“Derrotar al Nazi-Peronismo”. O cómo armar una campaña en seis meses

Los tiempos políticos aceleran el calendario. Mayo del 45; los Aliados pisan con la soberbia de la victoria el territorio hasta ayer dominado por el nazismo, el ejército alemán sucumbe a una rendición impensada pocos años atrás, mientras los jerarcas –como farsas- intentan escabullirse de la telaraña que armaron y caen presos como moscas pegajosas.

En la Argentina, el final de la guerra europea se celebra con manifestaciones en las principales ciudades del país, que pronto adquirirán un premonitorio gusto antigubernamental. “Votos sí, botas no”. El gobierno de facto encabezado por el general Edelmiro J. Farrell acusa ya un desgaste interno que se acentúa por el visceral rechazo que genera su vicepresidente Juan Perón, que también conducía el Ministerio de Guerra y la Secretaría de Trabajo y Previsión.

Envalentonados por estas manifestaciones urbanas (principalmente de los sectores estudiantiles, intelectuales y de cierta burguesía), los partidos políticos comienzan el agitado proceso de lograr una coalición de fuerzas, que desembocará finalmente en la Unión Democrática. De ahí en adelante, la campaña política de cara a las elecciones presidenciales de 1946 asumirá un constante perfil de denuncia por parte de esta nueva unión de partidos contra la presencia de elementos nazifascistas en el gobierno de facto, específicamente anclados en Perón. El creciente protagonismo del componente nazismo en la carrera electoral se verá inflado aún más por la participación determinante que asume la Embajada norteamericana en la Argentina, y más concretamente su representante, Spruille Braden.

 

Primer acto: la Unión Democrática

La autoproclamada Unión Democrática es una coalición de fuerzas políticas que encuentra en su génesis la intención de abroquelarse frente a una fuerza mayor, de rasgos aparentemente tan contrarios que permitirían unificar criterios y diluir diferencias. Al margen de que existieran factores concretos en la realidad que lo pudieran comprobar, para la segunda mitad de 1945 aquellos rasgos tan contrarios se condensan todos en un único concepto: nazifascismo. Este eje logra articular las posiciones políticas más diversas: Del conservadurismo al comunismo, pasando por el radicalismo y el socialismo.

Y es justamente el Partido Socialista el que da el primer paso partidario: El martes 28 de agosto toda su cúpula dirigente convoca a un gran mitin en el cine Cóndor para de una vez por todas terminar de reafirmar en público su voluntad de integrar una fuerza política conjunta que según ellos debe dirigirse “en pos de la democracia”. En aquella jornada, uno de los principales oradores, el escritor y abogado Julio V. González sostiene que Perón había logrado “la unidad de todos los argentinos, con la única diferencia que en lugar de unirlos a su alrededor, los había reunido en su contra”.

Rápida de reflejos, al día siguiente la Unión Cívica Radical agarra el guante y aprovechando que pocas horas antes se había levantado el estado de sitio, monta en la Plaza del Congreso un multitudinario encuentro que tiene a José Pascual Tamborini como su principal referente.

Sin lugar a dudas, el derrumbe del III Reich generó un estado de euforia en la sociedad en general que les permite a las fuentes políticas partidarias asociarlo con un humor anti-gubernamental, transformándolo en consignas, banderas y programas de gobierno.

Si el 17 de octubre fue para el peronismo una fecha fundante e identitaria, para la Unión Democrática tuvo que haberlo sido aquel miércoles 19 de septiembre. Una inmensa, pero sobre todo inesperada convocatoria, se nuclea esa tarde bajo la consigna nada metafórica de “Marcha de la Constitución y de la Libertad”. La movilización se reúne primero frente al Congreso y marcha luego por callao, hacia el norte, rumbo a Plaza Francia. Desde los balcones, las mujeres tiran sus flores y saludan con sus pañuelos blancos.

La Nación, 20 de septiembre de 1945
La Nación, 20 de septiembre de 1945
La Nación, 20 de septiembre de 1945
La Nación, 20 de septiembre de 1945

La movilización fue convocada en conjunto por la UCR, el Partido Demócrata Nacional, el Partido Socialista, el Comunista y el Partido Popular de tendencia católica. Adhirieron universidades, grupos de profesores y estudiantes y la Sociedad Argentina de Escritores.

Es claro que la intelectualidad porteña se puso ya de acuerdo contra Perón y sus pancartas así lo demuestran: “El nazi de ayer no puede ser el demócrata de hoy” – “Lucharemos contra el fraude, el nazismo y el colaboracionismo” – “Mitre sí, Rosas no”.

“Nunca se odio tanto en el país como en aquel año; nunca los argentinos vivieron de una manera tan físicamente palpable el odio de los unos contra los otros”, escribirá tiempo después Feliz Luna.

Perón es el nazismo y su voluntad es instaurar en la Argentina un modelo totalizador al estilo europeo para hacer resurgir las fuerzas derrotadas en mayo y extenderlas –cuanto menos- por Sudamérica. Esta es la lectura generalizada en los núcleos opositores y con ese prisma leen la realidad.

 

Segundo acto: La respuesta política de Perón

A diferencia del discurso político de la Unión Democrática, que estuvo casi absolutamente dominado por la batalla contra el nazifascismo desde su fundación, la estrategia electoral de Juan Perón irá variando conforme pasan las semanas. Su decisión de centrar casi con exclusividad en Braden el foco opositor no fue automática, sino que hay un claro proceso antes de desembocar en aquella táctica.

En un comienzo, Perón apunta a postularse como el continuador de la aventura de la Revolución de Junio. Esta tarea tiene dos lecturas posibles y complementarias: Primero, se trataría de seguir adelante con los cambios en materia laboral y de entramado productivo que se venían evidenciando desde 1943. Pero, además, también sería la materialización democrática (con elecciones seguras y garantizadas) de que el fraude de la década del treinta había quedado atrás para siempre y que eso era un logro que la sociedad debía a los militares del gobierno de Farrell.

Afiche callejero. Recogido en Comicios Ejemplares, un cuadernillo que el gobierno peronista publicó tras la victoria de febrero del 46.
Afiche callejero. Recogido en Comicios Ejemplares, un cuadernillo que el gobierno peronista publicó tras la victoria de febrero del 46.

El primer acto que la CGT organiza en apoyo a Perón fue el 12 de julio de 1945. En ese entonces ya existen acaloradas negociaciones para terminar de sellar un acuerdo interpartidario que conformara la Unión Democrática, pero resta un mes y medio para que se consolidara con actos públicos. Sin embargo, la consigna que determina al acto de la CGT da la pauta de que las acusaciones de nazi contra todo aquel que apoyara al vicepresidente ya son moneda corriente en la política argentina: “¡Ni nazis ni fascistas: Peronistas!” (Las décadas y los cambios en las correlaciones de fuerzas transformarán esa consigna en otra todavía más conocida: “Ni yanquis ni marxistas: Peronistas”).

Luego, meses más adelante y con el juego todavía más claro, aquel histórico 17 de octubre las columnas de trabajadores que se ensimisman en Plaza de Mayo cantarán con la música de La mar estaba serena: “Perón no es comunista / Perón no es dictador / Perón es hijo del pueblo / y el pueblo está con Perón”.

El componente de nazifascismo es todo un desafío para Perón y, en buena medida, para las fuerzas laborales que se suman a la política de su mano. Sin dudas, se requiere mucho ingenio popular para desarticular un discurso que contaba con todo el apoyo de las fuerzas partidarias, de la Embajada norteamericana y de los medios de comunicación más consumidos. Recuerda por ejemplo Felix Luna que en las paredes solían pintar “Perón Nazi” por las noches y al otro día los peronistas ya se habían encargado de transformar la frase en palabra: “Peronazo”.

Perón había hablado respecto de las acusaciones de nazifascista elípticamente en muchas ocasiones, pero es quizás su intervención del 1 de enero de 1946 en la Plaza Belgrano de Santa Fe cuando decide abordar de lleno los cargos que le achacan.

“Nuestro movimiento no es comunista ni es nazi, como se lo ha calumniado”, enuncia Perón, y deja correr una pausa para que las columnas de trabajadores la llenen de consignas. Y luego, a los pocos minutos, lanza: “Nuestro movimiento es exclusivamente argentino y brega por una patria mejor”.

Es posible que su discurso se haya modificado en sólo cuestión de horas, tras haber oído las palabras de Tamborini por radio la noche anterior:Lejos de programas o propuestas, el candidato de la fórmula opositora recién oficializada sólo alcanzó a repetir que la Argentina se encontraba aprisionada “por el esquema Democracia contra el nazifascismo”.

Aunque el grueso de los medios de comunicación estaban en contra de Perón (como lo recordará una década más tarde, todavía con cierto dejo de gracia popular), la principal línea defensiva para hacer frente a las acusaciones de nazi se imprime en el periódico La Epoca, un diario claramente perteneciente a los círculos cercanos a Perón, que  llegó a tener un nivel relativamente alto de lectura y durante varios meses fue el único medio que cumplió este objetivo. El periódico había vuelto a salir a mediados de septiembre, unos días antes de la Marcha de la Constitución y la Libertad. Hacía más de una década que estaba fuera de circulación: Su primera edición fue en 1915 y se consolidó en ventas en los veinte, siempre muy cercano a Yrigoyen, pero el golpe de 1930 lo hundió y dejó repentinamente de aparecer en los quioscos de diarios y revistas.

Diario La Epoca, 21 de febrero de 1946
Diario La Epoca, 21 de febrero de 1946

Esta caricatura que aparece en La Época apenas tres días antes de las elecciones presidenciales tiene un concepto que es difícil saber si fue generalizado en ese momento, pero que de todas formas es interesante en tanto demuestra una línea de pensamiento existente: En la parte superior del cuadro, Hitler en 1937 advierte al mundo que Polonia lo está poniendo peligro, como antesala de la invasión que despertará dos años más tarde la Segunda Guerra Mundial y la expansión del nazismo por el continente. En la parte inferior del dibujo, Spruille Braden advierte al mundo que la Argentina pone en peligro la paz, dando claramente a entender que el próximo paso será la invasión norteamericana sobre las tierras de la nación, emulando la estrategia nazi.

Es decir que, en este caso, el peronismo invierte la acusación y hace uso del nazismo para cargarles a sus contrincantes las categorías de imperialistas y totalizadores. La comparación hasta ahora siempre había sido en referencia a Perón con Hitler, por parte de la oposición y demás fuerzas. Pero en esta publicación, al menos, es el peronismo el que compara a Braden (y con él a la Unión Democrática por extensión) con el nazismo.

Sin dudas, la (¿nueva?) estrategia del peronismo se ve de alguna manera exacerbada por la reciente publicación del Libro Azul que había terminado de modificar todo el tablero político –esta vez sí, de manera definitiva- antes de las elecciones.

En la siguiente imagen se ve lo que parece ser la tapa del diario Democracia del día previo a las elecciones.

Democracia, 23 de febrero de 1946
Democracia, 23 de febrero de 1946

Como se distingue, la publicación del peronismo tiene la particularidad de enumerar detalladamente un grupo de actores sociales contra los que supuestamente se opone, pero no incluye en la lista a ningún referente o partido político, ni siquiera a la conjunción de la Unión Democrática.

Es decir que al menos en los últimos días de campaña, la decisión fue ningunear a los dirigentes opositores y centrar la batalla política en Braden o Perón, que de acuerdo a esta publicación era una pelea que escondía la lucha contra mucho más que el representante de Estados Unidos en la Argentina. Enfrentar a Braden simbolizaba enfrentar al capital concentrado de la Argentina, enfrentar a los patrones (en el campo y en la industria), enfrentar a la prensa y hasta el Gran Capitalismo. Una batalla épica y retórica, que al día siguiente la mayoría de los votantes decidió acompañar.

 

Tercer acto: El peso específico de Braden

En coincidencia con el fin de la guerra, Braden llega a comienzos de mayo del 45 a la Argentina como embajador de los Estados Unidos.

El funcionario extranjero rápidamente se transforma en la figura codiciada por los centros económicos de poder del país. Como si fuera un candidato más de una carrera que ni siquiera se había lanzado aún, Braden sale el 21 de julio a un recorrido por el interior del país, comenzando por Santa Fe. Allí lo esperan en el Jockey Club y en la Universidad del Litoral con carteles que decían: “Democracia sí, nazis no”.

Al igual que la marcha de la CGT, 9 días antes, los carteles de recepción del embajador también corroboran que la dicotomía Nazis vs Democracia ya estaba instalada en el país.

A los pocos días, cuando regresa de su viaje por el litoral, Braden arriba a Retiro y se encuentra con una multitud que lo aguarda, que lo agasaja y ovaciona; mientras entremezclados los periodistas recogen textuales que serán tapa al día siguiente.

El siguiente gran suceso en su trayectoria por el país se da la noche del martes 28 de agosto. Suregreso a Washington estaba programado para unas semanas después, pero el instituto cultural argentino-americano se adelanta a la partida y le ofrece una cena de despedida en el HotelPlaza, al que irán cerca de 800 personas, entre ellos representantes de países latinoamericanos, rectores de universidades nacionales, dirigentes empresariales y apellidos tradicionales de Buenos Aires.

Braden había sido designado para trabajar en el área de Asuntos Latinoamericanos desde Washington, pero a último momento se congela su traslado para que permanezca en la embajada en Argentina hasta que cambiara el gobierno. Finalmente, termina partiendo a mediados de septiembre. Mientras tanto, casi día por medio se realiza un acto en su honor u homenaje. De todas formas, los nombramientos se congelan en la Embajada y él continúa siendo el hombre determinante de Estados Unidos en el país.

Como sea, en aquella cena del Hotel Plaza elípticamente el funcionario hace una comparación entre los regímenes fascistas que se desmoronan tras la guerra y el gobierno argentino. De acuerdo a la crónica de La Nación, el pasaje que recibirá mayor “ovación” y que le valdrá que el público se ponga “de pie para aclamarlo” fue: “Que nadie imagine que mi traslado a Washington significará el abandono de la pelea que estoy desempeñando. La voz de la libertad se hace oír en esta tierra, y no creo que nadie consiga ahogarla. La oiré yo desde Washington con la misma claridad con que la oigo aquí, en Buenos Aires”.

En su titular del día siguiente, The New York Times encabezará “Braden denuncia a los gobernantes argentinos”, en un artículo en el que celebra que el diplomático “pronunció el más hiriente ataque contra el actual gobierno argentino que hasta ahora haya dicho cualquier hombre en su condición oficial, dentro o fuera de la Argentina”. El periódico norteamericano reafirma que, aunque no hubo mención específica al gobierno local, “sus referencias eran tan claras y habló en tono tan sarcástico que en ningún momento hubo la menor duda respecto al verdadero destino de sus comentarios”. Como era de esperarse, la crónica deThe New York Times sale al día siguiente replicada quirúrgicamente y con gran despliegue en el diario La Nación.

Este inmenso capital político termina de consolidarse cuando la oposición decide tomarlo como una referencia constante y articular su campaña electoral dentro de la cancha que marca la embajada. En aquel entonces, con un Estados Unidos victorioso de la guerra y el nazismo derrotado, es posible que los dirigentes de la Unión Democrática hayan considerado que lo mejor era seguir al poder triunfante y plegarse a esa euforia para que se traslade en el terreno local la victoria extrajera. Es probable también que Perón haya logrado tomar distancia por un segundo de la efervescencia de esos días para notar lo chocante que podía resultar que una fuerza imperialista extranjera se metiera en los asuntos políticos del país, atribuyéndose potestades casi imperiales frente a la burlada soberanía.

Como sea, la figura de Braden ya había eclipsado al universo político de la época cuando, en los primeros días de febrero, la Embajada norteamericana difunde a diplomáticos primero y luego a la prensa el Libro Azul, que es claramente el corolario de esta estrategia de asociación del peronismo con el nazismo.

Como era de esperarse, la Unión Democrática hace suyas las acusaciones de Estados Unidos. Los partidos que integran la fórmula sacan velozmente un comunicado pidiendo explicaciones a Farrell y denunciando que Perón no podría jamás ser presidente porque “se encuentra en absoluta inhabilitación legal y es el representante más típico del nazifascismo en América”, por lo que “significaría un permanente factor de perturbación interna, una bandera de desafío y un peligro de guerra en el continente”.

La efusividad con que los opositores se pliegan al guión del Libro Azul (que no dejaba de ser una clara intervención extranjera en las decisiones internas de una nación) terminará jugándoles en contra. En verdad, la estrategia de centrar la campaña en acusaciones contra el representante más típico del nazifascismo resultó poderosamente acertada para lograr una unidad que hiciera frente a un polo opositor, pero paralelamente terminó dotando a Perón de un volumen y una centralidad en la política local que se les dará vuelta.

Incluso, previo a aparecer el Libro Azul –a mediados de enero- el encargado de negocios de la Embajada norteamericana había convocado a la prensa local para distribuirle telegramas que supuestamente habrían intercambiado durante la guerra la embajada del Reich en Buenos Aires y diversos servicios del gobierno de Hitler.

Ya para entonces la Embajada filtraba asiduamente versiones que indicaban que el Departamento de Estado tenía “documentos irrefutables” que demostraban el vínculo entre el gobierno de Farrel y el nazismo.

Es decir que cuando finalmente llega el libro azul, cerca del 12 de febrero, el terreno ya estaba todo preparado. Y la Unión Democrática abraza el discurso casi al pie de la letra.

 

Cuarto acto: Fin

Es imposible –e inútil- adivinar qué hubiera pasado si la Unión Democrática se hubiese centrado en otro objeto proselitista o si Spruille Braden hubiese marchado a Estados Unidos y a su reemplazo en la Embajada no se le habría dado por meterse en la política local. Lo concreto es lo que sucedió: La caída del III Reich simbolizó para buena parte de la intelectualidad argentina una oleada fresca y renovada que le permitió ganar volumen y enfrentar en igualdad de condiciones a Juan Perón, el representante más típico del nazifascismo, como lo tildaría la Unión Democrática.

Para Perón, en tanto, esa campaña simbolizó evidentemente una ejercitación política que lo marcaría para siempre en su impronta de conducción. En primera instancia, porque fue entonces cuando los obreros en masa salieron a reclamar su retorno, obligándolo a poner a esa masa en un primer lugar de ahora y para siempre en su armado de sociedad. Y, en segundo lugar, porque debió haber requerido de un ingenio y dedicación inédita para poder responder la batería de acusaciones e ignominias que contra él se lanzaron en esos apenas seis meses.

Como sea, el devenir de los hechos terminó por demostrar que cuando las posiciones se extreman de tal forma, sólo queda lugar para una de las opciones, dado que de algunas decisiones, aparentemente, no hay retorno posible.

Las elecciones presidenciales fueron el 24 de febrero de 1946. La fórmula que se impuso fue la del Partido Laborista, que postulaba a Juan Domingo Perón y Hortensio Quijano para la conducción del país. El partido había sido creado poco después del 17 de octubre por los mismos sindicatos que apoyaban a Perón y que no creyeron que él fuese un agente nazi encubierto que buscaba desplegar por América las fuerzas extinguidas en Europa.

Tras un lento conteo de las urnas (en un proceso que nadie dudó de su legalidad), el laborismo se impuso con el 52,84% de los votos, mientras que la fórmula Tamborini-Mosca (Tambo, Orín y Mosca: La fórmula de la bosta, como decían los peronistas) obtuvo el 42,87%.

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