El voto argento. ¿Homo sapiens vs homo políticus?

Cada dos años se renuevan las discusiones sobre las razones del voto entre los argentinos, tanto en los hogares, lugares de trabajo, bares y reuniones de amigos como en los medios de difusión. Generalmente estos debates están teñidos de pasión pero escasos de fundamentos objetivos. Porque ¿cuáles son las razones por las que votamos los argentinos? ¿Todos somos homo politicus o sólo los ciudadanos politizados? Ante estas preguntas pueden esgrimirse varias razones: los humanos votamos por motivos ideológicos, motivos económicos (macro o microeconómicos), clientelares, por causas puntuales materialistas o simbólicas, movidos por simpatía o antipatía por el candidato, por la trayectoria del postulante o por la falta de la misma, porque el personaje les genera confianza o desconfianza, cariño u odio, por deseos de cambiar o mantener el status quo, etc. En el fondo de cualquier argumentación sobre las razones del voto está la dicotomía razón o sentimiento. Y, si lo enmarcamos en la historia argentina, en la polarización civilización o barbarie. Pero quien caracterice sus propias razones generalmente apelará a causas racionales: a un análisis del candidato o su plataforma o propuestas particulares, o de la trayectoria o personalidad del candidato, independientemente del nivel educacional, social o de ingresos económicos propios. Y, generalmente, para caracterizar las razones del voto de quien lo hace en forma distinta a la propia, se suele apelar a que “el otro” lo hace por razones no racionales sino sentimentales, por falta de información o educación o por motivos meramente materialistas o clientelares. Razones vulgares, indignas o mezquinas en definitiva. Y esto se ve en sujetos tanto de izquierda, de derecha o de centro. Sin temor a exagerar podríamos decir que una minoría politizada de una sociedad, independientemente de su ideología, considera que sólo ella vota en forma racional o ideológica, consciente, y que una mayoría del pueblo no lo hace de esa forma sino presa de influencias espúreas o por razones irracionales o sentimentales. Otra minoría puede acusar a quienes votan distinto de hacerlo por razones mezquinas, económicas en beneficio propio, de corto plazo o meramente clientelares. La vara para clasificar o calificar al voto del “otro” siempre es la propia, a la que se considera válida, racional, meditada, fundamentada y pura: impoluta. El parámetro a utilizar es nuestro voto, nuestras prioridades, nuestros valores, es decir: nosotros. Así nunca llegaremos a conocer las razones del voto de los demás, en definitiva, del pueblo.
Para evadir un razonamiento simplista, ramplón, tan común en mesas de café, mesas familiares o, lamentablemente, también en estridentes paneles de opinadores profesionales de TV, debemos apelar a un nivel un poco más objetivo, científico de análisis. Un buen comienzo es analizar fríamente los parámetros reales que rigen nuestro propio voto. ¿Cuántos de nosotros solemos leer las plataformas electorales de todos los espacios políticos antes de decidirnos por uno? ¿Cuántos conocemos la trayectoria y el pensamiento políticos de todos los candidatos antes de votar? ¿Y cuántos nos interesamos en conocer, aunque sea someramente, las propuestas de al menos dos o tres candidatos o partidos? Obviamente, muy pocos (por no decir nadie).
Es decir que, para ser sinceros, debemos reconocer que detrás de nuestro voto no hay un análisis racional y menos aún completo, exhaustivo de las propuestas, personalidades o trayectorias de quienes elegimos para que nos gobiernen. Nuestra decisión al votar no es objetiva, es principalmente subjetiva. No somos objetivos porque no somos objetos, y como sujetos es nuestra mente la que decide y, como veremos, la mente no es un instrumento que realiza procesos de análisis que consideran todas las posibilidades en igualdad de condiciones y escoge la más adecuada de acuerdo a un patrón objetivo o programa, como lo hace una computadora. Es por eso que debemos reconocer que (al igual que en cualquier parte del mundo) hay otras razones detrás de nuestro voto, bien alejadas de la sobrevalorada racionalidad del homo sapiens o, más concretamente, del homo politicus

 

¿El homo sapiens es un animal racional o sentimental?
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Según estudios sobre el funcionamiento de la mente humana, a pesar de lo que afirma el “sentido común”, el 95% de las decisiones que toma a diario el homo sapiens (sí, nosotros) son emocionales. Aunque nosotros creamos que basamos nuestras decisiones en un análisis racional, otros motivos más emocionales son el origen de las mismas. Para la antropología somos una especie animal emocional que razona, y no al revés. La emoción nos mueve a la acción, en cambio la razón procesa las conclusiones. Por lo tanto, ¿el voto nace de la acción o de las conclusiones? Veamos qué dice la neurobiología al respecto, en boca de Estanislao Bachrach, doctor en Biología Molecular por la UBA, autor entre otros libros del exitoso Ágilmente de la editorial Random House Mondadori de donde provienen estos extractos:
(…) existen cada vez más estudios sobre el modo en que la excitación emocional positiva facilita el aprendizaje, aumentando la conexión neuronal y consolidando el cambio sináptico.

 

Durante muchos años creímos ser “seres racionales (cortex) con sentimientos (límbico)”. Hoy, los científicos acuerdan que el interruptor central del cerebro es nuestra parte emocional.
Somos seres emocionales que aprendimos a pensar y no máquinas pensante que sentimos. Esto tiene lógica si pensamos que el límbico lleva más de doscientos millones de años sobre la Tierra y el córtex apenas cien mil años. Por esto, muchísimas
de las decisiones que tomamos en la vida son no conscientes, la gran mayoría de ellas está dominada por ráfagas de emociones (algunas liberadas de nuestra memoria, otras por emociones nuevas). Muchas veces nuestro consciente racional justifica decisiones que ya habíamos tomado antes de ser conscientes de ellas. En definitiva, el botón cerebral para comportarnos frente a las variadas situaciones cotidianas está más influido por nuestras emociones que por nuestra razón.
(…) aún somos más emocionales que racionales. Entonces, ¿razón o emoción? Ni una ni otra… Somos el resultado de una bella interacción entre ambas.

 

 
En estos últimos años, en los medios de difusión se idealizó al trabajo de los asesores marquetineros de la política, simbolizado por la tarea del asesor ecuatoriano del macrismo, Jaime Durán BarbaVeamos lo que nos dice el diario La Nación sobre la visión que tiene Durán Barba sobre las razones del voto, rescatando frases y consejos del exitoso consultor político:

 

Todos los trabajos de Durán Barba tienen un eje estructurador que es el de cómo escucha el candidato o la política en general a determinado sentido común de una sociedad. Él intenta ajustar al candidato como a un surfeador en ese esquema.

 

De la palabra a la imagen.

 

Pero para el gurú del jefe de gobierno porteño los votantes se sienten atraídos más por el color, una sonrisa o un gesto que por los discursos cargados. No teme en asegurar que hay que hacer a un lado “las palabras que transmiten ideas” para aludir a “las imágenes que transmiten sentimientos”.
“No se ganan las elecciones con criterios elitistas”, afirma el Durán Barba.
“La discusión contribuye a fortalecer la democracia y a solidificar las instituciones políticas, pero no a ganar elecciones”, postula el texto.
En “El arte de ganar” Duran Barba alude a dirigentes “que supieron adueñarse de los escenarios bailando o haciendo reir a la gente”. Lo considera más efectivo que los militantes que vivan al candidato que habla desde un atril. Para ilustrarlo, recuerda que la visita de De Narváez al programa de Marcelo Tinelli en 2009 cuando aceptó el desafío de bailar reggaeton junto a su imitador. “Votame”, “votate”, “alica”, “alicate”, quedaron en el recuerdo colectivo.
No confrontar. Desde que se inició la campaña porteña Mauricio Macri no se cansó de repetir que no entraría en un “clima de confrontación” con sus rivales. 
Según “El arte de ganar”, el votante siempre tiene la razón. Un buen candidato debe escuchar las necesidades cotidianas del vecino, sus esperanzas y sus sueños. “No hay que partir de lo enunciado por los expertos sino de los dichos de la gente común”, postula.
“La gente común – continúa Durán Barba- tiene sus propias ambiciones y su propio concepto de felicidad. El candidato no es dueño de la verdad y no está para educar a los electores, ni para juzgarlos. Necesitan dialogar con ellos para comprender sus puntos de vista y sobre todo, obtener sus votos”, explica el ecuatoriano.
Apuntar al elector “menos politizado y más desinformado”
“Cuando diseñamos una campaña nos interesan más los electores poco informados, los menos politizados, porque son ellos los que pueden moverse”, explica el consultor.
“Hacer una campaña dirigida a partidarios duros que son capaces de sacrificarse concurriendo a algo tan aburrido como una manifestación, es tan absurdo como suponer que ellos representan los sentimientos de la mayoría”, concluye.
Dice Lucas Guardo, en la introducción del libro de Durán Barba, “El Arte de Ganar”, parafraseando al consultor político ecuatoriano del PRO:
La única verdad es la realidad (percibida por el elector).
Para ganar  una elección hay que estudiar al votante común, poco informado, que  conforma gran parte del voto indeciso que determina el vencedor. Si a ocho de cada  diez ciudadanos no les interesa la discusión  “izquierda o derecha”, tampoco importa para  armar una campaña. Este target electoral  tiene una visión menos rígida del mundo, y  puede cambiar de opinión si recibe un  mensaje adecuado.

 

Más allá de las posiciones ideológicas que pueda tener la persona, al momento de votar no lo hará razonando, sino guiado por sus sentimientos.
La política es pasión y cuando  un candidato le cae bien al  elector es probable que vote  por él.
Si le provoca rechazo, su voto estará perdido.
El planteo latente de Durán Barba y Nieto es  que la función del consultor político es ganar elecciones y para esto no hay que educar a  la gente, sino comprender el mundo desde  su óptica para conseguir su favor.(1)

 

Análisis final.
 
Los analistas suelen hablar del “mensaje de las urnas”, como si el pueblo todo se hubiese puesto de acuerdo para transmitir ese mensaje; o calificar el voto en “voto bronca” o “voto de confianza”, etc. En las ciencias sociales o en los medios de difusión masiva, esa generalización es errónea, porque sin datos concretos, tomados en “el campo”, no deja de ser una opinión del mismo analista, basado en su percepción de la realidad, tan válida como cualquiera pero que no puede tomarse como “la verdad”. Sin embargo, ahora podemos arriesgar que las personas votan personas, más allá de sus propias ideologías, visiones del mundo. Escogen a personas que proponen medidas de gobierno, rumbos políticos o modelos económicos, que expresan o representan ideologías o tradiciones políticas, pero que fundamentalmente tienen estilos, modos, aspectos físicos, trayectorias o personalidades. Es decir: la forma más que el fondo. El votante puede hasta incluso coincidir en la ideología, visión o propuesta de gobierno de un candidato, pero si no cree en él, no confía en él o no le cae bien, no lo votará. Y por el contrario, una acusación de supuesta corrupción es vista de diferente manera si es contra un político afín u opuesto al votante. Por ejemplo, ¿qué pensaron los macristas sobre el procesamiento de Macri por las escuchas de políticos opositores, familiares de víctimas de la AMIA y hasta de su cuñado? ¿Y de los actuales procesamientos del presidente? No creen que sea verdad o al menos lo minimizan. Y lo mismo pasa con los kirchneristas en relación con el procesamiento de Amado Boudou o los de Cristina Fernández de Kirchner.

 

Como vemos, lo humano está siempre por encima de lo ideológico o político (y a veces lo ético), aunque todo es humano en definitiva. Lo emocional prima por sobre lo racional, pero no lo excluye. De eso se compone el fundamento de los liderazgos: conseguir una sinergia entre ideología política y personalidad o carisma, una combinación que enamore (permítaseme la metáfora) al votante potencial. Debe valerse de la emoción y la razón para conquistar el voto: apelar a la mente y el corazón del votante.
Cualquier campaña que apele meramente a lo racional, a las cifras de la economía, al relato de la situación actual o pasada de la población o a las propuestas electorales adolecerá del necesario contenido emocional que interpele al electorado. Apelará sólo a la mitad de la mente de los electores.
La fe y la esperanza forman parte de esa mitad del homo sapiens que vota. Pero también debemos contar al miedo, el temor al triunfo de un candidato que haya sido demonizado previamente por los rivales y los medios de difusión. O temor al cambio, a lo desconocido; de la misma manera que la pulsión del voto puede ser la esperanza en un cambio, el deseo de cambiar el presente por un futuro incierto pero ideal, o idealizado.
Queda claro, entonces, que no es tan simple explicar por qué votamos lo que votamos. Cualquier intento de simplificar las razones de nuestro voto sólo logrará alejarnos de la verdad y, por lo tanto, sacar conclusiones equivocadas. Y basarnos en ellas no sólo para caracterizar el voto de los demás sino también el nuestro. Esa es la mejor manera de analizar, de “elaborar” nuestro voto ciudadano, de fundamentar nuestra elección política. O, tal vez, de analizar todas nuestras otras elecciones en la vida. Pero ése ya no es un tema para tratar en este blog.
 

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