La “democracia”, según Sebrelli

por Guillermo Cichello
“Hay una elite de este país que piensa de una manera y una clase baja
que no se informa, no escucha, no toma conciencia y sigue a la Presidenta.
Cuanto menos cultura hay, Cristina obtiene más votos”.
Bartolomé Mitre

I) Votos puros, votos impuros
Una tensa línea recorre el amplio arco de la derecha argentina y decide la incorporación a veces involuntaria de muchos sujetos a la conciencia liberal. Esa línea es la respuesta a la gran pregunta ¿quién es ciudadano?
Es una pregunta que atraviesa toda la política argentina desde hace dos siglos y reconoce momentos de exasperación, como el presente. Parece claro que del modo en que se responde a esa gran pregunta, deriva una conclusión sobre la forma de gobierno, y, por ende, sobre los sujetos (todos, algunos, cuáles) que tienen derecho a pronunciarse sobre los asuntos públicos, en tanto dichos pronunciamientos son la base de legitimación del poder.
Si bien “el primer derecho y deber del pueblo es elegir un caudillo” –como decía Estanislao López en 1819-, quién constituye ese pueblo que elige no fue a lo largo de la historia un asunto sencillo.
El “espíritu de Alberdi” –tan invocado hoy día por nuestros contemporáneos republicanos, chacareros o constitucionalistas- dio su respuesta en 1853 y se conoció como la doctrina de la pureza del sufragio: “Elegir es discernir y deliberar. La ignorancia no discierne, busca un tribuno y toma un tirano. La miseria no delibera, se vende. Alejar el sufragio de manos de la ignorancia y la indigencia es asegurar la pureza y el acierto de su ejercicio”.
Después de los fraudes patrióticamente instrumentados para evitar algunas de esas impurezas, la ley Sáenz Peña –que reconoció en 1912 como electores a todos los ciudadanos mayores y varones, en sufragios secretos (pasarán treinta y pico de años más hasta reconocer en las mujeres la misma habilidad)-, la ley Sáenz Peña –decía- no zanjó definitivamente una cuestión que periódicamente se plantea con ánimo controversial: quiénes tienen derecho a decidir sobre la cosa pública.
El “gran poeta nacional”, Leopoldo Lugones –en su Hora, que fue la de la Espada- repudió la vocación democrática de aquella ley: “el triunfo cuantitativo de los menguados” -la llamó. Es el surco profundo por el que va a trajinar –años después y por muchos años- Jorge Luis Borges: “para mí la democracia es un abuso de la estadística” –le decía con su magnífica ironía a Bernardo Neustadt. Era julio de 1976. “Además –agregaba- no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas…”.
Estamos tensando con amplios gestos, como se ve, la cuerda temporal del arco de la derecha argentina, pero la insistencia taladra sobre la misma cuestión: si la legitimidad del poder debe brotar del pronunciamiento de las mayorías.
Situemos dos o tres expresiones más recientes antes de presentar al señor Sebreli.
La primera es brutal y pertenece a Juan Carlos Blumberg: “La gente debería votar según su grado de educación y ese voto vale dos o tres”, dijo en aquellos meses en que su estrella guiaba la legión de seguidores de la Seguridad. Por alcanzar ese privilegio cuantitativo se habrá querido presentar con un falso título universitario. ¿Cuánto valdrá el voto de un ingeniero? ¿dos o tres?
La otra expresión podría considerarse un acto fallido de alguien que, por historia, resultaría difícil filiar dentro del conjunto de esa derecha; pero fue Fernando “Pino” Solanas quien declaró hace dos años que “las provincias más pobres no se caracterizan por tener la mejor calidad del voto…”. Retorna casi inadvertidamente en los dichos de alguien –que en otro contexto tendría el derecho a la vergüenza por esa expresión- la idea de categorizar el voto en función de quien lo emite. Pasaron más de 150 años desde que la ley 140 ordenaba a la Junta Calificadora determinar qué clase de ciudadanos tenían el derecho a sufragar. Sin embargo la idea retorna, siempre renovada, en boca de quien ni se imagina la tradición en la que acaba de inscribirse.
El último caso, el de un ex radical y hoy diputado por Buenos Aires del peronismo llamado disidente. En el debate sobre la ley 26.774 que otorgó derechos políticos a los sujetos con 16 años cumplidos, Alberto Asseff propuso que sólo voten los jóvenes instruidos: “No puede votar un adolescente que no estudia”.
La obstinada idea no cesa su lucha y se cuela en las locuciones que integran el canon de obviedades dominantes de la derecha argentina: todos los votos no pueden valer lo mismo. El dolor por esa equivalencia no se apacigua así nomás y por eso se intenta atacar una de las mayores conquistas democráticas que sostiene nuestro orden comunitario: todos los votos son iguales y establecen a la voluntad del pueblo como base de la autoridad del poder público.

II) Sebreli o el intelectual solitario
Juan José Sebreli fue entrevistado recientemente en La Nación, quizá a raíz del estreno del documental sobre su vida, El Olimpo vacío, quizá como modo de revitalizar los eternos sueños del diario de los Mitre (“Hoy la oligarquía es el kirchnerismo…”, fue el título de la entrevista publicada el 21 de abril de 2013).
Allí lo tenemos entonces mirando a la cámara, su agria seriedad sin concesiones sobre un fondo repleto de libros, presentado como “el ensayista que ha elegido, desde siempre, un camino solitario”. “Soy un escritor de minorías, que escribe para una minoría”, dice a quemarropa como para anunciar desde el vamos dónde le gusta situarse. Nos va a hablar sobre el presente político argentino, pero veamos qué novedad aportan sus ideas y cuál es la propuesta que propicia desde la tribuna de doctrina.
No vamos a abundar en la descripción de su mirada crítica sobre este momento político porque es bastante conocida; sólo digamos que los términos “dictadura fascista con apariencia popular”, “totalitarismo”, “cesarismo plebiscitario” y las comparaciones con Hitler y Mussolini arrecian y sirven de preámbulo y justificación excepcional para un planteo grave que no nos parece que sea del caso subestimar.
Acaba de mencionar el apoyo masivo que recibió la guerra de Malvinas y el 85 % de los votos que coronó la victoria electoral del nazismo. Es entonces que advierte: “Hay elementos irracionales en la condición humana que no pueden ser frenados solamente por la cultura. Tiene que haber instituciones democráticas lo suficientemente sólidas y fuertes como para oponerse a las mayorías que en algún momento enloquecen…”.
¿Será necesario repetir el concepto, sopesar convenientemente su alcance y su peligro?
Instituciones democráticas sólidas y fuertes para oponerse a las mayorías enloquecidas.
¿En qué tipo de instituciones estará pensando el señor Sebreli? ¿Cuál será el modo en que se instrumentará ese impedimento a la mayoría? ¿Quién será el encargado de evaluar la aparición del enloquecimiento –una Junta Psiquiátrica Nacional, una Comisión de Salud Mental Republicana? ¿Quién decidirá el momento en que esas instituciones sólidas y fuertes deben, por fin, aplicar su supremacía correctora sobre las mayorías?
Ni Sebreli creyó necesario aclararlo ni la reportera creyó necesario preguntar. Luego remató la idea con este reparto de la sociedad argentina: “Hay un 30% de kirchneristas convencidos, un 30% de antikirchneristas convencidos, y al resto no le importa la política y no sabe nada. Se deciden el día anterior a las elecciones de acuerdo con lo que vieron por televisión, si les gustó o no la cara de uno u otro, y votan por cualquier cosa. Por eso, aunque el sufragio es el mejor sistema, no se puede pensar que la mayoría siempre es un criterio de verdad. El sufragio universal y las mayorías pueden servir también para destruir la democracia”.
La tesis que propone Sebreli es que la democracia puede implicar la destrucción de la democracia. Lo que no advierte es la verdad involuntaria que expresa. La destrucción de la democracia es su propio mensaje, y lo pregona alarmado imputándoselo a sus adversarios.
Sebreli acaba de tensar una vez el amplio arco de la derecha argentina: las mayorías pueden equivocarse. La verdad, esquiva para el pueblo, es sin embargo visible para una minoría letrada y sana que tiene la aptitud de discernir el desacierto de la voluntad general, y la facultad de corregirlo. Si admitimos estas nociones la propuesta entonces es justamente la salida de un gobierno del pueblo (o democracia), hacia un gobierno de los mejores. Pero eso ya tiene otro nombre: aristocracia.