27/02/14
En toda la región, la democracia está de moda otra vez. Pero no es la misma democracia que celebrábamos cuando cayeron las dictaduras militares latinoamericanas y los regÃmenes socialistas de Europa del Este.
Es una democracia distinta: la democracia agonista.
El agonismo es una concepción que parte del supuesto de que en una sociedad pluralista no hay valores compartidos por todos.
Sólo hay grupos con proyectos polÃticos irreconciliables que nunca llegarán a ponerse de acuerdo sobre nada relevante para el beneficio común.
Por consiguiente, no tiene sentido dialogar ni discutir.
No hay posibilidad de entendimiento.
La vida democrática es un juego de suma cero: si uno gana, el otro pierde, asà que sólo hay que preocuparse por ganar. Y una vez que uno gana, no tiene por qué tener contemplaciones con el derrotado.
Puede simplemente “ir por todoâ€.
Como consecuencia de esto, la polÃtica se convierte en un campo de batalla entre bandos rivales: pueblo y oligarquÃa; patriotas y vendepatrias; trabajadores y burguesÃa; izquierda y derecha.
En ese campo de batalla, ambos bandos luchan descarnadamente por el poder. Y si bien evitan el aniquilamiento del enemigo para que la llama de la polÃtica no se extinga, aspiran a acorralarlo, a ponerlo contra las cuerdas, a reducirlo a su mÃnima expresión.
La democracia pasa a ser nada más que el tenue marco legal que permite librar la contienda civilizadamente y la vida democrática deviene guerra civil velada : la celebración de elecciones periódicas y el respeto de algunas garantÃas constitucionales mÃnimas son el dispositivo que evita el derramamiento de sangre.
A esta concepción agonista de la democracia se contraponen otras que ponen el acento en una discusión inclusiva, entre iguales.
Llamemos a esta visión, la de la democracia deliberativa.
La democracia deliberativa invierte los axiomas de la postura rival . Aquà no se piensa al pluralismo como la mera yuxtaposición de grupos con proyectos inconmensurables, sino que se concibe a la polÃtica como ámbito en donde los ciudadanos comparten una serie de valores a pesar de suscribir perspectivas distintas .
La convicción de que las personas son iguales, el rechazo de la segregación racial o la discriminación de género y el respeto por los derechos humanos aparecen como algunos de los valores compartidos. Para los deliberativistas, las sociedades democráticas no son meros conglomerados humanos de personas condenadas a coexistir en una misma geografÃa, sino auténticas comunidades éticas.
Por consiguiente, los deliberativistas no ven a la democracia como un sistema de trincheras en el que amigos y enemigos se enfrentan en una lucha sin cuartel por el botÃn del poder.
Se la representa como un espacio de entendimiento recÃproco en el que la ciudadanÃa discute sobre cómo interpretar su ideario compartido y cómo traducirlo en polÃticas públicas concretas.
Donde la democracia agonista ve enemistad, la deliberativa apuesta por la fraternidad cÃvica; donde la democracia agonista ve conflicto, la deliberativa propone la cooperación; donde la democracia agonista ve descalificación, la deliberativa plantea el respeto por los que piensan distinto.
Lo que es más importante: contra la idea habitual de que -a diferencia de la postura rival- la concepción deliberativista ofrece una noción ingenua o no realista de la democracia, los deliberativistas proponen un ideal regulativo desde donde critican las injusticias que la visión agonista avala.
En efecto, en su preocupación por lograr un diálogo inclusivo, la democracia deliberativa pone un acento especial en las voces que hoy no se escuchan; aquellas que hoy son ignoradas, silenciadas o encerradas por el poder.
Para el agonismo, en cambio, lo que cuentan son los poderosos, los que -según la retórica del poder dominante- “juegan en primera†.
Todos los demás, los de la segunda o la tercera división, los que quedaron al margen, no cuentan, salvo cuando su presencia conviene o converge con los intereses de los poderosos. El agonismo es el que hoy nos pregunta “cuántos votos tenemos†para ver si nos reconoce como iguales.
Es el que repudia o se burla de las crÃticas de los más débiles, desafiándolos a que “formen un partido polÃtico†y “ganen las eleccionesâ€.
La visión de los deliberativistas es exactamente la contraria.
Los deliberativistas entienden que las decisiones que afectan a todos son responsabilidad de todos, y no de la elite que “conduce†al paÃs.
Los deliberativistas consideran que una decisión no es legÃtima cuando no cuenta con el respaldo efectivo de “todos los afectadosâ€, incluyendo de modo especial a las voces actualmente inaudibles: las protestas y las luchas de tantas minorÃas que hoy resisten el avance de los agronegocios, los proyectos megamineros o los arreglos en torno a las fuentes energéticas, con que los gobiernos trafican desde el poder.
Afortunadamente, el tiempo del agonismo se agota.
Quienes defendemos la democracia deliberativa debemos prepararnos para afrontar el reto enorme que representan las sociedades más injustas, más desiguales, menos fraternas, que el agonismo nos deja.
En toda la región, la democracia está de moda otra vez. Pero no es la misma democracia que celebrábamos cuando cayeron las dictaduras militares latinoamericanas y los regÃmenes socialistas de Europa del Este.
Es una democracia distinta: la democracia agonista.
El agonismo es una concepción que parte del supuesto de que en una sociedad pluralista no hay valores compartidos por todos.
Sólo hay grupos con proyectos polÃticos irreconciliables que nunca llegarán a ponerse de acuerdo sobre nada relevante para el beneficio común.
Por consiguiente, no tiene sentido dialogar ni discutir.
No hay posibilidad de entendimiento.
La vida democrática es un juego de suma cero: si uno gana, el otro pierde, asà que sólo hay que preocuparse por ganar. Y una vez que uno gana, no tiene por qué tener contemplaciones con el derrotado.
Puede simplemente “ir por todoâ€.
Como consecuencia de esto, la polÃtica se convierte en un campo de batalla entre bandos rivales: pueblo y oligarquÃa; patriotas y vendepatrias; trabajadores y burguesÃa; izquierda y derecha.
En ese campo de batalla, ambos bandos luchan descarnadamente por el poder. Y si bien evitan el aniquilamiento del enemigo para que la llama de la polÃtica no se extinga, aspiran a acorralarlo, a ponerlo contra las cuerdas, a reducirlo a su mÃnima expresión.
La democracia pasa a ser nada más que el tenue marco legal que permite librar la contienda civilizadamente y la vida democrática deviene guerra civil velada : la celebración de elecciones periódicas y el respeto de algunas garantÃas constitucionales mÃnimas son el dispositivo que evita el derramamiento de sangre.
A esta concepción agonista de la democracia se contraponen otras que ponen el acento en una discusión inclusiva, entre iguales.
Llamemos a esta visión, la de la democracia deliberativa.
La democracia deliberativa invierte los axiomas de la postura rival . Aquà no se piensa al pluralismo como la mera yuxtaposición de grupos con proyectos inconmensurables, sino que se concibe a la polÃtica como ámbito en donde los ciudadanos comparten una serie de valores a pesar de suscribir perspectivas distintas .
La convicción de que las personas son iguales, el rechazo de la segregación racial o la discriminación de género y el respeto por los derechos humanos aparecen como algunos de los valores compartidos. Para los deliberativistas, las sociedades democráticas no son meros conglomerados humanos de personas condenadas a coexistir en una misma geografÃa, sino auténticas comunidades éticas.
Por consiguiente, los deliberativistas no ven a la democracia como un sistema de trincheras en el que amigos y enemigos se enfrentan en una lucha sin cuartel por el botÃn del poder.
Se la representa como un espacio de entendimiento recÃproco en el que la ciudadanÃa discute sobre cómo interpretar su ideario compartido y cómo traducirlo en polÃticas públicas concretas.
Donde la democracia agonista ve enemistad, la deliberativa apuesta por la fraternidad cÃvica; donde la democracia agonista ve conflicto, la deliberativa propone la cooperación; donde la democracia agonista ve descalificación, la deliberativa plantea el respeto por los que piensan distinto.
Lo que es más importante: contra la idea habitual de que -a diferencia de la postura rival- la concepción deliberativista ofrece una noción ingenua o no realista de la democracia, los deliberativistas proponen un ideal regulativo desde donde critican las injusticias que la visión agonista avala.
En efecto, en su preocupación por lograr un diálogo inclusivo, la democracia deliberativa pone un acento especial en las voces que hoy no se escuchan; aquellas que hoy son ignoradas, silenciadas o encerradas por el poder.
Para el agonismo, en cambio, lo que cuentan son los poderosos, los que -según la retórica del poder dominante- “juegan en primera†.
Todos los demás, los de la segunda o la tercera división, los que quedaron al margen, no cuentan, salvo cuando su presencia conviene o converge con los intereses de los poderosos. El agonismo es el que hoy nos pregunta “cuántos votos tenemos†para ver si nos reconoce como iguales.
Es el que repudia o se burla de las crÃticas de los más débiles, desafiándolos a que “formen un partido polÃtico†y “ganen las eleccionesâ€.
La visión de los deliberativistas es exactamente la contraria.
Los deliberativistas entienden que las decisiones que afectan a todos son responsabilidad de todos, y no de la elite que “conduce†al paÃs.
Los deliberativistas consideran que una decisión no es legÃtima cuando no cuenta con el respaldo efectivo de “todos los afectadosâ€, incluyendo de modo especial a las voces actualmente inaudibles: las protestas y las luchas de tantas minorÃas que hoy resisten el avance de los agronegocios, los proyectos megamineros o los arreglos en torno a las fuentes energéticas, con que los gobiernos trafican desde el poder.
Afortunadamente, el tiempo del agonismo se agota.
Quienes defendemos la democracia deliberativa debemos prepararnos para afrontar el reto enorme que representan las sociedades más injustas, más desiguales, menos fraternas, que el agonismo nos deja.
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La división no es entre «pueblo y burguesÃa», sino entre pueblo y elites. No es el pueblo contra el 15%, sino el pueblo contra el 0.1%. Esto los autores bien lo saben, pero necesitan ocultarlo para que no se note que sus ideas convienen a esos pocos (por ejemplo, a los dueños de los medios que les ofrecen espacio). Igual de relevante, necesitan ocultárselo a sus propias mentes, para seguir creyendo que sus ideas son «de izquierda».
Todos queremos paz y amor. También los muy pocos integrantes de la elite global. Un banquero en Londres o Zúrich puede ser un excelente padre, esposo, amigo, a la vez que trabaja para un sistema basado en la explotación. Y esto no le importa, o no le parece relevante, o le parece inevitable, o hasta justo y necesario. Pero es justamente contra esta realidad y estas creencias que las democracias reales antagonizan.
Si la division fuese entre ‘pueblo’ (sin entrar a que definis como ‘pueblo’, particularmente en el pedorro lenguaje politico del peronismo)y elites del 0.1%, estariamos en la Revolucion Francesa. Con poner un par de guillotinas en Plaza Francia y Plaza de Mayo y sus equivalentes en el interior, asunto arreglado. Con la carga de odio que existe en Argentina despues de diez anios de relato kirchnerista antagonico, el show seria un exitazo.
El problema es que las sociedades son un poquito mas complejas que eso. Hay un entramado muy extendido de intereses, valores y opiniones compartidas – o divergentes, pero que divergen de un interes comun – que hacen que el agonismo y toda esa pajeria de Laclau/Mouffe no tenga relevancia fuera de la Argentina kirchnerista. Donde tampoco la tiene, pero al menos excita a algunos.
Debes pensar que la humanidad es muy pelotuda si sinceramente crees que se autosacrifica a beneficio del 0.1%.
Amigos Administradores de ArtepolÃtica:
Quiero agradecerles por linkear el artÃculo de ClarÃn, diario que yo no leo habitualmente.
¡Qué buen análisis el de Gargarella y Montero!
Lamento la lógica «amigo – enemigo» de la democracia «agónica» que sustenta Napule,
que repite lo que sustenta la millonaria Cristina,
que repite lo que sustenta el autoexiliado Laclau,
que repite lo que sustentó el nazi Schmitt.
Coherencia, se llama.