Internacionales Lunes 17 de Noviembre de 2014
Por Marcelo Falak.-
AFIANZAR SU ESTABILIDAD PASA A SER LA PRIORIDAD
Por: Marcelo Falak
El clima social contra el Partido de los Trabajadores se caldea en Brasil ante nuevas revelaciones de esquemas de corrupción largamente arraigados. La reanudación de protestas masivas desvela al Gobierno en esta coyuntura.
Para muchos, hartos de la acumulación de pruebas sobre una corrupción impúdica en Brasil, es un momento de ácida satisfacción: buena parte de la dirigencia polÃtica del paÃs y de sus socios en las principales empresas contratistas del Estado no duermen desde el viernes, cuando una serie de allanamientos y detenciones terminó con más de veinte directivos de grandes constructoras y otro director polÃtico de Petrobras tras las rejas. Los «arrepentidos» son ya una decena, filtra la prensa, y sus confesiones a cambio de una reducción de penas prometen para los próximos dÃas más detenciones en lo más alto del poder económico y, esta vez, también polÃtico.
Dilma Rousseff no pudo evitar referirse al tema desde Australia, donde asistió a la cumbre del G-20, una tarima seguramente incómoda para ella, porque sabe que su margen es estrecho. Si lo del viernes se hubiese dado antes de la segunda vuelta del 26 de octubre, probablemente sus preocupaciones hoy no serÃan las de una presidenta necesitada de afianzar un poder que, insólitamente, no se incrementó tras el esforzado espaldarazo de las urnas.
Si la trama de corrupción en Petrobras comenzó en 2003, con el ascenso al poder de un Partido de los Trabajadores que se presentaba entonces como la suma de las virtudes públicas, sus opciones son pocas y todas pésimas. Quien fue ministra de Minas y EnergÃa (2003-2005), jefa de gabinete y titular del Consejo de Administración de la petrolera (2005-2010) y presidenta de Brasil (desde hace cuatro años) sólo podrÃa alegar inocencia sobre la base de aceptar acusaciones de incompetencia frente a una corrupción estructural que pasó justo por delante de sus narices sin que, por casi doce años, se haya dado cuenta.
Ya hay reacciones, claro. Unas diez mil personas se reunieron el sábado para reclamar su enjuiciamiento polÃtico. Un fiasco: cerca de la mitad de ellos terminó pidiendo a viva voz un golpe militar. Pero la torpeza y el autoritarismo imperdonable de esos «republicanos» tan particulares no despeja del todo el temor de la clase polÃtica y del Gobierno a una reedición de las protestas masivas de junio del año pasado, cuando parecÃa que el Mundial de fútbol era la única caja negra del paÃs.
El fantasma del juicio polÃtico es, a esta altura, sólo eso: un fantasma. Sin embargo, algunos osados ya lo evocan.
El diario Estado de S. Paulo fue ayer el encargado de hacer punta con un editorial titulado «Crimen de responsabilidad». «Solamente alguien extremadamente ingenuo, cosa que Lula (da Silva) definitivamente no es, podrÃa ignorar de buena fe lo que pasaba bajo sus barbas. Y Dilma Rousseff participó de todo, como ministra de Minas y EnergÃa y de la Casa Civil (jefatura de gabinete), y después como presidenta de la República. Deben, todos los involucrados en el escándalo, pagar por lo que hicieron… o no hicieron». Demasiado prematuro: contra ella todavÃa sólo hay presunciones.
No es éste, desde ya, un caso más de corruptelas. Por un lado porque, una vez más, pero a una escala mucho mayor que el «mensalão», pone de manifiesto la existencia de una corrupción estructural, inherente a la actividad polÃtica en Brasil, destinada tanto a llenar bolsillos de polÃticos como a financiar campañas y carreras, consagrando una suerte de plutocracia en la que los corruptos corren con ventaja ante cada llamado a las urnas.
Segundo, por las magnitudes. Si el «mensalão» habÃa movido unos 35 millones de dólares en coimas para comprarle a Luiz Inácio Lula da Silva una mayorÃa parlamentaria que las elecciones de octubre de 2002 no le habÃan asegurado, el «petrolão» implicarÃa nada menos que unos 3.850 millones. Demasiado para un paÃs que todavÃa tiene tantos rezagos sociales.
Tercero, porque pone de manifiesto complicidades masivas entre esos polÃticos que corren todas las carreras con ventaja y grandes figuras de la «patria contratista»: se habla de 70 legisladores involucrados (una enormidad en una Cámara baja de 435 miembros) y de las constructoras más grandes de Brasil. Más allá de los enormes logros sociales de esta era, ¿qué declamación de progresismo resiste el espectáculo de vÃnculos que les valieron a esos gigantes empresariales contratos por más de 22.000 millones de dólares en la era petista a cuenta y cargo de los contribuyentes? En muchos casos a través de convenios con sobreprecios para el asombro.
Cuarto, oscurece los logros que también tuvo Petrobras en la última década, durante la que incrementó varias veces su capitalización bursátil, descubrió enormes yacimientos submarinos y se convirtió en lÃder mundial en la explotación de petróleo en aguas profundas. Con su modelo de propiedad mixta y cotización en Bolsa, Petrobras no sólo fue en ese lapso la mayor empresa de Brasil, sino que pasó a contarse entre las petroleras más importantes del mundo. Sin embargo, desde 2008 los escándalos derrumbaron su valor en unos 200.000 millones de dólares, su deuda creció y sus resultados vienen siendo decepcionantes. Tras los derrumbes de sus acciones provocados por las revelaciones y la campaña electoral, retrocedió y es hoy apenas la tercera empresa más valiosa de la Bolsa de San Pablo.
Bajo presión extrema, a Dilma sólo le cabe la fuga hacia adelante. Ayer, desde Brisbane, dijo que el caso «cambiará para siempre la relación entre la sociedad brasileña, el Estado brasileño y la empresa privada». Tocó asÃ, elÃpticamente, una cuerda que ya habÃa pulsado en la campaña, en la que se presentó como la única garante de una reforma polÃtica que debÃa contener, como rasgo esencial, la prohibición de la financiación empresarial de las campañas polÃticas.
El diario O Globo citó ayer un informe de la revista O Empreteiro («El Contratista»), según el cual las nueve empresas alcanzadas por la operación «Lava Jato» («Limpieza a chorro») facturaron en 2013 33.000 millones de reales (12.700 millones de dólares al cambio actual) y contribuyeron en conjunto con 218 millones de reales (83,8 millones de dólares) a campañas electorales.
Claro, en el Poder Legislativo casi nadie quiere escuchar sobre financiación pública de la polÃtica ni sobre un freno a los aportes de empresas. Si Dilma insiste en su idea, y el clima social parece ideal para ello, acaso el vÃnculo con el Congreso se complique todavÃa más que lo ya visto en las últimas semanas.
El caso dinamita la dinámica polÃtica en Brasil. ¿Quién querrá hacer grandes «acuerdos de Estado» cuando los ciudadanos sospechan de todo? ¿Cuán grande será la tentación de todos de jugar a la mancha venenosa con un Gobierno que, con sus propias bancadas, está a años luz de la mayorÃa legislativa? ¿Cómo podrÃa justificarse en lo sucesivo la existencia de un gabinete de 39 ministerios, esto es del reparto de cajas polÃticas a aliados?
Hasta el viernes, la prioridad de Dilma era definir el nombre de su ministro de Hacienda, calcular cómo reconciliarse con el mercado financiero eligiendo la distancia más adecuada y generar condiciones de inversión para el relanzamiento de una economÃa estancada, que se esperaba que no creciera más del 0,2% este año y un 0,8% el próximo, algo que podrÃa requerir medidas impopulares. Desde entonces, sus urgencias se emparentan más, simplemente, con dejar de sangrar.
Una mala noticia para ella. Y también para una Argentina necesitada de tracción económica externa.
Por Marcelo Falak.-
AFIANZAR SU ESTABILIDAD PASA A SER LA PRIORIDAD
Por: Marcelo Falak
El clima social contra el Partido de los Trabajadores se caldea en Brasil ante nuevas revelaciones de esquemas de corrupción largamente arraigados. La reanudación de protestas masivas desvela al Gobierno en esta coyuntura.
Para muchos, hartos de la acumulación de pruebas sobre una corrupción impúdica en Brasil, es un momento de ácida satisfacción: buena parte de la dirigencia polÃtica del paÃs y de sus socios en las principales empresas contratistas del Estado no duermen desde el viernes, cuando una serie de allanamientos y detenciones terminó con más de veinte directivos de grandes constructoras y otro director polÃtico de Petrobras tras las rejas. Los «arrepentidos» son ya una decena, filtra la prensa, y sus confesiones a cambio de una reducción de penas prometen para los próximos dÃas más detenciones en lo más alto del poder económico y, esta vez, también polÃtico.
Dilma Rousseff no pudo evitar referirse al tema desde Australia, donde asistió a la cumbre del G-20, una tarima seguramente incómoda para ella, porque sabe que su margen es estrecho. Si lo del viernes se hubiese dado antes de la segunda vuelta del 26 de octubre, probablemente sus preocupaciones hoy no serÃan las de una presidenta necesitada de afianzar un poder que, insólitamente, no se incrementó tras el esforzado espaldarazo de las urnas.
Si la trama de corrupción en Petrobras comenzó en 2003, con el ascenso al poder de un Partido de los Trabajadores que se presentaba entonces como la suma de las virtudes públicas, sus opciones son pocas y todas pésimas. Quien fue ministra de Minas y EnergÃa (2003-2005), jefa de gabinete y titular del Consejo de Administración de la petrolera (2005-2010) y presidenta de Brasil (desde hace cuatro años) sólo podrÃa alegar inocencia sobre la base de aceptar acusaciones de incompetencia frente a una corrupción estructural que pasó justo por delante de sus narices sin que, por casi doce años, se haya dado cuenta.
Ya hay reacciones, claro. Unas diez mil personas se reunieron el sábado para reclamar su enjuiciamiento polÃtico. Un fiasco: cerca de la mitad de ellos terminó pidiendo a viva voz un golpe militar. Pero la torpeza y el autoritarismo imperdonable de esos «republicanos» tan particulares no despeja del todo el temor de la clase polÃtica y del Gobierno a una reedición de las protestas masivas de junio del año pasado, cuando parecÃa que el Mundial de fútbol era la única caja negra del paÃs.
El fantasma del juicio polÃtico es, a esta altura, sólo eso: un fantasma. Sin embargo, algunos osados ya lo evocan.
El diario Estado de S. Paulo fue ayer el encargado de hacer punta con un editorial titulado «Crimen de responsabilidad». «Solamente alguien extremadamente ingenuo, cosa que Lula (da Silva) definitivamente no es, podrÃa ignorar de buena fe lo que pasaba bajo sus barbas. Y Dilma Rousseff participó de todo, como ministra de Minas y EnergÃa y de la Casa Civil (jefatura de gabinete), y después como presidenta de la República. Deben, todos los involucrados en el escándalo, pagar por lo que hicieron… o no hicieron». Demasiado prematuro: contra ella todavÃa sólo hay presunciones.
No es éste, desde ya, un caso más de corruptelas. Por un lado porque, una vez más, pero a una escala mucho mayor que el «mensalão», pone de manifiesto la existencia de una corrupción estructural, inherente a la actividad polÃtica en Brasil, destinada tanto a llenar bolsillos de polÃticos como a financiar campañas y carreras, consagrando una suerte de plutocracia en la que los corruptos corren con ventaja ante cada llamado a las urnas.
Segundo, por las magnitudes. Si el «mensalão» habÃa movido unos 35 millones de dólares en coimas para comprarle a Luiz Inácio Lula da Silva una mayorÃa parlamentaria que las elecciones de octubre de 2002 no le habÃan asegurado, el «petrolão» implicarÃa nada menos que unos 3.850 millones. Demasiado para un paÃs que todavÃa tiene tantos rezagos sociales.
Tercero, porque pone de manifiesto complicidades masivas entre esos polÃticos que corren todas las carreras con ventaja y grandes figuras de la «patria contratista»: se habla de 70 legisladores involucrados (una enormidad en una Cámara baja de 435 miembros) y de las constructoras más grandes de Brasil. Más allá de los enormes logros sociales de esta era, ¿qué declamación de progresismo resiste el espectáculo de vÃnculos que les valieron a esos gigantes empresariales contratos por más de 22.000 millones de dólares en la era petista a cuenta y cargo de los contribuyentes? En muchos casos a través de convenios con sobreprecios para el asombro.
Cuarto, oscurece los logros que también tuvo Petrobras en la última década, durante la que incrementó varias veces su capitalización bursátil, descubrió enormes yacimientos submarinos y se convirtió en lÃder mundial en la explotación de petróleo en aguas profundas. Con su modelo de propiedad mixta y cotización en Bolsa, Petrobras no sólo fue en ese lapso la mayor empresa de Brasil, sino que pasó a contarse entre las petroleras más importantes del mundo. Sin embargo, desde 2008 los escándalos derrumbaron su valor en unos 200.000 millones de dólares, su deuda creció y sus resultados vienen siendo decepcionantes. Tras los derrumbes de sus acciones provocados por las revelaciones y la campaña electoral, retrocedió y es hoy apenas la tercera empresa más valiosa de la Bolsa de San Pablo.
Bajo presión extrema, a Dilma sólo le cabe la fuga hacia adelante. Ayer, desde Brisbane, dijo que el caso «cambiará para siempre la relación entre la sociedad brasileña, el Estado brasileño y la empresa privada». Tocó asÃ, elÃpticamente, una cuerda que ya habÃa pulsado en la campaña, en la que se presentó como la única garante de una reforma polÃtica que debÃa contener, como rasgo esencial, la prohibición de la financiación empresarial de las campañas polÃticas.
El diario O Globo citó ayer un informe de la revista O Empreteiro («El Contratista»), según el cual las nueve empresas alcanzadas por la operación «Lava Jato» («Limpieza a chorro») facturaron en 2013 33.000 millones de reales (12.700 millones de dólares al cambio actual) y contribuyeron en conjunto con 218 millones de reales (83,8 millones de dólares) a campañas electorales.
Claro, en el Poder Legislativo casi nadie quiere escuchar sobre financiación pública de la polÃtica ni sobre un freno a los aportes de empresas. Si Dilma insiste en su idea, y el clima social parece ideal para ello, acaso el vÃnculo con el Congreso se complique todavÃa más que lo ya visto en las últimas semanas.
El caso dinamita la dinámica polÃtica en Brasil. ¿Quién querrá hacer grandes «acuerdos de Estado» cuando los ciudadanos sospechan de todo? ¿Cuán grande será la tentación de todos de jugar a la mancha venenosa con un Gobierno que, con sus propias bancadas, está a años luz de la mayorÃa legislativa? ¿Cómo podrÃa justificarse en lo sucesivo la existencia de un gabinete de 39 ministerios, esto es del reparto de cajas polÃticas a aliados?
Hasta el viernes, la prioridad de Dilma era definir el nombre de su ministro de Hacienda, calcular cómo reconciliarse con el mercado financiero eligiendo la distancia más adecuada y generar condiciones de inversión para el relanzamiento de una economÃa estancada, que se esperaba que no creciera más del 0,2% este año y un 0,8% el próximo, algo que podrÃa requerir medidas impopulares. Desde entonces, sus urgencias se emparentan más, simplemente, con dejar de sangrar.
Una mala noticia para ella. Y también para una Argentina necesitada de tracción económica externa.
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