› PANORAMA POLITICO
El primer capÃtulo de la serie favorita de Barack Obama, House of cards, comienza con una operación mediática que le hace el polÃtico villano Francis Underwood a uno de sus adversarios. Le filtra a un periodista un proyecto progresista de reforma educativa. El terrorismo mediático destroza el proyecto calificándolo de izquierdista y denunciando que se financiará con aumentos de impuestos. El resultado es una reforma educativa conservadora. Las operaciones mediáticas, la manipulación de la información en función de disputas de poder polÃtico o económico están absolutamente visualizadas por la sociedad, no se puede decir que se practican en forma clandestina o ante la ingenuidad pasiva de la comunidad. Lo extraño es que al mismo tiempo que se visualizan esos mecanismos, se ha podido construir una especie de religión mediática, de mito urbano, que se basa sobre la fe en la palabra de los medios y en sus sacerdotes o periodistas, que resultan más creÃbles cuanto más ocultan lo que es tan visible: que los medios son grandes empresas con intereses polÃticos y económicos, y que en ese sistema, la información circula como una moneda de poder. Si un periodista que no profesa esa religión dice que las cosas son asÃ, que son como son, entonces es rápidamente calificado de “periodista militanteâ€, una especie de apóstata que ha perdido el cielo. Lo del cielo es discutible. Lo que sà perderá ese periodista son muchas posibilidades de trabajo.
En esa serie sobre la polÃtica en Estados Unidos, capÃtulo por medio está dedicado a operaciones mediáticas: la fotografÃa desnuda de la esposa del vicepresidente, la militancia juvenil izquierdista de un aspirante a secretario de Estado, la hija extramatrimonial de un jefe de bancada. Algunas son ciertas, otras falsas y otras exageradas, pero todas tienen un objetivo polÃtico o económico. Para que una serie popular como House of cards describa con tanto desparpajo estos mecanismos es porque todo el mundo ya sabe que existen y que se trata de una práctica extendida.
En Argentina no hay una serie de televisión de ese tipo, pero en cambio en la vida real se produjo una saga todavÃa más reveladora, un escenario que dejó expuestos casi con obscenidad estos mecanismos. La guerra entre los grupos de medios más importantes y el gobierno nacional arrasó hasta con los mÃnimos resortes profesionales de resguardo de la credibilidad. Desde antagonismos ideológicos hasta disputas de poder y diferencias por la pauta publicitaria llevaron a estos grupos de medios a salirse de su Iglesia, ese lugar “independiente†y “aséptico†que habÃan construido como parte del mito sistémico, para ocupar un espacio en la tribuna polÃtica y conformar una oposición abierta y expuesta. El Gobierno no debate con ellos como si todavÃa fueran aquella “Iglesia mediáticaâ€, sino como con una oposición polÃtica.
La serie de televisión no existe aquÃ, pero sà esta saga de varios capÃtulos de la polÃtica de los últimos años, que se polarizó aún más con el debate por la ley de medios. Los medios opositores ocuparon un espacio tan claro que es muy difÃcil negarlo desde un lugar racional. La información aparece en ese cuadro subordinada absolutamente a este antagonismo y la credibilidad quedó restringida a una pura creencia por afinidad ideológica. Todos los resguardos profesionales o de oficio quedaron a un lado. Ni siquiera dejaron en pie al famoso dicho “dos de cal y una de arenaâ€. Todo lo que publican es contra el Gobierno y no hay la mÃnima concesión a su favor. Se sabe que todo lo que se publica es para eso. Se trastrocaron funciones que siempre existieron, pero en otro orden: La prioridad no es “informarâ€, sino desgastar y destruir al Gobierno.
No es difÃcil coincidir con un cuadro de situación tan evidente. En ese contexto se involucra la Justicia, que en las últimas décadas se fue haciendo cada vez más sensible a los medios que pueden levantar o destruir la carrera de los funcionarios judiciales. La convergencia de esos dos procesos –la polarización mediática como partido de oposición y la mayor proximidad de la Justicia con los medios– es letal para la Justicia. En esa confluencia se produjo la acusación contra el fiscal José MarÃa Campagnoli. Una de las acusaciones más graves es que el borrador de un dictamen de Campagnoli, relacionado con casos que estaba ventilando ClarÃn, habÃa sido parte de la presentación de los abogados de ClarÃn en otra causa previa. Una de dos: o Campagnoli presentó después, como propio, un dictamen que le habÃan confeccionado los abogados de ClarÃn; o antes de presentarlo, Campagnoli les habÃa dado el borrador a esos abogados. En ambos casos se plantea una relación problemática entre un fiscal y una empresa de medios. Por otra parte, ese borrador fue leÃdo en uno de los programas de Canal 13 al mismo tiempo que era presentado en la causa, por lo que se presume que ClarÃn lo tenÃa antes de que eso sucediera. En un cuadro de guerra contra el Gobierno por parte de ese grupo mediático cuya credibilidad ya sólo es aceptada por afinidad ideológica, esa relación del fiscal no parece ingenua. Y menos si se tiene en cuenta que su hermana, Marcela Campagnoli, es dirigente bonaerense del partido polÃtico de Elisa Carrió, que defendió la posición de ClarÃn contra la ley de medios y que ha sido la encargada de presentar denuncias judiciales con las denuncias mediáticas que hace el Grupo ClarÃn contra funcionarios del Gobierno. El móvil de un fiscal no puede ser que el investigado se relacione o piense polÃticamente distinto que él.
Es un capÃtulo del House of cards argentino. Otro fue la aparición repentina de un testigo de la causa Ciccone, otra de las que fogonean los grupos de medios opositores. Sospechosamente, apareció una entrevista en ClarÃn, pero por Skype, a José Capdevila, ex director de Asuntos JurÃdicos del Ministerio de EconomÃa. Misteriosamente, Capdevila aseguró que se habÃa tenido que escapar de la Argentina porque lo amenazaban. Pero Capdevila es testigo de la defensa. Respaldó el consejo que envió Amado Boudou desde EconomÃa a la AFIP para que no cierren Ciccone. “¿Usted va a cambiar su declaración?†“Por ahora no.†“¿Entonces no fue gente del Gobierno la que lo amenazó?†“Tampoco se puede descartar, las cosas han cambiado mucho.†“¿Si usted no cambiará la declaración, qué es lo que cambió?†“Yo antes era empleado del ministerio, después me echaron, ahora estoy en banda.†Es un diálogo que publicó el diario La Nación. Capdevila dice que va a pensar si cambia su declaración. No dice que la va a cambiar. Y en todo caso dice que si lo hace será porque lo trataron mal. Es todo muy oscuro, lo suficiente como para ensuciar mediáticamente a Boudou sin necesidad de acciones judiciales que podrÃan comprometer al prófugo Capdevila.
La culpabilidad o la inocencia de Lázaro Báez y de Amado Boudou no tienen nada que ver con estas movidas protagonizadas por Campagnoli y Capdevila como si siguieran un guión escrito previamente por los medios. Con ese material se podrÃan hacer algunos capÃtulos de House of cards: la confrontación entre un gobierno con una poderosa corporación mediática que, a pesar de haber perdido la puja por la desmonopolización del grupo a partir de la aplicación de la ley de medios, mantiene una ofensiva capÃtulo tras capÃtulo. En la primera temporada perdió la puja después de dar batalla no solamente en el plano mediático sino también usando jueces y polÃticos amigos que defendÃan sus intereses. Y con esos respaldos logró retrasar cuatro años la aplicación de una ley que habÃa sido aprobada en forma democrática y que planteaba la democratización de la información al cuestionar la posición dominante del Grupo ClarÃn y de otros grupos de medios en el mercado.
En la segunda temporada está usando las mismas influencias judiciales y polÃticas en un momento que tiene como horizonte el 2015 y es esencialmente electoral.
El papel determinante que han comenzado a jugar los medios de comunicación en el mundo está pasando por su cenit. Es un momento en el que se producen desequilibrios profundos en las sociedades a partir de los cuales los gobiernos deberán intervenir para regular, democratizar, equilibrar y establecer nuevos consensos para el flujo democrático de la información. La herramienta más fuerte para consolidar ese proceso será garantizar la diversidad y al mismo tiempo es la condición más difÃcil de preservar en un sistema donde el medio más fuerte tiende a hacer desaparecer a los más chicos.
El primer capÃtulo de la serie favorita de Barack Obama, House of cards, comienza con una operación mediática que le hace el polÃtico villano Francis Underwood a uno de sus adversarios. Le filtra a un periodista un proyecto progresista de reforma educativa. El terrorismo mediático destroza el proyecto calificándolo de izquierdista y denunciando que se financiará con aumentos de impuestos. El resultado es una reforma educativa conservadora. Las operaciones mediáticas, la manipulación de la información en función de disputas de poder polÃtico o económico están absolutamente visualizadas por la sociedad, no se puede decir que se practican en forma clandestina o ante la ingenuidad pasiva de la comunidad. Lo extraño es que al mismo tiempo que se visualizan esos mecanismos, se ha podido construir una especie de religión mediática, de mito urbano, que se basa sobre la fe en la palabra de los medios y en sus sacerdotes o periodistas, que resultan más creÃbles cuanto más ocultan lo que es tan visible: que los medios son grandes empresas con intereses polÃticos y económicos, y que en ese sistema, la información circula como una moneda de poder. Si un periodista que no profesa esa religión dice que las cosas son asÃ, que son como son, entonces es rápidamente calificado de “periodista militanteâ€, una especie de apóstata que ha perdido el cielo. Lo del cielo es discutible. Lo que sà perderá ese periodista son muchas posibilidades de trabajo.
En esa serie sobre la polÃtica en Estados Unidos, capÃtulo por medio está dedicado a operaciones mediáticas: la fotografÃa desnuda de la esposa del vicepresidente, la militancia juvenil izquierdista de un aspirante a secretario de Estado, la hija extramatrimonial de un jefe de bancada. Algunas son ciertas, otras falsas y otras exageradas, pero todas tienen un objetivo polÃtico o económico. Para que una serie popular como House of cards describa con tanto desparpajo estos mecanismos es porque todo el mundo ya sabe que existen y que se trata de una práctica extendida.
En Argentina no hay una serie de televisión de ese tipo, pero en cambio en la vida real se produjo una saga todavÃa más reveladora, un escenario que dejó expuestos casi con obscenidad estos mecanismos. La guerra entre los grupos de medios más importantes y el gobierno nacional arrasó hasta con los mÃnimos resortes profesionales de resguardo de la credibilidad. Desde antagonismos ideológicos hasta disputas de poder y diferencias por la pauta publicitaria llevaron a estos grupos de medios a salirse de su Iglesia, ese lugar “independiente†y “aséptico†que habÃan construido como parte del mito sistémico, para ocupar un espacio en la tribuna polÃtica y conformar una oposición abierta y expuesta. El Gobierno no debate con ellos como si todavÃa fueran aquella “Iglesia mediáticaâ€, sino como con una oposición polÃtica.
La serie de televisión no existe aquÃ, pero sà esta saga de varios capÃtulos de la polÃtica de los últimos años, que se polarizó aún más con el debate por la ley de medios. Los medios opositores ocuparon un espacio tan claro que es muy difÃcil negarlo desde un lugar racional. La información aparece en ese cuadro subordinada absolutamente a este antagonismo y la credibilidad quedó restringida a una pura creencia por afinidad ideológica. Todos los resguardos profesionales o de oficio quedaron a un lado. Ni siquiera dejaron en pie al famoso dicho “dos de cal y una de arenaâ€. Todo lo que publican es contra el Gobierno y no hay la mÃnima concesión a su favor. Se sabe que todo lo que se publica es para eso. Se trastrocaron funciones que siempre existieron, pero en otro orden: La prioridad no es “informarâ€, sino desgastar y destruir al Gobierno.
No es difÃcil coincidir con un cuadro de situación tan evidente. En ese contexto se involucra la Justicia, que en las últimas décadas se fue haciendo cada vez más sensible a los medios que pueden levantar o destruir la carrera de los funcionarios judiciales. La convergencia de esos dos procesos –la polarización mediática como partido de oposición y la mayor proximidad de la Justicia con los medios– es letal para la Justicia. En esa confluencia se produjo la acusación contra el fiscal José MarÃa Campagnoli. Una de las acusaciones más graves es que el borrador de un dictamen de Campagnoli, relacionado con casos que estaba ventilando ClarÃn, habÃa sido parte de la presentación de los abogados de ClarÃn en otra causa previa. Una de dos: o Campagnoli presentó después, como propio, un dictamen que le habÃan confeccionado los abogados de ClarÃn; o antes de presentarlo, Campagnoli les habÃa dado el borrador a esos abogados. En ambos casos se plantea una relación problemática entre un fiscal y una empresa de medios. Por otra parte, ese borrador fue leÃdo en uno de los programas de Canal 13 al mismo tiempo que era presentado en la causa, por lo que se presume que ClarÃn lo tenÃa antes de que eso sucediera. En un cuadro de guerra contra el Gobierno por parte de ese grupo mediático cuya credibilidad ya sólo es aceptada por afinidad ideológica, esa relación del fiscal no parece ingenua. Y menos si se tiene en cuenta que su hermana, Marcela Campagnoli, es dirigente bonaerense del partido polÃtico de Elisa Carrió, que defendió la posición de ClarÃn contra la ley de medios y que ha sido la encargada de presentar denuncias judiciales con las denuncias mediáticas que hace el Grupo ClarÃn contra funcionarios del Gobierno. El móvil de un fiscal no puede ser que el investigado se relacione o piense polÃticamente distinto que él.
Es un capÃtulo del House of cards argentino. Otro fue la aparición repentina de un testigo de la causa Ciccone, otra de las que fogonean los grupos de medios opositores. Sospechosamente, apareció una entrevista en ClarÃn, pero por Skype, a José Capdevila, ex director de Asuntos JurÃdicos del Ministerio de EconomÃa. Misteriosamente, Capdevila aseguró que se habÃa tenido que escapar de la Argentina porque lo amenazaban. Pero Capdevila es testigo de la defensa. Respaldó el consejo que envió Amado Boudou desde EconomÃa a la AFIP para que no cierren Ciccone. “¿Usted va a cambiar su declaración?†“Por ahora no.†“¿Entonces no fue gente del Gobierno la que lo amenazó?†“Tampoco se puede descartar, las cosas han cambiado mucho.†“¿Si usted no cambiará la declaración, qué es lo que cambió?†“Yo antes era empleado del ministerio, después me echaron, ahora estoy en banda.†Es un diálogo que publicó el diario La Nación. Capdevila dice que va a pensar si cambia su declaración. No dice que la va a cambiar. Y en todo caso dice que si lo hace será porque lo trataron mal. Es todo muy oscuro, lo suficiente como para ensuciar mediáticamente a Boudou sin necesidad de acciones judiciales que podrÃan comprometer al prófugo Capdevila.
La culpabilidad o la inocencia de Lázaro Báez y de Amado Boudou no tienen nada que ver con estas movidas protagonizadas por Campagnoli y Capdevila como si siguieran un guión escrito previamente por los medios. Con ese material se podrÃan hacer algunos capÃtulos de House of cards: la confrontación entre un gobierno con una poderosa corporación mediática que, a pesar de haber perdido la puja por la desmonopolización del grupo a partir de la aplicación de la ley de medios, mantiene una ofensiva capÃtulo tras capÃtulo. En la primera temporada perdió la puja después de dar batalla no solamente en el plano mediático sino también usando jueces y polÃticos amigos que defendÃan sus intereses. Y con esos respaldos logró retrasar cuatro años la aplicación de una ley que habÃa sido aprobada en forma democrática y que planteaba la democratización de la información al cuestionar la posición dominante del Grupo ClarÃn y de otros grupos de medios en el mercado.
En la segunda temporada está usando las mismas influencias judiciales y polÃticas en un momento que tiene como horizonte el 2015 y es esencialmente electoral.
El papel determinante que han comenzado a jugar los medios de comunicación en el mundo está pasando por su cenit. Es un momento en el que se producen desequilibrios profundos en las sociedades a partir de los cuales los gobiernos deberán intervenir para regular, democratizar, equilibrar y establecer nuevos consensos para el flujo democrático de la información. La herramienta más fuerte para consolidar ese proceso será garantizar la diversidad y al mismo tiempo es la condición más difÃcil de preservar en un sistema donde el medio más fuerte tiende a hacer desaparecer a los más chicos.
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