando me devolvÃan me tiraban a la celda de castigo estaba reventado, me despertaba horas después. Pero a los 15 o 10 dÃas ya venÃan y me peleaba contra los guardias. Alguna mano ponÃa, porque sabÃa que me iban a poner. Y para sacarme de la celda tenÃan que venir en serio, eh… Me acuerdo que lo más doloroso, lo más duro era la espera, cuando pensás cuándo te van a venir a buscar: ésa es aterradora.
Pero ahora sabe, dirá, que esas torturas lo salvaron: cuando lo bajaron al pabellón general ya se habÃa ganado una fama de ser un tipo duro.
–Con todas esas palizas, a los tres meses yo ya era un perro de pelea. Y cuando me bajan al pabellón me tiran en el peor, pensando que yo tenÃa que jugar el papel de vÃctima, lo lógico para uno que venÃa de ser acusado de parricidio, encima a esa edad y sin experiencia. Y al dÃa siguiente, cuando se abren las rejas y yo pienso acá a pelear, pasa uno y me deja un pulóver, pasa otro y me deja un jabón, me habÃa hecho un nombre. Y fue asÃ. En los años que estuve, nunca puse las manos atrás, ni la cabeza gacha: ni por puta se me hubiese ocurrido. A la mañana sonaba el silbato en el pabellón y tenÃas que levantarte, armar la cama, ordenar todo y poner la mano afuera de la reja para el recuento. Yo estaba acostado. ¿Qué hace ahÃ? ¡Andá a la concha de tu madre, estoy durmiendo!, le decÃa. Entraba la requisa, quilombo, palo, quejas, expedientes. Yo batà el record de dÃas castigado. Hasta que llegó un momento en que uno decÃa che, Schoklender no se quiere levantar. Y bué, déjalo, le decÃan. Llegó un momento en que era inmanejable. Y llegué a manejar media cárcel de Caseros y media cárcel de Devoto. Hasta los guardias laburaban para mÃ. Monté una imprenta enorme en la cárcel, donde hacÃamos apuntes para la universidad y los guardias traÃan los carros llenos de papel, laburaban los presos comunes, los policÃas, los menores. Y armamos un centro de investigación informática. Y desesamblé el formateo de disquete de Microsoft, el lenguaje binario y lo transformé en lenguaje de computación y publiqué todo el programa, fui uno de los primeros hackers, la Asociación de Programadores Libres.
En la cárcel, también, Schoklender se recibió de abogado y de psicólogo, dejó sociologÃa a falta de dos o tres materias, terminó un diploma en teologÃa, y conoció a unos presos chilenos, militantes del Frente Patriótico Manuel RodrÃguez, que le hicieron entender algo de lo que le pasaba:
–Ahà es donde empiezo hacer un click, en medio de toda esta locura que estaba viviendo, en medio de esa represión. Ahà empecé a entender que todo eso no tenÃa que ver que el guardia fuera malo sino con un sistema que reproduce este tipo de consecuencia. Que el hecho de que la inmensa mayorÃa de los que estaban en la cárcel fueran pobres y analfabetos no era porque los pobres y analfabetos fueran malos. Yo siempre leà muchÃsimo de chico, me apasionaba la lectura; ahà empecé con la lectura polÃtica.
–¿Qué leÃas?
–Por supuesto todo Marx y Engels, todo Mao, el libro verde de Kadafi, todo material polÃtico. Ya era la democracia entre comillas y circulaba todo. Antes, me acuerdo, en el pabellón, si querÃamos escribir algo, lo escribÃamos en formato de poesÃa. Si te los guardias te lo veÃan decÃas esto es poesÃa, y ellos ah, poesÃa, no pasa nada.
Dice, y habla de GarcÃa Lorca, de cómo lo leyó y releyó y sigue releyendo. Y le pregunto qué era lo que más extrañaba cuando estaba en la cárcel y él dice que la soledad: baja la voz, baja los ojos y dice que lo que más extrañaba era la soledad y yo le digo que claro, que debe ser dura la soledad, tanto tiempo en la cárcel y él que no, que la soledad era lo que extrañaba, lo que le faltaba, decidir estar solo y poder estar solo, dice, y yo que pongo cara de que entiendo y le digo que entiendo, sÃ, claro, te entiendo, pero entiendo sobre todo que hay cosas que uno no entiende si no te las dice alguien que las ha visto desde el otro lado. Y que muy de vez en cuando uno se topa con alguien que ha estado tan del otro lado como él.
–La cárcel no es el encierro. La cárcel es la convivencia forzada con gente que vos no elegÃs. Ése es el verdadero encierro, la verdadera pérdida de la libertad. La pérdida de libertad fÃsica, ambulatoria, pesa, duele, pero lo peor es no poder sentarte a escribir o leer tranquilo, pensar, hacer música, tener tu espacio de intimidad, de reflexión. Eso es lo que te parte: no poder estar solo. Y tener que vivir alerta porque siempre hay otros, un entorno muy agresivo, aunque yo ya no necesitaba pelear porque ya los paraba con la mirada. Ésa era la verdadera cárcel.
Sergio Schoklender se habÃa acostumbrado a la prisión: era su vida. Le quedaban unos diez años de condena y no pensaba hacer nada para acortarlos: “la posibilidad de la libertad era algo que habÃa guardado en un cajón y cerrado con llaveâ€, dice en su libro, y me dice que lo dice porque no querÃa cumplir con ninguna de las condiciones que el servicio penitenciario trataba de imponerle para rebajarle la pena: que no querÃa someterse, y si el precio eran años de cárcel, estaba dispuesto a pagarlo.
–La idea era hacerme bajar la cabeza, y yo no querÃa bajar la cabeza; entonces no te vas a poder ir más, me decÃan. Bueno, entonces no me voy más. Para mà la pelea era pelear donde estaba.
Hasta que, un dÃa, llegó a visitarlo una señora.
–Alguna vez dijiste que cuando conociste a Hebe de Bonafini fue una fascinación inmediata…
Es difÃcil exagerar la importancia de las Madres de Plaza de Mayo en el imaginario argentino. Durante muchos años fueron las heroÃnas intachables, las mujeres perfectas, el sÃmbolo de todo lo que los demás tendrÃamos que haber hecho pero no, lo que tendrÃamos que haber sido y nunca fuimos. Eso, las Madres, y Hebe Pastor de Bonafini es la Madre por antonomasia.
–Imaginate lo que fue tenerla ahÃ, que ella me quisiera conocer, me diera bola.
Me dice ahora Schoklender, fuma y fuma, y me ofrece otro café. El play room es luminoso, grande, bien dotado: un flipper de verdad, una rockola, el futbolÃn, los cuadros pop en las paredes. Debe ser para el hijo, pero las máquinas de diversión son fantasmas del padre, de un señor que nació en los cincuentas –y no de un chico del 2000.
–¿Y qué le habrá atraÃdo a ella de vos?
–Creo que la rebeldÃa. Encontrarse con un tipo que no se doblegaba ante nada. Todo el tiempo puteando, peleando todo el tiempo. Y en esa época polÃticamente yo era un cuadro polÃtico revolucionario formado, faltaba el fusil y estaba todo.
Bonafini lo visitaba dos veces por semana, le llevaba sus platos a la cárcel; hacia 1993 lo convenció de que podÃa tener una vida afuera –y Sergio Schoklender pidió los beneficios que le correspondÃan: primero empezó a salir durante el dÃa y por fin, en 1995, tras más de 14 años de cárcel, con dos tercios cumplidos, volvió a la libertad. Entre los informes que lo ayudaron a salir estaba el de la doctora Viviana Sala; tiempo después se casarÃan.
–¿Y en esos primeros encuentros con Hebe alguna vez hablaron del parricidio?
Le pregunto, ahora, tono grave: si él, preso por matar a sus padres, habló de su delito con esa mujer que el mundo conoce por su búsqueda de los asesinos de sus hijos. Schoklender baja la voz, baja la cabeza: estoy pasándome algún lÃmite.
–No.
Dice, y no dice nada más. Hay un silencio. Yo le digo que él sabrá mejor que nadie que resultaba muy extraño ese encuentro entre alguien que peleó por sus hijos con alguien que mató a los padres, y él repite como si no me hubiera oÃdo:
–No, nunca. Nunca fue un tema que habláramos. Jamás me lo preguntó.
–¿Y vos qué pensás?
–Nada, no tenÃa que ver con eso. TenÃa que ver con que se encontraba con alguien en quien podÃa confiar. Que ponÃa todo lo que tenÃa al servicio de ella, que le explicaba las cosas, que trataba de darle coherencia a un discurso muy lleno de baches. Y asà ayudé a construir un mito, a sostener un mito. Y bueno, después los mitos se te caen encima. Los Ãdolos tienen pies de barro y siempre se caen; el problema es cuando se te caen encima.
Dice, amargo. Pero, para eso, entonces, todavÃa le faltaban quince años.
Cuando salió de la cárcel, Sergio Schoklender se transformó en el ladero más persistente, más inesperado, más criticado, más fiel de Hebe Pastor de Bonafini. Su actuación con las Madres de Plaza de Mayo produjo ciertos conflictos –discusiones, gente que se fue– pero también, dice, muchos beneficios.
–En el libro escribÃs que el proyecto que llevaban adelante con las Madres “era revolucionario. Nuestro objetivo era la revolución, la única salida lógica era la lucha armadaâ€, decÃs. “En la universidad guardábamos de todoâ€.
–Ah, de todo. SÃ, era impresionante. TenÃamos de todo.
–¿Qué es de todo?
–Armas de todo tipo, pistolas, ametralladoras, granadas, plástico, lo que pidas. Visto ahora es un delirio; visto en plena época del menemismo era la única salida lógica: habÃa que generar una resistencia. Ubicate en pleno menemismo, con toda la impunidad que tenÃan. Me acuerdo del lugar donde tenÃamos guardadas las cosas, que era un pozo en el sótano de la universidad: la ubicación precisa la conocÃamos dos o tres compañeros y Hebe, y nadie más.
–¿Y si alguien le preguntara a Hebe si eso es cierto, ella dirÃa que sà o que no?
–Nooo. Ella de eso no se va a hacer cargo ni abajo del agua… Y fue un problema enorme que, cuando se arma esta alianza con el kirchnerismo, hubo que sacar todo.
Dice, y recuerda el momento en que Hugo Chávez fue a ver a Bonafini a la sede de las Madres y le dijo que el comandante Fidel le pedÃa que apoyara a este presidente nuevo, casi desconocido, de quien ella habÃa dicho, poco antes, que era “la misma mierda que todos los demásâ€. Y cómo ella lo escuchó y le ordenó que pidiera una audiencia en la Rosada y cómo quedó prendada por la acogida de Néstor y Cristina, y cómo todo cambió tanto desde entonces. Todo, tanto.
–Y sÃ, hubo que desarmar una estructura en la que habÃamos estado trabajando, en la que muchos compañeros habÃan puesto muchas expectativas.
A partir de ese momento, las Madres de Plaza de Mayo –y, sobre todo, Hebe de Bonafini– empezaron a tener un lugar destacado en la liturgia oficial: no habÃa acto o acontecimiento importante que no la tuviera como invitada de honor. Las Madres fueron una instancia de legitimación que el gobierno nunca desdeñaba.
–¿Pero habÃa un plan militar? ¿Cuál era?
–La idea era mandar compañeros a formarse con las Farc en Colombia, con los zapatistas en Chiapas, y que después esos compañeros pudieran venir con alguna formación y comenzar un trabajo, digamos, foquista en algún lugar. Ese era el único modelo posible, no veÃamos otra salida. Era impensable que el paÃs se iba a recuperar en ocho años, quién se podÃa imaginar eso.
Yo le digo que no lo sabÃa, que nunca lo habrÃa imaginado. Y que siempre me intrigó –y lo he escrito varias veces– que ningún deudo de las vÃctimas de la dictadura haya intentado la venganza: que la Argentina estaba llena de asesinos sueltos y que finalmente no habrÃa sido tan difÃcil atacar a alguno, y que por eso me habÃa sorprendido menos cuando leà que él, Sergio Schoklender, habÃa planeado el secuestro de Massera.
–En 1999, 2000, tenÃamos todo preparado para ir a secuestrarlo: le habÃamos hecho inteligencia, sabÃamos cómo se movÃa, por dónde, tenÃamos todo preparado. Mi fantasÃa era hacer algo muy parecido a lo que después fue esa pelÃcula, El secreto de sus ojos, ¿no? Lo agarrábamos y se perdÃa, nunca más. Yo querÃa que el enemigo recibiera el mensaje de lo que significaba la desaparición, que supiera cuál era la sensación de estar desaparecido, que nadie sepa si alguien está o no está, si vive, si está muerto. Decirles esto es lo que hicieron. Y encima a Massera, que era tan emblemático. Pero ahà Hebe se opuso, y al final se demostró que tenÃa razón, la historia le dio la razón. Después las leyes de impunidad se derogaron, un montón de milicos están presos y procesados. Pero en esos años era impensable que eso sucediera en la Argentina. Y ese viraje fue gracias a Néstor. Visto desde ahora me pregunto si, en el caso de que algunos de estos grupos delirantes, incluso el nuestro, que no pasó de ser un embrión, hubieran llegado a hacer algo, si eso no habrÃa debilitado la posibilidad de un cambio institucional tan profundo como el que hubo.
Dice, reflexivo, y le digo que más me sorprendió que, en su libro, cuente cómo, en los años noventas, cuando se quedaban sin plata para pagar el funcionamiento de las Madres, “salÃan a recaudarâ€:
–SÃ, cuando tenÃamos que salir a recaudar, salÃamos a recaudar como en los viejos tiempos.
Dice, marcando las palabras, con un amago de sonrisa.
–¿Qué querés decir? ¿Cómo eran los viejos tiempos?
–Y, choreo. En negocios, en supermercados más bien. Tratábamos de que fuesen lugares que representaran más la concentración oligárquica, no la farmacia de la esquina.
–Pero nunca firmaron sus acciones.
–No, no. No, porque era temprano.
–¿Temprano?
–SÃ, era temprano para que saliera a la luz una organización que no tenÃa un referente polÃtico todavÃa.
–A mà me impresionó leer que habÃas escrito eso. ¿Te imaginás los tÃtulos de mañana o pasado: “Las Madres de Plaza de Mayo se financiaban con plata de asaltos a mano armadaâ€?
–Pero es verdad.
Dice Sergio Schoklender, como si eso fuera todo y, por un momento, tiene una rara candidez en la mirada.
–Es verdad. Hebe lo dijo una vez en la Plaza, hace unos meses, cuando estaban los trabajadores que le reclamaban los sueldos les dijo vayan a reclamarle a Shocklender que se robó todo. Después a la semana siguiente, cuando volvieron a reclamar, les dijo yo no voy a salir a robar como Shocklender para pagarles el sueldo.
–Pero todos entendimos que lo que estaba diciendo era que le habÃas robado a ella, no que habÃas robado para ella…
–No, no, dijo yo no voy a salir a robar como Schoklender para pagarles el sueldo. Está bastante claro.
–¿Vos decÃs que estaba hablando de esas acciones?
–A ver… Con ella era: Hebe conseguimos la plata; bueno, yo no pregunto, no me digas nada. Pero habÃamos hablado y acordado explÃcitamente que si algún dÃa me pasaba algo, ella no tenÃa que saber nada y se tenÃa que despegar.
–¿Y por qué salÃs a decirlo ahora?
–Porque creo que es justo. Primero porque estoy pagando el haber sostenido un mito y estoy tratando de reparar algunas cosas. Porque creo que hubo muchos compañeros que se jugaron durante años para sostener esta estructura que ahora la hizo mierda, la destruyó, no quedó nada. Nos jugamos muchos por las Madres y por Hebe, pusimos el pecho en serio, no a medias.
Sergio Schoklender piensa, busca las razones –que deberÃa haber definido de antemano. Yo le pregunto si, al decir esto, no se está autoinculpando: si no puede aparecer un juez que diga bueno, este señor dice que salió a robar, voy a investigarlo. Él me mira como si no lo hubiera imaginado y me dice que no, apenas displicente, casi cool:
–Naaa. Primero tendrÃa que encontrar un hecho concreto… y además ya está prescripto.
–Quizá. A mà me pareció raro, como que te ponÃas en un lugar de mucha exposición, de cierta fragilidad al decir eso.
Entonces me mira con curiosidad, como quien ve de pronto algo, arquea las cejas, pita, sopla:
–Bueno, hay un montón de cosas que puse en el libro y después a la noche pensando me decÃa uy, esto mejor no lo hubiese dicho… Pero ya está, está ahÃ, y forma parte de la verdad y forma parte de mi vida, casi 16 años entregados ahÃ.
Y es entonces cuando me dice que sÃ, que quizá no tendrÃa que haber dicho eso y se queda pensando y parece que está diciendo la verdad. Todo es posible.
Hace dos años, Miguel Russo le preguntó a Hebe Pastor de Bonafini “cuál era la persona más maravillosa que habÃa conocido representando a las Madres por el mundoâ€. Y ella le contestó que “Evo Morales, impresionante, nadie sabe lo que es capaz de hacer. Y después, al lado de nosotros, Sergio Schoklender, un tipo entregado cien por cien a la tarea. El dÃa, para él, tiene 30 horas, y todas laborables. Alguien que nunca quiere nada para él.†Alguien que nunca quiere nada para él, decÃa, subrayaba. Y contaba que, después de conocerlo en la cárcel “empecé a quererlo como un hijo, lo traje a vivir acá, a mi casa. Y es una máquina de trabajar, a la que se suma una inteligencia sin igual. Él hizo el proyecto Sueños compartidos que el gobierno tomó como propio. Estamos a punto de firmar el convenio con todas las provincias, porque nosotros no tenemos plata, entonces el gobierno tomó el proyecto pero nosotros lo que le pedimos es que sea como queremos nosotros, con escuelas, con comedores, con jardines maternales pero con gas, luz, agua y cloacas, porque no se puede construir un barrio para que esté como antes. Ya lo estamos haciendo en Tartagal. Y eso es toda una idea de Sergioâ€, decÃa, en marzo de 2009, Hebe de Bonafini.
Y, en esos dÃas, Jorge Fontevecchia le preguntaba a Schoklender cómo definirÃa su relación con ella: “Es como una madre para mÃ: me cocina, me reta si no como, si le desordeno, si no me cuidoâ€, dijo él. “Y además es una relación muy particular porque, junto con todo el afecto, te baja lÃnea polÃtica desde que te despertás hasta que te acostásâ€.
Pero en mayo de 2011 la relación se rompió –con el ruido apropiado. Al principio, las dos partes trataron de presentarlo como una separación amistosa, de mutuo acuerdo: Schoklender decÃa que “renunciaba para tener más tiempo para sus proyectos personales†y Bonafini que él “estaba de viajeâ€. En pocos dÃas, las acusaciones mutuas fueron escalando, y las denuncias de periodistas y diputados sobre desvÃos y corrupciones y lavado de dinero; eran, además, tiempos electorales, y el gobierno empezó a preocuparse. Cierta prensa decÃa que el programa Sueños Compartidos habÃa sido una estafa, una forma de desviar dineros públicos, y apuntaba a Schoklender pero también a Hebe de Bonafini. Entonces Bonafini dijo que eso era cosa de Meldorek, una empresa que ella no conocÃa –dijo, hasta que aparecieron fotos y videos de ella inaugurando cosas con carteles que decÃan Meldorek. Meldorek era, en efecto, la empresa que construÃa las casas para la Fundación Madres de Plaza de Mayo, y Schoklender era o es uno de sus dueños. Su capital pasó, en 2006, de 12.000 pesos a dos millones. Al principio, Schoklender dijo que la empresa no era suya; después aceptó que era uno de sus dueños.
Todo se emporcaba, y se cruzaron acusaciones de dineros sucios: que Schoklender robaba, que las Madres tenÃan cuentas sin declarar afuera. Ella dijo que “Sergio Schoklender es un traidor y un ladrón y un pobre tipo†y, cuando un periodista le preguntó si se iban a defender en la justicia, lo miró cual busto enfurecido y le dijo que no tenÃan nada de qué defenderse: “¿De qué nos van a acusar? ¿De haber dado la sangre de nuestros hijos para hacer esta patria maravillosa que tenemos?â€, dijo, usando una vez más la historia y la sangre para desviar las discusiones del presente.
Él, mientras tanto, dijo que “Hebe dejó de defender principios para pasar a defender a un partido†y rechazó las acusaciones de enriquecimiento y dijo que nunca se llevó ni un peso. Y lo repite ahora:
–Yo no me llevé ni un peso. Pero sà hubo plata que se usó para gastos de la Fundación, ordenados por las Madres. Es el sistema que te decÃa, de cómo funciona la polÃtica. Yo, aparte de construir, con esa plata tenÃa que mantener a las Madres, los actos partidarios, los afiches, los caprichos de Hebe, los caprichos de su hija, las casa de su hija, los centros culturales, la radio, la universidad de las Madres, los viajes, los choferes, la camioneta… TenÃa que hacer milagros.
Tiempo después, ahora, Schoklender dirá que la pelea vino porque estaban dejando de renovar los contratos y habÃa 6500 familias que se iban quedando sin trabajo.
–Y yo lo planteo, insisto, pero veo que no pasa nada, todo se demora. Entonces Hebe me dice que si no se renovaban los contratos era porque Cristina no querÃa.
Dice, entorna los ojitos. Schoklender tiene los ojos achinados, los entorna como si ver fuera un trabajo duro. Y dice que “todo empezó a arruinarse con la muerte de Néstorâ€.
–Acá hubo un antes y un después con Néstor. Néstor era el tipo que siempre tenÃa una puerta de atrás por dónde entrar en cada ministerio. Es decir, de pronto estaba el ministro, pero él designaba un subsecretario para tal área que le respondÃa totalmente, que le servÃa para controlar el asunto. Entonces nosotros le mandábamos a decir mirá, nos están cagando, no nos firman, no nos redeterminan los precios, tenemos que echar gente, y él levantaba un teléfono y al dÃa siguiente aparecÃan los nuevos contratos firmados. Mi relación no era directamente con él, mi relación era a través de Zanini. Pero cualquier cosa que yo le hacÃa llegar, él automáticamente la recibÃa y lo resolvÃa. No porque me quisiera, sino porque realmente creÃa en el proyecto. Por eso cuando Cristina comienza a gobernar, se nos corta un interlocutor. Y cuando Néstor muere, Cristina pasó tres meses sin saber dónde mierda estaba parada. Lo único que tenÃa eran unas breves apariciones públicas para ver cómo le recortaban el paso a AnÃbal y a Alicia, que habÃan hecho una alianza muy fuerte. Y con unas depresiones muy grandes, que no sabÃan cómo levantarla, dÃas enteros llorando. Curiosamente reaccionaba más por la bronca, cuando le decÃan mirá que fulano está haciendo tal cosa, ahà juntaba fuerzas y salÃa adelante. Su pequeño entorno de interlocutores eran Zanini, Parrili, de Vido, Nilda Garré, pero en todos los ministerios las segundas lÃneas de Néstor no le respondÃan ni al ministro ni a ella. Y en esa situación se producen los mayores descalabros. No nos pagaban, nos encontramos con todo tipo de obstáculos. Envidias, peleas de poder, gente que sentÃa que nuestra forma de trabajar los dejaba en descubierto…
Dice Schoklender, y que por eso decidieron cargárselo: porque con su trabajo dejaba en evidencia los márgenes enormes que muchos sacan, y la mala calidad de las rutas o las escuelas o las casas que construyen, y que por eso y porque no pagaba los retornos acostumbrados se empezó a poner en contra a mucha gente.
–Es que nuestras obras eran de primera calidad y costaban la mitad; con eso les estaba tocando el culo a muchos. Y no pagaba sobreprecios, no pagaba coimas. Ahora me dicen que yo tendrÃa que ser más realista y algo tendrÃa que haber repartido. ¡Pero qué iba a repartir si todo lo que sobraba tenÃa que sostener todo el resto!
Y que, para colmo, dice, organizaban pobres, dice:
–Cuando nosotros trabajábamos en los barrios más marginales, veÃas esa transformación del hombre y esa mujer que venÃa del sometimiento, de la prostitución, del analfabetismo, de la explotación y el abandono y vos no los extraditabas detrás del paisaje, sino que los ayudabas a seguir creciendo, y transformabas su realidad cotidiana. Y, después hacerlos volver para atrás es muy difÃcil. Yo no apostaba a esos trabajadores, yo apostaba a los hijos de estos trabajadores que habÃan podido ver a sus padres con otra realidad y que iban a ser capaces de pensar qué modelo de transformación era necesario para que esto continuara. Y Néstor valoró este proyecto, lo reconoció, entendÃa el impacto que iba a tener. A Néstor no lo asustaba que fuesen 10 mil, 20 mil trabajadores organizados. A Cristina sÃ, y ni hablar al entorno de la dirigencia kirchnerista. Y ese crecimiento polÃtico y ese nivel de organización asustó a muchos, y yo no tenÃa miedo de decirle a nadie lo que hubiera que decirle y de pelear por el proyecto con quien fuera. Asà que alguna gente se dejó convencer de que sin mà todo iba ser igual pero mejor, y se vino la noche.
–¿Y por qué decÃs que a Cristina la asustaron esos trabajadores organizados?
–Porque Cristina se maneja con otros parámetros. Yo creo que la primera vez que Cristina vio un pobre fue con las obras de la Fundación. La primera vez que la abrazaron los trabajadores fue cuando fue a las villas con Hebe a inaugurar una obra. Me acuerdo que el entorno, la seguridad, los secretarios estaban aterrados, y ella se animó, asÃ, tÃmidamente, y vos la veÃas que era la primera vez que estaba rodeada de esa intimidad de gente transpirada, con cascos, ropa de trabajo, hombres y mujeres que la abrazaban y le traÃan un regalito, y vos la veÃas que no era lo suyo.
Y que por todo eso, dice, y las peleas y las envidias y las apetencias de poder, terminaron por cargárselo. Es una historia. Hay otras: cada cual cuenta una.
Asà que en pocos dÃas Sergio Schoklender se peleó con su madre adoptiva y con su hermano de sangre, Pablo –que colaboraba con él en la Fundación–, y quedó en el centro de un proceso judicial. Y quedó, sobre todo, un poco solo.
-De alguna manera me lo tengo merecido, siento, ¿no?
–¿Qué?
–Este cachetazo que ella me da. Mi esposa, mi ex esposa, siempre me decÃa Sergio, Hebe se lo hace a todos, algún dÃa te lo va a hacer a vos. Ella peleaba mucho para que nuestro hijo, Alejandro, no se acercara tanto a ella, porque algún dÃa lo iba a repudiar, me decÃa, iba a ser muy doloroso para él. Y yo le decÃa es imposible, es su nieto, lo adora, la abuela soñada de cualquier nieto. Y era abue y se llamaban, hablaban, por lo menos una vez por mes él se quedaba en la casa de ella. Y de la noche a la mañana fue el repudio más absoluto, el desconocimiento, un momento tan doloroso: quince años de mi vida puestos ahà a pleno. Fueron quince años de mi vida que si hacÃa falta pagar la luz salÃamos con un fierro en la cintura a buscar plata para sostener lo que las Madres necesitaban. Y de la noche a la mañana, un cachetazo en la cara, diciéndome…
Dice, y se calla. Dice diciéndome y no quiere decir traidor, ladrón, pobre tipo. Dice diciéndome y se calla.
–Pero esta misma situación yo antes la vivà y se la toleré y me callé frente a infinidad de compañeros que pasaron por la vida de Hebe y que después por algún problema de protagonismo o de cartel o de capricho o de que en una marcha le habÃan hecho una nota a él y no a ella terminaron radiados y repudiados, después de dejar años de su vida ahÃ. Y frente a muchas de estas situaciones, yo tampoco fui capaz de levantar la voz y poner un lÃmite firme. Y hoy me pasa lo que les pasó a tantos.
Schoklender mira el cigarrillo, la mano que le tiembla, y dice que de la noche a la mañana recibió ese cachetazo que le hizo entender que él no era, como creÃa, distinto: cualquier psicólogo hablarÃa de la herida narcisÃstica y de ciertos mecanismos de defensa. Yo no, pero sà de que es duro cuando te pasan esas cosas que uno cree que sólo les pasan a los otros –morirse, por ejemplo.
–SÃ, uno siempre piensa que es distinto y, de pronto, te ves en ese lugar donde habÃas visto pasar a tantos en la vida de Hebe, y ves que sos uno más de todos esos…
Dice, melancólico. Siempre es duro ser uno más.
De todos esos.
Le ofrezco un puro: me traje un par de puros, pensando que si la charla se hacÃa larga le iba a ofrecer uno: siempre es bueno compartir algún humo. Schoklender lo mira con interés, como pensando en algo que quizá no me cuente. En el piso de abajo su hijo juega a la play; Schoklender está preocupado porque tendrÃa que ocuparse de que estudiara matemáticas –y su mujer ex mujer le puede reprochar que no lo haga. Suena el teléfono, habla con alguien que le pide algo, le dice que sà pero no todavÃa; cuando cuelga le pregunto por qué cree que ella –con decir ella alcanza– hace las cosas que él dice que hace.
–Ella logró llegar a un lugar de reconocimiento de la dirigencia polÃtica, y a caminar por lugares por donde jamás se hubiese imaginado. Que entre a la Casa de Gobierno y que Néstor, Cristina, los ministros la inviten personalmente a todos los actos públicos… Me acuerdo cuando vino el de los Emiratos Ãrabes yo le decÃa Hebe, mirá que éste es un esclavista, es un hijo de puta. No, no, Cristina me invitó, yo tengo que ir, decÃa. Ella siempre fue muy susceptible a la adulación. Asà fue como se rodeó de toda una banda de parásitos aduladores, asà fue expulsando a todas las Madres capaces de cuestionarle algo y terminó monopolizando la imagen de la Madres de Plaza de Mayo, asà fue incapaz de sostener a HIJOS dentro de Madres, a ex Detenidos, a Familiares, o a Abuelas, o de valorar otras formas de lucha. Terminó rodeada de obsecuentes, y pasó de ser la mujer que viajaba todos los dÃas en colectivo hasta la Plata a ser la mujer que si no viaja en primera, no te viaja. Hebe terminó tercer grado nada más, y pasó a ser una mujer que leÃa tres libros por dÃa, se nutrÃa. En una formación donde yo colaboré un poco, pero una formación muy despareja, donde te decÃa estos negros de mierda que se vayan a mendigar a otra parte; uy, que no te escuchen. O armarse una ensalada entre lo que era la defensa del pueblo palestino y la defensa de Hezbollah o Al Qaeda o el antisemitismo y, entonces terminaba hablando del judÃo de mierda.
–“Hebe era una mujer muy primitiva, de muy poca educación. TenÃa muchas flaquezas humanas y yo era una máquina de tapar sus baches: habÃa decidido sostener esa imagen falsaâ€, decÃs en el libro.
–Cuando me voy encontrando con esta realidad de ella, ya era mucho lo que habÃa hecho. HabÃamos organizado una biblioteca, la universidad, el centro cultural, la radio, un montón de cosas que me parecÃan valiosas. Me acuerdo que con Viviana vivÃamos en un departamento atrás de esta casa, y lo hipotecamos para poder pagarles los viajes a declarar en la Audiencia Nacional con Garzón. Porque Hebe a eso no le daba bola a eso, porque no lo entendÃa, no lo sabÃa. Pero vos fÃjate que de ahà salieron cosas como la detención de Pinochet. Y después lanzamos el proyecto de la construcción…
Sueños Compartidos empezó en 2006: un programa de construcción de viviendas populares con un par de caracterÃsticas distintivas. Por un lado, la decisión de contratar a pobladores pobres de las zonas donde trabajaban:
–No sabés lo que fue para mà la satisfacción de ver a esas 6.500 familias rescatadas de la marginalidad más absoluta. Vos pensá que para el 90% de esos trabajadores era el primer trabajo formal que habÃan tenido en su vida, gente totalmente indocumentada, que por primera vez pasó a ser ciudadana cuando le tramitamos su DNI, después el cuit, después un recibo de sueldo, que los sacamos de la calle, de cartonear o de andar juntando basura o de andar vendiendo droga o estar en la prostitución o de ser carne de estas organizaciones sociales entre comillas, de vivir del plancito, en los micros para los actos, como único trabajo. Que les dimos dignidad, les dimos alfabetización, un oficio… Y de la noche a la mañana, ¡pum!, toda esa gente que trabajaba con nosotros se quedó colgada de la brocha, pataleando en el aire. Esa gente no tiene red. Nosotros sÃ, nosotros vamos a sobrevivir, de alguna manera vamos a seguir. Pero ellos …
Por otro lado, dice después, está el sistema de construcción, su gran orgullo, que les permite trabajar rápido y bien, construir casas mejores y mucho más baratas.
–Y bueno, el precio para seguir adelante era sostener ese mito. Si vos querés, era tratar de darle un sentido más actual y más coherente a la lucha por los derechos humanos. Tratar de utilizar la potencia que tenÃa el sÃmbolo para construir algo, no para destruir todo el tiempo. Y el precio era sostenerla a Hebe. Y qué sé yo, hicimos mucho. ¿Está bien, está mal? No sé. Hemos hecho cosas increÃbles, he compartido con ella vivencias increÃbles. Pero por otro lado, ¿cuánto de eso era verdad? No sé. Ahora no lo sé.
Cuando estalló el escándalo la estrategia del gobierno fue la más simple: correrse de un escenario incómodo y presentar todo el asunto como la lógica traición del parricida. Para eso tenÃan que olvidarse de que el parricida habÃa sido, durante años, un invitado permanente. Y el parricida puteaba pero, en esa discusión, ¿a quién le creerÃan más personas, a la Gran Madre o al Asesino de la Suya?
–Es muy menor, pero me llamó la atención que en tu libro dijeras que los 30.000 desaparecidos en realidad fueron 15.000, porque…
Le digo, y me interrumpe, atropellado:
–Eso es lo que me contaba ella, no lo dije yo. Ella me lo contaba como secreto, no sé, estábamos reunidas con otras madres y entonces como la Conadep dijo 15.000 yo salà a decir que eran 30.000, dijo, y 30.000, y 30.000, y quedó 30.000. Da lo mismo que sean 30.000 o uno, es obvio que uno solo es demasiado. Pero ella terminaba siendo la primera que habÃa ido a la plaza, la que sabÃa esto y lo otro, la que te marcaba las fechas, la cantidad de los desaparecidos, quiénes eran buenos y quiénes eran malos, quiénes eran traidores y quiénes no… Siempre primereando, se enfermaba si veÃa que le ocupaban el escenario. La postulación de Estela de Carlotto para premio Nobel la puso verde, no sabés cómo estaba…
Sergio Schoklender sabe que no le resulta fácil que le crean. O, mejor dicho: fácil que no le crean. No se engaña: sabe quién es –para millones de argentinos. Es rara esa combinación de hombre duro, pesado, que puede jactarse de sus peleas en la cárcel o un asalto pero que sabe, al mismo tiempo, que tiene lÃmites fuertes, una debilidad muy clara. Aún en sus mejores momentos, cuando Hebe de Bonafini lo impulsaba a tener más protagonismo en los actos de las Madres, él se negaba:
–Yo siempre jugué de monje negro, porque entendÃa que no sumaba, que ella sola ya se ocupaba de hacer vulnerables a las Madres. Hebe podrÃa haber sido prenda de unión de la dirigencia polÃtica argentina en determinado momento, o por lo menos de todos los sectores progresistas. Bajo el pañuelo de las Madres, ella podrÃa haber hecho la gran convocatoria. Y en cambio fue la gran convocatoria de sà misma.
TenÃa razón: su mujer ex mujer sube a preguntarle por qué no se ocupó de que su hijo estudiara matemáticas en lugar de jugar con la play; Schoklender le contesta tÃmido, le pide disculpas. Después prepara más café, seguimos, en el humo de los puros:
–A mà ya de por sà me pegaban por el tema de parricida, de asesino. Si encima yo aparecÃa como la voz de las Madres, les iban a pegar más. De hecho hubo madres que se fueron porque estaba yo, es una realidad. Si ya con los exabruptos de Hebe alcanzaba para que le pegaran a las Madres. ¿Cuántas veces las Madres se han comido crÃticas por eso? Si encima la cara visible era Sergio Shocklender… bueno, era pesado. Tampoco era un lugar que me gustara. Jamás tuve esas aspiraciones. A mi dejame con las experimentaciones, laburo con los barrios, las villas, organizar. Yo creo que puedo generar las condiciones para que otros sean los protagonistas a futuro. Soy un idealista en ese sentido, creo que podemos construir un mundo distinto para dejarle a mi hijo, una herencia, un proyecto. Pero con lo otro no me siento cómodo.
Yo tampoco: le tengo que preguntar, de algún modo, por el asesinato de sus padres. Ya es hora. Pero no sé cómo: me da pudor, no veo por qué tendrÃa derecho –yo, cualquiera– a preguntar cosas como ésa. Y sin embargo no puedo no hacerlo. Intento, por el momento, formas muy laterales:
–¿Y cómo es cargar con esa historia? La sensación de que todos tus compatriotas te piensan primero como un tipo que mató a los padres, digo, más allá de que lo que haya pasado…
–Pesado, muy pesado. En alguna época yo vivÃa tratando de convencer a todo el mundo de que era bueno. Hasta que dije bué, más vale hago lo que se me ocurre, y a otra cosa. Pero es pesado, en cualquier momento te podÃas encontrar con alguien que te podÃa rajar una puteada…
–Pero, digo, más allá de la cuestión pública, de estar delante de gente que te puede decir esto o lo otro, ¿para vos, frente a vos mismo, cómo es cargar con todo eso?
Su voz se va haciendo cada vez más oscura, grave, baja. Una mano en la frente, la otra en el cigarro, y dice que es pesado, pesado, y va a seguir siendo pesado hasta el último dÃa de su vida –y creo que lo dice en serio. Que habla en serio.
–Muy duro. No desaparece, ni va a desaparecer nunca. Siempre hay una cosa reparadora en uno, de querer dejar algo mejor para el futuro, ayudar, hacer el bien, sentir que tenés una deuda con la humanidad, con la vida, que no se va a ir nunca. Pero bueno, qué sé yo…
Dice, y espanta con la mano. Debe ser espantoso tener que volver –no tener más remedio que volver– una y otra vez a esas mismas dos horas, a un momento que, desde hace 30 años, te marca la vida: que, por más que hagas, sigue siendo lo que te define. Yo sigo dando vueltas:
–Estuve leyendo sobre la muerte de tu padres. Hay cosas muy raras. ¿Es verdad que quisiste huir a caballo?
Schoklender me mira seco, para dejar las cosas claras. Me pregunto si asà miraba en Devoto, en Caseros:
–De toda esa historia, toda esa parte, yo no hablo
Y después, para suavizar el corte brusco: que no habla porque es muy doloroso. Se oye, al fondo, el ruido de unos pasos subiendo la escalera.
Su mujer ex mujer llega entre dos pacientes, hablamos de pavadas. Sergio Schoklender disfruta el puro, lo chupetea, lo mira; después ella se va. En su libro, él dice que “todo entrevistador tiene su precioâ€; yo le pregunto cuándo me va a pagar el mÃo. Se rÃe: reÃrse suele ser una salida. Pero Schoklender cree saber que los medios argentinos “viven de la extorsión y de la compra de los espacios por parte de la dirigencia polÃticaâ€.
–Todos tienen que aportar para que no hablen mal de ellos. Si vos sos gobernador o intendente de una ciudad grande y no aportaste tu cuota mensual, mañana salen artÃculos pegándote o, mejor dicho: mostrando la realidad de tu provincia, escrachándote a los cuatro vientos. Solo para que no te mencionen, tenés que pagar. Y eso lo aprendà tarde, eh. Yo cuando empecé en esto era el tipo más ingenuo del planeta, no conocÃa nada. Yo me acuerdo de estar con alguna consultora, por ahà Doris Capurro, que está como una gran asesora de Cristina, y escuchar que la llaman por teléfono y cómo, ¿todavÃa no te llegó lo de este mes? Ah, esperá que ya lo llamo, y llamar al gobernador tal para decirle que no habÃa mandado la cuota para el medio tal del aporte mensual de publicidad oficial… Eso es para que no hablen mal. Si vos además querés que hablen bien, y empezar a existir en el imaginario popular, ya es otro precio distinto. Dos lÃneas en un diario, donde se mezcla la necesidad de este modo de hacer polÃtica con el narcisismo que todos tienen, son precios altos. Esas dos lÃneas son carÃsimas. Y asà es, en general, el tipo de periodistas y de prensa que tenemos.
–Sin embargo, cuando las Madres hicieron aquel “juicio ético a los periodistas†dijiste que no estabas muy de acuerdo.
–Yo no estaba de acuerdo en esas movidas de Hebe. Eran medidas consensuadas con Mariotto para pegarle a tal grupo, al grupo ClarÃn, a fulano o mengano, y aprovecharlo como una tribuna para salir en defensa de la ley de Medios y en contra de fulano de tal, y no una reivindicación de otro modo de hacer periodismo y de hacer justicia. Y esta cosa indiscriminada de Hebe de son todos una mierda, no sumaba nada. Pero era su manera, ella siempre redoblaba la apuesta. Por supuesto desde el gobierno la alentaban, le daban manija. Cuando la llamaban y le decÃan Néstor y Cristina te vieron, se emocionaron, se les caÃan las lágrimas con lo que decÃas, te podés imaginar que ella se hinchaba como un pato. Y al dÃa siguiente, quién carajo le pone el bozal…. SeguÃa diciendo boludeces.
–DecÃas que Néstor era el que alineaba los medios.
–Néstor era el que los llamaba y les decÃa déjate de joder con este tema porque te corto las patas, te saco la pauta oficial y además te volteo tres empresas.
–¿A ClarÃn?
–A ClarÃn, a La Nación, a Haddad, todos los medios. En el caso de Cristina es distinto. Porque Néstor te utilizaba la caja más el poder polÃtico. Cristina delegó todo eso en Abal Medina, y él maneja con pauta: te retraso los pagos, te libero los pagos. Pero no es lo mismo Abal Medina que Néstor, claro. Hoy verlo como jefe de gabinete es un escenario trágico, al 2015, porque no veo recambio. Te pueden construir un candidato mediáticamente todavÃa, pero no hay una generación polÃtica y una organización. No hay debate de ideas. No hay un proyecto de paÃs.
–Bueno, hay una generación que se plantea como el recambio para 2015. Los muchachos de la Cámpora…
Le digo, porque en su libro dice que son “montón de yuppies que quieren tener su oficina, una secretaria con minifalda, auto con chofer y sueldos disparatadosâ€. Schoklender se exalta y dice que son pendejos que no tienen la más puta idea de nada. Violeta, la perra, quiere que le tiren la pelota, ladra, salta.
–Son pendejos que no tienen la más puta idea de nada, que no tienen historia de militancia. Son pendejos que lo único que les interesa es garantizarse un sueldo, tener un pequeño séquito y se matan por tener más puestos para repartir y tener gente a su cargo. Esa es la polÃtica que nos están dejando para el 2015. El problema no es el hoy, el problema es que no hay una construcción polÃtica y una apuesta a largo plazo en este paÃs. Son tantas las miserias que no hay polÃticas a largo plazo. No hay un plan estratégico, no hay un plan quinquenal; te la dibujan, pero la realidad es que sobrevivimos porque somos un paÃs increÃblemente rico, 40 millones de gatos locos y porque venÃamos de una devaluación salvaje. Pero no hay un proyecto de paÃs que nos convoque y que nos una a todos, no hay una propuesta. Nunca Cristina –ni Néstor– se levantaron a decir esto es lo que queremos en educación, en salud, en vivienda, esta es la propuesta, tenemos que generar un consenso en esta dirección.
Pero Néstor, dice, fue un tipo con unos huevos como ninguno, capaz de enfrentarse a los grandes grupos, el tipo al que le debemos no estar en el ALCA, el que le dio impulso a la alianza con Brasil, que le dio dignidad a la polÃtica internacional argentina, que le hizo frente al Fondo Monetario Internacional.
–No, los méritos de Néstor son incontables, con todos sus defectos como ser humano y de su modo de hacer polÃtica.
Y que Néstor, otra vez, tenÃa unos huevos asà de grandes y pudo hacer tanto aunque, por supuesto, insiste, él también estaba metido en todo este kilombo.
–¿Qué querés decir, metido en todo este kilombo?
–A Néstor no se le escapaba nada. Néstor estaba al tanto de todo. Él arranca de menos diez, sin un caudal polÃtico propio, sin recursos, sin estructura. Vos en cada lugar donde ibas te encontrabas con funcionarios que habÃan estado con Menem, o Duhalde y ahora son kirchneristas. Es el caso como el Vasco, el intendente de Exaltación de la Cruz. Yo le pregunté un dÃa pero vos Vasco al final con quién estas. Y el tipo decÃa yo soy peronista, yo estuve con Menem, con Duhalde y con Néstor; yo soy peronista, decÃa.
–¿Vos decÃs que el sistema de corrupción estaba manejado por Kirchner también?
–Néstor les requerÃa a todos ellos caja, no para el lucro personal sino para el mantenimiento de toda esta estructura y de las organizaciones sociales. Estas organizaciones que fueron punta de lanza, los de D’Elia, los Pérsico, hasta Castells. Todos recibÃan, todos pasan por caja. No digo que se hayan enriquecido a modo personal, pero toda esta estructura clientelar que arman necesitaban financiarla. Y para eso Néstor les pedÃa a todos, por supuesto, y si yo te pido a vos que separés tanta guita, después no te puedo tocar el culo porque también separaste para vos. Y por supuesto, yo como Presidente de la Nación puedo mostrar públicamente que estoy repeleado con los grupos económicos, pero los grupos económicos son parte de la vida cotidiana del paÃs, entonces no me puedo pelear tanto. Me acuerdo que cuando recién asume Macri en Buenos Aires cancela todos los pagos a la Fundación y nosotros tenÃamos el 90 por ciento de las obras acá en la ciudad. Entonces le hacemos un escrache en la casa del Presidente del Instituto de la Vivienda de la Ciudad de Buenos Aires. Después de ahà vamos a escrachar a Petrini, un vendedor de jugadores de Boca que Macri lo habÃa puesto de Director del Instituto de la Vivienda. Ãbamos custodiados con policÃas en moto, con micros que nos habÃan puesto ellos.
–¿Ellos quiénes?
–El Gobierno Nacional. Y de ahà Ãbamos a hacerle un tercer escrache a la puerta del country donde vive Nicolás Caputo, dueño de la empresa constructora más grande del paÃs. Y entonces se ve que el comisario a cargo del operativo avisó, porque me llama López, José, el secretario de Obras Públicas, y me dice Sergio, no, con Nicky no, por favor, ¿cómo van a ir a lo de Nicky? Con Nicky somos amigos, estamos haciendo algunas cosas juntos. Claro, con Caputo tenÃan sus negocios. Arriba, digamos, son todos socios. Néstor podÃa pelearse, pero no podÃa pelearse tanto con algunos sectores.
Para pelearse siempre tuvo, sabemos, a Guillermo Moreno. El secretario de Comercio cumple una función que existe en todas las estructuras: ser el malo que concentra los odios –para que los demás circulen más livianos. En medio de tanto denuesto contra el secretario, me habÃa sorprendido ver, en el libro de Schoklender, su defensa.
–DecÃs que “Moreno es el único incorruptible, intachable, duro y loco como una cabra pero incorruptibleâ€.
–Yo me sorprendà con eso. Moreno es un bicho raro. Es un cuadro peronista, un viejo cuadro peronista de derecha. A Hebe siempre la miraba frunciendo la nariz. Y es el tipo que sigue viviendo en el departamento que compró a través del Instituto de Vivienda de la Ciudad hace no sé cuántos años. Es el tipo que el dÃa que se vota la 125 estaba furioso y se para arriba del escritorio diciendo acá hay que salir a cagarlos a tiros. Si vos no tuvieras un tipo como él, ¿cómo hacés para enfrentar a los grandes grupos económicos? ¿O vos te creés que hay que ir por las buenas, negociando, amable? Es el tipo que no lo he visto –y he estado muy adentro– recibir ni una sola coima, jamás lo he visto liberar un pedido de aduana porque habÃa guita. Lamentablemente lo he visto liberar pedidos de aduana o tomar resoluciones porque Néstor le decÃa que lo hiciera. Realmente era el cuadro, consciente de la verticalidad del movimiento, subordinado totamente a las órdenes primero de Néstor y después de Cristina, pero leal y duro como una piedra. Y de los tipos más interesantes para escucharlos hablar.
–¿Por qué?
–Es un tipo de una formación increÃble, te da un gran panorama del movimiento económico y social, pero lo que pasa es que tiene prohibido hablar.
–¿Y por qué tiene prohibido hablar?
–Porque en algún punto todos son amigos.
–¿Todos quiénes?
–La dirigencia polÃtica y los grandes grupos económicos son la misma ensalada, no es que estén en dos puntas opuestas. Yo siempre recuerdo esa anécdota, que me contaron los tipos que estaban ahÃ, en una reunión con todos los ministros y subsecretarios, y entonces Moreno se para y dice: Muchachos, para estar en el gobierno hay que ser un corrupto hijo de puta o hay que ser un militante o hay que ser un inútil que no consigue otro trabajo. Yo soy un militante, dice, y mira a todo el resto y nadie abre la boca. Un tipo con la autoridad moral para decirle a sus pares yo no choreo, ni para la corona; acato órdenes, de última, en determinados momentos.
Se ve que, de algún modo raro –o no tan raro– lo admira. O, incluso, lo envidia: es alguien que ha encontrado su lugar, su diferencia.
Llevamos horas. Es el cuarto café, afuera empieza a oscurecer, la perra llora y Schoklender le grita, su voz una violencia inesperada. Le pregunto si todavÃa cree que el ataque a las Torres Gemelas no era un acto de terrorismo y me dice que sÃ, que sigue creyendo que fue un acto de guerra que se guÃa por la misma lógica de escalada armada que los americanos llevaron a sus paÃses, pero que nada está más alejado de sus propias ideas que los grupos de fanáticos religiosos de cualquier religión, y yo le digo que es curioso que su imagen pública está muy identificada con lo judÃo y que él en cambio se siente mucho más católico y estudió teologÃa y tiene parientes curas y monjas y me dice que sÃ, pero que esa imagen judÃa, en esta sociedad bastante antisemita, ayuda a su condena.
–Absolutamente. Me pegan por ser judÃo, me pegan por estar con las Madres, me pegan por ser de izquierda, me pegan por ser parricida. Es pesado.
Dice que es pesado: otra vez la voz baja, la cara resignada. Otra vez, el karma de cargar con la fama –o, dicho de otro modo, con la historia. Yo le pregunto cómo querrÃa, entonces, definirse.
–Como un rebelde librepensador.
Dice, casi solemne: como un rebelde librepensador, repite, pero el efecto se pierde un poco porque aparece su mujer ex mujer, que acaba de confiscar la play station y se queja y se rÃe de tener un mantenido charloteando en el play room. Schoklender también se habÃa definido asÃ: parece que en eso están de acuerdo.
–Qué se yo. Yo dirÃa que soy un tipo que tiene principios y los defiende, que trato de ser honesto conmigo mismo todo el tiempo. Que dejé de aparentar, o de querer aparentar. Es decir, me di cuenta de que era imposible: que por más que lo intentara iba a seguir siendo malo, judÃo, judÃo, terrorista, zurdo…
–¿Parricida?
–Parricida, y ahora ladrón, estafador y qué sé yo. Pero la vida es tan larga, da tantas vueltas.
Dice, como quien acaba de descubrir algo. Yo me dejo tentar: he dicho en tantas clases que la entrevista es ese género inverosÃmil en el que uno se siente con el derecho de preguntar a un desconocido lo que no le preguntarÃa a su mejor amigo, y siempre puse el mismo ejemplo: que uno pueda preguntarle a ese desconocido, por ejemplo, si le teme a la muerte. Soy débil, tan firmemente vacilante:
–¿Te da miedo la muerte?
Schoklender me mira con un atisbo de sorpresa, se rehace: sÃ, claro, dice, se limpia los anteojos, suspiro lleno de humo.
–SÃ, claro, cómo no me va a dar. No por un castigo del más allá, ¿no? Por el tiempo. Siempre vivà la vida como que no me alcanza el tiempo para todo lo que quiero hacer. Y me asusta no poder concretar algunas cosas que tengo como sueños. Lo más pesado desde que empezó el kilombo, todos estos años…
Estos años son meses, seis o siete; se lo digo y se rÃe pero amargo.
–SÃ, lo más pesado estos meses es tener que estar sin construir, sin hacer. Estar caminando en Tribunales, boludeando, jugando el simulacro de proceso judicial disparatado. Eso me agota.
Ya vamos terminando, pero se me ocurre decirle que, ahora, a esa lista de sus reputaciones se agregó la de bonvivant, el tipo que vive como un duque con la plata afanada al Estado. Era un comentario; fue el gatillo de media hora de explicaciones detalladas: que su empresa, Meldorek, tenÃa dos aviones para recorrer las 42 obras que mantenÃan en todo el paÃs porque los transportes entre las distintas provincias son muy difÃciles, que él sólo lo usó dos veces para vuelos personales, una vez a Ushuaia y otra a Bariloche con su familia y que igual fue cargado de material para una obra, que nunca fue a Punta del Este, que el avión a veces se alquilaba para ayudar a pagarlo, que nunca nunca nunca tuvo un Porsche o una Ferrari, que nunca nunca nunca se subió siquiera a un Porsche o a una Ferrari, que la casa donde estamos fue hipotecada para pagar viajes de las Madres, que sà compraron unos lotes en un country para dárselos como compensación a los ingenieros y arquitectos que trabajaban para Meldorek por mucho menos que lo que suele cobrarase en esos casos, que él mismo podrÃa haber cobrado muy legÃtimamente un 5 o 6 % de los 1.200 millones que el Estado les dio para sus construcciones por dirección general del proyecto y que no tiene un mango, que la casa de 19 cuartos en José C. Paz. La casa de 19 cuartos en José C. Paz es una historia larga y me la cuenta con detalle: que estaba arruinadÃsma y que que nunca la usaron sino que la compraron para algo que no hicieron y que después firmaron un acuerdo con la provincia de Buenos Aires por un centro de rehabilitación de adictos que tampoco hicieron y asà de seguido. Yo entiendo que esto debe ser muy importante pero no consigo que me interese tanto. Sà me interesa, y se lo digo, que por más que diga lo que diga hay millones y millones de argentinos que lo tienen por culpable. Que no sé si lo es o no lo es, pero que qué se hace frente a eso: un juicio módicamente inapelable.
–No sé, no hay forma. Hay momentos en que parece imposible. Podés ir, contar, mostrar, y no hay manera. Cuando algo se instala no lo levantás más.
Me digo que no me tendrÃa que dar pena. Que él odiarÃa, supongo, dar ninguna pena, y que probablemente tampoco la merezca. Pero me lo repito.
–¿Y entonces, cómo te ves dentro de cinco, diez años?
–Desarrollando tecnologÃa, montando fábricas, produciendo casas, convocando trabajadores y demostrando que las cosas se pueden hacer de otra manera.
Lo dice como si lo creyera, de corrido, enfático.
–¿Y te parece que tenés resto como para reconstruir eso?
–Mil veces. Lo que tengo es el apoyo de la gente. No el apoyo de la sociedad, ni de los medios, ni de la clase polÃtica. Pero sà tengo el apoyo de la gente en los barrios. La gente ha querido hacer movilizaciones para apoyarme, pero yo las he prohibido porque no quiero joderles las pocas posibilidades de trabajo que les puedan quedar. Pero yo vuelvo a los barrios y empiezo a generar trabajo, y las tecnologÃas y las patentes son mÃas y están a disposición de todos. Me veo como que esto va a durar un tiempo, que me va a servir a mà para reflexionar y mejorar la tecnologÃa y desarrollar nuevas cosas, y después me pondré a trabajar y a seguir construyendo. Lo que no saben, es que igual lo voy a hacer. Tardará seis meses, un año. Yo soy un apasionado de la tecnologÃa, de la investigación de nuevas tecnologÃas, y la empresa que armé es una empresa de nuevos sistemas de construcciones de varias ramas. Y todo esto es una etapa más, qué se yo, yo he pasado tantas etapas locas en mi vida.
Hace un par de horas me dijo que era un muerto en vida; ahora desborda de futuros. Estoy por decÃrselo, pero pienso que no vale la pena. Ahà debe haber un formato, un patrón.
–¿A veces pensás que rara es mi vida?
–Bueno, ahora, cuando me hacés recorrerla. Entonces sà me pongo a pensar y me digo qué cosa loca, qué contrastes. La cantidad de cosas que he vivido: de estar en la cárcel a la selva de Chiapas con Marcos a los campamentos del Movimiento sin Tierra a las marchas sobre Brasilia a Belgrado cuando caÃan las bombas o un ministerio o la Casa de Gobierno en un acto público o en el Impenetrable trabajando con la gente, y de pronto ser execrado y maldecido en todos los medios y de pronto trabajar como abogado una época y ahora tener que volver a agarrar los libros a ver cómo era esto… Cuántas cosas, ¿no? Todo es por algo. Todo te enseña algo. La historia se cuenta al final. A veces en el momento uno no le encuentra lógica, pero cuando pasa el tiempo uno se dice esa experiencia me sirvió. No todo suma, hay cosas que restan, que restaron, te podés imaginar que vivimos dÃas de mucha angustia, de mucho dolor, de muchas decepciones. Pero tratamos con Viviana de siempre manejarlo con un poco de ironÃa, de alegrÃa. La gente cree que el tiempo es una cosa lineal y que pasó… Pero el espacio y el tiempo son otra cosa. Yo sigo pensando qué voy a hacer cuando sea grande.
Dice, y se rÃe: yo sigo pensando qué voy a hacer cuando sea grande. Tiene la risa chiquita, como contenida, y lo repite: qué voy a hacer cuando sea grande. Yo pienso en decirle que lo raro es que lo que iba a hacer cuando fuera grande lo hizo siendo muy chiquito, pero me parece que no debo. Me negocio:
–¿Y a veces pensás pucha, la verdad que para ser un tipo inteligente he hecho muchas cagadas?
Sergio Schoklender respira hondo, pita. Me mira como quien busca, pita de nuevo, me dice, tono confesional, que no.
–¿Vos sabés que no me siento que haya hecho muchas cagadas? En general estoy bastante orgulloso de todo lo que hice.
Dice, subraya el bastante, y me dice que nos levantemos. Al lado del play room está su estudio: escritorio de vidrio, silla de cuero negro, unos estantes, computadora, fotos en las paredes. Me las muestra: son sus logros.
–Esto lo hice yo, esto lo construà yo con tres locos amigos…
Dice, y me muestra un monumento a los desaparecidos y me muestra unas fotos en sus construcciones y una foto con el saxo y una foto con su mujer ex mujer y su hijo y los diplomas universitarios enmarcados y otras fotos y repite que no, que él está bastante orgulloso de todo lo que hizo. Y que ahora lo putearán cuando salga el libro y le tirarán con algún otro escándalo pero que, al final, todo pasa.
–De últimas, al final, todo pasa, sabés. Todo pasa.
Dice, y no le creo.