Mendieta

Panorama político: nos ponemos contreras

Pareciera que Néstor y Cristina Kirchner se han recuperado más pronto que sus propios simpatizantes de la derrota sufrida en el conflicto contra el campo. Ni hablar que lo han hecho de manera más veloz de lo que los analistas políticos han sabido captar y los blogueros discutir o anticipar.

¿En qué sentido se han recuperado? ¿Han vuelto a crecer en las encuestas? ¿Mejoraron los índices de aprobación del gobierno nacional y la imagen de Cristina y Néstor? ¿Cuándo caminan por las calles de Olivos –si es que caminaran- los vecinos los saludan calurosamente? ¿En el diario hablan bien de ti? Ni a palos. Ni por asomo. Nada de esto. En todo caso, estas serán las consecuencias o no de las acciones que están emprendiendo, acciones que repiten lo que a esta altura es uno de lo núcleos duros y fundantes de “la metodología” política K: el silencio, la discreción, la imprevisibilidad.


 
Veamos algunos casos, los pocos que salen a la luz pública, aunque seguramente hay cientos más que desconocen los comentaristas de café como este servidor:
 
-Primero: Asumir en la práctica, aunque no en el discurso (en los crueles hechos, en la realidad, que es lo que vale), que han quedado en situación de debilidad relativa de poder luego de estos meses de conflicto rural. Debilidad que es tal si se autocomparan con cómo estaba el tablero hace apenas un poco más de un semestre. Debilidad que, a pesar de la cantinela mediática y la profusión de encuestas de opinión, no es tanta si se mira el tablero político completo. O sea: a pesar de la crítica caída en popularidad del kirchnerismo, no ha surgido por fuera de esa fuerza política un liderazgo claro y unívoco en las fuerzas opositoras. O lo que es lo mismo: muchos ruidos y pocas nueces. Rebelión en la granja propia, sí; capitalización de esta rebelión por alguien de afuera, nones.
 
-Segundo: Actuar en consecuencia. Esto es, sencillamente, empezar a negociar con los levantiscos. Hacer un esfuerzo por retenerlos. Invitar a Reutemann a Olivos, indultar a varios (la mayoría, por cierto) de los diputados y senadores díscolos con la 125, caminar por abajo las intendencias y los concejos deliberantes (fundamental: caminar los concejos deliberantes), recibir a Schiaretti, recibir a intendentes bonaerenses en el marco de la elección interna del PJ provincial y algunas más que ahora no recuerdo. Estas acciones son, a efectos de la política real, infinitamente más trascendentes e importantes que la “nueva estrategia comunicacional” de Cristina. Digamos, con una analogía berreta, que “el nuevo estilo” es lindo como moño del regalo, pero lo interesante –o no- está adentro de la caja.
 
-Tercero. Hacer todo esto en el mayor de los silencios posibles. Como diría Manolo: secreto, sorpresa, ejecución. Menos discurso y más acciones políticas. Como ejemplo, aunque ya esté demodé el tema: Alberto Fernández tuvo una salida del esquema gobernante un tanto ambigua. El primer día recorrió sets de TV y radios con un discurso cuasi crítico. Del mismo modo se manifestó ante sus seguidores en diversas tenidas gastronómicas. Parecía que planteaba una especie de “kirchnerismo sin Kirchner”. Bien: desde Olivos se le respondió con un amague de hacer “albertismo sin Alberto” y de ahí los nombramientos de Oscar Gonzàlez, el socialista K, en Jefatura de Gobierno, de Gustavo López, el radical K, y algunos más como para contener al ala “progresista K” que antes interlocutaba con Tío Alberto. Hasta ahora son amagues, pero son.

-Cuarto: los cambios en el elenco de funcionarios gubernamentales se van a ir dando, pero no como pide la platea opositora. De a poquito, cuando cuadre y no cuando quieran los demás. A modo de ejemplo, insisto con mi planteo de hace semanas: sigamos pidiendo la renuncia de Guillermo Moreno, así lo atornillamos al sillón. 
Se preguntarán y me pregunto: ¿y? ¿Me gusta esto? ¿Estoy de acuerdo con esta estrategia? ¿Rendirá frutos para el oficialismo? ¿Permitirá llegar al 2009 en condiciones de seguir manteniendo la conducción del proceso político o es el comienzo del fin? En aras de mantener una masa crítica de gobernadores, intendentes y legisladores afines ¿qué políticas habrá que ceder, cuánto entregar, hasta dónde sin perder el centro del escenario? Y una pregunta más, como si importara, especial para bien pensantes: ¿hacen esto –empezar a negociar, abrir el juego- por convicción o por mera conveniencia y necesidad?
 
Ni idea. Yo de política no entiendo nada. Las respuestas, como casi todas las respuestas, se esconden en una cosa que se llama futuro.

Citando a Ortega y Gasset: ¿Volviéndonos conservadores?

Aviso a los lectores: este post puede terminar en cualquier lado. Si tienen dudas hagan clic ya en cerrar la página. Si siguen leyendo, es exclusiva responsabilidad de cada uno.

La cosa es así: no me siento cómodo en el mundo, en estos tiempos tan actuales que vivimos. Es más, muchas veces me siento mal. Entonces uno se sienta en el cordón de la vereda y se pone a reflexionar el por qué de esa incomodidad. Conviene hacerlo al sol, de preferencia en una calle poco transitada. También vale, a falta de cordón, sentarse en el bondi y mirar por la ventanilla.

Pero hagamos un esfuerzo para no desviarnos en nimiedades. Volvamos al punto. ¿Qué me molesta del mundo actual? Pues bien: lo primero es aclarar qué decimos cuando decimos “mundo”. Por cierto, está de más decir que no nos referimos precisamente al estado beligerante entre Rusia y Georgia o el bolonqui de Medio Oriente o el calentamiento global, temas que pueden interesarnos o preocuparnos, pero que difícilmente te generen una patada al hígado. O sea: el mundo no es el Mundo.

¿Es nuestro país? Tampoco. Poco sabemos qué cosas nos molestarían –aunque lo sospechamos, pero las sospechas en este tipo de cosas no alcanzan- de vivir en El Impenetrable chaqueño o ser tarefero en Misiones o puestero de una estancia del centro de Chubut. Ni siquiera si fuésemos kiosqueros de Cuartel V en Moreno.

Y así nos vamos acercando al objeto que nos desvela.

O sea: “nuestro mundo”, en el caso que nos ocupa, es nuestro entorno social y cultural más directo. Y acá entran las relaciones personales y los consumos culturales, entendiendo como tales los medios masivos, los diarios que compramos, las películas que se ven, los libros que se leen. O sea: nuestro mundo es nuestra clase social, la inmensa mayoría de nuestra clase social. La media.

Primer conclusión: me molesta la clase media que me rodea y de la cual formo parte. Urbana, con cierta formación educativa, con determinadas pautas de consumo. Algunos ex amigos, varios conocidos, muchos vecinos, los que llaman a las radios, los que contestan encuestas en la calle a la tele sobre cualquier tema.

Bien: ahora pensemos qué cosas me molestan. Me molestan los libros de autoayuda y los que los compran buscando el queso, un clima de época que parece obligarte a la búsqueda de la felicidad a cualquier precio, la superficialidad generalizada, el egoísmo como único norte, la vajilla desechable, la más absoluta incapacidad de ponerse en el lugar del semejante, los que te dicen “yo tengo mis propios códigos morales” (esto es maravilloso: en general esos “códigos morales” nunca tienen carácter universal. Hay un decálogo para ser aplicado a uno mismo y uno bien diferente para ser aplicado al resto de los mortales, incluyendo a los perros y los canarios). Me molestan los que piensan que esforzarse en algo es de idiotas, los cultores del éxito -el rating minuto a minuto, las encuestas de imagen-, los que se miran al espejo más tiempo del estrictamente necesario para afeitarse, los que te empujan en el subte para afanarle el asiento a una mina. Me molestan los insensibles. Las convicciones maleables al ritmo del día a día. Los que al verte te preguntan si “está todo en orden” y al despedirse te dicen “cuidate” o “super finde”. Y me joden la existencia, sobre todo, los que hacen todo esto travestidos de progresistas. Son progresistas de arte, cultura y espectáculos. Son de cartón pintado.

Y todo esto me va llevando a una relectura de un clásico. Recuerdo haberlo leído hace veinte años y, pecados de juventud, haberlo detestado. Y ahora vengo a caer al pie, citándolo casi como una inspiración. Esto es lo bueno de releer con el paso del tiempo: somos otros y otra cosa es la que leemos. Todos los libros se leen por vez primera si uno está dispuesto a ser un buen lector. Pego aquí debajo algunos párrafos que ilustran mi malestar existencial de manera infinitamente más elegante que estas líneas escritas con sangre.

“Las rebelión de las masas”, José Ortega y Gasset.

“Esto nos lleva a apuntar en el diagrama psicológico del hombre-masa actual dos primeros rasgos: la libre expansión de sus deseos vitales — por lo tanto, de su persona y la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia. Uno y otro rasgo componen la conocida psicología del niño mimado. Y en efecto, no erraría quien utilice ésta como una cuadrícula para mirar a su través el alma de las masas actuales”.

“Por lo pronto somos aquello que nuestro mundo nos invita a ser, y las facciones fundamentales de nuestra alma son impresas en ella por el perfil del contorno como por un molde. Naturalmente, vivir no es más que tratar con el mundo”

“Mas el hombre que analizamos se habitúa a no apelar de si mismo a ninguna instancia fuera de él
Está satisfecho tal y como es. Igualmente, sin necesidad de ser vano, como lo más natural del mundo, tenderá a afirmar y dar por bueno cuanto en sí halla: opiniones, apetitos, preferencias o gustos. ¿Por qué no, si, según hemos visto, nada ni nadie le fuerza a caer en la cuenta de que él es un hombre de segunda clase, limitadísimo, incapaz de crear ni conservar la organización misma que da a su vida esa amplitud y contentamiento, en los cuales funda tal afirmación de su persona?”

“En cambio, el hombre selecto o excelente está constituido por una íntima necesidad de apelar de sí mismo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone. Recuérdese que al comienzo distinguíamos al hombre excelente del hombre vulgar diciendo que aquél es el que se exige mucho a sí mismo, y éste, el que no se exige nada, sino que se contenta con lo que es, y está encantado consigo. Por eso no estima la necesidad de servir como una opresión. Cuando ésta, por azar, le falta, siente desasosiego e inventa nuevas normas más difíciles, más exigentes, que le opriman. Esto es la vida como disciplina — la vida noble. La nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos. Noblesse oblige”.

Ah, y Ortega no vivía en tiempos “políticamente correctos”. Así que cuando dice “hombre” vale para todos y todas.

Y bue, en el fondo soy una bestia bruta nomás

No jodamos, digámoslo de una vez: a uno le gusta mirarse siempre en los espejos que te hacen más lindo. Aceptando desde el vamos que –por una cuestión cultural y etaria (tomá, dije etaria) para la onda metrosexual ya estoy medio jovato o demasiado joven y que era demasiado niño como para aprovecharme de aquella estrategia setentista de andar seduciendo compañeras con un tomo de El Capital bajo el brazo al entrar a La Paz. Entonces digamos, ya que no queda otra, que uno es un ochentista.

Hay, al menos, dos tipos de ochentistas. Por un lado, los que lograron superar un sentimiento de culpa por los setentas, se divirtieron como locos en los boliches under, bailaron desenfrenados en Paladium un poco bastante drogados en compañía de Christian Ferrer y, como venían al palo y livianitos, se subieron a la fiesta noventista del éxito, el individualismo, las relaciones superficiales y la guita fácil.

Y estamos los otros. Los que también bailamos desenfrenados un poco bastante drogados en Paladium, vimos a Sumo en vivo un par de veces aunque mucho no recordamos, nos emborrachamos alguito bastante en Cemento o en Babilonia, también tuvimos relaciones superficiales y fugaces y nos divertimos como locos. Pero con una diferencia: con culpa. Así que llegamos a los 90 y el tren que nos llevaba a la estación del éxito de la década lo dejamos pasar. Y más que eso: nos parábamos al lado de esa vía y les tirábamos piedrazos al espejismo del convoy menemista.

¿Y cómo aguantamos los trapos aquellos que teníamos pasión por la política en esos años en donde, claramente, éramos una minoría cultural? Con una mezcla de endeble autoformación ideológica, relativismo posmoderno, asunción de la democracia como único sistema de valores legítimo para la lucha política y una pizca de nostalgia por esos tiempos revolucionarios no vividos y, por cierto, más sangrientos, más horrendos, más trágicos y –también, claro, sí, también- más dolorosa y existencialmente vitales. Nada hay más potente para valorizar la vida que la presencia cercana de la muerte. Y si en los ochentas algo era de lo más demodé era hablar, sentir y pensar en la muerte. No seas bajón, loco, vamos a bailar.

Así que los militantes ochentistas somos una generación hija de la derrota y del dolor no dichos y negados. Y por eso extremamos los esfuerzos por ser autocríticos, pensantes, competitivos, persuasivos, abiertos al diálogo y la negociación. Nos hicieron, y nos dejamos hacer, desapasionados. El reino de la ultra-racionalidad. Bueno: ése y no otro es el espejo en el que me miro cuando quiero jugar al juego de la política. Porque otra de las cosas que supimos aceptar en esos tiempos es que cuando uno juega un juego debe aceptar las reglas de ese juego. Y como las reglas no las poníamos nosotros, lo mejor era adaptarse para pertenecer. Algunos terminaron de quebrarse y pertenecer (a la política) mutó en permanecer (en los cargos). Otros, para seguir perteneciendo (a la política), de vez en cuando pateábamos algún tablero, rompíamos alguna agrupación, armábamos otros partidos para luego, y así seguir permaneciendo, volver a romperlos. Pero, tanto unos como otros, nos manteníamos en el marco de la racionalidad. O al menos así nos auto-justificábamos.

Sin embargo, muy de vez en cuando, algo mágico y existencialmente poderoso y profundo me asalta: se me sale la cadena y en vez de reprimirme me dejo llevar por ese vendaval. Me apasiono visceralmente, echo al carajo la racionalidad, la autocrítica y las reglas de lo políticamente correcto. Bueno: eso me pasó ayer, mientras escuchaba a los dirigentes del campo y veía la inmensa multitud sobre Libertador. También me pasa, para poner un ejemplo, que me arrepiento de mi “sereno, sensato y reflexivo” post crítico de anteayer.

Así que dejo de mirarme a un espejo que está fuera de mí, cierro los ojos y veo como me entra la sangre al corazón con cada latido. Me dejo llevar por la indignación, la bronca y, con la sangre revuelta y en ebullición me siento plenamente vivo. Así que, dirigentes rurales, desde acá les digo: unidad nacional con ustedes las pelotas. Ustedes se juntan para pelear por sus intereses individuales. Y a mí me gusta juntarme con otros para pelear por los demás. Somos distintos.

Ahora sí, lo lograron ustedes: estoy listo para la pelea.

Live!: Claves del debate parlamentario

En este momento, 1:00 del sábado, transmiten en vivo el debate parlamentario del Congreso América 24, Crónica, C5N y TN. Eso sí, se limitan a poner la cámara en la Cámara y, cada tanto, una salida desde el “bunker” del campo en Monserrat. ¿Info?: cero, nada, niente.

Así que, ya que el periodismo duerme o directamente boludea con el videograph, y desde la comodidad del hogar y la distancia, algunas puntas de lo que está pasando ahorita: Están negociando ampliar los alcances de las compensaciones ya anunciadas de la Resolución 125, tratando de sumar más consenso para su aprobación.

¿Por qué nos jugamos con esta aseveración?

a) Si el oficialismo quería sacar la ley tal como está el dictamen de mayoría, ya lo hubieran votado. Los números le daban cuando el recinto estaba llenito. Quizá de forma ajustada, pero le daban.

b) Los discursos de las principales espadas de los diferentes bloques fueron todos contemporizadores. Agustín Rossi lo hizo explícito: “estamos abiertos, durante el debate, a escuchar sugerencias para que la ley salga con más consenso”.

c) En general en los debates largos (y tediosos) siempre quedan pocos diputados en sus bancas. Pero siempre, siempre, cada bloque deja alguna de sus autoridades en el recinto, por si las moscas. Bueno: miren ahora. No está Rossi, ni Solá, ni Cantero, ni Katz, ni Macaluse, ni Raimundi, ni Abasto (presidente de la Comisión de Presupuesto). ¿Están cafeteando en Casablanca? No. Están negociando algo. Ni idea qué, pero algo. ¿Necesariamente será exitosa esa negociación? No, pero es viable. Si no, no la harían a esta altura de la cuestión, cuando las cartas están jugadas, ya se contaron las costillas, tomaron lista y los secretarios parlamentarios de los bloques saben hasta en cuál de los baños está meando el último de sus diputados.

Es todo para este boletín. En directo desde mi casa para Artepolítica on line.

La política como deporte

Este post está escrito en medio del debate en Diputados por las retenciones, hacia la medianoche del viernes. Y no va a hablar sobre el resultado de esa votación, ni sobre el campo, ni sobre las retenciones. Va a hablar de política y va a ser muy corto.

Mucho se ha dicho y escrito ya sobre la política-espectáculo y sobre sus nefastas consecuencias, ya sean las directas -banalización de los debates, primarización de las posiciones, des-ideologización-; como las indirectas -emergencia súbita de “líderes” ultra-coyunturales, dirigentes con absoluta falta de formación pero que “dan bien” en la tele, etc.

Pero poco hemos reflexionado, todavía, sobre otro costado ineludiblemente ligado a la mediatización de la política: el considerar la política como si fuera un deporte. Allá por Julio de 2004, cuando Mendieta estaba lejos de comenzar a existir, escribíamos esto:

“Desde la recuperación democrática de 1983 hasta estos tiempos que hoy corren, la Política (así, con mayúsculas) ha ido perdiendo su sentido transformador, épico, movilizador. Podría aseverarse que ha perdido su centralidad a la hora de ser vehículo de transformaciones sociales o económicas. No solo fueron degradándose sin descanso sus prácticas o el sentido de la militancia, incluso –y quizás aquí el origen de varios de sus males- se vació de ideología. Y con ello, la Política abandonó su sentido trágico y lo reemplazó por la mera lucha de cargos, posiciones de poder, marketing electoral y operaciones de prensa. En síntesis: para muchos, en diferentes partidos y con ideologías supuestamente diferentes, la política (así, con minúsculas) pasó a ser un deporte, un juego. Por cierto, una forma de juego en la que no importa convencer al adversario, ni demostrar que soy mejor ante la tribuna porque se tienen mejores ideas”.

Hoy algunas cosas parecen haber cambiado. Pero ésta no. Por el contrario, la tendencia de considerar la lucha política cual si fuera una justa deportiva –en dónde todos los días hay un “ganador” y un “perdedor”- pareciera haberse fortalecido. Y los medios masivos de comunicación –en especial la televisión, pero no exclusivamente- son los principales responsables de esta operación de vaciamiento. Claro que con la complacencia, la complicidad o la resignación de muchísimos dirigentes políticos a diestra y siniestra.

Algo así acaba de decir en la Cámara de Diputados de la Nación Eduardo Macaluse, en un gran discurso parlamentario digno de resaltar y valorar por todos quienes sentimos pasión por la política.

Para finalizar: esto le hace muy mal al fútbol y que gane el mejor.

Lo que le debemos al conflicto con el “campo”

Habitualmente, los domingos no hay posteo central en Artepolitica. No fue una decisión consciente, se fue dando así. A todos nos gusta leer tranquilos, tomando mates, los editoriales de los diarios. Pero anoche, luego de una reunión mitad de trabajo y evaluación para ver cómo seguimos, mitad de festejo por lo contentos que estamos todos por cómo venimos hasta ahora, comenzó el enésimo debate de la jornada: mañana algo hay que postear.

La tarde la habíamos visto pasar con los canales de noticias de fondo, a dos televisores: TN, C5N, Crónica, 26, América, fue la calesita interminable del zapping: queríamos informarnos para entender. La nochecita produjo algunas escisiones momentáneas: “voy hasta la plaza y vuelvo”, dijeron algunos; “voy a la comprar unos churrascos, prendé el fuego”, dijeron otros.

Bien entrada la noche, ya de domingo, la última discusión que ya conté: “mañana hay que postear, ¿quién va?”. Bueno: ahí voy con algunas reflexiones de las cuales tengo más dudas que certezas.

Algunas cosas que le debemos al conflicto con el campo:

1/ El reverdecer de la discusión política en ámbitos hasta hace poco inexistentes. Empezó a discutirse de política en la oficina, camino a la cancha, en las sobremesas familiares, en las veredas de los barrios, en las verdulerías y carnicerías, en las facultades (milagro!). Esto, al menos que yo recuerde, pasaba cuando alguna elección estaba muy cerca (de hecho, en las últimas, ni siquiera). ¿Se discute con altura?¿Con argumentos, con formación, con opiniones fundadas? Para nada: los debates son berretas, maniqueos, “primarizados” por el marco que le dan los medios de comunicación electrónicos, superficiales (la verdad que “de arriba” no ayudan. Ni los dirigentes en general, ni los medios). Pero que se volvió a discutir de política en muchos lugares que hasta hace meses no se hacía es innegable. Me gusta ver, en esto, un avance, una posibilidad, una grieta en el quietismo administrador de lo existente. Conclusión: Vamos a ejercitar ese músculo como sociedad y el ejercicio inexorablemente será mejor a futuro.

2/ La constatación empírica, una vez más, de que nada es para siempre. ¿Recuerdan hace tres meses la cantidad de parrafadas que hablaban de “la hegemonía kirchnerista”, “la inexistencia de la oposición”, el “vamos camino a un régimen autoritario que cancela la posibilidad de alternancia”, “los medios de prensa están todos cooptados por el gobierno”? Era falso entonces, es falso ahora. Era discurso que hábilmente se construía en manos de la oposición y que sembró las condiciones para gran parte del malestar hoy existente en la opinión pública (paréntesis de elogio para la vanguardia de aquella construcción discursiva: Elisa Carrió. El problema es que muchos creen que Lilita se cree lo que dice, y no: hace política nomás). También es dado suponer o indicar que el mismísimo gobierno se creyó ese discurso que lo mostraba invencible, perdurable, “hegemónico”. Conclusión: en el campeonato del poder, hay partidos todos los fines de semana y no cada dos o cuatro años.

3/ La evidencia cruel de nuestra tendencia social al bardo, que no es lo mismo que al “conflicto”. Pareciera que los argentinos (corrijo: la minoría de argentinos que constituimos y somos constituidos por “la opinión pública”) somos extremistas por naturaleza. Pasamos de la paz de los cementerios a la catástrofe inminente a la vuelta de la esquina a la velocidad de un tren bala. El “bardo” viene a ser muy posmoderno: efímero, superficial, catastrófico, apocalíptico, anulador del futuro. Y si el futuro está anulado, ¿para qué ser serios, no? En cambio, una sociedad que se aceptara en su inherente “conflictividad” obligaría –nos obligaría a todos- a ser un poco mejores. A estudiar los temas, a reflexionar, a debatir con argumentos y no con consignas vacuas, a pensar a largo plazo, a negociar, a construir. Conclusión: el “bardo” es como esas calenturas de adolescentes –lindas y motivantes en tanto arrebato, fugaces y vacías en el día después-. Debiéramos crecer e intentar enamorarnos de la Patria alguna vez.

4/ Así como hay que redistribuir la riqueza, necesitamos una urgente redistribución de la opinión. La inmensa mayoría de nuestros compatriotas observa con espanto y de reojo los alcances de este conflicto. Y empieza a sufrirlo en carne propia, mucho más allá del desabastecimiento de alimentos o de los cortes de ruta. Esta zozobra política -que tanto motiva a los militantes de uno u otro bando, que tanto excita a los movileros de los canales, que tantas excusas nos da para escribir este tipo de posteos-, es una afrenta para el pueblo que no tiene voz si no se lo incluye en la disputa con acciones concretas y efectivas que le otorguen un sentido que los motive a participar. Y el famoso “relato” no se construye únicamente con discursos. No alcanza con hablar en nombre de los sectores populares (ni bancando al gobierno, ni bancando a la Federación Agraria). Hay que entender que los sectores populares ya viven permanentemente en zozobra cotidiana: parar la mesa, llenar el cacharro con la leche para los pibes. No se merecen otra penuria más. Conclusión: qué tal si nos dejamos de joder.

Es lo que hay, sepan disculpar. Feliz Día del Padre para el que le toque.

Si se pudre, acción

Bueno. Quiero otra cadena nacional.

Quiero otro anuncio ya. Gravamen a la renta financiera hoy me gustaría.

Por cada cacerolazo, una caricia a los sectores populares.

Por cada corte de ruta, medidas de corte distribucionista.

Y por cada insulto, un argumento explicando esa medida.

Es mucho pedir. Pero ellos piden destitución, así que.

En el ring: el campo, el gobierno y falta uno

Leía la semana pasada en Artepolítica, “A esta altura, ya sabemos que no hay cumplimiento efectivo de ningún derecho si no hay protesta de los poseedores de ese derecho”.

Aquí, en esa ésta sencilla frase, una gran ventana para pensar nuestra actualidad. En plena crisis post menemista y post aliancista, la emergencia del movimiento piquetero fue la forma de dar voz a los excluidos. ¿Excluidos de qué? Del mercado laboral y, por ende –según nuestra organización social post Estado de Bienestar peronista-, de todos los derechos sociales: sin trabajo es sin vivienda, sin salud, sin educación. Sin trabajo, en la Argentina –que no es Suecia, ni Noruega- es vivir sin presente ni futuro. (¿podría ser distinto esto de que sin trabajo es sin derechos sociales? Podría y debería, sobre todo asumiendo que, aún con la notable baja de la tasa de desocupación, hay –como viene dando cátedra Artemio - un núcleo duro de pobreza estructural y de desigualdad que parece invulnerable. El combo empleos de mala calidad en negro y bajos salarios + obra pública llega hasta la puerta del infierno, no más allá).

Ya se escribió mucho y mejor sobre esta emergencia del piqueterismo en plena crisis: “Ey, acá estamos. Queremos entrar” fue la tácita consigna.

Hete aquí que la taba del piqueterismo se ha dado vuelta. La herramienta es la misma, pero el sector social que la utiliza y el objetivo de esa utilización es diametralmente opuesto: ¿de qué están excluidos los propietarios, arrendatarios, contratistas o productores del campo?

(Paréntesis: ya sé. En el campo no todos son iguales. Pero tampoco eran todos iguales los piqueteros pobres y nadie se detenía en esas nimiedades a la hora de putearlos. FAA, CRA, Coninagro, SRA: Si lo que te constituye es la “lucha unitaria” entre las organizaciones, bancate que te midamos como una unidad en términos políticos)

Vuelvo a preguntar: ¿de qué están excluidos en “el campo”? Sencillo: de asegurarse mayores ganancias, hoy recortadas por las retenciones. Repito: mayores ganancias. “Ey, acá estamos. Queremos más” es el fundamento último. ¿Está mal que quieran eso, cuando sienten lesionado su “derecho” a ganar más? En absoluto: tienen tanto derecho a ejercitar ese reclamo como el gobierno nacional a no dar marcha atrás (del todo) con su medida. Nótese que digo “del todo”, porque más allá del discurso gubernamental inflexible, varias fueron las medidas aplicadas en estos 90 días por parte del gobierno nacional aflojando acá y allá. Así como más allá del discurso “dialoguista y componedor”, los “del campo” fueron corriendo la línea de cal cada vez más.

¿Y entonces? Entonces que, Mendieta intuye, el nudo gordiano no está en Gualeguaychú sino en otro lado. Se trata, precisamente, de que el gobierno nacional deje de hacer en la práctica lo que niega rotundamente en el discurso: asumirse como la contraparte del campo. Innumerables factores de poder (los medios, la Iglesia, mi vecina de planta baja) compraron este esquema binario y claman por un “mediador” entre las partes en conflicto. Bien, ése debiera ser el rol del Gobierno para salir de este atolladero: mediar.

El problema es que, así como en una punta del ring está “el campo”, en la otra punta del ring no está parado quien debiera estar parado: los millones de compatriotas aún sumergidos en la pobreza, la miseria, el desempleo, las villas, las escuelas con pisos de barro, los centros de salud con los techos perforados, la falta de agua potable.

Voy a repetirlo hasta cansarme, es mi modo de hacer política: en vez de seguir peleando con “el campo”, humildemente le propondría al gobierno medidas concretas para con estos sectores y así “constituirlo” también como un actor político y social. Un paquete impositivo: gravar las transacciones financieras, ponerles Ganancias a los pooles de siembra, bajar o eliminar el IVA a los alimentos de la canasta básica. Un paquete social: Suba de jubilaciones, “tren para todos”, aumento de los planes sociales. Un paquete “institucional”: Consejo Nacional Agropecuario, un ámbito para dar una lucha a fondo contra el empleo en negro integrando a los gobernadores, los sindicatos y las cámaras empresariales.

Y que entonces los “sin voz” no deban salir a protestar reclamando estos derechos si no que salgan a la calle para defender su conquista.

Y ahí sí. Que suene la campana y vemos de qué lado está cada uno.

Seminario sobre Libertad de Prensa

En el medio del debate , Crítica de la Argentina

Apostillas de Mayo

Viernes por la tardecita. Buenos Aires.

Mi viejo es jubilado con la mínima. Cuatrocientos manguitos. Me convida unos mates. Y me cuenta que está preocupado por el país. Que hay que arreglar con el campo, que todo anda demasiado mal, que no hay diálogo y así. (Mi viejo es un peronista medio inexplicable: en los 40 era demasiado pibe y demasiado clase media como para hacerse peronista. Para colmo era porteño. En los 70 ya andaba grandecito como para ser de la JP y revolucionario. Para colmo se había ido a vivir a un pueblito. Es un peronista de los realmente existentes: le jode que haya pobreza e injusticias, cree en el trabajo antes que en las finanzas, nunca sirvió para ser patrón y es uno de los muchos que conocí que fueron concejales como manera directa para empobrecerse. No es de derecha, claro que no. Pero tampoco es de izquierda. O sí: una izquierda que no teoriza ni cree en la lucha de clases).

Yo me caliento ante su discurso, que repite tópico a tópico el de los medios de comunicación. Hablamos de redistribución de la riqueza, de la torta. Me pongo enfático y el empieza a aflojar y a darme la razón. Pero en un momento me larga: “Sabés qué. Tenés razón con lo de la inflación. Yo tuve que dejar de darme el único gusto que me quedaba: comprar el diario todos los días, leer deportes y hacer la claringrilla. Está jodida la cosa, así que lo único que espero es que no empeore más”. Ahí se me va al carajo el énfasis y siento una tremenda vergüenza. La primera del fin de semana.

Sábado por la mañana. Arrecifes.

Llegando a Arrecifes, a un costado de la Ruta 8, está el campamento del “campo”. Hay unos diez tipos tomando mate, un lindo fuego con un costillar asándose, varias camionetas nuevitas y unos diez tractores que dan pena de lo desvencijados y herrumbrados que están. Es evidente que esos no son los tractores que usan cotidianamente en sus hectáreas, esas que hoy cotizan como 10 mil dólares la unidad.

Al costado de la vía, pasando la ciudad, una villa miseria como dios manda. Unos dos o tres kilómetros de villa. Los pibes revuelven la basura que cae de este lado del terraplén, la ropa cuelga al sol entre rancho y rancho y suena una cumbia a lo lejos. Estamos en el corazón de la pampa húmeda, después de cinco años de esplendor agrícola. El derrame por acá no pasó. Pienso en qué pasaría si dejáramos en paz al campo en vez de seguir metiéndoles las manos en sus bolsillos. Pienso en que una sensación de mierda me crece en la panza.

Sábado por la tardecita. Pergamino.

No hay una sola habitación de hotel. Unos hablan de que muchos van para Rosario y hacen noche acá. Otros dicen que hay un casamiento en la Sociedad Rural y que toca Pimpinela. Debe ser eso.

El piquete del campo al costado de la ruta es calcadito del de Arrecifes. Tractores de museo, camionetas con olor a nuevo. Hay banderas argentinas al por mayor y muchas más porciones de asado que comensales. Aunque parezca mentira, el tema de conversación no es el acto del domingo, ni el gobierno ni las retenciones. Es la sequía: tres manifestantes confiesan que apenas llueva no sé cuantos milímetros se dejan de boludear en la ruta porque hay que ir a sembrar. Así dicen, mientras se ríen: “boludear en la ruta”.

En las afueras de Pergamino, lejos del cruce y de esas cuadras con concesionarias de cosechadoras rojas de ocho metros de alto, también hay villas. También suena una cumbia. Como en Arrecifes, como en Moreno, como en Matanza, como en Posadas, como en Rosario, como en Salta. Hay un solo país: el de la desigualdad.

Domingo.

El cielo es celeste como en las estampitas. Y el sol es de mayo. Escucho los discursos por la tele. Todos. Me subo al auto para volver. El dolor de panza ya llegó al pecho. Es impotencia y vergüenza y dolor. Me siento un extranjero en mi propia patria.

El difícil rol de los dirigentes en sociedades mediáticas

Ser dirigente no es tarea fácil. Aclaro esto, que es sabido por cualquier papanatas que haya tenido que organizar un picado entre Contabilidad y Personal, pero que es olímpicamente ignorado a la hora de mensurar la labor de quienes tienen exposición pública. Sobre todo cuando el rol está “socialmente menospreciado”.

Y cuando hablo de dirigentes meto a todos en la bolsa, no solamente a los políticos. Hablo de los dirigentes empresarios, sindicales, religiosos, barriales y –también, por qué no- de los periodistas formadores de opinión. Porque para opinar sobre la labor de los demás estamos mandados a hacer y es casi absolutamente gratis, pero te la quiero ver cuando está en tu espalda la tarea de “dirigir” “gente”.

Hay que saber consensuar, pero también decidir ante contextos dilemáticos, acumular una masa crítica que te respalde sin quedar prisionero de esa misma masa, aguantarte las presiones cotidianas de tu organización sin descuidar el frente externo, elaborar tácticas y estrategias con respecto a medios y fines, y un montón de tareas así de sencillitas.

Ahora bien. Si ser dirigente es de por sí difícil, infinitamente más complejo es ser un “buen” dirigente. Y, para Mendieta, un buen dirigente es aquel que sabe mantener un delicado pero imprescindible equilibrio entre la “función representativa” y la “función pedagógica” con respecto a sus dirigidos.

La función representativa no merece demasiadas aclaraciones. Pero la otra, en nuestro contexto político, sí: un dirigente que sólo “representa” a sus bases, pero no le agrega nada (no dirige “hacia”) es un demagogo. Da lo mismo que fuera él, que cualquier otro. Un mediocre, bah.

El problema es que, en una sociedad tan “mediatizada” en tiempo real como la que nos toca vivir, el margen de acción del dirigente para ejercer su rol pedagógico se angosta cada vez más. Un ejemplo: si vos estás negociando algo en representación de tu sector e, inmediatamente de terminada la reunión, tu informe a “las bases” está mediatizado por un movilero de un canal de TV, lo más seguro es que termines diciendo lo que quieren escuchar antes que la verdad. Pues en realidad, las mediaciones que sí necesitarías poner en práctica para informar el avance de la negociación (tu primer círculo de dirigentes nacionales de la Federación , de ahí a las regionales, de ahí a las seccionales y éstas con “las bases”, suponiendo que hablamos de un sindicato) se tornan absolutamente inservibles.

Digamos que el “horizontalismo” es un buen socio a la hora de pintarse la cara, pero un muy mal consejero cuando hay que arreglar. Y como siempre, pero siempre, los conflictos terminan y alguien tiene que hacerse responsable de terminarlos, el riesgo que corre un dirigente exclusivamente “representativo” es que terminará siendo acusado de “traidor” si no consigue el cien por ciento de las reivindicaciones de su sector. Y como nunca se consigue el 100%, siempre terminará siendo acusado de defeccionar.

Por el contrario, un dirigente que –vaya a saber por qué cuestiones- termina recostándose exclusivamente en su “función pedagógica” sin establecer un ida y vuelta con sus dirigidos corre dos riesgos: perderle el pulso al clima de sus bases (en definitiva, su única fortaleza en la mesa de negociación) y ser acusado de “autoritario” por sus propios dirigidos. Corolario: como tampoco podrá garantizar el 100% de sus reivindicaciones, será acusado de incapaz.

Como en casi todos los órdenes de la vida, el equilibrio entre estos dos aspectos o funciones –la representativa y la pedagógica- no está sujeto a ningún manual ni se puede transferir por ósmosis. Es un arte. El arte de la dirigencia y la conducción.

Pongan ustedes, relacionando estas líneas con la actual coyuntura política nacional, los nombres propios que quieran poner donde consideren que pueden ser puestos.

Porque no es cuestión solamente de “con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes”. También es cuestión de empezar a pensar en “con dirigentes -con cabeza- a la cabeza”.

¿Y si en verdad el kirchnerismo nunca hubiera existido?

No. No es lo que están pensando. No me refiero a qué cosas hubieran pasado en la política nacional si Néstor Kirchner no hubiera salido segundo en la primera vuelta allá por el 2003 y luego el innombrable hubiera desistido del balotaje. Ese ejercicio contrafáctico (¿se llama ucronía o algo así, no?) podría llegar a ser interesante, pero no es el objeto de este post.

Lo que quiero decir es otra cosa, más radical si quieren, con perdón de la expresión. Planteo analizar la posibilidad de que “el kirchnerismo” no existió y no existe.

Existen los Kirchner, Néstor y Cristina, y sus gobiernos. Existen, paradojalmente según esta hipótesis, también “los kirchneristas”: los hay peronistas, radicales, socialistas, independientes, sindicalistas (sí, hay sindicalistas kirchneristas: son delegados de base, algunas regionales), centroizquierdistas exfrepaso o ari, en los movimientos sociales y, sobre todo, hay kircheneristas sueltos.

Lo que no hubo y no hay es kirchnerismo. Para que eso existiera debiera haber organización y encuadramiento. Militancia, debate y participación. ¿Hubo intentos para que eso existiera? Sí, pero tibios: la transversalidad primero, la Concertación Plural después. Fallidos ambos, queda claro.

¿Y por qué fallaron estos intentos? Acá dependerá de la campana que uno quiera escuchar. Si uno pone la oreja a los kirchneristas de los movimientos sociales o del centroizquierdismo dirán sin sonrojarse: “culpa del pejotismo”. Esta excusa suena aún más fuerte desde que Kirchner se decidió a encabezar el Partido Justicialista. Pero sólo es cierta en una minúscula parte: ¿qué construyeron en los territorios? ¿Cómo superaron la dispersión y la proliferación de sellitos y quintitas para fusionarse en una estructura política de mayor densidad? ¿A qué dirigente impulsaron para instalarlo como primus inter pares ante la opinión pública y servir de soporte y tracción en épocas de construcciones mediáticas imprescindibles? Son obvias las respuestas: cero, nada, niente. Echarle la culpa a los feos, sucios y malos del PJ es de una comodidad muy progresista, vamos.

Convengamos que los radicales K son un tanto más serios: gobiernan sus territorios (y los gobiernan porque supieron ganar las elecciones) y están haciendo intentos de constituirse en una fuerza única que supere a las expresiones provinciales y municipales. Pero tampoco es taaanto lo que podrían aportar a la construcción del kirchnerismo.

Y acá llegamos a donde queríamos llegar desde el principio. A la boca del lobo. A las entrañas de la bestia. ¿Es el PJ el culpable de que no se haya constituido el kirchnerismo? ¿Hay algo que sostenga esta aseveración? Veamos: donde gobernaba desde antes, con sus excepciones, siguió gobernando y puso los votos para la elección de CFK. Dónde perdió fue a manos –con la excepción de Santa Fe y Tierra del Fuego- de otras expresiones K. Los que perdieron en 2005 a manos del Frente para la Victoria, enarbolaron pronto la bandera de rendición y se encolumnaron. ¿Dónde está lo malo?
¿Y entonces? ¿Nadie es responsable de que no exista el “kirchnerismo”? Digamos que, de todos los actores aquí nombrados, cada uno tiene su cuota parte de responsabilidad. Pero falta revisar lo actuado por alguien: ni más ni menos que Néstor Kirchner. Y aquí se complejiza la medición: él fue el impulsor tanto de la Transversalidad como de la Concertación. Abrió la cancha en aquellos momentos, dejó hacer. Que crezcan mil flores, después vemos. Pero no acompañó esos gestos con medidas concretas de organización, de conducción. De ir plantando en cada lugar “sus” tipos. Y cuando todos son tuyos, ninguno lo es. En el después midió y lo que encontró no pareció satisfacerlo. Los muchachos no habían armado. Entonces optó por hacer lo que cualquier dirigente sensato hace: recostarse en lo existente. Y lo existente se traduce hoy en ser Presidente del PJ. Esa presidencia no es signo de fortaleza, más bien de necesidad.

Dos actores se ofuscarían tremendamente si esta teoría fuera cierta: Néstor Kirchner -ya que sería asumir un fracaso personal en la construcción- y el antikirchnerismo, ya que han construido un funcional monstruo polisémico tras esta marca. Estimo que el 99% de los kirchneristas no lo tomarían a mal: son los primeros en sufrir esta inexistencia.

Igual todo esto es una hipótesis nomás. A tiempo de ser falsada.

Alguna vez, comiendo un surubí frente al Paraná, filosofamos con Manolito (no confundir con Manolo. Manolito es uno de los responsables de varias ideas que Mendieta afana para luego escribir, aunque él se haga el desentendido). Decía, filosofamos allá en Corrientes un par de horas debatiendo si primero es el cauce o el torrente. Bueno, si el cauce es el pueblo, si la llegada de Kirchner al gobierno fue un torrente, el kirchnerismo nunca supo ser más que, hasta ahora, varios barquitos diferentes dejándose arrastrar por la corriente.

Quizás ahora, que parecieran haber llegado los vientos en contra y la bajante, cuando varias chalupas viran hacia otros puertos en orillas más a resguardo y el buque insignia dibuja eses en el agua, alguien escuche a los cientos de grumetes dispuestos a remar.

Parando un cacho la pelota

Teníamos listo el post que van a leer abajo. Pero a minutos de publicarlo los noticieros anuncian que renunció el ministro de Economía, Martín Losteau. Y como estamos escribiendo esto sin saber el reemplazante, poco podemos agregar. Pero quién se haga cargo, y con qué política económica, seguramente pondrá un poco de claridad para dónde va la cosa. Entonces releemos y nos convencemos que, a pesar del “último momento”, el espíritu de nuestro ladrido no pierde vigencia. Es más: quizás sea, aún, más pertinente que hace un rato. Acá va:

¿No les parece que hay cierto clima un tanto exagerado de fin de ciclo del gobierno nacional? Digamos que hay condiciones “objetivas” para andar preocupados. Por citar algunas: la cada vez menos sorda puja interna decidiendo hacia dónde rumbear el barco, la inflación, el consiguiente aumento de la pobreza en los deciles más bajos (y convengamos que es una cuestión estadística nomás. Una familia que anda en $950 de ingresos mensuales es tan pobre entre o no entre dentro del índice, ¿no?). Estas cosas.

Pero también hay condiciones “subjetivas”: el clima de “hartazgo” con el gobierno que reflejan hasta el cansancio ciertos medios, la psicosis de los Tenenbaum del tipo “cuántas horas faltan para que se venza el plazo de la `tregua` del campo”, la baba que nos cae de las comisuras de los labios a los periodistas y los bloggers barajando nombres para el recambio de gabinete, la exageración de ver en un De Angellis un candidato a presidente, las menciones a Ceaucescu de algunos líderes de opinión (nótese: hablo de Carrió como una líder de opinión y no política. Son dos categorías que hoy por hoy van distanciándose, quién sabe hasta cuándo y cuánto).

Al respecto. Tiro una hipótesis aventurada. Los argentinos estamos, lamentablemente, tan resignados a vivir de sobresalto en sobresalto, tan acostumbrados a que cualquier conflicto desemboca en una crisis política de magnitud, tan habituados a los quilombos que, después de cinco añitos de relativa calma, estamos con una crisis de abstinencia de despelotes.

Sin embargo hay diferencias que son mucho más profundas que pequeños matices a la hora de asomarse a esta coyuntura. Y el parteaguas no es tan binario como oficialismo u oposición. Estamos los que nos preocupamos, y mucho, por las razones que enumeré más arriba (esas que petulantemente describí como “condiciones objetivas”) y buscamos ámbitos de debate y acción, planteamos críticas y autocríticas, redoblamos nuestros esfuerzos argumentativos. Hacemos política. Pienso en Hal, que no es precisamente un kirchnerista, ¿no?.

Y están los otros. Los que provocan o se suben al clima de espanto. A los análisis catastróficos y apocalípticos. A las frases rimbombantes y grandilocuentes. Los que emiten como si se estuviera jugando en estos días el destino de la Patria para la próxima centuria. También entre estos hay oficialistas y opositores. Para qué nombrarlos. Todos sabemos de quiénes hablo.

Por último, hay un tercer grupo. También transversal en cuanto a sus alineamientos partidarios. Son aquellos que se esconden en medio del conflicto y están “midiendo” el minuto a minuto para ver dónde se van a parar. Los que de pronto, ahora, descubren las miserias del gobierno y esconden los afiches que compartían con Néstor y Cristina. Los oportunistas de siempre. Esos que se las ingenian muy bien para caer siempre parados.

Si este clima de crisis dura un par de días más van a salir desesperados a despegarse del oficialismo.

Pienso en un ejemplo. Me viene a la cabeza un Aníbal Ibarra. Ahí está: juego una bolsa de Eukanuba Premium a que en cualquier momento lo veo en la tele o en una entrevista jugando de “independiente”.

Foto:Rodrigo Moraes

Ladrando en la neblina

Pruebo y pruebo, pero sólo me salen panfletos de escasísimo rigor. Esto de postear en Artepolitica se está poniendo difícil, con el nivel de mis compañeros de jauría. Y es así que decido abandonarme a los instintos y dejar de lado toda pretensión de calidad. Reemplazamos eso por corazón y tripas en días que todo se ha vuelto confuso.

Así que, siguiendo con lo que se viene discutiendo teóricamente en este mismo blog (Acá y acá), vamos a hacer una columna que quizás nos traiga problemas.


Nos vamos a alejar de la academia y la serena reflexión para quedar bien cerca del barro de las trincheras. Y vamos a decir un par de “no nos bancamos más” como clara toma de posición. Y no es que ignoremos que gran parte de las causas de nuestros siguientes “no nos bancamos más” se deben a erróneas acciones políticas, comunicacionales y de gestión del oficialismo gobernante. Algunas de ellas las hemos planteado bastante antes que más de uno que ahora está de invitado permanente en los programas de TV. Claro que sabemos esto. Porque, contrario al discurso mediático hoy en boga, somos muchos los que no concebimos la acción y la práctica política en el “campo popular” sin un fuerte sentido crítico y autocrítico. En ese sentido, Mendieta se declara en “búsqueda permanente” de un espacio político concreto de construcción. Y si se declara en “búsqueda permanente” es porque asume que no existe ese “ideal”. Pero también decimos –quizás ingenuamente- que el peor pecado de una praxis política militante es no operar en el marco de lo “realmente” existente. Sólo asumiendo este riesgo podemos intentar modificarlo.

En este sentido nos interesa resaltar hoy una sola critica al oficialismo gobernante: así como no le tememos a la “polarización” de nuestra sociedad (sí, también somos “mouffianos”) quisiéramos que esa polarización no esté construída sólo discursivamente. En criollo: si vamos a pedir que los sectores populares banquen el proceso político y el conflicto que este acarrea, no alcanza con lindos discursos “redistributivos”. Hay que redistribuir de verdad. Más. Mucho más. A su vez, si se busca polarizar y antagonizar, hay que elegir muy bien dónde está el parteaguas. La historia argentina es pródiga en mostrar que no hay polarización exitosa que quiera seguir gobernando sin un importante sector de la clase media jugando de este lado. Y para esos sectores hoy no hay un “relato” apropiado ni políticas comunicacionales acertadas.

Sin embargo, dicho todo esto al sólo efecto de demostrar que no somos tan giles de repetir como loritos la “línea oficial”, es oportuno aclarar en que hay momentos en que la crítica –aún la más sincera, la más constructiva- es pasto para la manada de los “ellos” que mentaba el Escriba. Para que se entienda: que muchas veces no sepamos bien quiénes somos “nosotros” no quiere decir que no sepamos bastante bien quiénes son “ellos”.

Hechas estas aclaraciones, a los bifes para que se enojen los lectores:

-No nos bancamos más que si expresás una opinión defendiendo al gobierno o alguna de sus políticas, seas un empleado de Alberto Fernández, lacayo de Albistur, infradotado mental, corrupto y asaltante de monaguillos. Eso sí: si alguien expresa una crítica al oficialismo, automáticamente se convierte en paladín de la libertad, defensor de las instituciones, “objetivo” y “sensato” emisor y candidato a Dalai Lama. O sea: yo, opositor, soy –en principio, naturalmente- “bueno”. Vos, oficialista, sos –a priori, científicamente- “malo”.

- No nos bancamos más el doble standard de la mayoría de los medios de comunicación y de sus “trabajadores” de prensa. Un ejemplo fáctico: hasta hace dos meses, Elisa Carrió se paseaba por todos los canales y programas de cable aseverando que el gobierno tenía cooptada y presionada por los métodos más sofisticados a toda la prensa de la Argentina. De este discurso se hacían eco varios medios (Perfil, ponele). Ahora vemos, por los mismos canales y programas, una cerrada defensa de la “amplísima” libertad de expresión que, a Dios gracias, existe en nuestra tierra. Libertad que viene a estar amenazadísima por las críticas oficialistas al rol de algunos medios de comunicación. O sea: yo, opositor, puedo decir lo que quiera, que para eso tenemos libertad de expresión. Vos, oficialista, ni se te ocurra criticarme, que me estás censurando.

- No nos bancamos más el vaciamiento de sentido que se está dando de varios términos que no debiéramos mentar así como así, tan banalmente: autoritarismo, censura, persecución. La verdad es que, precisamente aquí, con nuestra historia de sangre y dolor, debiéramos ser un tanto más respetuosos del peso de esas palabras. (Podría decir, con la calentura que albergo, que quienes dicen eso lo hacen, precisamente, porque no debieron sufrir en carne propia la censura y la persecución en los años en que de verdad existían. Pero no lo digo, porque me van a acusar de autoritario. Horror).

Para finalizar: hace mucho tiempo, María Esperanza mencionaba acá a Aristóteles. La cita era esta: “si hay un individuo -o más de uno, pero que no sean suficientes para constituir la población de la ciudad- tan distinguido por su superior virtud que ni la virtud ni la capacidad política de todos los demás sean comparables con las de aquéllos, si son varios, o si es uno solo, con la de aquél, no hay que considerarlos como una parte de la ciudad, pues se los tratará injustamente si se les juzga dignos de los mismos derechos, siendo tan desiguales en virtud y en capacidad política, es natural que tal individuo sea como un dios entre los hombres”. “De lo que también resulta evidente que la legislación es forzosamente referida a los iguales en linaje y en capacidad, pero para esos hombres de esa clase superior no hay ley, pues ellos mismos son ley.”

Ni más ni menos que esto es lo que pienso que anda pasando por estos días en la Argentina. Parte de la “clase superior” -la de siempre, por lo menos desde la dictadura para acá- ha decidido que ya es hora de mandar a parar un proceso de cambio político y social que incluso excede la propia voluntad del oficialismo gobernante.

Y este perro se vuelve loco y muestra los dientes cuando lo quieren atar al árbol para que le quede claro hasta dónde puede llegar.

Jauretche 2.0

“…todo destino nacional es largo…”

Arturo Jauretche

Y sí. Este post va a girar en torno a Arturo Jauretche. Un imprescindible para el campo popular, quizás más vigente en estos días que hace algunos lustros. Realizar aquí un panegírico de su trayectoria nos parece redundante. Está llena la web de biografías y de abundante material sobre su obra y su vida, así que no vamos a abundar con ellas.

Basta decir que nació, luchó, militó y sigue vivo.

Aunque trajinó la pluma bastante, podemos intuir que su libro más popular es el “Manual de Zonceras Argentinas”, editado allá por 1968. Aquí un enlace en donde pueden bajárselo completo si lo desean. Cosa que recomendamos, porque siempre viene bien leerlo o releerlo y porque, ya verán, van a necesitarlo.

Ya en el prólogo, Jauretche nos va explicando de qué habla cuando habla de “zonceras”: “Consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia –y en dosis par adultos- con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar en las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido. Hay zonceras políticas, históricas, geográficas, económicas, culturales…”.

Tenemos la “zoncera madre que las parió a todas”: “Civilización y barbarie”; sus “hijas mayores”: “El mal que aqueja a la Argentina es la extensión” y “Lo que conviene a Buenos Aires es replegarse sobre sí misma” y 42 zonceras más en lo que el autor supo definir como “Un manual y no un catálogo”. Las hay de “autoridad”, “institucionales”, “económicas” y varias más, incluyendo un par sobre, sí señores, el poder de los medios de comunicación.

Un párrafo más del prólogo: “Precisamente para que no nos agarren descuidados otra vez, y a los que nos sigan, es que se hace necesario un catálogo de zonceras argentinas que creo debe ser obra colectiva y a cuyo fin le pido a usted su colaboración. Haremos el catálogo entre todos”.

Pues bien, han pasado cuarenta años desde la aparición de este Manual y desde Artepolítica pensamos que ha llegado el momento de cumplir con el deseo de Don Arturo. Y por ello invitamos a todos a formar parte de un proyecto por demás ambicioso: la construcción colectiva de las Zonceras Argentinas del Siglo XXI.

Mendieta propone el siguiente mecanismo:

1) Envíe usted, lector, lectora, su propuesta de Zoncera Argentina 2.0 con una breve descripción que la fundamente.

2) Nos tomaremos nuestro tiempo para recibir las propuestas, clasificarlas y ponerlas luego, democráticamente, a votación para elegirlas.

3) Si queda bien, quién les dice que logramos editarlo y todo.

¿Qué? ¿Se pensaban que en Artepolítica sólo íbamos a laburar nosotros?

Todo hecho es político

Algunas reflexiones sin retenciones, ahora que el conflicto entre el gobierno y “el campo” entra en una “tregua”.

Lo primero es separar la paja del trigo. Diferenciar lo que es un conflicto sectorial –“el campo”-, básicamente de origen económico, aunque no exclusivamente –“las retenciones”-, de sus consecuencias políticas y sociales posteriores.

Ya habíamos planteado hace unos cuantos días, acá, que lo que nació como un conflicto de los productores rurales había ido tornándose en el catalizador que habían encontrado diversos y heterogéneos sectores de nuestra sociedad opositores al Gobierno nacional.

Entonces podríamos ocuparnos en analizar la reacción de estos diversos sectores sociales (la clase media alta urbana, la clase media media de la pampa húmeda, los opositores políticos y una larga lista de etcéteras). Pero eso quedará para otra oportunidad.

Prefiero detenerme en hacer algunas observaciones acerca de cómo reaccionó el gobierno nacional ante este conflicto. Estimo que hay una riqueza mayor en este abordaje. Especialmente para aquellos que -aun críticamente, oscilantemente, impotentemente, las más de las veces -formamos parte de aquellos que apoyamos el rumbo general del actual gobierno nacional.

1/ Toda medida de gobierno, especialmente una “económica”, implica un bordado político previo. Un tejido político que sustente esa medida. Entonces uno se pregunta cómo no midieron eso, cómo no anunciaron en conjunto las medidas complementarias para los productores chicos, como no acompañaron eso con un “reparto” para los gobernadores y los intendentes. La Presidenta lo dijo redondamente: cuando hay que “redistribuir” siempre hay que sacar de algún lado. Bien. Falta aclarar dónde se va a poner eso que se sacó de allá.

2/ Se podría especular con que los propios éxitos del anterior gobierno (el de Néstor) sean los riesgos del actual. La brocha gorda ya no pinta. Hay que tomar el pincel finito, cambiar de etapa, afinar la gestión por áreas. La famosa sintonía fina es un sordo grito, mucho más potente que las cacerolas de Barrio Norte. Me surge esto: cuando germinan las semillas de tomate que tengo en las macetas del balcón, les pongo unos tutores chiquitos, palitos de helado. Pero cuando crecen las plantas, y se vienen los frutos, mejor que antes haya cambiado los tutores por unas varas más grandes, atadas entre sí. A eso le llamo “armado”, y si no está la planta se viene abajo.

3/ Claro, hay dicotomías que no siempre pueden ser superadas sin costo (podría decir “dialécticamente”, pero suena un tanto soberbio para un populista como Mendieta). Si fortalecés tu entramado con el PJ tradicional, se te espanta una porción imprescindible de la clase media. Si intentás guiños para esa clase media, fortalecés esa relación, los muchachos peronistas te miran mal, cuando no te juegan en contra por abajo. Y aquí entra en juego lo de los medios de comunicación, la batalla por la emisión, por la opinión pública. Yo buscaría algunas diagonales. No sé si vieron a un tal Felipe Solá en el programa de TN de antenoche, ese es el ejemplo.

4/ Todavía es temprano para afirmaciones categóricas de índole “sociológico”. La espuma debe bajar en todos nosotros. Pero me atrevo a lo siguiente: si algo surge de todos estos días de tensión es que, en términos culturales, nuestra sociedad poco ha avanzado desde el más rancio noventismo. El individualismo, el sálvese quien pueda, los falsos binarismos, el desprecio por “el otro”, la incapacidad de construir una comunidad, un país integrado e integrador siguen tan vigentes como en esos tiempos.

5/ Párrafo aparte para el rol de los medios de comunicación masivos, en especial la TV. Va siendo hora de que se construya un contrapoder de ese contrapoder. Manejan el arma más potente de nuestra Patria. Debieran ser un poco más responsables en el tratamiento de la información y de la opinión. Digo más: blanqueen su posición política, háganla pública (como hacen los medios en EEUU o Europa antes de una elección). Pero, y haciendo otra analogía superficial, ya que se quejan tanto de las organizaciones sociales o sindicales de cómo manipulan, acarrean y utilizan a sus bases, dejen de usar y acarrear a las suyas: los integrantes del Partido de los Apolíticos, ese que parece tan mayoritario en nuestro país. Salvo en las elecciones.

6/ Y en medio de tanta crítica, dos elogios: 20 días de lock-out del campo, 200 cortes de rutas, desasbastecimiento creciente de alimentos en las ciudades y bajísimo, casi inexistente, grado de violencia pública (¿la trompada de D ´elia fue un juego de niños al lado de la barra de River, no?). Así que un reconocimiento desde acá a Aníbal Fernández y la Gendarmería (tantas veces criticados) y a los punteros barriales del GBA, que aguantaron los bolazos de saqueos pateando los barrios y calmando a sus vecinos.

Para finalizar: ¿hay algo que pueda unir a esta ya larga enumeración de hechos y cuestiones? Sí. Es la política, un arte casi sin manuales.