Artepolítica

La conquista del sentido común

 

 

(Por Julieta Waisgold)

El fallo a favor del 2×1 para el represor Luis Muiña dejó como mensaje que una parte bastante heterogénea de la sociedad argentina condena los delitos aberrantes de la dictadura.

Ese consenso social que no se sabe a ciencia cierta cómo está formado (y tampoco debería importar demasiado), sigiloso y temerario, forzó al oficialismo en víspera de elecciones a consensuar un proyecto de ley y a recular sobre sus propios pasos.

¿Es ese acuerdo una sanción social definitiva? tampoco se sabe. Pero parece ser una prueba indicadora de que algunos aspectos del proceso político y social hicieron mella en el sentido común.

 

Un ensayo de explicación

Repasando la cronología de los hechos, todo lo que desembocó en la marcha se gestó en apenas una semana. Una semana en la que la oposición encarnada por el Frente para la Victoria tuvo la voz cantante. El oficialismo, en cambio, primero se mostró cómodo en el abstencionismo y una semana más tarde, tres días antes de la marcha que ya se presentaba como multitudinaria, cambió de opinión para pasar a ser duramente crítico.

El cambio de opinión oficialista no fue fruto de ningún consenso visible, no hubo diálogo, ni siquiera una recapitulación pública. Esta vez nadie dijo que se equivocó. (¿Cómo decirlo?). Tan sólo hubo una catarata de opiniones contrarias a las de la semana anterior.

“Contradicción oficial”, hubiese sido el titular de los diarios de mayor circulación al día siguiente durante la presidencia anterior. Sin embargo en esta oportunidad eso no ocurrió.

Descartado entonces que se trate de un caso de voluntad de acuerdo político, se dijo que la clave de la magia catalizadora del oficialismo estuvo en que recibió encuestas. Supongamos que fue así. ¿Qué causó la efervescencia social y el resultado de esas encuestas?

El discurso del consenso indicaría que los Derechos Humanos son un punto central del acuerdo social, ya desde hace muchos años. En este sentido, dirán, la plaza de defensa de la democracia alfonsinista fue muy anterior a la de ayer y también rebalsaba de gente. En el medio y durante todo el menemismo el movimiento de Derechos Humanos creció y movilizó a la sociedad siempre en un sentido ascendente, aunque estuviese relegado a un lugar minoritario.

Otros van a decir que la razón por la cual el oficialismo se vio forzado a la marcha atrás es el malestar. Que es obvio que la medida de la Corte está mal. Que hay un clima político propicio para eso. Que el gobierno de Macri es de derecha. Que el gobierno de Macri genera un marco de impunidad. Pueden ser todas esas respuestas, una sola, o ninguna.

Y todo eso puede ser cierto. Pero ¿qué habría pasado en estos últimos diez años si el discurso presidencial hubiese sido el de las dos campanas, o sin ser tan extremo, si Néstor Kirchner sólo hubiese descolgado un cuadro en el Colegio Militar para después declararse prescindente de las decisiones de la justicia?

Las reivindicaciones de derechos humanos fueron largamente caminadas por las madres, las abuelas y los organismos, antes de que llegara el kirchnerismo. Sin embargo, Néstor y luego Cristina Kirchner se mostraron dispuestos a encaminar sus reclamos dándoles una visión creíble del rol que debían ocupar en la sociedad.

El kirchnerismo restauró la relación entre significante y significado. Revalorizó una mirada de los derechos humanos, y tal vez por primera vez el Estado les planteó a los organismos una sociedad de la que pudieran formar parte con centralidad y no sólo como minoría.

Para eso, los dos gobiernos generaron un marco institucional, material y político propicio para la persecución de los delitos de lesa humanidad. Lo hicieron tanto con medidas concretas que abrieron el espacio de participación a los organismos de derechos humanos, como a través de actos simbólicos que implicaron altos niveles de confrontación con los militares golpistas: bajar un cuadro de Videla, pedir perdón en la Ex Esma y decirles a los militares en su propia casa (el Colegio Militar) que no se les tenía miedo.

Así, y paradójicamente, este nuevo consenso social que cobró dimensión con el kirchnerismo, fue parido en el enfrentamiento.

Tanto desde la forma como desde el fondo, las gestiones Kirchner fueron claramente adversariales. Identificaban al “otro” y construían su propia identidad por oposición en relación a esa identificación, generando nuevas correlaciones de fuerzas.

Las correlaciones de fuerza no se explican. Ocurren. Sin embargo una concepción se vuelve hegemónica y tiene un grado de irreversibilidad relativa, dice Íñigo Errejón en una conversación con Chantal Mouffe, cuando logra ir un poco más allá de la disputa de poder y es capaz de echar raíces en la cultura, transformándose en parte de un sentido común de época.

Como en la efervescencia contra el 2×1, el sentido común de época no opera como una construcción lógica y consensuada en la que todos actúan coordinadamente, sino más bien como un terreno amplio, y a veces controversial y sinuoso.

Así, la participación mayoritaria, y la masa heterogénea que empujó al oficialismo macrista a revertir su discurso, tal vez esté compuesta por sectores sociales que mantienen diferentes tipos y niveles de acuerdo sobre el tema.

A juzgar por los hechos de los últimos días, la verdadera victoria del kirchnerismo en este tema es haber llevado al sentido común a un nuevo lugar en donde los militares de la dictadura agrupan a las mayorías en la vereda de enfrente.

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Oficialismo que debuta debe ganar

¿Cómo fue la primera vez de los gobiernos frente a una elección legislativa desde el regreso de la democracia?

Raúl Alfonsín fue elegido presidente en 1983 con el 51,72% de los votos frente al 40% del candidato del Partido Justicialista. Dos años después enfrentó su primera elección legislativa: disminuyó nominal y porcentualmente su cantidad de votos – al igual que el resto de las fuerzas políticas – pero ganó la elección, si se cuenta el resultado nacional general.

Carlos Menem corrió la misma suerte: ganó con casi el 50% en 1989 y aunque disminuyó el caudal volvió a ganar en sus primeras legislativas. Fernando De la Rúa y Néstor Kirchner representan los casos exactamente opuestos lograron en sus primeras elecciones de medio término resultados diferentes entre si, que condicionaron sus presidencias. reducirse casi a la mitad su caudal electoral del 99 al 2001, la anómala elección de Néstor Kirchner en 2003 lo hizo pasar de los 22 puntos a los 40 en sus primeras legislativas. Cristina Kirchner enfrentó en 2009 su primera elección legislativa luego del conflicto con el campo y representando una continuidad del gobierno anterior (¿fue su primera legislativa o la segunda del período kirchnerista?): bajó del 46% al 30 y a pesar de la victoria en términos nacionales, la derrota en la PBA se constituyó como el dato político relevante.

¿Qué tendencias podemos ver? En primer lugar, el carácter “naturalmente” más disperso del voto en elecciones legislativas. El hecho de que no implique en forma directa un riesgo a la continuidad del mandato presidencial permite que los electores elijan con más “libertad” sus opciones. Hay una función “expresiva” del voto tanto sobre cuestiones de identidad partidaria como locales, provinciales y nacionales. A excepción de Néstor Kirchner, todos los presidentes obtuvieron menos votos en su primera legislativa que en su presidencial.

Segundo, y más importante, que los oficialismos, aún en los casos en que perdieron, han sido los encargados de armar el escenario en el que se juega. Ese escenario puede tratar de mirar a un pasado al que no hay que volver, a un presente que hay que mantener o a un futuro al que hay que llegar, pero la tarea de construirlo es, al menos en nuestro país y en la historia reciente, potestad exclusiva del oficialismo. Por los recursos de poder con los que cuenta y la centralidad que ejerce, todo presidente es el encargado de “marcar la cancha” y realizar el planteo que va definir lo que se debate en la contienda.

Los presidentes tienen, antes que nada, resortes institucionales propios de una Constitución que se los cede ampliamente. En la literatura especializada, Argentina es considerada un presidencialismo “fuerte”. Esos resortes – los vetos, los DNU, la posibilidad de asignar recursos a las provincias, etc. – lo convierten en un actor potencialmente poderoso, con capacidades plenas de llevar adelante su agenda. Por supuesto que ningún análisis sobre la fortaleza de un gobierno puede terminar ahí: han habido presidentes débiles con toda esa botonera de poder a disposición. Los presidentes van sumando – o no y también perdiendo – recursos: pueden contar con la bendición de las encuestas, tienen (o no) carisma, pueden ganar en volumen de comunicación, sumar el respaldo de sindicatos, gobernadores, intendentes, grupos religiosos, indígenas, de derechos humanos. La lista puede ser infinita.

A esos poderes que todo gobierno ya tiene o puede sumar hay que ponerle el contexto de éste en particular: es el primer gobierno de la historia reciente en controlar al mismo tiempo la Nación, la provincia de Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires. Es un gobierno que consiguió, con minoría en ambas cámaras, sacar las leyes clave para su agenda con la colaboración de gran parte de la oposición. Es un gobierno acompañado por la línea editorial de todos los grandes grupos de medios de comunicación, grandes cámaras empresarias y “las” embajadas. Un gobierno que tiene enfrente a una central sindical que no llamó a un paro sino hasta que se vio desbordada y toda otra serie de actores de la sociedad civil dispuestos a esperar y negociar antes que a reaccionar. Este es un gobierno que va a llegar a su primer test electoral con apenas un año y 8 meses de gobierno. Así las cosas, la elección de octubre es una elección que el Gobierno tendría que poder ganar. Esto significa para nosotros varias cosas a la vez.

Por supuesto no significa ni a) que haya una sola definición sobre qué significa ganar este octubre (materia que ameritaría otro post); ni b) que es deseable que el Gobierno gane “por la gobernabilidad” (un factor que en la Argentina está garantizado: lo demuestran los dos años de un gobierno nuevo sin mayoría en ambas cámaras; lo demuestra la derrota de medio término de Cristina en 2009 y su posterior victoria en 2011).

Significa que en cualquier otro escenario un oficialismo con estos recursos de poder jugaría con la pelota abajo de la suela y la cabeza levantada un partido que, al menos hasta hoy, parece más que nada trabado. Si el escenario aparece tan abierto para otros jugadores de la oposición – muchos de ellos con serios problemas de coordinación, organización y recursos – es por el desempeño pobre que ha mostrado el Presidente hasta aquí. Los goles han sido pocos, los errores muchos y ha sobresalido la falta de capacidad para pasar de los powerpoints a los hechos. No es, para nada, un gobierno que se asoma a las elecciones legislativas como lo hizo el de De La Rúa, pero tampoco es, para nada, equivalente al Menem de 1991 o a Kirchner del 2005.

En las últimas semanas, se ha hablado mucho de la decisión del gobierno de pasar de su estrategia originaria (aislar al kirchnerismo como “extremo”, negociar con todos los otros actores del “peronismo racional”, tales como Bossio, Pichetto, los sindicatos, etc.) a otra caracterizada por una polarización mucho más extrema: “o están con nosotros, o son automáticamente kirchneristas.” Nos preguntamos, en este escenario, si la polarización es tanto una estrategia como el resultado de otros planes anteriores que dejaron de funcionar o nunca arrancaron.

Independientemente de la estrategia política, el lugar de oficialismo no se cede. Decíamos en abril de 2016: “esta es una democracia, este es un presidencialismo y se da en determinado contexto. Es un contexto institucional en el que ´’la muñeca’, la decisión, la impronta, la suerte que corra, lo que sepa, pueda o quiera hacer el Presidente tienen un impacto fundamental hacia adentro del Gobierno y también en la oposición”. La oposición puede presentar una mejor o una peor oferta, aparecer más unida o fragmentada, pero no puede ni debe intentar definir cómo se va a jugar el partido.

Lo que sabemos es que la oposición puede hacer poco, poquísimo, por definir “de qué se va a tratar” la elección: apenas presentar unos candidatos en vez de otros. Hacer hincapié en algunos temas más que en otros. Si tuviéramos que usar una metáfora futbolera deberíamos decir que es un penal y que patea el oficialismo. Pero acaso la analogía más propia viene del tenis: saca el oficialismo. La pelotita está en su cancha. El oficialismo decide a qué lugar del rival saca: si a su debilidad o a su fortaleza, para sorprender. Si es potente, efectivo y ordenado con el saque, las posibilidades de ganar el punto son altas. Hay imprevistos, pequeñas chances de que el rival adivine y devuelva rápido pero, en términos probabilísticos, sucede menos. Lo que “debería” suceder es que el saque entre y gane el punto o incomode lo suficiente al rival como para tener la ventaja todo el resto del punto. Vaya y hágase cargo de su primer saque, Presidente. Sepa, por supuesto que, ni en el tenis ni en política, siempre lo que debería suceder sucede.

En definitiva, un gobierno que inició su gestión con la impronta del “país normal”, de la “gestión apolítica” y el diálogo pasó a una nueva fase definida por la búsqueda de una épica y una apelación manifiesta al conflicto. ¿Son en ese contexto las recientes apelaciones del Presidente a luchar contra unas “mafias” que “están en los sindicatos, en las empresas, en la política y en la justicia” lo que va a dar marco a esa campaña? ¿Será el nuevo eje – el tercero, o cuarto – de Cambiemos?

Todo el aire se desvanece en lo sólido

Escrito en conjunto por María Esperanza Casullo, Nicolás Tereschuk y Abelardo Vitale.

Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”. La cita de Karl Marx es conocida.

Partiremos aquí de una hipótesis no demasiado original. La llamada “grieta”, la división entre “kirchnerismo” y “el resto del mundo” que se habría puesto de manifiesto, sobre todo, durante el último mandato de Cristina Kirchner existió pero tuvo una entidad y una intensidad limitada, no extendidas a toda la sociedad. El 37 – 34 – 21 por ciento en el que entraron en la recta final de octubre de 2015 las principales coaliciones políticas, en un esquema bastante des-polarizado, da de por sí una pista de la situación. Otra forma de expresarlo puede ser la de tomar en cuenta que Daniel Scioli, Sergio Massa y Adolfo Rodríguez Saá obtuvieron sumados, apenas un año y medio atrás, casi el 60 por ciento de los votos nacionales.

La “caprilización” tardía -en julio de 2015- de Mauricio Macri, aquel que no iba a “cambiar lo bueno”, ni perjudicar a Aerolíneas Argentinas, ni eliminar el Fútbol para Todos, ni molestar a los docentes en sus aspiraciones salariales, ni toquetear los activos que administra la ANSES, nos daba otra pista de que la “grieta” no se trataba de una realidad omnipresente u omnipotente.

Otra hipótesis -o más bien premisa- que se sigue de lo anterior, es que la elección fue ganada por este efecto “moderación”, no por el efecto “núcleo duro anti kirchnerista”. O, para ser más precisos: la solidez y convicción del núcleo duro llevaron a Mauricio Macri hasta la primera ronda. Pero el triunfo en la segunda vuelta provino de la capacidad del macrismo de atraer a votantes que habían votado a Massa en la primera. Para esta fracción de votantes resultó central la idea comunicada en campaña de que “nadie perdería lo que se consiguió” y que muchos de los programas más populares del kirchnerismo continuarían.

En este grupo encontramos segmentos de lo que suele llamarse “clase media baja”: trabajadores de industrias y servicios, muchos de ellos sindicalizados en gremios peronistas pero que en 2015 estaban en conflicto con Cristina (en el petróleo, transporte, mecánicos, empleados de comercio, maestros, sectores de servicios).

Tal vez el mayor acierto de la campaña del macrismo en 2015 fue haber desdoblado las apelaciones ideológicas. El antikirchnerismo profundo, furibundo e incesante quedó a cargo de los medios masivos de comunicación y de los analistas de prensa, que machacaron desde los diarios, la televisión y la radio. Esto abrió el campo para que Cambiemos (quien nadie dudaba que fuera el representante del antikirchnerismo) se concentrara en construir una campaña cálida, amigable, con promesas de bienestar.

Pasado el primer año de gestión de Mauricio Macri, la situación ha pasado por varias metamorfosis.Ya en el poder, el macrismo dio rienda suelta a esos prejuicios ideológicos que suelen absorberse sin saber, de chico, mientras uno escucha absorto las conversaciones de los mayores en las cocinas de las casas paternas y que algunos llaman cosmovisión. Los muchachos no son moderados, como no lo es casi nadie que llega con ánimo de mantenerse en el Sillón de Rivadavia. Como saben los que vienen leyendo este blog, la “nueva” derecha que gobierna se parece mucho a la “vieja” y una y otra vez ha frustrado nuestras ganas de realizar análisis sofisticados sobre su presente y futuro. Lo que vemos es lo que es.

Sobre esta base parece estar moviéndose ahora el ánimo de miles y miles de argentinos para quienes, puestos frente a tareas tan cuesta arriba como comprar los útiles escolares para el inicio de clases, lo que era gracioso ya no lo es tanto y lo que no lo era bien puede empezar enojar. Ante ese clima ya no se tiene claro que el oficialismo sea cool, como manifestaba aquel audio de whatsapp viral ideado o promovido con maestría por las mentes brillantes del PRO para el estado de ánimo de octubre de 2015:

A los 25 años firmó un cheque de 600 millones de dólares con Donald Trump, agarró Boca y le hizo ganar todo; después agarró la Ciudad. Es un superdotado, olvidate, un superchabón. Y aparte… ¡re-cheto!, ¿vos viste el bunker del PRO?, todos con camisita polo, bailando, globos. Los otros todos cirujas, negros, con la gorra, con el bombo. No hace falta ni pensarlo, yo no quiero más los negros esos del peronismo. Yo quiero otra cosa, un cheto de estos con onda, un Tinelli, un Macri, y ver qué pasa. Que hable con Estados Unidos, que esté todo bien, que compremos iPhone, que tengamos ropa por dos mangos”.

En el actual contexto, donde hablamos de cosas bien concretas como por ejemplo si alcanza o no para el peaje, para alguna escapadita de vacaciones, para el colegio de los chicos o los remedios de tu vieja, “la grieta” deja de tener espesor, sustancia, centralidad. Real, sí, pero tan cultural y debatidora de derechos de tercera generación ella, nos dice menos sobre cómo se ordenan las preferencias que algunas cuestiones mucho más pedestres.

Ahí es donde entra el video del trabajador formal y quizás sindicalizado que “gasta” a su compañero de trabajo (no “desde arriba”, sino “desde el costado”, porque jodidos estamos todos) por haber creído en lo que planteaba aquel ya añejo audio de whatsapp mientras que ahora había tenido que salir a mangar una mochila para que su pibe comenzara las clases.

Ahí es donde entran los afiliados a gremios que integran la CGT que, luciendo pecheras azules, no tuvieron empacho en putear a sus secretarios generales a 15 metros del palco de los discursos. Ahí no había “grieta” ni el elemento ordenador del debate era kirchenrismo/antikirchnerismo.

Esto no quiere decir -ni mucho menos- que Cristina o el kirchnerismo no deban ser parte relevante del debate político y también del electoral. Ocurre que ahora, quizás, ni siquiera cuando un obrero le grita “Aguante Cristina” al Presidente está expresando lo que ese grito hubiera significado hace 18 meses o más.

Nos parece que allí, aquí, está pasando otra cosa. Y esa cosa es mucho más un producto de las medidas económicas concretas del oficialismo que de una articulación o estrategia opositora.

Para finalizar: si algo de esa “grieta” efectivamente sobrevivía, pareciera que “abajo” está en franca extinción. Pero que ahí las cosas se mueven, se mueven.

 

 

 

 

Cronología de un Movimiento: #NiUnaMenos

Post de Laura Iturbide, politóloga.

Las demandas contra la violencia de género en Argentina, planteadas históricamente por feministas y reforzadas por mujeres en importantes espacios de la vida pública, se han popularizado en los últimos años. Observaremos el crecimiento de las concentraciones públicas y marchas hasta la materialización de un paro nacional contra la violencia machista, en un escenario de instituciones reaccionarias que se resisten a cambiar.
A partir del siglo XXI los reclamos sociales contra la violencia de género dejaron de ser demandas particulares de mujeres de sectores de clase media y, tras la incorporación de grupos diversos de la sociedad que se suman al repudio a la violencia, van conformando una masividad diversa y heterogénea.
Una vida sin violencia hacia las mujeres se transforma en una exigencia mayoritaria de gran capacidad de movilización ciudadana, principalmente visible en los Encuentros Nacionales de Mujeres en Argentina.
Con el feminicidio de una joven el 3 de junio de 2015, miles de personas se manifestaron espontáneamente en las plazas públicas de todo el país bajo la consigna “Ni Una Menos”. La convocatoria trascendió las fronteras nacionales contando con concentraciones simultáneas en ciudades de Latinoamérica, y réplicas de las marchas en el año 2016 al cumplirse un año de la importante convocatoria y ante casos de feminicidios con presencia mediática.
Las mujeres hemos incorporado nuestros derechos respecto a vivir sin violencia, pero nos encontramos en un sistema institucional que se resiste a transformar sus estructuras para reducir las agresiones hacia las niñas y las mujeres.
Desde el regreso a la democracia, el poder legislativo parece haber iniciado un acompañamiento a la masificación de las demandas contra la violencia hacia las mujeres.
El poder ejecutivo nacional a partir de 2003 ha mejorado la vida de las mujeres y de la niñez de manera indirecta a través de programas y planes nacionales destinados a toda la sociedad. Mientras los ejecutivos provinciales y municipales trabajaron tímidamente la concientización con contadas y reducidas campañas de visibilización y líneas telefónicas de asistencia.
La Suprema Corte de Justicia conformó una oficina centralizada en la Capital del país destinada también a sistematizar información, pero en las provincias de Argentina los poderes judiciales han sido brutalmente reticentes a incorporar la mirada de género en sus estructuras, contando con las consignas como única herramienta concreta ante la violencia extrema, y siempre supeditado a los recursos de las fuerzas de seguridad.
Ante las deficiencias de los poderes republicanos fundamentales para una sociedad justa y equitativa, y un gobierno de políticas económicas neoliberales como el iniciado en diciembre de 2015, las mujeres argentinas no dudaron en convocar a un paro que logró adhesión en todas las localidades del país, entendiendo que es parte un proceso internacional que también avanza.

Hoy las calles se llenaron de mujeres y hombres, diversas y de todas las edades, de todos los sectores sociales, con banderas de distintos partidos y agrupaciones, pero iguales por la libertad de Milagro Sala, por los crecientes feminicidios, por los despidos masivos, por la violencia simbólica y mediática y por los casos de violencia institucional que re-victimizan a las niñas y mujeres.
Superar, terminar o resolver relaciones asimétricas de alto nivel de violencia es un proceso que nuestras sociedades deben llevar adelante, contando con los resortes institucionales. El crecimiento de la participación es una conducta celebrada y esperada de todos los grupos minorizados y agredidos, pero sin duda expresa la inmadurez de abordaje de las estructuras, poderes y agencias estatales responsables.

“Alerta, alerta, alerta que camina
…mujeres feministas por América Latina
Alerta, alerta, alerta los machistas
..que América Latina va a ser toda feminista”

(Nota publicada originalmente en Vamosavolver.com.ar)

39,35

lenin

Este post lo hicimos entre Mariano Farschini y Juan Francisco Turrillo (enviado especial -y ya devuelto al país- en Ecuador) 

Ecuador elegirá su presidente el domingo 2 de abril. Finalmente, y luego de tres días de conteo manual de votos, se confirmó que habrá segunda vuelta. El candidato oficialista Lenin Moreno, a pesar de superar en más de 10% al empresario Guillermo Lasso, no logró alcanzar el 40% requerido para ganar la elección. El juego está abierto. La distancia entre Moreno y Lasso es amplia, pero el candidato opositor se encuentra en mejores condiciones para captar al votante descontento con el gobierno de Correa. Si los electores de la primera vuelta mantienen sus preferencias habrá casi un 30% de votantes en disponibilidad para aumentar o achicar diferencias.

Hablemos un poco de la elección. Como en la previa, acudamos a las viñetas explicativas:

 

 

Este es el panorama que se abre a partir del 39,35. Si bien Lenin Moreno parte de un piso muy alto (le faltan 10,65 puntos porcentuales para alcanzar el 50%) y con menos margen para captar votos opositores, y a la inversa Guillermo Lasso parte de un piso bajo (le faltan 21,9 puntos) con mayor margen de captación de votos, la diferencia entre ambos es muy grande a favor del candidato correista. Por ende pareciera que la segunda vuelta se terminará definiendo por una pequeña diferencia tal como viene sucediendo en la mayoría de las elecciones de la región. Resta más de un mes para el 2A y todo indica que será apasionante.

Ecuador a un día

Este post lo escribimos entre Mariano Fraschini y Juan Francisco Turrillo, enviado especial de AP a Ecuador (?)

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En 24 horas, el pueblo ecuatoriano tendrá en sus manos la elección del sucesor de Rafael Correa y de 137 diputados nacionales, la totalidad de la unicameral Asamblea Nacional. Se trata de la primera cita electoral de 2017 y promete un resultado abierto. Luego de la victoria de Mauricio Macri y de la asunción “de prepo” de Michel Temer en Brasil, las fuerzas del “giro a la izquierda” en la región tendrán en Ecuador una revancha ante el adverso panorama electoral que se abrió a partir de 2015 con las derrotas de Evo Morales en el plebiscito re-reelecionista y del PSUV en las legislativas en Venezuela. Para la derecha sudamericana, la de Ecuador podría convertirse en otra estación victoriosa en su afán por reintroducir el modelo neoliberal en el continente. Las encuestas, que vienen errando sistemáticamente desde hace ya un largo tiempo, hablan de un resultado difícil de predecir aunque la mayoría se inclina por vaticinar una segunda vuelta electoral.

A continuación unas apostillas explicativas (y para nada predictivas) de lo que está sucediendo hoy en Ecuador

En un escenario abierto, Ecuador se juega entre darle continuidad al proceso iniciado hace 10 años o clausurarlo con un retorno al ciclo de políticas neoliberales clásicas. Se observa un importante espíritu de cambio, lo que no implica necesariamente que de ella se haga propietaria en exclusividad la oposición. Mañana las urnas dirán a que apostó el pueblo ecuatoriano. El resto de Sudamérica esperará el veredicto. Los resultados dirán si la derecha seguirá gritando goles o si “el giro a la izquierda” plantará bandera con un fuerte “no pasarán”.

La estrategia política del ajuste

 

Reproducimos esta nota del Instituto de Trabajo y Economía de la Fundación Germán Abdala.

 

Estrategia: conjunto de acciones aplicadas con el fin de desarrollar un plan previamente establecido para conseguir un objetivo.

El debate sobre la estrategia fiscal no ha estado exento de controversias, sin que sea del todo claro cuál es el esquema de política que impulsa el Ejecutivo. Desde la retórica, el Gobierno ha advertido sobre un abultado desequilibrio en las cuentas públicas, preanunciando un severo ajuste que todavía no se ha materializado. Más bien, lo contrario. Los datos recientemente publicados muestran que el déficit fiscal en 2016 aumentó en relación al año anterior (de 4,2% a 4,6% del PIB), y que el déficit sin contar los ingresos del blanqueo fue sensiblemente superior (5,9% del PIB).

Al analizar en detalle, lo que se observa es que las decisiones de política que tomó el Gobierno explican estos resultados. En efecto, el aumento del déficit estuvo explicado en parte por la contracción de los ingresos, debido a la reducción de las retenciones (-0,7 p.p. del PIB[1]) y a la caída en el nivel de actividad (-0,4 p.p.) y en parte por el aumento del gasto primario (+0,6 p.p.). Como dijimos, la clave del “éxito” para lograr el objetivo fiscal de 2016 fue el blanqueo, que aportó ingresos extraordinarios por 1,3 p.p. del PBI.

 

La aparente contradicción entre el discurso del Gobierno y los resultados fiscales de su gestión pueden encontrar respuesta en las principales partidas que componen el gasto público (representan alrededor del 70%): las remuneraciones de los empleados públicos, las jubilaciones y las transferencias corrientes al sector privado (donde se encuentran los subsidios, asignaciones familiares, AUH, entre otras). En otras palabras, existe un límite político a cualquier esquema de ajuste drástico.

¿Eso significa que este gobierno no busca achicar el gasto? De ninguna manera, y eso queda claro cuando se observa que la única partida que sufrió un recorte importante fue aquella que podían recortar: los gastos de capital, destinados en su totalidad a la inversión pública (-0,4 p.p. del PBI).

Esto presenta otra paradoja, ya que Cambiemos siempre sostuvo que la base del crecimiento debía ser la inversión. En este caso, lo que esto refleja son las prioridades que tiene el Gobierno: el ajuste del gasto público por sobre el crecimiento económico.

Como ocurría en El Día de la Marmota, para 2017 vemos repetir la misma escena de principios de 2016: el (nuevo) ministro de economía afirma que su principal objetivo para este año es la reducción del déficit fiscal y, acto seguido, anuncia que quiere implementar una nueva ronda de reducción en los impuestos, en este caso sobre los aportes y contribuciones laborales (mal llamados “impuestos al trabajo”) que impulsarán una vez más al alza el déficit fiscal.

Cuando analizamos el comportamiento de los gobiernos neoliberales en la historia reciente, tanto aquí como en el resto del mundo, esta confusión discursiva no debería llamar tanto la atención. Si bien uno de sus objetivos declarados es bajar el déficit fiscal, no buscan hacerlo de cualquier manera.

En realidad, la meta principal es bajar los impuestos (donde los principales aportantes son los estratos medios-altos) y ajustar a la baja el gasto público (cuyos principales beneficiarios son los estratos medios-bajos), reduciendo tanto la capacidad de acción del Estado como el impacto redistributivo de su intervención.

Y la estrategia política que utilizan para lograr este acometido requiere primero construir un consenso que allane y facilite el ajuste del gasto. Ese consenso se logra por medio de la rebaja de impuestos, lo que provoca un incremento automático del déficit fiscal que permite instalar en la agenda eso como un “problema”, cuya solución obviamente implica el ajuste del gasto[2]. La sociedad no tolera los ajustes, salvo que sean inevitables.

Bajo esta lógica, la rebaja de los aportes y contribuciones adquiere una relevancia fundamental en la agenda del gobierno. Además de la obvia reducción de impuestos, es otro paso hacia el desfinanciamiento del sistema previsional. El primero había sido la “Ley de reparación histórica”, Ley que además le puso fecha a la discusión sobre la reforma previsional: 2019.

Y el objetivo no es otro que llegar a esa discusión con un sistema previsional sumamente deficitario que incline la balanza por el ajuste de las jubilaciones y/o el incremento de la edad jubilatoria. Hay que recordar que este sistema financia aproximadamente el 70% de las jubilaciones, y que a su vez éstas representan el 40% del gasto total que realiza el gobierno nacional. Esto es, sin lugar a dudas, una estrategia política. Que además de ser posiblemente efectiva, deja en claro que este gobierno tiene vocación política y que busca quedarse más allá de 2019.

¿Cuál debería ser la estrategia frente a esto? Eso ya implica un análisis aparte, lo que seguro no hay que hacer es volver a caer en el error de repetir que “se viene el ajuste”. Al igual que Pedro con el lobo, para cuando efectivamente se discuta la reducción fuerte del gasto, el impacto de ese discurso en la sociedad va a ser nulo.

 

[1] El costo fiscal de esta medida fue de $50.000 millones, según las estimaciones del propio gobierno que se desprenden del informe N° 92 del Poder Ejecutivo al Congreso de la Nación. Disponible en: https://goo.gl/ScgYfz

[2] Por ejemplo, los recortes de R. Reagan aplicados durante 1981 incrementaron el déficit fiscal de -2,5% del PBI en ese año al -5,7% en 1983. En 2001, el recorte de impuesto llevado a cabo por G. Bush hizo que el superávit fiscal de ese año (1,2% del PBI) se transformara en un déficit de -3,2%, dos años después. En Argentina, la rebaja en las contribuciones patronales se tradujo en una caída de -2,3 p.p. del PBI entre 1994 y 1994 en la recaudación de este impuesto, principal causa de que el resultado fiscal primario pasara de un superávit de 1,2% del PBI a un déficit de -0,3% entre esos años.

 

El consumo sigue siendo vital para el desarrollo de la cultura popular

A mediados de 2014 el diario Tiempo Argentino publicó una entrevista de Lucía Álvarez a Natalia Milanesio, autora del libro “Cuando los trabajadores salieron de compras”. 

En el presente contexto de retracción, los editores de Artepolítica creemos que el tema del “consumo popular”, con sus complejas aristas identitarias, tiene una vigencia absoluta y también encierra una de las claves políticas de este año electoral. A continuación la entrevista completa:

 

Desde ciertas perspectivas académicas, la cultura del consumo está asociada a la manipulación, y la creación de falsos deseos. Quizá eso explique por qué la historiografía argentina, e incluso la latinoamericana, no hayan prestado demasiada atención al consumo como variable de análisis. Por ejemplo, los estudios sobre el peronismo clásico abordaron el desarrollo de la industria nacional, la consolidación del mercado interno, las políticas de redistribución de ingresos, los avances salariales. Pero hubo un vacío sobre el efecto natural de todos esos procesos: la participación de grandes sectores de la población, antes relegados, en espacios y prácticas de consumo.

 

Entre 1946 y 1955, los trabajadores argentinos cambiaron la forma de vestir, su dieta, modernizaron sus casas, se fueron de vacaciones. Así surgió una nueva figura, la del consumidor obrero, que llamó la atención y forzó cambios en la lógica de las empresas, las agencias de publicidad y los medios de comunicación. El propio Estado debió crear una serie de nuevas instituciones para mediar entre el mercado y esos nuevos consumidores.

 

Natalia Milanesio, doctora en Historia por la Universidad de Indiana, es autora de Cuando los trabajadores salieron de compras, una investigación que publicó Siglo XXI y que busca cubrir ese vacío historiográfico. Milanesio entrevistó a los protagonistas de esos años y analizó material estadístico, documentos gubernamentales, empresariales, de agencias publicitarias, diarios y revistas, y concluyó que el consumo es un fenómeno social, cultural, político y económico que nos atraviesa todos los días, y en ese sentido es revelador no sólo del desarrollo industrial y comercial de un país, sino también de las identidad políticas, los estereotipos sociales y las relaciones de género y de clase. “La centralidad del consumo es indiscutible, así como es irrefutable que, a pesar de los riesgos políticos, los peligros sociales y el deterioro cultural que los críticos esgrimen tanto hoy como en el pasado, el consumo continúa siendo un mecanismo vital para el desarrollo de la cultura popular y la creación de conciencia y solidaridad”, señala.

¿Por qué estudiar el consumo en el primer peronismo?

El libro parte de dos vacíos historiográficos. El primero tiene que ver con la historia del consumo en Argentina, y en términos generales en América latina. Los americanos y europeos estudiaron mucho el tema y en los últimos años hubo incluso una explosión, en la sociología y en la antropología, que empiezan a entender el consumo como una práctica social, cultural, económica en la que estamos envueltos todos los días. Pero también había un vacío con respecto al peronismo. Los historiadores habían estudiado la política de industrialización, la urbanización, los avances salariales, en menor medida, porque en general se dieron por sentado, el discurso de la justicia social, la mejora de los estándares de vida. Pero no se prestó igual atención al impacto de esos procesos en el consumo cotidiano y en los cambios culturales que eso trajo. Por eso, no me interesaba tanto hacer una historia de los trabajadores a través del consumo, sino una historia del consumo a través de los trabajadores. Y pronto descubrí que los cambios eran mucho mayores de lo que imaginaba. Entre 1946 y 1949, el salario real creció un 62%; y en 1954, los salarios, un año antes del derrocamiento de Perón, los salarios alcanzan casi 58% del ingreso nacional, una cifra récord. Esta explosión salarial produce, siguiendo a Antonio Cafiero, una cadena de la prosperidad. En ese sentido, si bien este libro no es sobre el peronismo, cada capítulo redefine al peronismo y muestra facetas no exploradas. Desde el interés por darle institucionalidad al cuidado del bolsillo del trabajador, hasta la reglamentación del mundo publicitario, pasando por la creación del primer código alimentario, Lo novedoso del peronismo también incluye la construcción de este aparataje legal vinculado al consumo.

¿Cómo explica ese vacío en los estudios sobre consumo?

Históricamente, hubo una corriente de pensamiento muy fuerte que entendió al consumo desde sus aspectos más manipuladores, entre otras cosas, porque esas investigaciones se concentraron en el estudio de la publicidad y la definieron como un instrumento generador de necesidades obsoletas. Si bien esa corriente todavía tiene cierta validez, a mí me interesan más las corrientes que piensan al consumo no como algo liberador, porque eso sí es cuestionable, pero como un espacio y una práctica para la creación de una identidad. Y personalmente me interesaba la identidad del trabajador consumidor.

¿En qué consiste esa identidad?

Hay un capítulo dedicado a los relatos orales, con entrevistas a trabajadores, amas de casa, peronistas o simpatizantes del peronismo. Todos ellos hablan de sus consumos como una manera de reafirmar su identidad como trabajadora. Para ellos, un trabajador no recibe beneficios, regalos, sino que ahorra y compra lo que necesita, con esfuerzo, en cuotas. Reafirman la cultura del trabajo en la compra de una heladera o una casa. Pero lo identifican como algo que consiguieron ellos mismos, gracias al trabajo, al sacrificio, al ahorro. En ese sentido, el consumo colabora con la construcción de una identidad, es una herramienta que da poder. Al plantearlo de ese modo, los entrevistados cuestionan dos ideas muy fuertes de la historiografía y de la historia del peronismo. Por un lado, la idea de que los trabajadores vendían su libertad por los beneficios materiales otorgados por el peronismo. Por el otro, que el peronismo era una máquina de generar dádivas, una idea que está pensada muy vinculada a la Fundación Eva Perón.

Pero el peronismo también sacó rédito de esos beneficios

El peronismo hizo hincapié en el aumento de los consumos, de las audiencias en los cines, de los kilos de carne que comían los trabajadores, como una muestra de la mejora en la calidad de vida. Todo eso fue manipulado de manera propagandística por el peronismo, que hizo un exaltamiento del Estado y del gobierno peronista. Y me parece que el peronismo clásico, en su afán de reafirmar el salto y el quiebre histórico que produjo, que fue innegable, terminó excluyendo al propio movimiento obrero, que históricamente luchó por mejores salarios, mejores condiciones de vida, por el bienestar material. Cuando el peronismo clásico resalta tanto el rol del Estado, se olvida de un factor fundamental que es la lucha del movimiento obrero y el esfuerzo de los trabajadores.

¿Cuánto aportó a la legitimidad de la figura emblemática del trabajador, el trabajo de las agencias publicitarias y los medios de comunicación?

Yo creo que aportó mucho. La publicidad toma la figura del trabajador exaltada por el peronismo, los discursos en torno a ellos y los capitalizan, porque tiene que ver con el contexto, pero sobre todo porque eran los consumidores a los que tenían que apuntar. Hay un uso inteligente y una reafirmación de esa figura. Creo que es lo que hace la publicidad del peronismo tan interesante: la figura del trabajador coopta el espacio comercial. Hoy el mercado está más segmentado y la visión publicitaria también. Hay una segmentación no solo en términos de clase, de género, de edad. Se reconoce al niño como consumidor, al jubilado como consumidor. Ese cambio ocurre en los sesenta, a nivel internacional. Empieza en Estados Unidos y se disemina por todo el mundo.

 En el libro señala que antes del primer peronismo, había un subconsumo de los sectores populares, y que por eso, el aumento del poder adquisitivo necesitó de una “cruzada pedagógica” ¿en qué consistió?

El objetivo de una publicidad siempre es vender, pero en este contexto tan peculiar, los publicitarios entendieron que, además, estos sectores necesitaban aprender a comprar. Entonces hubo campañas de distintos medios, agencias, para enseñarles, sobre todo a las mujeres, a leer las publicidades, ser responsables y atentas, no dejarse convencer por los comerciantes. Hacer la tarea antes de hacer las compras para comprar inteligentemente, se decía. Y una cosa interesante es que eso tuvo un correlato con las políticas educativas del gobierno, al menos en dos momentos claves, con la Campaña de los Sesenta Días y con la Campaña de Austeridad. En esas oportunidades, el gobierno también apela a las mujeres para un consumo responsable. Les enseña a fijarse en los mercados y establecimiento que respeten los precios. También se les enseñaba a denunciar a los infractores, a no malgastar, a no desperdiciar. Es interesante el contexto porque el gobierno y el mercado y las industrias fomentan la idea de un consumidor responsable, inteligente, que usa los medios a su alcance para pelar por buenos productos.

¿Por qué el mercado necesitaba educar y no estimular una compra más irresponsable?

Creo que tiene que ver con el asombro de los publicitarios y de la industria ante el surgimiento de este nuevo consumidor. Cuando explota el mercado y se encuentran con la inclusión de este consumidor, se dan cuenta que no están preparados. Entre 1937 y 1939, un obrero argentino ganaba la mitad que su par inglés, y un tercio de lo que cobraba un trabajador norteamericano. Consumían menos papas, pan y azúcar y casi no tenían acceso a bienes durables. Muchos de estos sectores antes no tenían opciones, compraban lo que podían. Entonces las empresas se interesaran, por ejemplo, en enseñarles a distinguir entre marcas. Creo que tiene que ver con una mirada condescendiente, pero también con que estos sectores industriales y publicitarios habían estado interesados en vender sólo a aquellos de más altos ingresos y el trabajador consumidor no era el objeto ni sujeto de sus publicidades.

Los aumentos salariales y los cambios en el consumo durante el primer peronismo no fueron parejos para las distintas clases sociales, ¿qué efectos produjo esa diferencia?

 En esos años hubo cifras record en la actividad comercial. Por ejemplo, del ‘46 al ‘50, los negocios minoristas se duplican. En el ‘51 había cuatro veces más restaurantes en Buenos Aires que seis años antes. Había más dinero en el bolsillo, vacaciones pagas, aguinaldo, precios fijos, congelamientos de alquileres, un contexto que fomenta, incentiva este aumento del consumo y que lleva a cambios en las conductas culturales, en las representaciones, en los estereotipos de género. Pero es interesante ver, muy concretamente, con datos, que esa mejora radical en las condiciones de vida de las clases trabajadoras, no es la misma que experimentan las clases medias y altas. Éstas mantienen su estándar de vida y ese mantenimiento es percibido finalmente como una caída. Entonces, esa mejora se expresa en tensiones de clase, en el temor de las clases medias y altas de mezclarse con sectores de menores ingresos en espacios de consumo que habían sido casi monopólicos, en el surgimiento de estereotipos sociales que empiezan a ser clichés. Por ejemplo, encontré mucho en fuentes escritas y relatos orales, el estereotipo de la empleada doméstica peronista que se gastaba todo en vestidos, en manicura, peluquería. Lo mismo sucede con la cuestión de género. Fue un momento en el que las mujeres avanzaron en el mercado laboral, fueron beneficiarias de los aumentos salariales. Eso fue generando una nueva figura femenina, con mayor presencia pública, que es presentada como una consumista. Esa mujer fue percibida como un desafío para el hogar, para las relaciones conyugales armónicas, para los roles tradicionales masculinos. Eso es lo que más me apasionó de esta investigación: las derivaciones del aumento en el consumo. Ahí uno entiende que el consumo es multidimensional, multifacético y tiene diversos impactos en los distintos aspectos de nuestras vidas.

En la actualidad se suele hablar de que en estos años hubo una inclusión social mediante consumo, ¿es contraria a la inclusión mediante el trabajo?

Esa dicotomía es difícil de comprender. Hay un uso mal entendido del consumo, una idea de demonización, como si fuera menos digno el consumo que el trabajo. Un trabajador es un trabajador y también es un consumidor, ese es el primer punto que intento dejar claro en el libro. La inclusión a través del trabajo está intrínsecamente ligada a la inclusión mediante el consumo. Ambas formas de inclusión van de la mano. Trabajamos porque necesitamos consumir, ni siquiera porque queremos consumir. Uno analíticamente lo puede separar, pero en la realidad, eso es imposible. Creo que ha habido, dentro de las ciencias sociales, una dicotomización entre trabajador y consumidor, como si los consumidores fueran sólo una élite, la clase alta. Pero los trabajadores han consumido desde siempre, más, menos, de distintas maneras. En esa distinción también se juega una pregunta sobre cómo definir a los trabajadores, si es sólo el trabajador que tiene trabajo o también el que está desempleo y recibe ayuda a través del Estado.

Usted habla del peronismo como una conjunción entre industrialización, pleno empleo y consumo, ¿qué viene antes de qué?

Quise plantear justamente que no hay una causalidad. La industrialización necesita el pleno empleo, el pleno empleo necesita del consumo, la industrialización necesita del consumo. La cadena no tiene un principio y un fin y así es como yo lo quise entender. El proyecto peronista del desarrollo de la nueva Argentina, una Argentina industrial potente, con una clase trabajadora fuerte y un sistema social fuerte, estaban intrínsecamente ligados. No me gusta pensar a la industrialización como motor o al movimiento obrero. Vienen juntas porque cierran perfecto la concepción peronista de la nueva argentina.

 

Recuadros en la versión original: 

Usted señala que hubo una demonización del consumo de los sectores populares, ¿se puede hacer una analogía con la actualidad?

Es recurrente en las fuentes históricas la idea de invasión, de prácticas y espacios de consumo. Esa invasión trae consigo la elaboración de estereotipos. Los consumidores de las clases populares son llamativos, gastadores. A las mujeres de la clase trabajadora se las presenta envueltas en este consumo, desatendiendo su casa, su hogar y faltando a su rol tradicional de madre y esposa. Hasta se escuchan reproches de los sectores católicos respecto de la natalidad, la idea de que esas mujeres que no iban a querer tener hijos porque iban a preferir la vida cómoda de consumir para ellas. Es muy fuerte esa demonización. Pero al mismo tiempo, en la prensa, hay todo un incentivo del consumo. Hay editoriales, notas, entrevistas sobre los beneficios del consumo, para ser más bella, ser mejor novia. Las mujeres fueron y de alguna manera siguen siendo objeto de estos dos discursos.

El libro está atravesado por la cuestión de género, ¿estaba planeado?

Me imaginaba que algo de eso podía encontrar pero no pensé que tanto. Me sorprendió haberlo encontrado con tanta  fuerza y tanto sabor local. La chica Divito como un ejemplo de la soltera materialista, pero independiente, fue un descubrimiento que me dio mucho placer. Ver que en plenos años cuarenta había un verdadero desafío a los roles tradicionales y de género. Lo mismo que el personaje femenino del diario Democracia, Olga. Una soltera voluptuosa, materialista que pensaba sólo en su independencia económica.

 

El mito del eterno gradualismo

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Se ha impuesto como verdad en Argentina que la estrategia de política económica del gobierno de Mauricio Macri es “gradualista”. Estas ideas provienen de un espectro muy amplio ideológicamente de analistas y comentaristas. Como el gobierno es gradualista -se dice- eso significa que no es neoliberal, ya que un gobierno sólo podría ser o una cosa o la otra. Este gradualismo se expresaría principalmente en dos decisiones: no reducir el gasto público ni, por lo tanto, achicar el déficit fiscal. Ambos aspectos serían constitutivos de cualquier aventura neoliberal. El razonamiento lógico a partir de estas premisas puede extenderse entonces a la idea de que, si esto es así, si entonces no recorta el gasto ni reduce el déficit y, por ejemplo, mantiene los planes sociales, el gobierno de Macri es “heterodoxo” en lo económico, responsable en términos “sociales” y que no es “neoliberal”.

Esta idea -que el gobierno es gradualista y por lo tanto no neoliberal- encuentra una confirmación sorprendente desde un conjunto de economistas “libertarianistas” o “ultra-liberales” que acusan al Gobierno de timorato o hasta de “socialista” en televisión. El gobierno falla -dicen- porque debería hacer un shock más rápido y profundo para corregir “desequilibrios” que sólo se agudizarán en el tiempo. Incluso algunos sectores del empresariado o de “la city” hacen sonar esa campana en público (aunque de manera bastante baja todavía, ya que la mayoría de los empresarios sigue apoyando el “radical cambio” positivo que ha vivido el país en estos meses, tal como lo dijo hace poco el número uno de Techint, Paolo Rocca).

Por supuesto, hay un dato que pocos mencionan. El gradualismo es sólo posible por el tremendo proceso de endeudamiento que asumió el gobierno: si no estuviera pidiendo deuda el Gobierno tendría que estar haciendo un ajuste feroz. El rápido ritmo de endeudamiento se vincula así con el “gradualismo”, que rápidamente muta en “heterodoxia” o “pragmatismo”. El razonamiento tiene algunos problemas porque, así, Roberto Lavagna sería “ortodoxo” y Mauricio Macri “heterodoxo.

Vamos a tratar de meternos en esta discusión con algunos datos del presente y trayendo a la memoria algunas cosas que están bastante estudiadas de lo que fue la experiencia neoliberal de la década de los 90 en la Argentina.

Adelantamos algunas conclusiones:

La primera es que, en realidad, hablar de “gradualismo” es ya caer en una falacia de petición de principio. La distinción entre ser neoliberal o no serlo es dicotómica, mientras que la distinción entre “shock” y “gradualismo” lo es de grado. El economista libertario piensa que hay que achicar el estado de golpe, el economista gradualista piensa que hay que achicarlo despacio. Ambos piensan que hay que achicarlo, la única diferencia es en la temporalidad del proceso. (Para marcar más claramente la cancha, hay que decir que las concepciones desarrollistas no piensan que hay que achicar el estado, punto.)

Segundo, y en relación con lo anterior, hay que recordar que quien establece la pregunta domina el debate. ¿Por qué deberíamos preguntarnos primariamente por si el gobierno de Macri es o no es neoliberal? Como bien queda claro leyendo, por ejemplo, la narración que hace Francisco Panizza en “Beyond the Washington Consensus” de las variedades que tuvieron los planes de ajuste en Latinoamérica en la década del 90, se puede ser de derecha de varias maneras, no sólo “neoliberal”. La primera pregunta, antes de si es o no es neoliberal, debería ser “¿es éste un gobierno de derecha?” Y la respuesta, desde cualquier marco de análisis más o menos sistemático, es. Es un gobierno que se imagina rupturista y refundacional, que no tiembla en seleccionar ganadores (el agro, las mineras, los sectores financieros) y perdedores (los asalariados), que eligió una dirección clara en política internacional (ruptura con Sudamérica, China y Rusia, alineación con Estados Unidos), que imagina un país sin peronismo, que toma decisiones con un sentido unívoco.

Tercero, y dado este último punto: como hemos venido advirtiendo, la clave de lectura del gobierno de Mauricio Macri está en entender a qué sectores quiere beneficiar, dar poder y brindar certidumbre. Como nos enseñaran Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto o  Guillermo O’Donnell, primero se determinan las relaciones de fuerza y luego se les pone nombre. Encandilarse con las etiquetas puede marear al analista.

Cuarto: además de una confusión conceptual, en la discusión sobre si “¿es éste o no un gobierno neoliberal?” existe una preocupante ausencia de cualquier tipo de análisis histórico. Ninguna de las experiencias neoliberales de la Argentina redujeron el gasto público y achicaron el déficit de manera significativa. La cuestión central es que el déficit tiene dos patas: ingresos y egresos (porque además, que aumente el déficit no necesariamente quiere decir que suba el gasto, sino que puede ocurrir -ay- que caigan los ingresos por el derrumbe de la actividad económica y la recaudación.) Ni Martínez de Hoz redujo el gasto ni achicó el déficit, ni Carlos Menem lo hizo, ni la Alianza (en su etapa, paradójicamente, de Déficit Cero) pudo hacerlo.

Dicho de otra manera: los grandes ajustes en la Argentina los hacen las crisis, los gobiernos, no.

Déficit y Gasto Público en el macrismo

 

¿Qué pasa entonces con gasto público, ingresos públicos y déficit bajo el macrismo? Vamos primero a la cuestión del gasto público en sí durante el gobierno de Macri. Leíamos a Mario Brodersohn en un informe de esta semana:

El gasto público primario en el gobierno macrista no es superior al del kirchnerismo. En efecto, en los primeros diez meses del 2016 el gasto primario del gobierno nacional aumentó un 32%, cifra inferior a la inflación promedio del 40% en esos 10 meses. En relación al PBI, el gasto primario descendería del 24,5% en el 2015 al 23,9 % en el 2016. Sería la primera vez en 10 años que el gasto público primario ajustado por inflación y en relación al PBI muestren una caída.

 

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Mientras ya estábamos escribiendo estas líneas, accedimos a este notable trabajo de Fabián Amico, que brinda datos sobre el fuerte ajuste en las cuentas públicas generado por el gobierno macrista. Afirma Amico, coincidiendo de algún modo con Brodersohn:

Si tomamos el gasto público corriente deflactado por inflación se observa un claro y abrupto ajuste que coincide con el comienzo del gobierno de Cambiemos. El gasto corriente real pasó de crecer en torno al 10% anual a contraerse a 17% anual en términos reales en enero de este año. Desde entonces solo muestra contracciones anuales reales.

 

Amico señala que en el caso del gasto en seguridad sociales se estancó y empezó a contraerse en términos reales “desde abril hasta el presente”. Agrega que “la misma dinámica muestra el gasto en salarios públicos (con caídas anuales del 10% en términos reales) y el consumo público (con reducciones del orden del 30% real anual)”. Y que, por último, el gasto en capital, la inversión pública, “llegó a tener reducciones del orden del 40 y 50% anual en términos reales”. Al parecer, recién en octubre modificó esa tendencia, creciendo en torno al 20% anual en términos reales.

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El economista analiza además “la reacción mediante la evolución del gasto corriente real” a las recesiones de 2009, 2014 y 2016. “En el primer episodio, el gasto corriente mostró una enérgica reacción anticíclica, llegando a crecer a un ritmo superior al 20% anual real. En 2014, la reacción también fue anticíclica, aunque algo más moderada y por ende la recuperación fue un poco más lenta. En 2016, en cambio, buena parte de la recesión fue claramente inducida por la política fiscal”

 

  1. b) Las experiencias neoliberales recientes.

Supongamos, sin embargo, que el Gobierno es “gradualista” en esa reducción del gasto. Bien. Conviene analizar qué pasaba con el gasto público durante la experiencia neoliberal de los 90. Algo nada sorprendente: el neoliberalismo, al menos en esta parte del mundo, no recorta el gasto ni el déficit.

Leamos este trabajo de CEPAL realizado por Oscar Cetrángolo y Juan Pablo Jiménez. Primer tema. ¿“mejoró” la situación fiscal en los 90 comparado con los 60 y los 70? Sí, muchísimo. Veamos:

“Más allá de los profundos baches que coinciden con gravísimas crisis que tuvieron alcances mucho más amplios que los delimitados por la política fiscal (1975, 1981-83 y 1989-90) la trayectoria de los déficit primario y total giran en torno al 3.1% y 4.4% del PIB respectivamente a lo largo de todo el período. No obstante ello surge como promedio de dos situaciones claramente diferenciadas. Hasta 1990, el déficit sin privatizaciones, con financiamiento parcial proveniente del impuesto inflacionario, giraba en torno al 5.5% del PIB, para pasar al 1.7% del PIB durante los años noventa”.

Pero ¿cómo fue esa mejora de los 90?

Se verificó una “rápida mejora de la situación fiscal hasta alcanzar superávits entre mediados de 1991 y mediados de 1994 y el paulatino deterioro de la situación global a partir de entonces”. Cetrángolo y Jiménez cuentan que

“esos tres años tendrían una importancia decisiva en la construcción del ‘imaginario de la convertibilidad’, siendo el único período con una política fiscal consistente con el esquema macroeconómico”. Con una aclaración adicional: “nótese, observando la evolución de las erogaciones y recursos totales, que el logro de esos superávits había sido posible por el incremento de los recursos, manteniendo los niveles agregados de gasto relativamente constantes”.

“Durante los años ochenta la evolución de los recursos tenía una alta dependencia de las circunstancias macroeconómicas y con el lanzamiento del programa de convertibilidad mostraron un rápido crecimiento. En cambio el posterior deterioro fiscal se debió, pese a la relativa constancia de los recursos, por persistentes aumentos en las erogaciones. Durante la segunda mitad de los años noventa las caídas en la recaudación por las reformas tributarias destinadas a mejorar la competitividad de la economía fueron compensadas por aumentos de alícuotas y la introducción de medidas de emergencia tributaria, así como la modificación de los mecanismos de reparto de recursos con las provincias”.

 

Como también lo sabrán ya los lectores, “parte de esa dinámica se relaciona con la importancia variable de los intereses de la deuda”. Deberán recordar también que aquella salud de las cuentas públicas durante tres años se debió a que “el sector público obtuvo importantes recursos provenientes de la privatización de sus empresas y actividades relacionadas con la provisión de bienes y servicios no gubernamentales en prácticamente todas sus áreas (telefonía, transporte, energía, combustibles, petroquímica, vialidad, turismo, tele y radiodifusión, servicios sanitarios, bancos, etc)” y que “este proceso se prolongó con operaciones similares a cargo de gobiernos provinciales”.

¿Cómo empeoraron entonces más tarde las cuentas públicas?: “Además de comprobarse la fuerte caída de los intereses de la deuda acompañando el lanzamiento de la convertibilidad, a principios de la década, y su posterior aumento, también se observa el aumento de los gastos en pasividades y transferencias a provincias. En cambio, los gastos en personal se mantienen relativamente estables”.

Un comentario más, que también puede ilustrar cómo se dan estos debates. John Williamson, padre de la famosa idea del “Consenso de Washington” a principios de los 90, escribía en un paper de 1996 citado por él mismo aquí, ya algo vapuleado por el “efecto tequila” en México y las serias consecuencias en términos del impacto social de las políticas implementadas en América Latina:

(el Consenso de Washington) no declaraba que la única manera legítima de restaurar la disciplina fiscal era recortar el gasto público; no identificaba a la disciplina fiscal con un presupuesto balanceado; no hacía un llamado para reducciones generalizadas de impuestos; no trataba como un robo los impuestos utilizados para redistribuir el ingreso; no afirmaba que los tipos de cambio tenían que estar firmemente fijos o libremente flotantes; no convocaba a la proscripción de los controles de capitales; no clamaba por el dinero competitivo o argumentaba que la oferta de dinero debería crecer a una tasa fija”.

 

La idea de que éste, o cualquier gobierno no es “neoliberal” porque sostiene o inclusive aumenta la política de asistencia social, no resiste tampoco análisis. El menemismo expandió los programas de la entonces Secretaría de Desarrollo Social, entonces bajo Eduardo Amadeo, significativamente. Alberto Fujimori creó fuertes redes de asistencia que llegaron a cubrir todas las villas de Lima. El México de las reformas de los 90 creó importantes Fondos Sociales en políticas focalizadas.

Dicho de otro modo: nadie quiere realmente parecer neoliberal. En el debate político argentino, todos se presentan como “gradualistas”. Domingo Cavallo se decía heterodoxo porque no hacía caso a las recomendaciones del Fondo Monetario, con cuyo staff tenía cada tanto muy recordadas agarradas. Eduardo Duhalde desplegaba sus manzaneras y “Palito” Ortega se convertía en secretario de Desarrollo Social para ayudar a los pobres.

 

En conclusión:

La clave de los análisis no es comparar a este (o cualquier) gobierno con una imagen ideal de un neoliberalismo “puro” salido de un libro de Friedrich Hayek. Tal cosa nunca existió, ni en el Chile de Pinochet, ni en la Inglaterra de Margaret Thatcher. Un análisis metodológicamente riguroso debe comparar a éste gobierno no sólo con la teoría sino con las experiencias históricas de la Argentina y la Latinoamérica recientes. Casi hegelianamente: decimos que nadie “es” o “no es” neoliberal sino con respecto a alguien o algo.

Segundo: lo que convierte a un gobierno en “neoliberal” no es la repentización o gradualidad de su ajuste estructural del estado sino la aceptación de la idea de que el estado debe ser estructuralmente ajustado. El ritmo, la velocidad y la dirección del ajuste dependen (como señala magistralmente Panizza) de factores que ningún gobierno controla: la fortaleza de los sindicatos, la profundidad de la crisis anterior a ese gobierno o el contexto internacional, entre otros. Un gobierno no es más gradual porque no puede avanzar por la resistencia social: en todo caso es gradualista la sociedad. La famosa “estrategia del ensayo y error” parece mostrar que el gobierno avanza hasta el punto en el que “la sociedad” lo frena y transforma lo que pudo ser un avance concreto en un mero ensayo.

Tercero: la pregunta fundamental para comprender a un gobierno no es “¿es este gobierno X o Y?” sino “¿qué sectores ganan y cuáles pierden con él?” En este caso, no hay demasiada ambigüedad en el análisis.

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Un año pensado

 

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El cambio que significó la llegada de Mauricio Macri al gobierno, un año atrás, nos obligó a los editores de este blog a tratar de seguir haciendo algo que todavía nos divierte hacer. Es un ciclo que empieza siempre con la sorpresa -siempre fuimos de sorprendernos-, sigue con algo de debate, continúa con la recuperación de algunas lecturas y la necesidad de compartir todo eso con los lectores.

En 2014 nos había empezado a rondar una idea: no se avecinaban en la Argentina tiempos de mayor “moderación” política. Por un lado, porque nos parecía que ninguno de los candidatos que se perfilaban en el terreno político -Mauricio Macri, Sergio Massa y Daniel Scioli- tenían realmente pasta de “moderado”. Cada uno a su modo mostraba su costado “ultra”. Pero además ocurre algo estructural. Un gobierno que se asiente sobre la “moderación”, que no se ponga espalda con espalda con alguno de los sectores “duros” sociales -ya sean, por decir, los sindicatos o los empresarios-, que no tenga algún anclaje concreto que no sea “la gente” o “las clases medias”, se puede volar con el viento en la Argentina. Dicho también de otro modo: Cristina Kirchner no elegía ser “poco moderada”. Era lo único que le dejaba a mano la realidad para gobernar por un tiempo más o menos largo la Argentina.

A horas de consagrado Macri como presidente electo, entonces, analizamos:

“El gobierno que llega tiene fortalezas y debilidades. Cuenta con algunos -y muy buenos recursos- por nombrar sólo un par que no se suelen nombrar, pero como para tengamos dimensión: el primero (Nación), el tercero (Provincia) y el noveno (Ciudad) mayores bancos del país. Y la más importante empresa argentina (YPF). Pavadas como -arriesgamos a ojo, sin datos- el manejo de la mayor cantidad de uniformados (fuerzas federales, fuerzas provinciales y fuerzas armadas) por habitante en 30 años de democracia. Sumemos medios privados y el calor de la Justicia. Las debilidades se conocen: la principal son pocos gobernadores, no hay control “más o menos directo” de sindicatos y muy pocas bancas en el Senado y en Diputados. Estrictamente hablando el PRO solo no llega al tercio en ninguna de las dos cámaras. ¿Puede Macri tener éxito político (ser electo, reelecto, contar con amplios márgenes de maniobra para llevar adelante su agenda) y altos niveles de popularidad? Sí. Depende de él y de su pericia para gobernar, como suele ocurrir en nuestros países”.

Al asumir Macri comentamos que la única palabra o variable clave que parecía estar plantada en el ADN del gobierno naciente era la de “modernización”, una palabra que en la Argentina tiene una resonancia y una historia particulares. Y que el resto eran incógnitas que el gobierno debía despejar.

“Algo que parece claro es que resurge en la Historia argentina una nueva promesa de modernización (Civilización o Barbarie no existe, pero que la hay la hay), lo que implica adaptar las acciones del gobierno a aquello que proviene de los países desarrollados, a “estar al día” con “lo nuevo” y no a una forma de ser propia”.

Y con el Gabinete puesto y el gobierno ya en marcha pudimos recordar que el PRO no había sido precisamente un campo de margaritas democráticas en su gestión en el Gobierno de la Ciudad.

Una lectura que nos acompañó todo el año para entender si este gobierno era “una vuelta a los 90s”, si era “neoliberal” o desarrollista o qué, fue la de los clásicos de Guillermo O’Donnell sobre el Estado en Argentina y Brasil a fines de la década del 60 y principios de la del 70, Modernización y Autoritarismo y El Estado Burocrático Autoritario.

Este liberalismo,  (…) no era antiestatista ni proponía un retorno al laissez-faire. (…) Además, no es hostil per se a una expansión del aparato estatal, ni siquiera de sus actividades económicas -lo que lo aleja del laissez-faire de algunos de sus aliados más tradicionales-, siempre que sirva a la expansión de la estructura productiva oligopólica de la que surgen sus principales portavoces”.

La vinculaciones promueven el mutuo reconocimiento. Cualquiera que sea el sector social dentro del cual operan, quienes desempeñan roles tecnocráticos comparten importantes características. Sus modelos de roles y con ellos sus expectativas acerca del estado “adecuado” del contexto social, provienen de las mismas sociedades. Su entrenamiento señala una modalidad “técnica” de solución de problemas. Los aspectos afectivos o emocionales de los problemas carecen de sentido, las ambigüedades de la negociación y del quehacer político son obstáculos para las decisiones “racionales”, el conflicto es por definición “disfuncional”. Sus “mapas” de la realidad social, las premisas que sesgan la percepción y evaluación de la realidad social, son similares. Lo que es “eficiente” es bueno, y resultados eficientes son aquellos que pueden ser fácilmente cuantificados y medidos. El resto es “ruido” que un tomador “racional” de decisiones debe tratar de eliminar de su cuadro de atención. El tejido de la realidad social es radicalmente (en algunos casos uno tal vez debería decir “brutalmente”) simplificado. Es posible que esa simplificación no sea negada en sí misma, pero es vista como un requisito indispensable para poder manipular la realidad social en la dirección de lo “eficiente”. La resistencia de muchos problemas, y de muchos sectores que se hallan detrás de esos problemas, a ser agotados o subsumidos completamente en consideraciones de eficiencia, tiende a ser vista como indicación de cuánto “progreso” queda aún por obtener”.

En enero ya quedaba claro algo del “juego brusco” del que no se iba a privar el PRO. Y que si bien la derecha no se baña dos veces en el mismo río, “en todo proceso histórico político, los actores y los modelos a seguir no son interminables”. Así, enfatizar el adjetivo “nueva” por sobre el sustantivo “derecha” nos parecía que confundía más de lo que aclaraba.

Pensar la oposición, al mismo tiempo, aparecía como el espejo de estas reflexiones; sin esto ser matemática, tampoco hay tantas alternativas: “El macrismo tiene su base social en las clases alta y media-alta. Desde el punto de vista ideológico, puede ser catalogado como una fuerza de centro-derecha. Nuestro argumento central es que es necesario constituir entonces una alternativa de centro-izquierda, con eje en el peronismo pero que lo exceda. Así funcionó el Frente para la Victoria durante todos estos años, representando a una clase media progresista y a enormes capas de trabajadores y sectores populares”. También las relecturas sobre lo que había sido la dinámica no siempre lineal del peronismo de los 80 nos ayudaba a imaginarnos que los más “amigables” con el Gobierno naciente no necesariamente lo serían para siempre.

En el terreno económico, para marzo ya se veía a su vez que, como en El Principito, el gradualismo es invisible a los ojos y que la “exitosa salida del cepo” iba a ser pagada durante todo el año. El segundo semestre empezaba a ser un sueño eterno.

Tener un diagnóstico tampoco significaba quedarse mirando panza arriba. ”¿Que la actual derecha en el gobierno no sea novedosa quiere decir que las respuestas políticas ante ella no deban serlo? Para nada”, nos parecía importante advertir.

Las turbulencias políticas en Brasil dieron en ese contexto cuenta de que no sólo había terminado el gobierno de Cristina sino que ocurría algo más grande en la región. ¿Pero se trata del inicio de un nuevo “ciclo largo” aunque de derecha o más bien un momento de turbulencias continuadas y que incluso puede augurar nuevas inestabilidades? La situación que enfrenta Michel Temer para fin de este 2016 nos hace pensar que quizás sea una pregunta a la que hay más jugo para sacarle. Fue un año en el que se pensó mucho lo regional y los cambios registrados y recurrir a los análisis más lúcidos nos ayudó a entender más.

En ese contexto, había algo de la manera de gobernar del PRO que nos impactaba y que tenía que ver con el elemento de la “sensibilidad” ( o su falta) y un origen social y una experiencia de vida en varios de los principales referentes del elenco gobernante que dificulta la comprensión de determinados fenómenos (¿se dice “papá” o “mi papá”?).

El impacto por los “bolsos de López” le dieron aire al Gobierno a mitad de año, pero se trataba de mucho más que eso y que requería a su vez ser pensado. ¿Y eso borraba todo lo ocurrido algún tiempo atrás en el país y en la región? Difícilmente.

Al mismo tiempo la cosa se movía. ¿Y si aparecía el “segundo semestre”? ¿Y si el Gobierno se colocaba en la pole position para las elecciones de 2017? Había algo en las propias palabras de los protagonistas cuando hablaban en la “cocina de sus casas” que nos daban la pauta de que la situación no estaba definida ni mucho menos.

Por otra parte, pensar sobre la reforma electoral que planteaba el Gobierno era otro elemento para nada “técnico” ni “instrumental” que nos decía mucho sobre el tipo de gobierno que se estaba desplegando. (Algunos de los apuntes sobre la -hasta ahora- fallida reforma aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí).

Con todo esto en mente es que también pudimos pensar que este no es un gobierno que se piensa como “uno más” de entre los no-peronistas sino que quiere cambiar el conocido juego del fútbol por otra cosa, posiblemente:

En este esquema que se plantea, las nuevas  jerarquías y trayectorias sociales en política y nuevos (¿o son viejos?) temas implicarían, de ser efectivamente rutinizados, algo así como empezar a jugar al rugby en un lugar en el que -a no confundirse- no ya por doce, sino por cien años se jugó al fútbol. Por ejemplo: pasar de un sistema electoral donde los partidos políticos tienen mucho peso el día de las elecciones a uno donde “se baja el precio para que un partido chico pueda competir” (como lo dijo Mauricio Macri el otro día) es refundacional. Pasar de un sistema donde los jueces de la Corte Suprema se nombran en el Senado a otro donde se nombran por decreto es (hubiera sido) refundacional. Pasar a un sistema donde los sindicatos pasen de ser representantes de los trabajadores contra los patrones a ser sus socios y cogarantes sería refundacional. Pasar de un país en el que todo el mundo protesta libremente, toma escuelas, hace huelgas y corta calles a un país en el que las personas que protestan mucho van presas, es refundacional. Pasar de un país en el que los trabajadores no permiten que nadie les diga que no pueden tener consumos de lujo a un país en el que los políticos les dicen a los trabajadores permanentemente que tienen demasiado y que no lo merecen, es refundacional. Pasar de un país en el que la educación superior es un derecho a un país en el que la mera existencia de universidades en funcionamiento debe ser justificada y explicada como si se tratara de un gasto de lujo, es refundacional. Pasar de un país en el que las políticas de memoria ubican a la última dictadura cívico-militar como un genocidio a un país en el que un funcionario por día debate el número de desaparecidos, es refundacional. Lograr un país en donde la identidad kirchnerista, que obtuvo el 30% del voto como piso desde 2005 hasta 2015, desaparezca por completo, sería también refundacional. Este es el espíritu refundacional de Cambiemos. Las refundaciones (o los intentos de ella) son intentos de reescribir un país que se apoyan sobre el borramiento de otro país. Como las de la Generación del 80, la Revolución Argentina o la última dictadura militar. El actual aspira a ser un gobierno refundacional de derecha. Y como tal pretende, volviendo a Weber, modificar la dinámica de la dominación.

10 de diciembre, un año ya. El futuro no lo podemos predecir. Seguramente nos seguiremos sorprendiendo y lo seguiremos pensando. Y, como desde el inicio de este colectivo, allá por 2008, manifestando que “en política, quien calla, otorga”.

Una oportunidad

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Ya es noticia que el proyecto de reforma política, el cual incluía el voto electrónico, no se va a tratar este año y que, por lo tanto, no va a ser de aplicación en 2017. Para los que creíamos que el proyecto presentaba más problemas que soluciones resulta una noticia satisfactoria por lo que evita.

Pero, al mismo tiempo, deja un gusto amargo el hecho de haber perdido una oportunidad -de las que sabemos que no se dan ni todo el tiempo, ni todos los años- para discutir en profundidad una reforma política que sigue siendo necesaria. El país, la región y probablemente el mundo rediscuten la representación desde hace décadas: todos vemos fenómenos nuevos para los que se hace necesario tener nuevas herramientas. Y el sistema político necesita adaptarse. Si antes, mejor.

Una de las principales cuestiones que observamos en el frustrado proyecto de reforma política fue la falta de un diagnóstico claro. Parece una cuestión de forma pero es de fondo: si no hay diagnóstico, si no se establece claramente qué problemas del sistema político se quieren resolver, se hace más opaca una discusión que se presentó con la intención de -paradójicamente- transparentar.

Nuestro sistema político, como cualquier otro, tiene déficits. Incluso algunas de las propuestas que postulaba el proyecto oficial, y que quedaron supeditadas por el oficialismo a la suerte de la boleta con chip, representaban un avance respecto a la normativa actual. Por eso mismo, es que decimos que la ausencia de un diagnóstico fue decisiva a la hora de hacer caer la reforma planteada, reducida simplemente a la incorporación del voto electrónico (VE) como solución a un conjunto de problemas heterogéneos. Al mismo tiempo, el VE demostró en boca de numerosos especialistas sus serias deficiencias. Es decir: no sabemos cuáles problemas buscaba solucionar y a la vez era una herramienta deficitaria. El peor de los mundos.

En este caso, Cambiemos realizó algo que suele pagarse caro, que es romper su propia promesa. Cambiemos ganó, entre otras cosas, porque prometió diálogo, consenso y manejos tecnocráticos claros. En este tema en particular, el gobierno no cumplió con ninguna de sus tres promesas. El diagnóstico no fue nunca claro, ya que nunca quedó claramente establecido qué problema se buscaba solucionar: el voto electrónico apareció entonces como una solución elegida antes de tener el problema. El manejo no fue consensuado, sino que el gobierno se plantó en “boleta con chip o nada”, y las voces autorizadas de los expertos (tanto politólogos como tecnológicos) fueron desestimados sin ni siquiera buscar otros expertos. Las objeciones sobre los cortos tiempos, la dificultad de auditar y las fallas tecnológicas  simplemente se contrastaban con un “es lo que quiere la gente” o “lo pidió el presidente” o “el que está en contra valida a Cristina”.  Nunca se abrió un canal de negociación con el bloque peronista en el Senado. Demasiada imposición, sobre todo si no se tienen los votos.

Sin embargo, ello no nos debe desalentar en la búsqueda de perfeccionar nuestro sistema electoral, que impacta decididamente en nuestro sistema político en su conjunto, es decir en las formas e instituciones de representación.

Con la esperanza y la expectativa de que en marzo el Senado retome la discusión, estos son algunos de los puntos en los que nos parece que se puede enfocar una reforma destinada a adaptar el sistema político a los tiempos que se vienen, en caso de volver a enfrentar una oportunidad para discutir el tema:

– La vida interna de los partidos políticos sigue sin estar regulada y esa regulación necesita incluso muchos más consensos que los que se obtuvieron para el fallido proyecto que presentó el oficialismo. El objetivo de cualquier reforma debe ser fortalecer a los partidos y devolverles un lugar (si es que lo perdieron, si es que lo reclaman sin éxito) de centralidad respecto a la representación política de las demandas ciudadanas.

– Ordenar la oferta electoral es una necesidad para los partidos y para el elector. Eliminar colectoras y listas espejos es un avance, clarifica la oferta y contribuye a una necesaria rendición de cuentas de parte de los representantes con sus electores. Eso estaba incluido en el proyecto y no hay razón para no avanzar. Pero hay un trabajo de fondo que es necesario hacer en conjunto con los sistemas electorales provinciales: mejor avanzar de a poco y en conjunto sobre el ordenamiento de la oferta en todo el país, que querer llegar por arriba con una ley que no construyó los consensos básicos necesarios. Lo que está claro es que el problema de la multiplicidad de boletas no es solamente del sistema de emisión del voto sino que es más profundo y tiene que ver con la posibilidad de los actores de multiplicar las candidaturas sin pagar ningún costo.

– La paridad de género, más que necesaria, es una deuda de la democracia. Hay un proyecto con media sanción en la Cámara de Senadores que puede ser tratado en Diputados apenas comiencen las sesiones ordinarias de 2017 en marzo.

Cualquier proyecto de reforma política debería incluir la cuestión del financiamiento de los partidos políticos y de las campañas electorales. Aunque en los últimos años se produjeron avances sustantivos en la materia en lo que hace a la regulación normativa, aún subsisten distintos obstáculos que impiden la consecución de un sistema de financiamiento transparente y equitativo. ¿De qué manera se puede anular o al menos morigerar la influencia indebida de los grandes donantes? ¿No es necesario incrementar la presencia del Estado para asegurar una efectiva igualdad de oportunidades entre los candidatos/partidos? ¿Cómo se puede hacer para reducir la brecha existente entre las disposiciones legales y su nivel de cumplimiento? ¿No resulta prioritario, en tal sentido,  fortalecer las capacidades de los organismos de control?  Y por último, ¿de qué forma se puede lograr mayor coherencia y uniformidad en las normativas sobre el financiamiento político y electoral entre los niveles nacional y subnacional? Estas son solo algunas de las cuestiones vinculadas con la relación dinero-politica y cuyo abordaje resulta fundamental para mejorar la calidad de la representación política y de nuestra democracia.

– Que el proyecto oficial haya estado centrado en el sistema de emisión del sufragio sin ver el resto de los componentes de un sistema político no significa que la boleta de papel por partidos no pueda ser puesta en debate. Ese momento del sistema electoral tiene sus inconvenientes. Para poner un ejemplo: este estudio de CIPPEC sobre las elecciones de 2015 sostiene que el 99% de los electores encontró la boleta que buscaba. Al mismo tiempo, el 72% de los electores cree que es frecuente o muy frecuente que el robo de boletas exista. Para un sistema que – como dice Marcelo Escolar – está basado en “la administración de la desconfianza” es irrelevante la cantidad de denuncias ante la Justicia Electoral o no. En ese sentido, discutir un sistema de emisión del sufragio que vaya hacia la Boleta única de papel puede ser un avance si se hace evaluando los pros y contras de cada sistema y sin poner en riesgo los cimientos básicos del proceso electoral, como efectivamente hacía el proyecto de voto electrónico, No olvidemos: autonomiza cada nivel electoral (nación, provincia municipio) pero a la vez fortalece la lógica de partido de candidato, ya que solo figura un nombre en la boleta y no la lista completa de candidatos a diputados, por caso. Como sabemos, todos los sistemas son frazadas cortas: cubren los pies, desprotegen la cabeza y viceversa.

– Cualquier reforma debe encararse construyendo consensos previos: con los partidos políticos, con las universidades, con las organizaciones no gubernamentales. Eso significa tiempo y flexibilidad suficiente para atender los intereses de todos los actores. Porque una reforma en el modo de emitir el sufragio es, al finde cuentas, una alteración del sistema político.

Sintetizando: una reforma política en serio tiene que diagnosticar los problemas del sistema político, consensuar con los actores las posibles herramientas para solucionarlos y ofrecer mecanismos para que la ciudadanía tenga más – y no menos – capacidad de control sobre su sistema electoral.

En estos días se perdió una oportunidad de comenzar una reforma así, pero no quiere decir que se haya perdido para siempre. Es un buen punto de arranque para darnos en la Argentina un debate sobre la representación política de las demandas ciudadanas. Que así sea.

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Dominación

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Este breve texto parte de una hipótesis. Once meses de gobierno de Mauricio Macri permiten aventurar que la coalición política que encabeza el Presidente no tiene en mente ser “un gobierno más”, en el marco del juego político conocido, sino forjar un nuevo tipo de dinámica que excluya del régimen político a ciertos programas y posiciones encarnados en ciertos hombres y mujeres.

Se trata de fundar una nueva (¿o es vieja?) “normalidad” donde exista una re-jerarquización en la que algunos sectores (o dirigentes) quedan habilitados para plantear determinadas cuestiones y otros dirigentes, que tienen otras agendas, quedan afuera. Se redefine a través de qué trayectorias político-sociales puede accederse a ciertas posiciones en el aparato del Estado y qué menú de opciones de política pública es posible aplicar. Idealmente, queda “habilitado” un “equipo corto” como el del primer Gabinete de Mauricio Macri, donde priman los varones de cierto rango de edad (más o menos entre 40 y 50) que viven en un puñado de barrios (todos del norte, todos de alto valor del metro cuadrado en dólares) de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que, preferiblemente, fueron al mismo colegio que el del Presidente. No al posgrado. No a la universidad. Al mismo colegio secundario. Por ahora, hay un sector de la oposición, de sindicatos y de organizaciones sociales que pueden participar de esta dinámica. Quizás más adelante ciertas políticas públicas ya implementadas funcionen como un corset, un cinturón de castidad, en el que una vez puesta la llave sea muy difícil plantear jugar a otra cosa. El acelerado endeudamiento y la política de “metas de inflación” son sólo dos ejemplos de ellas.

Siempre conviene volver a Weber. La dominación implica la probabilidad de encontrar obediencia a un conjunto de mandatos dentro de un orden, en este caso político. La dominación puede implicar, es deseable, disciplina: obediencia “pronta, simple y automática”. Pero lo que a Weber pareció preocuparle más es señalar que se trata de una construcción que requiere de legitimidad para sostenerse. Legitimidad que puede incluir, o no, consenso. El truco aquí es ver cómo hará Cambiemos para dotar de legitimidad su nueva idea de juego político.

En este esquema que se plantea, las nuevas  jerarquías y trayectorias sociales en política y nuevos (¿o son viejos?) temas implicarían, de ser efectivamente rutinizados, algo así como empezar a jugar al rugby en un lugar en el que -a no confundirse- no ya por doce, sino por cien años se jugó al fútbol. Por ejemplo: pasar de un sistema electoral donde los partidos políticos tienen mucho peso el día de las elecciones a uno donde “se baja el precio para que un partido chico pueda competir” (como lo dijo Mauricio Macri el otro día) es refundacional. Pasar de un sistema donde los jueces de la Corte Suprema se nombran en el Senado a otro donde se nombran por decreto es (hubiera sido) refundacional. Pasar a un sistema donde los sindicatos pasen a ser de representantes de los trabajadores contra los patrones a ser sus socios y cogarantes sería refundacional. Pasar de un país en el que todo el mundo protesta libremente, toma escuelas, hace huelgas y corta calles a un país en el que las personas que protestan mucho van presas, es refundacional. Pasar de un país en el que los trabajadores no permiten que nadie les diga que no pueden tener consumos de lujo a un país en el que los políticos les dicen a los trabajadores permanentemente que tienen demasiado y que no lo merecen, es refundacional. Pasar de un país en el que la educación superior es un derecho a un país en el que la mera existencia de universidades en funcionamiento debe ser justificada y explicada como si se tratara de un gasto de lujo, es refundacional. Pasar de un país en el que las políticas de memoria ubican a la última dictadura cívico-militar como un genocidio a un país en el que un funcionario por día debate el número de desaparecidos, es refundacional. Lograr un país en donde la identidad kirchnerista, que obtuvo el 30% del voto como piso desde 2005 hasta 2015, desaparezca por completo, sería también refundacional. Este es el espíritu refundacional de Cambiemos. Las refundaciones (o los intentos de ella) son, como el gobierno de Cambiemos, intentos de reescribir un país que se apoyan sobre el borramiento de otro país. Como las de la Generación del 80, la Revolución Argentina o la última dictadura militar. El actual gobierno aspira a ser un gobierno refundacional de derecha. Y como tal pretende, volviendo a Weber, modificar la dinámica de la dominación.

Cambiemos se acerca a su primer año en el gobierno. En esta etapa, se registran señales transparentes sobre su visión de la política y la dirección estratégica a la que apuntan, pero emergen también incógnitas respecto de su aplicación. Paradójicamente, una administración que alimenta la idea de ser portador de la eficiencia y la modernización estatal, ha tropezado en estos casi doce meses con diversos problemas de gestión. Está claro cuál es el rumbo general deseado, pero no siempre los medios elegidos han resultado efectivos. Ha atravesado “pequeñas” crisis: la fuga de los hermanos Lanatta, el retroceso en el nombramiento de los jueces de la Corte Suprema por decreto, las idas y vueltas con el tarifazo a los servicios públicos, la aplicación de políticas negadas durante la campaña electoral, el apoyo explícito  a Hillary Clinton en la elección de Estados Unidos. Pero de todas ha salido adelante sin mayores daños. Es cierto, la paciencia social suele ser amplia en el primer año de mandato de todo gobierno.

En ese contexto, el macrismo avanza en base a prueba y error, avanza buscando límites, pero avanza con mucha claridad, sobre todo a partir de las definiciones del Presidente, que es quien enuncia (con más claridad ideológica que sus propios ministros) un programa de derecha neta que hace reaccionar a los opositores de manera extrañada.

Por ejemplo, pese a todas todas las apuestas que circularon sobre inminentes renuncias o cambios en el gabinete luego de aquellas “crisis”, nada de ello ocurrió: no desplazaron a Patricia Bullrich, no se fue Juan José Aranguren a su casa, no cambiaron a Susana Malcorra. Pareciera ser que hay algo en el modo de construcción política (de la dominación), que no está respondiendo a los cánones que estamos acostumbrados. Ministros desprestigiados y habiendo cometidos gruesos errores, pueden seguir al frente de sus carteras. Hasta ahora, una Canciller que cometiera no uno, no dos, sino tres desaguisados seguidos debía dejar su puesto. ¿Por qué no lo hace? Puede ser que en este gobierno pese más la pertenencia a un pequeño círculo de confianza no sólo política sino también social que cualquier idea tecnocrática. Pareciera ser, insistimos, que algo cambió en el código.

Otro cambio de regla del fútbol al rugby. “Juntos todo es posible”. La aplicación de las generalidades al lenguaje político parece llenar la comunicación oficial. Mientras Cristina Kirchner dedicaba horas a las cadenas nacionales, para enviar mensajes políticos, pero también para explicar los motivos y los objetivos de una política pública determinada -todos ellos debatibles, opinables en democracia-, ese esfuerzo y producción están ausentes en el mensaje de Cambiemos. Ellos saben por qué lo hacen ¿La sociedad? Que acompañe. “Este es mejor sistema” dijo Mauricio Macri sobre el voto electrónico. Punto. Cambiemos tiene varios expertos en ciencia política que bien podrían aportar a la discusión desde el punto de vista de su partido. No lo hacen. ¿Porque no quieren o porque las leyes tienen que salir así, “porque lo pidió el presidente”?

Esta ausencia o debilidad argumentativa en el debate sobre el voto electrónico no constituye una excepción sino más bien un patrón de comportamiento que se dio en otras medidas, como en los tarifazos, los despidos en el sector público, o el veto presidencial a la ley anti-despidos. El gobierno promueve la idea de que reconoce los errores propios y que está dispuesto a corregir cuando se equivoca. Pero la lógica más bien parece la de avanzar lo máximo posible, y en todo caso, retroceder cuando la relación de fuerzas le resulta adversa.

Varios jugadores de la política de fútbol se han preguntado por qué avanza el oficialismo con el proyecto de voto electrónico justo en este momento, o por qué se decidió hacerlo sin buscar aliados claros, sin tener respuestas técnicas. Así como se han preguntado de manera extrañada cómo el presidente no reemplaza a la deslegitimada Susana Malcorra o a Juan José Aranguren. Bajo las reglas del fútbol un ministro deslegitimado es un ministro que representa un peso muerto en el gabinete. Sin embargo, bajo las otras reglas puede valorarse más la decisión de mantener un ministro aún en momento de crisis para “comunicar” decisión o para dejar más aún en claro que “lo pide el presidente”.

Inclusive hay desconcierto entre otros actores, por así decirlo extra políticos. Diarios y medios de comunicación se sorprenden de que el nuevo gobierno antes de inaugurar una nueva era de abundancia recortó la pauta publicitaria y condenó a la industria a nadar (los dos grandes) o hundirse. Pero, ¿no será tal vez que este gobierno prefiere activamente un campo mediático con menos jugadores? ¿Que la intención no es comunicar más sino, justamente, comunicar menos?

A veces da la sensación de que los demás jugadores del campo político, tanto peronistas como los mismos radicales aliados de Cambiemos, siguen jugando al fútbol.  Los aliados del radicalismo, ¿se dan cuenta de que la ley del voto electrónico va a volver mucho más prescindibles y por lo mismo “baratos” sus fiscales? ¿Se dan cuenta los sindicatos que no funciona el plan económico de Cambiemos sin -como lo han dicho los empresarios en todos los foros empresarios “reducir el costo laboral”-? ¿Se dan cuenta los movimientos sociales que no entran en el esquema de Cambiemos como “movimientos” sino apenas como gestores “clase B” no ya de “lo social” sino de “los pobres”?

Decíamos al principio que Cambiemos no quiere ser un gobierno más, sino que su intención es reinscribir la historia del país en clave refundacional. Se abre el interrogante de las posibilidades de éxito de este ambicioso proyecto. ¿Cuál es la base social con la que cuenta para su concreción? El estrecho margen electoral con el cual triunfó en las elecciones 2015, ¿constituyen una apoyatura sólida? ¿Macri fue elegido para llevar adelante, como él dice, un cambio no solo económico y político sino también cultural? Y por último, ¿en qué medida podrá asentarse un nuevo tipo de legitimidad si las transformaciones propuestas no son acompañadas por mejoras en el plano económico y social para las mayorías?

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Pensamientos poselectorales aleatorios

Por José Itzighsohn.

Al igual que la mayoría de mis amigos, estoy impresionado esta mañana por el resultado de las elecciones, temeroso sobre el futuro y preguntándome cómo explicar lo que ocurrió y qué podría significar una Presidencia de Trump. Entonces aquí van algunas reflexiones rápidas y aleatorias que reuní para tratar de darle sentido a las cosas.

1. La reacción blanca.

Parece claro que Trump ganó movilizando el resentimiento del electorado blanco. Los primeros números que he visto muestran que obtuvo una gran mayoría del voto blanco masculino, pero también obtuvo la mayoría del voto de las mujeres blancas. Algunas personas argumentan que esta es un voto de protesta de clase. Y que Trump se haya llevado el viejo “rustbelt” (ex Estados industriales) podría apoyar ese argumento. Pero el voto blanco a favor de Trump fue tan amplio que ha ido más allá del voto de los obreros manufactureros blancos y de las comunidades dejadas de lado por la globalización. Esto puede ser parte de la razón por la cual alguna gente votó a Trump, pero a mí me parece más una reacción a la Presidencia de Obama y al ascendente movimiento social de personas de color (Black Lives Matter o la oposición al oleoducto de Dakota). En la historia de Estados Unidos, cada avance de la gente de color, cada movilización de la gente de color se ha encontrado con una reacción racista blanca. Más aún, como Du Bois nos enseñó hace mucho, en este país (y en el capitalismo históricamente) clase y raza no han sido entidades separadas, la clase trabajadora siempre ha estado fracturada por la raza. La clase trabajadora blanca siempre ha elegido su identidad racial por sobre sus intereses de clase.

2. Los neoliberales demócratas.

Sin dudas que Hillary era una candidata con la suficiente calificación. Voté por ella y deseé que fuera nuestra próxima presidente. Pero también era una candidata muy débil. Era muy vulnerable a los ataques sobre sus correos electrónicos y las acciones de la Fundación Clinton y era percibida muy negativamente por el electorado. Sin dudas su imagen negativa era en parte el resultado del patriarcado y el sexismo (incidentalmente, han habido mujeres presidentes y primeras ministras en muchos países del mundo y sólo en este “faro de democracia” la perspectiva de una mujer presidente genera una oposición tan fuerte). Pero ella también era una candidata débil porque es parte del establishment y ha tenido lazos muy estrechos con Wall Street y las elites económicas. Clinton es el producto del Partido Demócrata que ella, Bill y sus aliados construyeron. Un partido neoliberal tecnocrático que ha abandonado a los trabajadores y los pobres. Un partido en el que ella reclamó la candidatura casi como un derecho natural. Con los números que vemos ahora -miércoles por la mañana- Clinton ganó el voto popular, pero obtuvo entre 1 y 2 millones de votos menos que Obama. Y perdió tantos estados que ganó Obama. Se habló mucho durante los últimos años sobre cómo las tendencias demográficas significaban una continuidad demócrata en la Presidencia. Pero demografía no es destino. Para ganar, tenés que mantener y movilizar a tus votantes y Clinton obviamente fracasó en esa tarea. Como muchos de mis amigos apoyé a Bernie Sanders y pensé que sería un mejor candidato. No sabemos qué hubiera pasado si Bernie hubiera sido el candidato (las encuestas sugieren que hubiera derrotado a Trump pero sabemos que las encuestas y los encuestadores estuvieron entre los grandes perdedores de la noche del martes). Los demócratas necesitan dejar ir al partido de Clinton. Estoy triste y lamento que Hillary no sea presidenta hoy, pero también tengo mucha esperanza de que los Clinton, todos ellos, se desvanezcan de la política nacional.

3. Deja-vu de 2000.

Hay un cierto deja-vu de 2000 en esta elección. Los votos que fueron a Jill Stein hubieran puesto Michigan y Wisconsin en la columna de Clinton (no así Pennsylvania ni Florida). Esta vez, el voto al tercer partido fue más complicado, porque Gary Johnson obtuvo más votos que Jill Stein. No sé si los votantes de Johnson usualmente votan al Partido Demócrata o al Republicano. Pero el voto a un tercer partido, sea al de Stein o Johnson puede haberle costado a Clinton la elección. De todos modos, nuevamente, eso marca las debilidades de la candidatura de Clinton y la incapacidad de los demócratas para mantener sus votantes.

4. El gigante dormido que despierta.

Antes de las elecciones se habló de que el voto latino iba a detener a Trump. Ese pudo haber sido el caso en Nevada. Pero los primeros datos que circularon en Internet sugieren que 30% del voto latino se inclinó por Trump. Dada la distribución geográfica del voto latino no creo que este voto a Trump tuviera impacto en los resultados fuera de Florida, pero ganar Florida fue una parte importante en el camino de Trump a la victoria. De cualquier modo, el punto importante es que el voto latino es muy heterogéneo (al igual que la población latina lo es). Y hay segmentos del electorado latino que por diferentes razones votaría al Partido Republicano, incluso por un candidato como Trump. Estos segmentos son una minoría,pero no una insignificante, y en cualquier evaluación de la demografía y las coaliciones políticas, este voto republicano latino requiere ser tomado en cuenta.

5. Instituciones arcaicas.

Esta es la segunda vez en 16 años que los demócratas ganan el voto popular y pierden el colegio electoral. Esto puede llevarlos a darse cuenta de que necesitamos deshacernos de él. Los republicanos, por supuesto lo defenderán porque generalmente los beneficia, pero si un gran partido realmente se convenciera de la necesidad de reformar el proceso electoral hay esperanza de que lentamente, con tiempo, las cosas puedan cambiar.

6. Encuestas y encuestadores.

Nate Silver podría ser el único no-votante de Trump que hoy está algo así como feliz (asumo que no votó por Trump). Fue fuertemente criticado por argumentar que los candidatos estaban prácticamente en un empate y en una situación volátil, mientras que otros encuestadores (y cientistas políticos) predijeron un fácil triunfo de Clinton. Silver fue así reivindicado, pero incluso él previó que Clinton ganaría. De la lectura de su sitio sólo había una encuesta seria que consistentemente tenía a Trump al frente (creo que era la de USC/Dornsife pero no estoy seguro). En cualquier caso, las encuestas y los encuestadores tuvieron grandes fallas durante todo el año (primero el Brexit, después el referendum colombiano y ahora las elecciones en Estados Unidos). Trump insistió en que las encuestas estaban erradas. No sé si fue una bravata o si veía algo que el resto de nosotros (y por ‘nosotros’ quiero decir mis amigos y yo) no. No sé si esperaba esta victoria o si lo tomó por sorpresa. Peor quizás sea tiempo de que dejemos de mirar las encuestas.

Hace cuatro años recuerdo la sorpresa de los estrategas republicanos cuando vieron a Obama ganar la reelección. Sinceramente pensaban que iban a ganar. “Nosotros” mirábamos las predicciones de Nate Silver y sabíamos que estaban errados. Pero fue una lectura completamente diferente de lo que estaba pasando lo que me llevó a pensar que la fenomenología de Shutz es relevante para analizar cómo entendemos nuestro mundo político. Esta vez ocurrió lo opuesto. Nosotros leíamos las columnas de Silver y pensábamos que íbamos a ganar y nos despertamos con una realidad que creo que ninguno de nosotros esperaba. Una vez más. No sé si Trump vio cosas que nosotros no vimos o si los resultados lo sorprendieron, pero mostró que una política que presenta una visión y apela al pueblo puede derrotar a las encuestas. En otras palabras, el populismo vence a las encuestas y los demócratas harían bien en aprender de esto al tiempo que tratan de organizarse para recuperar la presidencia, esperamos que más pronto que tarde.

7. Qué sigue.

¿Quién sabe? Pero nada bueno. Los republicanos controlan las dos Cámaras del Congreso y pronto solidificarán su control sobre la Corte Suprema. Y la representación republicana en el Congreso está llena de integrantes del Tea Party. Entonces podemos esperar una agenda política bastante reaccionaria. ¿Hará Trump algo por sus votantes de la clase trabajadora en términos de proteccionismo o desarrollo de la infraestructura? Necesitamos esperar y ver pero no lo creo. Podemos esperar el fin de los muy moderados esfuerzos de Obama por una reforma migratoria, una legislación anti-inmigración y la continuidad o expansión de las políticas de deportación de Obama. También podemos esperar un mayor crecimiento del estado de seguridad nacional y represión de la protesta política. Después de todo, Trump se definió a sí mismo como un candidato de “ley y orden”. Podemos esperar también ver un crecimiento del racismo y la violencia racial, luego de que Trump liberara el resentimiento racial blanco en la campaña. En relaciones internacionales, gerenciar el Imperio norteamericano, Hillary era un halcón pero uno predecible que mantendría el poder estadounidense dentro del statu quo global. Trump es una persona impredecible y vengativa al mando de los medios de destrucción más poderosos que haya visto la humanidad. Quién sabe, quizás será un aislacionista que dejará solo al mundo. De algún modo no lo creo. Creo que veremos un viaje global turbulento.

José Itzighsohn es sociólogo y profesor de la Universidad de Brown.

Debate Reforma Electoral en el Senado.

Se desarrolla un plenario de comisiones en el Senado de la Nación para debatir la Reforma Electoral.

En representación de tooooodoooo lo que estuvimos escribiendo aquí, expone nuestro compañero Tomás Aguerre, Senador Emérito de Artepolítica por Olavarría.

Sí, medio que nos tomamos en serio la cosita esta.

Miralo y escuchalo acá:

Algo más que márketing: implicancias reales de las “metas de inflación”

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(Nota del Instituto de Trabajo y Economía de la Fundación Germán Abdala, publicada originalmente aquí).

La semana pasada tuvo lugar un hecho económico de importancia central, que sin embargo, pasó prácticamente desapercibido. El lunes 26 de septiembre, el presidente del BCRA, Federico Sturzenegger anunció formalmente que a partir del año que viene Argentina adoptará un sistema de “Metas de Inflación” (de ahora en más, MI).

La Nota de Economía N°4 presenta los fundamentos centrales de este esquema. En MI, el objetivo principal y excluyente del BCRA es ubicar la tasa  de inflación en un nivel preestablecido por las autoridades. El mecanismo a través del cual se espera que esto suceda es mediante la administración de una tasa de interés de política. En otras palabras, si la tasa de inflación es alta, se espera que un aumento de la tasa de interés por parte del BCRA restrinja el nivel actividad económica llevando la inflación a su valor objetivo.

Antes de pasar a los anuncios de Sturzenegger, cabe destacar tres aspectos preliminares de la aplicación de MI. Primero, que bajo este régimen el resto de los objetivos que puede tener un banco central están supeditados a la baja de la inflación. Este no es un asunto menor, ya que el hecho de que las MI tengan como única prioridad el control de la inflación puede entrar en abierta contradicción con la Carta Orgánica del BCRA.

En efecto, el artículo 3 de dicha Ley establece un mandato múltiple para el BCRA, es decir que la autoridad monetaria “tiene por finalidad […] la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social”. Las MI, por el contrario, ponen foco únicamente en solo uno de estos objetivos, la estabilidad de precios.

Segundo, las MI no surgen de una esquema “monetarista” en sentido estricto. No obstante, este enfoque continúa respondiendo a una concepción ortodoxa de la economía, ya que interpreta a la inflación como un fenómeno eminentemente monetario. En efecto, para las MI la política de ingresos, la administración del tipo de cambio o los mecanismos de formación de precios vinculados a la puja distributiva no cumplen ningún papel en el control de la inflación.

Tercero, no se debe dejar de lado que habitualmente las MI no vienen solas. Suelen tener como “requisitos” flexibilidad cambiaria y equilibrio fiscal. Ambos elementos están presentes (y bajo presión) en el caso argentino. Esto quiere decir que las MI no solo determinan la orientación de política del BCRA, sino que condicionan casi la totalidad de la política económica del gobierno.

LOS ANUNCIOS DE STURZENEGGER

Entre las precisiones que dio el presidente del BCRA, vale la pena discutir las siguientes:

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ANUNCIOS Y POLÍTICA

En el discurso de presentación de MI, Sturzenegger dejo en claro su posición respecto del rol de la política monetaria y el BCRA. Para él las MI van a mejorar la distribución del ingreso y acelerar el crecimiento.Estas afirmaciones no tienen fundamento, ya que no hay evidencia empírica significativa sobre los efectos distributivos de las MI.

Cómo se afirma en la NdE4 “al “enmudecer” el conflicto distributivo y enfatizar el rol del banco central en la dinámica inflacionaria, el SMI es propenso a favorecer el poder empresario y sesgar regresivamente la distribución del ingreso. No debería sorprender que quiénes defienden los SMI suelen enfatizar la necesidad de desregulación del mercado de trabajo”.

Tampoco es cierto, tal como afirmó Sturzenegger, que las MI refuercen el crecimiento. Algunos trabajos lo único que indican es que reduce la volatilidad del producto, pero no queda claro porqué esto traería aparejadas mejoras en términos de bienestar. Lo cierto es que los intentos de reducir la inflación a través de impulsos recesivos tienen efectos depresivos sobre el nivel de actividad, que a largo plazo reducen el potencial de crecimiento de la economía y su capacidad para crear empleo.

Lo que sí está documentado es que las MI pueden mantener baja la inflación una vez que esta ya fue estabilizada. Es decir, aparentemente las MI tienen cierta efectividad para encapsular la inflación baja, pero no necesariamente son efectivas para llevarla a ese punto. Esto es importante porque la desinflación, si ocurriese el año que viene, estaría vinculada más a la apreciación apuntalada por un fuerte endeudamiento externo que a la aplicación de MI en sí.

Respecto de la creación del CPM, llama la atención su composición poco aperturista, que se aleja del espíritu observado en otros países con MI. Al respecto, es de notar que a pesar de tratarse de un cambio fundamental en el marco institucional donde se desarrolla la política económica, a diferencia de otros países con MI, no se dio ningún tipo de participación al Congreso de la Nación ni sea creó instancia alguna de discusión democrática.

Aunque estos aspectos “instrumentales” puedan parecer menores, para las MI son clave, ya que son una manera de fortalecer la “credibilidad” de la autoridad monetaria. En los hechos, la búsqueda de credibilidad no es más que un eufemismo para lo que realmente pretenden los bancos centrales que aplican MI, que es construirse una reputación de institución con capacidad de daño en la economía, y de este modo inducir un disciplinamiento de precios toda vez que la inflación se aleja de sus objetivos.

Es claro que el control de la inflación no debe ser monopolio de la ortodoxia económica. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que no es lo mismo tener un “Plan Antinflacionario”, tan necesario para la Argentina hoy en día, que “Metas de Inflación”. Lo primero es un programa de duración predeterminada orientado a alcanzar un objetivo específico, utilizando herramientas múltiples y apuntando a ocasionar los menores costos posibles en términos de actividad y empleo. Lo segundo es, como se vio, una regla de política integral que se aplica de modo extendido en el tiempo, de consecuencias distributivas potencialmente nocivas, y efectos impredecibles en términos de empleo. Es sobre todo el carácter permanente de las MI lo que hace que la discusión respecto de su implementación deba transcender la esfera del Poder Ejecutivo Nacional.

#NOSOTRASPARAMOS #NIUNAMENOS #VIVASNOSQUEREMOS

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Trump y Clinton se subieron al ring de la telepolítica

 

Por Por Leandro Morgenfeld

(@leandromorgen Docente UBA. Investigador Adjunto del CONICET. Autor de Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las conferencias panamericanas, de Relaciones peligrosas. Argentina y Estados Unidos y del blog www.vecinosenconflicto.blogspot.com)

 

 

 

Estados Unidos, la cuna del showbiz, logró hace medio siglo transformar también la política en un espectáculo. Desde el famoso primer debate televisado, el 26 de septiembre de 1960, en el cual el joven y carismático John F. Kennedy descolocaba a Richard Nixon –rehusó maquillarse, transpiró exageradamente, se mostró nervioso-, casi todos comprendieron que, para la telepolítica, a veces una imagen o un gesto valen más que mil palabras. Scioli lo padeció en carne propia, cuando el saldo de Argentina Debate fue el nada espontáneo beso que Juliana Awada le estampó al final a Macri, viralizado luego por el aceitado aparato de propaganda comandado por Durán Barba.

 

El lunes por la noche asistimos a una suerte de Super Bowl de la política estadounidense, promocionado como el debate presidencial con más audiencia de toda la historia –más de 80 millones de televidentes-, superando el récord de 1980, cuando el actor devenido en político, Ronald Reagan, superaba a James Carter, imposibilitando su reelección e inaugurando una ofensiva neoconservadora que se prolongó por más de una década.

La expectativa era mayúscula: el desafiante Donald Trump, magnate de la especulación inmobiliaria, cuya fama se multiplicó gracias al reality “El aprendiz” (aquel en el que iba despidiendo participantes con el latiguillo You are fired!) iba a enfrentar a la incombustible Hillary Clinton, última sobreviviente de uno de los dos clanes políticos que dominaron la escena política en Washington en la posguerra fría. Contra todos los pronósticos, la candidatura del republicano no sólo no se desplomó al ritmo de sus ya casi cotidianos exabruptos, sino que llegó al primer debate casi igualando a su rival en intención de voto, según revelan las encuestas, esa otra gran pasión estadounidense.

El reciente desvanecimiento de Hillary, durante los actos del 11 de septiembre, pusieron el tema de su salud nuevamente en primer plano. Donald insistió en que esta mujer no tenía el temple para ser presidenta, menos Comandante en Jefe de las tropas imperiales. ¿Aguantaría Hillary los 90 minutos de un combate a 6 rounds, con las punzantes chicanas con las que Trump fue demoliendo a cada uno de sus contendientes en la interna republicana? Sí, lo hizo. Y salió airosa. Si el empresario tuvo un comienzo auspicioso, que auguraba al menos una victoria por puntos, luego de los primeros 30 minutos perdió la iniciativa, y Hillary logró colar tres o cuatro comentarios irónicos de su estudiado guión. Estas estocadas pusieron nervioso a Trump, al punto tal que terminó levantándole el tono al moderador del debate, cuando lo contradijo en relación con su apoyo a la invasión a Irak en 2003.

 

Enumeremos algunas impresiones sobre la carrera electoral, luego del mojón que implicó este primer debate.

 

1. Hay que tener en cuenta ciertas características singulares del sistema electoral estadoundiense. En primer lugar, el voto no es obligatorio, por lo cual para la demócrata será clave saber cuántos de los espantados con Trump finalmente irán a votarla, siendo que ella también cosecha un altísimo índice de rechazo. 

2. No hay sólo dos candidatos, sino cuatro con cierta relevancia. Gary Johnson, del Partido Libertario, y Jill Stein, del Verde, suman más de 10% de intención de votos, según las encuestas, aunque el sistema bipartidista no les permite participar en los debates, por lo tanto habrá que ver cuántos de esos votantes terminan optando por un voto “útil” a Clinton, considerándola el mal menor.

3. La elección no es directa, sino a través del colegio electoral. No gana el que más votos populares obtenga, sino el que consiga al menos 270 de los 538 electores. Y, quien se impone en cada estado, se queda con el 100% de los representantes: no hay reparto proporcional. Entre 30 y 40 estados son electoralmente previsibles: son siemrpe rojos (republicanos) o azules (demócratas).a elección la definen los otros 10 a 12 swing states, o sea los oscilantes. Allí se concentrarán en las próximas seis semanas los actos proselitistas y los centenares de millones de dólares que aceitan la maquinaria de la plutocracia estadounidense.

4. Ambos candidatos pertenecen, con matices, a la familia neoliberal y, más allá de lo que digan en la campaña, no van a modificar los lineamientos fundamentales del llamado “gobierno permanente” de Estados Unidos. Sin embargo, ésta es una elección atípica desde el inicio, lo cual plantea prevenciones frente a los análisis tradicionales.

5. En al campo demócrata, pese al apoyo compacto que la ex primera dama recibió por parte de su partido y sus multimillonarios aportantes, Bernie Sanders –el único senador extrapartidario de la Cámara Alta- cosechó el 46% de los votos en las primarias, obligándola a modificar en parte de discurso. Hillary, a diferencia de lo que le ocurrió con Obama hace 8 años, esta vez salvó la ropa, pero tiene un problema: como encarna al establishment político de Washington, muchos jóvenes entusiasmados por la retórica socialista del senador de Vermont se muestran renuentes a movilizarse y hacer campaña en favor de quien es considerada una  representante del 1% que gobierna contra el otro 99%.

6. Existe un extendido hartazgo hacia el sistema político y económico norteamericano. El tema es cómo y quién lo canaliza. Trump trata de presentarse como un outsider para capturar el voto anti-política, traccionando a su favor el rechazo al establishment de Washington, tan bien retratado en la popular serie House of Cards. En el debate, Trump acusó a Clinton de ser parte de quienes gobiernan hace 30 años, responsables de la crisis de empleo que derrumbó el American dream. Más allá de sus comentarios misóginos, xenófobos y favorables a la libre portación de armas sin regulación estatal, que tanto nos indignan y que encuetran eco en un sector no menor de la sociedad estadounidense, lo cierto es que Trump promete la defensa de los puestos de trabajo en Estados Unidos (5 millones de empleos fabriles perdidos en últimos 15 años, por eso dice rechazar el NAFTA y el TPP). Sobre ese sensible tópico versó su intervención en los primeros minutos del debate, insistiendo en que no va bien la economía de Estados Unidos, como pretenden exhibir Obama y Clinton.  Los más de 45 millones de pobres que viven en la principal potencia del mundo parecen darle la razón, al menos en esta parte del diagnóstico.

7. Si uno se quedara sólo con el debate, no habría dudas de que Clinton debería ganar. Ahora bien, hay que confrontar las propuestas apenas moderadamente progresistas que exhibió ante Trump (más impuestos a los ricos, garantía estatal de ciertas prestaciones en salud y educación, respeto a las minorías, reivindicación de las mujeres, regulación de la portación de armas, tolerancia hacia los inmigrantes) con su larga trayectoria como senadora y Secretaria de Estado. Como recuerda en un reciente artículo John MacArthur, director de Harper’s Magazine, la biografía política de Hillary dista de ser progresista: votó la invasión a Irak en 2003 (a diferencia de Obama o Sanders), dio tres discursos por 225.000 dólares cada uno ante banqueros de Goldman Sachs, apoyó siempre los tratados de libre comercio (fue la que negoció la firma del Acuerdo Transpacífico –TPP-, aunque ahora diga que se opone), impulsó el bombardeo contra Libia, alentó inicialmente a los islamistas radicales en Siria, fue parte del Consejo de Administración de WallMart entre 1986 y 1992 –de fuerte historial antisindical-, junto a su marido, apoyó la desregulación de WallStreet en los noventa, y el giro del Partido Demócrata, que abandonó por aquellos años cualquier atisbo de defensa del estado benefactor. O sea, por más que, frente a Trump, Hillary aparezca como una cándida exponente de la socialdemocracia, en realidad es una fiel representante del llamado “gobierno permanente” de Estados Unidos, aunque para la campaña deba travestirse de progresista. 

8. A esas contradicciones de su rival apuntó reiteradas veces Trump en el debate: lindas tus palabras, Hillary, pero son sólo eso, palabras. También le recordó que los afroamericanos estaban cansados de ser cortejados, cada cuatro años, para luego ser abandonados sin más.

9. Ese es otro de los datos a tener en cuenta para analizar el pulso de las elecciones. Si en la campaña vernácula los candidatos le hablan a un “argentino medio”, y prima lo políticamente correcto, según el sentido común establecido, en el caso de la sociedad estadounidense, mucho más diversa y fragmentada, cada uno le habla a su base electoral. O a su teleaudiencia. Trump pretende algo que para muchos es imposible: ganar con el voto de los hombres blancos de la “América profunda”. Clinton, en cambio, quiere ampliar el apoyo que cosecha entre las mujeres y las minorías: afroamericanos, latinos, musulmanes, LGBT. Las campañas, los actos, los discursos, las apelaciones, son segmentadas. El problema que concitan estos debates es que son una de las pocas instancias en las que hay que hablarles a todos los “nichos” electorales al mismo tiempo.

10. En síntesis, no hubo knock out el lunes. Para la mayoría, ganó Hillary, o al menos superó la tan temida prueba de fuego. Pero los balances no son homogéneos. Trump se encargó personalmente, vía twitter y en las primeras horas del martes, de mostrar sus propias encuestas, que lo daban como triunfador. La campaña sigue. El martes 4 de octubre se producirá el único cruce entre los vices: Tim Kaine, ex gobernador de Virginia, de perfil similar al de su compañera de fórmula, y Mike Pence, el ultraconservador evangelista que eligió Trump para asegurar el apoyo de la base de su partido, que reniega de ciertas desviaciones liberales del magnate. Luego habrá un segundo combate entre los pesos pesados, Trump y Clinton, el 9 de octubre. Y, como no podía ser de otro modo, el round final se peleará en Las Vegas, diez días más tarde.

Alguien dijo alguna vez que en las elecciones de Estados Unidos debería votar el mundo entero. No eligen sólo a su presidente, sino a la cabeza del gendarme planetario, al conductor del imperio del capital. Eso explica, en parte, por qué la contienda Trump-Clinton concita tanta atención mundial. Y, con todo lo que los distingue, ambos candidatos son fieles exponentes de la clase dominante estadounidense. Hasta hace poco, además, no se llevaban tan mal. Trump, por ejemplo, aportó 100.000 dólares a la controvertida Fundación Clinton en 2009. Y Hillary y su marido se ubicaron en la primera fila cuando Donald se casó, hace una década, con su escultural esposa, Melania.

Por último, una pregunta recurrente: ¿qué le conviene a América Latina y a la Argentina? ¿Trump o Clinton? Ninguno de los dos. Ambos continuarán con la estrategia secular de mantener el dominio en su patio trasero, fomentando la fragmentación de los países latinoamericanos y manteniendo lo más lejos posible a las potencias extra hemisféricas. A diferencia de Sanders, muy crítico en este aspecto, ni Trump ni Clinton se propusieron modificar esos lineamientos históricos. El republicano podría generar un crecimiento del sentimiento anti-yanqui (como ocurrió con bush hijo) por su xenofobia y su estigmatización de la población hispana. El triunfo de Hillary implicaría una continuidad de las políticas interamericanas de Obama –por eso Macri y Malcorra la prefieren-, pero con una posición más dura respecto a los países no alineados. En síntesis, si con Obama hubo expectativas, luego frustradas, ahora ni eso. Analizando la oferta electoral, es difícil tener esperanzas frente a la contienda que se resolverá el 8 de noviembre.

 

¿Voto cantado?

Por Nicolás Tereschuk y Tomás Aguerre.

Una nota reciente de la revista Time en su sitio web nos da  información, con mapa interactivo incluido, sobre el cruce de dos variables: por un lado, qué sistema de votación usa cada condado de los Estados Unidos. Y por el otro, cuál fue el resultado de los últimos comicios presidenciales allí.

 

El resumen de la información no deja de ser sorprendente:

Otros 40 millones de votantes, más o menos el 30 por ciento, utilizará algún tipo de voto electrónico:

Ahora veamos la otra variable. Nos cuenta Time, dato que nos llama la atención por demás:

Sin hacer lecturas lineales sobre un tema tan complejo, sí debería quedar claro que los sistemas electorales pueden moldear más o menos las preferencias de los electores. Con el sistema actual hemos tenido presidentes y legisladores nacionales de distintos partidos y orientaciones políticas. ¿Podemos garantizar que si cambiamos de sistema esto va a seguir siendo así? ¿En qué medida? ¿Los legisladores de todos los partidos se tomaron el tiempo para evaluar esto? ¿O estamos haciendo el mayor cambio en el sistema de votación en un siglo de apuro?

El artículo de Time señala también una cuestión interesante y poco debatida hasta ahora en la Argentina: el voto electrónico no sólo puede ser un problema en términos concretos, por los riesgos y problemas que puede ocasionar, si no también por las percepciones más en general sobre el sistema político y electoral. Merle King, directora del Center for Elections Systems de la universidad de Kennesaw le dice a Time: “si sucediera algo, incluso en una pequeña escala, que comprometa la percepción de la gente sobre la legitimidad de la elección, eso sería lo peor que podría pasar, un suceso terrible”.

Un experto en seguridad informática que demostró hace poco durante una nota con la CNN de qué manera se puede multivotar con una sola boleta electrónica, al ser consultado sobre cuál es su peor temor sobre los riesgos del voto electrónico dijo: “que se ponga en cuestión el sistema”.

Otro especialista es consultado en esta entrevista y dice: “no hace falta provocar un incidente, alcanza con crear la sensación de que pudiste haber ingresado al sistema y eso sólo ya hace sentir a cualquiera menos seguro con la tecnología que usa para votar”.

Si el voto electrónico puede provocar potenciales sesgos sobre la participación, el resultado y la legitimidad de la propia elección, ¿alcanza con decir que en Brasil creció la participación por el sistema o es necesaria un poco más de evidencia para un tema fundamental que hace a la base de la democracia?

Brasil: cómo es eso que la votaron 54 millones y la destituyeron 61

por Leila Mucarsel. 16108788

Entre los países de América Latina, Brasil fue el que consiguió llegar más lejos en el proyecto original de industrialización y el que enfrentó las mayores desigualdades de la región; hasta hace muy poco, era considerado como el país que reunía las mejores condiciones para el salto en dirección al desarrollo.

No menos importante, lo hizo con un proceso de inclusión social nunca antes visto en la historia de ese país bajo la consigna: “un país rico es un país sin pobres”, y más de 30 millones de ciudadanos brasileros dejaron de serlo. Este proceso se vio interrumpido por una crisis política y económica que se coronó con el reciente juicio político a Dilma Rouseff.

Existe una voz fuerte en la región y el mundo que ha denunciado los motivos eminentemente políticos de este proceso. Para apoyar esta hipótesis, basta con escuchar las declaraciones de los senadores que la juzgaron. Como sabemos, lejos de ser este un problema institucional, se trató de un problema político: no fue el combate por la corrupción ni la defensa de la democracia lo que motivó al golpe de estado, sino por el contrario, el objetivo fue la perpetuación y la ampliación de poder de las elites. En ese marco, consideramos central indagar en torno a qué mecanismos institucionales fueron los que posibilitaron el avance de estos procesos que han sido calificados como destituyentes porque desoyen el voto de las mayorías pero algunos sectores defienden argumentando que se cumplió el “debido proceso” y los “procedimientos institucionales”. “Las instituciones brasileñas fueron testeadas hasta su límite, y funcionaron sin rupturas — el Legislativo y el Judicial utilizaron su poder moderador sobre el Ejecutivo”, afirman desde estos sectores.

La gravedad de lo sucedido debe llevar a preguntarnos qué características tiene la institución de impeachment en Brasil y el resto de los países de Latinoamérica. Otro tanto debemos hacer con las instituciones de manejo presupuestario, la responsabilidad fiscal y la articulación entre el Estado y la banca pública. Es hora de repensar estas instituciones y analizar en qué medida es funcional a proyectos conservadores, tarea pendiente de los gobiernos de la década pasada.

En la constitución de Brasil se prevé la posibilidad de juicio político, y en la “ley de impeachment” de 1955, se expresa que el mismo procederá cuando un acto de un funcionario amenace la vigencia de la constitución, tipificando una serie de actos que son llamados “crímenes de responsabilidad”.

La denuncia a Dilma no fue por corrupción como quieren hacerle creer a los pueblos sino que, como no pudieron culparla por ningún acto de corrupción, denunciaron que la ex presidenta había incurrido en uno de estos crímenes de responsabilidad. Desde que Dilma asumió por primera vez el poder en 2011, se habían producido aproximadamente treinta peticiones para destituir a la presidenta de Brasil, una de ellas salió adelante liderada por el apoyo del presidente del Congreso Eduardo Cunha. No es casual que esto haya procedido en paralelo con la decisión política de Dilma de avanzar con las investigaciones en torno al “Lava Jato” en el quedó fuertemente incriminado Cunha.

¿De qué se acusa a Dilma?

Las acusaciones son dos: 1) Ampliación del presupuesto público sin pasar por el Congreso: En su defensa, Dilma argumenta que estos decretos no ampliaron sino que solo redistribuyeron gastos. Los decretos de líneas de crédito adicional en nada violaban la Ley de Presupuesto, la Ley de Directrices Presupuestarias ni la Ley de Responsabilidad Fiscal. Fueron actos en plena conformidad con la autorización legislativa concedida al Ejecutivo.

2) Maniobras o “pedaleadas” fiscales: el Gobierno retrasó una transferencia al Banco de Brasil para el pago de un programa de crédito agrícola (Plan Safra). Debido al retraso, el banco les pagó a los agricultores con recursos propios. Aunque el Gobierno restituyera luego el dinero al banco, la práctica fue denunciada como una pedalada (un intento de maquillaje fiscal). Dilma alega que estas maniobras son, sencillamente, retrasos en los pagos, y no préstamos. “Desde la entrada en vigor de la Ley de Responsabilidad Fiscal, nunca se había contemplado el entendimiento que los eventuales retrasos de pago en el suministro de los servicios realizados por los bancos públicos, en favor del gobierno federal, deben entenderse legalmente como “operaciones de crédito”. El Gobierno firmó decretos de crédito suplementario en 2015 sin la autorización del Congreso. El Gobierno ya había admitido que no conseguiría cumplir la meta fiscal de aquel año por lo que la acusación de que se hizo para cubrir el déficit se cae por sí sola.

Si observamos, no hubo, por lo tanto en este caso, ninguna conducta ilícita y grave capaz de formar un “atentado” a la Constitución configurando crimen de responsabilidad. En palabras de Dilma, “soy la primera presidenta en la historia en ser depuesta por un tema administrativo-presupuestario”.

Dos reflexiones para iniciar el debate

En primer lugar, Hamilton, en los papeles de El Federalista, argumentó a favor de un juicio político diseñado a partir del Poder Legislativo con exclusión del Poder Judicial. En cuanto a la causa de su puesta en acción, en los Estados Unidos se sostuvieron dos perspectivas que reflejaban la filosofía de dos pensadores británicos. Según la óptica de Lord Blackstone, el impeachment era un instrumento que sólo podía ponerse en funcionamiento ante la violación de una ley bien establecida. Edmund Burke sostenía, en cambio, que el impeachment debía incluir también los casos de abuso de autoridad y abuso de confianza de los funcionarios. En esta línea, cabe preguntarnos si optar por esta última perspectiva no tiene el riesgo de transformar el juicio político en un elemento de intervención entre poderes, tergiversando su rol como mecanismo de “control constitucional”.

Se trata de una de las pocas ocasiones en la que una función cuasi jurisdiccional es ejercida por un poder diferente al judicial, y por esa razón, se recurre al término “político” porque político es el órgano que lo lleva a cabo (…). Se sostiene al respecto que: “los instrumentos constitucionales para el control político del poder representan una garantía de libertad, y por lo mismo, no pueden estar sujetos a la aplicación discrecional, confidencial y circunstancial que supone la adopción de acuerdos entre los agentes políticos” (Acuña, 2012). Ahora bien, ¿es posible garantizar que esto no va a suceder? Lo ocurrido en Brasil –sumado a los antecedentes de Paraguay y Honduras- parece decirnos a gritos ¡No! Estamos obligados a pensar otros mecanismos de control constitucional más vinculado a la democracia participativa que a la representativa como plebiscitos, llamados a elecciones directas posteriores al juicio políticos son caminos que creemos vale la pena explorar.

En segundo término, es necesario repensar los instrumentos como las leyes de presupuesto, y responsabilidad fiscal, así como profundizar el debate acerca de la relación Estado-Bancos Públicos en nuestra región.En contextos caracterizados por la complejidad y el cambio constante, nuestros presidentes requieren de herramientas que les permitan accionar en la economía con rapidez. En este sentido nos preguntamos si instituciones que son hijas de un tiempo de primacía neoliberal no deben ser revisadas a la luz de la experiencia en la pasada década. No se trata de eliminar herramientas que tiendan a la transparencia y la rendición de cuentas, que son por el contrario cada día más necesarias para evitar procesos de corrupción, pero sí de perfeccionar estos mecanismos para dar cuenta de los nuevos contextos y necesidades.

Si entendemos la necesidad de “recursos de poder” (Fraschini, Tereschuk, 2015) por parte de los líderes latinoamericanos como factor clave a la hora de sostener la estabilidad y defender el bienestar de los pueblos, comprenderemos la importancia de revisar estos mecanismos institucionales a la luz de la experiencia reciente.

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Nueve meses para atrás

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En estos nueve meses de gobierno de Mauricio Macri se nos inscribieron algunas certezas, algunas intuiciones y algunas perspectivas a futuro referidas a cómo gobierna el Presidente, eje central en la dinámica política de un país como la Argentina.

Si intentáramos resumir estas ideas, podrían plantearse de esta forma:

Lo que sabemos:

  1. “¿Nueva derecha?”:  El gobierno de Mauricio Macri se compone y se mueve como un gobierno de derecha clásico en la Argentina. Lo “corto” de su rango de políticas públicas aceptables o aun pensables, el concepto que tiene del Estado y de la historia nacional y, simplificando, el acento en el habla de sus principales funcionarios -correspondiente a no más de tres barrios de la Ciudad de Buenos Aires- completa el resto del panorama. Tomando una idea de Guillermo O’Donnell de la década del 70, podría decirse que la clave para comprender esta realidad no está en si el PRO plantea un Estado más grande o más chico, sino que ese Estado -tenga el tamaño que tenga- buscará sostener, alentar y expresar los intereses de las grandes empresas -locales y extranjeras-. En la “salud” de esos sectores, se reflejará la “salud” del país. No hay novedad en esa derecha. No le demos vueltas, porque siempre encontraremos lo mismo..

2. Modelo económico de exclusión, políticas sociales que no compensan. En estos primeros nueve meses se observa que las principales medidas tomadas en el plano económico y productivo estuvieron destinadas y tuvieron como consecuencia incrementar los beneficios empresariales, especialmente los de sus fracciones más concentradas del capital agropecuario y financiero así como las grandes empresas que fabrican y venden productos de consumo masivo (desde La Serenísima, hasta las cadenas de supermercados). Es un gobierno de CEOs y para CEOs, que concibe que la función económica del Estado debe ser, centralmente, la de instaurar óptimas condiciones para promover la tan anunciada -y hasta ahora postergada- lluvia de inversiones. La prioridad es llenar el bolsillo de los poderosos, luego ellos se encargarán de “derramar” sus beneficios en ayuda social. ¿Les suena? Nada nuevo bajo el sol. En ese marco, son prácticamente inexistentes las políticas económicas que buscan ampliar al colectivo de “beneficiarios” y la política social destinada a los sectores más vulnerables resulta insuficiente, al ser incapaz de revertir las consecuencias nocivas de un modelo económico excluyente y con un claro signo regresivo en materia de distribución del ingreso.

3. No son republicanos, ni institucionalistas: Las oposiciones que se enfrentan y se enfrentaron a los gobiernos del “giro a la izquierda” registrado en Sudamérica en la primera década de este siglo, no han sido “portadoras de institucionalidad” en la mayoría de los países. Y el macrismo no es una excepción. En un país en el que las reglas no se aplican tal como lo marca la norma escrita, o la norma misma es permanentemente modificada, aquella oposición ahora en el gobierno es otra expresión de esa realidad. Repasemos: Jueces de la Corte a los que se intenta nombrar por decreto; DNUs varios para modificar leyes profundamente discutidas; temas “tabú” para los “viejos” partidos políticos como meter mano en los datos de la ANSES con fines electorales; el impulso al mayor cambio en la manera de votar en cien años; prisión por motivos políticos a la dirigente indígena Milagro Sala; el incremento de la autonomía de las Fuerzas Armadas a través de la derogación de un decreto de Raúl Alfonsín; la utilización de la ley conocida como “antiterrorista” para apresar a un twittero que hizo un chiste; un protocolo para la actuación de las fuerzas de seguridad que limita el derecho a la protesta dando prioridad al llamado “derecho a circular”; intervención sobre áreas en las que el Gobierno central históricamente respetó la autonomía garantizada por ley, como el Conicet. Ejemplos que no hablan de un gobierno con apego a las instituciones, sean estas cuales sean, y que desde una mirada estrictamente institucionalista podrían considerarse como mecanismos para “inclinar la cancha” a favor del oficialismo. Es decir, lejos de iniciar un camino a una institucionalidad previsible, seguimos en la misma lógica que este gobierno cuando era oposición criticaba de forma sistemática. Ni republicanos, ni institucionalistas.

4. En pocos meses generaron -por acción u omisión- retrocesos en cuestiones que algunos creían saldadas, como la política de derechos humanos: resulta ser que, al contrario de lo que muchos postulaban, los juicios sobre la dictadura sí tienen ateos; el “revisionismo” de un proyecto fuertemente ideológico ha llegado a querer discutir la política de Derechos Humanos, la política migratoria, la política de derechos del trabajo -entre otras- que se habían construido no en doce sino en treinta años. Hablamos aquí de las políticas sobre las que no hubo grandes polémicas durante la campaña electoral ni en años anteriores. Sin embargo, se trata no casualmente de tres temas que la derecha argentina ha cuestionado por décadas. En esto también el gobierno se parece mucho más a una derecha clásica que a una derecha moderna.

5. El Gobierno tiene problemas manejando su ala dura empresaria: El macrismo ha generado, en lo que va de su primer año, más éxitos en el terreno “político” que en el “económico”. En la Argentina del PRO han aportado más a la “gobernabilidad” el peronismo y los gremios -actores centrales de la oposición- que los empresarios -actores centrales del oficialismo-. Hasta hoy, y a contramano de una lectura simplista, vuelve a ser el peronismo en la oposición el garante de gobernabilidad, tanto en el Congreso como en el ámbito gremial tradicional. Esto genera una serie de problemas en la dinámica política del gobierno, porque una gestión en la Casa Rosada puede ser de derecha o de izquierda en la Argentina, pero ante todo, tiene que funcionar. Es decir, debe poder presentar una serie de resultados tangibles y con perspectivas de proveer rédito político. Debe hacer goles.

6. No hay “halcones” y “palomas”. Hay “alópatas” y “homeópatas”: En un gobierno que es “duro”, “intenso” y bastante homogéneo en lo ideológico, la disputa principal no es entre “halcones” y “palomas” o “políticos” y “técnicos”. En el contexto de un gobierno de derecha, hay un sector más vinculado a “cómo-se-hacen-las cosas-habitualmente” -más amigo de relacionarse de una cierta manera con los medios, la Justicia, los Gobernadores, los Intendentes, los Gremios, la Ley, los Usos y las Costumbres-. Sector este al que llamaremos “alópatas”, más amantes de la “medicina tradicional”. Y otro más vinculado a una cierta idea liviana de “innovación”, de “no escuchar al ‘círculo rojo’” -ni a nadie-, de “uso de las nuevas tecnologías” y ruptura de ciertos canales de flujo de información y bienes materiales. A este último lo llamaremos “homeópatas”. El nombramiento de jueces de la Corte por decreto, la forma y la intensidad del fallido aumento de tarifas, el uso juguetón de la tecnología, el denominado “timbreo”, el uso liviano de las palabras, forman parte de esta lógica, donde también entran la dinámica CEO y empresarial para abordar temas de Estado. En un gobierno ideológicamente intenso se trata de dos formas de aplicar la misma receta.

7. ¿Endeudamiento o ajuste? Una falsa dicotomía. El gobierno ha insistido públicamente en que su estrategia económica es el gradualismo. Según el diagnóstico oficial, el bajo nivel de endeudamiento heredado ofrece al país la posibilidad de salir a tomar deuda y con ello evitar severas políticas de ajuste (la “buena herencia” del kirchnerismo a decir de uno de los conspicuos lobbystas de la derecha argentina). En función de ello, en estos meses aumentaron significativamente los niveles de deuda no solo del Estado nacional sino también de muchas administraciones provinciales. Sin embargo, en paralelo, asistimos a una pronunciada caída del salario real (del orden de los 12 puntos, según CIFRA) junto con un aumento en los niveles de desempleo. La conclusión que se deriva de esta situación debe ser aleccionadora para el futuro inmediato: el endeudamiento viene acompañado con políticas de ajuste. Así lo atestigua nuestra propia historia. Ello explica también la voluntad del gobierno, cada vez más explícita y manifiesta, de reducir los costos salariales como forma de dar sustentabilidad a su modelo económico. Otra vez las huellas de la derecha tradicional marcan el camino a recorrer.  

8. Empeoraron todos los indicadores sociales, sea cual sea la línea de base que se tome: Todo lo que había que mejorar está peor, no nos vamos a extender en esto. Cuando aparezcan los “brotes verdes” sociales con respecto a 2015, en diciembre por ejemplo, charlamos.

9. El núcleo de su agenda es menos poder al trabajador: Los ojos inescrutables de los trabajadores que escuchan al Presidente detrás de él en la mayoría de sus presentaciones públicas no dejan de llamar la atención. Uno puede preguntarse para qué insistir con estas escenografías en donde trabajadores y trabajadoras, aparentemente incómodos, deben escuchar, mansos, que se hable mal de ellos, de sus actitudes, de regulaciones que los protegen. No es una imagen que transmita alegría o apoyo. Pero tal vez esa imagen es lo que se busca transmitir. Hoy por hoy esa es la relación de fuerza: un gobierno que avisa a los trabajadores cuál es el lugar “que les correponde”. La imagen dice más que mil políticas. Eso sí, no deja de sorprender que el presidente en ningún momento desde que asumió, al menos en relación con los laburantes, se pudo sacar la camiseta de empresario.

10. Chiquititas políticas: A la hora de dirigirse al conjunto de la sociedad, las políticas públicas del macrismo son chiquitas y lentas. Preciocistas, detallistas, pululan los “programitas”, pequeñas acciones donde hay muchos powerpoints y banners y consultoras y ONGs pero pocos efectos. Los medicamentos fuertes suelen tener efectos adversos pero también efectos positivos. Se ven muchas políticas públicas destinadas a los que no pueden esperar, a los que se aborda como si pudieran hacerlo. Cheques por e-mail, “ley de góndolas”, devolución del IVA por posnets, una página de Precios Claros en donde una persona puede confirmar que paga 10 pesos más por su manteca que en Formosa o averiguar que la leche en polvo más barata está en Córdoba, páginas web con información de cuántas empresas se crearon, leyes de “emprendorismo” en medio de una recesión: todo esto suena a que la conexión con las demandas sociales que el macrismo planteaba en la campaña electoral no parece estar en sus mejores niveles. El gobierno todos los días anuncia la realización de “cosas” cuyo impacto es mínimo. Este modo de hacer política genera dos situaciones: por una parte seguimos sin conocer por boca de quienes conducen el Estado cuál es el puerto hacia donde nos quieren llevar, en qué modelo de país estamos pensando (recordemos aquello de lo imperioso de las “políticas de Estado”). Segundo, queda por verse si de la acumulación de “cosas” resulta una política pública para mejorar la vida de las mayorías.

Opiniones:

  1. No tienen el “acceso privilegiado” que afirman tener a gobiernos ni inversores extranjeros. Sólo el normal en un gobierno de liberal de derecha. Las inversiones no llegan y es normal. Sus acciones son evaluadas y reevaluadas por los inversores que dicen fijarse en los gestos pero sobre todo se fijan en los números. Así es que se registraron más inversiones en los buenos años del kirchnerismo que en la totalidad de los años del menemismo. No es magia. Son ciclos. Sumado a ello, quienes invierten lo hace con años de antelación y miden sobre todo dos puntos: el conflicto social existente y el consumo probable. Dos elementos que hoy el macrismo le cuesta mantener ordenados.

2. No tienen una estrategia de inserción internacional. Imaginan un mundo unipolar y monocorde que ya no existe. Plantean una “vuelta al mundo” en un planeta hostil y cambiante, lleno de trampas por todos lados, en el que casi nadie tiene una hoja de ruta clara. Mal tiempo para ser ideológico en un mundo de pragmáticos.  Por ejemplo, al asumir el gobierno tomó una postura de confrontación con Rusia y China, la cual tuvo que revisar rápidamente. El gobierno argentino impulsa el libre comercio cuando el proteccionismo parece regresar al Zeitgeist político en EEUU y varios países europeos, inclusive Gran Bretaña. Su política hacia el Pacífico ya no está en la línea de las propuestas de los dos candidatos presidenciales estadounidenses: es casi seguro que el Trans Pacific Partnership no sea aprobado por el Congreso Norteamericano ni tampoco impulsado con demasiada fuerza por quien sea electo presidente.

3. Declamaciones abstractas: lucha contra el narcotráfico, pobreza cero y unir a los argentinos son la contracara del vacío de objetivos concretos y transparentes sobre las políticas públicas que se aplican. ¿Qué se está haciendo en función de esos tres ítems? Misterio…

4. Imagen de descontrol de las policías y los órganos de inteligencia: en pocos meses intrusaron la casa de la vicepresidenta; la oficina de la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires; la casa de su ministro de Gobierno y uno de sus cuadros políticos más importantes, Federico Salvai; la casa de la ex presidenta de la Nación; la casa del ex ministro de Comercio; el diario Tiempo Argentino, etc. Hay incursiones “misteriosas” que nunca son explicadas con posterioridad y que están acompañadas, en general, por incrementos en la cantidad de secuestros en la Provincia.

Perspectivas:

  1. Políticamente, la principal esperanza del gobierno de cara al año próximo es la división de la oposición y el voto electrónico: dos, tres, muchos peronismos en la provincia de Buenos Aires. Dividir a “carpeteados”, “moderados” y “ultras”. Dividir y reinar, por un lado. El gobierno sabedor que lucha por ⅓ del padrón, intenta dividir esos ⅔ restante en múltiples opciones electorales (peronistas).  Por el otro, emprender la mayor reforma en la manera de votar en 100 años. Dividir el mayor municipio (peronista) del país. Estrategias esperables de un partido que gobierna por primera vez, pero que no quiere hacerlo por última. A medida que se agrave la crisis económica, la política se alineará como siempre lo hace. Desde allí el apuro en aprobar la “partición” de La Matanza y el voto electrónico a pesar de todas las debilidades que ha mostrado a nivel internacional dicho modo de elegir entre los candidatos.

2. La “importación” de agendas como el terrorismo y el narcotráfico organizado no responde a prioridades nacionales: conectarse a 200 kilómetros por hora con agencias estadounidenses como la CIA, la DEA, el FBI y el Departamento de Homeland Security; replicar desde la Cancillería los comunicados del Departamento de Estado sobre ensayos misilísticos en Corea del Norte y bombazos varios en Medio Oriente, así como denunciar que la droga que sale de aquí pasa por el “cuerno de África” para alimentar a grupos terroristas en Yemen, bueno… ¿qué tiene que ver eso con cualquier agenda de “políticas de Estado” que quieran tener la mayoría de los ciudadanos argentinos?

3. La crítica al pasado sirve para llegar. Para gobernar sirve la economía y un relato de futuro: sin logros tangibles en el terreno de los bolsillos familiares “el relato” del Gobierno será más escarpado. Si hasta puede llegar a serlo la amable mesa de Mirtha Legrand o la sonrisa buena onda de Buzzfeed. Si el objetivo de máxima en este terreno es “meter presa a CFK”, recordemos que el gobierno de la Alianza anterior hizo lo propio con Menem y meses después se aferró a la cola del helicóptero que partió de la Casa Rosada. La crítica al pasado te ayuda a llegar, desde allí que se agote a medida que pasan los meses y las respuestas en el plano económico no lleguen.

4. El kirchnerismo enfrentó a los medios concentrados y perdió. ¿Ellos se encaminan a “hacer perder” a los medios concentrados por apoyarlos?: Los medios nunca pierden. Sépanlo, compañeros del PRO. No olvidemos tampoco que siempre se corren a tiempo. Nunca caen con el gobierno de turno. Del menemismo lo hicieron unos años antes de la salida en el 99 y a De la Rúa lo acompañaron mucho más, aunque a mediados de diciembre de 2001 le dijeron “hasta acá llegamos Fernando”.

Doscientos setenta y tres días. Seis mil quinientas cincuenta y dos horas. Trescientos noventa y tres mil ciento veinte minutos. En nueve meses, esto es lo que hay.