Agustina Grisolia

El peligro es mirar para otro lado

El  sistema penitenciario ya no disimula: nosotros, los otros, la cárcel, el delito y el capitalismo. ¿Es la cárcel el medio para la reinserción social? ¿Reduce la delincuencia? ¿Educa? Todas las preguntas que volvemos a hacernos luego de la visita de Nils Melzer, relator especial sobre tortura de la ONU. 

El artículo 18 de la Constitución Nacional proclama a las cárceles como espacios seguros, sanos y limpios, capaces de garantizar la integridad física, psíquica y moral de la persona,  y que tienen como objetivo principal reeducar al individuo para que se reincorpore en sociedad. Puede sonar bien.

En Argentina, tanto en los penales federales como en los bonaerenses, los presos son llevados a vivir en situaciones extremas que en muchos casos terminan acabando con sus vidas: torturas, hacinamiento, hambre, encierro, falta de agua potable, infecciones, falta de atención médica y psicológica. Si no los mata la propia institución, se matan entre ellos. La sobrepoblación y la falta de recursos básicos para la vida diaria generan negocios internos entre bandas carcelarias.  La lucha por el espacio y el poder se lleva miles de almas al año. Esta situación se repite a lo largo de América Latina, y nadie hace nada.

¿Qué podemos esperar de personas que son encerradas en celdas ínfimas sin ventilación ni luz? ¿Qué podemos esperar de personas que duermen en pisos mojados, rodeados de ratas que les caminan por la cabeza?¿Qué podemos esperar si la poca comida que tienen está podrida, y si el acto de comer y cagar se lleva a cabo en el mismo lugar?

Con las condiciones infrahumanas en las cuales están y viven,  ¿cómo puede alguien pensar en reeducarse? Ese ser social que se espera, se vuelve un ser violento e incapaz de incorporarse a los escasos programas educativos y laborales que existen. Sin educación ni trabajo el panorama se complica aún más.

Como si esto fuera poco, el momento más duro termina siendo la vuelta a casa. Con un Estado ausente y una sociedad que excluye, el camino más fácil vuelve a ser la delincuencia. Y es que ¿cómo carajo puede alguien reinsertarse en una sociedad que no lo entiende, en una sociedad que no lo escucha ni lo mira? ¿Cómo podemos pedirle a alguien que salga y se ponga a laburar?

No necesitamos analizar mucho para darnos cuenta que estas instituciones terminan generando los efectos contrarios para los cuales fueron creadas. Entonces, ¿podemos hablar de un sistema funcional al capitalismo, un sistema que perpetúa la condición del delincuente y saca provecho de sus actividades clandestinas? Tal vez si.

La investigadora y activista mexicana, Sayak Valencia, en su libro “Capitalismo Gore” analiza el lado b de la economía mundial: violencia, armas, muertes, drogas, trata de mujeres y niños. Nuestros cuerpos y nuestra libertad terminan siendo el precio que paga el tercer mundo por aferrarse a la lógica del capital. La prisión, lejos de ser un fracaso social, crea y mantiene a una sociedad delictiva, necesaria para la reproducción de la clase dominante.

Tal vez es tiempo de releer a Foucault y de desconfiar en la foto de las cárceles llenas como bandera ganada en la lucha contra el delito. Dejemos de mirar para otro lado y volvamos a replantearnos la funcionalidad de nuestro sistema penitenciario.

Se nos mueren los pibes

 

Cuando los medios, el Estado y la sociedad legitiman la muerte. 

Cristian Cortez, 18 años, muerte cerebral por haber robado un celular. Los vecinos de Rawson, San Juan, lo molieron a palos. La policía se lo llevó detenido sin brindarle asistencia médica. Se cayó redondo dentro de la comisaría. Está peleando por su vida. Facundo Agüero, 22 años, entra al hospital con un paro cardíaco provocado por la tortura ejercida por parte de las fuerzas. Supuestamente se había afanado un perfume en Neuquén. Tenía el ticket de compra en la billetera. Facundo Burgos, 11 años, lo fusilaron por la espalda por transitar en una moto “de manera sospechosa” con un amigo en Tucumán. Su abuela y familiares denuncian la creación de historias falsas para justificar lo que pasó.

Necesito escribir.

Cuando no es la policía, son los ciudadanos. ¿Qué nos pasa? Facebook y Twitter colmados de publicaciones: “si es chorro, tiene que morir”, “que se joda por robar”, “vayan a laburar”. No entiendo, debo estar leyendo mal. ¿Qué nos pasa? Me acuerdo del pibe de 13 años, en Córdoba, sangrando en un video tras recibir una golpiza por robarle el celular a una mujer. Intento tragar saliva, pero me cuesta, cada vez que leo “justicia por mano propia” o “pena de muerte” se me hace un nudo en la garganta.

Pienso en la palabra barbarie. Leo en Google: “actitud de la persona o grupo que actúan fuera de las normas de cultura, en especial de carácter ético, y son salvajes, crueles o faltos de compasión hacia la vida o la dignidad de los demás”. Me acuerdo de “El Facundo” y de Sarmiento. Se me pone la piel de gallina, no quiero pensar en él. Considero un texto de la facultad de Foucault: “Las redes del poder”. Cuanto más delincuentes existan, más miedo tendrá la población y más aceptado será el sistema de control. Reflexiono: ¿Qué están haciendo con nosotros? Me angustio.

Prefiero parar y leer el diario. Patricia Bullrich declaró sobre el caso de Facundo en Tucumán: “Frente al delito, las fuerzas deben actuar”. Esta mujer es macabra. Respiro, tal vez tengo miedo. Se me aparecen en la cabeza Santiago y Rafael. Empiezo a llorar, voy a tomar agua.

Mejor sigo escribiendo, me tengo que concentrar. Me cuesta, me acuerdo que faltan pocos días para el 24, para ir a la plaza con toda mi familia. Nunca más es nunca más.

Vuelvo, nos están matando a los pibes. Tengo ganas de gritar.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo vamos a avalar el cierre de escuelas y la compra de armas? ¿Cuándo vamos a ocuparnos de la educación, cuando vamos a ocuparnos de la inclusión? A nuestros chicos se los consume el paco, se los consume la violencia, se los consume la exclusión y la realidad que viven a diario. Son fruto de las malas decisiones que tomamos a lo largo de nuestra historia como país y así y todo a nadie le importa.

¿Alguien puede gritar conmigo? Respiro y sigo.

No nos importa saber si comen, no nos importa saber si tienen frío, no nos importa saber si sufren. Nadie los valora, nadie los entiende. ¿Por qué? ¿Por qué diario nos encargamos de cagarlos a palos y torturarlos, de hacerles saber que nunca van a salir, de hacerles sentir que su vida no tiene sentido? ¿Por qué carajo después vamos y les pedimos que valoren lo ajeno, el “esfuerzo” y el trabajo? Cuanta crueldad.

No entiendo, necesito parar.

Llegó mi hermano de la escuela con su guardapolvo blanco todo manchado de marcadores. “¡Qué suerte que tiene!” pienso mientras lo abrazo fuerte. Me acuerdo de Cristian y Facundo. Me angustio otra vez. Prefiero terminar.

Resistencia feminista – 8M

Millones de mujeres alrededor del mundo se levantan y unen reivindicando la lucha de aquellas otras prendidas fuego un 8 de marzo de 1908, oponiéndose al mandato social y conformando uno de los movimientos antisistemáticos más grandes y consolidaos de la historia de la humanidad: el feminismo.

Silvia Federici tiene razón, Marx se equivocó. El sistema comienza a encontrar sus límites y los protagonistas no son justamente aquellos obreros industriales. Este jueves, mujeres de más de 60 países se proclaman en contra de las desigualdades sociales y económicas generadas por la propia lógica del capital. Mujeres que no sólo dan pelea por hacer valer su vida y derechos, si no que pretenden visibilizar la lucha de todas aquellas personas oprimidas, aquellas personas marginadas y vulnerabilizadas, incluyendo a los hombres.

Desde chicos, y a través de diferentes aparatos -como mencionó Louis Althusser-, fuimos educados para responder a las demandas de este modo de producción. Se nos impuso un sistema de ideas y significados, una manera de pensar, una ideología, una garantía a la reproducción de las relaciones capitalistas. A partir de esta, todas las esferas de la vida cotidiana se ven modificadas. Nuestros gustos y apariencias se delinean y moldean, quedando afectada hasta la propia construcción del género, castigando así a todo aquel que se salga o escape de la norma: Hembras dóciles, pasivas y reproductivas, generadoras de nuevas fuerzas de trabajo. Machos trabajadores, productores de riqueza y obedientes a la masculinidad capitalista y heteropatriarcal.

Esta norma reguladora empezó a romperse. Diferentes movimientos contra-hegemónicos están disputando una porción de estos aparatos utilizados para la opresión. Luchan por un sistema más justo e igualitario, un sistema sin tanta pobreza, sin tanta violencia, sin tanta exclusión. Lo hacen para poder desnaturalizar lo que nos naturalizaron al nacer. Y es el movimiento feminista quien lleva los estandartes a la hora de deconstruir las ideas impuestas sobre lo que debe ser una mujer y un hombre, qué rol deben cumplir y cómo deben actuar en sociedad.

Por esto, el paro de mañana es histórico. Y es que no sólo se va a sentir la ausencia y la importancia de las mujeres en sus puestos laborales, en sus tareas en el hogar, en sus lugares de estudio. Travestis, transexuales, transgéneros, intersexuales y queers, representados por el movimiento, se sumarán a la huelga reclamando sus derechos y sumando sus voces para que el grito sea más fuerte. Un grito que no discrimina, un grito que no olvida a aquellas trabajadoras textiles, encerradas e incendiadas mientras reclamaban por la igualdad de sus salarios.

El feminismo le metió un dedo en el culo al capitalismo. La organización colectiva es un hecho, sus protagonistas son mujeres y el sistema comienza a temblar.