Mariano Montes

Chile vota

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Este domingo 17 de noviembre se elige al Presidente de la República de Chile para el período 2014-2018. Los postulantes al sillón de La Moneda son: Michelle Bachelet (Nueva Mayoría); Marcel Claude (Partido Humanista); Marco Enríquez Ominami (Partido Progresista); Tomás Jocelyn-Holt (candidato independiente); Roxana Miranda (Partido Igualdad); Franco Parisi (candidato independiente); Alfredo Sfeir (Partido Ecologista Verde); Evelyn Matthei (Alianza) y Ricardo Israel (Partido Regionalista de los Independientes). La segunda vuelta electoral, de ser necesaria en caso de que ningún candidato alcance el 50% más uno de los votos, tendrá lugar poco menos de un mes después, el 15 de diciembre.

La disputa presidencial está concentrada en las figuras de la expresidenta Michelle Bachelet, Evelyn Matthei y Franco Parisi. De modo más preciso, dos incertidumbres configuran el panorama electoral: la primera y principal, si Bachelet triunfará el 17 de noviembre y no hará falta un ballotage, y la segunda, si deberá enfrentarse en una potencial segunda vuelta contra la oficialista Matthei o contra el independiente Parisi. Adicionalmente, el alto nivel de abstencionismo esperado –la instauración del voto voluntario con inscripción automática podría potenciar el fenómeno- se constituye en una fuente de incertidumbre que puede afectar el resultado.

Michelle Bachelet representa al pacto Nueva Mayoría, que agrupa al Partido Socialista, el Partido Demócrata Cristiano, el Partido por la Democracia, el Partido Radical, el Partido Comunista, la Izquierda Ciudadana, el Movimiento Amplio Social e independientes de centroizquierda. La estrategia programática de la expresidenta asumió tres ejes: reforma constitucional democrática -uno de los temas de debate más relevante de la campaña-, nuevo sistema tributario más justo y equitativo y educación de calidad.

La candidata presidencial de la Alianza, Evelyn Matthei, inscribió su candidatura acompañada por la Unión Demócrata Independiente y la Renovación Nacional. Según declaró la propia postulante, los cuatro ejes de su campaña son la salud pública de calidad, educación, delincuencia y regionalización. Asimismo, Matthei postula como prioritaria la modernización del Estado y la administración pública, entendiendo por esta la incorporación de pautas y lógicas del sector privado.

Franco Parisi -estuvo muy cerca de estrechar un acuerdo con Enríquez Ominami para disputar internas en un mismo espacio- es un economista de fuerte ascendencia mediática. A partir de esa posición, Parisi procura establecer un vínculo personal y “apartidario” –según postula- con la ciudadanía chilena. En las últimas semanas, la candidata oficialista amplió su foco de discusión, incorporando un discurso crítico a Parisi. Se observa: la disputa por el segundo lugar parece encauzarse hacia un desenlace impredecible, a la espera de que Bachelet no logre superar el 50% más uno de los votos.

En simultáneo con la elección presidencial se realizarán las elecciones de diputados y senadores. En esta ocasión se elegirá la totalidad de los 120 diputados correspondientes a los 60 distritos que componen el país, y 20 senadores (de 38) correspondientes a las circunscripciones de las regiones de Antofagasta, Coquimbo, O’Higgins, Bío Bío, Los Ríos, Los Lagos, Magallanes y Metropolitana de Santiago.

Además, la ciudadanía chilena elegirá a sus representantes en los Consejos Regionales (Cores). Los Cores están integrados por el intendente, quien es designado por el Presidente de la República, y ejerce la presidencia del organismo, y por consejeros, los cuales duran cuatro años en sus cargos y pueden ser reelectos.

La competencia electoral de los consejeros está organizada en base a circunscripciones provinciales delimitadas al interior de las regiones, que sólo existen a los efectos de la elección. Cada provincia de la región constituirá, al menos, una circunscripción provincial. Las provincias de mayor número de habitantes se dividirán en más de una circunscripción provincial, según lo que se establece en el artículo 29 bis de la ley número 20.678.

Reforma constitucional, propuestas y campaña

Las últimas modificaciones a la Constitución chilena fueron realizadas por el expresidente Ricardo Lagos, quien en 2005 eliminó ciertos artículos de carácter autoritario, muchos afincados desde el periodo pinochetista, cuyas huellas persisten aun hoy y en diversas áreas. En ese entonces, se apartó de la Carta Magna la designación de senadores vitalicios, y se estableció la facultad del líder del poder ejecutivo para destituir a los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas.

El proyecto de reforma constitucional de Bachelet, como se dijo, uno de los ejes más importantes de su campaña, ordenó posicionamientos coyunturales y diagnósticos de fondo sobre el sistema político chileno en el actual período proselitista. Si bien la propuesta trae novedades en diversas materias, las innovaciones en la cuestión electoral presentan un relieve singular. De tal forma, el proyecto de reforma constitucional de Bachelet apunta a revertir el esquema mayoritario distintivo de la constitución autoritaria: el sistema binominal. Bachelet defendió una nueva Constitución que “elimine el sistema binominal que no permite una democracia moderna, adecuada y la elección de parlamentarios como es en todo el resto del mundo[1].

La relación entre poderes, particularmente entre el ejecutivo y el legislativo, también es objeto de cuestionamiento. Aquí los efectos institucionales parecen ser mixtos. El proyecto constitucional admite procurar la moderación del excesivo presidencialismo chileno. Para tal efecto, propone conservar el bicameralismo transfiriendo nuevas atribuciones al Congreso. Sin embargo, el proyecto abre la puerta a la relección inmediata del Presidente y empodera al mismo a disolver el Congreso por una vez en su mandato.

La propuesta también apuesta a avanzar hacia un régimen semipresidencial. En esta línea, plantea una separación entre la jefatura de Estado y la jefatura de Gobierno. De este modo, el jefe de Estado mantendría la decisión sobre el “derecho a excepción” o la “prerrogativa del veto parcial suspensivo”, mientras el jefe de Gobierno se encargaría de “conducir las relaciones internacionales” y de promover nombres para ministros.

Bachelet prometió en su campaña presidencial de 2005, y pretendió abordar durante su gestión, algunas de las reformas políticas. Los resultados no fueron del todo exitosos. El programa de octubre de 2005 se comprometía a “diseñar y aprobar un sistema electoral que sustituya el sistema binominal y garantice la competitividad, representatividad y gobernabilidad”. Fueron tres los intentos del Poder Ejecutivo por cambiar el sistema. El primero en abril de 2007, cuando la propuesta presentada por el ministro José Antonio Viera Gallo fue aceptada por gran parte de la Concertación y de Juntos Podemos Más, pero rechazada por la UDI y RN, dejando sin quórum la apuesta. En mayo de 2008 y en mayo de 2009, cuando se dieron los otros intentos, el gobierno insistió con una iniciativa que proponía eliminar el límite de 120 diputados. Este primer paso para pasar a otro esquema -aprobado este año en el Congreso- también fue resistido por las expresiones de la derecha chilena.

Además del fin del binominal, Bachelet propuso “impulsar la elección directa de los Consejeros Regionales”, “promover un sistema de registro electoral automático para los mayores de 18 años y un mecanismo de votación electrónico”, e “insistir en el voto de los chilenos en el extranjero”. De esas medidas, sólo logró cumplir con la elección directa de cores y la inscripción automática, aunque no pudieron regir debido a la falta de leyes complementarias. No obstante, es durante el gobierno de Piñera cuando se aprueba el paquete completo de inscripción automática, voto voluntario y ley de los Concejos Regionales.

Asimismo,  Bachelet se manifiesta partidaria de la “despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo” en tres casos: peligro de la vida de la madre, violación o inviabilidad del feto. Además, sobre el matrimonio igualitario, la candidata anunció que se convocará a un “debate abierto y participativo” para el posterior envío de un proyecto de ley. Esto es particularmente importante porque presagia (aunque algo de esto ya ocurrió) ciertas tensiones al interior de la coalición de Nueva Mayoría. Los Democratacristrianos se muestran insatisfechos con esas perspectivas del programa, mientras el PC apoya y reclama profundizar esta senda.

Por su parte, Matthei, la candidata oficialista sostiene que “la gente quiere que los políticos le alivien la vida cotidiana, por lo tanto lo que no le importa a la gente son las discusiones ideológicas como qué tipo de Constitución vamos a tener, qué tipo de país vamos a tener en el sentido de quiénes van a ser los que van a tener más poder, porque las discusiones constitucionales son básicamente discusiones ideológicas que en la vida cotidiana a la gente no le cambian nada”. Como podemos apreciar en esta nota, existen varias hipótesis para intentar explicar la mala performance de la candidata oficialista. Quizás la victoria de Piñera haya creado un nivel de expectativas creciente en un sector amplio de la sociedad que no tuvo su correlato en la evaluación que realizan estos mismos sectores cuando su mandato está prácticamente concluido.

En esta línea, puede observarse un importante cambio en la sociedad chilena que explica la caída de la derecha. De acuerdo a la encuestadora CEP, un 74% quiere la reforma educacional de Bachelet y un 67% está de acuerdo con la reforma tributaria, mientras que casi la mitad del país está a favor de una asamblea constituyente, para rediseñar a fondo la Constitución. Y lo más relevante, un 85% está de acuerdo en que se deben reducir las diferencias de ingreso, un problema que muchos identifican como la raíz de las dificultades sociales del país.

Muchas encuestas coinciden en que Bachelet ganará en primera vuelta, en algunos casos derribando la barrera del 50% y más que duplicando a la candidata oficialista. Con este panorama, el oficialismo intentó esmerilar su candidatura con algunos intentos, esporádicos y poco eficaces. Por ejemplo, el ministro del Interior Chadwick sostiene que las propuestas y medidas que propone Bachelet van a generar un freno al empleo, al crecimiento, al aumento y a la mejoría en las remuneraciones, y que harán, en definitiva,  que Chile se distancie cada vez más del desarrollo.

Un párrafo aparte lo merece la candidatura de Marco Enríquez Ominami. La relevancia de su aspiración va más allá del resultado propiamente dicho. El hecho de que compita con Michelle Bachelet en el mismo nicho del electorado hace que su desempeño resulte determinante para saber si el país deberá encarar una segunda vuelta el 15 de diciembre. Y de la mano de esto, su presencia obligó a la expresidenta a tomar buena parte de sus banderas políticas y económicas, dando a su candidatura una impronta progresista que va mucho más allá de lo que se le conoció en sus años en el poder político (2006-2010). Las propuestas del candidato que han sido replicadas por la exmandataria son varias: una reforma de la Constitución, cambios en la política tributaria, el fin del sistema electoral binominal que subrepresenta en el Congreso a las minorías, una educación gratuita y de calidad, y eliminar restricciones al aborto, entre otras.

En definitiva, el éxito de la candidatura de Bachelet, y de su propuesta redistributiva, radica en que el “modelo económico chileno” comienza a exhibir serias carencias, que se expresan en la dependencia del cobre y las materias primas, y en una dificultad para generar mecanismos que logren volcar los beneficios hacia masas sociales cada vez más exigentes. Es también una incógnita si el eventual triunfo de Bachelet modificará la estrategia de alianzas regionales de Chile, relegando los vínculos con los países de la Alianza del Pacífico para fortalecer e incrementar los lazos con el MERCOSUR (siendo el país transandino una nación asociada a este organismo). Y por supuesto, si los avances frente al restrictivo Sistema Electoral Binominal, quizás el legado institucional más palpable de la dictadura, serán fructíferos o no.

Todo ello comenzará a saberse a partir de este domingo a la noche, cuando se cuenten los votos. Sólo resta esperar.

 

 

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[1] http://www.latercera.com/noticia/politica/2013/10/674-547308-9-bachelet-el-binominal-no-permite-una-democracia-moderna-y-adecuada.shtml

Gana Obama

En estos momentos se están llevando a cabo las elecciones presidenciales en Estados Unidos. La disputa será entre el actual presidente, el Demócrata Barack Obama, y el empresario, exgobernador del Estado de Massachusetts y representante del Partido Republicano, Mitt Romney. ¿Cuáles fueron los ejes de las discusiones durante esta campaña? ¿Qué pasará en los Swing States? ¿Qué ocurrirá al final del día? A continuación intentaré abordar, sintéticamente, estos interrogantes iniciales.

La campaña demócrata ha resaltado, desde un comienzo, el contexto de crisis económica en el cual Obama accede a la Casa Blanca, conduciendo un país inmerso en la peor crisis desde la Gran Depresión de fines de la década del 20. En cada uno de los debates, Obama enfatizó la aprobación de la Affordable Care Act, una medida transformadora en materia de salud pública, brindando salud de calidad y al alcance de la mayoría de los estadounidenses. La finalización de la guerra en Irak, el asesinato de Bin Laden, la búsqueda de un cierre para los enfrentamientos en Afganistán, la aprobación de la “Reforma de Wall Street”, el recorte de impuestos a millones de trabajadores, la defensa de los derechos de la mujer para que tomen sus propias decisiones sobre su salud y la construcción de una educación superior más accesible para los jóvenes, aparecen como las medidas más destacadas También se cuentan aquí los acuerdos con Rusia y China para aprobar sanciones internacionales contra el gobierno iraní.

Romney, por su parte,  critica el “amplio” gasto público de los últimos años (propone recortes de gastos de aproximadamente U$s 500 mil millones por año), propugna reducir ampliamente los impuestos, crear 12 millones de puestos de trabajo, reducir la Fuerza Laboral Federal, endurecer la política exterior respecto a China y Rusia y fortalecer la posición del país frente a gobiernos considerados antidemocráticos, particularmente respecto a Cuba y Venezuela. Además, Romney propone mantener el presupuesto en defensa, mientras que el líder demócrata es partidario de reducirlo.

Un dato fundamental para los comicios, es que el nivel de entusiasmo es menor que el evidenciado en las elecciones de 2008, en gran medida debido a la brecha existente entre las expectativas que generó la victoria de Obama, respecto a las evaluaciones que realizan amplios sectores de la ciudadanía luego de cuatro años de administración. Igualmente, no se especula con un bajo nivel de concurrencia.

Por su parte, la batalla por la presidencia se librará en los Swing States, esto es, aquellos Estados que no tienen una orientación partidaria definida tradicionalmente. Estos Estados oscilantes, son nueve: Colorado, Florida, Iowa, Nevada, New Hampshire, North Carolina, Ohio, Virginia y Wisconsin.

Colorado (9 votos electorales) es quizás el Estado más empatado de los swing states. En el mismo territorio ubicamos a Colorado Springs, uno de los principales centros institucionales del activism military y evangélico, pero también situamos a Boulder y Aspen, asociados con el progresismo. Denver, la ciudad más importante, tiene una impronta más dividida. Mi impresión es que será la excepción del midwest, y ganará Obama. En Florida (29 votos electorales) Romney obtuvo una leve ventaja después del primer debate y nunca la perdió, con lo cual debería ganar el swing state más importante, y no podría ganar la Presidencia sin este. La economía de Florida está basada fundamentalmente en el Mercado inmobiliario, el cual fue devastado en 2008 y ha sido el último rincón del país en mostrar signos de recuperación. Hay una leve ventaja en favor del republicano. En Iowa (6 votos electorales), Estado con fuerte impronta agraria pese a su imponente diversidad económica y población urbana, parece que haber sido el principal receptor del “green pork”, criticado y ridiculizado por Mitt Romney y Paul Ryan, tendrá efectos muy claros. Allí Obama disfruta de una pequeña pero sólida ventaja.

Seguimos con el recorrido. En Nevada (6 votos electorales) se observa la peor tasa de desempleo en el país. Siendo una población considerablemente mormona, operó como el baluarte en las primarias de Mitt Romney cuando corría peligro de perder con Rick Santorum y Newt Gingrich. El Estado puede verse como natural para el republicano, pero ha favorecido consistentemente a Obama por un pequeño pero contundente margen en los sondeos. Las probables razones de este desplazamiento son el voto latino (ronda el 15% del electorado), y el poder político del trabajo organizado, especialmente el sindicato de docentes. Damos ventaja a Obama. En New Hampshire (4 votos electorales), debido a su poca población, la escasa ventaja de Obama en las encuestas no parece estar fuera del alcance de Romney. Este Estado posee una fuerte reputación libertaria (de hecho, es el hogar del “Free State Project”). No será la excepción del noreste, y ganará Obama. En North Carolina (15 votos electorales), un Estado fundamental en la ecuación que llevó a Obama a la Casa Blanca en 2008, parece que la historia no se repite. Si bien es un sitio conservador con una tasa de desempleo cercana al 9%, tendremos que esperar hasta último momento para arriesgar quien vence finalmente. No obstante, la ventaja es de Romney. Ohio (18 votos electorales), es la madre de todos los swing states, debido a su tamaño, su historia y status, porque se erige como el Estado que todo candidato exitoso ha ganado desde 1960. Cuatro años atrás, Romney se manifestó contrario al rescate de la industria automotriz, vital en la economía de este Estado. Aquí, creo, está la clave de la elección, y uno de los principales factores que explicarán el triunfo demócrata. Además, siendo uno de los principales estados industriales, ha tenido una recuperación económica más rápida que el resto del país. En Virginia (13 votos electorales), las encuestas están muy parejas. Si bien es un Estado conservador, podríamos decir que existe una leve ventaja en favor del actual presidente, sobre todo después del acto que compartió con Bill Clinton, el último sábado, en el anfiteatro Jiffy Lube Live en Bristow, que generó un efecto mínimo pero para nada descartable en los sondeos. Finalmente, en Wisconsin, Estado natal de Paul Ryan, también observamos una ventaja para Obama en las encuestas, y estimamos que no habrá problemas para que los Demócratas ganen el Estado por séptima vez consecutiva.

Frente a este panorama, si bien Mitt Romney y el actual presidente permanecen bastante empatados en las encuestas nacionales de voto, en los sondeos por Estado para el Colegio Electoral se exhibe un liderazgo con una tendencia casi irreversible en favor del demócrata. Creo que la victoria del Presidente Obama en el colegio electoral y en el aun más disputado voto popular será inobjetable. En algo menos de 12 horas lo sabremos.

 

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Quedan los partidos

Este post fue escrito por Mariano Montes y Javier Caches.

Como el ajedrez, la política puede ser entendida como un tablero en el que se mueven las piezas, siguiendo las reglas del juego que establece la democracia y combinando estrategias que deben necesariamente contemplar las tácticas del resto de los actores (la política democrática, más aun, para usar una imagen de Guillermo O´Donnell, se juega en múltiples tableros al mismo tiempo). Como sea, la movilización del jueves 13 de septiembre ha sacudido la partida, y obliga a los protagonistas involucrados –propios y ajenos- a repensar el contexto dentro del cual el juego se desarrolla.

El kirchnerismo ha sido una fuerza política particularmente preocupada por la ocupación del espacio público. Quizá como herencia y aprendizaje del 2001, y en consonancia con el paradigma de no represión de la protesta social, el ciclo iniciado en 2003 comprende como ninguno que la política argentina discurre por canales institucionales, pero se dirime también, y en porciones no menores, en las calles.

Por esta razón, toda marcha opositora es un dato político insoslayable. La movilización de aquel jueves en contra del gobierno es, no obstante, irreductible a los dos anteriores episodios de su misma especie: a diferencia de los reclamos de Blumberg en 2004 por la inseguridad, no se registra en esta ocasión una figura o líder que encabece el cacerolazo; con respecto al conflicto con el campo, los manifestantes no responden ahora a un sector específico o corporativo (como las patronales agropecuarias, en aquel otoño de 2008).

Las consignas del 13 de septiembre fueron variadas y heterogéneas; la inflación, las restricciones a la compra del dólar y la inseguridad estuvieron, al parecer, al tope de las demandas de los (auto)convocados. Hubo, también, un sentimiento extendido en la jornada: la idea de que se está ante un gobierno autoritario, irrespetuoso de la división de poderes, las libertades individuales y que pone en riesgo la democracia. Tal consideración, bastante generalizada y asociada a un odio larvado en la historia de nuestro país, no tiene el mínimo asidero. La democracia moderna se nutre de tradiciones complementarias, yuxtapuestas, que encuentran su traducción en las instituciones de gobierno y en la cultura política. Así, la democracia reconoce una herencia liberal (tributaria de Locke, exalta ante todo los derechos individuales de las personas), un legado republicano (con Montesquieu, el gobierno virtuoso proviene de la división de poderes) y una tradición, diremos, mayoritaria (la democracia como gobierno de las mayorías, al decir de Rousseau). En sociedades complejas como la nuestra, estas diferentes visiones de democracia coexisten y se solapan, expresándose con desigual intensidad según los estilos de gobierno. Afirmar, como se ha hecho en el cacerolazo, que el kirchnerismo constituye una experiencia autoritaria, dictatorial, no tiene ningún sustento empírico.

Por otro lado, se ha repetido en estos días (acá lo comenta muy claramente el Escriba), con razón, que los sectores movilizados no encuentran representación en el sistema político; sin mediación partidaria, la ciudadanía sale a la calle y le expresa, disconforme, directamente sus demandas al gobierno. Los medios de comunicación hegemónicos han hecho de esta carencia (la exaltación de la espontaneidad ciudadana y a-partidaria) una virtud, cuando en realidad es el germen de su fracaso; hasta próximo aviso, la política sigue siendo la principal vía para concretar demandas, y, en última instancia, transformar la realidad. Sin organización que los contenga, la movilización ciudadana y la ocupación del espacio público puede ser una experiencia estimulante (sobre todo para los sectores sin tradición política previa, como parecerían ser aquellos que se manifestaron), pero no pasa de ser una expresión espasmódica. En otras palabras, cuando la gente vuelve a su casa, lo que quedan son los partidos.

En definitiva, el cacerolazo fue (y sigue siendo), ante todo, una señal de alarma para la oposición (que no logra que poco menos de la mitad de la población exprese sus demandas, intereses y opiniones por canales político-institucionales). Ciertamente, no puede ser leído como una bisagra en la historia política de nuestro país –no faltaron los opinadores que han querido ver en el cacerolazo un 17 de octubre de la clase media-. La democracia se fortalece cuando algunos sectores, aunque minoritarios, pueden reclamar, como lo hacen, por sus propios intereses. Pero, como bien dice el amigo Mendieta en este post, se refuerza, se vigoriza, y se solidifica aún más, cuando estos sectores, de nuevo, minoritarios, legitiman la decisión mayoritaria de un pueblo.

Indudablemente, un proyecto político que otorga derechos a quienes nunca lo tuvieron (o los perdieron en el sinuoso camino de la experiencia neoliberal), y quita privilegios a aquellos que naturalizaron la inequidad, es un proyecto que generará cierta resistencia. Sería saludable para nuestra democracia que los sectores que no se sienten interpelados por este momento histórico, tengan la representación política que merecen. La Presidenta señala en cada discurso que hoy tenemos un Estado presente para los 40 millones de argentinos. Pero esa presencia no asume neutralidad. Y la mayoría de los argentinos (pero también la minoría), evidentemente, lo tiene muy claro.

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La carrera presidencial en Estados Unidos

 

Durante el día de mañana se realizarán elecciones simultáneas en diez Estados norteamericanos, continuando con la temporada de primarias y caucuses para seleccionar al candidato republicano a la presidencia, con la mirada puesta en las elecciones que se celebrarán el 6 de noviembre de este año. Como ustedes saben, los cuatro principales candidatos del Grand Old Party son Mitt Romney, Newt Gingrich, Ron Paul  y Rick Santorum. Veamos una breve referencia de ellos.

Mitt Romney es un empresario multimillonario y fue gobernador de Massachusetts. Es la segunda vez que se presenta en las elecciones primarias (lo había hecho en 2008) y profesa la religión mormona, algo que no muchos ven con simpatía. El aspecto que genera más recelo entre los votantes conservadores es que, siendo gobernador, aprobó una ley de reforma de la salud ciertamente similar a la que impulsó Obama durante su mandato.

Rick Santorum, con 53 años, es el candidato más joven. Fue Senador de Pennsylvania y cuenta con un firme apoyo de diversas organizaciones sociales conservadoras fundamentalmente por su fuerte rechazo al aborto y su defensa del matrimonio tradicional.

Newt Gingrich, por su parte, fue el presidente de la Cámara de representantes entre 1995 y 1999, y estuvo alejado de la vida pública durante algunos años por una relación extramarital con quien es su actual mujer. Su propuesta más firme es promover un aislamiento de los islamistas radicales alrededor del mundo para obtener la victoria contra el “terrorismo”.

Finalmente, llega el turno del inefable Ron Paul quien hace 24 años se presentó a las elecciones como candidato del Partido Libertario y en las últimas elecciones lo intentó como candidato republicano. Desde 1977 ocupa una banca en el Congreso y actualmente es miembro de la Cámara Baja por el Estado de Texas. Es ginecólogo (algo que siempre menciona cuando se manifiesta en contra del aborto) y propone la abolición de la Reserva Federal, el retiro de las fuerzas armadas nacionales en todos los países en los que tiene bases y la vuelta al patrón-oro.

Si bien suele decirse que Ron Paul es el padrino intelectual y padre espiritual del tea party, lo cierto es que la mayoría de los referentes de esta organización (y agregaría, alguno de los más importantes) ya manifestaron su apoyo a Gingrich (aunque, vale decir, parece que a los amigos se les está apagando la estrella).

Algunos de los candidatos que quedaron en el camino son el ejecutivo Herman Cain; la militante del tea party, Michele Bachmann; el ex demócrata Buddy Roemer; el ex Gobernador de Utah, Jon Huntsman, y el errático Gobernador de Texas, Rick Perry (quien propuso, por ejemplo, enviar tropas a México para luchar contra los carteles de narcotraficantes).

Este ciclo de sucesivas elecciones que se extiende desde el 3 de enero, con el caucus de Iowa, hasta el 26 de junio, con las primarias en Utah, presenta un conjunto de características que estructuran una particular modalidad de selección de candidatos. Son estas particularidades las que intentaré presentar en las próximas líneas, para tener una breve e inicial aproximación que seguramente será completada con sus comentarios.

Las elecciones primarias del partido Republicano se desarrollan en los 50 estados y seis territorios adicionales estadounidenses.  Cada uno de estos Estados y territorios cuenta con un número específico de delegados (consultar la cantidad por Estado acá), quienes están habilitados para formar parte de la Convención Nacional partidaria en la cual se elegirá formalmente al candidato (en esta oportunidad la Convención se realizará en Tampa, Florida, el 27 de agosto). Algo que ocurre generalmente (y que si bien se dijo que esta vez iba a ser una excepción, creo que nuevamente va a ocurrir) es que la convención es sólo el acto oficial de presentación del candidato, el cual, de acuerdo al calendario de las primarias, suele conocerse de manera extraoficial antes del encuentro nacional.

Un aspecto que parece indistinto, pero que no lo es, está reflejado por las diferencias que existen entre las formas de organizar los actos electorales. En este sentido, hay un conjunto de  diferencias claras entre los caucuses y las primarias. Las elecciones primarias (que pueden ser abiertas o cerradas) son organizadas por los gobiernos locales (y en muchos casos estatales) e implican que los miembros con derecho a voto vayan a las urnas. Por su parte, los caucuses son organizados por el partido y su organización varía entre cada uno de los estados. En este tipo de elección el ritual impone encuentros entre los votantes (pueden ser en casas o colegios, por ejemplo) donde discuten sobre los distintos candidatos y sus propuestas, la conveniencia o no de que sea un determinado candidato el que enfrente al probable rival en el otro partido, y un conjunto muy variado de aspectos relevantes en las campañas. En la continuidad del proceso, comienza una cadena de elecciones (se eligen los delegados para la convención del condado, quienes eligen a los delegados para la convención estatal en donde se seleccionan a los delegados para la convención nacional), y en el caso específico de los caucuses republicanos, suelen realizarse por medio del voto secreto.

Esto también ocurre en las primarias y caucuses demócratas. Podemos decir que técnicamente este partido tiene elecciones de estas características pero como un proceso meramente formal, porque no sólo el actual presidente no tiene un  contendiente establecido sino porque tampoco lo tendrá, independientemente de que nada impida que un demócrata se postule como precandidato. Igualmente existirá una convención partidaria para formalizar la candidatura de Obama y se realizará en Carolina del Norte, a principios de Septiembre.

El partido republicano modificó para estas elecciones las reglas de sus primarias y lo que ahora ocurre es que en la gran mayoría de los estados no se asignan los delegados con la tradicional regla del winner take all, sino que lo hacen recurriendo a formas proporcionales o mixtas. En las elecciones del 28 de febrero, en Arizona, la cantidad de delegados en disputa se redujo a la mitad por omitir estas reglas y seguir otorgando la totalidad de los delegados al ganador.

La especificidad del Supermartes, es, como dije, que durante un día en particular varios estados llevan a cabo sus elecciones al mismo tiempo y generalmente muchos candidatos que llegaban con pocas posibilidades y no tienen una buena performance terminado el día, abandonan la carrera por la presidencia. Con respecto a esto, habrá que ver si Gingrich (sobre todo) o Paul (algo más consecuente, creemos que llegará a agosto) dan un paso al costado y manifiestan su endorsement a algún candidato con mayores chances (como ya ocurrió, por ejemplo, con Rick Perry y Herman Cain y sus apoyos a Gingrich).

Algo más con respecto al supermartes. Esta práctica comenzó en la década del 80 y en 2000,  por ejemplo, 16 estados tuvieron sus primarias el 7 de marzo y definieron el 60% de los delegados. En 2004 el supermartes se dividió en una elección el 3 de febrero y luego otra el 2 de marzo, mientras que en la elección en la cual triunfó Barack Obama, en 2008, 24 estados participaron en el llamado “Super-duper-martes”. En esta edición se definirán 419 delegados (se necesitan 1144 para triunfar) y Romney llega con una diferencia importante con respecto a sus rivales. Sin contabilizar los delegados de la última elección en Washington, Romney llevaba 182 delegados, Santorum 79, Paul 40 y Gingrich 39.

En este cuadro podemos ver los resultados en todas las elecciones hasta hoy:

 ESTADO / CANDIDATO

Mitt Romney

Rick Santorum

Newt Gingrich

Ron Paul

Iowa (3/1)

24,5%

24,6%

13,3%

21,4%

New Hampshire (10/1)

39,3%

9,4%

9,4%

22,9%

South Carolina (21/1)

27,8%

17%

40,4%

13%

Florida (31/1)

46,4%

13,3%

31,9%

7%

Nevada (4/2)

50,1%

10%

21,1%

18,8%

Colorado (7/2)

34,9%

40,3%

12,8%

11,8%

Missouri (7/2)

25,3%

55,2%

-

12,2%

Minnesota (7/2)

16,9%

44,9%

10,8%

27,1%

Maine (11/2)

39,2%

17,7%

6,2%

35,7%

Michigan (28/2)

41,1%

37,9%

6,5%

11,6%

Arizona (28/2)

47,3%

26,6%

16,2%

8,4%

Washington (3/3)

37,6%

23,8%%

10,3%

24,8%

 

¿Cuáles son los aspectos positivos y negativos de este tipo de elecciones? En principio podemos decir que todos los candidatos durante muchos meses recorren el país y se acercan a los electores, dinamizan la vida intrapartidaria, incrementan el nivel de los debates (o, siendo menos ambiciosos, la cantidad de debates) y ofrecen a sus ciudadanos más y mejores posibilidades para optar por el candidato que más les guste. En el caso específico de esta elección, la dificultad de una primaria tan extendida temporalmente implica para el Partido Republicano una menor cantidad de semanas de disputa directa con el candidato del partido rival.

Pero sin dudas, un componente fundamental en las elecciones está dado por el financiamiento de las campañas. En la contienda actual, y según datos de la Comisión Federal Electoral, se llevan gastados 75 millones de dólares y más del 50% de ese gasto total corresponde a aportes de Restore Our Future, una agrupación que respalda a Romney.

Mientras en Argentina se dio un gran paso con la modificación del financiamiento de las campañas con la Ley de Democratización de la Representación Política, en Estados Unidos, los supercomités que se encargan de recaudar fondos se fortalecieron luego de un fallo de la Corte en 2010 que hizo más flexibles las reglas para que corporaciones y particulares financien ilimitadamente a los distintos candidatos.

El efecto del financiamiento en la campaña es visible, aunque existe una discusión con respecto a si el dinero fluye hacia los candidatos que se encuentran mejor posicionados en las encuestas o, inversamente, las donaciones de las elites partidarias se dirigen hacia sus propios candidatos y esto luego repercute en la elección de los votantes, quienes estarían más inclinados a optar por aquel candidato que atraiga más apoyos. Se estima que ocurre lo primero (por ejemplo en este paper que me facilita un amigo), aunque el riesgo de endogeneidad, es decir, que la causalidad sea inversa, está claramente presente.

En las elecciones de mañana votarán miles de ciudadanos en Alaska, Georgia, Idaho, Massachusetts, Dakota del Norte, Ohio, Oklahoma, Tennessee, Vermont y Virginia. Es muy probable que Romney gane en la mayoría de los estados y se consolide en su camino a la nominación en Tampa. Pero deberá enfrentar dos problemas que lo persiguen, digamos, desde siempre: su escasísimo carisma (es visiblemente frío y distante) y su, permítaseme el eufemismo, debilidad en el sostenimiento de sus convicciones con el paso del tiempo (hace algunos años se declaró pro choice y hoy es un militante pro life, para dar un ejemplo). Y sobre todas las cosas, deberá enfrentar a un rival que, todo hace presumir, continuará siendo el Presidente de Estados Unidos por cuatro años más.

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Chile: la relativa continuidad económica y la probable reforma política

Durante el primer año de gobierno de Sebastián Piñera podemos analizar determinados aspectos generales que indican rasgos de permanencia económica y  claros redireccionamientos políticos en el país.

En materia de política económica, las principales características del modelo de libre mercado y la orientación exportadora que solidificó la Concertación ( y que desarrolló la dictadura, desde los años ochenta) son sostenidas religiosamente por Piñera, en un país en el que el equilibrio de poder en las últimas dos décadas ha sido caracterizado por cambios graduales y consensuados. Es decir, la discusión en materia económica se ha dado a partir de una tendencia centrípeta entre las dos mayores fuerzas, según las cuales ciertos rasgos macroeconómicos parecen inamovibles.

La clara apertura económica a las empresas multinacionales y la persistente mercantilización de los servicios públicos, si bien en el nuevo milenio se combinaron con una  política social focalizada hacia los sectores más pobres, siguen siendo rectores en la agenda chilena con la nueva coalición gobernante.

Con respecto a la política fiscal del gobierno, Piñera ha realizado reiteradas críticas al supuesto desborde en el gasto público durante el periodo de Bachelet, fundamentalmente en el último año de crisis económica internacional. En este sentido, parece existir cierta coherencia con el objetivo de achicar el gasto público con respecto al proyecto de reajuste salarial ( sin acuerdo con las organizaciones de trabajadores) que envió el presidente al Congreso el último 30 de noviembre.

Lejos quedó la promesa de campaña con respecto a la creación de un millón de puestos de trabajo. La Central Unitaria de Trabajadores (CUT), que ha tenido diálogo fluido y buenas relaciones con las distintas administraciones de la Concertación, y que en su momento anticipó, sin rodeos,  que el nuevo presidente representa el interés de los empleadores, ya realiza manifestaciones de protesta junto a miles de trabajadores, contra las decisiones del mandatario.

Chile sigue privilegiando su integración comercial con las economías de mercado emergentes y más influyentes. En este sentido, debe remarcarse que los principales socios de exportación son los mismos países con los cuales los gobiernos de la Concertación habían fortalecido los vínculos:  China,  Estados Unidos, Japón , Corea del Sur, los Países Bajos, Italia, y Brasil .  No sólo el gobierno de Piñera no modificó la política exterior en materia comercial, sino que la ha tomado como necesaria para cumplimentar el objetivo de obtención de altas tasas de crecimiento y niveles de inversión, consumo, producción y exportaciones.

Si bien el país, como vemos, tiene una notable herencia de los preceptos económicos del período pinochetista y que, con matices, desarrollaron los gobiernos de la Concertación, las huellas del pasado no deben reducirse sólo a estos aspectos. El mantenimiento del sistema electoral binominal , el código laboral y la ley de amnistía, entre otros puntos, forman parte del legado de la dictadura a una Democracia nacida bajo la sombra de acuerdos de convivencia que, en una sociedad dividida, ha significado para muchos un pacto de impunidad.

Con respecto al plano estrictamente político, el elemento saliente es, sin dudas, la reforma electoral que enviará al Congreso el presidente, y que según algunas encuestas es acompañada por gran parte de la sociedad. Esta reforma presenta algunos aspectos que vale la pena destacar.

Habíamos dicho acá ( y se hicieron eco acá, acá y acá) que la reforma política en Chile era inminente. Bueno, evidentemente existe un fuerte acompañamiento de la sociedad con respecto a la inscripción automática, el sufragio del ciudadano chileno en el exterior y la implantación del voto voluntario. Como afirma Greg Weeks “A new poll in Chile shows support for some electoral reform, particularly for voting to be voluntary (77%).  Meanwhile, 60% support making registration automatic once you become 18 years old.  The same percentage supports allowing Chileans to vote from abroad”.

Piñera, estimo, tendrá que considerar dos cuestiones  para aprobar la reforma. La primera es, digamos, esencial. Para ganar las votaciones cuando no tenés mayorías en ambas cámaras, necesitás votos de la oposición, en este caso, fundamentalmente del PRO. La segunda, necesitás disciplinar tu banca. Cómo va a lograr, en este último caso, que ciertos legisladores oficialistas voten los cambios en el sufragio chileno en el exterior cuando “voting abroad has been opposed by the right, on the assumption that a majority of Chileans living in other countries fled the military government and therefore would vote for the Concertación” , es la pregunta que necesita respuesta para viabilizar la reforma.

Sin embargo, en ambos puntos, la solución es una sóla : la reforma del binominal. Ahí es donde puede otorgar incentivos al PRO (que se verá beneficiado con las bancas que ganará sin el sistema electoral que sostiene el bipartidismo) y a sus propios legisladores, garantizándoles que la reelección de sus bancas no están en riesgo.

No creo que haya reforma política integral en Chile ( y, más importante aún, capacidad del oficialismo para lograr acuerdos con fuerzas minoritarias pero trascendentes), en la medida que el Gobierno no vislumbre que la reforma al sistema electoral binominal es la llave que abre las puertas a este cambio estructural en las transferencias de las elecciones de la ciudadanía en cargos públicos ejecutivos y legislativos. Y mucho menos podrá visibilizar en su horizonte un acuerdo que permita la reelección presidencial.

Como desde estas líneas no subestimamos la capacidad del gobierno en la evaluación de todas estas variables, insistimos en que la reforma del binominal es inevitable.

Qué dejó el ballotage en Brasil

El último domingo 31 de octubre los ciudadanos brasileños eligieron a la primera Presidenta de la historia de su país. Con el 56% de los votos, Dilma Rousseff se convirtió en la sucesora de Lula, obteniendo una amplia ventaja con respecto al 44% de José Serra, el candidato del PSDB.
En este artículo de Martín Granovsky se resumen muy claramente las principales claves para entender la victoria de Dilma. Mi idea es señalar, brevemente, algunas líneas sobre qué dejó el ballotage, no como un análisis prospectivo de la probable gestión del gobierno que se iniciará el 1° de enero de 2011, sino como algunas conclusiones o respuestas aproximadas a las preguntas que fueron surgiendo luego de la primera vuelta.

Todo esto, sin considerar lo sustancial. La decisión de la ciudadanía de seguir avanzando por el camino de la transformación estrucutural de una Nación que comienza a consolidar su rol de potencia en el plano internacional, solidificando el crecimiento en todos los indicadores socioeconómicos en el marco de un proceso de resignificación política y cultural.

¿Reformas al Sistema Binominal en Chile?

En los últimos días ha reaparecido en la escena política chilena el debate alrededor del Sistema Binominal (en adelante, SB) para la elección legisltativa. La posibilidad de que los partidos que conforman la Coalición de gobierno, formada por Renovación Nacional (RN) y la Unión Demócrata Independiente (UDI), reconsideren la posición de rechazo que tuvieron en las últimas décadas en relación a la modificación de aquel sistema electoral, parece cada vez más cierta.

* El SB chileno fue diseñado por el constitucionalista, ex Senador y asesor jurídico de Augusto Pinochet , Jaime Guzmán Errázuriz, y fue incluido en el marco de la Constitución de 1980 e implementado democráticamente desde la reforma constitucional de 1989.

La novedad institucional se encaró con dos objetivos. El primero fue reducir el número de partidos con respecto a la cantidad que existían antes del golpe de Estado de 1973. El segundo fue incrementar la representación de la derecha parlamentaria. Es decir, obedece a una particular lectura política (de los sectores conservadores) sobre las causas de la fragmentación y polarización partidaria y del quiebre del régimen democrático de principios de los años setenta.

La ecuación era simple. La existencia del sistema de representación proporcional habría provocado la conversión del sistema partidario chileno en un multipartidismo que contribuyó a erosionar cualquier posibilidad de formar mayorías estables capaces de llevar a cabo los programas de gobierno. Partiendo de esta premisa, se promovió un sistema con una muy baja magnitud que se ofreciera como garante de la eficacia del sistema político y la moderación de los partidos, generando un contrapeso a partir de la representación de las minorías y evitando el supuesto peligro del multipartidismo (fundamentalmente que el PC acceda a una banca).
La aplicación del SB tendió a sobre-representar tanto a la Concertación como a la Alianza (luego Coalición por el Cambio), e incluso benefició más a esta última en el Senado. Los grandes perjudicados fueron los partidos que disputaban las bancas por fuera de los dos grandes frentes electorales.

*En el plano político-territorial, Chile está dividido en 60 distritos o circunscripciones electorales para la Cámara de Diputados y 19 para la Cámara de Senadores. En cada uno de los distritos se eligen dos Diputados (con un mandato de cuatro años),  alcanzando  un total de 120. En la elección de los 38 senadores (con un mandato de ocho años), cada Región elige dos representantes con la excepción de la quinta, séptima, octava, novena, décima y la Región Metropolitana que eligen cuatro senadores en dos distritos binominales. Además del SB, el sistema electoral chileno contempla una fórmula mayoritaria para la elección del Ejecutivo nacional y los Alcaldes, junto a una fórmula proporcional para las elecciones de concejales municipales.

De esta forma, en las elecciones legislativas nacionales, cada lista presenta dos candidatos por circunscripción para ambas Cámaras. Una vez finalizada la votación, el Tribunal Calificador de Elecciones cuenta los votos de cada uno de los candidatos de las listas y suma ambas cifras, obteniendo el número final de votos del partido o alianza electoral. La lista o nómina con mayor cantidad de sufragios obtendrá legítimamente las dos bancas en disputa sólo si excede en el doble de votos a la lista que se ubica en el segundo lugar de las preferencias. Si esto no ocurre, las bancas serán ocupadas por el candidato más votado de cada una de las dos listas que obtuvieron mayor cantidad de sufragios.

Naturalmente, en el ámbito de una dinámica política como la chilena (con un incipiente  pluripartidismo moderado a partir  del surgimiento del PRO de Marco Enríquez Ominami), fueron muy pocas las votaciones en las que un mismo partido político o pacto electoral obtuvo la representación de las dos bancas en disputa, siendo el común de la regla que la Concertación y la Alianza  se dividan los cargos, trasladando al plano legislativo aquella reducción de la oferta electoral.

De esta manera, el SB fomenta la formación de dos grandes coaliciones e impide a fuerzas minoritarias o agrupaciones que no estén contenidas en grandes bloques acceder a una banca. De hecho, su aplicación no necesariamente produjo la reducción de la cantidad de partidos políticos, sino que estimuló a la unión de estas fuerzas alrededor de dos coaliciones partidarias que lucharon durante los últimos veinte años por obtener la mayoría Parlamentaria. Y si bien antes de 1973 también existían coaliciones, no revestían la relativa solidez a su interior que ha caracterizado tanto a la Concertación como a la Alianza.

*El politólogo Patricio Navia, quien le reconoce muchos defectos al SB, afirmó, sin embargo, que contiene un rasgo positivo si consideramos que otorga estabilidad ( y previsibilidad) a la competencia política, moderada por la conformación de dos grandes bloques que promueven la contienda centrípeta. Este criterio trae la discusión entre aquellos que privilegian la estabilidad y la gobernabilidad frente a quienes defienden la posibilidad de representación de terceras fuerzas, partidos independientes y minorías activas, defensores de la proporcionalidad.

Pero los disensos con el SB son muy consistentes. Este sistema electoral, como se puede advertir, permite que eventualmente un candidato con una votación nominal menor que otro pueda ocupar una banca. ¿Cómo sucede esto? Supongamos un caso en que el partido más votado obtiene el 65% de los votos y el segundo un 25%. Luego analicemos la posibilidad que los votos en la lista ganadora sean en un 50% para un candidato y 15% para el otro, mientras que en la segunda en la preferencias uno de los candidatos obtiene el 20% y el otro el 5%. El candidato que obtiene el 15%, con diez puntos menos que el más votado en la otra lista, ingresa igualmente al Congreso porque su lista supera por más del doble de votos a su immediata seguidora. Y el ideal de convertir a las instituciones representativas de la sociedad en un fiel reflejo de sus preferencias queda, cuanto menos, postergado.
Además, este sistema genera desinterés en grandes sectores de la sociedad que están obligados a emitir un sufragio instrumental que les presenta el dilema de votar útilmente a una de las dos grandes coaliciones, considerando que optar por otros partidos carecería de sentido. Así, teniendo las dos coaliciones prácticamente asegurada su representación, la disputa principal se dirime entre las élites partidarias de cada una de ellas a su interior para posicionar a su candidato en una ubicación expectable.

*Las preguntas que surgen son, en principio, dos. ¿Por qué la derecha pretende debatir sobre una eventual reforma del SB cuando históricamente estuvo en contra de todo tipo de discusión al respecto?, y en segundo lugar ¿Es factible la reforma con la actual composición parlamentaria?

En cuando al primer interrogante, como comenta Claudio Fuentes, la necesidad de contar con mayorías para gobernar motivó que las dirigencias de RN y de la UDI plantearan la necesidad de modificar el sistema electoral, ampliar el número de senadores y –ejem- posibilitar la reelección presidencial. En este sentido, el presidente Piñera continuó con los clásicos argumentos pero modificó la estrategia para sostenerlos : adelantó, con el objetivo de solidificar la estabilidad política al país y la gobernabilidad de las mayorías, que apoyará la reforma del SB, mejorando “la inscripción automática, el voto voluntario y el voto de los chilenos en el exterior”.

Lo cierto es que, con una mayor cantidad de senadores y diputados (sólo se puede lograr con una reforma constitucional mediante la aprobación de dos tercios de ambas cámaras), es decir, ampliando la magnitud de los distritos, se incrementarían proporcionalmente las posibilidades de ingreso de nuevas fuerzas en las Cámaras, y con ello la capacidad del Ejecutivo para desarrollar alianzas y acuerdos específicos con fuerzas minoritarias pero representativas.

La voluntad política del gobierno de cumplir con un viejo anhelo de los partidos minoritarios, cuya posibilidad de acceso al Legislativo estuvo vedada por la ingeniería electoral, les permitirá obtener nuevos aliados en la gestión del gobierno.

Con respecto al segundo planteo, la Concertación no podrá rechazar una reforma que propuso durante los veinte años de su gobierno (y que no pudo cristalizar por la recurrente oposición de RN y la UDI) y el PRO dejará de hablar de hostilidad en el sistema electoral, ocupando, muy probablemente, una gran cantidad de bancas en varios distritos en los que ha tenido una muy buena performance en las últimas elecciones.

El cambio se da, en definitiva, no sólo porque la Coalición ahora es gobierno, sino porque aparece una tercera fuerza con gran presencia en la escena política, que reclama de esta reforma para viabilizar cualquier tipo de acuerdo legislativo con el oficialismo.
De esta manera, la tarea de Piñera será convencer a sus legisladores de las utilidades de la apertura del sistema ( y de que no corren riesgos sus reelecciones) y disciplinar su conducta parlamentaria. Y nada indica que no lo logrará.
Así, el SB en Chile tal como lo conocemos, parece tener los meses contados.

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Cómo se elige en Brasil

El próximo domingo 31 de octubre se llevará a cabo la segunda vuelta electoral en Brasil. El acceso al Palacio de Planalto será disputado entre Dilma Rousseff (PT) y José Serra (PSDB), quienes obtuvieron el 46,9% y el 32,6% de los votos respectivamente.

Se han escrito muchos y muy buenos artículos antes y después del 3 de octubre, fundamentalmente alrededor de los resultados de la elección, de las claves de esos resultados, y de las especulaciones para la segunda vuelta. Pero (Criador, teléfono) no son muchos los que analizan las normas y procedimientos que brindan el marco al proceso electoral, y que permiten traducir la elección de la ciudadanía en cargos públicos ejecutivos y legislativos. Son los sistemas electorales de Brasil los que ( junto al Federalismo y el Presidencialismo) terminan dando cierta fisonomía a los partidos, a la competencia partidaria, a la dinámica de las elecciones y al comportamiento electoral en aquel país. Veamos entonces el panorama.

En primer lugar hay que destacar que el federalismo brasileño, como el argentino, funciona junto a un diseño bicameral del legislativo, aunque en el primer caso la cámara de diputados tuvo siempre más prerrogativas que la de senadores, mientras que en el caso argentino el bicameralismo es simétrico.
Con este punto de partida, la Constitución brasileña de 1988 asume dos tipos de sistemas electorales, el mayoritario y el proporcional.

El primero es utilizado para las elecciones ejecutivas municipales, estaduales, del gobierno federal y  para la elección de los senadores. Los mandatos ejecutivos tienen una duración de 4 años, mientras que los senadores asumen por un total de ocho años. Los Estados pueden elegir tres senadores con una  renovación parcial de la Cámara Alta de un tercio y dos tercios cada cuatro años.

El sistema mayoritario presenta dos variantes. Una tiene que ver con la elección de los senadores y la de los alcaldes de municipios con menos de doscientos mil electores. En estos casos la elección es a una sola vuelta, es decir, gana el candidato que obtiene la mayoría relativa de los votos. La segunda variante contempla la elección presidencial, la de Gobernadores y Alcaldes de municipios con más de doscientos mil electores. En estos casos la elección es a dos vueltas (salvo que en la primera algún candidato logre la mayoría absoluta de los sufragios), disputándose el cargo en la segunda ronda los dos candidatos más votados inicialmente. Dilma y Serra, en el caso presidencial.

Por su parte, el sistema proporcional de lista cerrada y no bloqueada se utiliza para elegir el legislativo estadual, diputados federales y concejales. En esta oportunidad se eligen los diputados de acuerdo al número de bancas a distribuir. Como sabemos, Brasil está delimitado territorialmente en veintiseis Estados y el Distrito Federal, y los distritos electorales coinciden con la configuración de estas unidades. El sistema electoral exhibe un arreglo de preferencias conforme al cual cada partido o coalición presenta una lista de candidatos formada a partir de las negociaciones efectuadas al interior de la fuerza que se presenta, aunque sin darles un orden específico como ocurre en las listas cerradas y bloqueadas. Luego, los electores pueden elegir a un candidato en particular o al partido o coalición en general. Finalizado este proceso, el Tribunal Superior Electoral tiene la tarea de calcular el coeficiente electoral dividiendo votos válidos por el números de escaños a distribuir. De esta manera, los votos que obtienen los diferentes candidatos se suman al caudal de votos de su partido o coalición. Cada vez que el partido o coalición logra alcanzar el coeficiente, obtendrá una banca. Seguidamente son contados los votos que obtuvieron los candidatos individualmente. Así, los escaños o vagas obtenidos por los partidos o coaliciones serán ocupados por los candidatos más votados por esa misma fuerza, obviamente, en orden decreciente. Es decir que si un partido o coalición obtiene 10 bancas, estas deberán ser ocupadas por los diez candidatos que más sufragios obtuvieron individualmente, mientras que si obtiene solamente una, ésta corresponderá al candidato con mayor apoyo en la elección. Como se desprende, esto motiva la competencia al interior de las mismas listas entre los diferentes candidatos por acaparar individualmente la mayor cantidad de votos.

Finalmente, las bancas que no se ocuparon luego de este proceso se distribuyen mediante un método por el cual el total de sufragios obtenidos por cada partido o coalición es dividido por el número de vagas ya alcanzados por esta fuerza más uno, con lo cual los partidos con las mayores medias serán los que legalmente obtendrán las bancas que restaban por distribuirse.

Tengamos en cuenta que en Brasil funciona el sistema de voto electrónico según el cual el ciudadano debe elegir a quien votar a medida que van apareciendo en la pantalla las fotos de los distintos candidatos. Esto fortalece la idea de la votación a partir de los candidatos y no en base a los partidos, independientemente que son pocos los votantes que tienen una comprensión acabada del las particularidades del sistema electoral y la correspondiente distribución de las bancas.

Otro punto interesante que ofrece Brasil son las consecuencias del sistema electoral sobre el sistema de partidos. Solemos escuchar en Argentina la supuesta nobleza de las listas cerradas y no bloqueadas (discursos críticos contra la mal llamada “lista sábana”) que permitirían a los votantes elegir libremente entre los candidatos que son de su agrado y no entre diferentes listas cerradas y bloqueadas que surgen de la elección unilateral de las élites dirigenciales.

La lista cerrada y no bloqueada estimula, y en el caso brasileño lo notamos con gran facilidad, las campañas centradas en las figuras de los candidatos que, como dijimos, enfatizan tanto sus cualidades personales por sobre la de los candidatos de otras listas como en relación a sus compañeros de partido o coalición. De esta manera el sistema proporcional guarda en la conciencia del votante ciertos rasgos que los asemejan al sistema mayoritario, si consideramos que la disputa individualizada entre cada uno de los candidatos genera en los hechos que ganen aquellos aspirantes que mayor cantidad de votos obtuvieron.

De esta forma, aquellos que pregonen por un sistema de lista cerrada y no bloqueada, deben considerar que en el caso de Brasil, éste ha reforzado las personificación del voto y generó una notable fragmentación del sistema de partidos.

Un último punto interesante es que las normas fijadas en la Constitución de 1988 para la distribución de las bancas influyen en dos aspectos que caracterizan la arena político institucional brasileña: el malapportionment y la figura del puxador da legenda.

Según Noelle Carvalho del Gúdice, en el primer caso deben destacarse tres factores. El primero de ellos está dado por el establecimiento de un número mínimo de ocho y un máximo de setenta representantes por distrito, de acuerdo al número de habitantes. Así, los distritos chicos se ven sobre-representados  y los grandes sub-representados, algo similar a lo que ocurre en la Argentina.

En segundo término, y en relación a lo anterior, la distribución de bancas a intervalos crecientes implica que a partir de un cierto nivel, el número de electores que necesita un Estado para incrementar su participación es mayor, con lo cual se fortalece aún más aquella representación anómala.

El tercer punto tiene que ver con la falta de revisiones periódicas del número de representantes por cada Estado en la medida que aumenta su población (la última actualización fue hecha 1986).

De esta manera, el malapportionment beneficia a los Estados con menor población (básicamente la región norte y centro-oeste) y genera desventajas en los más poblados (Minas Gerais, Río de Janeiro y San Pablo).

En el segundo caso, la figura del puxador da legenda hace referencia a aquellos candidatos que obtienen una votación muy alta permitiéndole a sus compañeros de partido o coalición obtener escaños más allá de la cantidad de votos que lograron. La existencia de personajes que logran reclutar una gran cantidad de votos ha motivado a las distintas fuerzas a la búsqueda de personalidades famosas y demás outsiders de la política, e incluso representantes de ciertos grupos sociales que en definitiva serán independientes de los propias coaliciones o partidos que los convocaron. Esto es generado no sólo por la particularidad de la lista cerrada y no bloqueada que provoca una fragilidad aun mayor en los partidos políticos, sino también por las características del sistema electoral al que hicimos referencia, que puede posibilitar el caso que sean elegidos candidatos con votación nominal menor que otros no elegidos, justamente por la presencia de la figura del puxador. (Ver números acá).

En definitiva, la realidad política de Brasil, como vimos, suele ser tan particular como sus sistemas electorales.