Mendieta

Todo tiene que ver con todo

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Es un año raro en política. Como siempre, pero un poco más que siempre, bienvenida contingencia. Pareciera que la transición se adelantó como el otoño, que en 2014 empezó en febrero. Entonces, con un escenario por demás inestable, frágil y poco predecible, los pre-candidatos a presidente en 2015 oscilan entre la consolidación de un perfil y los bandazos propios de aquellos que todavía no tienen configurada una estrategia.

Por supuesto, sería inocente pensar que un candidato y sus equipos puedan trazar estas estrategias cuando no se tiene aún claro quiénes serán los contendientes y, más importante aún, los polos político-ideológicos que se armarán como “oferta” electoral.

Pero lo que si puede avizorarse en estas etapas pre-competitivas, es la estrecha relación que se da entre los diferentes agrupamientos y su interrelación relativa. Repasemos:

a) En el planeta “peronismo” todo indica que ahí se dirigen a una interna abierta en las PASO para “acomodar” la sucesión del kirchnerismo. De cómo se resuelva la continuidad del FpV y su capacidad para mantener unido bajo ese sello a la totalidad de gobernadores, intendentes y sectores políticos y sociales que vienen conviviendo desde 2003 tendrá repercusión, por supuesto, en la esfera propia. Pero también en sectores que ya le son ajenos. Sin ir más lejos, el massismo aguardará sentadito que el “cierre” del peronismo deje afuera sectores importantes para tentarlos con el salto.

b) La posibilidad y la manera en que logre constituirse el Frente Renovador en una fuerza nacional (algo que por el momento está muy lejos de ser) por supuesto que es interés del massismo. Aunque no pareciera sencillo que –más allá de la evidente simpatía que hoy por hoy el de Tigre genera en ciertos sectores del poder concentrado- el diputado Massa pueda arrastrar tras de sí más que los heridos de la interna peronista (por cierto, concientes de esto, y porque los gobernadores detestan que les caminen la interna por abajo, pasa esto). Pero lo cierto es que, además de depender del peronismo para crecer, el modo en que el Frente Renovador “arme” impacta directamente en otro barrio: el macrismo.

c) El macrismo tendrá en 2015 una disyuntiva que le es fundante: su falta de definición a la hora de avanzar en acuerdos o no con sectores del peronismo. Ahora, más allá de las relaciones dirigenciales, lo cierto es que se pisa votantes con el massismo. La falta de audacia de Mauricio Macri en este sentido evidencia los propios límites de su potencialidad como fuerza nacional. No se baja al barro sin mancharse los mocasines.

Pero, que siempre hay peros, el camino que elija el PRO también tiene impacto en otras latitudes. Por ejemplo, y vamos dando la vuelta entera, en el UNEN o como corno se termine llamando ese coso.

d) Carrió –en un nuevo giro loco- sabe que su crecimiento dentro de la inestable alianza que mantiene con el socialismo y el radicalismo sólo puede darse a expensas del electorado centroderechista-republicano (¿?) del macrismo. Y hábilmente hace unos guiñitos hacia esos sectores. Lo cual tensa todo ese universo pan-antiperonista. Los radicales se excitan, porque siempre se excitan con las luchas internas y Binner pide que le den tiempo para pensarlo, pensando que así gana tiempo. Y, por supuesto, todos ellos les rezan todos los días porque haya algún tipo de milagro que hiciera que Massa jugara dentro de la interna del peronismo. Si hay algo que les gustaría a estos sectores del UNEN o como corno vayan a llamar a este coso, es que a la final llegaran dos grandes polos, a la vieja usanza PJ-UCR ochentista. Pero bueno, ya sabemos que en política los milagros no existen.

¿Se puede extraer alguna conclusión de este pantallazo? Para empezar, al menos una. Y es que el peronismo del Frente para la Victoria es el único espacio que tiene autonomía relativa y no depende más que de sí mismo para conformar su polo. Y que dependerá de su inteligencia para permitir que todos los que actualmente lo integran se sigan sintiendo contenidos en su interior. Por eso, no debería sorprendernos que sigan y sigan apareciendo pre-candidatos oficialistas rumbo al 2015, puesto que es un modo (por cierto el más puramente político) de ofrecer perspectivas de futuro. Cuanto más lejos se lleve esta estrategia, mejor para todos. Complementariamente, aquellos sectores del oficialismo que –más allá de sus intenciones- pretendan obturar este momento de abierta competencia interna, no estarán haciendo otra cosa que plantar una semilla de derrota. Una semilla que correría el serio riesgo de germinar.

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Hicimos lo que nos enseñó Alfonsín

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Los correligionarios de Los Irrompibles nos envían un documento que, muy gustosamente, compartimos con todos los compañeros, camaradas y amigos de Artepolítica. Juntos somos la democracia. Para siempre. 

 

A partir de la participación de Ricardo Alfonsín, de algunos dirigentes Radicales y de nosotros mismos en el acto oficial de conmemoración del treinta aniversario de la recuperación democrática, se ha abierto un debate del cual nos gustaría participar proponiendo algunos elementos para el análisis.

Comencemos entonces por preguntarnos qué efectos tendría para el sistema democrático que un acto de esta naturaleza fuese animado únicamente por un solo partido político y no contara con la presencia de ningún representante del arco opositor. ¿Sería neutral para la convivencia de los argentinos? ¿Pasaría inadvertido por la historia? ¿Hablaría mal solo de quienes ocasionalmente conducen el Estado? ¿De estar vivo Raúl Alfonsín, lo hubiese avalado? Seguramente no.

A nuestro entender, semejante ausencia solo sería justificada por una usurpación del poder constitucional o por un quiebre de la legalidad. Situaciones estas, que gracias a la lucha del pueblo argentino, ya han quedado en el pasado aunque no en el olvido.

En segundo lugar debemos resaltar que resulta por lo menos paradójico, observar como quienes le imputan al Kirchnerismo una mirada dicotómica de la realidad, a través de la lógica amigo / enemigo, hacen exactamente lo mismo pero en sentido contrario. Negándole al adversario cualquier tipo de legitimidad y reconocimiento, demuestran que sin darse cuenta se dejaron ganar por el sentido común que dicen criticar.

Por otro lado se ha dicho también, que la presencia de militantes y dirigentes radicales, podría contribuir a blanquear la imagen del gobierno en una suerte de operativo de marketing político, mostrándolos como portadores de un criterio de pluralidad que en realidad no poseen. En este caso la pregunta que nos gustaría hacerles a quienes sostienen estos argumentos, es si no les parece una actitud mezquina y adolescente que un partido que lleva más de un siglo comprometido con la República como la UCR, condicione su conducta por este tipo de especulaciones. De hacerlo, caeríamos nuevamente en la contradicción de hacer lo que denunciamos, subordinar nuestra responsabilidad política al imperio de lo aparente y circunstancial.

Por último, un aspecto que merece ser tratado con especial atención, es el que obedece a la evaluación de la pertinencia de realizar conmemoraciones, actos o festejos en un contexto de profundo dolor, signado por la pérdida de vidas humanas en el marco de la crisis social que vive nuestro país. En este punto nuestra posición coincide con lo expresado por el Comité Nacional del Radicalismo, en tanto creemos que hubiese sido deseable se suspendan los festivales musicales, en respeto al dolor de las familias de las víctimas.

Pero ahora bien, lo que resulta de una inmadurez política sorprendente, es el pedido de posponer o cancelar el acto oficial de conmemoración del treinta aniversario de la recuperación de la democracia, cuando a la vista de los acontecimientos de violencia social y de ruptura de la disciplina de parte de las fuerzas de seguridad provinciales, se hacía más necesario que nunca.

Los argentinos necesitábamos un acto de memoria y reflexión colectiva representado en el conjunto de las fuerzas políticas, que nos permita reafirmar nuestro compromiso con la vida y con la paz como sociedad. La fecha lo demandaba y el momento lo exigía.

Así creemos lo hubiese entendido Alfonsín, sin medir costos políticos coyunturales ni posibles controversias mediáticas marginales, pensando seguramente, que de esa forma podría contribuir a evitarle al ciudadano común la intranquilidad y la zozobra de ver a su dirigencia inmersa en un juego perverso de egoísmo, en momentos donde solo cabe esperar la unidad nacional.

Los Irrompibles fuimos invitados por ser un grupo de jóvenes militantes radicales que teníamos un vínculo con Raúl Alfonsín (sellado con el aguante de 40 noches frente al Hospital Italiano en 1999, ratificado durante la ola de escraches anti-políticos del 2002, y sostenida con horas de discusión política fuerte y sincera). Fuimos en condiciones adversas a plantar las banderas radicales, sin retroceder ni un milímetro nuestra propia identidad de opositores, – y tenemos que reconocer, que más allá de la disputa simbólica de los cantos, se nos respetó en ese sentido-.
Nosotros por nuestra parte, cumplimos con nuestras convicciones y con Raúl Alfonsín.

LOS IRROMPIBLES

Diciembre de 2013

www.irrompiblesucr.com.ar / twitter: @irrompiblesucr / facebook: Los Irrompibles ? Los IrrompiblesII

 

 

Bancar los trapos

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Los militantes tienen o no tienen responsabilidades? Opino que sí. Me gusta pensar que sí. Porque si pensáramos que no, en vez de militantes seríamos meros reproductores de órdenes que vienen de arriba. Y lo que viene de arriba es la conducción. La conducción traza un camino, marca un rumbo, establece objetivos. Pero por abajo, los militantes tienen que buscar la mejor forma de llevar eso adelante. Y la conducción se reafirma en un ida y vuelta con las bases.

Empecemos por el principio: el kirchnerismo perdió las elecciones. Y las perdió porque el kirchnerismo, a pesar de seguir siendo la fuerza política más votada en el orden nacional, a esta altura compite contra sí mismo. Es como aquellos equipos que ganan siempre todas las copas. De vez en cuando pierden, pero sobre todo pierden cuando tiene la inmensa y titánica tarea de seguir superándose a sí mismos y no lo logran.

Entonces asumamos que se perdió. Porque lo que es seguro es que se perdieron votos, obviamente que en relación al 54% del 2011, pero también en relación al 2009. Porque se sacaron menos votos de los esperados a nivel nacional. Porque se perdió en la Provincia de Buenos Aires. Porque salió tercero en Santa Fe. Y etcétera, etcétera. Eso ya lo sabemos todos.

Lo segundo es preguntarse, entonces, por qué perdió tantos votos. Y acá puede haber tantas interpretaciones como interpretadores. Y seguramente la verdad, que no existe, está en un punto medio entre muchas de ellas. Lo tercero es asumir que hay cierta uniformidad nacional en los resultados (por supuesto, con los matices propios de cada distrito, pero en todos lados se fue para atrás), lo que indica que hay motivos “de alcance nacional”.

Entonces: algunos piensan que perdió muchos votos por no haber atendido nuevas y viejas demandas (lo que sería un problema de “gestión”). Otros piensan que es por “problemas comunicacionales” o, más directamente, porque los medios “juegan en contra” (el nacimiento de esos medios en los últimos 12 meses explicaría así el 54% de hace dos años, je). Otros especulan con “problemas políticos”, como una pérdida de acumulación de actores. Otros, más marketineros, te dicen: hoy ser oficialista no está de moda.

Bueno: pienso que hay un poco de cada una de esas cosas. Y algunas más. Pero también pienso que siempre hay que empezar por el principio. Y que la política está antes que la comunicación. Y que “hacer política” no es lo mismo que “comunicar” y que “comunicar” no es lo mismo que “hacer campaña” y que “hacer campaña” es mucho más que hacer actos y spots.

Y me voy a extender, que no se solucionan problemas grandes con respuestas cortitas.

En lo político: hay que dejarse de joder con el sectarismo. El kirchnerismo es un parte central, en esta etapa histórica, del peronismo y del movimiento nacional y popular. Pero no es la única, ni siquiera la más grande. Condujo y conduce, pero es una parte. Y para seguir conduciendo, como diría el General, hay que acertar. Y para acertar, además de otras cosas, hay que contener. Y acumular. Y no podemos pretender que la única acumulación válida sea la de una fracción y que los otros no acumulen o mirarlos de reojo cuando lo hacen. Por supuesto, esta afirmación esconde debates más profundos que quizás haya que en algún momento enfrentar: ¿consideramos al kirchnerismo algo fundacional o asumimos que tiene raíces más profundas que lo anteceden? Mi opinión está en este mismo párrafo, pero no todos piensan –y actúan- igual. Y eso se nota. Y en algún momento entra en crisis ¿Es una crisis terminal? De ningún modo. El kirchnerismo ha sabido recuperarse de derrotas y de desaciertos y, sin dudas, puede volver a hacerlo. Lo que no podemos permitir es que se rife lo obtenido en todos estos años. Y para que no se rife no podemos ser tan obcecados de pensar que sólo este esquema lo puede garantizar. Para decirlo claro: hay quienes, dentro del kirchnerismo, fantasean con un “irse” en 2015 con una candidatura perdidosa, que gane el más horrible posible y volver luego, “cuando nos extrañen”. Bueno: esto me parece un desastre y un infantilismo. Podés perder, claro, pero no podés jugar a perder. Porque, si realmente creemos en este proyecto, los perjudicados de un retroceso no serán ninguno de los que creen en esa hipótesis (los cuales ya forman parte de “la clase política” y, por ende, no tendrán problemitas de subsistencia) sino, sencillamente, los sectores populares que decimos defender. Creo que fui clarito, no?

En lo “gestional”: hay que atender las nuevas demandas con algo más que un repaso de lo ya hecho en la década. En primer lugar porque muchas de esas demandas son producto, precisamente, de éxitos previos del proyecto. En segundo lugar porque es nuestra obligación ideológica: que un ex desempleado haya conseguido laburo pero ahora exija mejores salarios o viajar bien es correcto. Aquellos que piensan que esas personas “nos deben” algo por haber mejorado sus vidas (aunque más no sea en una pequeña parte), en mi opinión, tienen una desviación ideológica preocupante. Los peronistas, desde siempre (bah, a veces), construimos derechos para las mayorías populares. Son derechos. Así que no nos deben nada. Y en todo caso “pagan” eso en cada elección. En tercer lugar, siempre hay que ofrecer una “perspectiva de futuro”, y hace rato que no lo hacemos. Ya no alcanza con repetir, una y otra vez, lo mal que estábamos en 2001, en 2002. Todo el mundo lo sabe. El punto es qué le decimos, y cómo lo explicamos, para convencer a los votantes de que, con este proyecto político, va a estar mejor en el futuro de lo que está hoy.

En lo “comunicacional”: no me voy a extender demasiado en esto. Es mi “campo” y conozco demasiado lo complejo que es como para andar tirando al voleo cosas. Pero me voy a limitar a lo siguiente: no se puede seguir hablando sólo “para los propios”, como si eso fuera tener fuertes convicciones y adaptar tu comunicación a las necesidades del contexto fuera una entrega, una traición. El camino de la autocelebración, compañeros, está agotado. Y el énfasis en “bancar los trapos” me hace acordar a los que, en el fútbol, son hinchas de su hinchada. Los entiendo, claro que los entiendo. Soy de Racing y estoy orgulloso de mi hinchada. Pero a la cancha entran los jugadores. Y los partidos no los ganás cantando en la tribuna para que te escuchen los mismos que son de tu equipo.

Veremos. Como siempre, está todo el futuro por hacerse. No está escrito. Y cada uno banca los trapos como puede. Yo así.

(Publicado originalmente aquí).

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La Patria es el otro

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Hay que endurecerse, sin perder la ternura jamás.
Che Guevara

Las pelotas. Si te endurecés, te endurecés. Y listo. Sin vueltas.
La pregunta que cabe hacerse es la siguiente: ¿siempre hay que endurecerse? ¿para qué endurecerse? Ponele que estás en medio de la sierra, cargando un fusil y cagándote a tiros. Digamos que, mejor, ahí endurecete. Pero suponete que, en medio de un claro, en mitad de la sierra, justo en la línea de tiro, se te cruza una familia campesina…¿tirás igual?, ¿al menos dudás? ¿de qué te vale ahí, en ese efímero instante, la dureza? ¿para tirar?

Cosas que no me banco.
Abrir el tuiter, a la mañana, y leer a compañeros que, con los bomberos todavía sacando heridos del tren, empiezan a tejer teorías conspirativas exculpatorias. Y me banco mucho menos eso que leer a adversarios políticos, encabezados por grandes formadores de opinión mediáticos, escribir con un cierto goce morboso ante el accidente. Frotarse las manos de sangre, se llama eso.
El punto, el punto al que quiero ir, es que me jode más leer lo que leo “de los propios” que lo de los ajenos. Y me jode más porque si bien uno siempre se constituye en la diferenciación de un otro -entonces muchos de nosotros nos constituimos por oposición a quienes se nos oponen-, constituirse en la diferenciación no quiere decir “ser el opuesto”. Entonces si el otro es un canalla, ¿uno pasa a ser un canalla de signo contrario?
No. La diferenciación a la que uno quisiera aspirar es una diferenciación cualitativa. Si el otro es un canalla, si el otro de algún modo “festeja” que este accidente golpea políticamente a la Presidenta, al gobierno nacional y al proyecto político que sustenta lo anterior, uno no puede responder igual pero al revés. Uno debe ser mejor que eso. Ser diferente, quisiera pensar, es ser mejor.

Entonces: aprender a callarse la boca cuando hay que callarse la boca. Y aprender a reconocer los errores. Reconocer que el gobierno -sea un accidente, sea un siniestro, sea un atentado, sea lo que sea- tiene una responsabilidad ante lo sucedido. Esa responsabilidad podrá ser mayor o menor. Podrá tener consecuencias judiciales o simplemente políticas. Pero, aún más no sea en el fracaso en evitarlo, responsabilidades tiene. Y nosotros, como simpatizantes o militantes o funcionarios, tenemos una cuota parte de responsabilidad. Y hay que hacerse cargo. Llevamos 10 años de gobierno. Diez años de un gobierno transformador. Diez años de muchísimas conquistas y mejoras. Pero llevamos 10 años. Y esto implica, al menos, reconocer que falta muchísimo y, sobre todo, que no siempre hacemos todo bien. Basta decir: en transporte público se hizo nada al principio, poco después y un poco hace poco. Hacerse cargo. Si tenés las convicciones bien puestas, te hacés cargo.

Se hace política para cambiar la realidad. Y para cambiar la realidad se tiene que ganar elecciones. Y las elecciones se ganan para acceder a puestos ejecutivos de gobierno. Y se accede a puestos ejecutivos de gobierno para tratar de cambiar lo existente. El poder por el poder en sí es la contracara exacta del, por decir algo, el arte por el arte. Es la deshumanización. Es el vacío de sentido.

El momento en que uno abandona eso para pasar a ser un “justificador” de lo existente es el exacto momento en que uno deja de ser un militante político para ser un burócrata del poder. En general, cabe admitir, a los burócratas del poder les va mejor que a los que pensamos de este modo. Es cierto. Y podés ser un burócrata del poder teniendo un cargo muy alto o no teniendo ninguno. Es una cuestión de actitud. Después estamos los otros. Los que nacimos para romper las pelotas incluso a nuestros propios compañeros. Los que los molestamos. Los que meamos el asado de la autocomplacencia. Los que les recordamos que el único jefe es el pueblo. El bienestar del pueblo. Sobre todo del pueblo humilde. El pueblo trabajador. El pueblo que se toma el Sarmiento todas las mañanas.Y que todos los demás somos, debemos ser, empleados de ellos. Que es lo mismo que decir, empleados de nosotros mismos.

La familia está ahí, en medio del claro, en la línea de tiro ¿Cuán revolucionario es matarlos? Vos. Sí, vos. Vos que estás leyendo…¿tirarías? Hay que elegir. La libertad es tirana: tenés que elegir. Siempre. Cueste lo que cueste.
La Patria es el otro.

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¿Y si no pasa nada?

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La idea me la tiró Mariano Fraschini, un día que yo iba de invitado al programa de Mario Wainfeld a tirar ladridos. Como yo soy vago me limité a contarla ahí. Y luego MEC, que me escuchó, se escribió esta columna que, centralmente, refiere a nuestra idea: ¿qué pasa si todos ganan en octubre? O sea: a nivel nacional el kirchnerismo, en CABA Macri, en Santa Fe el FAP, los gobernadores en las provincias, los intendentes en las intendencias.

Idea que, cotidianamente, se refuerza en mi análisis. Claro que, como diría el Escriba, lo único constante en la política es la contingencia. Así que perfectamente todo podría cambiar.

La pregunta, o mejor dicho, las preguntas, son: ¿qué cosas podrían cambiar que modificaran sustancialmente este “estado de cosas”?

Hipótesis varias, y como corresponde, contradictorias entre sí:

- Se impone hacia dentro del oficialismo el sector (minoritario?) que pretende romper con Scioli y éste se ve obligado a ir por afuera. O lo mismo pero al revés: se impone dentro del sciolismo el sector (minoritario?) que pretende romper con el kirchnerismo. Sé igual. ¿A quién le conviene saldar la disputa del 2015 ahora? Pareciera que a nadie. Puesto que ambos sectores se debilitarían. Así que, en principio, y como en política “la realidad” tiende siempre a imponerse, estos son fuegos de artificio. La posta es el año que viene.

- Algún tipo de “situación extraordinaria”, social o económica (¿pulseada en que los mercados terminan obligando al gobierno a una devaluación?, ¿empresarios que -opositores a este modelo- pasan de la fase1 de oposición (no invertir un mango) a fase2 (despidos masivos) y logran que la sociedad, ante el aumento de la desocupación, se vuelquen masivamente hacia la oposición? Bueno: el gobierno ha tomado nota de esto desde 2012 y generó múltiples acciones tendientes a que, a pesar del enfriamiento, no caiga o caiga moderadamente, el índice de empleo. A la vez: los empresarios podrán no invertir y trasladar a precios la mayor demanda. Pero no los veo “resignando” utilidades en una especie de lock out “por la República. La guita está en la calle y la quieren manotear. Por otra parte: quién sería el opositor que pudiera capitalizar esto? La fortaleza relativa del gobierno sigue siendo la debilidad opositora. Calenchu.

- El gobierno logra capear el temporal del dólar, retoca algunas variables macroeconómicas, frena el aumento de la inflación y abre, en un año electoral, el “grifo” vía obras de infraestructura. A su vez, realiza ciertos ajustes comunicacionales (un dato: el efecto “visita al Papa” y la reacción discursiva posterior de la Presidenta le estaría reportando una suba en su imagen positiva de entre 5 y 7 puntitos). Paz, amor, clasificamos al mundial y la alegría no es solo brasileña.

Paro acá. Me aburrí. Porque en verdad no pasa nada. Por ahora.

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Son las políticas, estúpido

Estas son las cosas que no debiera escribir. Las cosas en que uno corre un riesgo, básicamente, por no tener la capacidad de escribirlas tal como uno las siente.

Carlos Menem acaba de ser condenado por la justicia por el caso del tráfico de armas al Ecuador, hechos sucedidos en los lejanísimos noventas. Para quienes tenemos una historia política que –podríamos decir- nace con su ascenso al poder y nuestra consiguiente oposición, la noticia debiera alegrarnos.

Y sin embargo…sin embargo no. Entonces me pongo a pensar el por qué ¿Por qué no me causa nada –ni alegría, ni tristeza, ni nada- que la Justicia condene a Menem?

Y pienso que es por esto: creo, cada día más, en que una democracia se asienta basalmente en la soberanía popular expresada a través del voto libre mucho más que en las instituciones que regulan su ejercicio. Entre estas instituciones, por poner una, la Justicia. Y creo que lo que realmente cuenta son las políticas públicas que un gobierno lleva adelante, mucho más que si lo hace respetando o no las leyes vigentes. Sí, estoy diciendo que el respeto por las leyes es, en términos históricos y sociales, subalterno. Y sé que diciendo esto estoy vulnerando el mandamiento número uno del hacer política hoy: la corrección política. Pues bien, son los lujos que uno puede darse al no hacer política. Y podré haber dejado muchas cosas, pero no pienso abandonar algo de lo que con falsa modestia me enorgullezco: la coherencia.

No son los hombres. Paradojalmente, siento que no son los hombres lo que importa a la hora de hacer un balance político. Nunca lo son. Lo que importa son las políticas, estúpido.

Entonces, mi histórica oposición a Menem no transcurre por el chimentismo de analizar sus modales, o de los “signos” culturales que tan bien supo expresar en su momento, de su pizza con champán. A lo que me oponía, las cosas por las que hacía política en aquel momento, con tanta pasión, con tanto optimismo de la voluntad, era a sus políticas. A su entrega del país, a su abandono de los sectores populares, a la ley de la selva ¿Le hubiera “perdonado” su banalidad –o incluso sus ilegalidades- si las políticas llevadas adelante por su gobierno hubieran sido en beneficio del pueblo? Probablemente sí, debo admitir. Así como hoy “perdono” cosas, modos y actitudes de este gobierno precisamente por creer (énfasis en “creer”) que las políticas estructurales de este gobierno tienden al beneficio de los más humildes, de los más pobres.

Y es por esto que escribo atolondradamente para admitir mi abulia ante una condena de una Justicia en la que no creo. Y reafirmo mi convicción en que el único modo en que me puede llegar a alegrar una condena judicial es si la misma tiene algún tipo de pedagogía social sobre los votantes. Es decir: esta condena podría llegar a servir si la misma es entendida como una relación causal entre la persona y las políticas de Estado que esa persona lleva adelante. Y si me preguntan, debiera admitir: francamente, no creo que se haga esa operación de causalidad.

Yo sí me alegro cuando a esas políticas les ganamos elecciones. El resto es anecdótico.

2013: ¿año electoral o año estructural?

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Hay una tendencia a sobreestimar la importancia de las elecciones de este año. Con la única excepción de una amplia derrota del oficialismo en octubre o de una victoria amplísima del kirchnerismo (posibilidades que hasta el momento no parecen vislumbrarse), ningún resultado cambiaría demasiado el mapa político actual. En términos políticos, lo importante se juega en 2015.

Ya se dijo varias veces: el oficialismo renueva las bancas de 2009, donde hizo una mala elección, con lo cual cabe esperarse una mejora de su posición en el Congreso. Mejora con la cual, por cierto, aún estaría lejos de los 2/3 de las Cámaras, sobre todo en el Senado, por lo cual una hipotética búsqueda de reforma constitucional que le permitiera la re-re a CFK es una especie de quimera.

Detengámonos unos párrafos en las dos opciones mencionadas: si el kirchnerismo pierde “por mucho”, lo que sobrevendrá es un rearmado del peronismo alrededor de otras opciones en la conducción, pero no se visualiza, hoy por hoy, a nadie que tenga un ascendiente natural sobre la totalidad del FpV, entendiendo como tal a los diversos gobernadores, intendentes y corrientes internas. Por eso, no es negocio para nadie (¿es De la Sota la única excepción a esto?) una derrota estrepitosa del oficialismo, ya que se abriría un período de fragmentación que resentiría las posibilidades de todos los actores para 2015. Y nadie juega con fuego.

Si el kirchnerismo gana “por mucho”, no faltará en su seno quienes impulsen –en ese caso con el apoyo de una amplia mayoría de la sociedad- la posibilidad de la rereelección de CFK. Y entonces, aquí, todo dependerá de la decisión de la propia presidenta el permitir o no esa opción.

De este modo llegamos al centro de lo que deseaba plantear: por el momento, y aún con ciertos nubarrones en el terreno económico,  todo está en manos de CFK y en su personalísima decisión. No hay pato rengo aquí. Porque está en CFK el decidir quién puede ser su sucesor. Ya sea eligiendo de entre las filas del Frente para la Victoria (dije FpV adrede) un candidato que pueda triunfar en 2015 o ya sea eligiendo alguien del kirchnerismo que no pueda ganar. Con lo cual también estaría decidiendo ella, de algún extraño modo, al próximo presidente.

Por supuesto, todas estos análisis son secundarios y menores. Las preguntas que hay que hacerse a la hora de pensar el futuro estimo que son otras. Por ejemplo: ¿ha llegado el modelo económico-social inaugurado en 2003 a su cenit?; ¿los fundamentos del modelo económico pueden sostenerse por dos años más (e hipotéticamente luego otros cuatro) sin encarar reformas profundas?; ¿hay condiciones de potencia política para encarar algunas de estas reformas profundas? ¿hay conciencia en el pequeño círculo que rodea a la Presidenta –quizás, precisamente, por el éxito de ciertos caminos emprendidos hasta ahora- de la necesidad de algunas reformas profundas? ¿puede aceptar el activo más iracundamente cristinista un candidato a presidente del oficialismo que –manteniendo los aspectos centrales del modelo- encare una nueva etapa diferenciada en “los modos”? De no ser así, ¿prefieren perder con alguien “puro” a ganar con un aliado? ¿Cuáles serían, a efectos de mensurar un posible sucesor, los “aspectos centrales” que sí o sí debiera mantener? Algunas de estas preguntas hay tiempo de sobra para ser respondidas. Otras de ellas, parecen necesitar cierta urgencia de ser analizadas.

Finalmente, la gran pregunta: ¿será 2013 meramente un año electoral? ¿O podremos asistir también a un año estructural?

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El día después de mañana

O del lunes 10 de diciembre, que viene siendo lo mismo.

Porque hace meses que la discusión política está centrada en una especie de presente perpetuo en donde pareciera que lo único existente sobre la faz de esta tierra es la pelea por la aplicación plena o no de la Ley de Medios.

Entonces, que ésta es la preocupación central de Clarín no hay dudas y se entiende: se juega parte -leasé de nuevo: parte- de su negocio. Que a su vez Clarín haya logrado encolumnar detrás de esta pelea al resto de la oposición política y mediática nos viene a decir algunas cosas, más no sea ex-post facto: la enorme carencia de alternativas políticas opositoras capaces de articular una propuesta alternativa, superadora, diferente, o como querramos llamarle, al gobierno nacional. ¿quién si no Clarín sigue instalando una agenda opositora en nuestro país? ¿quiénes, si no la articulación entre distintos medios masivos de comunicación son la vanguardia a la hora de esmerilar el accionar oficialista?

Visto así, la estrategia oficial de concentrar todo su accionar en esta disputa, pareciera correcta. Aquí hay un acuerdo tácito entre el kirchenrismo y el clarinismo: es la madre de todas las batallas, nos necesitamos.

Ahora bien: ¿es realmente así? ¿hasta cuándo el gobierno nacional puede seguir dedicando todas sus energías a este conflicto? Porque después del 8D, o del 10D, hay, indefectiblemente, un 11D. Esa es la cagada del tiempo amigos: no deja de pasar ¿Y qué pasará el 11D? No demasiado, o al menos, nada definitorio, nada que cambie de un día para otro la correlación de fuerzas políticas y sociales que-nunca está de más recordarlo en estos tiempos de supuestos absolutismos- no se altera nunca por ruptura si no por la persistente continuidad de tendencias sutiles y, muchas veces, hasta casi imperceptibles. Para decirlo redondamente: no hay aquí revolución alguna (y, dicho sea, sigo con mi cruzada “haciendo amigos ultras”, ni siquiera una revolución triunfante altera per se las correlaciones de fuerzas en una sociedad. Por supuesto que modificará el control estatal y, por ende, los resortes institucionales del mismo, pero aún con la llegada al “poder” lejos estará de que eso se refleje en un apoyo mayoritario en lo social y aún menos en lo cultural) y el martes 11 de diciembre, y quién sabe por cuánto tiempo, seguirá abierta esta pelea con parte de los grandes medios de comunicación.

Dicho esto, y palpitando que en el mediano plazo el oficialismo logrará -institucionalmente, legalmente y políticamente- doblarle el brazo al Grupo Clarín y este se verá obligado a respetar la Ley de SCA, no está de más compartir lo que constituye una preocupación que excede a quien esto escribe, y que se observa con facilidad si uno es capaz de escapar al cada vez más asfixiante microclima “mediático” (por si no queda claro: este microclima mediático es compartido por sectores del kirchnerismo y la oposición, por compañeros y adversarios, por tirios y troyanos): el kirchnerismo, tanto en su faz gubernamental, como en su faz política, pero sobre todo en su activo militante, debe pasar de pantalla. Porque si no lo hace, corre el severo riesgo de terminar logrando una victoria pírrica contra Clarín.

Porque afuera de la tele, afuera de los diarios, afuera de facebook y de tuiter y de los blogs (muy afuera de acá, por cierto) y afuera de los despachos, pasan cosas.

Nos vemos en la Plaza el domingo, porque una cosa no quita la otra.

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El dilema de la legitimidad

Al momento de sentarse a escribir ciertas reflexiones acerca de la coyuntura política, hay determinados tópicos con los cuales uno debe interrogarse acerca de su conveniencia a la hora de abrir el debate.

Y esta pregunta lleva a otra, que últimamente visita mucho las páginas inactivas de este blog: ¿para qué y para quienes escribimos? El para qué es una pregunta que no tiene respuesta utilitaria, así que mejor ignorarla. En cambio, uno desearía que el sentido de con quiénes se comparten estas reflexiones de vez en cuando se cumpliera: uno empezó a escribir desde un lugar, tomando abiertamente una posición cuando asumir que tomar posición a la hora de analizar la política no formaba parte del sentido común como, fortuitamente, ahora sucede. Sin embargo, se intenta siempre que esa subjetividad no anule –mas bien todo lo contrario- ni el sentido crítico a la hora del análisis ni la pretensión de honestidad intelectual. La asunción de la subjetividad, entiendo, encarna una obligación compleja: implica un ejercicio de la autocrítica mayor que si nos mantenemos en la mascarada de los objetivismos.

Entonces: acá se escribe para aquellos que son compañeros y no tienen miedo de pensar más allá de las consignas de barricada y se escribe para aquellos que –no siendo compañeros-, tienen la curiosidad de ver qué pasa del otro lado del río. Se intenta escribir, vamos, del mismo modo en que se intenta leer y pensar.
¿Tiene sentido, a esta altura, otro post que diga “Clarín malo”? Hay, felizmente, muchos de esos. Más aún: tiene algún sentido, a esta altura del campeonato, escribir “Cristina buena”? Hay, lamentablemente, demasiados de esos en los territorios de sentido que caminamos. No es en esa comodidad analítica que podemos aportar algo, si es que en algún lado pudiéramos.

Y, luego de este parrafado confesional, es que volvemos al inicio: ¿conviene escribir de ciertas cosas? ¿le conviene al gobierno que defendemos hacer públicas nuestras desavenencias? ¿hay espacio –en medio de una batalla- para pensar y parar la pelota? ¿O es todo Giunta, Giunta, Giunta, huevo, huevo, huevo? Qué se yo. Escribamos.

Lamentablemente, la necesaria batalla por la plena aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, ha impregnado toda la acción política del gobierno nacional de unos cuantos meses a esta parte. Y decimos acción política, puesto que el gobierno -con aciertos y errores, eso es harina de otro costal- ha seguido gestionando e impulsando medidas de trascendencia. Pero pareciera haber resignado la voluntad de acumular políticamente en torno a ellas. Desde siempre, aquí hemos postulado que el kirchnerismo es infinitamente mejor en sus hechos que en sus discursos. En sus realizaciones que en sus relatos. Y la pelea con Clarín nos ha reducido, limitado, encorsetado. Que para el Grupo Clarín esta disputa sea la única preocupación de su accionar es absolutamente comprensible. Que eso suceda para la fuerza política que maneja los destinos de un Estado, no lo es. A una corporación gigantesca no se le gana cayendo en su terreno.

Y así, en esta semana tendremos en las calles de las grandes ciudades una protesta ciudadana –cuya magnitud tampoco importa a la hora de este análisis- ante la cual nada se ha hecho para intentar limitar, sofrenar, debilitar. A pesar de que la misma tiene múltiples aristas sobre las cuales operar políticamente, partiendo de la base de que es una protesta con una heterogeneidad en sus demandas que permitiría intentar “descoser” a algunos sectores. No es lo mismo pedir dólares que seguridad. No es lo mismo reclamar por supuestas libertades vulneradas que por la inflación. Y no es lo mismo amontonar que dividir a tus adversarios.

Sin embargo, y a pesar de todo lo dicho hasta aquí, resulta imprescindible alertar sobre una cuestión: no todos los manifestantes del 8N son golpistas. Es más: nos jugamos a que son una ínfima minoría. Ponele la misma minoría que se va a Miami. Pero hay, entre los ideólogos detrás del 8N una actitud claramente destituyente: se trata ya no de criticar el accionar del gobierno o de sus funcionarios, modo de protesta absolutamente democrático, sino de comenzar a erosionar y poner en cuestionamiento la legitimidad de este gobierno. Y de ahí las columnas de opinión que –repitiendo argumentos trillados en nuestra historia por sectores desestabilizadores- trazan diferencias entre “legitimidad de origen” y “de ejercicio”. O bien, como un ex periodista dijo anoche por televisión, “las mayorías no dan derechos”. ¿Y qué si no las mayorías, en un sistema democrático, libre y respetuoso de las reglas del sistema (tal como el nuestro), podrían dar derechos?

Por supuesto, en las tele-democracias post modernas, dormirse en los laureles de los resultados comiciales es un pecado mayúsculo. Porque si bien la “legitimidad” de cualquier gobierno sólo se pone en juego en las elecciones o ante groseras violaciones a la Constitución (y aquí nada de eso ha pasado ni siquiera de cerca), la construcción de consenso social que avale su accionar se debe dar de modo continuo y continuado. Y si bien el campo de la “opinión pública” es un subconjunto menor dentro de la sociedad, no deja de ser el cualitativamente más poderoso y, ojota, contagioso.

El temita de la legitimidad. Se leerá bastante esta palabreja en estos días. Ese es el huevo de la serpiente. Y es bueno que lo tengamos bien presente. Los que van el jueves y los que no vamos.

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Un poco de antipopulismo por el amor de Lacló

¿Cuántas veces escribimos sobre esto? Un montón. Pero de vez en cuando hay que volver a poner las patas en la fuente.

En este blog hay una profunda lectura del concepto de populismo que hiciera “famoso” Ernesto Laclau. Y decimos profunda lectura por dos razones: primero porque forma parte de nuestras lecturas y reflexiones políticas desde hace por lo menos unos siete u ocho años; y segundo porque cuando decimos “populismo” no estamos queriendo decir un concepto descalificativo (tal como debés entenderlo si lo escuchás en la CNN) pero tampoco con una lectura apresurada y superficial, donde pareciera que ser “populista” es simplemente buscar el conflicto que marca un parteaguas en la sociedad.

Los populistas entendemos que sin conflicto no hay política. Y que sin política no hay democracia. Y que sin democracia no hay posibilidad efectiva de poder popular. Pero, sobre todas las cosas, los populistas saben que la primera condición de existencia es la construcción de mayorías.

Por eso, y tal como lo expresa la teoría –que, como toda teoría no es más que una conceptualización de fenómenos existentes o potencialmente existentes- el “saber populista” consiste en la articulación de demandas sociales diferentes y hasta contradictorias bajo un paraguas que las contiene y las expresa como totalidad: la mentada “cadena de significantes vacíos” viene a construir un zurcido que une lo que no está unido socialmente.

Bien. Dicho esto pasemos a la actualidad política.

Las demandas que expresan los sectores de la oposición que protagonizaron el cacerolazo de la semana pasada tienen estas características: son diversas, múltiples y –a veces- hasta contradictorias. Algunos protestan por el dólar, otros por la inseguridad, otros por “los modos”, otros porque creen ver el germen del autoritarismo en sectores del oficialismo, otros porque añoran un modelo liberal, otros por la inflación, etc ¿Qué los une? En principio, una sola cosa: su oposición al gobierno nacional y al proyecto político ideológico que este encarna. Nada más. Ni siquiera los une una pertenencia clasista. Porque, no jodamos, seamos serios entre nosotros, mi vecina que caceroleaba tiene mucho más en común socialmente conmigo que con un cacerolero de La Horqueta, en San Isidro. Y conozco gente de La Horqueta kirchnerista, por cierto. Así que, si bien podemos agruparlos a todos dentro de esa entelequia denominada “clase media”, es de una pereza importante postular que son “todos iguales”. Y nosotros no somos perezosos.

Acá también decimos que esos sectores que protestaron en la semana no tienen quién los represente políticamente y eso es un riesgo para el sistema. Porque la legitimidad del sistema democrático –donde algunos ganan elecciones y otros las pierden- está dada por aquellos que, perdiendo, reconocen su derrota y aceptan que la misma se produce en términos limpios. Si estos sectores de las cacerolas no encuentran su representación en los comicios, vacían el sistema. Lo desconocen. Lo anulan. Y no por, otra vez no seamos perezosos, por “golpistas” (que los hay, claro, como los hubo siempre).

Entonces, lo que no se entiende, es por qué desde el campo del oficialismo se hace todo lo posible por hacer el trabajo que debieran hacer los políticos opositores: unir a los que salieron a protestar. Tratarlos como un todo, no reconocer y operar sobre sus diferencias –atendiendo algunas de sus demandas e ignorando otras-, convocar a supuestas “contramarchas”, no es más que unir lo que no está unido. Y, aquí el problema, es unir en el campo contrario antes que en el propio. Y eso no es populismo. Eso es un error.

Porque, además, hay quienes creemos que la operación “populista” no es siempre conveniente. Una cosa es en elecciones, otra sin ellas. Una cosa es en situaciones de coyuntural minoría, otra expresando mayorías. De hecho, acá sospechamos que el populismo alla Argentina es conveniente a la hora de construir poder siendo oposición, pero hay que prescribirlo con dosis homeopáticas siendo gobierno.

El kirchnerismo, o al menos un sector importante y hasta conductor de él, parece estar preso de su propia ventaja: la inexistencia de otros actores políticos opositores consistentes y organizados. Entonces tiende a hacer el trabajo propio y el ajeno.

Lo que es por mí, que soy vago, dejaría que se arreglen solos sin ayudarlos. Ni acá ni en Miami.

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Lo quiero ya

El amigo Escriba siempre anda citando este texto de Guillermo O´Donell, en donde el prestigioso politólogo hace notar ciertas diferencias entre la sociedad brasileña y la argentina a la hora de establecer relaciones sociales inter-clases.
Voy a citar textualmente algunos párrafos del post de nuestro prestigioso politólogo, Tereschuk:

“O’Donnell destaca cómo el carioca “superior” se dirige al “inferior” con un “você” y el porteño se dirige a un “igual”, a un “interlocutor” con un “usted”. De lo contrairo, señala el politólogo, surge el “¿y a vos quién te dio permiso para tutearme?”.”

En otro pasaje habla de los solícitos porteros brasileños y lo que, claro, conocemos aqui. En la Argentina, el portero “no tiene la más mínima sospecha de que deba abrirnos la puerta, ni ayudarnos a cargar paquetes -cuando lo hace queda claro que es una ayuda estrictamente voluntaria y uno debe agradecerla como tal-”.7

O’Donnell marca que con la dictadura esto cambió. “Entre presiones y represiones y el crecimiento del desempleo, el trabajador, en la fábrica y en el comercio tuvo que ‘guardarse’ su identidad de trabajador -el estricto tono académico de este ensayo me impide indicar dónde, según la propia cultura popular, tuvo que guardarla”.

¿A qué viene esta cita?

Bueno, creemos que –así como existe en la cultura argentina una concepción de los sectores populares que reniega de aceptarse como socialmente inferiores a las clases altas- comienza a observarse una similar operación en términos etarios. Uf, que frase pelotuda. Digamosló bien: los jóvenes se plantan de igual a igual a los mayores a la hora de discutir de política.
Porque, y no está mal complejizar un poco algunos datos que damos por obvios, en el imaginario social está dado que la juventud es per se contestaria, rebelde, quilombera. Pero esta rebeldía habitualmente tiende a darse en términos –por ser dadivosos- culturales, aunque prefiero decir en tanto “usos y costumbres”. O sea: post-dictadura, la supuesta natural rebeldía de los pibes no ha ido más allá de ciertos cambios de costumbres y de consumos culturales, pero poco ha habido de ella en relación a la esfera de lo público y de lo político. Con las excepciones del caso –excepciones que por ser tales, merecen un reconocimiento que todavía no ha llegado- las juventudes argentinas han cumplido un papel subordinado en su inserción política-partidaria. Ejemplos de estos sobran en los 80 y los 90: las juventudes políticas y politizadas –además de ser grandes minorías- aceptaban mansamente su rol “específico”: los festivales artísticos, el panfletito de “qué hacer si te detiene la policía”, la lucha contra el Sida. Y poco más.
(Insisto: había excepciones. En el trabajo social en los barrios, en la lucha contra las privatizaciones, en la oposición a la entrega del país, en la creación de los movimientos sociales. Pero eran grupos minúsculos).

Otra diferencia que cabe destacar: así como en los 70 el grado de politización juvenil era alto (aunque no tan alto como gustan de remembrar los que la vivieron), las bases de esa politización eran radicalmente diferentes a las actuales. Hoy, ningún pibe desconoce que los cambios sociales son factibles –difíciles, pero factibles- de ser realizados en democracia. Los pibes no piden revoluciones, pero exigen de la democracia mucho más de lo que en términos generales la democracia está dispuesta a darles. Exigen cambios, transformación, inclusión, realizaciones efectivas. Creen en el sistema, aunque lo vean insuficiente.

Pero, y aquí el cambio, miran a los ojos a los mayores. Y opinan. No se achican. Opinan. Y no le temen a las discusiones. A muchos les falta formación, claro ¿Pero a quién no le falta?

El futuro es mejor y me encanta. Que no se corte.

Acerca del Gobierno y de Moyano

Hoy no quise leer los diarios. Traté de no escuchar radio y apenas si, de refilón, me entero algo de lo que pasa porque ahora en esta casa se prende la tele desde temprano. Traté, también, de no leer el tuiter y sólo pispear los títulos de los blogs que sigo.

¿Por qué?

Porque creo que en momentos críticos hay que pensar autónomamente por un rato antes de salir a consumir opinión. Y este es un problema severo del periodismo actual: se ha abandonado la misión de informar para caer en una actitud que sí es propia y constitutiva de las redes sociales: el opinionismo. Yo, acá, en este sitio, muy ocasionalmente “informo” de algo. Y menos que menos en tuiter. Esta expresión de subjetividad, un aire fresco cuando los blogs políticos surgieron con fuerza allá por 2007 y 2008, parece haber colonizado la totalidad de los formatos periodísticos, donde ya ni siquiera guardan las mascaradas que otrora la prensa “profesional” se jactaba de tener (lo cual era falso, obvio): la objetividad.

Entonces, para leer en Clarín que Moyano es bueno. O para leer en Tiempo que Moyano es un traidor. O para leer en tuiter que Cristina es una gorila. O para leer en un blog que andan postulando que “con las cenizas de los traidores” no sé que huevada van a construir (por cierto: si construyen con cenizas muchachos, la casa les puede llegar a aquedar un poco débil, cuestión de que viene un vientito y te la vuela),  prefiero pasar.

Y sentarme a pensar un poquito.

Y entonces pienso:

- Que hay reclamos de Moyano que comparto y son válidos. Por ejemplo, la suba de las asignaciones familiares o lo falta de actualización de ganancias (por supuesto que sé que quienes pagamos ganancias somos, de algún modo, privilegiados en tanto los ingresos que poseemos, pero eso no quita el hecho de que es ridículo que un aumento salarial te genere cobrar menos de neto al final de las cuentas. Y en todo caso, lo que hay que reformular es una política tributaria en términos más amplios, ya que hasta el día de hoy seguimos sin gravar la renta financiera, por ejemplo. Y eso me parece más escandaloso aún).

- Que es falso que Moyano haya ido escalando en el conflicto por razones estrictamente gremiales o de defensa de los trabajadores. Porque una situación muy similar afrontaban esos trabajadores hace un año y Moyano bancaba al gobierno. El paro ES político y, por ende, amerita una lectura y una respuesta política.

- Que me parece acertado que el gobierno nacional, dictada y desobedecida la conciliación obligatoria, intente garantizar el normal abastecimiento de combustibles. Ya sea aplicando la ley de desabastecimiento, ya sea utilizando la Gendarmería Nacional, que, dicho sea de paso, también está constituida por trabajadores. Y trabajadores tan o más humildes que de otros gremios existentes.

- Una obviedad: que cuando uno no quiere, dos no se pelean. Lo que implica que acá hay dos (la Presidenta y Moyano) que decidieron -más no sea tácitamente- que la alianza política que mantenían había llegado a su fin.

- Que Moyano ya no tiene mucho más con que tirar. La máxima presión de la que dispone la acaba de usar: el paro. Lo cual me hace pensar que está jugado, pero débil.

- Que no hay, nunca hay, posiciones CORRECTAS para todo tipo de situación. Y en todo caso dependemos de nuestra posición personal para saber qué es correcto y qué no. Si yo fuese camionero, lo más probable es que hoy estaría haciendo paro, porque ese es mi colectivo primero. Si yo fuese funcionario de este gobierno, podría salir -o incluso debiera salir- a acusar a Moyano fuertemente por su decisión de parar. Pero yo no soy camionero ni funcionario. Por eso no voy a decir que Moyano es un traidor, del mismo modo que digo que Moyano decidió no formar más parte del colectivo que sí me interpela: la fuerza política que se construye alrededor de este gobierno nacional. Al cual, por cierto, le voy a seguir pidiendo que no se encierre ni se aísle cada vez más, por la sencilla razón de que pretendo que siga siendo gobierno por mucho tiempo más.

Una pena. Y dos errores. Por lo menos hasta que alguno de los protagonistas me pueda explicar las razones POLITICAS de por qué actuaron cómo actuaron.

Un poco de populismo, por el amor de Lanata (y una cuotita de autobombo)

Aclaración: Este post está escrito en dos etapas. Una antes de la cadena nacional de CFK. La otra después. Valen las dos.

Primer tiempo:

El sector social que tiene una profunda oposición política, cultural y económica hacia el gobierno nacional está pidiendo a los gritos un poco de populismo.

Repasemos: siguiendo a Laclau, versión Pablo, que ya andaba garabateando de esto cuando el politólogo nunca había entrado a Olivos, entendemos por populismo lo siguiente:

no es un tipo de movimiento que se pueda definir sustantivamente por sus contenidos o por su base social, sino una lógica política, es decir, un modo de constitución de una identidad colectiva”. Laclau identifica tres condiciones para la emergencia de una identidad popular: a) “La presencia de un significante vacío que expresa y constituye una cadena equivalencial” (LRP, 163). Laclau llama “cadena equivalencial” a un conjunto de demandas específicas, digamos, “justicia social”, “dignidad”, “trabajo”,  que aparecen como equivalentes entre sí en tanto que son expresadas por un conjunto acotado de imágenes o palabras sin un contenido propio bien determinado.  De ahí el caracter vago o impreciso del discurso populista, que no se debe a una falencia doctrinaria, sino a las exigencias que impone la necesidad de agregar una pluralidad  de demandas diferentes entre sí en una totalidad unificada. b) La cristalización de esa cadena equivalencial en un sistema estable de significación. Y, c) La aparición de una frontera que diferencia al “pueblo” de un “otro”, de un enemigo interno que se percibe como contrario a la satisfacción de las demandas articuladas en la cadena equivalencias (la oligarquía, por poner un ejemplo).

Repasemos: a) es este video, en donde “justicia social”, “dignidad” y “trabajo” son reemplazadas por dólares”, “inseguridad” y “libertad”; y “pueblo” por “gente”.

b) lo están buscando. Pero no pueden, aún, consistir un liderazgo.

c) es muy fácil: reemplazamos “pueblo” por “gente” y “oligarquía” por “autoritarios”.

El punto es que estos sectores (minoritarios per se, puesto que también sostenemos que el “populismo” es condición necesaria de construcción de poder, más no condición suficiente para ejercerlo y muchísimo menos para el trajín de la gestión de un Estado), decía que estos sectores, huérfanos de representación política institucional, no tienen más amparo que en los tradicionales grandes medios y en sus voceros editorialistas.

Decí que uno mantiene ciertos sesgos mínimamente republicanos, pero si no le recomendaría a Cristina que armemos algún opositor político mínimamente decente. Evidentemente solos no pueden.

Segundo tiempo:

Y tan es así que en la oposición política no pueden que basta mirar la diferencia de actitudes entre el gobierno de CFK y el de Macri, hoy por hoy, la única figura del campo opositor con algo concreto para mostrar su modo de gobernar. Mientras el macrismo tiene como única decisión echarle las culpas a otros y postular su imposibilidad, el gobierno nacional -a los tumbos, tarde, obligado por las circunstancias pero dando cuenta de ellas- sale y anuncia el Ministerio de Transporte.

Y aquí queremos decir esto: así como Cristina le dio a Víctor Hugo Morales lo que pedía al anunciar que pasaba sus ahorros en dólares a plazo fijo, a los que hacemos Artepolítica nos tocó festejar con todo esto:

AUH, julio de 2009:  “De qué hablamos cuando hablamos de políticas sociales”

Ley de Medios, Septiembre de 2009: “Punteo de lectura del Proyecto de Ley de Servicios Audiovisuales”

Nuevos Ministerios, octubre de 2011: “El ejemplo de Brasil

Transporte y Ente AMBA, Marzo de 2012: “Transporte para todos”

YPF, Abril de 2012: “Petróleo y política, terminar con el desquicio”.

Y como si esto fuera poco, acá Escriba te hace un punteo que no leerás en ningún lado y que explica por qué algunos están tan nerviosamente crispados.

Dicho todo esto, ahora vamos por lo que nos falta: Vivienda, Mayo de 2012: “Mi casa, mi vida”

Porque nunca vamos a dejar de exigir a quienes sí pueden hacer las cosas.

Las islas, para todos

 

¿Qué decir de las Islas Malvinas un día como hoy? El desafío es complejo.

Uno podría hacer una historiografía y repetir cual mantra nacional los derechos que asisten a nuestro país para seguir ejerciendo un reclamo acerca de su soberanía.

También podríamos poner todo eso en el marco del derecho internacional y agregar unos párrafos más a la larga tradición de pueblos que denuncian y combaten el colonialismo y, por qué no, sus causas más profundas: la dominación de unas naciones sobre otras. Claro que aquí no podríamos hacernos los desentendidos y debiéramos insertar un pié de página que destiña los pabellones que nos amparan y desde allí denuncie: bajo una misma divisa todos somos iguales, sólo que algunos somos más iguales que otros. Y que la dominación del hombre sobre el hombre, como el capital, no conoce de banderas ni de himnos. Y aquí nos volveríamos internacionalistas y, por ese motivo, nos alejaríamos de las tradiciones patrioteras y vacías de humanidad y entonces, con esa nota al pie, nos estaríamos acercando a lo que de verdad queremos decir.

Otra posibilidad, quizás la más conservadora, la menos jugada, iría por el lado del constitucionalismo, esa profesión que –como las religiones- preferimos no profesar a menos que resulte indispensable para salvaguardar la única ley que de verdad nos importa: la felicidad de los pueblos. Y entonces tipearíamos que en nuestra Constitución nacional figura, como cláusula transitoria y por ende optimista, que “La Nación Argentinaratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes, y conforme a los principios del derecho internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”.

Entonces decidimos ir por otro lado y enfrentar el estrecho de Magallanes que implica salirse de los lugares comunes y decir:

A fuer de ser absolutamente sincero, las Islas Malvinas debieran importarme tres carajos y, por ende, importarme cuatro carajos quién posea su dominio. Un territorio hostil, frío, ventoso, casi siempre cubierto de nubes negras y brumas grises. ¿Quién, en su sano juicio, podría desear para sí un lugar brumoso? La bruma, la niebla, las nubes: sinónimos de la muerte.

Y sin embargo.

Sin embargo no olvidamos que la historia, esa construcción tan humana y como tal sujeta a los vaivenes de las luchas por las ideas y sus significados, nos van reconciliando con ciertos hechos:

-          Que la dictadura militar– y sus mandantes, beneficiarios y cómplices civiles- intentó relegitimarse socialmente con la “recuperación de las Malvinas” en 1982, cuando la anestesiada –a fuerza de tortura, masacre y desapariciones- sociedad argentina comenzaba a despertar y exigir democracia y justicia.

-          Que mandar a pibes de 18 años a una aventura guerrera criminal es la continuidad por otros medios del genocidio que venían imponiendo sistemáticamente sobre el pueblo argentino desde 1976.

-          Que gracias a esta continuidad histórica es que podemos repudiar con el mismo énfasis y la misma convicción a los militares asesinos y cobardes y reivindicar orgullosamente a nuestros desaparecidos y nuestros veteranos de guerra.

Quienes fuimos niños durante esos tiempos oscuros, quienes recordamos vivencialmente y con el mismo énfasis emotivo los cadáveres arrojados por las mareas en las playas, los barcos de guerra proa al sur y los colimbas que se iban de nuestros pueblos, hoy decimos que recuperar las Malvinas – a través del diálogo, la negociación y las vías diplomáticas- es un deber irrenunciable para todos nosotros.

Y no por algún tipo de mágica esencia territorial que las hacen inescindibles de nuestro territorio continental. Sino porque las Malvinas nos dejaron de importar tres carajos desde el momento en que allí descansan los cuerpos de nuestros hermanos mayores.

Recuperarlas es al mismo tiempo honrar la memoria de los veteranos de guerra como la de aquellos compatriotas que, arrojados al mar desde un avión asesino, hicieron de nuestro Atlántico algo más profundo que una sucesión de olas, bahías y playas.

Sólo entendemos la Patria como tal cuando un territorio se llena de nuestra humanidad colectiva.

La imagen es cortesía de Martín Kovensky

Los tiempos

Los tiempos

Todo el tiempo por delante que se va. Uno sale a la mañana de su casa para trabajar, como todos los días. Y puede no volver nunca. Un camión que te atropella en el semáforo, un balcón sobre tu cabeza, un tren que se lleva puesta una estación. Es un hecho. Y los tiempos para procesar esa circunstancia trágica son nulos: pedirle a las familias de los muertos paciencia es una intolerable falta de respeto.

El tiempo que corre. Un poco de tiempo es lo que falta a quienes ya tienen una sentencia acerca de quiénes son los responsables del choque del tren. Aventurar hipótesis, si uno pretende un mínimo de seriedad y de responsabilidad, es una berretada. Bien puede haber sido un accidente. Bien un error humano. Bien una decisión empresarial que obliga a circular un tren en malas condiciones. Eso deberá determinarse y determinarlo los que saben de esto. Pero no puede quitar, ese necesario transcurrir del tiempo, que alguien, en algún lado, debe asumir las responsabilidades que se derivan de la muerte de 50 compatriotas y centenares de heridos. Es, esto, megacianuro de golpe. Concreto.

El tiempo que se acaba. Uno sale a la mañana para el ministerio. O para la Secretaría. Y puede no volver mañana. Porque a veces hay que irse. O te tienen que ir. Como bien dijo Fede Vázquez en un tuit, la “responsabilidad” de un gobierno no es evitar las tragedias –siempre multicausales- sino que se mueva el tablero cuando las tragedias suceden.  Y el área de transporte, un núcleo central de políticas públicas de impacto directo en las sectores populares, necesita otras calidades, otro presupuesto y otra prioridad a la que tuvo desde 2003.

Vendrá un tiempo. Y vendrá y dirá que la “sintonía fina” tiene que hacerse cargo, todavía, de temas más bien gruesos.

 

Lo general y lo particular

A veces es complicado ir de lo particular a lo general. Y a veces también es difícil ir de lo general a lo particular.

Saber valorar esta diferencia puede resultar crucial a la hora de intentar entender los actuales roces entre parte de la CGT y el Gobierno o, quizás más puntualmente, entre Moyano y Cristina Kirchner.

Por definición, el sindicalismo tiene la obligación de dar cuenta de un sector, de una parte: los trabajadores sindicalizados. Es decir, y seamos obvios: son una corporación. Y está bien que así sea.  Y también es correcto –en el plano sindical- que privilegie en su lucha el alcanzar beneficios y conquistas para los trabajadores que forman parte de los sindicatos. Los que cotizan. Pretender que abandonen esta, su función primaria, es por lo menos algo inocente.

Por autodefinición, este Gobierno ha asumido –en boca de su máxima expresión, la Presidenta- que “no es neutral”. Esto no es habitual en el marco del posmodernismo que todo lo licua, que todo lo lima para hacerlo “suave” y “políticamente correcto” y pone en tensión esa mentira de Perogrullo de que un gobierno debe “buscar el bien común”.  Sin llegar, ni por asomo, y permitanmé el jueguito, a un “clasismo clásico”, el aseverar que no se es neutral resulta por lo menos motivador. Porque, qué sería el “bien común” cuando en toda sociedad hay siempre lucha de poderes, conflictos y tensiones? (paréntesis: desconfía, joven argentino, de aquellos que te venden la posibilidad de un mundo sin peleas y tironeos, doble contra sencillo que son los que tienen la sartén por el mango y que no la quieren largar ni compartir). Pretender que un gobierno que se ha animado a esta toma de posición (además de innumerables hechos de la realidad, como la recuperación del trabajo, el retorno de las discusiones paritarias, el amplísimo crecimiento de la cobertura previsional –que, no está de más recordar, son derechos de trabajadores jubilados, pero trabajadores al fin- , etc.) y equipararlo aunque más no sea indirectamente con la nefasta década del menemismo es, por lo menos, una canallada. Y no hay táctica que lo justifique. En el post anterior decíamos que Cristina había tirado una soga, una salida, al titular de la CGT. Bueno, anoche Moyano la rechazó y dobló la apuesta en su creciente enfrentamiento con el Ejecutivo. Una pena, porque pareciera enfrentar un camino de inmolación con sus propias bases y sus históricos compañeros de ruta (O sea, que Plaini diga que hay que bajar la tensión y que Barrionuevo te elogie, Hugo, te tendría que calmar)

Por historia, Moyano ha demostrado ser un buen defensor de los derechos de los trabajadores sindicalizados. E incluso ha tenido etapas en donde amplió los márgenes de esa lucha hacia fuera de lo estrictamente sindical. Efectivamente, tiene en su haber una trayectoria meritoria en los 90, cuando fundara el MTA para enfrentar al liberalismo menemista y comenzara una saludable tarea de articulación con otros sectores sociales y sindicales (la naciente CTA, por ejemplo, el acompañamiento a los jubilados que pedían 450 en el Congreso, otro). También ha sabido “leer” con inteligencia la llegada de Néstor Kirchner en 2003 y acompañar el proceso político allí iniciado (otro paréntesis: algunos ahora le critican haberse “beneficiado” en un aumento de su poder relativo hacia dentro del sindicalismo de este acompañamiento, como si eso fuera pecaminoso. Bueno, traiganmé alguien que acompañe un proceso político para perjudicarse y perder poder y hablamos). Por eso resulta particularmente inexplicable que, con su trayectoria y siendo un tipo hábil e inteligente, pareciera hoy estar preso más de sus  pasiones y antipatías personales que por una lectura fría y serena de la situación política pasada y presente. Para decirlo claro: que el tipo pelee por que los sindicatos logren el mayor aumento salarial posible es absolutamente legítimo (así como el pedido de aumento de las asignaciones familiares, escandalosamente bajas en la actualidad), pero poner en juego el proceso político que le permitió mejoras muy concretas –aunque insuficientes- a la clase trabajadora (de la cual él es precisamente representante de una parte –repito, de una parte-), suena, por lo menos, contradictorio y difícil de entender. No por nada pareciera estar enfrentando disidencias de otros secretarios generales aliados en relación a cómo “pararse” frente al gobierno.

Por historia y por presente, ya lo hemos dicho, Cristina Kirchner ha demostrado ser transparente a la hora de las definiciones políticas gruesas. Se le pueden achacar varias cosas a la Presidenta, pero no el no ser clara y concreta a la hora de decir lo que piensa. Y así como ha dicho que no piensa ser “neutral”, también ha dicho que no va a quedar sujeta o condicionada por aquellos que pretendan marcarle la cancha desde un sector específico. Sea este sindical, patronal, empresario, etc. Es de esperar que esta convicción sea ejercida con el mismo énfasis hacia todo tipo de poder sectorial.  Porque nunca está de más el recordar que la política tiene un campo de acción y está obligada a tener una representación más amplia que lo “sectorial”. Más obviedades: así como lo sindical se debe a sus afiliados, la política se debe a la totalidad de una sociedad, aún cuando no pretenda representar nunca a toda ella.

También es de esperar, dicho sea, que los que están alrededor dejen de escupir para arriba.

Fuente de la foto.

La amistad militante

Algunos tipos, limitados, sólo conocemos dos maneras de transitar el dolor y la tristeza: con el enojo y la rabia o compartiéndolo con los amigos. Abrazándonos.

Ahora estoy sentado acá, solo, y acabo de llegar a mi casa y estoy enojado.

Y no tengo muchas palabras para decir. Porque hay cosas que nunca aprenderé a decir, parece.

Y tengo ganas de abrazar a los amigos-compañeros. Alguna vez vamos a escribir que las amistades construidas en torno a la militancia son raras, distintas, diferentes de las otras. No es necesario verse demasiado, ni compartir secretos o confesiones de madrugadas. Uno, cuando se hace amigo de otro militante se saltea estos pasos, tan tradicionales. Porque cuando uno es militante forma parte de un colectivo, y cada uno de los compañeros es, en parte, una parte de uno mismo. Porque uno se reconoce en el otro, se identifica, se constituye. Porque uno ya sabe eso y entonces te hacés amigo. Y después, sólo después, vienen los asados, las noches, las reuniones, las borracheras, las pasiones.

Entonces hoy, que somos muchos y uno, nos morimos un cachito con Iván. Y entonces hoy Iván vive un cachito en cada uno de ustedes.

Como decía. Me enoja la tristeza y el dolor. Pero también quiero abrazar a los que -aunque esté viejo- son mis compañeros. Sobre todo a los más chicos. A los que recién empiezan, a los desconocidos, a los que en los barrios ahora se preguntan por qué.
Al resto, a los que conozco, amigos-compañeros, no veo la hora de verlos y compartir.

Cuando la calle gana

Ahora que está de moda hablar de #derrotasculturales quizás resulte interesante hacer un repaso por aquella que es para mí la crucial modificación que parió el proceso político encabezado por el kirchnerismo en términos de transformación cultural: la apropiación de la calle ya no como exclusivo espacio de protesta, lucha o épica resistencial.

La inflexión, claramente, se produce con la derrota de la 125. Esos días de afiebrada movilización militante fue el último acto de un espacio político que, puesto contra las cuerdas, debía reafirmar o incluso – tal cual es mi hipótesis- constituir su propia identidad. Entonces, así como la 125 parió el kirchnerismo realmente existente, un kirchnerismo que se asumía como una minoría intensa pero batalladora, podemos decir que a partir de ese momento se genera un movimiento dialéctico novedoso entre la conducción política, la militancia y –aquí la riqueza- importantes sectores de la propia sociedad. Por un lado, el asumir que había que generar espacios discursivos propios, al margen de los dispositivos tradicionales de constitución de opinión pública. El fenómeno 678, hoy quizás puesto en discusión, es hijo dilecto de esa etapa.

Pero en paralelo nace lo que luego decantaría en un viraje sorprendente por lo inesperado. Un viraje que excede un cambio en los “métodos” o “modales”. Que va más allá de algo que –en las sociedades posmodernas como las que habitamos- es extremadamente difícil ir: se fue más allá de la “comunicación”, entendida ésta tal como la entienden aquellos que no entienden de política comunicacional o, mejor aún, de comunicación política. Me refiero a aquellos que conciben la comunicación exclusivamente como la relación que se establece con el periodismo o los medios tradicionales.

Bueno: no. El gobierno hizo, macerado en 2009 y puesto en juego en 2010, un cambio integral de visión, acción y reacción en los modos de comunicar, claro, pero en algo que va más allá: el cambio se dio en los modos de relacionarse con la sociedad y en la forma de interpelar a la misma (un paréntesis: ¿conscientemente?, ¿fue un plan finamente estudiado? O, fue, sencillamente, una expresión más de lo que el kirchnerismo es en otros campos: la primacía de la política por sobre las herramientas para ejecutarla, sea esta la economía, la diplomacia o, ejem, la comunicación. Ya saben lo que pienso. Y cierro el paréntesis).

Hay varios momentos que ejemplifican este cambio en toda su extensión: la celebración del Bicentenario en la 9 de julio y en decenas de ciudades de nuestro país, la conmemoración del 25 de Mayo o los festejos por la Democracia y los Derechos Humanos del 2010, la realización de la muestra de Ciencia, Arte y Tecnología Tecnópolis durante 2011.

Todas estas expresiones fueron una gigantesca plataforma comunicacional multidimensional. Y es multidimensional porque integra pero al mismo tiempo excede las mediaciones propias de los medios masivos de comunicación para convocar de modo directo a la sociedad. Y convocarla desde un lugar donde lo que se busca transmitir son valores (e ideología, claro que sí) antes que partidismos o intereses sectoriales. El gobierno hizo una apuesta de fuste cuando decidió salir –al menos en estos ejemplos que aquí describo- de una lógica populista, entendida esta como la necesaria conformación de un otro, un otro adversario en un campo agonal. Salió, como de los laberintos, por arriba. Y convocó a la unidad, a los festejos, al disfrute, a la educación,  a revalorizarnos como sociedad y como Patria, a construir un futuro en común. La oposición, perdida, desorientada, no supo o no quiso o no pudo leer este golpe de timón.  Y se quedó en las trincheras de una guerra que, por fuera de la esfera de los poderes políticos o los poderes económicos, nadie quería pelear.

Y lo que surgió de esas operaciones políticas (¿de manera dialéctica? ¿el gobierno leyó una sociedad dispuesta? ¿la sociedad entendió la convocatoria del gobierno y acompañó? Misterios de la semiosis social) fue un novedoso modo de apropiarse del espacio público. La calle, el lugar prohibido durante la dictadura; la calle, el espacio de las grandes protestas sindicales, sociales y políticas de los 80´s y los 90´s; la calle de los asesinatos de militantes populares en la crisis del 2001; esas mismas calles, decimos, fueron apropiadas ahora de manera multitudinaria de un modo diferente: celebratorio, orgulloso de pertenecer a una identidad nacional colectiva, más allá de las banderas partidarias.

Por supuesto, que esto haya sucedido de este modo no es ajeno a la mejora concreta y relativa de las condiciones económicas de gran parte de la sociedad  desde el 2003 hacia aquí. No jodamos: sin guita en los bolsillos no hay celebración que aguante. Pero tampoco dejemos de decir: aunque tengas guita en los bolsillos alguien tiene que servir la mesa en donde te convidan a enorgullecerte de pertenecer a una Patria.

Párrafo aparte para algo que debiera ser analizado en profundidad por sociólogos y becarios doctorales: los millones de participantes en estos eventos (sólo entre Bicentenario en CABA y Tecnópolis hablamos de 10 millones. Diez palos. Tomá mate) conforman algo más que una masa. La emergencia de nuevas tecnologías y dispositivos de comunicación parecieran generar un nuevo tipo de “movilizado”: va con la masa, sí, pero se saca su foto para mostrar “que es él” y la sube a Facebook y la tuitea y se la manda por mail a un amigo. Se constituye en sujeto. Es, en tanto tal, un sujeto participante de cualidad diferente al tradicional conocido de otras épocas de movilización popular.

En síntesis: lo interesante de este proceso es que suma una dimensión a la apropiación del espacio público por parte de las mayorías populares. No niega ni clausura las otras -las reivindicativas, las demandantes, las luchas-, pero suma. Y cómo.

Y carajo, sabrán permitirme: qué orgullo el granito de arena en el médano de todos.

Volver al futuro

Este post figura escrito por mí sólo por cuestiones técnicas. Lo escribimos a cuatro manos junto al amigo Escriba. Así que las partes buenas son las de él y las malas de otro.  Mendieta.

En 2012 se empezará a poner en juego si la militancia kirchnerista y quienes respaldan la gestión del Gobierno nacional más acá o más allá de las etiquetas aprendieron mucho o poco o nada del intenso tiempo político que fue de 2008 a 2011.

Con la disputa por las retenciones móviles, en 2008, empezó a forjarse algo muy importante: el paso de una actitud “de simpático estudio” a una identidad que pasa a decir “yo quiero estar acá” o “yo tengo que estar acá ahora” y que en ese proceso termina diciendo “yo soy esto”. Para vastos sectores sociales, luego de muchos años y post crisis terminal de representación producto del 2001, el asumirse “oficialista” dejó de ser vergonzante o descalificador.

No son las grandes y multitudinarias marchas las que dan cuenta de este fenómeno. Es la piba que en la mesa familiar dice “alto, te voy a discutir eso que decís”. Es el oficinista que no se guarda su opinión con el del escritorio de enfrente. Es salir al balcón y contestarle a la señora que caceroleaba con las retenciones preguntarle dónde plantó soja.

Pero aún con este reverdecer del compromiso político y la proto emergencia de un nuevo sujeto político en las calles, en las aulas, en los barrios, en los blogs y en la opinión pública, hay que decir que no fue un momento bueno para el país. Fue un momento que hubo que atravesar. Pero ¿queremos volver a atravesarlo? Se forjó una identidad, es cierto. Pero que perdimos, perdimos, eh. Así que ojo, hay que tatuarse en el corazón, al lado de la bandera que más te gusta: la “minoría intensa” es tan intensa como minoría.

Néstor y Cristina Kirchner mostraron, luego de la derrota de la 125, un camino que estaba fuera de todos los parámetros conocidos del 83 para acá: remontar. Se puede remontar cuando hay decisión política de intentarlo. Porque, convengamos, también podrían haber decidido otra cosa, la misma cosa que en muchos gobiernos anteriores cuando tropezaban con otros poderes: negociar la retirada. Pero no. Decidieron, y por ahí fueron, a remontar con la propia.

Y en medio de esa remontada: segundo tiempo, sale Laclau, entra Gramsci. Bicentenario, 2010, la calle es de todos.

La economía levanta también, no hay que negarlo. Y muere Néstor Kirchner y lo invisible se hace visible. Cristaliza. Encarna. Acá estamos. Ni se atrevan. Fuerza. Toma visibilidad una “militancia kirchnerista” que ya estaba, pero emerge como colectivo.
Luego, la expresión en las urnas y a la hora de decidir, es Cristina en todo el país.

¿Y ahora? Ahora cambia el tiempo. Se acaban los dólares “de más” en medio de una crisis financiera internacional. ¿Quién paga el salto que va de crecer al 9 por ciento a crecer al 5 por ciento?

En un país en que un 10 por ciento de los ocupados percibe salarios mayores a 4 mil pesos, muchos que consideran que no deberían pagar nada, seguramente tengan que pagar.

¿Y ahora?

De eso se trata, de seguir aprendiendo todos los días un poco más.

Los senderos que, tácticamente, se bifurcan

La idea es casi menor y, tal vez, herética para algunas almas bellas que vienen acostumbradas a la tranquilidad de las buenas causas y proyectos que, vale decir, casi siempre a lo largo del kirchnerismo han “bajado” desde la cúpula a las bases.

Primera hipótesis: el Gobierno no es lo mismo que la fuerza política que le da origen.

Segunda hipótesis: el 54% de Cristina refuerza aún más –debe reforzar- esta diferencia entre gobierno y partido (o Frente, para el caso) planteada en la hipótesis anterior. A mayor porcentaje de votos, a mayor consistencia política de la fuerza, mayor obligación de dar respuestas a mayorías antes que a “minorías intensas”. ¿Implica esto,  tal como postulan algunos analistas, que el próximo gobierno que asuma en diciembre deberá correrse hacia el centro? No necesariamente, tal como postularemos en el apartado que sigue.

Tercera hipótesis: la fuerza política que da sustento al gobierno nacional es heterogénea, dispar, movimientista, fluctuante, maleable, pragmática. Todas esas cosas que repugnan a aquellos que dudan tanto de sus convicciones más íntimas que no pueden modificarlas aún ante su absoluta inutilidad. Porque macho es el que prueba cambiar, digamos, y no el que se aferra a la tranquilidad de lo conocido, a esa tranquilidad que te da la “conciencia esclarecida”. Y es esta virtud de la heterogeneidad lo que puede permitir, en esta nueva etapa, que los debates hacia el interior del frente electoral motoricen las profundizaciones del modelo que el gobierno, por lo descrito en el apartado Nro. 1 podría llegar a estar más complicado de encabezar.

(No. Alto. No se emocionen. No estoy planteando la existencia de ninguna vanguardia. Ya saben lo que pienso al respecto: las únicas vanguardias que me permito aceptar son las artísticas –por cierto, ya inexistentes también-. Para el resto, amigos, ni un paso atrás ni un paso adelante: con el pueblo, dialogando dialécticamente con él. Haciendo política, construyendo masa crítica reformista y renovadora).

Volviendo. Que debe ser hacia el interior de la fuerza política que se armen los quilombos y no hacia el interior del gobierno. Que la etapa precisa más compromiso de la militancia y de los cuadros intermedios para avanzar. Y que debemos esperar menos –y también ser más tolerantes (ya volveré sobre esto)- de nuestros funcionarios. Ellos, insisto, están para gobernar para todos. Nosotros estamos para construir ese todo y, sobre todo, las prioridades en ese todo.

Apartado: ¿por qué hay que hacer docencia política a los nuevos militantes y enseñar el “arte de la tolerancia”? Porque las nuevas generaciones son hijas del éxito. De las buenas. De los triunfos. Y, sobre todo, de las acciones que nos enorgullecen como nacanpopistas: AUH, matrimonio igualitario, jubilaciones, y lo que ya todos sabemos. Pero, caramba, quizás no siempre sea así. Quizás haya momentos en que haya que tomar medidas más difíciles de defender. Pongo un ejemplo: la reducción de subsidios a la clase media. Esta es una medida de estricta justicia distributiva y de carácter verdaderamente federal. Pero cuando a muchos de los que ahora llevan la calco de CFK le aumente la boleta de luz los quiero ver. Es ahí donde deberá estar la fuerza militante para dar el debate. En el cara a cara. Y no será fácil. Porque nunca es fácil explicarle a nadie que está bien que “le saquen” guita. Así que habrá que hamacarse y bancar. Y serán un bancar cualitativamente diferente a la comodidad de  enfrentar a la patronal campestre. Porque esos sectores de clase media que se quejarán son igual de laburantes e igual de votantes de Cristina que los militantes que deberán discutirles.

Último: mi expectativa central está puesta, en estos aspectos, en la juventud. En la organizada y en la suelta. Si hay algo que los jóvenes kirchneristas han sabido hacer hasta ahora podemos sintetizarlo en dos cosas: a) saber interpelar desde un lugar diferente, esperanzado y participativo a las nuevas generaciones, b) ocupar puestos de poder (sí, hacer política es ocupar puestos de responsabilidad y poder en el Estado como parte de un colectivo. Si no te gusta andá a Grinpís). Y el otro gran acierto, y que los diferencia de las juventudes políticas de otras fuerzas y otras décadas es el no resignarse a hacer “únicamente” política “sectorial”. Acá estábamos acostumbrados a dirigentes que usaban a los pibes para que repartan forros y organicen festivales de rock, pero que no jodieran en las grandes líneas del gobierno.

Bueno. Yo creo/quiero/deseo que la construcción juvenil del kirchnerismo está en condiciones y, también, tiene la obligación de construir una agenda en la cual concentrar su activo militante y dotarla de un sentido que exceda el marco del “acompañamiento”. Es la hora de empujar el carro, de hacerse cargo con algunos tópicos muy específicos: acceso a la primera vivienda para jóvenes, ley de alquileres y banco de hipotecas para jóvenes, despenalización del aborto y de la marihuana son algunos de los que, a vuelo, se me ocurren.

Como me decía mi vieja cada vez que me tomaba el micro en el pueblo para venir a estudiar: vos tirá, que yo empujo.