Ahora que ya se sabe que la caracterÃstica poco concluyente del voto del pueblo griego sobre su propio futuro llevará a la convocatoria a nuevas elecciones, los dirigentes de Europa se están refiriendo a esos segundos comicios como si fueran el referéndum sobre las relaciones de los griegos con el euro que les negaron en noviembre.
Más vale tarde que nunca. Si los griegos no quieren permanecer dentro de la unión monetaria, no tiene sentido tratar de seducirlos o intimidarlos para que lo hagan. Como dijo ayer, con razón, José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, “en última instancia, la determinación de quedarse en el área del euro debe venir de la propia Grecia”.
En las elecciones del 6 de mayo, dos tercios de los votantes respaldaron a partidos que se oponen a las polÃticas de austeridad impuestos por la eurozona y el Fondo Monetario Internacional como condición para otorgar los préstamos del rescate pactado.
Al mismo tiempo, las encuestas muestran que la mayorÃa de los griegos quiere mantener el euro, que es un sÃmbolo de sus aspiraciones europeas. Una de las muchas tragedias de la crisis es que los lÃderes griegos no han logrado que su pueblo enfrenta la verdad: esta no es una opción entre la austeridad y la decisión de dejar el euro. Los pasados excesos del paÃs han hecho que la austeridad sea inevitable, con o sin rescate de la eurozona, dentro o fuera del euro.
Los griegos enfrentarán dificultades aún mayores si un nuevo gobierno en Atenas abandona el plan de rescate, y el colapso económico empeorará si se produce la salida del euro.
Pero el disgusto de los griegos con su propio establishment polÃtico y con los diktats de BerlÃn y Bruselas es tan grande, que ahora parece probable que el 17 de junio brinden todavÃa más apoyo a los partidos que buscan abandonar el programa de “préstamos por austeridad” acordado en marzo. Ahora la eurozona debe prepararse para el resultado de esos comicios.
Los dirigentes de la región proclaman al unÃsono que si Grecia no cumple con sus compromisos, sus vecinos ya no financiarán sus jubilaciones, el servicio de su deuda y los sueldos del sector público. La eurozona ha jugado antes a este juego y tiende a parpadear primero. No debe hacerlo esta vez, y el FMI no debe permitirlo. Los planes ofrecidos a Grecia tienen defectos, pero son generosos. Si Atenas rechaza el último, sus vecinos deben dejar que caiga en default.
Sólo en el contexto de una disminución de las metas presupuestarias que abarque a toda la zona del euro –cosa que se ha convertido en una posibilidad en un tiempo notablemente corto– podrÃa encararse la modificación del programa de Atenas. De todos modos, incluso en ese caso es improbable que se logre un fuerte respaldo polÃtico por parte de los griegos y, de todos modos, podrÃa ser demasiado tarde.
Un default no dejarÃa automáticamente a Grecia fuera del euro. La decisión de identificar un default soberano con la ruptura con la divisa común, como algunos lÃderes europeos –empezando por la canciller alemana Angela Merkel– han hecho desde principios de 2010, ha tenido como consecuencia que la ruptura sea más, en vez de menos, probable. Pero sigue siendo cierto que si los griegos no quieren saltar del barco, sólo dejarán al euro si los empujan. El empujón serÃa que el Banco Central Europeo cortara la ayuda a los bancos griegos en la corrida sobre los depósitos que se desencadenarÃa con un default.
Si la moneda común se desintegra, será porque la combinación de una unión monetaria con la responsabilidad nacional por los bancos resulta insostenible. Ahora los funcionarios comprenden esto. Los fondos de rescate pueden ser usados para rescates bancarios, y la comisión ha anunciado, tardÃamente, planes para crear normas paneuropeas que rijan la liquidación bancaria y los seguros de depósitos.
Si la eurozona vacila a la hora de forzar la salida de Grecia –y a pesar de los discursos duros, muchos lÃderes van a tener dudas– la única forma de evitarla serÃa salvando el sistema bancario de Grecia del colapso, incluso si se produce un default soberano.
Europa podrÃa tener que confrontar estas opciones aún antes de que pueda producirse una cesación de pagos después de las elecciones del 17 de junio. Los griegos ya están votando con sus billeteras: los depósitos, que se habÃan estabilizado en los primeros meses de este año, ahora vuelven a achicarse de manera alarmante.
Es difÃcil considerar la posibilidad de que BerlÃn, en particular, pueda encontrar el espacio polÃtico para permitir que la eurozona respalde los bancos griegos. Eso deja la fea alternativa de un colapso griego total y el riesgo de corridas bancarias en otros paÃses que están expuestos.
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Más vale tarde que nunca. Si los griegos no quieren permanecer dentro de la unión monetaria, no tiene sentido tratar de seducirlos o intimidarlos para que lo hagan. Como dijo ayer, con razón, José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, “en última instancia, la determinación de quedarse en el área del euro debe venir de la propia Grecia”.
En las elecciones del 6 de mayo, dos tercios de los votantes respaldaron a partidos que se oponen a las polÃticas de austeridad impuestos por la eurozona y el Fondo Monetario Internacional como condición para otorgar los préstamos del rescate pactado.
Al mismo tiempo, las encuestas muestran que la mayorÃa de los griegos quiere mantener el euro, que es un sÃmbolo de sus aspiraciones europeas. Una de las muchas tragedias de la crisis es que los lÃderes griegos no han logrado que su pueblo enfrenta la verdad: esta no es una opción entre la austeridad y la decisión de dejar el euro. Los pasados excesos del paÃs han hecho que la austeridad sea inevitable, con o sin rescate de la eurozona, dentro o fuera del euro.
Los griegos enfrentarán dificultades aún mayores si un nuevo gobierno en Atenas abandona el plan de rescate, y el colapso económico empeorará si se produce la salida del euro.
Pero el disgusto de los griegos con su propio establishment polÃtico y con los diktats de BerlÃn y Bruselas es tan grande, que ahora parece probable que el 17 de junio brinden todavÃa más apoyo a los partidos que buscan abandonar el programa de “préstamos por austeridad” acordado en marzo. Ahora la eurozona debe prepararse para el resultado de esos comicios.
Los dirigentes de la región proclaman al unÃsono que si Grecia no cumple con sus compromisos, sus vecinos ya no financiarán sus jubilaciones, el servicio de su deuda y los sueldos del sector público. La eurozona ha jugado antes a este juego y tiende a parpadear primero. No debe hacerlo esta vez, y el FMI no debe permitirlo. Los planes ofrecidos a Grecia tienen defectos, pero son generosos. Si Atenas rechaza el último, sus vecinos deben dejar que caiga en default.
Sólo en el contexto de una disminución de las metas presupuestarias que abarque a toda la zona del euro –cosa que se ha convertido en una posibilidad en un tiempo notablemente corto– podrÃa encararse la modificación del programa de Atenas. De todos modos, incluso en ese caso es improbable que se logre un fuerte respaldo polÃtico por parte de los griegos y, de todos modos, podrÃa ser demasiado tarde.
Un default no dejarÃa automáticamente a Grecia fuera del euro. La decisión de identificar un default soberano con la ruptura con la divisa común, como algunos lÃderes europeos –empezando por la canciller alemana Angela Merkel– han hecho desde principios de 2010, ha tenido como consecuencia que la ruptura sea más, en vez de menos, probable. Pero sigue siendo cierto que si los griegos no quieren saltar del barco, sólo dejarán al euro si los empujan. El empujón serÃa que el Banco Central Europeo cortara la ayuda a los bancos griegos en la corrida sobre los depósitos que se desencadenarÃa con un default.
Si la moneda común se desintegra, será porque la combinación de una unión monetaria con la responsabilidad nacional por los bancos resulta insostenible. Ahora los funcionarios comprenden esto. Los fondos de rescate pueden ser usados para rescates bancarios, y la comisión ha anunciado, tardÃamente, planes para crear normas paneuropeas que rijan la liquidación bancaria y los seguros de depósitos.
Si la eurozona vacila a la hora de forzar la salida de Grecia –y a pesar de los discursos duros, muchos lÃderes van a tener dudas– la única forma de evitarla serÃa salvando el sistema bancario de Grecia del colapso, incluso si se produce un default soberano.
Europa podrÃa tener que confrontar estas opciones aún antes de que pueda producirse una cesación de pagos después de las elecciones del 17 de junio. Los griegos ya están votando con sus billeteras: los depósitos, que se habÃan estabilizado en los primeros meses de este año, ahora vuelven a achicarse de manera alarmante.
Es difÃcil considerar la posibilidad de que BerlÃn, en particular, pueda encontrar el espacio polÃtico para permitir que la eurozona respalde los bancos griegos. Eso deja la fea alternativa de un colapso griego total y el riesgo de corridas bancarias en otros paÃses que están expuestos.
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