Es suficiente con que tengan algún éxito el fútbol, el tenis cuando se juega la Copa Davis o el hockey desde que Las Leonas comenzaron a traer victorias para que se despierten pasiones nacionalistas. Imposible mirar tranquilamente un partido cualquiera de un deporte cualquiera, porque el murmullo nacional acompaña a los buenos, a los malos y a los mediocres. La bandera es nuestra camiseta o viceversa.
Durante los próximos Juegos OlÃmpicos de Londres, todo el paÃs va a interesarse por disciplinas que, terminada la competencia, volverán al cono de sombras que ocupan los atletas en sus provincias o en el Cenard. Pero durante esas semanas seremos expertos en salto con garrocha, carreras, remo, gimnasia, natación, jabalina, disco y esgrima.
Podrá decirse que esto sucede en todo el mundo. Es cierto. Pero que suceda en todas partes no exime de considerar crÃticamente los brotes locales de nacionalismo. El uso universal de los sentimientos nacionales lleva a analizar sus dispositivos simbólicos paÃs por paÃs. El nacionalismo cumple funciones especÃficas y llena vacÃos humillantes en una nación, como la Argentina, que cultiva el irredentismo como una peligrosa flor que utilizan las dictaduras y los gobiernos democráticos.
Esto se ve muy claro en el caso Malvinas: invadidas por Galtieri, a nadie le importó mucho que se tratara de la última aventura de un gobierno terrorista; se festejó la toma de las islas, junto con el dictador, en la Plaza de Mayo. Hoy, gracias a que hemos aprendido de la derrota, nadie piensa en invadirlas, pero el canciller acaba de mandar mensajes hostiles a su par de Gran Bretaña. Habilidoso en la costumbre local de hacer polÃtica por los medios, Timerman cree que puede seguir cultivando esa afición criolla cuando le habla al gobierno británico.
No perder jamás la iniciativa mediática, producir las noticias y garantizar que ellas se difundan: tal el estilo CFK, que imprimió un «giro lingüÃstico» a la polÃtica. Gana quien tiene la iniciativa en el discurso y define el vocabulario con que se habla de las cosas. Por eso, se cultivan las efemérides, las inauguraciones, los anuncios de lo que sea, sin una jerarquÃa especial. A veces son hechos importantes, como YPF; a veces, sólo ponen en práctica la idea de que a cada dÃa corresponde un discurso, como si se tratara del santoral del Poder Ejecutivo.
El cristinismo considera que su presencia en el gobierno garantiza por sà sola el derecho y la justicia de cualquier intervención. No se atiene a leyes ni a costumbres, porque las funda, les da existencia, y por eso mismo las vuelve universales.
Algo de este orden sucedió con el corto publicitario filmado en las islas Malvinas. Es un buen producto de montaje y, por eso mismo, sostiene con eficacia el mensaje que se le agregó: «Para competir en suelo inglés, entrenamos en suelo argentino». La sucesión de planos rápidos, en los que el paisaje está siempre bien definido, permite que quien vea el corto no piense por qué ese hombre está corriendo sobre la nieve hasta caer exhausto. Por el contrario, el espectador sólo recibe el mensaje del «esfuerzo» y del «lugar». La inscripción final cierra todo.
En 1934, la talentosa cineasta Leni Riefenstahl, amiga de Hitler, filmó en Nuremberg la jornada final del Congreso del Partido Nazi. La ciudad ya habÃa sido elegida para trazar un eje pangermánico que terminarÃa en BerlÃn: el camino del Reich. En Nuremberg se construyeron impresionantes instalaciones para las grandes convocatorias del Partido. Alexander Kluge las filmó en 1961. El tÃtulo de esa pelÃcula, un corto de 12 minutos en blanco y negro, es Brutalidad en piedra . Tanto el tÃtulo como los planos estáticos y desiertos de Kluge son estremecedores. Esos planos no son breves, no atropellan al espectador, sino que le dejan tiempo para pensar. Entre la pelÃcula de Riefenstahl y la de Kluge corre una lÃnea, pero quebrada: la celebración del nazismo y su crÃtica más radical.
En 1936, Riefenstahl volvió a hacer una pelÃcula para los nazis: Olympia , sobre los juegos que tuvieron lugar en BerlÃn. También es un film de montaje, impresionante, grandioso. Antes de esas OlimpÃadas, muchas naciones y algunos comités olÃmpicos discutieron si era correcto competir en Alemania. BerlÃn habÃa sido elegida en 1931, antes de que Hitler, que sacó el 43,9% de votos, formara gobierno en 1933. Cuando empezaron las discusiones, los nazis moderaron las campañas antisemitas y, finalmente, como en su momento la dictadura argentina, lograron que se mantuviera la sede: el imponente Olympia-Stadium, el mayor escenario de los juegos hasta entonces. Hoy puede visitárselo para comprobar la encarnación como signo arquitectónico de una voluntad polÃtica expansiva.
Antes de que comiencen los insultos, me apresuro a aclarar que estoy lejos de pensar que el gobierno de CFK tenga algo que ver con el nazismo. No me gustan las comparaciones donde toda la historia termina siendo lo mismo y donde lo verdaderamente interesante del presente se pierde en una nebulosa. Lo que la historia enseña es que las cosas son siempre diferentes. Pero esas diferencias deben ser tenidas en cuenta, no pasadas por alto. Sobre todo, si siempre se está hablando de memoria.
La publicidad que el Gobierno compró a una agencia (cuyas condiciones de producción ya han sido difundidas), además de su mensaje explÃcito, transmite otras informaciones.
En primer lugar, que en nombre de la Argentina el cristinismo se considera autorizado a hacer cualquier cosa. A veces acierta y los aciertos deben ser reconocidos. Pero muchas veces se equivoca, sobre todo en el manejo de los sÃmbolos, el campo en que se considera más experto. En nombre de la Argentina, al Gobierno le ha parecido adecuado comprar una publicidad filmada under cover . Como si un equipo británico hubiera filmado las peleas en un estadio de fútbol, las hubiera sometido a una edición astuta y hubiera presentado un corto publicitario con el tÃtulo «These are the Argies». Y el gobierno de su Majestad lo difundiera por la BBC, aunque esto le habrÃa resultado medio difÃcil, dado que la BBC no se maneja desde Palacio por control remoto, como nuestro amado sistema de televisión pública.
En segundo lugar, porque las violaciones a los usos y costumbres de una filmación son demasiado flagrantes. Las Malvinas podrán ser argentinas para quienes sostienen esto, incluso con argumentos. Es decir, son argentinas para muchos argentinos, para su gobierno y para los paÃses y pueblos que los acompañen con mayor o menor entusiasmo en los foros internacionales. Pero no son argentinas en el sentido en que un argentino puede ir allà a hacer lo que se le dé la gana ni, mucho menos, utilizarse, sin aviso, como escenario para una provocación defendida, pagada y difundida por el gobierno nacional, que presenta el caso como si se tratara de lo más normal del mundo. Si una empresa deportiva hubiera encargado el aviso, la cuestión serÃa diferente. SerÃa una transgresión más sencilla de explicar; tonta e inútil, por cierto, ya que paisajes asÃ, elegidos bien por el encuadre, se encuentran en otros lugares.
Pero en este caso es el Gobierno el transgresor. ¿Alguien imagina un corto español, filmado en Gibraltar, donde se diga: «Entrenando en suelo español para competir en suelo británico»? Esa insensatez podrÃa cometerla algún privado, pero nunca serÃa avalada por el Partido Popular, por el Partido Socialista, por la Izquierda Unida y, aunque no se ocupan de esas cuestiones, tampoco por los Indignados.
Los argentinos nos sentimos excepcionales y nos parecen normales las conductas regidas por el «vale todo». El Gobierno, al difundir el corto malvinero, acaba de confirmarlo.
© La Nacion .
Ayer escuché comentarios sobre la mala fe de Beti en su ridÃcula comparación del gobierno con el nazismo.Quiero resaltar otro de sus sagaces apuntes:la comparación del video sobre los juegos con la actitud de los gallegos respecto de Gibraltar. Beti recuerda que ni el PP ni el PSOE ni el periodismo españoles harÃan algo asÃ.Ella pondera la serenidad, la prudencia, la sensatez de las autoridades hispanas para manejar el conflicto que mantiene con el Reino Unido por el peñón. Pero resulta que funionarios del gobierno español,del PP y ciertos periodistas no han ahorrado insultos ni gestos despreciativos hacia el gobierno argentino y su presidenta y algunos mostraron amagos de desempolvar lla «gloriosa» conquista de América. Es todo un sÃntoma de la ideologÃa de Sarlo: a los ingleses se los respeta y todo intento de afirmación de lo propio de nuestra parte es poco menos que fascismo
Compite palmo a palmo el trono vacante de Carrió con la Walger.
Coincido con las crÃticas. Esta vez Sarlo se equivoca al criticar a un gobierno que, siempre se ha caracterizado por respetar las normas diplomáticas y que ha sabido ser coherente en la defensa del espÃritu olÃmpico. ¡Hasta la victoria, Presidenta! (victoria olÃmpica, por supuesto)