El «fenónemo Massa», como por estos dÃas se lo califica, no existe. La novedad no es la aparición de Sergio Massa en sà misma, sino el trÃo que forma con MartÃn Insaurralde, intendente de Lomas de Zamora, y DarÃo Giustozzi, intendente de Almirante Brown: intendentes, bonaerenses y jóvenes, tan jóvenes como para haber votado sólo después de 1983. Los tres no son un OVNI de la polÃtica argentina, sino emergentes de la creciente influencia de los lÃderes locales y del recambio generacional de los polÃticos que trajo aparejado el kirchnerismo, entendido más como una época que como un proyecto polÃtico.
Más que la emergencia de Massa como un «fenómeno», su protagonismo debe analizarse en el marco de cambios de largo alcance, tanto en la polÃtica partidaria y territorial, que modifican la oferta electoral, como de otros culturales y demográficos que afectan a su demanda: los votantes.
Los municipios son el escenario de algunos de estos cambios. Tienen dinámicas electorales propias, que se ven en la mejor performance de algunos intendentes radicales -los Posse en San Isidro, Mario Meoni en JunÃn o VÃctor Fayad en Mendoza- respecto de sus pares que compiten por diferentes posiciones en el nivel nacional. Localmente, también surgen nuevos partidos, como Nuevo Encuentro, algunos vecinalistas o, salvando las distancias, Pro, que pueden ser importantes socios para luego armar alianzas con la nación o las provincias. Los municipios son cuna de lÃderes por la naturaleza territorial que tienen las carreras polÃticas en la Argentina. De hecho, varios destacados polÃticos comenzaron sus carreras como intendentes: Eduardo Duhalde, Hermes Binner, Ernesto Sanz y Néstor Kirchner.
Si los municipios son importantes en general, también lo han sido en particular para el peronismo. Por un lado, desde mediados de los 80, su transformación de un partido asociado a sindicatos a otro con un vÃnculo centrado en el territorio tuvo a los municipios como arena privilegiada de las agrupaciones de las que salieron algunos de los nuevos lÃderes en el perÃodo posrenovación.
Por el otro, los presidentes fortalecen a los municipios y sus intendentes cuando «puentean» a los gobernadores. Esta práctica comenzó con la introducción del voto directo para la elección presidencial y resultó en la emergencia de una casta polÃtica, los «barones» del conurbano, que lidera poblaciones numerosas con escasos controles y es elegida de manera indefinida y con bajo nivel de rotación. Esta práctica se profundizó desde 2003 por la mayor centralidad del presidente en su relación con los gobernadores, mediante la asignación discrecional de recursos crecientes a intendentes, lo que fortaleció su independencia relativa e hizo crecer su protagonismo.
Desde el punto de vista de la oferta polÃtica, Massa, Insaurralde o Giustozzi no sólo son, o han sido, intendentes, sino también bonaerenses: una segunda generación de barones del conurbano que capitaliza su acceso directo a recursos federales, pero toma distancia de las prácticas movilizadoras y de las sospechas de corrupción que acompañan a muchos de sus pares. Esta combinación resulta en un nuevo perfil de polÃtico bonaerense, un mérito en el marco de la falta de identidad de la polÃtica de Buenos Aires, siempre subsidiaria y con fronteras difusas respecto de la polÃtica federal.
Si Massa no es un extraterrestre con relación a la oferta polÃtica, tampoco lo es con relación a la demanda, es decir, a los votantes y a los cambios recientes de la cultura polÃtica. Hay una generación de votantes (el 71% del padrón) que vivió la mayor parte de su vida adulta dentro del kirchnerismo, que forjó ideas, patrones de consumo y de socialización polÃtica en el marco de esta gestión y este relato, entendido como la reinterpretación de la historia y la justificación ex post de las polÃticas y sus resultados a partir de una cosmovisión kirchnerista.
Estos votantes son usuarios intensivos de Internet y las redes sociales, jóvenes interesados en el debate polÃtico que, a diferencia de los 90, se involucran sin temor o desdén por la militancia. La oposición se apoya en sus adherentes y en los votantes perjudicados por la inflación y el cepo, o preocupados por la corrupción o el avance sobre la Justicia. Sin embargo, a sus dirigentes históricos les cuesta capitalizar este nuevo activismo porque no habla este idioma de época sin memoria de las crisis. Aunque es consistente para una oposición sin recursos postular a sus lÃderes con más trayectoria en lugar de dar a conocer a nuevos candidatos, la falta de recambio atenta contra sus chances de éxito electoral.
Estos jóvenes hijos de la década kirchnerista apoyan a varios partidos y conviven con otros tipos de votantes, como los militantes, los escépticos y los movilizados, entre otros, y en conjunto conforman una heterogénea constelación de actores, a los que, potencialmente, lÃderes emergentes como Massa podrÃan apelar para ganar votos.
El peronismo, que más que un partido es un sistema polÃtico, interpreta el idioma de época y logra traducirlo en apoyo electoral. ¿Podrá Massa ser el primer kirchnerista fuera del Gobierno en lograr este apoyo? Porque el peronismo lo hizo otra vez: se dividió, y oferta oficialismo y oposición. La opción de Massa aparece como una suerte de kirchnerismo despreocupado. El kirchnerismo como época se distingue del kirchnerismo como opción polÃtica; sin embargo, lo destacable de Massa es que es producto de ambos. Habla el idioma que hay que hablar, pero se distancia del tono grave y polarizado del Gobierno. Massa es, antes que nada, un kirchnerista feliz.