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Before Sunrise

Grita y cede, denuncia mientras entrega, afirma lo que niega con hechos. Así anduvo el Gobierno a la largo de estos Cien días que conmovieron a la Argentina, en los cuales faltó John Reed y sobró Morales Solá. Mucho golpista por acá y clima destituyente por allá pero empezaron ofreciendo algunos reintegros de imposible cobro y hoy ya estamos en compensaciones con plenas facilidades y plazos más cortos para las 750 toneladas, acuerdo para elevar el precio de la leche al productor, modificaciones a la ley de Arrendamientos, a la ley de Warrants (certificados de garantías que se otorgan al pequeño y mediano productor a modo de pagaré hasta que el acopiador le hace el reintegro), y hasta se estudia gravar con Ganancias a los fideicomisos agrícolas. En el camino, perdieron al ministro de Economía. Como indicó un comentarista de este blog, sólo falta que les reconozcan parte de las retenciones para el pago de ABL. Agrego, designen al lindo de Llambías como Secretario de Agricultura y cerramos la mesa.

Lo llamativo del caso es que todas estas iniciativas forman parte de un programa que la Federación Agraria viene presentando desde hace, por lo menos, dos años.

Lo paradójico del caso es que la “puta oligarquía” termina empujando al kirchnerismo a una política agroganadera más progresista y mejor articulada. O sea, el campo (a propósito, ¿para cuándo los justos reclamos del mar y la montaña?), en su ofensiva, provoca un giro a la izquierda en la política oficial, contra la voluntad del propio oficialismo y de buena parte de los agentes que confluyen en el sujeto nuevo y agrario. Paradojas, sí.

Planteamos hace un tiempo: “el modelo privilegió a los pooles, a las exportadoras y a los oligopolios que concentran mayor ganancia en la cadena de producción de agroalimentos”. Bueno, ahora resulta que todos somos pequeños y medianos productores. Y gracias, claro, a que esos medianos y pequeños productores fueron vanguardia y retaguardia de la movilización. Esos pequeños y medianos oligarcas, fachos, amarretes, golpistas y explotadores, esos a los que más de uno señaló como forros de los pooles, se van a quedar con la chica más linda de la fiesta. También lo dijimos, “la irrupción del NSA en el escenario político supone un momento de ruptura, los tipos llegaron para sentarse en una mesa donde sólo estaban invitados los grupos más concentrados. (…) Desde ese punto de vista, no es necesariamente el Estado quien resiente su posición sino los otros agentes económicos que disputan la ganancia empresaria”. Obligaron a negociar a gobernantes muy selectivos a la hora de elegir socios y los forzaron a salir de su cancha, resignando la localía. Pateando la puerta, impusieron una agenda que conlleva, entre otras cosas, que paguen más los que más ganan. Que pidan por quienes producen hasta tres mil toneladas no es una contradicción, es un gesto hacia los tipos con los que compartieron trinchera. Lo que las huestes de Buzzi no lograron durante años intentando negociar con el Estado, lo consiguen luchando junto a las otras entidades. Eso es camaradería, aunque no nos guste.

Entonces, ¿cómo leer lo que, a todas luces, es una derrota kirchnerista? Contra la opinión de muchos amigos, debo decir que el saldo es favorable. Lo es porque mejora la política sectorial pero también por las enseñanzas que deja. Claro, si hubiera estado en juego la suerte del oficialismo o la potestad estatal para intervenir en la economía, como se machacó una y otra vez por estos días, la cosa sería distinta. Pero no, ni se va a caer la fuerza de gobierno ni queda lesionada la legitimidad del Estado para discutir la ganancia empresaria. Los K han demostrado que cuentan con gran variedad de recursos para el control de daños y lo que vemos es cómo se debaten políticas públicas en el ámbito público más propicio. Nada más, nada menos.

De las enseñanzas, rescataría:

1. La creación de subjetividad es un tema demasiado denso como para dejarlo, exclusivamente, en manos de empresarios y, por eso mismo, las fuerzas democráticas no se pueden dar el lujo del posibilismo cuando se trata de los Medios. Los acuerdos con las corporaciones mediáticas duran lo que ellas deciden y los gobiernos terminan siendo rehenes de esos acuerdos. Se advirtió sobre las consecuencias de la política adoptada por el kirchnerismo en la materia. Ahora volvemos a llamar la atención sobre el punto. Más allá de las movidas a lo Brancaleone contra el grupo Clarín, necesitamos reaseguros de que el camino iniciado termina en una profunda democratización del sistema de comunicaciones. Cosa que no se vincula, en modo alguno, con tenerlo a Rudy Ulloa manejando acciones de Telefé.

2. Se ratifica aquello de que los líderes nacionales de mayor relieve despiertan pasiones más fuertes en sus detractores que entre seguidores. Efectivamente, aglutina la bronca, la fobia o el temor hacia el otro antes que la fe en el proyecto propio. Así las cosas, el peor escenario podría sobrevenir en caso de avanzar por la senda del Subcomandante D’Elía. Profundizar los clivajes, en estas condiciones, no ayuda a crear hegemonía ni a alumbrar los significantes vacíos y las cadenas equivalenciales patentadas por Laclau. Hay que deconstruir los discursos que disparan los actuales clivajes en lugar de alimentarlos. Hay que polarizar por otro lado y entender que no existe proyecto progresista sustentable sin el concurso de los sectores medios. Criticamos el intento de articular un relato basado exclusivamente en las creencias o representaciones dadas de las clases medias, ok, pero la confrontación, tal como está planteada, no hace otra cosa que apuntalar el sentido común de dichas clases. De nuevo, una fuerza de cambio no puede actuar como un espejo que refleja las miserias y virtudes de la sociedad, está obligada a introducir elementos de ruptura. Esas grietas en el sentido común son nuestra tarea para el hogar.

3. Si bien es imposible asumir que la no represión de los piquetes blancos disipó todo riesgo de represión a futuro de piquetes negros, está claro que redujo considerablemente sus probabilidades porque también redujo su consenso. Digo, disparar el primer tiro es un costo que no muchos gobernantes estarán dispuestos a pagar. Bien ahí el Gobierno, soportando los embates de sus propios gurkas.

4. Pongámoslo de esta manera: si te compraste el paquete del PJ, aprendé a usarlo, bebé. Mirá que te dieron aviso de la que se venía y vos ni bola. El centralismo democrático en versión K tendrá sus virtudes, seguro, pero impide una lectura en tiempo real de lo que pasa en el territorio. Metiste a casi todos los impresentables en la bolsa, perfecto, dejalos hacer. Semejante rejunte para llenar la Plaza cada dos semanas es un desperdicio, valga la redundancia. Sugerencia: Kirchner, llevalo a Manolo de asesor.

Nota final. Sí, ya sé, una derrota siempre duele y deja secuelas. A nadie le gusta perder, estimados. De hecho, hay mucho de derrota y frustración en esta noche empujándonos a escribir algo que no estaba en nuestros planes. Veníamos animados a otras cosas y, sin quererlo, la moneda cayó para este lado. En fin, derrotas, personales y colectivas.

Lo cierto es que, como la noche, las derrotas pasan. Habrá que bancar, entonces, para que con el amanecer lleguen nuevas victorias y algunas de esas ideas que nos enamoran.

La diferencia

Es entendible que (el clima de) la Plaza alimente en sus ocasionales ocupantes la expectativa de constituirse en comunidad, sí, pero de la evidencia disponible no surge que hoy exista algo parecido a un nuevo sujeto político en la base que sustenta al kirchnerismo. Por el contrario, aparecen diversos agentes, individuales y grupales, políticos y sociales, carentes de articulación entre sí, como participantes de un sistema de relaciones radiales que tiene a Néstor y Cristina en el eje del dispositivo, con información por demás centralizada y escasos o nulos ámbitos de debate colectivo. Característico de este sistema es, además, la mínima autonomía de las partes, salvo que se decida operar en sus márgenes. Otro dato insoslayable es el tipo de movilización preponderante entre los múltiples agentes del universo K, la que bien podría ser denominada como de baja intensidad. Es decir, se trata de una movilización siempre reactiva y a pedido del liderazgo, carente de espontaneidad y poca capacidad de agregación. O sea, nada nuevo ni objetable por parte de quienes no abrevamos en tales aguas pero extremadamente contradictorio con los sueños del compañero Escriba.

Por supuesto que nada de lo dicho es motivo suficiente para dejar de preguntarse si, más allá de las formas propias de la construcción oficialista, no existen condiciones para que, en un futuro mediato, esa pluralidad de actores pueda constituirse en un nuevo y desbordante sujeto político. Bueno, tal interrogante amerita una respuesta definitiva: no sé.

Podríamos ir más allá de las formas para estudiar los alcances, la dinámica y la “naturaleza” del proceso. Señalé alguna vez que estábamos en presencia de una variante muy lúcida de conservadurismo. Agrego, a partir de las oportunas observaciones de un amigo de la casa, que la referencia es a la identidad ideológico-política del agente que hegemoniza el proceso pero no al propio proceso, el cual presenta algunas características que permiten leerlo, sin forzar mucho las cosas, en clave bonapartista. Algo así como lo que Trotsky denominó bonapartismo de carácter inusual o sui generis, fenómeno propio de los países periféricos y dependientes. Puntualmente, un bonapartismo progresivo que, apropiándose de consignas progresistas y plebeyas, no sólo no reprime a las clases subalternas sino que se apoya en ellas tanto en el proceso de reordenar la disputa entre los sectores dominantes como en la lucha por obtener cierta independencia nacional frente a los capitalismos centrales. Acá, lamento reconocerlo, tampoco aparecen elementos definitivos para establecer si están dadas las condiciones para la constitución del NSP. La incorporación de consignas progresistas, la construcción de un relato con sesgos progresistas e, incluso, intervenciones que merecen ser identificadas como progresistas son hechos saludables pero no debe hacernos olvidar que lo que está en juego es la recomposición del orden capitalista y la capacidad de disciplinamiento del aparato estatal. Aún sin descartarlo de plano, parece poco probable que los líderes de ese proceso estén dispuestos a favorecer una democratización sustantiva de las relaciones de poder.

Creo que nuestro mejor recurso, llegados a este punto, es comparar aquel programa mínimo que Escriba propone como síntesis de las expectativas de quienes confluirían en el hipotético nuevo sujeto y los resultados que el proceso muestra a la fecha. Por un lado, tenemos:

1. un país en el que vaya mejorando la distribución del ingreso;

2. un país donde el modelo de desarrollo socioeconómico lo va definiendo y re-definiendo el Estado; y

3. un país en el que hay más voces en los medios de comunicación de las que primaron en los últimos 25 años“.

Sin menospreciar este último asunto, creo que son los dos primeros los que merecen mayor atención. Frente a ellos, un lustro de kirchnerismo nos presenta:

A) un país en el que la matriz de distribución apenas se aleja de las inequitativas pautas establecidas en los 90, con niveles de pobreza, en el mejor de los casos, estancados a un nivel muy alto. Parecería reeditarse, de tal modo, la secuencia histórica iniciada con el Rodrigazo: las crisis, luego de dejar un tendal de pobreza y desigualdad, son sucedidas por ciclos de estabilización que, al final, nos ubican un escalón abajo del ciclo anterior;

B) un país donde el accionar estatal recupera protagonismo pero para definir un modelo de desarrollo sospechosamente parecido a lo que se conoce como capitalismo de amigos; y

C) un país donde la concentración de la economía avanza por propia fuerza pero también estimulada por las políticas oficiales.

Existe un desfasaje, está claro, entre las expectativas de las bases y los resultados alcanzados. Ahora, suponiendo que finalmente viera la luz el mentado nuevo sujeto político, ¿encontraría en el Gobierno un aliado o un obstáculo para recorrer ese camino que media entre expectativas y resultados? Puesto de otro modo, ¿el Gobierno se ve imposibilitado de avanzar en ese sentido por ausencia de un sujeto político que lo empuje/acompañe o ese sujeto es una amenaza para sus propios intereses y objetivos?

La relevancia de estas preguntas se vuelve obvia. A partir de las respuestas que nos demos, los progresistas vamos a definir en el futuro nuestra relación con el kirchnerismo. Algo así como la diferencia entre imaginar una pared o un espacio vacante a la siniestra del proyecto oficial.

Saldos

Veníamos especulando sobre los posibles giros que el gobierno podría darle al conflicto y, finalmente, quien estuvo más cerca fue Mendieta.

Aunque no se trata de una copia exacta de aquella propuesta, por lo menos es reconocible cierto aire de familia. Lo escrito en este blog iba por un camino más radical (en el mejor sentido del término, ojo) y, por tanto, más ambicioso. Lo del oficialismo resulta, digamos, una salida duhaldista. Algo así como armar un baquita para bancar y derramar obra pública allí donde nunca llega nada. Lo cual parece ir en el camino de “que el gobierno nacional deje de hacer en la práctica lo que niega rotundamente en el discurso: asumirse como la contraparte del campo”, presentando al Estado como un mediador entre las ambiciones de los ricachones campestres y las necesidades del pobrerío. No por maniqueo deja de ser inteligente.

Por supuesto que quedan dudas, las que podrían transformarse en chicanas si a los muchachos de la Mesa de Enlace le diera el paño y tuvieran ánimos belicosos: ¿qué hacemos con los hospitales y los caminos si baja el precio de la soja?; ¿en qué pensaban gastársela antes de que se desatara el conflicto?; ¿seguro que son todas obras no previstas en el presupuesto vigente? No obstante, es justo reconocer que esta versión 2.0 del Plan de Reparación Histórica es un buen paso, considerando dónde estábamos no hace tanto. Y un dato no menor en la historia fue el discurso, que además de equilibrado tuvo algo de programático al definir la lucha contra la pobreza como el objetivo estratégico.

Otros tomarán la posta de vaticinar cómo sigue la película a partir de estos anuncios. Por lo pronto, es buena la oportunidad para puntear algunas cuestiones que venían discutiéndose hasta ayer y que hoy pueden ser leídas como un saldo provisorio que deja la disputa:

1. Cuando hablamos del nuevo sujeto agrario nos referimos a un grupo que es producto de la agregación de viejos agentes (antiguos oligarcas, chacareros enriquecidos con la soja, varios nietos de aquellos gringos levantiscos que nutrieron al radicalismo en su origen, algunos campesinos, etc.). Los pooles son otra cosa aunque su irrupción sí es determinante para entender el proceso que da origen al NSA. Respecto a ese origen, es cierto que las “condiciones objetivas” pueden rastrearse hasta algunos años antes del gobierno K pero éste último es quien contribuye de manera definitiva a crear las “condiciones subjetivas”.

2. Si analizamos el desarrollo de la movilización de este sujeto, vemos que su “naturaleza” es gremial (van por la guita) pero las connotaciones de sus actos son políticas (disputan poder). No creo que la ausencia de un corpus partidista representativo del sector sea un impedimento para operar en el escenario político. Tampoco estoy de acuerdo con que no se hacen cargo de la cadena de equivalencias construida alrededor del NO a las retenciones. Creo que lo intentan pero con las dificultades del caso.

3. Insisto con algo planteado en anteriores oportunidades: mientras la alternativa a los pooles sean los pymes del campo, las condiciones objetivas determinan que estos actores son necesarios para cualquier proyecto que presuma de popular y progresista, aunque no nos gusten e incluso si fuera cierto que están cascoteando su propio rancho con la actual protesta. No puede ser que la lucidez que a ellos se les reclama brille por su ausencia en el propio diagnóstico.

4. No todos los Estados nacionales se cruzan de brazos o favorecen la concentración de la economía en sus respectivos países. Existen infinidad de ejemplos en materia de políticas antimonopólicas o de estímulo a nuevos emprendedores o de ventajas a los productores de menor escala o de subsidios a los pymes o de incentivo al asociacionismo que harían ver a nuestro país como un paraíso de la concentración. Tampoco es válido apelar al ejemplo de quienes, en los capitalismos centrales, apuntalan a grupos que operan en el extranjero porque éstos, obviamente, son generadores de remesas. Acá ni siquiera podemos evitar que nuestras burguesías vendan sus empresas a capitales de países vecinos. En resumen: muchachos, no podemos reivindicar al gobierno en nombre de la democratización de la economía mientras se posibilita, por acción u omisión, una mayor concentración. Este es uno de los asuntos que el conflicto pone de relieve y no deberían pasar por alto ni siquiera los simpatizantes K.

5. Entiendo que la principal dificultad del Gobierno para erigirse en mediador del conflicto no es de orden legal sino práctica: el Gobierno es parte en el conflicto (decir que está por encima queda muy bien en un alegato institucionalista pero nada más). Así las cosas, es obvio que se podría echar mano a una serie de instrumentos legales para poner fin a la protesta o, cuanto menos, encorsetarla. Si no la ha hecho es, justamente, porque la movilización del nuevo sujeto agrario se legitima a partir de su propia fuerza, más allá de la opinión que le merezcan a la OIT los paros patronales. Y dado el peso de esa movilización, el gobierno queda inhibido para resolver compulsivamente un conflicto que lo tiene como parte. Creo que esta es una conclusión a la que llegó el kirchnerismo, en virtud de la cual se deriva luego la decisión de apelar a otros actores sociales (piqueteros, camioneros) para contrabalancear el efecto de la movilización agraria en el territorio.

6. Respecto al rol de los Medios, digamos que hay una tendencia general a reproducir lecturas favorables al orden establecido antes que a alentar el “pensamiento crítico” o a la deconstrucción de los relatos simbólicos. O sea, no es muy distinto el desempeño promedio de los Medios en este tema respecto de cualquier otro. Cosa que está menos vinculada a una voluntad conspirativa que a los habitus de los agentes involucrados. Ahora, esto no implica de ninguna manera que los Medios en pleno hayan jugado en contra del oficialismo. Digamos que al kirchnerismo le ha resultado relativamente fácil, desde sus mismos inicios, encontrar aliados entre quienes manejan la industria comunicacional en nuestro país. Por su puesto que semejante disputa polariza y en su dinámica se ven arrastrados también los dueños de la industria, pero, a pesar de ello, ni el grupo Hadad ni Telefónica se pasaron a la oposición y lo de Clarín hace varias semanas que vuelve a presentar los mismos matices que caracterizaron a la línea del grupo previo a la protesta.

Hasta acá llegamos por ahora. No faltarán novedades.

¿Te la bancás?

La pelea es por guita y, en un sentido más general, por poder, obviamente. Como diría el gran Manolo, las burguesías agrarias perdieron la virginidad y descubrieron que la movilización y el reclamo son tan gratificantes como el sexo.

Al calor de la economía kirchnerista se fue forjando este nuevo sujeto y ahora hay que bancárselo. ¿Habrá imaginado el Gobierno que alcanzaba con colgarle el cartelito de oligarquía o el mote de golpista para neutralizarlo? Puede ser. Lo cierto es que este enemigo, a diferencia de anteriores contendientes, tiene base social y una serie de reclamos que, cuanto menos, merecen ser escuchados.

Podemos discutir si el tan mentado nuevo sujeto agrario (NSA) encuentra en su núcleo duro a pequeños, medianos o grandes productores; o podemos discutir, incluso, qué entendemos por pequeños y medianos productores. Podemos discutir si con cien hectáreas de soja en las mejores zonas se alcanzan ganancias anuales de seis cifras, si son unos angurrientos, si son gorilas, si son buenos, si son malos, si son lindos o si son feos. Pero lo que ya no resulta motivo de debate -por lo claro que se presenta el asunto- es la responsabilidad del oficialismo en la gestación del monstruo.

El modelo privilegió a los pooles, a las exportadoras y a los oligopolios que concentran mayor ganancia en la cadena de producción de agroalimentos. Es así, guste o no.

Se podrá defender tal esquema aduciendo que se le saca a un sector que hoy captura ganancias extraordinarias, que las injusticias cometidas son en pos de un bien mayor, que la relación de fuerzas no da para más, que heredamos un Estado desmantelado sin capacidad operativa para mejores programa, y mil cosas adicionales. Hasta es posible enhebrar un discurso por izquierda que nos hable del aprovechamiento racional de los recursos, la tendencia capitalista en la planicie y recuerde que Marx celebraba la concentración como preanuncio de una socialización venidera. Sobre este último punto vale recordar que la historia cercana y lejana, propia y ajena, muestra que a los Estados no les resulta más fácil controlar a unos pocos grandes. Por el contrario, junto con la ganancia empresaria se concentra capacidad de incidir sobre los mercados, fijar precios y hasta de tumbar gobiernos. La referencia a Marx, por otra parte, sería válida si existiera una remota posibilidad de futura socialización. No es el caso y, por tanto, la concentración capitalista debe ser considerada como tendencialmente enemiga de todo intento por democratizar el poder económico. Además, hay algo de mitología liberal en el relato porque se parte del supuesto que esta modalidad de producción se impone exclusivamente por la inercia misma del desarrollo capitalista. De esta manera, se soslayan las prácticas monopólicas, las propias intervenciones del Estado que tienden a favorecer tal modalidad y el hecho de que nos encontramos en un país periférico con moneda devaluada (lo que deja nuestros recursos a merced de capitales extranjeros cuyos intereses no siempre coinciden con los nacionales, ¿no?).

Otro camino recorrido por la prédica K o filo K (gracias Mariano) es el de enrostrarle al nuevo sujeto agrario su complicidad con esa cadena de comercialización que lo convierte en peón de las multinacionales y los exportadores. Se afirma que es el mejor custodio de sus ganancias, que no los enfrenta ni les pelea precios, que desprecia la organización en cooperativas para no competir y no hacer enojar a los intermediarios que perderían parte del negocio, que quieren retenciones fijas corriendo detrás de los precios para que los brokers les sigan financiando la siembra de mañana, con la compra de la cosecha de dentro de dos años, etc. En definitiva, se los acusa de abrir la puerta de la producción de alimentos a los especuladores financieros y poner el lomo para resguardarles el negocio.

Acá hay dos posibles respuestas. Primero: la irrupción del NSA en el escenario político supone un momento de ruptura, los tipos llegaron para sentarse en una mesa donde sólo estaban invitados los grupos más concentrados. Patearon la puerta y ahora va a ser difícil sacarlos, eso es mucho más significativo que la propia agenda con la que hoy pretenden sentarse. Desde ese punto de vista, no es necesariamente el Estado quien resiente su posición sino los otros agentes económicos que disputan la ganancia empresaria. Segundo: supongamos que los tipos juegan en contra de sus propios intereses, ¿y? Con semejante criterio habría que sermonear a los pobres que votaban a Menem allá por los 90. Esa información no nos aporta nada porque mientras no se proponga la colectivización del campo y la reforma agraria, la alternativa a los pooles son estos fulanos.

Así que todo es muy bonito pero ahora hay que bancársela porque ninguno de los argumentos ensayados alcanza para disimular que la amalgama de agentes e intereses que hoy da lugar al NSA es producto de una política que privilegió la interlocución con los productores de mayor escala, los grupos agrofinancieros y las transnacionales. Y aunque alguno de estos últimos pueda fogonear el conflicto para ver si saca tajada, el problema real no es con ellos sino con quienes les siguen en la escala.

Hasta acá, nuestra lectura de una disputa en la que no tenemos alineamiento. Ahora lo interesante, cómo se sale de ésta en el menor tiempo y con el menor costo. Bueno, no somos muy ocurrentes pero con lo leído aquí y allá armamos un breve menú de alternativas (no necesariamente contradictorias) para cuando baje la espuma de la arremetida pejotista.

Una opción es la señalada por Isa. Ojo, no se trata de boletear a Tinelli sino de borrar el tema de la discusión mediática por imposición de otros hechos que desplacen el interés de los medios y la audiencia. Debería considerarse que el conflicto tiene implantación territorial y el “nuevo sujeto agrario” parece bastante consolidado. Sacar el conflicto de los medios, entonces, resta presión e impide que sobre los reclamos del agro se plieguen demandas de otros sectores, pero no le quita al Gobierno ni la obligación de operar en el territorio para contener esos reclamos ni la necesidad de reformular su política para el sector.

Otra posibilidad es tomar el guante arrojado por Binner, según nos comentaba Eva. Convocar al Consejo Federal Agropecuario es una hipótesis interesante porque abriría el juego y le daría mayor legitimidad a la política para el sector, aunque resulta extraña para los hábitos del matrimonio presidencial.

La tercera, la más jugada, es la propuesta por D’Elía. Someter la política de retenciones a la consideración social. De más está decir que la mera posibilidad de perder torna improbable su aceptación por cualquiera de las partes pero no se puede negar que, de alguna manera, una consulta popular sería muy congruente tanto con el discurso oficial como con el eslogan de la Mesa de Enlace. Si esta es una herramienta vital en la lucha por la equidad, si estamos ante una batalla decisiva, sería lógico que el Gobierno haga propia la iniciativa. De la misma manera, si todos somos el campo, todos deberíamos poder opinar al respecto. ¿Se la bancarán?

Before Sunset

Este breve post fue elaborado al paso, teniendo presente que, al reavivarse el conflicto entre el Gobierno y la patronal agroganadera, poco espacio nos quedará próximamente para las consideraciones desapasionadas. Se vienen momentos de chicanas, polarizaciones y reduccionismos. Y como no hay manera de garantizar que podamos sustraernos del clima venidero, aprovechamos estas horas para dejar testimonio de algunas cosas que pensamos, cuando pensamos, con la cabeza fría. No es una declaración de principios sino un apunte de ideas sueltas, un borrador. Sépase disculpar el desorden:

1. Un dato insoslayable del debate político en los tiempos del Kólera: los líderes nacionales de mayor relieve despiertan pasiones más fuertes en sus detractores que entre seguidores. No parece que este fenómeno haya acompañado al kirchnerismo desde sus primeros días. Ni siquiera arriesgaría que se trate de un proceso que, de modo explícito, afecte el orden cotidiano de una mayoría social. Pero hoy se puede apreciar en los correos de lectores, en los foros virtuales, acá en blogolandia, en los últimos cacerolazos, piquetes, contrapiquetes y marchas. Aglutina la bronca, la fobia o el temor hacia el otro antes que la fe en el proyecto propio. Siempre hay algo de uno abonando lo otro pero existe en el presente un notorio desequilibrio. Habrá que ver si fue primero el huevo o la gallina, si los líderes y sus segundos dieron origen al fenómeno o sólo se montaron en él. Lo seguro es que este concierto de diatribas que opera como reflejo y/o alimento de un debate socio-político crispado tal vez contribuya a profundizar los clivajes, crear hegemonía y alumbrar los significantes vacíos y las cadenas equivalenciales patentadas por Laclau, puede ser, pero, por lo pronto, nos pone ante dos problemas: a) ese discurso en boca del oficialismo no favorece a los opositores más leales con vocación por la competencia; y b) ese discurso en boca de la oposición ha sido útil para derribar gobiernos pero está por verse si ayuda a articular mayorías democráticas.

2. El punto más alto del kirchnerismo es el rol asignado al Estado ante el conflicto social y resulta auspicioso que no se repriman ni los piquetes blancos ni los piquetes negros. Máxime si se considera que, cuando la represión estatal se hace costumbre, casi siempre se vuelve sobre los segundos antes que sobre los primeros. Es la imagen que mejor grafica aquello de la democracia mojando la pólvora. Tanto que se jode con las políticas de Estado, deberíamos aprovechar ahora que los blancos y pudientes salen a las rutas para hacer de esta política una doctrina. Nota para críticos: en esta política, hasta ahora, Santa Cruz ha sido la excepción que confirma la regla y no al revés. Nota para la muchachada K: D’Elía corriendo caceroleros quita puntos gratuitamente, no sean boludos.

3. Ningún progresista que se precie de tal puede apostar por el fracaso o la ruina del oficialismo. Eso es así aún para quienes no vemos en este gobierno nada más avanzado que una expresión del conservadurismo. El kirchnerismo fue muy inteligente para apropiarse del capital simbólico progre y un colapso de aquel también pone a éste en juego. O sea, el “cuanto peor, mejor” no puede ser nuestra política; al kirchnerismo hay que disputarle en las buenas porque en las malas la salida es por (más) derecha.

4. Si vamos a articular un relato basado exclusivamente en las creencias o representaciones dadas de los sectores medios, estamos fregados. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Está bien el intento por coaligar a los sectores medios para conformar una fuerza electoral competitiva. Está mal hacerlo, exclusivamente, con los elementos que nos brinda el sentido común de dichas clases. Esto es pura reproducción y nada de producción. Ya lo explicó y demostró Bourdieu, los agentes sociales, en sus prácticas, tienden a reproducir el orden social antes que a cuestionarlo. Una fuerza de cambio no puede actuar como un espejo que refleja las miserias y virtudes de la sociedad, está obligada a introducir elementos de ruptura. Grietas en el sentido común, eso.

5. Sería muy oportuno que Lilita asumiera el significado histórico de su actual rol. Digo, si Carrió desaparece del mapa, la figura emergente es Macri. Si Macri es ungido líder de la oposición, la figura de relevo del kirchnerismo termina siendo Scioli. Necesitamos a Lilita porque entre ella y Kirchner hay margen para discutir la distribución y conceptualizar la República. Entre Macri y Scioli, la agenda es la de Blumberg. Todos los progres, K y anti K, necesitamos más Lilita y menos Ceaucescu. ¿Me sigue?

Listo, ahora rapidito a la carnicería antes de que se acabe el asado.

Lógico.

Arriesgo: el kirchnerismo es la modalidad más inteligente del conservadurismo porque logró instalar que, a su izquierda, sólo está y estará la pared. Esto opera, obvio, como una profecía autocumplida dado que, si buena parte del progresismo compra el discurso y queda enmarañado en la periferia del dispositivo K, menores son las chaces de construir alguna vez una alternativa progresista.

Más: el kirchnerismo ha sido la única modalidad del conservadurismo en condiciones de ganar/gobernar luego del colapso de la Convertibilidad y del discurso libremercadista. El camino lo abrió Duhalde con el combo que incluye retórica desarrollista y sólida sociedad con una fracción de las clases dominantes para implementar un modelo que ayude a sustituir importaciones y terminar con la transferencia neta de divisas al exterior. El pejotismo bonaerense y otros aliados se encargan de lo que falta para garantizar competitividad electoral y gobernabilidad.

Lo bueno es que, entre una y otra cosa, se cargaron las leyes de impunidad y los cortesanos menemistas, nuestro Estado ganó en autonomía respecto de los países centrales y, con más derrame que política, mejoraron los indicadores sociales.

Lo malo es que, en simultáneo, la edificación de este capitalismo de súper amigos y entrañables testaferros supone una peligrosa dilución de los límites que deberían separar al Estado democrático del poder económico, la concentración sigue a marcha firme empujada por las políticas oficiales, la matriz de inequidad recuerda en mucho a la heredada y ya son varios quienes reconocen que la mejora de los indicadores se estancó (reiterándose la secuencia que se registra del Rodrigazo a esta parte: toda crisis, luego de dejar un tendal de pobreza y desigualdad, es sucedida por un ciclo de estabilización que, al final, nos ubica un escalón por debajo del ciclo precedente).

Como no puede ser de otra manera, semejante proceso viene acompañado de erróneos alineamientos o malas polarizaciones a la hora de los conflictos por el ingreso. Así, de uno y otro lado pueden encontrarse tanto agentes sociales pertenecientes a los grupos económicos más poderosos como integrantes del campo popular.

Visto de este modo, que el kirchnerismo sea reacio a la movilización, a abrir el juego, a avanzar en medidas “distribucionistas”, a extremar la polarización del escenario, o a cualquiera de esas cosas maravillosas con las que sueña el compañero Escriba, no es producto de erróneas decisiones tácticas sino el resultado de claras definiciones estratégicas. Tampoco es que se perdió el rumbo en horas decisivas, no, se trata del itinerario lógico de una fuerza conservadora.

Soy yo

Ponele que no sos vos, que el problema soy yo. Ponele que son los prejuicios, o los malos juicios, que el problema está ahí donde se estructuran las percepciones, que mi igualitarismo es de cartón y no termino de lidiar con la Realpolitik. Ponele.

Bárbaro, todo bien, supongamos que no entiendo este proceso ni los precedentes, que esto es lo mejor que nos puede pasar en materia de democratización del poder y que meo fuera del tarro cuando arriesgo que estamos más cerca de un modelo coreano de tipo de cambio alto con salarios bajos y superávit fiscal que de un modelo peronista de distribución del ingreso. Admitamos que sí, que le pifio fulero al identificar al kirchnerismo como el conservadurismo realmente existente.

Y ojo que lo digo con onda porque hablo de un conservadurismo lúcido y laico. Tan inteligente como para cancelar todita la deuda con el Fondo mientras pone jeta de Zamora y Parrilli pidiendo moratoria, carajo (¿te acordás del MAS?). O para blandir pañuelos blancos que llenan de culpa a la progresía no alineada y conjurar cualquier posibilidad de una alternativa por izquierda. O para ganar elecciones con votos obreros y dineros patronales. A ver si se entiende mejor, hablo de un conservadurismo que no distribuye pero acierta con un esquema que crece y algo derrama, que surfea en las contradicciones de las clases dominantes haciendo negocios con esas clases. Un conservadurismo que eligió por rivales a personajes que alguien debía pasar a retiro pero que ya venían con serias dificultades para mantenerse en el ring, todo presentado como si enfrente tuviéramos a Clay en su apogeo y con el Madison de escenario. Un conservadurismo sustentable o algo por el estilo.

Pero no, olvidate, el problema soy yo y me hago cargo porque quiero salir a espantar burguesitos caceroleros junto a D’Elía, Pérsico y algunos jóvenes devotos de los discursos partisanos. Eso sí, aunque ya casi somos del palo -o justamente por eso- necesitaría que te copes y me expliques algunas cosas que, imagino, son secretos para iniciados.

Antes, confieso que el tema retenciones, el paro, los piquetes, la contramarcha y todas las derivas me preocuparon menos que la situación de Racing en la tabla de los promedios. Es más, ni siquiera una súper polarización del conflicto hubiera logrado sacarme del maremágnum de enduido, fijador, pintura y cajas para la mudanza en el que estaba metido. Sin embargo, a partir de lo leído y escuchado desde entonces, puedo apreciar que es un buen momento para que la luz del proyecto liderado por el matrimonio presidencial me ilumine. De ahí, este diálogo.

Yendo al grano, ¿por qué una fuerza gobernante habla de determinadas situaciones como si se tratara de un relator antes que de un actor? Cristina debe ocupar el lugar del Cholo Simeone, no de Victor Hugo, y, a casi cuatro años y medio de kirchnerismo, no puede limitarse a gesticular como indignada porque cinco grupos concentran el 60 por ciento de las exportaciones agrícolas. Sería mejor que empiece por contarnos quiénes son los tipos que concentran la explotación y la ganancia de la tierra, y correspondería que termine enunciando las políticas adoptadas para transformar esa realidad.

Vos sabés que nombrar al enemigo implica identificarlo, volverlo corpóreo, y que hablar de oligarquía no agrega nada al asunto. Máxime si consideramos que, al calor de los negocios con el Estado, otro tipo de oligarquía se está amasando lejos del campo. O que buena parte de los actuales barones del campo reciben subsidios estatales. Peor todavía si entre esos barones se encuentra un senador oficialista cuya empresa es la principal productora de alimentos derivados de soja y una de las cuatro principales exportadoras. ¿No se nombra o no conviene nombrar al enemigo?

En el mismo sentido, pregunto, ¿el kirchnerismo no tiene nada que ver con el hecho de que los tipos que manejan más de mil hectáreas sólo representan el 10 por ciento de los emprendimientos agropecuarios pero concentran el 80 por ciento de la superficie explotada?

“Hal, antes de que exista el kirchnerismo la tierra ya estaba concentrada”, comentó un compañero del blog. Verás que estoy muy receptivo a los argumentos ajenos así que también acepto ésta: la tierra ya estaba concentrada. Es más, demos por hecho que el punto máximo de concentración fue el 2002 ya que, como explicó la misma persona, los procesos fuertes de concentración se dan cuando se va a pérdidas y los chicos, que no tienen capacidad financiera para aguantar, les venden a los grandes. Ajá, ok, ¿y desde entonces? Según este compañero, un tipo honesto e insospechado de contrera, el kirchnerismo encontró un sector concentrado y no hizo nada para cambiarlo, al igual que con el resto de la economía.

Algo de eso debe haber porque, en lugar de políticas destinadas a desconcentrar, tenemos un impuesto que pesa más sobre los grandes que sobre los chicos y subsidios para Cargill, Dreyfus o T-6 Industrial S.A.

Sí, ya escuché que las retenciones, que la redistribución y toda la sarasa. Pero la cosa no es tan fácil. Primero, si las retenciones fueran una línea divisoria entre izquierda y derecha (o entre progresismo y conservadurismo, o populismo y liberalismo, o peronistas y gorilas, o morenistas y saavedristas), Cristina y Krieger Vasena terminarían del mismo lado.

Segundo, no nos compliquemos la existencia con si la teoría ricardiana de la renta de la tierra o la teoría de la productividad marginal de los factores, con si el “factor fijo”, con si los productos le dan valor a la tierra, con si la renta normal o la extraordinaria, y una larga lista de etcéteras. Si se pretende gravar la renta de la tierra y/o la ganancia empresarial de la producción agrícola, ¿por qué no reemplazar los impuestos a la exportación por políticas más eficientes que atiendan la diferente capacidad contributiva de los agentes económicos a la hora de gravar la renta y/o la ganancia? No es cuestión de volverse loco con las formalidades, no; si con la excusa de la exportación caemos sobre la renta y/o la ganancia, está bien. Pero resulta que las retenciones, así como están, no actúan sólo sobre la renta porque terminan siendo pagadas por los eslabones más débiles de la cadena de valor, no son muy útiles para discriminar las producciones a fomentar, carecen de toda progresividad y no evitan que la mayor rentabilidad de los precios internacionales quede en las etapa de industrialización y comercialización, los eslabones más concentrados y con gran capacidad de control del mercado.

A propósito, si no es ahora que crecemos como los chinos, que tenemos superávit y quichicientos millones de dólares en el Banco de Redrado, ¿para cuándo dejamos una reforma, aunque sea módica, del régimen impositivo? Además, no entiendo el juego de insistir con las retenciones como instrumento para evitar un (mayor) aumento de los comestibles mientras, con políticas que favorecen la concentración del mercado, se la servimos en bandeja a los formadores de precios. Es medio contradictorio, reconocé.

Entiendo si decís que empezamos a los tumbos por acá, que elegimos estas ganancias mientras juntamos voluntades para ir por las demás y que las prioridades están determinadas por las relaciones de fuerza. Pero empujar a la Federación Agraria a los brazos de la Sociedad Rural no va muy de la mano con eso de juntar voluntades, y tampoco hay señales de prepararse para ir por las otras ganancias. Hay muchos beneficiarios del 3 a 1 y de la licuación de deudas que obtienen ganancias similares a las del campo y son premiados con negocios del Estado y/o subsidios. Que no te metas con las ganancias vaya y pase, pero premiarlos…

Ahí está la otra cuestión central, qué se hace para distribuir lo que se cobra. Podemos iniciar una cruzada por el aumento del gasto público y la intervención del Estado en los mercados pero eso no es ninguna garantía de redistribución progresiva. Acordate de la pesificación asimétrica y fijate lo que dice Lo Vuolo: “En cuanto a la distribución, nada se ha hecho para modificar la matriz corporativa, minimalista y asistencialista heredada del pasado, facilitando el avance de reformas con criterios universales y ciudadanos. (…) La política distributiva del gobierno se concentra en una apuesta al crecimiento y a la creación de empleo que ya está teniendo serios problemas para seguir. De hecho, los propios indicadores de pobreza están revirtiendo su tendencia declinante pese al crecimiento económico y el gobierno en lugar de reconocerlo manipula los indicadores para ocultarlo”. Para colmo, leí por ahí que, de los de los miles de millones en subsidios directos e indirectos, el 40 por ciento va a parar a los conglomerados económicos más fuertes (Peugeot, Citroën, Volkswagen, General Motors, Ciganotto, Repsol YPF, Cardinal Health, Vicentin, Molinos, Aceitera General Deheza, Eurnekian, y los ya mencionados, entre ellos) y sólo un tercio llega a la parte más desprotegida de la sociedad. O sea, flojitos con la famosa redistribución.

Uf, quería redondear pero se alargó mucho. Listo, leelo así como está y, en la medida de tus posibilidades, contribuí a ganar un soldado para la causa. Si no podés o no da, es igual. Lo dicho: no sos vos, soy yo. ¿Soy yo?