—Horacio Verbitsky siempre escribe su nombre con su apellido materno, Peña Braun. ¿PodrÃa explicarnos cómo es el árbol genealógico de la parte Braun de su familia?
—Uno de mis ocho bisabuelos, Mauricio Braun, fue un inmigrante judÃo, ruso, que llegó a fin del siglo XIX a Punta Arenas y a los 7 u 8 años, a medida que crecÃa, comenzó a emprender con el asunto de las ovejas, y se casó con mi bisabuela Menéndez, que era la hija del supermercadista del pueblo. Era un paraje en 1870, 1880, y empezaron a trabajar en toda esa zona desarrollando la producción de ovejas, centralmente de lana. Tuvieron diez hijos, y cada uno de éstos tuvo diez hijos, entre los cuales está mi madre, que es la novena del octavo hijo de Mauricio Braun. Esa historia familiar generó mucha polémica en torno a cómo fue esa ocupación de la Patagonia, cómo fue esa historia de pioneros. No sé exactamente cuántos son, pero hay cientos de descendientes, hay de todo en esa familia. Supongo que Verbitsky pone mis apellidos maternos para colgarme una etiqueta. Yo no tengo ningún problema porque, como siempre digo, soy orgulloso hijo de mi madre y de mi abuelo cientÃfico.
—¿Su bisabuelo Mauricio es el fundador de los supermercados La Anónima?
—Entre muchas otras cosas.
—¿Y a su madre le quedaron de herencia acciones de La Anónima?
—Entre los hijos de Mauricio Braun estaba Eduardo Braun, que era mi abuelo, que básicamente se dedicó a la ciencia y murió muy joven. Era discÃpulo de Houssay y trabajaba con Leloir. Juntos fundaron gran parte de la ciencia aplicada de la Argentina, pero murió cuando mi madre tenÃa 15 años en un accidente de avión en 1959, el primero que tuvo Austral. Una de las ramas de esos diez se quedó con la parte del supermercado y el banco, que es el Banco Galicia, y les fue muy bien. La mÃa se dedicó más a lo intelectual, a lo cientÃfico. Nunca tuvo parte de La Anónima.
—Repasemos a aquellos que son más conocidos. Está su tÃo, Federico Braun, el propietario o accionista mayoritario de La Anónima.
—Primo hermano de mi madre. Mi tÃo segundo.
—Luego, Miguel Braun, el secretario de Comercio y sobrino de Federico Braun, que también tuvo actividad empresarial y fue socio de Pampa Cheese.
—SÃ, mi primo segundo.
—Tomás Braun, quien representa a la familia en el Banco Galicia, ¿es primo suyo también?
—Primo segundo. Son todos descendientes de la rama Braun Seeber, que se dedicó al banco y al supermercado.
—¿Cuántos primos tiene?
—Primos segundos, cientos. No conozco a la gran mayorÃa. Es una familia muy, muy grande, primos hermanos tengo entre treinta y cuarenta. Somos muchÃsimos, con distintos perfiles. El padre de Mike Braun se dedicaba a la polÃtica en el peronismo de izquierda, no sé si en Montoneros. Hay de todo.
—En el libro “Los primos. Macri y el retorno de la meritoaristocraciaâ€, de Delgado Jordan, se cuenta la historia de los Braun y de los cruces con otras familias.
—A algunos los conozco bien, y a otros nunca los vi. El intento de construir la tesis de que existe una aristocracia oligarca en la Argentina no resiste a la historia en general. Muchos dicen: “¿Cómo puede ser que, perteneciendo a la poderosa familia Braun, el patrimonio de Peña sea tan exiguo?â€. En la Argentina de hoy, no quiere decir nada un apellido. No indica ni una conducta ni un comportamiento.
—Su tÃo recientemente fallecido, el padre Rafael Braun, fue filósofo, rector de la Universidad de Siena y director de la revista “Criterioâ€. Lo conocà como miembro de la Academia Nacional de Periodismo. ¿Era el hermano de su mamá, Clara Braun Cantilo?
—SÃ, y los presentó a mis padres, además, porque estudió en Lovaina con mi padre y ahà se conocieron. Cuando volvieron de Europa le presentó a su hermana, mi madre.
—¿En algún momento fue su mentor o inspirador?
—Siempre fue una referencia humana e intelectual para todos nosotros. Una persona que querÃamos mucho, generoso, inquieto intelectualmente pero muy cálido humanamente. Fue alguien que, en algún momento de nuestras vidas, nos ayudó mucho. Como a mucha gente.
—Se le han hecho crÃticas reprochándole no haber sido crÃtico de la dictadura. ¿En algún momento su tÃo le comentó si eran injustas?
—Nunca hablamos mucho sobre el tema. Y ya hace unos años que tenÃa una enfermedad.
—¿Rafael era de los Braun del lado epistémico, la parte de los médicos y los filósofos y no de los empresarios?
—Toda esa rama Braun Cantilo, y también mi bisabuelo, fue muy cercana a Bernardo de Irigoyen, gobernador de la provincia de Buenos Aires. Tengo de un lado a un bisabuelo como Mauricio Braun, y del otro los Cantilo, la polÃtica, la intelectualidad. El pensamiento de lo religioso también estaba muy marcado en esa rama, que, de las diez, era una de las más intelectuales de los Braun.
—La última vez que hablamos me dijo que su suegra simpatizaba con el kirchnerismo. ¿Votó este año a Cambiemos? ¿Logró convencerla?
—La verdad, ni hablamos de las elecciones. Este año nos llevamos bárbaro hablando de sus nietos, encontrando esa convivencia…
—Nadie le va a creer eso.
—Es verdad. Pero tiene que ver con algo que también pasa en este momento en la Argentina: hay que aprender a respetar las diferentes visiones.
—Pero lo que le habÃa preguntado era por quién votó.
—No lo sé, juro que es cierto. Al dÃa de hoy no hablamos de las elecciones.
—Su mujer, Luciana Mantero, madre de sus dos hijos –Lucas, de 10, y JoaquÃn, de 4–, ¿es más progresista que usted?
—SÃ, viene de una familia que es de esa tradición. Nos sentimos muy cómodos pensando los dos bastantes cosas parecidas, cada uno desde su perspectiva. Hace 16 años que estamos juntos. Lo lindo es que, viviendo historias familiares distintas, hay mil cruces de ideas, inquietudes.
—Usted tiene cuatro hermanos. El mayor, Ignacio, es asesor en el Ministerio de Innovación de la Ciudad; el menor, Andrés, es arquitecto, subsecretario de Desarrollo Institucional Productivo de la Nación.
—Ignacio se dedica a varias cosas, él es un obsesivo de todo lo que tenga que ver con los cambios tecnológicos. Ha trabajado con otros paÃses, con otros organismos y nos da una mano en eso. Estudió economÃa: tiene un posgrado en Wharton. Trabajó años en consultoras y vivió en Brasil.
—Los otros dos hermanos, Tomás y Julián, que no tienen función pública, ¿a qué se dedican?
—Tomás es emprendedor, trabaja en temas de tecnologÃa agropecuaria. Vivió en Estados Unidos y trabajó en el sistema financiero. Julián es abogado, especialista en derecho de competencia, y se dedica a eso en el estudio Allende & Brea.
—Por lo que dice su declaración jurada, usted vive en un departamento de setenta metros cuadrados.
—SÃ, correcto.
—Que es donde yo querÃa hacer esta entrevista, pero dijeron que no entrábamos.
—No entrábamos, es cierto.
—Sus padres no le han dejado patrimonio, pero les dejaron, a usted y a sus hermanos, una educación costosa. Wharton, por ejemplo. Son todos egresados universitarios, y con posgrados.
—SÃ, nos dieron un montón de cosas. Los valores humanos, el compromiso con el trabajo, la inquietud intelectual, una visión muy fuerte del mundo, el valor de la integración. Mi padre hace cuarenta años que se dedica a eso.
—Su padre, Félix Peña, es economista por la Universidad de Lovaina, doctor en Derecho por la Universidad de Madrid, profesor en varias universidades, autor de muchas publicaciones económicas internacionales, reconocido y respetado en el ámbito del comercio internacional, y también fue subsecretario del área de EconomÃa de CancillerÃa durante la Guerra de Malvinas con Nicanor Costa Méndez como canciller. En su momento nosotros consultamos si él dijo, textualmente, refiriéndose a la dictadura militar: “Llegué a la CancillerÃa cuando habÃa claras señales de que estábamos al final de una etapa y se iniciaba una transición hacia la democracia. No hubiese integrado antes el gobiernoâ€. Y también aclaró que no tuvo ninguna intervención relacionada con las denuncias de violaciones de derechos humanos. ¿Cómo se relaciona usted con esa parte de la biografÃa de su padre en la dictadura?
—Lo hemos hablado bastante. Mi padre tenÃa un compromiso con la democracia y los derechos humanos, era muy difÃcil ser un intelectual comprometido con lo público en esos tiempos, con esos vaivenes. En los primeros tiempos de la dictadura él era mirado con recelo porque estaba en el Intal, un organismo internacional que hablaba de integración. Allà habÃa muchos intelectuales perseguidos. Recuerdo algo que contaba y le decÃan de ambos lados, esta idea de lo difÃcil que es no ser etiquetable en Argentina, algo que la mayorÃa de las veces te deja mal parado. Lo que más rescato de su visión es su honestidad intelectual, el tratar de meterse para ayudar para que, aun en ese contexto, la Argentina no se aislara del mundo. Después de la guerra mi padre tuvo el trabajo de recorrer el mundo para mandar ese mensaje: el de una Argentina que se volvÃa a conectar. Lo hizo con la mayor honestidad intelectual. Me parece muy difÃcil juzgarlo desde este lugar, cuarenta años después.
—Durante el gobierno de AlfonsÃn, su padre no siguió en CancillerÃa y volvió durante la presidencia de Menem al mismo cargo. ¿Qué sucedió entre 1983 y 1989?
—Nos fuimos a vivir a Estados Unidos a mediados de 1984, hasta 1990. Mis hermanos, a medida que terminaban el colegio, volvÃan a estudiar al paÃs y nos quedamos los más chicos allá con él, cursando el colegio primario. Mi padre estuvo en el BID seis años, trabajando en el tema integración. VivÃamos en Potomac, Maryland.
—Vayamos de su familia a su otra familia, la de la polÃtica. ¿Qué diferencia hay entre este PRO de hoy y aquel por el que usted fue legislador de la Ciudad en 2003?
—Una conciencia mucho más fuerte del valor que podemos aportar, una autoafirmación a partir de la experiencia, la convicción, el valor de construir algo nuevo. En 2003, 2005, 2007 y hasta 2009 e incluso 2013 tenÃamos la duda de converger o no con el peronismo no kirchnerista. En sucesivas etapas fuimos reafirmándonos y nos decÃamos: “Lo que hacemos tiene valor, va a crecerâ€. Nos sirvió perder con Ibarra en 2003. Crecimos, superamos discusiones internas. Maduramos.
—¿El momento clave de maduración del PRO es cuando deciden discontinuar la hipótesis de unirse con el peronismo no kirchnerista?
—Ahà culmina un proceso. Son diez años, desde 2003 hasta 2013, con la famosa discusión con el grupo de Lavagna, De Narváez, De la Sota. Esa negociación, que culmina en un crecimiento nacional, después nos lleva a converger con el radicalismo y la Coalición CÃvica. La tesis con ese proyecto de integración con el peronismo era decir: “Macri es un lÃder interesante, tiene buen equipo, pero no hay futuro polÃtico que no incluya al peronismoâ€. Con el tiempo fuimos combatiendo esa idea. Hasta el final del dÃa que discutimos si nos aliábamos o no con Massa en 2015.
—¿Hubiera sido un error aceptar la propuesta de Duhalde de que Macri fuera candidato a presidente en 2003 por el PJ?
—Ese es un punto de inflexión de nuestra historia. Es difÃcil hacer la contrafáctica. A veces, hasta Mauricio piensa: “¿Qué hubiera sido del paÃs sin el kirchnerismo?â€. Pero tomó la decisión correcta.
—En 2005 la alianza era con López Murphy. ¿Hubo un alejamiento de una economÃa neoliberal y noventista?
—No coincidÃamos tanto con el Recrear de López Murphy. Pero la evolución de nuestro pensamiento económico se da también a partir de la vocación de ampliar nuestra representación polÃtica. No querÃamos ser una prótesis del neoperonismo ni un partido testimonial, ideológico. Nuestra idea era ser un partido con vocación de representar mayorÃas.
—¿López Murphy es dogmático?
—Es asÃ. López Murphy tenÃa una visión más ideológica. Pero, al mismo tiempo, muchas de esas dirigencias también se sienten representadas por Cambiemos a partir de un liberalismo más amplio, más polÃtico. La discusión entre economistas se da alrededor del gradualismo sà o no. No pretendemos que todos piensen igual: sólo atamos lo polÃtico y lo económico.
—¿Lo que siempre mantuvo Macri fue la vocación de triunfo, la necesidad de ganar las elecciones?
—Absolutamente. Ese es él, lo hablábamos hace poco, pero el chip lo tomamos también del propio peronismo, y tiene que ver con la cultura democrática de Estados Unidos, entre otros paÃses. La idea de que el que tiene más votos manda, lidera, gobierna, transforma.
—En ese acercamiento al centro, ¿la unión con el radicalismo en 2015 aportó más de lo que hubiera aportado un acercamiento al peronismo antes de 2013?
—Lo que más ganamos todos, en esta integración con el radicalismo, es asumir como agenda propia ideas muy demandadas por la clase media, una visión del poder, de la democracia, de la república, y una dimensión ética que va más allá de la cuestión de la transparencia. La cultura radical tiene una valoración de lo republicano superior a la del peronismo.
—¿Un estilo menos agresivo de ejercer el poder?
—SÃ, pero no se trata de un estilo en términos sólo de estética, sino en el reflejo de los valores. Un dirigente con estilo amable, de diálogo, parece muy moderno, pero su diseño institucional no responde mucho a eso. Esa incongruencia es parte del problema. También la hipocresÃa o el doble discurso se perciben rápido, y ahà el valor de la coherencia entre lo que sos, lo que decÃs y lo que hacés es imprescindible. No hay operación de comunicación que pueda ocultar eso.
—¿Esta elección de 2017 cerró algún ciclo?
—Cierra tres ciclos: uno corto, uno mediano y uno largo. El corto, la transición 2015-2017, que era nuestra llegada al poder, porque estaba la duda de si éramos de mandato negativo o positivo. Cierra el ciclo de 2001, en una parte al menos, en términos de la aparición de una oferta competitiva que ofrezca alternancia en todo el paÃs. Y finaliza el perÃodo nacido en 1983 también, con la aparición de un ciclo polÃtico generacionalmente diferente. Uno de los grandes méritos de la generación de 1983 fue parir una generación democrática. Ha sido el perÃodo democrático más largo de nuestra historia y permitió que un montón de dirigentes de distintos partidos que nunca fueron privados de votar llegaran a los espacios de responsabilidad. Eso nunca habÃa ocurrido.
—En el siglo XXI, en los paÃses desarrollados, comenzó un ciclo de destrucción de los partidos tradicionales y la emergencia de partidos nuevos. ¿Es una respuesta de los votantes porque desde la caÃda del comunismo el capitalismo se estancó y empeoró la distribución de la renta?
—Soy menos economicista en el análisis. Se trata más de una transformación de la representación que de una insatisfacción económica. Porque hay paÃses, y muchos de nuestra región, a los que les fue maravillosamente bien en lo económico pero no fueron capaces de reconvertir su liderazgo polÃtico. Es natural que la sociedad demande cosas diferentes, en tanto maneja cosas distintas en las demás facetas de su vida.
—¿Se sobreestima la importancia que tiene la economÃa electoralmente?
—Es una dimensión, pero no la dimensión central. La gente ya no vota sólo con el bolsillo, y esta elección lo demostró. Aunque durante un colapso económico es lógico que suceda.
—Berlusconi, quien siendo empresario fue primero en los 90 presidente del club de fútbol más popular de Milán y luego presidente de Italia, ¿inspiró al Macri joven que decidió dedicarse a la polÃtica creyendo acertadamente que podrÃa ser presidente?
—La mayorÃa de las veces que hablamos de Berlusconi, es por las anécdotas personales. Ellos tienen una muy buena relación, por el tema del fútbol y otras cuestiones. No tanto a partir de la experiencia de la construcción polÃtica.
—En el último libro del sociólogo Hartmut Rosa, profesor de la Universidad de Jena en Alemania y de la School of Social Research de Nueva York, titulado “Alienación y aceleraciónâ€, considera caracterÃstica patológica de la tardomodernidad el aceleramiento y como su consecuencia la alienación. ¿Los partidos polÃticos tradicionales, como toda tradicionalidad, están afectados por esta aceleración, cuya alienación genera pérdida de identidades sociales y partidarias?
—Definitivamente. No solo los partidos polÃticos, todas las instituciones polÃticas sobre las que está montado el diseño republicano en el que vivimos. Fueron diseñados para una sociedad dramáticamente distinta en su faz temporal, en su faz comunicativa y en su complejidad.
—¿El futuro competidor de Cambiemos será también un partido nuevo o un panperonismo aggiornado?
—No lo sé. Depende mucho de cómo lo procesen los lÃderes que quieran un peronismo distinto, dependerá de la discusión con las distintas facciones de pensamiento que conviven allÃ. El mayor problema es tener una fuerza polÃtica que se ordena solo a partir de la búsqueda del poder, con una amplÃsima gama de valores y de pensamiento, acostumbrada a no competir. Dependerá de ellos.
—Si hasta 2013 una de las hipótesis era aliarse con el peronismo no kirchnerista, y hay una superposición de votantes del peronismo no kirchnerista y Cambiemos, ¿cómo podrÃa diferenciarse electoralmente en el futuro el peronismo no kirchnerista?
—Hay dos cuestiones ahÃ. Por un lado, ese mito eterno de que, sin peronistas, no se podÃa gobernar. Eso quedó desterrado en estos dos años, algo que era muy necesario porque la idea de un monopolio de gobernabilidad era dañina para la alternancia. Por otro lado, al ser tan amplio el abanico del peronismo, no alcanza con los no kirchneristas para dividir en dos. Si uno habla con peronistas de distintos sectores, el desafÃo tiene que ver con esta cuestión temporal, la idea de modernidad, lo global, lo democrático en la práctica, no solo en la forma.
—Siendo parecidos a Cambiemos, ¿pueden construir una alternativa real?
—Me parece que sÃ. Hay espacio porque no hay una vocación hegemónica en la sociedad ni en Cambiemos. Y también es probable que persista una parte del pensamiento asociada al kirchnerismo, como un conjunto de valores.
—¿El dÃa que surja una competencia de Cambiemos con posibilidades de triunfo será porque logró amalgamar también a quienes votaron en octubre por el kirchnerismo ?
—Hay una parte del pensamiento del voto kirchnerista que es antagónico al nuestro. Tienen una visión más reaccionaria y conservadora, una visión antigua y obsoleta de cómo funciona el mundo y una subvaloración de ciertos principios éticos.
—Me referÃa a sus votantes.
—El que votó a Cristina Kirchner hoy, en 2017, transmite esos valores. No digo que tolere la corrupción, digo que tiene una visión distinta respecto a las responsabilidades o al peso de la corrupción en la administración pública. De otra manera, no la hubiera votado.
—¿No cree entonces que el lÃder del nuevo peronismo será quien logre absorber y modernizar al kirchnerismo?
—SÃ, puede ser… Lo que sà creo es que hoy lo mayoritario en nuestra sociedad es una visión de demanda similar a Cambiemos. El desafÃo para nuestros rivales será no construir a partir del “rechazo aâ€.
—¿Puede en el peronismo surgir un Tony Blair que, en lugar del Nuevo Laborismo, recree el Nuevo Peronismo?
—SÃ, es posible. Hay mucha gente valiosa en el peronismo. Y esto va de la mano con que todavÃa transcurrimos un proceso de transición. En este mandato de Macri estamos jugándonos el ir hacia un flujo más razonable. En este perÃodo se complica la discusión de los matices. Acá no discutimos la polÃtica de salud tal o cual, discutimos si salimos o no de la zona de peligro.
—La decadencia del trabajo manual y la proliferación de los servicios reducen la representación de los sindicatos y los partidos que se apoyaban en ellos. Al no contar con el aporte de los afiliados al sindicato, el laborismo tuvo que financiarse con aportes de las empresas, como los demás partidos, perdiendo su esencia ¿Le está pasando al peronismo algo similar y para reinventarse, como el laborismo con Tony Blair, tiene que correrse al centro?
—Sin duda: ese es el desafÃo y la oportunidad. Para acostumbrarse a competir con otra fuerza, de igual a igual. Como decÃa un periodista amigo: venimos discutiendo desde hace mucho qué animal del zoológico es Macri y Cambiemos, y creo que ya todo el mundo entiende que es un animal que no estaba antes, un animal nuevo. A partir de allÃ, entender o comprender sus razones, su fundamentación, lo que les permitirá decir: “Puedo diferenciarme en estos puntos, y en estos noâ€. Y allà construir un gran centro.
—Como egresado de Ciencia PolÃticas, si tuviera que presentar un trabajo sobre cuál tendrÃa que ser la estrategia de la oposición para crear una alternativa competitiva a Cambiemos, ¿qué plantearÃa?
—Cambiemos perdió en algunas provincias y uno ve liderazgos que han sabido entender dónde está el eje de esta discusión, que no pasa tanto por el ataque o la confrontación sino por otras cuestiones. Se trata de competir, con identidades distintas, pero con un piso de valores que les permita disputar a un elector de clase media con aspiraciones de crecer.
—En varias provincias, el peronismo es una oferta más competitiva que Cambiemos.
—Totalmente. Incluso en algunas el kirchnerismo nos ha derrotado, porque también refleja un pensamiento. Pero nosotros vamos a trabajar para lograr una transformación en términos de la liberación de los sectores populares más indefensos. SerÃa un error para algunos peronistas creer que esa clientela, donde el caldo de cultivo es lo reivindicativo, será eterna. Nuestro objetivo es transformar esa realidad. Darles un rol de ciudadanos plenos, para que sean demandantes, igual que sus vecinos de clase media.
—¿Lo que necesita la oposición es un buen candidato, antes que ideas abstractas?
—Las dos cosas. Sin candidato es imposible ganar una elección, eso es seguro. Para Cambiemos también. La combinación es tener dirigentes, coherencia y una propuesta que represente a los votantes. Lo que más les hace falta a algunos sectores de la oposición es que nos vaya mal, en términos polÃticos. Mientras nos vaya bien, la demanda de una alternativa va a ser más reducida, y eso genera menos estÃmulo para que surjan nuevos liderazgos.
—Hay paÃses a los que les va bien, pero pasado cierto tiempo la sociedad se aburre de los mismos polÃticos. Aunque hubiera una buena gestión, pasados 12 años, es muy difÃcil que con la aceleración en la que se vive se siga votando al mismo partido.
—Es asÃ, sÃ. Pero el mejor antÃdoto para eso pasa por la construcción colectiva. La mayor satisfacción de Mauricio en esta elección, y hoy nos lo decÃa él mismo en el almuerzo, es que Cambiemos esté por encima de Macri o de cualquiera de sus partes. Si uno mira en la provincia de Buenos Aires, la calidad y cantidad de nuevos dirigentes que emergen como intendentes es un fenómeno similar al de 1983. Nuestros candidatos sabÃan qué ideas defendÃan, en qué equipo jugaban, qué valores transmitÃan. Se sentÃan parte. Este es el mayor valor agregado de Cambiemos, lo que nos da la resiliencia a futuro: no dependamos de una persona o un candidato.
—¿Es más fácil sintetizar valores en una persona que en un partido polÃtico?
—Claro, y es ahà donde está el mayor valor agregado de Mauricio Macri como dirigente polÃtico: lo sano que es en su ego. Eso le permitió construir algo que es más grande que él mismo. Esa es la diferenciación más notable y que se ha transmitido como regla de construcción.
—Puede ser que, aunque a ustedes no les vaya mal, la sociedad elija la alternancia.
—SÃ, las cosas pueden cambiar siempre. Quien defina algo a mediano y largo plazo con certidumbre se equivoca. Todo es muy frágil.
—Con los partidos con problemas identitarios, ¿el candidato es más crucial?
—En parte, sÃ. Pero esta elección demostró que puede haber algo por encima de un candidato, que es una fuerza polÃtica que represente una identidad y un valor colectivo que permita ganar aun con candidatos no tan conocidos, como nos pasó en Santa Fe o en la provincia de Buenos Aires, un candidato menos conocido compitió con una ex-presidenta de la Nación.
—¿No votaban por Macri?
—Cuando votan por Cambiemos votan, más que por Macri, por una forma de hacer polÃtica. Apoyan al Presidente, claro, pero el mensaje es más profundo. En las provincias no decÃan: “Quiero votar por Cambiemosâ€, decÃan: “Quiero votar por Macriâ€. Se generó algo que, incluso con el PRO, no habÃa sucedido antes. Es increÃble que se haya logrado tanto, en tan poco tiempo.
—¿El PRO era Macri y Cambiemos es más que Macri?
—SÃ, claramente.
—¿La izquierda, no como partido testimonial minoritario sino como proyecto de gobierno, está en retroceso en todo el mundo?
—Sin duda. Una parte ha ido mutando en proyectos bolivarianos, visiones autoritarias basada en el nacionalismo y en el rechazo al tiempo en que se vive. Para la izquierda, el sÃmbolo pasa a ser más importante que la realidad. Algunos dicen: “¡Volvamos a los 70!â€. Incluso la gente joven de La Cámpora transmite un mensaje reaccionario. Se viste igual que en los 70, canta los mismos temas, transmite los mismos valores. Retoma un pasado que puede idealizar como una reacción defensiva frente al cambio. Para muchos progresistas, el haber votado orgullosamente a Scioli refleja esa incongruencia. La izquierda clásica, con la caÃda del Muro, quedó en un lugar muy descolocado. Como el ex ministro Kicillof, que se basa en un pensador económico de la Alemania Oriental de los años 80 como modelo.
—Desde Yrigoyen, Perón y los Kirchner, siempre fuerzas a la izquierda del orden existente fueron las disruptivas. ¿Ya no hay espacio para la irrupción de esas fuerzas reivindicadoras?
—Basado ciento por ciento en la ideologÃa clásica del siglo XX, seguro que no. Como tampoco la derecha. Hoy los ciudadanos están menos dispuestos a votar por abstracciones que no tengan que ver directamente con su bienestar.
—Se afirma que la clave del éxito de Cambiemos ha sido la comunicación y que usted ha sido su artÃfice. ¿Es la comunicación tan importante?
—Para mà es básico. El ser humano difiere de otros animales por su capacidad de conceptualizar. La conceptualización es, por definición, un acto de comunicación. Construimos sÃmbolos, palabras o imágenes que para todos significan lo mismo. La polÃtica es la forma que encontró la humanidad para no matarse entre sà y construir una sociedad justa. Todo se basa en la representación y la legitimidad. La polÃtica es un acto que no se entiende sin representación. La forma de comunicación sobre la que se basó la polÃtica en el siglo XX, asociada a un poder vertical, ya no sirve. Unos amigos me decÃan: “Eso no es polÃtica, eso es marketingâ€. Entonces, ¿qué es la polÃtica? ¿Lo que cierran diez tipos en una mesa? Eso es una parte de la polÃtica, al igual que una parte de la comunicación es una conferencia de prensa, un aviso o un reportaje. Es imprescindible comprender que hoy todos somos acciones de comunicación. Salvo que alguien diga: “No me interesa ser votado, soy un cuadro de pensamiento, me dedico a esoâ€. Perfecto. Pero aun asà tiene que comprender el fenómeno porque los otros actores lo manejan. Nosotros somos polÃticos que sabemos comunicar.
—El último libro del sociólogo británico especialista en procesos de innovación institucional y a cargo de ese Instituto en la Universidad Europea con sede en Florencia, Colin Crouch, se titula “Posdemocracia†y sostiene que la creciente insatisfacción con la democracia en los paÃses desarrollados, por la pérdida de la calidad de vida desde la caÃda del Muro de BerlÃn, es consecuencia de la aplicación a la polÃtica de las técnicas de comunicación cientÃfica desarrolladas por las empresas de consumo masivo para satisfacer a sus clientes, haciendo que cada vez más los partidos polÃticos que triunfan sean aquellos cuyos conductores vienen de las grandes empresas.
—No creo que una herramienta defina los valores de ninguna propuesta. Una herramienta puede ser usada para bien o para mal, pero es una herramienta, un cambio tecnológico. No más que eso. Si uno quisiera comunicarse hoy por telegrama, nadie lo escucharÃa. Entonces, nunca la técnica puede ser responsable. No deberÃamos subvalorar al ciudadano ni sobreestimar el marketing. Una mala propuesta polÃtica, por más que tenga a los mejores publicistas, va a fracasar. El ciudadano es mucho más que eso. Entonces, lo que manda hoy es la relevancia del contenido. Si uno lo tiene, llega.
—Le voy a leer textualmente otro párrafo de Crouch: “Antes un partido polÃtico era concéntrico, sus lÃderes surgÃan de los activistas, estos provenÃan de los miembros del partido, que a su vez forman parte del electorado, pero con la profesionalización de la polÃtica y el uso de técnicas empresarias se invierte la secuencia: lÃderes, asesores, expertos y miembros de lobbies conforman la dirigencia, y los activistas son profesionales que pueden o no simpatizar ideológicamente con el partido y trabajan básicamente por dineroâ€.
—Para mà el problema es más profundo: los partidos fueron diseñados para una sociedad que ya no existe. Una sociedad donde uno tenÃa un trabajo y seguÃa allà toda la vida, y si era de una manera escuchaba a los Beatles y si era de otra, a los Stones; pasamos a una sociedad hÃper ultra fragmentada, donde las identidades son supervolátiles. ¿Cómo se construye previsibilidad e identidad colectiva en un tiempo de identidades tan frágiles? Es un enorme desafÃo para las ciencias polÃticas y para la polÃtica.
—¿Puede hoy en dÃa competir y ganar una elección un partido que no utilice las técnicas modernas de comunicación y estudio de comportamiento de los votantes a otro partido que sà las utilice?
—Hay cierto desconcierto, en parte. Uno lo veÃa recorriendo las provincias. Algunos candidatos nuestros decÃan: “No salimos en ningún medio porque son todos del gobernadorâ€. Bueno, les decÃa yo, vayan con la gente, instálense en el pueblo, recórranlo, generen conversación, y van a ver como ese monopolio del gobernador deja de ser efectivoâ€. En muchas de esas provincias, ganamos. La discusión pasa por las herramientas, pasa por cómo nos vinculamos con los votantes.
—AlfonsÃn perdió en todas las provincias que tenÃan un solo canal de televisión.
—Claro, pero hoy, treinta años después, cambió todo, y eso genera desconcierto. Varios peronistas amigos, en provincias donde ganamos, se sorprendÃan: “Nuestro gobernador tiene buena imagen, tenemos medios, invertimos en pauta, tenemos cartelerÃa, los punteros, ¡y nos ganan por 20 puntos! ¿Dónde está la trampa? ¿Qué cambió que no vi?â€. Lo que hay que hacer hoy es representar algo más contemporáneo, más representativo.
—¿Dónde está esa trampa?
—La estrategia y la coherencia. La coherencia es una herramienta espectacular. Si uno tiene coherencia entre lo que dice, lo que hace y lo que es, puede transmitir claridad de intención. Cuando les vamos a tocar el timbre los sábados a la mañana a quinientos pueblos al mismo tiempo, lo hacemos porque nos importa el que nos va a escuchar. Si se transmite que uno tiene la intención de hacer las cosas bien, eso tiene un valor infinito. Nosotros desarrollamos un camino alejado del marketing tradicional, es más: nuestros rivales dependen más del marketing empresarial que nosotros. Lo nuestro está basado en lo polÃtico.
—¿Imagina a la oposición modernizando sus técnicas electorales en 2019?
—Me parece que algunos confunden la herramienta con lo estructural. Creo que será una oportunidad grande para los que tienen alineamiento y coherencia con lo que son y lo que dicen; y será un enorme desafÃo para los que no, porque una de las condiciones naturales de este momento es la transparencia. Cada vez será más difÃcil el mediano plazo. La paradoja de esta aceleración es que la única manera de estabilizarse es con coherencia. Volverse predecible en las conductas aunque uno sea volátil en sus herramientas. Eso requiere una cuestión más profunda que una estrategia de campaña. Este es un tiempo de humanismo. Cuanta más tecnologÃa haya, más dramáticamente importante se volverán el humanismo y los valores.
—Usted fue el primero que salió a criticar el 2 por 1 que beneficiaba a los condenados por los delitos de lesa humanidad. Independientemente de que se confirme si Maldonado murió ahogado cuando lo perseguÃa la GendarmerÃa o no. ¿No le parece que hubiera sido un gesto apartar transitoriamente a los responsables del operativo, como hicieron con la denuncia contra Gómez Centurión en la Aduana? Hubiese sido un mensaje a la sociedad.
—Hiciéramos lo que hiciéramos, era un mensaje hacia la sociedad. El mensaje de ser prudentes y respetar el proceso institucional, por más que la táctica de corto plazo pudiera parecer perjudicial, a largo plazo creo que fue lo mejor. Es necesario resolver nuestro trauma como sociedad con las Fuerzas Armadas y de seguridad post 1983, si queremos una democracia y una república de verdad. La actitud clásica de la polÃtica, eso de sacárselos de encima como si no fueran personas, o pensar que son culpables porque llevan uniforme, es una concepción perjudicial para los objetivos que tenemos, de combatir el narcotráfico y fortalecer las instituciones. Más allá de algunas afirmaciones en un contexto, la coherencia de nuestro mensaje a lo largo de esos sesenta dÃas fue el mayor aporte al cambio de esa vieja cultura polÃtica.
—¿Y por qué en el caso de la Aduana, con Gómez Centurión, actuaron diferente?
—Porque en ese caso habÃa una denuncia muy especÃfica, ligada a sus funciones, que tenÃa fundamentos. Esa denuncia tenÃa que ser analizada en ese contexto. El caso Maldonado lo consideramos como algo diferente. El testimonio de los gendarmes y otros testigos indicaba que apartarlos no era lo más recomendable.
—Lo que se percibe es que en los casos que tienen que ver con reminiscencias de la dictadura ustedes se quedan perplejos, como con culpa. Cuando a Macri le preguntan cuál es la cifra de desaparecidos, dice: “No tengo ideaâ€. ¿Tienen un problema psicológico con la dictadura?
—Yo separarÃa dos cuestiones. Nosotros creemos que la reconciliación existe en la universalización de ciertos valores. La Argentina, en su inmensa mayorÃa, rechaza el autoritarismo, la dictadura, la tortura, la violación de los derechos humanos, y condena lo que ocurrió en el perÃodo de dictadura. Punto uno. Punto dos: hubo una decisión polÃtica del gobierno anterior de agitar y mantener vivo ese conflicto por un tema de manipulación polÃtica. Punto tres: hemos sido siempre taxativos y claros en compartir los valores del punto uno y de rechazar la actitud del punto dos. Frente a eso, lo ocurrido con Maldonado, o cualquier situación que implique una reivindicación o un peligro de cuestionamiento del punto uno, lo rechazamos. Eso es lo contrario a tener un problema psicológico con la dictadura. No creemos que sea un tema donde tengamos que rendir examen. No somos la continuidad de ninguna dictadura. Es perverso, humana y polÃticamente, el cantito “Macri basura, vos sos la dictaduraâ€. No aceptamos esa idea.
—Usted dice: “La sociedad quedó contagiada por prejuicios que no responden a la realidad, y eso es nocivoâ€. Pero para un mismo diagnóstico, puede recurrir a distintas terapias. En economÃa, ustedes aplican el gradualismo porque creen que es imprescindible no crear traumas. PodrÃan haber sido gradualistas y separar a los gendarmes por dos meses, como hicieron con Gómez Centurión, para evitar que mucha gente bien intencionada no quedara con una sensación de temor frente a posibles excesos de las fuerzas de seguridad que en un futuro pudiera haber. Son dos maneras de actuar con un mismo diagnóstico.
—Está bien. Pero el primer punto de vista del diagnóstico para una parte de la sociedad, no para la sociedad toda. Segundo, creo que toda decisión polÃtica es discutible.
—Una parte tan minoritaria como el 30% de pobres.
—Por supuesto. Toda decisión institucional y polÃtica es discutible. Lo que no creo que sea discutible es que en ninguna parte del proceso del caso Maldonado hubo algo cuestionable en términos de la concepción institucional. Hablamos de una fuerza de seguridad respondiendo una orden judicial, iniciando un operativo y el Gobierno rápidamente yendo a todas las instancias institucionales para investigar el tema y resolverlo.
—La crÃtica es justamente institucional: que actuaran de manera opuesta con Gómez Centurión en la Aduana.
—Está bien. Que la presunción del caso Maldonado pudiera generar miedo del accionar de las fuerzas de seguridad lo comprendemos. Pero creemos que, justamente, ésa sensación se genera a partir de esa relación traumática. Hay que apostar por el camino institucional, sobre todo. Pasa lo mismo que en la Justicia. Si uno repasa el conjunto de temas simbólicos de los derechos humanos, hemos sido absolutamente gradualistas, absolutamente respetuosos. Para una parte de la población que necesita creer que somos la continuidad de la dictadura nunca va a alcanzar, eso lo sabemos. Además, hay una intencionalidad polÃtica, y al dÃa de hoy, incluso, gente que valoramos mucho por su trayectoria sigue planteando que lo de Maldonado demuestra que hay un plan sistemático de persecución, cosas asÃ. No decimos que lo hagan por pura especulación polÃtica. Pueden decirlo genuinamente, es lo que viven y sienten.
—No creo que se piense en un plan sistemático del Gobierno, lo que hay en todo el mundo son excesos de fuerzas de seguridad: Estados Unidos tiene un problema de ese tipo por mes, y con la historia que tiene la Argentina parece verosÃmil la posibilidad de que integrantes de una fuerza de seguridad puedan cometer excesos.
—SÃ, pero si uno mira en perspectiva, desde las primeras notas periodÃsticas, no se trataba de gente suelta, eran gente muy representativa de la militancia de los derechos humanos que plantearon esas cosas a lo largo de sesenta dÃas. Hemos tenido muy pocos casos de violencia institucional. Porque creemos, y esto es un tema esencial, que la mejor manera de prevenir eso es resignificando el rol de las fuerzas de seguridad en la sociedad. Eso sà es parte del cambio cultural que proponemos. Es ultracomplejo la administración de estos temas. Todos los dÃas hay reflexión y análisis. Podrá haber decisiones equivocadas, pero no hay parálisis.
—Antes contó que sus rivales en provincias donde históricamente siempre ganaba el peronismo, y ahora perdió, decÃan: “Tenemos los medios pero Cambiemos nos sacó 20 puntosâ€. Pero quizás no tenÃan los medios porque los medios locales son cada vez menos determinantes ante la generalización de la televisión por cable, que hizo que en Salta o RÃo Gallegos vean TN. Gracias al cable los canales de Buenos Aires y los canales de noticias se nacionalizaron transformando la polÃtica al punto de que los últimos tres candidatos presidenciales eran todos porteños. Entonces, no es que los medios tradicionales no influyan. Los que influyen son los medios de Buenos Aires.
—Depende mucho de las provincias. De todas maneras, creo que los medios influyen, y mucho. Eso lo aclaro porque creo que ya no tienen un monopolio de influencia como existÃa hace treinta o cuarenta años, y esto se da de distintas maneras.
—Me viene a la memoria McLuhan y su citadÃsima frase “El medio es el mensajeâ€. Si importa el medio más que el mensaje, la comunicación del Gobierno no es exitosa por su contenido, sino porque cuenta con la mayorÃa de los medios a favor, los que emiten desde Buenos Aires lo hacen para todo el paÃs. ¿No lo cree?
—Depende con quién hable, le pueden cuestionar esa interpretación. Si uno revisa la cobertura de la televisión en los últimos dos años, se habló mucho más de crisis económica y de tarifas que de las bondades del Gobierno.
—Es cierto.
—Lo cual no quita que sea cierto que quien es oficialista tiene más ventajas, en términos de centralidad, que el que no lo es.
—Es cierto que hubo crÃticas y preocupación por la tardanza en el crecimiento de la economÃa, pero no hay duda que la mayorÃa de los medios fueron mucho más crÃticos con el kirchnerismo durante estos años. Generando, por comparación, apoyo al Gobierno. Nadie podrÃa decir hoy que la mayorÃa de los medios no apoyan al Gobierno…
—No, está claro. Pero en ese caso hay un alineamiento de valores, más que un apoyo al Gobierno. Porque no hay ni hubo ninguna negociación con los medios. Cuando un periodista en algún medio critica al Gobierno y es atacado por las redes sociales, mucha gente, dice: “Ah, son los trolls de Peñaâ€. Y ahÃ, para mÃ, es donde entra en crisis la lógica de lo vertical o lo horizontal, lo de arriba y lo de abajo. ¿Quién creó Cambiemos? ¿Los votantes que lo defienden o los medios y el empresariado, como piensa el kirchnerismo? Nosotros creemos que se van a seguir sorprendiendo con nuestro éxito y nuestra fortaleza de imagen. La razón es simple: esto surgió de abajo hacia arriba, por eso la gente lo defiende como algo propio.
—Le debe llamar la atención la cantidad de crÃticos actuales del kirchnerismo que no lo eran en 2015. Tal vez esto debiera hacerlo reflexionar. ¿Apoyan a Cambiemos o, como tantas otras veces se ha vivido en Argentina, es un volátil humor social?
—Combinamos ambas cosas en nuestra base electoral. Muchas veces los más crÃticos con nosotros son los que nunca votaron al kirchnerismo, los más duros. Nos pasaba en la Ciudad. En Recoleta ganábamos por el 80% y nos criticaban todo el dÃa, “¡Cómo no hacen esto, no hacen lo otro!â€. El antikirchnerismo furioso ha tenido una visión muy tensa con nosotros. Nos exigÃan que estemos en el centro del ring golpeando a Cristina y mucho más. Pero si uno va y dice “el jefe es el votanteâ€, debe saber que el ciudadano cambia cada cinco minutos. Quien piensa que tiene un cheque en blanco y apoyo incondicional puede estrolarse contra la pared.
—En “La espiral de silencioâ€, la politóloga alemana Elizabeth Noelle-Neumann explicó que las personas adecuan sus pensamientos al que creen es el de la mayorÃa en cada momento para no correr el riesgo de ser rechazadas. Los medios tienen tanta importancia porque les indican a las personas qué pensar si quieren ser aceptadas por la mayorÃa y con la misma facilidad que adhirieron cambian de idea si perciben que la mayorÃa también lo hizo. ¿Le preocupa ser vÃctima de ese fenómeno en el futuro?
—Eso lo veÃamos mucho en los cualitativos entre 2011 y 2015. El miedo, en esa época, jugaba a favor del kirchnerismo. Un kirchnerista, en un focus group, anulaba al resto por el pánico que generaba. El silencio es lo más perverso y creo que eso se generó cuando ella volvió a ser candidata. Durante un par de meses volvió el miedo, que es el mayor enemigo de la esperanza. Nosotros no nos comemos la pelÃcula de que somos los mejores del barrio y no hay ningún riesgo de hacerlo. Al menos en el corto plazo, porque el riesgo del sÃndrome del poder es algo que hay que tener muy presente.
—En un reportaje anterior le pregunté por el sistema de los dos vicejefes de Gabinete y usted dijo que al fin de la gestión Quintana y Lopetegui no iban a seguir siendo considerados CEOs o empresarios, sino polÃticos. ¿Van en esa dirección? Y, ¿tuvieron roces con otros funcionarios, por ejemplo con Alberto Abad?
—El tema este de quién es o no es polÃtico responde a una vieja discusión, esa idea de que el club de los polÃticos repartió los carnets hace tiempo, y ya no hay más. Hay invitados que son CEOs, son marketineros y no polÃticos, pero resulta que el club ya repartió los carnets. No. Hemos roto ese concepto, y hay más carnets ahora. Se acabó el monopolio.
—Lo que plantea el libro “Posdemocracia†es que primero se era militante, después miembro del partido en una ciudad, una provincia, un cursus honorum para llegar al Poder Ejecutivo que tal vez superaba los veinte años. No llegaban de un dÃa para el otro, como pasó con Quintana.
—Claro. Pero con una particularidad: en la Argentina –y esto me lo dijo Graciela Fernández Meijide y me quedó para siempre– en 1983 el proceso estaba interrumpido, y esa generación, con méritos y defectos, como todos, tuvo que hacerse cargo sin ningún cursus honorum.
—Pero los ministros de AlfonsÃn eran todas personas con trayectoria en lo público.
—SÃ, pero los más jóvenes más o menos… TenÃan una trayectoria mucho más acotada en un contexto público muy especial, en los años 70.
—La crÃtica recae en la cantidad de personas que han traÃdo del mundo de las empresas.
—SÃ, lo sé. Y lo hicieron también por gente de otros ámbitos, como Miguel del Sel o el árbitro Héctor Baldassi, que han hecho un enorme aporte para que la Argentina esté hoy como está, viviendo en un régimen democrático abierto y no en Venezuela. Es importante reivindicarlos porque se la jugaron y ayudaron cuando era más difÃcil ser parte del cambio. Con popularidad y también ejemplaridad.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de alguien con algo para perder, que se metió en polÃtica para hacer un aporte. Se le puede criticar tal declaración o tal otra, pero son mucho más que algunos dirigentes polÃticos de prestigio dudoso. Pero fue injusto, porque uno fue testigo del compromiso con el que trabajaron. Y volviendo a su pregunta de los roces, creo que no han sido tantos. Logramos un nivel de consistencia en el equipo superior al que tenÃamos hace un año.
—Cuando hicimos el anterior reportaje, Alfonso Prat-Gay todavÃa era ministro. ¿Se fue mal del Gobierno?
—No sé si terminó mal. El tema fue la comprensión de un método de trabajo ideado por Mauricio. A veces sucede que, cuando alguien discute lo secundario, es porque no se anima a discutir lo esencial. Que una persona votada por la mayorÃa pueda elegir cómo construir su propio equipo no admite discusión.
—¿Cuando Macri dijo que Quintana y Lopetegui “son mis ojos y mis oÃdosâ€, significa que quien los discute lo discute a él?
—SÃ, y a un método que es el equipo, por encima de las personas. Es una disciplina por encima de las creatividades y las espontaneidades. Es la planificación, la transparencia en función, en contra de la genialidad táctica. Eso no quita que quienes se han ido no sean excelentes personas y dirigentes. Tal vez en otro contexto, en otro cargo, hubieran andado mucho mejor.
—O con otro método.
—O con otro método, sÃ; y esto no hay una subvaloración. Me parece justo reconocer que el método diseñado por Mauricio ha sido eficaz para poner en marcha una gestión transformadora. En el caso de Alberto Abad, nunca he escuchado un ruido con Mario y con Gustavo, al contrario. A Alberto lo valoramos mucho, es la encarnación del buen funcionario público, un gran jugador de equipo. No tengo ningún registro de que se pueda ir por problemas de funcionamiento. En todo caso, si hay o no una situación personal, pasará más por él.
—En los tiempos que se usaba el método clásico de ocho ministerios, no existÃa el jefe de Gabinete, figura que nace a partir de 1995. Si hoy hay el doble de ministerios, ¿los ministerios se han convertido en lo que antes eran secretarÃas al tener un jefe de Gabinete que los supervisa, más dos vicejefes y más veedores en cada cartera?
—Creo que no, porque la ampliación de los ministerios es algo que ocurre en todo el mundo. Tiene que ver con las particularidades de agenda que se han ido desarrollando. Hace veinte años, un Ministerio de Medio Ambiente no hubiera sido imaginable. Ni uno de Ciencia o de Turismo. Pero me parece que no se termina de comprender del todo el rol de Mauricio en la gestión. La Jefatura de Gabinete es un auxiliar del Presidente, no lo reemplaza: él no juega al golf mientras nosotros gestionamos. El Presidente tiene un nivel de seguimiento de cada ministerio que, me animo a decir, no tuvo antes ningún presidente.
—¿El método de Macri no podrÃa funcionar con el modelo de ocho ministros?
—No, pero por otra particularidad. Además de la implicancia simbólica de cada ministerio hacia el afuera, hay una implicancia hacia adentro. Hemos recibido un Estado muy degradado, con necesidad de impulsar una enorme cantidad de reformas. Tener muchos ministerios permite que los ministros estén más cerca de las áreas de gestión de la lÃnea.
—¿Una problemática más compleja exigió más especializaciones jerarquizadas?
—Hicieron falta dos cosas: concentración del rumbo estratégico pero también capilaridad del funcionario que está cerca de la ejecución de los temas. Si uno tiene un Ministerio de EconomÃa, entre el ministro y la toma de decisión de la lÃnea hay siete u ocho niveles. En todo el mundo las estructuras organizacionales plantean que hay que tener más reportes. Parte de las reformas que haremos tiene que ver con tener más reportes, a menos gente.
—¿En el futuro se mantendrá asà o una vez que el Estado esté ordenado se reducirá?
—Es probable que en lo polÃtico sea parecido. En lo que hay que crecer es en capas de concursos que permitan que el nuevo presidente llegue con menos nombramientos. Hay que confluir hacia una burocracia más estable.
—Usted trabajó en dos ONG: el Cippec y Poder Ciudadano. Varios constructores de ONGs pasaron a ser ministros en la Ciudad y en la Provincia. ¿Es porque ellos tienen una mirada de la polÃtica afÃn a Cambiemos?
—En el contexto de crisis y poscrisis de 2001, emergieron muchas ONG, y eso hizo que cuadros que en condiciones naturales se hubiesen sumado al Estado trabajaran allÃ. Hay un alineamiento, cierta mirada de la democracia, del mundo y de los valores que hace que sea más congruente converger hacia nosotros que hacia otras fuerzas.
—¿Cuántas denuncias judiciales acumuló?
—Ya perdà la cuenta pero son 15, o 20, no sé cuántas. Muchas se cerraron rápidamente, por suerte.
—¿Cree que a partir de diciembre, ya sin Gils Carbó como procuradora, la cantidad de denuncias va a disminuir? ¿Realmente piensa que ella fue promotora de ellas?
—No me consta que fuera Gils Carbó la promotora. Sà me consta que hay denunciadores seriales que respondÃan a una estrategia polÃtica del kirchnerismo y ahora son juzgados por falsas denuncias. Lo que sà es que a Gils Carbó no se la veÃa entusiasmada en resolver los casos del gobierno anterior, y sà con investigar al poder actual.
—Cuando en el reportaje anterior le pregunté si usted serÃa candidato me contó la importancia de mantener la relación actual con Macri, la que Obama le elogió porque habÃan logrado una sincronización mental que les permite actuar sabiendo casi de memoria qué hará el otro. ¿Cómo construyeron ese vÃnculo?
—Con el tiempo. Conociéndonos, conociendo nuestras ideas. Eso nos permite actuar casi de memoria. En estos 15 años vivimos muchas peleas, conflictos, pruebas de carácter, de lealtad, de valores. Eso nos permitió construir la confianza.
—Le asignan a Macri ser muy calabrés, en el sentido de que va más allá del origen de su familia: en el lunfardo argentino ser calabrés es sinónimo de cabrón. ¿Es asà el Macri que usted conoce?
—SÃ, por supuesto. Pero una de las cosas más valiosas de Mauricio es su tesón para trabajar y poner un colchón entre su carácter pasional y la toma de decisiones. A veces le agarran los enojos, pero el filtro no es externo: es él mismo. Trata de decidir a partir de la reflexión, del método de grupo.
—Ese es el Macri que usted conoce en la intimidad, ¿es como dicen buen pagador con quienes lo apoyan y muy duro e inflexible con quienes se le oponen?
—Es menos duro de lo que se piensa. Debe ser porque no es una persona rencorosa. Mauricio, con el tiempo, aprendió a usar su energÃa en la construcción, no en el rencor. Es menos rencoroso de lo que ha sido en otro tiempo, o de lo que serÃa una persona normal. Aprendió a manejarlo. El recibió mucho veneno, mucho ataque personal. Pero pudo hacer un clic. En eso Juliana y Antonia lo ayudaron mucho. Eso fue fundamental.
—¿Alguna vez, al levantarse o al acostarse, tuvo angustia pensando cómo un muchacho con poco más de 20 años como usted, alguien poco carismático como RodrÃguez Larreta, otra veinteañera como Vidal y un empresario como Macri, en un paÃs antiempresario como el nuestro, en 15 años hayan logrado cambiar la polÃtica argentina? ¿No le aparece el fantasma de que todo pueda deshacerse con la misma velocidad como creció?
—No. Siento una profunda emoción. Lo siento en las recorridas que hacemos, por la devolución de los ciudadanos. No me angustia, al contrario. Tomo conciencia de que eso que sucede es más trascendente de lo que nosotros somos.
—¿Nunca teme que ese afecto de la gente pueda ser efÃmero?
—Es como con cualquier relación de amor: llega un punto de estabilidad. No debemos y no queremos jugar a esa exaltación de la pasión. Es un vÃnculo basado en la confianza, una confianza muy serena. Esta elección ha sido, paradójicamente, la que menos festejamos. Mauricio comió un sándwich en la barra y nos fuimos a dormir temprano. A las 8 estábamos acá, trabajando. Su idea es irse como entró, caminando, como un ciudadano normal. No va a traicionar ese mandato. Mientras seamos transparentes y genuinos, podemos apostar a que no habrá decepción.
—Cumplió 40 años hace poco. ¿Sintió algún sÃntoma de la medianidad de la vida?
—TodavÃa no. La verdad es que soy muy feliz con la vida que llevo. Disfruto de mi familia, hago lo que me gusta, tengo salud, por suerte. Me siento bien, en plenitud.
—Usted es el más joven de los fundadores del proyecto polÃtico que los llevó al poder, y tendrá la edad que Macri tuvo al asumir en 2035. Le quedan cinco elecciones presidenciales para no presentarse o perder. Ya con 40 años y dos de experiencia en el Ejecutivo, ¿qué reflexión hace respecto de su futuro?
—Hay que ir etapa por etapa. Ojalá Mauricio quiera y la gente decida que estemos seis años más aquÃ. Ahà voy a completar veinte años de función pública, una experiencia y un aprendizaje maravillosos. Hace unos dÃas lo hablaba con Luciana, mi mujer: hay que estar consciente de que uno no maneja ciertas cosas. Asà que lo mejor es enfocarse en el dÃa a dÃa, hacer las cosas bien, con un desprendimiento genuino, sabiendo que esto sólo sirve si uno sabe que mañana puede irse. Y si eso pasa, habrá que ser feliz igual.
#PeriodismoPuro es un nuevo formato de entrevistas exclusivas con el toque distintivo de Perfil. Mano a mano con las figuras polÃticas que marcan el rumbo de la actualidad argentina, Fontevecchia llega a fondo, desmenuzando argumentos y logrando exponer cómo piensan los mayores actores del plano del poder. Todas las semanas en perfil.com/PeriodismoPuro
—Uno de mis ocho bisabuelos, Mauricio Braun, fue un inmigrante judÃo, ruso, que llegó a fin del siglo XIX a Punta Arenas y a los 7 u 8 años, a medida que crecÃa, comenzó a emprender con el asunto de las ovejas, y se casó con mi bisabuela Menéndez, que era la hija del supermercadista del pueblo. Era un paraje en 1870, 1880, y empezaron a trabajar en toda esa zona desarrollando la producción de ovejas, centralmente de lana. Tuvieron diez hijos, y cada uno de éstos tuvo diez hijos, entre los cuales está mi madre, que es la novena del octavo hijo de Mauricio Braun. Esa historia familiar generó mucha polémica en torno a cómo fue esa ocupación de la Patagonia, cómo fue esa historia de pioneros. No sé exactamente cuántos son, pero hay cientos de descendientes, hay de todo en esa familia. Supongo que Verbitsky pone mis apellidos maternos para colgarme una etiqueta. Yo no tengo ningún problema porque, como siempre digo, soy orgulloso hijo de mi madre y de mi abuelo cientÃfico.
—¿Su bisabuelo Mauricio es el fundador de los supermercados La Anónima?
—Entre muchas otras cosas.
—¿Y a su madre le quedaron de herencia acciones de La Anónima?
—Entre los hijos de Mauricio Braun estaba Eduardo Braun, que era mi abuelo, que básicamente se dedicó a la ciencia y murió muy joven. Era discÃpulo de Houssay y trabajaba con Leloir. Juntos fundaron gran parte de la ciencia aplicada de la Argentina, pero murió cuando mi madre tenÃa 15 años en un accidente de avión en 1959, el primero que tuvo Austral. Una de las ramas de esos diez se quedó con la parte del supermercado y el banco, que es el Banco Galicia, y les fue muy bien. La mÃa se dedicó más a lo intelectual, a lo cientÃfico. Nunca tuvo parte de La Anónima.
—Repasemos a aquellos que son más conocidos. Está su tÃo, Federico Braun, el propietario o accionista mayoritario de La Anónima.
—Primo hermano de mi madre. Mi tÃo segundo.
—Luego, Miguel Braun, el secretario de Comercio y sobrino de Federico Braun, que también tuvo actividad empresarial y fue socio de Pampa Cheese.
—SÃ, mi primo segundo.
—Tomás Braun, quien representa a la familia en el Banco Galicia, ¿es primo suyo también?
—Primo segundo. Son todos descendientes de la rama Braun Seeber, que se dedicó al banco y al supermercado.
—¿Cuántos primos tiene?
—Primos segundos, cientos. No conozco a la gran mayorÃa. Es una familia muy, muy grande, primos hermanos tengo entre treinta y cuarenta. Somos muchÃsimos, con distintos perfiles. El padre de Mike Braun se dedicaba a la polÃtica en el peronismo de izquierda, no sé si en Montoneros. Hay de todo.
—En el libro “Los primos. Macri y el retorno de la meritoaristocraciaâ€, de Delgado Jordan, se cuenta la historia de los Braun y de los cruces con otras familias.
—A algunos los conozco bien, y a otros nunca los vi. El intento de construir la tesis de que existe una aristocracia oligarca en la Argentina no resiste a la historia en general. Muchos dicen: “¿Cómo puede ser que, perteneciendo a la poderosa familia Braun, el patrimonio de Peña sea tan exiguo?â€. En la Argentina de hoy, no quiere decir nada un apellido. No indica ni una conducta ni un comportamiento.
—Su tÃo recientemente fallecido, el padre Rafael Braun, fue filósofo, rector de la Universidad de Siena y director de la revista “Criterioâ€. Lo conocà como miembro de la Academia Nacional de Periodismo. ¿Era el hermano de su mamá, Clara Braun Cantilo?
—SÃ, y los presentó a mis padres, además, porque estudió en Lovaina con mi padre y ahà se conocieron. Cuando volvieron de Europa le presentó a su hermana, mi madre.
—¿En algún momento fue su mentor o inspirador?
—Siempre fue una referencia humana e intelectual para todos nosotros. Una persona que querÃamos mucho, generoso, inquieto intelectualmente pero muy cálido humanamente. Fue alguien que, en algún momento de nuestras vidas, nos ayudó mucho. Como a mucha gente.
—Se le han hecho crÃticas reprochándole no haber sido crÃtico de la dictadura. ¿En algún momento su tÃo le comentó si eran injustas?
—Nunca hablamos mucho sobre el tema. Y ya hace unos años que tenÃa una enfermedad.
—¿Rafael era de los Braun del lado epistémico, la parte de los médicos y los filósofos y no de los empresarios?
—Toda esa rama Braun Cantilo, y también mi bisabuelo, fue muy cercana a Bernardo de Irigoyen, gobernador de la provincia de Buenos Aires. Tengo de un lado a un bisabuelo como Mauricio Braun, y del otro los Cantilo, la polÃtica, la intelectualidad. El pensamiento de lo religioso también estaba muy marcado en esa rama, que, de las diez, era una de las más intelectuales de los Braun.
—La última vez que hablamos me dijo que su suegra simpatizaba con el kirchnerismo. ¿Votó este año a Cambiemos? ¿Logró convencerla?
—La verdad, ni hablamos de las elecciones. Este año nos llevamos bárbaro hablando de sus nietos, encontrando esa convivencia…
—Nadie le va a creer eso.
—Es verdad. Pero tiene que ver con algo que también pasa en este momento en la Argentina: hay que aprender a respetar las diferentes visiones.
—Pero lo que le habÃa preguntado era por quién votó.
—No lo sé, juro que es cierto. Al dÃa de hoy no hablamos de las elecciones.
—Su mujer, Luciana Mantero, madre de sus dos hijos –Lucas, de 10, y JoaquÃn, de 4–, ¿es más progresista que usted?
—SÃ, viene de una familia que es de esa tradición. Nos sentimos muy cómodos pensando los dos bastantes cosas parecidas, cada uno desde su perspectiva. Hace 16 años que estamos juntos. Lo lindo es que, viviendo historias familiares distintas, hay mil cruces de ideas, inquietudes.
—Usted tiene cuatro hermanos. El mayor, Ignacio, es asesor en el Ministerio de Innovación de la Ciudad; el menor, Andrés, es arquitecto, subsecretario de Desarrollo Institucional Productivo de la Nación.
—Ignacio se dedica a varias cosas, él es un obsesivo de todo lo que tenga que ver con los cambios tecnológicos. Ha trabajado con otros paÃses, con otros organismos y nos da una mano en eso. Estudió economÃa: tiene un posgrado en Wharton. Trabajó años en consultoras y vivió en Brasil.
—Los otros dos hermanos, Tomás y Julián, que no tienen función pública, ¿a qué se dedican?
—Tomás es emprendedor, trabaja en temas de tecnologÃa agropecuaria. Vivió en Estados Unidos y trabajó en el sistema financiero. Julián es abogado, especialista en derecho de competencia, y se dedica a eso en el estudio Allende & Brea.
—Por lo que dice su declaración jurada, usted vive en un departamento de setenta metros cuadrados.
—SÃ, correcto.
—Que es donde yo querÃa hacer esta entrevista, pero dijeron que no entrábamos.
—No entrábamos, es cierto.
—Sus padres no le han dejado patrimonio, pero les dejaron, a usted y a sus hermanos, una educación costosa. Wharton, por ejemplo. Son todos egresados universitarios, y con posgrados.
—SÃ, nos dieron un montón de cosas. Los valores humanos, el compromiso con el trabajo, la inquietud intelectual, una visión muy fuerte del mundo, el valor de la integración. Mi padre hace cuarenta años que se dedica a eso.
—Su padre, Félix Peña, es economista por la Universidad de Lovaina, doctor en Derecho por la Universidad de Madrid, profesor en varias universidades, autor de muchas publicaciones económicas internacionales, reconocido y respetado en el ámbito del comercio internacional, y también fue subsecretario del área de EconomÃa de CancillerÃa durante la Guerra de Malvinas con Nicanor Costa Méndez como canciller. En su momento nosotros consultamos si él dijo, textualmente, refiriéndose a la dictadura militar: “Llegué a la CancillerÃa cuando habÃa claras señales de que estábamos al final de una etapa y se iniciaba una transición hacia la democracia. No hubiese integrado antes el gobiernoâ€. Y también aclaró que no tuvo ninguna intervención relacionada con las denuncias de violaciones de derechos humanos. ¿Cómo se relaciona usted con esa parte de la biografÃa de su padre en la dictadura?
—Lo hemos hablado bastante. Mi padre tenÃa un compromiso con la democracia y los derechos humanos, era muy difÃcil ser un intelectual comprometido con lo público en esos tiempos, con esos vaivenes. En los primeros tiempos de la dictadura él era mirado con recelo porque estaba en el Intal, un organismo internacional que hablaba de integración. Allà habÃa muchos intelectuales perseguidos. Recuerdo algo que contaba y le decÃan de ambos lados, esta idea de lo difÃcil que es no ser etiquetable en Argentina, algo que la mayorÃa de las veces te deja mal parado. Lo que más rescato de su visión es su honestidad intelectual, el tratar de meterse para ayudar para que, aun en ese contexto, la Argentina no se aislara del mundo. Después de la guerra mi padre tuvo el trabajo de recorrer el mundo para mandar ese mensaje: el de una Argentina que se volvÃa a conectar. Lo hizo con la mayor honestidad intelectual. Me parece muy difÃcil juzgarlo desde este lugar, cuarenta años después.
—Durante el gobierno de AlfonsÃn, su padre no siguió en CancillerÃa y volvió durante la presidencia de Menem al mismo cargo. ¿Qué sucedió entre 1983 y 1989?
—Nos fuimos a vivir a Estados Unidos a mediados de 1984, hasta 1990. Mis hermanos, a medida que terminaban el colegio, volvÃan a estudiar al paÃs y nos quedamos los más chicos allá con él, cursando el colegio primario. Mi padre estuvo en el BID seis años, trabajando en el tema integración. VivÃamos en Potomac, Maryland.
—Vayamos de su familia a su otra familia, la de la polÃtica. ¿Qué diferencia hay entre este PRO de hoy y aquel por el que usted fue legislador de la Ciudad en 2003?
—Una conciencia mucho más fuerte del valor que podemos aportar, una autoafirmación a partir de la experiencia, la convicción, el valor de construir algo nuevo. En 2003, 2005, 2007 y hasta 2009 e incluso 2013 tenÃamos la duda de converger o no con el peronismo no kirchnerista. En sucesivas etapas fuimos reafirmándonos y nos decÃamos: “Lo que hacemos tiene valor, va a crecerâ€. Nos sirvió perder con Ibarra en 2003. Crecimos, superamos discusiones internas. Maduramos.
—¿El momento clave de maduración del PRO es cuando deciden discontinuar la hipótesis de unirse con el peronismo no kirchnerista?
—Ahà culmina un proceso. Son diez años, desde 2003 hasta 2013, con la famosa discusión con el grupo de Lavagna, De Narváez, De la Sota. Esa negociación, que culmina en un crecimiento nacional, después nos lleva a converger con el radicalismo y la Coalición CÃvica. La tesis con ese proyecto de integración con el peronismo era decir: “Macri es un lÃder interesante, tiene buen equipo, pero no hay futuro polÃtico que no incluya al peronismoâ€. Con el tiempo fuimos combatiendo esa idea. Hasta el final del dÃa que discutimos si nos aliábamos o no con Massa en 2015.
—¿Hubiera sido un error aceptar la propuesta de Duhalde de que Macri fuera candidato a presidente en 2003 por el PJ?
—Ese es un punto de inflexión de nuestra historia. Es difÃcil hacer la contrafáctica. A veces, hasta Mauricio piensa: “¿Qué hubiera sido del paÃs sin el kirchnerismo?â€. Pero tomó la decisión correcta.
—En 2005 la alianza era con López Murphy. ¿Hubo un alejamiento de una economÃa neoliberal y noventista?
—No coincidÃamos tanto con el Recrear de López Murphy. Pero la evolución de nuestro pensamiento económico se da también a partir de la vocación de ampliar nuestra representación polÃtica. No querÃamos ser una prótesis del neoperonismo ni un partido testimonial, ideológico. Nuestra idea era ser un partido con vocación de representar mayorÃas.
—¿López Murphy es dogmático?
—Es asÃ. López Murphy tenÃa una visión más ideológica. Pero, al mismo tiempo, muchas de esas dirigencias también se sienten representadas por Cambiemos a partir de un liberalismo más amplio, más polÃtico. La discusión entre economistas se da alrededor del gradualismo sà o no. No pretendemos que todos piensen igual: sólo atamos lo polÃtico y lo económico.
—¿Lo que siempre mantuvo Macri fue la vocación de triunfo, la necesidad de ganar las elecciones?
—Absolutamente. Ese es él, lo hablábamos hace poco, pero el chip lo tomamos también del propio peronismo, y tiene que ver con la cultura democrática de Estados Unidos, entre otros paÃses. La idea de que el que tiene más votos manda, lidera, gobierna, transforma.
—En ese acercamiento al centro, ¿la unión con el radicalismo en 2015 aportó más de lo que hubiera aportado un acercamiento al peronismo antes de 2013?
—Lo que más ganamos todos, en esta integración con el radicalismo, es asumir como agenda propia ideas muy demandadas por la clase media, una visión del poder, de la democracia, de la república, y una dimensión ética que va más allá de la cuestión de la transparencia. La cultura radical tiene una valoración de lo republicano superior a la del peronismo.
—¿Un estilo menos agresivo de ejercer el poder?
—SÃ, pero no se trata de un estilo en términos sólo de estética, sino en el reflejo de los valores. Un dirigente con estilo amable, de diálogo, parece muy moderno, pero su diseño institucional no responde mucho a eso. Esa incongruencia es parte del problema. También la hipocresÃa o el doble discurso se perciben rápido, y ahà el valor de la coherencia entre lo que sos, lo que decÃs y lo que hacés es imprescindible. No hay operación de comunicación que pueda ocultar eso.
—¿Esta elección de 2017 cerró algún ciclo?
—Cierra tres ciclos: uno corto, uno mediano y uno largo. El corto, la transición 2015-2017, que era nuestra llegada al poder, porque estaba la duda de si éramos de mandato negativo o positivo. Cierra el ciclo de 2001, en una parte al menos, en términos de la aparición de una oferta competitiva que ofrezca alternancia en todo el paÃs. Y finaliza el perÃodo nacido en 1983 también, con la aparición de un ciclo polÃtico generacionalmente diferente. Uno de los grandes méritos de la generación de 1983 fue parir una generación democrática. Ha sido el perÃodo democrático más largo de nuestra historia y permitió que un montón de dirigentes de distintos partidos que nunca fueron privados de votar llegaran a los espacios de responsabilidad. Eso nunca habÃa ocurrido.
—En el siglo XXI, en los paÃses desarrollados, comenzó un ciclo de destrucción de los partidos tradicionales y la emergencia de partidos nuevos. ¿Es una respuesta de los votantes porque desde la caÃda del comunismo el capitalismo se estancó y empeoró la distribución de la renta?
—Soy menos economicista en el análisis. Se trata más de una transformación de la representación que de una insatisfacción económica. Porque hay paÃses, y muchos de nuestra región, a los que les fue maravillosamente bien en lo económico pero no fueron capaces de reconvertir su liderazgo polÃtico. Es natural que la sociedad demande cosas diferentes, en tanto maneja cosas distintas en las demás facetas de su vida.
—¿Se sobreestima la importancia que tiene la economÃa electoralmente?
—Es una dimensión, pero no la dimensión central. La gente ya no vota sólo con el bolsillo, y esta elección lo demostró. Aunque durante un colapso económico es lógico que suceda.
—Berlusconi, quien siendo empresario fue primero en los 90 presidente del club de fútbol más popular de Milán y luego presidente de Italia, ¿inspiró al Macri joven que decidió dedicarse a la polÃtica creyendo acertadamente que podrÃa ser presidente?
—La mayorÃa de las veces que hablamos de Berlusconi, es por las anécdotas personales. Ellos tienen una muy buena relación, por el tema del fútbol y otras cuestiones. No tanto a partir de la experiencia de la construcción polÃtica.
—En el último libro del sociólogo Hartmut Rosa, profesor de la Universidad de Jena en Alemania y de la School of Social Research de Nueva York, titulado “Alienación y aceleraciónâ€, considera caracterÃstica patológica de la tardomodernidad el aceleramiento y como su consecuencia la alienación. ¿Los partidos polÃticos tradicionales, como toda tradicionalidad, están afectados por esta aceleración, cuya alienación genera pérdida de identidades sociales y partidarias?
—Definitivamente. No solo los partidos polÃticos, todas las instituciones polÃticas sobre las que está montado el diseño republicano en el que vivimos. Fueron diseñados para una sociedad dramáticamente distinta en su faz temporal, en su faz comunicativa y en su complejidad.
—¿El futuro competidor de Cambiemos será también un partido nuevo o un panperonismo aggiornado?
—No lo sé. Depende mucho de cómo lo procesen los lÃderes que quieran un peronismo distinto, dependerá de la discusión con las distintas facciones de pensamiento que conviven allÃ. El mayor problema es tener una fuerza polÃtica que se ordena solo a partir de la búsqueda del poder, con una amplÃsima gama de valores y de pensamiento, acostumbrada a no competir. Dependerá de ellos.
—Si hasta 2013 una de las hipótesis era aliarse con el peronismo no kirchnerista, y hay una superposición de votantes del peronismo no kirchnerista y Cambiemos, ¿cómo podrÃa diferenciarse electoralmente en el futuro el peronismo no kirchnerista?
—Hay dos cuestiones ahÃ. Por un lado, ese mito eterno de que, sin peronistas, no se podÃa gobernar. Eso quedó desterrado en estos dos años, algo que era muy necesario porque la idea de un monopolio de gobernabilidad era dañina para la alternancia. Por otro lado, al ser tan amplio el abanico del peronismo, no alcanza con los no kirchneristas para dividir en dos. Si uno habla con peronistas de distintos sectores, el desafÃo tiene que ver con esta cuestión temporal, la idea de modernidad, lo global, lo democrático en la práctica, no solo en la forma.
—Siendo parecidos a Cambiemos, ¿pueden construir una alternativa real?
—Me parece que sÃ. Hay espacio porque no hay una vocación hegemónica en la sociedad ni en Cambiemos. Y también es probable que persista una parte del pensamiento asociada al kirchnerismo, como un conjunto de valores.
—¿El dÃa que surja una competencia de Cambiemos con posibilidades de triunfo será porque logró amalgamar también a quienes votaron en octubre por el kirchnerismo ?
—Hay una parte del pensamiento del voto kirchnerista que es antagónico al nuestro. Tienen una visión más reaccionaria y conservadora, una visión antigua y obsoleta de cómo funciona el mundo y una subvaloración de ciertos principios éticos.
—Me referÃa a sus votantes.
—El que votó a Cristina Kirchner hoy, en 2017, transmite esos valores. No digo que tolere la corrupción, digo que tiene una visión distinta respecto a las responsabilidades o al peso de la corrupción en la administración pública. De otra manera, no la hubiera votado.
—¿No cree entonces que el lÃder del nuevo peronismo será quien logre absorber y modernizar al kirchnerismo?
—SÃ, puede ser… Lo que sà creo es que hoy lo mayoritario en nuestra sociedad es una visión de demanda similar a Cambiemos. El desafÃo para nuestros rivales será no construir a partir del “rechazo aâ€.
—¿Puede en el peronismo surgir un Tony Blair que, en lugar del Nuevo Laborismo, recree el Nuevo Peronismo?
—SÃ, es posible. Hay mucha gente valiosa en el peronismo. Y esto va de la mano con que todavÃa transcurrimos un proceso de transición. En este mandato de Macri estamos jugándonos el ir hacia un flujo más razonable. En este perÃodo se complica la discusión de los matices. Acá no discutimos la polÃtica de salud tal o cual, discutimos si salimos o no de la zona de peligro.
—La decadencia del trabajo manual y la proliferación de los servicios reducen la representación de los sindicatos y los partidos que se apoyaban en ellos. Al no contar con el aporte de los afiliados al sindicato, el laborismo tuvo que financiarse con aportes de las empresas, como los demás partidos, perdiendo su esencia ¿Le está pasando al peronismo algo similar y para reinventarse, como el laborismo con Tony Blair, tiene que correrse al centro?
—Sin duda: ese es el desafÃo y la oportunidad. Para acostumbrarse a competir con otra fuerza, de igual a igual. Como decÃa un periodista amigo: venimos discutiendo desde hace mucho qué animal del zoológico es Macri y Cambiemos, y creo que ya todo el mundo entiende que es un animal que no estaba antes, un animal nuevo. A partir de allÃ, entender o comprender sus razones, su fundamentación, lo que les permitirá decir: “Puedo diferenciarme en estos puntos, y en estos noâ€. Y allà construir un gran centro.
—Como egresado de Ciencia PolÃticas, si tuviera que presentar un trabajo sobre cuál tendrÃa que ser la estrategia de la oposición para crear una alternativa competitiva a Cambiemos, ¿qué plantearÃa?
—Cambiemos perdió en algunas provincias y uno ve liderazgos que han sabido entender dónde está el eje de esta discusión, que no pasa tanto por el ataque o la confrontación sino por otras cuestiones. Se trata de competir, con identidades distintas, pero con un piso de valores que les permita disputar a un elector de clase media con aspiraciones de crecer.
—En varias provincias, el peronismo es una oferta más competitiva que Cambiemos.
—Totalmente. Incluso en algunas el kirchnerismo nos ha derrotado, porque también refleja un pensamiento. Pero nosotros vamos a trabajar para lograr una transformación en términos de la liberación de los sectores populares más indefensos. SerÃa un error para algunos peronistas creer que esa clientela, donde el caldo de cultivo es lo reivindicativo, será eterna. Nuestro objetivo es transformar esa realidad. Darles un rol de ciudadanos plenos, para que sean demandantes, igual que sus vecinos de clase media.
—¿Lo que necesita la oposición es un buen candidato, antes que ideas abstractas?
—Las dos cosas. Sin candidato es imposible ganar una elección, eso es seguro. Para Cambiemos también. La combinación es tener dirigentes, coherencia y una propuesta que represente a los votantes. Lo que más les hace falta a algunos sectores de la oposición es que nos vaya mal, en términos polÃticos. Mientras nos vaya bien, la demanda de una alternativa va a ser más reducida, y eso genera menos estÃmulo para que surjan nuevos liderazgos.
—Hay paÃses a los que les va bien, pero pasado cierto tiempo la sociedad se aburre de los mismos polÃticos. Aunque hubiera una buena gestión, pasados 12 años, es muy difÃcil que con la aceleración en la que se vive se siga votando al mismo partido.
—Es asÃ, sÃ. Pero el mejor antÃdoto para eso pasa por la construcción colectiva. La mayor satisfacción de Mauricio en esta elección, y hoy nos lo decÃa él mismo en el almuerzo, es que Cambiemos esté por encima de Macri o de cualquiera de sus partes. Si uno mira en la provincia de Buenos Aires, la calidad y cantidad de nuevos dirigentes que emergen como intendentes es un fenómeno similar al de 1983. Nuestros candidatos sabÃan qué ideas defendÃan, en qué equipo jugaban, qué valores transmitÃan. Se sentÃan parte. Este es el mayor valor agregado de Cambiemos, lo que nos da la resiliencia a futuro: no dependamos de una persona o un candidato.
—¿Es más fácil sintetizar valores en una persona que en un partido polÃtico?
—Claro, y es ahà donde está el mayor valor agregado de Mauricio Macri como dirigente polÃtico: lo sano que es en su ego. Eso le permitió construir algo que es más grande que él mismo. Esa es la diferenciación más notable y que se ha transmitido como regla de construcción.
—Puede ser que, aunque a ustedes no les vaya mal, la sociedad elija la alternancia.
—SÃ, las cosas pueden cambiar siempre. Quien defina algo a mediano y largo plazo con certidumbre se equivoca. Todo es muy frágil.
—Con los partidos con problemas identitarios, ¿el candidato es más crucial?
—En parte, sÃ. Pero esta elección demostró que puede haber algo por encima de un candidato, que es una fuerza polÃtica que represente una identidad y un valor colectivo que permita ganar aun con candidatos no tan conocidos, como nos pasó en Santa Fe o en la provincia de Buenos Aires, un candidato menos conocido compitió con una ex-presidenta de la Nación.
—¿No votaban por Macri?
—Cuando votan por Cambiemos votan, más que por Macri, por una forma de hacer polÃtica. Apoyan al Presidente, claro, pero el mensaje es más profundo. En las provincias no decÃan: “Quiero votar por Cambiemosâ€, decÃan: “Quiero votar por Macriâ€. Se generó algo que, incluso con el PRO, no habÃa sucedido antes. Es increÃble que se haya logrado tanto, en tan poco tiempo.
—¿El PRO era Macri y Cambiemos es más que Macri?
—SÃ, claramente.
—¿La izquierda, no como partido testimonial minoritario sino como proyecto de gobierno, está en retroceso en todo el mundo?
—Sin duda. Una parte ha ido mutando en proyectos bolivarianos, visiones autoritarias basada en el nacionalismo y en el rechazo al tiempo en que se vive. Para la izquierda, el sÃmbolo pasa a ser más importante que la realidad. Algunos dicen: “¡Volvamos a los 70!â€. Incluso la gente joven de La Cámpora transmite un mensaje reaccionario. Se viste igual que en los 70, canta los mismos temas, transmite los mismos valores. Retoma un pasado que puede idealizar como una reacción defensiva frente al cambio. Para muchos progresistas, el haber votado orgullosamente a Scioli refleja esa incongruencia. La izquierda clásica, con la caÃda del Muro, quedó en un lugar muy descolocado. Como el ex ministro Kicillof, que se basa en un pensador económico de la Alemania Oriental de los años 80 como modelo.
—Desde Yrigoyen, Perón y los Kirchner, siempre fuerzas a la izquierda del orden existente fueron las disruptivas. ¿Ya no hay espacio para la irrupción de esas fuerzas reivindicadoras?
—Basado ciento por ciento en la ideologÃa clásica del siglo XX, seguro que no. Como tampoco la derecha. Hoy los ciudadanos están menos dispuestos a votar por abstracciones que no tengan que ver directamente con su bienestar.
—Se afirma que la clave del éxito de Cambiemos ha sido la comunicación y que usted ha sido su artÃfice. ¿Es la comunicación tan importante?
—Para mà es básico. El ser humano difiere de otros animales por su capacidad de conceptualizar. La conceptualización es, por definición, un acto de comunicación. Construimos sÃmbolos, palabras o imágenes que para todos significan lo mismo. La polÃtica es la forma que encontró la humanidad para no matarse entre sà y construir una sociedad justa. Todo se basa en la representación y la legitimidad. La polÃtica es un acto que no se entiende sin representación. La forma de comunicación sobre la que se basó la polÃtica en el siglo XX, asociada a un poder vertical, ya no sirve. Unos amigos me decÃan: “Eso no es polÃtica, eso es marketingâ€. Entonces, ¿qué es la polÃtica? ¿Lo que cierran diez tipos en una mesa? Eso es una parte de la polÃtica, al igual que una parte de la comunicación es una conferencia de prensa, un aviso o un reportaje. Es imprescindible comprender que hoy todos somos acciones de comunicación. Salvo que alguien diga: “No me interesa ser votado, soy un cuadro de pensamiento, me dedico a esoâ€. Perfecto. Pero aun asà tiene que comprender el fenómeno porque los otros actores lo manejan. Nosotros somos polÃticos que sabemos comunicar.
—El último libro del sociólogo británico especialista en procesos de innovación institucional y a cargo de ese Instituto en la Universidad Europea con sede en Florencia, Colin Crouch, se titula “Posdemocracia†y sostiene que la creciente insatisfacción con la democracia en los paÃses desarrollados, por la pérdida de la calidad de vida desde la caÃda del Muro de BerlÃn, es consecuencia de la aplicación a la polÃtica de las técnicas de comunicación cientÃfica desarrolladas por las empresas de consumo masivo para satisfacer a sus clientes, haciendo que cada vez más los partidos polÃticos que triunfan sean aquellos cuyos conductores vienen de las grandes empresas.
—No creo que una herramienta defina los valores de ninguna propuesta. Una herramienta puede ser usada para bien o para mal, pero es una herramienta, un cambio tecnológico. No más que eso. Si uno quisiera comunicarse hoy por telegrama, nadie lo escucharÃa. Entonces, nunca la técnica puede ser responsable. No deberÃamos subvalorar al ciudadano ni sobreestimar el marketing. Una mala propuesta polÃtica, por más que tenga a los mejores publicistas, va a fracasar. El ciudadano es mucho más que eso. Entonces, lo que manda hoy es la relevancia del contenido. Si uno lo tiene, llega.
—Le voy a leer textualmente otro párrafo de Crouch: “Antes un partido polÃtico era concéntrico, sus lÃderes surgÃan de los activistas, estos provenÃan de los miembros del partido, que a su vez forman parte del electorado, pero con la profesionalización de la polÃtica y el uso de técnicas empresarias se invierte la secuencia: lÃderes, asesores, expertos y miembros de lobbies conforman la dirigencia, y los activistas son profesionales que pueden o no simpatizar ideológicamente con el partido y trabajan básicamente por dineroâ€.
—Para mà el problema es más profundo: los partidos fueron diseñados para una sociedad que ya no existe. Una sociedad donde uno tenÃa un trabajo y seguÃa allà toda la vida, y si era de una manera escuchaba a los Beatles y si era de otra, a los Stones; pasamos a una sociedad hÃper ultra fragmentada, donde las identidades son supervolátiles. ¿Cómo se construye previsibilidad e identidad colectiva en un tiempo de identidades tan frágiles? Es un enorme desafÃo para las ciencias polÃticas y para la polÃtica.
—¿Puede hoy en dÃa competir y ganar una elección un partido que no utilice las técnicas modernas de comunicación y estudio de comportamiento de los votantes a otro partido que sà las utilice?
—Hay cierto desconcierto, en parte. Uno lo veÃa recorriendo las provincias. Algunos candidatos nuestros decÃan: “No salimos en ningún medio porque son todos del gobernadorâ€. Bueno, les decÃa yo, vayan con la gente, instálense en el pueblo, recórranlo, generen conversación, y van a ver como ese monopolio del gobernador deja de ser efectivoâ€. En muchas de esas provincias, ganamos. La discusión pasa por las herramientas, pasa por cómo nos vinculamos con los votantes.
—AlfonsÃn perdió en todas las provincias que tenÃan un solo canal de televisión.
—Claro, pero hoy, treinta años después, cambió todo, y eso genera desconcierto. Varios peronistas amigos, en provincias donde ganamos, se sorprendÃan: “Nuestro gobernador tiene buena imagen, tenemos medios, invertimos en pauta, tenemos cartelerÃa, los punteros, ¡y nos ganan por 20 puntos! ¿Dónde está la trampa? ¿Qué cambió que no vi?â€. Lo que hay que hacer hoy es representar algo más contemporáneo, más representativo.
—¿Dónde está esa trampa?
—La estrategia y la coherencia. La coherencia es una herramienta espectacular. Si uno tiene coherencia entre lo que dice, lo que hace y lo que es, puede transmitir claridad de intención. Cuando les vamos a tocar el timbre los sábados a la mañana a quinientos pueblos al mismo tiempo, lo hacemos porque nos importa el que nos va a escuchar. Si se transmite que uno tiene la intención de hacer las cosas bien, eso tiene un valor infinito. Nosotros desarrollamos un camino alejado del marketing tradicional, es más: nuestros rivales dependen más del marketing empresarial que nosotros. Lo nuestro está basado en lo polÃtico.
—¿Imagina a la oposición modernizando sus técnicas electorales en 2019?
—Me parece que algunos confunden la herramienta con lo estructural. Creo que será una oportunidad grande para los que tienen alineamiento y coherencia con lo que son y lo que dicen; y será un enorme desafÃo para los que no, porque una de las condiciones naturales de este momento es la transparencia. Cada vez será más difÃcil el mediano plazo. La paradoja de esta aceleración es que la única manera de estabilizarse es con coherencia. Volverse predecible en las conductas aunque uno sea volátil en sus herramientas. Eso requiere una cuestión más profunda que una estrategia de campaña. Este es un tiempo de humanismo. Cuanta más tecnologÃa haya, más dramáticamente importante se volverán el humanismo y los valores.
—Usted fue el primero que salió a criticar el 2 por 1 que beneficiaba a los condenados por los delitos de lesa humanidad. Independientemente de que se confirme si Maldonado murió ahogado cuando lo perseguÃa la GendarmerÃa o no. ¿No le parece que hubiera sido un gesto apartar transitoriamente a los responsables del operativo, como hicieron con la denuncia contra Gómez Centurión en la Aduana? Hubiese sido un mensaje a la sociedad.
—Hiciéramos lo que hiciéramos, era un mensaje hacia la sociedad. El mensaje de ser prudentes y respetar el proceso institucional, por más que la táctica de corto plazo pudiera parecer perjudicial, a largo plazo creo que fue lo mejor. Es necesario resolver nuestro trauma como sociedad con las Fuerzas Armadas y de seguridad post 1983, si queremos una democracia y una república de verdad. La actitud clásica de la polÃtica, eso de sacárselos de encima como si no fueran personas, o pensar que son culpables porque llevan uniforme, es una concepción perjudicial para los objetivos que tenemos, de combatir el narcotráfico y fortalecer las instituciones. Más allá de algunas afirmaciones en un contexto, la coherencia de nuestro mensaje a lo largo de esos sesenta dÃas fue el mayor aporte al cambio de esa vieja cultura polÃtica.
—¿Y por qué en el caso de la Aduana, con Gómez Centurión, actuaron diferente?
—Porque en ese caso habÃa una denuncia muy especÃfica, ligada a sus funciones, que tenÃa fundamentos. Esa denuncia tenÃa que ser analizada en ese contexto. El caso Maldonado lo consideramos como algo diferente. El testimonio de los gendarmes y otros testigos indicaba que apartarlos no era lo más recomendable.
—Lo que se percibe es que en los casos que tienen que ver con reminiscencias de la dictadura ustedes se quedan perplejos, como con culpa. Cuando a Macri le preguntan cuál es la cifra de desaparecidos, dice: “No tengo ideaâ€. ¿Tienen un problema psicológico con la dictadura?
—Yo separarÃa dos cuestiones. Nosotros creemos que la reconciliación existe en la universalización de ciertos valores. La Argentina, en su inmensa mayorÃa, rechaza el autoritarismo, la dictadura, la tortura, la violación de los derechos humanos, y condena lo que ocurrió en el perÃodo de dictadura. Punto uno. Punto dos: hubo una decisión polÃtica del gobierno anterior de agitar y mantener vivo ese conflicto por un tema de manipulación polÃtica. Punto tres: hemos sido siempre taxativos y claros en compartir los valores del punto uno y de rechazar la actitud del punto dos. Frente a eso, lo ocurrido con Maldonado, o cualquier situación que implique una reivindicación o un peligro de cuestionamiento del punto uno, lo rechazamos. Eso es lo contrario a tener un problema psicológico con la dictadura. No creemos que sea un tema donde tengamos que rendir examen. No somos la continuidad de ninguna dictadura. Es perverso, humana y polÃticamente, el cantito “Macri basura, vos sos la dictaduraâ€. No aceptamos esa idea.
—Usted dice: “La sociedad quedó contagiada por prejuicios que no responden a la realidad, y eso es nocivoâ€. Pero para un mismo diagnóstico, puede recurrir a distintas terapias. En economÃa, ustedes aplican el gradualismo porque creen que es imprescindible no crear traumas. PodrÃan haber sido gradualistas y separar a los gendarmes por dos meses, como hicieron con Gómez Centurión, para evitar que mucha gente bien intencionada no quedara con una sensación de temor frente a posibles excesos de las fuerzas de seguridad que en un futuro pudiera haber. Son dos maneras de actuar con un mismo diagnóstico.
—Está bien. Pero el primer punto de vista del diagnóstico para una parte de la sociedad, no para la sociedad toda. Segundo, creo que toda decisión polÃtica es discutible.
—Una parte tan minoritaria como el 30% de pobres.
—Por supuesto. Toda decisión institucional y polÃtica es discutible. Lo que no creo que sea discutible es que en ninguna parte del proceso del caso Maldonado hubo algo cuestionable en términos de la concepción institucional. Hablamos de una fuerza de seguridad respondiendo una orden judicial, iniciando un operativo y el Gobierno rápidamente yendo a todas las instancias institucionales para investigar el tema y resolverlo.
—La crÃtica es justamente institucional: que actuaran de manera opuesta con Gómez Centurión en la Aduana.
—Está bien. Que la presunción del caso Maldonado pudiera generar miedo del accionar de las fuerzas de seguridad lo comprendemos. Pero creemos que, justamente, ésa sensación se genera a partir de esa relación traumática. Hay que apostar por el camino institucional, sobre todo. Pasa lo mismo que en la Justicia. Si uno repasa el conjunto de temas simbólicos de los derechos humanos, hemos sido absolutamente gradualistas, absolutamente respetuosos. Para una parte de la población que necesita creer que somos la continuidad de la dictadura nunca va a alcanzar, eso lo sabemos. Además, hay una intencionalidad polÃtica, y al dÃa de hoy, incluso, gente que valoramos mucho por su trayectoria sigue planteando que lo de Maldonado demuestra que hay un plan sistemático de persecución, cosas asÃ. No decimos que lo hagan por pura especulación polÃtica. Pueden decirlo genuinamente, es lo que viven y sienten.
—No creo que se piense en un plan sistemático del Gobierno, lo que hay en todo el mundo son excesos de fuerzas de seguridad: Estados Unidos tiene un problema de ese tipo por mes, y con la historia que tiene la Argentina parece verosÃmil la posibilidad de que integrantes de una fuerza de seguridad puedan cometer excesos.
—SÃ, pero si uno mira en perspectiva, desde las primeras notas periodÃsticas, no se trataba de gente suelta, eran gente muy representativa de la militancia de los derechos humanos que plantearon esas cosas a lo largo de sesenta dÃas. Hemos tenido muy pocos casos de violencia institucional. Porque creemos, y esto es un tema esencial, que la mejor manera de prevenir eso es resignificando el rol de las fuerzas de seguridad en la sociedad. Eso sà es parte del cambio cultural que proponemos. Es ultracomplejo la administración de estos temas. Todos los dÃas hay reflexión y análisis. Podrá haber decisiones equivocadas, pero no hay parálisis.
—Antes contó que sus rivales en provincias donde históricamente siempre ganaba el peronismo, y ahora perdió, decÃan: “Tenemos los medios pero Cambiemos nos sacó 20 puntosâ€. Pero quizás no tenÃan los medios porque los medios locales son cada vez menos determinantes ante la generalización de la televisión por cable, que hizo que en Salta o RÃo Gallegos vean TN. Gracias al cable los canales de Buenos Aires y los canales de noticias se nacionalizaron transformando la polÃtica al punto de que los últimos tres candidatos presidenciales eran todos porteños. Entonces, no es que los medios tradicionales no influyan. Los que influyen son los medios de Buenos Aires.
—Depende mucho de las provincias. De todas maneras, creo que los medios influyen, y mucho. Eso lo aclaro porque creo que ya no tienen un monopolio de influencia como existÃa hace treinta o cuarenta años, y esto se da de distintas maneras.
—Me viene a la memoria McLuhan y su citadÃsima frase “El medio es el mensajeâ€. Si importa el medio más que el mensaje, la comunicación del Gobierno no es exitosa por su contenido, sino porque cuenta con la mayorÃa de los medios a favor, los que emiten desde Buenos Aires lo hacen para todo el paÃs. ¿No lo cree?
—Depende con quién hable, le pueden cuestionar esa interpretación. Si uno revisa la cobertura de la televisión en los últimos dos años, se habló mucho más de crisis económica y de tarifas que de las bondades del Gobierno.
—Es cierto.
—Lo cual no quita que sea cierto que quien es oficialista tiene más ventajas, en términos de centralidad, que el que no lo es.
—Es cierto que hubo crÃticas y preocupación por la tardanza en el crecimiento de la economÃa, pero no hay duda que la mayorÃa de los medios fueron mucho más crÃticos con el kirchnerismo durante estos años. Generando, por comparación, apoyo al Gobierno. Nadie podrÃa decir hoy que la mayorÃa de los medios no apoyan al Gobierno…
—No, está claro. Pero en ese caso hay un alineamiento de valores, más que un apoyo al Gobierno. Porque no hay ni hubo ninguna negociación con los medios. Cuando un periodista en algún medio critica al Gobierno y es atacado por las redes sociales, mucha gente, dice: “Ah, son los trolls de Peñaâ€. Y ahÃ, para mÃ, es donde entra en crisis la lógica de lo vertical o lo horizontal, lo de arriba y lo de abajo. ¿Quién creó Cambiemos? ¿Los votantes que lo defienden o los medios y el empresariado, como piensa el kirchnerismo? Nosotros creemos que se van a seguir sorprendiendo con nuestro éxito y nuestra fortaleza de imagen. La razón es simple: esto surgió de abajo hacia arriba, por eso la gente lo defiende como algo propio.
—Le debe llamar la atención la cantidad de crÃticos actuales del kirchnerismo que no lo eran en 2015. Tal vez esto debiera hacerlo reflexionar. ¿Apoyan a Cambiemos o, como tantas otras veces se ha vivido en Argentina, es un volátil humor social?
—Combinamos ambas cosas en nuestra base electoral. Muchas veces los más crÃticos con nosotros son los que nunca votaron al kirchnerismo, los más duros. Nos pasaba en la Ciudad. En Recoleta ganábamos por el 80% y nos criticaban todo el dÃa, “¡Cómo no hacen esto, no hacen lo otro!â€. El antikirchnerismo furioso ha tenido una visión muy tensa con nosotros. Nos exigÃan que estemos en el centro del ring golpeando a Cristina y mucho más. Pero si uno va y dice “el jefe es el votanteâ€, debe saber que el ciudadano cambia cada cinco minutos. Quien piensa que tiene un cheque en blanco y apoyo incondicional puede estrolarse contra la pared.
—En “La espiral de silencioâ€, la politóloga alemana Elizabeth Noelle-Neumann explicó que las personas adecuan sus pensamientos al que creen es el de la mayorÃa en cada momento para no correr el riesgo de ser rechazadas. Los medios tienen tanta importancia porque les indican a las personas qué pensar si quieren ser aceptadas por la mayorÃa y con la misma facilidad que adhirieron cambian de idea si perciben que la mayorÃa también lo hizo. ¿Le preocupa ser vÃctima de ese fenómeno en el futuro?
—Eso lo veÃamos mucho en los cualitativos entre 2011 y 2015. El miedo, en esa época, jugaba a favor del kirchnerismo. Un kirchnerista, en un focus group, anulaba al resto por el pánico que generaba. El silencio es lo más perverso y creo que eso se generó cuando ella volvió a ser candidata. Durante un par de meses volvió el miedo, que es el mayor enemigo de la esperanza. Nosotros no nos comemos la pelÃcula de que somos los mejores del barrio y no hay ningún riesgo de hacerlo. Al menos en el corto plazo, porque el riesgo del sÃndrome del poder es algo que hay que tener muy presente.
—En un reportaje anterior le pregunté por el sistema de los dos vicejefes de Gabinete y usted dijo que al fin de la gestión Quintana y Lopetegui no iban a seguir siendo considerados CEOs o empresarios, sino polÃticos. ¿Van en esa dirección? Y, ¿tuvieron roces con otros funcionarios, por ejemplo con Alberto Abad?
—El tema este de quién es o no es polÃtico responde a una vieja discusión, esa idea de que el club de los polÃticos repartió los carnets hace tiempo, y ya no hay más. Hay invitados que son CEOs, son marketineros y no polÃticos, pero resulta que el club ya repartió los carnets. No. Hemos roto ese concepto, y hay más carnets ahora. Se acabó el monopolio.
—Lo que plantea el libro “Posdemocracia†es que primero se era militante, después miembro del partido en una ciudad, una provincia, un cursus honorum para llegar al Poder Ejecutivo que tal vez superaba los veinte años. No llegaban de un dÃa para el otro, como pasó con Quintana.
—Claro. Pero con una particularidad: en la Argentina –y esto me lo dijo Graciela Fernández Meijide y me quedó para siempre– en 1983 el proceso estaba interrumpido, y esa generación, con méritos y defectos, como todos, tuvo que hacerse cargo sin ningún cursus honorum.
—Pero los ministros de AlfonsÃn eran todas personas con trayectoria en lo público.
—SÃ, pero los más jóvenes más o menos… TenÃan una trayectoria mucho más acotada en un contexto público muy especial, en los años 70.
—La crÃtica recae en la cantidad de personas que han traÃdo del mundo de las empresas.
—SÃ, lo sé. Y lo hicieron también por gente de otros ámbitos, como Miguel del Sel o el árbitro Héctor Baldassi, que han hecho un enorme aporte para que la Argentina esté hoy como está, viviendo en un régimen democrático abierto y no en Venezuela. Es importante reivindicarlos porque se la jugaron y ayudaron cuando era más difÃcil ser parte del cambio. Con popularidad y también ejemplaridad.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de alguien con algo para perder, que se metió en polÃtica para hacer un aporte. Se le puede criticar tal declaración o tal otra, pero son mucho más que algunos dirigentes polÃticos de prestigio dudoso. Pero fue injusto, porque uno fue testigo del compromiso con el que trabajaron. Y volviendo a su pregunta de los roces, creo que no han sido tantos. Logramos un nivel de consistencia en el equipo superior al que tenÃamos hace un año.
—Cuando hicimos el anterior reportaje, Alfonso Prat-Gay todavÃa era ministro. ¿Se fue mal del Gobierno?
—No sé si terminó mal. El tema fue la comprensión de un método de trabajo ideado por Mauricio. A veces sucede que, cuando alguien discute lo secundario, es porque no se anima a discutir lo esencial. Que una persona votada por la mayorÃa pueda elegir cómo construir su propio equipo no admite discusión.
—¿Cuando Macri dijo que Quintana y Lopetegui “son mis ojos y mis oÃdosâ€, significa que quien los discute lo discute a él?
—SÃ, y a un método que es el equipo, por encima de las personas. Es una disciplina por encima de las creatividades y las espontaneidades. Es la planificación, la transparencia en función, en contra de la genialidad táctica. Eso no quita que quienes se han ido no sean excelentes personas y dirigentes. Tal vez en otro contexto, en otro cargo, hubieran andado mucho mejor.
—O con otro método.
—O con otro método, sÃ; y esto no hay una subvaloración. Me parece justo reconocer que el método diseñado por Mauricio ha sido eficaz para poner en marcha una gestión transformadora. En el caso de Alberto Abad, nunca he escuchado un ruido con Mario y con Gustavo, al contrario. A Alberto lo valoramos mucho, es la encarnación del buen funcionario público, un gran jugador de equipo. No tengo ningún registro de que se pueda ir por problemas de funcionamiento. En todo caso, si hay o no una situación personal, pasará más por él.
—En los tiempos que se usaba el método clásico de ocho ministerios, no existÃa el jefe de Gabinete, figura que nace a partir de 1995. Si hoy hay el doble de ministerios, ¿los ministerios se han convertido en lo que antes eran secretarÃas al tener un jefe de Gabinete que los supervisa, más dos vicejefes y más veedores en cada cartera?
—Creo que no, porque la ampliación de los ministerios es algo que ocurre en todo el mundo. Tiene que ver con las particularidades de agenda que se han ido desarrollando. Hace veinte años, un Ministerio de Medio Ambiente no hubiera sido imaginable. Ni uno de Ciencia o de Turismo. Pero me parece que no se termina de comprender del todo el rol de Mauricio en la gestión. La Jefatura de Gabinete es un auxiliar del Presidente, no lo reemplaza: él no juega al golf mientras nosotros gestionamos. El Presidente tiene un nivel de seguimiento de cada ministerio que, me animo a decir, no tuvo antes ningún presidente.
—¿El método de Macri no podrÃa funcionar con el modelo de ocho ministros?
—No, pero por otra particularidad. Además de la implicancia simbólica de cada ministerio hacia el afuera, hay una implicancia hacia adentro. Hemos recibido un Estado muy degradado, con necesidad de impulsar una enorme cantidad de reformas. Tener muchos ministerios permite que los ministros estén más cerca de las áreas de gestión de la lÃnea.
—¿Una problemática más compleja exigió más especializaciones jerarquizadas?
—Hicieron falta dos cosas: concentración del rumbo estratégico pero también capilaridad del funcionario que está cerca de la ejecución de los temas. Si uno tiene un Ministerio de EconomÃa, entre el ministro y la toma de decisión de la lÃnea hay siete u ocho niveles. En todo el mundo las estructuras organizacionales plantean que hay que tener más reportes. Parte de las reformas que haremos tiene que ver con tener más reportes, a menos gente.
—¿En el futuro se mantendrá asà o una vez que el Estado esté ordenado se reducirá?
—Es probable que en lo polÃtico sea parecido. En lo que hay que crecer es en capas de concursos que permitan que el nuevo presidente llegue con menos nombramientos. Hay que confluir hacia una burocracia más estable.
—Usted trabajó en dos ONG: el Cippec y Poder Ciudadano. Varios constructores de ONGs pasaron a ser ministros en la Ciudad y en la Provincia. ¿Es porque ellos tienen una mirada de la polÃtica afÃn a Cambiemos?
—En el contexto de crisis y poscrisis de 2001, emergieron muchas ONG, y eso hizo que cuadros que en condiciones naturales se hubiesen sumado al Estado trabajaran allÃ. Hay un alineamiento, cierta mirada de la democracia, del mundo y de los valores que hace que sea más congruente converger hacia nosotros que hacia otras fuerzas.
—¿Cuántas denuncias judiciales acumuló?
—Ya perdà la cuenta pero son 15, o 20, no sé cuántas. Muchas se cerraron rápidamente, por suerte.
—¿Cree que a partir de diciembre, ya sin Gils Carbó como procuradora, la cantidad de denuncias va a disminuir? ¿Realmente piensa que ella fue promotora de ellas?
—No me consta que fuera Gils Carbó la promotora. Sà me consta que hay denunciadores seriales que respondÃan a una estrategia polÃtica del kirchnerismo y ahora son juzgados por falsas denuncias. Lo que sà es que a Gils Carbó no se la veÃa entusiasmada en resolver los casos del gobierno anterior, y sà con investigar al poder actual.
—Cuando en el reportaje anterior le pregunté si usted serÃa candidato me contó la importancia de mantener la relación actual con Macri, la que Obama le elogió porque habÃan logrado una sincronización mental que les permite actuar sabiendo casi de memoria qué hará el otro. ¿Cómo construyeron ese vÃnculo?
—Con el tiempo. Conociéndonos, conociendo nuestras ideas. Eso nos permite actuar casi de memoria. En estos 15 años vivimos muchas peleas, conflictos, pruebas de carácter, de lealtad, de valores. Eso nos permitió construir la confianza.
—Le asignan a Macri ser muy calabrés, en el sentido de que va más allá del origen de su familia: en el lunfardo argentino ser calabrés es sinónimo de cabrón. ¿Es asà el Macri que usted conoce?
—SÃ, por supuesto. Pero una de las cosas más valiosas de Mauricio es su tesón para trabajar y poner un colchón entre su carácter pasional y la toma de decisiones. A veces le agarran los enojos, pero el filtro no es externo: es él mismo. Trata de decidir a partir de la reflexión, del método de grupo.
—Ese es el Macri que usted conoce en la intimidad, ¿es como dicen buen pagador con quienes lo apoyan y muy duro e inflexible con quienes se le oponen?
—Es menos duro de lo que se piensa. Debe ser porque no es una persona rencorosa. Mauricio, con el tiempo, aprendió a usar su energÃa en la construcción, no en el rencor. Es menos rencoroso de lo que ha sido en otro tiempo, o de lo que serÃa una persona normal. Aprendió a manejarlo. El recibió mucho veneno, mucho ataque personal. Pero pudo hacer un clic. En eso Juliana y Antonia lo ayudaron mucho. Eso fue fundamental.
—¿Alguna vez, al levantarse o al acostarse, tuvo angustia pensando cómo un muchacho con poco más de 20 años como usted, alguien poco carismático como RodrÃguez Larreta, otra veinteañera como Vidal y un empresario como Macri, en un paÃs antiempresario como el nuestro, en 15 años hayan logrado cambiar la polÃtica argentina? ¿No le aparece el fantasma de que todo pueda deshacerse con la misma velocidad como creció?
—No. Siento una profunda emoción. Lo siento en las recorridas que hacemos, por la devolución de los ciudadanos. No me angustia, al contrario. Tomo conciencia de que eso que sucede es más trascendente de lo que nosotros somos.
—¿Nunca teme que ese afecto de la gente pueda ser efÃmero?
—Es como con cualquier relación de amor: llega un punto de estabilidad. No debemos y no queremos jugar a esa exaltación de la pasión. Es un vÃnculo basado en la confianza, una confianza muy serena. Esta elección ha sido, paradójicamente, la que menos festejamos. Mauricio comió un sándwich en la barra y nos fuimos a dormir temprano. A las 8 estábamos acá, trabajando. Su idea es irse como entró, caminando, como un ciudadano normal. No va a traicionar ese mandato. Mientras seamos transparentes y genuinos, podemos apostar a que no habrá decepción.
—Cumplió 40 años hace poco. ¿Sintió algún sÃntoma de la medianidad de la vida?
—TodavÃa no. La verdad es que soy muy feliz con la vida que llevo. Disfruto de mi familia, hago lo que me gusta, tengo salud, por suerte. Me siento bien, en plenitud.
—Usted es el más joven de los fundadores del proyecto polÃtico que los llevó al poder, y tendrá la edad que Macri tuvo al asumir en 2035. Le quedan cinco elecciones presidenciales para no presentarse o perder. Ya con 40 años y dos de experiencia en el Ejecutivo, ¿qué reflexión hace respecto de su futuro?
—Hay que ir etapa por etapa. Ojalá Mauricio quiera y la gente decida que estemos seis años más aquÃ. Ahà voy a completar veinte años de función pública, una experiencia y un aprendizaje maravillosos. Hace unos dÃas lo hablaba con Luciana, mi mujer: hay que estar consciente de que uno no maneja ciertas cosas. Asà que lo mejor es enfocarse en el dÃa a dÃa, hacer las cosas bien, con un desprendimiento genuino, sabiendo que esto sólo sirve si uno sabe que mañana puede irse. Y si eso pasa, habrá que ser feliz igual.
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