21/02/14
En los últimos dÃas, Venezuela parece haber regresado su reloj polÃtico hasta mediados del siglo veinte. Los estudiantes marchan contra un gobierno que se proclama representante único de la voluntad popular.
Grupos paramilitares han atacado a los manifestantes, y ambos sectores a su vez han sido vÃctimas de una policÃa polÃtica fuera de control.
Los medios de comunicación venezolanos apenas cubren los hechos: ya no quedan canales de televisión independientes, los periódicos tienen poco papel, y un canal de cable que reportaba la crisis fue sacado del aire.
Lo curioso de esta situación es que los estudiantes no se alzaron contra un caudillo militar de los años 50. Tampoco se movilizaron en contra del neoliberalismo de los años 90. Las protestas atacan el corazón y la legitimidad de un régimen del siglo veintiuno, declaradamente progresista y de fuerte raÃz popular.
La experiencia venezolana refleja los lÃmites del progresismo intolerante.
El proyecto bolivariano concibe la democracia como un sistema que debe servir a los sectores populares y movilizar mayorÃas, no como un sistema llamado a promover el pluralismo y proteger la diversidad.
El costo de esta visión incompleta del proceso democrático ha sido el aislamiento de sus lÃderes. Sin escuchar voces crÃticas y sin pluralidad de alternativas, el régimen venezolano ha sido incapaz de percibir sus propios errores acumulados por quince años. Esta paradoja de un gobierno progresista atrapado por su propia intransigencia resulta difÃcil de procesar para los gobiernos de la región . El mundo era fácil de entender cuando los militares eran de derecha, los estudiantes protestaban contra el neoliberalismo, y el FMI nos imponÃa polÃticas impopulares.
Este era el mundo en que se formaron Dilma Rousseff, Pepe Mujica y Michelle Bachelet.
Pero el siglo veintiuno es más complicado. Hoy los militares venezolanos son privilegiados por la revolución, los estudiantes protestan contra los excesos del estado rentista, y el capitalismo mundial depende de la economÃa china.
En este contexto es fácil para los lÃderes (y lideresas) de la región perder las coordenadas polÃticas y equivocar el rumbo . Tratar de entender la crisis venezolana como una “remake†de la conspiración estadounidense contra el presidente chileno Salvador Allende es tan anacrónico como pensar que la experiencia chavista es simplemente una réplica del modelo autoritario adoptado por la revolución cubana. El siglo veinte, sin embargo, nos dejó lecciones duraderas que ya no se pueden ignorar: que el gobierno tiene la responsabilidad principal en la protección de los derechos humanos, que no hay excusas para justificar los golpes de estado y, quizás lo más difÃcil de aceptar, que no es posible avanzar en la senda del progreso social sin un proyecto polÃtico pluralista.
En los últimos dÃas, Venezuela parece haber regresado su reloj polÃtico hasta mediados del siglo veinte. Los estudiantes marchan contra un gobierno que se proclama representante único de la voluntad popular.
Grupos paramilitares han atacado a los manifestantes, y ambos sectores a su vez han sido vÃctimas de una policÃa polÃtica fuera de control.
Los medios de comunicación venezolanos apenas cubren los hechos: ya no quedan canales de televisión independientes, los periódicos tienen poco papel, y un canal de cable que reportaba la crisis fue sacado del aire.
Lo curioso de esta situación es que los estudiantes no se alzaron contra un caudillo militar de los años 50. Tampoco se movilizaron en contra del neoliberalismo de los años 90. Las protestas atacan el corazón y la legitimidad de un régimen del siglo veintiuno, declaradamente progresista y de fuerte raÃz popular.
La experiencia venezolana refleja los lÃmites del progresismo intolerante.
El proyecto bolivariano concibe la democracia como un sistema que debe servir a los sectores populares y movilizar mayorÃas, no como un sistema llamado a promover el pluralismo y proteger la diversidad.
El costo de esta visión incompleta del proceso democrático ha sido el aislamiento de sus lÃderes. Sin escuchar voces crÃticas y sin pluralidad de alternativas, el régimen venezolano ha sido incapaz de percibir sus propios errores acumulados por quince años. Esta paradoja de un gobierno progresista atrapado por su propia intransigencia resulta difÃcil de procesar para los gobiernos de la región . El mundo era fácil de entender cuando los militares eran de derecha, los estudiantes protestaban contra el neoliberalismo, y el FMI nos imponÃa polÃticas impopulares.
Este era el mundo en que se formaron Dilma Rousseff, Pepe Mujica y Michelle Bachelet.
Pero el siglo veintiuno es más complicado. Hoy los militares venezolanos son privilegiados por la revolución, los estudiantes protestan contra los excesos del estado rentista, y el capitalismo mundial depende de la economÃa china.
En este contexto es fácil para los lÃderes (y lideresas) de la región perder las coordenadas polÃticas y equivocar el rumbo . Tratar de entender la crisis venezolana como una “remake†de la conspiración estadounidense contra el presidente chileno Salvador Allende es tan anacrónico como pensar que la experiencia chavista es simplemente una réplica del modelo autoritario adoptado por la revolución cubana. El siglo veinte, sin embargo, nos dejó lecciones duraderas que ya no se pueden ignorar: que el gobierno tiene la responsabilidad principal en la protección de los derechos humanos, que no hay excusas para justificar los golpes de estado y, quizás lo más difÃcil de aceptar, que no es posible avanzar en la senda del progreso social sin un proyecto polÃtico pluralista.
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