Carta a la clase media

Vivimos para consumir. Nos pasamos la vida consumiendo. Y cuando no consumimos, producimos lo que luego consumiremos. Nos levantamos a la mañana, vamos al trabajo, en el trayecto miles de carteles publicitarios nos dicen que necesitamos cosas, que no tenemos nada, que somos infelices por no poseer lo que nos falta, que estamos insatisfechos. Una vez en el trabajo, empezamos a producir de la manera que nuestros superiores desean. Así nos pasamos la mayor parte del día, obedeciendo. A la salida del trabajo ya nos podemos dedicar a consumir. Antes de retornar a nuestra casa pasamos por el Shopping y adquirimos un par de prendas a precios de promoción. Ahora sí, volvemos a nuestro hogar, y seguimos consumiendo. Esta vez, propaganda mediática, la misma que nos hace pensar como pensamos. La misma que obliga al ser humano a estar inseguro, infeliz, insatisfecho, en fin, ¿no será el momento de replantearnos el mundo en que vivimos?

No somos cocientes de nuestro sometimiento. Somos receptores de información que digerimos sin analizar, sin razonar, sin filtrar. Estamos demasiado cansados después de 8 horas de trabajo, y no tenemos más ganas de pensar. Los medios manejan nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestro comportamiento en tanto miembros de una sociedad igualmente manipulada. ¿Tiene sentido vivir diciendo lo que los medios dicen, comprando lo que los medios nos hacen comprar, siendo pensados todo el tiempo por ese agente externo?

No somos conscientes de ese poder que nos oprime. Es esa inconsciencia la que nos impide despertar de este letargo mediático. Letargo del cual – por otra parte – muchos no queremos despertar. Aquella posición es muy cómoda. No tenemos que pensar que comprar, que pensar que comer, que pensar que decir. No tenemos que pensar. ¿Y que mejor que dejar ese gasto energético que implica el hecho de pensar, para dedicarnos a ser mejores trabajadores y algún día subir de categoría?

Está en uno la facultad de elegir. De eso se trata, después de todo, nuestra vida. Nos pasamos la vida eligiendo, aunque la mayor parte de las veces nos dicen que elegir. En realidad no existiría problema si el ser que nos hace pensar y elegir de determinada manera nos tiene afecto. De hecho, son nuestros padres los que nos enseñan durante nuestra infancia a elegir lo bueno y lo malo, a pensar de determinada manera y a tener determinadas creencias, y lo hacen por nuestro bien, por nuestro futuro. Sin embargo, cuando el que nos forma es un medio de comunicación, ajeno a nuestra vida y nuestros afectos, y que pertenece a grupos económicos altamente concentrados, la situación es totalmente distinta, ya que lo hacen para defender sus propios intereses, su propio futuro. Después de todo, no dejan de ser empresas, pero dedicadas al comercio de la información.

Es por ello que debemos despertar, y empezar a desconfiar de los medios. Una vez que uno se da cuenta de que puede pensar de manera autónoma, pasa a estar solo. Y no es fácil estar solo. Es en ese giró del subconsciente donde uno se indigna. Se indigna de la vida mediocre a la que pertenece. Se indigna de vivir en un mundo miserable, lleno de injusticias. Y es en ese sentir ignominioso donde se empieza a conocer la libertad. Retrocede en el tiempo y recuerda que estuvo marcado por un pensamiento que le era ajeno, pero que compartía con la mayor parte de la sociedad. Atrás quedan aquellas charlas de trabajo en las que jamás se discutía con nadie, y ese sentimiento de comodidad compartiendo la mayoría de sus puntos de vista con los demás, y en que los temas de conversación iban de la mano con el matutino de la mañana (el matutino que compraban todos) y pocas veces salían de ese libreto impuesto. Es el momento de empezar a dudar. Dudar de lo que nos dicen, dudar de lo que decimos, y dudar de lo que pensamos.

En este mundo que está atravesando una intensa crisis ocasionada por la desregulación de la economía, donde el modelo económico que nació tras la caída del muro de Berlín y que se impuso de manera hegemónica en nuestro planeta, cuyos 3 ejes fundamentales fueron la desregulación del mercado, la reducción del gasto público y las privatizaciones, y que está siendo puesto en duda y con mayor fuerza en varios países de América Latina, poder despertar de este letargo cerebral que nos adormece puede significar algo muy importante para poder ser un país con mas igualdad y justicia social.

Tenemos que recordar nuestro pasado. Vivimos una década entera bajo los tentáculos de un modelo neoliberal que se llevó nuestra industria, nuestros recursos y nuestra dignidad, dejando a la población altamente endeudada, ecológica, económica y socialmente devastada. El modelo que fracasó nos prometió desarrollo y igualdad social, pero solamente trajo pobreza y hambre. Aumento la brecha entre ricos y pobres, aumentó la renta de los inversores nacionales y extranjeros, aumentó la concentración de nuestra economía, a costa de endeudamiento externo, cierre de fábricas, despidos masivos y un pueblo sin derecho a nada. Hoy, son esas mismas medidas que condujeron a la ruina nuestro país, las que asoman en el horizonte. Pero también hoy, tenemos algo que a comienzos de los años noventa no teníamos: experiencia.

Son momentos en que a los economistas liberales les cuesta mucho defender su postura sin caer en contradicciones, sobre todo en nuestro país, donde se ha crecido a tasas “chinas” y sin embargo los índices de desigualdad se mantienen constantes o aumentan. No se trata de ser oficialista u opositor, sino de encontrar un razonamiento coherente que nos haga reflexionar sobre las medidas económicas que se debaten, a fin de tomar partido de una manera crítica, individual, con soporte histórico y sin manipulación externa.

El año pasado tuvimos la posibilidad de elegir, y elegimos mal. Era la oportunidad para otorgar mayor intervención económica al estado, de gravar una renta extraordinaria para utilizarla en política social, de desalentar la sojización que tanto daño le está haciendo a nuestras tierras. Pero elegimos la comodidad de ser pensados por los medios concentrados de comunicación, y defendimos la postura incorrecta.

Hoy es el momento de quitar nuestra atención hacia el gobierno, y empezar a mirar a los verdaderos dueños de nuestro país. Los que causan la inflación, los que despiden personal, los que evaden impuestos, los que abogan por mas desregulación, por menos impuestos y políticas económicas que les permitan mayores retornos. Son ellos los que pretenden un país y un mundo desigual, los que desean mantener el Statu Quo actual, los que desean conservar su poder, y los que tienen en sus manos a los medios de comunicación, que manipulan nuestro pensamiento para enfocar nuestra mirada en el gobierno, y ocultando a los verdaderos dueños del poder. Noam Chomsky lo explica de la siguiente manera:

“En el nivel más profundo, los medios contribuyen a la percepción de que el Gobierno es el enemigo, ocultando así las fuentes de poder real de la sociedad que se encuentran en las instituciones totalitarias -los grandes consorcios, ahora de dimensiones internacionales- que controlan la economía y gran parte de nuestra vida. En realidad, los consorcios establecen las condiciones conforme a las cuales funciona el gobierno, y ejercen un gran control sobre él. El panorama que se presenta en los medios es constante, cotidiano, y la gente no tiene la menor conciencia del sistema de poder que la oprime. Como resultado -según se pretende- vuelve su atención contra el gobierno.”

Mientras tanto, los medios de comunicación masivos seguirán con su agenda, haciéndonos defender sus intereses en detrimento de los nuestros, haciéndonos pensar lo que ellos necesitan que pensemos, haciéndonos salir a protestar lo que ellos quieran que protestemos, haciéndonos odiar a los que ellos en realidad odian. Y así se nos pasará la vida, viviendo indignados de nuestros gobernantes, indignándonos de la pobreza y el hambre de nuestro país, sin darnos cuenta de que somos los principales culpables de que ello ocurra. Pero está en nuestras manos pensar diferente, indignarnos con quienes tenemos que indignarnos, protestar por lo que en realidad es injusto, odiar a los que se merecen ser odiados, y de esa manera comenzar la lucha por un país mas justo y soberano.

“Seamos libres, lo demás no importa nada”

San Martín