el campo es lo de menos

Tal como vienen presentándonos las cosas al día de hoy, cada vez con mayor definición, una conclusión parece cada vez más evidente: está muy claro que el gobierno, o la serie de los gobiernos K, hizo muchas cosas mal, muchísimas, y se manejó de manera lamentable y es muy verosímil que nunca tuviera intención de hacer las cosas de otro modo, pero esta especie de rebelión destituyente furibunda, histérica y obtusa que soporta hoy (y soportamos todos, porque objetivamente afecta para mal la vida de todos, mejor dicho de la mayoría, incluyendo a una gran parte de los propios “rebeldes”) se habría desatado igual, tarde o temprano. Ya está claro que la cuestión no son las retenciones, ni siquiera “el campo”, que detrás de todo eso había una presión que, como el agua que hierve en la pava, necesitaba saltar por algún lado. Como en Venezuela, como en Bolivia, como en Brasil (aunque en Brasil de un modo más apagado), e incluso como en el Chile de la blanduzca Bachelet, a la que la derecha y el poder económico no le perdonan un pecado fundamental: que esté ella en el gobierno, no ellos (y ni hablar del Chile de Allende, claro).

Quiero decir: si Cristina Fernandez o Néstor Kirchner se hubieran manejado con más cuidado, si hubieran sido capaces de evitar, a tavés de medidas muy concretas y en el momento adecuado, que la Federación Agraria se alistara con Carbap y la Sociedad Rural; si no fueran tan propensos al autoelogio; si no creyeran que el país se maneja como la provincia de Santa Cruz; si hubieran tendido puentes sólidos con la CTA; si muchas de las medidas que anunciaron en las últimas semanas las hubieran anunciado unos meses antes, o un año antes, o dos, y llevado a la práctica; si no hubieran cometido los estropicios que cometieron y siguen cometiendo, por ejemplo, en el Indec y Telam; si en vez de subsidiarlas para que hagan lo que quieran hubieran de verdad asumido el control en las empresas ferroviarias y ampliado la red ferroviaria en vez de hacer el ridículo con el Tren Bala; si no les hubieran renovado los contratos a los multimedios; si el programa de seguridad alimentaria que parece que ahora van a presentar al congreso lo hubieran presentado un año antes o dos; si en vez de aliarse con gente como Schiaretti o Reutemman (como si no fueran traidores de alma) hubieran elegido a otros; si no hubieran incurrido en imperdonables torpezas discursivas; si no se hubieran achicado ante Blumberg; si manejaran mejor la coparticipación; si no hubieran subestimado la capacidad del macrismo en la capital; si no se hubieran emperrado en lo de Misiones; si no confiaran en los acuerdos con los grandes monopolios de la exportación y la comercialización; si hubieran buscado destruir el poder de esos monopolios; si hubieran sido capaces de abandonar ciertos empecinamientos bobos; si hubieran apostado en serio a fortalecer la organización popular por abajo; si cortaran y revirtieran la apropiación de tierras en manos extranjeras; si en vez de alentar la sojización hubieran hecho lo contrario; y etcétera etcétera etcétera, aun así, habría pasado esto que pasa. La diferencia sería que “esto que pasa” tendría menos margen, y habría más para oponerle. Pero habría pasado. No podría no pasar: es de una ingenuidad cercana a la estupidez suponer que “ellos” no iban a reaccionar, porque toda la historia argentina y latinoamericana muestra lo contrario. No estaban derrotados ni mucho menos: esperaban su momento. Si no ahora, el año que viene, o cuando fuera. No puede esperarse otra cosa. Y cuando digo “ellos” me refiero, básicamente, a dos factores: la derecha (término que a su vez engloba tanto al poder económico como a una ideología, la que supone que las diferencias entre los que tienen y no tienen son naturales y están muy bien) y el “sentido común” predominante en las clases medias, ahora muy fogoneado por los medios masivos, que necesitan de ese sentido común para colocar mejor sus productos a la vez que lo realimentan y renuevan: ese sentido común, esa actitud básica ante la vida, es inmediatista, mezquino, salvajemente competitivo, racista, simplificador, autogratificante y profundamente agresivo. Se calma en algunas ocasiones o admite variantes más “humanitarias” o “solidarias” como a fines de 2001 o principios de 2002, pero está metido tan a fondo que una y otra vez vuelve cada vez que, por lo que sea, es convocado, y no perdona nada. Resumiendo: tal vez todo esto que está pasando tenga una consecuencia buena, a pesar de todo, y aunque el desenlace no deja de ser angustiosamente imprevisible: ahora las cosas están más claras.

17 Comments on “el campo es lo de menos”

  1. Nunca estaría a favor del “cuanto peor mejor”. Si se imponen esos dos factores estamos sonados, y habrá que ver qué hacer. La frase “pasar a la resistencia” me suena grandilocuente, exagerada, demasiado patética, pero es la que me viene a la cabeza ahora. Más adecuada sería tal vez la de aquel viejo poema de Gelman: “aprender a resistir”. En todo caso, cambiando lo que haya que cambiar, adecuándolo a la situación y puliendo los matices, por ahí iría la cosa. Cuando digo que todo esto tiene una consecuencia buena (que las cosas estén más claras), no quiero decir que con eso basta ni mucho menos. Simplemente digo que, entre lo mucho que hay que lamentar y temer de lo ocurrido en el último mes o mes y medio, al menos una cosa buena ocurrió. Nada más que eso. Lo que no me consuela ni, por supuesto, alcanza de ninguna manera para evitar que ocurra lo que usted y yo, Escriba, no queremos. Y tal vez, sí, sea mejor que las cosas estén claras ahora y no después de que “eso” haya ocurrido.

  2. Creo por el contrario que si no hubieran hecho todo lo mal que describís, y algunas cosas más, esta situación no tendría lugar (no solo margen).
    Este gobierno olvida que el índice de hinchabolización es cada vez menos flexible.

  3. Me parece muy bien que denuncie la alianza del gobierno con los grupos económicos concentrados. Y de paso denuncie las alianzas de las dirigencias (y no sólo las dirigencias) de las entidades de “el campo” con los grupos económicos concentrados. Y ya que estamos, con los multimedios. Respecto del eje federales-unitarios qué podría decirle: si usted quiere creer eso, créalo, tal vez le sirva para dormir tranquilo. Pero todo esto que le digo no debe ser visto como una respuesta a su comentario, patriota chacarero, sino apenas como dos reflexiones laterales. A su comentario no lo puedo responder por qué no entiendo qué dice ni a qué se refiere. ¿De qué cuernos me está hablando cuando escribe “a ese alineamiento, desde el campo deberíamos trabajar el eje Federales-Unitarios”? Tal vez en su chacra hablen una variante del castellano que me resulta desconocida.
    Sopa: usted cree eso y yo creo lo contrario. Estamos hablando de creencias, por lo visto. Habrá que ver cuál tiene más posibilidades de acercarse a la realidad. Los datos que yo tomo en cuenta para decir “creo que…” son, básicamente, la experiencia histórica y lo que se advierte con toda nitidez en los discursos de gente como De Angeli, Carrió, Lanata o los que mandan cartas de lector a La Nación, o en los carteles que portan las caceroleras de Barrio Norte. Lo que sí puedo asegurarle es que mi creencia (provisoria, por cierto, dispuesta a ser revisada si me demuestran bien que me equivoqué) no nace de confundir la realidad con lo que dicen Bonelli, Nelson Castro, Morales Solá, Mirtha Legrand, los movileros de TN o los titulares de la mayor parte de los diarios.

  4. Balvanera: muchas d elas cosas que vos nombrás que no se hicieron (y que ami me gustarían) hubiesen-siguiendo tu lìnea de razonamiento, desencadenado un conflicto, de estas dimensiones probablemente.

  5. Brillante, Balvanera. Y subrayo lo que dijo sopa. La capacidad de hinchabolización esta muy por el sopi.

    Lo dice un votante de los K, que siente que ahora todo U.L.A.K.K.

    Lo que temo más que nada, es que haría Carrió, esa especie de derecha mal disfrazada de socialismo. Puede ser la siguiente “presidenta”.

  6. La idea de tenerla ahí a Carrió me produce escalofríos. Sobre todo porque no tiene ni una sola idea: puro golpe de efecto, grandes palabras para impresionar, desesperación por mantener el estrellato personal cueste lo que cueste y antes que cualquier otra cosa. Esa clase de gente no tiene límites.

  7. Usted toma datos de que se advierte en los dichos de toda la gente que cita.
    Yo tomo datos de acciones de gobierno, algunos que usted describe muy bien en su primer post.

  8. En principio, Sopa, no dije que solamente tomo datos de lo que se advierte en esos dichos y escritos: también dije que los tomo de la experiencia histórica, que abunda y es muy elocuente, y es la que me permite cierto ángulo de lectura.
    Pero veamos qué se advierte en las acciones de gobierno en las que repara usted (y que yo describí) y qué se advierte en los dichos y escritos en los que reparo yo: en las primeras hay errores, falencias, torpezas, incluso estupidez. En los segundos hay odio, mala leche, desprecio, una decisión de arrasar con todo, básica y profundamente antipolítica. Una creencia en que la política es el enemigo y el obstáculo para prosperar. La política de la antipolítica: “a la gente déjenla vivir tranquila su vida”, “no se metan conmigo”, mientras el resto se muere de hambre o roba y mata porque no le queda otra salida.

  9. Lucas: claro que sí. Mi hipòtesis es que el conflicto se habría desatado de todas maneras. La cuestión es que no les resulte fácil, y no triunfen. Pero, más aun que eso, lo que quise decir es que tanto las retenciones como la política agraria constituyen nada más que un pretexto (no son, por supuesto, un pretexto para los chacareros que se sienten afectados, con razón o no: hablo de los que los utilizan). Si no era por eso, iba a estallar por algún otro motivo, pero iba a estallar.

  10. Quizás esa sea nuestra diferencia, yo no veo solo errores en el gobierno, también veo mala leche y ganas de arrasar con todo en ambos lados (igual no creo en “dos” lados, pero seguimos tu argumentación).

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