Luego de que el 18 de enero Alberto Nisman fuera encontrado muerto en su departamento de Le Parc, en los medios se habló de hipótesis de suicidio y de asesinato y de la denuncia contra la Presidenta pero casi no se revisó la tarea del fiscal durante la investigación del atentado a la AMIA. Un abogado inteligente y memorioso que creÃa que en la Argentina no lo reconocÃan como en el exterior; un hombre convencido de que usando información de los servicios podrÃa llegar a resolver la causa; un entusiasta verborrágico y atolondrado al que le gustaba mucho hablar con periodistas. El cronista Andrés Fidanza reconstruye la historia desde 1997, cuando Nisman se sumó como fiscal de la causa AMIA.
Fotos: Telam
El 8 de noviembre de 2005 a la mañana, el celular de Diana Malamud sonaba con insistencia. Más de once años después de que ocurriera el atentado a la AMIA, la esposa de uno de los 85 muertos en el mayor ataque terrorista de la historia argentina atendió sin pensar. Era el fiscal de la causa: Alberto Nisman.
—Tenemos que vernos. Es urgente.
Una hora después, se reunÃan en el café Casa Blanca, frente al Congreso. En aquella época Malamud todavÃa tenÃa expectativas de que Nisman, nombrado fiscal especial de la causa un año antes, hiciera avanzar la investigación.
Nisman le pidió al mozo una Coca Cola light.
—Encontramos al responsable, Diana. Ya sabemos quién fue el suicida que manejó la camioneta y la hizo explotar.
Le mostró rápidamente dos fotos de un muchacho de rasgos árabes y un viejo identikit realizado en 1994 sobre el supuesto conductor del coche bomba.
—Se llama Ibrahim Berro y es miembro de Hezbolá. Estuve en Estados Unidos y los hermanos de Berro me lo confirmaron.
Nisman estaba convencido de que Berro pertenecÃa a la organización islamista libanesa, considerada por la Unión Europea y Estados Unidos como un grupo terrorista precursor de los ataques suicidas en Medio Oriente.
“Yo en ese momento le creÃ. Estaba muy entusiasmado y querÃa contárselo cuanto antes a la prensaâ€, recuerda ahora Diana Malamud, que es representante de Memoria Activa, una de las agrupaciones de familiares de vÃctimas del atentado.
A Nisman la pista del supuesto conductor inmolado de Hezbolá se la habÃa dado en 2003 el jefe de Contrainteligencia de la SIDE, el ingeniero Jaime Stiuso: a partir de un informe de inteligencia aportado por el Mossad en colaboración con el FBI. El documento indicaba que un ciudadano libanés de Hezbolá, apellidado Berro, Brru o Borro, habÃa entrado a la Argentina desde la Triple Frontera poco antes del atentado a la AMIA.
Según Stiuso, desde al menos cuatro años antes del atentado contra la mutual judÃa el Hezbolá tenÃa presencia en la zona del lÃmite argentino con Paraguay y Brasil, incluso con algunos locales comerciales como una casa de cambio y turismo. Toda esta información figura en la causa AMIA, en largos textos elaborados por el fiscal Nisman.
A principios de 2005, la CIA identificó a dos hermanos de Berro, que vivÃan en Detroit, Estado de Michigan, en Estados Unidos. Hassan Berro, de 42 años, habÃa emigrado desde el LÃbano en 1985 y trabajaba como mecánico. Su hermano Abbas, de 27 años, habÃa llegado a Detroit en 1996 y era mecánico dental.
Durante más de seis meses y con la ayuda de su adjunto en la fiscalÃa, Marcelo MartÃnez Burgos, Nisman negoció con la fiscal de la Unidad de Contraterrorismo de la FiscalÃa de Michigan, Bárbara Mc Quade, para poder viajar a Detroit y participar de la entrevista a los hermanos Berro. Finalmente lo lograron.
El 18 de septiembre volaron en secreto. Presenciaron en vivo cómo la fiscal de la Unidad de Contraterrorismo de la FiscalÃa de Michigan, Bárbara Mc Quade, interrogaba a los Berro sobre su hermano. El testimonio negaba la posibilidad de que Ibrahim haya sido el conductor suicida. “Ni sus hermanos ni su madre piensan en que pudo estar en algo asÃ. Todos están convencidos de que murió en el LÃbanoâ€, fue la declaración de los Berro ante la fiscal.
Pero a su vez el testimonio se volvÃa algo ambivalente, sobre todo en la parte en que el hermano menor, Abbas, mostraba cierta comprensión hacia Hezbolá. Para Nisman, esa ventana de duda era más que suficiente.
Dos meses después, Nisman se reunÃa con Malamud en el bar del Congreso para darle la buena noticia en persona. Al dÃa siguiente convocó a una conferencia de prensa en un séptimo piso frente a Plaza de Mayo, en el salón de reuniones de la fiscalÃa que investiga exclusivamente el atentado a la AMIA.
—Esta fiscalÃa da por probado que Ibrahim Berro es el nombre del suicida del atentado. Sus hermanos, que viven en Detroit, asà nos lo confirmaron —dijo Nisman ante los periodistas y fotógrafos.
Menos de 24 horas después, Abbas Berro habló por radio Continental con el periodista Rolando Hanglin, en su tradicional programa “RH Positivoâ€. AhÃ, Berro contó que Nisman habÃa inventado una historia. “Yo les di una foto, ellos me mostraron otra, pero esa ya no sé de quién esâ€, dijo Abbas, y aclaró que su hermano Ibrahim habÃa muerto en el sur de El LÃbano a raÃz de un ataque israelÃ. “Nosotros estamos seguros de que Ibrahim no tuvo nada que ver con el atentado de Buenos Airesâ€, concluyó.
Nisman argumentó que Abbas Berro mentÃa y siguió asegurando que Ibrahim Berro habÃa sido el conductor suicida: asà lo hizo figurar en la causa.
Para Malamud, esa “ensalada de Berroâ€, como ironizaron entonces algunos periodistas, fue la primera gran decepción sobre el trabajo de Nisman.
“Estaba dedicado a viajar por el exterior y a intervenir en los foros internacionales. Demostró su total incapacidad para investigar en la causaâ€, dice.
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La explosión en el edificio de la AMIA ocurrió el 18 de julio de 1994 a las 9.53. Pasaron casi 21 años: un lapso en el que los únicos hechos comprobados son la bomba, los 85 muertos y los 300 heridos. El resto son interpretaciones, operaciones y escepticismo. La causa tiene tantos vericuetos y ramificaciones que a veces se vuelve abrumadora hasta para los que más la conocen.
Para tratar de entender su derrotero es necesario enumerar sus principales hitos: después de una primera etapa en la que se puso en primer plano la posible responsabilidad de un grupo de iranÃes o sirios en el atentado, el foco de la investigación se corrió hacia un grupo de policÃas bonaerenses, en supuesta complicidad con el vendedor de autos Carlos TelleldÃn.
La llamada “pista siria†se ignoró: el presidente Carlos Menem, cuya familia provenÃa de Siria, empujaba desde la polÃtica para descartarla. Puestos a elegir, también Estados Unidos e Israel preferÃan que la culpa fuera de Irán. Israel estaba en negociaciones con Siria por unos territorios ocupados, y acusarlos por el atentado a la mutual judÃa hubiera complicado el diálogo.
En 1997, Alberto Nisman se sumó como fiscal de la investigación: su tarea era acumular pruebas en contra de los policÃas antes de que empezara el juicio. Con ese objetivo, se nutrió de la letra que le proveÃa la PolicÃa Federal y un sector de SIDE.
El juicio empezó el 24 de septiembre de 2001. Desde ese dÃa se volvió evidente que se habÃan cometido maniobras ilegales como el pago a TelleldÃn para que acusara a los policÃas. En aquel tiempo, Nisman se acercó a Jaime Stiuso, que no creÃa en la culpabilidad de los policÃas y estaba más volcado a investigar las pistas que señalaban a los iranÃes, o a los sirios, o a los dos juntos. Para seguir esa lÃnea, Stiuso recibÃa informes de inteligencia de la CIA, el Mossad y otras agencias internacionales.
Los iranÃes en realidad estaban en la mira de la SIDE desde el atentado a la Embajada de Israel, el 17 de marzo de 1992. Stiuso los espiaba tenÃa un agente infiltrado entre los dirigentes de la embajada de Irán en la Argentina. Pero a pesar de ese trabajo de inteligencia, Stiuso no pudo evitar que ocurriera el ataque contra la AMIA. ¿Stiuso hizo la vista gorda, fue negligente, tuvo un error de cálculo, o simplemente los iranÃes no fueron los responsables? Abundan las versiones sobre este punto.
Como fuera, una vez ocurrido el atentado a la AMIA Stiuso quedó más convencido que nunca de la culpabilidad de Irán. Sin embargo, fue quedando relegado por otro sector de la SIDE en su rol de auxiliar de justicia en la causa AMIA. Esa facción, denominada Sala Patria, contaba con el apoyo polÃtico de Carlos Menem y del juez Juan José Galeano. Y a medida que se hacÃa visible que el curso del juicio entraba en crisis, Nisman se acercaba más a Stiuso. Era la única forma que tenÃa para despegarse de un juicio manchado y garantizarse un futuro. Al menos uno.
En septiembre de 2004, cuando el Tribunal Oral Federal 3 anuló todo el juicio, absolvió a los acusados y mandó a investigar al juez Galeano, Nisman ató definitivamente su suerte a la de Stiuso. Ambos contra-ofertaron una hipótesis, en lugar de la que atribuÃa la responsabilidad a la llamada “Maldita PolicÃa Bonaerenseâ€. Según el dúo, el ataque a la AMIA lo habÃa cometido un grupo de iranÃes, con apoyo directo del Estado de Irán, que a su vez era archi-enemigo de Estados Unidos en Medio Oriente.
El entonces presidente Néstor Kirchner compró la versión, y los puso a profundizar esa pista desde una fiscalÃa especial. El statu quo era redondo: iba desde la geo-polÃtica al gobierno argentino, desde ahà a la SIDE y a la fiscalÃa, con escalas en la prensa, en la dirigencia judÃa y en algunos grupos de familiares de vÃctimas.
Desde entonces, la causa AMIA se volverÃa la obsesión diaria de Nisman. Y para Nisman, la investigación estaba resuelta de antemano: los culpables eran los iranÃes. Sólo faltaba pulir algunos detalles para dar por válida la teorÃa.
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DÃas antes de mudarse a la fiscalÃa que se dedicaba a resolver el atentado a la AMIA, Nisman se cruzó en uno de los pasillos de Comodoro Py con su antiguo jefe del juzgado provincial de Morón: el fiscal Gerardo Pollicita.
—Voy a quedar en la historia como el fiscal que resolvió la causa AMIA —le dijo.
Lo primero que hizo Nisman al convertirse en jefe de la UFI-AMIA, en septiembre de 2004, fue buscar una oficina alejada de Comodoro Py. Allà no habÃa espacio fÃsico para contener las carpetas, las computadoras y el plantel de una fiscalÃa especializada en un tema tan intrincado como el de la AMIA. Por otro lado, ante los ojos de la familia judicial Nisman habÃa quedado marcado como un traidor: habÃa sido el único fiscal sobreviviente de un juicio cruzado por operaciones, pistas falsas y pagos ilegales.
Unos dÃas antes, la Procuración General de la Nación habÃa decidido crear una Unidad Fiscal especÃfica para descubrir a los responsables del atentado ocurrido el 18 de julio de 1994. La resolución 84/04 de cuatro carillas ya venÃa escrita con el nombre del titular y del adjunto de la UFI-AMIA: “El señor doctor Alberto Nisman y al señor doctor Marcelo MartÃnez Burgosâ€.
A diez años del atentado, la investigación acumulaba unas 100 mil páginas y más de 1500 carpetas con escuchas. El juicio, empezado en septiembre de 2001, habÃa terminado en 2004, con un fallo demoledor del Tribunal Oral Federal 3: a raÃz de las numerosas irregularidades cometidas en la causa, el dictamen declaraba todo nulo.
Ninguna de esas 50 millones de palabras amontonadas en hojas y hojas habÃa servido para nada.
La sentencia del Tribunal puso en duda la hipótesis de que hubiera habido una camioneta Trafic usada como coche-bomba. Los jueces Gerardo Larrambebere, Miguel Pons y Guillermo Gordo absolvieron a todos los imputados, tanto a los policÃas bonaerenses como al vendedor de autos Carlos TelleldÃn, que habrÃa entregado la supuesta camioneta.
Con la ayuda de MartÃnez Burgos, que venÃa de la fiscalÃa de Saavedra y tenÃa un perfil más técnico que Nisman, el primer objetivo de la UFI-AMIA fue revisar las 4.800 páginas del fallo del Tribunal. QuerÃan definir qué pista podÃa quedar en pie, después de un dictamen tan contundente.
El Tribunal también habÃa mandado a investigar la responsabilidad de los dos fiscales con los que Nisman trabajó de 1997 a 2004, Eamon Mullen y José Barbaccia y al (ya destituido y desprestigiado) juez Juan José Galeano.
Según el fallo del Tribunal, Galeano habÃa ordenado que un sector de la SIDE le pagara 400 mil dólares a TelleldÃn para que acusara por el atentado a un grupo de policÃas bonaerenses. Una trama que habrÃa tenido cómplices en el Gobierno, la Justicia, la SecretarÃa de Inteligencia y la PolicÃa Federal. Por eso, el Tribunal habÃa ordenado que se abriera una causa por encubrimiento y desvÃo.
Sin embargo, la prioridad de Nisman era recolectar pruebas para denunciar a los iranÃes: estaba convencido de que eran los autores del atentado. El encubrimiento señalado por el TOF le resultaba un tema secundario e incómodo: él mismo habÃa protagonizado la investigación y el juicio. Y si bien habÃa conseguido no estar en la lista de los apuntados por el Tribunal, le resultaba embarazoso tener que acusar a sus ex compañeros. De alguna manera, al denunciarlos también se estarÃa responsabilizando a sà mismo.
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Un año antes, en abril de 2003, sentado a un metro de Nisman, el fiscal Eamon Mullen escuchó la decisión del Tribunal Oral que lo apartaba definitivamente de la causa. Era abril de 2003. Mullen se levantó y se fue caminando en silencio por el pasillo de la sala de audiencias de Comodoro Py. Los jueces Larrambebere, Miguel Pons y Guillermo Gordo acababan de apartarlo del proceso a él y a y su adjunto José Barbaccia, que no estuvo presente, por “falta de imparcialidadâ€. En abril de 2004, el Tribunal concluyó que ambos supieron y ocultaron que TelleldÃn, acusado como “partÃcipe necesarioâ€, habÃa cobrado en forma ilegal 400 mil dólares.
El juicio todavÃa no estaba terminado, pero ya nadie tenÃa expectativas sobre su resultado. El apartamiento de Mullen y Barbaccia era un golpe terminal para la investigación. Nisman tenÃa diez dÃas para objetar el apartamiento de sus ex compañeros. Pero en lugar de recurrir la decisión pidió una estratégica licencia por enfermedad, y asà Mullen y Barbaccia quedaron definitivamente afuera del juicio. Ese fue su módico golpe de Estado.
En 1997, cuando Nisman se sumó a la investigación que estaban haciendo Mullen y Barbaccia, la hipótesis central del atentado ya estaba consolidada, tanto para el juez Galeano como para los dos fiscales. “La camioneta Traffic utilizada para perpetrar el atentado a la sede de la A.M.I.A. fue entregada por el procesado Carlos Alberto TelleldÃn a personal policialâ€, habÃa escrito el juez Galeano en octubre de 1995. Pero lo cierto es que desde su llegada como tercer fiscal a la investigación, Nisman acompañó cada una de las decisiones de Mullen y Barbaccia.
El martes 13 de julio de 1999, después de casi cinco años de instrucción y por pedido de Galeano, Mullen, Barbaccia y Nisman habÃan firmado la elevación a juicio. Imputaron a TelleldÃn y a cuatro policÃas como partÃcipes del atentado. Tal como solÃan hacer en cada papel y documento que firmaban en conjunto, lo hicieron con lapicera negra y en el orden habitual: Barbaccia a la derecha, Mullen a la izquierda, y Nisman en el centro y unos centÃmetros abajo. Nisman sellaba asà su consenso con todo el trabajo hecho entre los tres.
En abril de 2003, la sociedad terminó en un divorcio escandaloso. “DÃganle que cuando me lo cruce lo voy a cagar a trompadasâ€, le avisaba Mullen a todos los fiscales y secretarios del quinto piso de Comodoro Py. Pero una vez que se cruzó a Nisman, a la salida del despacho del juez Norberto Oyarbide, no se animó a concretar la amenaza.
A lo largo de sus 4800 páginas el Tribunal determinó que la actuación de Galeano fue parcial y afectó el debido proceso, la defensa en juicio y la presunción de inocencia. Por eso absolvió a todos los imputados y declaró la nulidad a partir de la etapa de recolección de pruebas, en 1995.
Nisman no apeló la decisión de absolver a los policÃas acusados, si bien él habÃa comandado la investigación y los alegatos que los incriminaban. Se limitó a presentar un escrito en el que pedÃa que fueran condenados por las extorsiones y delitos comunes que quedaron probados en el juicio oral. Nisman habÃa conducido la acusación contra los policÃas por su rol en el atentado, pero no apeló cuando el Tribunal los absolvió. Más que desconfianza en su propio trabajo previo, esa decisión de Nisman revelaba sus ganas de sobrevivir en la causa. Y lo consiguió.
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Al mes de haberse instalado en la fiscalÃa, Nisman echó a la mitad de los empleados, en especial a los abogados que venÃan de trabajar en la parte de la instrucción y no tenÃan ninguna experiencia en una causa por un atentado internacional. “DecÃan cédula en vez de célula terroristaâ€, recuerda uno de los empleados. Contrató especialistas en ciencias orientales y polÃtica internacional y tres secretarias personales.
En la fiscalÃa, sobre la alfombra, habÃa miles de fotocopias y carpetas arrumbadas. Contra una pared, fotos colgadas de 22 iranÃes, con el dato del cargo o el rol que cumplÃan en el gobierno de Irán al momento del atentado, más sus relaciones y posibles motivaciones. Pero Nisman no necesitaba repasar esa información: tenÃa los detalles grabados en la cabeza.
Una mañana Nisman apareció con Jaime Stiuso, el jefe de Contrainteligencia de la SIDE. Si bien Stiuso habÃa participado en la investigación desde la mañana del atentado, un año y medio después habÃa sido corrido y reemplazado por el grupo de agentes de inteligencia llamado Sala Patria. A diferencia de ellos, Stiuso no creÃa en la culpabilidad de TelleldÃn y de los policÃas bonaerenses acusados de haber participados en el atentado.
El look no impresionaba: jean, chomba y zapatos, más bien tirando a gastados. Les dio una clase breve sobre geopolÃtica, mencionando a la pasada la posible responsabilidad de Irán en el atentado. Ningún empleado sabÃa quién era, pero a partir de ese dÃa de 2005, Stiuso volvió a ocupar un papel central en la causa.
Mientras Nisman se ocupaba de armar un relato polÃtico convincente sobre la trama del ataque a la AMIA, su compañero MartÃnez Burgos trataba de emprolijarlo y darle un carácter judiciable. Burgos estudiaba viejos fallos de la justicia española y alemana que le habÃan dado carácter pericial a los informes de inteligencia.
Quizás esos antecedentes sirvieran para concederle valor de prueba a la información que les facilitaba la CIA, el FBI y el Mossad. Sobre los rastros, huellas y pericias del atentado sÃ, habÃa poco por hacer. HabÃan pasado más de diez años del atentado y difÃcilmente pudiera encontrar nuevas pistas en lo que habÃa quedado del edificio de Pasteur 633.
El Tribunal habÃa destrozado la investigación de la conexión local, cruzada de pistas falsas y chivos expiatorios. Según dijo en su fallo, la causa AMIA habÃa servido para concretar pases de facturas entre facciones de la SIDE (Stiuso vs Sala Patria), resolver liderazgos del PJ (Carlos Menem contra Eduardo Duhalde), y poner a pulsear a las fuerzas de Seguridad (PolicÃa Federal vs Bonaerense).
La acusación contra Irán suponÃa una especie de superación de esas fricciones locales, y a la vez garantizaba una importante lÃnea de afinidad entre la presidencia de Néstor Kirchner y la de George Bush. Un punto de simpatÃa importante, entre tantas zonas de desencuentro, como el rechazo de Kirchner a que la Argentina integrara el Aréa de Libre Comercio de las Américas.
Ese clima de respaldo polÃtico al trabajo de Nisman se terminarÃa definitivamente a principios de 2013, con la sanción del Memorandum de entendimiento entre Argentina e Irán impulsado por la presidenta Cristina Kirchner. Para Nisman, ese intento por interrogar a los sospechosos iranÃes escondÃa el objetivo de desvincular a Irán de la causa AMIA, para restablecer relaciones diplomáticas y poder intercambiar petróleo por granos.
—Stiuso es la persona que más sabÃa de la causa AMIA. Néstor Kirchner cuando me pone a cargo de la unidad me dice “la persona con la que va a trabajar es ésta†—dijo Nisman en una entrevista televisada por TN, dÃas antes de su muerte.
AsÃ, lo que hacÃan Nisman y sus colaboradores era revisar los informes de inteligencia, rodearlos de contexto histórico y sumarle un trabajo de chequeo concreto: pedÃan informes a compañÃas telefónicas, a bancos y a jueces extranjeros.
Nisman a su vez le adelantaba a la embajada de Estados Unidos gran parte de las decisiones judiciales que tomarÃa. Los mails y cables filtrados por wikileaks y publicados en los libros Argenleaks y Politileaks, del periodista Santiago O’Donnell, muestran cómo Nisman llevaba borradores de resoluciones a la embajada para ser corregidos hasta conseguir su aprobación, y como se disculpaba cuando no avisaba previamente sobre alguna medida judicial.
“Funcionarios del Departamento de Legales de la embajada le han recomendado a Nisman que se enfoque en los perpetradores del ataque y no en el posible desmanejo de la primera investigación. Semejante acción sólo confundirÃa a los familiares de las vÃctimas y distraerÃa la atención de la caza de los verdaderos culpablesâ€, afirmó por ejemplo el embajador Earl Anthony Wayne en un mail que les mandó a sus superiores del Departamento de Estado, en Washington, en mayo de 2008.
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Un sábado a la noche de principios de 2006, el celular del fiscal adjunto Marcelo MartÃnez Burgos sonó tres veces. Era Nisman.
—Me llegó que Righi nos quiere echar —dijo.
El procurador Esteban Righi habÃa sido abogado y amigo de Hugo Anzorreguy, el ex jefe de la SIDE menemista, quien serÃa procesado por la causa de encubrimiento del atentado.
—Vayamos a una escribanÃa y dejemos todo lo que hicimos por escrito. Después convocamos una conferencia de prensa.
Nisman estaba convencido de que siguiendo las pistas que le daba Stiuso iba a poder resolver el caso. Y creÃa que toda esa información valiosa podrÃa llegar a perderse si les pasaba algo a él o a MartÃnez Burgos.
A la vez que estrechaba su vÃnculo con Stiuso, Nisman se volvÃa más desconfiado. Todas las semanas ordenaba un rastrillaje en el piso de la fiscalÃa para comprobar que no le hubieran puesto micrófonos.
A los tres agentes que hacÃan guardia entre el ascensor y la entrada los rotaba. Incluso ordenaba alternar entre fuerzas de seguridad: primero prefectura, después gendarmerÃa y policÃa federal.
Estaba convencido de que habÃa operaciones en marcha en su contra: desconfiaba del ex fiscal Eamon Mullen y de los sectores que habÃan sido relegados de la SIDE, a partir del ascenso de Stiuso.
Las carpetas de la SIDE referidas a la causa estaban guardadas en una pequeña sala que estaba enrejada. Sólo él tenÃa los dos juegos de llaves.
De tan perseguido, a veces preferÃa no salir a almorzar: comÃa solo en su oficina. El menú siempre era el mismo: pechuga de pollo con tomate y agua sin gas.
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Una vez consolidado en la UFI-AMIA, con Stiuso como principal fuente de letra e influencia, Nisman se entregó de lleno a profundizar la pista iranÃ. Ya no tenÃa la obligación de sostener la acusación contra los policÃas, y conducÃa la causa paralela por encubrimiento, pero sin demasiado interés. A principios de 2006, estaba determinado a ir a la caza de Irán.
Trabajó junto a MartÃnez Burgos para perfeccionar y darle carácter judiciable a un pedido de captura ante Interpol, porque los iranÃes no aceptaban presentarse ante los tribunales argentinos. Su fiscal adjunto era más conservador y detallista, hasta en los aspectos más formales de la redacción de un documento. Nisman priorizaba avanzar, hacer y denunciar. Esa diferencia les generaba discusiones diarias.
Nisman estaba convencido de que los responsables eran al menos once iranÃes, pero al final redujo la lista de iranÃes imputados a nueve ex funcionarios, por sugerencia de MartÃnez Burgos: entre los acusados figuraba el ex presidente de Irán Alà Rafsanjani.
El documento, escrito entre Nisman, MartÃnez Burgos y el tercero de la fiscalÃa, Hernán Longo, tiene 801 páginas: una gran parte se va en contextualizaciones históricas o geopolÃticas.
Respecto a las presentaciones que se habÃan hecho en años anteriores, Nisman agregó una novedad. Insistió en que el atentado contó con el soporte del Estado iranÃ: para él no habÃa sido hecho por un grupo inorgánico.
“La elección de este atentado se realizó en una reunión de seguridad máxima del Estado, bajo la presidencia de Rafsanshani el sábado 14 de agosto de 1993. En esa reunión estaban presentes los profesionales militares y miembros fijos de la alta seguridadâ€, relata un párrafo del exhorto.
Para sostener esa hipótesis, Nisman considera creÃbles los seis testimonios de disidentes y opositores al régimen de Teherán que mencionan una reunión en Pashad en agosto de 1993 donde se habrÃa decidido el ataque: ése es el corazón de la denuncia.
Una comparación maliciosa que circuló en aquel momento por Comodoro Py –sobre todo entre la mayorÃa que no estimaba a Nisman– decÃa que era como dar por válido el testimonio de seis exiliados cubanos de Miami que revelaran detalles de una reunión entre Fidel Castro y Raúl Castro para concretar un atentado internacional.
“Es una prueba consistente, en la medida en que la existencia de esa reunión es referida por distintas personas que ocuparon altos puestos de gobierno incluso durante el perÃodo revolucionarioâ€, se justificó Nisman en una entrevista de aquellos dÃas.
Los fiscales tomaron lo dicho por los disidentes como prueba fundamental, pero agregaron que en los meses previos al atentado hubo mayor entrada y salida de correos diplomáticos y que el embajador iranà se habÃa ausentado del paÃs, mientras que llegaban otros representantes sospechosos.
“Nuestro paÃs fue infiltrado por el servicio de inteligencia iranÃ, el cual desde mediados de la década del ochenta comenzó a formar una vasta red de espionaje, que se transformó en una completa estación de inteligencia, para cuya conformación sus artÃfices se valieron, por una parte, de la embajada y de la consejerÃa cultural iranà en Buenos Airesâ€, asegura el largo texto.
La debilidad de la acusación es que no hay una sola prueba que vincule directamente a una persona o un domicilio con la camioneta que habrÃa estallado en la AMIA, no figura ningún rastro de la llegada del supuesto suicida a la Argentina ni cuáles habrÃan sido las casas que usaron quienes acompañaron en varios vehÃculos a la supuesta camioneta en su camino hacia la calle Pasteur. Al trazo grueso del documento le faltan los detalles decisivos.
En otro pasaje, la denuncia destaca el trabajo de Stiuso, por haber sido un pionero en responsabilizar a Hezbolá. “La SecretarÃa de Inteligencia contaba desde 1995 con información que señalaba en idéntica dirección. Ello fue puesto de manifiesto por el ingeniero Antonio Stiusoâ€, elogia.
Este texto fue el legado principal, o casi único, de Nisman en la causa. Depende de quién vea, es mucha o poca cosa. El abogado de Memoria Activa, Pablo Jacoby, que desde un principio participó en el juicio como querellante, realiza un balance de neutro a positivo. “Nisman organizó y emprolijó la causa, después de la etapa de Galeano. Armó un buen equipo y llegó hasta el punto de pedir la indagatoria de los iranÃes. Otros aspectos como el de la Trafic quedaron pendientesâ€, opina Jacoby, a casi dos meses de la muerte de Nisman.
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En febrero de 2007, Nisman, MartÃnez Burgos y Longo viajaron la sede de Interpol en Lyon, a defender su acusación contra los nueve ex funcionarios iranÃes entre los que estaba el ex presidente Alà Rafsanjani.
Los iranÃes también iban a llevar a sus abogados, y después el Comité ejecutivo de la Interpol deberÃa votar si aceptar o no el pedido de captura de los iranÃes, reclamado por los fiscales argentinos. Si bien para sentirse más seguro Nisman pretendÃa que lo acompañara Stiuso a Lyon, terminó aceptando ir con sus compañeros de fiscalÃa. Los tres compartieron la habitación del hotel, y salÃan a comer juntos, siempre sospechando que los espiaban.
Un dÃa después de llegar, el jefe de Interpol, Ronald Noble, los recibió e informalmente les comentó que veÃa difÃcil que aprobaran el pedido de captura, surgido de una causa tan manchada como la de la AMIA.
“En Argentina ahora se está juzgando a los que fueron corruptos en la investigaciónâ€, le retrucó Nisman. Se referÃa a la causa por encubrimiento contra el ex juez Galeano, y contra sus ex compañeros, los fiscales Mullen y Barbaccia. Una investigación que, por momentos, él mismo se resistÃa a impulsar. Pero Nisman creÃa que Ronald Noble no iba a hilar tan fino, y entonces su argumento podÃa parecer convincente.
El encuentro cara a cara con los iranÃes se concretó el 22 de febrero. En un rincón de la sala estaban los siete representantes iranÃes; en el centro los siete integrantes de la Oficina Legal de Interpol y en el otro extremo los cinco argentinos: los dos fiscales, el secretario Longo, un miembro de CancillerÃa y un delegado policial.
Los iranÃes hablaban inglés, francés, español, farsà y alemán. Nismán chapuceaba inglés, y MartÃnez Burgos un poco de francés.
“Se asombraron con lo que llevamos. Nuevas pruebas contra los imputados iranÃes y la existencia de un nuevo juez a cargo de la causa los sorprendieron. Ellos pensaron que todavÃa estábamos con las mismas cosas y los mismos argumentos que en la época en que el juez era Galeanoâ€, declararon al salir.
En noviembre de 2007, el resultado serÃa favorable al pedido de Nisman: 78 votos acompañaron la denuncia, mientras que 14 delegaciones se opusieron y 26 se abstuvieron.
AsÃ, Interpol le puso alerta roja (o sea, máxima prioridad) a las órdenes de captura de cinco iranÃes reclamados por el fiscal Alberto Nisman: el ex ministro de Información e Inteligencia, Alà Fallahjan; el ex comandante de los Guardianes de la Revolución, Mohsen Rezai; el ex comandante de la fuerza Al Quds, Ahmad Vahidi; el ex agregado cultural en Buenos Aires, Mohsen Rabbani; y el ex tercer secretario de la embajada en Buenos Aires, Ahmad Asghari. Además mantendrÃa vigente el pedido de captura de Imad Moughneieh, jefe de operaciones de Hezbolá.
Ese serÃa el último aporte importante de Nisman a la causa. En adelante, sólo le sumarÃa una serie de dictámenes más periféricos, como un documento de 500 hojas que presentarÃa en mayo de 2013: ahà el fiscal acusarÃa a Irán de haber armado una red terrorista en Sudamérica para exportar la revolución islámica.
A los pocos dÃas de volver de Lyon de su triunfo en Interpol, MartÃnez Burgos quedó envuelto en un escándalo por supuesto tráfico de influencias con un abogado de iranÃes y renunció. El adjunto de Nisman se fue con la sospecha de que el propio Nisman le habÃa hecho una trampa para forzar su alejamiento. Por aquellos dÃas también Hernán Longo abandonó la fiscalÃa.
AsÃ, Nisman concentró todo el poder y la información de la UFI-AMIA. Excepto por el silencioso apoyo de Stiuso, se habÃa quedado solo.
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Nisman escribÃa como hablaba, y hablaba como vivÃa: de forma abrumadora. Y si buscaba seducir, convencer o disculparse, se volvÃa atolondrado, al punto de que era realmente difÃcil comunicarse con él.
“Era un caballo de calesita. No paraba. TenÃa una capacidad de laburo impresionante y a veces era difÃcil seguirle el ritmo de lo que decÃaâ€, dice, sentado en el sillón de su oficina en Comodoro Py, el fiscal general de la Cámara Nacional de Casación Penal, Raúl Plee, que lo conoció en 1989 en los tribunales de Morón.
En 2011, poco antes del horario en que debÃa comenzar, Nisman canceló su participación en una charla organizada por los familiares de las vÃctimas en Hebraica. Y lo hizo con su elocuencia habitual: “Nuevamente disculpas. Estoy con mucha bronca e impotencia. Demoré lo más que pude para ver si podÃa ir, pero hasta hablo mucho más lento por lo abombado que estoy. Es una señal del cuerpo que no puedo desoÃr. Les juro que lo lamento. Si habÃa alguien a quien no querÃa fallarles era a ustedes, pero el tema me excede. Les pido que me entiendan. Gracias por todo y me voy a reponer. Van a seguir contando conmigo como siempreâ€, les explicó por mensaje de texto.
Los familiares de las vÃctimas “contaban†con Nisman. Si le pedÃan una reunión, el fiscal los recibÃa en la mesa larga del salón de la fiscalÃa. Le ponÃa el cuerpo a los reproches y después daba sus explicaciones, aunque no siempre resultaran satisfactorias. Pero al menos lo intentaba.
—¡Decime dónde están los avances! ¿Te das cuenta de que no estás haciendo nada? —le planteó una mujer en una reunión de 2012. A su lado el abogado querellante, Sergio Burstein y dos familiares más asentÃan en silencio.
Nisman se levantó de su sillón con seguridad. Los gritos y los modales de la mujer no lo alteraban.
—Claro que hay avances —respondió y abrió la puerta para gritar—. ¡MartÃn, traé por favor la carpeta que te di ayer!
El cuestionamiento más duro y concreto que le hacÃa la agrupación Memoria Activa era su desinterés en hacer avanzar la causa por el desvÃo de la investigación del atentado.
Después de avanzar muy lentamente, y haber pasado por las manos de otros dos magistrados, en 2009 en una decisión muy celebrada por los grupos de familiares, el juez federal Ariel Lijo procesó al ex presidente Carlos Saúl Menem, al ex juez Juan José Galeano, al jefe de la SIDE menemista Hugo Anzorreguy y al ex comisario Jorge “Fino†Palacios, entre otros.
Sin embargo, tres años después, el mismo Lijo sobreseÃa al ex ministro del Interior Carlos Corach, a cuatro ex secretarios del ex juez Juan José Galeano y a tres ex policÃas.
Nisman les habÃa prometido a los familiares y abogados de Memoria Activa que ellos si apelaban el sobreseimiento de Corach y los secretarios de Galeano, él iba a acompañar ese pedido. Una presentación conjunta entre Memoria Activa y el fiscal le hubiera dado más fuerza a la apelación.
Pero pasaban los dÃas y Nisman no cumplÃa lo pactado. Ante la insistencia de los familiares de Memoria Activa, se atajó por teléfono: “No nos llega la notificación porque el fiscal natural (quien tenÃa a su cargo la causa) ahà es el Fiscal ante la Cámara Federal (a cargo de Germán Moldes), pero igual estoy al tanto. Intenté un par de veces y no lo ubiqué, pero ya mandé mi segundo a que vaya a hablar con la fiscalÃa para que cumplan lo que hablamos en su momentoâ€, les respondió. El argumento era engañoso porque Nisman podÃa apelar sin la necesidad de desplazar al llamado fiscal natural.
Pasó la fecha estipulada y Nisman seguÃa sin cumplir su promesa. El grupo de familiares apeló en soledad: a pesar de no haber contado con el apoyo del fiscal, en julio de 2013 consiguieron que la Cámara Federal rechazara la decisión de Lijo. AsÃ, los cinco funcionarios y los tres policÃas volvÃan a quedar imputados.
Después de ese cruce y del compromiso incumplido, Nisman recibió a las representantes de Memoria Activa, Diana Malamud y Adriana Reisfed, junto a sus dos abogados. SabÃa perfectamente que le tocarÃa soportar una andanada de reproches.
En el salón de reuniones de la fiscalÃa, con la bandera de Argentina clavada en un rincón, escuchó las crÃticas por su inacción ante el sobreseimiento de Corach y por otras situaciones similares de la causa por encubrimiento, en las que también le achacaban desidia o falta de interés. “Yo no podÃa intervenir sin la autorización de Moldes, porque él era el fiscal natural. Pero además yo interpreto que acá hay movidas que intentan perjudicarme deliberadamente. Les pido disculpas de nuevoâ€, les planteó.
“Era muy inteligente y memorioso, pero no avanzó en nada en las causas y va a quedar para la historia como el fiscal que se olvidó de las vÃctimasâ€, dice la fiscal nacional en lo Criminal Cristina Caamaño.
***
Alberto Nisman pegó el link de la nota en el asunto del mail. No escribió una sola palabra y asà se lo mandó a un amigo, o lo más parecido a un amigo que le quedaba en Comodoro Py. Era marzo de 2012. HacÃa siete años que su rutina habÃa pasado de los tribunales de Retiro a la fiscalÃa que investiga exclusivamente el atentado a la AMIA, ubicada en un séptimo piso frente a Plaza de Mayo. Su amigo, también fiscal y compañero de Nisman durante varios meses, clickeó en el mail y entró a la Agencia JudÃa de Noticias. Miró el tÃtulo: “Diputados estadounidenses elogian la investigación del atentado a la AMIAâ€. Leyó por encima que la congresista republicana de Florida Ileana Ros Lehtinen habÃa presentado un proyecto de resolución para apoyar la Ley Antiterrorista argentina y la principal pista que seguÃa Nisman en la causa AMIA, la misma que con matices se venÃa siguiendo desde 1994: responsabilizar al gobierno de Irán y al grupo armado libanés Hezbolá.
El fiscal no se sorprendió por el mail. Nisman solÃa mandarle notas que lo mencionaran: en especial elogios de medios internacionales. DecÃa él, en la Argentina no contaba con el reconocimiento que se merecÃa.
Para ese momento, el gobierno de Cristina Kirchner ya habÃa empezado a negociar el Memorándum de entendimiento con Irán. Nisman estaba al tanto y lo padecÃa casi sin levantar la voz.
En enero de 2013, la presidenta anunció que habÃa alcanzado un acuerdo con el gobierno iranÃ. El Memorándum incluÃa la creación de una Comisión de la Verdad, integrada por juristas internacionales propuestos por cada paÃs, para interrogar en Teherán a los ciudadanos iranÃes que tenÃan un pedido de captura de Interpol.
Para Cristina Kirchner, el acuerdo representaba un avance en una causa trabada desde hacÃa años. Pero tanto Nisman como Stiuso desconfiaban de las verdaderas intenciones de la presidenta, que nunca habÃa creÃdo del todo en la pista iranÃ.
Ese posible giro en el rumbo de la investigación puso al sistema Nisman en crisis, empezando por el consenso que habÃa alcanzado su figura a lo largo de casi una década. Para Nisman, esa decisión presidencial desacreditaba los miles de papeles que él habÃa firmado, en los que acusaba directamente al gobierno de Irán por el atentado a la AMIA.
La convicción de Nisman habÃa sido alimentada por los informes de inteligencia que le proveÃa Stiuso. Pero era una convicción genuina, y la firma del Memorándum implicaba un cuestionamiento polÃtico hacia esa certeza.
La negociación del gobierno con Irán rompió de golpe el statu quo y puso al trabajo de Nisman bajo sospecha. Un trabajo que venÃa atado a su hambre de reconocimiento, a su anhelado prestigio internacional, a su hedonismo y a su sueño de pasar a la historia como el fiscal que iba a resolver la causa AMIA.
Fotos: Telam
El 8 de noviembre de 2005 a la mañana, el celular de Diana Malamud sonaba con insistencia. Más de once años después de que ocurriera el atentado a la AMIA, la esposa de uno de los 85 muertos en el mayor ataque terrorista de la historia argentina atendió sin pensar. Era el fiscal de la causa: Alberto Nisman.
—Tenemos que vernos. Es urgente.
Una hora después, se reunÃan en el café Casa Blanca, frente al Congreso. En aquella época Malamud todavÃa tenÃa expectativas de que Nisman, nombrado fiscal especial de la causa un año antes, hiciera avanzar la investigación.
Nisman le pidió al mozo una Coca Cola light.
—Encontramos al responsable, Diana. Ya sabemos quién fue el suicida que manejó la camioneta y la hizo explotar.
Le mostró rápidamente dos fotos de un muchacho de rasgos árabes y un viejo identikit realizado en 1994 sobre el supuesto conductor del coche bomba.
—Se llama Ibrahim Berro y es miembro de Hezbolá. Estuve en Estados Unidos y los hermanos de Berro me lo confirmaron.
Nisman estaba convencido de que Berro pertenecÃa a la organización islamista libanesa, considerada por la Unión Europea y Estados Unidos como un grupo terrorista precursor de los ataques suicidas en Medio Oriente.
“Yo en ese momento le creÃ. Estaba muy entusiasmado y querÃa contárselo cuanto antes a la prensaâ€, recuerda ahora Diana Malamud, que es representante de Memoria Activa, una de las agrupaciones de familiares de vÃctimas del atentado.
A Nisman la pista del supuesto conductor inmolado de Hezbolá se la habÃa dado en 2003 el jefe de Contrainteligencia de la SIDE, el ingeniero Jaime Stiuso: a partir de un informe de inteligencia aportado por el Mossad en colaboración con el FBI. El documento indicaba que un ciudadano libanés de Hezbolá, apellidado Berro, Brru o Borro, habÃa entrado a la Argentina desde la Triple Frontera poco antes del atentado a la AMIA.
Según Stiuso, desde al menos cuatro años antes del atentado contra la mutual judÃa el Hezbolá tenÃa presencia en la zona del lÃmite argentino con Paraguay y Brasil, incluso con algunos locales comerciales como una casa de cambio y turismo. Toda esta información figura en la causa AMIA, en largos textos elaborados por el fiscal Nisman.
A principios de 2005, la CIA identificó a dos hermanos de Berro, que vivÃan en Detroit, Estado de Michigan, en Estados Unidos. Hassan Berro, de 42 años, habÃa emigrado desde el LÃbano en 1985 y trabajaba como mecánico. Su hermano Abbas, de 27 años, habÃa llegado a Detroit en 1996 y era mecánico dental.
Durante más de seis meses y con la ayuda de su adjunto en la fiscalÃa, Marcelo MartÃnez Burgos, Nisman negoció con la fiscal de la Unidad de Contraterrorismo de la FiscalÃa de Michigan, Bárbara Mc Quade, para poder viajar a Detroit y participar de la entrevista a los hermanos Berro. Finalmente lo lograron.
El 18 de septiembre volaron en secreto. Presenciaron en vivo cómo la fiscal de la Unidad de Contraterrorismo de la FiscalÃa de Michigan, Bárbara Mc Quade, interrogaba a los Berro sobre su hermano. El testimonio negaba la posibilidad de que Ibrahim haya sido el conductor suicida. “Ni sus hermanos ni su madre piensan en que pudo estar en algo asÃ. Todos están convencidos de que murió en el LÃbanoâ€, fue la declaración de los Berro ante la fiscal.
Pero a su vez el testimonio se volvÃa algo ambivalente, sobre todo en la parte en que el hermano menor, Abbas, mostraba cierta comprensión hacia Hezbolá. Para Nisman, esa ventana de duda era más que suficiente.
Dos meses después, Nisman se reunÃa con Malamud en el bar del Congreso para darle la buena noticia en persona. Al dÃa siguiente convocó a una conferencia de prensa en un séptimo piso frente a Plaza de Mayo, en el salón de reuniones de la fiscalÃa que investiga exclusivamente el atentado a la AMIA.
—Esta fiscalÃa da por probado que Ibrahim Berro es el nombre del suicida del atentado. Sus hermanos, que viven en Detroit, asà nos lo confirmaron —dijo Nisman ante los periodistas y fotógrafos.
Menos de 24 horas después, Abbas Berro habló por radio Continental con el periodista Rolando Hanglin, en su tradicional programa “RH Positivoâ€. AhÃ, Berro contó que Nisman habÃa inventado una historia. “Yo les di una foto, ellos me mostraron otra, pero esa ya no sé de quién esâ€, dijo Abbas, y aclaró que su hermano Ibrahim habÃa muerto en el sur de El LÃbano a raÃz de un ataque israelÃ. “Nosotros estamos seguros de que Ibrahim no tuvo nada que ver con el atentado de Buenos Airesâ€, concluyó.
Nisman argumentó que Abbas Berro mentÃa y siguió asegurando que Ibrahim Berro habÃa sido el conductor suicida: asà lo hizo figurar en la causa.
Para Malamud, esa “ensalada de Berroâ€, como ironizaron entonces algunos periodistas, fue la primera gran decepción sobre el trabajo de Nisman.
“Estaba dedicado a viajar por el exterior y a intervenir en los foros internacionales. Demostró su total incapacidad para investigar en la causaâ€, dice.
***
La explosión en el edificio de la AMIA ocurrió el 18 de julio de 1994 a las 9.53. Pasaron casi 21 años: un lapso en el que los únicos hechos comprobados son la bomba, los 85 muertos y los 300 heridos. El resto son interpretaciones, operaciones y escepticismo. La causa tiene tantos vericuetos y ramificaciones que a veces se vuelve abrumadora hasta para los que más la conocen.
Para tratar de entender su derrotero es necesario enumerar sus principales hitos: después de una primera etapa en la que se puso en primer plano la posible responsabilidad de un grupo de iranÃes o sirios en el atentado, el foco de la investigación se corrió hacia un grupo de policÃas bonaerenses, en supuesta complicidad con el vendedor de autos Carlos TelleldÃn.
La llamada “pista siria†se ignoró: el presidente Carlos Menem, cuya familia provenÃa de Siria, empujaba desde la polÃtica para descartarla. Puestos a elegir, también Estados Unidos e Israel preferÃan que la culpa fuera de Irán. Israel estaba en negociaciones con Siria por unos territorios ocupados, y acusarlos por el atentado a la mutual judÃa hubiera complicado el diálogo.
En 1997, Alberto Nisman se sumó como fiscal de la investigación: su tarea era acumular pruebas en contra de los policÃas antes de que empezara el juicio. Con ese objetivo, se nutrió de la letra que le proveÃa la PolicÃa Federal y un sector de SIDE.
El juicio empezó el 24 de septiembre de 2001. Desde ese dÃa se volvió evidente que se habÃan cometido maniobras ilegales como el pago a TelleldÃn para que acusara a los policÃas. En aquel tiempo, Nisman se acercó a Jaime Stiuso, que no creÃa en la culpabilidad de los policÃas y estaba más volcado a investigar las pistas que señalaban a los iranÃes, o a los sirios, o a los dos juntos. Para seguir esa lÃnea, Stiuso recibÃa informes de inteligencia de la CIA, el Mossad y otras agencias internacionales.
Los iranÃes en realidad estaban en la mira de la SIDE desde el atentado a la Embajada de Israel, el 17 de marzo de 1992. Stiuso los espiaba tenÃa un agente infiltrado entre los dirigentes de la embajada de Irán en la Argentina. Pero a pesar de ese trabajo de inteligencia, Stiuso no pudo evitar que ocurriera el ataque contra la AMIA. ¿Stiuso hizo la vista gorda, fue negligente, tuvo un error de cálculo, o simplemente los iranÃes no fueron los responsables? Abundan las versiones sobre este punto.
Como fuera, una vez ocurrido el atentado a la AMIA Stiuso quedó más convencido que nunca de la culpabilidad de Irán. Sin embargo, fue quedando relegado por otro sector de la SIDE en su rol de auxiliar de justicia en la causa AMIA. Esa facción, denominada Sala Patria, contaba con el apoyo polÃtico de Carlos Menem y del juez Juan José Galeano. Y a medida que se hacÃa visible que el curso del juicio entraba en crisis, Nisman se acercaba más a Stiuso. Era la única forma que tenÃa para despegarse de un juicio manchado y garantizarse un futuro. Al menos uno.
En septiembre de 2004, cuando el Tribunal Oral Federal 3 anuló todo el juicio, absolvió a los acusados y mandó a investigar al juez Galeano, Nisman ató definitivamente su suerte a la de Stiuso. Ambos contra-ofertaron una hipótesis, en lugar de la que atribuÃa la responsabilidad a la llamada “Maldita PolicÃa Bonaerenseâ€. Según el dúo, el ataque a la AMIA lo habÃa cometido un grupo de iranÃes, con apoyo directo del Estado de Irán, que a su vez era archi-enemigo de Estados Unidos en Medio Oriente.
El entonces presidente Néstor Kirchner compró la versión, y los puso a profundizar esa pista desde una fiscalÃa especial. El statu quo era redondo: iba desde la geo-polÃtica al gobierno argentino, desde ahà a la SIDE y a la fiscalÃa, con escalas en la prensa, en la dirigencia judÃa y en algunos grupos de familiares de vÃctimas.
Desde entonces, la causa AMIA se volverÃa la obsesión diaria de Nisman. Y para Nisman, la investigación estaba resuelta de antemano: los culpables eran los iranÃes. Sólo faltaba pulir algunos detalles para dar por válida la teorÃa.
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DÃas antes de mudarse a la fiscalÃa que se dedicaba a resolver el atentado a la AMIA, Nisman se cruzó en uno de los pasillos de Comodoro Py con su antiguo jefe del juzgado provincial de Morón: el fiscal Gerardo Pollicita.
—Voy a quedar en la historia como el fiscal que resolvió la causa AMIA —le dijo.
Lo primero que hizo Nisman al convertirse en jefe de la UFI-AMIA, en septiembre de 2004, fue buscar una oficina alejada de Comodoro Py. Allà no habÃa espacio fÃsico para contener las carpetas, las computadoras y el plantel de una fiscalÃa especializada en un tema tan intrincado como el de la AMIA. Por otro lado, ante los ojos de la familia judicial Nisman habÃa quedado marcado como un traidor: habÃa sido el único fiscal sobreviviente de un juicio cruzado por operaciones, pistas falsas y pagos ilegales.
Unos dÃas antes, la Procuración General de la Nación habÃa decidido crear una Unidad Fiscal especÃfica para descubrir a los responsables del atentado ocurrido el 18 de julio de 1994. La resolución 84/04 de cuatro carillas ya venÃa escrita con el nombre del titular y del adjunto de la UFI-AMIA: “El señor doctor Alberto Nisman y al señor doctor Marcelo MartÃnez Burgosâ€.
A diez años del atentado, la investigación acumulaba unas 100 mil páginas y más de 1500 carpetas con escuchas. El juicio, empezado en septiembre de 2001, habÃa terminado en 2004, con un fallo demoledor del Tribunal Oral Federal 3: a raÃz de las numerosas irregularidades cometidas en la causa, el dictamen declaraba todo nulo.
Ninguna de esas 50 millones de palabras amontonadas en hojas y hojas habÃa servido para nada.
La sentencia del Tribunal puso en duda la hipótesis de que hubiera habido una camioneta Trafic usada como coche-bomba. Los jueces Gerardo Larrambebere, Miguel Pons y Guillermo Gordo absolvieron a todos los imputados, tanto a los policÃas bonaerenses como al vendedor de autos Carlos TelleldÃn, que habrÃa entregado la supuesta camioneta.
Con la ayuda de MartÃnez Burgos, que venÃa de la fiscalÃa de Saavedra y tenÃa un perfil más técnico que Nisman, el primer objetivo de la UFI-AMIA fue revisar las 4.800 páginas del fallo del Tribunal. QuerÃan definir qué pista podÃa quedar en pie, después de un dictamen tan contundente.
El Tribunal también habÃa mandado a investigar la responsabilidad de los dos fiscales con los que Nisman trabajó de 1997 a 2004, Eamon Mullen y José Barbaccia y al (ya destituido y desprestigiado) juez Juan José Galeano.
Según el fallo del Tribunal, Galeano habÃa ordenado que un sector de la SIDE le pagara 400 mil dólares a TelleldÃn para que acusara por el atentado a un grupo de policÃas bonaerenses. Una trama que habrÃa tenido cómplices en el Gobierno, la Justicia, la SecretarÃa de Inteligencia y la PolicÃa Federal. Por eso, el Tribunal habÃa ordenado que se abriera una causa por encubrimiento y desvÃo.
Sin embargo, la prioridad de Nisman era recolectar pruebas para denunciar a los iranÃes: estaba convencido de que eran los autores del atentado. El encubrimiento señalado por el TOF le resultaba un tema secundario e incómodo: él mismo habÃa protagonizado la investigación y el juicio. Y si bien habÃa conseguido no estar en la lista de los apuntados por el Tribunal, le resultaba embarazoso tener que acusar a sus ex compañeros. De alguna manera, al denunciarlos también se estarÃa responsabilizando a sà mismo.
***
Un año antes, en abril de 2003, sentado a un metro de Nisman, el fiscal Eamon Mullen escuchó la decisión del Tribunal Oral que lo apartaba definitivamente de la causa. Era abril de 2003. Mullen se levantó y se fue caminando en silencio por el pasillo de la sala de audiencias de Comodoro Py. Los jueces Larrambebere, Miguel Pons y Guillermo Gordo acababan de apartarlo del proceso a él y a y su adjunto José Barbaccia, que no estuvo presente, por “falta de imparcialidadâ€. En abril de 2004, el Tribunal concluyó que ambos supieron y ocultaron que TelleldÃn, acusado como “partÃcipe necesarioâ€, habÃa cobrado en forma ilegal 400 mil dólares.
El juicio todavÃa no estaba terminado, pero ya nadie tenÃa expectativas sobre su resultado. El apartamiento de Mullen y Barbaccia era un golpe terminal para la investigación. Nisman tenÃa diez dÃas para objetar el apartamiento de sus ex compañeros. Pero en lugar de recurrir la decisión pidió una estratégica licencia por enfermedad, y asà Mullen y Barbaccia quedaron definitivamente afuera del juicio. Ese fue su módico golpe de Estado.
En 1997, cuando Nisman se sumó a la investigación que estaban haciendo Mullen y Barbaccia, la hipótesis central del atentado ya estaba consolidada, tanto para el juez Galeano como para los dos fiscales. “La camioneta Traffic utilizada para perpetrar el atentado a la sede de la A.M.I.A. fue entregada por el procesado Carlos Alberto TelleldÃn a personal policialâ€, habÃa escrito el juez Galeano en octubre de 1995. Pero lo cierto es que desde su llegada como tercer fiscal a la investigación, Nisman acompañó cada una de las decisiones de Mullen y Barbaccia.
El martes 13 de julio de 1999, después de casi cinco años de instrucción y por pedido de Galeano, Mullen, Barbaccia y Nisman habÃan firmado la elevación a juicio. Imputaron a TelleldÃn y a cuatro policÃas como partÃcipes del atentado. Tal como solÃan hacer en cada papel y documento que firmaban en conjunto, lo hicieron con lapicera negra y en el orden habitual: Barbaccia a la derecha, Mullen a la izquierda, y Nisman en el centro y unos centÃmetros abajo. Nisman sellaba asà su consenso con todo el trabajo hecho entre los tres.
En abril de 2003, la sociedad terminó en un divorcio escandaloso. “DÃganle que cuando me lo cruce lo voy a cagar a trompadasâ€, le avisaba Mullen a todos los fiscales y secretarios del quinto piso de Comodoro Py. Pero una vez que se cruzó a Nisman, a la salida del despacho del juez Norberto Oyarbide, no se animó a concretar la amenaza.
A lo largo de sus 4800 páginas el Tribunal determinó que la actuación de Galeano fue parcial y afectó el debido proceso, la defensa en juicio y la presunción de inocencia. Por eso absolvió a todos los imputados y declaró la nulidad a partir de la etapa de recolección de pruebas, en 1995.
Nisman no apeló la decisión de absolver a los policÃas acusados, si bien él habÃa comandado la investigación y los alegatos que los incriminaban. Se limitó a presentar un escrito en el que pedÃa que fueran condenados por las extorsiones y delitos comunes que quedaron probados en el juicio oral. Nisman habÃa conducido la acusación contra los policÃas por su rol en el atentado, pero no apeló cuando el Tribunal los absolvió. Más que desconfianza en su propio trabajo previo, esa decisión de Nisman revelaba sus ganas de sobrevivir en la causa. Y lo consiguió.
***
Al mes de haberse instalado en la fiscalÃa, Nisman echó a la mitad de los empleados, en especial a los abogados que venÃan de trabajar en la parte de la instrucción y no tenÃan ninguna experiencia en una causa por un atentado internacional. “DecÃan cédula en vez de célula terroristaâ€, recuerda uno de los empleados. Contrató especialistas en ciencias orientales y polÃtica internacional y tres secretarias personales.
En la fiscalÃa, sobre la alfombra, habÃa miles de fotocopias y carpetas arrumbadas. Contra una pared, fotos colgadas de 22 iranÃes, con el dato del cargo o el rol que cumplÃan en el gobierno de Irán al momento del atentado, más sus relaciones y posibles motivaciones. Pero Nisman no necesitaba repasar esa información: tenÃa los detalles grabados en la cabeza.
Una mañana Nisman apareció con Jaime Stiuso, el jefe de Contrainteligencia de la SIDE. Si bien Stiuso habÃa participado en la investigación desde la mañana del atentado, un año y medio después habÃa sido corrido y reemplazado por el grupo de agentes de inteligencia llamado Sala Patria. A diferencia de ellos, Stiuso no creÃa en la culpabilidad de TelleldÃn y de los policÃas bonaerenses acusados de haber participados en el atentado.
El look no impresionaba: jean, chomba y zapatos, más bien tirando a gastados. Les dio una clase breve sobre geopolÃtica, mencionando a la pasada la posible responsabilidad de Irán en el atentado. Ningún empleado sabÃa quién era, pero a partir de ese dÃa de 2005, Stiuso volvió a ocupar un papel central en la causa.
Mientras Nisman se ocupaba de armar un relato polÃtico convincente sobre la trama del ataque a la AMIA, su compañero MartÃnez Burgos trataba de emprolijarlo y darle un carácter judiciable. Burgos estudiaba viejos fallos de la justicia española y alemana que le habÃan dado carácter pericial a los informes de inteligencia.
Quizás esos antecedentes sirvieran para concederle valor de prueba a la información que les facilitaba la CIA, el FBI y el Mossad. Sobre los rastros, huellas y pericias del atentado sÃ, habÃa poco por hacer. HabÃan pasado más de diez años del atentado y difÃcilmente pudiera encontrar nuevas pistas en lo que habÃa quedado del edificio de Pasteur 633.
El Tribunal habÃa destrozado la investigación de la conexión local, cruzada de pistas falsas y chivos expiatorios. Según dijo en su fallo, la causa AMIA habÃa servido para concretar pases de facturas entre facciones de la SIDE (Stiuso vs Sala Patria), resolver liderazgos del PJ (Carlos Menem contra Eduardo Duhalde), y poner a pulsear a las fuerzas de Seguridad (PolicÃa Federal vs Bonaerense).
La acusación contra Irán suponÃa una especie de superación de esas fricciones locales, y a la vez garantizaba una importante lÃnea de afinidad entre la presidencia de Néstor Kirchner y la de George Bush. Un punto de simpatÃa importante, entre tantas zonas de desencuentro, como el rechazo de Kirchner a que la Argentina integrara el Aréa de Libre Comercio de las Américas.
Ese clima de respaldo polÃtico al trabajo de Nisman se terminarÃa definitivamente a principios de 2013, con la sanción del Memorandum de entendimiento entre Argentina e Irán impulsado por la presidenta Cristina Kirchner. Para Nisman, ese intento por interrogar a los sospechosos iranÃes escondÃa el objetivo de desvincular a Irán de la causa AMIA, para restablecer relaciones diplomáticas y poder intercambiar petróleo por granos.
—Stiuso es la persona que más sabÃa de la causa AMIA. Néstor Kirchner cuando me pone a cargo de la unidad me dice “la persona con la que va a trabajar es ésta†—dijo Nisman en una entrevista televisada por TN, dÃas antes de su muerte.
AsÃ, lo que hacÃan Nisman y sus colaboradores era revisar los informes de inteligencia, rodearlos de contexto histórico y sumarle un trabajo de chequeo concreto: pedÃan informes a compañÃas telefónicas, a bancos y a jueces extranjeros.
Nisman a su vez le adelantaba a la embajada de Estados Unidos gran parte de las decisiones judiciales que tomarÃa. Los mails y cables filtrados por wikileaks y publicados en los libros Argenleaks y Politileaks, del periodista Santiago O’Donnell, muestran cómo Nisman llevaba borradores de resoluciones a la embajada para ser corregidos hasta conseguir su aprobación, y como se disculpaba cuando no avisaba previamente sobre alguna medida judicial.
“Funcionarios del Departamento de Legales de la embajada le han recomendado a Nisman que se enfoque en los perpetradores del ataque y no en el posible desmanejo de la primera investigación. Semejante acción sólo confundirÃa a los familiares de las vÃctimas y distraerÃa la atención de la caza de los verdaderos culpablesâ€, afirmó por ejemplo el embajador Earl Anthony Wayne en un mail que les mandó a sus superiores del Departamento de Estado, en Washington, en mayo de 2008.
***
Un sábado a la noche de principios de 2006, el celular del fiscal adjunto Marcelo MartÃnez Burgos sonó tres veces. Era Nisman.
—Me llegó que Righi nos quiere echar —dijo.
El procurador Esteban Righi habÃa sido abogado y amigo de Hugo Anzorreguy, el ex jefe de la SIDE menemista, quien serÃa procesado por la causa de encubrimiento del atentado.
—Vayamos a una escribanÃa y dejemos todo lo que hicimos por escrito. Después convocamos una conferencia de prensa.
Nisman estaba convencido de que siguiendo las pistas que le daba Stiuso iba a poder resolver el caso. Y creÃa que toda esa información valiosa podrÃa llegar a perderse si les pasaba algo a él o a MartÃnez Burgos.
A la vez que estrechaba su vÃnculo con Stiuso, Nisman se volvÃa más desconfiado. Todas las semanas ordenaba un rastrillaje en el piso de la fiscalÃa para comprobar que no le hubieran puesto micrófonos.
A los tres agentes que hacÃan guardia entre el ascensor y la entrada los rotaba. Incluso ordenaba alternar entre fuerzas de seguridad: primero prefectura, después gendarmerÃa y policÃa federal.
Estaba convencido de que habÃa operaciones en marcha en su contra: desconfiaba del ex fiscal Eamon Mullen y de los sectores que habÃan sido relegados de la SIDE, a partir del ascenso de Stiuso.
Las carpetas de la SIDE referidas a la causa estaban guardadas en una pequeña sala que estaba enrejada. Sólo él tenÃa los dos juegos de llaves.
De tan perseguido, a veces preferÃa no salir a almorzar: comÃa solo en su oficina. El menú siempre era el mismo: pechuga de pollo con tomate y agua sin gas.
***
Una vez consolidado en la UFI-AMIA, con Stiuso como principal fuente de letra e influencia, Nisman se entregó de lleno a profundizar la pista iranÃ. Ya no tenÃa la obligación de sostener la acusación contra los policÃas, y conducÃa la causa paralela por encubrimiento, pero sin demasiado interés. A principios de 2006, estaba determinado a ir a la caza de Irán.
Trabajó junto a MartÃnez Burgos para perfeccionar y darle carácter judiciable a un pedido de captura ante Interpol, porque los iranÃes no aceptaban presentarse ante los tribunales argentinos. Su fiscal adjunto era más conservador y detallista, hasta en los aspectos más formales de la redacción de un documento. Nisman priorizaba avanzar, hacer y denunciar. Esa diferencia les generaba discusiones diarias.
Nisman estaba convencido de que los responsables eran al menos once iranÃes, pero al final redujo la lista de iranÃes imputados a nueve ex funcionarios, por sugerencia de MartÃnez Burgos: entre los acusados figuraba el ex presidente de Irán Alà Rafsanjani.
El documento, escrito entre Nisman, MartÃnez Burgos y el tercero de la fiscalÃa, Hernán Longo, tiene 801 páginas: una gran parte se va en contextualizaciones históricas o geopolÃticas.
Respecto a las presentaciones que se habÃan hecho en años anteriores, Nisman agregó una novedad. Insistió en que el atentado contó con el soporte del Estado iranÃ: para él no habÃa sido hecho por un grupo inorgánico.
“La elección de este atentado se realizó en una reunión de seguridad máxima del Estado, bajo la presidencia de Rafsanshani el sábado 14 de agosto de 1993. En esa reunión estaban presentes los profesionales militares y miembros fijos de la alta seguridadâ€, relata un párrafo del exhorto.
Para sostener esa hipótesis, Nisman considera creÃbles los seis testimonios de disidentes y opositores al régimen de Teherán que mencionan una reunión en Pashad en agosto de 1993 donde se habrÃa decidido el ataque: ése es el corazón de la denuncia.
Una comparación maliciosa que circuló en aquel momento por Comodoro Py –sobre todo entre la mayorÃa que no estimaba a Nisman– decÃa que era como dar por válido el testimonio de seis exiliados cubanos de Miami que revelaran detalles de una reunión entre Fidel Castro y Raúl Castro para concretar un atentado internacional.
“Es una prueba consistente, en la medida en que la existencia de esa reunión es referida por distintas personas que ocuparon altos puestos de gobierno incluso durante el perÃodo revolucionarioâ€, se justificó Nisman en una entrevista de aquellos dÃas.
Los fiscales tomaron lo dicho por los disidentes como prueba fundamental, pero agregaron que en los meses previos al atentado hubo mayor entrada y salida de correos diplomáticos y que el embajador iranà se habÃa ausentado del paÃs, mientras que llegaban otros representantes sospechosos.
“Nuestro paÃs fue infiltrado por el servicio de inteligencia iranÃ, el cual desde mediados de la década del ochenta comenzó a formar una vasta red de espionaje, que se transformó en una completa estación de inteligencia, para cuya conformación sus artÃfices se valieron, por una parte, de la embajada y de la consejerÃa cultural iranà en Buenos Airesâ€, asegura el largo texto.
La debilidad de la acusación es que no hay una sola prueba que vincule directamente a una persona o un domicilio con la camioneta que habrÃa estallado en la AMIA, no figura ningún rastro de la llegada del supuesto suicida a la Argentina ni cuáles habrÃan sido las casas que usaron quienes acompañaron en varios vehÃculos a la supuesta camioneta en su camino hacia la calle Pasteur. Al trazo grueso del documento le faltan los detalles decisivos.
En otro pasaje, la denuncia destaca el trabajo de Stiuso, por haber sido un pionero en responsabilizar a Hezbolá. “La SecretarÃa de Inteligencia contaba desde 1995 con información que señalaba en idéntica dirección. Ello fue puesto de manifiesto por el ingeniero Antonio Stiusoâ€, elogia.
Este texto fue el legado principal, o casi único, de Nisman en la causa. Depende de quién vea, es mucha o poca cosa. El abogado de Memoria Activa, Pablo Jacoby, que desde un principio participó en el juicio como querellante, realiza un balance de neutro a positivo. “Nisman organizó y emprolijó la causa, después de la etapa de Galeano. Armó un buen equipo y llegó hasta el punto de pedir la indagatoria de los iranÃes. Otros aspectos como el de la Trafic quedaron pendientesâ€, opina Jacoby, a casi dos meses de la muerte de Nisman.
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En febrero de 2007, Nisman, MartÃnez Burgos y Longo viajaron la sede de Interpol en Lyon, a defender su acusación contra los nueve ex funcionarios iranÃes entre los que estaba el ex presidente Alà Rafsanjani.
Los iranÃes también iban a llevar a sus abogados, y después el Comité ejecutivo de la Interpol deberÃa votar si aceptar o no el pedido de captura de los iranÃes, reclamado por los fiscales argentinos. Si bien para sentirse más seguro Nisman pretendÃa que lo acompañara Stiuso a Lyon, terminó aceptando ir con sus compañeros de fiscalÃa. Los tres compartieron la habitación del hotel, y salÃan a comer juntos, siempre sospechando que los espiaban.
Un dÃa después de llegar, el jefe de Interpol, Ronald Noble, los recibió e informalmente les comentó que veÃa difÃcil que aprobaran el pedido de captura, surgido de una causa tan manchada como la de la AMIA.
“En Argentina ahora se está juzgando a los que fueron corruptos en la investigaciónâ€, le retrucó Nisman. Se referÃa a la causa por encubrimiento contra el ex juez Galeano, y contra sus ex compañeros, los fiscales Mullen y Barbaccia. Una investigación que, por momentos, él mismo se resistÃa a impulsar. Pero Nisman creÃa que Ronald Noble no iba a hilar tan fino, y entonces su argumento podÃa parecer convincente.
El encuentro cara a cara con los iranÃes se concretó el 22 de febrero. En un rincón de la sala estaban los siete representantes iranÃes; en el centro los siete integrantes de la Oficina Legal de Interpol y en el otro extremo los cinco argentinos: los dos fiscales, el secretario Longo, un miembro de CancillerÃa y un delegado policial.
Los iranÃes hablaban inglés, francés, español, farsà y alemán. Nismán chapuceaba inglés, y MartÃnez Burgos un poco de francés.
“Se asombraron con lo que llevamos. Nuevas pruebas contra los imputados iranÃes y la existencia de un nuevo juez a cargo de la causa los sorprendieron. Ellos pensaron que todavÃa estábamos con las mismas cosas y los mismos argumentos que en la época en que el juez era Galeanoâ€, declararon al salir.
En noviembre de 2007, el resultado serÃa favorable al pedido de Nisman: 78 votos acompañaron la denuncia, mientras que 14 delegaciones se opusieron y 26 se abstuvieron.
AsÃ, Interpol le puso alerta roja (o sea, máxima prioridad) a las órdenes de captura de cinco iranÃes reclamados por el fiscal Alberto Nisman: el ex ministro de Información e Inteligencia, Alà Fallahjan; el ex comandante de los Guardianes de la Revolución, Mohsen Rezai; el ex comandante de la fuerza Al Quds, Ahmad Vahidi; el ex agregado cultural en Buenos Aires, Mohsen Rabbani; y el ex tercer secretario de la embajada en Buenos Aires, Ahmad Asghari. Además mantendrÃa vigente el pedido de captura de Imad Moughneieh, jefe de operaciones de Hezbolá.
Ese serÃa el último aporte importante de Nisman a la causa. En adelante, sólo le sumarÃa una serie de dictámenes más periféricos, como un documento de 500 hojas que presentarÃa en mayo de 2013: ahà el fiscal acusarÃa a Irán de haber armado una red terrorista en Sudamérica para exportar la revolución islámica.
A los pocos dÃas de volver de Lyon de su triunfo en Interpol, MartÃnez Burgos quedó envuelto en un escándalo por supuesto tráfico de influencias con un abogado de iranÃes y renunció. El adjunto de Nisman se fue con la sospecha de que el propio Nisman le habÃa hecho una trampa para forzar su alejamiento. Por aquellos dÃas también Hernán Longo abandonó la fiscalÃa.
AsÃ, Nisman concentró todo el poder y la información de la UFI-AMIA. Excepto por el silencioso apoyo de Stiuso, se habÃa quedado solo.
***
Nisman escribÃa como hablaba, y hablaba como vivÃa: de forma abrumadora. Y si buscaba seducir, convencer o disculparse, se volvÃa atolondrado, al punto de que era realmente difÃcil comunicarse con él.
“Era un caballo de calesita. No paraba. TenÃa una capacidad de laburo impresionante y a veces era difÃcil seguirle el ritmo de lo que decÃaâ€, dice, sentado en el sillón de su oficina en Comodoro Py, el fiscal general de la Cámara Nacional de Casación Penal, Raúl Plee, que lo conoció en 1989 en los tribunales de Morón.
En 2011, poco antes del horario en que debÃa comenzar, Nisman canceló su participación en una charla organizada por los familiares de las vÃctimas en Hebraica. Y lo hizo con su elocuencia habitual: “Nuevamente disculpas. Estoy con mucha bronca e impotencia. Demoré lo más que pude para ver si podÃa ir, pero hasta hablo mucho más lento por lo abombado que estoy. Es una señal del cuerpo que no puedo desoÃr. Les juro que lo lamento. Si habÃa alguien a quien no querÃa fallarles era a ustedes, pero el tema me excede. Les pido que me entiendan. Gracias por todo y me voy a reponer. Van a seguir contando conmigo como siempreâ€, les explicó por mensaje de texto.
Los familiares de las vÃctimas “contaban†con Nisman. Si le pedÃan una reunión, el fiscal los recibÃa en la mesa larga del salón de la fiscalÃa. Le ponÃa el cuerpo a los reproches y después daba sus explicaciones, aunque no siempre resultaran satisfactorias. Pero al menos lo intentaba.
—¡Decime dónde están los avances! ¿Te das cuenta de que no estás haciendo nada? —le planteó una mujer en una reunión de 2012. A su lado el abogado querellante, Sergio Burstein y dos familiares más asentÃan en silencio.
Nisman se levantó de su sillón con seguridad. Los gritos y los modales de la mujer no lo alteraban.
—Claro que hay avances —respondió y abrió la puerta para gritar—. ¡MartÃn, traé por favor la carpeta que te di ayer!
El cuestionamiento más duro y concreto que le hacÃa la agrupación Memoria Activa era su desinterés en hacer avanzar la causa por el desvÃo de la investigación del atentado.
Después de avanzar muy lentamente, y haber pasado por las manos de otros dos magistrados, en 2009 en una decisión muy celebrada por los grupos de familiares, el juez federal Ariel Lijo procesó al ex presidente Carlos Saúl Menem, al ex juez Juan José Galeano, al jefe de la SIDE menemista Hugo Anzorreguy y al ex comisario Jorge “Fino†Palacios, entre otros.
Sin embargo, tres años después, el mismo Lijo sobreseÃa al ex ministro del Interior Carlos Corach, a cuatro ex secretarios del ex juez Juan José Galeano y a tres ex policÃas.
Nisman les habÃa prometido a los familiares y abogados de Memoria Activa que ellos si apelaban el sobreseimiento de Corach y los secretarios de Galeano, él iba a acompañar ese pedido. Una presentación conjunta entre Memoria Activa y el fiscal le hubiera dado más fuerza a la apelación.
Pero pasaban los dÃas y Nisman no cumplÃa lo pactado. Ante la insistencia de los familiares de Memoria Activa, se atajó por teléfono: “No nos llega la notificación porque el fiscal natural (quien tenÃa a su cargo la causa) ahà es el Fiscal ante la Cámara Federal (a cargo de Germán Moldes), pero igual estoy al tanto. Intenté un par de veces y no lo ubiqué, pero ya mandé mi segundo a que vaya a hablar con la fiscalÃa para que cumplan lo que hablamos en su momentoâ€, les respondió. El argumento era engañoso porque Nisman podÃa apelar sin la necesidad de desplazar al llamado fiscal natural.
Pasó la fecha estipulada y Nisman seguÃa sin cumplir su promesa. El grupo de familiares apeló en soledad: a pesar de no haber contado con el apoyo del fiscal, en julio de 2013 consiguieron que la Cámara Federal rechazara la decisión de Lijo. AsÃ, los cinco funcionarios y los tres policÃas volvÃan a quedar imputados.
Después de ese cruce y del compromiso incumplido, Nisman recibió a las representantes de Memoria Activa, Diana Malamud y Adriana Reisfed, junto a sus dos abogados. SabÃa perfectamente que le tocarÃa soportar una andanada de reproches.
En el salón de reuniones de la fiscalÃa, con la bandera de Argentina clavada en un rincón, escuchó las crÃticas por su inacción ante el sobreseimiento de Corach y por otras situaciones similares de la causa por encubrimiento, en las que también le achacaban desidia o falta de interés. “Yo no podÃa intervenir sin la autorización de Moldes, porque él era el fiscal natural. Pero además yo interpreto que acá hay movidas que intentan perjudicarme deliberadamente. Les pido disculpas de nuevoâ€, les planteó.
“Era muy inteligente y memorioso, pero no avanzó en nada en las causas y va a quedar para la historia como el fiscal que se olvidó de las vÃctimasâ€, dice la fiscal nacional en lo Criminal Cristina Caamaño.
***
Alberto Nisman pegó el link de la nota en el asunto del mail. No escribió una sola palabra y asà se lo mandó a un amigo, o lo más parecido a un amigo que le quedaba en Comodoro Py. Era marzo de 2012. HacÃa siete años que su rutina habÃa pasado de los tribunales de Retiro a la fiscalÃa que investiga exclusivamente el atentado a la AMIA, ubicada en un séptimo piso frente a Plaza de Mayo. Su amigo, también fiscal y compañero de Nisman durante varios meses, clickeó en el mail y entró a la Agencia JudÃa de Noticias. Miró el tÃtulo: “Diputados estadounidenses elogian la investigación del atentado a la AMIAâ€. Leyó por encima que la congresista republicana de Florida Ileana Ros Lehtinen habÃa presentado un proyecto de resolución para apoyar la Ley Antiterrorista argentina y la principal pista que seguÃa Nisman en la causa AMIA, la misma que con matices se venÃa siguiendo desde 1994: responsabilizar al gobierno de Irán y al grupo armado libanés Hezbolá.
El fiscal no se sorprendió por el mail. Nisman solÃa mandarle notas que lo mencionaran: en especial elogios de medios internacionales. DecÃa él, en la Argentina no contaba con el reconocimiento que se merecÃa.
Para ese momento, el gobierno de Cristina Kirchner ya habÃa empezado a negociar el Memorándum de entendimiento con Irán. Nisman estaba al tanto y lo padecÃa casi sin levantar la voz.
En enero de 2013, la presidenta anunció que habÃa alcanzado un acuerdo con el gobierno iranÃ. El Memorándum incluÃa la creación de una Comisión de la Verdad, integrada por juristas internacionales propuestos por cada paÃs, para interrogar en Teherán a los ciudadanos iranÃes que tenÃan un pedido de captura de Interpol.
Para Cristina Kirchner, el acuerdo representaba un avance en una causa trabada desde hacÃa años. Pero tanto Nisman como Stiuso desconfiaban de las verdaderas intenciones de la presidenta, que nunca habÃa creÃdo del todo en la pista iranÃ.
Ese posible giro en el rumbo de la investigación puso al sistema Nisman en crisis, empezando por el consenso que habÃa alcanzado su figura a lo largo de casi una década. Para Nisman, esa decisión presidencial desacreditaba los miles de papeles que él habÃa firmado, en los que acusaba directamente al gobierno de Irán por el atentado a la AMIA.
La convicción de Nisman habÃa sido alimentada por los informes de inteligencia que le proveÃa Stiuso. Pero era una convicción genuina, y la firma del Memorándum implicaba un cuestionamiento polÃtico hacia esa certeza.
La negociación del gobierno con Irán rompió de golpe el statu quo y puso al trabajo de Nisman bajo sospecha. Un trabajo que venÃa atado a su hambre de reconocimiento, a su anhelado prestigio internacional, a su hedonismo y a su sueño de pasar a la historia como el fiscal que iba a resolver la causa AMIA.
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