El ruido del tarro

El 2014 es un año “pozo” políticamente. “Oscuro”, para más datos. Y uno puede adivinar que decenas de analistas políticos, sociólogos y encuestadores se han de fatigar las neuronas pensando las rupturas y continuidades de las distintas estructuras políticas, mesas de diálogo y consenso, agrupamientos, sectores unipersonales y demás aparatos y formas del poder y contra-poder que intentan salir airosas, bien paradas, de cara a las elecciones de octubre del año que viene.

El juego es muy simple, depende un poco de la suerte, pero también de un buen oído, de perspicacia y cierto timing. Un embudo de entrada grande tiene tres o cuatro desembocaduras que llegan hasta jarras o tarros de lata o metal.  Se arroja una moneda en el embudo, y la persona, con ojos vendados, tiene que saber, guiándose por el sonido del recipiente a donde cayó, en cuál de ellos lo hizo efectivamente. Trasladado este juego a la política argentina, con eximios referentes como Felipe Solá, por ejemplo, la cuestión se hace más difícil, y como veremos, la metáfora, además de ampliarse, dificulta la perspectiva estructural del jugador.

De realpolitik hablamos, y no de buenas intenciones. Los medios de comunicación son la arena de las disputas y no el Congreso Nacional como bien lo dice y sugiere la biblia republicana. Al final del camino, como siempre, y sin embargo, gana el que suma más votos, o tal vez la mitad más uno. El que convence a más argentinos, el que tenga mejor equipo, mayor estructura. Todo no depende del mensaje, también depende del receptor, de sus cualidades, conocimientos, oficio, familia, entorno, en fin. Los tres realpolitik más conspicuos (Massa-Scioli-Macri) tribunean a más no poder, son afiliados del mensaje, su vida pasa por el mensaje, y si no hay mensaje prácticamente no hay política para ellos. Cada suceso o acontecimiento es oportunidad para mostrarse, hablar, emitir opinión y dar su mirada.

Nada nuevo. Es el fenómeno de la “video política” que vino a reemplazar a la democracia de partidos y a la construcción “desde abajo” como se dice. Para ellos el receptor como sujeto de derechos, de cualidades humanas, de necesidades (imperiosas a veces) no existe. Existe la caja vacía que hay que llenar y mantener llena de acá a octubre de 2015, y siempre con el mismo mensaje (inseguridad e inflación, por ejemplo). Difícil tarea, porque a lo que ellos llaman “caja vacía” en Anatomía se le dice “cerebro”, y es el problema al que se enfrentan estos candidatos a diario, cuando una persona lo usa y razona, saca conclusiones, dice “no” y dice “si”. Entonces vienen las estrategias, los vaivenes, las disputas, las rupturas y nuevas alianzas, etc. Siempre enfocados en llenar la caja, esquivando posibles resistencias que esa misma caja pueda producir.

La tríada del mensaje, Massa-Scioli-Macri, vienen influidos fuertemente por dos experiencias capitales en la zona de la frivolidad política a la que adhieren: De Narvaez 2009, Del Sel 2011. La experiencia de Francisco De Narvaez ya ha sido ampliamente citada, e incluso trabajada académicamente como el fenómeno más relevante de la era democrática. Del Sel, más cercano en el tiempo, y posiblemente más relevante y sorprendente aún que su antecesor, ha dejado a las claras que un triunfo electoral de esas características es factible, pensable y planificable, lo cual es suficiente impulso para que actores como  Macri o Massa, sin plataformas sólidas ni amplitud partidaria a nivel nacional, puedan dar el batacazo y quedarse ya sea con una provincia o con la cúspide del Estado.

La situación parece no tener salida, porque bien sabemos que a los posicionamientos políticos de cara a una elección los diagraman los medios de comunicación en base a dos variables, una controlada y la otra no: sus intereses económicos y las infinitas contingencias que puedan producirse a diario en la realidad socio-cultural. Massa-Scioli-Macri están instalados como futuros presidenciables, queda a voluntad del lector saber a qué variable responden esos posicionamientos, y todo lo que sucede en el resto de la política hoy en día se estructura en base a esa jerarquía. Las encuestas de opinión cartografían con firmeza la recepción de esos posicionamientos y guían además las estrategias en la emisión de nuevos mensajes. Las encuestas, misal en este circuito, no apuntan hacia los electores, ciudadanos al fin, no intentan precisar sus requerimientos, ideas, aportes, necesidades, sólo se usan como espejo de la tríada y de las problemáticas instaladas.

Existe una articulación precisa entre la tríada en cuestión, los medios de comunicación y la recepción del mensaje. Los medios y la tríada trabajan un tema en base a contingencias pero también a intereses y posibilidades de cada una de las partes. Una vez el tema está pulido, desgranado, difícil de ser jaqueado y con posible continuidad en el tiempo, los medios se encargan de que el mensaje llegue de una forma u otra. Cada parte de la tríada convalida el mensaje con palabras o acciones. Massa o Macri con discursos, Scioli con planes o programas de acción. En la encuesta se recoge la información necesaria: existe un problema pero alguno de estos pre-candidatos ha dicho o hecho algo por el tema. Listo. Pasemos a la siguiente estrategia o fase de la estrategia. Pero hay algo que no cierra del todo ahí. ¿Qué es?

Un outsider juega por fuera de esta lógica y proyecta una campaña que en un plano general no deja der ser clásica, pero con aspectos muy novedosos. Frente a esta tríada un poco monstruosa, Urribarri va por su Palacio de Invierno, por su Moncada, ha emprendido su Larga Marcha. Va por la Casa Rosada, con miras a tomar para sí parte de la sociedad que es fiel al proyecto de país kirchnerista y que lo defiende a rajatabla, y camina y transita con osadía las zonas más difíciles en donde lo que se dice y se hace es no sólo estudiado con lupa sino proyectado a futuro como viable e inmune a grotescos cambios de rumbo. Pareciera que sí, pero el siempre latente campo popular no olvida la experiencia del ’89 y su funesta traición a una ingenuidad garrafal.

El Pato, como el pingüino, no quiere ni puede retroceder. Camina siempre para adelante, y sabe tres cosas: sus posibilidades son escasas, su oportunidad es la más única de las únicas, y que él, y sólo él, es quien puede salvar todo lo hecho, juntar la posta y continuar con el proyecto que empezara en 2003 Néstor Kirchner.

Urribarri de a poco va integrando en su campaña algunas cosas que la tríada no tiene ni le interesa tener en cuenta. En principio, el entrerriano apunta a un electorado preciso, el kirchnerista, pongámosle un 25 por ciento firme, convencido y seguro, a diferencia de la triada que apunta al voleo y cree en la teoría del derrame, pero en este caso de la intención de voto. La tríada encontró hoy por hoy, y a su parecer, dos problemas que afectan al grueso y ancho de la sociedad: seguridad e inflación. Urribarri se fija en lo social, en las necesidades y aspectos que faltan, con las herramientas que ya tiene este gobierno, pero con la impronta de poder producir otras nuevas en un posible mandato. El Pato habla de juventud, y tiene en su provincia con qué mostrarlo. La triada en cambio, y aunque le gustaría también poder hacerlo, no puede esquivar la foto con Moyano, Barrionuevo, Momo Benegas, Duhalde, porque son parte de su base de poder y factores de posible ampliación territorial en el país. Por último, Urribarri, quizás sin quererlo, intenta (y sería una muy interesante tarea) formar y trabajar un corpus de ideas, debates y proyectos, terminados o inconclusos, que el kirchnerismo produjo a lo largo de estos años, con el fin de consolidar un discurso de base, de fundamentos, que interpele no sólo a kirchneristas sino a quienes tengan la vocación y la necesidad de creer, de tener fe, en que se puede haber una sociedad más justa e igualitaria, lo cual nos lleva a pensar en que casi todos los argentinos pueden y necesitan creer en que tal cosa es posible. La triada, en cambio, no llega tan lejos. Pues para ellos, la inflación y la inseguridad son algo que se puede ver y se puede tocar, que son suficientes para llenar cualquier alma humana, que no necesitan argumentos para ser demostrados, y que en todo caso, su ideología se asienta sobre la base de esos dos significantes, tan vacíos como sus plataformas, y en parte, como ellos mismos.

Y si hablamos del resto del arco político, opositor o poco jugado, todo lo que digamos depende de lo ya explicitado, de la inter-relación entre la triada, los medios y la recepción que se tiene de los mensajes emitidos. Los demás actores políticos circulan como planetas orbitando elípticamente sobre esa articulación un tanto perversa y maniquea. Sus pobres estrategias dependen de las migajas que arrojen los principales candidatos en los chispazos que producen por la conquista del poder, deambulando por los medios y comentando y opinando aquello que complemente los mensajes ya pactados. No es tampoco nada nuevo, sus posicionamientos se dirigen hacia las estructuras o agrupamientos de quienes estén con más chances de salir victoriosos. Pero como dijimos, el 2014 es un pozo oscuro en lo electoral. No hay una sola disputa, no hay un solo candidato, no hay un solo proyecto, y todo está atravesado por todo. No se trata de qué lado caerá la moneda, si cara o seca. La cuestión es más estructural, porque en el 2015 se define más que un proyecto de país, se define una bisagra en la historia contemporánea argentina.

Por eso los opositores, los endebles, los tibios, los mercenarios de la política deambulan un poco a ciegas, como con los ojos vendados, a la expectativa, aguzando los sentidos, esperando para escuchar el ruido del tarro en que caerá la moneda.

 

EDUARDO MEDINA

Acerca de Eduardo Medina

Estudiante de Ciencia Política en la Universidad Nacional de Entre Ríos

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4 comentarios en «El ruido del tarro»

    1. Uribarri, un humilde y modesto intendente de Gral Campos hasta el «oligarcon» con fortuna gracias a la política, gobernador de Entre Ríos. ¿De que candidato hablas? ¿Este es el cuadro del oficialismo como presidenciable? ¿No hay una contradicción muy grande?

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