FEMINISMO DE CONSTRUCCIÓN: HACIA DONDE VAMOS DESPUÉS DE DECONSTRUIRNOS.

Pasaron poco más de cuatro años desde la irrupción del feminismo en la agenda nacional y regional, que se materializo con el nacimiento de un movimiento de masas que tuvo su primera aparición en el espacio público en el mes de junio de 2015 con la primera marcha de Ni una menos.

La coyuntura de estos años se vio signada por políticas estatales dirigidas al recorte en el acceso a la democratización de los derechos, lo que va en sentido totalmente opuesto a las reivindicaciones de un movimiento feminista que comenzó a hacerse lugar en la calle como un grito univoco ante la muerte sistemática de mujeres y que fue tomando forma de demandas concretas  tangibles. Demandas que también son debates que el movimiento supo instalar social, cultural e institucionalmente.

Asimismo, hablar de cambios estructurales es complejo si se tiene en cuenta que la cultura que se intenta de construir es la misma que arrastra cientos de años de vigencia y que su extensión excede los límites de la frontera nacional.

Aun así, es de destacar que en este corto plazo, la revolución de las mujeres concretó su primer cometido de manera exitosa: ser eje de las construcciones institucionales, marcar agenda política y estar en boca de toda la ciudadanía. Pareciera que ya no vamos a poder dejar de tener en la esfera de la vida cotidiana, en cualquiera de sus dimensiones, en toda vinculación interpersonal, una mirada atravesada por lo que mejor supo hacer el movimiento hasta ahora: interpelar las dinámicas de las relaciones y sus consecuencias en función de los géneros.

El debate por legalización del aborto fue uno de los reclamos más abrazado por el feminismo local. Tal es así que la conquista perseguida se hizo eco en otras latitudes de América Latina.

El debate legislativo acontecido por esos días fue histórico. No tanto por lo que sucedió dentro del Congreso Nacional sino por lo que se vio en las calles. El hito social que allí se constituyó será, sin lugar a dudas, objeto de análisis a la hora de entender el recorrido histórico de la cultura política del pueblo argentino.

Aun así, el derecho al aborto legal, seguro y gratuito no fue conseguido. Una vez finalizado el debate, y habiendo mermado el énfasis allí puesto, las grietas internas comenzaron a ser más visibles.

Este parece ser un acontecimiento negativo, sin embargo para un movimiento que se jacta de democratizar el acceso a los derechos, la presencia del disenso es altamente saludable siempre que ello no implique una desigualdad de posiciones.

Sin embargo, el resultado parlamentario no pudo ser leído como la postura de gran parte de la sociedad que, incluso, contaba con la adherencia de muchas personas que se consideraban feministas.

La lectura analítica dejó afuera a quienes sostenían que el aborto no debía ser legalizado. Y, en gran parte, también lo hizo con quienes consideraban que ese derecho debía ser adquirido solo que partiendo desde otro enfoque.

El feminismo supo democratizar la palabra, logró que no haya conductores ni conductoras y solo admitió a ciertas referentes como tales, aunque siempre poniendo el eje en que no existen unas pocas iluminadas. Sin embargo, hay quienes se auto adjudican ese estadío superior y que, en ocasiones, hacen uso de su masiva llegada comunicacional en detrimento de los pilares en los que el movimiento funda su existencia.

En efecto, los resultados que devienen de esas intervenciones terminan abriendo una pregunta clave que tiene que ver con cuestionarnos qué es lo que queremos construir una vez que la “deconstrucción” (palabra que para algunxs quedó demodé en un movimiento que avanzó notablemente) haya finalizado.

el debate por el aborto nos dejó algunas enseñanzas: la primera es que el poder feminista bien dirigido es capaz de llegar a unir a millones de ciudadanos y ciudadanas a quienes efectivamente puede abrazar haciéndoles sentir que las reivindicaciones del feminismo son sinónimo de una sociedad más libre y justa para todos y todas. La segunda es que extremar posiciones es un método que, para ciertos objetivos, resulta insuficiente.

¿Cuál es el rol que juega los fundamentalismos en este escenario? Esa es la pregunta que intentamos responder. Por supuesto que la dificultad para alcanzar las conquistas que faltan está atravesada por diversos factores.

Es necesaria una mirada integral, donde también se pueda debatir ideas reconociendo que nadie tiene el manual de la buena feminista, y preguntándose si buscamos desarmar un esquema de parámetros de la hegemonía para que el único parámetro sea la equidad, o si lo hacemos para establecer nuevos estándares en los que otras van a quedar excluidas si no cumplen con esas reglas.

No vamos a exigir tener la claridad total en todos los asuntos, de hecho,  es probable que la clave esté en dejar de negar las contradicciones y abrazarlas. No tenemos una respuesta para todo, por supuesto que el camino es con tropiezos. Pero lo que tenemos que atender es el lugar en el que nos paramos, por ejemplo, cuando nos tienta más escrachar en la red social a la compañera que muestra su cuerpo (porque eso nos parece una ofensa a los valores del movimiento) que militar el derecho a la autonomía sobre los cuerpos que no piden las opiniones de ningún tenor. De ninguna individualidad pero tampoco de ninguna bandera en su contra.

La batalla cultural es el primer bastión feminista. El resto es su correlato en las otras esferas de la sociabilización.

Es inmenso el trabajo institucional que llevan adelante compañeras en espacios de trabajo, sindicatos, y en muchos otras instituciones del ámbito público. Haber logrado disputar poder en lugares como estos, históricamente masculinizados debido al rol social asignado a hombres y mujeres, es un claro reflejo de que la cultura está siendo modificada; de que, con pasos firmes, el feminismo avanza.

Sin embargo, cabe preguntarse porque aún hay hombres y mujeres que creen que el feminismo es una guerra de géneros. Pareciera anacrónico y rápidamente se señala de conservadores a quienes lo sostienen.

Para dar respuesta al porqué de su subsistencia, también podemos pensar en el rol del movimiento en este punto y en este sentido preguntarse ¿cuál es el motivo por el que algunos varones piden permiso, casi con temor, antes de hablar de feminismo? Esa es también una grieta difusa dentro del movimiento que aún no supo erradicar este tipo de diferencias.

Habrá quienes creen que los varones no deben participar, habrá quienes creen que deben organizar sus propios espacios para repensarse y habrá quienes consideren que también pueden ser formar parte.

La persistencia de la idea de una batalla de hombres contra mujeres es la muestra de que existen núcleos duros a los que, por lógica, es más difícil llegar. Pero también podemos indagar acerca del papel que juega el hecho de impedirles a los hombres que participen.

El acto de permitir trae consigo tener el poder de dar o no dar lugar a otro. Nuevamente debiéramos ver que impronta le damos a ese empoderamiento como herramienta para dar la batalla cultural. Y preguntarnos si, en ocasiones, no se estará utilizando como un arma de doble filo que de un lado está siendo funcional para seguir alimentando la noción de una guerra de los géneros.

También podemos creer que esos núcleos no existen, subestimar sus razones o bien asignarles un lugar de irremediables. Pero el debate por la legalización del aborto nos mostró qué pasa cuando anulamos el discurso de quienes, a priori, disienten sin tener razones conspirativas u otros intereses creados.

De vez en cuando es saludable preguntarse si los rumbos son los más apropiados, sin dejar de caminar y sin perder la convicción, pero también haciendo lugar a la contradicción.

Saber incluir a la mayoría es una tarea difícil. Sin embargo es mejor preguntarse una y mil veces qué queremos construir antes que creer que ya conseguimos la respuesta y que la misma sea que solo buscamos escribir un manifiesto feminista. Uno que quizás nunca necesitemos y que, tal vez, de nada sirva a los objetivos facticos de un movimiento que busca igualar y dejar de segregar.

 

 

 

 

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