Artepolítica

Periodismo mercenario

 

por Leonardo Fabián Sai

 

 

I

El pensamiento es rigor y exigencia, pero el periodismo mercenario tiene la velocidad de la ganancia inmediata, la pulsión de la revancha y la competencia, el escepticismo latente de un discurso a medida, facilidades de la letra al diktat de la tecnología global y el pressing de la fama: La lucha por la legitimidad es una lucha por el control de la repetición. El que repite impone y no hay ningún otro límite que el hartazgo —siempre indefinido– de los nervios de una población adicta al desacuerdo, al conflicto y al relativismo como sentido común. Repite, repite, que nada queda y cuando nada queda: Queda la fuerza. Este algo de la fuerza que queda es el cinismo amnésico y la frialdad de una conciencia informada / desinformada; Montaje de una operación. Las colosales sumas de dinero que la burguesía y la pequeña burguesía invierten para controlar la producción de estos restos sobre el imaginario social, condicionan, obviamente, la producción de una conciencia objetiva pero no determinan ni los sentidos denominados imperantes o hegemónicos, ni los comportamientos denominados colectivos, menos las capacidades de interpretación de la percepción de los hechos: Tiene que existir un estado social, dado por una complejidad de causas y condiciones, para que la influencia de los aparatos ideológicos de prensa (privados, estatales, mixtos) constituya un acicate efectivo en la cristalización del hecho social, esto es, un hecho coercitivo exterior a la conciencia individual como carga. Dicho de otro modo: La producción de una objetividad no es un invento ni una construcción de ningún monopolio, corporación o industria cultural. Afirmar que las corporaciones o empresas mediáticas globales son el sujeto absoluto de la dialéctica hegeliana equivale, más o menos, a decir que las infinitas propiedades y modos de la sustancia, en el pensamiento de Spinoza, son, en realidad, designaciones abstractas de la cocaína filosofante. La mentalidad nihilista y nihilizada tiene al poder por verdad, el derecho de la bestia.

II

El periodismo mercenario romantiza a su opuesto, sea como Estado Dictatorial o como Gigantes dueño de las conciencias, para esconder su esencia burocrática y su culposo o cínico servilismo a los intereses más elementales de la acumulación del capital y la competencia empresaria. Basados en una impresión infantil que proyecta la omnipotencia sobre lo externo, consideran que la opinión pública, al igual que el derecho y el estado, son creaciones deliberadas de una subjetividad pre-potente (importa poco que tal subjetividad sea la mafia, el poder ejecutivo o la globalización financiera-comunicacional) La complejidad del análisis cede a la angustia y al temor arcaico de los fantasmas patriarcales, el pensamiento consiente los afectos infantiles de una lucha fundamental. El enfrentamiento, ya carente de cualquier espacio gris que embarre la ideología y suscite la duda, se impregna de griterío, juicio categórico y especulaciones, groseramente, maniqueístas. El periodismo, gráfico y televisivo, abrazó al video clip; Su afinidad fue trabajosamente preparada. Los animadores periodísticos no tienen información: Tienen posturas. Son una columna de opinión sin otro objeto que la búsqueda de clientela frente a los sucesos acontecidos. El periodismo mercenario confunde prudencia y paciencia en el análisis con neutralidad, objetividad con conciencia inmediata, arbitrariedad con subjetividad, redundancia con honestidad intelectual, militancia con neurosis obsesiva. El Yo del periodista mercenario puede llenarse con el Dios al cual se identifica, al cual se funde, sea el Estado y un poder reformista o el Libre Mercado y las promesas del individualismo abstracto, formal y excluyente: Dice apropiarse de las disputas del poder que obedece, mostrando que se trataría de una lucha personal, asentada en una trayectoria, cuando, en rigor, es el uso del prestigio como servilismo lo que disimula, en los casos en que el periodista vive de su capital cultural. Cuando no existe tal acumulación simbólica, la honestidad vulgar asoma como cinismo.

La preocupación del periodista mercenario pasa menos por la radicalidad política, el compromiso, ni siquiera una reforma: Su preocupación, nervio, es el ser policía. La policía no es solo una institución estatal, es un modo de ser del deseo, una forma de ser con los otros, un existir: ¿Qué está haciendo? ¿Qué está diciendo? ¿Qué está publicando? Policía de la opinión pública, policía del oficialismo, policía de oposición: La sociedad queda investida de un delirio paranoico: ¡Se viene el chavismo! ¡Las corporaciones le roban la palabra a los argentinos! Estos opinólogos a sueldo tienen la idea de que “un punto de inflexión en la historia”, un “ahora o nunca”, transmiten la ansiedad de “la batalla final”, “la madre de todas las batallas”, “nosotros o el 2001”, “nosotros o el modelo Putin”. Si alguien osa salirse de este nudo de paranoico intervienen los policías mediáticos: ¡¿A dónde cree que va usted?! ¡Cierre filas! Cuando una sociedad está atravesada, mediática y realmente, por intensidades paranoicas tomar una posición política se vuelve un acto desesperante y asqueroso. Argentinos: No os detengáis; ¡Un esfuerzo más si queréis ser fascistas!

No solo hay una identidad que se funde con “el relato” del poder que defiende, y dice defender, atrincherado, sino que hay un escenario que enfrenta a este Yo víctima / perseguido. Exponiéndose oprimido alcanza, respecto de la moral, algún gramo de dignidad en el oficio. El periodismo mercenario es el dinero invertido como servicio para el control de la certeza; Falsa conciencia que identifica propaganda con legitimidad.

III

Hay que ser un cretino para sostener que nuestra crítica a esta forma del periodismo canalla es una idealización del oficio periodístico. Es harto evidente que no existe el periodismo puro, el periodismo en sí y para sí. Lo que decimos es sucinto: La figura del periodista, y el ejercicio del oficio, no tienen sentido sumidos a la aceleración del presente y al vértigo tecnológico de los eventos. El periodista no puede pensar nada en los tiempos que le impone la competencia del capital tecnológico. Se vuelve un chismoso a sueldo y debe cerrar filas jurando lealtad o destierro. La jibarización del concepto no es un cable de noticia, escrito a mil por hora por el taylorismo de oficina de redacción: Es la imposibilidad de hacer otra cosa. A lo sumo, alguna metáfora, alguna expresión provocadora, no hay mucho más. No se trata de las condiciones materiales del oficio, ni de una discusión ética, solamente. Para existir como tal el periodismo requiere de una nueva condición temporal para su ejercicio. Su práctica se quedó a destiempo con la producción de una información que tiene velocidades inmensamente superiores a la del siglo XIX o del XX.  Ninguna Ley de Medios puede resolver esto. Parece razonable que un Estado quiera limitar, regular, capitales con relaciones de poder económico-político supra-nacionales. Sin embargo, ninguna Ley hace, por sí misma, que una profesión exista de otra manera. Y los periodistas auto-llamados oficialistas no parecen sugerir lo contrario. Más bien, alimentan el eterno retorno de lo mismo.

No obstante, a pesar de los propios periodistas, sea, quizás, la misma profesión la que nos enseña que la experiencia tiene reserva de sentido y existen otras formas de desarrollarla.

 

Bibliografía:

Escritos sobre Judaísmo; “Humildad y Vértigo”; Enrique Meler; Editorial El Signo; 2009.

La dimensión conocida

Por María Esperanza Casullo, Nicolás Tereschuk, Sergio De Piero y Abelardo Vitale

 

Pocos meses antes de comenzar el último mandato de Cristina Kirchner, se leía en este blog:

Una gran frase de un gran filósofo dice, “sobre lo que no se puede hablar, es necesario callar.” Y sobre lo que va a suceder en los próximos años en la política argentina poco podemos decir hoy, porque no sabemos qué sucederá.

Y no sabemos lo que sucederá porque, como un navío medieval estamos entrando en un Mare In Cognito, en un océano desconocido. Por lo tanto, todo puede suceder.

Por momento pareciera que no hay conciencia sobre lo novedoso del momento político actual, y sobre lo inútil que es tratar de analizarlo con categorías inactuales.

El tercer mandato kirchnerista, con la reelección por amplio margen de una presidenta sin posibilidades de continuar en el cargo al término del mandato, auguraba un escenario desconocido en varios aspectos para la actual generación. Las tensiones que se registraron durante esa última gestión y el acceso al poder del líder del PRO, Mauricio Macri, no hicieron más que confirmar esa sensación de “terra incógnita”.

Buena parte de quienes gustamos de debatir sobre la actualidad de nuestro país, nos arrojamos en los últimos dos años y medio a interesantes y quizás necesarios debates en torno a la caracterización del macrismo. En ese contexto, no sólo los observadores sino también los dirigentes políticos se reconocieron en varios momentos extrañados, desorientados, a la expectativa, reflexivos. Incluso aquellos que podían sentirse más seguros de estar comprendiendo la realidad se dedicaron a buscar la forma de explicarla, describirla, tocar sus contornos, mostrar sus elementos esenciales.

Es decir, que de una forma u otra los últimos siete u ocho años han estado marcados por un cierto extrañamiento. Puntualmente para amplios sectores de la oposición y especialmente en el peronismo, no han sido pocos los pronósticos que han fallado en uno u otro momento en el período.

Sin embargo, desde poco antes de diciembre pasado, hay una sensación que es la contraria. Que es la de encontrar un orden de los acontecimientos, la capacidad de prever, incluso como quien está viendo una película por segunda, tercera o cuarta vez. El drama que se despliega ante nuestros ojos tiene un guión conocido, una estructura narrativa que percibimos como familiar.

El recorte a los jubilados, la movilización ciudadana, la aceleración de la inflación, la corrida cambiaria, el “shock” externo a partir de las vulnerabilidades determinadas por las actuales políticas, la reentré del  Fondo Monetario, las fisuras en la cúpula empresaria con respecto a las políticas oficiales. Son movimientos reconocibles para más de una generación.

El contexto y el devenir del gobierno de Cambiemos se convierte en un multiplicador de preguntas acerca del presente y en particular del futuro. Pero algunos interrogantes comienzan a contestarse: ya tenemos un diagnóstico más general sobre lo que es y lo que no es Cambiemos y en particular el macrismo. El tipo de crisis (centrada en el sector financiero) y el modo de resolverla, nos presentó una imagen algo más nítida de las capacidades y los límites de esta nueva alianza política. Sobre todo, el tipo de crisis que quedó de manifiesto en estas semanas nos sonó conocida: endeudamiento externo que funcionó a pleno durante dos años sin que éste motorizara ni la inversión ni el crecimiento económico pleno, desmantelamiento de los mecanismos de protección financiera vernácula, un evento X que invita a los capitales extranjeros a retirarse, fuga hacia el dólar, devaluación. Esta secuencia ya la hemos visto antes.

Frente a esto, y también por primera vez, se notó una mayor, no sabemos si coordinación, pero sí una fisonomía común en la respuesta del peronismo opositor. No se sabe cuánto grado de articulación existió en esta reacción, pero los diversos espacios que componen ese mundo desplegaron una estrategia casi monocolor en torno de la crisis financiera: “no aportaremos ingobernabilidad; resuelvan la crisis que ustedes generaron”. Casi no existió dirigente o línea interna que en el espacio público desplegara una lectura distinta frente a lo que estaba sucediendo. ¿Fue mérito del peronismo esa réplica? Estamos tentados a creer que las acciones del macrismo en el poder obligaron a todo el mundo peronista a abandonar sus posiciones -hasta aquí más preocupadas en su mundo interno que en la galaxia política- y a obrar en consecuencia. Lejos está la unidad de cara a un proceso electoral, del cual también nos separa un buen lapso de tiempo, pero como decíamos al principio, la lectura de octubre era contraria a estas acciones, plagada de derrotismo. Si hasta hace un par de meses la lectura era “necesitamos alguien que vaya a perder como Massaccessi”, el discurso ahora es … esperar y ver. Y acotar que no es el peronismo el que está yendo a pedir ayuda al FMI.

Tenemos, entonces, nuevas lecturas: la victoria del macrismo en 2019 está lejos de ser un axioma, su propia vida política se ha tornado mucho más embarrada que lo que podía observarse hace tan solo un par de meses. El peronismo, aun con su sesgo natural hacia la vida del invertebrado, lee este escenario, y cambia su mirada, sin fijar aún una estrategia unificada.

Pero ojo, que hayamos entrado a una “fase dos” en el gobierno de Cambiemos, en la cual el gobierno pasó del país venturoso de la lluvia de inversiones a pretender vender a la sociedad un maxiajuste, y el peronismo pasó del desconcierto al “no somos esto”, no significa que lo que venga no tenga también tonos novedosos. En ese cambio de escenario, es dable pensar que no van repetirse las opciones del pasado. (Y por esto hacen tanto ruido la idea de “buscar un Kirchner” como la de “buscar un Massaccessi.”) Reducir las opciones del peronismo a “kirchnerismo – no kirchnerismo” es desconocer la multiplicidad de actores (que pueden cruzar, o entrar y salir de esa mirada binaria) y a la vez no percibir que la política desplegada por el macrismo también produce efectos en la oposición. ¿Ese lapso que demandó construir un diagnóstico sobre Cambiemos pudo haber sido en vano? Difícil. Pareciera que todos y todas, comienzan a percibir los alcances de la nueva criatura política; sus efectos en el país todo y en sus propias vidas políticas.

¿Por qué no pensar, entonces, que el peronismo puede darse otras alternativas, algunas innovaciones? ¿Cuál sería el modelo a diseñar para la definición de un candidato que haga que la ecuación sea exitosa? Al mirar hacia atrás, desde la muerte del general Perón, lo modos de resolver esa cuestión no han sido uniformes. Es más, repasemos: Menem, triunfó en la hasta ahora única interna; Duhalde controlaba el mayor distrito del país y una alianza con los gobernadores; Kirchner, alianza múltiple y un sistema electoral ad hoc; Cristina Fernández el apoyo del presidente saliente y luego su propia gestión; Scioli, vuelven las alianzas múltiples más la imagen.

¿Cuál sería aquí la variable independiente? ¿A qué podríamos calificar como “aquello que el peronismo ha hecho siempre”? La innovación de cara al 2019 no sólo es necesaria, sino que es lo que el peronismo siempre ha hecho en los momentos de cambio de ciclo histórico. Algunos de los que ya han inscripto su nombre para una posible candidatura, han apoyado la realización de una PASO; otros piensan en alianzas y acuerdos sin necesidad de compulsa. Se dice que CFK no se presentará ¿podría actuar ella como la garante de un proceso electoral interno que avale un desarrollo productivo y exitoso? ¿Cuáles podrían ser esas otras innovaciones que peronismo debería gestarse?

Una última nota al pie, más atenta a los devenires de la opinión pública, y sobre todo publicada, que al lento pero persistente discurrir de los movimientos tectónicos (aquellos que rara vez se ven, pero que existen e incluso a veces se sienten) del clima político y social: se ha puesto de moda en estas semanas remarcar que todo aquello que pierde el oficialismo de apoyo y de imagen positiva “no lo capitaliza nadie de la oposición”. Esto, que puede ser como parte de la foto del presente una aseveración correcta, no tiene la menor importancia de cara al futuro electoral de la Argentina. Y no la tiene por una sencilla razón: la primera condición para una alternancia política es la disposición de una mayoría a cambiar. Para que esa disposición exista es menester, previamente, que aquellos que confiaban o tenían expectativas en el actual oficialismo dejen de tenerlas. Y eso es lo que está sucediendo.

De cómo transformar esta decepción en alternativa, o al menos preguntarse de cómo hacerlo, trata gran parte de este post. Lo único que podemos aseverar sin temor a equivocarnos es que al entrar al cuarto oscuro, el año próximo, candidato o candidata opositora habrá.

 

Escenarios

Por Nicolás Tereschuk y Abelardo Vitale

¿Y entonces, qué pasó?

¿Y entonces qué puede pasar?

 

¿Y entonces qué significa esto para la oposición?

 

Sangre, carnaval y política: los primero de mayo argentinos

 

por Facundo Matos Peychaux

 

El primero de mayo no tuvo un único significado en Argentina: mutó entre sentidos contrapuestos que fueron barriendo con sus connotaciones anteriores. Desde la primera conmemoración en 1890, las reivindicaciones, los propósitos y los protagonistas de la fecha variaron. Siguiendo la coyuntura política, social y económica, fue sangre, lucha de clases y homenaje anarquista en los inicios, fiesta durante el peronismo y vidriera de enfrentamientos político-partidarios desde el regreso de la democracia.

 

El homenaje anarquista

La primera conmemoración de la fecha en el país fue el 1 de mayo de 1890. No fue una marcha ni se dio en la Plaza de Mayo. Fue en el exclusivo barrio de Recoleta, en la sede del Prado Español, donde se reunieron entre dos mil y tres mil obreros -según los cálculos optimistas- para recordar a los “mártires de Chicago”.

Tres años después de la ejecución de los obreros anarquistas norteamericanos y uno desde que la Segunda Internacional instituyera la fecha como jornada de lucha obrera.

El socialismo y el anarquismo ocupaban por entonces un lugar preponderante en la política argentina y especialmente, entre la clase trabajadora. El origen extranjero de la población obrera, a su vez, era marcado. “Había en la reunión poquísimos argentinos, de lo que nos alegramos mucho”, escribió el cronista de La Nación sobre el encuentro.

Los presentes recordaron a sus pares ejecutados en Estados Unidos por reivindicar la jornada laboral de ocho horas y sumaron a ése una serie de reclamos adicionales de corte clasista: la eliminación del trabajo infantil y la jornada nocturna, la instauración de un descanso semanal ininterrumpido de al menos 36 horas, entre otros.

En contraste con la calma en que se desarrolló la primera conmemoración de la fecha, pronto se sucederían varios primero de mayo sangrientos. Entre ellos, más notablemente, los de 1909 y de 1921 y 1922.

El acto del Partido Socialista el 1 de mayo de 1909 en Constitución transcurrió sin inconvenientes. En cambio, el mismo día en Plaza Lorea (actual Plaza del Congreso), la movilización convocada por la central obrera anarquista Federación Obrera Regional Argentina (FORA), que en ese entonces concentraba una parte importante de la representación gremial, fue reprimida por la Policía al mando del coronel Ramón Falcón.

La represión, el cierre de locales sindicales y la huelga obrera de los días posteriores se conocerían luego como la “Semana Roja”. Meses más tarde, el obrero anarquista Simón Radowitsky vengaría esos días de represión con el asesinato del coronel Falcón, narrado por Osvaldo Bayer en Los anarquistas expropiadores.

La llegada del yrigoyenismo no cambió el tenor de los primero de mayo. Por el contrario, las movilizaciones obreras en aquella fecha siguieron siendo reprimidas en reiterados años y, en 1921 y 1922, alcanzarían el máximo nivel de conflictividad en el marco de la huelga de peones rurales conocida como la Patagonia Rebelde, también narrada por Bayer en su histórico libro homónimo.

Tampoco la instauración de la fecha como feriado, consagrado en 1925 al “descanso de los trabajadores” por el entonces presidente Alvear, cambiaría la implicancia simbólica de la fecha. El recuerdo de los “mártires de Chicago”, el tenor clasista de las reivindicaciones de los actos y el protagonismo anarquista, socialista y sindical de las marchas se mantenía inalterable hasta entonces. Pero solo hasta entonces.

Durante la década del ’30, la fecha tomó un primer giro conservador. Uriburu y Justo no prohibieron las marchas, pero sí las banderas y todo tipo de insignia izquierdista. Le dieron lugar, en cambio, a grupos de obreros católicos apadrinados por el Gobierno, organizaciones derechistas como la Liga Patriótica de Manuel Carlés y grupos de beneficencia de mujeres católicas de clase alta. En estas celebraciones hubo premios a trabajadores no agremiados, donaciones de ropa a obreros humildes y proclamas catequistas de unión entre trabajadores y patrones.

En los primeros años de los ’40, la fecha fue utilizada para expresar el rechazo de los sectores de izquierda a la tendencia germanófila de un sector de los gobiernos militares.

Y entonces llegó el peronismo.

 

La fiesta peronista

Con la llegada de Juan Domingo Perón y Eva Duarte al gobierno, el Día del Trabajador adquirió un lugar central entre las “grandes efemérides de la Patria”. Con un aluvión de cambios. De significado, función, símbolos y protagonistas. Hasta de nombre: pasó a llamarse Día del Trabajo, en lugar del trabajador.

En palabras del entonces secretario general de la CGT, José Espejo, pasó a ser “la fiesta del trabajo argentino, que es la fiesta de la soberanía, de la industrialización, del progreso, de la cooperación, de la unión, de la dignidad, del derecho popular, de la autodeterminación, de la libertad, del creciente bienestar y de la justicia social”.

La Plaza de Mayo se consolidó como epicentro de las conmemoraciones. El escudo peronista reemplazó los emblemas rojos y negros. El Estado dejó de simplemente permitir o prohibir los actos para pasar a organizarlos. La fecha abandonó el carácter internacionalista, de lucha y de efemérides que tenía para pasar a ser un día festivo. De descanso y disfrute para los trabajadores y de reivindicación del trabajo y las conquistas sociales del justicialismo. Un día peronista.

Esto se tradujo, en los actos, en parodias de ceremonias militares como la de 1950, que describe la socióloga Silvia Sigal en su libro La Plaza de Mayo: “…el cofre con la bandera partía en una cureña desde la CGT, se escuchaba el toque de diana, se izaba la bandera con delegados sindicales como guardia de honor y se la arriaba al son de la marcha Aurora, del himno, de Los muchachos peronistas y de la Marcha de la CGT. Un sincretismo litúrgico que no desdeñaba la diversión; para eso estaban la elección de la Reina del Trabajo, Angelita Vélez, Edmundo Rivero, Pablo Palitos, Nelly Omar, los Cinco Grandes del Buen Humor, las orquestas de Francisco Canaro y Julio de Caro”.

La periodista Silvia Mercado lo atribuye a Raúl Apold, su “inventor del peronismo”. “El gran salto cualitativo en materia de comunicación –escribe– fue dado en 1948, cuando se creó un comité organizador de los eventos del 1 de mayo y del 17 de octubre, integrado por el ministro de Educación, Oscar Ivanissevich, el nuevo secretario general de la CGT -más dócil que el anterior- José Espejo, y Raúl Apold. A partir de aquí, estas fechas tomaron el carácter ritualizado que guardamos en nuestra memoria, como la elección de la ‘Reina Nacional del Trabajo’, con el desfile de carrozas y de las escuelas porteñas sobre las grandes avenidas del centro”.

Pero lo cierto es que el cambio era algo más grande que únicamente la obra del subsecretario de Informaciones de Perón.

En un trabajo dedicado estudiar las distintas representaciones simbólicas que atravesaron el primero de mayo en Argentina, el historiador y sociólogo Aníbal Viguera retoma el concepto de “invención de la tradición” de Eric Hobsbawm para plantear que el peronismo procuraba ‘inventar una tradición’ de “felicidad y júbilo para los trabajadores” que se mostraba como “superación” frente a las viejas “jornadas de tristeza y desolación de las familias obreras”, como calificaba el propio Perón a las conmemoraciones anarquistas de años anteriores.

“Hace años las manifestaciones del 1 de mayo tenían el carácter de protesta por la ejecución de los obreros de Chicago. Eran entonces una expresión de odio, de rebeldía y de lucha contra el capitalismo. Pero desde que está el general Perón al frente de los destinos de la Patria, ya no albergamos odios ni rencores: nos reunimos junto a la tribuna del 1 de mayo para bendecir a Dios y celebrar la felicidad de los trabajadores argentinos”, declaraba en ese sentido el convencional peronista de 1949, Juan José Perazzolo.

La impronta festiva que el peronismo imprimió a la fecha, no obstante, no era enteramente novedosa. Orquestas, bailes y representaciones teatrales habían sido parte del repertorio de celebraciones de la fecha por parte del Partido Socialista ya desde los primeros años del siglo. La nacionalización y personalización de la fecha, en cambio, eran lo más novedoso.

En ese sentido, para Sigal, el peronismo operó en dos sentidos sobre el primero de mayo. “Por una parte, lo fracciona políticamente convirtiéndolo en un día exclusivamente peronista; por la otra, busca nacionalizarlo, desdibujando lo que le restaba como expresión de una parcialidad”, explica.

 

La vidriera política

Derrocado Perón, sobrevendría un nuevo cambio en el trasfondo simbólico de la fecha. Perdió su carácter festivo, pero no regresó a su original función anticapitalista. Se convirtió en un espacio más de manifestación de respaldos y rechazos a las políticas sociales y económicas de los gobiernos de turno por parte de un abanico más amplio de sectores políticos y sociales.

Junto con los “mártires de Chicago”, las demandas de cuño clasista quedarían olvidadas y se incorporarían nuevas. Las conmemoraciones se deslizaron del clivaje capital-trabajo a la división oficialismo-oposición y las internas sindicales, en línea con el retroceso de la política de clases.

El peronismo tendría un último primero de mayo memorable, pero en línea con su nueva impronta: el de 1974, cuando Montoneros aprovechó el acto para expresarle a Perón su repudio a la dirección que había tomado el gobierno y él respondió echándolos de la Plaza de Mayo.

https://www.youtube.com/watch?v=dCJUYOIBH9o

Desde el regreso a la democracia hasta hoy, las celebraciones siguieron la misma línea. Partidos de izquierda y agrupaciones peronistas, diferentes líneas sindicales y organizaciones populares utilizaron la fecha para manifestarse en contra de los planes económicos de Alfonsín y Menem. Las movilizaciones y los actos gremiales sirvieron también para hacer una demostración de fuerzas hacia afuera o adentro del espectro gremial, divido en muchos casos.

Ni siquiera el kirchnerismo significó una ruptura. Si bien se convocó desde sectores oficialistas a multitudinarias movilizaciones en apoyo al Gobierno, no fueron eventos festivos como los del peronismo sino actos eminentemente políticos y partidarios. Desde la oposición de izquierda y el sindicalismo disidente, se marchó todos esos años en clave opositora.

En sus dos primeras oportunidades como presidente, Macri pasó el primero de mayo con dirigentes sindicales peronistas afines a su gobierno. Esta vez, en cambio, se mostrará con trabajadores no agremiados. Las CTA y el moyanismo tuvieron su acto el viernes en el estadio de Ferro. La CGT tendrá su evento oficial con Dilma Rousseff en la Feria del Libro. Mientras que el Frente de Izquierda y las organizaciones sociales llevarán adelante distintas movilizaciones con foco en la “unidad para enfrentar el ajuste”.

Derechos de autor

 

Por Martín Rodríguez Ossés

Pasan los días y el conflicto en Siria sigue haciéndose más complejo. Nuevos actores y nuevas líneas rojas van diagramando las hojas de ruta para los objetivos de las distintas potencias involucradas. El último evento en Douma (un aparente ataque con armas químicas) nos presenta el ya constante desafío de las narrativas. Con un bloque occidental en plena ofensiva retórica (y no tanto) hacia Rusia por el caso Skripal ahora debemos empezar a leer los fenómenos en Siria casi en clave de  escalada; como si este conflicto de años se reseteara para hacerse de nuevos puntos de partida para justificar retaliaciones. Son respuestas a respuestas de respuestas.

Este tipo de fenomenologías no sólo dificultan el análisis sino que ayuda a perpetuar el círculo vicioso que permite los conflictos en primera instancia. Parte de ese conflicto continuo se puede entender a partir de la noción de status quo. Los dos actores principales (EEUU y Rusia, muy a pesar de China) parten de dos puntos diferentes respecto al estado de situación. Esta divergencia se construye en lo que se denominan sus excepcionalismos. En el caso estadounidense uno de carácter ofensivo podríamos decir, puesto que establece una suerte de primacía moral por su carácter republicano y habilita el decir y hacer respecto a otras naciones. Su status de hegemón lo avala, pero su excepcionalismo le da sentido y valor. Rusia, en tanto, propone otro tipo eminentemente más defensivo. Ese excepcionalismo propone una ineludibilidad rusa en la arena internacional. Es decir, en la mesa de decisiones Rusia no puede quedar afuera. Y me atrevería a decir que es más “No puede quedar afuera” que “Ser parte de la misma”. Construida más desde sus debilidades que desde sus fortalezas.

Esta divergencia en los puntos de partida es la que ayuda a establecer la dinámica conflictiva de estos países y permite, entre otras cosas, lo que se denomina misperceptions (percepción errónea) de Robert Jervis (desde la escuela realista neoclásica) y, en consecuencia, una construcción de identidad peligrosamente equivocada en términos de la escuela constructivista. Estos procesos terminan determinando que ambos países consideran al otro como estados revisionistas. Estados Unidos desde su rol de hegemón (que entiende no perdió) y Rusia desde un escenario de primus inter pares. De ellos se desprende las acusaciones de que el otro desvirtúa el status quo y los valores consagrados por la Organización de las Naciones Unidas, el derecho internacional, Dios o lo que se decida invocar.

Para bajarlo al llano, y al imaginario cinematográfico, estamos en una situación de Captain America: Civil War (2016) de los Avengers o Vengadores . Con el Capitán América y Iron Man presentándose inclaudicables sobre cómo proceder, por qué y cuáles son los valores que están en juego. Spoiler: los dos están equivocados.

A esta construcción de narrativas debe sumarse un problema más espinoso. Aquel que entrelaza las concepciones de justicia, legalidad y moral. Ambas partes hacen uso y abuso de las mismas respecto a cómo justificar un curso de acción y desde donde condenar otra. Todo en un sistema internacional conocidamente anárquico cuyo ente regente encuentra más cabida en el Consejo de Seguridad preso del derecho (privilegio) del veto. Así, se edifican legalidades (resoluciones) sobre causas inmorales (intervenciones) desde posiciones injustas (roles no consensuados). Entre otros ejercicios de tergiversación. No hace falta aclararlo: que algo sea legal no quiere decir que sea justo ni mucho menos moral. Y ambos actores construyen desde los resquicios de estos conceptos.

Finalmente, se presenta a la opinión pública y a los terceros testigos (distintos países y organizaciones que gravitan en la órbita de Estados Unidos y Rusia) un doble discurso con aires de paradigmas, de construcciones totales de un ideario. En conclusión, una disputa por los derechos de autor.

La trampa de Torech Ungol

El problema que resulta de esta hipercomplejidad, que es causa y efecto de la presente y futura disputa retórica, es lo que podemos llamar la Alegoría de Torech Ungol, la nueva caverna platónica.

Torech Ungol es la cueva donde habitaba Ella-Laraña; una criatura monstruosa de “El Señor de los Anillos” de John Ronald Reuel Tolkien. Quienes hayan leído el libro o visto la película recordarán la epopeya casi hercúlea de Frodo Bolsón para atravesar la cueva y llegar finalmente a Mordor para destruir el anillo y así vencer a Saurón.

La situación actual nos pone tanto a analistas como a nuestros lectores, oyentes y televidentes frente a las puertas de la cueva. Ambos sabemos que tras aquella oscuridad que se posa frente a nosotros está lo que nos gusta creer como la verdad. Sin embargo lo que encontraremos será distinto para absolutamente todos.

La cueva y la araña son perfectas para ilustrar las enormes dificultades que presenta el estudio del escenario internacional, especialmente ahora en un mundo de hiperconectividad e hiperdependencia. Nosotros contamos con ciertas herramientas para conducirnos por la cueva en un escenario de gran incertidumbre como el presente, envueltos en densas telarañas con el acecho de un monstruo de múltiples patas. No sólo hay que saber abordar el fenómeno desde una luz particular   (que nos gustaría que fuera la Luz de Eärendil), teniendo la capacidad de elegir el mejor marco teórico posible, sino que debemos percatarnos de cuáles son los actores que son parte del asunto aun cuando no lo parezcan. Superar los sesgos ideológicos y metodológicos. Y eso son solamente algunas de las telarañas. El riesgo mayor recae en la araña: los enormes desafíos que nacen desde los discursos que no encuentran correlato con los hechos de los líderes internacionales; las elecciones de particulares asesores; los vaivenes de sus resortes económicos; los acuerdos y desacuerdos con países que se presentan aliados un día y rivales el otro. Y en algunos países, hasta tener que superar la barrera de la auto censura. Todo esto presentado por medios y agencias de noticias ávidas de primicias y titulares explosivos para hacer del clickbaiting una nueva religión. Y varios pasos detrás, la audiencia/lector/televidente que entra a la cueva resfriada, con conjuntivitis y los oídos tapados. Privados de sus sentidos por la enorme carga de los prejuicios que traen al ignorar un sinfín de fenómenos que lo sobrepasan. Con la mochila, muchas veces, de tener una lectura desactualizada de los países y los procesos políticos que los afectaron y transformaron. Y por si fuera poco, ellos representan la opinión pública que sirve de combustible para el rediseño de políticas exteriores casi presas de una condición plebiscitaria.

En conclusión, la aproximación del público a estos temas puede terminar paradójicamente en nuevas telarañas. Mordor cada vez más lejos.

Como el flautista de Hamelin. Meritocracia, jerarquías, aspiración.

 

Por Paula Canelo.

Recientemente, el Jefe de Gabinete Marcos Peña participó en un encuentro con los miembros del Club Político Argentino. Allí expresó interesantes definiciones sobre la fuerza política que nos gobierna, con una inesperada cintura política y una inquietante performance electoral. Según Peña, Cambiemos es “un animal nuevo en el zoológico”; por eso, dijo, “a veces no se nos entienden las señales. Tenemos otra señalética”. “Si tenemos un dogma”, admitió, “es trabajar para la construcción de una mirada aspiracional” 1.

La lentitud con que la oposición reacciona frente a este “nuevo animal”, es inversamente proporcional a la velocidad con que éste construye su promesa de “cambio cultural”. Promesa que hace posible su proyecto social regresivo, y que combina tres ejes.

El primer eje contrapone meritocracia con prebenda. ¿Qué es el mérito sino un criterio de justicia, que define qué caminos son legítimos y qué caminos no lo son para, por ejemplo, ascender socialmente? Entre estos criterios legítimos se encuentran, por ejemplo, el esfuerzo, el sacrificio, el talento, y otros de larga presencia en el imaginario de vastos sectores de nuestra sociedad.

Frente al mérito Cambiemos opone la prebenda, y otros criterios vinculados con la recepción de beneficios estatales, siempre ilegítimos: las dádivas demagógicas, los consumos artificiales, los subsidios indignos. “Es demagógico que un jubilado cobre 15000 pesos”, “les hicieron creer que podían vivir de esa forma eternamente”, se lamentaba por nosotros nuestra vicepresidenta Gabriela Michetti. “Le hemos devuelto a la población la dignidad de pagar lo justo por los servicios que recibe”, celebraba el presidente Macri.

La meritocracia promovida por Cambiemos es inseparable del que conocemos como imaginario individualista. Durante mucho tiempo asociamos este imaginario con los sectores altos, medios y medios-bajos de nuestra sociedad, mientras que a los sectores populares le atribuíamos propiedades vinculadas con lo colectivo: la homogeneidad, la solidaridad. Sin embargo, algunos estudios recientes nos muestran que el imaginario individualista ha desbordado a los sectores medios y altos para incluir también a los llamados sectores populares, atravesando en forma “vertical” la pirámide social (en forma similar al voto a Cambiemos, ¿no?).

No sabemos mucho aún sobre esta “individualidad popular”2, pero probablemente varias de las políticas de integración implementadas durante los años kirchneristas, que acercaron a los sectores populares a nuevos consumos, prácticas y valores, hayan fortalecido (paradójicamente, sí) su individualización. ¿Cuánto de este imaginario individualista, y de la creencia en las bondades de la meritocracia, influyen en las amplias adhesiones populares a Cambiemos, de las que el voto es sólo una instantánea?

Cambiemos nos propone dos modelos meritocráticos. Por un lado, los CEOs: individuos cuyos méritos ya habrían sido validados en el sector privado (escenario de una supuesta competencia libre y transparente). Los CEOs, nos dicen, personifican valores centrales del cambio cultural de Cambiemos, como la eficiencia o la transparencia; que, también nos dicen, son intercambiables, por lo que podría gestionarse con ellos no sólo una empresa privada, sino también la “cosa pública”. Y la vida toda, ¿por qué no?

Por otro lado, los “emprendedores”: individuos en estado puro, “hiperactores” despojados de todas las protecciones institucionales. Sus méritos permanecen siempre sujetos a verificación, ya que dependen del “éxito” (resultado) que obtengan en sus emprendimientos. Y además, privados de todo, los emprendedores deben innovar. ¿Cómo no ver en el rostro del emprendedor la cara más descarnada y voraz de la meritocracia?

Continuemos con el segundo eje del cambio cultural de Cambiemos: la naturalización de las jerarquías sobre la politización de las desigualdades. Atención con este punto: la meritocracia aplica para toda la sociedad menos para los “notables” que nos gobiernan. Ellos no serían meritócratas, sino una minoría “natural”, poseedora de propiedades excepcionales.

¿Cuáles serían esas propiedades, las del “mejor equipo de los últimos 50 años”? Primero, una inquebrantable cohesión interna, frente a una sociedad sometida a la fragmentación e individualización más feroces. Una minoría homogénea que gobierna a mayorías heterogéneas, y que lo son cada vez más gracias a las políticas implementadas precisamente por esa minoría. ¿Este imperativo de cohesión no explicará, al menos en parte, la exasperada protección del gobierno a funcionarios tan indefendibles como Triaca, Bullrich, Aguad, Caputo?

Segundo, una común pertenencia de clase. Esta minoría que nos gobierna ocupa “naturalmente” (porque sí) las posiciones más altas en la jerarquía social, en muchos casos gracias a atributos heredados, sobre los que no tiene responsabilidad, como la riqueza familiar. ¿A nuestro entender nuestro presidente se toma demasiadas vacaciones?: el ocio ha sido siempre un derecho natural de las elites. ¿Nos resulta incomprensible que los escándalos de las off-shore no les hagan mella?: a los ricos, sólo por ser ricos, se les permiten prácticas y se les aplican reglas diferentes a las del resto de la sociedad. “Los funcionarios tienen derecho a tener su dinero en el exterior”, defiende el ministro Dujovne; “es como una caja de seguridad”, nos explica, didáctico, el ministro Caputo.

Si los Macri, Peña, Braun, Prat Gay, y otros, suspendieron su cómoda vida de privilegios para rescatarnos de la prebenda, de la política, de la realidad, teniendo que embarrarse en este loco “zoológico” político nuestro, ¿cómo no agradecerles?

Mostrarse unidos y ricos es, para los miembros de Cambiemos, un extraordinario capital político-electoral. Por eso ambas propiedades (cohesión interna y pertenencia de clase) son insistentemente escenificadas mediante la “nueva señalética” que mencionaba Peña. ¿Creemos que puede funcionar el acusarlos de ser “un gobierno de ricos para ricos”? Ellos hacen de esa condición una virtud. Ellos son, en suma, una minoría excepcional, garante del mantenimiento del orden social, de las jerarquías perturbadas por la politización de las desigualdades que acompañaba al modelo anterior3.

Finalmente, proponemos como tercer eje para entender el cambio cultural de Cambiemos la oposición entre aspiración y realidad (concreta, tangible, cotidiana). La aspiración como promesa tiene una potencia extraordinaria.

Primero, porque para ser efectiva no necesita cumplirse: no requiere verificarse en la realidad, al menos en lo inmediato. El individuo que aspira no necesariamente pide resultados concretos en el corto plazo. Sólo debe mantener la aspiración como horizonte y confirmar en el poder a quien se presente como el gestor más eficiente en la tarea de despejar los obstáculos que puedan presentarse. Ahora bien ¿y si alguno de esos obstáculos resulta ser el prójimo? La aspiración no necesita cumplirse, sino mantenerse como tal ¿Puede Macri prometernos en 2016, 2017 y 2018, una y otra vez, que “lo peor ya pasó”? Puede. ¿Puede Peña decirnos que “el tarifazo es una percepción subjetiva”? Puede. Sí, pueden.

Segundo, la aspiración como promesa es un verdadero desafío para cualquier oposición. Porque no puede ser confrontada denunciando que no está siendo cumplida: sentencias como “el gobierno miente”, o “no cumple sus promesas”, no debilitan la eficacia de la promesa aspiracional. ¿Deberemos aceptar que “la única verdad es la realidad” ha perdido parte de su validez para enfrentar la promesa aspiracional? ¿Habrá dejado la realidad de ser la única verdad?

Sólo una promesa de futuro amplia, cargada de afectividad y emociones, que compita más en el plano de lo simbólico que en el de “la realidad”, podrá interrumpir esta marcha nuestra hacia lo que se parece mucho a un río donde ahogarnos.

Felices, eso sí: conducidos por la hipnótica melodía del flautista de Hamelin.

1 “El gobierno, los intelectuales y los usos políticos del pasado. Marcos Peña estuvo esta semana en el Club Político Argentino. El desinterés oficial por involucrarse en pensar el pasado fue motivo de críticas.”, Infobae, 25 de marzo de 2018.

2 ARAUJO, Kathya y Danilo MARTUCCELLI (2015): “Las individualidades populares. Análisis de sectores urbanos en Chile”, en Latin American Research Review, Vol. 50, No. 2, LASA.

3 CANELO, Paula (2017): “Un mundo con los pobres bien lejos”, Artepolítica, 15 de diciembre de 2017.

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Diez años de Artepolítica

¿Es mucho o es poco? Lo único seguro es que hace 10 años habíamos leídos menos libros, habíamos ido a menos marchas, habíamos votado menos veces, habíamos ganado y perdido menos elecciones. Incluso algunos de nosotros teníamos menos hijos, menos títulos y menos amores. Había menos redes sociales y por eso había más asados.

En el medio hicimos todas esas cosas y algunas más. En el medio seguimos posteando. Algunos se fueron, entraron otros –ese temita del trasvasamiento-, fuimos cambiando de idea sobre algunas cuestiones y reafirmando otras.
En todos estos años también tratamos de aprender. Y a veces lo logramos, especialmente al intercambiar pareceres, reuniones y vino con otros lectores y escritores.

Otras cosas, aunque ya pasó una década, siguen igual. Entre ellas una voluntad de pensar y compartir ese pensamiento. Esa creencia terca en que las ideas sirven para algo más. Como el debate público: nos apasiona, nos motiva, creemos en su utilidad. Todavía nos resta saber para qué, pero sabemos que sirven.

La otra cosa que sigue igual es esto, que es un fragmento del primer posteo de Artepolítica, un 31 de marzo de 2008: “Creemos que la política no es el arte de lo posible, sino el arte de descubrir, inventar, juntos, lo posible. Creemos que la política debe ser reivindicada, estudiada, pensada y practicada, porque la alternativa a la organización política es la dominación, ya sea violenta o tecnocrática. Creemos en la democracia. También creemos que la democracia es el nombre que tiene una cierta manera, la mejor manera, de crear poder. Creemos que, en política, quien calla, otorga. Por eso, los que hoy lanzamos Artepolítica, no somos neutrales. Con aciertos y errores, marchas y contramarchas, vamos a elegir, siempre, caminar por los caminos polvorientos del campo popular”.

Ya eramos amigos y compañeros. Ahora lo somos mucho más.

 

 

 

AP la hacen hoy: María Esperanza Casullo, Nicolás Tereschuk, Pablo Carnaghi, Abelardo Vitale, Tomás Aguerre, Sol Prieto, Federico Vázquez, Mariano Fraschini, Sergio De Piero, Martín Astarita, Mariano Montes.  

El eje puesto en las paritarias

 

Informe del Instituto de Trabajo y Economía (ITE) de la Fundación Germán Abdala

 

Durante los primeros dos meses del año empezaron a darse las primeras discusiones paritarias, que se perfilan como una de las batallas económicas más importantes de 2018. Con la credibilidad de la meta de inflación seriamente afectada luego de los incumplimientos de 2016 y 2017 y la reformulación para la meta para el 2018, el objetivo del gobierno de encausar las paritarias en un entorno de discusión entre 12% y 15% de aumento parece de difícil concreción.

La reformulada meta de inflación para 2018 establece que el objetivo es llegar a una variación interanual a diciembre de 15%. Partiendo de los valores de enero (ver sección anterior), para alcanzar dicha meta será necesario un proceso de desinflación sostenido, que de darse hará que la inflación promedio de 2018 se ubique cerca 19,8%.

Por la tanto, la pauta de paritarias promovida por el gobierno implica que las organizaciones sindicales validen una caída, o en el mejor de los casos un estancamiento del salario real. Si en cambio se produjera un nuevo incumplimiento como sucedió en años anteriores, escenario en el que coinciden la mayoría de los consultores y centros de estudio (entre los que se incluye ITE) esta caída sería todavía mayor.

En este contexto, la negociación paritaria 2018 luce sumamente compleja. Frente a esta situación el gobierno ha recurrido a una doble estrategia: por un lado, se prepara para a una prolongada confrontación en algunos frentes sensibles, mientras que en paralelo maquilla acuerdos con algunos gremios “cercanos”, con el objetivo de que la pauta informada sea más baja que la que efectivamente percibirán los trabajadores.

Dentro del primer grupo, el caso más claro es el de los trabajadores bancarios, donde el ofrecimiento de aumento para 2018 fue de solamente el 9%, lo cual está dando lugar a un conflicto que ya lleva casi dos meses y se sostiene gracias a la intransigencia de la banca pública, aun cuando una parte de la banca privada estaría más permeable a una negociación en otros términos.

Otro de los frentes abiertos es el de los docentes y trabajadores de la educación. Si bien el énfasis esta puesto en la Provincia de Buenos Aires, las disputas se multiplican en las diferentes jurisdicciones. Aunque los conflictos al inicio de las clases son un clásico de todos los años, la derogación de la paritaria nacional, además de sumar un foco de tensión, eliminó una instancia de coordinación en el siempre complejo mundo de las relaciones laborales del sector educativo.

Mientras tanto, a la vez que confronta en varios frentes, en otros el gobierno propicia la realización de acuerdos que implican la reapertura de la paritaria del año pasado, a cambio de un menor aumento para el 2018. Si bien en algunos casos esto ya estaba previsto, con el objetivo de aliviar hacia atrás la pérdida acumulada desde 2016, al otorgarse ahora afectaran el crecimiento del salario real en 2018.

El caso más claro fue el de los trabajadores municipales de la Ciudad de Buenos Aires, donde se anunció un aumento del 12% en dos tramos: 8% en abril y 4% en agosto. La propia organización gremial salió a aclarar que los aumentos son acumulativos y que en marzo los trabajadores recibirán un aumento adicional del 3%, correspondiente a la renegociación de la paritaria del año pasado, con lo cual los salarios que percibirán los municipales durante 2018 serán un 19% más altos que los de 2017[1]. Es probable que esta pauta implique una caída en el salario real, pero más moderada que con un acuerdo del 12% sin reapertura de la paritaria anterior[2].

Algo similar ocurrió con la negociación del gremio Obras Sanitarias, donde se acordó una recomposición en marzo de 2,8% (correspondiente a la paritaria pasada) y sobre eso un 15% de incremento. El dato llamativo es que la negociación de los acuerdos se adelantó, lo cual implica un mayor crecimiento cuando se comparan los salarios de todo 2018 con los del año anterior.

El caso más relevante por la cantidad de trabajadores que abarca es el de los empleados de comercio. En este caso, la secuencia fue similar, a principios de año se “reabrió” la paritaria 2017 y se otorgó un 5% de aumento (1,7% en enero, 1,6% en febrero y 1,6% en marzo), lo que hizo que la negociación 2018 parta de un piso salarial más alto del que estaba vigente en diciembre de 2017.

Durante 2017, en promedio, el salario de la categoría representativa se incrementó 31,8% respecto a 2016, por encima de la inflación de 2017, por lo tanto, el aumento del primer trimestre de 2018 estaría más vinculado a “preparar el terreno” para un acuerdo del 15%, que a la recomposición de poder adquisitivo.

Asimismo, en abril se llegó a un acuerdo de aumento del 15% (10% en abril y 5% en agosto), los salarios de los mercantiles durante 2018 estarán en promedio un 21,4% por encima que los de 2017[3].

Salario de empleados de comercio con pauta del 15%

Ratio base I.16 = 100

Fuente: elaboración propia en base a escalas salariales del convenio colectivo

 

Este maquillaje, que busca instalar una pauta de aumento sensiblemente inferior a la efectiva no es un tema menor, ya que en un esquema de negociación como en el argentino, donde no hay mecanismos formales de coordinación entre los diferentes sectores, el criterio que prima es el de la imitación.

La efectividad de esta estrategia habrá de medirse no en la cantidad de acuerdos que se cierren en torno al 15%, sino en función de aquellos que lo hagan sin recomposición de los haberes correspondientes al acuerdo salarial del año anterior.

[1] Si en vez del año calendario se considera el periodo de la vigencia de la paritaria, el aumento será de 17,9%.

[2] Incluso la asociación gremial informó que a mediados de año estaría acordado un re-encasillamiento del personal, que implicaría una suba adicional del 5% en promedio.

[3]  Si se considera el periodo de vigencia del acuerdo esta suba sería de 20%, siempre que no haya nuevas actualizaciones en el mes de enero de 2019, como ha sucedido en 2017 y 2018.

 

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Entrevista a Eduardo Jozami: “El Frente es tan importante como el candidato”

 

 

Iniciamos con esta publicación una serie de entrevistas a dirigentes de la oposición, a cargo de Manuel Barrientos y Matías Cerezo

 

Distintos sectores del peronismo comenzaron a buscar una reunificación de sus fuerzas con vistas a las presidenciales de 2019. El Encuentro por la Unidad que se realizó el 8 de febrero en la UMET y en el que participaron referentes del kirchnerismo, el Frente Renovador y el randazzismo pareció derribar ciertas fronteras que se consideraban infranqueables hasta pocos meses atrás.

Integrante de Carta Abierta y de Participación Popular, Eduardo Jozami analiza las potencialidades y límites de la constitución de un frente electoral que reúna a las vertientes dispersas del peronismo y pide que se preste atención al diálogo con los movimientos sociales, los sectores disidentes del radicalismo e incluso los partidos de izquierda. El ex director del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, también señala que no se deben apresurar las postulaciones, por cuestiones tácticas y porque “por primera vez puede darse una situación en la que el frente es casi tan importante como el candidato”.

 

¿Qué balance hace del encuentro en la UMET? ¿Qué perspectivas abre de cara a las presidenciales de 2019?

Es un buen comienzo, porque implica que mucha gente entendió que es importante la mirada opositora y los distintos sectores del peronismo que acudieron ahí pudieron deponer las diferencias -más o menos importantes- que se venían teniendo en estos últimos años. Aún falta mucho, en cuanto a la convocatoria de otros sectores. Incluso hubo otras reuniones paralelas, que no son para nada contradictoras con la reunión en la UMET. El ánimo es que todo esto termine en una única gran convocatoria. Me parece que es muy notable el cambio que se dio a partir de diciembre y, fundamentalmente, de la discusión parlamentaria de la reforma previsional y la gran movilización social que la acompañó. Hoy no hay en el peronismo sectores que abiertamente se pronuncien en contra del kirchnerismo; quedan algunos dirigentes, pero son poco representativos. En el Frente Renovador están planteadas las dos posiciones, el compromiso de Daniel Arroyo y de Felipe Solá con este proyecto me parece sólido. Es muy difícil saber cuál va a ser la situación final de Sergio Massa, pero no veo que él pueda convertirse en el líder de otra convocatoria peronista. Si el proceso de la unidad del peronismo avanza es probable que los que se nieguen a sumarse a esta convocatoria, ante la polarización, terminarán muy cerca del Gobierno. Por otro lado, uno siempre puede discutir cuál es la profundidad de los acuerdos; por ser un comienzo no debería ser excesivamente exigente, pero yo diría que me pareció interesante y positivo el contenido general de los discursos, porque el tono fue unánimemente opositor. Desde ya que hay más que matices que se pudieron observar, sobre todo en los debates en las comisiones, donde algunos temas se profundizaron más, pero quedó claro que la posibilidad de una unidad del peronismo que convoque a la mayor parte del movimiento y a una unidad opositora -que es el siguiente paso necesario- sólo puede construirse sobre la base de un claro programa alternativo al neoliberalismo. 

Se comenzó a abrir un debate sobre dónde poner el foco de esa unidad. Algunos plantean que el peronismo debe ser el núcleo que empiece a unificar, y otros sostienen que debe ser una propuesta de centro-izquierda. ¿Qué piensa al respecto?

Quienes reivindicamos los doce años de kirchnerismo y nos seguimos identificando como kirchenristas, obviamente que ante cualquier propuesta de unidad vamos a defender esa historia y esa mirada sobre el país, más allá de todas las cosas que se reconocen que deben cuestionarse, replantearse, etcétera. Pero si hiciéramos hoy una convocatoria desde la centro-izquierda exclusivamente, me parece que es una convocatoria que casi que el kirchnerismo se hace a sí mismo… No porque no haya otros sectores no kirchenristas que pueden considerarse como centro-izquierda, pero no atacaría el núcleo o el problema central que hay que tratar de resolver para construir un frente opositor que realmente tenga posibilidades de derrotar al macrismo. Ese problema es el de la unidad peronista. Por supuesto que tampoco puede pensarse que el peronismo solo resuelve esto, porque se ha demostrado que no es así, ya que desde Menem en adelante, cada vez que el peronismo convocó y llegó a unificar a la mayoría de los peronistas fue con una definición muy clara en un sentido o en otro. Hoy necesitamos un peronismo que sepa convocar a todo el campo popular y tenga un discurso que pueda dialogar con los radicales que hoy están incómodos con el macrismo y los sectores de centro-izquierda que acompañaron al kirchnerismo; y con la misma izquierda, aunque es un poco difícil imaginársela sumándose a un frente electoral. Pero a lo mejor no es tan difícil pensar que ellos puedan adoptar, en el caso de una segunda vuelta, una posición distinta y que no sea que les dé lo mismo que gane Macri o que gane la oposición. Un proceso que tenga la potencialidad para constituirse en alternativa y convocar a todo lo que hay que convocar es lo que me parece que debe ser visto como un proceso de unidad del peronismo; aunque probablemente no convoque a todos los peronistas, porque eso no ocurría ni en tiempos de Perón.

Habló de la profundización de los acuerdos programáticos. A su juicio, ¿cuáles son los temas que deberían integrar esa agenda?

Acá hay que aclarar un punto. Por un lado, todos coincidimos en que no hay que hacer un frente meramente opositor, porque en política siempre es importante tener una propuesta. En segundo lugar, también es importante con una coyuntura tan difícil o dramática como la que estamos viviendo, construir algo nuevo. Es decir, demostrar que hemos sido capaces de procesar todo lo que pasó en el país durante los últimos años y salir con una propuesta que recoja todo lo que de nuevo pueda estar manifestándose en la sociedad. Dicha esa salvedad, esto no es contradictorio con decir que el programa básico surge de la agenda de la discusión con el macrismo, porque en realidad lo que nos está unificando no es sólo la oposición a las cosas que hace este Gobierno, sino la necesidad de tener la posibilidad de ganar en 2019. El frente es posible porque somos conscientes de que hay una situación –la llamo de “emergencia nacional”-, que exige priorizar los grandes acuerdos e impulsar esta unidad. Pero esta unidad tuvo un paso adelante importante con la oposición a la reforma previsional y a la reforma laboral, con el cuestionamiento de la política del endeudamiento. Esos son, en el aspecto social y económico, los grandes ejes que en principio tienen que ser ratificados para llegar a un acuerdo. Creo que lo que está pasando en el campo institucional, en el campo de la seguridad, de las libertades públicas, de las violaciones de los derechos de los ciudadanos, es el otro gran eje. El presidente de la UCR, junto con sus legisladores, ha apoyado la política del Gobierno en el caso Chocobar; y eso muestra hasta qué punto llega la contradicción que se vive en el radicalismo, porque hay algunos dirigentes importantes que se manifestaron en sentido contrario. Entonces hay que ratificar la agenda opositora y al mismo tiempo tratar de que esta unidad sea algo más que un acuerdo entre dirigentes.

¿Cómo se puede avanzar metodológicamente hacia esa unidad para que, como dice, no sea sólo un acuerdo entre dirigentes, sino también que involucren a sectores más amplios?

Las PASO tienen que formar parte del acuerdo. Si después los principales dirigentes de todo el país se ponen de acuerdo en un candidato presidencial, será porque ha surgido una figura que concita una gran adhesión y sería tonto oponerse a eso. Pero lo que de alguna manera garantiza que el candidato no va a ser impuesto por nadie, es lo que permite convocar a otros sectores y abre la posibilidad de competir en las PASO. De cualquier manera, antes de eso, hay otro momento que es el que estamos viviendo ahora, que es el de hacer comprender la necesidad de un frente. Cuanto más se avance en eso, más participativo va a tener que ser este proceso de construcción del frente y eso nos permitirá superar algunos de los vicios o dificultades de las construcciones políticas de los movimientos nacional y popular de los últimos tiempos. El segundo momento es el de la definición de un candidato hacia la presidencia, aunque es cierto que por primera vez en la Argentina puede darse una situación en la que el frente es casi tan importante como el candidato, porque sin el Frente el candidato no gana, mientras que Cámpora hubiera ganado en 1973 sin el Frente, aunque hubiera sido menos bueno, y lo mismo puede decirse de Perón en su momento. Llega un momento en el que obviamente tiene que haber una figura que sea firme y con posibilidades de liderazgo, y ahí aparece -antes de que me lo pregunten- necesariamente la situación de Cristina. Nadie sabe todavía cuál va a ser exactamente la conducta de Cristina o la definición de ella, aunque en principio ha dicho que no va a poner obstáculos en esta construcción y me parece que eso es lo que está haciendo definitivamente, porque la reunión de la UMET se hizo con el visto bueno de Cristina. Hoy no es el momento de dar nombres de candidatos, porque eso implicaría ya constituir un frente con potencialidades menguadas, porque inmediatamente aparecería otro candidato que podría recostarse sobre los sectores que no han sido convocados por este primero. Eso no quiere decir que en algún momento esa definición no tenga que darse y creo que ahí todo el mundo tendrá que hacer un esfuerzo por conciliar posiciones sobre una base de garantía de definición democrática como puede ser la convocatoria de las PASO.

¿Cómo ve el rol movimiento obrero en esa futura unidad?

Desde la perspectiva de la que podríamos llamar la unidad política, la situación del movimiento obrero es menos compleja que si la miramos desde el propio movimiento obrero. Quiero decir que hoy en el movimiento sindical se vive claramente una situación crítica, en la que los sectores que en su momento se identificaron con el kirchnerismo no son mayoritarios, y el liderazgo que ha vuelto a retomar Hugo Moyano todavía es un liderazgo que se asienta en la contundencia que puede tener su oposición al Gobierno en estas circunstancias. Estamos lejos de ver un acuerdo más sólido entre todos los sectores que participaron en el acto del 21 de febrero. A pesar de la visión crítica que tengo y que mucha gente tiene de las divisiones sindicales, hay otros dirigentes sindicales que podrían en determinado momento sumarse a una CGT que no fuera oficialista. Pero en el terreno político es menos complicado, porque si se gestara una unidad popular muy amplia y esa unidad estuviera respaldada por los principales sectores del peronismo, es difícil para un dirigente sindical hacer política fuera de eso. Creo que eso ayudaría al acercamiento de algunos; y a que tal vez otros transparenten la prioridad que le dan a la relación con el gobierno. Insisto en que me parece que la gran mayoría de los dirigentes sindicales acompañaría ese proceso de unidad.

¿Qué actores políticos y sociales, incluso por fuera del peronismo, podrían sumarse a este frente?

Hay que entablar un diálogo más importante con las organizaciones sociales que participaron del acto del 21F. Por otro lado, siempre hay que dejar una puerta abierta a los radicales, aunque eso uno nunca sabe si va a dar resultado. Aquí hay que hacer una aclaración: la alianza con los radicales es una mala palabra desde el gobierno de De la Rúa, pero lo que pasó en esa ocasión fue que una fuerza política nueva, como era el FREPASO, decidió aliarse con un partido mucho más importante como el radicalismo y naturalmente terminó siendo una especie de furgón de cola. Acá lo que estamos planteando es otra cosa, estamos reconociendo una crisis de la UCR, que cada vez se aleja más de todo contenido nacional y popular; y estamos al mismo tiempo advirtiendo que hay sectores del radicalismo que no están de acuerdo con las políticas del gobierno y que entonces naturalmente deberían ser convocados a un gran frente nacional y popular. Si eso es o no posible, y en qué grado puede darse, lo dirá el tiempo, pero una convocatoria como la que se está haciendo no debería prescindir de este factor.

Una de las críticas que se le hizo al encuentro de la UMET por parte del periodismo oficialista es que casi no había referentes con representación territorial, en especial porque los gobernadores peronistas no participaron del encuentro. ¿Cómo debería darse el diálogo con esos gobernadores peronistas, que en algunos casos se muestran cercanos al macrismo?

Definitivamente la presencia de los gobernadores peronistas no fue muy importante. Pero si decimos que esto es un comienzo, me parece razonable pensar que haya otros sectores que tuvieran la iniciativa antes que los gobernadores, porque la relación institucional con el gobierno a veces ellos entienden que les pone límites. Pero bajo este nuevo clima político que decíamos que empezó a manifestarse con fuerza en diciembre, también se modifica un poco la actitud de los gobernadores y su relación con el Gobierno, incluso de los más insospechados, que terminaron siendo críticos a las políticas oficiales. Existen buenas perspectivas de que los gobernadores, y por lo tanto el peronismo de las provincias, acompañe este movimiento. Seguramente no lo van a hacer, en un primer momento, todos los gobernadores.

Por otro lado, también se criticó la ausencia de mujeres entre los oradores centrales.

La falta de mujeres en el acto inaugural es tan importante como fácil de resolver. Entiendo que quienes organizaron el acto pensaron más en que fuera equitativa la representación entre los sectores, que es la preocupación lógica en el proceso de unidad, y no advirtieron la ausencia de mujeres. Fue un error significativo, en ese punto no empezamos bien, ya que no sólo la representación más igualitaria de género es una conquista de la política argentina en las últimas décadas, sino que si uno piensa en un proceso de unidad que también sea una unidad gestada desde la sociedad, el movimiento #NiUnaMenos es tal vez de lo más importante que ha habido en la sociedad argentina en los últimos años. Es un estimulo más para que las organizaciones que expresan estas reivindicaciones tengan una presencia mayor.

En las calles, la unidad se ha dado con la izquierda. Desde el acto contra el 2×1 a los genocidas hasta las marchas por Santiago Maldonado y contra la reforma previsional, hubo una articulación muy fuerte con los partidos y sindicatos de izquierda. ¿Qué posibilidades políticas hay de avanzar en ese sentido?

La izquierda se ha convertido en un protagonista político importante en los últimos años. Uno debería pensar que en un acuerdo de un gran frente de oposición no habría porqué no convocar a la izquierda. Pero la realidad política parece indicar que eso no es fácil, porque la izquierda tiene una visión muy crítica de todo el resto del arco político, y no nos olvidemos que en la elección de 2015 se abstuvo en la segunda vuelta. Aunque no todos los votantes de la izquierda tuvieron esa inclinación de abstenerse, está claro que si ellos también lo hubieran apoyado el resultado podría haber sido otro. Entonces esta discusión tiene dos niveles. Por un lado, todo discurso de unidad popular no debe excluir a la izquierda y debe incluir a todos los que se reconozcan como suscribiendo a esa política. En segundo nivel, como nada indica hoy que eso pueda ser posible, hay que empezar a pensar en un nivel de acuerdo más bajo, que es que la izquierda termine de definir una actitud que ha mostrado en los últimos meses, que es definir claramente al macrismo como el enemigo principal y priorizar eso por sobre las diferencias con los otros sectores del campo popular. Todo esto debería expresarse en que la izquierda no dijera que le da lo mismo que gane Macri o que gane el candidato del frente opositor. Ese debiera ser también un objetivo de quienes pensamos en este frente para ganar la próxima elección.

Después del encuentro de la UMET, empezaron a escucharse algunas voces que sostienen que el kirchnerismo había estado subrepresentado, porque tiene un caudal electoral mayor que el del Frente Renovador o el randazzismo.

Yo me sentí muy bien representado en esa convocatoria. Además creo que no tiene mucho sentido preocuparse por cuántos representantes o cuántos dirigentes puso cada uno en esa mesa, porque esa mesa era de unidad. No se le pregunta a cada uno cuántos votos tiene. Seguramente si hubiera sido una reunión para definir las listas en la Capital Federal hubiera sido más complicado, alguna persona hubiera dicho “tengo tal representatividad” y a otros les hubieran señalado “bueno, te queremos mucho, pero este es un acuerdo electoral”. Este es un acuerdo que empezó con diputados que tuvieron un rol iniciador importante en los debates por la reforma previsional, y entonces esto no está implicando hegemonía, ni pre-anunciando quiénes son los que van a tener hegemonía. En realidad esta discusión tiene que ver con otra, nosotros dicen algunos compañeros kirchenristas, tenemos que hegemonizar el frente. Ahora eso es algo más que dominar, ahora que se ha popularizado tanto Gramsci en la política argentina, todos sabemos que la hegemonía supone dominación pero también consenso. Entonces es obvio que no habría consenso de parte de los sectores no Kirchenristas, si el acto hubiera sido convocado por cinco dirigentes kirchenristas, uno del Frente Renovador y algún otro peronista o del randazzismo… La hegemonía es una pretensión lógica en una corriente política, pero primero hay que preguntarse si todo va a seguir siendo igual, si el kirchnerismo va a seguir siendo siempre el mismo, o si el kirchnerismo va a renovarse y a enriquecerse en este proceso. Y, si bien es legítimo que una corriente política aspire a una hegemonía, también es bueno que entienda que la hegemonía tiene que revalidarse en cada circunstancia política. Si vos sos de otra fuerza a la mía, me vas a pedir que yo revalide esta hegemonía y que demuestre, por ejemplo, que el kirchnerismo tiene hoy el mismo ascendiente en la sociedad que tenía en su momento, que puede encabezar una lista electoral, y me vas a reclamar internas para que, en última instancia, si eso se hace sea como consecuencia de una decisión democrática. Y me parece que este es el único camino posible para la unidad.

Hablando de hegemonía: el gobierno ganó las elecciones en octubre con cierta amplitud territorial. Si bien es cierto que hubo movilizaciones muy fuertes en diciembre y que en las encuestas hay una caída tanto de la imagen del Gobierno como del presidente, ¿no se corre el riesgo de que haya una subestimación no sólo de Cambiemos, sino también del apoyo social hacia el Gobierno?

Sí, el riesgo se corre, sobre todo teniendo en cuenta el optimismo inconmovible que tienen las fuerzas políticas populares. Pero estamos en un momento en que hay que entusiasmarse porque la adhesión de la sociedad al Gobierno está disminuyendo; pero al mismo tiempo no entusiasmarnos demasiado, porque esto es un proceso que no necesariamente es una tendencia irreversible. Eso dependerá de cómo le vaya al Gobierno, que está sufriendo contratiempos todos los días, pero de cualquier manera no se puede decir que el proyecto neoliberal en la Argentina haya fracasado estrepitosamente. No estamos en 2001. Por otro lado, los gobiernos pierden las elecciones frente a alguien, no es que necesariamente la pierden ante cualquiera porque les va mal. Entonces si nosotros sabemos construir este proyecto de unidad popular, y si esto tiene una expresión electoral adecuada, me parece que hoy es razonable que se le pueda ganar al Gobierno. Ese es el gran cambio en la política argentina desde fines del año pasado. Es decir, no es que antes ganaba Macri y ahora ya perdió Macri, sino que el cambio radica en que antes era muy difícil pensar en la posibilidad de ganarle al gobierno, que hacía las cosas que a nosotros nos parecían más tremendas y sin embargo tenía un consenso que parecía inconmovible. A partir de lo que pasó en diciembre, el descontento pasó incluso a sectores importantes de votantes del macrismo y no casualmente eso genera estas convocatorias de unidad y todos vivimos un clima diferente en dónde pensamos que es posible ganarle al Gobierno. Pero es posible si las cosas siguen avanzando y si nosotros sabemos construir esta herramienta que tenemos que construir.

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Privilegios

 

Por Nicolás Freibrun y Marcos Schiavi

 

Leemos al Presidente Macri: “Detrás del miedo al cambio hay a veces una mirada reaccionaria y conservadora, que defiende privilegios y hay grupos que usan el miedo para conservarlos, es mentira que estamos condenados a que se repitan nuestra historia de fracasos, es mentira que hay algo o alguien que quiera perjudicarnos. […] Las reformas, en las que tenemos que avanzar, exigen que cada uno tenga que ceder un poco, empezando por los que tienen más privilegios. […] Ya vimos que no nos sirvieron los atajos, ya vimos dónde nos llevaron las avivadas, queremos acabar con los privilegios que salvan a unos pocos, mientras tantos argentinos padecen la pobreza y la desigualdad […] Vivamos esa sana rebeldía de querer más y saber que es posible, que está en nosotros lograrlo. Sé que comparten mi visión, que es una esperanza compartida, pero no una esperanza quieta. Es una convicción que nos impulsa a dar nuevos pasos cada vez más consistentes para acercarnos una Argentina posible y maravillosa, sin distinciones ni privilegios, con oportunidades para todos, repito: sin distinciones ni privilegios, pero con oportunidades para todos. Muchas gracias a todos.”

Son extractos del discurso del 30 de octubre de 2017, tal vez el momento más exultante del recorrido presidencial de Macri, tal vez el discurso más transparente. Un discurso reformista y fundante, tal como fue presentado y leído hace apenas cuatro meses.  La palabra clave de su mensaje fue “privilegios” (y en menor medida, pero no menos importante: “reaccionarios y conservadores”). Más allá de que el devenir del gobierno en estos últimos tiempos fue muy diferente a como se imaginaba a fines de octubre, la idea de “luchar contra los privilegios” perdura. Apareció fuerte a comienzo de febrero, acá y acá, en el marco del conflicto sindical, y volvió a aparecer en la voz de Vidal hace unos días.

Ahora bien, ¿Quiénes serían esos privilegiados? ¿Por qué deberían dejar de serlo? Y, sobre todo, ¿qué lleva al primer gobierno de la élite argentina en un siglo de historia a hablar, ¡justo ellos!, de privilegios? Privilegiados luchando contra privilegios.

Lo más simple sería denunciar la impostura; demostrar que muchos de los privilegios de los que habla el macrismo en realidad son derechos (cuestión que se acerca claramente a la realidad); hablar del marketing, de los tan mentados focus group y del blindaje mediático. Eso sería lo más sencillo. Lo complejo es tratar de desentrañar el contenido de ese mensaje y sus efectos, comprender la bases estructurales que le sirven de sustento, qué tiempo social y político y qué valores expresa y, volviendo nuevamente a este interrogante (el cual en el fondo motoriza este texto) explicar cómo la élite más privilegiada del país denuncia los privilegios de los Moyano, los Baradel, los Grabois, las pymes industriales protegidas, los empleados judiciales, los trabajadores del Estado, etc. etc. (porque esos son los privilegios que se combaten, no otros). Un misterio.

Antes de iniciar un esbozo de respuesta política-discursiva a este enigma, nos parece necesario reconocer un estado de situación social: el malestar cultural que el macrismo busca canalizar, existe. Se habla de lo “injusto” del salario camionero; del que tiene plan y vive de ir a los cortes; de los empleados y docentes públicos quienes “tienen más derechos que los ciudadanos que pagan impuestos y, por ende, sus sueldos”. En un paisaje socio-laboral donde una fracción muy grande navega en los mares de la inseguridad social, aquellos que tienen derechos parecen ser privilegiados. Negar esta fractura sería un error.

Así, en este contexto, la retórica pública del gobierno trabaja sobre la fractura existente en el mundo laboral, ahondando la brecha de un conjunto heterogéneo, diverso y fragmentado como es en la actualidad el universo de los trabajadores. La técnica que aplica el gobierno es efectiva, en cuanto lleva al terreno de la despolitización (lo naturaliza, en cierta medida) aquello que pertenece, por derecho e historia, también al ámbito político. Por ejemplo, un conflicto laboral puede ser por mayores salarios, por las horas de jornada de trabajo, por mejores condiciones laborales, etc., pero en todos los casos pone sobre la escena un conflicto político entre dos partes que son desiguales. Los trabajadores que pertenecen al ámbito estatal también son trabajadores, aunque el resultado o el producto de su trabajo sea diferente al de otros trabajadores. El macrismo quiere que un trabajador pase a ser un servidor (con todo lo que la palabra supone), y en ese mismo movimiento introduce la idea de privilegio como un aspecto inmoral, del que hacen uso y abuso algunos sectores de la sociedad.

En este desarrollo, una primer cuestión a mencionar es la idea de jerarquías y su vínculo con los privilegios. Cómo muy bien adelantó Nicolás Tereschuk hace ya un año, uno de los objetivos del gobierno es generar una redefinición de las jerarquías sociales y políticas en la Argentina. En ese camino lo lógico es que sólo una mínima fracción de la población tenga privilegios; que esa fracción deba esos privilegios a sí mismo o a su familia y nunca a corporaciones o asociaciones organizadas en el tiempo. Una élite dominante y dirigente gobernando a millones de argentinos -supuestamente- iguales.

Esto nos lleva a la segunda cuestión, al elemento anticorporativo. Los privilegios que menciona el macrismo son privilegios corporativos, como si ello fuese el sinónimo de algún tipo de usurpación, de una ilegitimidad o de un abuso moral que finalmente ahora el gobierno viene a poner en su justo orden. No se denuncia a los herederos de la pampa húmeda sino al sindicato que logró mejores condiciones para sus afiliados, por encima de lo que el gobierno considera adecuado. Otra vez, aparece la idea de igualdad: todos deberíamos ser individuos iguales, tener los mismos derechos y obligaciones (salvo quienes dirigen el país). Así, todo sujeto colectivo, político y social que ha forjado una identidad histórica pareciera ser un actor a desarticular, un enemigo a combatir. Entre la dirigencia (que dirige porque domina) y la ciudadanía, nada.

Esta última cuestión nos lleva a mencionar algo que esbozamos al comienzo: en múltiples ocasiones, el macrismo ha definido a su oposición como conservadora y reaccionaria. Una definición que va de la mano de aquella que los cataloga como “defensores de privilegios”. Esto representa un importante desafío para las fuerzas que buscan disputarle el poder al macrismo, ya que realmente estos últimos han logrado “vender modernidad”. El oficialismo definió una agenda de transformaciones (para muchos, de retrocesos más que de avances) ante la cual la reacción opositora es defender un status quo, visto por muchos negativamente. Salir de la etiqueta “pasado” y articular una agenda con nuevos lenguajes políticos aparece como un desafío opositor.

Regresando a lo que veníamos planteando, el dador de esos privilegios “mal habidos” sería el Estado, y por ende hay aquí una relectura de este último. Estos privilegios (que, repetimos, en realidad la inmensa mayoría son derechos) fueron obtenidos, regalados, cedidos, ganados, exigidos en el marco de intercambios entre corporaciones, organizaciones y Estado. El macrismo busca desarmar eso; construir un Estado que no sea “dador de privilegios”. Como bien suelen argumentar los investigadores del Instituto de Trabajo y Economía – Fundación Germán Abdala, parte importante proyecto del PRO es la construcción de un Estado de bienes (constructor de puentes, rutas, metrobús, plazas), y no de servicios y de políticas que articulen derechos en base a necesidades históricamente desiguales o relegadas (educación, salud, regulación de mercados, protecciones aduaneras, incentivos industriales y productivos, etc.).

Como cualquier lector avezado habrá notado, no tenemos respuestas claras al interrogante que motoriza el texto: ¿qué factores conllevan a que la utilización de la noción “privilegio” sea eficaz, teniendo en cuenta que la emite el gobierno más elitista de los últimos cien años? Desconocemos si el camino es recorriendo el hilo histórico que nos lleva a la idea de “democracia inorgánica” que acuñó Romero hace más de siete décadas. O, si en realidad, las pistas hay que buscarlas en la más moderna crisis de la fraternidad de la que nos hablan François Dubet y Antoni Domènech. Lo que sí podemos afirmar que es éste uno de los grandes interrogantes del momento y debe ser abordado.

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¿Puede el feminismo ser de derecha?

Por Julia Mengolini.

“Porque el movimiento de mujeres es hijo e hija de esta historia antipatriarcal y anticapitalista, y emerge como alternativa en todo el mundo frente al avance represivo, racista y conservador. Por eso con orgullo hoy decimos: ¡Viva el Día Internacional de las mujeres trabajadoras! ¡Viva el paro internacional de mujeres!”

Fragmento del documento leído en el acto del 8 de marzo de 2017

 

Hace algunos días Malena Pichot volvió a ser tendencia en Twitter. Esta vez dijo que el feminismo no podía ser de derecha. La insultaron con todo como siempre. Pero, como siempre, nos dejó pensando. ¿Puede haber un feminismo de derecha?

Hasta hace muy poco el Día Internacional de la Mujer se celebraba con flores para las secretarias de la oficina y descuentos en el Alto Palermo. Borradísimas de la efeméride habían quedado las obreras huelguistas de Nueva York, reprimidas por la policía cuando marchaban para pedir mejores condiciones de trabajo. El 8 de marzo parecía una fecha desligada de la agenda del movimiento de mujeres.

Las primeras expresiones de un feminismo masivo en Argentina se dieron hace unos años bajo la consigna Ni una menos. Cientos de miles se congregaron en las plazas de todo el país para decirle basta a los femicidios. Hay que admitir, no para quitarle importancia a la lucha, que se trató de una movilización de consensos mínimos: pedíamos que no nos maten. ¿Quién podría estar en desacuerdo con ese reclamo? Pero la masividad no licúa la importancia del Ni una menos en tanto logró instalar que cuando un hombre mata a una mujer no es por “pasión” ni es porque la “quería demasiado” ni es una anécdota macabra del ámbito doméstico. Un hombre mata a una mujer cada 27 horas en Argentina porque una cultura machista le hace sentir que es dueño de la vida de esa mujer y que puede hacerlo. El femicidio es la expresión absoluta del patriarcado. Es la expresión final de un sistema. Es fácil estar de acuerdo en que no nos maten pero no es tan fácil ver el por qué. Entonces, la consigna Ni una menos encontró su límite.¿Y ahora? Ahora es tiempo de ir a fondo, de atacar las causas y entender además que toda desigualdad es violenta. Es tiempo, como aquel 8 de marzo de 1857 en Nueva York, de ir a la huelga.

El movimiento de mujeres está reverdeciendo, se está popularizando y mostrando su mejor cara: está organizando un paro internacional de mujeres. Lo que conocemos comúnmente como una huelga. La huelga, como expresión típica del conflicto laboral es una herramienta de lucha. El mecanismo que lxs trabajadorxs del mundo han utilizado para conquistar una más equitativa distribución de la riqueza, para discutir cómo se reparten las ganancias de una empresa y para reclamar por políticas públicas. Dicho de otra forma, es una herramienta con la cual se presiona no sólo para que se cumplan las leyes sino, fundamentalmente, para modificarlas.

La huelga ha nacido como una consecuencia propia del sistema capitalista. Es la herramienta con la que lxs trabajadxs se defienden de la angurria empresarial. La huelga, que antes era un delito y ahora es un derecho constitucional, no es bien vista por el gobierno de Cambiemos y es contestada como lo hace cualquier patrón: lejos de buscar un acuerdo, lo primero que intenta es deslegitimarla o romperla. El paro del año pasado dejó como saldo 20 personas detenidas  en un operativo represivo y arbitrario con detenciones al voleo, la presencia de efectivos de civil y el uso desproporcionado, irregular e ilegal de la fuerza. Un mecanismo de amedrentamiento y disciplinamiento que el gobierno aplicó del mismo modo en otras manifestaciones callejeras.

A diferencia de cualquier otra movilización, la modalidad de la huelga este 8 de marzo -como el anterior-, pone en el centro del conflicto a la mujer trabajadora. Los reclamos contenidos en el documento leído el 8M de 2017 eran propios de las mujeres trabajadoras, de las mujeres pobres, de las trans, de las travestis, de las putas, de las mujeres en situación de prostitución, de las lesbianas, de las amas de casa, de las docentes, de las jubiladas, de las migrantes, de las sindicalistas, de las cualquiera. Los reclamos se le hacen a un modelo que este feminismo entiende opresor de las más débiles. Hace unos días @suzyqiu informaba en su cuenta de twitter que “las grandes protagonistas del proceso asambleario de este año fueron las trabajadoras despedidas. No fue una agenda que marcó una orga, fue la realidad imponiéndose. Por eso van a encabezar nuestra marcha, porque las principales afectadas por este gobierno somos las mujeres”.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿puede el feminismo ser de derecha? Puede, aunque el recorrido por las principales pensadoras del feminismo arroja un saldo inequívoco, donde feminismo e igualdad social van de la mano, con contadísimas excepciones. Eso es un dato.

Imaginemos un mundo en el que Jennifer Lawrence gane los mismos 20 millones de dólares por película que su compañero varón y en el que haya tantas mucamas como mucamos ganando miserias por hora y en negro. Imaginemos una Argentina en el que hubiera tantas conductoras de tele y radio como conductores y todos ganaran buenos sueldos por igual, pero al mismo tiempo, la mayoría de mujeres (y hombres) viven miserablemente.

Las feministas nos entusiasmamos con los reclamos de Jennifer Lawrence, o cualquier lucha que intente romper el techo de cristal, porque sedimentan y ayudan a modificar el sentido común patriarcal. Pero no queremos una “igualdad” que reproduzca el status quo. Queremos un igualdad que cuestione nuestros niveles de pobreza, de precarización laboral y de desprotección social. Una igualdad que, necesariamente, cuestiona los privilegios.

El feminismo tiene como horizonte la igualdad. ¿Pero qué igualdad? La igualdad entre varones y mujeres es el objetivo más patente y más fácil de asumir. Incluso, me atrevo a decir hoy, no es un objetivo insólito. El propio Presidente Macri en el discurso de la Asamblea legislativa propuso mecanismos para mitigar la brecha salarial. La pregunta no es una chicana: ¿será una oportunidad para nivelar salarios para abajo?  No faltan muchas películas para que las actrices ganen lo mismo que su compañeros varones. No faltan muchos años para que las mujeres que tienen el privilegio de tener una carrera en el Poder Judicial dejen de toparse con el techo de cristal. Incluso -tal vez- no falte mucho para que las obreras ganen lo mismo que los obreros.

¿Es ese el mundo con el que soñamos las que paramos el 8M? Seguro que no. El feminismo, como se explicó mil veces, no es machismo al revés y las feministas, como se explicó mil veces, no odiamos a los hombres. No soñamos con un mundo de hombres oprimidos por mujeres, pero tampoco de hombres y mujeres oprimidos por otros hombres y mujeres. Nos revela la injusticia, empatizamos con lxs débiles. No podríamos nunca estar cómodas en un mundo para unos pocos, aunque ese fuera un mundo de aparente igualdad entre varones y mujeres. ¿Podría el feminismo ser de derecha? Tal vez sí, pero el actual movimiento feminista por su historia, por los reclamos que contiene, por las personas y colectivos a los que convoca, y por los enemigos que enfrenta, no lo es.

El feminismo desborda

Por Lorena Guzzetti

El próximo 8 de marzo nos organizamos para convocar a un paro internacional de mujeres, que se replica a nivel internacional y en todos los ámbitos de nuestras vidas, en el mundo del trabajo y en el ámbito doméstico. Este año el Día Internacional de las Mujeres nos encontrará masivamente en las calles, porque paramos y nos paramos por muchas razones: contra la violencia machista y su mayor expresión, los femicidios, los travesticidios, la lesbofobia,  contra el ajuste y los despidos, porque sabemos que en estos tiempos la mayor desocupación y los trabajos precarios afectan en mayor medida a las mujeres, porque continua afectándonos la brecha salarial (27% de diferencia), porque es necesaria una distribución más equitativa del trabajo no reconocido como trabajo, el doméstico, por las víctimas de trata… Cada encuentro, cada asamblea, cada país incorpora discriminaciones y desigualdades que nos afectan en nuestra cotidianeidad, en nuestras subjetividades y en nuestros deseos. Porque el Movimiento es así, nos agrupa con nuestras diferencias y pluralidades e incide en el ámbito académico, en el ámbito público, en las casas, en las calles y en las camas.

Hoy el feminismo desborda y nos desborda, se expresa en todos los lugares para introducirse en las agendas más variadas desplegando aportes, ideas, preguntas y visibilizando las desigualdades que genera el patriarcado. Este movimiento social, en nuestro país, fue creciendo en su entramado dialectico de teoría y praxis política, dando cuenta de su trayectoria en dos puntos de inflexión que merecen destacarse por su trayectoria: los Encuentros Nacionales de Mujeres y la Campaña Nacional por el Aborto Legal Seguro y Gratuito. El primero de estos Encuentros se realizó en 1986 y desde ese año se vienen sucediendo en diferentes provincias con una masividad que se incrementa en cada evento. Los Encuentros son autoconvocados, federales, autónomos, autofinanciado y de lo más heterogéneos. Cada año una ciudad de nuestro país es literalmente tomada por la presencia de miles de mujeres reunidas en escuelas, bares, universidades, organizaciones y plazas. Esta propuesta autogestiva, y única en el mundo, reúne a diversas mujeres de todo el país, las que ya no vuelven a ser las mismas una vez que son abrazadas por la sororidad de los encuentros. En ese marco, en el año 2004 durante uno de esos Encuentros fue formalizada La Campaña Nacional por el aborto, la que trabajó insistentemente durante los últimos doce años para que las mujeres podamos decidir sobre nuestros propios cuerpos.

En el día de mañana se presentará (por séptima vez consecutiva) en la Cámara de Diputados de la Nación el Proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) redactado desde la Campaña y por reconocidas juristas, médicas y militantes, y firmada por un transversal abanico de legisladores y legisladoras. Este año, como nunca antes, el proyecto contó con un apoyo extraordinario por parte de organizaciones y representantes de la Cámara Baja. Esto releva de forma nítida la existencia de un fuerte compromiso de buena parte de nuestra sociedad de dar batalla política a las ideas más conservadoras y retrogradas que lamentablemente aún anidan en nuestra comunidad. A partir de esta organización, hemos pintado de verde nuestras cabezas y nuestros cuerpos con la presencia masiva de los pañuelos que representan el reclamo de ese derecho. A pesar de la prohibición legal de ejercer esa práctica, en nuestro país los abortos alcanzan a una cantidad de 520 mil mujeres por año (Ministerio de Salud de la Nación- 2015).

Otro hito más reciente, de la lucha por los derechos de las mujeres y contra la violencia machista fue la autoconvocatoria del colectivo “Ni una menos”. El 3 de junio de 2015 se expresó el clamor de las voces agotadas de que nos maten (en nuestro país se estima que muere una mujer cada 18 horas víctima de femicidio), con una gran convocatoria que desbordo las calles y los escenarios de todo el país.

Pero la injusta situación en las que nos encontramos las mujeres en esta sociedad patriarcal se extiende a su condición de trabajadoras. El 8 de marzo justamente  es una fecha en que las mujeres  recordamos, debatimos y visibilizamos la desigualdad de géneros en todas sus facetas y sobretodo en el ámbito del trabajo. A pesar de los avances logrados en las últimas décadas, en cada uno de los lugares de trabajo la punta de la escala jerárquica de toma de decisiones hay en su mayoría varones, y en la base mujeres. Asimismo, la mayor cantidad de personas en los trabajos no registrados somos mujeres (trabajos más precarizados y peor pagos) y la inequitativa distribución del trabajo domestico no remunerado afecta a las mujeres en sus posibilidades de acceso y participación en el trabajo asalariado formal y pago. Además, la ausencia de políticas de cuidado con instituciones públicas que den respuesta a las demanda del protección de los/as niños/as y personas de la tercera edad, amplía aún más la carga horaria de las mujeres destinadas a este aspecto. En ese sentido, las jefas de hogar de los sectores populares son las más afectadas, ya que poseen los peores trabajos y, además, se encuentran a cargo de las personas del grupo familiar. En el campo laboral, también, sufrimos la segregación horizontal (la posibilidad de acceder a determinadas profesiones), ya que hay muchas labores que se asumen como propias de varones que de mujeres.

En nuestro país, el INDEC ha realizado en el año 2013 la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo, implementada como módulo de la Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAHU), con el objetivo de captar información respecto de la participación y el tiempo destinado por las personas a las tareas domésticas, al cuidado de miembros del hogar y al trabajo voluntario. La conclusión de la investigación sostiene que una mujer ocupada full time dedica más tiempo al trabajo doméstico (5,5 horas) que un hombre desempleado (4,1 horas). Esta división desigual del trabajo nos enfrenta a un escenario desde el cual no partimos del mismo lugar en ningún aspecto del mercado laboral, generando de esta forma las diferentes caras posibles de la violencia laboral contra las mujeres.

Las desigualdades se multiplican y los reclamos crecen en tiempos de ajuste económico, las alternativas se construyen con otras y las banderas se despliegan juntas. Este amasado colectivo, recoge en forma de homenaje a nuestras bellas y generosas antecesoras que nos abrieron el corazón, la cabeza y caminos con herramientas, acciones y conocimientos para restarle poder al patriarcado y a las relaciones sociales que establece en nuestra sociedad. Porque esa violencia machista recrudece y se torna más virulenta, debido a nuestra potencia revolucionaria y a los enormes avances que dimos y que aún nos quedan por dar. Para esto contamos con las más jóvenes, con la gran cantidad de ellas que se sienten convocadas por los feminismos y en sus emociones y sus cuerpos vivencian las experiencias de juntarnos, trayendo sus ideas, sus sueños, sus propuestas, deconstruyendo y problematizando permanentemente nuestras miradas y nuestros saberes previos.

Porque venimos a discutirlo todo, enlazando y permeándonos con otros movimientos que denuncian desigualdades y reclaman derechos, y a decir basta, en un recorrido que se fue  hilvanando a lo largo de todos estos años de forma persistente y terca. Y por eso hablamos de todo, articulando e interconectando las clases sociales, los géneros, las etnias, etc. En palabras de una compañera, en una de las asambleas para el 8M, en la Mutual Sentimiento, convocada por Ni Una Menos: “Porque compañeras, somos una plaga, estamos en todos lados”.

Es nuestro desafío darle continuidad organizativa y desarrollar herramientas políticas a este despliegue de potencialidades logrado a través de la participación, la difusión, el debate y la organización. El Paro es una propuesta pedagógica de procesos que nos permite realizar aprendizajes grupales para comprender y transformar nuestra compleja realidad. Pero también es un desafío para pensar estratégicamente cómo seguimos. Que la marea violeta siga y nos siga desbordando.

 

Foto: Plaza Boedo. Asamblea Popular Feminista (25/2/2018)

 

 

 

 

 

 

 

Actualidades

 

 

 

 

 

 

La frenética búsqueda por generar agenda pública por parte del Gobierno nacional derivó en los últimos días en un debate sobre la atención a extranjeros (sobre todo bolivianos) en el sistema público de salud:

 

 

 

 

 

 

 

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#21F: el duranbarbismo y la marcha

 

 

Por Facundo Matos

 

Duran Barba sonríe. Desde su oficina, desde Casa Rosada o donde quiera que siga el desenlace de la marcha sindical de hoy encabezada por Hugo Moyano. Desde su marco teórico, las cosas no podrían andar mejor: el Gobierno se enfrenta hoy con una marcha multisectorial encabezada por…los sindicatos, una institución que arrastra años de imagen negativa (más de 70% en distintas encuestas) y lidera los rankings de desconfianza en las instituciones; especialmente, entre los jóvenes.

En su libro El arte de ganar, Jaime Durán Barba plantea que un ataque puede volverse más beneficioso para el atacado que para el atacante si quien lo emprende tiene una imagen negativa alta. “Al producirse un enfrentamiento, los efectos van más allá del daño al atacado y del beneficio del atacante”, asegura. Todo enfrentamiento, toda manifestación pública, lleva a endurecer o sumar votos y debilitar o perder otros. Es lo que se conoce, respectivamente, como explosión e implosión.

Por supuesto, el consultor del macrismo está escribiendo sobre el momento de la campaña, aunque la mayoría de sus puntos de vista son extrapolables también al contexto de gobierno. Sobre todo, cuando la lógica de gobierno es la de la campaña permanente, como es el caso actual.

Durán Barba también entiende que los electores son hoy más independientes, se interesan menos por la política y los colectivismos, por las formas tradicionales de hacer política (las grandes movilizaciones y los discursos encendidos) y rechazan las instituciones mediadoras a la hora de presentar sus demandas al poder, gracias al boom de las redes sociales. En ese sentido, la movilización de hoy tiene todos los condimentos para mantener sin preocupaciones al Gobierno. Los números acompañan:

– El 71,8% de los argentinos y las argentinas declaran que los sindicatos le generan “poco” o “nada” de confianza, según una encuesta de Taquion (https://es.scribd.com/document/360070988/Taquion-Confianza-Instituciones)

– El 68,7% de los y las jóvenes asegura que los sindicatos y sindicalistas les generan “poco” o “nada” de confianza, según una encuesta de Management & Fit (https://www.pressreader.com/argentina/clarin/20180107/281698320137796)

– En una escala de 0 a 10, ven 7,3 de corrupción en el país, contra una media de 7,1 a nivel regional, según el Latinobarómetro 2017 (http://www.latinobarometro.org/LATDocs/F00006433-InfLatinobarometro2017.pdf)

– Entre 1995 y 2015, el porcentaje de encuestados que declaraban tener “poca” o “ninguna” confianza en los sindicatos osciló entre un máximo de 87% en 2003 y un mínimo (aunque no tan mínimo) de 70% en 2015 (http://www.latinobarometro.org/latOnline.jsp)

¿Hemos dejado tan atrás la política tradicional como cree Durán Barba? ¿Ya no tiene ningún sentido manifestarse, si no es por Twitter o Facebook? ¿Es mejor no movilizarse y, sin dar pelea, abrazar el programa económico regresivo para los trabajadores que lleva adelante el Gobierno? No, está claro que no.

La inacción es peor aliada en esta circunstancia, como muestran los años más recientes, y la unión de los representantes populares en un mismo diagnóstico de la situación es un dato bienvenido para pensar la reconstrucción de una oferta electoral y de gobierno nacional y popular de cara a 2019.

Y, sin embargo, la renovación exitosa es siempre de figuras, pero también de programas que alimenten el voto prospectivo, y de formas que generen persuasión. Para Cafiero (y luego para Menem) fueron, entre otros puntos, la revitalización de la agenda peronista, el contacto directo inaugurado en la Marcha de la Esperanza y la promesa de una reactivación económica. ¿Cuáles serán ahora?

Informe especial de coyuntura

Publicamos un fragmento del Informe especial de coyuntura del Instituto de Trabajo y Economía de la Fundación Germán Abdala.

En el presente informe hacemos un balance de los primeros dos años de la gestión de Cambiemos.

En primer lugar, se destaca la imposibilidad del gobierno de mostrar logros relevantes en materia de reducción de la inflación, a pesar haber sido el elemento central de su propuesta económica. Un mal diagnóstico en el inicio, junto con un esquema de política monetaria en etapa experimental y con escasos instrumentos, impidieron mostrar resultados satisfactorios en un frente en el cual, además, el gobierno nacional anunció cambios de cara a los
próximos años.

En segundo lugar, y luego de varias idas y vueltas en torno al cálculo del déficit fiscal, las autoridades decidieron emprender un cronograma de reducción del déficit primario, empresa que tiene como contrapeso natural la premisa básica del gobierno: que la presión fiscal es uno de los principales escollos para el crecimiento del lado de la oferta. El ajuste del gasto, incluyendo la baja en subsidios, demostró ser insuficiente para financiar la
reducción de impuestos, motivo por el cual el gobierno recurrió a un duro recorte de la seguridad social como vía de escape.

A pesar de esto último, el gobierno no logró reducir, sino que aumentó el déficit financiero de la mano de un nivel de endeudamiento récord a nivel global, que llevó a incrementar el peso del pago de los intereses de la deuda en el presupuesto. Esta es, sin duda, una fuente de fragilidad para la economía argentina.

A su vez, la economía argentina evidencia serias dificultades para crear empleo, además de mostrar indicios de ir avanzando hacia un entorno de mayor precarización laboral. En particular, los puestos de trabajo que se crearon en estos últimos dos años son peor remunerados que los que se destruyeron, afectando la masa salarial e impactando negativamente en el consumo masivo y en las condiciones de vida de los sectores asalariados.

En estos dos años, el gobierno pudo administrar los problemas de liquidez en moneda extranjera de corto plazo que tenía la economía argentina, aunque esto se logró a partir de una fuerte devaluación del tipo de cambio, la convalidación de la deuda exigida por los fondos buitres y la completa desarticulación de las regulaciones cambiarias, en el marco de un profundo y creciente desequilibrio externo.

El atraso cambiario es uno de los síntomas de este esquema macroeconómico. En efecto, las necesidades de financiamiento público son la principal fuente de divisas de la economía argentina luego de las exportaciones, de modo tal que la voluntad de los mercados de crédito globales de continuar expuestos al riesgo argentino es condición sine qua non para sostener un (pseudo) equilibrio en el mercado de cambios.

En este contexto, el gobierno decidió emprender una serie de reformas de corte netamente “ofertista”, a la espera de que la maduración de un entorno institucional de menor regulación favorezca el desarrollo de la inversión privada, dotando de consistencia en el tiempo a este modelo.

Sin embargo, al momento, la industria y los sectores empleo intensivos siguen golpeados, y no logran reponerse a pesar de la recuperación del PIB. Así, la economía muestra un sendero de crecimiento moderado pero estable, que luce insuficiente para mejorar en forma sostenida las condiciones de vida de la población, al costo de acumular desequilibrios (fundamentalmente, en el sector externo) que amenazan con poner en riesgo el esquema macro.

UNA NUEVA NOCHE FRÍA EN EL BARRIO

Desde el inicio de la gestión de Cambiemos, caracterizamos que la apertura de la economía era el basamento central sobre el que pivotearía la dinámica macro en los primeros años del nuevo gobierno.

Señalamos también que, para el Ejecutivo, este camino debía ser socialmente “tolerable”, lo que demandaba “gradualismo fiscal” y reiniciar un acelerado proceso de endeudamiento.

Además, el gobierno prometió una baja rápida de la inflación, priorizando un esquema experimental de Metas de Inflación con un duro ajuste monetario dentro del combo.

Denominamos a esta estrategia como de “ajuste a dos velocidades” asumiendo que, transitado el golpe inicial que produjeron la apertura externa, la devaluación y el ajuste de tarifas, el ingreso masivo de moneda extranjera mediante deuda pública permitiría estabilizar el sector externo y daría lugar a un proceso de recuperación en la actividad económica.

Postulamos también que, aún en ese marco de recuperación, la apertura externa, la apreciación cambiaria y la ausencia de una política productiva consistente impulsada desde el Estado nacional atentarían contra la cantidad y calidad del empleo, afectando de modo adverso las condiciones de vida de amplios sectores de la población.

Este ordenamiento macroeconómico lleva implícito una  reconfiguración regresiva de la matriz distributiva que pareciera haberse empezado a acelerar luego del triunfo electoral del oficialismo en las elecciones pasadas.

Ahora bien, en la concepción oficial este futuro empeoramiento en la distribución del ingreso no será un “falencia” o una “deuda
pendiente”, sino un requisito para el despliegue de su modelo de
crecimiento: la reducción del peso del sector público (y de su rol
distributivo) junto con una menor carga impositiva, a la par que se intenta reducir salarios y costos laborales es un objetivo deliberadamente buscado en la inteligencia que eso generará condiciones para un incremento de la oferta.

El balance de estos dos años que presentamos en este informe tiende a confirmar los principales postulados de este diagnóstico, al tiempo que desnuda futuras tensiones y desequilibrios que empiezan a acumularse de modo preocupante en los fundamentos del modelo.

Por un lado, el gobierno presenta un programa de ajuste fiscal que apunta a ir reduciendo cerca de 1 p.p. de déficit por año hasta 2020.

En gran medida, los voceros oficiales esperan que el crecimiento proyectado del PIB haga la mayor parte del trabajo. En caso de frustrarse esta expectativa, sostener la meta fiscal implicará abandonar el “gradualismo”, en un contexto donde el ajuste de tarifas ya parece haber rendido todos los “frutos” que el gobierno podría esperar. Como sostuvimos en múltiples oportunidades, y los hechos de fines de 2017 confirman, sostener el esquema fiscal en los próximos años implicará poner en el centro del debate el sistema de seguridad social y su achicamiento en el tiempo.

Por el otro, a pesar de sostener elevadas tasas de interés durante toda la gestión, el esquema de Metas de Inflación está lejos de generar los resultados esperados por las autoridades y pone en crisis el conjunto de la política monetaria. Al cambiar la meta, el gobierno agrega un elemento adicional de incertidumbre.

El esquema de Cambiemos depende de la permanencia en el tiempo del proceso de endeudamiento externo, fundamentalmente del sector público, situación que nunca está garantizada. En una economía abierta y desregulada, las perturbaciones externas (que no podemos descartar como un escenario factible en 2018) impactarán con fuerza y rapidez en la economía nacional, expresando la elevada fragilidad del modelo macro.

La acumulación de tensiones en el esquema de política empieza a presionar
sobre las prioridades del gobierno. Al momento, y quizás como un resultado derivado del proceso electoral, se observa que el Ejecutivo comienza a abandonar elementos fiscales que contribuían a hacer “tolerable” en términos sociales el modelo de ajuste, profundizando, de este modo, el conflicto social.

En conjunto, entendemos que aún en “pleno funcionamiento” no debe esperarse de este modelo una mejora sostenida y sensible en las condiciones de vida de los sectores asalariados. La mayor precarización del mercado de trabajo y el desmantelamiento del sistema de seguridad social son pruebas de ello. A futuro, esperamos que estos lineamientos tiendan a profundizarse, lo cual podría agravarse sensiblemente ante una situación de estrangulamiento en el sector externo.

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“Un mundo con los pobres bien lejos”

 

Por Paula Canelo

 

La llegada de una factura de luz impagable no es el final de la adhesión al macrismo. Al contrario. Es lo que la explica. Es el precio que muchos “pagan” voluntariamente para mantenerse a salvo del otro.

La clave para entender las adhesiones al macrismo, esa indudable derecha dudosamente democrática y moderna, está en desentrañar su potencia simbólica, ideológica y cultural, mucho más que en medir su performance “material” (económica).


Supongamos que el macrismo sostiene un pacto más o menos implícito con su electorado llamémosle (y que mis colegas rigurosos me perdonen, pero esto es un post en un blog) “de clase media”.

¿En qué consiste ese pacto? Por un lado, estos votantes aceptan sin muchas vueltas una reducción de su poder adquisitivo (más o menos significativa de acuerdo al caso). Por otro lado, el gobierno promete mantenerlos a salvo del achicamiento de las distancias sociales: a salvo de tener que mandar a sus hijos a la misma escuela, al mismo hospital, al mismo club, que los hijos de los “sectores populares” (y que mis colegas rigurosos me perdonen otra vez).

Y por supuesto, claro está, a salvo de la amenaza de los sectores populares movilizados, de la politización de la vida pública, de la grieta K, de las cadenas nacionales, y de esos etcéteras intolerables.

Solemos considerar a ese votante como irracional. Nos preguntamos “-¿Cómo (CÓMO?) van a votar a un gobierno que los empobrece? Es que no se dan cuenta? Ya van a ver cuando no puedan pagar las tarifas de la luz, del gas, de la prepaga”, y etcéteras.

Sin embargo, y a la luz de los hechos cotidianos, creo que es hora de que abandonemos estas acusaciones de irracionalidad. Llamémosles “interpretaciones economicistas” o materialistas, que a los sociólogos nos gustan TANTO.

El fin de este despojo, curiosamente asistido por el despojado, no va a empezar cuando éste no pueda pagar la factura de luz, ni cuando no pueda pagar la prepaga, ni cuando no pueda pagar la escuela privada, y esos etcéteras.

Porque, precisamente, esas facturas impagables son el precio que paga, voluntariamente, para mantenerse a salvo del otro. Que, no lo dudemos a este paso, va a ser, lejos, el primero en no poder pagar y en empezar a transformarse en un número de la UCA.

El malestar de los adherentes al macrismo va a empezar cuando el gobierno deje de garantizarles el mantenimiento de las jerarquías y de las distancias sociales, del orden de clase que había sido puesto en tensión por las políticas de inclusión del kirchnerismo, más allá de todos sus errores.

El rico, que mande. La clase media, media. El pobre, bien pobre, y bien lejos de todos.

La clave para entender las adhesiones al macrismo, esa indudable derecha dudosamente democrática y moderna, está en desentrañar su potencia simbólica, ideológica y cultural, mucho más que en medir su performance “material” (económica).

Por eso el macrismo no para de buscar, recrear, agitar, a toda costa, un clima de visceral odio social. Porque es allí donde está su fortaleza, su parte del pacto: su capacidad para mantener las distancias sociales.

Así que dejemos de esperar que “dejen de votarlos cuando se den cuenta que no pueden pagar la luz”. Porque esa factura impagable es el precio que muchos pagan, voluntariamente, por mantenerse a salvo del otro.

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Entrevista a Ronald Noble: “nadie de Argentina le pidió a Interpol que se levanten las alertas rojas”

Entrevista a Ronald Noble, por Iván Schargrodsky (10/12/2017).

¿Alguna vez Argentina le pidió que levante las alertas rojas del caso AMIA?

No, nunca.

¿Alguna vez Irán le pidió que levante las alertas rojas del caso AMIA?

Respecto a Argentina, puedo decirlo porque hay declaraciones periodísticas respondiendo a este tema. Respecto a Irán, puedo decir que si Irán pidió levantar las alertas entonces su pedido fue rechazado porque las alertas nunca fueron removidas luego del Memorándum.

¿Está trabajando como defensor de Irán en algún caso internacional?

No. Algunos medios argentinos publicaron información falsa sin darle oportunidad a la persona atacada de responder. En ese hecho, esos periodistas violaron uno de los principios fundamentales del periodismo responsable, el derecho a ser escuchado.

¿Cuál es su opinión sobre la resolución del juez Bonadio?

En lo referido a Interpol y las alertas rojas por AMIA, el informe del juez Bonadio es falso, engañoso e incompleto. Por ejemplo, nunca hubo un pedido ni de Argentina, ni del canciller Timerman ni de ninguna persona de Argentina para remover las alertas rojas por AMIA. ¿Cómo puede decir que no soy imparcial porque tengo amistad con Héctor Timerman cuando tuve muchas más relaciones de amistad con Alberto Nisman, a quien visité en sus vacaciones en Punta del Este, Uruguay? El juez Bonadio dictó una resolución tendenciosa sin evidencia para sostener sus conclusiones falsas respecto que Argentina e Interpol tenían un acuerdo secreto para levantar las alertas rojas. Toda la evidencia prueba de manera abrumadora que no hubo nunca un pedido de Argentina de levantar las alertas rojas y que las normas de Interpol hubieran prevenido que eso suceda por el Memorandum. Por lo tanto, la resolución de Bonadio en este tema debe ser completamente desacreditada.

¿Alberto Nisman apoyaba la idea de encontrar una solución pragmática que juntara a las dos partes?

Hablamos con Nisman sobre numerosas formas de avanzar en la investigación sobre el atentado a la AMIA. Su solución preferida era traer a los acusados a la Argentina.

¿Por qué Bonadio llamó “relajo en la búsqueda” a lo que sucedió con las alertas luego del Memorandum?

La resolución de Bonadio demuestra que no comprende las reglas ni las regulaciones de Interpol en lo que respecta a alertas azules y rojas. Le pidió a Interpol que ponga una alerta azul para ubicar al secretario general de Interpol por una investigación sobre traición, lo cual es una ofensa política. Debería saber que de acuerdo al artículo 3 de su estatuto, Interpol tiene estrictamente prohibido tomar parte en casos políticos como lo es la acusación de traición. El juez Bonadio debería haberme contactado, tal como vos y otros periodistas hicieron, vía mail, o Twitter, Linkedin o Google.

¿Podrían haberte llamado a declarar? ¿Cómo?

Sí, ¿cómo? Simplemente siguiendo las leyes, reglas y procedimientos de Argentina y respetando los estatutos, las reglas y regulaciones de Interpol.

¿Alguien además de Bonadio alguna vez lo acusó de algo?

No, nunca.

La situación intelectual hoy

Por Nicolás Freibrun. Politólogo y docente.

Es difícil ser intelectual, Blanchot

 

Se sabe: situar a los intelectuales siempre ha sido una tarea incómoda. No hay debate sobre la historia de las ideas y de los intelectuales que no se haya visto arrastrado por esta interminable discusión, sabiendo incluso de antemano esa tarea imposible. Para situarnos históricamente, registremos el nacimiento de los intelectuales hacia finales del siglo XIX, nacimiento que ha sido motivo de injurias y descalificaciones y que ya lo ve nacer como un nombre maldito (¿qué hace un intelectual? ¿en nombre de quién hace lo que hace? ¿qué legitimidad porta?). El pecado de origen es producto de una pretensión por decir la verdad; más aún, de crearla. Reconocerse como intelectual es el resultado de una posición, de un movimiento subjetivo que pretende decir algo sobre el orden social porque existe la sospecha de que ese mismo orden está dislocado e incluso desquiciado; que es injusto.

Más allá de que cada época cobija sus propios problemas a resolver, hay que entender al intelectual y a lo intelectual como una posición a conquistar, una articulación que debe producir un nuevo sentido allí donde no había nada o donde había otra cosa. Su punto de partida y mito fundante fue el caso del capitán Dreyfus en Francia. Acusado a la sazón de ser espía del enemigo alemán y de traidor a la patria, la injusticia que se le hizo fue la causa que puso del mismo lado a un grupo de figuras representativas de un campo intelectual en ciernes, como Emile Zolá, Jean Jaurès y Emile Durkheim, y que tuvo en el antisemitismo uno de sus ejes para la movilización. Estos hombres de letras (en su sentido más amplio) entendieron algo fundamental y que vale para todas las épocas: la injusticia no es solamente un problema de mecanismo procedimental, juridicista, sino la peligrosa ruptura del sentido de vida compartido que funda a la democracia.

Pero al ingresar a la arena política y denunciar las injusticias que rigen a la sociedad, los intelectuales realizan una operación de articulación entre la palabra (el terreno de las ideologías, los discursos y las teorías) y la política (la existencia de un tipo de orden). Si no se produjese esa relación la existencia de los intelectuales sería sin sentido, pues es parte de su tarea reponer lo que se presenta escindido, para producir algo más, un plus. Por lo demás, no hay una posición intelectual invariable, sino que existen diversas formas de aparición en contextos específicos. La historia y la literatura lo verifican: consejeros del Príncipe, críticos del poder, moralistas, resistentes a la cultura dominante e incluso parias y outsiders, todos pusieron en juego esa articulación.

En el presente, asistimos a un tipo de ejercicio del saber que de modo creciente se ve dominado por las figuras del especialista y del experto, aferradas a las exigencias que impone la híper-especialización, la fragmentación de los saberes y los condicionantes institucionales de la reproducción material. Toda elaboración parece destinada a sobre interpretar un problema ya existente, como si pudiera multiplicárselo al infinito. Esta realidad es de larga duración y en cierto modo irreversible, pero es precisamente por ello que abre la posibilidad de preguntarnos por la situación intelectual contemporánea, en vistas a reponer las condiciones de una posición más universal que habilite a crear nuevas legitimidades de intervención.

¿Qué queda de los intelectuales en un campo especializado que produce saberes cada vez más específicos, compartimentos estancos donde la burocracia de las instituciones del saber y la producción académica de papers son la forma dominante de creación? ¿Cómo constituir lo intelectual –que es un saber individual y colectivo- frente a las injusticias de nuestro orden político presente? ¿Cómo restablecer esa relación entre palabra y política que produzca lazos de socialización que traspasen el umbral de la expertise?

Si algunas de las ideas que alumbraron al intelectual moderno fueron las del compromiso y la crítica, también fue una apuesta que siempre había estado en tensión con otras formas posibles de decir lo intelectual y de asumirlo. No importa que se supiera de antemano que había que lidiar con las tensiones propias de la vida moderna, con el mercado, la opinión pública o las instituciones del saber, porque ya el mismo compromiso suponía un gesto y fijaba una posición. Estar atento a esas experiencias del pasado puede impulsar a restituir algo de ese espíritu y salir de la soledad creadora, en un momento de la democracia donde la injusticia generalizada pretende hacerse sentido común.

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Las izquierdas y el progresismo ante la defensa nacional y las fuerzas armadas en la Argentina del siglo XXI

Por Germán Soprano (1)

Cuando los editores de Artepolítica me invitaron a escribir unas líneas sobre el tema del ARA San Juan y sus consecuencias políticas inmediatas y mediatas, pensé: ¿Qué podría agregar a lo mucho ya dicho en estas semanas? Como esperaban que me ocupara de una dimensión política, descarté referirme a las cuestiones más específicamente profesionales de los marinos que he abordado en mi experiencia de trabajo de campo etnográfico con oficiales y suboficiales de unidades operativas de la Armada y, en particular, del submarino ARA Santa Cruz. Fue entonces cuando reparé en la posibilidad de escribir tratando de interpelar a algunos lectores, aquellos tenidos como de “izquierdas” y/o “progresistas” de nuestro país, con quienes como ciudadano comparto ideas, valores y prácticas políticas. Avanzo entonces pensando en ellos.

El ARA San Juan y la crisis de la defensa nacional en la agenda pública

En las últimas semanas los medios de comunicación vienen cubriendo la desaparición del submarino ARA San Juan con información de último momento, dan lugar a opiniones de especialistas –académicos, militares retirados, profesionales civiles, algunos políticos- y a un mar de opinólogos y reputados todólogos de panel que salen a la palestra. El caso puso en el centro de la agenda pública no sólo el tremendo drama humano que supone la búsqueda de los 44 tripulantes y el hallazgo del submarino; también reveló de modo patente el estado estructural crítico del sistema de defensa nacional y de su instrumento militar.

¿Puede un país de la extensión, riqueza y densidad poblacional de la Argentina no disponer de un sistema de defensa y, en consecuencia, de unas Fuerzas Armadas con capacidades materiales y de personal para ejercer de forma efectiva su misión principal en la defensa externa y sus misiones subsidiarias? La respuesta expresada por diversos especialistas ha sido taxativa: no es posible.

Que el tema esté en la agenda pública es necesario para los familiares, amigos y camaradas de los tripulantes, que anhelan dar con su paradero. También es un asunto de importancia para protagonistas y analistas militares y civiles de la defensa, que esperan intervenir en esta penosa circunstancia para sensibilizar o, mejor aún, concientizar a la dirigencia política y sectores de la sociedad sobre la importancia de contar con un adecuado y efectivo instrumento militar terrestre, naval y aéreo, que sirva a los fines de una política de defensa nacional defensiva, autónoma y cooperativa que atienda amenazas externas, conforme lo prescribe la Ley de Defensa Nacional sancionada en 1988.

La defensa nacional y las Fuerzas Armadas en la política Argentina pos-diciembre de 1983

Las Fuerzas Armadas Argentinas y, en particular, el Ejército, entraron en una crisis institucional y profesional profunda tras la derrota de la Guerra de Malvinas y la crisis por colapso (como conceptualizó Guillermo O´Donnell) del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”. Los años 1984 a 1990 fueron de marcada inestabilidad interna castrense, que tuvo sus expresiones en los cuatro “levantamientos carapintada” entre abril de 1987 y diciembre de 1990. Este último fue reprimido por la firme decisión y acción de quien por entonces era el subjefe del Ejército, el general Martín Antonio Balza, luego jefe de esa Fuerza entre noviembre de 1991 y diciembre de 1999.

Desde el 3 de diciembre de 1990, las Fuerzas Armadas han permanecido subordinadas al poder político civil incluso en circunstancias críticas para el orden estatal y social del país, como fue la crisis de diciembre de 2001. Posteriormente, el renovado impulso que tuvieron los juicios por crímenes de lesa humanidad tras la declaración de nulidad e inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia debida y los indultos presidenciales, el personal en actividad mantuvo dicha subordinación. Es de destacar, asimismo, que la carrera de un militar tiene en promedio unos 35 años, por ende, en la actualidad prácticamente todos los oficiales y suboficiales en actividad se educaron y desarrollaron su actividad profesional en democracia.

Desde diciembre de 1983 hasta el presente, la dirigencia política argentina no ha tenido como un tema relevante la defensa nacional.

Durante la presidencia de Raúl Alfonsín, la atención del gobierno y los legisladores nacionales respecto de las Fuerzas Armadas estuvo más centrada en obtener una subordinación política o el control civil, que en fortalecer las capacidades institucionales del instrumento militar de la defensa. En este período se sancionó en el Congreso de la Nación la Ley de Defensa Nacional en 1988.

En las dos presidencias de Carlos Menem, a pesar de los recortes presupuestarios, el mandatario se caracterizó por otorgar autonomía a los jefes militares, la cual supieron aprovechar –con desiguales resultados- generando capacidades para cada Fuerza. No obstante, quedó pendiente una profunda reestructuración de todo el sistema de defensa concibiendo de forma coordinada el conjunto de capacidades del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, un objetivo entonces imposible, toda vez que no existía conducción política desde el Ministerio de Defensa ni un accionar militar integrado desde el Estado Mayor Conjunto. La conjuntez era y sigue siendo una deuda pendiente, una lección duramente aprendida por las deficiencias que tuvo la conducción estratégica argentina en la Guerra de Malvinas.

Los gobiernos que sucedieron a Menem poco hicieron en favor de fortalecer las capacidades efectivas del instrumento militar de la defensa nacional. El gobierno del presidente Fernando de la Rúa no tuvo voluntad política o no pudo realizarla por la crisis. En los gobiernos de los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, la gestión de la ministra Nilda Garré se caracterizó por impulsar una activa política de reformas en la educación, identidad y relaciones de género, justicia y disciplina militar, avanzando en la elaboración de un ciclo de planeamiento por capacidades militares para la defensa nacional, además de reglamentar la Ley homónima tras 18 años de su sanción. Sin embargo, ni su gestión ni la de los ministros que la sucedieron –Arturo Puriccelli y Agustín Rossi- produjo una significativa inversión en armamento, materiales y equipos. Ciertamente se dirá en favor de las gestiones kirchneristas que el mantenimiento integral de media vida del ARA San Juan se hizo en esos años. No obstante (incluso dejando para una investigación administrativa y judicial el resultado de dicho mantenimiento), lo invertido en capacidades operativas fue, en general, tan módico que no alcanzó para revertir las limitaciones estructurales que tienen las Fuerzas Armadas para cumplir su misión principal de defensa contra amenazas externas. También es necesario no olvidar que fue con el kirchnerismo que un personaje políticamente cuestionable, que ya cargaba con causas por crímenes de lesa humanidad y profesionalmente desprestigiado en su propia Fuerza como el teniente general César Milani, alcanzó la jefatura del Ejército y gravitó con peso sobre las conducciones de las otras Fuerzas Armadas; una decisión política que la gestión de la presidenta Fernández de Kirchner continuará acarreando en su saldo deudor ante la dirigencia política, los militares y quizá ante aquellos escasos sectores de la sociedad argentina preocupados por la defensa nacional.

En los dos años el gobierno del presidente Mauricio Macri, con las gestiones ministeriales de Julio Martínez y Oscar Aguad, tampoco se revirtió dicha tendencia crítica de larga duración, llegando incluso a acentuarla con los recortes presupuestarios aplicados y los hasta el momento previstos. Aunque, sí, quizá pueda advertirse como un esbozo de orientación positiva, el apoyo que ha dispensado el presidente al teniente general Bari del Valle Sosa, jefe del Estado Mayor Conjunto, quien a diferencia de los ministros de la cartera y los jefes actuales de las Fuerzas, ha evidenciado disponer de propuestas de reformas y voluntad de encararlas.

El antimilitarismo actual de la izquierda y el progresismo argentino

La desaparición del ARA San Juan puso en evidencia entre las gentes de izquierdas y progresistas que los 44 tripulantes del submarino eran conciudadanos que desaparecieron cumpliendo con su deber como funcionarios públicos comprometidos con la defensa externa del país. Esos oficiales y suboficiales de la Armada no encajan en modo alguno en la representación de los perpetradores que sembraron el terror en la última dictadura. No son Massera, no son la patota de la ESMA, ni sus discípulos ni sus herederos como sugirieron maliciosamente algunos en las redes sociales. Me resulta absurdo hacer esta aclaración, pero vaya por las dudas.

Las siguientes preguntas pueden también ser obvias, aunque es preciso enunciarlas: ¿Hasta cuándo continuar desconfiando de la subordinación política de los militares en democracia? ¿Es empíricamente factible seguir presuponiendo una línea de continuidad en pensamiento y acción entre los perpetradores de la última dictadura y los militares que se educaron e hicieron sus carreras profesionales en democracia? ¿Es posible sostener el objetivo estratégico de una nación libre, justa y soberana sin contar con un instrumento militar que asegure la defensa nacional de amenazas externas en un mundo incierto e inestable? ¿Cuál es el sentido actual del antimilitarismo de las izquierdas y el progresismo argentino a 34 años del restablecimiento del orden democrático y a 27 años de la represión -efectuada por los propios militares- del último “levantamiento carapintada”?

Pienso que posiblemente habrá conciudadanos de izquierdas (algunos, por supuesto, no todos) que se reconozcan contrarios al ejercicio del monopolio legítimo de la violencia por parte del Estado y, por ende, se opongan a cualquier esfuerzo en favor de fortalecer las capacidades estatales de las fuerzas armadas (además de las de seguridad y policiales). Se de antemano que para ellos mis argumentos son y serán cuestionables. Pero para quienes sustentan ideas y valores de izquierdas reformistas y progresistas y, más aún, para los nacional-populares y los peronistas, me parece imprescindible que llegados a este punto crítico del sistema de defensa nacional –cuyo trágico emergente ha sido la desaparición del ARA San Juan- se planteen, nos planteemos, la necesidad de revertir esta larga tendencia de decadencia de las capacidades operativas de nuestras (si, nuestras) Fuerzas Armadas. Y para ello es preciso poner en discusión el actual antimilitarismo o la acendrada desconfianza política por lo militar.

Por último, en el horizonte inmediato y quizá mediato de la política argentina, si existe alguna posibilidad de que esa situación pueda revertirse, lo será con un gobierno nacional de Cambiemos. De modo que, por un lado, pienso que no vale estar a favor de los cambios pero decir que se harán sólo cuando los decisores políticos del Estado nacional sean otros ¿en el 2019? ¿2023? ¿2027? No, no se puede esperar. Además, la defensa nacional debe ser una política de Estado que trascienda los gobiernos. Si, por supuesto, es y será dado participar en el debate desde la oposición política y desde el Congreso Nacional, desde el ámbito científico y universitario especializado, etc., con vistas a procurar imprimir a esos cambios una orientación que reconozcamos solidaria con ideas y valores afines con nuestras concepciones, a mi entender, bien plasmadas en ese consenso normativo básico de la democracia que es la Ley de Defensa Nacional de 1988. Asimismo, por otro lado, advierto contra la pretensión de quienes consideran que las Fuerzas Armadas sólo serán buenas cuando los militares argentinos sustenten un ideario afín con las izquierdas, el progresismo o el pensamiento nacional-popular. Definitivamente, no es esa improbable realidad la que hay que aguardar. Necesitamos oficiales, suboficiales y soldados voluntarios que sean funcionarios públicos profesionalmente bien preparados para cumplir con sus misiones en la defensa nacional (con el gobierno que sea), y también ciudadanos (como debemos ser todos) respetuosos y consustanciados con la Constitución Nacional y las leyes de la Argentina.

¿Habrá de bregar la izquierda y el progresismo por ello en el siglo XXI?

 

(1) Investigador del CONICET-IdIHCS / Profesor de la Universidad Nacional de La Plata. Doctor en Antropología Social y Profesor en Historia. Investiga en perspectiva histórica y etnográfica acerca de política de defensa nacional, liderazgos, educación y profesión militar en la Argentina del siglo XX y XXI. Es autor de ¿Qué hacer con las Fuerzas Armadas? Educación y profesión de los militares argentinos en el siglo XXI. Prometeo, Buenos Aires, 2016.

La representación en disputa

Por Malena Magnasco y Sofía Chiraux.

“Al río que todo lo arranca lo llaman violento,
pero nadie llama violento al lecho que lo oprime.”
B. Brecht.

Sin haber estado en temario, gracias a una estrategia en conjunto de las diputadas y pese a cuestionamientos de los siempre “defensores de las instituciones”, la Cámara de Diputados convirtió en Ley la Paridad de Género.

No es de sorprender que 26 años atrás pasaba lo mismo, 14 mujeres legisladoras trababan la discusión del presupuesto para que se apruebe la Ley de Cupo Femenino. Como en 1991, el resquebrajamiento del juego parlamentario permitió el avance de las mujeres y demostró la necesidad de seguir avanzando en legislaciones que garanticen su participación.

Ahora bien, surge la pregunta de si es suficiente la Ley para garantizar la paridad de género en las cámaras.

El proyecto sancionado establece que las listas de todos los partidos políticos o frentes electorales que se presenten a elecciones deben cumplir con los requisitos de paridad de género 50% y 50% y que además deben estar intercalados los candidatos hombres y las candidatas mujeres.

Durante el debate en comisión del Senado se destacó el hecho de que, casi siempre, si había alguna renuncia, muerte o alguna legisladora dejaba su lugar, éste sería ocupado por un varón. Es por ello que se decide sumarle a la norma un artículo que establece que en caso de renuncia, muerte o separación de una o un legislador (Diputados, Senadores, parlamentario del Mercosur), será sustituido por un candidato o candidata del mismo sexo. Sin embargo, en el caso de que no haya más mujeres en la lista, la banca quedará vacante y será de aplicación el artículo 62 de la Constitución Nacional.

Asimismo, la norma busca fomentar el acceso de las mujeres a los espacios de poder dentro de cada partido político, donde también deberá ser respetada la paridad de género. Sin embargo, no tendrán la obligatoriedad de intercalar por género en la lista de candidatos.

El objetivo general de la Ley de Paridad es buscar la equidad de género sobre el acceso de los cargos electivos y romper con el techo de cristal. Pese al impacto positivo que tuvo el establecimiento de la Ley de Cupos femenino, dicho 30% se convirtió en un límite de ingreso para las mujeres más que en piso. Por ejemplo en la Cámara de Diputados de la Nación, el porcentaje de mujeres aumentó de un 5,8% en 199 3 a 25,2% en 1996 a un 35,1% en el año 2014. En el caso del Senado de la Nación, el cupo del 30% comenzó a regir en el año 2001. La cantidad de senadoras se elevó considerablemente, mientras que en ese año había un 5,5% de legisladoras en ejercicio (4 en total), en el período que se inicia en 2002 pasa a un 36,1% (26 senadoras) en las bancas de la Cámara Alta. En el 2015, el porcentaje total de senadoras fue del 41,6%, siendo un total de 42 mujeres ocupando escaños en la Cámara Alta (1).

Incentivos para esquivar la participación equitativa. Qué sucedió en la Provincia de Buenos Aires.

La Ley de Paridad abre una nueva oportunidad para el acceso de las mujeres a los cargos electivos. Sin embargo, la norma no regula sobre el ingreso efectivo de legisladoras sino que se limita a la composición de las listas de los partidos. Existen dos mecanismos institucionales (2) -ligados entre sí- que incentiva a que la Ley de Paridad no se traduzca en equidad efectiva en las cámaras. El primero, es el número de los cargos en juego. Menor es el número de escaños a repartir, menor será la paridad. Esto quedó demostrado en las últimas elecciones de la Provincia de Buenos Aires donde se utilizó por primera vez la Ley de Paridad. El ingreso de las diputadas electas es casi el doble de mujeres que ingresaron en el 2015, el crecimiento es más moderado en el caso de la Cámara de Senadores donde ingresa un 28,6% más de mujeres que en las elecciones pasadas. Dicha diferencia de resultado está ligado a la cantidad de bancas en juego. Mientras que las listas de candidatos y candidatas a senadores tenían entre 3 y 8 candidatos, las de candidatos y candidatas a diputados tenían entre 6 y 18. Como resultado final, más allá del crecimiento en la cantidad de mujeres electas, por ahora la composición de las cámaras provinciales no muestra mucha diferencia en los porcentajes de género. La Cámara del Senado provincial, estará compuesta por un 35% de senadoras y 33% de diputadas en la Cámara Baja provincial.

El segundo mecanismo está relacionado al primero y tiene que ver con la nula mención en la ley a la paridad horizontal. Esto es, quién encabeza la lista. En el caso de PBA en las PASO de agosto, el 20% de las listas de pre candidatos y candidatas para Senadores provinciales estaba encabezado por mujeres, mientras que en la Cámara Baja provincial fue del 23%. Para pre candidaturas a Senadores provinciales, solo 4 de 20 listas tuvieron una candidata en el primer lugar. En la Cámara Baja provincial, esto se dio en 5 de las 22 listas.

De esta forma, aun cumpliendo con los criterios de paridad, secuencialidad y alternancia estipulados por la ley, los candidatos de género masculino tienen más chances de conseguir los votos necesarios para ser electos, sobre todo en las fuerzas partidarias minoritarias.

¿Qué deja entrever el modo inesperado de su aprobación?

La ley de Paridad de Género se votó estando fuera del orden del día e incorporándose a último momento. A pesar de contar ya con media sanción y con un dictamen de mayoría firmado en septiembre, nunca se la había podido llevar al recinto para su sanción. Hasta se había presentado el día anterior, en la reunión de Labor Parlamentaria, un documento donde 130 legisladores de todos los bloques donde pedían tratar el proyecto, pero no hubo éxito.

Fue así que, en una astucia colectiva, en la última sesión la Dip. Donda (LdS) tomó la palabra y pidió el apartamiento del reglamento para tratar el proyecto de paridad. El primer desafío de la estrategia femenina era mantener a tres cuartas partes de los presentes para poder votar esta moción y funcionó.

“Seguramente será una noche histórica porque podremos salir del esquema tradicional y alcanzar la paridad uno a una y lograr finalmente la ansiada paridad legislativa que implica una reforma política”, dijo la Dip. Cristina Alvarez Rodríguez (FpV-PJ), hablando de historia como aquello que se construye con un poco de rebeldía. Las defensas del temario acordado no tardaron en llegar: “No se puede alterar solamente cuando a uno se le ocurra, si no se pierde la uniformidad de la sesión” opinó el Dip. Negri (UCR-Cambiemos); “no vamos a permitir que nos vengan a manejar la agenda” agregó la Dip. Banfi (UCR-Cambiemos), utilizando el objeto indirecto para disimular que el oficialismo este año efectivamente se sintió dueño de la agenda legislativa para hacer y deshacer el temario a tratar.

La sesión recordó a la votación de 1991 por la Ley de Cupo Femenino, cuando las 14 mujeres del recinto aprovecharon “una oportunidad histórica” – en palabras de la Dip. Camaño (FR) – y amenazaron con dejar sin quórum la sesión si no se trataba la ley. 26 años más tarde, 1 de cada 3 diputados es mujer.

Llevó tiempo y podrían ser más, pero sin duda explica por qué la Ley de Paridad molesta y asusta.
La imprevisibilidad común de ambas votaciones, tomadas casi como por asalto, echa luz sobre la resistencia de larga data que existe en todos los partidos al empoderamiento político de las mujeres. Deja expuesta también la manera en que el legalismo es muchas veces la máscara para no discutir las cuestiones de fondo. Las dos veces fueron las habilidades conjuntas de las legisladoras las que garantizaron que su voz se escuche en ese espacio dominado por hombres.

Finalmente, el proyecto de paridad de género que había sido aprobado el año pasado por la Cámara de Senadores, contó en la Cámara baja con 168 votos a favor, 4 en contra (todos de varones) y 2 abstenciones. La Paridad de Género se convirtió en Ley.

No suficiente, pero sí sumamente necesaria

La manera en que fue aprobada la Ley de Paridad de Género demuestra la necesidad de su propia existencia y, sin dudas, tiene que verse no solo como una victoria de las legisladoras, sino también de las organizaciones de mujeres que la militaron.

La norma, desde ya, no es suficiente, en tanto que solo regula sobre la posibilidad de elegibilidad y no sobre la representación efectiva. Además, siguen existiendo otros espacios de representación monopolizados por voces masculinas.

Sin embargo, es un paso sumamente necesario e importante hacia el camino a la representación política equitativa en nuestro país. Su debate nos invita a desnaturalizar estereotipos, revolucionar la esfera privada y reconstruir los significados de la vida pública, a desprendernos de hábitos machistas profundamente arraigados para construir una sociedad más justa sin distinciones de género. Porque si de algo estamos seguras es que no habrá justicia social en un país donde siga existiendo discriminación y violencia hacia las mujeres.

(1) Datos proporcionados por Atenea – Centro de Estudio para el Desarrollo Nacional Atenea.

(2) Norma Marco para consolidar la Democracia Paritaria. (2015). Panamá. Ingreso desde: http://parlatino.org/pdf/leyes_marcos/leyes/consolidar-democracia-paritaria-pma-27-nov-2015.pdf

(3) Ley de Paridad de Género en la provincia de Buenos Aires: la composición de las cámaras. (2017). Atenea. Centro de Estudios para el Desarrollo Nacional. Ingreso: 28/11/2017, desde http://ateneacentro.com.ar/2017/11/07/ley-de-paridad-de-genero-en-la-provincia-de-buenos-aires-la-composicion-de-las-camaras/