Artepolítica

Paterson y el silencio de los intelectuales

Por Nicolas Freibrun y Amílcar Salas Oroño∗

Cada tanto, y no dejando pasar demasiado tiempo entremedio, podemos encontrar, ya sea como nota central de un suplemento periodístico o un especial de mesa redonda, en una revista de crítica cultural o como griterío de un programa radial, la idea de que estaríamos frente a un nuevo “silencio de los intelectuales”: un silencio que sería, en cada caso, o bien frente a su clase social, o frente al poder, o frente a las modas, o frente a las mujeres, los ancianos o frente a ese hombre con poder que persigue a un elefante en el safari. Silencios llamativos, justo de ellos (!), que están ahí para hacer ruido, para decir la palabra justa, para torcer las armonías políticas, conmover las éticas domésticas, despertar los corazones juveniles y, cuando no, seducir a alguien, a los grandes públicos, en el mejor de los casos, como consejero del Príncipe. Por eso, cuando se promociona y reitera que es el momento de hablar de “el silencio de los intelectuales”, ya está puesta y propuesta alguna forma de condena, por estar en ese momento (los intelectuales) en un modo que no es en el que (genéricamente) están.

¿Que trae al tema Paterson, la última película del prestigioso Jim Jarsmusch? En principio, podrían ser perfectamente otros los tópicos posibles para una caracterización del film: que la prolijidad en el manejo de la cámara, que la construcción de los personajes, que los ritmos de la narración y de la temporalidad visual, que si su pareja es una artista o alguna otra cosa misteriosa, que la bestia del perro (porque una cosa es la travesura del buzón, otra que despedace la obra de un hombre: eso lo confirma como bestia); que si un chofer de autobuses puede ser poeta o escritor, como se pregunta la niña del pelo y el agua. Todo eso. Pero la película podría ser, también, y esto es lo que queríamos señalar, sobre “el silencio de los intelectuales”, desde un ángulo no siempre revisado.

Paterson trabaja, eso está claro. Es un trabajador de molde desde las 6 y 15, 6 y 25, 6 y 40 de la mañana hasta que vuelve a cenar, no se sabe muy a qué hora, cuando comienza a caer el día. Se desploma en el sillón al llegar a casa con los pies cansados, esperando que la división del trabajo social le ponga la comida sobre la mesa; toma su cerveza diaria en el bar, donde se ríe de la desgracia ajena o abre la misma conversación repetida sobre las glorias lugareñas por milésima vez; hace los cálculos crematísticos por si hay márgenes para comprar un instrumento musical para su mujer, y así. Paterson no es ni osco ni ordinario, ni anda todo el tiempo malhumorado. No. Pero lo que él hace, y diríamos que bien, bastante bien, es realizar otro trabajo, un trabajo intelectual, su trabajo intelectual. Y ese trabajo, Paterson lo hace de manera sigilosa, silenciosa: un (otro) silencio de los intelectuales.

Nuestro espigado chofer trabaja intelectualmente con mucha dedicación, y allí también está el otro interrogante que Jarmusch nos deja: ¿Es acaso posible el trabajo intelectual sin dedicarse de un modo explícito al propio asunto? Paterson se interna en su gruta personal, en ese sótano donde nadie lo molesta (y si llega a ser el caso de que la mujer lo invada, él mismo se anticipa a la sorpresa abriendo de antemano la puerta). Paterson lee, escribe, vuelve a leer; lee a su poeta preferido, pero también sabe de cultura en general. Se esfuerza para escribir, se prepara para escribir: trabaja intelectualmente. Y si el mundo del chofer es ruidoso, manual, mecánico y circular, el otro trabajo es interior, hasta por momentos onírico y rodeado de signos (confundiendo el sueño de los gemelos de su mujer con los gemelos que se le van presentando en el camino de la vida). Observa todo el tiempo todo, incluso cuando maneja: escucha conversaciones, ensaya sus juicios de valor, resalta algunas cosas, desecha otras: vale decir, está siempre atento, y en esa atención absorbe el mundo exterior en silencio.

Este “silencio de los intelectuales” también existe, como positividad, como acto creativo. El trabajo intelectual – el de Paterson, por ejemplo- lleva un tiempo, implica un esfuerzo; es un artesano que ejerce su oficio con cuidado, sobre todo, interno, de las condiciones de sí mismo. En ese sentido, su exteriorización no es inmediata, es un proceso de elaboración que tiene su rutina, su método. Es cierto que puede quedar en la nada de un momento a otro, por un perro o por cualquier otra inclemencia, pero esa es otra cuestión. Paterson no se desmorona completamente frente a los mordiscos del can. Y esto porque el mismo proceso creativo lo ha enriquecido, lo ha vivificado, lo ha humanizado, de forma tal que su potencia todavía está allí, esperándolo, sin deshidratarse, para la próxima rodada. En tiempos de twitter, donde poco importa que el párrafo subsiguiente conecte con el anterior, donde todo se convierte en una espuma de sentidos momentáneos, el oficio intelectual, el oficio silencioso de la creación intelectual, este tipo de “silencio de los intelectuales” recibe un bendito oxígeno de la mano de Jarmusch. El silencio intelectual de Paterson es una hermosa contrafigura (humanista) frente a la vorágine de qué es lo que hacemos con las palabras, y qué hace la sociedad con ellas. También aquí se puede y debe resistirse: los lenguajes circulantes merecen que sean irrigados por los Paterson que andan dando vuelta por ahí.

∗ambos autores son Licenciados en Ciencia Política (UBA)

Una sana rebeldía

Por Abelardo Vitale y Martín Astarita

 

El pasado lunes 30 de octubre, el Presidente de la Nación Mauricio Macri presentó ante gobernadores, miembros de la Corte Suprema, legisladores de ambas cámaras, empresarios y sindicalistas, su plan general de reformas para lo que resta de su administración y, quizás, la que le siga.

Hay muchos modos de evaluar sus palabras. Por ejemplo, se podría trazar un rumbo sobre la orientación ideológica de los futuros cambios anunciados. Pero esta columna prefiere algo mucho menos ambicioso y, tal vez, más inútil en tiempos de postverdad y sesgos de confirmación: nos limitaremos a realizar una serie de “cruces” entre las declaraciones realizadas por el Presidente y algunos datos y hechos que son públicos sobre esas cuestiones.

Para decirlo de otra forma: nos motiva esta frase que Macri pronunció al promediar su exposición: “La única manera de dar vuelta la página y sanar las heridas del pasado es diciéndonos las verdad, es construyendo confianza, que es la base de un vínculo duradero y genuino”

 

1) Empleo público

¿Qué dijo el Presidente?

“La modernización del Estado es una tarea fundamental. Estamos construyendo un Estado abierto, moderno y democrático; un Estado ágil, que simplifique trámites, agilice procesos, jerarquice al empleado público; un Estado íntegro, transparente, que se comunica y tiene inter-operatividad con los demás Estados…

“Otro caso es el de las Legislaturas provinciales, que ya eran escandalosos hace 15 años y desde entonces siguieron aumentando de tamaños. Hay varias provincias donde la cantidad de empleados de la Legislatura viene aumentando a más de 10 por ciento, por año. Hay casos de legisladores que tienen más de 80 empleados, sí 80 empleados por legislador. Estoy seguro de que hay maneras mucho mejor de trabajar, mucho mejor que armar quioscos para los amigos de la política.

¿Qué pasó en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, entre 2007 y 2015, cuando Macri fue Jefe de Gobierno?

“El trabajo estatal porteño aumentó en casi nueve mil empleados entre 2007 y 2015: el gobierno del PRO disminuyó casi siete mil empleados administrativos e incrementó en 16 mil los dedicados a servicios públicos. Es una de las jurisdicciones donde más crecieron los cargos en el Estado”.

Fuente: http://chequeado.com/ultimas-noticias/macri-la-ciudad-tiene-la-misma-cantidad-de-empleados-publicos-que-cuando-llegamos/

2) Inflación

¿Qué dijo?

“Tenemos que seguir bajando la inflación y comprometernos para que la inflación nunca más vuelva a ser un instrumento de la política…desde el primer día reconocimos que la inflación es fruto de una mal política, estamos bajando gradualmente y este año será la más baja desde el 2009…”

¿Es cierto?

Cabe recordar que el INDEC discontinuó las estadísticas de inflación durante 2016. En 2017, por su parte, en el mes de septiembre la inflación se aceleró (1,9%) y la acumulada en los primeros meses del año (17,6%) superó las metas fijadas por el Banco Central (12-17%).

Si nos guiamos por los datos provistos por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, la inflación en 2016 fue de 41%, muy superior a lo que dejó el año 2015 (26,9%). En un artículo reciente, el periodista Alfredo Zaiat resumió las estadísticas de inflación provistas por las autoridades porteñas para mostrar que no existe una baja en el índice de precios:

Finalmente, CIFRA (a través del IPC provincias) registra, hasta el mes de agosto, una inflación promedio del 2% mensual. Y sostiene en su último informe que, al considerar la inflación acumulada hasta el mes de agosto, “es improbable que la inflación promedio anual de 2017 sea inferior al 27%”.

En síntesis, resulta difícil sustentar empíricamente la afirmación presidencial según la cual, la inflación está bajando. La reciente decisión del presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, de subir la tasa de interés, va en línea con lo aquí expresado.

Fuentes: INDEC, Sistema Estadístico de la Ciudad, Página 12 y CIFRA.

3) Deuda

¿Qué dijo?

“No nos gusta endeudarnos (…) ¿Qué madre o qué padre puede dejarle a sus hijos deudas y problemas?”

¿Qué ocurrió durante el gobierno de Macri en materia de deuda?

Según un informe del Ministerio de Finanzas, en los primeros 15 meses del gobierno de Mauricio Macri, la deuda pública aumentó en U$S 44.261 millones. Del total, el 68,1% de la deuda está contraída en moneda extranjera y el 31,9% en pesos. Según el economista Eduardo Basualdo, una nota distintiva en el tipo de endeudamiento generado por el gobierno de Macri es su velocidad: no tiene un antecedente histórico por lo menos de 1976 a la fecha. El año de mayor endeudamiento fue el año de la Guerra de Malvinas en 1982 y fueron 21.500 millones de dólares de 2016. Y el primer año de Macri, 2016, supera los 43 mil millones. Es decir, más del doble.

Por otra parte, según la Agencia Bloomblerg, Argentina es el país emergente que más deuda emitió en el mundo en los últimos dos años. Entre el 1 de enero de 2016 y el 18 de septiembre de 2017 los emisores emergentes han colocado bonos por USD 596.400 millones. De ese total, Argentina ostenta un monto cercano a los USD 42.000 millones, lo que representa un 7% del total.

Fuente:

https://www.clarin.com/economia/economia/15-meses-deuda-publica-aumento-44-216-millones_0_BJXRd1Pib.html

http://www.letrap.com.ar/nota/2017-10-3-21-30-4-basualdo-la-velocidad-de-endeudamiento-de-macri-no-tiene-antecedente

https://www.bloomberg.com/news/features/2017-10-02/would-you-buy-7-percent-bonds-from-this-guy

4) Déficit fiscal

¿Que dijo?

“Nuestra generación tiene que poner en orden las cuentas públicas para que cada argentino recién nacido herede patrimonio, infraestructura, cultura, bienestar, y no pasivos sociales, financieros o educativos. Ustedes saben que recibimos un Estado con un déficit alto, insostenible en el tiempo, que estamos bajando gradualmente de a un punto por año…queremos que los argentinos incluidos sus dirigentes valoren el equilibrio fiscal como un requisito indispensable de un buen Gobierno, no nos gusta endeudarnos, pero mentirnos, emitiendo dinero sin respaldo y generando inflación.

“No podemos gastar más de lo que recaudamos”. “Estamos reduciendo el déficit gradualmente, un punto por año”.

¿Qué ocurrió en este sentido?

En primer lugar, hay que decir que el gobierno cambió la metodología para medir el déficit, y la nueva modalidad resulta diferente a los criterios y estándares internacionales. En segundo lugar, en 2016, de acuerdo con la Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública, el déficit financiero fue de 6,1% del PBI, el peor de los últimos 12 años (en 2015, el déficit fue de 4,8%).

Por su parte, CIFRA realiza en su último informe una comparación entre los primeros 9 meses de los años 2015, 2016 y 2017. Con respecto a los ingresos, señala que en hubo una mejora de 1,9% en términos reales, que no es tal si se excluye el ingreso obtenido por la ley de blanqueo de capitales: “Dada la caída de los ingresos del año anterior, el nivel quedó 7,9% por debajo del mismo período del año 2015”. Con respecto al gasto primario real, cayó 8,4% por debajo de su valor en 2015. El informe de CIFRA concluye: “El ajuste realizado implicó una reducción del déficit primario. Sin embargo, el déficit financiero se mantuvo en términos reales y creció 6,9% si se compara con el resultado de 2015. Ello, ante el crecimiento del pago de intereses (54,8%), producto del acelerado nivel de endeudamiento”.

Fuentes: Chequeado y CIFRA.

5) Ley de acceso a la información pública

¿Qué dijo?

“Hemos impulsado importantes normas, como la ley de acceso a la información pública, con una agenda independiente y profesional que ya está funcionando”.

¿Qué ocurrió en verdad?

Es cierto que el gobierno promovió una ley de acceso a la información pública. Hay que recordar que Néstor Kirchner, en 2003, había sancionado ya un decreto (1172/2003) sobre la materia que regía exclusivamente en el ámbito del Poder Ejecutivo. Lo que hizo Macri fue promover una ley para los tres poderes. Como parte fundamental de la nueva normativa sancionada, se creó una Agencia de Acceso a la Información Pública “como ente autárquico y con autonomía funcional”.

Sin embargo, tiempo después, en 2017, a través del decreto 746, el gobierno modificó la ley de Acceso a la Información Pública y le dio el manejo de la Agencia al jefe de Gabinete de Ministros (Marcos Peña). Según las ongs especialistas en el tema, entre otras, Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ), Poder Ciudadano y Directorio Legislativo, este decreto modificatorio “tiene un serio problema de constitucionalidad y legitimidad democrática”.

Fuentes: Agencia Télam. http://www.telam.com.ar/notas/201703/183843-el-ejecutivo-reglamento-parcialmente-la-ley-de-acceso-a-la-informacion-publica.html; diario La Nación: http://www.lanacion.com.ar/2067655-objetan-la-reglamentacion-de-la-ley-de-acceso-a-la-informacion-publica

5) Amiguismo y aumento de la planta política

¿Qué dijo?

“En el ministerio Público Fiscal se contrataron 1.100 personas, entre el 2012 y el 2016, la mayor parte de estas asignaciones fueron para cargos de alta jerarquía. No quieran saber los sueldos. En el Consejo de la Magistratura hay una desproporción similar, el número de consejeros creció casi un 140 por ciento, en diez años, 140 por ciento en diez años.

¿Qué hizo como Presidente desde que asumió?

Incrementó aproximadamente un 25% la estructura jerárquica del Estado Nacional. Desde que asumió, Macri creó 5 ministerios, 18 secretarías de Estado (pasando de 69 a las actuales 87) y 49 subsecretarías (de 154 a 203) . A su vez, las Direcciones Nacionales treparon de 298 que había cuando esta gestión asumió a 402 en la actualidad. A esto hay que sumarle las decenas de funcionarios que, sin ocupar de modo directo este tipo de cargos sí fueron nombrados con rangos de este tenor.

Fuente: Cippec/ASAP. Informe “El estado del Estado en la Argentina”. http://www.lanacion.com.ar/2059429-se-freno-el-aumento-de-empleados-publicos-pero-crecieron-los-cargos-politicos

6) Pobreza

¿Qué dijo?

“Si tuviera que definir una de las motivaciones más grandes que tengo como Presidente, diría que es terminar con la pobreza… es inadmisible que en un país con las condiciones estructurales que tenemos haya tantas personas en la pobreza.

¿Qué sucedió?

Más allá de un interminable debate acerca del modo en que puede “medirse” la pobreza de un país, según el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA), dependiente de la Universidad Católica Argentina, a pesar de una mejora en los ingresos el nivel de pobreza estructural “no cede” en el país.

Seguridad alimentaria, cobertura de salud, servicios básicos como conexión a la red de agua corriente, vivienda digna, recursos educativos, afiliación al sistema de seguridad social, y acceso a las comunicaciones y a la información son las dimensiones e indicadores que ODSA utiliza para evaluar esta “pobreza estructural”. Así medida, hay ocho millones de personas que no tienen acceso a por lo menos tres de las siete dimensiones de derechos desde los últimos 15 años.

Según los especialistas, cuando la pobreza se mide por “ingresos” las fluctuaciones económicas impactan de modo más dramático (a favor o en contra) en las mediciones.

Al mismo tiempo, los cambios introducidos por el Indec en el nuevo gobierno impiden la comparación con la gestión anterior. Estas diferencias hacen que sea incorrecto comparar las tasas de pobreza que reporta actualmente el INDEC con aquellas que se publicaban en 2015 o en años anteriores, aun aquellas que tenían en cuenta el problema de credibilidad en el IPC oficial.

Citado aquí debajo en los enlaces, un informe de CEDLAS-UNLP intenta realizar este “empalme” y concluye: “la evidencia disponible sugiere que los niveles actuales de indigencia y pobreza son semejantes a los de los últimos años: ni parece haber habido un fuerte aumento, ni hay signos, al menos todavía, de una baja significativa”.

Fuentes: OCSA/ CEDLAS-UNLP sobre la base de la EPH-INDEC.

http://www.lanacion.com.ar/2030530-segun-la-uca-no-cede-el-nivel-de-la-pobreza-estructural

http://focoeconomico.org/2017/04/01/la-pobreza-en-argentina-recuperando-la-comparabilidad/

 

7) Creación de empleo

¿Qué dijo?

“Si queremos salir de la pobreza tenemos que crear más trabajo, es el único camino, no hay otro….creemos en el trabajo como eje del proyecto de vida de las personas, necesitamos más y mejores trabajo para millones de argentinos, entonces avancemos hacia un esquema de reglas de juego que fomenten el empleo privado, formal.

¿Cuál es la situación?

Entre 2016 y lo que va de 2017 se perdieron casi 50.000 puestos de trabajo registrados privados en los sectores con remuneración mayor al promedio.Un informe de la UMET asevera que los trabajadores asalariados registrados pierden peso a costa de los monotributistas, lo que evidencia un aumento de formas de contratación precari: la cantidad de trabajadores asalariados registrados del sector privado se encontraba en agosto de 2017 por debajo de los niveles de noviembre de 2015. En la etapa de contracción económica, entre noviembre de 2015 y agosto de 2016, se registraron 82.000 asalariados menos, lo que significó una caída de 1,3 por ciento, al mismo tiempo que se sumaron 33.500 monotributistas. A su vez, en el período de recuperación, de noviembre de 2016 a agosto de este año, se sumaron 54.000 trabajadores registrados del sector privado asalariado, sin llegar a compensar aún la caída de los meses previos. Al mismo tiempo, esta suba representa un poco más de la mitad del crecimiento de los monotributistas (104.500), por lo que la proporción de asalariados privados siguió disminuyendo.

Fuente: Observatorio de Empleo, Producción y Comercio Exterior (ODEP) de la UMET. https://www.pagina12.com.ar/72573-lo-que-mas-crece-es-la-precarizacion-laboral

 

8) Exportaciones

Dijo el Presidente:

“No hay manera de salir de la pobreza sino nos convertimos en un país exportador”.

¿Qué pasó en la realidad? La Argentina acumula en 2017 un altísimo déficit comercial. En los primeros siete meses del año acumuló 3.427,6 millones de dólares y marcó un récord en la historia económica argentina al ser el más elevado desde 1910.

“Semejante deterioro comercial se explica por una relativa estabilidad de las exportaciones, que crecen a un ritmo tenue del 1,4% acumulado, mientras que las compras de bienes desde el exterior se incrementan por sobre el 15% en lo que va del año”, dicen los autores de un informe de la Undav.

Fuente: Universidad Nacional de Avellaneda. http://www.ambito.com/895173-en-2017-la-argentina-acumula-el-peor-deficit-comercial-de-la-historia-economica

 

9) Juicios laborales

¿Qué dijo?

“Vamos a seguir combatiendo los excesos en la litigiosidad laboral, que se ha convertido en el negocio de unos vivos, la mafia de los juicios laborales es uno de los principales enemigos de la creación de trabajo en nuestro país. Por eso, insisto a las provincias para que adhieran a la nueva Ley de ART, aprobada este año…

¿Qué sucedió?

La reforma de la Ley de ART generó una baja de la litigiosidad muy fuerte en la Justicia Nacional de Trabajo, donde se aplica. La misma opera como una herramienta de filtro judicial enorme, porque el trabajador debe ahora lidiar primero con las comisiones médicas, que constituye un primer obstáculo a la hora de recurrir al juicio. Como resultado de esta reciente reforma las ART se ahorran millones en indemnizaciones y prestaciones médicas, y miles de trabajadores accidentados o enfermedades, quedan sin prestaciones o indemnizaciones. Resultado último: se produce una redireccionalidad de los costos por accidentes laborales desde las empresas hacia la salud pública y las obras sociales, que también están bajo ataque.

¿Hay estadísticas públicas acerca de un “crecimiento desmesurado” de los juicios laborales? Lamentablemente no las hay. El nuevo sistema informático de la Justicia nacional obligó a la justicia del Trabajo a modificar el suyo, donde sí podía mensurarse estadísticamente la  cuestión. Si se quisiera “rearmar” esas estadísticas, el fuero laboral en pleno debiera “cerrar” al menos una semana todos los juzgados y dedicarse enteramente a esto cargando los expedientes uno a uno.

 

10) ¿Por qué este trabajo? Justo es señalar que las propuestas de reformas y las medidas concretas no fueron explicitadas ayer por el Presidente. Pero también es pertinente alertar que si partimos de esta disparidad entre discurso y hechos habrá que extremar el análisis y los debates ante cada una de las modificaciones estructurales que se propone impulsar desde el Ejecutivo nacional.

Para finalizar, sumarnos y compartir este concepto del Presidente en su cierre del discurso: “Vivamos esa sana rebeldía de querer más y saber que es posible, que está en nosotros lograrlo”.

Así es.  

 

 

La insubordinación de los privilegiados

El sábado 26 de agosto se organizó en la facultad de Medicina el Foro para la Construcción de una Mayoría Popular. Entre los muchos expositores estuvo Iñigo Errejón, diputado español de Podemos. Compartimos algunos fragmentos de su intervención que nos parece que pueden servir para el debate:

1.

¿Está viniendo algo así como una restauración neoliberal en la región? Creo que tenemos que caracterizar esta oleada, este conjunto de cambios de signo conservador, como una insubordinación de los privilegiados. Estamos asistiendo a una rebelión de los privilegiados contra cualquier intento de tener que someterse a reglas democráticas de juego. En Europa se expresa como una ofensiva oligárquica contra los pactos sociales de posguerra después de la Segunda Guerra Mundial y como una ofensiva contra el Estado de Bienestar; no solo contra servicios públicos concretos sino contra la mera idea de que los sectores populares tengan participación en el Estado y el Estado tenga alguna responsabilidad para con los sectores populares. Pero en América Latina se expresa también como una suerte reclamo con furia de lo que entienden que es suyo por derecho de nacimiento. Hay en la oleada reaccionaria un marcado signo de concepción patrimonialista del Estado. Las élites y las minorías privilegiadas no están discutiendo si hay más o menos Estado. Lo que están discutiendo es si el Estado puede servir a algunos intereses diferentes de los intereses estrechos de las minorías. Y lo están discutiendo con la furia del que entiende que nuestro paso por las Administraciones Públicas y por el poder político es una suerte de anomalía medio animalesca -os acordaréis aquí del aluvión zoológico-. Es una anomalía que el tiempo y la razón tendrán que acabar corrigiendo. Porque los lugares de poder son lugares que por alguna razón previa a la democracia les pertenecen. Luego algunas veces las elecciones aciertan y les confirman ese lugar de poder, y algunas veces se viven temporadas que son conflictivas para ellos. El conflicto para las élites es siempre cuando ellos no gobiernan.

2.

Hay que tomarse en serio una parte de esa insubordinación de los privilegiados para entender cómo es que esa insubordinación de los privilegiados es capaz de conquistar mayorías políticas sólidas. (…) No son siete millones de intereses oligárquicos, y tampoco basta decir que son siete millones que están engañados porque las televisiones están a su servicio: Eso no es ningún dato nuevo. Todos y todas los que estamos aquí cuando nos apuntamos a militar ya sabíamos que jugábamos en campo contrario. Que ellos tenían la inmensa mayoría de los medios de comunicación, de los poderes fácticos etc. No podemos contentarnos con una especie de receta moral que nos tranquiliza y que dice: ‘Bueno, como peleamos con una buena parte de los elementos en contra, eso justifica…’. Hay siempre -y soy consciente de que es una tesis polémica-, una parte de verdad en el adversario, que yo quiero combatir, pero que nos tenemos que tomar en serio. En política, y esto es una de las peores herencias que la interpretación más vulgar del marxismo nos dejó, no existe algo así como la falsa conciencia. Existen proyectos, horizontes, objetivos o identidades que son capaces de fundar mayorías que giran el rumbo de los países en un sentido o en otro. Y por tanto nos los tenemos que tomar como hechos reales. Decía Eduardo antes, y me parece fundamental, que del nombre del Foro hay que tomarse en serio ‘construcción’ y ‘nuevas’. Pero decía que ‘construcción’ porque los intereses no están dados esperando que alguien los represente. Y por tanto, que hay una batalla política que no nos va a solucionar ningún empeoramiento de las condiciones. Nosotros llevamos una larga década de empeoramiento de las condiciones de vida, y una larga década de acumulación de infamias, desvergüenzas y canalladas protagonizadas por las élites que han secuestrado las instituciones de nuestro país. Ninguna acumulación de chapuzas va a sustituir la construcción de una alternativa posible que haga que quienes están indignados, hartos o tristes con el orden actual de las cosas vean que tienen a su disposición la posibilidad o la alternativa de un orden nuevo.

3.
Las elecciones siempre se pierden en algún momento, esa es la prueba de que son elecciones libres. Eso no significa que las derrotas electorales signen el final de los procesos de transformación histórica. Las elecciones a veces se pierden y a veces se ganan. Que se pierdan elecciones no es un signo de crisis de los proyectos. Claro que hay alternancia, pero lo fundamental es cuánto de alto se pone el suelo mínimo de derechos, de inclusión, de democracia, de redistribución de la riqueza a partir del cual los que después llegan al poder tienen que seguir construyendo. Y eso tiene que ver con la necesaria conciliación de dos principios irrenunciables que hay que poner a dialogar: la voluntad de emancipación social con la voluntad irrenunciable al pluralismo político. Eso significa que siempre hay momentos de alternancia en el poder, y por tanto momentos en los que el adversario gana. El problema no es que el adversario gane, el problema es en qué condiciones hereda el país y en qué condiciones nos lo deja cuando nosotros recuperemos el poder político para gobernar en favor de las mayorías sociales. Eso no tiene que ver solo con los resultados de las urnas. Tiene que ver con un conjunto de transformaciones sociales, culturales y jurídicas que son las que en realidad dirimen el poder real en los Estados.

4.
No es verdad que la restauración sea simplemente una restauración de tabula rasa y vengan conformar el país como si no hubieran sucedido doce años de gobierno nacional-popular. Ellos desearían eso, pero no es ese el programa político inmediato. El programa político inmediato se hace cargo de algunas de las transformaciones de época, y aunque no les gusta las incorporan como si fueran suyas para construir un proyecto de estabilidad política. Tal es así que las nuevas derechas en la Región mantienen algunos de los avances sociales hechos por los gobiernos populares. Uno puede decir: ‘los mantienen de boquilla pensando en cuartearlos dentro de un tiempo’. Bueno sí, pero que los mantengan es un dato. Es un dato de la fortaleza de esas construcciones, que la gente ya no siente como una atribución que le dio un partido político sino como un derecho cosustancial al hecho de ser argentino, ecuatoriano y boliviano. (…) Esto no es una receta para sentarse a dormir en los laureles. Van a revertir todo lo que puedan, no hay un programa gradualista sino un intento de probar hasta dónde hay resistencia. Si hay poca, hasta la cocina. Si hay mucha, lo poco que puedan. Las derechas regresan haciéndose cargo de esa experiencia, con un lenguaje, un programa de políticas públicas y una forma de presentarse en sociedad que registran los cambios que han sucedido. En un cierto sentido, la construcción de nuevas mayorías de signo nacional-popular y democrático tiene que hacer lo mismo. No pueden ser mayorías que se limiten exclusivamente a un ejercicio de nostalgia que aspire a recuperar el tiempo pasado. Tiene que ser una articulación de mayorías que se haga cargo del Macrismo. Que se haga cargo de qué expresa eso sobre los deseos, las expectativas, los miedos o los anhelos de la sociedad argentina. (…) La diferencia entre ser una fuerza meramente de izquierdas y ser una fuerza nacional-popular es hacerse cargo de nuestro pueblo aún con los anhelos y los deseos que no compartimos.

5.
La economía no va a resolver ninguna tarea que no hagamos exclusivamente con la política. Me perdonáis, pero yo no creo que la gente vote con el bolsillo, vota con el corazón y con las entrañas. Claro que influye el bolsillo, pero por sí solo no significa nada. En Europa durante mucho tiempo la hegemonía de una ideología profundamente conservadora ha convertido a los pobres en perdedores. De tal manera que la culpa de la pobreza era que uno no se había esforzado suficiente. Las condiciones sociales y económicas en términos políticos no tienen ningún significado intrínseco que nosotros vayamos a desvelar. Es un significado que tenemos que construir. Así puede pasar que haya un gobierno que pese a los ajustes, los tarifazos y la represión se pueda presentar como el abanderado de la ilusión, del ascenso o del futuro. Y no basta con decir que eso sea mentira, porque en política no existe algo así como la mentira. Es real en la medida en que una mayoría de los argentinos se lo cree. Y por tanto tenemos que combatir con una construcción real, en el terreno de las palabras y de las ilusiones. No se puede permitir que nosotros quedemos como ‘pepitos grillos’, mensajeros de las malas noticias, mientras se le deja al adversario construir un relato ilusionante que responde a unos ciertos anhelos, siquiera sea en forma distorsionada, de la sociedad. Cuando el adversario nos gana siempre hay una parte de razón que nos tenemos que obligar a entender. No para aplaudirla, sino para derrotarla. Hay siempre unos anhelos y esperanzas que el adversario ha sido capaz de vehicular: la esperanza del ascenso social individual, de la meritocracia -de tipos que nunca han trabajado y lo heredaron todo-, la normalidad y el fin del conflicto, el deseo de la seguridad ciudadana…Son deseos que se expresan y movilizan un voto concreto. No hay condiciones sociales o económicas que vayan a precipitar el cambio político. La disputa es fundamentalmente una disputa por el sentido, por la explicación de lo que nos pasa y por la articulación de las ilusiones y expectativas que frente a la promesa de que a uno le puede ir mejor en la ley de la selva nosotros restablezcamos que nos va mejor cuando nos cuidamos y restauramos lazos de solidaridad.

6.
Hay que disputar la idea del orden no solo para los nuestros sino fundamentalmente para aquella gente que no nos acompaña. La transformación más radical no se va a dar cuando esa gente nos vote, sino cuando esa gente reconozca y disfrute de una buena parte de las conquistas alcanzadas también para ellos. No podemos esperar que nos las agradezcan, pero las van a disfrutar, igual que sus hijos y sus hijas. Eso es una victoria nuestra que nos permite comparecer ante nuestra sociedad diciendo que no es solo que decimos cosas más hermosas, que se nos ponga la piel de gallina o que proclamemos un futuro más hermoso y más bello; es que tenemos la capacidad de garantizarlo hoy, en el aquí y el ahora. Lo decía Axel, cuando nos tuvimos que reagrupar en la larga década de los noventa y dosmil nos reagrupábamos diciendo ‘otro mundo es posible’. Hoy nos reagrupamos diciendo ‘dejadnos hacerlo’: no entorpezcáis, dejadnos construirlo. Esa pelea para construir la fuerza cultural y la capacidad de imprimir un rumbo de nuestro país que incluso nuestros adversarios tengan que acompañar aún a regañadientes, es una pelea de carácter marcadamente cultural que tiene que ver con la capacidad de hacerse cargo de aquellos que hoy no simpatizan o que no van a simpatizar con nosotros. La capacidad de hacerse cargo de un proyecto nacional que incluya al adversario. No solo por pluralismo, no es una especie de alarde de democratismo. Es porque son más sólidas las conquistas cuando somos capaces de dibujar un orden en el que el adversario tiene un hueco, no en el puesto de mando, pero tiene un hueco.

7.
El adversario ha sabido leer algunos componentes del sentido común de época y movilizarlos en un sentido conservador y oligárquico. Quedan, sin duda, núcleos de buen sentido que pueden ser aprovechados y movilizados en un sentido progresista y alternativo. Elijamos bien las batallas. No libremos las batallas donde nos cita siempre el adversario, elijamos nosotros en qué terreno las damos. Marquemos nosotros qué batalla les queremos librar, cuáles son las fundamentales y cuáles son las que libremos cuando hayamos hecho más acumulación de fuerza. Cuáles son las que queremos librar hoy, ya y mañana para infringirle derrotas y cuáles cuando tengamos más poder. Diagnostiquemos bien qué gente beneficiada por la expansión de los derechos haya podido darnos la espalda. No regañemos. No hay nada peor que las fuerzas progresistas que regañan a sus pueblos. Entendamos; tendamos la mano, construyamos para revitalizar mayorías que sean capaces de poner en marcha un proceso que no se ha detenido sino que se ha puesto en paréntesis. Extraigamos lecciones de lo bien hecho y de lo que se podría haber hecho mejor para asegurar que para la siguiente vez que tengamos la posibilidad de que el Estado sirva a los intereses de las mayorías y no de las minorías tengamos más capacidad de decirle a todo el mundo que somos la fuerza garante del futuro, del orden, de la justicia y la libertad.

La transcripción completa puede consultarse aquí.

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De las PASO a las generales: realineamiento electoral en la provincia de Buenos Aires

Por Javier Cachés

 

Tras una contienda electoral muy cerrada entre Cristina Kirchner y Esteban Bullrich, y mientras se desarrolla el escrutinio definitivo en la provincia de Buenos Aires, los consumidores de política se formulan una pregunta: ¿habrá redistribución de votos entre las fuerzas en octubre? ¿Cuál será la magnitud de las transferencias? ¿Desde qué listas pueden migrar los votos?

Implementadas hace relativamente poco tiempo, las PASO surgieron, entre otros motivos, como un mecanismo para democratizar la selección de candidatos y ordenar -a través de la reducción de la oferta electoral- la competencia política. Pero este instrumento desempeña otra función: constituye una primera vuelta electoral, a partir de la cual las fuerzas políticas rediseñan sus campañas en escenarios completamente alternativos. En efecto, las primarias no distribuyen poder institucional, pero construyen percepciones respecto a ganadores y perdedores que inciden en la competencia electoral.

Un modo de entender los eventuales realineamientos electorales que se pueden dar en octubre de 2017 en la provincia de Buenos Aires -en una carrera que puede determinar la interpretación de los resultados nacionales- es analizar qué movimientos hubo en el voto en 2011, 2013 y 2015 entre las PASO y las generales. De tres casos no se pueden extraer regularidades generales, pero la información acumulada ofrece algunas pistas interesantes sobre cómo razonan los bonaerenses de una elección a otra. A continuación presentamos tres tablas con los resultados en esa provincia en el principal cargo nacional en juego.

Elecciones 2011, presidente de la Nación

PASO[1] Generales Diferencia PASO-Generales
Agrupación política Absolutos Porcentaje Absolutos Porcentaje Absolutos Porcentaje
Frente Para la Victoria (FpV) 4.360.820 53,35% 4.841.169 56,43% 480.349 3,08%
Frente Popular 1.129.321 13,82% 612.907 7,14% -516.414 -6,68%
Unión Para el Desarrollo (UDESO) 896.648 10,97% 830.991 9,69% -65.657 -1,28%
Frente Amplio Progresista (FAP) 637.983 7,80% 1.280.857 14,93% 642.874 7,13%
Compromiso Federal 562.064 6,88% 629.129 7,33% 67.065 0,45%
Votos en blanco 553.136 6,28% 313.957 3,51% -239.179 -2,77%
Votos positivos 8.174.267 92,85% 8.579.613 95,83% 405.346 2,98%
Participación electoral 8.804.014 81,37% 8.953.015 82,70% 149.001 1,33%

Fuente: elaboración propia en base a datos de http://www.andytow.com

Contra lo que indica el saber convencional, no siempre las dos fuerzas más votadas en las PASO son las que más concentran los votos en las generales. Los 40 puntos de distancia de distancia entre Cristina Kirchner y Eduardo Duhalde en las primarias de 2011 sacudieron el armado electoral del Frente Popular en el distrito donde debía mostrar mayor competitividad, debilitándolo en los comicios de octubre. La sangría de adhesiones del duhaldismo -más de 500.000 votos- fue capitalizada por el FAP de Hermes Binner, quien pasó del cuarto al segundo lugar de una ronda electoral a otra, casi duplicando su cosecha de votos. El FpV, gran ganador de las PASO, mejoró todavía más su performance electoral de un comicio a otro.

Elecciones 2013, diputados nacionales

PASO Generales Diferencia PASO-Generales
Agrupación política Absolutos Porcentaje Absolutos Porcentaje Absolutos Porcentaje
Frente Renovador (FR) 3.137.323 36,75% 3.943.056 43,95% 805.733 7,2%
Frente Para la Victoria (FpV) 2.656.887 31,13% 2.900.494 32,33% 243.607 1,2%
Frente Progresista Cívico y Social 1.001.365 11,73% 1.050.608 11,71% 49.243 0,02%
Unidos por la Libertad y el Trabajo 943.858 11,06% 486.753 5,43% -457.105 -5,63%
Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) 351.535 4,12% 449.450 5,01% 97.915 0,89%
Votos en blanco 440.715 4,91 289.769 3,10% -150.946 -1,81%
Votos positivos 8.536.076 95,09% 8.971.332 96,01% 435.256 0,92%
Participación electoral 9.081.616 79,51% 9.344.455 81,50% 262.839 1,99%

Fuente: elaboración propia en base a datos de http://www.andytow.com

En 2013, Sergio Massa amplió su ventaja de 5,62 a 11,62% entre las PASO y las generales. El crecimiento no se produjo desde la lista del FpV, que también aumentó levemente su resultado final, sino desde Unidos por la Libertad y el Trabajo, la oferta encabezada por Francisco De Narváez, que perdió 5,63% en dos meses. El impacto causado por la victoria del FR en las primarias reorientó las expectativas, reforzando su condición de ganador en octubre.

Elecciones 2015, presidente de la Nación

PASO Generales Diferencia PASO-Generales
Agrupación política Absolutos Porcentaje Absolutos Porcentaje Absolutos Porcentaje
Frente Para la Victoria 3.418.176 39,69% 3.563.089 37,28% 144.913 -2,41%
Cambiemos 2.510.298 29,15% 3.134.779 32,80% 624.481 3,65%
Macri- Michetti 2.136.361 24,81%
Carrió-Flores 197.049 2,29%
Sanz-Llach 176.888 2,05%
Unidos por una Nueva Alternativa (UNA) 1.778.909 20,65% 2.143.827 22,43% 364.918 1,78%
Massa-Saenz 1.577.724 18,32%
De la Sota-Rucci 201.185 2,34%
Progresistas 367.227 4,26% 272.801 2,85% -94.426 -1,41%
Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) 294.071 3,41% 351.786 3,68% 57.715 0,27%
Altamira-Giordano 164.063 1,90%
Del Caño-Bregman 130.008 1,51%
Votos en blanco 457.240 5,01% 236.769 2,40% -220.471 -2,61%
Votos positivos 8.612.616 94,28% 9.556.730 96,98% 944.114 2,70%
Participación electoral 9.135.239 77,01% 9.8546.58 82,80% 719.419 5,79%

Fuente: elaboración propia en base a datos de http://www.andytow.com

Salir primero o segundo no necesariamente garantiza el crecimiento electoral. En 2015 el FpV incrementó moderadamente sus votos absolutos entre las primarias y las generales, pero por el aumento de la participación electoral, su porcentaje disminuyó 2,41%. En las PASO, más importante que la victoria es la percepción de la victoria ante la opinión pública: a pesar de haber salido segundoen agosto, Cambiemos se erigió como la principal alternativa al kirchnerismo y pudo incrementar notoriamente (más de 600.000 votos) su caudal electoral de una elección a otra.

Algo que llama la atención de aquella contienda, y que puede tener consecuencias este año, es que Sergio Massa resistió el clima de polarización y pudo, de hecho, crecer entre las PASO y las generales (1,78%). Ernesto Calvo y Julia Pomares muestran que Massa solo pudo retener el 40% del voto delasotista de las primarias (el resto fue hacia Macri). Pero el delasotismo bonaerense fue prácticamente inexistente: las migraciones de UNA hacia Cambiemos se dieron desde Córdoba. Aunque bajo condiciones políticas diferentes a las actuales, en 2015 Massa logró fidelizar el voto de las primarias en la Provincia.

 

Comentarios generales

La concentración del voto no es una regla. La sumatoria de sufragios de las dos fuerzas más votadas en las PASO no necesariamente aumenta en las generales. En 2011 disminuyó, por el colapso del duhaldismo; en 2013 se incrementó fuertemente, por el magnetismo del Frente Renovador; en 2015 se elevó, aunque de manera discreta.

Porcentaje de votos de las dos fuerzas más votadas en las PASO

PASO Generales Diferencia PASO-Generales
2011: FpV+Frente Popular 67,17% 63,57% -3,60%
2013: FpV+FR 67,88% 76,28% 8,40%
2015: FpV+Cambiemos 68,84% 70,08% 1,24%

 

Que haya habido mayor concentración del voto en una elección de medio término (2013) que en las ejecutivas (2011, 2015) es a priori contraintuitivo. En las elecciones legislativas suele haber menos incentivos para el voto estratégico que en un comicio presidencial, en donde el premio mayor -la presidencia de la Nación- induce a una lógica de suma cero. Sin embargo, el carácter ejecutivo-céntrico de la política argentina lleva a que la contienda legislativa se presidencialice y que el resultado sea interpretado como una función de la fortaleza o debilidad de la Casa Rosada.

Por su parte, los declives pronunciados de los candidatos de las PASO a las generales no son muy frecuentes. Desde que se implementaron las primarias, solo Duhalde y De Narváez sufrieron pérdidas masivas de votos (si se considera el nivel subnacional, habría que incluir en esta lista a Aníbal Fernández, protagonista de una particular interna).

Finalmente, el aumento de la participación electoral y la caída del voto en blanco entre agosto y octubre es una tendencia persistente de los tres ciclos electorales anteriores. Buena parte del crecimiento de las listas en las generales proviene de estas variaciones y de la reorientación del sufragio de los espacios que quedan por debajo del umbral legal del 1,5% (que para esta elección supera los 300.000 votos). Quizá en este conjunto heterogéneo -del que poco se sabe-, y no tanto entre los votantes de Massa y Randazzo, esté el mayor potencial de crecimiento electoral de Unidad Ciudadana y de Cambiemos de cara a octubre.

[1]A diferencia de las generales, en las PASO los porcentajes se calculan sobre los votos válidos (es decir, considerando al voto en blanco), pero a los efectos comparativos en las tablas se muestran porcentajes estimados sobre votos positivos.

 

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Vino para quedarse

Por Lucía Caruncho

“El PRO vino para quedarse” es la frase que se escucha en estos días. Su expansión como fuerza política nacional y su incipiente consolidación obliga a pensar que se trata de algo más que una fuerza sostenida en el mero marketing político. El PRO cristaliza un nuevo modelo partidario, en particular, un nuevo vínculo entre los partidos y el electorado.

Los primeros síntomas de esta nueva forma de relación se pueden rastrear en el clima cultural emergente tras la recuperación de la democracia argentina en 1983. Existen por lo menos tres atributos culturales que parecen relevantes rescatar: la creciente desafección partidaria; cierta disociación entre la calidad de la democracia –hoy traducida en términos de república– y el Estado; y la desconfianza en torno al rol del Estado y sus expresiones políticas e institucionales (lo que incluye a los partidos políticos). En relación al primero (desafección partidaria), la necesidad de generar acuerdos interpartidarios en pos de la reinstauración y estabilidad de la democracia se reflejó en la construcción de un discurso político que intentó trascender la clásica división entre peronistas y radicales. El invite a votar más allá de este clivaje no fue transitorio. Constituyó uno de los primeros signos de la inestabilidad de las identidades partidarias que se iría propagando entre la ciudadanía entrado el nuevo siglo. En relación al segundo atributo (separación entre la calidad de la democracia y el Estado), el discurso político imperante en la década del 80 tendió a enfatizar la importancia de la democracia en desmedro de las condiciones estatales en las que esta se erige. Ello favoreció el nacimiento de una “ideología democrática” –hoy expresada en mayor medida en términos de “ideología republicana”– que contribuyó a
disociar el régimen de la calidad del Estado. Respecto del tercer atributo, y vinculado a lo anterior, un clima cultural dominado por la sospecha en torno al rol del Estado y sus instituciones. Tras la dictadura militar, dicha sospecha fue expresada por las organizaciones de derechos humanos en contra de las Fuerzas Armadas. Pero, una vez neutralizada la potencialidad de las Fuerzas para desestabilizar el régimen, la desconfianza en relación al Estado se mantuvo. En la década del 90, esta sospecha encontró fundamento en los enormes bolsones de corrupción lanzados desde el interior del sistema político, develados por diversas organizaciones y programas de investigación periodística, y difundidos por los medios de comunicación. Este panorama favoreció la emergencia de nuevas organizaciones de la sociedad civil que con repertorios diversos encontraron un común denominador en la crítica generalizada hacia el Estado (como principal germen de corrupción), sus
instituciones y la política. Quizá el Frepaso (y posteriormente la coalición Alianza) haya sido uno de los primeros partidos capaces de leer dicha crítica, darle cauce institucional –más allá de su fracaso final– y ajustar su discurso político. Así, el ocaso de la Alianza en el año 2001 no dio origen a un nuevo actor social sino que este actor social (aglutinado en el “que se vayan todos”) cobró protagonismo y expresó su desconfianza radical hacia el Estado, sus instituciones y dirigentes.

Bajo estas condiciones nació el PRO. Un partido que a diferencia de los partidos tradicionales fundó sus bases en una organización de la sociedad civil (en principio la Fundación Creer y Crecer) y que, más allá de su disímil composición interna (lo que no debería confundirse con “policlasismo”), asentó su imagen en un conjunto de líderes provenientes del ámbito empresarial, el entretenimiento y el deporte. Ello, le permitió ofrecer una alternativa partidaria que se ubicó simbólicamente –y paradójicamente– por fuera de la política y de la ideología afianzando un tipo de relación diferente con la ciudadanía. Este vínculo puede ser rastreado, en parte, en el modo
en que el PRO interpeló al votante y sus preocupaciones. Lo que conduce a detenerse –aunque sea esquemáticamente– en los principales rasgos de este electorado y en las respuestas que el partido le proporcionó a través de su comunicación política. Frente al sentimiento de apatía generalizada y rechazo respecto del quehacer político, el partido se presentó como un conjunto de ciudadanos comunes situados en el mismo nivel que el electorado. Lo consiguió, por un lado, a partir de la selección de figuras que no tenían –por
lo menos públicamente– una carrera política (Miguel del Sel; Héctor Baldassi; Fernando Niembro; Martiniano Molina). Por otro, en la construcción de una retórica basada en el “sentido común” y la “celebración permanente”. Esto le permitió responder a la desafección partidaria con una propuesta “anti – partido”. El PRO no reconoce hacer política partidaria, “solo gestionar y administrar” con “felicidad” Lo que representa ser “una revolución de la alegría”. Frente a un electorado heterogéneo, el partido se deshizo de ataduras ideológicas e identitarias y echó mano de temas universales –“honestidad”, “pobreza cero”, “unir a todos los argentinos”– sin delimitar a priori la orientación de la política pública. Asimismo , construyó un discurso inclusivo en torno a identidades políticas divergentes. Esto es, invitó a todos (peronistas, radicales y “caídos del mapa”) “con la esperanza de que se sumen a esta convocatoria” (Macri, 25 de octubre de 2015). De este
modo, el votante evita someterse al estrés de tener que elegir entre propuestas programáticas diferentes. En cuanto a la sensación de lejanía que el ciudadano experimenta respecto de la política y sus dirigentes el PRO respondió con cercanía. Son Mauricio, Gabriela, María Eugenia, Horacio (sin títulos ni apellidos) que apuestan a la visibilidad de sus lazos íntimos y se encuentran dispuestos a escuchar “los problemas de la gente”. Son meras personas porque políticos “son los otros”. En sintonía, el partido supo responder a su mencionada “falta de sensibilidad social” con mucho “amor” y “corazón”.

Finalmente, una cuestión más que el PRO ha sabido capitalizar como ningún otro partido y en la que probablemente radique además uno de los pilares de su éxito electoral: la llamada grieta. Es que el PRO ha logrado posicionarse, más allá de sus ambigüedades, como una organización no kirchnerista. Anclado en el discurso poco preciso de la “pesada herencia” se convirtió en el aliado principal de la polarización de la que ellos mismos dicen renegar. La eficacia de este discurso radica en que la polarización (en tanto lleva implícita
la idea de “nosotros vs. ellos”) oculta –o deslegitima– el “camino del medio”. Esto es, la ciudadanía ha tendido a percibir que la única alternativa frente al kirchnerismo es el PRO (hoy enmarcado –y socio principal– de la coalición Cambiemos integrada a su vez por la Coalición Cívica y la UCR). Ni ECO, ni FIT, ni FR o derivados del PJ. Bien porque no son registrados como partidos de oposición, bien porque no son considerados electoralmente competitivos, bien porque el PRO –o Cambiemos– en tanto “universal” los integra. Lo que
a la larga ha incentivado –si se atiende además a las características del electorado – un comportamiento estratégico del voto que alimenta la idea –y las posibilidades– de que el PRO es el único partido con chances de derrotar al FpV.

En resumen, el PRO ha logrado interpretar el cambio cultural iniciado tras la
reapertura democrática y darle cauce institucional . Asimismo, ha interpelado con éxito a una masa electoral heterogénea por medio de un discurso situado simbólicamente por fuera de la política y la ideología –y por extensión del kirchnerismo–. Ahora bien, existen una serie de paradojas que emergen de esta nueva forma de vinculación entre los partidos y el electorado que trasciende al PRO. Se rescata una que involucra por igual y es que la crítica
moralizante hacia toda forma de manifestación política oculta en los hechos enormes problemas sociales, políticos e institucionales (exclusión sistémica, falta de oportunidades reales, desigualdades sociales, injusticias) que solo pueden ser resueltos develándolos.

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Ni fu ni fa: el peronismo en la Ciudad

Por Facundo Matos

Cada dos años se escucha la misma frase en espacios del peronismo porteño: a la Ciudad ya la perdimos, se dice, seguido de un suspiro como si se hubiera intentado verdaderamente cambiar el curso. Lo cierto, sin embargo, es que muchas veces poco es lo que se intenta y siempre poco es lo que cambia de elección en elección: entre 1983 y 2015, el peronismo porteño rara vez se movió de un rango de 20 a 30 puntos. Se mantuvo, osciló, permaneció en ese parámetro nada despreciable de votos, aunque insuficiente para ganar elecciones.

Mientras tanto, el PRO avanzó, y mucho: en un primer momento logró con éxito representar la demanda de terceras fuerzas preexistente al 2001, luego supo devorarse rápidamente el voto radical… y con eficacia creciente, fue por el votante peronista.

 

De huérfanos a hijos ejemplares (del macrismo)

La historia del voto porteño tiene dos etapas muy marcadas. Entre 1983 y 2001, el bipartidismo funcionó. Cuando no ganó el radicalismo, siempre favorito por esos años, lo hizo el peronismo. Con una única excepción (1995), el porcentaje de votos sumado de ambas fuerzas estuvo alrededor o por encima de los dos tercios. Para una ciudad dinámica y de mucha competencia como la Ciudad de Buenos Aires, un porcentaje alto.

En ese contexto, desde el regreso de la democracia hasta los últimos años del menemismo el peronismo mantuvo una adhesión estable de entre un tercio y un cuarto del electorado (entre 25% y 33%) que le permitió consolidarse como segunda opción y hasta lograr en alguna oportunidad (1993) alzarse con el primer lugar. Hacia fines del segundo gobierno menemista, no obstante, la irrupción del Frepaso –primero solo y después dentro de la Alianza– lo hizo caer por debajo del 20% e incluso del 10%.

En el mismo período, el radicalismo dominó el distrito: rara vez bajó del 30% y la mayoría de las veces estuvo por encima del 40% entre 1983 y 1995, llegando a 56,8% en alianza con el Frepaso, en 1997.

Mientras tanto, por izquierda y por derecha, el Partido Intransigente, el socialismo, el Partido Federal y la Ucedé, entre otros, intentaron hacerse un lugar en el sistema de partidos capitalino, con éxitos aceptables, pero fugaces. Elección tras elección, entre las décadas del ‘80 y ‘90, alrededor de un quinto de los porteños buscaron una opción por fuera de los partidos tradicionales, porcentaje que crecía en tiempos de crisis (los picos de voto a terceras fuerzas se darían en el hiperinflacionario 1989, el atequilado 1995 y el caótico 2001). Así todo, ninguna tercera fuerza logró capturar de manera estable ese electorado y todas, en mayor o menor plazo, acabaron por desaparecer o fusionarse dentro de otros partidos.

La historia después de 2001, por el contrario, fue escrita mayormente por los terceros partidos –o uno en especial, el PRO–. La implosión del sistema de partidos argentino en 2001 tuvo en la Ciudad de Buenos Aires su máxima expresión: si entre 1983 y 1999 el PJ y la UCR consiguieron regularmente la adhesión de alrededor de dos tercios de los porteños, desde entonces capturaron a entre 30% y 45%.

La irrupción del PRO sería fundamental en ese marco. En ninguna oportunidad desde su aparición en 2003 bajo el Frente Compromiso para el Cambio, la fuerza que encabeza Mauricio Macri sacaría menos de 30% puntos, una barrera que rara vez había pasado el peronismo y que cada vez más se volvía más difícil para el radicalismo. La tercera fuerza que demandaban algunos porteños había llegado.

Mientras tanto, diferentes opciones panprogresistas surgirían, encabezadas por Pino Solanas, Lilita Carrió o Martín Lousteau, en estos años. Si bien lograrían su auge especialmente en elecciones legislativas de medio término, esos intentos progresistas serían determinantes para probar la existencia de un electorado al mismo tiempo no macrista y no peronista que desnivelaría los balotajes en favor del macrismo y que, sumado al grueso del voto peronista en 2015, llegaría a poner en jaque al oficialismo como nadie antes. Experiencia, la de Lousteau en el balotaje pasado, al saltar de 25% a 48% capitalizando el voto útil peronista, que debería ser enseñanza para las huestes peronistas porteñas.

Chi va piano…

Si de algo le sirvió a Macri el origen italiano de su familia fue para aprender que si se va lento, se llega lejos. El ex Socma y ex presidente de Boca hizo todos los deberes: compitió y perdió una primera elección ejecutiva (2003) para después ser diputado nacional por el distrito (2005-207) y pegar el salto a la Jefatura de Gobierno (2007) y ser reelegido en el cargo en 2011, evitando arriesgarse en el escenario nacional, para hacerlo con mayor seguridad (y éxito) en 2015. La típica carrera del político profesional argentino… hecha por un outsider.

Pero además, con la misma prudencia, su fuerza pasó de integrar un frente más amplio a absorber a los demás partidos en su coalición y de satisfacer exitosamente la demanda de terceros partidos a ganarse el centro porteño radical y crecientemente, el sur (cada vez menos) peronista. Mientras desde el primer momento tuvo los votos del norte porteño, con el pasar de las elecciones se viene consolidando cada vez más en el sur y centro, tradicionalmente adherentes al peronismo y al radicalismo, respectivamente.

 

Balance y deudas peronistas

Mientras tanto, en el peronismo no hubo buenas ni malas noticias: el justicialismo metropolitano no crece ni pierde votos.

Es cierto que en estas primarias perforó su piso histórico desde que existen las comunas en todas ellas, menos tres: la sexta (Caballito), la 13 (Nuñez, Belgrano y Colegiales) y la 14 (Palermo), y volvió a perder votos en las tres comunas del sur (4, 8 y 9), como viene sucediendo consecutivamente en las últimas tres elecciones. Sin embargo, en la comparación histórica, los resultados de esta elección están en línea con los que obtuvo siempre desde 1983.

Los porteños, se dice y repite, no votan peronismo. No obstante, lo que se ve en la práctica es que eso ha pasado más de una vez (en 1993 y 2011, más claramente) y que al menos 20% lo hacen siempre y hay una suerte de peronismo flotante extra de otro 5-10%. Los fieles son mayormente de las comunas sureñas (aunque cada vez menos), a los que se le agregan con mayor o menor intensidad, según la circunstancia, bolsones peronistas en Retiro (1), Chacarita, La Paternal y Villa Ortúzar (15), y Balvanera y San Cristóbal (3).

Si se hace la abstracción y se piensa en que una fuerza X en un distrito Y de un país Z tiene un piso de 20-25%, nadie descartaría tan tajantemente la posibilidad de que gane, con buenos candidatos, propuestas y campaña.

No obstante, entre la falta de comprensión del elector no peronista del distrito y sus demandas, la obnubilación de lo que pasa del otro lado de la General Paz y la comodidad del segundo puesto, el peronismo porteño no sale de su rango de votos desde 1983. Octubre ya quedó atrás… 2019 quizás no tanto.

Todo PASO

Algunas conclusiones de las primarias:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A diez días de la desaparición de Santiago Maldonado

Hoy se cumplen 10 días de que Santiago Maldonado fue visto por última vez mientras intentaba escapar de un operativo de la Gendarmería en el territorio de la comunidad Pu Lof Cushamen, en la provincia de Chubut.

La comunidad mapuche y su familia denunciaron de inmediato la desaparición. Sin embargo, no hubo una respuesta estatal acorde a la gravedad de los hechos. La resistencia a investigar y la inacción caracterizaron a los primeros valiosos días.

El lunes 7 de agosto el Comité contra Desaparición Forzada de Naciones Unidas dio curso a una “acción urgente”, solicitada por el CELS el sábado 5, y le exigió al gobierno que despliegue una “estrategia integral” para buscar y encontrar al joven. También, el lunes, un equipo del CELS, integrado por Gastón Chillier, director ejecutivo, y Federico Efrón, coordinador del área de Litigio y defensa legal, viajó a la zona en la que ocurrieron los hechos. Los testimonios de la comunidad y la información judicial recabada de primera mano por el defensor federal de Esquel, a lo largo de una semana, indican que hasta el momento la única hipótesis apoyada en indicios serios es la que indica que Santiago Maldonado desapareció en el marco de un operativo represivo.

Cuando existen motivos suficientes para presumir que una persona desapareció en manos de alguna fuerza de seguridad, el Estado tiene la obligación internacional de encarar sin demora una investigación sobre la fuerza sospechada. Nada impide, sino que es lo que corresponde, realizar además medidas amplias de búsqueda que abarquen otras posibles hipótesis.

La matriz violenta de las fuerzas de seguridad en la Argentina, el discurso del gobierno nacional sobre la comunidad mapuche y la represión de un conflicto social son el contexto en el que Santiago desapareció. Sin embargo, la investigación tardó demasiado en encarar la hipótesis de la intervención de la Gendarmería y hasta ahora ha sido lenta y dificultosa. Durante estos 10 días hubo resistencias para investigar con rapidez y exhaustividad la hipótesis de la responsabilidad estatal. Las medidas dirigidas a descartarla o confirmarla se iniciaron con mucha demora y aun no se hicieron las que permitirían reconstruir el operativo violento; tampoco se ha buscado a Santiago con intensidad.

El gobierno nacional primero negó los hechos; luego, intentó distraer la atención con una estrategia burda orientada a atacar a la comunidad mapuche. Esta respuesta no es producto de la improvisación: como venimos señalando, desde fines de 2016 hay una estrategia liderada por el Ministerio de Seguridad de la Nación que busca asociar a los grupos mapuches al “terrorismo” y de este modo justificar el hostigamiento, la persecución y la violencia. Hasta tal punto este enfoque es central en la respuesta del gobierno a los conflictos sociales que el operativo fue coordinado en persona por el jefe de gabinete del ministerio de Seguridad, quien luego hizo declaraciones en los medios para justificar la violencia estatal. Luego de la desaparición, la primera respuesta de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, responsable de la Gendarmería, fue intentar poner en duda la presencia de Santiago Maldonado en el lugar.

El operativo en el cual se produjo la desaparición de Santiago Maldonado en la comunidad Pu Lof en Resistencia es parte de las consecuencias que tiene abordar los problemas sociales, entre ellos los conflictos por la tierra, como si se tratara de asuntos de seguridad. La represión y la criminalización son todavía más preocupantes cuando se las busca justificar presentándolas como respuestas a amenazas a la seguridad nacional. La construcción de “enemigos del Estado” tiene consecuencias gravísimas porque conduce a tolerar o promover prácticas ilegales de las fuerzas de seguridad.

La incapacidad del Poder Ejecutivo de ponerse al frente de la búsqueda de Santiago y de la investigación de los hechos es un mensaje político aterrador.

Hoy Santiago Maldonado no está. Necesitamos que aparezca ya.

Entrevista a Daniel Catalano, secretario general de ATE Capital

¿Qué evaluación haces sobre las políticas del macrismo con respecto al Estado?

Me parece que cumplieron con creces los objetivos que se trazaron. Ellos lo que hicieron fue demonizar al Estado, causarle una grave crisis fiscal, favorecer a los grupos económicos, generar que la figura del empleado estatal esté en tensión permanente con la sociedad, hicieron un desguace ideológico al correr los ejes sobre los que se estaba trabajando con la población más vulnerable, y ahora van camino hacia el desguace estructural y final. Llevaron adelante una batería de despidos que fueron necesarios para poder meter a gente propia, con salarios altísimos…

 

En términos netos, entonces, ¿no se redujo la cantidad de trabajadores del Estado? Porque el gobierno dijo muchas veces que el kirchnerismo dejaba un Estado sobre-dimensionado.

Hay más trabajadores ahora. Y no solo eso. También se incrementó la masa salarial, por los altos salarios que reciben los que ingresaron a trabajar con ellos. Entonces, primero hicieron un desguace ideológico, despidiendo a trabajadores que no eran de su gestión, y ahora se viene el desguace institucional. En definitiva, para lo que es el modelo neoliberal, cumplieron el objetivo que tenían que es detrozar al Estado que atendía las necesidades del pueblo, para generar un Estado que pueda posibilitar el ingreso de capitales del exterior. Volvieron a tomar deuda, a tener relaciones con el FMI, a promover a cualquier costo el ingreso de capitales extranjeros. En eso creo que Cambiemos cumplió bien lo que venía a hacer.

 

Hablás de desguace institucional para la etapa que viene ¿te referís a posibles privatizaciones?

No solamente. A ver, lo analizo en función no de hipótesis propias sino de lo que ellos mismos anuncian. El Ministro de Modernización plantea que sobra medio millón de trabajadores públicos, entre Nación, provincia y Municipios. Cuando contrataron a las consultoras privadas para ver qué Estado necesitaban (el famoso estudio de dotaciones óptimas), se dieron cuenta que tenían que reducir la cantidad de laburantes. Ahora, cuando vos reducis la cantidad de trabajadores es porque estás eliminando funciones del Estado. Entre las jubilaciones, las fusiones de los organismos, y quizás las privatizaciones de algunas empresas estatales, el aumento de la edad jubilatoria, bueno, todas estas cosas son las que fueron anunciando y es lo que ya están haciendo. Tampoco queremos convertirnos en los voceros del gobierno. Pero bueno, ellos vienen anunciando que eliminan Ministerios, y para ello tienen que despedir personal. Quizás privatizan Aerolíneas, porque vienen anunciando ajustes y la ponen en tensión a cada momento, que da pérdidas, que no conviene, etc. Tienen conflictos con los trenes. En fin, hay muchas funciones del Estado que a ellos les molestan y tratan de avanzar sobre ellas en la medida de sus posibilidades.

 

¿Qué diferencias encontras con respecto al Estado neoliberal de los 90? Porque, por ejemplo, hubo despidos, pero, como decías vos, la cantidad total aumentó.

No lo redujeron y no solamente eso. En los 90 lo que pasó es que en muchos casos fueron las empresas, una vez privatizadas, las que despidieron. Además, en aquella época estuvo el tema de los retiros voluntarios. Los ‘90 en ese sentido fue un desastre, porque fue el desguace estatal y la entrega de la soberanía a los capitales extranjeros. Ahora hay algo similar, pero con otros recaudos. Estamos en un momento donde el Estado, en términos generales, se está replegando y el Estado se tiende a achicar. Para nosotros este gobierno es muy salvaje: tomó mucha más deuda internacional, viene utilizando la Policía como instrumento para despedir laburantes, anuncia que va a dejar medio millón de empleados estatales en la calle. Y lo hace en un marco donde hay despidos masivos en el sector privado. Las PYMES, sobre todo, están en una severa crisis y miles cierran. El mundo del trabajo en general, está en una situación realmente preocupante.

 

Más allá de una postura lógica defensiva contra este plan de ajuste, ¿qué tipo de respuesta promueven desde ATE? ¿En qué tipo de Estado y de trabajador estatal piensan?

Nosotros nos paramos en una matriz totalmente distinta a la del gobierno. Pensamos en un Estado de bienestar. Y para ello, lo que hay que hacer es cambiar el modelo económico y modificar de raíz la pauta distributiva en este país. El Estado al que apunta el gobierno no es bueno para la sociedad. Por eso creemos que el gobierno debería cambiar. Y si continúa por este camino, se va a consolidar un proyecto regresivo, con un Estado chico, alejado de las necesidades sociales y del pueblo.
Con respecto a los trabajadores, ahí existe una gran incertidumbre. Primero porque el estatal no tiene pertenencia de clase como estatal. Esa es la diferencia que uno puede encontrar con, por ejemplo, un maestro. Una persona que es maestra quizás soñó toda su vida con serlo. Y eso es algo en común que comparte con el resto de los maestros: se sienten parte de una clase, la clase docente y entonces pelean por sus derechos como laburantes. Vos en el Estado, en cambio, tenes, arquitectos, ingenieros, administrativos con secundario completo, gente de limpieza. Y la pertenencia con el laburo, con el Estado, cuesta. Nadie dice: quiero ser estatal cuando sea grande. Vos decis: quiero ser astronauta, quiero ser ingeniero, no pensas que queres ser estatal.

 

Hay mucha estigmatización también sobre el empleado público

Hay mucho de eso. Quienes laburamos en el Estado lo padecemos. Y además nos cuesta que el trabajador estatal se sienta orgulloso de lo que hace. Qué bueno laburar en el Estado, por ejemplo. Qué bueno que formes parte de un Estado con el que generas justicia social. Somos uno de los pocos países en el mundo que tienen sistemas públicos gratuitos de educación y de salud. ¿Cómo no defenderlo? Son los estatales los que primero tienen que defenderlo.
Desde los sectores dominantes, además, tenes un ataque permanente, pegándole al empleado público, al rol del Estado. Y muchos empleados públicos, lamentablemente, terminan creyendo ese discurso, se desvalorizan y terminan yéndose al sector privado. Para nosotros es clave quedarse y dar la pelea, porque el Estado es una herramienta de transformación. Lo que pasa que, dependiendo de quién está, puede servir para disciplinar o para impartir justicia social. Hoy está disciplinando claramente.

Recientemente el gobierno estableció un nuevo sistema de presentismo. En la práctica significa una vulneración de los derechos adquiridos, pero ¿cómo hacer para enfrentar esa avanzada cuando se hace en nombre de conceptos que, a priori, gozan de legitimidad social? Pienso en presentismo, modernización, etc.

Nosotros lo que decimos es que eso tiene que estar contenido dentro de tu convenio colectivo de trabajo. El presentismo está bien si es una estimulación, pero lo que no puede ser es que por tener ese derecho pierdas otro. Si vos sos judío, por ejemplo, no podes festejar el año nuevo judío porque no está contemplado. Lo perdes. ¿qué pasa, no podes ser judío si sos estatal? Lo que decimos nosotros es: no puede ser un suplemento que para alcanzarlo vos pierdas derechos. Si es un suplemento, te lo tienen que pagar atado al convenio colectivo de trabajo. De hecho, en dos meses, cuando se puedan analizar quiénes son los que cobran el plus por presentismo, lo que vamos a ver es que van a ser muy pocos los que cobren.

 

Y ¿cómo se hace para dar esa batalla en el campo de las ideas, desde el discurso para lograr apoyo social?

A ver, lo que digo con el tema del presentismo no es que esté bien o mal en sí mismo. Lo que digo es que tiene que estar atado al convenio colectivo. La otra discusión, con los medios de comunicación, ya la perdí. Vos miras en la televisión y dicen: los sindicatos se oponen al presentismo. No campeón. Lo que nos oponemos es a que pierdas derechos, a que no te podes enfermar, no podes hacer un tratamiento por enfermedad, no podes estudiar. Es una máquina de no poder. El presentismo te condiciona. Nosotros discutimos eso. Ellos, en cambio, quieren discutir el presentismo con el prejuicio de que como el ciudadano paga sus impuestos, uno como empleado público tiene que ser una máquina que labure todo el día, sin importar nada más. Con ese discurso neoliberal no caminamos. Yo creo que ellos lo que quieren es poner condiciones casi imposibles de cumplir, como, por ejemplo, tener que ir a trabajar enfermo, para después, con la estadística de bajo cumplimiento de las metas de presentismo, poder justificar el recorte.

 

En Brasil se sancionó un nuevo convenio laboral y acá, el gobierno planea un proyecto de flexibilización laboral. ¿Qué posibilidades hay de que avance?

Lo mejor que nos pasó a nosotros es que la CGT, cuando vino Temer, lo repudió. Ahí hay una primera instancia, un principio de acuerdo, donde no tiene que pasar la flexibilización laboral. Yo no creo que sean comparables del todo las realidades de Brasil y la de la Argentina. Son mundos del trabajo distinto, realidades sindicales muy diferentes también. En Brasil hubo alguna que otra movilización y ciertas fricciones, pero la flexibilización pasó sin grandes conflictos. En el Parlamento por ejemplo no hubo oposiciones. Acá la situación va a ser diferente. Los trabajadores y los sindicatos se van a oponer, y después creo que va a haber una posición clara en el Congreso, con los nuevos Diputados que entren luego de las elecciones. No creo que se pueda instrumentar. Y si llegara a pasar, por traición de los Diputados, se armaría un quilombo bárbaro en la sociedad. No creo que pueda pasar la flexibilización la verdad. Los trabajadores estamos preparados para dar esa pelea, porque sabemos lo que se viene si llega a pasar la flexibilización, más explotación, más pobreza.
Yo creo que ese discurso pro-flexibilización no va a penetrar en la sociedad, y de hecho, hoy ves que los economistas y sectores del gobierno en la televisión intentan instalar el tema, pero no logran apoyo.

 

¿Cómo ves a la CGT en este momento? Se la criticó mucho por su posición exageradamente no confrontativa con el gobierno.

Me parece que en algún punto son responsables por lo que el gobierno hace. Hacia adentro no conducen al movimiento obrero, porque tienen un nivel de fragmentación muy grande. Y después es cierto que lo que te queda hoy es enfrentar al gobierno. Fueron dando tiempo (la CGT siempre da tiempo), y me parece que ese tiempo se agotó, y los propios compañeros de laburo, la base, están pidiendo que haya un endurecimiento en la posición de la CGT. Les está costando mantener el costado conciliador. Y yo creo que de a poco, se van endureciendo. Aunque lento, pero peor sería que no lo hagan. Hay una movilización en curso, un paro también en el que se está trabajando, un confederal. Todo indica que la CGT, más allá de la discusión interna que tiene, se está tratando de posicionar de otra manera. De la movilización que hubo cuando se les pidió que pongan fecha al paro, a hoy, creo que fueron pasando muchas cosas. Y me parece que en algún punto la CGT entiende que son quienes pueden garantizar la gobernabilidad. Porque hoy si hay alguien que garantiza la gobernabilidad son los sindicatos que no están peleando. Y eso tiene un costo: vos garantizás la gobernabilidad a costa de que se cierren fábricas, que haya suspensiones, etc. Eso tiene un límite. Y creo que vamos camino a que eso se revierta. Hay que tratar, me parece, de ver la manera de acordar con la CGT, para golpear todos juntos. Esta marcha que viene, la del 22 de agosto, es producto de un largo camino que costó mucho. La CGT, además, se está dando todo un debate interno que veremos en qué termina.

 

En las marchas multitudinarias de marzo de este año, se vio mucha gente joven ¿Cómo ves esa irrupción al interior del sindicalismo?

Hay una puja para que se de ese recambio generacional. Efectivamente, tenes muchos trabajadores nuevos, pero que no están totalmente decididos a participar sindicalmente y que es necesario que se involucren mucho más. Yo creo que todavía no vimos un recambio generacional en los gremios. Es algo que se está planteando, pero cuesta poder pensar que eso suceda. Si ves las edades de las conducciones, salvo en la de la CTA donde hay cierta renovación, en la CGT no ocurre eso. De hecho, toda la conducción de la CGT tiene entre 20 y 30 años de conducción, y vos no visualizás compañeros y compañeras que puedan estar empujando para poder ser. Lo que sí, obviamente, es necesario que se de esa renovación. A nadie le sirve que se de ese cambio por la muerte de… Por ejemplo, lo de la muerte de Momo Venegas. Hubiese estado bien que haya habido una participación previa para que se genere la renovación. Veo también que en las fábricas hay renovación. Hay muchos nuevos delegados de base. Después hay que ver cómo se llega a la conducción.

 

¿Qué posibilidades hay de que un Presidente electo surja del movimiento obrero?
Lo que creo es que primero de todo tiene que haber renovación sindical. Nadie quiere que haya un Presidente que venga de este movimiento obrero. No hay hoy en día ningún liderazgo potente. El que quiere ser Lula, hoy en día, le queda grande el disfraz. Grande y mal. Para mí sería fantástico que pueda aparecer un líder sindical que pueda terminar siendo Presidente del país. Pero si mirás la composición hoy en día en el sindicalismo te encontrás con un problema grave, porque no hay líderes representativos. Ojalá algún día se de. Sería necesario que la Argentina tenga un presidente que surja del movimiento obrero. Yo creo que hoy es momento de que el movimiento obrero se fortalezca, construya desde abajo, reunir fuerzas, y que en ese mismo proceso se generen nuevos liderazgos. No es que no hay gente preparada. Porque vos hoy ves, por ejemplo, al gringo Amichetti (Héctor), de la Federación Gráfica Bonaerense, y es un cuadro político que te enamora. Ahora, ¿cómo hacemos para que el tipo pueda convertirse en un dirigente político, una referencia? Ese tipo no llega porque tenemos una cúpula sindical muy cerrada, que no se renueva, que se cierra.

 

¿Y vos? ¿Te ves haciendo política partidaria?

No ahora. Creo que hoy, lo más importante es el rol de los sindicatos. Nosotros tenemos que trabajar para que los sindicatos hagan lo que estamos haciendo. No es un buen momento, para mi, para hacer política. Y quizás en otro momento haya que evaluarlo. Ahora el momento es poner a los sindicatos de pie para dar pelea contra este modelo económico.

 

Con respecto a las elecciones, ¿cómo ves el panorama general?

Estuve recorriendo muchas provincias y hay una angustia muy grande por no poder votar a Cristina. Eso es muy loco, porque hablás con los catamarqueños y te dicen: nosotros queremos votar a CFK, y lo mismo en muchas provincias. Que suerte que tienen los bonaerenses que la pueden votar, hay como un deseo de que se federalice la elección de CFK. Hoy por lo menos nos pasó eso.

 

Es lo contrario a lo que plantea el gobierno, que sostiene que el fenómeno de CFK está encapsulado en algunos municipios de la primera sección.

Ni a palos. La sensación que nosotros recogemos es completamente otra. Y que la necesidad del pueblo trabajador es otra. Hay mucha expectativa, se está poniendo mucha energía en esta elección, una energía bien utilizada. Pero bueno, hay que ver después qué pasa, cuando termine la elección. Porque vos quizás metes los mejores cuadros en el Parlamento, pero después Macri te puede vetar las leyes por ejemplo. Va a ser otro momento del país cuando caigamos en la cuenta que esta elección de medio término lo que hace es aceptar o no una posición y un momento del país: ¿estamos bien o estamos mal? Nosotros estamos trabajando en esta elección para decirle, con la mayor fuerza posible, que estamos mal, que hay que cambiar el rumbo, la matriz económica. Ojalá eso se pueda ver después en las urnas.
Después vos tenes distritos donde la dinámica política es algo inentendible. Por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires, me cuesta entender cómo Lilita Carrió está midiendo tan arriba, o al menos, eso es lo que dicen las encuestas. Para mí es una barbaridad.

 

¿Sos optimista entonces con respecto a las elecciones?

Yo creo el freno va a estar tanto por lo electoral como por la pelea sindical y obrera. Lo que no significa que nos vaya bien como país. Creo que va a haber tensión, va a haber conflicto social, va a haber una situación de conflicto social muy difícil de controlar, producto de la miseria que está generando este modelo. Y quizás ahí sí vaya a haber un freno real y definitivo. Pero todo está encaminado a que en las elecciones los puedas frenar, que con los paros y movilizaciones los puedas detener, ir marcando el ritmo, pero ahora, generas tanta miseria, tanto perjuicio, que en algún momento esto se va a desmadrar.

Voto y alianzas electorales en Corrientes

 

Por Pablo Garibaldi

Ya está la fecha. El 8 de octubre se llevarán adelante las elecciones a cargos ejecutivo y legislativos provinciales en Corrientes. Para que esa jornada corone un gobernador electo, alguna de las ofertas debe obtener el 45% de los votos o el 40% más diez puntos porcentuales de diferencia con la segunda fuerza. Si ninguna oferta logra cumplir con uno de esos dos requisitos, los correntinos sumarán una segunda ronda entre la primera y segunda opción más votada, a celebrarse el 21 de octubre, como nueva cita a su exigente calendario electoral. De todos modos, el primer domingo de octubre de 2017 nos asegura certezas: sabremos cómo se repartirán las cinco bancas de senadores y las quince de diputados de la legislatura provincial. Todos estos cargos legislativos se distribuyen de acuerdo a una fórmula proporcional en distrito único.         

Esta elección tendrá lugar después de dos sucesos relevantes. Por un lado, en los primeros días de junio de este año, una coalición liderada por el radicalismo recuperó la intendencia capitalina que se encuentra en manos del peronismo y sus aliados. Las alianzas allí enfrentadas se presumen similares a las que disputarán la pelea por la gobernación, aun no confirmadas. Más adelante retomaremos este punto. En segundo lugar, las Primarias, Abiertas, Simultáneas, y Obligatorias proveerán información sobre las preferencias de los correntinos a la hora de optar por su representación en el Congreso de la Nación. Los espacios que pican en punta para llevarse una o más de las tres bancas pertenecientes a la cámara baja, la magnitud efectiva de este turno, son ECO+Cambiemos, Juntos Podemos Más y 1País. La primera oferta es la coalición liderada por el radicalismo que cuenta con un recurrente socio local pero ahora muy fortalecido, el PRO. Hasta hace poco, el partido del Presidente era un jugador fragilísimo en la política correntina. ¿Cuánto rindió para el PRO la Casa Rosada en la negociación con el ejecutivo provincial por la conformación de la boleta? Los primeros tres lugares de la lista única responde con la secuencia UCR (Estela Regidor) – PRO (Sofía Brambilla) – Encuentro Liberal (Alfredo Revidatti). Las elites peronistas más rentables electoralmente y que tendieron a jugar integradas en el Frente para la Victoria hasta 2015 se alinearon en Juntos Podemos Más. Los juntados se revolverán entre siete listas en las primarias de agosto. El espacio 1País adelanta una única propuesta, cuyo primer lugar corresponde a Eugenio “Nito” Artaza, con la expectativa de terciar con mayor éxito y abandonar la posición de “alternativa irrelevante”. Este sistema electoral de partidos de tercios desiguales se instaló en 2013 a partir de la aparición de un frente referenciado con Sergio Massa a nivel nacional y protagonizado por Artaza a nivel provincial. Los votos correntinos en las categorías de intendente capitalino y de diputado nacional, sin embargo, no solo son predictores poco confiables del ganador en la pelea por la gobernación sino que además resultan altamente insuficientes para abordar la política correntina.

El voto correntino           

En 2001, 2005, 2009 y 2013, los ciudadanos correntinos apoyaron mayoritariamente a las distintas coaliciones electorales que lideró la Unión Cívica Radical en las elecciones a gobernador y vicegobernador de la provincia. En el mismo período, sin embargo, sostenidos respaldos se inclinaron hacia opciones peronistas cuando la presidencia estaba en juego. En 2003, la fórmula Menem – Romero obtuvo 35,02% de los votos mientras que la de Kirchner – Scioli alcanzó el segundo lugar con 26,39%. Posteriormente, el Frente para la Victoria – FPV logró, siempre en las elecciones presidenciales, 54,13% en 2007, 68,04% en 2011, y 50,26% y 55,36% de los votos en la primera y segunda vuelta de 2015. El ganador correntino coincidió con el ganador nacional en todas estas querellas menos en el ballotage de 2015. Como es de prever, las sólidas mayorías en la categoría presidencial se tradujeron en la arena legislativa nacional. Cuando hay concurrencia, entonces, la propuesta peronista gana la pelea por las bancas de diputados y senadores. Por esta dinámica, Carlos “Camau” Espínola, actual candidato a gobernador por el peronismo, asumió una de las dos senadurías capturadas por el FPV. En síntesis, las ofertas lideradas por el peronismo obtuvieron un extendido apoyo en las elecciones concurrentes mencionadas mientras que la propuesta respaldada por el radicalismo correntino fue relegada. En los turnos electorales que solo dirimieron cargos legislativos nacionales, se registran resultados parejos aunque inclinados hacia el radicalismo: una coalición radical-justicialista logró el primer lugar en 2003 y 2005 mientras que ajustados triunfos en 2009 y 2013 permitieron a la UCR y a sus socios derrotar al peronismo.

Si abordamos las últimas elecciones a gobernador, las bases territoriales de apoyo exhiben ciertas tendencias interesantes. El peronismo correntino ha mostrado desempeños competitivos en los dos principales municipios de Corrientes: la capital provincial y Goya. La tercera ciudad en términos de su caudal de votantes es un bastión radical: Paso de los Libres. De allí proviene uno de los posibles candidatos a gobernador, el ex intendente y actual Ministro de Coordinación y Planificación Eduardo Vischi. Observando las elecciones de 2013, los márgenes de victorias que le permitieron al radicalismo mantener el poder surgen más significativamente, además del infatigable aporte libreño, de ciudades medias -Mercedes, Monte Caseros, Virasoro, Bella Vista- y chicas -La Cruz, San Cosme, Itá Ibaté, Mburucuyá, Mocoretá, Juan Pujol, entre otras-.

La oferta electoral provincial

El radicalismo venció una y otra vez a sus adversarios en las elecciones a gobernador en la provincia de Corrientes entre 2001 y 2013. No lo hizo solo. En todas las disputas disfrutó de la contribución de socios menores pero decisivos. Sin embargo, no puede hablarse de una misma coalición en todo el período radical debido a que existe variación en términos de la composición y del número de integrantes. Este mayor número de socios no se relaciona directamente con un mayor apoyo ciudadano. En 2005, una alianza de 8 partidos obtuvo el 60,56% de los votos y ganó la elección. Acompañado de 18 fuerzas, entre las cuales se destacan al Partido Nuevo y Proyecto Corrientes, el radicalismo obtuvo 50,78% de los votos en 2013 y consagró en primera vuelta la reelección de Ricardo Colombi. En 2005, el aliado principal era el peronismo. En 2013, el peronismo era el desafiante a vencer.

El escenario de 2013, protagonizado por una coalición liderada por el radicalismo y otra por el peronismo, parece reeditarse este año con algunas novedades ineludibles. Pasemos a mencionarlas. Por un lado, Encuentro por Corrientes – ECO prepara y sufre la sucesión de Ricardo Colombi. Sin posibilidad de reelegir al líder, varios radicales sueñan con heredar la Casa de Gobierno: Gustavo Valdez, Sergio Flinta, Carlos Vignolo y Eduardo Vischi. El PRO es ahora un jugador fortalecido y ha intentado posicionar a Ingrid Jetter, titular de la gerencia regional NEA Región V de Vialidad Nacional, como candidata a la gobernación. Hoy, ese movimiento puede ser mejor leído como una jugada orientada a incrementar el poder de negociación en la arena electoral multinivel antes que como una apuesta estratégica en sí misma. El cargo a la vicegobernación de ECO suele corresponder al líder de uno de los partidos asociados más relevantes. En 2009, ese puesto fue asignado a Pedro Braillard Poccard del Partido Nuevo – PaNu y en 2013 a Gustavo Canteros de Proyecto Corrientes. Nuevamente, Braillard Poccard suena fuerte como el posible vice. El 14 de julio se disiparán las dudas.

Por el lado del peronismo, novedades emergen como consecuencia de la derrota del FPV en la carrera presidencial: restricción de recursos y extinción de la presidencia como un jugador con incidencia en la confección de la coalición. Asimismo, un mal desempeño del peronismo correntino en las elecciones a gobernador y a intendentes puede profundizar el debilitamiento de su “partido en las instituciones públicas”. Sin la presidencia de la nación y sin la capital provincial, una derrota en la elección a gobernador y a intendentes en Goya y Mercedes repercutirán en interesantes realineamiento internos. Por último, existen negociaciones para integrar a Cambio Popular, el espacio liderado localmente por Artaza, y el Partido Renovador Federal, conducido por Germán Braillard Poccard, a la coalición peronista que de prosperar pueden consolidar en la primera vuelta un nivel de concentración del voto entre la primera y segunda fuerza que agregue más del 90% de las preferencias ciudadanas.

Muy recientemente, Carlos Vignolo, Secretario General de la gobernación, afirmó públicamente: “Va a ser la primera vez que tendremos la oportunidad de insertar a Corrientes en un circuito Nación-Provincia-Municipio”. La política electoral es un vínculo que comunica este circuito. Pero no es el único. Las administraciones y dirigentes radicales en Corrientes piensan y esperan una mesa intergubernamental abierta a un menú de políticas bastante más amplio.

¿Y si Cristina ya no puede evitar ser candidata?

(Nota de Marcelo Falak publicada originalmente aquí)

“Yo me excluyo”. Aquella frase, pronunciada hace casi un mes por Cristina Kirchner en la sede del SADOP, el gremio de los docentes privados, desató un tsunami alrededor de la expresidenta. La expresión resultaba evidentemente inconveniente y apresurada justo cuando llega al clímax el póker tenso que tiene en su figura, o en su eventual candidatura a senadora bonaerense, la mejor carta para unir lo que queda del peronismo y, de la mano de eso, para hacer dudar a Florencio Randazzo de dar pelea en unas PASO.

El entorno cercano, familiar incluso, operó y aquella definición se transformó durante su viaje a Grecia en otra: “No creo en las exclusiones”.

Ella misma pareció extasiarse, al hablar de “responsabilidades históricas” y al subrayar en rojo y subir a las redes un artículo periodístico que la mencionaba como el terror del establishment.

Hasta hace días, u horas inclusive, todo el sistema político actuaba bajo el convencimiento de que el kirchnerismo ladraba con la candidatura de Cristina, pero que no mordería. Sobraban los argumentos. “No va a bajarse del 54% (que obtuvo en la última elección que encaró, en 2011) a un 35”. “No se va a arriesgar a una elección que puede perder, porque el macrismo está fuerte en la provincia”. “Si pierde, se tiene que despedir de 2019”. “Sabe que si compite, refuerza a (Mauricio) Macri, porque su figura polariza”. “Aunque gane, va a decepcionar a la gente, porque desde una banca no va a poder incidir ni cambiar nada”. “Si ya la están matando desde la justicia y desde la prensa, en una campaña directamente se expone a que la masacren”. “Es demasiado orgullosa y no se va a bancar que digan que está buscando fueros para no ir presa”. Y más, mucho más.

Esos análisis abundaban en las mesas de arena del panperonismo, esto es en el randazzismo y en el massismo, que se llenaban de razones con la esperanza de que no se concretara un escenario potencialmente ruinoso para ellos. En el Gobierno, mientras, esperaban con ansiedad a que se animara, que entrara y delineara el escenario que más lo favorecería.

El dato saliente de las últimas horas es que lo que se pensaba como imposible ya no lo es. La percepción es que la presión de “los que se le cuelgan de su pollera” la llevaron “demasiado lejos”, que la forzaron a coquetear en exceso con una candidatura y que bajarse decepcionaría terminalmente a muchos que la esperan. Y, sobre todo, que eso equivaldría, a esta altura, a un gesto de debilidad frente a su exministro que bastaría, incluso antes de que se vote, para darle a este el liderazgo político que busca con la mente puesta en 2019. “Le están haciendo un daño enorme”, fingen protegerla quienes quieren destronarla.

La sensación de que algo cambió para Cristina Kirchner, que sus opciones se redujeron, es correcta. Sin su nombre al tope de la lista en unas PASO, cualquier otro candidato del sector es terrenal y la posibilidad de que Randazzo dé el gran golpe se agranda.

Sus rivales dicen no comprender cómo ella se dejó traer a esta encrucijada. Ni Máximo Kirchner ni Axel Kicillof renuevan banca. ¿A quién quiere proteger? ¿A Carlos Kunkel, a Diana Conti, a quienes sí se les vence el mandato? Esos son, justamente, dos de los nombres que el randazzismo quiere tener lo más lejos posible, dos vetados.

¿A quién más querría cobijar?, siguen las preguntas retóricas. ¿A los intendentes que no la quieren pero hoy la cortejan solo porque la consideran el mejor escudo para alambrar sus territorios?

La verdadera pregunta, sin embargo, es otra: ¿qué opciones le quedan?

Con Randazzo empeñado en su vieja obsesión de ganar una primaria, la unidad ofrecida desde la vereda de enfrente (de condiciones bastante unilaterales hasta ahora, cabe reconocer) sigue siendo un escenario posible pero no probable. Y, con dos listas, ella no puede darse el lujo de volar, aséptica, sobre la disputa. Eso la obligaría, al menos con gestos, a jugarse por su sector, sin ninguna garantía de éxito.

Pero, por otro lado, competir es un riesgo: aunque un eventual “efecto María Eugenia Vidal” no está asegurado, porque la historia prueba lo difíciles que resultan las transfusiones de carisma, nada la blinda de sufrirlo. Una candidatura sería para ella una aventura sin seguro.

Pero no hacerlo amenaza a su sector y su herencia política con la destrucción. No se trata, como dicen sus rivales, que la pelea sea por poner un senador y cinco o diez diputados. La elección es un test de vigencia. Si para sus rivales la legislativa es un requisito burocrático para 2019, también lo es para el kirchnerismo.

Mientras, personalísima y discrecional como siempre, ella sopesa sus opciones y nada puede darse por seguro. Las decisiones individuales siempre son inescrutables. Lo que emerge claramente es que, a tono con lo disputado que está su liderazgo, se encuentra ante una opción de hierro: es el riesgo o los costos.

Ella tiene la palabra.

La conquista del sentido común

 

 

(Por Julieta Waisgold)

El fallo a favor del 2×1 para el represor Luis Muiña dejó como mensaje que una parte bastante heterogénea de la sociedad argentina condena los delitos aberrantes de la dictadura.

Ese consenso social que no se sabe a ciencia cierta cómo está formado (y tampoco debería importar demasiado), sigiloso y temerario, forzó al oficialismo en víspera de elecciones a consensuar un proyecto de ley y a recular sobre sus propios pasos.

¿Es ese acuerdo una sanción social definitiva? tampoco se sabe. Pero parece ser una prueba indicadora de que algunos aspectos del proceso político y social hicieron mella en el sentido común.

 

Un ensayo de explicación

Repasando la cronología de los hechos, todo lo que desembocó en la marcha se gestó en apenas una semana. Una semana en la que la oposición encarnada por el Frente para la Victoria tuvo la voz cantante. El oficialismo, en cambio, primero se mostró cómodo en el abstencionismo y una semana más tarde, tres días antes de la marcha que ya se presentaba como multitudinaria, cambió de opinión para pasar a ser duramente crítico.

El cambio de opinión oficialista no fue fruto de ningún consenso visible, no hubo diálogo, ni siquiera una recapitulación pública. Esta vez nadie dijo que se equivocó. (¿Cómo decirlo?). Tan sólo hubo una catarata de opiniones contrarias a las de la semana anterior.

“Contradicción oficial”, hubiese sido el titular de los diarios de mayor circulación al día siguiente durante la presidencia anterior. Sin embargo en esta oportunidad eso no ocurrió.

Descartado entonces que se trate de un caso de voluntad de acuerdo político, se dijo que la clave de la magia catalizadora del oficialismo estuvo en que recibió encuestas. Supongamos que fue así. ¿Qué causó la efervescencia social y el resultado de esas encuestas?

El discurso del consenso indicaría que los Derechos Humanos son un punto central del acuerdo social, ya desde hace muchos años. En este sentido, dirán, la plaza de defensa de la democracia alfonsinista fue muy anterior a la de ayer y también rebalsaba de gente. En el medio y durante todo el menemismo el movimiento de Derechos Humanos creció y movilizó a la sociedad siempre en un sentido ascendente, aunque estuviese relegado a un lugar minoritario.

Otros van a decir que la razón por la cual el oficialismo se vio forzado a la marcha atrás es el malestar. Que es obvio que la medida de la Corte está mal. Que hay un clima político propicio para eso. Que el gobierno de Macri es de derecha. Que el gobierno de Macri genera un marco de impunidad. Pueden ser todas esas respuestas, una sola, o ninguna.

Y todo eso puede ser cierto. Pero ¿qué habría pasado en estos últimos diez años si el discurso presidencial hubiese sido el de las dos campanas, o sin ser tan extremo, si Néstor Kirchner sólo hubiese descolgado un cuadro en el Colegio Militar para después declararse prescindente de las decisiones de la justicia?

Las reivindicaciones de derechos humanos fueron largamente caminadas por las madres, las abuelas y los organismos, antes de que llegara el kirchnerismo. Sin embargo, Néstor y luego Cristina Kirchner se mostraron dispuestos a encaminar sus reclamos dándoles una visión creíble del rol que debían ocupar en la sociedad.

El kirchnerismo restauró la relación entre significante y significado. Revalorizó una mirada de los derechos humanos, y tal vez por primera vez el Estado les planteó a los organismos una sociedad de la que pudieran formar parte con centralidad y no sólo como minoría.

Para eso, los dos gobiernos generaron un marco institucional, material y político propicio para la persecución de los delitos de lesa humanidad. Lo hicieron tanto con medidas concretas que abrieron el espacio de participación a los organismos de derechos humanos, como a través de actos simbólicos que implicaron altos niveles de confrontación con los militares golpistas: bajar un cuadro de Videla, pedir perdón en la Ex Esma y decirles a los militares en su propia casa (el Colegio Militar) que no se les tenía miedo.

Así, y paradójicamente, este nuevo consenso social que cobró dimensión con el kirchnerismo, fue parido en el enfrentamiento.

Tanto desde la forma como desde el fondo, las gestiones Kirchner fueron claramente adversariales. Identificaban al “otro” y construían su propia identidad por oposición en relación a esa identificación, generando nuevas correlaciones de fuerzas.

Las correlaciones de fuerza no se explican. Ocurren. Sin embargo una concepción se vuelve hegemónica y tiene un grado de irreversibilidad relativa, dice Íñigo Errejón en una conversación con Chantal Mouffe, cuando logra ir un poco más allá de la disputa de poder y es capaz de echar raíces en la cultura, transformándose en parte de un sentido común de época.

Como en la efervescencia contra el 2×1, el sentido común de época no opera como una construcción lógica y consensuada en la que todos actúan coordinadamente, sino más bien como un terreno amplio, y a veces controversial y sinuoso.

Así, la participación mayoritaria, y la masa heterogénea que empujó al oficialismo macrista a revertir su discurso, tal vez esté compuesta por sectores sociales que mantienen diferentes tipos y niveles de acuerdo sobre el tema.

A juzgar por los hechos de los últimos días, la verdadera victoria del kirchnerismo en este tema es haber llevado al sentido común a un nuevo lugar en donde los militares de la dictadura agrupan a las mayorías en la vereda de enfrente.

(Imagen)

Oficialismo que debuta debe ganar

¿Cómo fue la primera vez de los gobiernos frente a una elección legislativa desde el regreso de la democracia?

Raúl Alfonsín fue elegido presidente en 1983 con el 51,72% de los votos frente al 40% del candidato del Partido Justicialista. Dos años después enfrentó su primera elección legislativa: disminuyó nominal y porcentualmente su cantidad de votos – al igual que el resto de las fuerzas políticas – pero ganó la elección, si se cuenta el resultado nacional general.

Carlos Menem corrió la misma suerte: ganó con casi el 50% en 1989 y aunque disminuyó el caudal volvió a ganar en sus primeras legislativas. Fernando De la Rúa y Néstor Kirchner representan los casos exactamente opuestos lograron en sus primeras elecciones de medio término resultados diferentes entre si, que condicionaron sus presidencias. reducirse casi a la mitad su caudal electoral del 99 al 2001, la anómala elección de Néstor Kirchner en 2003 lo hizo pasar de los 22 puntos a los 40 en sus primeras legislativas. Cristina Kirchner enfrentó en 2009 su primera elección legislativa luego del conflicto con el campo y representando una continuidad del gobierno anterior (¿fue su primera legislativa o la segunda del período kirchnerista?): bajó del 46% al 30 y a pesar de la victoria en términos nacionales, la derrota en la PBA se constituyó como el dato político relevante.

¿Qué tendencias podemos ver? En primer lugar, el carácter “naturalmente” más disperso del voto en elecciones legislativas. El hecho de que no implique en forma directa un riesgo a la continuidad del mandato presidencial permite que los electores elijan con más “libertad” sus opciones. Hay una función “expresiva” del voto tanto sobre cuestiones de identidad partidaria como locales, provinciales y nacionales. A excepción de Néstor Kirchner, todos los presidentes obtuvieron menos votos en su primera legislativa que en su presidencial.

Segundo, y más importante, que los oficialismos, aún en los casos en que perdieron, han sido los encargados de armar el escenario en el que se juega. Ese escenario puede tratar de mirar a un pasado al que no hay que volver, a un presente que hay que mantener o a un futuro al que hay que llegar, pero la tarea de construirlo es, al menos en nuestro país y en la historia reciente, potestad exclusiva del oficialismo. Por los recursos de poder con los que cuenta y la centralidad que ejerce, todo presidente es el encargado de “marcar la cancha” y realizar el planteo que va definir lo que se debate en la contienda.

Los presidentes tienen, antes que nada, resortes institucionales propios de una Constitución que se los cede ampliamente. En la literatura especializada, Argentina es considerada un presidencialismo “fuerte”. Esos resortes – los vetos, los DNU, la posibilidad de asignar recursos a las provincias, etc. – lo convierten en un actor potencialmente poderoso, con capacidades plenas de llevar adelante su agenda. Por supuesto que ningún análisis sobre la fortaleza de un gobierno puede terminar ahí: han habido presidentes débiles con toda esa botonera de poder a disposición. Los presidentes van sumando – o no y también perdiendo – recursos: pueden contar con la bendición de las encuestas, tienen (o no) carisma, pueden ganar en volumen de comunicación, sumar el respaldo de sindicatos, gobernadores, intendentes, grupos religiosos, indígenas, de derechos humanos. La lista puede ser infinita.

A esos poderes que todo gobierno ya tiene o puede sumar hay que ponerle el contexto de éste en particular: es el primer gobierno de la historia reciente en controlar al mismo tiempo la Nación, la provincia de Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires. Es un gobierno que consiguió, con minoría en ambas cámaras, sacar las leyes clave para su agenda con la colaboración de gran parte de la oposición. Es un gobierno acompañado por la línea editorial de todos los grandes grupos de medios de comunicación, grandes cámaras empresarias y “las” embajadas. Un gobierno que tiene enfrente a una central sindical que no llamó a un paro sino hasta que se vio desbordada y toda otra serie de actores de la sociedad civil dispuestos a esperar y negociar antes que a reaccionar. Este es un gobierno que va a llegar a su primer test electoral con apenas un año y 8 meses de gobierno. Así las cosas, la elección de octubre es una elección que el Gobierno tendría que poder ganar. Esto significa para nosotros varias cosas a la vez.

Por supuesto no significa ni a) que haya una sola definición sobre qué significa ganar este octubre (materia que ameritaría otro post); ni b) que es deseable que el Gobierno gane “por la gobernabilidad” (un factor que en la Argentina está garantizado: lo demuestran los dos años de un gobierno nuevo sin mayoría en ambas cámaras; lo demuestra la derrota de medio término de Cristina en 2009 y su posterior victoria en 2011).

Significa que en cualquier otro escenario un oficialismo con estos recursos de poder jugaría con la pelota abajo de la suela y la cabeza levantada un partido que, al menos hasta hoy, parece más que nada trabado. Si el escenario aparece tan abierto para otros jugadores de la oposición – muchos de ellos con serios problemas de coordinación, organización y recursos – es por el desempeño pobre que ha mostrado el Presidente hasta aquí. Los goles han sido pocos, los errores muchos y ha sobresalido la falta de capacidad para pasar de los powerpoints a los hechos. No es, para nada, un gobierno que se asoma a las elecciones legislativas como lo hizo el de De La Rúa, pero tampoco es, para nada, equivalente al Menem de 1991 o a Kirchner del 2005.

En las últimas semanas, se ha hablado mucho de la decisión del gobierno de pasar de su estrategia originaria (aislar al kirchnerismo como “extremo”, negociar con todos los otros actores del “peronismo racional”, tales como Bossio, Pichetto, los sindicatos, etc.) a otra caracterizada por una polarización mucho más extrema: “o están con nosotros, o son automáticamente kirchneristas.” Nos preguntamos, en este escenario, si la polarización es tanto una estrategia como el resultado de otros planes anteriores que dejaron de funcionar o nunca arrancaron.

Independientemente de la estrategia política, el lugar de oficialismo no se cede. Decíamos en abril de 2016: “esta es una democracia, este es un presidencialismo y se da en determinado contexto. Es un contexto institucional en el que ´’la muñeca’, la decisión, la impronta, la suerte que corra, lo que sepa, pueda o quiera hacer el Presidente tienen un impacto fundamental hacia adentro del Gobierno y también en la oposición”. La oposición puede presentar una mejor o una peor oferta, aparecer más unida o fragmentada, pero no puede ni debe intentar definir cómo se va a jugar el partido.

Lo que sabemos es que la oposición puede hacer poco, poquísimo, por definir “de qué se va a tratar” la elección: apenas presentar unos candidatos en vez de otros. Hacer hincapié en algunos temas más que en otros. Si tuviéramos que usar una metáfora futbolera deberíamos decir que es un penal y que patea el oficialismo. Pero acaso la analogía más propia viene del tenis: saca el oficialismo. La pelotita está en su cancha. El oficialismo decide a qué lugar del rival saca: si a su debilidad o a su fortaleza, para sorprender. Si es potente, efectivo y ordenado con el saque, las posibilidades de ganar el punto son altas. Hay imprevistos, pequeñas chances de que el rival adivine y devuelva rápido pero, en términos probabilísticos, sucede menos. Lo que “debería” suceder es que el saque entre y gane el punto o incomode lo suficiente al rival como para tener la ventaja todo el resto del punto. Vaya y hágase cargo de su primer saque, Presidente. Sepa, por supuesto que, ni en el tenis ni en política, siempre lo que debería suceder sucede.

En definitiva, un gobierno que inició su gestión con la impronta del “país normal”, de la “gestión apolítica” y el diálogo pasó a una nueva fase definida por la búsqueda de una épica y una apelación manifiesta al conflicto. ¿Son en ese contexto las recientes apelaciones del Presidente a luchar contra unas “mafias” que “están en los sindicatos, en las empresas, en la política y en la justicia” lo que va a dar marco a esa campaña? ¿Será el nuevo eje – el tercero, o cuarto – de Cambiemos?

Todo el aire se desvanece en lo sólido

Escrito en conjunto por María Esperanza Casullo, Nicolás Tereschuk y Abelardo Vitale.

Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”. La cita de Karl Marx es conocida.

Partiremos aquí de una hipótesis no demasiado original. La llamada “grieta”, la división entre “kirchnerismo” y “el resto del mundo” que se habría puesto de manifiesto, sobre todo, durante el último mandato de Cristina Kirchner existió pero tuvo una entidad y una intensidad limitada, no extendidas a toda la sociedad. El 37 – 34 – 21 por ciento en el que entraron en la recta final de octubre de 2015 las principales coaliciones políticas, en un esquema bastante des-polarizado, da de por sí una pista de la situación. Otra forma de expresarlo puede ser la de tomar en cuenta que Daniel Scioli, Sergio Massa y Adolfo Rodríguez Saá obtuvieron sumados, apenas un año y medio atrás, casi el 60 por ciento de los votos nacionales.

La “caprilización” tardía -en julio de 2015- de Mauricio Macri, aquel que no iba a “cambiar lo bueno”, ni perjudicar a Aerolíneas Argentinas, ni eliminar el Fútbol para Todos, ni molestar a los docentes en sus aspiraciones salariales, ni toquetear los activos que administra la ANSES, nos daba otra pista de que la “grieta” no se trataba de una realidad omnipresente u omnipotente.

Otra hipótesis -o más bien premisa- que se sigue de lo anterior, es que la elección fue ganada por este efecto “moderación”, no por el efecto “núcleo duro anti kirchnerista”. O, para ser más precisos: la solidez y convicción del núcleo duro llevaron a Mauricio Macri hasta la primera ronda. Pero el triunfo en la segunda vuelta provino de la capacidad del macrismo de atraer a votantes que habían votado a Massa en la primera. Para esta fracción de votantes resultó central la idea comunicada en campaña de que “nadie perdería lo que se consiguió” y que muchos de los programas más populares del kirchnerismo continuarían.

En este grupo encontramos segmentos de lo que suele llamarse “clase media baja”: trabajadores de industrias y servicios, muchos de ellos sindicalizados en gremios peronistas pero que en 2015 estaban en conflicto con Cristina (en el petróleo, transporte, mecánicos, empleados de comercio, maestros, sectores de servicios).

Tal vez el mayor acierto de la campaña del macrismo en 2015 fue haber desdoblado las apelaciones ideológicas. El antikirchnerismo profundo, furibundo e incesante quedó a cargo de los medios masivos de comunicación y de los analistas de prensa, que machacaron desde los diarios, la televisión y la radio. Esto abrió el campo para que Cambiemos (quien nadie dudaba que fuera el representante del antikirchnerismo) se concentrara en construir una campaña cálida, amigable, con promesas de bienestar.

Pasado el primer año de gestión de Mauricio Macri, la situación ha pasado por varias metamorfosis.Ya en el poder, el macrismo dio rienda suelta a esos prejuicios ideológicos que suelen absorberse sin saber, de chico, mientras uno escucha absorto las conversaciones de los mayores en las cocinas de las casas paternas y que algunos llaman cosmovisión. Los muchachos no son moderados, como no lo es casi nadie que llega con ánimo de mantenerse en el Sillón de Rivadavia. Como saben los que vienen leyendo este blog, la “nueva” derecha que gobierna se parece mucho a la “vieja” y una y otra vez ha frustrado nuestras ganas de realizar análisis sofisticados sobre su presente y futuro. Lo que vemos es lo que es.

Sobre esta base parece estar moviéndose ahora el ánimo de miles y miles de argentinos para quienes, puestos frente a tareas tan cuesta arriba como comprar los útiles escolares para el inicio de clases, lo que era gracioso ya no lo es tanto y lo que no lo era bien puede empezar enojar. Ante ese clima ya no se tiene claro que el oficialismo sea cool, como manifestaba aquel audio de whatsapp viral ideado o promovido con maestría por las mentes brillantes del PRO para el estado de ánimo de octubre de 2015:

A los 25 años firmó un cheque de 600 millones de dólares con Donald Trump, agarró Boca y le hizo ganar todo; después agarró la Ciudad. Es un superdotado, olvidate, un superchabón. Y aparte… ¡re-cheto!, ¿vos viste el bunker del PRO?, todos con camisita polo, bailando, globos. Los otros todos cirujas, negros, con la gorra, con el bombo. No hace falta ni pensarlo, yo no quiero más los negros esos del peronismo. Yo quiero otra cosa, un cheto de estos con onda, un Tinelli, un Macri, y ver qué pasa. Que hable con Estados Unidos, que esté todo bien, que compremos iPhone, que tengamos ropa por dos mangos”.

En el actual contexto, donde hablamos de cosas bien concretas como por ejemplo si alcanza o no para el peaje, para alguna escapadita de vacaciones, para el colegio de los chicos o los remedios de tu vieja, “la grieta” deja de tener espesor, sustancia, centralidad. Real, sí, pero tan cultural y debatidora de derechos de tercera generación ella, nos dice menos sobre cómo se ordenan las preferencias que algunas cuestiones mucho más pedestres.

Ahí es donde entra el video del trabajador formal y quizás sindicalizado que “gasta” a su compañero de trabajo (no “desde arriba”, sino “desde el costado”, porque jodidos estamos todos) por haber creído en lo que planteaba aquel ya añejo audio de whatsapp mientras que ahora había tenido que salir a mangar una mochila para que su pibe comenzara las clases.

Ahí es donde entran los afiliados a gremios que integran la CGT que, luciendo pecheras azules, no tuvieron empacho en putear a sus secretarios generales a 15 metros del palco de los discursos. Ahí no había “grieta” ni el elemento ordenador del debate era kirchenrismo/antikirchnerismo.

Esto no quiere decir -ni mucho menos- que Cristina o el kirchnerismo no deban ser parte relevante del debate político y también del electoral. Ocurre que ahora, quizás, ni siquiera cuando un obrero le grita “Aguante Cristina” al Presidente está expresando lo que ese grito hubiera significado hace 18 meses o más.

Nos parece que allí, aquí, está pasando otra cosa. Y esa cosa es mucho más un producto de las medidas económicas concretas del oficialismo que de una articulación o estrategia opositora.

Para finalizar: si algo de esa “grieta” efectivamente sobrevivía, pareciera que “abajo” está en franca extinción. Pero que ahí las cosas se mueven, se mueven.

 

 

 

 

Cronología de un Movimiento: #NiUnaMenos

Post de Laura Iturbide, politóloga.

Las demandas contra la violencia de género en Argentina, planteadas históricamente por feministas y reforzadas por mujeres en importantes espacios de la vida pública, se han popularizado en los últimos años. Observaremos el crecimiento de las concentraciones públicas y marchas hasta la materialización de un paro nacional contra la violencia machista, en un escenario de instituciones reaccionarias que se resisten a cambiar.
A partir del siglo XXI los reclamos sociales contra la violencia de género dejaron de ser demandas particulares de mujeres de sectores de clase media y, tras la incorporación de grupos diversos de la sociedad que se suman al repudio a la violencia, van conformando una masividad diversa y heterogénea.
Una vida sin violencia hacia las mujeres se transforma en una exigencia mayoritaria de gran capacidad de movilización ciudadana, principalmente visible en los Encuentros Nacionales de Mujeres en Argentina.
Con el feminicidio de una joven el 3 de junio de 2015, miles de personas se manifestaron espontáneamente en las plazas públicas de todo el país bajo la consigna “Ni Una Menos”. La convocatoria trascendió las fronteras nacionales contando con concentraciones simultáneas en ciudades de Latinoamérica, y réplicas de las marchas en el año 2016 al cumplirse un año de la importante convocatoria y ante casos de feminicidios con presencia mediática.
Las mujeres hemos incorporado nuestros derechos respecto a vivir sin violencia, pero nos encontramos en un sistema institucional que se resiste a transformar sus estructuras para reducir las agresiones hacia las niñas y las mujeres.
Desde el regreso a la democracia, el poder legislativo parece haber iniciado un acompañamiento a la masificación de las demandas contra la violencia hacia las mujeres.
El poder ejecutivo nacional a partir de 2003 ha mejorado la vida de las mujeres y de la niñez de manera indirecta a través de programas y planes nacionales destinados a toda la sociedad. Mientras los ejecutivos provinciales y municipales trabajaron tímidamente la concientización con contadas y reducidas campañas de visibilización y líneas telefónicas de asistencia.
La Suprema Corte de Justicia conformó una oficina centralizada en la Capital del país destinada también a sistematizar información, pero en las provincias de Argentina los poderes judiciales han sido brutalmente reticentes a incorporar la mirada de género en sus estructuras, contando con las consignas como única herramienta concreta ante la violencia extrema, y siempre supeditado a los recursos de las fuerzas de seguridad.
Ante las deficiencias de los poderes republicanos fundamentales para una sociedad justa y equitativa, y un gobierno de políticas económicas neoliberales como el iniciado en diciembre de 2015, las mujeres argentinas no dudaron en convocar a un paro que logró adhesión en todas las localidades del país, entendiendo que es parte un proceso internacional que también avanza.

Hoy las calles se llenaron de mujeres y hombres, diversas y de todas las edades, de todos los sectores sociales, con banderas de distintos partidos y agrupaciones, pero iguales por la libertad de Milagro Sala, por los crecientes feminicidios, por los despidos masivos, por la violencia simbólica y mediática y por los casos de violencia institucional que re-victimizan a las niñas y mujeres.
Superar, terminar o resolver relaciones asimétricas de alto nivel de violencia es un proceso que nuestras sociedades deben llevar adelante, contando con los resortes institucionales. El crecimiento de la participación es una conducta celebrada y esperada de todos los grupos minorizados y agredidos, pero sin duda expresa la inmadurez de abordaje de las estructuras, poderes y agencias estatales responsables.

“Alerta, alerta, alerta que camina
…mujeres feministas por América Latina
Alerta, alerta, alerta los machistas
..que América Latina va a ser toda feminista”

(Nota publicada originalmente en Vamosavolver.com.ar)

39,35

lenin

Este post lo hicimos entre Mariano Farschini y Juan Francisco Turrillo (enviado especial -y ya devuelto al país- en Ecuador) 

Ecuador elegirá su presidente el domingo 2 de abril. Finalmente, y luego de tres días de conteo manual de votos, se confirmó que habrá segunda vuelta. El candidato oficialista Lenin Moreno, a pesar de superar en más de 10% al empresario Guillermo Lasso, no logró alcanzar el 40% requerido para ganar la elección. El juego está abierto. La distancia entre Moreno y Lasso es amplia, pero el candidato opositor se encuentra en mejores condiciones para captar al votante descontento con el gobierno de Correa. Si los electores de la primera vuelta mantienen sus preferencias habrá casi un 30% de votantes en disponibilidad para aumentar o achicar diferencias.

Hablemos un poco de la elección. Como en la previa, acudamos a las viñetas explicativas:

 

 

Este es el panorama que se abre a partir del 39,35. Si bien Lenin Moreno parte de un piso muy alto (le faltan 10,65 puntos porcentuales para alcanzar el 50%) y con menos margen para captar votos opositores, y a la inversa Guillermo Lasso parte de un piso bajo (le faltan 21,9 puntos) con mayor margen de captación de votos, la diferencia entre ambos es muy grande a favor del candidato correista. Por ende pareciera que la segunda vuelta se terminará definiendo por una pequeña diferencia tal como viene sucediendo en la mayoría de las elecciones de la región. Resta más de un mes para el 2A y todo indica que será apasionante.

Ecuador a un día

Este post lo escribimos entre Mariano Fraschini y Juan Francisco Turrillo, enviado especial de AP a Ecuador (?)

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En 24 horas, el pueblo ecuatoriano tendrá en sus manos la elección del sucesor de Rafael Correa y de 137 diputados nacionales, la totalidad de la unicameral Asamblea Nacional. Se trata de la primera cita electoral de 2017 y promete un resultado abierto. Luego de la victoria de Mauricio Macri y de la asunción “de prepo” de Michel Temer en Brasil, las fuerzas del “giro a la izquierda” en la región tendrán en Ecuador una revancha ante el adverso panorama electoral que se abrió a partir de 2015 con las derrotas de Evo Morales en el plebiscito re-reelecionista y del PSUV en las legislativas en Venezuela. Para la derecha sudamericana, la de Ecuador podría convertirse en otra estación victoriosa en su afán por reintroducir el modelo neoliberal en el continente. Las encuestas, que vienen errando sistemáticamente desde hace ya un largo tiempo, hablan de un resultado difícil de predecir aunque la mayoría se inclina por vaticinar una segunda vuelta electoral.

A continuación unas apostillas explicativas (y para nada predictivas) de lo que está sucediendo hoy en Ecuador

En un escenario abierto, Ecuador se juega entre darle continuidad al proceso iniciado hace 10 años o clausurarlo con un retorno al ciclo de políticas neoliberales clásicas. Se observa un importante espíritu de cambio, lo que no implica necesariamente que de ella se haga propietaria en exclusividad la oposición. Mañana las urnas dirán a que apostó el pueblo ecuatoriano. El resto de Sudamérica esperará el veredicto. Los resultados dirán si la derecha seguirá gritando goles o si “el giro a la izquierda” plantará bandera con un fuerte “no pasarán”.

La estrategia política del ajuste

 

Reproducimos esta nota del Instituto de Trabajo y Economía de la Fundación Germán Abdala.

 

Estrategia: conjunto de acciones aplicadas con el fin de desarrollar un plan previamente establecido para conseguir un objetivo.

El debate sobre la estrategia fiscal no ha estado exento de controversias, sin que sea del todo claro cuál es el esquema de política que impulsa el Ejecutivo. Desde la retórica, el Gobierno ha advertido sobre un abultado desequilibrio en las cuentas públicas, preanunciando un severo ajuste que todavía no se ha materializado. Más bien, lo contrario. Los datos recientemente publicados muestran que el déficit fiscal en 2016 aumentó en relación al año anterior (de 4,2% a 4,6% del PIB), y que el déficit sin contar los ingresos del blanqueo fue sensiblemente superior (5,9% del PIB).

Al analizar en detalle, lo que se observa es que las decisiones de política que tomó el Gobierno explican estos resultados. En efecto, el aumento del déficit estuvo explicado en parte por la contracción de los ingresos, debido a la reducción de las retenciones (-0,7 p.p. del PIB[1]) y a la caída en el nivel de actividad (-0,4 p.p.) y en parte por el aumento del gasto primario (+0,6 p.p.). Como dijimos, la clave del “éxito” para lograr el objetivo fiscal de 2016 fue el blanqueo, que aportó ingresos extraordinarios por 1,3 p.p. del PBI.

 

La aparente contradicción entre el discurso del Gobierno y los resultados fiscales de su gestión pueden encontrar respuesta en las principales partidas que componen el gasto público (representan alrededor del 70%): las remuneraciones de los empleados públicos, las jubilaciones y las transferencias corrientes al sector privado (donde se encuentran los subsidios, asignaciones familiares, AUH, entre otras). En otras palabras, existe un límite político a cualquier esquema de ajuste drástico.

¿Eso significa que este gobierno no busca achicar el gasto? De ninguna manera, y eso queda claro cuando se observa que la única partida que sufrió un recorte importante fue aquella que podían recortar: los gastos de capital, destinados en su totalidad a la inversión pública (-0,4 p.p. del PBI).

Esto presenta otra paradoja, ya que Cambiemos siempre sostuvo que la base del crecimiento debía ser la inversión. En este caso, lo que esto refleja son las prioridades que tiene el Gobierno: el ajuste del gasto público por sobre el crecimiento económico.

Como ocurría en El Día de la Marmota, para 2017 vemos repetir la misma escena de principios de 2016: el (nuevo) ministro de economía afirma que su principal objetivo para este año es la reducción del déficit fiscal y, acto seguido, anuncia que quiere implementar una nueva ronda de reducción en los impuestos, en este caso sobre los aportes y contribuciones laborales (mal llamados “impuestos al trabajo”) que impulsarán una vez más al alza el déficit fiscal.

Cuando analizamos el comportamiento de los gobiernos neoliberales en la historia reciente, tanto aquí como en el resto del mundo, esta confusión discursiva no debería llamar tanto la atención. Si bien uno de sus objetivos declarados es bajar el déficit fiscal, no buscan hacerlo de cualquier manera.

En realidad, la meta principal es bajar los impuestos (donde los principales aportantes son los estratos medios-altos) y ajustar a la baja el gasto público (cuyos principales beneficiarios son los estratos medios-bajos), reduciendo tanto la capacidad de acción del Estado como el impacto redistributivo de su intervención.

Y la estrategia política que utilizan para lograr este acometido requiere primero construir un consenso que allane y facilite el ajuste del gasto. Ese consenso se logra por medio de la rebaja de impuestos, lo que provoca un incremento automático del déficit fiscal que permite instalar en la agenda eso como un “problema”, cuya solución obviamente implica el ajuste del gasto[2]. La sociedad no tolera los ajustes, salvo que sean inevitables.

Bajo esta lógica, la rebaja de los aportes y contribuciones adquiere una relevancia fundamental en la agenda del gobierno. Además de la obvia reducción de impuestos, es otro paso hacia el desfinanciamiento del sistema previsional. El primero había sido la “Ley de reparación histórica”, Ley que además le puso fecha a la discusión sobre la reforma previsional: 2019.

Y el objetivo no es otro que llegar a esa discusión con un sistema previsional sumamente deficitario que incline la balanza por el ajuste de las jubilaciones y/o el incremento de la edad jubilatoria. Hay que recordar que este sistema financia aproximadamente el 70% de las jubilaciones, y que a su vez éstas representan el 40% del gasto total que realiza el gobierno nacional. Esto es, sin lugar a dudas, una estrategia política. Que además de ser posiblemente efectiva, deja en claro que este gobierno tiene vocación política y que busca quedarse más allá de 2019.

¿Cuál debería ser la estrategia frente a esto? Eso ya implica un análisis aparte, lo que seguro no hay que hacer es volver a caer en el error de repetir que “se viene el ajuste”. Al igual que Pedro con el lobo, para cuando efectivamente se discuta la reducción fuerte del gasto, el impacto de ese discurso en la sociedad va a ser nulo.

 

[1] El costo fiscal de esta medida fue de $50.000 millones, según las estimaciones del propio gobierno que se desprenden del informe N° 92 del Poder Ejecutivo al Congreso de la Nación. Disponible en: https://goo.gl/ScgYfz

[2] Por ejemplo, los recortes de R. Reagan aplicados durante 1981 incrementaron el déficit fiscal de -2,5% del PBI en ese año al -5,7% en 1983. En 2001, el recorte de impuesto llevado a cabo por G. Bush hizo que el superávit fiscal de ese año (1,2% del PBI) se transformara en un déficit de -3,2%, dos años después. En Argentina, la rebaja en las contribuciones patronales se tradujo en una caída de -2,3 p.p. del PBI entre 1994 y 1994 en la recaudación de este impuesto, principal causa de que el resultado fiscal primario pasara de un superávit de 1,2% del PBI a un déficit de -0,3% entre esos años.

 

El consumo sigue siendo vital para el desarrollo de la cultura popular

A mediados de 2014 el diario Tiempo Argentino publicó una entrevista de Lucía Álvarez a Natalia Milanesio, autora del libro “Cuando los trabajadores salieron de compras”. 

En el presente contexto de retracción, los editores de Artepolítica creemos que el tema del “consumo popular”, con sus complejas aristas identitarias, tiene una vigencia absoluta y también encierra una de las claves políticas de este año electoral. A continuación la entrevista completa:

 

Desde ciertas perspectivas académicas, la cultura del consumo está asociada a la manipulación, y la creación de falsos deseos. Quizá eso explique por qué la historiografía argentina, e incluso la latinoamericana, no hayan prestado demasiada atención al consumo como variable de análisis. Por ejemplo, los estudios sobre el peronismo clásico abordaron el desarrollo de la industria nacional, la consolidación del mercado interno, las políticas de redistribución de ingresos, los avances salariales. Pero hubo un vacío sobre el efecto natural de todos esos procesos: la participación de grandes sectores de la población, antes relegados, en espacios y prácticas de consumo.

 

Entre 1946 y 1955, los trabajadores argentinos cambiaron la forma de vestir, su dieta, modernizaron sus casas, se fueron de vacaciones. Así surgió una nueva figura, la del consumidor obrero, que llamó la atención y forzó cambios en la lógica de las empresas, las agencias de publicidad y los medios de comunicación. El propio Estado debió crear una serie de nuevas instituciones para mediar entre el mercado y esos nuevos consumidores.

 

Natalia Milanesio, doctora en Historia por la Universidad de Indiana, es autora de Cuando los trabajadores salieron de compras, una investigación que publicó Siglo XXI y que busca cubrir ese vacío historiográfico. Milanesio entrevistó a los protagonistas de esos años y analizó material estadístico, documentos gubernamentales, empresariales, de agencias publicitarias, diarios y revistas, y concluyó que el consumo es un fenómeno social, cultural, político y económico que nos atraviesa todos los días, y en ese sentido es revelador no sólo del desarrollo industrial y comercial de un país, sino también de las identidad políticas, los estereotipos sociales y las relaciones de género y de clase. “La centralidad del consumo es indiscutible, así como es irrefutable que, a pesar de los riesgos políticos, los peligros sociales y el deterioro cultural que los críticos esgrimen tanto hoy como en el pasado, el consumo continúa siendo un mecanismo vital para el desarrollo de la cultura popular y la creación de conciencia y solidaridad”, señala.

¿Por qué estudiar el consumo en el primer peronismo?

El libro parte de dos vacíos historiográficos. El primero tiene que ver con la historia del consumo en Argentina, y en términos generales en América latina. Los americanos y europeos estudiaron mucho el tema y en los últimos años hubo incluso una explosión, en la sociología y en la antropología, que empiezan a entender el consumo como una práctica social, cultural, económica en la que estamos envueltos todos los días. Pero también había un vacío con respecto al peronismo. Los historiadores habían estudiado la política de industrialización, la urbanización, los avances salariales, en menor medida, porque en general se dieron por sentado, el discurso de la justicia social, la mejora de los estándares de vida. Pero no se prestó igual atención al impacto de esos procesos en el consumo cotidiano y en los cambios culturales que eso trajo. Por eso, no me interesaba tanto hacer una historia de los trabajadores a través del consumo, sino una historia del consumo a través de los trabajadores. Y pronto descubrí que los cambios eran mucho mayores de lo que imaginaba. Entre 1946 y 1949, el salario real creció un 62%; y en 1954, los salarios, un año antes del derrocamiento de Perón, los salarios alcanzan casi 58% del ingreso nacional, una cifra récord. Esta explosión salarial produce, siguiendo a Antonio Cafiero, una cadena de la prosperidad. En ese sentido, si bien este libro no es sobre el peronismo, cada capítulo redefine al peronismo y muestra facetas no exploradas. Desde el interés por darle institucionalidad al cuidado del bolsillo del trabajador, hasta la reglamentación del mundo publicitario, pasando por la creación del primer código alimentario, Lo novedoso del peronismo también incluye la construcción de este aparataje legal vinculado al consumo.

¿Cómo explica ese vacío en los estudios sobre consumo?

Históricamente, hubo una corriente de pensamiento muy fuerte que entendió al consumo desde sus aspectos más manipuladores, entre otras cosas, porque esas investigaciones se concentraron en el estudio de la publicidad y la definieron como un instrumento generador de necesidades obsoletas. Si bien esa corriente todavía tiene cierta validez, a mí me interesan más las corrientes que piensan al consumo no como algo liberador, porque eso sí es cuestionable, pero como un espacio y una práctica para la creación de una identidad. Y personalmente me interesaba la identidad del trabajador consumidor.

¿En qué consiste esa identidad?

Hay un capítulo dedicado a los relatos orales, con entrevistas a trabajadores, amas de casa, peronistas o simpatizantes del peronismo. Todos ellos hablan de sus consumos como una manera de reafirmar su identidad como trabajadora. Para ellos, un trabajador no recibe beneficios, regalos, sino que ahorra y compra lo que necesita, con esfuerzo, en cuotas. Reafirman la cultura del trabajo en la compra de una heladera o una casa. Pero lo identifican como algo que consiguieron ellos mismos, gracias al trabajo, al sacrificio, al ahorro. En ese sentido, el consumo colabora con la construcción de una identidad, es una herramienta que da poder. Al plantearlo de ese modo, los entrevistados cuestionan dos ideas muy fuertes de la historiografía y de la historia del peronismo. Por un lado, la idea de que los trabajadores vendían su libertad por los beneficios materiales otorgados por el peronismo. Por el otro, que el peronismo era una máquina de generar dádivas, una idea que está pensada muy vinculada a la Fundación Eva Perón.

Pero el peronismo también sacó rédito de esos beneficios

El peronismo hizo hincapié en el aumento de los consumos, de las audiencias en los cines, de los kilos de carne que comían los trabajadores, como una muestra de la mejora en la calidad de vida. Todo eso fue manipulado de manera propagandística por el peronismo, que hizo un exaltamiento del Estado y del gobierno peronista. Y me parece que el peronismo clásico, en su afán de reafirmar el salto y el quiebre histórico que produjo, que fue innegable, terminó excluyendo al propio movimiento obrero, que históricamente luchó por mejores salarios, mejores condiciones de vida, por el bienestar material. Cuando el peronismo clásico resalta tanto el rol del Estado, se olvida de un factor fundamental que es la lucha del movimiento obrero y el esfuerzo de los trabajadores.

¿Cuánto aportó a la legitimidad de la figura emblemática del trabajador, el trabajo de las agencias publicitarias y los medios de comunicación?

Yo creo que aportó mucho. La publicidad toma la figura del trabajador exaltada por el peronismo, los discursos en torno a ellos y los capitalizan, porque tiene que ver con el contexto, pero sobre todo porque eran los consumidores a los que tenían que apuntar. Hay un uso inteligente y una reafirmación de esa figura. Creo que es lo que hace la publicidad del peronismo tan interesante: la figura del trabajador coopta el espacio comercial. Hoy el mercado está más segmentado y la visión publicitaria también. Hay una segmentación no solo en términos de clase, de género, de edad. Se reconoce al niño como consumidor, al jubilado como consumidor. Ese cambio ocurre en los sesenta, a nivel internacional. Empieza en Estados Unidos y se disemina por todo el mundo.

 En el libro señala que antes del primer peronismo, había un subconsumo de los sectores populares, y que por eso, el aumento del poder adquisitivo necesitó de una “cruzada pedagógica” ¿en qué consistió?

El objetivo de una publicidad siempre es vender, pero en este contexto tan peculiar, los publicitarios entendieron que, además, estos sectores necesitaban aprender a comprar. Entonces hubo campañas de distintos medios, agencias, para enseñarles, sobre todo a las mujeres, a leer las publicidades, ser responsables y atentas, no dejarse convencer por los comerciantes. Hacer la tarea antes de hacer las compras para comprar inteligentemente, se decía. Y una cosa interesante es que eso tuvo un correlato con las políticas educativas del gobierno, al menos en dos momentos claves, con la Campaña de los Sesenta Días y con la Campaña de Austeridad. En esas oportunidades, el gobierno también apela a las mujeres para un consumo responsable. Les enseña a fijarse en los mercados y establecimiento que respeten los precios. También se les enseñaba a denunciar a los infractores, a no malgastar, a no desperdiciar. Es interesante el contexto porque el gobierno y el mercado y las industrias fomentan la idea de un consumidor responsable, inteligente, que usa los medios a su alcance para pelar por buenos productos.

¿Por qué el mercado necesitaba educar y no estimular una compra más irresponsable?

Creo que tiene que ver con el asombro de los publicitarios y de la industria ante el surgimiento de este nuevo consumidor. Cuando explota el mercado y se encuentran con la inclusión de este consumidor, se dan cuenta que no están preparados. Entre 1937 y 1939, un obrero argentino ganaba la mitad que su par inglés, y un tercio de lo que cobraba un trabajador norteamericano. Consumían menos papas, pan y azúcar y casi no tenían acceso a bienes durables. Muchos de estos sectores antes no tenían opciones, compraban lo que podían. Entonces las empresas se interesaran, por ejemplo, en enseñarles a distinguir entre marcas. Creo que tiene que ver con una mirada condescendiente, pero también con que estos sectores industriales y publicitarios habían estado interesados en vender sólo a aquellos de más altos ingresos y el trabajador consumidor no era el objeto ni sujeto de sus publicidades.

Los aumentos salariales y los cambios en el consumo durante el primer peronismo no fueron parejos para las distintas clases sociales, ¿qué efectos produjo esa diferencia?

 En esos años hubo cifras record en la actividad comercial. Por ejemplo, del ‘46 al ‘50, los negocios minoristas se duplican. En el ‘51 había cuatro veces más restaurantes en Buenos Aires que seis años antes. Había más dinero en el bolsillo, vacaciones pagas, aguinaldo, precios fijos, congelamientos de alquileres, un contexto que fomenta, incentiva este aumento del consumo y que lleva a cambios en las conductas culturales, en las representaciones, en los estereotipos de género. Pero es interesante ver, muy concretamente, con datos, que esa mejora radical en las condiciones de vida de las clases trabajadoras, no es la misma que experimentan las clases medias y altas. Éstas mantienen su estándar de vida y ese mantenimiento es percibido finalmente como una caída. Entonces, esa mejora se expresa en tensiones de clase, en el temor de las clases medias y altas de mezclarse con sectores de menores ingresos en espacios de consumo que habían sido casi monopólicos, en el surgimiento de estereotipos sociales que empiezan a ser clichés. Por ejemplo, encontré mucho en fuentes escritas y relatos orales, el estereotipo de la empleada doméstica peronista que se gastaba todo en vestidos, en manicura, peluquería. Lo mismo sucede con la cuestión de género. Fue un momento en el que las mujeres avanzaron en el mercado laboral, fueron beneficiarias de los aumentos salariales. Eso fue generando una nueva figura femenina, con mayor presencia pública, que es presentada como una consumista. Esa mujer fue percibida como un desafío para el hogar, para las relaciones conyugales armónicas, para los roles tradicionales masculinos. Eso es lo que más me apasionó de esta investigación: las derivaciones del aumento en el consumo. Ahí uno entiende que el consumo es multidimensional, multifacético y tiene diversos impactos en los distintos aspectos de nuestras vidas.

En la actualidad se suele hablar de que en estos años hubo una inclusión social mediante consumo, ¿es contraria a la inclusión mediante el trabajo?

Esa dicotomía es difícil de comprender. Hay un uso mal entendido del consumo, una idea de demonización, como si fuera menos digno el consumo que el trabajo. Un trabajador es un trabajador y también es un consumidor, ese es el primer punto que intento dejar claro en el libro. La inclusión a través del trabajo está intrínsecamente ligada a la inclusión mediante el consumo. Ambas formas de inclusión van de la mano. Trabajamos porque necesitamos consumir, ni siquiera porque queremos consumir. Uno analíticamente lo puede separar, pero en la realidad, eso es imposible. Creo que ha habido, dentro de las ciencias sociales, una dicotomización entre trabajador y consumidor, como si los consumidores fueran sólo una élite, la clase alta. Pero los trabajadores han consumido desde siempre, más, menos, de distintas maneras. En esa distinción también se juega una pregunta sobre cómo definir a los trabajadores, si es sólo el trabajador que tiene trabajo o también el que está desempleo y recibe ayuda a través del Estado.

Usted habla del peronismo como una conjunción entre industrialización, pleno empleo y consumo, ¿qué viene antes de qué?

Quise plantear justamente que no hay una causalidad. La industrialización necesita el pleno empleo, el pleno empleo necesita del consumo, la industrialización necesita del consumo. La cadena no tiene un principio y un fin y así es como yo lo quise entender. El proyecto peronista del desarrollo de la nueva Argentina, una Argentina industrial potente, con una clase trabajadora fuerte y un sistema social fuerte, estaban intrínsecamente ligados. No me gusta pensar a la industrialización como motor o al movimiento obrero. Vienen juntas porque cierran perfecto la concepción peronista de la nueva argentina.

 

Recuadros en la versión original: 

Usted señala que hubo una demonización del consumo de los sectores populares, ¿se puede hacer una analogía con la actualidad?

Es recurrente en las fuentes históricas la idea de invasión, de prácticas y espacios de consumo. Esa invasión trae consigo la elaboración de estereotipos. Los consumidores de las clases populares son llamativos, gastadores. A las mujeres de la clase trabajadora se las presenta envueltas en este consumo, desatendiendo su casa, su hogar y faltando a su rol tradicional de madre y esposa. Hasta se escuchan reproches de los sectores católicos respecto de la natalidad, la idea de que esas mujeres que no iban a querer tener hijos porque iban a preferir la vida cómoda de consumir para ellas. Es muy fuerte esa demonización. Pero al mismo tiempo, en la prensa, hay todo un incentivo del consumo. Hay editoriales, notas, entrevistas sobre los beneficios del consumo, para ser más bella, ser mejor novia. Las mujeres fueron y de alguna manera siguen siendo objeto de estos dos discursos.

El libro está atravesado por la cuestión de género, ¿estaba planeado?

Me imaginaba que algo de eso podía encontrar pero no pensé que tanto. Me sorprendió haberlo encontrado con tanta  fuerza y tanto sabor local. La chica Divito como un ejemplo de la soltera materialista, pero independiente, fue un descubrimiento que me dio mucho placer. Ver que en plenos años cuarenta había un verdadero desafío a los roles tradicionales y de género. Lo mismo que el personaje femenino del diario Democracia, Olga. Una soltera voluptuosa, materialista que pensaba sólo en su independencia económica.

 

El mito del eterno gradualismo

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Se ha impuesto como verdad en Argentina que la estrategia de política económica del gobierno de Mauricio Macri es “gradualista”. Estas ideas provienen de un espectro muy amplio ideológicamente de analistas y comentaristas. Como el gobierno es gradualista -se dice- eso significa que no es neoliberal, ya que un gobierno sólo podría ser o una cosa o la otra. Este gradualismo se expresaría principalmente en dos decisiones: no reducir el gasto público ni, por lo tanto, achicar el déficit fiscal. Ambos aspectos serían constitutivos de cualquier aventura neoliberal. El razonamiento lógico a partir de estas premisas puede extenderse entonces a la idea de que, si esto es así, si entonces no recorta el gasto ni reduce el déficit y, por ejemplo, mantiene los planes sociales, el gobierno de Macri es “heterodoxo” en lo económico, responsable en términos “sociales” y que no es “neoliberal”.

Esta idea -que el gobierno es gradualista y por lo tanto no neoliberal- encuentra una confirmación sorprendente desde un conjunto de economistas “libertarianistas” o “ultra-liberales” que acusan al Gobierno de timorato o hasta de “socialista” en televisión. El gobierno falla -dicen- porque debería hacer un shock más rápido y profundo para corregir “desequilibrios” que sólo se agudizarán en el tiempo. Incluso algunos sectores del empresariado o de “la city” hacen sonar esa campana en público (aunque de manera bastante baja todavía, ya que la mayoría de los empresarios sigue apoyando el “radical cambio” positivo que ha vivido el país en estos meses, tal como lo dijo hace poco el número uno de Techint, Paolo Rocca).

Por supuesto, hay un dato que pocos mencionan. El gradualismo es sólo posible por el tremendo proceso de endeudamiento que asumió el gobierno: si no estuviera pidiendo deuda el Gobierno tendría que estar haciendo un ajuste feroz. El rápido ritmo de endeudamiento se vincula así con el “gradualismo”, que rápidamente muta en “heterodoxia” o “pragmatismo”. El razonamiento tiene algunos problemas porque, así, Roberto Lavagna sería “ortodoxo” y Mauricio Macri “heterodoxo.

Vamos a tratar de meternos en esta discusión con algunos datos del presente y trayendo a la memoria algunas cosas que están bastante estudiadas de lo que fue la experiencia neoliberal de la década de los 90 en la Argentina.

Adelantamos algunas conclusiones:

La primera es que, en realidad, hablar de “gradualismo” es ya caer en una falacia de petición de principio. La distinción entre ser neoliberal o no serlo es dicotómica, mientras que la distinción entre “shock” y “gradualismo” lo es de grado. El economista libertario piensa que hay que achicar el estado de golpe, el economista gradualista piensa que hay que achicarlo despacio. Ambos piensan que hay que achicarlo, la única diferencia es en la temporalidad del proceso. (Para marcar más claramente la cancha, hay que decir que las concepciones desarrollistas no piensan que hay que achicar el estado, punto.)

Segundo, y en relación con lo anterior, hay que recordar que quien establece la pregunta domina el debate. ¿Por qué deberíamos preguntarnos primariamente por si el gobierno de Macri es o no es neoliberal? Como bien queda claro leyendo, por ejemplo, la narración que hace Francisco Panizza en “Beyond the Washington Consensus” de las variedades que tuvieron los planes de ajuste en Latinoamérica en la década del 90, se puede ser de derecha de varias maneras, no sólo “neoliberal”. La primera pregunta, antes de si es o no es neoliberal, debería ser “¿es éste un gobierno de derecha?” Y la respuesta, desde cualquier marco de análisis más o menos sistemático, es. Es un gobierno que se imagina rupturista y refundacional, que no tiembla en seleccionar ganadores (el agro, las mineras, los sectores financieros) y perdedores (los asalariados), que eligió una dirección clara en política internacional (ruptura con Sudamérica, China y Rusia, alineación con Estados Unidos), que imagina un país sin peronismo, que toma decisiones con un sentido unívoco.

Tercero, y dado este último punto: como hemos venido advirtiendo, la clave de lectura del gobierno de Mauricio Macri está en entender a qué sectores quiere beneficiar, dar poder y brindar certidumbre. Como nos enseñaran Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto o  Guillermo O’Donnell, primero se determinan las relaciones de fuerza y luego se les pone nombre. Encandilarse con las etiquetas puede marear al analista.

Cuarto: además de una confusión conceptual, en la discusión sobre si “¿es éste o no un gobierno neoliberal?” existe una preocupante ausencia de cualquier tipo de análisis histórico. Ninguna de las experiencias neoliberales de la Argentina redujeron el gasto público y achicaron el déficit de manera significativa. La cuestión central es que el déficit tiene dos patas: ingresos y egresos (porque además, que aumente el déficit no necesariamente quiere decir que suba el gasto, sino que puede ocurrir -ay- que caigan los ingresos por el derrumbe de la actividad económica y la recaudación.) Ni Martínez de Hoz redujo el gasto ni achicó el déficit, ni Carlos Menem lo hizo, ni la Alianza (en su etapa, paradójicamente, de Déficit Cero) pudo hacerlo.

Dicho de otra manera: los grandes ajustes en la Argentina los hacen las crisis, los gobiernos, no.

Déficit y Gasto Público en el macrismo

 

¿Qué pasa entonces con gasto público, ingresos públicos y déficit bajo el macrismo? Vamos primero a la cuestión del gasto público en sí durante el gobierno de Macri. Leíamos a Mario Brodersohn en un informe de esta semana:

El gasto público primario en el gobierno macrista no es superior al del kirchnerismo. En efecto, en los primeros diez meses del 2016 el gasto primario del gobierno nacional aumentó un 32%, cifra inferior a la inflación promedio del 40% en esos 10 meses. En relación al PBI, el gasto primario descendería del 24,5% en el 2015 al 23,9 % en el 2016. Sería la primera vez en 10 años que el gasto público primario ajustado por inflación y en relación al PBI muestren una caída.

 

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Mientras ya estábamos escribiendo estas líneas, accedimos a este notable trabajo de Fabián Amico, que brinda datos sobre el fuerte ajuste en las cuentas públicas generado por el gobierno macrista. Afirma Amico, coincidiendo de algún modo con Brodersohn:

Si tomamos el gasto público corriente deflactado por inflación se observa un claro y abrupto ajuste que coincide con el comienzo del gobierno de Cambiemos. El gasto corriente real pasó de crecer en torno al 10% anual a contraerse a 17% anual en términos reales en enero de este año. Desde entonces solo muestra contracciones anuales reales.

 

Amico señala que en el caso del gasto en seguridad sociales se estancó y empezó a contraerse en términos reales “desde abril hasta el presente”. Agrega que “la misma dinámica muestra el gasto en salarios públicos (con caídas anuales del 10% en términos reales) y el consumo público (con reducciones del orden del 30% real anual)”. Y que, por último, el gasto en capital, la inversión pública, “llegó a tener reducciones del orden del 40 y 50% anual en términos reales”. Al parecer, recién en octubre modificó esa tendencia, creciendo en torno al 20% anual en términos reales.

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El economista analiza además “la reacción mediante la evolución del gasto corriente real” a las recesiones de 2009, 2014 y 2016. “En el primer episodio, el gasto corriente mostró una enérgica reacción anticíclica, llegando a crecer a un ritmo superior al 20% anual real. En 2014, la reacción también fue anticíclica, aunque algo más moderada y por ende la recuperación fue un poco más lenta. En 2016, en cambio, buena parte de la recesión fue claramente inducida por la política fiscal”

 

  1. b) Las experiencias neoliberales recientes.

Supongamos, sin embargo, que el Gobierno es “gradualista” en esa reducción del gasto. Bien. Conviene analizar qué pasaba con el gasto público durante la experiencia neoliberal de los 90. Algo nada sorprendente: el neoliberalismo, al menos en esta parte del mundo, no recorta el gasto ni el déficit.

Leamos este trabajo de CEPAL realizado por Oscar Cetrángolo y Juan Pablo Jiménez. Primer tema. ¿“mejoró” la situación fiscal en los 90 comparado con los 60 y los 70? Sí, muchísimo. Veamos:

“Más allá de los profundos baches que coinciden con gravísimas crisis que tuvieron alcances mucho más amplios que los delimitados por la política fiscal (1975, 1981-83 y 1989-90) la trayectoria de los déficit primario y total giran en torno al 3.1% y 4.4% del PIB respectivamente a lo largo de todo el período. No obstante ello surge como promedio de dos situaciones claramente diferenciadas. Hasta 1990, el déficit sin privatizaciones, con financiamiento parcial proveniente del impuesto inflacionario, giraba en torno al 5.5% del PIB, para pasar al 1.7% del PIB durante los años noventa”.

Pero ¿cómo fue esa mejora de los 90?

Se verificó una “rápida mejora de la situación fiscal hasta alcanzar superávits entre mediados de 1991 y mediados de 1994 y el paulatino deterioro de la situación global a partir de entonces”. Cetrángolo y Jiménez cuentan que

“esos tres años tendrían una importancia decisiva en la construcción del ‘imaginario de la convertibilidad’, siendo el único período con una política fiscal consistente con el esquema macroeconómico”. Con una aclaración adicional: “nótese, observando la evolución de las erogaciones y recursos totales, que el logro de esos superávits había sido posible por el incremento de los recursos, manteniendo los niveles agregados de gasto relativamente constantes”.

“Durante los años ochenta la evolución de los recursos tenía una alta dependencia de las circunstancias macroeconómicas y con el lanzamiento del programa de convertibilidad mostraron un rápido crecimiento. En cambio el posterior deterioro fiscal se debió, pese a la relativa constancia de los recursos, por persistentes aumentos en las erogaciones. Durante la segunda mitad de los años noventa las caídas en la recaudación por las reformas tributarias destinadas a mejorar la competitividad de la economía fueron compensadas por aumentos de alícuotas y la introducción de medidas de emergencia tributaria, así como la modificación de los mecanismos de reparto de recursos con las provincias”.

 

Como también lo sabrán ya los lectores, “parte de esa dinámica se relaciona con la importancia variable de los intereses de la deuda”. Deberán recordar también que aquella salud de las cuentas públicas durante tres años se debió a que “el sector público obtuvo importantes recursos provenientes de la privatización de sus empresas y actividades relacionadas con la provisión de bienes y servicios no gubernamentales en prácticamente todas sus áreas (telefonía, transporte, energía, combustibles, petroquímica, vialidad, turismo, tele y radiodifusión, servicios sanitarios, bancos, etc)” y que “este proceso se prolongó con operaciones similares a cargo de gobiernos provinciales”.

¿Cómo empeoraron entonces más tarde las cuentas públicas?: “Además de comprobarse la fuerte caída de los intereses de la deuda acompañando el lanzamiento de la convertibilidad, a principios de la década, y su posterior aumento, también se observa el aumento de los gastos en pasividades y transferencias a provincias. En cambio, los gastos en personal se mantienen relativamente estables”.

Un comentario más, que también puede ilustrar cómo se dan estos debates. John Williamson, padre de la famosa idea del “Consenso de Washington” a principios de los 90, escribía en un paper de 1996 citado por él mismo aquí, ya algo vapuleado por el “efecto tequila” en México y las serias consecuencias en términos del impacto social de las políticas implementadas en América Latina:

(el Consenso de Washington) no declaraba que la única manera legítima de restaurar la disciplina fiscal era recortar el gasto público; no identificaba a la disciplina fiscal con un presupuesto balanceado; no hacía un llamado para reducciones generalizadas de impuestos; no trataba como un robo los impuestos utilizados para redistribuir el ingreso; no afirmaba que los tipos de cambio tenían que estar firmemente fijos o libremente flotantes; no convocaba a la proscripción de los controles de capitales; no clamaba por el dinero competitivo o argumentaba que la oferta de dinero debería crecer a una tasa fija”.

 

La idea de que éste, o cualquier gobierno no es “neoliberal” porque sostiene o inclusive aumenta la política de asistencia social, no resiste tampoco análisis. El menemismo expandió los programas de la entonces Secretaría de Desarrollo Social, entonces bajo Eduardo Amadeo, significativamente. Alberto Fujimori creó fuertes redes de asistencia que llegaron a cubrir todas las villas de Lima. El México de las reformas de los 90 creó importantes Fondos Sociales en políticas focalizadas.

Dicho de otro modo: nadie quiere realmente parecer neoliberal. En el debate político argentino, todos se presentan como “gradualistas”. Domingo Cavallo se decía heterodoxo porque no hacía caso a las recomendaciones del Fondo Monetario, con cuyo staff tenía cada tanto muy recordadas agarradas. Eduardo Duhalde desplegaba sus manzaneras y “Palito” Ortega se convertía en secretario de Desarrollo Social para ayudar a los pobres.

 

En conclusión:

La clave de los análisis no es comparar a este (o cualquier) gobierno con una imagen ideal de un neoliberalismo “puro” salido de un libro de Friedrich Hayek. Tal cosa nunca existió, ni en el Chile de Pinochet, ni en la Inglaterra de Margaret Thatcher. Un análisis metodológicamente riguroso debe comparar a éste gobierno no sólo con la teoría sino con las experiencias históricas de la Argentina y la Latinoamérica recientes. Casi hegelianamente: decimos que nadie “es” o “no es” neoliberal sino con respecto a alguien o algo.

Segundo: lo que convierte a un gobierno en “neoliberal” no es la repentización o gradualidad de su ajuste estructural del estado sino la aceptación de la idea de que el estado debe ser estructuralmente ajustado. El ritmo, la velocidad y la dirección del ajuste dependen (como señala magistralmente Panizza) de factores que ningún gobierno controla: la fortaleza de los sindicatos, la profundidad de la crisis anterior a ese gobierno o el contexto internacional, entre otros. Un gobierno no es más gradual porque no puede avanzar por la resistencia social: en todo caso es gradualista la sociedad. La famosa “estrategia del ensayo y error” parece mostrar que el gobierno avanza hasta el punto en el que “la sociedad” lo frena y transforma lo que pudo ser un avance concreto en un mero ensayo.

Tercero: la pregunta fundamental para comprender a un gobierno no es “¿es este gobierno X o Y?” sino “¿qué sectores ganan y cuáles pierden con él?” En este caso, no hay demasiada ambigüedad en el análisis.

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