Raúl Scalabrini Ortiz, por su parte, señala que el empréstito fue parte de una operación financiera mucho más vasta, llevada a cabo por los británicos en toda América Latina. Cita, entonces, al vizconde Chateaubriand, quien en su obra El Congreso de Verona, aparecida en Leipzig, en 1938, afirma: “De 1822 a 1826, diez empréstitos han sido hechos en Inglaterra en nombre de las colonias españolas. Montaban esos empréstitos a la suma de 20.978.000 libras […] habÃan sido contratados al 75%. Después se descontó de intereses al 6% […] Inglaterra ha desembolsado una suma real de 7.000.000 de libras, pero las repúblicas españolas han quedado hipotecadas en una deuda de 20.978.000 libras. A estos empréstitos ya excesivos, fueron a unirse esa multitud de asociaciones destinadas a explotar minas, pescar perlas, dragar canales, explotar tierras […] Estas compañÃas se elevaban al número de 29. El capital nominal empleado por todas ellas era de 14.767.500 libras. [Pero] los suscriptores no proporcionaron en realidad más que la cuarta parte de esa suma, es decir, tres millonesâ€.
De este modo, el reconocimiento formal de la independencia resulta, al mismo tiempo, la imposición de la dependencia.
Todo indica que el empréstito –asà como sucederÃa un siglo y medio después bajo la dictadura cÃvico militar (1976-1983)- fue impuesto por la banca extranjera como medio de obtener rédito financiero y una forma de asegurar nuestra dependencia, sin que existieran causas internas que lo justificasen.