La tragedia, la polÃtica y la sociedad. Precedentes que acusan, alertas no advertidos. La necesidad de hacer cambios. La solidaridad conmovedora. Gobernantes cuestionados, respuestas diferentes. La respuesta de la Presidenta y las medidas anunciadas. La equidad en juego. Enseñanzas y advertencias de La peste.
“Rieux decidió redactar la narración que aquà termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les habÃa sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio. Oyendo los gritos de alegrÃa que subÃan de la ciudad, Rieux tenÃa presente que esta alegrÃa está siempre amenazada. Pues él sabÃa que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás.”
La peste, Albert Camus
“Después del temblor de tierra que habÃa destruido las tres cuartas partes de Lisboa, los sabios de la ciudad no encontraron un medio más eficaz para evitar la ruina que dar al pueblo un magnÃfico auto de fe. La Universidad de Coimbra dictaminó que el espectáculo de algunas personas quemadas a fuego lento serÃa el secreto infalible para impedir nuevos temblores de tierra.”
Cándido, Voltaire
Una cifra aterradora de muertos, pánico colectivo, escenas sólo vistas en cine catástrofe. Miles de vÃctimas que sufrieron daños irreparables, que padecerán traumas difÃciles de sobrellevar. Respuesta formidable de la sociedad, trasuntada tanto en la solidaridad como en la capacidad de autoorganización. Bautismo conmovedor de una militancia joven menoscabada por ciertas crónicas. Una polémica, siempre necesaria, acerca de las potencialidades de la sociedad y el Estado. Desempeños muy dispares de protagonistas polÃticos, incluyendo a dos presidenciables, ambos esperanzas blancas de la oposición.
El cronista propone sólo algunos apuntes de un debate que debe ser largo ya que es imposible enunciar un saldo tan pronto. Pero hay que ir discurriendo sobre las responsabilidades concretas de antes y de después, que esta vez no pasarán por los tribunales, lo que fuerza a “la polÃtica” y a la sociedad a asumirlas. Los tribunales, al fin y al cabo, sólo dan respuestas sesgadas, parciales. El cedazo del Código Penal y aun el de las responsabilidades civiles son pobre vara, debe haber otra más exigente y profunda.
– – –
Los dioses y los humanos: antaño, bajo otras cosmovisiones, las tragedias (entre ellas las producidas por cataclismos de la naturaleza) eran interpretadas como producto de la voluntad de los dioses. Como castigos o como mensajes. Los mismos dioses podÃan ponerle fin cuando el escarmiento era bastante, cuando se modificaban las conductas o cuando mediaban sacrificios o autos de fe. Actos de contrición de los hombres, perdón de la divinidad. Un orden moral estructurado, un mundo explicable, que la cita de Voltaire pone en tela de juicio. Vivimos en una era en la que las tragedias (o, cuanto menos, la magnitud y distribución de sus consecuencias) suelen ser leÃdas también como consecuencia de errores o fallas humanas. Cada una de ellas desata (debe desatar) un debate sobre las responsabilidades previas y ulteriores. No se trata, en las sociedades contemporáneas, de restaurar un orden previo y armonioso interferido por el pecado sino de cambiar lo que está mal hecho. Los daños, como entonces, son colectivos pero la búsqueda de responsabilidades se orienta a autores más precisos.
Yendo más al grano: a la luz de las ideologÃas del siglo XXI es inadmisible la idea de que lo padecido en La Plata y en la Capital, entre otros parajes, sea pura fatalidad. Que sólo se deba a un fenómeno meteorológico tremendo, que lo hubo. También mediaron la imprevisión, la falta de planificación, un urbanismo regido sólo por las leyes del mercado o la necesidad apremiante. A eso se agregaron, en paralelo con los diluvios y después, carencias operativas de gobernantes en el contexto de la urgencia.
Nadie puede afirmar que todas las pérdidas eran evitables en otro contexto. Nadie puede negar que una parte (que con el tiempo se deberÃa precisar) sea debida a la mala praxis, a la improvisación, a la falta de volumen de quienes toman decisiones designados por el pueblo soberano.
El cronista renuncia a los estudios hÃdricos, que no son su métier. Pero sà intenta incursionar en cuestiones que rozan sus saberes. Un par de preguntas son imperiosas. ¿Es posible pensar que son polarmente diferentes los sucedidos de Capital y La Plata? ¿Que en un lugar primó la culpa del Gobierno y en otro la brutalidad de la naturaleza? Dos situaciones similares (aunque mucho más grave la de La Plata), producidas en cuestión de horas, en un mismo paÃs y a 60 kilómetros de distancia, fuerzan la respuesta. Las semejanzas de fondo priman, lo que no equipara culpas ni responsabilidades. Ni iguala los procedimientos previos y posteriores. Pero hay un patrón común, que la astucia partidaria (de ambos sectores) procura diluir y que no debe ser dejado de lado.
La segunda pregunta es imposible de responder de modo irrefutable, sólo se pueden esbozar hipótesis. ¿Hay un denominador común entre estas inundaciones, las de Santa Fe en 2003, con Cromañón, con la muerte de los chicos del colegio Ecos, con la tragedia ferroviaria de Once, con los derrumbes de edificios en la Ciudad Autónoma, con tantas pérdidas de vidas en rutas y calles? ¿Mentamos un conjunto de contingencias aisladas o, por el contrario, creemos que “hacen sistema”? ¿Hay demasiadas muertes evitables en la Argentina? Quien propone un interrogante anticipa, por la parte baja, que le parece digno de estudio. El cronista cree que la cuestión es profunda, que la pregunta es necesaria. Y teme, o mejor dicho cree, que la respuesta más verosÃmil (casi la única verosÃmil) es la afirmativa.
– – –
El asfalto: asà planteado el tema, es factible combinar en el análisis la catástrofe de La Plata con la de Capital. En ambas mediaron advertencias previas de organizaciones sociales, vecinales, ecologistas, de profesionales de la construcción. Asfaltar sin ton ni son, taponar eventuales vÃas de desagüe, achicar los espacios verdes son vicios comunes en la capital de la nación y de su provincia más grande. Cierto es que nadie es portador de la verdad plena y que las pretensiones de esos sectores de la sociedad civil no son idénticas a las de los gobernantes. A menudo, tampoco concuerdan con las de muchos ciudadanos, de variadas extracciones sociales. Los más pudientes que quieren edificios gigantescos, muy demandantes de infraestructura. Y también los más humildes, que se asientan en terrenos “bajos” sencillamente porque son los más despoblados y accesibles. Para unos es la prepotencia del dinero, para otros el imperio de la necesidad. En la provincia hay muchos barrios o asentamientos relativamente nuevos en sitios de cotas bajas, que no fueron afectados en los últimos años porque no fueron de sequÃa pero sà (en promedio) de lluvias manejables. He ahà un riesgo virtual, cercano.
No deliran quienes exigen precauciones, fijación de reglas, distancia entre el agua y lo edificado. Un grado de planificación urbana, algo más que crecimiento a la que te criaste, que primó (allende las notables diferencias de época) en los Â’90 o en el siglo XXI. Sobran ejemplos comparativos, aun en grandes ciudades. En el casco urbano de ParÃs no proliferan hipermercados como los hay en Buenos Aires. En paÃses hermanos, emergentes, democracias en construcción como la nuestra, existen experiencias de presupuesto participativo bastantes inusuales en la Argentina. Esas campanas doblan por la mayorÃa de los partidos, aun por el sistema polÃtico en general.
En Capital y provincia se vienen subestimando los cambios climáticos. El jefe de Gobierno Mauricio Macri es un maestro en reseñar records. Pero hete aquà que si se baten marcas cada trimestre habrÃa que cambiar el concepto de record. Las lluvias intensas se reiteran. En 2009, hubo una sequÃa “histórica” a nivel nacional. Las inundaciones históricas llegaron poco después. El tornado histórico porteño cayó en 2012… ¿Cuánto tardará la próxima marca insuperada en Tolosa, Ringuelet o Saavedra?
– – –
Alertas desoÃdos: ciudades que nacen o crecen sólo regidas por las más crueles reglas del mercado. Construcción mal planificada de autopistas o distribuidores de tránsito. Todas son acciones más vistosas y redituables polÃticamente que la prevención de la furia del agua. Lo subterráneo, claro, no se ve. Es caro, proyecta a largo plazo. Lord Keynes decÃa que para entonces todos estaremos muertos. El dilema es que, por no contemplarlo, demasiados argentinos mueren antes de tiempo o sufren lo que no merecen y podrÃa habérseles obviado.
Las tormentas de esta semana se veÃan venir. HabÃa pronósticos meteorológicos, la furia de la lluvia escalaba desde el sur de la provincia de Buenos Aires. Un lector, Gustavo Mariani, critica el silencio de los medios platenses, con la honrosa excepción de la venerable AM Radio Provincia. Los dos intendentes concernidos estaban fuera del paÃs, lo que no es pecado si se deja armado un esquema de gobierno para cubrir la suplencia. Los comportamientos ulteriores de ambos comprueban que ni por asomo lo hicieron. El intendente Pablo Bruera se valió de un subterfugio vergonzoso y berreta. Habla mal de su ética y también de su inteligencia: era imposible que su mensaje no fuera refutado.
Macri no hizo tanto pero también mostró la hilacha. Se mostró enfadado, no supo ni quiso disculparse. Mezcló excusas penosas con argumentos de bajo vuelo, hasta metió a los holdouts en su discurso autoexculpatorio.
El gobernador Daniel Scioli se defendió algo mejor, por lo menos fue comunicando las tristes nuevas y colocó a todo su gabinete a dar explicaciones prácticas. No todos, ni la mayorÃa dan la talla, pero por lo menos dieron la cara.
En ese carril, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner demostró una vez más por qué es la protagonista de más fuste de la etapa. No es la primera vez que mete los pies en el barro (ya lo habÃa hecho en Tartagal), pero a veces rehusó su presencia, que siempre legitima, conforta a la mayorÃa y cumple un deber. Esta vez se movió a su pueblo de infancia y a barrio Mitre. Recibió vÃtores y crÃticas recias: un ejercicio de democracia “a la argentina”, una referencia para los que denuncian dictaduras que no condicen con la realidad.
– – –
Estado y sociedad: la solidaridad y los aportes comunitarios generaron una exaltación de la sociedad civil versus el Estado. Un mensaje ideológico por donde se lo mire, que engarza fantástico con las traducciones gauchitas sobre la unción del papa Francisco.
La solidaridad, los esfuerzos personales y los aportes materiales son conmovedores. Hablan de una sociedad que reacciona bien ante la desdicha y que acaso obra de modo distinto al cotidiano. La apologÃa de lo inorgánico es, en cambio, una moraleja falaz. El oenegeÃsmo antipolÃtico acecha siempre, aunque usualmente no proviene de las oenegés más avezadas en la ayuda social. A los voluntarios de la Cruz Roja o a sus autoridades ni se les ocurrirÃa imaginar una sociedad omnipotente aislada del Estado o aun enfrentada con él.
La organización, el mayor esfuerzo económico, las respuestas extendidas corren por cuenta del Estado, aunque (como ya se dijo y se deberá ahondar) muchos servidores públicos no estén a la altura de las responsabilidades con las que fueron honrados.
– – –
“Perdimos todo”: tal la frase de ciudadanos dolidos, repasando el saldo provisorio de la catástrofe. En esta ocasión el daño fue relativamente transversal: afectó a varios estratos sociales. Tolosa, epicentro de las muertes y el estrago del agua, es un paraje poblado por gentes de clases medias. Muchos perdieron todo, pero esos “todos” distan de ser idénticos. El ajuar de algunos hogares puede valer “n” veces más que el de otros.
El sentido común de los argentinos (aun de aquellos que son antiestatistas o muy liberales) presupone que el Estado debe intervenir mucho, pagar mucho, reparar mucho. ¿Debe hacerse en proporción a los patrimonios de los damnificados, es decir, pagando más a los que más poseen? ¿O debe primar un criterio de equidad, reparando especialmente en los desposeÃdos? La respuesta no está en las leyes, que no prevén tanto, sino en la ideologÃa que se aplique desde el Estado.
Las medidas que anunció la Presidenta, en su discurso del viernes, privilegiaron la segunda opción. Se valió de herramientas pragmáticas, bien K: dinero en el bolsillo del universo de vÃctimas más vulnerables. El cronista comparte la idea central y la metodologÃa. Habrá que ver cómo se pone en práctica para redondear el juicio de valor.
En principio, de cualquier modo, el Estado se mostró eficaz en su mejor terreno: las agencias de pago, los organismos previsionales, la AFIP, la abominada caja. Frente a la emergencia asistencial y humanitaria (que, valga la paradoja, ya no deberÃa sorprender), la respuesta fue menos expeditiva, estructurada y veloz.
El dato trasciende a la terrible coyuntura. Algo similar pasa, con todas las diferencias del caso, con el presupuesto educativo versus la calidad de la enseñanza. La recuperación y la reforma del Estado (fortalecido por el kirchnerismo tanto en sus recursos como en valoración simbólica) prosperan más en algunas áreas que en otras, un alerta para la sintonÃa fina.
– – –
Las gentes y la peste: los gremios docentes honraron su tradición, depusieron la huelga, pusieron a los pibes primero. Tal vez la tregua impuesta por el horror dé una manito para destrabar un conflicto demasiado prolongado. El sindicato de camioneros se pasó de rosca: bloqueó una refinerÃa en un momento de contrición colectiva. Puso un interés sectorial, que se podÃa postergar por unos dÃas, por encima del general.
Albert Camus, gran escritor y moralista, describió como nadie la tragedia colectiva en La peste. Su mensaje final puede servir de cierre precario a esta columna. La inundación mostró enormes reservas de la sociedad argentina, lo que conforta en medio de tanta desdicha. Pero la peste no es un castigo de los dioses. Y sigue al acecho si no se atiende mejor a sus causas, si no se modifican patrones de conducta o polÃticas que han sido puestas en entredicho.mwainfeld@pagina12.com.ar
“Rieux decidió redactar la narración que aquà termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les habÃa sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio. Oyendo los gritos de alegrÃa que subÃan de la ciudad, Rieux tenÃa presente que esta alegrÃa está siempre amenazada. Pues él sabÃa que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás.”
La peste, Albert Camus
“Después del temblor de tierra que habÃa destruido las tres cuartas partes de Lisboa, los sabios de la ciudad no encontraron un medio más eficaz para evitar la ruina que dar al pueblo un magnÃfico auto de fe. La Universidad de Coimbra dictaminó que el espectáculo de algunas personas quemadas a fuego lento serÃa el secreto infalible para impedir nuevos temblores de tierra.”
Cándido, Voltaire
Una cifra aterradora de muertos, pánico colectivo, escenas sólo vistas en cine catástrofe. Miles de vÃctimas que sufrieron daños irreparables, que padecerán traumas difÃciles de sobrellevar. Respuesta formidable de la sociedad, trasuntada tanto en la solidaridad como en la capacidad de autoorganización. Bautismo conmovedor de una militancia joven menoscabada por ciertas crónicas. Una polémica, siempre necesaria, acerca de las potencialidades de la sociedad y el Estado. Desempeños muy dispares de protagonistas polÃticos, incluyendo a dos presidenciables, ambos esperanzas blancas de la oposición.
El cronista propone sólo algunos apuntes de un debate que debe ser largo ya que es imposible enunciar un saldo tan pronto. Pero hay que ir discurriendo sobre las responsabilidades concretas de antes y de después, que esta vez no pasarán por los tribunales, lo que fuerza a “la polÃtica” y a la sociedad a asumirlas. Los tribunales, al fin y al cabo, sólo dan respuestas sesgadas, parciales. El cedazo del Código Penal y aun el de las responsabilidades civiles son pobre vara, debe haber otra más exigente y profunda.
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Los dioses y los humanos: antaño, bajo otras cosmovisiones, las tragedias (entre ellas las producidas por cataclismos de la naturaleza) eran interpretadas como producto de la voluntad de los dioses. Como castigos o como mensajes. Los mismos dioses podÃan ponerle fin cuando el escarmiento era bastante, cuando se modificaban las conductas o cuando mediaban sacrificios o autos de fe. Actos de contrición de los hombres, perdón de la divinidad. Un orden moral estructurado, un mundo explicable, que la cita de Voltaire pone en tela de juicio. Vivimos en una era en la que las tragedias (o, cuanto menos, la magnitud y distribución de sus consecuencias) suelen ser leÃdas también como consecuencia de errores o fallas humanas. Cada una de ellas desata (debe desatar) un debate sobre las responsabilidades previas y ulteriores. No se trata, en las sociedades contemporáneas, de restaurar un orden previo y armonioso interferido por el pecado sino de cambiar lo que está mal hecho. Los daños, como entonces, son colectivos pero la búsqueda de responsabilidades se orienta a autores más precisos.
Yendo más al grano: a la luz de las ideologÃas del siglo XXI es inadmisible la idea de que lo padecido en La Plata y en la Capital, entre otros parajes, sea pura fatalidad. Que sólo se deba a un fenómeno meteorológico tremendo, que lo hubo. También mediaron la imprevisión, la falta de planificación, un urbanismo regido sólo por las leyes del mercado o la necesidad apremiante. A eso se agregaron, en paralelo con los diluvios y después, carencias operativas de gobernantes en el contexto de la urgencia.
Nadie puede afirmar que todas las pérdidas eran evitables en otro contexto. Nadie puede negar que una parte (que con el tiempo se deberÃa precisar) sea debida a la mala praxis, a la improvisación, a la falta de volumen de quienes toman decisiones designados por el pueblo soberano.
El cronista renuncia a los estudios hÃdricos, que no son su métier. Pero sà intenta incursionar en cuestiones que rozan sus saberes. Un par de preguntas son imperiosas. ¿Es posible pensar que son polarmente diferentes los sucedidos de Capital y La Plata? ¿Que en un lugar primó la culpa del Gobierno y en otro la brutalidad de la naturaleza? Dos situaciones similares (aunque mucho más grave la de La Plata), producidas en cuestión de horas, en un mismo paÃs y a 60 kilómetros de distancia, fuerzan la respuesta. Las semejanzas de fondo priman, lo que no equipara culpas ni responsabilidades. Ni iguala los procedimientos previos y posteriores. Pero hay un patrón común, que la astucia partidaria (de ambos sectores) procura diluir y que no debe ser dejado de lado.
La segunda pregunta es imposible de responder de modo irrefutable, sólo se pueden esbozar hipótesis. ¿Hay un denominador común entre estas inundaciones, las de Santa Fe en 2003, con Cromañón, con la muerte de los chicos del colegio Ecos, con la tragedia ferroviaria de Once, con los derrumbes de edificios en la Ciudad Autónoma, con tantas pérdidas de vidas en rutas y calles? ¿Mentamos un conjunto de contingencias aisladas o, por el contrario, creemos que “hacen sistema”? ¿Hay demasiadas muertes evitables en la Argentina? Quien propone un interrogante anticipa, por la parte baja, que le parece digno de estudio. El cronista cree que la cuestión es profunda, que la pregunta es necesaria. Y teme, o mejor dicho cree, que la respuesta más verosÃmil (casi la única verosÃmil) es la afirmativa.
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El asfalto: asà planteado el tema, es factible combinar en el análisis la catástrofe de La Plata con la de Capital. En ambas mediaron advertencias previas de organizaciones sociales, vecinales, ecologistas, de profesionales de la construcción. Asfaltar sin ton ni son, taponar eventuales vÃas de desagüe, achicar los espacios verdes son vicios comunes en la capital de la nación y de su provincia más grande. Cierto es que nadie es portador de la verdad plena y que las pretensiones de esos sectores de la sociedad civil no son idénticas a las de los gobernantes. A menudo, tampoco concuerdan con las de muchos ciudadanos, de variadas extracciones sociales. Los más pudientes que quieren edificios gigantescos, muy demandantes de infraestructura. Y también los más humildes, que se asientan en terrenos “bajos” sencillamente porque son los más despoblados y accesibles. Para unos es la prepotencia del dinero, para otros el imperio de la necesidad. En la provincia hay muchos barrios o asentamientos relativamente nuevos en sitios de cotas bajas, que no fueron afectados en los últimos años porque no fueron de sequÃa pero sà (en promedio) de lluvias manejables. He ahà un riesgo virtual, cercano.
No deliran quienes exigen precauciones, fijación de reglas, distancia entre el agua y lo edificado. Un grado de planificación urbana, algo más que crecimiento a la que te criaste, que primó (allende las notables diferencias de época) en los Â’90 o en el siglo XXI. Sobran ejemplos comparativos, aun en grandes ciudades. En el casco urbano de ParÃs no proliferan hipermercados como los hay en Buenos Aires. En paÃses hermanos, emergentes, democracias en construcción como la nuestra, existen experiencias de presupuesto participativo bastantes inusuales en la Argentina. Esas campanas doblan por la mayorÃa de los partidos, aun por el sistema polÃtico en general.
En Capital y provincia se vienen subestimando los cambios climáticos. El jefe de Gobierno Mauricio Macri es un maestro en reseñar records. Pero hete aquà que si se baten marcas cada trimestre habrÃa que cambiar el concepto de record. Las lluvias intensas se reiteran. En 2009, hubo una sequÃa “histórica” a nivel nacional. Las inundaciones históricas llegaron poco después. El tornado histórico porteño cayó en 2012… ¿Cuánto tardará la próxima marca insuperada en Tolosa, Ringuelet o Saavedra?
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Alertas desoÃdos: ciudades que nacen o crecen sólo regidas por las más crueles reglas del mercado. Construcción mal planificada de autopistas o distribuidores de tránsito. Todas son acciones más vistosas y redituables polÃticamente que la prevención de la furia del agua. Lo subterráneo, claro, no se ve. Es caro, proyecta a largo plazo. Lord Keynes decÃa que para entonces todos estaremos muertos. El dilema es que, por no contemplarlo, demasiados argentinos mueren antes de tiempo o sufren lo que no merecen y podrÃa habérseles obviado.
Las tormentas de esta semana se veÃan venir. HabÃa pronósticos meteorológicos, la furia de la lluvia escalaba desde el sur de la provincia de Buenos Aires. Un lector, Gustavo Mariani, critica el silencio de los medios platenses, con la honrosa excepción de la venerable AM Radio Provincia. Los dos intendentes concernidos estaban fuera del paÃs, lo que no es pecado si se deja armado un esquema de gobierno para cubrir la suplencia. Los comportamientos ulteriores de ambos comprueban que ni por asomo lo hicieron. El intendente Pablo Bruera se valió de un subterfugio vergonzoso y berreta. Habla mal de su ética y también de su inteligencia: era imposible que su mensaje no fuera refutado.
Macri no hizo tanto pero también mostró la hilacha. Se mostró enfadado, no supo ni quiso disculparse. Mezcló excusas penosas con argumentos de bajo vuelo, hasta metió a los holdouts en su discurso autoexculpatorio.
El gobernador Daniel Scioli se defendió algo mejor, por lo menos fue comunicando las tristes nuevas y colocó a todo su gabinete a dar explicaciones prácticas. No todos, ni la mayorÃa dan la talla, pero por lo menos dieron la cara.
En ese carril, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner demostró una vez más por qué es la protagonista de más fuste de la etapa. No es la primera vez que mete los pies en el barro (ya lo habÃa hecho en Tartagal), pero a veces rehusó su presencia, que siempre legitima, conforta a la mayorÃa y cumple un deber. Esta vez se movió a su pueblo de infancia y a barrio Mitre. Recibió vÃtores y crÃticas recias: un ejercicio de democracia “a la argentina”, una referencia para los que denuncian dictaduras que no condicen con la realidad.
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Estado y sociedad: la solidaridad y los aportes comunitarios generaron una exaltación de la sociedad civil versus el Estado. Un mensaje ideológico por donde se lo mire, que engarza fantástico con las traducciones gauchitas sobre la unción del papa Francisco.
La solidaridad, los esfuerzos personales y los aportes materiales son conmovedores. Hablan de una sociedad que reacciona bien ante la desdicha y que acaso obra de modo distinto al cotidiano. La apologÃa de lo inorgánico es, en cambio, una moraleja falaz. El oenegeÃsmo antipolÃtico acecha siempre, aunque usualmente no proviene de las oenegés más avezadas en la ayuda social. A los voluntarios de la Cruz Roja o a sus autoridades ni se les ocurrirÃa imaginar una sociedad omnipotente aislada del Estado o aun enfrentada con él.
La organización, el mayor esfuerzo económico, las respuestas extendidas corren por cuenta del Estado, aunque (como ya se dijo y se deberá ahondar) muchos servidores públicos no estén a la altura de las responsabilidades con las que fueron honrados.
– – –
“Perdimos todo”: tal la frase de ciudadanos dolidos, repasando el saldo provisorio de la catástrofe. En esta ocasión el daño fue relativamente transversal: afectó a varios estratos sociales. Tolosa, epicentro de las muertes y el estrago del agua, es un paraje poblado por gentes de clases medias. Muchos perdieron todo, pero esos “todos” distan de ser idénticos. El ajuar de algunos hogares puede valer “n” veces más que el de otros.
El sentido común de los argentinos (aun de aquellos que son antiestatistas o muy liberales) presupone que el Estado debe intervenir mucho, pagar mucho, reparar mucho. ¿Debe hacerse en proporción a los patrimonios de los damnificados, es decir, pagando más a los que más poseen? ¿O debe primar un criterio de equidad, reparando especialmente en los desposeÃdos? La respuesta no está en las leyes, que no prevén tanto, sino en la ideologÃa que se aplique desde el Estado.
Las medidas que anunció la Presidenta, en su discurso del viernes, privilegiaron la segunda opción. Se valió de herramientas pragmáticas, bien K: dinero en el bolsillo del universo de vÃctimas más vulnerables. El cronista comparte la idea central y la metodologÃa. Habrá que ver cómo se pone en práctica para redondear el juicio de valor.
En principio, de cualquier modo, el Estado se mostró eficaz en su mejor terreno: las agencias de pago, los organismos previsionales, la AFIP, la abominada caja. Frente a la emergencia asistencial y humanitaria (que, valga la paradoja, ya no deberÃa sorprender), la respuesta fue menos expeditiva, estructurada y veloz.
El dato trasciende a la terrible coyuntura. Algo similar pasa, con todas las diferencias del caso, con el presupuesto educativo versus la calidad de la enseñanza. La recuperación y la reforma del Estado (fortalecido por el kirchnerismo tanto en sus recursos como en valoración simbólica) prosperan más en algunas áreas que en otras, un alerta para la sintonÃa fina.
– – –
Las gentes y la peste: los gremios docentes honraron su tradición, depusieron la huelga, pusieron a los pibes primero. Tal vez la tregua impuesta por el horror dé una manito para destrabar un conflicto demasiado prolongado. El sindicato de camioneros se pasó de rosca: bloqueó una refinerÃa en un momento de contrición colectiva. Puso un interés sectorial, que se podÃa postergar por unos dÃas, por encima del general.
Albert Camus, gran escritor y moralista, describió como nadie la tragedia colectiva en La peste. Su mensaje final puede servir de cierre precario a esta columna. La inundación mostró enormes reservas de la sociedad argentina, lo que conforta en medio de tanta desdicha. Pero la peste no es un castigo de los dioses. Y sigue al acecho si no se atiende mejor a sus causas, si no se modifican patrones de conducta o polÃticas que han sido puestas en entredicho.mwainfeld@pagina12.com.ar
Muy buen artÃculo de Wainfeld el paralelo con la peste de Camus me parece excelente sin dudas que se ha vivido todo esto con la misma intensidad. Muy digno de su parte poner blanco sobre negro en vez de salir a disculpar la inacción.