Argentina: una nueva frustración en manos de un equipo mediocre atado con alambres.

No es una novedad ni una originalidad afirmar que la gente esperaba más de la actual conducción de esta Argentina, y no tanto de la Argentina misma. Esperaba una especie de milagro que nos sacara adelante una vez más, pero ese milagro no llegó. Existía un amplio consenso de que Argentina tenía muchos problemas que esta gestión venía a solucionar, pero terminaron empeorando y se desnudaron otros que no existían antes. Y el resultado final es esta crisis autoinfligida que todos reconocen.
El líder o conductor escogido llegó con credenciales de anteriores gestiones supuestamente prestigiosas, cultivando la confianza, las esperanzas en el futuro, pero a poco andar todas las ilusiones que se depositaron en él desaparecieron, y aparecieron las dudas, cada vez más grandes; las que se fueron acumulando, potenciando entre ellas y los resultados atemorizaron hasta a los que más fervientemente lo apoyaban en un principio. Prometió una revolución en su campo, con ideas nuevas, modernas, renovadoras y transparentes, pero ahora es evidente que eran recicladas, repetidas y fallidas. Se rodeó de un equipo multidisciplinario, de gente joven, que rompería con el pasado, supuestamente probado anteriormente en cada campo de acción, pero con el transcurso del tiempo y la aparición de los desafíos ese supuesto prestigio se fue desgajando. Y se fueron descubriendo desinteligencias internas que empeoraban los problemas y faltó la coordinación en la acción, la autoridad política que ejerciera la orden de mando, que brindara seguridad tanto en el interior como hacia afuera del equipo de trabajo.
Los miembros de su equipo, salvo excepciones, no cumplieron con las expectativas. Y los obligados cambios de nombres tampoco contribuyeron para alcanzar los objetivos iniciales de su gestión. Los resultados fueron de mal en peor. Son numerosos sus errores no forzados que se sumaron a las circunstancias externas que socaban la realidad de millones de argentinos que lo observan incrédulos ante la pobreza de resultados. Algunos de los que se suponían serían jugadores inamovibles antes de empezar, ni llegaron a debutar o lo hicieron en puestos distintos, menores o alejados de su radio de acción, y ellos fueron los que primero se alejaron de quien se suponía que conducía cada una de las aéreas de trabajo de su equipo. Y, además, la cabeza de ese equipo sorprendió con incorporaciones de último momento que tampoco rindieron como se esperaba.
El adversario y el aliado analizan permanentemente nuestro accionar, y si ven inconsistencias, dudas o grandes errores en nuestro accionar y que los resultados no llegan, arremete entonces con sus ataques o jugadas y aparecen así los errores propios o las defecciones. Y eso es lo que abunda hoy en día.
Las consignas u objetivos claros y más prometedores y concluyentes probaron ser meros eslóganes. Nunca se supo cómo lograría lo que la actual gestión anunció, más allá de tantas palabras bonitas, oportunas y que finalmente probaron ser vacías. Tanto el líder, la cabeza del grupo y responsable mayor, como sus colaboradores parecían seguir creyendo en ellas, o al menos actuar bien ese papel como lo hicieron antes de asumir la responsabilidad de llevarlas a cabo. Su autoridad se deterioró constantemente, y hoy en día la aprobación de su gestión sigue barranca abajo, lo que empeora las expectativas de aquí en más. Y ahora él, que debe demostrar convicción y seguridad en sus decisiones, y mostrar autoridad en el ejercicio de su poder, descarga la culpa en factores externos y actores del pasado o tal vez en el destino. Argumenta que actores de la realidad no le responden y boicotean su gestión; algo que cada vez menos gente le cree.
Y quienes ahora comparan los resultados de esta gestión con la anterior comienza a extrañar aquellos años en que, aunque se soñaba en un futuro mejor, el presente era otro, mejor, aunque no ideal. Y eso contribuye a desprestigiar la gestión actual, tan llena aún de promesas ya vanas de un futuro mejor, carencias actuales dolorosas y expectativas que ensombrecen el futuro.
Pero quien fue elegido para este período debe concluir su mandato, aunque algunos piensen que los desastrosos resultados obtenidos deberían forzar su alejamiento. Debemos parar la pelota, observar el panorama y enfocarnos en un proyecto alternativo, reparador de tanto dolor y superador del actual, ya fallido, y no tomar decisiones empapadas de esta frustración y enojo. No sirve tampoco regodearse en lo que pudo haber sido y no fue, ahora que se acumulan los errores y las malas decisiones. Sí, por supuesto, debemos dirigir los cuestionamientos a todos quienes participaron en la toma de decisiones que nos llevaron hasta aquí. En definitiva, a quienes obtuvieron la confianza de todos postulando sus objetivos esperanzadores que tenía este proyecto fallido. Es hora de mirar para adelante, sin dejar de recordar lo sucedido hasta ahora y procurando no enceguecernos con el dolor de la derrota ni con el canto de sirena de nuevos conductores que prometan el oro y el moro con tal de que aceptemos su proyecto. Antes debemos sopesar cuidadosamente los pergaminos que ostentan, su historial y los colaboradores que lo acompañan.
Y así llegamos al mes de julio, dos años y medio después de que asumiera la responsabilidad de conducción de este proyecto, sin los resultados esperados, con la esperanza marchita y con los peores pronósticos para el futuro. Con un equipo que se suponía era el mejor de los últimos 50 años y que vemos que conduce el país atado con alambres, muy lejos de lo que se esperaba, con decisiones cambiantes, inestables que generan resultados desastrosos y un futuro hipotecado.
Paradójicamente, este diagnóstico del presente del gobierno de Mauricio Macri, que sumió el 10 de diciembre de 2015, se asemeja mucho (demasiado diríamos) al que podríamos realizar analizando la gestión de Jorge Sampaoli al frente de la selección mayor de fútbol desde el 1 de junio de 2017. Pero no es aquí donde analizamos al actual técnico de la selección, aunque desde el principio de estas líneas parecía que lo hacíamos… ¿no es cierto? Porque, en realidad, cualquier semejanza con esa realidad deportiva es… una mera coincidencia.


Para no evadir el tema del fútbol, recomendamos un par de notas sobre el tema, cuyos autores saben más que nosotros en esa materia. Con relación al partido que nos dejó afuera, leer esta nota de Carlos Bianchi, y con relación a la gestión Sampaoli, esta otra de Adrián De Benedictis.

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