Sergio De Piero

La democracia emplazada

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Concluimos marzo con ribetes inéditos y probablemente algunos hechos históricos. El resumen será rápido: entre el 6 y el 24 de marzo, en la Capital Federal, sabrán disculpar la expresión pretérita, se realizaron seis manifestaciones políticas; primero la movilización docente, luego de la CGT, para cerrar esa tríada con la marcha por los derechos de las mujeres; salieron los grupos de la economía informal/social a la calle; nuevamente los maestros y para concluir el aniversario del golpe de Estado de 1976. Estos colectivos que salieron al espacio público, no pueden ser enmarcados en una única dinámica política, pero sí comparten un mismo tiempo político, sujetos a una coyuntura que como en todos los casos, depara sorpresas y algunos imponderables.

Por su parte el gobierno avanza ejerciendo el poder, aun cuando su accionar no parece reflejar materialmente su discurso de “revoluciones cotidianas”, hay un proyecto; pero en las calles se presentan opciones no enmarcadas en un destino ya articulado. Lo que nos indica que a la antigua creencia respecto de que “es fácil ser opositor”, no lo es en ningún sentido si se quiere que el Estado oriente en cierto sentido determinadas políticas públicas; sencillamente porque los recursos de poder en un presidencialismo, no estando sentado allí, son escasos. De allí que muchos manifiesten algún desconcierto, cierta incomprensión entre esta capacidad movilizadora, y la permanencia de las políticas en contrario a esas demandas movilizadas.

Pero antes de profundizar esa línea un dato relevante: en las seis manifestaciones mencionadas Cambiemos estuvo ausente. Era lógico que así sucediera en las protestas sindicales que reclaman cambios en las políticas salariales; no en las de los derechos de las mujeres y del aniversario del golpe. Si bien militantes radicales transitaron en ambas marchas, la coalición de gobierno Cambiemos, decidió ausentarse. Lo hizo de manera absoluta el 24 de marzo, no realizando ningún acto oficial, acrecentándolo con la partida del presidente a Holanda, para no dejar dudas, y dejando al Secretario de Derechos Humanos, lanzando frases al borde de la provocación por la radio. El macrismo decidió hace mucho no construir poder desde las plazas; opta por timbrazos que hacen más ruido en las redes que en las calles. Prefiere montar escenas de vinculación con los sectores populares, en un colectivo sin rumbo, en una fábrica con obreros actuados o entristecidos, que proponerse representar (representar: hacer presente lo que está ausente) políticamente los intereses de esos sectores. Su intensidad política e ideológica lo convence que la simulación de representaciones, puede ser tan eficaz como el fortalecimiento de las instituciones que canalizan demandas. Parecen estar seguros de que las mediaciones políticas pueden reducirse a canales de comunicación virtual o mediático, que el territorio hoy se ha transformado de tal manera que la política del barro, ya no es necesaria para crecer. Tal vez piensen que el impacto del un hashtag es el mismo que el de una plaza repleta, y que con un eficaz uso de las redes, se compensa la falta de militantes en las calles. Porque parece una sentencia que el macrismo no cree necesario expandir la alianza política que lo llevó al poder. Que no hay que sumar, y que las plazas se irán apagando, porque los recursos del poder que otorga la presidencia y la alianza de empresarial que los sostiene, alcanza.

Las calles hiperpobladas. Ningún gobierno desde el retorno a la democracia, tuvo tantas muestras de rechazo en tan pocos meses. Pero esa ocupación, repito, no es monolítica, y carece de una conducción política definida. Por lo tanto, no asegura un éxito al final de otro túnel. (Menem superó decenas de marchas en su contra en sus diez años de gobierno). El hecho algo inédito de un Secretario de la CGT, contestándoles a los manifestantes que la fecha ya del paro ya se iba a fijar, muestra parte de esos problemas de conducción no resueltos. Situación que contrasta con la de los gremios docentes, que, aun con notables diferencias entre los ellos, la unidad en la acción política, ha sido notable.

Todas estas circunstancias muestran, con todo, una sociedad civil movilizada y con una capacidad de reacción y utilización de los mecanismos participativos que la hace algo o del todo, indomable. Pero también nos indica algunos límites. El movimiento social ya dio (casi) todo lo que podía dar en pos de generar un cambio en la orientación de las actuales políticas del gobierno. En los próximos días habrá nuevas manifestaciones y paros generales convocados por la CTA y por la CGT; será un escalón más, pero acaso no engrose en demasía la capacidad política para condicionar al gobierno, muy particularmente cuando, como ya dije, la conducción esta desdibujada. Habrá también nuevas marchas y un clima general que vuelve a la sociedad “quejosa”, tal como le indicara la señora al Presidente. Pero esas acciones y luchas, poseen un límite de acumulación política. Saul Ubaldini fue el protagonista de la acción social y política durante el alfonsinismo, hasta que el peronismo resolvió su interna política y allí la renovación comenzó a ocupar el mayor espacio político, cuando finalmente fue una opción electoral exitosa. Así podría suceder en las próximas semanas cuando todos comiencen a definir los cierres de lista de cara a las PASO. El peronismo en particular tendrá meses muy difíciles si en sus ambiciones está la de lograr una victoria contundente en la provincia de Buenos Aires en particular y tener un desempeño razonable en la CABA; así al menos lo esperan buena parte de los que poblaron las plazas estos días. El enlace de la protesta con la construcción de poder electoral no es automático, y es un perogrullo siquiera citarlo, pero no puede olvidarse. Si montar escenas de representación donde no las hay parece una mala idea, no contener las protestas callejeras en la estrategia electoral (que incluye el armado de las listas, aunque no solo), tampoco parece serlo.

Para el peronismo superar la derrota de 2015 construyendo poder de cara a 2019 es, en este sentido, lo que dicen con diversas palabras sus militantes mientras recorren las calles y se juran volver. Si todo ello no forma parte de la discusión electoral ya en marcha, el riesgo de la resignación puede asomar de otro modo: manejar las artes de la movilización, pero no la construcción de una alternativa.

La foto de aquí

Columna vertebral

El acto probablemente sea en algunas dimensiones, una bisagra: para la relación del gobierno con la sociedad, pero también de la conducción de la CGT con las bases del mundo del trabajo.
Muchos y muchas se sienten traicionados por el triunvirato conductor por no haber convocado a un paro general. El día previo, Juan Carlos Schmid, uno de los miembros del trío, había dicho con cierta vaguedad que la CGT llamaría a un paro. En el palco, lo reiteraron pero esta vez incluyeron una mediación: “si el gobierno no da respuesta a los trabajadores”. La incertidumbre, no hizo otra cosa que ampliarse y profundizar el descontento.
Mi impresión es que el acto se plasma con mas precisión, dos elementos que se venían consolidando, y que tienen que ver con las tradiciones que arrastra la CGT. Para pensar estas dos cuestiones, un hecho histórico, me vino hoy a la mente.
Era el 21 de marzo de 1990. Una coordinadora de gremios convocó a una acto en la Plaza de los dos Congresos, en contra del ajuste. El orador principal fue el todavía líder de la CGT Saúl “querido” Ubaldini. Su discurso fue encendido. Cuando los concurrentes empezaron a corear “paro general” Ubaldini, contestó: “No tengan dudas de que los dirigentes tomarán las medidas adecuadas en el momento oportuno“(1). Pocos meses después dejaba de ser el secretario general de la CGT y su liderazgo se iría apagando rápidamente. El paro general tardaría dos años y medio en llegar.

Ubaldini, el que había encabezado los 13 paros al gobierno de Alfonsín, pero también a la dictadura militar, estaba convencido que no debía apurarse la copa y que en cualquier caso, la dirigencia debería resolver. Lógica de cúpulas, poco asambleismo, negociación. Acaso una huella indeleble (pero en muchos casos eficaz) de Vandor.

El segundo punto se desprende del primero. Años después, al liderazgo combativo de Ubaldini, lo sucedería Hugo Moyano. Su conducción también ingresó en una zona de eclipse y por ahora no surge un reemplazo. Si Ubaldini expresaba el acuerdo de las 62, pero con el apoyo de los gremios peronistas confrontativos, Camioneros era expresión de la dinámica que los servicios habían logrado en el nuevo modelo económico. ¿Qué sector puede hoy reemplazar eso? ¿Cuál dirigente querrá desprenderse de la avenida del medio, y recoger el guante confrontativo que se escuchó hoy en medio de las calles de un acto que confrontó a la vez, a buena parte del campo laboral con el gobierno y con su propia dirigencia? ¿Hay una bisagra en el horizonte?

1. Tomado de: Rafael Briano (2004) “Otoño del 90: La encrucijada Argentina reflejada en tres plazas” En Revista Argentina Reciente Nº2

* Publicado originalmente en el blog el dotor

Datos y relatos de Cambiemos

“Es necesario saber dar un treinta por ciento
a tiempo que perder todo a posteriori”

Juan Domingo Perón.
Discurso en la Bolsa de Comercio,
25 de agosto de 1944

“Si nos respetamos, si nos decimos la verdad,
si ponemos cada uno de nosotros nuestro máximo
esfuerzo, ese esfuerzo que dignifica,
que nos hace ser quienes somos, nos va a ir bien”.

Mauricio Macri
Mensaje al país por las redes sociales
por el fin de año.
30 de diciembre de 2016

 

 

espacio-vacio

El discurso pronunciado por Juan Domingo Perón en la Bolsa de Comercio en 1944, fue por décadas la muestra “irrefutable” que Perón actuaba en defensa de los capitalistas y que su esfuerzo estaba en contener una revolución socialistas “inminente”. Las cosas fueron un poco más complicadas porque los capitalistas nunca terminaron de confiar en Perón, y la inminencia de la revolución socialista, parece que no era tan inminente. Pero lo que me interesa resaltar acá es que el general tiró un número: “30% les estoy pidiendo; sino la pierden toda”. No fue una metáfora, les dijo una cifra bastante específica, la propuesta de un acuerdo sostenido directamente en dinero: 30% de lo que están ganado ahora. Eso o la amenaza de perderlo todo. Piénselo.

Lo que ocurrió después sigue alimentando las dos (o tres o cinco) bibliotecas que conlleva la interpretación del peronismo. Pero marcó un estilo de comprender la política: el peronismo es materialista. Hablamos de números, de políticas que afectan la distribución del ingreso, de poner esta cantidad de millones aquí o allá. Ese supuesto “gen del poder” atribuido al peronismo, es quizás su falta de metáforas, de parábolas: 30%, de eso le estamos hablando, diría Perón. Desde luego, todo eso fue acompañado por el relato en torno de la noción de pueblo, de nación, del peso del liderazgo. Todas esas cosas estuvieron allí siempre entre los cimientos del peronismo, pero solo lograban fraguarse si había números de por medio: mayor empleo, mejores ingresos, más hospitales, más escuelas, menos pobreza, o menos inflación. Y esa lógica de construcción política funcionó en todas las experiencias peronistas, incluida la neoliberal de Carlos Menem: sin la brutal baja de la inflación entre 1990 y 1992, los cohetes que salieran de Córdoba o el mítico ingreso al Primer mundo, no le hubiesen sumado un voto. Los extensos discursos presidenciales de Cristina Fernández, consumían minutos en el relato poblado de números, de cifras; de lo que había antes y en ese ahora; de lo construido, distribuido, concretado, firmado. Sin esa materialidad el peronismo parece no comprender el poder. No son pocos los dirigentes peronistas que te comentan lo dificultoso que es para ellos, ejercer un cargo en el poder legislativo: “acá todo es lento, interminablemente negociado. No estás todos los días en el territorio haciendo algo”. El poder existe, si se traduce en materia efectiva, palpable, inmediata. Sobre todo eso, luego se puede construir un relato, que le dará formas y ribetes a esos números y realizaciones.

Mauricio Macri, presidente de la Nación, es ingeniero. Pero es, por sobre todo, un empresario. Participó en los negocios de su padre y en otros más por su cuenta, que hoy vamos conociendo de a poco “tuve una sociedad con X persona”, etc. Minimizar costos, maximizar ganancias; la ecuación no es muy compleja de comprender (aunque no siempre fácil de lograr) y es la base de la empresa capitalista moderna. Las empresas no resultan buenas o malas si transmiten “buena vibra”, optimismo o alegría; resultan de buenos a malos negocios en tanto den o no ganancias. Principios absolutamente materiales. Uno esperaría de una persona que proviene de ese sector, un profesional que se formó bajo los principios de logros, cantidades, ganancias y pérdidas por demás específicos, replicar esa lógica en la función pública.
Sin embargo, Macri sostiene hasta hoy un discurso muy semejante a la vaguedad de la campaña electoral, donde los deseos y las metáforas abundan. Aunque en realidad es algo diferente a la ambigüedad: el discurso de Cambiemos, no tiene anclaje. No tiene un horizonte de futuro que nos presente un hacia dónde, un poco más material que la alegría, el estar juntos y el ser felices.

Pero este juego semántico, tiene aún otra paradoja: el gobierno se enorgullece de haber transparentado las estadísticas en la Argentina. Afirma que el INDEC, es ahora una institución confiable. Esa es otra importante discusión, pero lo curioso es que la confiabilidad del INDEC nos ha regalado este año una notable suba de la inflación, la cual no sabemos cuánto será de todo el 2016 debido al “apagón estadístico” que duró hasta mayo; si tomamos la medición de CITRA la cifra llega a 40,9%, las más alta de los últimos 25 años; que el aumento del monto de bonos de deuda externa pública fue de 63% en los primeros 9 meses de 2016; también que el consumo se contrajo un 8%, la peor caída desde 2002; que subió el desempleo. Y sigue. Resumiendo: el gobierno de Cambiemos no puede presentar un solo dato, uno al menos, que refleje una mejora en el nivel y calidad de vida para la mayoría de la sociedad. (Otra cosa es, si hablamos de la salida del cepo y la posibilidad de fuga de divisas, por ejemplo).

La relación entre datos y relatos es una construcción, donde pesará para siempre la sentencia de Nietzsche acerca de la relación que puede ser antojadiza entre hechos e interpretaciones y que nos regala cada tanto, algunos usos extremos. En la conferencia de prensa que brindó Mauricio Macri en Casa Rosada el 17 de enero último, un periodista le preguntó sobre los despidos en AGR – Clarín y la existencia y cumplimiento o no, de un memorándum de acuerdo; a lo que el Presidente contestó que ahora las cifras que brindaba el INDEC eran creíbles y que eso era lo importante, porque había más empleo. En primer lugar es falso ya que el INDEC informó que en 2016 se perdieron 127.000 puestos de trabajo; pero por otra parte la respuesta no guarda casi relación alguna con la pregunta. Pero sí es consistente con el discurso presidencial, esgrimido desde el 10 de diciembre de 2015: el Presidente no da cifras. No hay números, ni porcentajes, ni montos, ni objetivos específicos, materiales, por alcanzar. La alianza Cambiemos, que acusó al peronismo en general y al kirchnerismo en particular de construir un relato, una realidad histórica cuasi fantasiosa, ese mismo espacio político, se niega a hablar de hechos materiales, (aunque no dude en inaugurar obras públicas construidas por el gobierno anterior o por gobiernos provinciales). Discípulos involuntarios de Bauman, la sociedad liquida parece la imagen preferida de Cambiemos; el Informe denominado El estado del Estado, publicado a inicios de 2016, fue quizás la primera muestra cabal que el relato, una forma de interpretación al fin y al cabo, estaría por encima de la contrastación de fuentes cuantitativas: allí las cifras surgen y desaparecen de manera antojadiza: lo que es sostenido por una cifra en un renglón, es luego contrastado por una percepción en el siguiente: muchas, algo, poco. Palabras que abundan en su redacción.

Desde luego la tendencia de Cambiemos no se produce en el vacío. Buena parte de la historiografía actual revisa el siglo XX en clave exclusivamente de luchas ideológicas, de pasiones, dejando en un pequeño rincón el enfrentamiento entre clases, las confrontaciones económicas, las disputas materiales.

De allí que este gobierno se presente notablemente más ideológico que el anterior, rasgo del cual parecen abominar incluso hoy los miembros de Cambiemos. Y es ideológico, porque como decíamos desde Artepolítica en un post anterior, busca principalmente redefinir el proceso de dominación política en Argentina, avanzando, desde luego, en la transformación de su estructura económica. Esa construcción se apoya en el poder que acumula siendo gobierno y en las alianzas político – económicas que ya ha tejido. ¿Es viable este modelo? La ausencia de buenas noticias (materiales) para los sectores del trabajo y la producción, nos hacen dudar a todos sobre su éxito basado sólo en cuestiones ideológicas. Pero hace un tiempo atrás Platón había hecho algunas consideraciones al respecto.

 

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¿Dónde van los ex presidentes cuando llueve?

Desde hace meses, crece la pregunta: ¿Qué hará Cristina Fernández de Kirchner? Cada mes que transcurre, y cada aproximación a la fecha de las elecciones de 2017, el interrogante arriesga nuevas respuestas. Desde ajenos al peronismo, convencidos hasta hace muy poco que CFK ya no tenía destino político sobre la tierra (especialmente los periodistas que con cierto placer repetían la deplorable expresión “cadáver político”) hasta propios, seguros que el liderazgo del peronismo no cambiará de nombre. Sin embargo hoy ninguno se arriesga a afirmar cómo continuará la película, cuyo tramo final alcanza a 2019.  Incluso los más convencidos acerca de que solo ella puede contener las variantes que implica el peronismo, saben que el escenario político ha cambiado en la Argentina y que, después de todo, el peronismo ha sido derrotado en las urnas, donde más le duele. (Por tanto de donde más le cuesta recuperarse. Nota al pie: suele escucharse el optimista, y razonable, “vamos a volver”, poco acompañado de una lectura de aquella derrota, que produce ahora esta esperanza). Para que la incertidumbre sea aun mayor, la propia ex presidenta se niega a dar mensajes contundentes, aunque todos parecen estar muy lejos de la apertura de un café literario. Es cierto que ha dado ciertas afirmaciones sobre esta cuestión, que veremos más adelante, pero en ningún caso ha sido concluyente.

Para que esta situación de incertidumbre se presente, deben existir una serie de condiciones; la primera y fundamental es que la persona en cuestión, Cristina Fernández en este caso, cuente con una cuota de poder relevante, traducido hoy en un sostenido apoyo popular, como lo demostró la plaza del 9 de diciembre de 2015, y las sucesivas muestras de acompañamiento que fue recibiendo durante este año. La incertidumbre se alimenta también de los límites que encuentra su figura, para volver a capitalizar un apoyo popular de las dimensiones que supo construir.

La historia continúa siendo para las ciencias sociales, el mejor de los laboratorios. ¿Podemos obtener algo de ese juego que resulta recorrer el pasado? Esto es ¿existen antecedentes respecto de una situación semejante de ex presidentes y la continuidad de su liderazgo? La respuesta obviamente es sí, y aquí vamos a hacer un breve repaso. Interponiendo una consideración fundamental: no existe un lugar institucional para los ex presidentes. Pueden reelegirse una vez de manera inmediata, y dejando pasar un mandato está en condiciones de volver a presentarse. Es decir la Constitución no lo manda a la casa. A la vez, nuestra experiencia democrática es tan joven, que no sabemos muy bien qué hacer con ellos; esto es: no hay demasiada tradición en el tema, que resuelva lo que la institucionalidad no hace. Quienes piensen que el ex presidente debe retirarse de la escena política, subestiman, como mínimo, las relaciones de poder. (Por otra parte renunciamientos de ese tipo no suceden ni en el más pequeño de los clubes de barrio). El poder es una disputa, sino ni siquiera existiría el término. El PRI, dicen, logró mantenerse en la presidencia, durante 70 años, entre otras cosas, porque sí enviaba al ex presidente a su casa e impedía la reelección. EE.UU. la permite solo una vez. Pero es muy común que el o la ex presidente, continúe rondando el sistema político; sucede aquí y en Chile, Perú, Brasil, Uruguay, Colombia… Algo semejante encontramos en algunos países de Europa. A veces los organismos internacionales sirven como alternativa para los ex mandatarios. En cualquier caso, no se trata de un “problema” de la política argentina.

Veamos entonces la historia. Primera consideración: para ingresar en este grupo es necesario haber sido Presidente de la Nación. Segundo, mantener cuotas de poder relevantes una vez fuera de la Casa Rosada; no podemos aquí construir los indicadores de esta realidad pero, siguiendo los trabajos de Fraschini y Tereschuk sobre liderazgo presidencial, mencionemos popularidad, control del partido, ascenso sobre los legisladores, éxito electoral, capacidad de seguir gravitando en el sistema político, entre otros recursos. Con este punto de partida, en la historia argentina que se inicia con la Constitución Nacional de 1853, pocos, pero no muy pocos, han conformado ese club. Aquí entenderemos que ellos son (fueron): Julio Argentino Roca, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. ¿No lo fueron Bartolomé Mitre o Agustín P. Justo? No, porque las posibilidades de continuar su liderazgo fueron acotadas y volver a ingresar a la presidencia, fue siempre poco probable. Por otra razón Néstor Kirchner ingresa de un modo particular a este club. Vayamos a los casos.

Julio Argentino Roca, fue electo presidente en 1880, por el Partido Autonomista Nacional. Se había ganado el prestigio a fuerza de las armas con la “Conquista del Desierto” que encabezó en su cargo de Ministro de Guerra y Marina.  Siendo hombre “del interior” (tucumano él) supo desplegar una política de alianzas que le permitió gobernar con cierta estabilidad. Se dice que buscó reformar la Constitución para reelegirse, pero ello no sucedió. En esa competencia entre elites que eran las elecciones nacionales en aquel tiempo, Roca, para neutralizar el ascenso de Dardo Rocha y con él de Buenos Aires, apoyó a Miguel Ángel Juárez Celman, gobernador de Córdoba y cuñado suyo. Todos los historiadores coinciden en que no se trató en una decisión basada en nepotismo, en nombrar a un continuador de su obra, sino en impedir el ascenso de otros; y aunque tenía cierta confianza con Juárez Celman, no puede considerarselo un roquista. En esa elección sí compitió un ex ministro suyo, Bernardo de Irigoyen, que no logró nunca el apoyo de su jefe. ¡Ah! el vicepresidente, Carlos Pellegrini, sí era un hombre de confianza del general. Fuera del gobierno, Roca sigue siendo un hombre clave. En 1888, dos años después de dejar la presidencia, asume como Senador Nacional por la Capital Federal, cargo que ocupa hasta 1890, año de la revolución del Parque. Allí no forma parte de los insurrectos, pero no está entre quienes defendieron a Juárez Celman. La presidencia quedará en manos de quien el líder había sugerido como vicepresidente, Carlos Pellegrini. Roca jura como Ministro del Interior, durante un año; ese lugar le permite incidir en el armado electoral para 1892. Roca parece no tener posibilidades de ser electo y otra vez opta por la segunda opción: impedir que surjan nuevos liderazgos que opaquen su figura. En esos años se trataba de Roque Sáenz Peña, un joven abogado con ideas innovadoras aun dentro de la matriz liberal oligárquica, que se identificaba con el grupo denominado “modernistas”. La jugada de “el zorro” es recordada por lo memorable: postula a Luis Sáenz Peña, padre de aquel, a la presidencia (siendo un destacado jurista sin actuación política), lo que hace que el hijo decline la candidatura. En 1893 asume como Senador Nacional, ahora por su provincia, Tucumán. Se retira dos años a Europa y regresa en 1895 para ocupar el mismo cargo. En 1898, parece que le ha llegado la hora de volver y se convierte nuevamente en presidente de la Nación. Los dos presidentes que fueron electos en el lapso de sus dos presidencias, Juárez Celman y Sáenz Peña, no lograron completar mandato y fueron sucedidos por sus vicepresidentes. Ninguno de los jóvenes dirigentes del PAN, lograron desplazar a Roca de la conducción y convertirse en sucesión a su liderazgo. Su eficacia política llegó hasta lograr que no se generara ningún partido opositor exitoso (a pesar del nacimiento de la UCR). Cuando Roca abandonó la política y se retiró a su estancia en Córdoba, el roquismo fue derrotado en pocos años. Jamás nombró un sucesor.

Hipólito Yrigoyen llegó a la presidencia en 1916. Veintiséis años hubo de esperar la Unión Cívica Radical desde que se levantara en armas en 1890 (y lo volviera a hacer varias veces más). “El peludo” había atravesado todas las luchas para llegar a conducir al partido, peleándose en la ya lejana década del 90, con el mismísimo Alem, su tío. En 1922, frente a nuevas elecciones presidenciales Yrigoyen postula a Marcelo Torcuato de Alvear, quien ni siquiera viaja a Buenos Aires para la campaña electoral (residía como embajador en París). Alvear es presidente, pero no es, ni remotamente, el delfín o sucesor de Don Hipólito, quien en esos años (1922 – 1928) dicen que solo se cruza una vez con el primer mandatario. Con 76 años Yrigoyen vuelve al poder para suceder a Alvear de la mano de una UCR que ya se había partido en torno del eje personalistas / antipersonalistas. El primer golpe de estado lo deja fuera del poder en 1930 y queda encarcelado. Se dice que recompuso su relación con Alvear, pero también se comenta que poco antes de morir pronunció unas enigmáticas palabras: “rodeen a Marcelo” ¿Era el primer diseño del cerco en la historia argentina? Otro dirigente que muere sin dejar un continuador.

Juan Domingo Perón. No es necesario contar mucho  sobre él, ni acerca en su aparición en la historia. Perón gana las elecciones presidenciales de 1946 y las de 1952. Jamás sabremos que hubiese pasado de no ser derrocado por la autodenominada Revolución Libertadora de Lonardi y Rojas y varias cias. Sí sabemos que Domingo Mercante, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, quien llevó adelante una importante reforma, tuvo sus contrapuntos con “el Pocho”; y que algunos atribuyen esos enfrentamientos a la posibilidad de que Mercante pudiera erigirse en un sucesor del líder. Por motivos varios y fruto de otras internas, Mercante es expulsado del Partido Peronista en 1953. Durante dieciocho años, Perón debió vivir la política argentina desde miles de kilómetros. En todo ese lapso, Perón jamás renunció a ejercer la conducción de su movimiento. Al fin puede volver en 1973, pero ya es tarde para todo. Incluso la posibilidad de ungir un sucesor, si es que eso estuvo alguna vez en la mente de Perón. “Mi único heredero es el pueblo”, sentencia desde el balcón, frase que presenta con contundencia una despedida, pero no resuelve el tema del liderazgo. Catorce años le llevará al peronismo lograr resolver la ecuación de una nueva conducción.  Otra vez no hay delfín.

En el otoño de 1983, seguramente pocos argentinos sabían quién era Raúl Alfonsín. En octubre lo elegía el 52% de los votantes. Ocupó el liderazgo vacío luego de la muerte de Ricardo Balbín a quien había enfrentado en los ´70. Su victoria fue arrolladora; su liderazgo en la UCR indiscutido: por primera vez un radical vencía al peronismo. Intentó reformar la Constitución Nacional (con clausula de reelección incluida) pero los resultados electorales de 1987, hicieron naufragar el proyecto. Para las presidenciales de 1989, el gobernador de Córdoba, Eduardo Angelóz, es el único que puede mostrarse como ganador y con alguna chance de triunfar en los comicios. Pero no es del riñón alfonsinista. Alertados de esta situación, los ya menos jóvenes de la Junta Coordinadora Nacional, le llevan a Raúl lo que creen será una buena noticia: “tenemos fórmula propia: Dante Caputo, Ricardo Barrios Arrechea”. Pero Alfonsín no piensa lo mismo, y ordena bajar la fórmula. No habrá interna. Angelóz es el candidato. Y el vice será una alfonsinista de la confianza del líder, Juan Manual Casella. En una de esas Angelóz gana. Pero no. En 1995 el radicalismo ni aspira a ser competitivo en las elecciones y a Horacio Masaccessi, nadie le sale a competir. Alfonsín, luego del Pacto de Olivos, que tejió él a espaldas del partido, permanece a un costado.

Pero en 1997 se forma la Alianza (en el living de la casa de Dante Caputo, dicen) y Alfonsín es uno de los grandes armadores, otra vez. La cosa sale bien. Se entusiasman, la Rosada vuelve a estar en el horizonte, y Fenando De La Rúa es primero Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y ahora si, después de varios años, candidato “natural” a la presidencia. Rodolfo Terragno, le avisa “al Gallego” que se quede tranquilo, que está dispuesto a dar la batalla para tener un candidato propio. El tema es que Alfonsín ya estaba tranquilo, y le comenta al Senador, que no habrá interna, que el candidato del partido, es “Chupete”. Ya sabemos como sigue la historia. Y en la elección del 2003, la UCR apenas supera el 2%. Pero “el Gallego” tiene una batalla más por delante. Para las presidenciales de 2007 impone un peronista para encabezar la fórmula (¿un gusto que quería darse?) y Roberto Lavagna, acompañado de Gerardo Morales, probarán suerte en las urnas. Dos años después, Raúl Alfonsín, fallece. Durante 26 años, manejó la interna partidaria, (siendo además Senador Nacional durante los años 2001 y 2002) casi sin retrocesos. Fue el gestor de su propia candidatura presidencial y definió quien la encabezaría hasta poco antes de su muerte (eligiendo a dos rivales internos y a uno de otro partido). Ni delfín, ni sucesor, ni nada. En las elecciones de 2011, su hijo Ricardo, será candidato a presidente y ocupará un cómodo 3º lugar. El alfonsinismo, el primer movimiento radical que había logrado vencer al peronismo, había dejado de existir.

Pero volvamos hacia atrás. En 1988 Carlos Saul Ménem derrota a Antonio Cafiero en la interna, la única interna presidencial hasta el momento del peronismo, y se pone fin a la etapa de un peronismo sin liderazgo. Menem gana con comodidad las elecciones presidenciales de 1989 y las de 1995. Entre tanto se ocupa de que posibles competidores tengan algunos problemas políticos: Cafiero, Grosso, Saadi y algunos más, comienzan a ser desplazados de la escena política. En 1999, sólo le faltó filmar un spot de apoyo a la candidatura de Fernando De La Rua. “El Carlos” hizo lo que pudo para que la campaña de Eduardo Duhalde fuera lo más complicada posible. Por la causa que fuera, su deseo se cumplió y “El Cabezón” no fue presidente. En 2003, crisis mediante, la historia le regaló otra oportunidad. Apenas dos años después de estar preso en una quinta, Menem se presenta nuevamente y gana la primera vuelta electoral para la presidencia. Su piso es muy alto en ese contexto. El problema es que era casi igual a su techo y en un sentido mensaje filmado, se baja del ballotage, a sabiendas que una nueva victoria era imposible. Su máxima se cumple “jamás he perdido una elección”. No hay sucesor, ni quien quiera levantar sus banderas y el menemismo, sin estridencias, pero sin dramatismo, entra en las sombras.

Esa elección había consagrado Presidente de la Nación a Néstor Kirchner. Con un magro caudal electoral, debe ocupar uno de los momentos más complejos de la historia reciente. Con un poco de corte y pegue, arma su propio perfil, que lentamente va definiendo. En 2007 anuncia que la candidata será Cristina Fernández de Kirchner, no él. Hay sucesión, es cierto dentro de una pareja pero eso, justamente, parece facilitar las cosas. ¿Pensaban una sucesión recíproca que durara 16 años? No lo sabemos. En cualquier caso poco puede saberse sobre el futuro. En 2011 podía darse esa posibilidad, pero la vida quiso que “el Pingüino” falleciera en 2010, y Cristina fue la candidata “natural”. De allí en más nacieron las posibilidades de resolución: ¿El kirchnerismo promoverá una reforma constitucional para habilitar un nuevo mandato? ¿CFK nombrará un candidato heredero? Por último ¿se resolverá la candidatura en las PASO? Las elecciones de 2013 sepultan las posibilidades o intenciones que haya tenido la reforma constitucional, si es que tuvo algunas. Queda el dedo o la interna. ¿Ahora sí, CFK designará un heredero que sostenga los postulados del kirchnerismo en esta nueva etapa? Daniel Scioli se convierte en el candidato, sin definición en las PASO (previo pedido de la presidenta de un “baño de humildad” a quienes pretendían pelear por el sillón de Rivadavia). Nosotros, simples mortales, no conoceremos quizás nunca, las instancias del declive de la candidatura de Florencia Randazzo. Está claro que Scioli no es el krichnerismo “puro y duro” pero nunca dejó de ser un hombre que jugó en la lógica del espacio. Uno que si es puro, Carlos Zanini, lo acompañará en la fórmula. Por esas cosas que todavía deberán ser analizadas, el próximo presidente peronista anunciado por todos, saluda desde abajo y Mauricio Macri ocupa ese lugar. Como sucede cada 16 años, el peronsimo pierde una elección presidencial (1983, 1999, 2015).

Y hasta acá llegamos. El peronismo otra vez está fuera del poder. Cristina sigue siendo una dirigente relevante. Sigue convocando mucha gente y siguen todos los medios, todos, hablando de ella. Scioli está presente. Randazzo no aparece, pero se lo nombra. Sergio Massa sigue diciendo que es más o menos peronista. Jorge Capitanich acepta ser intendente, pero no solo. Urtubey se casa. El liderazgo del peronismo está en suspenso.

Repasemos entonces qué han hecho los ex presidentes cuando quedan a la intemperie: no nombrar un delfín, un sucesor que continúe su obra y a la vez han impedido que surja otro liderazgo en su propio espacio. Roca, Yrigoyen  Perón, Alfonsín, Menem. Los cinco unidos por la misma tradición. ¿Lo hacían movidos por la perversión? No, lo hicieron porque el poder no es algo que se construye solo con buena voluntad, y parte de sostener un proyecto político es asegurar su conducción. Pero la tenacidad de algunos en impedir esa continuidad, el lector decidirá a quienes elige, terminó matando al mismo proyecto. “Después de mi, el diluvio”. Entonces, si el tema central son las políticas que la conducción encarna, importan más estas que el purismo de un delfín, o delfina. ¿O será que la sociedad y los votantes no aceptan alegremente votar a quien le dicen que deben hacerlo? Quizás fruto de esta lógica, es que los nuevos liderazgos han surgido ante la muerte de un predecesor o por ruptura.

No hace falta aclarar que esta situación la encuentra hoy a CFK. No eligió un delfín en 2015, aunque despejó el camino para que “DOS” fuera el único candidato. Se perdió la elección y ahora hay otra situación. Más o menos ha dicho algo que  puede definirse del siguiente modo: “Yo no voy a conducir, yo no voy a entorpecer”. Sí, desde luego, se seguirá haciendo política e interviniendo en la definición del peronismo, pero el camino del purismo parece abandonado. ¿Será Cristina, aun bajo la lluvia de la ex presidencia, la primera en romper el modo de continuidad política que eligieron sus antecesores? ¿Apelará, una vez más, a la política creativa?

Destruyendo un símbolo de paz

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Siguen dando vueltas las palabras del presidente Mauricio Macri: “Ni tengo  idea si fueron 30.000 o 9.000”. “Hubo una guerra sucia”. La periodista del sitio BuzzFeed llevó al presidente a un terreno resbaladizo, en algún sentido desconocido para él y por lo tanto incómodo. Para rematar la idea, afirmó que Hebe de Bonafini, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, “está desquiciada”. Entre críticas y apoyos, todos nos preguntamos que quiso, en el fondo, decir Macri: ¿Estaba marcando agenda sobre el tema?  ¿Fue un comentario dicho sin demasiada reflexión? (como insinúan desde el gobierno) ¿fue una “mera torpeza”?. Desde luego, cualquiera fuese el caso que originó la respuesta, posiciona al gobierno que preside en un lugar político que, en democracia, se torna al menos preocupante.

La salida de la dictadura y el llamado tema de los derechos humanos, recorrió varias fases, o etapas que se delinearon con distintas improntas, aunque siempre movidas por una misma demanda: verdad y justicia. Los juicios, búsqueda de nietos, punto final, obediencia debida, indulto, reconocimiento oficial por el Jefe del Ejército de los delitos de lesa humanidad, escraches,  espacios de la memoria, derogación de todas las leyes de impunidad, reapertura de los juicios, reconversión de la ESMA, miles de debates abiertos, pero un consenso en el sistema político: la dictadura es parte del pasado y su política es definida como terrorismo de estado.

A ese consenso, no se llegó en un par de meses, como ya describimos arriba. Cuando en 1983, el presidente Alfonsín envió al Congreso un proyecto de ley para derogar la llamada autoanmistía, logró el apoyo del dubitativo PJ en campaña, pero por caso, loslsenadores liberales de la Provincia de Corrientes, defendieron el decreto/ley y la UCeDe, criticó con dureza el Nunca Más. De allí en más, el fiel de la balanza se fue lenta, muy lentamente, inclinando hacia el consenso sobre lo que había significado el accionar de los militares durante la dictadura. Insistimos, terrorismo de Estado, quizás la política de estado de mayor construcción en estos 30 años. En ese debate, nunca hubo una cuestión sobredimensionada en torno a la cifra de personas desaparecidas por la dictadura; ese nunca fue el núcleo duro, sino reconocer que lo que había hecho el Estado eran crímenes de lesa humanidad, ejerciendo el terrorismo de Estado. 30.000 desaparecidos es el símbolo más concreto, más histórico, de esos crímenes. Es, casi, una expresión de vida, sobre algo atroz. Los partidos políticos desde la derecha liberal o conservadora, fueron, aunque con moderación y un convencimiento débil, aceptando ese consenso.

¿Y en la sociedad civil? Los organismos de derechos humanos, hicieron sus pasos fundamentales en dictadura. El principal de ellos, establecer que entre el Estado dictatorial y los desaparecidos, apenas si estaban ellos, especialmente ellas, para pedir aparición con vida. Tal era la debilidad de la sociedad civil frente a la dictadura, que en ocasiones apenas si eran las madres las mediadoras frente a los crímenes. De allí en más, salieron a ocupar ese espacio en la sociedad civil, a medida que se ganaron el reconocimiento de numerosos sectores, muchos de los cuales, le corrieron el cuerpo durante los años oscuros. Ya en democracia la lucha tuvo otro tono, pero siempre el mismo objetivo. Y en ese objetivo, por los 30.000 desaparecidos, nunca, jamás hubo un solo acto de venganza. Ni siquiera cuando se caían los enjuiciamientos de la mano de la obediencia debida o los condenados salían libres por el indulto. Nada. Una trompada a Astiz es lo único que nos viene a la memoria. Es más, cuando se fue abriendo cierto debate en torno de si los desaparecidos eran víctimas o luchadores o mártires, nunca llegó a plantearse entre quienes reivindicaron la militancia de los ´70, pretender un retorno a la lucha armada (Si, ya se, el MTP. Una experiencia afortunadamente breve y aislada, en todos los sentidos). De hecho, no sólo no se planteaba la violencia política como camino a retomar, sino que se generaron diversos cuestionamientos a la opción hecha en los 60 y 70 a favor de ella; en particular si no había existido un grave error en el momento en que esa opción armada debía abandonarse. Sumado a la discusión de quienes fueron secuestrados y perseguidos por la dictadura sin que hubiesen hecho opción por la lucha armada. Un debate amplio que llega hasta el día de hoy. En esa construcción los organismos de derechos humanos, militantes y partidos políticos, fueron generando una relación. Desde luego no todos. El PRO, nunca definió en su trayectoria política, que fuese necesario acercarse a esos actores ni a aquellos temas.

Es así que 30.000 desaparecidos es, decididamente, un símbolo de paz. Desde luego una paz activa, movilizada y polítizada. Como es la paz que rige una sociedad moderna y democrática. Por eso no importa lo que el Presidente Macri pensó o quiso decir con su respuesta; lo que se transmitió sin lugar a dudas, fue una lejanía interminable con el tema. Con menor densidad política incluso que el modo en que ciertos sectores presentaban la “reconciliación” como sinónimo de impunidad, en los 80. Lo cual no deja de arrastrar esta actitud, hacia aquellas aguas, de la mano del discurso macrista, de evitar en todo momento hacer referencia a los conflictos existentes en la sociedad argentina.

“Ni idea”. Una frase de una contundencia demoledora que un presidente no puede darse el lujo de pronunciar. Si se espera ser presidente de la Nación de todos los que en ella habitan, con sus demandas, reclamos, subjetividades e intereses, Macri no puede no tener idea de un tema, uno que nada menos laceró nuestra historia. Si quiere ser presidente, además de ser el responsable administrativo del PEN, no debería apilar en un rincón un grupo de cuestiones presentes en la sociedad civil, pero que no formaron parte de su breve trayectoria política y de su larga carrera empresaria. Hoy el voto popular lo sentó en el sillón de Rivadavia; no importa su historia, ni su pertenencia social. Los símbolos de paz y justicia construidos durante décadas por la sociedad civil, y que llegaron a ser política, no deben destruirse.

 

 

La foto de aquí

Cambiemos: Casa con tres pinos

 

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(Por Sergio De Piero)

En 1970, el pionero grupo de rock nacional Manal graba su Casa con diez pinos. El mansaje: “no aguanto más vivir en la ciudad”. La propuesta, una casa son esos árboles en esa cantidad a donde huir. Estaba bien para una canción. El 1 de marzo de este año, en el mensaje de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, el presidente Mauricio Macri anunciaba los tres objetivos que se proponía como pilares para la gestión de su gobierno: pobreza cero, combatir el narcotráfico y unir a los argentinos. En aquel discurso la palabra “instituciones” fue pronunciada una sola vez y “república” jamás fue mencionada.  Evidentemente hubo una decisión de correr el discurso político de los ejes que en parte se habían mencionado en la campaña (términos que poseían un aroma más cercano al radicalismo) hacia un lenguaje mucho más PRO: apelaciones generales, cierta indefinición y horizontes que a priori no pueden despertar el rechazo de ningún sector. Todo pronunciado en un lenguaje que garantizara espantar el fantasma (oh!! horror!!) del conflicto.

Esos tres pinos macristas parecen adornar toda la casa del nuevo gobierno. Ya corrían por aquellos idus de marzo, noticas que no se correspondían con el augurio que los latinos otorgaban a aquel mes. Ya se había devaluado, los precios de la canasta básica estaban notoriamente más altos que los meses previos y desde el Estado se llevaba adelante una cantidad considerable de despidos; asomaban, inquietando, prácticas similares en el sector privado. Sin embargo faltaba más: el tarifazo en los servicios públicos. Sin solución de continuidad el gobierno avanza en las medidas económicas que deterioran la capacidad de compra del conjunto de la población y con los días descubre, que no alcanza con argumentar por la “pesada herencia” que tanto espacio mereció en el discurso del 1 de marzo. Volatilizado ese argumento primero pide paciencia con la mente puesta en el segundo semestre y luego, en estos días, afirma que estamos en el peor momento (de lo que se deduciría que solo nos depara un provenir próspero, pero incierto en cuanto a su fecha). Ahora bien, en el mientras tanto ¿qué sucede con las tres patas del nuevo relato? En medio de una inflación creciente, que en el relato de Cambiemos siempre fue concebida como la principal máquina de generar pobres, parece complejo salir a argumentar que se está avanzando a favor de los que menos tienen. Pobreza cero queda digámoslo así, suspendida, mientras esperamos aun saber cuál será la política del Ministerio de Desarrollo Social; ir detrás de los hechos, parece por ahora la marca más notable. Pero queda desde luego el interrogante para el futuro ¿cómo se medirá la pobreza? Lo cual implica la pregunta fundamental: ¿qué tendremos que entender por situación de pobreza en la Argentina en los próximos años? ¿Qué situaciones delimitan la pobreza? ¿Si una persona come todos los días dejará de ser pobre? El empleo, el acceso a la educación, a la salud, a la recreación, a los bienes simbólicos y culturales, formarán parte de ese mítico cero? ¿En qué piensa Mauricio Macri cuando dice “pobreza cero”?

Pasemos a la lucha contra el narcotráfico. Aquí los indicadores también son difíciles de definir. Hace pocos días un funcionario norteamericano afirmó que Argentina se había incrementado como lugar de tránsito de droga, pero no de producción. ¿Aumentó el consumo? ¿Qué dimensión elegirá combatir la Alianza Cambiemos? ¿Y bajo cuál orientación? ¿Habrá una guerra al narcotráfico? ¿Bajo cuales consignas? Fuera de las declaraciones, el segundo pino del gobierno sigue sin definirse.

Pero, al fin, sí tenemos más certezas con la meta que cierra el triángulo: Unir a los argentinos. Desde luego la premisa no es nueva, ya lo proclama la misma Constitución Nacional. Pero allí “constituir la unión nacional” se refería a la necesidad de afianzar el acuerdo político de conformar una Nación, para evitar las fracturas por parte de las provincias, de modo de constituir una nación integrada política y económicamente, y menos a que las personas estuviésemos unidas. Ahora, en cambio, la unión de los argentinos propuesta por Cambiemos, se apoya sin dudas en el discurso de “la grieta” que nos habría generado el kirchnerismo. Como Menem prometió en el día de su asunción presidencial “unir a las dos argentinas”, el macrismo nos ofrece fugarnos del conflicto hacia ese lugar de paz donde los argentinos podríamos reencontramos. ¿Y en qué consistiría ese lugar? Parece que es uno donde se cocinan empanadas. La publicidad lanzada estos días por el gobierno nos remite a varias imágenes de una argentinidad de retorno, con menos intensidad por cierto, a un pasado virtuoso. De todas las imágenes que podían dar inicio a la publicidad, luego de mostrar la preparación de la empanada, se eligió una vaca. Allí ancla la identidad nacional, en el campo con pasto y una vaca. Lo primero que se elije, de paso, es un animal.  Por los símbolos elegidos, la publicidad pudo haberse filmado tanto hoy como hace 120 años. Para una coalición ideológica que afirmaba que el peronismo nos llevó al atraso y al aislamiento, es un poco extraño que no exista una sola referencia a elementos modernos en términos tecnológicos y que la ciudad sea apenas insinuada. Vuelve otra vez, avanzando desde el pasado, las imágenes de la paz del campo. Esas imágenes, además del destino de proveedor de materias primas para el mundo, nos remiten a cual es el modelo de sociedad: una conformada por individuos que trabajan cada uno en lo suyo (y sin demasiadas expectativas de cambiar su lugar en la sociedad, “cada uno dedicándose a lo suyo”). La sociedad desaparece como conformación de actores colectivos, grupos, espacios, clases y vuelve a apoyarse exclusivamente en la fuerza del individuo aislado que se conecta con sus iguales, solo por la eficacia del mercado. No en vano varios recordaron estos días un breve video de Milton Friedman. No hay necesidad de apelar a lazos de unión de otro tipo que el interés individual, para sentirnos parte de la construcción de un producto final (aunque más no sea una empanada). Hace décadas Margaret Thatcher había sentenciado: “la sociedad no existe, solo existen los individuos”. De ese modo el que les provee un sentido de pertenencia es el mercado. Nos reconocemos con los otros en tanto produzcan o consuman algo. Todos los que participan en la publicidad están trabajando ¿Y los desempleados? Esa te la debo.

La patria ya no es el otro; el otro es alguien que produce, compra o vende. De hecho ya no hay necesidad de patria. Lo expresó claramente el presidente Macri cuando el día de su asunción, juró “desempeñar con lealtad y honestidad (en lugar de patriotismo) el cargo de Presidente de la Nación”; uno de los mayores responsables del poder político de la República, suspende la patria. El juramento ya no es un compromiso con implicancias colectivas, sino una referencia a un valor individual. Casi como diciéndonos “Les voy a ser honesto”. El 25 de mayo tuvimos una muestra “en vivo” de esta nueva idea de la patria, de los otros, de lo colectivo. La Plaza de Mayo estuvo vallada y rodeada de policías que solo dejaban ingresar a unas pocas personas autorizadas. El Tedeum se realizó “como lo ordenaba la tradición” pero, curiosamente, tuvieron que aislar la plaza para poder caminar tranquilos. Para celebrar la Patria, decidieron despejar la plaza. Nos mostraron bonitas fotos en la Quinta de Olivos, compartiendo un locro en un gran zapallo, (estilo Halloween) del que Macri servía porciones a los invitados, algunos incluso con el tino de disfrazarse de paisanos. En síntesis el mercado será, nos prometen, mucho más eficiente para unir a los argentinos, que las pertenencias colectivas políticas sociales y culturales en torno de una idea de patria.

Por eso es importante detenerse a ver qué sucederá mientras la patria queda suspendida. Porque a pesar que en Argentina se vive un razonable clima de convivencia social, también hay que hacer notar que sigue detenida Milagro Sala, balearon un local de Nuevo Encuentro en Villa Crespo, destruyeron el Centro Cultural Batalla Cultural en Vicente López y atacaron con armas blancas y golpes a militantes durante una reunión en un Centro de Gestión en la Boca, por mencionar unos pocos hechos.

De allí la importancia de recordar que la convivencia social depende mucho más de la integración social, de los criterios de justicia, de alguna idea de pertenencia, que de un organicismo de mercado. Tres pinos para todo esto, parece poco.

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Perón muere

Perón_Funeral

Por Sergio De Piero

El hombre que desembarcó en Buenos Aires el 20 de junio de 1973 se llamaba Juan Domingo Perón, y había sido Presidente de la Nación. Lo fue por dos períodos, el segundo de ellos no logró terminarlo al ser derrocado; en ellos encabezó las mayores transformaciones políticas y sociales en la argentina de todo el siglo XX. No tenía linaje, sino que él mismo fundó uno tan vasto y complejo de comprender que ha desvelado, y aún lo hace, a mentes de todas partes del mundo. Como a Juan Dahlmann, el personaje de El Sur de Jorge Luis Borges, con quien torpemente hice una analogía en las primeras frases de este escrito, elegir la forma de su propia muerte fue uno de los puntos claves y obviamente culmines de su vida. Dahlmann soñó morir como lo que no había sido: un hombre de lucha. Me aventuro a decir que Perón, por el contrario, pudo haber soñado morir como había vivido. No es arriesgado pensarlo. Félix Luna había escrito pocos años antes, que Perón no podría cumplir sus tres sueños: volver a la Argentina, ponerse el traje de General, ser nuevamente presidente. Mientras el personaje borgeano solo puede delirar con ese destino de muerte, en la cama de un sanatorio, Perón sintió, quizás en algún impreciso día ya de 1971, que aquellos sueños eran realizables. Ahora se trataba de pensar el modo. Lo que en todo caso igualaba a ambos Juan, era el delicado estado de salud. Perón había sufrido ya en Madrid, un infarto del que casi nadie tenía información, salvo el círculo íntimo. Tenía, además, 79 años, luego de una vida no demasiado fácil. Norberto Galasso reproduce en su libro que le ha contestado a Jorge Paladino (delegado de Perón durante un tiempo) que pensar en una nueva presidencia es un chiste: “no duro seis meses”. Sin embargo la historia sigue su curso y “Luche y Vuelve”; porque mientras Perón esté vivo, es Perón; es posible reconstruir la Argentina y encabezar nuevos procesos políticos.

Y Perón vuelve ese 20 de junio. Ese día se realizará el acto político de mayor masividad de la historia argentina, y por lo tanto el más grande del propio peronismo. Y ocurre la primera de las tragedias que la historia nos tenía preparada para esa década: en el acto más grande que puede organizar el peronismo, Perón no está. En ese acto que es todo Perón, Perón no va. Repetimos a Borges en El Sur: “a la realidad le gustan las asimetrías y los leves anacronismo”. Ya había sucedido una vez, la primera vez de todas: el 17 de octubre de 1945, el día que oficialmente nació el peronismo, Perón no estaba. Pero aquella vez no podía estar: lo habían encarcelado en la isla Martín García (donde algunos años antes habían llevado a Yrigoyen y algunos después llevarían a Frondizi, por eso alguno le puso la isla YPF). Y la plaza repleta, colmada del subsuelo de la patria lo hizo volver. Y regresaron también las elecciones y el peronismo se pudo consagrar vía electoral. Pero el 20 de junio de 1973 no. Perón aterriza en medio del silencio en la base de Morón, en medio de la confusión y la derrota de Héctor Cámpora, quien no ha podido organizar el regreso y el reencuentro de Perón con el pueblo. A esa hora todo es un desastre. En realidad no. Los que tomaron el control real del acto han logrado su cometido, aunque también hubiesen querido tener a Perón en el palco de puente 12. José López Rega, Jorge Osinde y también el sindicalismo que encabeza Rucci, que en ese momento se sienten algo así como aliados, por el desplazamiento que todos habían “sufrido” por la Tendencia Revolucionaria, el 25 de mayo, cuando asumió Cámpora.

Juan Domingo Perón, el hombre más presente en la historia política argentina desde 1945, se había esfumado en ese día que empezó soleado. No era la primera vez. Casi como un presagio de un hombre que iba a entrar y salir de la escena, Perón “no existe” en términos legales hasta dos años después de haber nacido, es decir la fecha tomada por legal de 1895, le faltan los dos primeros años de su vida (que lleva su muerte a los 80 y no a los oficiales 78). Tal vez Perón creyó que él también desaparecería el 10 de septiembre de 1938, cuando muere Aurelia Tizón, su primera esposa. Los biógrafos mencionan que luego de su muerte sufrió una profunda depresión. Poco después, Perón es enviado como agregado militar a Europa. Pero vuelve y en octubre del 45 lo quitan y otros lo regresan. Y luego de gobernar 10 años, lo derrocan. Antes la muerte le lleva a Evita, la otra conductora; la muerte ahí, cerca. Y ahora si, con “el tirano depuesto”, la idea de que Perón no exista más, y quizás de que nunca existió se convierte en “política de Estado” (eso en lo que estaban todos los que llevan el golpe, de acuerdo). La “libertadora” se propone ese sueño: Perón no existió. Se destruyen documentos, se borran nombres, se prohíben marchas, se derrumban casas. Nunca ha estado. Rojas se ve en la obligación de emular a Sarmiento en su relación con Rosas, muy torpemente, por cierto. Y son 18 años afuera; un primer exilio errático para luego recalar en España.

Pero volvamos a 1973. Al regreso, al evitado por muchos y esperado por tantos, regreso. Es mas, ahora que vuelve, todos, incluso los que no fueron, los que jamás hubiesen ido, esperan que el viejo pueda encabezar un nuevo proceso político. Hasta la revista de Bernardo Neustadt, Extra, titula: En las manos de Perón. (En las manos. Para que la violencia nos persiga sin cesar, diez años después se descubrirá que algunos trastornados, mutilaron el cuerpo de Perón, amputándole esas mismas manos en las que tanto se confiaba; no sabremos nunca quienes ni para que). La cuestión es que los republicanos argentinos más bien propensos a los golpes militares, o a gobierno civiles débiles, perciben que no tienen otra opción que confiar en Perón, en sus manos, las únicas que podrían contener todo lo que ellos mismos han generado en los últimos 18 años.

Claro no todos piensan a ese proceso político de la misma manera. Las balas que atraviesan y frustran el acto, (y los muertos producto de esas balas) son la expresión más clara de ese desencuentro en ese mismo punto llamado Perón. Porque ya para ese momento, aun cuando se dijese a media voz, incluso cuando tal vez ni lo propios actores lo habían alcanzado a comprender, Perón, no se había convertido en un punto de convergencia, sino en un centro de gravitación: todo giraba en torno de él, ejerciendo, desde su propia voluntad, y de la de los actores, una fuerza centrífuga: todos observaban a Perón desde puntos lejanos e imposibles de conectar. Perón seguía siendo esa referencia pero ya lo era de un modo cada vez más lejano y confuso. Acaso luego de esa fiesta frustrada, que termina en una noche cargada de dudas, de fantasmas, se resume todo lo que ocurrirá después hasta el fin. Quizás Perón solo quería morirse al día siguiente cuando habla por cadena nacional y utiliza la expresión “infiltrados”, lo hace movido por la facilidad de recostarse en el sector que le estaba reclamando menos esfuerzos, y que le podía garantizar simplemente, morirse. Y Perón quizás aquel día, decidió renunciar a la conducción política, renunciar a ser Perón. Quizás se imaginó como Dahlmann soñando desde una cama la muerte que deseaba para él. Porque eso era seguro, se iba a morir y pronto. La tragedia desde luego no empezó en Ezeiza; el juego político se había enturbiado desde hacia ya un tiempo. Perón ya no era solamente un hombre con el cual reunirse en Madrid para obtener, o no, bendiciones, sino alguien que empezaba a armar su propio juego político; probablemente él nunca pensó que en ese juego político la conducción podría correrse de su propia persona. Y allí quizás se explique buena parte de lo que comenzó a suceder después. Rucci se fastidió cuando Perón optó por Campora como candidato presidencial y tal vez pensó que el viejo se entregaba a la Tendencia; después de todo Perón nunca había dejado crecer demasiado a los líderes sindicales. Montoneros aceptaba la conducción de Perón, pero seguramente pensaron que ellos habían adquirido un rol de vanguardia desde donde el General ejerciera esa conducción. ¿Se trató sólo de malos entendidos? Claro que no; se trato de muchas cosas entre ellas una disputa por la conducción política que nunca logró resolverse. Que el 20 de junio se expresó de forma trágica, convirtiendo un día definido por la esperanza que Perón parecía traer con su retorno definitivo, para que finalmente transcurra entre francotiradores, un palco “copado” por la derecha y un Perón que nunca, nunca llegará.

Y queda historia: en septiembre Perón es apoyado en las urnas: 62% propios y extraños, algunos tal vez mucho, porque siguen creyendo que solo él podrá resolver la tensión. Sólo dos días después. No demos nombres propios, pero pongámoslo de este modo: un grupo de los que lo habían votado, con convicción, fervorosamente, piensa que la elección no es la única arena política del momento y decide asesinar a José Ignacio Rucci, Secretario General de la CGT. Hay muchas explicaciones para este atentado, pero ninguna alcanza para desentrañar los objetivos políticos que buscaban lograrse. Rucci no era Vandor; no hubo nunca un proyecto político en la cabeza de Rucci, sin la conducción de Perón. ¿Hacia quien había sido la traición del Secretario General? ¿Qué podía obtenerse políticamente de aquel acto? Acaso lo sepan quienes lo llevaron adelante. Pero la secuencia sigue, Perón asume la presidencia, habla detrás de un vidrio blindado, la Tendencia se fractura y surge la JP Lealtad, el ERP retoma los ataques militares; Perón se pone el uniforme, endurece las penas, renuncian los diputados de la Tendencia; y aparece como un fantasma furtivo, lo que pronto sería la Triple A: un asesinato al día siguiente de Rucci a un joven de la Tendencia,Enrique Grinberg ; una bomba a Hipólito Solari Yrigoyen (dirigente radical, abogado de Agustín Tosco) y luego en mayo del 74 el asesinato del sacerdote Carlos Mugica; pareciera que los únicos hechos políticos que podían llevarse adelante, eran aquellos que ayudaran a subir la combustión del escenario político, que “aceleraran el curso de los acontecimientos” como dice la sentencia. Pero quedan dos postales, las últimas dos plazas de Perón con el pueblo. Una el 1 de mayo de 1974. Si no fuese porque implicó parte del drama nacional serían hasta graciosos los cantitos desafiando a Perón y Perón mandándolos a la mierda, para ser claros. Quiero detenerme en un momento previo. En el balcón que funciona como escenario, Isabel corona a la reina del trabajo, tal como las ceremonias del primer peronismo, una chica llamada Cristina Fernández. Sí, en serio. Mientras sucede eso, desde la Tendencia comienzan a subir el nivel de hostilidad y el blanco de los ataques es la propia Isabel. Hay una cámara de televisión que está dentro de la Rosada que lo toma a Perón, que está detrás, la gente no lo ve, pero él mira y sobre todo, escucha; se ve en el rostro de ese hombre quizás mucho mas anciano que sus 80 años, que algo anda mal. Se lo ve enojado, imagino que en ese momento decidió mandarlos a la mierda; y no solo los va a maltratar a ellos, va a resaltar el papel jugado por la dirigencia sindical durante su exilio, aquella en la que confió a cuentagotas. La Tendencia se va, pero Lealtad, entre otros, se queda. Y varios piensan que Montoneros se lo tenía merecido aunque claro, había que digerir las palabras a la dirigencia sindical. La Plaza semediovacía, pero lo que es más dramático es que Perón no puede conducir; los puede insultar, echar, perseguir incluso si quiere, pero no los puede conducir. ¿Y entonces qué le queda? Seguro que López Rega lo llenó de elogios sobre aquellas palabras, pero Perón no podía ignorar que de la esperanza del 20 de junio, no quedaba casi nada. Y allí surge la última carta. Es eso, una carta, no es una jugada porque Perón evalúa que el tiempo se ha terminado y le gustaría despedirse en una Plaza con otras palabras. Habla por cadena nacional. Es el 12 de junio de 1974. Ha pasado casi un año. No puede volver el tiempo atrás. Dice: “no vine a consolidar la dependencia”. Amenaza con renunciar. Un par de horas después la Plaza comienza a poblarse. Todos, todos peronistas y políticamente hablando, deciden ir. Sí, también los expulsados. Casi no hay banderas. Y Perón ahora sí, cuando sabe que ya no tiene políticamente mucho por hacer porque la vida lo abandona, lo dice: la palabra del pueblo, es mi música y es la más maravillosa. Muy distinto a Juan Dahlmann que no sabía usar el cuchillo, que lo toma sólo para justificar que lo maten, Juan Domingo Perón, que también se está por morir, en cambio puede elegir el escenario que mejor conoce y ha utilizado tantas veces para hacer política y conducir. Toma el balcón para anunciar su muerte, pero el balcón también es el arma para evitar a esa muerte. Para trascender a esa coyuntura y por eso a pesar del frío del invierno que está por llegar a la Plaza, que tal vez ya no sabe qué esperar, arroja las palabras pensando que la música es armonía, que es necesario volver a equilibrar, a compaginar, pero que él ya no puede hacerlo. Es el fin. Es el fin de Juan Domingo Perón. Con todo, la historia le ha dado esa oportunidad de abrir nuevamente la Plaza, para que ya otros, quien sabe cuándo y como, hagan sonar esa misma música maravillosa.

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Canción urgente a Paraguay

Lo aclaro: no sé sobre la realidad política de Paraguay, mas que el promedio de un politólogo que le interesa el tema latinoamericano. Me pierdo pues, en los detalles de coyuntura, en algunos nombres, en ciertos hechos. Pero.

El Senado por abrumadora mayoría acaba de destituir a Fernando Lugo como presidente en una votación que terminó con 39 votos a favor, 4 en contra y dos ausencias. El elemento más claro que la votación nos deja, es el aislamiento de Lugo del sistema político.

Recordemos, Lugo alcanzó la Presidencia por varias razones y ejercicios. Obispo católico, tuvo una relación cercana con sectores campesinos y se inscribió en lo que suele conocerse como las corrientes del catolicismo vinculada a la teología de la liberación, aunque el marco es más amplio y abarca a las posiciones de una Iglesia popular o en la opción preferencial por los pobres. La trayectoria es importante en América latina y conocemos otras experiencias. Bien, eso ligado a su biografía personal; el términos políticos su imagen fue creciendo a partir que desde la filiación al pequeño Partido Demócrata Cristiano logra posicionarse como candidato a la presidencia y allí establece la doble alianza para que ello sea posible y destronar el Partido Colorado luego de 60 años en el poder: su acuerdo con los movimientos sociales, básicamente campesinos, y con el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), principal opositor a los colorados, con un perfil de centro, con pociones de derecha.

El resultado fue la victoria de Lugo en 2008. Pero al sillón presidencial llegó con la debilidad de una alianza muy heterogénea y con poco juego propio, más allá de su buena imagen frente a la ciudadanía. Surge el tema de los hijos no reconocidos (imposible en su condición de obispo) y comienzan a limarlo allí donde él tenía su única fortaleza relativa. El asesinato de 17 campesinos en el norte de Paraguay, terminó de distanciarlo, ahora del resto de su base de apoyo. Y ayer fue destituido, aunque en una situación incierta, dada la reacción de los países de la región.

Si Lugo hubiese tenido detrás de sí un partido político (como Lula con el PT, Kirchner y el FPV), o un movimiento social estructurado políticamente (como Evo y el MAS) no hubiese alcanzado con desgastar su imagen y el esfuerzo debía dedicarse también en desmoronar su estructura política. Por ese motivo los otros líderes antes mencionados construyeron sendos movimientos políticos y alianzas: ¿O acaso el PMDB no se parece en parte al PLRA? ¿O no es le peronismo en varias provincias que apoyan al kirchenrismo un movimiento conservador? Ese juego de relaciones y alianzas es el que les permite seguir gobernando en países donde la inestabilidad ha sido la regla durante 60 años. ¿Es necesario recordar el conservadurismo del PMDB con el que Lula tuvo/pudo gobernar? El ánimo destituyente ronda por varias cabezas en cualquier país en el que uno piense; pero cuando las oportunidades políticas son pocas, o los costos de realizarlo son muy altos, el ánimo de emprender la tarea decae. En el caso de Paraguay, hoy por hoy, alcanzó con un esfuerzo moderado, pero que incluye el asesinato de 17 campesinos.

El golpe “institucional” dado en Paraguay nos vuelve a recordar acerca de las alianzas institucionales que los movimientos sociales deben realizar si desean participar en espacios de poder estatal. Desplazar al sempitero Partido Colorado fue un logro monumental; pero continuar en el gobierno, era parte de otra historia.

También nos recuerda la necesidad de los partidos, para seguir gobernando, de generar y sostener alianzas múltiples y no estimular las salidas individuales.

Porque lo que sucedió en Paraguay ha sido la emergencia de una derecha que opta por los pasillos “legalistas” para legitimar acciones políticas antidemocráticas. Y eso no es para descuidar.

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Macri y De Narváez ¿Tienen conciencia de Clase?

Para que negarlo. Macri y De Narvaez ya preocupan un poco. Uno gobierna (es un decir) la Capital Federal, el otro puede llegar a gobernar el estado provincial mas importante del país (si, puede pasar). Han crecido electoralmente sin hacer gran cosa. El cierto también que el “colorado” estaría redondeando el 25% y con eso no se gana una elección; de modo que a no exagerar. Pero creció. Tomando votos de aquí y de allá. Los dos necesitaron del pedazos del peronismo para crecer y también del radicalismo (especialmente Macri). Pero fue una necesidad operativa, mas que histórica o ideológica. Mientras que la Coalición Cívica recoge parte del legado ideológico radical, los dos empresarios construyen un cuerpo ideológico en base al discurso pragmático, con pinceladas que les permiten conectarse con diferentes públicos: De Narvaez dice que es peronista; Macri defiende el espacio público (uno que esté ordenado y prolijo). Dos o tres frases u ocurrencias, les permiten hacer mas digerible un discurso que en líneas generales llama al orden; que acusa a la democracia de la delincuencia, de nuestro aislamiento del mundo y de la falta de garantías para las inversiones. Claro ninguno te va a decir “la democracia es la culpable”. Con mayor o menor pericia, repiten esas dos o tres frases que los ponen a resguardo de acusaciones de autoritarios o intolerantes, que saben que los pueden cercar cuando piden mano dura, cárcel, o directamente reprimen como la semana pasada con la huerta (y que la TV se olvidó de pasar).

El punto es ¿qué están representando estos dos empresarios que han decidido volcarse a la política? Desde luego el hecho de su procedencia no es nuevo: muchos políticos actuales tienen además sus “emprendimientos”, a veces para financiar sus carreras y en otras ocasiones, gracias a sus carreras políticas. Pero la legitimidad de su accionar y su discurso no provienen del éxito en el mundo empresarial, esa es la marca distinguida de Macri y De Narvaez. En la argentina previa al peronismo también existieron estos personajes: Don Robustiano Patrón Costas el fallido candidato (y por lo tanto presidente) para las elecciones no realizada de 1944. Un estanciero salteño, conocido por la usurpación de tierras. Un blog amigo ya hizo esta comparación. Pero Patrón Costas realizó la carrera correspondiente: ministro, gobernador, candidato. Mauricio y Francisco, como les gusta publicitarse, no. Sin escalas. La urgencia era tal, que no pueden detenerse en ese tipo de construcciones y su propio financiamiento les permite ahorrarse el aburrido camino de empezar desde abajo. De hecho el paso de ambos por el parlamento, ha sido inocuo. (bah apenas si fueron). Este salto, esta transformación de los tiempos políticos, ¿deviene de una misión que como miembros de una clase, están dispuestos a llevar adelante? El Carlos, Marx, daba a la conciencia de clase el papel impulsor de los sectores revolucionarios: la burguesía en el derrumbe de la era feudal, el proletariado respecto del capitalismo. Pero la conciencia de clase no puede funcionar para impulsar un movimiento restaurador, léase para poner orden. (Esto desde luego amasijando al marxismo). Si es así ¿estos muchachos solo representan un vago discurso del orden? Es cierto que la composición de su voto es heterogénea, pero no puede omitirse que Macri gana por paliza en la zona mas rica de Buenos Aires (habrá que ver qué pasa con el colo).

En síntesis para ser un mero efecto de la crisis del 2001, la cosa está durando mucho; que sean empresarios no quiere decir que puedan simbolizar automáticamente a toda una clase. Pero en algo de eso andan. El apoyo al campo de sectores medios urbanos, nos indica que la confluencia ideológica tiene un peso absoluto que permanece intacto. Entonces ¿“ciudadanos por el orden uníos”? ¿sólo eso?