Abe "Mendieta" Vitale

El individualismo espiritual

no se juntan porque creen que son distintos

Luego de un ciclo de más de 12 años de recuperación económica y crecimiento del trabajo en nuestro país, son numerosos los estudios que indican un notable aumento de la clase media en esta etapa. Por citar solo algunos de ellos, el Banco Mundial, en un informe de diciembre de 2014, asegura que en la Argentina el 54,5% pertenece a este segmento social, 1,6% a la clase baja y 28,9% a la alta (el mismo reporte del organismo asevera que en 2000 la clase media era de 45,5%).

Por otro lado, diferente es la autopercepción que los propios ciudadanos tienen de su pertenencia social y también son varios los estudios que muestran como alrededor del 80% de los argentinos se “autodefinen” como de clase media. Esta es una característica cultural con arraigo en nuestro país: “ser” clase media es no solo un deseo aspiracional de los sectores populares, sino también de las clases altas, quizás por formar parte de una sociedad de raigambre latina en donde, ¿a diferencia de las sajonas?, la ostentación de riqueza conserva ciertos estigmas morales.

Ahora bien. Hay un debate que es largo entre los estudiosos de esta temática: ¿cómo definir quién es de clase media y cómo? La primer tentación (y la más clásica) es hacerlo vía “ingresos”, pero tal recorte no puede dar cuenta en absoluto de algunas características muy propias de nuestro país. Los recurrentes ciclos de crisis-recuperación de nuestra economía y las persistentes inestabilidades que conllevan, marcan límites claros a esta visión. Ejemplo clarísimo pudimos observar en la última de ellas, en 2001, cuando con una desocupación de más del 26% hizo añicos los ingresos de todas las capas sociales.

Otro modo, más “fino” y por ende un tanto más “historicista”, cruza variables: ingresos, vivienda, educación. Y hay otra más, que intenta una superación de los límites de las dos anteriores: definir quién es clase media por sus consumos.

Y aquí llegamos al punto a donde quería llegar desde el inicio. Con un proyecto político que adoptó e impulsó una política económica dirigida centralmente al fortalecimiento del mercado interno, vía generación de empleo y, -sobre todo últimamente- impulso fuerte al consumo, hay un importante segmento de las clases medias que entran en crisis de “pertenencia” y de identificación. La pregunta que muchos se hacen podría ser esta: “¿cómo puede ser que el teléfono celular de última generación que tengo es igual al que tiene el encargado de mi edificio? ¿cómo es posible que las “primeras marcas” sean las mismas en el Paseo Alcorta que en el Shopping de San Justo y que, además, facturen parecido?”

Se abre aquí, se abrió, un vacío simbólico que comienza a llenarse de modo lateral. Si el poder de consumo ya no me diferencia…¿cómo logro distinguirme?

Bien, aquí postulamos que estamos viendo en la Argentina los inicios de lo que llamamos “individualismo espiritual” como etapa superadora  del “individualismo consumista”.

Tampoco es que sea un rasgo “parroquial”, claro. Contrariando  aquellos que dicen que “estamos aislados del mundo” esta emergencia es precisamente un dato que indica lo contrario. El capitalismo global de las últimas décadas alumbró un ciudadano -quizás habría que llamarlo “persona”- que incorpora entre sus aspiraciones para realizarse al hedonismo, al “vivir bien”, a la búsqueda del placer y la satisfacción meramente individual. Vamos: que hoy no hay charla entre dos personas jóvenes, profesionales, independientes y acomodadas, que no incluya a la hora del segundo Campari la pregunta “¿vos qué hacés para trabajar tu ser interior, tu espíritu?”. Por supuesto, es un nuevo modo de abordar la espiritualidad. Un modo que abreva en la autoayuda, pasa por las últimas novedades gastronómicas, divisa un horizonte de cuidado ambiental y hace del running una nueva religión profana.

(Paréntesis: no se trata aquí de establecer un juicio de valor sobre estas tendencias. Comer rico y sano está bueno, cuidar el ambiente está bueno y dicen que correr está bueno. Y el Campari está buenísimo, aunque no tanto como el julep de Cynar).

Dicho lo anterior, resta un paso en el análisis. Si para una parte importante de nuestra sociedad cambia la relación con lo público pues los objetivos de realización se vuelcan hacia una nueva “interioridad”, ¿cómo no va a cambiar la relación de esos sectores con el Estado y, por supuesto, con la política? ¿es posible seguir interpelando a estos segmentos con los argumentos y las estrategias propias de otras épocas? Pareciera que no.

Y la última pregunta de todas: ¿hay alguien pensando políticamente esto? Pareciera que sí. Porque este individuo tiene una expresión política que sí los interpela. Es la política de “la buena onda”, una política que expresa la escisión de la sociedad civil del Estado, que se presenta como contraria a cualquier atisbo de conflicto, de cualquier rasgo ideologizante, de cualquier tipo de antagonismo que puedan alterar la búsqueda y, sobre todo, el encuentro, de una “linda vida”.

Tiene potencia, claro que tiene potencia, esta pospolítica de la “buena onda”. Porque sabe encaramarse, superando por arriba, como a los laberintos, los logros económicos conseguidos por aquellos a quienes vienen a combatir y a intentar suplantar: los proyectos nacional-populares que marcan el ciclo de esta década y media en Latinoamérica.

Para finalizar: las políticas y los políticos populares no pueden estar ausentes de estas reflexiones psico-sociológicas ¿Cómo interpelar a los ciudadanos sin un abordaje crítico y reflexivo sobre sus sueños y expectativas? No se trata, claro que no, de caer -precisamente- en aquellos artilugios del marketing electoral que simplemente deciden “hacer seguidismo de la gente”. Pero, al menos, sí se trata de no pasmarse de sorpresa cuando a las 18 horas se abre cada uno de los sobres que hay en las urnas de nuestras ciudades.

 

Imagen: “No se juntan porque creen que son distintos”, Felipe Giménez.

Fuerte y al medio

hombre barco - PRINCIPAL

Por Lucía Alvarez y Abelardo Vitale.

Esta nota fue publicada en el Número de Diciembre de 2014 de la Revista Turba.

 

Es la historia de Eduardo, podría ser la de muchos otros.

 

Llega a Buenos Aires desde Tartagal, sin garantías, pero en época de tasas chinas y con un oficio requerido. En poco tiempo, hace su primera clientela, gana plata, alquila una pieza en San Fernando, manda a sus hijos a colegios privados. Su mujer se entera a través del mercado inmobiliario informal sobre la venta de unos lotes en un asentamiento en la zona oeste. Se llama “Las Flores” y es la toma de un predio pequeño detrás de un barrio cerrado que, como muchos otros barrios cerrados, está flojo de papeles. Eduardo se decide, paga cinco mil pesos por un terreno. No recibe nada a cambio más que la palabra de un desconocido, ni un papel de compra-venta. Sobre ese terreno, construye una casa: tres ambientes, pisos de cerámicos, griferías nuevas. Compra una tele, un lavarropas, un microondas y un aire acondicionado. Su hijo mayor llega a la Universidad.

 

Mientras crece su casa, también crece el asentamiento. Los vecinos invierten en el tendido eléctrico y arman un desagüe precario que desemboca en un riachuelo. Lo hacen ellos, porque el Estado maneja tiempos más lentos, y porque pueden: tienen capacidad de trabajo, buenos salarios, la ayuda de la Asignación Universal por Hijo. Por esa inversión colectiva y porque el boom de los commodities devino ahorro en ladrillo y tierra, los precios de los lotes suben. La vivienda de Eduardo se tasa, siete años después, en 200 mil pesos. Pero sigue sin papeles.

 

Con la suba del precio del suelo, llegan también los intentos de nuevas ocupaciones en los espacios comunes o sobre el camino de sirga. Son vecinos de barrios linderos impulsados por ex funcionarios de la oficina de catastro de la municipalidad que conocen el negocio y especulan con el reconocimiento legal del barrio. Eduardo se preocupa, no sólo porque invierte e invierte en suelo inseguro. También porque ve que en esa zona gris las cosas sólo se resuelven de una manera: con la ley del más fuerte.

 

Entonces, un repaso. Eduardo: migrante, trabajador informal, buen consumidor, habitante de un asentamiento, padre de hijos universitarios.

 

¿Es pobre o clase media?

¿Es ejemplo del modelo de integración social o futura víctima de una posible restauración conservadora?

Su vida, su progreso ¿es frágil o irreversible?

Eduardo, ¿a quién vota?

Controversias

 

Hasta 2008, nadie tenía dudas. Seis años después del punto más alto de la crisis, de las imágenes del tren blanco y los cartoneros, la Argentina había dejado atrás la debacle: era otra y era mejor. Sin embargo, el paso del tiempo, el desprestigio de las estadísticas nacionales y la aparición de nuevas demandas dejaron atrás el optimismo y dieron lugar a la duda: ¿Nuestra democracia es más próspera, más fecunda, más igualitaria?

 

Proliferaron, entonces, cifras contradictorias. Los números son instrumentos capaces de construir realidades a medida. Según quién haga el análisis, la Argentina cambió mucho, poquito o nada. Al final, estamos igual que en los noventa, acusaron los más incrédulos frente al comienzo de la fase recesiva. Los más convencidos retrucaron con vehemencia: es la revancha ortodoxa, nos quieren hacer creer que es lo mismo la riqueza de una economía real que la de una basada en la especulación financiera.

 

El sociólogo Gabriel Kessler puso a dialogar ese abanico de lecturas. Juntó grillas, cuadros, indicadores privados y públicos en todos los rubros vinculados a desigualdad. El resultado es un mapa de claroscuros, que confirma algo ya dicho: la obsesión del kirchnerismo fue la inclusión. A lo ancho, primero, a través de la recomposición del mercado de trabajo y la extensión de las coberturas sociales y jubilatorias; a minorías históricamente excluidas después, con leyes específicas, como el matrimonio igualitario, el estatuto del peón rural o la de trabajadoras de casas particulares. Pero fue menos atento y tuvo peores resultados en todos los aspectos que no tracciona el mercado de trabajo: calidad educativa, relación subsidios-infraestructura, fragmentación y desigualdad en el sistema sanitario, políticas de transporte y hábitat.

 

Algunos prefieren plantearlo más llano: los argentinos vivieron mejor puertas adentro. Hubo bienestar en la intimidad de los hogares por la capacidad de consumo y la creación de derechos civiles propios de la tradición liberal. En algunos casos, en algunos municipios, esa experiencia de bienestar se extendió unos metros más allá, en calles pavimentadas, cloacas o tendidos eléctricos. Pero fuera de sus casas tuvieron que enfrentarse, una y otra vez, a servicios deficientes, trenes inseguros, la posibilidad cada vez mayor de ser víctima de algún delito.

 

Hay una tercera manera de decir lo mismo: la nueva clase media quedó atrapada en esa guerra de números como en una encerrona entre madre y padre separados. Para unos, son pobres con más plata, se volverán a caer con el próximo viento de cola. El kirchnerismo, en cambio, la presenta como su niña mimada, la muestra de que el peronismo es próspero y es popular. En medio de ese diálogo de sordos, y salvo por la quizá tardía recuperación de los trenes, poco se presta atención a sus intereses, a lo que quiere y necesita. Desde entonces, desde hace unos años, vive un poco librada a su suerte.

 

La libreta de cálculos

 

Vayamos por pasos, veámos quiénes son. Como señala José Natanson, se trata de un sector compuesto por realidades muy heterogéneas: obreros calificados de la industria, empleados administrativos, pequeños comerciantes, cuentapropistas, prestadores de servicios, trabajadoras domésticas, ciertos empleados rurales e informales. Gracias a la recuperación de los sindicatos, algunos lograron consolidar su situación y alcanzar niveles de ingresos parecidos a los de la clase media tradicional, aunque no su capital patrimonial, cultural o educativo. Los más desprotegidos, en cambio, se beneficiaron por el derrame de las negociaciones paritarias, pero siguieron dependiendo del consumo de otros para su propio consumo y bienestar.

 

Muchos de ellos componen ese 20% de la población que en estos diez años se pasó a una obra social, nacional o provincial. Con mejores o peores sueldos, sin embargo, gran parte de esa clase media en ascenso optó por la educación privada. Lo hizo impulsada por las dificultades de la escuela pública para garantizar horas de clase y calidad en la enseñanza, pero también como un gesto de diferenciación y ascenso social.

 

Otra parte de su sueldo la invirtió, seguramente, en resolver la organización de los cuidados al interior del hogar. Es un tema que apenas aparece en la agenda pública pero que modifica de raíz la composición salarial de las familias. Si no hay una abuela, una vecina, una amiga que se ocupe de los hijos mientras las parejas trabajan, la falta de vacantes en el sistema de educación inicial y la falta de instituciones estatales de cuidado de niños, enfermos y ancianos obliga a contratar servicios privados o a otras mujeres más pobres.

 

Si aún así, esas familias pudieron ahorrar antes del avance acelerado de la inflación, difícilmente eso haya alcanzado para acceder a una vivienda propia, por la escasez de políticas de crédito y de regulación del aumento en los precios del suelo. Esas clases medias suelen vivir en la periferia de las ciudades, en zonas apartadas de las tramas urbanas, más expuestas a la inseguridad y al delito.

 

En la última década, el kirchnerismo buscó reconstruir el imaginario de país de clase media con el que soñaba el primer peronismo. Estudios recientes muestran, de hecho, que en las ciudades argentinas, la gran mayoría de las personas  todavía se siente así, o en verdad, dicen que todos nos sentimos un poco más al centro de lo que realmente estamos (¿habrá llegado el momento de hablar de “las” clases medias?). Sin embargo, reforzó esa matriz igualitarista mostrándose al mismo tiempo incapaz de dar respuestas a muchos de los deseos que iba generando.

 

Ahora, ¿estas “nuevas” clases medias sienten que lo que tienen se lo deben al Estado? ¿Explican su bienestar por una decisión política o por su propio esfuerzo? ¿Y sus desgracias? Más allá del retorno de la retórica estatista, ¿se pudo construir en estos años una nueva consciencia y un nuevo valor sobre lo público? ¿Cómo hacer, entonces, desde la política, para representar a esta multiplicidad? ¿Se trata de “apuntar más fino”?

 

Desconfiar

 

Eduardo fue a Tecnópolis, su hijo más chico recibió la netbook.

Se imagina y se imagina, pero despierta todos los días en un asentamiento.

Y a veces, cuando se asusta, ve para delante y encuentra todo escurridizo: la clientela, la casa, la tranquilidad del barrio.

 

La pérdida de las elecciones legislativas de 2013 levantó a la perdiz. Muchos advirtieron: esas clases medias no van a estar por siempre agradecidas. Si los sueldos no dan margen, van a pedir que lo dé el Estado, que garantice ese nivel de vida acorde a lo que se repite todos los días en cadena nacional.

 

El kirchnerismo nunca es obvio. Al contrario, es curioso cómo aun en sus momentos de mayor torpeza, sorprende con sus obsesiones: subir los pisos jubilatorios, actualizar la AUH, ampliar el número de beneficiarios de los programas sociales. Es una fuerza política que nació teniendo que poner orden a un país en caos, que quiso refundarlo como no habían podido lograr las asambleas y las cacerolas. Tanto esmero puso en eso, que también el orden se volvió una de sus obsesiones. Pero de cara a 2015 tiene demasiada confianza en la estabilidad de esas clases medias. Y directamente se olvida que también en estos años, al margen de todo, en lo más bajo, quedó un cráter, un polo subterráneo, un núcleo de exclusión consolidado que cuenta con escuelas para pobres, hospitales para pobres y un deseo de consumir como si fuesen ricos.

 

Cuando faltan pocos meses para las elecciones, muchos de los debates giran en torno al binomio cambio-continuidad. En ese contexto, algunos sectores del oficialismo parecen dispuestos a hacer una maniobra dudosa: ir a perder y apostar a que una alternancia con la derecha, en cuatro años, permita una renovada propuesta política. Las razones para desconfiar son muchas, las más obvias están vinculadas a la contingencia en un país que nunca da respiro. Las otras tienen que ver con la vida de Eduardo en esos cuatro años, con lo que tiene para perder, con la irreversibilidad de su vida.

 

Mientras, lo único seguro es que todavía no asoma en las mesas de arena de la oposición ni en las del oficialismo una mirada que contemple y contenga a las agendas futuras de los recién llegados. Pero seguramente, apenas el escenario comience a clarificarse, serán estas heterogéneas clases medias el principal campo de disputa electoral y aquel que acierte en su capacidad de representarlas tendrá las mejores chances de triunfar.

Irreversible contingencia

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Algunas cosas que venimos charlando entre los editores de Artepolítica.

Luego de varios meses en que el debate estuvo centralmente signado por la marcha de la economía nacional –y por obvias razones sin que esta desaparezca de las preocupaciones centrales-, la primavera está trayendo una ampliación hacia el campo más puramente político. Por supuesto, el motivo central de ello es que lentamente se acercan las elecciones del próximo año.

Por el momento, y como corresponde a los primeros pasos de cualquier coyuntura electoral, los primeros debates profundos se dan mucho más al interior de cada fuerza política que entre ellas. Discutir con cuáles candidatos se va a las PASO es verdaderamente transversal a todos: UCR, Unen y el FpV andan dando los primeros pasos en esto y el PRO y el Frente Renovador, si bien no discuten quiénes serán sus presidenciables, sí deben resolver sus políticas de alianzas e inserción territorial.

En este marco, resulta peculiarmente rica la situación al interior del Frente para la Victoria, ya que tras 12 años de gobierno no solamente debe afrontar la competencia en las urnas. Previamente, debe resolver varias ecuaciones. La principal de ellas, sin dudas, es si el kirchnerismo continuará teniendo la centralidad en su línea política y en su conducción (Paréntesis: en estos días se analizó desde diferentes ópticas el discurso de Máximo Kirchner en Argentinos. Pero no noté que se reparara en lo que, en mi opinión, fue la señal política más importante de MK hacia el activo militante que allí estaba reunido: “El Frente Para la Victoria es mucho más grande, a pesar que algunos lo quieran achicar”)

Lo que nos lleva directamente a reflexionar acerca del kirchnerismo propiamente dicho, teniendo en cuenta la eterna dificultad que conlleva definir las sucesivas etapas y nombres que el peronismo se da a lo largo de su historia (me dirán: pero el kirchnerismo es más que una etapa del peronismo, hay dentro de él otras tradiciones y expresiones políticas. Y responderé: sí, como el menemismo antes con los liberales, y antes de eso el mismísimo peronismo de Perón, que supo hacer eso de albergar dentro suyo otras tradiciones y expresiones políticas)

Quizás hay una pregunta ordenadora para hacerse en este momento: ¿qué quiere el kirchnerismo para el futuro y para sí mismo? Y en esto hay una supuesta respuesta obvia: la continuidad del proyecto político de estos años. Lo que nos lleva a otra pregunta: ¿cuál es la mejor forma de lograrlo? Y acá se acabaron las respuestas obvias. Porque en algunos arrabales hay quienes parecen creer que la mejor forma de que el kirchnerismo continúe como proyecto es “yendo a perder” las elecciones en 2015 a manos de “la derecha” y “regresando” con CFK al gobierno en 2019.

Y acá venimos a discutir esa posición y a enfrentarla por estas razones:

Sintetizando: si hay que perder, se perderá. No será la primera vez ni la última vez que un proyecto popular sufre una derrota o un retroceso. Ahí estaremos.

Pero ir a perder no. No hay mística posible en el que, entregándose, entrega a los demás.

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Todo tiene que ver con todo

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Es un año raro en política. Como siempre, pero un poco más que siempre, bienvenida contingencia. Pareciera que la transición se adelantó como el otoño, que en 2014 empezó en febrero. Entonces, con un escenario por demás inestable, frágil y poco predecible, los pre-candidatos a presidente en 2015 oscilan entre la consolidación de un perfil y los bandazos propios de aquellos que todavía no tienen configurada una estrategia.

Por supuesto, sería inocente pensar que un candidato y sus equipos puedan trazar estas estrategias cuando no se tiene aún claro quiénes serán los contendientes y, más importante aún, los polos político-ideológicos que se armarán como “oferta” electoral.

Pero lo que si puede avizorarse en estas etapas pre-competitivas, es la estrecha relación que se da entre los diferentes agrupamientos y su interrelación relativa. Repasemos:

a) En el planeta “peronismo” todo indica que ahí se dirigen a una interna abierta en las PASO para “acomodar” la sucesión del kirchnerismo. De cómo se resuelva la continuidad del FpV y su capacidad para mantener unido bajo ese sello a la totalidad de gobernadores, intendentes y sectores políticos y sociales que vienen conviviendo desde 2003 tendrá repercusión, por supuesto, en la esfera propia. Pero también en sectores que ya le son ajenos. Sin ir más lejos, el massismo aguardará sentadito que el “cierre” del peronismo deje afuera sectores importantes para tentarlos con el salto.

b) La posibilidad y la manera en que logre constituirse el Frente Renovador en una fuerza nacional (algo que por el momento está muy lejos de ser) por supuesto que es interés del massismo. Aunque no pareciera sencillo que –más allá de la evidente simpatía que hoy por hoy el de Tigre genera en ciertos sectores del poder concentrado- el diputado Massa pueda arrastrar tras de sí más que los heridos de la interna peronista (por cierto, concientes de esto, y porque los gobernadores detestan que les caminen la interna por abajo, pasa esto). Pero lo cierto es que, además de depender del peronismo para crecer, el modo en que el Frente Renovador “arme” impacta directamente en otro barrio: el macrismo.

c) El macrismo tendrá en 2015 una disyuntiva que le es fundante: su falta de definición a la hora de avanzar en acuerdos o no con sectores del peronismo. Ahora, más allá de las relaciones dirigenciales, lo cierto es que se pisa votantes con el massismo. La falta de audacia de Mauricio Macri en este sentido evidencia los propios límites de su potencialidad como fuerza nacional. No se baja al barro sin mancharse los mocasines.

Pero, que siempre hay peros, el camino que elija el PRO también tiene impacto en otras latitudes. Por ejemplo, y vamos dando la vuelta entera, en el UNEN o como corno se termine llamando ese coso.

d) Carrió –en un nuevo giro loco- sabe que su crecimiento dentro de la inestable alianza que mantiene con el socialismo y el radicalismo sólo puede darse a expensas del electorado centroderechista-republicano (¿?) del macrismo. Y hábilmente hace unos guiñitos hacia esos sectores. Lo cual tensa todo ese universo pan-antiperonista. Los radicales se excitan, porque siempre se excitan con las luchas internas y Binner pide que le den tiempo para pensarlo, pensando que así gana tiempo. Y, por supuesto, todos ellos les rezan todos los días porque haya algún tipo de milagro que hiciera que Massa jugara dentro de la interna del peronismo. Si hay algo que les gustaría a estos sectores del UNEN o como corno vayan a llamar a este coso, es que a la final llegaran dos grandes polos, a la vieja usanza PJ-UCR ochentista. Pero bueno, ya sabemos que en política los milagros no existen.

¿Se puede extraer alguna conclusión de este pantallazo? Para empezar, al menos una. Y es que el peronismo del Frente para la Victoria es el único espacio que tiene autonomía relativa y no depende más que de sí mismo para conformar su polo. Y que dependerá de su inteligencia para permitir que todos los que actualmente lo integran se sigan sintiendo contenidos en su interior. Por eso, no debería sorprendernos que sigan y sigan apareciendo pre-candidatos oficialistas rumbo al 2015, puesto que es un modo (por cierto el más puramente político) de ofrecer perspectivas de futuro. Cuanto más lejos se lleve esta estrategia, mejor para todos. Complementariamente, aquellos sectores del oficialismo que –más allá de sus intenciones- pretendan obturar este momento de abierta competencia interna, no estarán haciendo otra cosa que plantar una semilla de derrota. Una semilla que correría el serio riesgo de germinar.

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Hicimos lo que nos enseñó Alfonsín

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Los correligionarios de Los Irrompibles nos envían un documento que, muy gustosamente, compartimos con todos los compañeros, camaradas y amigos de Artepolítica. Juntos somos la democracia. Para siempre. 

 

A partir de la participación de Ricardo Alfonsín, de algunos dirigentes Radicales y de nosotros mismos en el acto oficial de conmemoración del treinta aniversario de la recuperación democrática, se ha abierto un debate del cual nos gustaría participar proponiendo algunos elementos para el análisis.

Comencemos entonces por preguntarnos qué efectos tendría para el sistema democrático que un acto de esta naturaleza fuese animado únicamente por un solo partido político y no contara con la presencia de ningún representante del arco opositor. ¿Sería neutral para la convivencia de los argentinos? ¿Pasaría inadvertido por la historia? ¿Hablaría mal solo de quienes ocasionalmente conducen el Estado? ¿De estar vivo Raúl Alfonsín, lo hubiese avalado? Seguramente no.

A nuestro entender, semejante ausencia solo sería justificada por una usurpación del poder constitucional o por un quiebre de la legalidad. Situaciones estas, que gracias a la lucha del pueblo argentino, ya han quedado en el pasado aunque no en el olvido.

En segundo lugar debemos resaltar que resulta por lo menos paradójico, observar como quienes le imputan al Kirchnerismo una mirada dicotómica de la realidad, a través de la lógica amigo / enemigo, hacen exactamente lo mismo pero en sentido contrario. Negándole al adversario cualquier tipo de legitimidad y reconocimiento, demuestran que sin darse cuenta se dejaron ganar por el sentido común que dicen criticar.

Por otro lado se ha dicho también, que la presencia de militantes y dirigentes radicales, podría contribuir a blanquear la imagen del gobierno en una suerte de operativo de marketing político, mostrándolos como portadores de un criterio de pluralidad que en realidad no poseen. En este caso la pregunta que nos gustaría hacerles a quienes sostienen estos argumentos, es si no les parece una actitud mezquina y adolescente que un partido que lleva más de un siglo comprometido con la República como la UCR, condicione su conducta por este tipo de especulaciones. De hacerlo, caeríamos nuevamente en la contradicción de hacer lo que denunciamos, subordinar nuestra responsabilidad política al imperio de lo aparente y circunstancial.

Por último, un aspecto que merece ser tratado con especial atención, es el que obedece a la evaluación de la pertinencia de realizar conmemoraciones, actos o festejos en un contexto de profundo dolor, signado por la pérdida de vidas humanas en el marco de la crisis social que vive nuestro país. En este punto nuestra posición coincide con lo expresado por el Comité Nacional del Radicalismo, en tanto creemos que hubiese sido deseable se suspendan los festivales musicales, en respeto al dolor de las familias de las víctimas.

Pero ahora bien, lo que resulta de una inmadurez política sorprendente, es el pedido de posponer o cancelar el acto oficial de conmemoración del treinta aniversario de la recuperación de la democracia, cuando a la vista de los acontecimientos de violencia social y de ruptura de la disciplina de parte de las fuerzas de seguridad provinciales, se hacía más necesario que nunca.

Los argentinos necesitábamos un acto de memoria y reflexión colectiva representado en el conjunto de las fuerzas políticas, que nos permita reafirmar nuestro compromiso con la vida y con la paz como sociedad. La fecha lo demandaba y el momento lo exigía.

Así creemos lo hubiese entendido Alfonsín, sin medir costos políticos coyunturales ni posibles controversias mediáticas marginales, pensando seguramente, que de esa forma podría contribuir a evitarle al ciudadano común la intranquilidad y la zozobra de ver a su dirigencia inmersa en un juego perverso de egoísmo, en momentos donde solo cabe esperar la unidad nacional.

Los Irrompibles fuimos invitados por ser un grupo de jóvenes militantes radicales que teníamos un vínculo con Raúl Alfonsín (sellado con el aguante de 40 noches frente al Hospital Italiano en 1999, ratificado durante la ola de escraches anti-políticos del 2002, y sostenida con horas de discusión política fuerte y sincera). Fuimos en condiciones adversas a plantar las banderas radicales, sin retroceder ni un milímetro nuestra propia identidad de opositores, – y tenemos que reconocer, que más allá de la disputa simbólica de los cantos, se nos respetó en ese sentido-.
Nosotros por nuestra parte, cumplimos con nuestras convicciones y con Raúl Alfonsín.

LOS IRROMPIBLES

Diciembre de 2013

www.irrompiblesucr.com.ar / twitter: @irrompiblesucr / facebook: Los Irrompibles ? Los IrrompiblesII

 

 

Bancar los trapos

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Los militantes tienen o no tienen responsabilidades? Opino que sí. Me gusta pensar que sí. Porque si pensáramos que no, en vez de militantes seríamos meros reproductores de órdenes que vienen de arriba. Y lo que viene de arriba es la conducción. La conducción traza un camino, marca un rumbo, establece objetivos. Pero por abajo, los militantes tienen que buscar la mejor forma de llevar eso adelante. Y la conducción se reafirma en un ida y vuelta con las bases.

Empecemos por el principio: el kirchnerismo perdió las elecciones. Y las perdió porque el kirchnerismo, a pesar de seguir siendo la fuerza política más votada en el orden nacional, a esta altura compite contra sí mismo. Es como aquellos equipos que ganan siempre todas las copas. De vez en cuando pierden, pero sobre todo pierden cuando tiene la inmensa y titánica tarea de seguir superándose a sí mismos y no lo logran.

Entonces asumamos que se perdió. Porque lo que es seguro es que se perdieron votos, obviamente que en relación al 54% del 2011, pero también en relación al 2009. Porque se sacaron menos votos de los esperados a nivel nacional. Porque se perdió en la Provincia de Buenos Aires. Porque salió tercero en Santa Fe. Y etcétera, etcétera. Eso ya lo sabemos todos.

Lo segundo es preguntarse, entonces, por qué perdió tantos votos. Y acá puede haber tantas interpretaciones como interpretadores. Y seguramente la verdad, que no existe, está en un punto medio entre muchas de ellas. Lo tercero es asumir que hay cierta uniformidad nacional en los resultados (por supuesto, con los matices propios de cada distrito, pero en todos lados se fue para atrás), lo que indica que hay motivos “de alcance nacional”.

Entonces: algunos piensan que perdió muchos votos por no haber atendido nuevas y viejas demandas (lo que sería un problema de “gestión”). Otros piensan que es por “problemas comunicacionales” o, más directamente, porque los medios “juegan en contra” (el nacimiento de esos medios en los últimos 12 meses explicaría así el 54% de hace dos años, je). Otros especulan con “problemas políticos”, como una pérdida de acumulación de actores. Otros, más marketineros, te dicen: hoy ser oficialista no está de moda.

Bueno: pienso que hay un poco de cada una de esas cosas. Y algunas más. Pero también pienso que siempre hay que empezar por el principio. Y que la política está antes que la comunicación. Y que “hacer política” no es lo mismo que “comunicar” y que “comunicar” no es lo mismo que “hacer campaña” y que “hacer campaña” es mucho más que hacer actos y spots.

Y me voy a extender, que no se solucionan problemas grandes con respuestas cortitas.

En lo político: hay que dejarse de joder con el sectarismo. El kirchnerismo es un parte central, en esta etapa histórica, del peronismo y del movimiento nacional y popular. Pero no es la única, ni siquiera la más grande. Condujo y conduce, pero es una parte. Y para seguir conduciendo, como diría el General, hay que acertar. Y para acertar, además de otras cosas, hay que contener. Y acumular. Y no podemos pretender que la única acumulación válida sea la de una fracción y que los otros no acumulen o mirarlos de reojo cuando lo hacen. Por supuesto, esta afirmación esconde debates más profundos que quizás haya que en algún momento enfrentar: ¿consideramos al kirchnerismo algo fundacional o asumimos que tiene raíces más profundas que lo anteceden? Mi opinión está en este mismo párrafo, pero no todos piensan –y actúan- igual. Y eso se nota. Y en algún momento entra en crisis ¿Es una crisis terminal? De ningún modo. El kirchnerismo ha sabido recuperarse de derrotas y de desaciertos y, sin dudas, puede volver a hacerlo. Lo que no podemos permitir es que se rife lo obtenido en todos estos años. Y para que no se rife no podemos ser tan obcecados de pensar que sólo este esquema lo puede garantizar. Para decirlo claro: hay quienes, dentro del kirchnerismo, fantasean con un “irse” en 2015 con una candidatura perdidosa, que gane el más horrible posible y volver luego, “cuando nos extrañen”. Bueno: esto me parece un desastre y un infantilismo. Podés perder, claro, pero no podés jugar a perder. Porque, si realmente creemos en este proyecto, los perjudicados de un retroceso no serán ninguno de los que creen en esa hipótesis (los cuales ya forman parte de “la clase política” y, por ende, no tendrán problemitas de subsistencia) sino, sencillamente, los sectores populares que decimos defender. Creo que fui clarito, no?

En lo “gestional”: hay que atender las nuevas demandas con algo más que un repaso de lo ya hecho en la década. En primer lugar porque muchas de esas demandas son producto, precisamente, de éxitos previos del proyecto. En segundo lugar porque es nuestra obligación ideológica: que un ex desempleado haya conseguido laburo pero ahora exija mejores salarios o viajar bien es correcto. Aquellos que piensan que esas personas “nos deben” algo por haber mejorado sus vidas (aunque más no sea en una pequeña parte), en mi opinión, tienen una desviación ideológica preocupante. Los peronistas, desde siempre (bah, a veces), construimos derechos para las mayorías populares. Son derechos. Así que no nos deben nada. Y en todo caso “pagan” eso en cada elección. En tercer lugar, siempre hay que ofrecer una “perspectiva de futuro”, y hace rato que no lo hacemos. Ya no alcanza con repetir, una y otra vez, lo mal que estábamos en 2001, en 2002. Todo el mundo lo sabe. El punto es qué le decimos, y cómo lo explicamos, para convencer a los votantes de que, con este proyecto político, va a estar mejor en el futuro de lo que está hoy.

En lo “comunicacional”: no me voy a extender demasiado en esto. Es mi “campo” y conozco demasiado lo complejo que es como para andar tirando al voleo cosas. Pero me voy a limitar a lo siguiente: no se puede seguir hablando sólo “para los propios”, como si eso fuera tener fuertes convicciones y adaptar tu comunicación a las necesidades del contexto fuera una entrega, una traición. El camino de la autocelebración, compañeros, está agotado. Y el énfasis en “bancar los trapos” me hace acordar a los que, en el fútbol, son hinchas de su hinchada. Los entiendo, claro que los entiendo. Soy de Racing y estoy orgulloso de mi hinchada. Pero a la cancha entran los jugadores. Y los partidos no los ganás cantando en la tribuna para que te escuchen los mismos que son de tu equipo.

Veremos. Como siempre, está todo el futuro por hacerse. No está escrito. Y cada uno banca los trapos como puede. Yo así.

(Publicado originalmente aquí).

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La Patria es el otro

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Hay que endurecerse, sin perder la ternura jamás.
Che Guevara

Las pelotas. Si te endurecés, te endurecés. Y listo. Sin vueltas.
La pregunta que cabe hacerse es la siguiente: ¿siempre hay que endurecerse? ¿para qué endurecerse? Ponele que estás en medio de la sierra, cargando un fusil y cagándote a tiros. Digamos que, mejor, ahí endurecete. Pero suponete que, en medio de un claro, en mitad de la sierra, justo en la línea de tiro, se te cruza una familia campesina…¿tirás igual?, ¿al menos dudás? ¿de qué te vale ahí, en ese efímero instante, la dureza? ¿para tirar?

Cosas que no me banco.
Abrir el tuiter, a la mañana, y leer a compañeros que, con los bomberos todavía sacando heridos del tren, empiezan a tejer teorías conspirativas exculpatorias. Y me banco mucho menos eso que leer a adversarios políticos, encabezados por grandes formadores de opinión mediáticos, escribir con un cierto goce morboso ante el accidente. Frotarse las manos de sangre, se llama eso.
El punto, el punto al que quiero ir, es que me jode más leer lo que leo “de los propios” que lo de los ajenos. Y me jode más porque si bien uno siempre se constituye en la diferenciación de un otro -entonces muchos de nosotros nos constituimos por oposición a quienes se nos oponen-, constituirse en la diferenciación no quiere decir “ser el opuesto”. Entonces si el otro es un canalla, ¿uno pasa a ser un canalla de signo contrario?
No. La diferenciación a la que uno quisiera aspirar es una diferenciación cualitativa. Si el otro es un canalla, si el otro de algún modo “festeja” que este accidente golpea políticamente a la Presidenta, al gobierno nacional y al proyecto político que sustenta lo anterior, uno no puede responder igual pero al revés. Uno debe ser mejor que eso. Ser diferente, quisiera pensar, es ser mejor.

Entonces: aprender a callarse la boca cuando hay que callarse la boca. Y aprender a reconocer los errores. Reconocer que el gobierno -sea un accidente, sea un siniestro, sea un atentado, sea lo que sea- tiene una responsabilidad ante lo sucedido. Esa responsabilidad podrá ser mayor o menor. Podrá tener consecuencias judiciales o simplemente políticas. Pero, aún más no sea en el fracaso en evitarlo, responsabilidades tiene. Y nosotros, como simpatizantes o militantes o funcionarios, tenemos una cuota parte de responsabilidad. Y hay que hacerse cargo. Llevamos 10 años de gobierno. Diez años de un gobierno transformador. Diez años de muchísimas conquistas y mejoras. Pero llevamos 10 años. Y esto implica, al menos, reconocer que falta muchísimo y, sobre todo, que no siempre hacemos todo bien. Basta decir: en transporte público se hizo nada al principio, poco después y un poco hace poco. Hacerse cargo. Si tenés las convicciones bien puestas, te hacés cargo.

Se hace política para cambiar la realidad. Y para cambiar la realidad se tiene que ganar elecciones. Y las elecciones se ganan para acceder a puestos ejecutivos de gobierno. Y se accede a puestos ejecutivos de gobierno para tratar de cambiar lo existente. El poder por el poder en sí es la contracara exacta del, por decir algo, el arte por el arte. Es la deshumanización. Es el vacío de sentido.

El momento en que uno abandona eso para pasar a ser un “justificador” de lo existente es el exacto momento en que uno deja de ser un militante político para ser un burócrata del poder. En general, cabe admitir, a los burócratas del poder les va mejor que a los que pensamos de este modo. Es cierto. Y podés ser un burócrata del poder teniendo un cargo muy alto o no teniendo ninguno. Es una cuestión de actitud. Después estamos los otros. Los que nacimos para romper las pelotas incluso a nuestros propios compañeros. Los que los molestamos. Los que meamos el asado de la autocomplacencia. Los que les recordamos que el único jefe es el pueblo. El bienestar del pueblo. Sobre todo del pueblo humilde. El pueblo trabajador. El pueblo que se toma el Sarmiento todas las mañanas.Y que todos los demás somos, debemos ser, empleados de ellos. Que es lo mismo que decir, empleados de nosotros mismos.

La familia está ahí, en medio del claro, en la línea de tiro ¿Cuán revolucionario es matarlos? Vos. Sí, vos. Vos que estás leyendo…¿tirarías? Hay que elegir. La libertad es tirana: tenés que elegir. Siempre. Cueste lo que cueste.
La Patria es el otro.

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¿Y si no pasa nada?

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La idea me la tiró Mariano Fraschini, un día que yo iba de invitado al programa de Mario Wainfeld a tirar ladridos. Como yo soy vago me limité a contarla ahí. Y luego MEC, que me escuchó, se escribió esta columna que, centralmente, refiere a nuestra idea: ¿qué pasa si todos ganan en octubre? O sea: a nivel nacional el kirchnerismo, en CABA Macri, en Santa Fe el FAP, los gobernadores en las provincias, los intendentes en las intendencias.

Idea que, cotidianamente, se refuerza en mi análisis. Claro que, como diría el Escriba, lo único constante en la política es la contingencia. Así que perfectamente todo podría cambiar.

La pregunta, o mejor dicho, las preguntas, son: ¿qué cosas podrían cambiar que modificaran sustancialmente este “estado de cosas”?

Hipótesis varias, y como corresponde, contradictorias entre sí:

– Se impone hacia dentro del oficialismo el sector (minoritario?) que pretende romper con Scioli y éste se ve obligado a ir por afuera. O lo mismo pero al revés: se impone dentro del sciolismo el sector (minoritario?) que pretende romper con el kirchnerismo. Sé igual. ¿A quién le conviene saldar la disputa del 2015 ahora? Pareciera que a nadie. Puesto que ambos sectores se debilitarían. Así que, en principio, y como en política “la realidad” tiende siempre a imponerse, estos son fuegos de artificio. La posta es el año que viene.

– Algún tipo de “situación extraordinaria”, social o económica (¿pulseada en que los mercados terminan obligando al gobierno a una devaluación?, ¿empresarios que -opositores a este modelo- pasan de la fase1 de oposición (no invertir un mango) a fase2 (despidos masivos) y logran que la sociedad, ante el aumento de la desocupación, se vuelquen masivamente hacia la oposición? Bueno: el gobierno ha tomado nota de esto desde 2012 y generó múltiples acciones tendientes a que, a pesar del enfriamiento, no caiga o caiga moderadamente, el índice de empleo. A la vez: los empresarios podrán no invertir y trasladar a precios la mayor demanda. Pero no los veo “resignando” utilidades en una especie de lock out “por la República. La guita está en la calle y la quieren manotear. Por otra parte: quién sería el opositor que pudiera capitalizar esto? La fortaleza relativa del gobierno sigue siendo la debilidad opositora. Calenchu.

– El gobierno logra capear el temporal del dólar, retoca algunas variables macroeconómicas, frena el aumento de la inflación y abre, en un año electoral, el “grifo” vía obras de infraestructura. A su vez, realiza ciertos ajustes comunicacionales (un dato: el efecto “visita al Papa” y la reacción discursiva posterior de la Presidenta le estaría reportando una suba en su imagen positiva de entre 5 y 7 puntitos). Paz, amor, clasificamos al mundial y la alegría no es solo brasileña.

Paro acá. Me aburrí. Porque en verdad no pasa nada. Por ahora.

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Son las políticas, estúpido

Estas son las cosas que no debiera escribir. Las cosas en que uno corre un riesgo, básicamente, por no tener la capacidad de escribirlas tal como uno las siente.

Carlos Menem acaba de ser condenado por la justicia por el caso del tráfico de armas al Ecuador, hechos sucedidos en los lejanísimos noventas. Para quienes tenemos una historia política que –podríamos decir- nace con su ascenso al poder y nuestra consiguiente oposición, la noticia debiera alegrarnos.

Y sin embargo…sin embargo no. Entonces me pongo a pensar el por qué ¿Por qué no me causa nada –ni alegría, ni tristeza, ni nada- que la Justicia condene a Menem?

Y pienso que es por esto: creo, cada día más, en que una democracia se asienta basalmente en la soberanía popular expresada a través del voto libre mucho más que en las instituciones que regulan su ejercicio. Entre estas instituciones, por poner una, la Justicia. Y creo que lo que realmente cuenta son las políticas públicas que un gobierno lleva adelante, mucho más que si lo hace respetando o no las leyes vigentes. Sí, estoy diciendo que el respeto por las leyes es, en términos históricos y sociales, subalterno. Y sé que diciendo esto estoy vulnerando el mandamiento número uno del hacer política hoy: la corrección política. Pues bien, son los lujos que uno puede darse al no hacer política. Y podré haber dejado muchas cosas, pero no pienso abandonar algo de lo que con falsa modestia me enorgullezco: la coherencia.

No son los hombres. Paradojalmente, siento que no son los hombres lo que importa a la hora de hacer un balance político. Nunca lo son. Lo que importa son las políticas, estúpido.

Entonces, mi histórica oposición a Menem no transcurre por el chimentismo de analizar sus modales, o de los “signos” culturales que tan bien supo expresar en su momento, de su pizza con champán. A lo que me oponía, las cosas por las que hacía política en aquel momento, con tanta pasión, con tanto optimismo de la voluntad, era a sus políticas. A su entrega del país, a su abandono de los sectores populares, a la ley de la selva ¿Le hubiera “perdonado” su banalidad –o incluso sus ilegalidades- si las políticas llevadas adelante por su gobierno hubieran sido en beneficio del pueblo? Probablemente sí, debo admitir. Así como hoy “perdono” cosas, modos y actitudes de este gobierno precisamente por creer (énfasis en “creer”) que las políticas estructurales de este gobierno tienden al beneficio de los más humildes, de los más pobres.

Y es por esto que escribo atolondradamente para admitir mi abulia ante una condena de una Justicia en la que no creo. Y reafirmo mi convicción en que el único modo en que me puede llegar a alegrar una condena judicial es si la misma tiene algún tipo de pedagogía social sobre los votantes. Es decir: esta condena podría llegar a servir si la misma es entendida como una relación causal entre la persona y las políticas de Estado que esa persona lleva adelante. Y si me preguntan, debiera admitir: francamente, no creo que se haga esa operación de causalidad.

Yo sí me alegro cuando a esas políticas les ganamos elecciones. El resto es anecdótico.

2013: ¿año electoral o año estructural?

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Hay una tendencia a sobreestimar la importancia de las elecciones de este año. Con la única excepción de una amplia derrota del oficialismo en octubre o de una victoria amplísima del kirchnerismo (posibilidades que hasta el momento no parecen vislumbrarse), ningún resultado cambiaría demasiado el mapa político actual. En términos políticos, lo importante se juega en 2015.

Ya se dijo varias veces: el oficialismo renueva las bancas de 2009, donde hizo una mala elección, con lo cual cabe esperarse una mejora de su posición en el Congreso. Mejora con la cual, por cierto, aún estaría lejos de los 2/3 de las Cámaras, sobre todo en el Senado, por lo cual una hipotética búsqueda de reforma constitucional que le permitiera la re-re a CFK es una especie de quimera.

Detengámonos unos párrafos en las dos opciones mencionadas: si el kirchnerismo pierde “por mucho”, lo que sobrevendrá es un rearmado del peronismo alrededor de otras opciones en la conducción, pero no se visualiza, hoy por hoy, a nadie que tenga un ascendiente natural sobre la totalidad del FpV, entendiendo como tal a los diversos gobernadores, intendentes y corrientes internas. Por eso, no es negocio para nadie (¿es De la Sota la única excepción a esto?) una derrota estrepitosa del oficialismo, ya que se abriría un período de fragmentación que resentiría las posibilidades de todos los actores para 2015. Y nadie juega con fuego.

Si el kirchnerismo gana “por mucho”, no faltará en su seno quienes impulsen –en ese caso con el apoyo de una amplia mayoría de la sociedad- la posibilidad de la rereelección de CFK. Y entonces, aquí, todo dependerá de la decisión de la propia presidenta el permitir o no esa opción.

De este modo llegamos al centro de lo que deseaba plantear: por el momento, y aún con ciertos nubarrones en el terreno económico,  todo está en manos de CFK y en su personalísima decisión. No hay pato rengo aquí. Porque está en CFK el decidir quién puede ser su sucesor. Ya sea eligiendo de entre las filas del Frente para la Victoria (dije FpV adrede) un candidato que pueda triunfar en 2015 o ya sea eligiendo alguien del kirchnerismo que no pueda ganar. Con lo cual también estaría decidiendo ella, de algún extraño modo, al próximo presidente.

Por supuesto, todas estos análisis son secundarios y menores. Las preguntas que hay que hacerse a la hora de pensar el futuro estimo que son otras. Por ejemplo: ¿ha llegado el modelo económico-social inaugurado en 2003 a su cenit?; ¿los fundamentos del modelo económico pueden sostenerse por dos años más (e hipotéticamente luego otros cuatro) sin encarar reformas profundas?; ¿hay condiciones de potencia política para encarar algunas de estas reformas profundas? ¿hay conciencia en el pequeño círculo que rodea a la Presidenta –quizás, precisamente, por el éxito de ciertos caminos emprendidos hasta ahora- de la necesidad de algunas reformas profundas? ¿puede aceptar el activo más iracundamente cristinista un candidato a presidente del oficialismo que –manteniendo los aspectos centrales del modelo- encare una nueva etapa diferenciada en “los modos”? De no ser así, ¿prefieren perder con alguien “puro” a ganar con un aliado? ¿Cuáles serían, a efectos de mensurar un posible sucesor, los “aspectos centrales” que sí o sí debiera mantener? Algunas de estas preguntas hay tiempo de sobra para ser respondidas. Otras de ellas, parecen necesitar cierta urgencia de ser analizadas.

Finalmente, la gran pregunta: ¿será 2013 meramente un año electoral? ¿O podremos asistir también a un año estructural?

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El día después de mañana

O del lunes 10 de diciembre, que viene siendo lo mismo.

Porque hace meses que la discusión política está centrada en una especie de presente perpetuo en donde pareciera que lo único existente sobre la faz de esta tierra es la pelea por la aplicación plena o no de la Ley de Medios.

Entonces, que ésta es la preocupación central de Clarín no hay dudas y se entiende: se juega parte -leasé de nuevo: parte- de su negocio. Que a su vez Clarín haya logrado encolumnar detrás de esta pelea al resto de la oposición política y mediática nos viene a decir algunas cosas, más no sea ex-post facto: la enorme carencia de alternativas políticas opositoras capaces de articular una propuesta alternativa, superadora, diferente, o como querramos llamarle, al gobierno nacional. ¿quién si no Clarín sigue instalando una agenda opositora en nuestro país? ¿quiénes, si no la articulación entre distintos medios masivos de comunicación son la vanguardia a la hora de esmerilar el accionar oficialista?

Visto así, la estrategia oficial de concentrar todo su accionar en esta disputa, pareciera correcta. Aquí hay un acuerdo tácito entre el kirchenrismo y el clarinismo: es la madre de todas las batallas, nos necesitamos.

Ahora bien: ¿es realmente así? ¿hasta cuándo el gobierno nacional puede seguir dedicando todas sus energías a este conflicto? Porque después del 8D, o del 10D, hay, indefectiblemente, un 11D. Esa es la cagada del tiempo amigos: no deja de pasar ¿Y qué pasará el 11D? No demasiado, o al menos, nada definitorio, nada que cambie de un día para otro la correlación de fuerzas políticas y sociales que-nunca está de más recordarlo en estos tiempos de supuestos absolutismos- no se altera nunca por ruptura si no por la persistente continuidad de tendencias sutiles y, muchas veces, hasta casi imperceptibles. Para decirlo redondamente: no hay aquí revolución alguna (y, dicho sea, sigo con mi cruzada “haciendo amigos ultras”, ni siquiera una revolución triunfante altera per se las correlaciones de fuerzas en una sociedad. Por supuesto que modificará el control estatal y, por ende, los resortes institucionales del mismo, pero aún con la llegada al “poder” lejos estará de que eso se refleje en un apoyo mayoritario en lo social y aún menos en lo cultural) y el martes 11 de diciembre, y quién sabe por cuánto tiempo, seguirá abierta esta pelea con parte de los grandes medios de comunicación.

Dicho esto, y palpitando que en el mediano plazo el oficialismo logrará -institucionalmente, legalmente y políticamente- doblarle el brazo al Grupo Clarín y este se verá obligado a respetar la Ley de SCA, no está de más compartir lo que constituye una preocupación que excede a quien esto escribe, y que se observa con facilidad si uno es capaz de escapar al cada vez más asfixiante microclima “mediático” (por si no queda claro: este microclima mediático es compartido por sectores del kirchnerismo y la oposición, por compañeros y adversarios, por tirios y troyanos): el kirchnerismo, tanto en su faz gubernamental, como en su faz política, pero sobre todo en su activo militante, debe pasar de pantalla. Porque si no lo hace, corre el severo riesgo de terminar logrando una victoria pírrica contra Clarín.

Porque afuera de la tele, afuera de los diarios, afuera de facebook y de tuiter y de los blogs (muy afuera de acá, por cierto) y afuera de los despachos, pasan cosas.

Nos vemos en la Plaza el domingo, porque una cosa no quita la otra.

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El dilema de la legitimidad

Al momento de sentarse a escribir ciertas reflexiones acerca de la coyuntura política, hay determinados tópicos con los cuales uno debe interrogarse acerca de su conveniencia a la hora de abrir el debate.

Y esta pregunta lleva a otra, que últimamente visita mucho las páginas inactivas de este blog: ¿para qué y para quienes escribimos? El para qué es una pregunta que no tiene respuesta utilitaria, así que mejor ignorarla. En cambio, uno desearía que el sentido de con quiénes se comparten estas reflexiones de vez en cuando se cumpliera: uno empezó a escribir desde un lugar, tomando abiertamente una posición cuando asumir que tomar posición a la hora de analizar la política no formaba parte del sentido común como, fortuitamente, ahora sucede. Sin embargo, se intenta siempre que esa subjetividad no anule –mas bien todo lo contrario- ni el sentido crítico a la hora del análisis ni la pretensión de honestidad intelectual. La asunción de la subjetividad, entiendo, encarna una obligación compleja: implica un ejercicio de la autocrítica mayor que si nos mantenemos en la mascarada de los objetivismos.

Entonces: acá se escribe para aquellos que son compañeros y no tienen miedo de pensar más allá de las consignas de barricada y se escribe para aquellos que –no siendo compañeros-, tienen la curiosidad de ver qué pasa del otro lado del río. Se intenta escribir, vamos, del mismo modo en que se intenta leer y pensar.
¿Tiene sentido, a esta altura, otro post que diga “Clarín malo”? Hay, felizmente, muchos de esos. Más aún: tiene algún sentido, a esta altura del campeonato, escribir “Cristina buena”? Hay, lamentablemente, demasiados de esos en los territorios de sentido que caminamos. No es en esa comodidad analítica que podemos aportar algo, si es que en algún lado pudiéramos.

Y, luego de este parrafado confesional, es que volvemos al inicio: ¿conviene escribir de ciertas cosas? ¿le conviene al gobierno que defendemos hacer públicas nuestras desavenencias? ¿hay espacio –en medio de una batalla- para pensar y parar la pelota? ¿O es todo Giunta, Giunta, Giunta, huevo, huevo, huevo? Qué se yo. Escribamos.

Lamentablemente, la necesaria batalla por la plena aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, ha impregnado toda la acción política del gobierno nacional de unos cuantos meses a esta parte. Y decimos acción política, puesto que el gobierno -con aciertos y errores, eso es harina de otro costal- ha seguido gestionando e impulsando medidas de trascendencia. Pero pareciera haber resignado la voluntad de acumular políticamente en torno a ellas. Desde siempre, aquí hemos postulado que el kirchnerismo es infinitamente mejor en sus hechos que en sus discursos. En sus realizaciones que en sus relatos. Y la pelea con Clarín nos ha reducido, limitado, encorsetado. Que para el Grupo Clarín esta disputa sea la única preocupación de su accionar es absolutamente comprensible. Que eso suceda para la fuerza política que maneja los destinos de un Estado, no lo es. A una corporación gigantesca no se le gana cayendo en su terreno.

Y así, en esta semana tendremos en las calles de las grandes ciudades una protesta ciudadana –cuya magnitud tampoco importa a la hora de este análisis- ante la cual nada se ha hecho para intentar limitar, sofrenar, debilitar. A pesar de que la misma tiene múltiples aristas sobre las cuales operar políticamente, partiendo de la base de que es una protesta con una heterogeneidad en sus demandas que permitiría intentar “descoser” a algunos sectores. No es lo mismo pedir dólares que seguridad. No es lo mismo reclamar por supuestas libertades vulneradas que por la inflación. Y no es lo mismo amontonar que dividir a tus adversarios.

Sin embargo, y a pesar de todo lo dicho hasta aquí, resulta imprescindible alertar sobre una cuestión: no todos los manifestantes del 8N son golpistas. Es más: nos jugamos a que son una ínfima minoría. Ponele la misma minoría que se va a Miami. Pero hay, entre los ideólogos detrás del 8N una actitud claramente destituyente: se trata ya no de criticar el accionar del gobierno o de sus funcionarios, modo de protesta absolutamente democrático, sino de comenzar a erosionar y poner en cuestionamiento la legitimidad de este gobierno. Y de ahí las columnas de opinión que –repitiendo argumentos trillados en nuestra historia por sectores desestabilizadores- trazan diferencias entre “legitimidad de origen” y “de ejercicio”. O bien, como un ex periodista dijo anoche por televisión, “las mayorías no dan derechos”. ¿Y qué si no las mayorías, en un sistema democrático, libre y respetuoso de las reglas del sistema (tal como el nuestro), podrían dar derechos?

Por supuesto, en las tele-democracias post modernas, dormirse en los laureles de los resultados comiciales es un pecado mayúsculo. Porque si bien la “legitimidad” de cualquier gobierno sólo se pone en juego en las elecciones o ante groseras violaciones a la Constitución (y aquí nada de eso ha pasado ni siquiera de cerca), la construcción de consenso social que avale su accionar se debe dar de modo continuo y continuado. Y si bien el campo de la “opinión pública” es un subconjunto menor dentro de la sociedad, no deja de ser el cualitativamente más poderoso y, ojota, contagioso.

El temita de la legitimidad. Se leerá bastante esta palabreja en estos días. Ese es el huevo de la serpiente. Y es bueno que lo tengamos bien presente. Los que van el jueves y los que no vamos.

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Un poco de antipopulismo por el amor de Lacló

¿Cuántas veces escribimos sobre esto? Un montón. Pero de vez en cuando hay que volver a poner las patas en la fuente.

En este blog hay una profunda lectura del concepto de populismo que hiciera “famoso” Ernesto Laclau. Y decimos profunda lectura por dos razones: primero porque forma parte de nuestras lecturas y reflexiones políticas desde hace por lo menos unos siete u ocho años; y segundo porque cuando decimos “populismo” no estamos queriendo decir un concepto descalificativo (tal como debés entenderlo si lo escuchás en la CNN) pero tampoco con una lectura apresurada y superficial, donde pareciera que ser “populista” es simplemente buscar el conflicto que marca un parteaguas en la sociedad.

Los populistas entendemos que sin conflicto no hay política. Y que sin política no hay democracia. Y que sin democracia no hay posibilidad efectiva de poder popular. Pero, sobre todas las cosas, los populistas saben que la primera condición de existencia es la construcción de mayorías.

Por eso, y tal como lo expresa la teoría –que, como toda teoría no es más que una conceptualización de fenómenos existentes o potencialmente existentes- el “saber populista” consiste en la articulación de demandas sociales diferentes y hasta contradictorias bajo un paraguas que las contiene y las expresa como totalidad: la mentada “cadena de significantes vacíos” viene a construir un zurcido que une lo que no está unido socialmente.

Bien. Dicho esto pasemos a la actualidad política.

Las demandas que expresan los sectores de la oposición que protagonizaron el cacerolazo de la semana pasada tienen estas características: son diversas, múltiples y –a veces- hasta contradictorias. Algunos protestan por el dólar, otros por la inseguridad, otros por “los modos”, otros porque creen ver el germen del autoritarismo en sectores del oficialismo, otros porque añoran un modelo liberal, otros por la inflación, etc ¿Qué los une? En principio, una sola cosa: su oposición al gobierno nacional y al proyecto político ideológico que este encarna. Nada más. Ni siquiera los une una pertenencia clasista. Porque, no jodamos, seamos serios entre nosotros, mi vecina que caceroleaba tiene mucho más en común socialmente conmigo que con un cacerolero de La Horqueta, en San Isidro. Y conozco gente de La Horqueta kirchnerista, por cierto. Así que, si bien podemos agruparlos a todos dentro de esa entelequia denominada “clase media”, es de una pereza importante postular que son “todos iguales”. Y nosotros no somos perezosos.

Acá también decimos que esos sectores que protestaron en la semana no tienen quién los represente políticamente y eso es un riesgo para el sistema. Porque la legitimidad del sistema democrático –donde algunos ganan elecciones y otros las pierden- está dada por aquellos que, perdiendo, reconocen su derrota y aceptan que la misma se produce en términos limpios. Si estos sectores de las cacerolas no encuentran su representación en los comicios, vacían el sistema. Lo desconocen. Lo anulan. Y no por, otra vez no seamos perezosos, por “golpistas” (que los hay, claro, como los hubo siempre).

Entonces, lo que no se entiende, es por qué desde el campo del oficialismo se hace todo lo posible por hacer el trabajo que debieran hacer los políticos opositores: unir a los que salieron a protestar. Tratarlos como un todo, no reconocer y operar sobre sus diferencias –atendiendo algunas de sus demandas e ignorando otras-, convocar a supuestas “contramarchas”, no es más que unir lo que no está unido. Y, aquí el problema, es unir en el campo contrario antes que en el propio. Y eso no es populismo. Eso es un error.

Porque, además, hay quienes creemos que la operación “populista” no es siempre conveniente. Una cosa es en elecciones, otra sin ellas. Una cosa es en situaciones de coyuntural minoría, otra expresando mayorías. De hecho, acá sospechamos que el populismo alla Argentina es conveniente a la hora de construir poder siendo oposición, pero hay que prescribirlo con dosis homeopáticas siendo gobierno.

El kirchnerismo, o al menos un sector importante y hasta conductor de él, parece estar preso de su propia ventaja: la inexistencia de otros actores políticos opositores consistentes y organizados. Entonces tiende a hacer el trabajo propio y el ajeno.

Lo que es por mí, que soy vago, dejaría que se arreglen solos sin ayudarlos. Ni acá ni en Miami.

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Lo quiero ya

El amigo Escriba siempre anda citando este texto de Guillermo O´Donell, en donde el prestigioso politólogo hace notar ciertas diferencias entre la sociedad brasileña y la argentina a la hora de establecer relaciones sociales inter-clases.
Voy a citar textualmente algunos párrafos del post de nuestro prestigioso politólogo, Tereschuk:

“O’Donnell destaca cómo el carioca “superior” se dirige al “inferior” con un “você” y el porteño se dirige a un “igual”, a un “interlocutor” con un “usted”. De lo contrairo, señala el politólogo, surge el “¿y a vos quién te dio permiso para tutearme?”.”

En otro pasaje habla de los solícitos porteros brasileños y lo que, claro, conocemos aqui. En la Argentina, el portero “no tiene la más mínima sospecha de que deba abrirnos la puerta, ni ayudarnos a cargar paquetes -cuando lo hace queda claro que es una ayuda estrictamente voluntaria y uno debe agradecerla como tal-”.7

O’Donnell marca que con la dictadura esto cambió. “Entre presiones y represiones y el crecimiento del desempleo, el trabajador, en la fábrica y en el comercio tuvo que ‘guardarse’ su identidad de trabajador -el estricto tono académico de este ensayo me impide indicar dónde, según la propia cultura popular, tuvo que guardarla”.

¿A qué viene esta cita?

Bueno, creemos que –así como existe en la cultura argentina una concepción de los sectores populares que reniega de aceptarse como socialmente inferiores a las clases altas- comienza a observarse una similar operación en términos etarios. Uf, que frase pelotuda. Digamosló bien: los jóvenes se plantan de igual a igual a los mayores a la hora de discutir de política.
Porque, y no está mal complejizar un poco algunos datos que damos por obvios, en el imaginario social está dado que la juventud es per se contestaria, rebelde, quilombera. Pero esta rebeldía habitualmente tiende a darse en términos –por ser dadivosos- culturales, aunque prefiero decir en tanto “usos y costumbres”. O sea: post-dictadura, la supuesta natural rebeldía de los pibes no ha ido más allá de ciertos cambios de costumbres y de consumos culturales, pero poco ha habido de ella en relación a la esfera de lo público y de lo político. Con las excepciones del caso –excepciones que por ser tales, merecen un reconocimiento que todavía no ha llegado- las juventudes argentinas han cumplido un papel subordinado en su inserción política-partidaria. Ejemplos de estos sobran en los 80 y los 90: las juventudes políticas y politizadas –además de ser grandes minorías- aceptaban mansamente su rol “específico”: los festivales artísticos, el panfletito de “qué hacer si te detiene la policía”, la lucha contra el Sida. Y poco más.
(Insisto: había excepciones. En el trabajo social en los barrios, en la lucha contra las privatizaciones, en la oposición a la entrega del país, en la creación de los movimientos sociales. Pero eran grupos minúsculos).

Otra diferencia que cabe destacar: así como en los 70 el grado de politización juvenil era alto (aunque no tan alto como gustan de remembrar los que la vivieron), las bases de esa politización eran radicalmente diferentes a las actuales. Hoy, ningún pibe desconoce que los cambios sociales son factibles –difíciles, pero factibles- de ser realizados en democracia. Los pibes no piden revoluciones, pero exigen de la democracia mucho más de lo que en términos generales la democracia está dispuesta a darles. Exigen cambios, transformación, inclusión, realizaciones efectivas. Creen en el sistema, aunque lo vean insuficiente.

Pero, y aquí el cambio, miran a los ojos a los mayores. Y opinan. No se achican. Opinan. Y no le temen a las discusiones. A muchos les falta formación, claro ¿Pero a quién no le falta?

El futuro es mejor y me encanta. Que no se corte.

Acerca del Gobierno y de Moyano

Hoy no quise leer los diarios. Traté de no escuchar radio y apenas si, de refilón, me entero algo de lo que pasa porque ahora en esta casa se prende la tele desde temprano. Traté, también, de no leer el tuiter y sólo pispear los títulos de los blogs que sigo.

¿Por qué?

Porque creo que en momentos críticos hay que pensar autónomamente por un rato antes de salir a consumir opinión. Y este es un problema severo del periodismo actual: se ha abandonado la misión de informar para caer en una actitud que sí es propia y constitutiva de las redes sociales: el opinionismo. Yo, acá, en este sitio, muy ocasionalmente “informo” de algo. Y menos que menos en tuiter. Esta expresión de subjetividad, un aire fresco cuando los blogs políticos surgieron con fuerza allá por 2007 y 2008, parece haber colonizado la totalidad de los formatos periodísticos, donde ya ni siquiera guardan las mascaradas que otrora la prensa “profesional” se jactaba de tener (lo cual era falso, obvio): la objetividad.

Entonces, para leer en Clarín que Moyano es bueno. O para leer en Tiempo que Moyano es un traidor. O para leer en tuiter que Cristina es una gorila. O para leer en un blog que andan postulando que “con las cenizas de los traidores” no sé que huevada van a construir (por cierto: si construyen con cenizas muchachos, la casa les puede llegar a aquedar un poco débil, cuestión de que viene un vientito y te la vuela),  prefiero pasar.

Y sentarme a pensar un poquito.

Y entonces pienso:

– Que hay reclamos de Moyano que comparto y son válidos. Por ejemplo, la suba de las asignaciones familiares o lo falta de actualización de ganancias (por supuesto que sé que quienes pagamos ganancias somos, de algún modo, privilegiados en tanto los ingresos que poseemos, pero eso no quita el hecho de que es ridículo que un aumento salarial te genere cobrar menos de neto al final de las cuentas. Y en todo caso, lo que hay que reformular es una política tributaria en términos más amplios, ya que hasta el día de hoy seguimos sin gravar la renta financiera, por ejemplo. Y eso me parece más escandaloso aún).

– Que es falso que Moyano haya ido escalando en el conflicto por razones estrictamente gremiales o de defensa de los trabajadores. Porque una situación muy similar afrontaban esos trabajadores hace un año y Moyano bancaba al gobierno. El paro ES político y, por ende, amerita una lectura y una respuesta política.

– Que me parece acertado que el gobierno nacional, dictada y desobedecida la conciliación obligatoria, intente garantizar el normal abastecimiento de combustibles. Ya sea aplicando la ley de desabastecimiento, ya sea utilizando la Gendarmería Nacional, que, dicho sea de paso, también está constituida por trabajadores. Y trabajadores tan o más humildes que de otros gremios existentes.

– Una obviedad: que cuando uno no quiere, dos no se pelean. Lo que implica que acá hay dos (la Presidenta y Moyano) que decidieron -más no sea tácitamente- que la alianza política que mantenían había llegado a su fin.

– Que Moyano ya no tiene mucho más con que tirar. La máxima presión de la que dispone la acaba de usar: el paro. Lo cual me hace pensar que está jugado, pero débil.

– Que no hay, nunca hay, posiciones CORRECTAS para todo tipo de situación. Y en todo caso dependemos de nuestra posición personal para saber qué es correcto y qué no. Si yo fuese camionero, lo más probable es que hoy estaría haciendo paro, porque ese es mi colectivo primero. Si yo fuese funcionario de este gobierno, podría salir -o incluso debiera salir- a acusar a Moyano fuertemente por su decisión de parar. Pero yo no soy camionero ni funcionario. Por eso no voy a decir que Moyano es un traidor, del mismo modo que digo que Moyano decidió no formar más parte del colectivo que sí me interpela: la fuerza política que se construye alrededor de este gobierno nacional. Al cual, por cierto, le voy a seguir pidiendo que no se encierre ni se aísle cada vez más, por la sencilla razón de que pretendo que siga siendo gobierno por mucho tiempo más.

Una pena. Y dos errores. Por lo menos hasta que alguno de los protagonistas me pueda explicar las razones POLITICAS de por qué actuaron cómo actuaron.

Un poco de populismo, por el amor de Lanata (y una cuotita de autobombo)

Aclaración: Este post está escrito en dos etapas. Una antes de la cadena nacional de CFK. La otra después. Valen las dos.

Primer tiempo:

El sector social que tiene una profunda oposición política, cultural y económica hacia el gobierno nacional está pidiendo a los gritos un poco de populismo.

Repasemos: siguiendo a Laclau, versión Pablo, que ya andaba garabateando de esto cuando el politólogo nunca había entrado a Olivos, entendemos por populismo lo siguiente:

no es un tipo de movimiento que se pueda definir sustantivamente por sus contenidos o por su base social, sino una lógica política, es decir, un modo de constitución de una identidad colectiva”. Laclau identifica tres condiciones para la emergencia de una identidad popular: a) “La presencia de un significante vacío que expresa y constituye una cadena equivalencial” (LRP, 163). Laclau llama “cadena equivalencial” a un conjunto de demandas específicas, digamos, “justicia social”, “dignidad”, “trabajo”,  que aparecen como equivalentes entre sí en tanto que son expresadas por un conjunto acotado de imágenes o palabras sin un contenido propio bien determinado.  De ahí el caracter vago o impreciso del discurso populista, que no se debe a una falencia doctrinaria, sino a las exigencias que impone la necesidad de agregar una pluralidad  de demandas diferentes entre sí en una totalidad unificada. b) La cristalización de esa cadena equivalencial en un sistema estable de significación. Y, c) La aparición de una frontera que diferencia al “pueblo” de un “otro”, de un enemigo interno que se percibe como contrario a la satisfacción de las demandas articuladas en la cadena equivalencias (la oligarquía, por poner un ejemplo).

Repasemos: a) es este video, en donde “justicia social”, “dignidad” y “trabajo” son reemplazadas por dólares”, “inseguridad” y “libertad”; y “pueblo” por “gente”.

b) lo están buscando. Pero no pueden, aún, consistir un liderazgo.

c) es muy fácil: reemplazamos “pueblo” por “gente” y “oligarquía” por “autoritarios”.

El punto es que estos sectores (minoritarios per se, puesto que también sostenemos que el “populismo” es condición necesaria de construcción de poder, más no condición suficiente para ejercerlo y muchísimo menos para el trajín de la gestión de un Estado), decía que estos sectores, huérfanos de representación política institucional, no tienen más amparo que en los tradicionales grandes medios y en sus voceros editorialistas.

Decí que uno mantiene ciertos sesgos mínimamente republicanos, pero si no le recomendaría a Cristina que armemos algún opositor político mínimamente decente. Evidentemente solos no pueden.

Segundo tiempo:

Y tan es así que en la oposición política no pueden que basta mirar la diferencia de actitudes entre el gobierno de CFK y el de Macri, hoy por hoy, la única figura del campo opositor con algo concreto para mostrar su modo de gobernar. Mientras el macrismo tiene como única decisión echarle las culpas a otros y postular su imposibilidad, el gobierno nacional -a los tumbos, tarde, obligado por las circunstancias pero dando cuenta de ellas- sale y anuncia el Ministerio de Transporte.

Y aquí queremos decir esto: así como Cristina le dio a Víctor Hugo Morales lo que pedía al anunciar que pasaba sus ahorros en dólares a plazo fijo, a los que hacemos Artepolítica nos tocó festejar con todo esto:

AUH, julio de 2009:  “De qué hablamos cuando hablamos de políticas sociales”

Ley de Medios, Septiembre de 2009: “Punteo de lectura del Proyecto de Ley de Servicios Audiovisuales”

Nuevos Ministerios, octubre de 2011: “El ejemplo de Brasil

Transporte y Ente AMBA, Marzo de 2012: “Transporte para todos”

YPF, Abril de 2012: “Petróleo y política, terminar con el desquicio”.

Y como si esto fuera poco, acá Escriba te hace un punteo que no leerás en ningún lado y que explica por qué algunos están tan nerviosamente crispados.

Dicho todo esto, ahora vamos por lo que nos falta: Vivienda, Mayo de 2012: “Mi casa, mi vida”

Porque nunca vamos a dejar de exigir a quienes sí pueden hacer las cosas.

Las islas, para todos

 

¿Qué decir de las Islas Malvinas un día como hoy? El desafío es complejo.

Uno podría hacer una historiografía y repetir cual mantra nacional los derechos que asisten a nuestro país para seguir ejerciendo un reclamo acerca de su soberanía.

También podríamos poner todo eso en el marco del derecho internacional y agregar unos párrafos más a la larga tradición de pueblos que denuncian y combaten el colonialismo y, por qué no, sus causas más profundas: la dominación de unas naciones sobre otras. Claro que aquí no podríamos hacernos los desentendidos y debiéramos insertar un pié de página que destiña los pabellones que nos amparan y desde allí denuncie: bajo una misma divisa todos somos iguales, sólo que algunos somos más iguales que otros. Y que la dominación del hombre sobre el hombre, como el capital, no conoce de banderas ni de himnos. Y aquí nos volveríamos internacionalistas y, por ese motivo, nos alejaríamos de las tradiciones patrioteras y vacías de humanidad y entonces, con esa nota al pie, nos estaríamos acercando a lo que de verdad queremos decir.

Otra posibilidad, quizás la más conservadora, la menos jugada, iría por el lado del constitucionalismo, esa profesión que –como las religiones- preferimos no profesar a menos que resulte indispensable para salvaguardar la única ley que de verdad nos importa: la felicidad de los pueblos. Y entonces tipearíamos que en nuestra Constitución nacional figura, como cláusula transitoria y por ende optimista, que “La Nación Argentinaratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes, y conforme a los principios del derecho internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”.

Entonces decidimos ir por otro lado y enfrentar el estrecho de Magallanes que implica salirse de los lugares comunes y decir:

A fuer de ser absolutamente sincero, las Islas Malvinas debieran importarme tres carajos y, por ende, importarme cuatro carajos quién posea su dominio. Un territorio hostil, frío, ventoso, casi siempre cubierto de nubes negras y brumas grises. ¿Quién, en su sano juicio, podría desear para sí un lugar brumoso? La bruma, la niebla, las nubes: sinónimos de la muerte.

Y sin embargo.

Sin embargo no olvidamos que la historia, esa construcción tan humana y como tal sujeta a los vaivenes de las luchas por las ideas y sus significados, nos van reconciliando con ciertos hechos:

–          Que la dictadura militar– y sus mandantes, beneficiarios y cómplices civiles- intentó relegitimarse socialmente con la “recuperación de las Malvinas” en 1982, cuando la anestesiada –a fuerza de tortura, masacre y desapariciones- sociedad argentina comenzaba a despertar y exigir democracia y justicia.

–          Que mandar a pibes de 18 años a una aventura guerrera criminal es la continuidad por otros medios del genocidio que venían imponiendo sistemáticamente sobre el pueblo argentino desde 1976.

–          Que gracias a esta continuidad histórica es que podemos repudiar con el mismo énfasis y la misma convicción a los militares asesinos y cobardes y reivindicar orgullosamente a nuestros desaparecidos y nuestros veteranos de guerra.

Quienes fuimos niños durante esos tiempos oscuros, quienes recordamos vivencialmente y con el mismo énfasis emotivo los cadáveres arrojados por las mareas en las playas, los barcos de guerra proa al sur y los colimbas que se iban de nuestros pueblos, hoy decimos que recuperar las Malvinas – a través del diálogo, la negociación y las vías diplomáticas- es un deber irrenunciable para todos nosotros.

Y no por algún tipo de mágica esencia territorial que las hacen inescindibles de nuestro territorio continental. Sino porque las Malvinas nos dejaron de importar tres carajos desde el momento en que allí descansan los cuerpos de nuestros hermanos mayores.

Recuperarlas es al mismo tiempo honrar la memoria de los veteranos de guerra como la de aquellos compatriotas que, arrojados al mar desde un avión asesino, hicieron de nuestro Atlántico algo más profundo que una sucesión de olas, bahías y playas.

Sólo entendemos la Patria como tal cuando un territorio se llena de nuestra humanidad colectiva.

La imagen es cortesía de Martín Kovensky

Los tiempos

Los tiempos

Todo el tiempo por delante que se va. Uno sale a la mañana de su casa para trabajar, como todos los días. Y puede no volver nunca. Un camión que te atropella en el semáforo, un balcón sobre tu cabeza, un tren que se lleva puesta una estación. Es un hecho. Y los tiempos para procesar esa circunstancia trágica son nulos: pedirle a las familias de los muertos paciencia es una intolerable falta de respeto.

El tiempo que corre. Un poco de tiempo es lo que falta a quienes ya tienen una sentencia acerca de quiénes son los responsables del choque del tren. Aventurar hipótesis, si uno pretende un mínimo de seriedad y de responsabilidad, es una berretada. Bien puede haber sido un accidente. Bien un error humano. Bien una decisión empresarial que obliga a circular un tren en malas condiciones. Eso deberá determinarse y determinarlo los que saben de esto. Pero no puede quitar, ese necesario transcurrir del tiempo, que alguien, en algún lado, debe asumir las responsabilidades que se derivan de la muerte de 50 compatriotas y centenares de heridos. Es, esto, megacianuro de golpe. Concreto.

El tiempo que se acaba. Uno sale a la mañana para el ministerio. O para la Secretaría. Y puede no volver mañana. Porque a veces hay que irse. O te tienen que ir. Como bien dijo Fede Vázquez en un tuit, la “responsabilidad” de un gobierno no es evitar las tragedias –siempre multicausales- sino que se mueva el tablero cuando las tragedias suceden.  Y el área de transporte, un núcleo central de políticas públicas de impacto directo en las sectores populares, necesita otras calidades, otro presupuesto y otra prioridad a la que tuvo desde 2003.

Vendrá un tiempo. Y vendrá y dirá que la “sintonía fina” tiene que hacerse cargo, todavía, de temas más bien gruesos.

 

Lo general y lo particular

A veces es complicado ir de lo particular a lo general. Y a veces también es difícil ir de lo general a lo particular.

Saber valorar esta diferencia puede resultar crucial a la hora de intentar entender los actuales roces entre parte de la CGT y el Gobierno o, quizás más puntualmente, entre Moyano y Cristina Kirchner.

Por definición, el sindicalismo tiene la obligación de dar cuenta de un sector, de una parte: los trabajadores sindicalizados. Es decir, y seamos obvios: son una corporación. Y está bien que así sea.  Y también es correcto –en el plano sindical- que privilegie en su lucha el alcanzar beneficios y conquistas para los trabajadores que forman parte de los sindicatos. Los que cotizan. Pretender que abandonen esta, su función primaria, es por lo menos algo inocente.

Por autodefinición, este Gobierno ha asumido –en boca de su máxima expresión, la Presidenta- que “no es neutral”. Esto no es habitual en el marco del posmodernismo que todo lo licua, que todo lo lima para hacerlo “suave” y “políticamente correcto” y pone en tensión esa mentira de Perogrullo de que un gobierno debe “buscar el bien común”.  Sin llegar, ni por asomo, y permitanmé el jueguito, a un “clasismo clásico”, el aseverar que no se es neutral resulta por lo menos motivador. Porque, qué sería el “bien común” cuando en toda sociedad hay siempre lucha de poderes, conflictos y tensiones? (paréntesis: desconfía, joven argentino, de aquellos que te venden la posibilidad de un mundo sin peleas y tironeos, doble contra sencillo que son los que tienen la sartén por el mango y que no la quieren largar ni compartir). Pretender que un gobierno que se ha animado a esta toma de posición (además de innumerables hechos de la realidad, como la recuperación del trabajo, el retorno de las discusiones paritarias, el amplísimo crecimiento de la cobertura previsional –que, no está de más recordar, son derechos de trabajadores jubilados, pero trabajadores al fin- , etc.) y equipararlo aunque más no sea indirectamente con la nefasta década del menemismo es, por lo menos, una canallada. Y no hay táctica que lo justifique. En el post anterior decíamos que Cristina había tirado una soga, una salida, al titular de la CGT. Bueno, anoche Moyano la rechazó y dobló la apuesta en su creciente enfrentamiento con el Ejecutivo. Una pena, porque pareciera enfrentar un camino de inmolación con sus propias bases y sus históricos compañeros de ruta (O sea, que Plaini diga que hay que bajar la tensión y que Barrionuevo te elogie, Hugo, te tendría que calmar)

Por historia, Moyano ha demostrado ser un buen defensor de los derechos de los trabajadores sindicalizados. E incluso ha tenido etapas en donde amplió los márgenes de esa lucha hacia fuera de lo estrictamente sindical. Efectivamente, tiene en su haber una trayectoria meritoria en los 90, cuando fundara el MTA para enfrentar al liberalismo menemista y comenzara una saludable tarea de articulación con otros sectores sociales y sindicales (la naciente CTA, por ejemplo, el acompañamiento a los jubilados que pedían 450 en el Congreso, otro). También ha sabido “leer” con inteligencia la llegada de Néstor Kirchner en 2003 y acompañar el proceso político allí iniciado (otro paréntesis: algunos ahora le critican haberse “beneficiado” en un aumento de su poder relativo hacia dentro del sindicalismo de este acompañamiento, como si eso fuera pecaminoso. Bueno, traiganmé alguien que acompañe un proceso político para perjudicarse y perder poder y hablamos). Por eso resulta particularmente inexplicable que, con su trayectoria y siendo un tipo hábil e inteligente, pareciera hoy estar preso más de sus  pasiones y antipatías personales que por una lectura fría y serena de la situación política pasada y presente. Para decirlo claro: que el tipo pelee por que los sindicatos logren el mayor aumento salarial posible es absolutamente legítimo (así como el pedido de aumento de las asignaciones familiares, escandalosamente bajas en la actualidad), pero poner en juego el proceso político que le permitió mejoras muy concretas –aunque insuficientes- a la clase trabajadora (de la cual él es precisamente representante de una parte –repito, de una parte-), suena, por lo menos, contradictorio y difícil de entender. No por nada pareciera estar enfrentando disidencias de otros secretarios generales aliados en relación a cómo “pararse” frente al gobierno.

Por historia y por presente, ya lo hemos dicho, Cristina Kirchner ha demostrado ser transparente a la hora de las definiciones políticas gruesas. Se le pueden achacar varias cosas a la Presidenta, pero no el no ser clara y concreta a la hora de decir lo que piensa. Y así como ha dicho que no piensa ser “neutral”, también ha dicho que no va a quedar sujeta o condicionada por aquellos que pretendan marcarle la cancha desde un sector específico. Sea este sindical, patronal, empresario, etc. Es de esperar que esta convicción sea ejercida con el mismo énfasis hacia todo tipo de poder sectorial.  Porque nunca está de más el recordar que la política tiene un campo de acción y está obligada a tener una representación más amplia que lo “sectorial”. Más obviedades: así como lo sindical se debe a sus afiliados, la política se debe a la totalidad de una sociedad, aún cuando no pretenda representar nunca a toda ella.

También es de esperar, dicho sea, que los que están alrededor dejen de escupir para arriba.

Fuente de la foto.

La amistad militante

Algunos tipos, limitados, sólo conocemos dos maneras de transitar el dolor y la tristeza: con el enojo y la rabia o compartiéndolo con los amigos. Abrazándonos.

Ahora estoy sentado acá, solo, y acabo de llegar a mi casa y estoy enojado.

Y no tengo muchas palabras para decir. Porque hay cosas que nunca aprenderé a decir, parece.

Y tengo ganas de abrazar a los amigos-compañeros. Alguna vez vamos a escribir que las amistades construidas en torno a la militancia son raras, distintas, diferentes de las otras. No es necesario verse demasiado, ni compartir secretos o confesiones de madrugadas. Uno, cuando se hace amigo de otro militante se saltea estos pasos, tan tradicionales. Porque cuando uno es militante forma parte de un colectivo, y cada uno de los compañeros es, en parte, una parte de uno mismo. Porque uno se reconoce en el otro, se identifica, se constituye. Porque uno ya sabe eso y entonces te hacés amigo. Y después, sólo después, vienen los asados, las noches, las reuniones, las borracheras, las pasiones.

Entonces hoy, que somos muchos y uno, nos morimos un cachito con Iván. Y entonces hoy Iván vive un cachito en cada uno de ustedes.

Como decía. Me enoja la tristeza y el dolor. Pero también quiero abrazar a los que -aunque esté viejo- son mis compañeros. Sobre todo a los más chicos. A los que recién empiezan, a los desconocidos, a los que en los barrios ahora se preguntan por qué.
Al resto, a los que conozco, amigos-compañeros, no veo la hora de verlos y compartir.