En defensa de Carlos Menem… (y Cristina Fernández).

Tanto desde la perspectiva del oficialismo como desde la oposición, al opinar sobre los distintos gobiernos se hace demasiado énfasis en el titular del Ejecutivo y se deja de lado el protagonismo imprescindible del pueblo (o la gente, según se quiera), tanto en su participación en la llegada de los candidatos a la presidencia como en su permanencia o continuidad en esa función mediante su reelección. Así es, tanto en la crítica de las medidas desacertadas como en el reconocimiento de los logros se suele enfocar casi exclusivamente en los primeros mandatarios como en sus ministros, y se soslaya la importancia de los electores, del clima de época, y de la ideología hegemónica del momento histórico como causa necesaria para la elección del presidente y para el acompañamiento a través del tiempo de sus medidas de gobierno.
La manera en que el pueblo expresa su adhesión o rechazo a los gobiernos es ejerciendo la opinión ciudadana, no sólo a través de los comicios cada dos años sino también en la movilización social, o a través de lo que expresa en las encuestas de opinión pública que se realizan. Ningún gobierno democrático puede tomar medidas contrarias a la opinión mayoritaria del pueblo sin pagar un costo político en algún momento. Los presidentes De La Rúa y Duhalde dan crédito de eso. En cambio, hay muchos ejemplos que demuestran que medidas señaladas en principio como contrarias a la voluntad popular mayoritaria (por el periodismo o por opinadores públicos) no resultaron serlo al requerírsele la opinión al soberano mediante encuestas serias o en elecciones posteriores. Incluso, este mecanismo de diálogo actúa también en los gobiernos autoritarios –en forma mucho más acotada-, bajo los cuales el pueblo se expresa de una manera más restringida, solapada y de acuerdo a las reglas autoritarias vigentes en cada caso. Esta relación entre líder y liderados es compleja, como se comentó aquí mismo en Artepolítica: “ se evidencia la relación de tensión entre los proyectos partidarios y los liderazgos. Es decir, la relación que se establece entre un proyecto económico y político y el líder que lo inspiró es, en mi concepto, una correlación difícil de escindir y más cuando la profundidad de la transformación y el cambio en esa sociedad marcó a fuego los pilares del entramado económico y social. Y de establecer si ella es una relación contingente o determinante para su perdurabilidad, resulta ser un interrogante trascendental para dar cuenta de los caminos que tienen a disposición dichos líderes.”

En efecto, el liderazgo es un diálogo (no un monólogo) entre el líder y su “comunidad de seguidores”, independientemente de cuál sea su número; y su continuidad en el tiempo depende de la fluidez y persistencia de ese diálogo que el líder sea capaz de lograr. Pero dicha relación no conlleva un respeto o acatamiento cerrado o perfecto de cada protagonista de la misma sino que, como toda relación social, posee límites difusos, imperfectos, entre la aceptación o el rechazo de las acciones o propuestas tanto del líder como de sus seguidores. No de otra manera funciona la democracia: la solidez de la interacción entre gobierno (el representante) y pueblo (el soberano), con sus idas y venidas, es la que marca la “calidad” democrática de cualquier gobierno, y no la opinión subjetiva de los opinadores o “expertos” de turno que predican su verdad revelada desde el púlpito de los medios o la “Academia Republicana” (si es que algo así pueda existir). Lo contrario sería aceptar los dictados de una supuesta impoluta tecnocracia especialista en el juzgamiento de la calidad democrática de los gobiernos, o remontarnos a la visión de los antiguos griegos, avalando un gobierno de naturaleza superior, ilustrado y objetivo, similar a la aristocracia o a aquellas remotas formas degeneradas de gobierno: “timocracia u oligarquía de los ricos (timé: honor; oligos: unos pocos) por encima del resto de la población”.

La clave para descifrar la calidad democrática de un gobierno es conocer cuál es la voluntad popular mayoritaria ante cada medida de gobierno, o al menos ante las más importantes: contrastar la marcha del gobierno con dicha voluntad, aunque no sea uniforme en el tiempo y cambie, evolucione, como lo hacen las ideas. Una manera imprecisa pero útil de conocer este dato es recurrir a las encuestas específicas y lo más amplias posible, aunque la más calificada y legítima es la voluntad popular expresada cada dos años en comicios libres. El sufragio es inapelable, verosímil, palpable. Cada uno de los ciudadanos vota de la misma manera, expresa su voluntad electoral, y todos los votos (opiniones) tienen la misma importancia y la misma legitimidad. Lo que los cientistas, periodistas u opinadores públicos de turno deduzcan después es otro tema. En cambio las encuestas tienen un propósito distinto. De acuerdo a cómo hayan sido diseñadas depende lo que nos digan. Por supuesto, estamos hablando de las encuestas serias y no digitadas, que no son las que se hacen antes de los comicios y que están destinadas a influir en el electorado, sino las realizadas en  otros momentos y con fines sociológicos determinados. Más aún, las encuestas tienen la ventaja de que pueden abundar en detalles relacionados con las medidas gubernamentales, profundizando en los requerimientos de la voluntad del soberano, ya sea consultando sobre medidas específicas o rumbos que el ejecutivo haya tomado o no, e incluso sobre el que deba tomar en algún tema en particular. En este caso, pueden citarse también unas excelentes herramientas intermedias entre las encuestas y los comicios: el plesbicito o el referendum, aunque ambas no son aplicables tan cotidianamente como las encuestas de opinión pública.
Y aquí llegamos al propósito de esta entrada: cómo determinar la calidad democrática (en el sentido señalado) de un gobierno. Para no extendernos demasiado en los ejemplos, nos referiremos a sólo dos gobiernos, los que comparten una característica (más allá de sus ideologías): la conciliación o concordancia entre la voluntad popular mayoritaria y el rumbo seguido por el Ejecutivo en sendos momentos históricos. Nos referimos a los diez años del gobierno de Carlos Menem (lo que llamaremos menemismo) y los nueve años de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández (lo que llamaremos kirchnerismo).
Como se verifica en los resultados electorales señalados aquí, estos gobiernos nunca fueron derrotados en las urnas (a nivel nacional), lo que demuestra una sólida sintonía entre la propuesta general o rumbo de dichos gobiernos y la opinión popular mayoritaria del momento.
Repasemos brevemente los guarismos de ambos períodos que avalan esta afirmación:

Menemismo:
Resultados de elecciones nacionales.

1989 Elecciones a Presidente:
Menem – Duhalde (FRENTE JUSTICIALISTA DE UNIDAD POPULAR)  47,49%
Diputados Nacinales:
FRENTE JUSTICIALISTA DE UNIDAD POPULAR  44,68%

1991 Diputados Nacionales
JUSTICIALISTA  40,22%

1993 Diputados Nacionales
JUSTICIALISTA  42,46%

1994 Reforma Constitucional
JUSTICIALISTA  37,90%

1995 Presidente
Menem – Ruckauf  49,94%
Diputados Nacionales
JUSTICIALISTA  43,03%

2003 Presidente
1°) Menem – Romero (Alianza Frente por la Lealtada-UCeDe) 24,45%
2°) Kirchner – Scioli (Alianza Frente para la Victoriab) 22,24%

 

Kirchnerismo:
Resultados de elecciones nacionales.

2005 Diputados Nacionales
Triunfo del Frente para la Victoria  29.9%

2007 Presidente
Fernández de Kirchner – Cobos (ALIANZA FRENTE PARA LA VICTORIA)  45,29%

2009 Diputados Nacionales
Triunfo del Frente para la Victoria + Aliados:  30,7%

2011 Presidente
Fernández de Kirchner – Boudou (ALIANZA FRENTE PARA LA VICTORIAa) 54,11%

 

Apelemos ahora al otro instrumento de medición de la opinión popular: las encuestas. Veamos cuál es la opinión político-ideológica y grado de compromiso actuales de la sociedad argentina comparada con la década anterior:

Un trabajo de la consultora Ibarómetro muestra que a las transformaciones económicas y sociales registradas desde 2003 se suman cambios ideológicos y en el plano de los valores.
En un ejercicio fugaz de la memoria colectiva, al pensar en la Argentina de los años noventa, es probable que la mente hiciera un recorrido en clave cultural: la pizza con champagne, el neoliberalismo, el individuo por sobre lo colectivo, el escepticismo y descreimiento, el valor sublime del libre mercado, las relaciones carnales con Estados Unidos y la economía por sobre la política. En definitiva, lo que el recuerdo aflora no son detalles puntuales o pormenores específicos, por el contrario, el inconsciente colectivo conserva rasgos de una atmósfera ideológica, impregnada de un fuerte clima de época. Si el mismo ejercicio se realizara pensando en la Argentina del siglo XXI, especialmente desde el 2003 hasta la fecha, el ecosistema cultural manifestaría la ponderación de lo político por sobre lo económico; a la política como herramienta de transformación y a la militancia como bastión de las conquistas.
(Según los datos) recogidos en junio del 2012. (…) El 68,1 por ciento “siempre” o “algunas veces” habla o discute de política con otras personas. La “conversación política” se incrementó desde el 2010, en la que alcanzaba el 61,1 por ciento, y en el 2011 se acomodó el 67,2. Por otra parte, al 50,5 por ciento le interesa “mucho” o “bastante” la política, teniendo en cuenta que de ese porcentaje, el 56 por ciento se da en menores de 30 años. Otra de las consignas tiene en cuenta que el 62,6 por ciento “siempre” o “algunas veces” intenta convencer a sus amigos, familiares o compañeros de trabajo para que compartan su punto de vista. Esto es lo que Ramírez denomina “actitud militante” que también aumentó sus valores desde el 2010 –con un 56,3– y el 2011 –con un 58,2–.
“La actitud militante no tiene que ver con militar en un partido político ni estar pintando carteles en una unidad básica. Esto tiene que ver con un subsuelo de valores, de convenciones, de ideas, redes de sentidos, debates sociales –explica Ramírez–. Este dato condensa la idea de que la gente tiene un ‘punto de vista’.
“La cultura política cambia, en parte, gracias a la transformación de las elites políticas. En el buen sentido, ahora hay una elite que va contaminando e impregnando a la sociedad con valores. El eje de la identidad del kirchnerismo está basado en el compromiso, en la juventud, en la militancia, en la participación, en la política y en lo público”.
(…) el filósofo Ricardo Forster entiende que “pasamos de una época en donde primaba un lenguaje del gerenciamiento, del hiperindividualismo pragmático, a volver a pensar en el interior de experiencias colectivas, de espacios compartidos, de recreación de lo político y lo público.
Para Roberto Bacman, director ejecutivo de la consultora CEOP, “si esta encuesta la hubiesen hecho veinte años atrás hubiera dado igual o peor que los números de España. En la Argentina se construyó un relato en donde se pueden resignificar ciertas cuestiones que parecían no tener vuelta atrás, como volver a creer en la política como transformación, pensar en una independencia económica, respetar los derechos humanos y los derechos de las minorías”.
(…) Jorge Rivas, diputado nacional de la Confederación Socialista, sostiene que “la militancia comienza en el 2001 con las experiencias de las asambleas de barrio, de las fábricas recuperadas. Pero con la aparición de Néstor Kirchner ayudó a que renaciera la idea de la militancia política como instrumento de progreso y de justicia”.
Para el 76,3 por ciento el rol del Estado en la economía debe ser “activo”, contra un 11,3 por ciento que considera que “no debe ser activo”. El 68 por ciento cree que los juicios por violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura militar “deben continuar”, mientras que un 18,8 por ciento entiende que “no deben continuar”. Un 64,6 por ciento percibe que la Argentina necesita alianzas políticas y económicas con Latinoamérica, mientras que el 17,6 por ciento considera que la Argentina necesita alianzas con Estados Unidos y Europa. Para un 59,6 por ciento, la democracia argentina tiene mayores inconvenientes con la falta de “igualdad”, y para un 26,8 por ciento la democracia argentina tiene más inconvenientes con la falta de “libertad”.

Para Analía del Franco, de la consultora Analogías, “hay más participación a nivel discursivo y a nivel de las manifestaciones. Esto es algo que benefició tanto a los kirchneristas como a los opositores. Genéricamente se abrió la idea de que se puede hacer política”.
El 58,4 por ciento cree que “últimamente los jóvenes están más involucrados en política y le parece bien”, ante un 25,2 por ciento que “no siente que los jóvenes últimamente estén más involucrados en política”. Por último, un 2,6 por ciento piensa que “últimamente los jóvenes están más involucrados en política y le parece mal”.
Pero si hay algo que nadie puede dejar de soslayar, al menos, es el cambio de paradigma cultural que generó el kirchnerismo, en una sociedad que en el 2001 había perdido cualquier tipo de esperanza.
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Veamos ahora otra encuesta sobre temas similares:

UNA ENCUESTA DE IPSOS-MORA Y ARAUJO MUESTRA UN FUERTE RESPALDO A LA PRESIDENTA
El Estado y la gestión.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner mantiene una alta aprobación: seis de cada diez ciudadanos aprueba mucho o algo su gestión, frente al 39 por ciento que la desaprueba algo o mucho. Sigue siendo la dirigente política con mejor imagen, seguida por Daniel Scioli y Hermes Binner, y ganaría las elecciones nuevamente con casi 30 puntos de ventaja sobre el segundo, Binner. En intención de voto, Mauricio Macri recién aparece en el tercer lugar. Un punto clave es que existe un fuerte acuerdo –90 por ciento– en cuanto a que el Estado debe estar presente regulando la economía: es más, la mitad de la población dice que debe intervenir mucho.
El sondeo conducido por Costa es una de las pocas encuestas nacionales que se hicieron en forma personal y no telefónica.(…) En total se entrevistaron mil personas en Capital Federal, Gran Buenos Aires y ocho provincias: Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Tucumán, San Juan, Neuquén, Chaco y Entre Ríos, respetándose las proporciones por edad, sexo, nivel económico-social y también la distribución entre ciudades chicas, medianas y grandes.
–Mire, los reclamos por la inseguridad son los mismos hace diez años. No influyen en la imagen presidencial. Si usted le pregunta al encuestado cuál es su mayor problema, el 80 por ciento dice que la inseguridad. Y la inflación aparece muy lejos, con menos del 20 por ciento y luego está el desempleo. Por supuesto que si usted pregunta si le preocupa la inflación dirá que sí nítidamente, pero también en su cabeza está que es un fenómeno que existe en la Argentina desde hace tiempo. No, lo que está en la base de la aprobación del 60 por ciento de la Presidenta es algo más global, una aprobación más global que incluye planes sociales, jubilaciones, obras, colegios, economía. Le insisto: en todos los países de Europa en los que encuestamos, los dirigentes están con muy mala imagen. Y la razón fundamental, como en todo Occidente, es la economía.
El voto.
La Presidenta aventaja muy ampliamente a cualquiera de sus competidores si las elecciones se repitieran hoy. Es más, si se realiza el cálculo real que se hace en las elecciones, es decir que se excluyen los indecisos, los votos en blanco o los que no van a ir a votar, el escenario se parece al de octubre, con más del 50 por ciento para la Presidenta. En caso de no presentarse CFK, Daniel Scioli aparece claramente a la cabeza, pero si compitieran, la Presidenta se impondría al gobernador con nitidez.
Para redondear, el consultor de Ipsos-Mora y Araujo propone una mirada que denomina más estructural. “Hay apoyos a las características individuales de CFK o existe un fenómeno más estructural de que ella encarna una postura de intervención del Estado en la economía. Creo que existe mucho de esto último. Gracias a los archivos de nuestra empresa, liderada en aquel momento por Manuel Mora y Araujo, si en los años ’90 se preguntaba a la gente en manos de quién debían estar las empresas claves, el 80 por ciento decía que en manos privadas y sólo el 20 por ciento decía que en manos del Estado. Ahora es exactamente al revés. Y tiene que ver con la tragedia que se vivió. Es más, diría que hoy al ciudadano no le parece mal que la Presidenta mantenga cierto choque con alguna empresa privada y hubo enormes apoyos a la nacionalización de YPF o de las AFJP. Esto era impensable 15 años atrás. La gente apunta a consumir, a tener empleo, pero también a tener un Estado presente. Eso se ve claramente en la encuesta. Un 90 por ciento está de acuerdo en que el Estado intervenga y la mitad en que intervenga mucho. El plan de construcción de viviendas va en el mismo sentido: el Estado interviniendo y ayudando a la gente”, concluyó Costa.
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(Un análisis más profundo de algunos ítems de la encuesta que nos serán útiles para trasparentar las coincidencias ideológicas actuales entre el gobierno y la mayoría del pueblo puede leerse aquí)

 

Como hemos visto, las encuestas y los resultados electorales de ambos gobiernos demuestran que tanto durante el menemismo como durante el kirchnerismo (y a pesar de sus políticas contrapuestas) hubo una fuerte sintonía entre los actos de gobierno y el clima de época o la ideología hegemónica en el pueblo, lo que originó y mantuvo la aprobación mayoritaria de ambas propuestas. Incluso, en el caso del menemismo esa concordancia con las bases ideológicas se mantuvo en el gobierno que lo sucedió (la Alianza), el que para ganar las elecciones debió diferenciarse en aspectos más formales que de fondo con el clima neoliberal de entonces (con el famoso 1 a 1), algo que sí hizo en mayor medida el candidato derrotado (Duhalde). Ante este panorama no es arriesgado postular que de no haber existido la proscripción constitucional de presentarse a otro período, Carlos Menem hubiera ganado aquellas elecciones, teniendo en cuenta el apoyo popular que tenía aún el menemismo, lo que podríamos catalogar como justo, lógico y democrático, incluso para quienes rechazábamos ese modelo. Ante la existencia comprobada de una comunión tal de ideas y opiniones entre gobernante y gobernados sobre cuál debe ser el rumbo o modelo de país, expresado claramente en los comicios (independientemente de lo señalado por las encuestas), suena caprichoso y hasta antidemocrático que un requisito formal obligue a interrumpir ese diálogo democrático y que una mayoría electoral deba resignar su derecho a seguir eligiendo o no a un representante que ejerce las riendas del país, y tenga que optar entre otros candidatos. Más aún, recordemos que aún después del desastre del 2001, Menem ganó nuevamente las elecciones presidenciales en la primera vuelta de 2003, y blandiendo un programa de profundización en el neoliberalismo menemista. Sólo después de que el mismo Menem se retirase de la compulsa al prever una derrota catastrófica en la segunda vuelta, y tras observar las medidas concretas de gobierno de Néstor Kirchner la ola ideológica o clima de época fue cambiando.
Ahora sí podemos explicar el título de esta entrada: ¿qué nos proponemos defender de Carlos Menem y de Cristina Fernández? Bueno, nada más y nada menos que su legitimidad para tomar las medidas de gobierno y determinar el rumbo político-económico de sus respectivos gobiernos. No son ellos “culpables” o “supremos hacedores” (según el gusto del lector) de sus gobiernos, o al menos no lo son exclusivamente. El pueblo también lo es, en cada período, con su apoyo tanto electoral como social a las respectivas medidas y rumbos de gobierno, sin el cual esos gobiernos no hubiesen podido hacer lo que hicieron. Prueba de ello son los resultados disímiles de los demás gobiernos desde 1983 hasta hoy, los que al no mantener la concordancia entre sus gobiernos y los electores, debieron padecer un destino distinto. Puede que esta afirmación moleste o resulte polémica, pero así es como funciona la democracia, como ya dijimos más arriba.
Pero esta entrada no estaría completa si no señalamos también una de las diferencias que existen entre la conformación de los distintos climas de época o ideologías hegemónicas que convivieron con cada uno de esos gobiernos.
Una de ellas, el neoliberalismo o el rechazo a la intervención del estado en la economía, precedió al menemismo, y se fue conformando desde el golpe de estado de 1976 (en rigor desde el Rodrigazo de 1975), con la sistemática campaña contra la ideología hegemónica anterior (“intervencionismo”, “proteccionismo”) perpetrada por la propaganda oficial y el seguidismo del periodismo cómplice de entonces, más los errores e incapacidades del gobierno radical de Alfonsín para contrarrestar la misma e imponer la suya, además del debilitamiento de los argumentos propios de los defensores de aquel clima de época anterior frente a la crisis del modelo y la campaña de los medios afines a la ideología de la dictadura.
En cambio, como quedó claro, el kirchnerismo tuvo que ir construyendo su propio pensamiento hegemónico, tuvo que forjar el clima de época a medida que reconstruía el país mismo desde las ruinas, ayudado sin duda por la crisis profunda que casi demolió toda certeza ideológica, institución, partido político y puso en cuestión cualquier pensamiento político, haciendo tabla rasa en materia de ideología o forma de gobierno creíble. Es decir que, mientras el Carlos Menem al llegar al gobierno pudo tripular el barco con un rumbo neoliberal desde el primer día (y para eso adaptó su propio discurso preelectoral) poniendo proa al capitalismo salvaje que conocimos (sorteando hábilmente las contradicciones que aparecían a su paso entre el modelo y los intereses populares) y logró arribar al puerto del Consenso de Washington, Néstor Kirchner y Cristina Fernández hasta tuvieron que construir ellos mismos el barco para su modelo de país, al mismo tiempo que modelaban con razones, discurso y medidas de gobierno el pensamiento o clima de época opuesto al anterior, y que rige hasta hoy: lo que conocemos como kirchnerismo.

En un artículo de Julio Burdman donde se interroga sobre la derrota del neoliberalismo, surgen estas interesantes reflexiones que nos ayudan a explicar parte de lo afirmado:
(…) quienes ganan hoy proponen más Estado, más gasto público y políticas económicas más activas. Se pregunta Mora y Araujo, cómo pueden hacer quienes proponen otra cosa para sintonizar nuevamente con los votantes, partiendo de la premisa de que la realidad prevaleciente son las “ideas que se orientan al estatismo”. Tal vez, le convenga reformular la pregunta: ¿Qué sucedió para que alguna vez prevaleciera el neoliberalismo? ¿Y si la era del neoliberalismo, simbolizada por los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, fue sólo un período excepcional, producto de circunstancias excepcionales, tal vez irrepetibles?
En América Latina, hay un consenso académico acerca de que la ideología neoliberal fue un componente presente pero menor en los triunfos electorales de presidentes como Carlos Menem o Fernando Henrique Cardoso.
No hubo “revolución conservadora de las mentes”, sino un gobierno conservador que ganó porque tuvo mejor liderazgo, organización y mensaje.
Los cambios dependieron más de las élites dirigenciales, que sí tienen ideas consistentes y bien plantadas, y de su habilidad para implementarlos.
En el relato ideológico construido por el neoliberalismo, Estado y empresariado son polos en conflicto, con lo que simpatizar con el rol del empresariado equivaldría a resignar posiciones del Estado. Menos impuestos y regulaciones redundaban en más inversión y bienestar. Pero, cabe aclarar, este clivaje público-privado requiere de un gran esfuerzo de creatividad y mensaje ideológico, ya que no responde a las creencias del votante medio.
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Más allá de lo que se opine hoy, con el diario del día después, se puede afirmar que en esos tiempos políticos la voluntad popular acompañó esos gobiernos, y eso posibilitó el desarrollo de ese modelo neoliberal en dichos países y períodos. Más aún, concordamos con Eduardo Fidanza (aunque no en sus conclusiones) al plantear el siguiente paralelismo:

¿En qué se parece la víspera de la segunda presidencia de Cristina con la de Menem? Respondería: en primer lugar, en la certeza de poseer un programa económico insuperable (o mejor: un modelo) que ha dado amplios réditos electorales y los seguirá dando (…) en carecer de un líder en materia económica, capaz de encarar las dificultades y jerarquizar los problemas, con autoridad. Cristina empieza sin Kirchner y, que sepamos hasta ahora, sin un equivalente de Lavagna. Durante su segundo mandato, Menem prescindió de Cavallo cuya ausencia no pudo subsanarse con el piloto automático.
A estas singularidades hay que sumarle la necesidad (hoy de Cristina, ayer de Menem) de instalar en algún momento una discusión acerca de qué mecanismos constitucionales deberían modificarse para permitir un nuevo período.
Resulta aventurado decir qué ocurrirá, aunque se sabe que transcurrido un tiempo el síndrome del pato rengo termina licuando el poder presidencial(…)
Pero acaso hay una cuestión en común, más profunda y abarcadora: la reelección de ambos tuvo un fundamento económico inequívoco, que se cifró en el empleo, el consumo y el salario. (…)
En estos años se vio un fenómeno inédito: un gobierno puede desplomarse en popularidad, perder la elección de medio término y luego ganar ampliamente la presidencial siguiente.
Cuando perdió las elecciones de 2009, Néstor Kirchner lo atribuyó a no haber profundizado suficientemente el modelo. Una rápida y espectacular recuperación económica le permitió completar la obra. Jubilaciones, subsidios, planes sociales, empleo público, estímulos al consumo implicaron una formidable movilización de recursos que volvió a colocar a su mujer en el esplendor del poder.
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(Para no abundar en la apropiada mención del “síndrome del pato rengo” para estos casos, ver aquí una propicia explicación.)

Ahora bien, aquí mismo en Artepolítica se planteó un interesante interrogante relacionado con la sucesión presidencial que aporta otro elemento a este análisis. Tomaremos de allí una reflexión pertinente sobre nuestra región:

A lo largo de estas últimas décadas se ha producido en Sudamérica distintas reformas constitucionales con la finalidad de habilitar la reelección presidencial, sea por un nuevo periodo o de forma permanente. Este mecanismo institucional no constituye una novedad para estas latitudes. Durante estos últimos años se han producido varios intentos exitosos y fallidos de reformas que tuvieron por objetivo primordial la permanencia del líder de un partido o alianza de partidos al frente del gobierno.
Los países que muestran más similitudes a la Argentina han resuelto transitar el camino de la alternancia dentro del mismo universo partidario. Es decir, no intentaron avanzar hacia la reelección y apostaron a un delfín hacia dentro de su espacio. Los líderes presidenciales de esas sociedades ahora observan a sus sucesores (menos el caso chileno) y no han decidido volver al ruedo político (Tabaré insinúa más, Lula avisó que depende del éxito de Dilma y Bachelet y Lagos siguen de vacaciones), aun manteniendo niveles significativos de popularidad. Sus proyectos han tenido suerte dispar. Lo que se asemeja más a una continuidad tal vez lo expresa Brasil. Esto evidencia que el liderazgo no es trasladable a otra figura, ni siquiera del mismo palo político (el caso de Bachelet- Frei es antológico) y por lo tanto, un líder que se retira con un abrumador porcentaje de aprobación no necesariamente facilita la victoria de su designado sucesor.
Aquí se evidencia la relación de tensión entre los proyectos partidarios y los liderazgos. Es decir, la relación que se establece entre un proyecto económico y político y el líder que lo inspiró es, en mi concepto, una correlación difícil de escindir y más cuando la profundidad de la transformación y el cambio en esa sociedad marcó a fuego los pilares del entramado económico y social
Entonces: el interrogante capital (…) está en responder si es posible que un proceso político tan íntimamente asociado a un liderazgo personal (y de características transformadoras) sea trascendido a la figura principal de quien lo encarna. Es decir, para plantearlo en términos de pregunta: ¿hay kirchnerismo sin conducción de CFK? ¿Hay “ismo” sin la parte que la antecede?. ¿Se acabará el kirchnerismo si Cristina decide no ser candidata?. En síntesis: la continuidad de CFK en el gobierno ¿es la condición necesaria y suficiente para la continuidad del proyecto kirchnerista?
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Ante este dilema, sin embargo, sugiero humildemente  una pregunta más específica, más pertinente y quizás más democrática: ¿hay otra persona que exprese acabadamente la voluntad política mayoritaria que explica hoy este 54% de apoyo de Cristina Fernández o, más aún, este apabullante acuerdo a favor de un modelo particular de país (aunque difuso y con distintas aristas) que muestran las encuestas analizadas? Y de allí se deriva la quizás más importante de todas: ¿quién debe decidir este dilema? Es decir: ¿lo deben decidir los politólogos, los sociólogos, los abogados, los editorialistas de turno, los opinólogos o el pueblo mismo en su conjunto? ¿Y quién debe imponer las reglas para dirimir este interrogante? Y aquí es donde se pone en funcionamiento la verdadera democracia, es decir el ejercicio del poder soberano por parte del pueblo para elegir mayoritariamente no sólo a sus representantes sino también el rumbo, el estilo y el paso del gobierno que defienda el interés general e incluso la forma misma de elección de esos representantes. En definitiva, se trata nada más y nada menos que de conocer cuál es la voluntad popular, producto del debate histórico y contemporáneo que el mismo pueblo realiza a lo largo y ancho del país. Porque esa voluntad no es propiedad de nadie en particular, y su consumación no es impugnable por nadie, por más riqueza, inteligencia, ilustración, experiencia, poder o sabiduría que ostente. Y en esa premisa inexcusable se fundamenta la democracia.
Como dijo muy bien y más llanamente Alejandro Dolina:

“A mí me parece que hay una equivocación con respecto a la naturaleza de la voluntad popular. Algunos creen, al revés, que en la política hay una verdad científica y que los electorados aciertan o no aciertan. Si el electorado no acierta, no los votan, dicen: ¡Caramba se han equivocado, han dicho que 6 por 9 es 30! El acierto es la mayoría para la democracia. El acierto se constituye por la voluntad, no se trata de ver quién es más inteligente. Se trata de saber cuál es la voluntad del pueblo; no importa cuál sea su formación.”

Entonces, surge claramente la legitimación de un presidente (ya sea Carlos Menem, Raúl Alfonsín, Cristina Fernández, Hipólito Yrigoyen, Juan D. Perón, Lula da Silva, Franklin D. Roosevelt, Margaret Thatcher, François Miterrand, Silvio Berlusconi o Felipe González) para ser reelecto en forma indefinida, libre y democrática, porque el titular de la primera magistratura –y quien expresa la voluntad popular mayoritaria sobre el rumbo, estilo y paso de su gobierno- debe ser siempre el escogido (sin proscripciones y exclusivamente) por el pueblo. Y la trascendental misión (difícil, compleja y a veces enigmática) del elegido, ya sea Carlos Menem o Cristina Fernández, es interpretar fielmente o encarnar esa voluntad popular. Por eso, sólo de la fidelidad a la voluntad soberana del mandatario elegido, de su habilidad para dialogar con la mayoría del pueblo debe depender que su gobierno se extienda en el tiempo o sea derrotado por el inapelable veredicto popular de los comicios libres.