Sangre, carnaval y política: los primero de mayo argentinos

 

por Facundo Matos Peychaux

 

El primero de mayo no tuvo un único significado en Argentina: mutó entre sentidos contrapuestos que fueron barriendo con sus connotaciones anteriores. Desde la primera conmemoración en 1890, las reivindicaciones, los propósitos y los protagonistas de la fecha variaron. Siguiendo la coyuntura política, social y económica, fue sangre, lucha de clases y homenaje anarquista en los inicios, fiesta durante el peronismo y vidriera de enfrentamientos político-partidarios desde el regreso de la democracia.

 

El homenaje anarquista

La primera conmemoración de la fecha en el país fue el 1 de mayo de 1890. No fue una marcha ni se dio en la Plaza de Mayo. Fue en el exclusivo barrio de Recoleta, en la sede del Prado Español, donde se reunieron entre dos mil y tres mil obreros -según los cálculos optimistas- para recordar a los “mártires de Chicago”.

Tres años después de la ejecución de los obreros anarquistas norteamericanos y uno desde que la Segunda Internacional instituyera la fecha como jornada de lucha obrera.

El socialismo y el anarquismo ocupaban por entonces un lugar preponderante en la política argentina y especialmente, entre la clase trabajadora. El origen extranjero de la población obrera, a su vez, era marcado. “Había en la reunión poquísimos argentinos, de lo que nos alegramos mucho”, escribió el cronista de La Nación sobre el encuentro.

Los presentes recordaron a sus pares ejecutados en Estados Unidos por reivindicar la jornada laboral de ocho horas y sumaron a ése una serie de reclamos adicionales de corte clasista: la eliminación del trabajo infantil y la jornada nocturna, la instauración de un descanso semanal ininterrumpido de al menos 36 horas, entre otros.

En contraste con la calma en que se desarrolló la primera conmemoración de la fecha, pronto se sucederían varios primero de mayo sangrientos. Entre ellos, más notablemente, los de 1909 y de 1921 y 1922.

El acto del Partido Socialista el 1 de mayo de 1909 en Constitución transcurrió sin inconvenientes. En cambio, el mismo día en Plaza Lorea (actual Plaza del Congreso), la movilización convocada por la central obrera anarquista Federación Obrera Regional Argentina (FORA), que en ese entonces concentraba una parte importante de la representación gremial, fue reprimida por la Policía al mando del coronel Ramón Falcón.

La represión, el cierre de locales sindicales y la huelga obrera de los días posteriores se conocerían luego como la “Semana Roja”. Meses más tarde, el obrero anarquista Simón Radowitsky vengaría esos días de represión con el asesinato del coronel Falcón, narrado por Osvaldo Bayer en Los anarquistas expropiadores.

La llegada del yrigoyenismo no cambió el tenor de los primero de mayo. Por el contrario, las movilizaciones obreras en aquella fecha siguieron siendo reprimidas en reiterados años y, en 1921 y 1922, alcanzarían el máximo nivel de conflictividad en el marco de la huelga de peones rurales conocida como la Patagonia Rebelde, también narrada por Bayer en su histórico libro homónimo.

Tampoco la instauración de la fecha como feriado, consagrado en 1925 al “descanso de los trabajadores” por el entonces presidente Alvear, cambiaría la implicancia simbólica de la fecha. El recuerdo de los “mártires de Chicago”, el tenor clasista de las reivindicaciones de los actos y el protagonismo anarquista, socialista y sindical de las marchas se mantenía inalterable hasta entonces. Pero solo hasta entonces.

Durante la década del ’30, la fecha tomó un primer giro conservador. Uriburu y Justo no prohibieron las marchas, pero sí las banderas y todo tipo de insignia izquierdista. Le dieron lugar, en cambio, a grupos de obreros católicos apadrinados por el Gobierno, organizaciones derechistas como la Liga Patriótica de Manuel Carlés y grupos de beneficencia de mujeres católicas de clase alta. En estas celebraciones hubo premios a trabajadores no agremiados, donaciones de ropa a obreros humildes y proclamas catequistas de unión entre trabajadores y patrones.

En los primeros años de los ’40, la fecha fue utilizada para expresar el rechazo de los sectores de izquierda a la tendencia germanófila de un sector de los gobiernos militares.

Y entonces llegó el peronismo.

 

La fiesta peronista

Con la llegada de Juan Domingo Perón y Eva Duarte al gobierno, el Día del Trabajador adquirió un lugar central entre las “grandes efemérides de la Patria”. Con un aluvión de cambios. De significado, función, símbolos y protagonistas. Hasta de nombre: pasó a llamarse Día del Trabajo, en lugar del trabajador.

En palabras del entonces secretario general de la CGT, José Espejo, pasó a ser “la fiesta del trabajo argentino, que es la fiesta de la soberanía, de la industrialización, del progreso, de la cooperación, de la unión, de la dignidad, del derecho popular, de la autodeterminación, de la libertad, del creciente bienestar y de la justicia social”.

La Plaza de Mayo se consolidó como epicentro de las conmemoraciones. El escudo peronista reemplazó los emblemas rojos y negros. El Estado dejó de simplemente permitir o prohibir los actos para pasar a organizarlos. La fecha abandonó el carácter internacionalista, de lucha y de efemérides que tenía para pasar a ser un día festivo. De descanso y disfrute para los trabajadores y de reivindicación del trabajo y las conquistas sociales del justicialismo. Un día peronista.

Esto se tradujo, en los actos, en parodias de ceremonias militares como la de 1950, que describe la socióloga Silvia Sigal en su libro La Plaza de Mayo: “…el cofre con la bandera partía en una cureña desde la CGT, se escuchaba el toque de diana, se izaba la bandera con delegados sindicales como guardia de honor y se la arriaba al son de la marcha Aurora, del himno, de Los muchachos peronistas y de la Marcha de la CGT. Un sincretismo litúrgico que no desdeñaba la diversión; para eso estaban la elección de la Reina del Trabajo, Angelita Vélez, Edmundo Rivero, Pablo Palitos, Nelly Omar, los Cinco Grandes del Buen Humor, las orquestas de Francisco Canaro y Julio de Caro”.

La periodista Silvia Mercado lo atribuye a Raúl Apold, su “inventor del peronismo”. “El gran salto cualitativo en materia de comunicación –escribe– fue dado en 1948, cuando se creó un comité organizador de los eventos del 1 de mayo y del 17 de octubre, integrado por el ministro de Educación, Oscar Ivanissevich, el nuevo secretario general de la CGT -más dócil que el anterior- José Espejo, y Raúl Apold. A partir de aquí, estas fechas tomaron el carácter ritualizado que guardamos en nuestra memoria, como la elección de la ‘Reina Nacional del Trabajo’, con el desfile de carrozas y de las escuelas porteñas sobre las grandes avenidas del centro”.

Pero lo cierto es que el cambio era algo más grande que únicamente la obra del subsecretario de Informaciones de Perón.

En un trabajo dedicado estudiar las distintas representaciones simbólicas que atravesaron el primero de mayo en Argentina, el historiador y sociólogo Aníbal Viguera retoma el concepto de “invención de la tradición” de Eric Hobsbawm para plantear que el peronismo procuraba ‘inventar una tradición’ de “felicidad y júbilo para los trabajadores” que se mostraba como “superación” frente a las viejas “jornadas de tristeza y desolación de las familias obreras”, como calificaba el propio Perón a las conmemoraciones anarquistas de años anteriores.

“Hace años las manifestaciones del 1 de mayo tenían el carácter de protesta por la ejecución de los obreros de Chicago. Eran entonces una expresión de odio, de rebeldía y de lucha contra el capitalismo. Pero desde que está el general Perón al frente de los destinos de la Patria, ya no albergamos odios ni rencores: nos reunimos junto a la tribuna del 1 de mayo para bendecir a Dios y celebrar la felicidad de los trabajadores argentinos”, declaraba en ese sentido el convencional peronista de 1949, Juan José Perazzolo.

La impronta festiva que el peronismo imprimió a la fecha, no obstante, no era enteramente novedosa. Orquestas, bailes y representaciones teatrales habían sido parte del repertorio de celebraciones de la fecha por parte del Partido Socialista ya desde los primeros años del siglo. La nacionalización y personalización de la fecha, en cambio, eran lo más novedoso.

En ese sentido, para Sigal, el peronismo operó en dos sentidos sobre el primero de mayo. “Por una parte, lo fracciona políticamente convirtiéndolo en un día exclusivamente peronista; por la otra, busca nacionalizarlo, desdibujando lo que le restaba como expresión de una parcialidad”, explica.

 

La vidriera política

Derrocado Perón, sobrevendría un nuevo cambio en el trasfondo simbólico de la fecha. Perdió su carácter festivo, pero no regresó a su original función anticapitalista. Se convirtió en un espacio más de manifestación de respaldos y rechazos a las políticas sociales y económicas de los gobiernos de turno por parte de un abanico más amplio de sectores políticos y sociales.

Junto con los “mártires de Chicago”, las demandas de cuño clasista quedarían olvidadas y se incorporarían nuevas. Las conmemoraciones se deslizaron del clivaje capital-trabajo a la división oficialismo-oposición y las internas sindicales, en línea con el retroceso de la política de clases.

El peronismo tendría un último primero de mayo memorable, pero en línea con su nueva impronta: el de 1974, cuando Montoneros aprovechó el acto para expresarle a Perón su repudio a la dirección que había tomado el gobierno y él respondió echándolos de la Plaza de Mayo.

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Desde el regreso a la democracia hasta hoy, las celebraciones siguieron la misma línea. Partidos de izquierda y agrupaciones peronistas, diferentes líneas sindicales y organizaciones populares utilizaron la fecha para manifestarse en contra de los planes económicos de Alfonsín y Menem. Las movilizaciones y los actos gremiales sirvieron también para hacer una demostración de fuerzas hacia afuera o adentro del espectro gremial, divido en muchos casos.

Ni siquiera el kirchnerismo significó una ruptura. Si bien se convocó desde sectores oficialistas a multitudinarias movilizaciones en apoyo al Gobierno, no fueron eventos festivos como los del peronismo sino actos eminentemente políticos y partidarios. Desde la oposición de izquierda y el sindicalismo disidente, se marchó todos esos años en clave opositora.

En sus dos primeras oportunidades como presidente, Macri pasó el primero de mayo con dirigentes sindicales peronistas afines a su gobierno. Esta vez, en cambio, se mostrará con trabajadores no agremiados. Las CTA y el moyanismo tuvieron su acto el viernes en el estadio de Ferro. La CGT tendrá su evento oficial con Dilma Rousseff en la Feria del Libro. Mientras que el Frente de Izquierda y las organizaciones sociales llevarán adelante distintas movilizaciones con foco en la “unidad para enfrentar el ajuste”.

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