CONTRATAPA
Por Juan Forn
En la época de Montaigne, se tardaba diez dÃas para hacer los 600 kilómetros entre ParÃs y Burdeos, y él no estaba para encarar el viaje, después de que lo asaltaran, lo apalearan y lo dejaran por muerto en las afueras de ParÃs. HabÃa ido a interceder ante la corte para detener las guerras de religión que estaban desangrando el paÃs, pero lo único que le interesaba era volver cuanto antes a la famosa torre repleta de libros que tenÃa en sus tierras en Burdeos. Llevaba consigo un ejemplar de la primera edición de su libro, el único que escribirÃa en su vida, el que lo harÃa inmortal, pero todavÃa no: Montaigne habÃa quedado insatisfecho con la primera versión publicada, el ejemplar que arrastraba consigo habÃa duplicado elefantiásicamente su volumen con los agregados que querÃa hacerle (para lograr que fuese “un espejo en que cada hombre se vea reflejado”), llevaba diez años agregando cosas y ya habÃa cumplido los cincuenta: sentÃa cada dÃa más cerca la cita con la parca. Lo único que querÃa era terminar su libro, pero en ParÃs no podÃa trabajar tranquilo y a Burdeos no le daba el cuerpo para llegar, por eso aceptó una invitación a un palacete en el idÃlico Gournay, que quedaba a sólo medio dÃa de ParÃs. Y asà entró Marie de Jars, o Marie de Gournay, en la historia de la literatura.
El papá de Marie habÃa hecho dinero, compró tierras, se hizo un palacio y mandó para allá “los doscientos libros que debÃa tener la biblioteca de un caballero”, para leerlos cuando se retirara a la campiña. Pero se murió antes, de golpe, y la familia tuvo que achicarse: dejaron ParÃs, terminaron en Gournay, desde allá la madre se desvivÃa por casar bien a las hijas, pero Marie le salió dÃscola, además de feúcha. Se encerraba en la biblioteca del padre para que no la peinaran ni la vistieran, ni le enseñaran modales. ¿Qué es lo que tanto te interesa de esa habitación llena de palabras?, le preguntaba la madre. Marie no contestaba; en cambio se leyó todos los libros que habÃa en los estantes (para hacerlo tuvo que aprender sola latÃn, porque la mitad estaban en ese idioma) y después consiguió que un tÃo de ParÃs le dejara de regalo los libros que traÃa en sus visitas. Uno de ellos fue el de Montaigne. Cuando Marie se internó en él, no quiso salir más. Era tal la empatÃa que sentÃa con el libro que por momentos se preguntaba: ¿esto lo he escrito yo? Cuando supo que Montaigne estaba varado en ParÃs, le escribió una carta fervorosa (“Los antiguos están llorando por no haberlo tenido entre ellos”), le ofreció los aposentos de su padre en Gournay hasta que pudiera volver a Burdeos, le pidió que la considerara su hija.
Se sabe que la primera decepción de Montaigne al llegar a Gournay fue la fealdad de Marie y la segunda, el arrebato con que ella le aseguró que habÃa nacido para leerlo, que nadie lo entendÃa como ella. Pero también descubrió que esa criatura que se habÃa educado por las suyas en aquella biblioteca no sólo lo admiraba, sino que además era capaz de descifrarle la letra (los latines que usaba Montaigne cuando se hablaba a sà mismo) allà donde ni él mismo se entendÃa. Sabemos que Montaigne pasó cuatro meses en Gournay y que no volvió a ver nunca más a Marie. Ella le escribÃa todos los dÃas, incluso le envió una novelita filosófica que escribió en su honor (“El paseo con Monsieur Montaigne”); él nunca le contestó. Sin embargo, en su lecho de muerte, sabiendo que ni su mujer ni su hija tenÃan interés en su obra, y que su amigo Pierre de Brach ya tenÃa cierta edad y querÃa escribir sus cosas, pidió que se encomendara a Mademoiselle de Gournay la edición de su libro incorporando todos los agregados y correcciones. La viuda cumplió el encargo a desgano y envió a Marie el mamotreto. La vida no habÃa sido gentil con ella entretanto: sus hermanas se habÃan casado, su madre habÃa muerto, el castillo se habÃa vendido. El encargo llegaba en un momento providencial. Tan extasiada estaba que entendió que le ofrecÃan pasar el resto de sus dÃas en la legendaria torre de Montaigne y partió con sus últimos ahorros a Burdeos, pero la viuda logró sacársela de encima una vez que Marie completó el trabajo (“Ahora, hija, vaya a ParÃs y publique el libro, y quédese allá velando por él”).
Marie no sólo dio a imprenta el libro de Montaigne en ParÃs. Para mantener la llama viva, publicó también su novelita, a la que agregó como prólogo la carta fervorosa con que invitó a su maestro a Gournay y, como epÃlogo, la carta de Madame Montaigne. A continuación se sentó a esperar que los fieles acudieran a su salón, y que esas veladas llegaran a oÃdos de Marguerite de Valois, la famosa Reina Margot, para que ésta le diese una pensión que le permitiera dedicarse de por vida a velar por Montaigne. Pero su novelita causó más sensación que el libro de su maestro: los literatos la leÃan entre risas y luego acudÃan a su salón para tener más anécdotas con que mofarse de ella. La llamaban La Virgen de Mil Años. Margot se interesó en el personaje y eso le complicó aún más las cosas a Marie, cuando la reina cayó en desgracia: pasó a defenderla con tanto ardor como a Montaigne. Como ella, iniciaba cada una de sus opiniones con las palabras: “Es una mujer la que habla”. Escribió panfletos exigiendo la igualdad entre hombres y mujeres con argumentos como éste: “Nada se parece tanto a un gato en el alféizar como una gata”. Cuando le llegó una carta en que el rey Jaime de Inglaterra le pedÃa una semblanza de sà misma para una colección sobre las personalidades más relevantes de la época, creyó por fin llegado el reconocimiento. Era una burla más: el manuscrito que envió circuló de mano en mano y fue el hazmerreÃr de ParÃs. Pero Marie sobrevivió a todo: a los enemigos de Margot, a las estrecheces económicas, a los que se burlaron de ella, incluso a la viuda y a la hija de Montaigne. Muertas las herederas, la obra del maestro quedó a su cargo, pero no tenÃa dinero para hacer una nueva edición y mantener la llama viva, hasta que un dÃa compareció el cardenal Richelieu en la buhardilla donde vivÃa Marie con una criada y una gata. VenÃa a darle una pensión vitalicia, por “sus desvelos en conservar el viejo idioma”. La pensión era de cincuenta ducados anuales. Marie contestó que tenÃa una criada que alimentar. El cardenal agregó cinco. Marie dijo que tenÃa una gata; el cardenal agregó un ducado más. Marie dijo que la gata habÃa tenido gatitos. El cardenal pidió una pistola y preguntó dónde estaban los gatitos.
Lo cierto es que con esa pensión Marie hizo una nueva edición del libro de su maestro, que es la que leemos hasta hoy. Cuando se descubrió, siglos después, el manuscrito de Montaigne, juntando polvo en el ático de su torre, se comprobó que las traducciones del latÃn hechas por Marie eran perfectas. Sus libros, en cambio, son ilegibles, pero eso no importa. La verdadera voz de Marie se oye adentro de la voz de Montaigne, y ya se sabe lo que pasa cuando leemos a Montaigne: sentimos, como Marie, como el resto del mundo, hombres y mujeres, no importa la época, que habla de nosotros, que estamos ahÃ.
En la época de Montaigne, se tardaba diez dÃas para hacer los 600 kilómetros entre ParÃs y Burdeos, y él no estaba para encarar el viaje, después de que lo asaltaran, lo apalearan y lo dejaran por muerto en las afueras de ParÃs. HabÃa ido a interceder ante la corte para detener las guerras de religión que estaban desangrando el paÃs, pero lo único que le interesaba era volver cuanto antes a la famosa torre repleta de libros que tenÃa en sus tierras en Burdeos. Llevaba consigo un ejemplar de la primera edición de su libro, el único que escribirÃa en su vida, el que lo harÃa inmortal, pero todavÃa no: Montaigne habÃa quedado insatisfecho con la primera versión publicada, el ejemplar que arrastraba consigo habÃa duplicado elefantiásicamente su volumen con los agregados que querÃa hacerle (para lograr que fuese “un espejo en que cada hombre se vea reflejado”), llevaba diez años agregando cosas y ya habÃa cumplido los cincuenta: sentÃa cada dÃa más cerca la cita con la parca. Lo único que querÃa era terminar su libro, pero en ParÃs no podÃa trabajar tranquilo y a Burdeos no le daba el cuerpo para llegar, por eso aceptó una invitación a un palacete en el idÃlico Gournay, que quedaba a sólo medio dÃa de ParÃs. Y asà entró Marie de Jars, o Marie de Gournay, en la historia de la literatura.
El papá de Marie habÃa hecho dinero, compró tierras, se hizo un palacio y mandó para allá “los doscientos libros que debÃa tener la biblioteca de un caballero”, para leerlos cuando se retirara a la campiña. Pero se murió antes, de golpe, y la familia tuvo que achicarse: dejaron ParÃs, terminaron en Gournay, desde allá la madre se desvivÃa por casar bien a las hijas, pero Marie le salió dÃscola, además de feúcha. Se encerraba en la biblioteca del padre para que no la peinaran ni la vistieran, ni le enseñaran modales. ¿Qué es lo que tanto te interesa de esa habitación llena de palabras?, le preguntaba la madre. Marie no contestaba; en cambio se leyó todos los libros que habÃa en los estantes (para hacerlo tuvo que aprender sola latÃn, porque la mitad estaban en ese idioma) y después consiguió que un tÃo de ParÃs le dejara de regalo los libros que traÃa en sus visitas. Uno de ellos fue el de Montaigne. Cuando Marie se internó en él, no quiso salir más. Era tal la empatÃa que sentÃa con el libro que por momentos se preguntaba: ¿esto lo he escrito yo? Cuando supo que Montaigne estaba varado en ParÃs, le escribió una carta fervorosa (“Los antiguos están llorando por no haberlo tenido entre ellos”), le ofreció los aposentos de su padre en Gournay hasta que pudiera volver a Burdeos, le pidió que la considerara su hija.
Se sabe que la primera decepción de Montaigne al llegar a Gournay fue la fealdad de Marie y la segunda, el arrebato con que ella le aseguró que habÃa nacido para leerlo, que nadie lo entendÃa como ella. Pero también descubrió que esa criatura que se habÃa educado por las suyas en aquella biblioteca no sólo lo admiraba, sino que además era capaz de descifrarle la letra (los latines que usaba Montaigne cuando se hablaba a sà mismo) allà donde ni él mismo se entendÃa. Sabemos que Montaigne pasó cuatro meses en Gournay y que no volvió a ver nunca más a Marie. Ella le escribÃa todos los dÃas, incluso le envió una novelita filosófica que escribió en su honor (“El paseo con Monsieur Montaigne”); él nunca le contestó. Sin embargo, en su lecho de muerte, sabiendo que ni su mujer ni su hija tenÃan interés en su obra, y que su amigo Pierre de Brach ya tenÃa cierta edad y querÃa escribir sus cosas, pidió que se encomendara a Mademoiselle de Gournay la edición de su libro incorporando todos los agregados y correcciones. La viuda cumplió el encargo a desgano y envió a Marie el mamotreto. La vida no habÃa sido gentil con ella entretanto: sus hermanas se habÃan casado, su madre habÃa muerto, el castillo se habÃa vendido. El encargo llegaba en un momento providencial. Tan extasiada estaba que entendió que le ofrecÃan pasar el resto de sus dÃas en la legendaria torre de Montaigne y partió con sus últimos ahorros a Burdeos, pero la viuda logró sacársela de encima una vez que Marie completó el trabajo (“Ahora, hija, vaya a ParÃs y publique el libro, y quédese allá velando por él”).
Marie no sólo dio a imprenta el libro de Montaigne en ParÃs. Para mantener la llama viva, publicó también su novelita, a la que agregó como prólogo la carta fervorosa con que invitó a su maestro a Gournay y, como epÃlogo, la carta de Madame Montaigne. A continuación se sentó a esperar que los fieles acudieran a su salón, y que esas veladas llegaran a oÃdos de Marguerite de Valois, la famosa Reina Margot, para que ésta le diese una pensión que le permitiera dedicarse de por vida a velar por Montaigne. Pero su novelita causó más sensación que el libro de su maestro: los literatos la leÃan entre risas y luego acudÃan a su salón para tener más anécdotas con que mofarse de ella. La llamaban La Virgen de Mil Años. Margot se interesó en el personaje y eso le complicó aún más las cosas a Marie, cuando la reina cayó en desgracia: pasó a defenderla con tanto ardor como a Montaigne. Como ella, iniciaba cada una de sus opiniones con las palabras: “Es una mujer la que habla”. Escribió panfletos exigiendo la igualdad entre hombres y mujeres con argumentos como éste: “Nada se parece tanto a un gato en el alféizar como una gata”. Cuando le llegó una carta en que el rey Jaime de Inglaterra le pedÃa una semblanza de sà misma para una colección sobre las personalidades más relevantes de la época, creyó por fin llegado el reconocimiento. Era una burla más: el manuscrito que envió circuló de mano en mano y fue el hazmerreÃr de ParÃs. Pero Marie sobrevivió a todo: a los enemigos de Margot, a las estrecheces económicas, a los que se burlaron de ella, incluso a la viuda y a la hija de Montaigne. Muertas las herederas, la obra del maestro quedó a su cargo, pero no tenÃa dinero para hacer una nueva edición y mantener la llama viva, hasta que un dÃa compareció el cardenal Richelieu en la buhardilla donde vivÃa Marie con una criada y una gata. VenÃa a darle una pensión vitalicia, por “sus desvelos en conservar el viejo idioma”. La pensión era de cincuenta ducados anuales. Marie contestó que tenÃa una criada que alimentar. El cardenal agregó cinco. Marie dijo que tenÃa una gata; el cardenal agregó un ducado más. Marie dijo que la gata habÃa tenido gatitos. El cardenal pidió una pistola y preguntó dónde estaban los gatitos.
Lo cierto es que con esa pensión Marie hizo una nueva edición del libro de su maestro, que es la que leemos hasta hoy. Cuando se descubrió, siglos después, el manuscrito de Montaigne, juntando polvo en el ático de su torre, se comprobó que las traducciones del latÃn hechas por Marie eran perfectas. Sus libros, en cambio, son ilegibles, pero eso no importa. La verdadera voz de Marie se oye adentro de la voz de Montaigne, y ya se sabe lo que pasa cuando leemos a Montaigne: sentimos, como Marie, como el resto del mundo, hombres y mujeres, no importa la época, que habla de nosotros, que estamos ahÃ.
Por Juan Forn
En la época de Montaigne, se tardaba diez dÃas para hacer los 600 kilómetros entre ParÃs y Burdeos, y él no estaba para encarar el viaje, después de que lo asaltaran, lo apalearan y lo dejaran por muerto en las afueras de ParÃs. HabÃa ido a interceder ante la corte para detener las guerras de religión que estaban desangrando el paÃs, pero lo único que le interesaba era volver cuanto antes a la famosa torre repleta de libros que tenÃa en sus tierras en Burdeos. Llevaba consigo un ejemplar de la primera edición de su libro, el único que escribirÃa en su vida, el que lo harÃa inmortal, pero todavÃa no: Montaigne habÃa quedado insatisfecho con la primera versión publicada, el ejemplar que arrastraba consigo habÃa duplicado elefantiásicamente su volumen con los agregados que querÃa hacerle (para lograr que fuese “un espejo en que cada hombre se vea reflejado”), llevaba diez años agregando cosas y ya habÃa cumplido los cincuenta: sentÃa cada dÃa más cerca la cita con la parca. Lo único que querÃa era terminar su libro, pero en ParÃs no podÃa trabajar tranquilo y a Burdeos no le daba el cuerpo para llegar, por eso aceptó una invitación a un palacete en el idÃlico Gournay, que quedaba a sólo medio dÃa de ParÃs. Y asà entró Marie de Jars, o Marie de Gournay, en la historia de la literatura.
El papá de Marie habÃa hecho dinero, compró tierras, se hizo un palacio y mandó para allá “los doscientos libros que debÃa tener la biblioteca de un caballero”, para leerlos cuando se retirara a la campiña. Pero se murió antes, de golpe, y la familia tuvo que achicarse: dejaron ParÃs, terminaron en Gournay, desde allá la madre se desvivÃa por casar bien a las hijas, pero Marie le salió dÃscola, además de feúcha. Se encerraba en la biblioteca del padre para que no la peinaran ni la vistieran, ni le enseñaran modales. ¿Qué es lo que tanto te interesa de esa habitación llena de palabras?, le preguntaba la madre. Marie no contestaba; en cambio se leyó todos los libros que habÃa en los estantes (para hacerlo tuvo que aprender sola latÃn, porque la mitad estaban en ese idioma) y después consiguió que un tÃo de ParÃs le dejara de regalo los libros que traÃa en sus visitas. Uno de ellos fue el de Montaigne. Cuando Marie se internó en él, no quiso salir más. Era tal la empatÃa que sentÃa con el libro que por momentos se preguntaba: ¿esto lo he escrito yo? Cuando supo que Montaigne estaba varado en ParÃs, le escribió una carta fervorosa (“Los antiguos están llorando por no haberlo tenido entre ellos”), le ofreció los aposentos de su padre en Gournay hasta que pudiera volver a Burdeos, le pidió que la considerara su hija.
Se sabe que la primera decepción de Montaigne al llegar a Gournay fue la fealdad de Marie y la segunda, el arrebato con que ella le aseguró que habÃa nacido para leerlo, que nadie lo entendÃa como ella. Pero también descubrió que esa criatura que se habÃa educado por las suyas en aquella biblioteca no sólo lo admiraba, sino que además era capaz de descifrarle la letra (los latines que usaba Montaigne cuando se hablaba a sà mismo) allà donde ni él mismo se entendÃa. Sabemos que Montaigne pasó cuatro meses en Gournay y que no volvió a ver nunca más a Marie. Ella le escribÃa todos los dÃas, incluso le envió una novelita filosófica que escribió en su honor (“El paseo con Monsieur Montaigne”); él nunca le contestó. Sin embargo, en su lecho de muerte, sabiendo que ni su mujer ni su hija tenÃan interés en su obra, y que su amigo Pierre de Brach ya tenÃa cierta edad y querÃa escribir sus cosas, pidió que se encomendara a Mademoiselle de Gournay la edición de su libro incorporando todos los agregados y correcciones. La viuda cumplió el encargo a desgano y envió a Marie el mamotreto. La vida no habÃa sido gentil con ella entretanto: sus hermanas se habÃan casado, su madre habÃa muerto, el castillo se habÃa vendido. El encargo llegaba en un momento providencial. Tan extasiada estaba que entendió que le ofrecÃan pasar el resto de sus dÃas en la legendaria torre de Montaigne y partió con sus últimos ahorros a Burdeos, pero la viuda logró sacársela de encima una vez que Marie completó el trabajo (“Ahora, hija, vaya a ParÃs y publique el libro, y quédese allá velando por él”).
Marie no sólo dio a imprenta el libro de Montaigne en ParÃs. Para mantener la llama viva, publicó también su novelita, a la que agregó como prólogo la carta fervorosa con que invitó a su maestro a Gournay y, como epÃlogo, la carta de Madame Montaigne. A continuación se sentó a esperar que los fieles acudieran a su salón, y que esas veladas llegaran a oÃdos de Marguerite de Valois, la famosa Reina Margot, para que ésta le diese una pensión que le permitiera dedicarse de por vida a velar por Montaigne. Pero su novelita causó más sensación que el libro de su maestro: los literatos la leÃan entre risas y luego acudÃan a su salón para tener más anécdotas con que mofarse de ella. La llamaban La Virgen de Mil Años. Margot se interesó en el personaje y eso le complicó aún más las cosas a Marie, cuando la reina cayó en desgracia: pasó a defenderla con tanto ardor como a Montaigne. Como ella, iniciaba cada una de sus opiniones con las palabras: “Es una mujer la que habla”. Escribió panfletos exigiendo la igualdad entre hombres y mujeres con argumentos como éste: “Nada se parece tanto a un gato en el alféizar como una gata”. Cuando le llegó una carta en que el rey Jaime de Inglaterra le pedÃa una semblanza de sà misma para una colección sobre las personalidades más relevantes de la época, creyó por fin llegado el reconocimiento. Era una burla más: el manuscrito que envió circuló de mano en mano y fue el hazmerreÃr de ParÃs. Pero Marie sobrevivió a todo: a los enemigos de Margot, a las estrecheces económicas, a los que se burlaron de ella, incluso a la viuda y a la hija de Montaigne. Muertas las herederas, la obra del maestro quedó a su cargo, pero no tenÃa dinero para hacer una nueva edición y mantener la llama viva, hasta que un dÃa compareció el cardenal Richelieu en la buhardilla donde vivÃa Marie con una criada y una gata. VenÃa a darle una pensión vitalicia, por “sus desvelos en conservar el viejo idioma”. La pensión era de cincuenta ducados anuales. Marie contestó que tenÃa una criada que alimentar. El cardenal agregó cinco. Marie dijo que tenÃa una gata; el cardenal agregó un ducado más. Marie dijo que la gata habÃa tenido gatitos. El cardenal pidió una pistola y preguntó dónde estaban los gatitos.
Lo cierto es que con esa pensión Marie hizo una nueva edición del libro de su maestro, que es la que leemos hasta hoy. Cuando se descubrió, siglos después, el manuscrito de Montaigne, juntando polvo en el ático de su torre, se comprobó que las traducciones del latÃn hechas por Marie eran perfectas. Sus libros, en cambio, son ilegibles, pero eso no importa. La verdadera voz de Marie se oye adentro de la voz de Montaigne, y ya se sabe lo que pasa cuando leemos a Montaigne: sentimos, como Marie, como el resto del mundo, hombres y mujeres, no importa la época, que habla de nosotros, que estamos ahÃ.
En la época de Montaigne, se tardaba diez dÃas para hacer los 600 kilómetros entre ParÃs y Burdeos, y él no estaba para encarar el viaje, después de que lo asaltaran, lo apalearan y lo dejaran por muerto en las afueras de ParÃs. HabÃa ido a interceder ante la corte para detener las guerras de religión que estaban desangrando el paÃs, pero lo único que le interesaba era volver cuanto antes a la famosa torre repleta de libros que tenÃa en sus tierras en Burdeos. Llevaba consigo un ejemplar de la primera edición de su libro, el único que escribirÃa en su vida, el que lo harÃa inmortal, pero todavÃa no: Montaigne habÃa quedado insatisfecho con la primera versión publicada, el ejemplar que arrastraba consigo habÃa duplicado elefantiásicamente su volumen con los agregados que querÃa hacerle (para lograr que fuese “un espejo en que cada hombre se vea reflejado”), llevaba diez años agregando cosas y ya habÃa cumplido los cincuenta: sentÃa cada dÃa más cerca la cita con la parca. Lo único que querÃa era terminar su libro, pero en ParÃs no podÃa trabajar tranquilo y a Burdeos no le daba el cuerpo para llegar, por eso aceptó una invitación a un palacete en el idÃlico Gournay, que quedaba a sólo medio dÃa de ParÃs. Y asà entró Marie de Jars, o Marie de Gournay, en la historia de la literatura.
El papá de Marie habÃa hecho dinero, compró tierras, se hizo un palacio y mandó para allá “los doscientos libros que debÃa tener la biblioteca de un caballero”, para leerlos cuando se retirara a la campiña. Pero se murió antes, de golpe, y la familia tuvo que achicarse: dejaron ParÃs, terminaron en Gournay, desde allá la madre se desvivÃa por casar bien a las hijas, pero Marie le salió dÃscola, además de feúcha. Se encerraba en la biblioteca del padre para que no la peinaran ni la vistieran, ni le enseñaran modales. ¿Qué es lo que tanto te interesa de esa habitación llena de palabras?, le preguntaba la madre. Marie no contestaba; en cambio se leyó todos los libros que habÃa en los estantes (para hacerlo tuvo que aprender sola latÃn, porque la mitad estaban en ese idioma) y después consiguió que un tÃo de ParÃs le dejara de regalo los libros que traÃa en sus visitas. Uno de ellos fue el de Montaigne. Cuando Marie se internó en él, no quiso salir más. Era tal la empatÃa que sentÃa con el libro que por momentos se preguntaba: ¿esto lo he escrito yo? Cuando supo que Montaigne estaba varado en ParÃs, le escribió una carta fervorosa (“Los antiguos están llorando por no haberlo tenido entre ellos”), le ofreció los aposentos de su padre en Gournay hasta que pudiera volver a Burdeos, le pidió que la considerara su hija.
Se sabe que la primera decepción de Montaigne al llegar a Gournay fue la fealdad de Marie y la segunda, el arrebato con que ella le aseguró que habÃa nacido para leerlo, que nadie lo entendÃa como ella. Pero también descubrió que esa criatura que se habÃa educado por las suyas en aquella biblioteca no sólo lo admiraba, sino que además era capaz de descifrarle la letra (los latines que usaba Montaigne cuando se hablaba a sà mismo) allà donde ni él mismo se entendÃa. Sabemos que Montaigne pasó cuatro meses en Gournay y que no volvió a ver nunca más a Marie. Ella le escribÃa todos los dÃas, incluso le envió una novelita filosófica que escribió en su honor (“El paseo con Monsieur Montaigne”); él nunca le contestó. Sin embargo, en su lecho de muerte, sabiendo que ni su mujer ni su hija tenÃan interés en su obra, y que su amigo Pierre de Brach ya tenÃa cierta edad y querÃa escribir sus cosas, pidió que se encomendara a Mademoiselle de Gournay la edición de su libro incorporando todos los agregados y correcciones. La viuda cumplió el encargo a desgano y envió a Marie el mamotreto. La vida no habÃa sido gentil con ella entretanto: sus hermanas se habÃan casado, su madre habÃa muerto, el castillo se habÃa vendido. El encargo llegaba en un momento providencial. Tan extasiada estaba que entendió que le ofrecÃan pasar el resto de sus dÃas en la legendaria torre de Montaigne y partió con sus últimos ahorros a Burdeos, pero la viuda logró sacársela de encima una vez que Marie completó el trabajo (“Ahora, hija, vaya a ParÃs y publique el libro, y quédese allá velando por él”).
Marie no sólo dio a imprenta el libro de Montaigne en ParÃs. Para mantener la llama viva, publicó también su novelita, a la que agregó como prólogo la carta fervorosa con que invitó a su maestro a Gournay y, como epÃlogo, la carta de Madame Montaigne. A continuación se sentó a esperar que los fieles acudieran a su salón, y que esas veladas llegaran a oÃdos de Marguerite de Valois, la famosa Reina Margot, para que ésta le diese una pensión que le permitiera dedicarse de por vida a velar por Montaigne. Pero su novelita causó más sensación que el libro de su maestro: los literatos la leÃan entre risas y luego acudÃan a su salón para tener más anécdotas con que mofarse de ella. La llamaban La Virgen de Mil Años. Margot se interesó en el personaje y eso le complicó aún más las cosas a Marie, cuando la reina cayó en desgracia: pasó a defenderla con tanto ardor como a Montaigne. Como ella, iniciaba cada una de sus opiniones con las palabras: “Es una mujer la que habla”. Escribió panfletos exigiendo la igualdad entre hombres y mujeres con argumentos como éste: “Nada se parece tanto a un gato en el alféizar como una gata”. Cuando le llegó una carta en que el rey Jaime de Inglaterra le pedÃa una semblanza de sà misma para una colección sobre las personalidades más relevantes de la época, creyó por fin llegado el reconocimiento. Era una burla más: el manuscrito que envió circuló de mano en mano y fue el hazmerreÃr de ParÃs. Pero Marie sobrevivió a todo: a los enemigos de Margot, a las estrecheces económicas, a los que se burlaron de ella, incluso a la viuda y a la hija de Montaigne. Muertas las herederas, la obra del maestro quedó a su cargo, pero no tenÃa dinero para hacer una nueva edición y mantener la llama viva, hasta que un dÃa compareció el cardenal Richelieu en la buhardilla donde vivÃa Marie con una criada y una gata. VenÃa a darle una pensión vitalicia, por “sus desvelos en conservar el viejo idioma”. La pensión era de cincuenta ducados anuales. Marie contestó que tenÃa una criada que alimentar. El cardenal agregó cinco. Marie dijo que tenÃa una gata; el cardenal agregó un ducado más. Marie dijo que la gata habÃa tenido gatitos. El cardenal pidió una pistola y preguntó dónde estaban los gatitos.
Lo cierto es que con esa pensión Marie hizo una nueva edición del libro de su maestro, que es la que leemos hasta hoy. Cuando se descubrió, siglos después, el manuscrito de Montaigne, juntando polvo en el ático de su torre, se comprobó que las traducciones del latÃn hechas por Marie eran perfectas. Sus libros, en cambio, son ilegibles, pero eso no importa. La verdadera voz de Marie se oye adentro de la voz de Montaigne, y ya se sabe lo que pasa cuando leemos a Montaigne: sentimos, como Marie, como el resto del mundo, hombres y mujeres, no importa la época, que habla de nosotros, que estamos ahÃ.
me resulta raro encontrar este tema dentro de este blog.No le veo relacion directa con la politica.Cuando joven yo tambien me enamore de los Ensayos y escribi voluntariamente una monografia con comentarios sobre su contenido.Para los que estudiabamos ciencias de la educacion merecia un respeto especial,pues su pesamiento pedagogico y humanistico es pionero en su tiempo,defendiendo la calidad sobre la cantidad,la diversidad cultural,la duda como sabiduria,equiparandose a Descartes y abriendonos la»mollera»moderna.