Ralph H. Booth
siempre se preocupó porque se lo conociera como un inversor de buena fe que creÃa en el paÃs y su potencial en el mercado de los medios. Alertado sobre la mala imagen que en la Argentina de 2011 tenÃan los fondos de inversión y viendo la encarnizada pelea entre el Gobierno y el Grupo ClarÃn, preparó un movimiento en forma casi artesanal.
Lo primero que hizo fue consultar a fuentes locales cómo hacer para que de ninguna manera se lo relacione con «fondos buitre», ya que en esos dÃas del segundo semestre de 2011, la batalla judicial en los tribunales de Nueva York comenzaba a ponerse espesa y cualquier inversor desprevenido podrÃa ser encasillado en el mismo estatus que Darth, Paul Singer o similar. Un par de llamadas oportunas a los funcionarios adecuados hicieron que este peligro se despejara.
Booth se concentró entonces en el otro problema para que su operación en la Argentina se concretara: dejar en claro que su inversión serÃa de buena fe y que no tenÃa nada que ver con la pelea polÃtica entre el Gobierno de Cristina de Kirchner el Grupo ClarÃn. AquÃ, su misión resultó algo más compleja. Su lobby no les torció la impresión a los funcionarios locales que le sirvieron de interlocutores para explicar sus intenciones en la Argentina. Incluso le deslizaron la posibilidad de no intervenir en la compra de las acciones que se le ofrecÃan a precio inmejorable y que éstas pasaran a algún grupo más afÃn al oficialismo. A esa altura, Booth, dueño de Fontinalis Partners LLC, entendÃa poco de la lógica polÃtica de la Argentina.
Nadie sabÃa bien cómo explicarle el trasfondo de la pelea entre el kirchnerismo y el Grupo ClarÃn, ni por qué se miraban de reojo sus intenciones de invertir en el sector donde ya venÃa apostando en su paÃs, Estados Unidos, además de en Gran Bretaña, Francia y Alemania, y otros Estados europeos.
Fue luego de una insistencia de los vendedores del 9,11% de las acciones del Grupo ClarÃn y de una nueva contraoferta con un precio aún menor que el original que Booth resolvió jugársela y convertirse en un nuevo inversor, aunque muy minoritario, en el mercado de medios de la Argentina. Fontinalis le compró finalmente en u$s 75 millones las acciones que Goldman Sachs habÃa adquirido en unos u$s 250 millones en 1999 (en sociedad con Booth), cuando aún la convertibilidad era un imán para las ambiciones de los grandes inversores internacionales. La firma norteamericana habÃa, en realidad, pagado unos u$s 500 millones por el 18% de las acciones del Grupo ClarÃn, y se sospechaba que la verdadera intención de Goldman era la de quedarse con la mayorÃa o con una porción superior al 45% en una futura inversión. La caÃda de la convertibilidad y la Ley de Bienes Culturales pergeñada en 2002 (conocida como «ley ClarÃn») hicieron que cualquier tipo de alternativa se archivara. Goldman pasó a ser sólo un accionista muy minoritario que tenÃa una cierta representación en el directorio del grupo, sin peso. Incluso, hubo alguna intención de convertirse en intermediario de una ronda de negociaciones entre el Gobierno y ClarÃn en 2011, proyecto que quedó más que archivado por la negativa de ambas partes. Ese año de pelea entre el kirchnerismo y el grupo hizo que en Goldman se tomara la decisión de vender las acciones que le quedaban (el 9,11%). Nada habÃa para ganar como socio de una empresa que, como mÃnimo, no tendrÃa más avances sectoriales estratégicos en el rubro de comunicación y medios dentro de la Argentina.
Apareció allà Booth, que estudió a fondo la alternativa y concluyó que los u$s 75 millones por ese porcentaje del paquete era un precio más que atractivo, al menos para «jugársela». no le fue. Se calcula que esas acciones clase C valÃan hasta la semana pasada unos u$s 150 millones, con lo que el negocio estaba más que saldado.
Ahora Booth, por primera vez, está preocupado. Sabe que el valor de sus acciones cayó casi el 50% en los últimos dÃas, luego de la decisión de la Corte Suprema de Justicia de dictaminar la constitucionalidad de la ley de medios. Cuentan que el norteamericano no sabe bien cómo acomodarse ante el nuevo panorama. Alguien le recomendó que llame por teléfono a otro accionista: el mexicano David MartÃnez , dueño del fondo Fintech, propietario del 40% de las acciones de Cablevisión y exfondo buitre, hoy amigo del Gobierno argentino.
siempre se preocupó porque se lo conociera como un inversor de buena fe que creÃa en el paÃs y su potencial en el mercado de los medios. Alertado sobre la mala imagen que en la Argentina de 2011 tenÃan los fondos de inversión y viendo la encarnizada pelea entre el Gobierno y el Grupo ClarÃn, preparó un movimiento en forma casi artesanal.
Lo primero que hizo fue consultar a fuentes locales cómo hacer para que de ninguna manera se lo relacione con «fondos buitre», ya que en esos dÃas del segundo semestre de 2011, la batalla judicial en los tribunales de Nueva York comenzaba a ponerse espesa y cualquier inversor desprevenido podrÃa ser encasillado en el mismo estatus que Darth, Paul Singer o similar. Un par de llamadas oportunas a los funcionarios adecuados hicieron que este peligro se despejara.
Booth se concentró entonces en el otro problema para que su operación en la Argentina se concretara: dejar en claro que su inversión serÃa de buena fe y que no tenÃa nada que ver con la pelea polÃtica entre el Gobierno de Cristina de Kirchner el Grupo ClarÃn. AquÃ, su misión resultó algo más compleja. Su lobby no les torció la impresión a los funcionarios locales que le sirvieron de interlocutores para explicar sus intenciones en la Argentina. Incluso le deslizaron la posibilidad de no intervenir en la compra de las acciones que se le ofrecÃan a precio inmejorable y que éstas pasaran a algún grupo más afÃn al oficialismo. A esa altura, Booth, dueño de Fontinalis Partners LLC, entendÃa poco de la lógica polÃtica de la Argentina.
Nadie sabÃa bien cómo explicarle el trasfondo de la pelea entre el kirchnerismo y el Grupo ClarÃn, ni por qué se miraban de reojo sus intenciones de invertir en el sector donde ya venÃa apostando en su paÃs, Estados Unidos, además de en Gran Bretaña, Francia y Alemania, y otros Estados europeos.
Fue luego de una insistencia de los vendedores del 9,11% de las acciones del Grupo ClarÃn y de una nueva contraoferta con un precio aún menor que el original que Booth resolvió jugársela y convertirse en un nuevo inversor, aunque muy minoritario, en el mercado de medios de la Argentina. Fontinalis le compró finalmente en u$s 75 millones las acciones que Goldman Sachs habÃa adquirido en unos u$s 250 millones en 1999 (en sociedad con Booth), cuando aún la convertibilidad era un imán para las ambiciones de los grandes inversores internacionales. La firma norteamericana habÃa, en realidad, pagado unos u$s 500 millones por el 18% de las acciones del Grupo ClarÃn, y se sospechaba que la verdadera intención de Goldman era la de quedarse con la mayorÃa o con una porción superior al 45% en una futura inversión. La caÃda de la convertibilidad y la Ley de Bienes Culturales pergeñada en 2002 (conocida como «ley ClarÃn») hicieron que cualquier tipo de alternativa se archivara. Goldman pasó a ser sólo un accionista muy minoritario que tenÃa una cierta representación en el directorio del grupo, sin peso. Incluso, hubo alguna intención de convertirse en intermediario de una ronda de negociaciones entre el Gobierno y ClarÃn en 2011, proyecto que quedó más que archivado por la negativa de ambas partes. Ese año de pelea entre el kirchnerismo y el grupo hizo que en Goldman se tomara la decisión de vender las acciones que le quedaban (el 9,11%). Nada habÃa para ganar como socio de una empresa que, como mÃnimo, no tendrÃa más avances sectoriales estratégicos en el rubro de comunicación y medios dentro de la Argentina.
Apareció allà Booth, que estudió a fondo la alternativa y concluyó que los u$s 75 millones por ese porcentaje del paquete era un precio más que atractivo, al menos para «jugársela». no le fue. Se calcula que esas acciones clase C valÃan hasta la semana pasada unos u$s 150 millones, con lo que el negocio estaba más que saldado.
Ahora Booth, por primera vez, está preocupado. Sabe que el valor de sus acciones cayó casi el 50% en los últimos dÃas, luego de la decisión de la Corte Suprema de Justicia de dictaminar la constitucionalidad de la ley de medios. Cuentan que el norteamericano no sabe bien cómo acomodarse ante el nuevo panorama. Alguien le recomendó que llame por teléfono a otro accionista: el mexicano David MartÃnez , dueño del fondo Fintech, propietario del 40% de las acciones de Cablevisión y exfondo buitre, hoy amigo del Gobierno argentino.