Celebración de la Memoria.

La memoria es política y es siempre un ejercicio de muchos. Por su carácter colectivo, la memoria es también un campo de batalla, una disputa incesante por los signos del pasado, por las herencias, por los dolores, por todo aquellos que se recuerda o se silencia y olvida. La memoria se mueve –o mejor aun- es ella misma un espacio conflictivo, afectado por el cruce y la tensión entre distintos intereses, por una trifulca que, aunque a veces engañe con detenerse y descansar bajo formas fijas, siempre se encuentra en movimiento. La memoria lleva la marca de la contingencia y de lo abierto.

El kirchnerismo ha entendido esto desde muy temprano y decidió jugar una de sus principales cartas allí, precisamente en el plano de la memoria, espacio que funciona también como una fábrica de identidades sociales. Parte de esa experiencia absolutamente singular y transformadora que es la experiencia kirchnerista, se debe a que la misma produjo una intervención muy significativa en la memoria colectiva.

A diferencia de los años neoliberales, en lo que se levantaban las banderas de un presente sin historia, o, más precisamente, se presumía del fin de la misma, el kirchnerismo nunca dudó en mostrar los lazos que lo ligaban con ciertas tradiciones y ciertas generaciones del pasado argentino. Se presentó, así, –aunque ello no agote toda la historia pasada del kirchnerismo, ni contemple necesariamente a todos los que hoy se reconocen dentro de él- como una experiencia situada, como una fuerza política que traía consigo demandas y reclamos de sectores desoídos e invisibilizados, y frente a los cuales dejaba ver su filiación y un gran compromiso con los mismos. Somos los hijos y los nietos de las Madres y las Abuelas, dijo Kirchner, más de una vez. La memoria, y a eso se refería, entre otras cosas, aquella frase, supone siempre también la actualización de una herida abierta. Y en ese sentido, el kirchnerismo decidió asumir como propia una herida que permanecía descubierta y viva en lo profundo de la sociedad, rescatarla de la periferia y ponerla en el centro de la escena social, para ayudar a suturarla desde el Estado –cosa que, por lo demás, nunca es posible del todo. Es esa decisión –la de volver estatal una memoria que había sido relegada a una posición casi subterránea- la que dio el contexto y funcionó como condición de posibilidad de, por ejemplo, el pedido de perdón del Estado argentino por los crímenes durante la dictadura, la anulación de las inefables Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, o la reactivación de los juicios contra los represores (quizás no esté de más recordar aquí, que sólo en el último año 378 represores tuvieron condena). Y fue esa decisión también, la que permitió la recuperación de los ex centros clandestinos de detención, lo cual implicó, entre muchas otras cosas, definir el uso que se le iba a dar a esos espacios donde tiempo atrás se había alojado el horror.

En el caso particular de la ex Esma, contrario a la idea de sacralizar dicho espacio y exhibirlo exclusivamente como una pieza de museo de la atrocidad, el Estado propició una ocupación masiva de la misma. Allí, otra vez, hubo una intervención sobre la memoria profundamente política. La Esma será siempre el escenario del horror. La Esma será siempre el centro clandestino de detención más grande de la historia argentina, donde cinco mil personas fueron cruelmente asesinadas y donde nacieron cientos de niños de los cuales mucho permanecen aun hoy apropiados. Pero también, desde hace algunos años, la Esma es el espacio donde distintos organismos de Derechos Humanos conviven, coexisten, se cruzan, proyectan, trabajan, discuten. La Esma se ha convertido de un tiempo a esta parte, en un espacio donde es posible también un encuentro académico, una manifestación artística, un acto político. Eso, imagino, habrá implicado, e implica permanentemente, un ejercicio desgarrador de romper la extrañeza que produce ese edificio, una gimnasia cotidiana y sin tregua en vistas a apropiarse de un lugar tan impropio, tan inhumano. Pero en esa ocupación, que implica, claro está, convivir con la presencia fantasmal de la tragedia y, en parte, apropiarse también de ella, se apuntala la certeza de que es posible volver del horror, de que es posible regresar del espanto y vencer el miedo, el silencio, el olvido. Adorno sostenía que la mejor forma de que Auschwitz no vuelva a ocurrir, era no apartar del todo ese espanto de nuestra vista y de nuestra memoria. En la resignificación de la Esma, la cual supone el gesto casi milagroso de llenar de vida lo que hasta ayer era sólo muerte, pero sin invisibilizar del todo las huellas siniestras del pasado, está la clave para que el horror no vuelva a ocurrir. Quizás por eso a algunos esa resignificación, que a veces adquiere la forma de una celebración, los inquieta tanto.