Obama gira la polÃtica exterior norteamericana y el giro no es menor. Después de décadas empecinadas, entabla un diálogo histórico con Cuba, que ya es distinta de lo que fue y está tanteando cómo será en un futuro cercano. Antes habÃa estado en Myanmar (ex Birmania) para un esfuerzo diplomático de sostenimiento de su endeble democracia, asediada por la autocracia militar. Ahora negocia y acuerda cuestiones nucleares con un Irán que también ha dado un giro hacia posiciones moderadas. Ese paso, también calificado de histórico, enojó a Israel y al reino saudita, ambos aliados con Washington.
Son tres zonas estratégicas. El continente americano, el sudeste asiático y el siempre conflictivo Medio Oriente. Obama le acaba de decir al periodista Thomas Friedman de The New York Times que un paÃs con una abrumadora superioridad debe tener confianza en sà mismo.
“Somos lo suficientemente poderosos como para probar esas posibilidades sin ponernos en peligroâ€, añadió el jefe de la Casa Blanca.
El giro es vigoroso, pero el mensaje que disimula lo es más: no es que ahora el presidente norteamericano recién se ha dado cuenta que su paÃs es poderoso; simplemente lo hace ver. No teme a la negociación, pero ese camino es también un reconocimiento de los fracasos anteriores.
La negociación es el centro de la diplomacia y de la polÃtica, aunque algunos obtusos la vean como una debilidad.
Los progresos de la negociación con Cuba harán que, muy rápido, la estupidez del embargo caiga en el olvido por la nueva realidad que se está construyendo y que tendrá repercusión regional inmediata. Venezuela ha tomado rápida nota, a la vez que está creciendo la presión de las ONG de derechos humanos preocupadas por lo que ocurre en ese paÃs.
El acuerdo nuclear anunciado con Irán dÃas atrás requiere aún mucho trabajo con ese paÃs, con sus aliados temerosos y desconfiados y con el propio Congreso y los dirigentes de la derecha republicana. Pero aún el más opositor no puede negar el enorme impacto sobre la situación internacional que provocó este acuerdo nuclear.
Obama ha dicho que quisiera que el Congreso no se metiera en estos menesteres, pero no puede impedirlo. Tampoco podrÃa impedir que la discusión se abra paso y sabe que recibirá crÃticas ácidas.
Las otras potencias que han participado de ese histórico acuerdo -Rusia, por ejemplo- advierten que el paso que se ha dado en Ginebra contribuye a la distensión pero no la garantizan, lo que es obvio. Pero hay una oportunidad que debe ser aprovechada, una apuesta a la racionalidad.
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El giro es vigoroso, pero el mensaje que disimula lo es más: no es que ahora el presidente norteamericano recién se ha dado cuenta que su paÃs es poderoso; simplemente lo hace ver. No teme a la negociación, pero ese camino es también un reconocimiento de los fracasos anteriores.
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